Volvió De Noche Porque Sabía Que Lo Esperaba
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0:05 Me llamo Leonel Carrasco y todavÃa recuerdo con claridad la tarde en que llegué a El Carrizal en noviembre de 2019. VenÃa de trabajar varios años en seguridad privada y antes de eso habÃa servido en el ejército. No conocÃa a nadie en el pueblo ni tenÃa familia ahÃ. Me habÃan contratado para supervisar unas bodegas agrÃcolas durante varios meses y por eso renté una casa cerca de la salida norte. Mis cosas habÃan llegado dos dÃas antes, incluida una escopeta que guardaba en casa. Entré al pueblo cuando empezaba a oscurecer y me detuve en una tienda para comprar agua, comida y algunas cosas que me faltaban. El dueño se llamaba Rogelio, me reconoció como el hombre nuevo de las bodegas y me preguntó en dónde iba a quedarme. Le dije que habÃa rentado una casa cerca del camino del arroyo.
1:02 En cuanto escuchó eso, me recomendó no andar por ahà de noche. Me contó que durante las últimas semanas habÃan aparecido animales muertos y que varios vecinos habÃan visto perros negros muy grandes cerca de los corrales y de algunas casas. Después añadió que esos animales hablaban. Le pregunté qué querÃa decir. Rogelio explicó que no imitaban voces ni llamaban a nadie por otro nombre. Hablaban con una voz propia y usaban frases cortas. A un muchacho le habÃan dicho que saliera porque ya lo habÃan encontrado, y a otra persona le habÃan dicho que era de ellos. También me dijo que en el pueblo los llamaban Nahuales. No le creÃ, pero tampoco discutÃ. Rogelio insistió en que no me detuviera en el camino y que llegara a casa antes de que cerrara la noche. Pagué y salÃ. La camioneta falló poco después de dejar atrás las últimas casas. Primero perdió fuerza, luego el motor se apagó. Intenté encenderla varias veces y revisé lo básico, pero no conseguà ponerla en marcha. La señal del teléfono era mala y mi casa quedaba más adelante.
2:19 Asà que tomé una mochila, una lámpara y decidà continuar a pie. Dejé la camioneta cerrada y empecé a caminar, pero no llevaba ningún arma conmigo. El camino estaba solo. Escuchaba perros detrás de algunas cercas y de vez en cuando, movimiento en los terrenos cercanos. Seguà avanzando hasta que oà algo detrás de una cerca del lado derecho. Alumbré y vi un animal negro entre la maleza. Al principio pensé que era un perro grande, pero cuando salió al camino pude verlo completo. TenÃa el cuerpo ancho, las patas largas y unas uñas que sobresalÃan al apoyar las delanteras. La luz le dio en la cara y vi los ojos rojos.
3:05 Se quedó quieto, mirándome. Seguà caminando y el animal empezó a avanzar detrás de mÃ, pero no corrÃ. Mantener la calma era algo que habÃa aprendido durante mis años de servicio, asà que seguà atento a sus movimientos. Miraba hacia adelante y volteaba lo necesario para mantenerlo ubicado. El perro conservaba la distancia, pero no se apartaba. Un poco después apareció otro. Salió de un terreno y se colocó adelante en medio del camino. Bajé el paso y miré hacia las casas cercanas, pero todas estaban cerradas. Entonces escuché una voz detrás de mÃ.
3:46 Era grave y áspera, y dijo con claridad que yo era suyo. Volteé de inmediato. El perro negro tenÃa el hocico abierto y seguÃa mirándome. No habÃa nadie junto a él ni vi a ninguna persona cerca del camino. El segundo perro permanecÃa adelante. No respondÃ. Seguà caminando, tratando de no perder de vista a ninguno. Y poco después apareció un tercero a un costado. Y el cuarto salió detrás de otra cerca. Los cuatro comenzaron a moverse alrededor de mÃ, sin lanzarse todavÃa, pero cada vez dejaban menos espacio. El más grande volvió a hablar. Esta vez me ordenó que saliera de ahà y dijo que ya me habÃa encontrado.
4:33 Tomé una piedra del suelo y sostuve la lámpara con la otra mano. No tenÃa otra cosa para defenderme. Seguà hacia las primeras casas y golpeé una puerta mientras pedÃa ayuda. Escuché movimiento adentro. Luego un cerrojo, pero nadie abrió. No insistÃ. Los perros seguÃan cerca y quedarme parado frente a esa casa me dejaba expuesto. Mi casa estaba más adelante y dentro tenÃa la escopeta. Retomé el camino. Alcancé a dar unos pasos cuando uno de los perros entró desde un lado y se lanzó contra mÃ. Giré y levanté la mochila para cubrirme, pero el golpe me hizo perder el equilibrio.
5:17 Sentà las uñas rasgar la tela y después me cortaron el brazo. Caà de una rodilla, lancé la piedra y le pegué en el pecho. El animal retrocedió lo suficiente para que pudiera levantarme y no esperé a que volviera a lanzarse. Corrà hacia mi casa, escuché a los otros detrás de mà y uno intentó entrar por un costado para cerrarme el paso. Cambié de dirección y seguÃ. El brazo me sangraba. La mochila estaba abierta y la lámpara se movÃa tanto que apenas podÃa mantener la luz al frente. Ya veÃa la entrada. Saqué las llaves antes de llegar y busqué la correcta mientras corrÃa. Cuando alcancé la puerta escuché las patas muy cerca. Metà la llave, fallé una vez y volvà a intentarlo. Detrás de mà el perro grande habló otra vez. Me ordenó parar y repitió que ya me habÃa encontrado. Giré la llave, empujé la puerta y entré. Alcancé a cerrarla con las dos manos y en ese mismo momento algo golpeó desde afuera con fuerza suficiente para hacerla vibrar. Me quedé pegado a la puerta durante un segundo, con el brazo sangrando y la respiración descontrolada.
6:30 Y del otro lado escuché uñas raspando la madera. El golpe hizo vibrar la puerta y sentà la madera moverse contra mis manos. Puse el seguro. Arrastré una mesa hasta la entrada y la dejé atravesada. Luego fui al cuarto donde tenÃa la escopeta, la saqué del estuche, tomé los cartuchos y regresé sin encender más luces. El brazo seguÃa sangrando, asà que me apreté una venda alrededor de la herida y dejé la lámpara sobre una silla. Afuera escuché las uñas rozando el piso del corredor, primero junto a la entrada, luego cerca de una ventana. Los animales se movÃan alrededor de la casa y por momentos dejaban de oÃrse, pero enseguida aparecÃan en otro punto. Me quedé junto a la pared, con la escopeta lista, tratando de distinguir cada sonido. Uno golpeó una ventana y el vidrio tembló, y casi al mismo tiempo escuché la voz del perro grande, grave y áspera, repitiendo que yo era suyo. No respondà ni me acerqué a la puerta. Poco después oà un golpe en la parte trasera y fui hacia la cocina. Una pata negra entró por una ventana y las uñas se engancharon en el marco. El animal tiró varias veces, abrió más el espacio y metió parte de la cabeza. Reconocà al perro al que habÃa golpeado con la piedra en el camino.
7:54 Esperé hasta que metió el cuello y parte del pecho. Levanté la escopeta y disparé. El animal cayó hacia afuera y soltó un chillido corto. Escuché carreras en el patio. un golpe contra la pared y luego nada, recargué y regresé a la entrada, la puerta recibió otro impacto, la mesa se movió y el seguro crujió, me puse a un costado y esperé, del otro lado se escuchaba la respiración del animal y el roce de las uñas contra la madera, la voz volvió a ordenar que saliera porque ya me habÃa encontrado, después llegó otro golpe y una parte del marco cedió, Por la abertura apareció una pata, luego el hocico. El perro empujó otra vez y consiguió abrir un poco más. Vi los ojos rojos a poca distancia y la sangre de mi brazo me bajó hasta la muñeca. Esperé hasta que la cabeza quedó dentro y disparé.
8:49 El retroceso me empujó el hombro y el perro cayó hacia atrás. Los otros se apartaron de la casa y durante unos momentos no escuché nada más que el zumbido del disparo. Volvà a cargar, me quedé junto a la pared y no salÃ. Pasaron varios minutos antes de que me acercara a una abertura de la ventana. El perro grande estaba tirado frente a la entrada, con sangre en el cuello y una pata extendida de lado. Seguà mirando y vi que empezó a moverse. Levantó la cabeza, apoyó las patas delanteras y terminó poniéndose de pie. Una de ellas no le respondÃa bien, pero logró sostenerse. Se quedó mirando hacia la casa y abrió el hocico. Dijo que todavÃa era suyo, y los otros perros comenzaron a acercarse y uno también caminaba herido. Los cuatro permanecieron juntos un momento y luego se alejaron por el camino, pero no abrà la puerta. Los seguà con la vista hasta que desaparecieron y esperé antes de sacar el teléfono. La señal entraba por momentos, pero conseguà comunicarme con emergencias. Les dije que varios animales me habÃan atacado, que uno me habÃa herido y que habÃa disparado cuando intentaron entrar. No mencioné que hablaban, solo pedà que enviaran una patrulla. Cuando vi las luces de la patrulla, dejé la escopeta dentro y abrà con cuidado. VenÃan dos policÃas y Rogelio iba con ellos.
10:15 Uno de los agentes miró mi brazo y revisó la puerta. mientras el otro fue hacia la ventana de la cocina y alumbró el suelo. HabÃa manchas de sangre, huellas alrededor de la casa y marcas profundas en el marco. Les expliqué lo ocurrido y cuando dije que uno de los animales habÃa hablado, el policÃa que tomaba notas me preguntó si habÃa visto a alguna persona cerca. Le respondà que no, que habÃa visto al animal abrir el hocico mientras decÃa las palabras. Rogelio confirmó que por eso me habÃa advertido antes. Los agentes no siguieron el rastro de noche. Dijeron que regresarÃan con más gente al amanecer y me recomendaron pasar el resto de la noche en otra casa. Decidà quedarme.
10:59 La puerta estaba dañada. Mis cosas seguÃan adentro y no querÃa dejar la casa abierta. Rogelio dijo que se quedarÃa conmigo. Cerramos la entrada con la mesa y otro mueble. Cubrimos el hueco de la ventana y mantuvimos las luces apagadas. Durante un buen rato no escuchamos nada. El brazo me dolÃa más, pero la venda habÃa detenido casi todo el sangrado. Rogelio permanecÃa cerca de la ventana y yo me quedé junto a la entrada con la escopeta. Después empezaron a ladrar varios perros del pueblo. El sonido llegó primero desde una casa cercana y enseguida respondió otro más lejos. Rogelio se acercó a la ventana, miró hacia el camino y se apartó sin decir nada. Me acerqué y vi una figura negra junto a la cerca. No distinguà si estaba herida, ni pude saber cuál de los cuatro era. Se quedó quieta, con la cabeza levantada hacia la casa. Los ladridos continuaron unos segundos y luego fueron bajando. Yo seguÃa mirando cuando escuché la voz. VenÃa desde la cerca y se entendió con claridad. Nos ordenó salir porque ya nos habÃa encontrado.
12:11 Rogelio retrocedió y yo levanté la escopeta. Ninguno respondió. El animal permaneció ahà un momento más y después se apartó del camino hasta desaparecer de nuestra vista. Nos salimos a buscarlo, cerramos mejor la ventana y nos quedamos dentro, atentos a cualquier ruido que volviera a acercarse. Rogelio y yo seguimos dentro hasta que empezó a entrar claridad por las ventanas. La figura de la cerca ya no estaba y los perros del pueblo habÃan dejado de ladrar. Asà que retiramos parte de lo que habÃamos puesto contra la puerta y salimos con cuidado. Poco después regresaron los policÃas acompañados por varios vecinos. Revisaron las manchas de sangre que habÃan quedado frente a la entrada y cerca de la ventana de la cocina. Luego seguimos las huellas que salÃan de la propiedad y continuaban hacia el camino. Algunas se mezclaban con rastros de perros comunes, pero otras eran mucho más grandes.
13:11 También encontramos pelo negro atorado en una cerca y pequeñas manchas de sangre que aparecÃan más adelante. Seguimos el rastro hasta que dejó de verse. Los hombres revisaron los terrenos cercanos y buscaron entre la maleza, pero no encontramos ningún animal muerto, ni un sitio donde pudieran haberse refugiado. Tampoco vimos personas alrededor ni señales de que alguien hubiera acompañado a los perros. Mientras recorrÃamos la zona, uno de los vecinos encontró un borrego muerto cerca de un corral. El dueño lo reconoció y dijo que habÃa desaparecido desde el dÃa anterior. TenÃa heridas profundas en el cuello y el costado.
13:54 Los policÃas tomaron fotografÃas, hicieron algunas preguntas y continuaron con la búsqueda, pero el rastro de los perros no volvió a aparecer. Regresé al pueblo después de eso. Un mecánico fue conmigo hasta la camioneta y consiguió ponerla en marcha. Luego me llevaron a una clÃnica para revisar el brazo. La herida necesitó varios puntos. Le dije al médico que un animal me habÃa alcanzado con una de las patas y no entré en más detalles. Esa misma tarde regresé a la casa. Arreglé lo suficiente la puerta para poder cerrarla y recogà lo que habÃa quedado tirado después del ataque.
14:35 Durante los dÃas siguientes continué trabajando, aunque dejé de moverme por los caminos cuando empezaba a oscurecer. Terminaba lo que tenÃa que hacer y regresaba temprano. Tampoco volvà a caminar solo fuera del pueblo. La gente empezó a hablar conmigo con más confianza después de lo ocurrido. Algunos querÃan saber qué habÃa visto, otros se limitaban a escuchar. Rogelio me preguntó una vez si el perro grande realmente se habÃa levantado después del disparo. Le dije que sÃ, que lo vi caer frente a la puerta, quedarse en el suelo durante varios minutos y después ponerse de pie antes de marcharse con los demás. Pasaron varios dÃas sin que volviera a verlos. En ese tiempo no escuché voces cerca de la casa ni encontré nuevas huellas. hasta que una tarde un vecino llamado Ismael salió a revisar un potrero y no regresó. Su familia pidió ayuda antes de que anocheciera y varios hombres del pueblo salimos a buscarlo. Encontramos su lámpara rota cerca de una cerca y más adelante varias manchas de sangre. Junto a ellas habÃa huellas grandes del mismo tipo que habÃamos seguido desde mi casa. Nadie se detuvo a discutir lo que podÃan significar. Seguimos buscando hasta que ya no hubo suficiente luz. Ismael apareció al dÃa siguiente en otra parte del terreno. Estaba muerto. Yo no vi lo que le ocurrió, ni supe qué animal lo atacó.
16:07 Lo que sà vi fueron las huellas cerca del lugar por donde habÃa pasado y el miedo con el que la gente regresó al pueblo después de encontrar el cuerpo. Desde ese dÃa las calles empezaron a vaciarse más temprano. Los que tenÃan animales los encerraban antes, y casi nadie salÃa solo cuando caÃa la noche. Yo todavÃa tenÃa trabajo pendiente y permanecà unos dÃas más en el carrizal. Durante el dÃa continuaba con mi rutina, revisaba las bodegas y regresaba a la casa antes de que oscureciera. No volvà a ver a los perros durante ese tiempo, hasta la última noche que dormà ahÃ. Ya estaba acostado cuando escuché pasos afuera. Me levanté, tomé la escopeta y me quedé lejos de las ventanas. Las uñas pasaron junto a una pared.
16:57 Se detuvieron cerca de la entrada y después volvieron a moverse. No encendà ninguna luz. Esperé con el arma preparada y escuché hasta que todo quedó en silencio. Entonces volvió aquella voz y dijo que yo era suyo. La escuché desde el otro lado de la puerta. Era grave, áspera y clara. No respondà y tampoco me acerqué para mirar. Permanecà donde estaba mientras las uñas volvieron a raspar el suelo del corredor. Después escuché varios pasos alejándose y ya no hubo más movimiento durante el resto de la noche. Cuando amaneció, abrà la puerta. HabÃa varias huellas frente a la casa y una quedó marcada junto a la entrada. No encontré sangre ni pelo, de modo que no pude saber si habÃa regresado el perro al que disparé o si era otro.
17:49 Esa misma mañana empecé a guardar mis cosas. Ya habÃa tomado la decisión de irme y no tenÃa interés en quedarme una noche más. Entregué las llaves al propietario y dejé el trabajo antes de terminar el contrato. Perdà parte del dinero que esperaba ganar, pero salà del pueblo ese mismo dÃa. Meses después hablé con Rogelio por teléfono. Me dijo que todavÃa encontraban animales muertos en algunos corrales y que los perros negros seguÃan apareciendo de vez en cuando cerca de los caminos. No le pedà que me contara más. Nunca regresé a vivir en el carrizal. La escopeta me permitió mantener a los animales fuera de la casa aquella noche y nada más. Dos recibieron disparos y los dos consiguieron levantarse. Después desapareció Ismael y uno de esos perros volvió hasta mi puerta. Yo me fui del pueblo, pero ellos se quedaron.
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