Sept. 2, 2026

Volvió De Noche Porque Sabía Que Lo Esperaba

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 Me llamo Leonel Carrasco y todavía recuerdo con claridad la tarde en que llegué a El Carrizal en noviembre de 2019. Venía de trabajar varios años en seguridad privada y antes de eso había servido en el ejército. No conocía a nadie en el pueblo ni tenía familia ahí. Me habían contratado para supervisar unas bodegas agrícolas durante varios meses y por eso renté una casa cerca de la salida norte. Mis cosas habían llegado dos días antes, incluida una escopeta que guardaba en casa. Entré al pueblo cuando empezaba a oscurecer y me detuve en una tienda para comprar agua, comida y algunas cosas que me faltaban. El dueño se llamaba Rogelio, me reconoció como el hombre nuevo de las bodegas y me preguntó en dónde iba a quedarme. Le dije que había rentado una casa cerca del camino del arroyo.

1:02 En cuanto escuchó eso, me recomendó no andar por ahí de noche. Me contó que durante las últimas semanas habían aparecido animales muertos y que varios vecinos habían visto perros negros muy grandes cerca de los corrales y de algunas casas. Después añadió que esos animales hablaban. Le pregunté qué quería decir. Rogelio explicó que no imitaban voces ni llamaban a nadie por otro nombre. Hablaban con una voz propia y usaban frases cortas. A un muchacho le habían dicho que saliera porque ya lo habían encontrado, y a otra persona le habían dicho que era de ellos. También me dijo que en el pueblo los llamaban Nahuales. No le creí, pero tampoco discutí. Rogelio insistió en que no me detuviera en el camino y que llegara a casa antes de que cerrara la noche. Pagué y salí. La camioneta falló poco después de dejar atrás las últimas casas. Primero perdió fuerza, luego el motor se apagó. Intenté encenderla varias veces y revisé lo básico, pero no conseguí ponerla en marcha. La señal del teléfono era mala y mi casa quedaba más adelante.

2:19 Así que tomé una mochila, una lámpara y decidí continuar a pie. Dejé la camioneta cerrada y empecé a caminar, pero no llevaba ningún arma conmigo. El camino estaba solo. Escuchaba perros detrás de algunas cercas y de vez en cuando, movimiento en los terrenos cercanos. Seguí avanzando hasta que oí algo detrás de una cerca del lado derecho. Alumbré y vi un animal negro entre la maleza. Al principio pensé que era un perro grande, pero cuando salió al camino pude verlo completo. Tenía el cuerpo ancho, las patas largas y unas uñas que sobresalían al apoyar las delanteras. La luz le dio en la cara y vi los ojos rojos.

3:05 Se quedó quieto, mirándome. Seguí caminando y el animal empezó a avanzar detrás de mí, pero no corrí. Mantener la calma era algo que había aprendido durante mis años de servicio, así que seguí atento a sus movimientos. Miraba hacia adelante y volteaba lo necesario para mantenerlo ubicado. El perro conservaba la distancia, pero no se apartaba. Un poco después apareció otro. Salió de un terreno y se colocó adelante en medio del camino. Bajé el paso y miré hacia las casas cercanas, pero todas estaban cerradas. Entonces escuché una voz detrás de mí.

3:46 Era grave y áspera, y dijo con claridad que yo era suyo. Volteé de inmediato. El perro negro tenía el hocico abierto y seguía mirándome. No había nadie junto a él ni vi a ninguna persona cerca del camino. El segundo perro permanecía adelante. No respondí. Seguí caminando, tratando de no perder de vista a ninguno. Y poco después apareció un tercero a un costado. Y el cuarto salió detrás de otra cerca. Los cuatro comenzaron a moverse alrededor de mí, sin lanzarse todavía, pero cada vez dejaban menos espacio. El más grande volvió a hablar. Esta vez me ordenó que saliera de ahí y dijo que ya me había encontrado.

4:33 Tomé una piedra del suelo y sostuve la lámpara con la otra mano. No tenía otra cosa para defenderme. Seguí hacia las primeras casas y golpeé una puerta mientras pedía ayuda. Escuché movimiento adentro. Luego un cerrojo, pero nadie abrió. No insistí. Los perros seguían cerca y quedarme parado frente a esa casa me dejaba expuesto. Mi casa estaba más adelante y dentro tenía la escopeta. Retomé el camino. Alcancé a dar unos pasos cuando uno de los perros entró desde un lado y se lanzó contra mí. Giré y levanté la mochila para cubrirme, pero el golpe me hizo perder el equilibrio.

5:17 Sentí las uñas rasgar la tela y después me cortaron el brazo. Caí de una rodilla, lancé la piedra y le pegué en el pecho. El animal retrocedió lo suficiente para que pudiera levantarme y no esperé a que volviera a lanzarse. Corrí hacia mi casa, escuché a los otros detrás de mí y uno intentó entrar por un costado para cerrarme el paso. Cambié de dirección y seguí. El brazo me sangraba. La mochila estaba abierta y la lámpara se movía tanto que apenas podía mantener la luz al frente. Ya veía la entrada. Saqué las llaves antes de llegar y busqué la correcta mientras corría. Cuando alcancé la puerta escuché las patas muy cerca. Metí la llave, fallé una vez y volví a intentarlo. Detrás de mí el perro grande habló otra vez. Me ordenó parar y repitió que ya me había encontrado. Giré la llave, empujé la puerta y entré. Alcancé a cerrarla con las dos manos y en ese mismo momento algo golpeó desde afuera con fuerza suficiente para hacerla vibrar. Me quedé pegado a la puerta durante un segundo, con el brazo sangrando y la respiración descontrolada.

6:30 Y del otro lado escuché uñas raspando la madera. El golpe hizo vibrar la puerta y sentí la madera moverse contra mis manos. Puse el seguro. Arrastré una mesa hasta la entrada y la dejé atravesada. Luego fui al cuarto donde tenía la escopeta, la saqué del estuche, tomé los cartuchos y regresé sin encender más luces. El brazo seguía sangrando, así que me apreté una venda alrededor de la herida y dejé la lámpara sobre una silla. Afuera escuché las uñas rozando el piso del corredor, primero junto a la entrada, luego cerca de una ventana. Los animales se movían alrededor de la casa y por momentos dejaban de oírse, pero enseguida aparecían en otro punto. Me quedé junto a la pared, con la escopeta lista, tratando de distinguir cada sonido. Uno golpeó una ventana y el vidrio tembló, y casi al mismo tiempo escuché la voz del perro grande, grave y áspera, repitiendo que yo era suyo. No respondí ni me acerqué a la puerta. Poco después oí un golpe en la parte trasera y fui hacia la cocina. Una pata negra entró por una ventana y las uñas se engancharon en el marco. El animal tiró varias veces, abrió más el espacio y metió parte de la cabeza. Reconocí al perro al que había golpeado con la piedra en el camino.

7:54 Esperé hasta que metió el cuello y parte del pecho. Levanté la escopeta y disparé. El animal cayó hacia afuera y soltó un chillido corto. Escuché carreras en el patio. un golpe contra la pared y luego nada, recargué y regresé a la entrada, la puerta recibió otro impacto, la mesa se movió y el seguro crujió, me puse a un costado y esperé, del otro lado se escuchaba la respiración del animal y el roce de las uñas contra la madera, la voz volvió a ordenar que saliera porque ya me había encontrado, después llegó otro golpe y una parte del marco cedió, Por la abertura apareció una pata, luego el hocico. El perro empujó otra vez y consiguió abrir un poco más. Vi los ojos rojos a poca distancia y la sangre de mi brazo me bajó hasta la muñeca. Esperé hasta que la cabeza quedó dentro y disparé.

8:49 El retroceso me empujó el hombro y el perro cayó hacia atrás. Los otros se apartaron de la casa y durante unos momentos no escuché nada más que el zumbido del disparo. Volví a cargar, me quedé junto a la pared y no salí. Pasaron varios minutos antes de que me acercara a una abertura de la ventana. El perro grande estaba tirado frente a la entrada, con sangre en el cuello y una pata extendida de lado. Seguí mirando y vi que empezó a moverse. Levantó la cabeza, apoyó las patas delanteras y terminó poniéndose de pie. Una de ellas no le respondía bien, pero logró sostenerse. Se quedó mirando hacia la casa y abrió el hocico. Dijo que todavía era suyo, y los otros perros comenzaron a acercarse y uno también caminaba herido. Los cuatro permanecieron juntos un momento y luego se alejaron por el camino, pero no abrí la puerta. Los seguí con la vista hasta que desaparecieron y esperé antes de sacar el teléfono. La señal entraba por momentos, pero conseguí comunicarme con emergencias. Les dije que varios animales me habían atacado, que uno me había herido y que había disparado cuando intentaron entrar. No mencioné que hablaban, solo pedí que enviaran una patrulla. Cuando vi las luces de la patrulla, dejé la escopeta dentro y abrí con cuidado. Venían dos policías y Rogelio iba con ellos.

10:15 Uno de los agentes miró mi brazo y revisó la puerta. mientras el otro fue hacia la ventana de la cocina y alumbró el suelo. Había manchas de sangre, huellas alrededor de la casa y marcas profundas en el marco. Les expliqué lo ocurrido y cuando dije que uno de los animales había hablado, el policía que tomaba notas me preguntó si había visto a alguna persona cerca. Le respondí que no, que había visto al animal abrir el hocico mientras decía las palabras. Rogelio confirmó que por eso me había advertido antes. Los agentes no siguieron el rastro de noche. Dijeron que regresarían con más gente al amanecer y me recomendaron pasar el resto de la noche en otra casa. Decidí quedarme.

10:59 La puerta estaba dañada. Mis cosas seguían adentro y no quería dejar la casa abierta. Rogelio dijo que se quedaría conmigo. Cerramos la entrada con la mesa y otro mueble. Cubrimos el hueco de la ventana y mantuvimos las luces apagadas. Durante un buen rato no escuchamos nada. El brazo me dolía más, pero la venda había detenido casi todo el sangrado. Rogelio permanecía cerca de la ventana y yo me quedé junto a la entrada con la escopeta. Después empezaron a ladrar varios perros del pueblo. El sonido llegó primero desde una casa cercana y enseguida respondió otro más lejos. Rogelio se acercó a la ventana, miró hacia el camino y se apartó sin decir nada. Me acerqué y vi una figura negra junto a la cerca. No distinguí si estaba herida, ni pude saber cuál de los cuatro era. Se quedó quieta, con la cabeza levantada hacia la casa. Los ladridos continuaron unos segundos y luego fueron bajando. Yo seguía mirando cuando escuché la voz. Venía desde la cerca y se entendió con claridad. Nos ordenó salir porque ya nos había encontrado.

12:11 Rogelio retrocedió y yo levanté la escopeta. Ninguno respondió. El animal permaneció ahí un momento más y después se apartó del camino hasta desaparecer de nuestra vista. Nos salimos a buscarlo, cerramos mejor la ventana y nos quedamos dentro, atentos a cualquier ruido que volviera a acercarse. Rogelio y yo seguimos dentro hasta que empezó a entrar claridad por las ventanas. La figura de la cerca ya no estaba y los perros del pueblo habían dejado de ladrar. Así que retiramos parte de lo que habíamos puesto contra la puerta y salimos con cuidado. Poco después regresaron los policías acompañados por varios vecinos. Revisaron las manchas de sangre que habían quedado frente a la entrada y cerca de la ventana de la cocina. Luego seguimos las huellas que salían de la propiedad y continuaban hacia el camino. Algunas se mezclaban con rastros de perros comunes, pero otras eran mucho más grandes.

13:11 También encontramos pelo negro atorado en una cerca y pequeñas manchas de sangre que aparecían más adelante. Seguimos el rastro hasta que dejó de verse. Los hombres revisaron los terrenos cercanos y buscaron entre la maleza, pero no encontramos ningún animal muerto, ni un sitio donde pudieran haberse refugiado. Tampoco vimos personas alrededor ni señales de que alguien hubiera acompañado a los perros. Mientras recorríamos la zona, uno de los vecinos encontró un borrego muerto cerca de un corral. El dueño lo reconoció y dijo que había desaparecido desde el día anterior. Tenía heridas profundas en el cuello y el costado.

13:54 Los policías tomaron fotografías, hicieron algunas preguntas y continuaron con la búsqueda, pero el rastro de los perros no volvió a aparecer. Regresé al pueblo después de eso. Un mecánico fue conmigo hasta la camioneta y consiguió ponerla en marcha. Luego me llevaron a una clínica para revisar el brazo. La herida necesitó varios puntos. Le dije al médico que un animal me había alcanzado con una de las patas y no entré en más detalles. Esa misma tarde regresé a la casa. Arreglé lo suficiente la puerta para poder cerrarla y recogí lo que había quedado tirado después del ataque.

14:35 Durante los días siguientes continué trabajando, aunque dejé de moverme por los caminos cuando empezaba a oscurecer. Terminaba lo que tenía que hacer y regresaba temprano. Tampoco volví a caminar solo fuera del pueblo. La gente empezó a hablar conmigo con más confianza después de lo ocurrido. Algunos querían saber qué había visto, otros se limitaban a escuchar. Rogelio me preguntó una vez si el perro grande realmente se había levantado después del disparo. Le dije que sí, que lo vi caer frente a la puerta, quedarse en el suelo durante varios minutos y después ponerse de pie antes de marcharse con los demás. Pasaron varios días sin que volviera a verlos. En ese tiempo no escuché voces cerca de la casa ni encontré nuevas huellas. hasta que una tarde un vecino llamado Ismael salió a revisar un potrero y no regresó. Su familia pidió ayuda antes de que anocheciera y varios hombres del pueblo salimos a buscarlo. Encontramos su lámpara rota cerca de una cerca y más adelante varias manchas de sangre. Junto a ellas había huellas grandes del mismo tipo que habíamos seguido desde mi casa. Nadie se detuvo a discutir lo que podían significar. Seguimos buscando hasta que ya no hubo suficiente luz. Ismael apareció al día siguiente en otra parte del terreno. Estaba muerto. Yo no vi lo que le ocurrió, ni supe qué animal lo atacó.

16:07 Lo que sí vi fueron las huellas cerca del lugar por donde había pasado y el miedo con el que la gente regresó al pueblo después de encontrar el cuerpo. Desde ese día las calles empezaron a vaciarse más temprano. Los que tenían animales los encerraban antes, y casi nadie salía solo cuando caía la noche. Yo todavía tenía trabajo pendiente y permanecí unos días más en el carrizal. Durante el día continuaba con mi rutina, revisaba las bodegas y regresaba a la casa antes de que oscureciera. No volví a ver a los perros durante ese tiempo, hasta la última noche que dormí ahí. Ya estaba acostado cuando escuché pasos afuera. Me levanté, tomé la escopeta y me quedé lejos de las ventanas. Las uñas pasaron junto a una pared.

16:57 Se detuvieron cerca de la entrada y después volvieron a moverse. No encendí ninguna luz. Esperé con el arma preparada y escuché hasta que todo quedó en silencio. Entonces volvió aquella voz y dijo que yo era suyo. La escuché desde el otro lado de la puerta. Era grave, áspera y clara. No respondí y tampoco me acerqué para mirar. Permanecí donde estaba mientras las uñas volvieron a raspar el suelo del corredor. Después escuché varios pasos alejándose y ya no hubo más movimiento durante el resto de la noche. Cuando amaneció, abrí la puerta. Había varias huellas frente a la casa y una quedó marcada junto a la entrada. No encontré sangre ni pelo, de modo que no pude saber si había regresado el perro al que disparé o si era otro.

17:49 Esa misma mañana empecé a guardar mis cosas. Ya había tomado la decisión de irme y no tenía interés en quedarme una noche más. Entregué las llaves al propietario y dejé el trabajo antes de terminar el contrato. Perdí parte del dinero que esperaba ganar, pero salí del pueblo ese mismo día. Meses después hablé con Rogelio por teléfono. Me dijo que todavía encontraban animales muertos en algunos corrales y que los perros negros seguían apareciendo de vez en cuando cerca de los caminos. No le pedí que me contara más. Nunca regresé a vivir en el carrizal. La escopeta me permitió mantener a los animales fuera de la casa aquella noche y nada más. Dos recibieron disparos y los dos consiguieron levantarse. Después desapareció Ismael y uno de esos perros volvió hasta mi puerta. Yo me fui del pueblo, pero ellos se quedaron.