Aquella Madrugada En La Morgue: Entendí Por Qué Los Muertos Tienen Miedo
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0:05 El hombre de la mesa 3 llevaba varias horas muerto cuando se sentó frente a mà y comenzó a hablar de mi hija. TenÃa el pecho destrozado, los ojos arrancados y dos cuencas completamente negras. Yo mismo habÃa recibido su cuerpo aquella tarde, habÃa revisado sus documentos y ayudado a colocarlo sobre la plancha metálica. Sin embargo, a las 2 y 45 de la madrugada, Aquel fallecido conocÃa mi nombre, sabÃa dónde vivÃa mi familia y se reÃa mientras revelaba cosas que jamás le habÃa contado a nadie. Lo que más recuerdo de aquella noche fue el momento en que alguien abrió la puerta de la morgue porque el muerto dejó de burlarse de mà y comenzó a suplicar que no se lo llevaran. Trabajé durante tres años en la morgue central de la ciudad, donde me encargaba de recibir cuerpos, registrar pertenencias, ayudar con los traslados y limpiar las instalaciones.
1:00 HabÃa visto vÃctimas de accidentes y personas encontradas varios dÃas después de fallecer. Al principio me costaba acostumbrarme, especialmente por el olor a formol y las condiciones en que llegaban algunos cadáveres, pero necesitaba conservar aquel empleo. TenÃa esposa, una hija pequeña y varios gastos que cubrir, asà que aprendà a cumplir mis obligaciones sin detenerme demasiado en lo que veÃa. Durante todo ese tiempo nunca presencié nada fuera de lo normal, hasta aquella guardia que terminó obligándome a abandonar mi trabajo. El hombre habÃa ingresado por la tarde después de sufrir un accidente automovilÃstico. Según el reporte, perdió el control de su vehÃculo y chocó contra un camión de carga. Los paramédicos confirmaron su fallecimiento antes de trasladarlo, y el médico forense verificó su estado al recibirlo. TenÃa varias costillas fracturadas, una abertura profunda en el pecho y el rostro gravemente dañado.
1:59 HabÃa perdido ambos ojos durante el impacto. Mi compañero y yo completamos el registro. Acomodamos el cuerpo sobre la mesa número 3 y lo cubrimos con una sábana. Más tarde, él tuvo que retirarse por una emergencia familiar, y el supervisor me pidió que terminara los documentos pendientes, asà que me quedé solo en la sala de preparación. Estaba sentado frente al escritorio, cuando escuché un golpe sobre una superficie metálica. Levanté la vista y observé que la sábana de la mesa 3 se movÃa. Me acerqué pensando que algo se habÃa deslizado, pero antes de llegar, vi que el cuerpo comenzaba a levantarse. La tela cayó hacia un costado y el fallecido quedó sentado, con las piernas extendidas y la herida del pecho completamente expuesta. Su cabeza permaneció inclinada durante unos segundos, hasta que comenzó a levantarla lentamente. Cuando dirigió el rostro hacia mÃ, pude observar las dos cavidades negras donde antes estaban sus ojos. RetrocedÃ, pero él giró la cabeza siguiendo mi movimiento, aunque no tenÃa manera de verme.
3:06 El hombro derecho comenzó a levantarse mientras el izquierdo descendÃa. Después, su cuello giró bruscamente y escuché varios huesos crujir. Su cuerpo se doblaba hacia los lados, con movimientos violentos que aumentaban cada vez que intentaba incorporarse. De pronto abrió la boca y comenzó a reÃrse. Escuché dos voces distintas saliendo de su garganta, una profunda y otra aguda, mezcladas en una carcajada que llenó la habitación. Busqué el teléfono para llamar a seguridad, pero antes de marcar, escuché mi nombre completo. Me quedé mirando al cadáver y entonces empezó a mencionar una discusión que habÃa tenido con mi esposa, repitiendo exactamente las palabras que le dije aquella noche dentro de nuestra habitación.
3:53 Después habló de un dinero que habÃa tomado años atrás y nunca devolvÃ. ConocÃa la cantidad y el lugar en donde lo escondÃ, detalles que habÃa mantenido en secreto desde entonces. Le pregunté cómo sabÃa todo aquello, pero respondió con otra carcajada mientras sus dientes golpeaban unos contra otros. Luego mencionó a mi hija, dijo su nombre completo, la escuela donde estudiaba y la hora en que mi esposa acostumbraba recogerla. Sentà que las piernas me temblaban y le exigà que dejara de hablar de mi familia. El muerto inclinó la cabeza y volvió a repetir el nombre de la niña, disfrutando de mi reacción. mientras continuaba retorciéndose sobre el metal.
4:35 Corrà hacia la salida y presioné el mecanismo de apertura, pero la puerta permaneció cerrada. Tiré de la manija varias veces hasta que sentà dolor en las manos. Entonces noté que la temperatura estaba aumentando. La morgue siempre se mantenÃa frÃa, pero el aire comenzó a calentarse tanto que tuve que quitarme la bata. Me ardÃa la garganta cada vez que respiraba y el sudor me corrÃa por la cara. Miré el indicador del sistema de refrigeración y comprobé que los grados seguÃan subiendo. Regresé al escritorio para utilizar el teléfono, aunque la lÃnea habÃa dejado de funcionar. También presioné el botón de emergencia sin conseguir que se activara la alarma.
5:19 Mientras buscaba otra manera de pedir ayuda, escuché un golpe fuerte detrás de mÃ. El fallecido estaba intentando bajar de la mesa. movÃa las piernas con dificultad, y una de ellas terminó doblándose bajo su propio peso, hasta que cayó de rodillas sobre el suelo. Pensé que volverÃa a reÃrse, pero su comportamiento habÃa cambiado. Giró la cabeza hacia la entrada y comenzó a emitir sonidos desesperados, mientras se arrastraba hacia atrás apoyándose en los brazos. Entonces, escuché pasos provenientes del pasillo. Me acerqué a la puerta, convencido de que algún empleado habÃa llegado para ayudarme. pero el cadáver levantó ambas manos y comenzó a suplicar que le concedieran más tiempo.
6:03 La manija giró lentamente y la puerta se abrió. Un hombre alto, vestido con un traje negro perfectamente ajustado, apareció en la entrada. El muerto intentó esconderse debajo de la mesa, arrastrándose a pesar de sus heridas, mientras repetÃa que todavÃa podÃa cumplir lo prometido. Yo permanecà junto a la pared, observando al desconocido y esperando que me explicara qué estaba sucediendo. Sin embargo, aquel hombre ni siquiera me miró. Cerró la puerta detrás de él y dirigió toda su atención al cadáver, que seguÃa suplicando con las mismas dos voces que minutos antes se habÃan reÃdo de mÃ. Fue entonces cuando comprendà que aquel visitante no habÃa llegado para ayudarme. El hombre del traje permaneció junto a la entrada, mientras observaba al cadáver que intentaba esconderse debajo de la mesa. Era alto, vestÃa con elegancia y llevaba el cabello bien peinado. TenÃa los ojos completamente rojos, una sonrisa que dejaba al descubierto demasiados dientes y unas uñas negras y afiladas que sobresalÃan de las mangas. Cerró la puerta sin apresurarse y caminó hacia el muerto, que comenzó a temblar al verlo acercarse.
7:16 Cuando estuvo frente a él, le recordó que habÃa llegado el momento de cumplir su acuerdo y que su muerte no cambiaba lo que habÃan pactado. El cadáver levantó la cabeza y comenzó a suplicar con aquella voz doble que habÃa escuchado minutos antes. Le pidió más tiempo. Aseguró que todavÃa podÃa cumplir lo prometido y trató de justificar su intento de escapar. El desconocido le respondió que habÃa recibido todo lo que pidió y que ahora debÃa entregar lo que le pertenecÃa. Aproveché que estaba concentrado en el fallecido para acercarme a la salida, pero antes de tocar la cerradura, me ordenó permanecer quieto. Ni siquiera tuvo que mirarme. Retiré la mano y regresé junto a la pared, mientras el muerto intentaba arrastrarse hacia el otro extremo de la sala.
8:04 Una de sus piernas estaba fracturada y apenas podÃa avanzar. Apoyaba las manos sobre el suelo dejando manchas de sangre mientras trataba de alejarse. El visitante caminó detrás de él y cuando consiguió alcanzarlo, lo sujetó por la garganta con una sola mano. Vi que sus pies se separaban del piso mientras el cuerpo se retorcÃa violentamente. Después lo levantó hasta colocarlo nuevamente sobre la mesa 3. El golpe hizo vibrar la plancha metálica y el cadáver comenzó a sacudirse, moviendo los brazos y golpeando la superficie con los talones. Su mandÃbula se abrÃa y cerraba mientras suplicaba que lo dejaran marcharse. Yo permanecÃa junto a la pared, con la camisa empapada de sudor y la garganta irritada por el calor.
8:50 Intenté preguntarle qué estaba ocurriendo y por qué habÃa entrado a la morgue, pero el hombre giró la cabeza y me miró directamente. Sus ojos rojos permanecieron fijos en mi rostro, mientras me explicaba que habÃa venido a reclamar su propiedad. Después me ordenó guardar silencio. Quise responder, pero levantó una de sus manos y entendà que debÃa obedecer. El cadáver aprovechó aquel momento para intentar incorporarse, aunque el visitante lo sujetó del pecho y lo obligó a permanecer acostado. Entonces extendió los dedos de su otra mano y comenzó a introducir las uñas en el cuello del fallecido. La piel se abrió y escuché un sonido de carne desgarrándose, seguido de un grito que me hizo cubrirme los oÃdos. El cuerpo se arqueó sobre la mesa y sus manos comenzaron a golpear desesperadamente el brazo que lo sujetaba. El hombre hundió los dedos hasta que las uñas desaparecieron dentro de la herida y cerró el puño. Después empezó a tirar lentamente hacia arriba, mientras el muerto sacudÃa la cabeza y suplicaba que se detuviera. Nunca pude distinguir qué... estaba sujetando.
10:01 Sus dedos permanecÃan cerrados alrededor de algo invisible, pero cada vez que tiraba, el cadáver reaccionaba con movimientos más violentos. Sus piernas se extendieron, la espalda se separó de la plancha y varios huesos crujieron mientras intentaba liberarse. La voz grave que salÃa de su garganta comenzó a pedir perdón y aseguró que estaba dispuesto a entregar cualquier otra cosa. El visitante no respondió. Continuó tirando hasta que el cuerpo se levantó parcialmente de la mesa y dejó escapar un último grito. Después cayó sobre el metal y permaneció completamente inmóvil. El hombre retiró la mano del cuello y mantuvo los dedos cerrados durante unos segundos. Observó aquello que acababa de arrancar y después bajó el brazo. En ese momento comenzó a salir humo de la herida que el cadáver tenÃa en el pecho. Una pequeña llama apareció entre las costillas y se extendió rápidamente hacia el cuello y los brazos.
11:00 El olor a carne quemada llenó la habitación. Intenté acercarme al extintor, pero el visitante me ordenó que permaneciera en donde estaba. Las llamas continuaron consumiendo el cuerpo hasta dejarlo completamente negro. con varias zonas abiertas y algunos huesos expuestos. Cuando el fuego desapareció, el hombre se acomodó las mangas del traje y comenzó a caminar hacia mÃ. Le pedà que me dejara vivir y le expliqué que solamente trabajaba en aquel lugar, que desconocÃa cualquier acuerdo con el fallecido y que tenÃa una familia esperándome en casa. Me escuchó sin interrumpirme y después volvió a sonreÃr, mostrando aquellas filas de dientes afilados. Me dijo que el muerto era suyo y que habÃa venido personalmente a recoger lo que le pertenecÃa.
11:48 Luego me ordenó callarme y limpiar aquel desastre si querÃa ver amanecer. Su voz sonaba más grave y cada palabra iba acompañada de un segundo tono que me hizo temblar. Le aseguré que no contarÃa nada, pero se acercó hasta quedar frente a mà y levantó una mano. Sus uñas permanecieron a pocos centÃmetros de mi garganta. mientras mencionaba el nombre completo de mi esposa. Después dijo en dónde vivÃamos, cómo se llamaba mi hija y a qué escuela asistÃa. Me advirtió que irÃa personalmente a visitarlas si revelaba una sola palabra sobre lo sucedido. Le supliqué que no les hiciera daño y prometà guardar silencio, aunque él se limitó a recordarme que conocÃa nuestra dirección y que no debÃa poner a prueba su advertencia. Finalmente se apartó y caminó hacia la puerta, que abrió sin ninguna dificultad. Antes de salir volvió a mirarme con aquella sonrisa, y después desapareció por el pasillo. Permanecà inmóvil, escuchando, hasta que dejé de percibir cualquier movimiento. Miré hacia la mesa 3 y comprobé que el cadáver seguÃa completamente calcinado. SabÃa que debÃa limpiar la sala, pero tenÃa demasiado miedo de acercarme a los restos.
13:06 Me escondà debajo del escritorio, recogà las piernas contra el pecho y traté de controlar la respiración mientras la temperatura comenzaba a descender. Pensé en mi esposa y en mi hija, que estaban en casa sin saber lo ocurrido. Quise llamarlas, pero temÃa que aquel hombre regresara al escucharme hablar. Permanecà escondido, mirando hacia la puerta y prestando atención a cada ruido del pasillo. No me atrevà a levantarme ni a tocar el teléfono. Me quedé debajo del escritorio, temblando. hasta que escuché llegar al personal del turno de la mañana. Escuché varias voces en el pasillo y reconocà la de Ramiro, mi compañero de trabajo. VenÃa acompañado de otro empleado, y ambos conversaban mientras se acercaban a la sala. Cuando abrieron la puerta, dejaron de hablar. Desde debajo del escritorio alcancé a ver que se detenÃan frente a la mesa 3, en donde permanecÃan los restos calcinados del hombre que habÃamos recibido aquella tarde. Ramiro preguntó qué habÃa ocurrido y su compañero se acercó para examinar el cuerpo, pero ninguno encontró una explicación. Comenzaron a llamarme y permanecà escondido hasta que escuché sus pasos junto al escritorio. Ramiro se agachó, me encontró temblando contra la pared y me preguntó si estaba herido.
14:25 Le pedà que me ayudara a salir de ahÃ. TenÃa las piernas entumecidas después de tantas horas encogido y apenas conseguÃa mantenerme de pie. Me acompañó hasta el pasillo en donde pude sentarme y beber un poco de agua. Quiso saber si habÃa ocurrido un incendio y por qué no habÃa solicitado ayuda. Le respondà que desconocÃa la causa de las quemaduras, aunque él siguió preguntando porque recordaba las condiciones en que habÃamos recibido al fallecido. Antes de que pudiera insistir nuevamente, llegó el supervisor y entró a revisar la sala. Examinó los restos, observó las manchas del suelo, y ordenó que nadie tocara nada hasta documentar lo sucedido. Después me llevó a su oficina para preguntarme qué habÃa hecho durante la guardia. Le expliqué que habÃa terminado los registros pendientes y que permanecà solo tras la salida de mi compañero.
15:19 Quiso saber si alguien habÃa entrado, si habÃa utilizado sustancias inflamables o si algún equipo presentó una falla. Evité mencionar al visitante y aseguré que desconocÃa el origen del fuego. El supervisor insistió en que debÃa informar cualquier irregularidad, especialmente porque un cadáver habÃa terminado completamente quemado dentro de una instalación preparada para conservar cuerpos. Me preguntó varias veces si estaba ocultando información, pero mantuve mi respuesta. Finalmente, al observar mi estado, autorizó que recibiera atención médica. La enfermera comprobó que tenÃa la presión elevada, estaba deshidratado y seguÃa temblando.
16:01 Me recomendó descansar y acudir nuevamente al médico si los sÃntomas continuaban. Cuando terminé la revisión, fui a las oficinas administrativas y solicité mi renuncia. La empleada intentó convencerme de pedir unos dÃas de permiso antes de tomar una decisión definitiva, pero le expliqué que ya no podÃa continuar trabajando ahÃ. Firmé los documentos, entregué mi identificación y recogà mis pertenencias. Antes de abandonar el edificio, miré hacia el pasillo que conducÃa a la sala de preparación. TodavÃa podÃa escuchar aquella risa y los gritos del fallecido cuando el hombre del traje comenzó a arrancarle algo del cuello. Regresé a casa y mi esposa notó inmediatamente que me encontraba mal. Me preguntó por qué habÃa vuelto tan temprano y le expliqué que habÃa dejado el empleo. Se preocupó porque dependÃamos de mi salario para cubrir los gastos familiares, asà que quiso saber si habÃa discutido con el supervisor o cometido algún error, pero le respondà que ya no soportaba trabajar entre cadáveres y que necesitaba buscar otra ocupación. ConocÃa las dificultades de mis guardias y sabÃa que últimamente regresaba agotado, pero aquella decisión la tomó por sorpresa. Continuó preguntándome durante un rato, hasta que le pedà descansar. No tuve valor para contarle lo sucedido. Aquella noche apenas dormÃ. Me levanté varias veces
17:33 para revisar las cerraduras y comprobar que mi esposa y mi hija estuvieran bien. Cada ruido del exterior me hacÃa acercarme a la ventana, convencido de que alguien podÃa estar esperando frente a nuestra casa. Durante las semanas siguientes continué despertándome a mitad de la noche, con la garganta seca y las manos temblorosas. Mi esposa empezó a preocuparse por mi comportamiento, especialmente cuando notó que evitaba salir después de oscurecer. Le expliqué que algunas experiencias de la morgue seguÃan afectándome y que necesitaba tiempo para recuperarme. Aceptó mi respuesta, aunque nunca dejó de preguntarme si habÃa sucedido algo más. Busqué trabajo durante varias semanas, hasta que conseguà un puesto en una tienda de abarrotes. El sueldo era menor, pero necesitaba mantener a mi familia y acepté sin pensarlo demasiado. Desde entonces recibo mercancÃa, acomodo productos y atiendo clientes. Termino mi jornada y regreso directamente a casa, donde procuro pasar tiempo con mi esposa y mi hija. No he vuelto a entrar en una morgue. ni he intentado averiguar qué hicieron con los restos del hombre de la mesa 3. Tampoco he buscado información sobre su pasado, porque cualquier investigación podrÃa llevarme a responder preguntas que no estoy dispuesto a contestar.
18:57 Ramiro intentó comunicarse conmigo varias veces después de mi renuncia. Al principio preguntaba por mi salud, pero después comenzó a insistir en que necesitaba saber qué habÃa sucedido realmente durante aquella guardia. Dejé de responder sus llamadas y, finalmente, perdió el contacto conmigo. Mi antiguo supervisor tampoco recibió ninguna explicación adicional. Hasta donde sé, nadie consiguió establecer cómo se produjo aquel incendio. Han pasado varios meses y mi familia continúa desconociendo la verdadera razón por la que abandoné un empleo que habÃa conservado durante tres años. Mi esposa todavÃa cree que el trabajo terminó afectándome demasiado, mientras yo sigo evitando cualquier conversación relacionada con aquella noche. Hay detalles que nunca he conseguido olvidar.
19:47 TodavÃa recuerdo la voz del fallecido cuando mencionó a mi hija, y la facilidad con la que reveló secretos personales que nadie conocÃa. También recuerdo el cambio en su comportamiento cuando vio entrar al visitante, sus súplicas desesperadas y los movimientos de su cuerpo mientras aquellas uñas le atravesaban el cuello. Presencié cómo le arrancaron algo invisible, y cómo terminó completamente calcinado sobre la plancha metálica. Nunca comprendà qué habÃa dentro de aquel cadáver, ni qué clase de acuerdo habÃa hecho. Tampoco necesito averiguarlo, porque escuché claramente la advertencia que recibà antes de que aquel hombre abandonara la sala. Desde entonces no he contado lo ocurrido a nadie en persona, ni siquiera a mi esposa. Estoy dejando este testimonio de forma anónima, porque todavÃa tengo miedo de que descubran mi identidad. No mencionaré la ciudad, la ubicación de la morgue ni ningún dato que permita encontrarme. Ahora trabajo lejos de los muertos y trato de llevar una vida normal, aunque sigo durmiendo pocas horas y revisando que mi familia esté a salvo.
20:54 Aquella madrugada, el diablo vino a reclamar algo que le pertenecÃa y me permitió seguir vivo con una condición, guardar silencio. Sé lo que vi y recuerdo perfectamente su amenaza. quién escribió estas palabras, estoy seguro de que vendrá a buscar a mi familia y cumplirá su promesa. A las tres y doce de la madrugada, escuché unas uñas largas raspando el suelo de la morgue. Cuando me acerqué a la sala de autopsias, encontré a una anciana encima de una mesa, con las manos metidas en el abdomen abierto de un cadáver.
21:40 TenÃa sangre alrededor de la boca y estaba masticando algo que acababa de sacar del cuerpo. En cuanto me descubrió, soltó un chillido, saltó al suelo y corrió hacia mà a cuatro patas. Aquella noche terminé en urgencias, con muchas puntadas en el brazo derecho, aunque nunca les conté a los médicos quién me habÃa provocado las heridas. Han pasado cinco años y todavÃa conservo las cicatrices. En aquel tiempo, trabajaba como auxiliar en el departamento de patologÃa de un hospital público. Llevaba varios años haciendo turnos nocturnos y conocÃa bien mis responsabilidades. RecibÃa los cadáveres, preparaba el instrumental, limpiaba las mesas y ayudaba a dejar los cuerpos listos para su traslado. Normalmente compartÃa el turno con otro empleado, pero aquella semana mi compañero habÃa solicitado permiso por un problema familiar.
22:34 Mi supervisor me explicó que no tenÃan a nadie disponible para reemplazarlo y me pidió que trabajara solo durante esos dÃas. Acepté porque estaba acostumbrado al lugar y nunca habÃa tenido un incidente grave. El departamento permanecÃa cerrado al público durante la noche y solamente entraba personal autorizado. Aquella madrugada habÃa quedado un cadáver en la sala de autopsias, perteneciente a un hombre que habÃa fallecido en un accidente. El médico forense terminó su trabajo y yo me encargué de preparar el cuerpo mientras llegaban a recogerlo. Recuerdo perfectamente que tenÃa la incisión abdominal cerrada y que lo dejé cubierto con una sábana blanca. Después limpié el instrumental, revisé que todo quedara en orden y regresé a mi oficina para terminar unos registros pendientes. Hasta ese momento no habÃa ocurrido nada fuera de lo habitual. Estaba sentado frente al escritorio, Cuando escuché un arrastre procedente del pasillo, dejé el bolÃgrafo y presté atención, pero el ruido se interrumpió antes de que pudiera identificarlo. Pensé que algún gato habÃa entrado por la zona de servicio, porque anteriormente habÃamos encontrado animales cerca del edificio.
23:48 Continué trabajando hasta que volvà a escucharlo, pero esta vez durante varios segundos. Eran raspaduras cortas, seguidas de un movimiento más prolongado sobre las baldosas. Me levanté, abrà la puerta y pregunté si habÃa alguien en el departamento, pero nadie respondió, aunque poco después escuché otro ruido que venÃa directamente de la sala de autopsias. Tomé una linterna del escritorio y salà a revisar. El pasillo estaba iluminado y no encontré a nadie mientras avanzaba. Al acercarme a la sala, escuché un golpe respiración fuerte y varios movimientos sobre el suelo.
24:29 Me detuve antes de llegar a la entrada y pregunté nuevamente si habÃa alguien dentro, pero tampoco recibà respuesta. En ese momento pensé que alguna persona habÃa conseguido entrar sin autorización, asà que continué caminando hasta alcanzar el marco de la puerta. Desde ahà podÃa observar las mesas y una parte del suelo. Lo primero que vi fue la sábana blanca tirada junto a la segunda mesa. Reconocà que pertenecÃa al cadáver que habÃa preparado y levanté la vista para comprobar qué habÃa sucedido. Entonces descubrà a una mujer anciana agachada encima del cuerpo. Era extremadamente delgada, tenÃa la espalda encorvada y llevaba ropa vieja, rota y cubierta de suciedad. Su cabello gris le caÃa sobre la cara y mantenÃa los pies descalzos apoyados en el borde metálico. Estaba inclinada sobre el abdomen del fallecido, moviendo los brazos mientras mantenÃa la cabeza muy cerca de la incisión. Me quedé inmóvil al descubrir que el abdomen estaba abierto nuevamente. Yo habÃa dejado aquella herida cerrada, pero ahora tenÃa los bordes separados y habÃa sangre sobre la mesa.
25:40 La anciana introducÃa los dedos en el interior del cuerpo. y removÃa su contenido con movimientos rápidos. Cuando retiró una mano, pude observar que tenÃa las uñas largas, amarillentas y curvadas hacia abajo. Estaban manchadas hasta las puntas, y sobresalÃan varios centÃmetros de sus dedos. La mujer sostuvo algo ensangrentado, se lo llevó a la boca y comenzó a masticarlo, sin dejar de utilizar la otra mano para escarbar. Sentà náuseas y tuve que apoyarme contra el marco para mantener el equilibrio. HabÃa trabajado con cadáveres durante años, pero nunca habÃa presenciado una situación semejante. La mujer continuaba masticando mientras retiraba pequeños restos de su boca con los dedos. TenÃa sangre fresca en los labios, la barbilla manchada y parte de la ropa pegada al pecho. No sabÃa quién era ni cómo habÃa conseguido entrar al departamento. Lo único que tenÃa claro era que estaba manipulando el cuerpo de un fallecido y que debÃa detenerla. aunque me encontraba solo y no llevaba nada con qué defenderme. Le pregunté quién era y qué estaba haciendo ahÃ. La anciana dejó de mover la mandÃbula, pero mantuvo una mano dentro del abdomen. Volvà a hablarle, pero esta vez con mayor firmeza y le ordené que bajara de la mesa. Entonces levantó lentamente la cabeza hasta mirarme directamente. TenÃa los ojos muy abiertos, la cara profundamente arrugada y varios dientes oscuros. Permaneció observándome, mientras retiraba la
27:15 mano que todavÃa mantenÃa dentro del cadáver. Después apoyó ambas palmas sobre el metal y extendió los dedos. Sus uñas golpearon la superficie, produciendo el mismo sonido que me habÃa llevado hasta aquella sala. La mujer abrió la boca y me mostró una sonrisa que le deformó el rostro. TodavÃa tenÃa sangre entre los dientes y una pequeña cantidad le bajaba por la barbilla. Di un paso hacia atrás porque comenzó a mover el cuerpo hacia el borde de la mesa sin apartar los ojos de mÃ. Flexionó las piernas, apoyó con fuerza los brazos y adelantó la cabeza. Entonces soltó un chillido tan agudo que tuve que cubrirme un oÃdo. Antes de que pudiera alejarme de la entrada, se impulsó con ambas manos y saltó directamente hacia el suelo. La anciana cayó sobre las manos y los pies, con las rodillas dobladas y la espalda encorvada. El golpe se escuchó en toda la sala, pero no se detuvo a recuperarse.
28:11 Levantó la cabeza y comenzó a avanzar hacia mÃ, apoyando primero una mano y luego la otra, con una rapidez que no esperaba de alguien tan delgado. Le ordené que se quedara donde estaba, pero siguió acercándose, y entonces reconocà el ruido que habÃa oÃdo desde la oficina. Sus uñas golpeaban las baldosas y se arrastraban cada vez que movÃa los dedos. Retrocedà hasta el pasillo sin dejar de mirarla, y en cuanto aceleró el paso, me di la vuelta para correr. Alcancé a escucharla detrás de mà durante todo el trayecto. No se levantó para perseguirme. Avanzaba a cuatro patas, golpeando el suelo con las manos. Corrà hacia mi oficina, entré y traté de cerrar la puerta de inmediato, pero la mujer llegó antes de que pudiera hacerlo. Chocó contra la madera y me empujó hacia atrás. Recuperé el equilibrio y apoyé el hombro izquierdo para resistir el siguiente golpe.
29:07 Logré acercar la puerta al marco hasta dejar una abertura estrecha, aunque ella metió la mano por ese espacio y empezó a buscar dónde sujetarse. Vi sus dedos moverse a pocos centÃmetros de mi cuerpo y empujé con más fuerza. La anciana hizo presión desde el pasillo. SentÃa los golpes de su cuerpo contra la puerta y escuchaba cómo resbalaban sus pies al intentar avanzar. Le grité que se apartara, pero volvió a empujar hasta que la madera se abrió unos centÃmetros. Quise cambiar de posición para cerrarla con el hombro. y en ese momento me alcanzó el antebrazo derecho. Sus dedos se cerraron sobre la manga, las uñas atravesaron la tela y se clavaron en mi piel. Grité por el dolor y tiré del brazo para soltarme, pero ella no aflojó.
29:54 Al contrario, me jaló hacia la abertura. obligándome a apoyar una mano contra el marco para no caer. Intenté separarle los dedos con la mano izquierda, pero tenÃa las uñas hundidas y cada movimiento me lastimaba más. Cuando tiré con fuerza, sentà que me desgarraba la piel desde la mitad del antebrazo hacia la muñeca. La sangre apareció de inmediato, corrió por mi mano y manchó la puerta. La mujer seguÃa tirando mientras empujaba con el hombro desde afuera. Perdà fuerza por un instante y la abertura creció lo suficiente para que asomara la cabeza. Le vi los dientes manchados y la boca abierta. Trató de acercarla a mi brazo, asà que me aparté con un movimiento brusco, aunque al hacerlo, las uñas terminaron de abrirme los cortes. Conseguà liberarme y retrocedà hasta golpear el escritorio con la cadera. La mano derecha me temblaba. TenÃa la manga rota y apenas podÃa cerrar los dedos. La anciana volvió a empujar la puerta, esta vez sin encontrar resistencia, y metió un hombro dentro de la oficina. Busqué algo con que detenerla. Sobre el escritorio habÃa un frasco pesado de vidrio que contenÃa formol, apartado mientras organizaba unos materiales. Lo agarré con la izquierda sujetándolo por el cuello, mientras ella estiraba una mano hacia mi ropa. Estaba tan cerca que podÃa ver la sangre seca debajo de sus uñas, pero levanté el recipiente antes de que lograra tocarme. Se lo estrellé directamente en la cara.
31:25 Sentà el golpe en el brazo y escuché cómo se rompÃa el vidrio contra su frente. El lÃquido se derramó junto a la entrada y varios fragmentos cayeron al suelo. La anciana soltó un chillido, retiró la mano y retrocedió cubriéndose el rostro. Le salÃa sangre de la frente y la nariz y pronunciaba palabras que no llegué a entender. TenÃa una voz ronca, entrecortada por los gritos. No esperé a que se recuperara. Empujé la puerta hasta cerrarla. Giré el seguro y arrastré un archivero para bloquearla. Hice casi toda la fuerza con el brazo izquierdo, porque el derecho me dolÃa incluso al mantenerlo quieto. Apenas terminé de colocar el mueble, recibà otro golpe desde el pasillo. La anciana habÃa regresado a la puerta. Golpeó varias veces y comenzó a raspar la parte inferior con las uñas. Me alejé del acceso, tomé el teléfono del escritorio e intenté llamar a seguridad, pero la lÃnea estaba sin servicio. Marqué otra vez mientras observaba el seguro y el archivero atento a cualquier movimiento. Los golpes continuaron un momento y después se detuvieron.
32:30 Escuché sus manos alejarse por el pasillo, cada vez más lejos, hasta entrar de nuevo en la sala de autopsias. Permanecà junto al teléfono sin atreverme a mover el mueble. Oà un golpe metálico y después un estruendo de vidrio. El ruido venÃa de las ventanas superiores de la sala. Siguieron varios cristales cayendo sobre el suelo y poco después un golpe afuera en dirección al patio de servicio. Escuché movimientos sobre el pavimento que fueron alejándose hasta desaparecer. Pensé que habÃa escapado por una de aquellas ventanas, pero no abrà para comprobarlo. No sabÃa si seguÃa en el patio ni si podÃa regresar. Asà que esperé un poco más, con la mirada fija en la puerta y el teléfono todavÃa en la mano. Ningún otro ruido llegó desde el pasillo.
33:20 Entonces miré mi brazo. La sangre habÃa empapado la manga y goteaba desde los dedos hasta el suelo. Me acerqué al escritorio, dejé el teléfono y presioné las heridas con la mano izquierda. Sentà una punzada que me hizo doblarme. pero mantuve la presión mientras buscaba el botiquÃn. Conseguà sacar varias gazas y me senté porque comenzaba a marearme. Las primeras se mancharon enseguida. Las cambié, volvà a apretarlas contra el antebrazo y miré hacia la puerta cerrada. Mi supervisor no llegarÃa hasta la mañana y por el momento estaba solo, herido y sin poder pedir ayuda. Seguà presionando las gazas contra el antebrazo mientras buscaba una venda dentro del botiquÃn.
34:04 La sangre habÃa atravesado la manga y me bajaba hasta los dedos, asà que corté la tela que rodeaba las heridas para poder cubrirlas mejor. TenÃa cuatro cortes, dos de ellos profundos, y me dolÃan incluso cuando mantenÃa el brazo inmóvil. Sujeté las gazas con la venda y apreté la zona con la mano izquierda. Me costaba respirar con normalidad después del esfuerzo y el dolor, pero conseguà levantarme para revisar si el teléfono habÃa recuperado la lÃnea. Intenté comunicarme otra vez con seguridad y no obtuve respuesta. Saqué mi celular, busqué señal cerca de la ventana de la oficina y marqué el número del hospital, pero la llamada se interrumpió antes de que contestaran. Quise salir a buscar ayuda, pero la única ruta que conocÃa pasaba frente a la sala de autopsias. No habÃa escuchado a la anciana regresar, pero tampoco podÃa asegurar que se hubiera marchado. Volvà al escritorio, guardé el teléfono en el bolsillo y decidà esperar al personal de la mañana sin quitar la vista de la puerta.
35:10 El vendaje comenzó a humedecerse y tuve que presionarlo de nuevo. Como no lograba controlar del todo la hemorragia, improvisé un torniquete con una tira de tela por encima de las heridas. Lo hice por desesperación, sin saber si me perjudicarÃa. Al poco rato, sentà hormigueo en la mano y aflojé la tela. manteniendo las gazas apretadas contra los cortes. Me senté en el suelo porque estaba mareado y ya no tenÃa fuerzas para sostenerme mucho tiempo. Cada vez que escuchaba un ruido afuera, levantaba la cabeza, atento a cualquier movimiento del picaporte. No volvà a oÃr las uñas. Permanecà encerrado, cambiando las gazas cuando podÃa y tratando de no quedarme dormido. El dolor aumentaba al mover los dedos y la venda se habÃa manchado por completo. En algunos momentos creà escuchar pasos, pero ninguno se acercó a mi oficina. SeguÃa sin saber si la mujer estaba fuera del edificio o si podÃa entrar de nuevo. Me apoyé contra la pared, dejé el brazo sobre las piernas y esperé, revisando de vez en cuando que el seguro continuara puesto. Cuando escuché abrirse la entrada del departamento, Reconocà la voz de mi supervisor. Caminó por el pasillo, intentó abrir mi oficina y encontró el archivero bloqueando la puerta. Me preguntó qué ocurrÃa y le respondà que estaba herido. Aparté el mueble con la mano izquierda y conseguà dejarlo pasar. En cuanto vio mi uniforme y
36:43 las manchas del suelo, se acercó para revisar el vendaje. Quiso saber qué me habÃa pasado. Pero antes de responder, miré hacia el pasillo y recordé lo que tendrÃa que explicarle si decÃa la verdad. Le conté que habÃa resbalado mientras recogÃa instrumental y que me corté con un bisturà viejo con señales de óxido al intentar sostenerme durante la caÃda. Mi supervisor examinó la manga rota y preguntó por qué tenÃa varios cortes. Le dije que no recordaba bien cómo habÃa apoyado el brazo. También vio los fragmentos del frasco junto a la entrada. Asà que añadà que lo habÃa golpeado cuando perdà el equilibrio. Me escuchó sin interrumpirme, pero siguió observando las heridas. Yo apenas podÃa mantenerme de pie y le pedà que llamara a urgencias. Mientras solicitaba ayuda, fue a revisar la sala de autopsias. Regresó y me informó que una de las ventanas superiores estaba rota. HabÃa cristales en el suelo y el cadáver seguÃa descubierto sobre la mesa. Me preguntó si alguien habÃa entrado durante mi turno.
37:50 Sentà ganas de contarle lo de la anciana, pero pensé en la forma en que habÃa corrido detrás de mà y en lo difÃcil que serÃa explicar aquello. TemÃa que me consideraran incapaz de distinguir lo ocurrido y terminaran enviándome a una evaluación psiquiátrica. Respondà que no habÃa visto a ningún extraño y mantuve mi versión del accidente. El personal médico llegó poco después y me trasladó a urgencias. Ahà retiraron la venda, limpiaron la sangre y examinaron los cortes. El médico me preguntó qué instrumento me habÃa lesionado y repetà lo del bisturÃ. Señaló que las heridas tenÃan direcciones diferentes y quiso saber cómo habÃa caÃdo, pero le contesté que todo ocurrió muy rápido. También mencioné que habÃa trabajado con un cadáver antes de lastimarme, para que revisaran el posible contacto con material biológico. Me hicieron las comprobaciones necesarias y comenzaron a cerrar las lesiones, después de limpiar cuidadosamente la zona. Recibà muchas puntadas en el antebrazo derecho. Me dejaron en observación por la pérdida de sangre y las molestias que presentaba, y después me indicaron los cuidados que debÃa seguir. Durante la recuperación, tuve que regresar a revisión y limitar los movimientos de la mano. Las heridas fueron cerrando, aunque tardé semanas en recuperar la fuerza suficiente para usar el brazo con normalidad. No regresé a aquella morgue. Cuando estuve en condiciones de hacerlo, presenté mi renuncia, y mantuve
39:20 la misma explicación cada vez que mi supervisor volvió a preguntarme por el incidente. Han pasado cinco años. TodavÃa conservo cuatro cicatrices en el ante derecho. Dos son profundas y una llega casi hasta la muñeca. A veces me duele al hacer fuerza y cuando alguien pregunta qué me sucedió, digo que fue un accidente de trabajo. Nunca averigué quién era aquella mujer ni dónde terminó después de escapar por la ventana. Tampoco he vuelto a pisar un hospital o una morgue de noche. Sé que el cadáver quedó sobre la mesa y que la anciana salió viva de aquella sala. Las marcas de sus uñas siguen en mi brazo y no necesito volver a verla para recordar lo que me hizo.
40:14 TodavÃa recuerdo lo que ocurrió aquella madrugada del 14 de octubre en la morgue del estado. La policÃa rural nos habÃa entregado un animal enorme que encontraron muerto en el monte y después de revisarlo, el forense ordenó guardarlo en el frigorÃfico general. Me quedé solo mientras el doctor salÃa a resolver unos documentos y a las 3 y 33 de la madrugada escuché varios golpes dentro de la cámara frÃa, seguidos por el ruido de unas uñas raspando el metal. Cuando abrà la puerta, encontré una gaveta de acero, completamente doblada y algo moviéndose debajo de ella. Era el mismo animal que habÃamos guardado horas antes, pero estaba respirando y tenÃa los ojos abiertos. Yo llevaba siete años trabajando como auxiliar nocturno en aquella morgue. Me encargaba de recibir los cadáveres, registrar sus ingresos, acomodarlos en los refrigeradores y mantener limpia el área de conservación. También ayudaba con los cuerpos que nadie reclamaba y que, después de cumplir los trámites correspondientes, terminaban en la fosa común. Durante ese tiempo habÃa visto personas fallecidas por accidentes, muertes naturales y enfermedades, además de restos encontrados después de varios dÃas a la intemperie. Estaba acostumbrado a trabajar con cadáveres en diferentes condiciones y sabÃa cuándo debÃa avisar al médico responsable. Aquella noche, sin embargo, recibimos algo que ninguno de nosotros habÃa visto antes. Los policÃas llegaron acompañados por un hombre que conducÃa una camioneta.
41:47 TraÃan un bulto grande cubierto con una lona y pidieron hablar con el forense de guardia. El doctor Salcedo salió conmigo para recibirlos, mientras uno de los agentes explicaba que habÃan encontrado los restos cerca de un camino rural. Un campesino que cuidaba ganado descubrió el cuerpo junto a una zona de monte y llamó a las autoridades porque tenÃa caracterÃsticas que no reconocÃa. Los agentes tampoco pudieron identificarlo y decidieron trasladarlo para que fuera examinado. Según el policÃa, varios habitantes se habÃan acercado durante el levantamiento, pero ninguno quiso ayudar a moverlo. Entre todos, bajamos el bulto y lo colocamos sobre una camilla. Cuando retiramos la lona, vimos un animal negro del tamaño de un ternero, con el pelaje espeso y lleno de tierra. TenÃa cuatro extremidades gruesas, unas uñas largas y una cabeza de perro muy grande. Los colmillos sobresalÃan de la mandÃbula, incluso con el hocico cerrado, y alrededor de la boca habÃa restos de sangre seca.
42:51 El doctor comenzó a revisarlo, mientras yo sostenÃa una lámpara. Al levantar una de las patas delanteras, descubrimos que tenÃa cinco dedos separados, uno de ellos colocado más arriba que los demás. Salcedo examinó esa extremidad y después continuó con el resto del cuerpo. Durante la revisión, uno de los policÃas mencionó que un campesino habÃa llamado Nahual a aquella criatura y les habÃa advertido que no la tocaran. El agente explicó que escucharon varias historias sobre animales extraños en esa región, aunque nadie pudo proporcionar información concreta. Salcedo les pidió que anotaran lo sucedido en el informe y siguió trabajando.
43:33 Revisó las pupilas, comprobó que el cuerpo estaba frÃo y verificó la ausencia de respiración y latidos perceptibles. Las extremidades presentaban rigidez y el animal permaneció inmóvil durante todo el examen. El doctor decidió conservarlo hasta que otro especialista pudiera ayudar a determinar de qué se trataba. Mientras terminábamos de acomodarlo, descubrà una cicatriz alrededor del cuello. La marca recorrÃa buena parte de la piel y tenÃa pequeñas zonas sin pelo. Se lo mostré al forense, quien la revisó y tomó una fotografÃa. También observamos varias heridas cerca del hocico y tierra endurecida entre los dientes. Cuando intentamos levantar el cuerpo para trasladarlo, tuvimos dificultades por su peso. Recuerdo que sostuve una de las patas delanteras y sentà resistencia al estirarla.
44:24 El doctor me explicó que la rigidez podÃa dificultar esos movimientos, asà que la acomodamos con cuidado y continuamos hasta llegar a la cámara frigorÃfica. Guardamos los restos en la gaveta inferior número 9. una bandeja de acero inoxidable que utilizábamos para cuerpos pesados. Tuve que acomodar las extremidades para que entraran completamente, y después empujé la estructura hasta el fondo. Comprobé que hubiera quedado bien colocada antes de salir. Salcedo cerró la cámara y me informó que debÃa acudir a las oficinas administrativas para completar la documentación del hallazgo. También intentarÃa localizar a otro médico que pudiera revisar el cuerpo durante la mañana. Me encargó mantener cerrado el frigorÃfico y avisarle si surgÃa algún problema. Le confirmé que estarÃa pendiente y regresé a mis labores. Después de que se marchó, terminé los registros que tenÃa pendientes y limpié el área de descarga. El vigilante permanecÃa en la caseta exterior, de modo que yo era el único trabajador dentro de la zona de conservación. Cuando acabé, regresé a la oficina, preparé café y revisé algunos formatos. Llevaba un rato sentado cuando escuché un golpe metálico. procedente del frigorÃfico general. Me levanté y permanecà escuchando, hasta que se produjo otro impacto acompañado por un raspado prolongado. Al principio creà que alguna bandeja habÃa quedado mal asegurada, pero el sonido volvió a repetirse,
45:58 y esta vez pude identificar que algo estaba rozando el metal desde el interior. Salà de la oficina y caminé hasta la puerta de la cámara frÃa. Mientras me acercaba, escuché tres golpes seguidos, Después, un arrastre fuerte que terminó junto a la entrada. Pensé que alguna persona habÃa logrado meterse al edificio y estaba escondida entre los refrigeradores. En otras ocasiones, habÃamos encontrado gente ajena al personal cerca del acceso de descarga. Por eso, decidà revisar antes de llamar al vigilante. Tomé una linterna, comprobé que el cerrojo seguÃa colocado y miré el reloj del pasillo. Marcaba las 3 y 33 de la madrugada. Retiré el seguro, abrà la puerta pesada y encendà la luz interior. La gaveta número nueve estaba doblada hacia abajo y uno de sus soportes habÃa cedido. HabÃa marcas profundas en el cemento y una sustancia espesa cerca de la bandeja. Entonces, escuché una respiración fuerte que venÃa desde la parte inferior de los refrigeradores.
47:02 Dirigà la linterna hacia ese lugar y distinguà al animal negro, agachado sobre sus cuatro patas, con la cabeza inclinada y el hocico entreabierto. Reconocà la cicatriz que tenÃa alrededor del cuello. y los colmillos que habÃamos revisado durante su ingreso. Permanecà junto a la puerta mientras la criatura levantaba lentamente la cabeza. Sus ojos eran de un rojo intenso y me observó sin apartar la mirada. Luego adelantó una de sus patas y clavó las uñas en el cemento. Me quedé inmóvil junto a la entrada, mirando al animal que tenÃa enfrente. Estaba agachado a pocos metros de mÃ, con el lomo encorvado y las cuatro patas apoyadas sobre el cemento. TenÃa el pelo negro, espeso y sucio. Los colmillos sobresalÃan de su mandÃbula y una saliva pesada le escurrÃa por el hocico.
47:53 Sus ojos eran de un rojo intenso y seguÃan fijos en mÃ, incluso cuando aparté un poco la linterna. Recuerdo que miré la gaveta destrozada y después volvà a observarlo, tratando de entender cómo habÃa conseguido salir de aquella bandeja. La criatura levantó la cabeza, abrió ligeramente la boca y comenzó a olfatear en mi dirección. Retrocedà despacio, manteniendo una mano cerca de la puerta. Durante unos segundos pensé que podÃa tratarse de un animal enfermo, pero la fuerza necesaria para doblar aquella estructura me hizo descartar esa explicación. Le hablé en voz baja para mantenerlo tranquilo mientras intentaba salir.
48:35 Al escucharme, adelantó una de sus patas delanteras y apoyó las uñas contra el piso, dejando cuatro marcas profundas. En esa extremidad distinguà los cinco dedos que habÃamos visto durante la revisión. Cuatro tocaban el suelo y el quinto permanecÃa levantado, con una uña larga y curvada. Cuando movà la mano hacia la manija, giró la cabeza y siguió el movimiento. TenÃa la salida muy cerca. pero necesitaba cerrar la pesada puerta antes de que pudiera alcanzarme. Seguà retrocediendo sin darle la espalda, mientras la criatura avanzaba lentamente y dejaba pequeñas manchas de saliva sobre el cemento. Entonces levantó la parte delantera del cuerpo, apoyándose sobre sus patas traseras. y abrió el hocico hasta mostrarme todos los dientes. Emitió un chillido grave que terminó en una serie de sonidos roncos, semejantes a una risa humana. Me quedé mirándolo, con la mano apoyada en el marco, hasta que volvió a bajar las patas.
49:37 Intenté girarme hacia el pasillo, y en ese momento saltó directamente contra mÃ. El golpe me dio en el pecho y me lanzó de espaldas contra el suelo. La linterna salió despedida y chocó con una de las gavetas, mientras el animal caÃa encima de mis piernas. Levanté los brazos para protegerme la cara y traté de empujarlo, pero tenÃa demasiado peso. Su hocico quedó a pocos centÃmetros de mi cuello y pude sentir su respiración sobre la piel. Intenté apartarle la cabeza con ambas manos sin conseguir moverlo lo suficiente para levantarme. Entonces apoyó una de sus patas delanteras sobre mi muslo izquierdo y clavó las uñas con tanta fuerza que me atravesaron el pantalón de trabajo. Sentà tres punzadas profundas y después un tirón que me hizo gritar.
50:24 Las garras comenzaron a deslizarse hacia la rodilla cuando intenté retirar la pierna, abriendo tres cortes largos en la carne. La sangre empezó a empapar la tela, y el dolor aumentó cuando la criatura volvió a cargar su peso sobre el muslo. TenÃa la boca abierta y continuaba acercando el hocico hacia mi cara, mientras yo trataba de mantenerlo apartado con los brazos. Conseguà doblar la pierna derecha y le di una patada con la bota industrial en un costado de la mandÃbula. El golpe le hizo girar la cabeza, pero todavÃa mantenÃa las uñas clavadas. Aproveché que habÃa apartado el hocico para darle otra patada. pero esta vez directamente debajo de la mandÃbula. El animal retrocedió y retiró la pata de mi muslo, permitiéndome moverme hacia la salida. Me impulsé con los codos y comencé a arrastrarme por el cemento, dejando sangre detrás de mÃ. La pierna izquierda me dolÃa demasiado para apoyarla y apenas podÃa mantenerla estirada. Escuché las uñas golpeando el piso a mi espalda y avancé con todas mis fuerzas hasta alcanzar el marco. Conseguà sacar el cuerpo al pasillo exterior. Agarré la manija con ambas manos y tiré de la puerta antes de que la criatura volviera a saltar. El animal chocó contra el acero cuando estaba terminando de cerrarla. Sentà el golpe en los brazos y tuve que apoyar el hombro para evitar que la hoja se abriera nuevamente. Empujé hasta conseguir que encajara en el marco y bajé el cerrojo de seguridad. Apenas me aparté, comenzó a golpear desde adentro con una fuerza que hacÃa
51:55 vibrar la pared. Escuché varios impactos seguidos, y después el raspado de sus uñas contra el metal. Permanecà en el suelo observando el seguro, porque cada golpe sacudÃa la puerta y temÃa que terminara rompiéndola. El cerrojo resistió, aunque la criatura continuó golpeando mientras yo intentaba incorporarme. Me apoyé contra la pared para levantarme, pero la pierna izquierda cedió en cuanto intenté cargar mi peso sobre ella. Volvà a caer y revisé los cortes. El pantalón estaba abierto desde el muslo hacia la rodilla y la sangre seguÃa saliendo de las tres heridas. Saqué el teléfono del bolsillo y llamé al doctor Salcedo. Le expliqué que el animal habÃa salido de su gaveta, me habÃa atacado y permanecÃa encerrado en la cámara frigorÃfica. También le dije que estaba perdiendo mucha sangre y necesitaba una ambulancia. Me pidió que mantuviera cerrado el acceso y buscar un lugar seguro, mientras él solicitaba ayuda y regresaba a las instalaciones. Comencé a arrastrarme hacia la oficina del frente, utilizando los brazos y la pierna derecha para avanzar. TenÃa que detenerme varias veces porque el dolor aumentaba con cada movimiento. Cuando finalmente llegué, me sujeté del escritorio y conseguà sentarme en el suelo, apoyando la espalda contra la pared. Me quité el cinturón y lo apreté alrededor del muslo por encima de las heridas para intentar contener la hemorragia. Después llamé a emergencias, expliqué lo
53:27 ocurrido y proporcioné la dirección de la morgue. La operadora me indicó que permaneciera consciente y evitara moverme. Mientras hablaba, todavÃa alcanzaba a escuchar los golpes que venÃan del frigorÃfico. Poco después, los impactos comenzaron a espaciarse. Escuché un último raspado prolongado contra la puerta y luego dejaron de producirse ruidos. Desde donde estaba podÃa ver una parte del pasillo, pero el acceso a la cámara quedaba fuera de mi vista. Seguà presionando la pierna con una toalla que encontré en la oficina, tratando de controlar la sangre mientras esperaba la ayuda. Empecé a sentir mareos y tuve que apoyar la cabeza contra la pared para mantenerme sentado. quise llamar al vigilante, pero apenas podÃa sostener el teléfono. Recuerdo que permanecà mirando hacia la entrada, escuchando los motores de refrigeración y esperando cualquier movimiento detrás de aquella puerta, pero no volvà a escuchar los golpes. Y hasta que llegaron a buscarme, tampoco supe qué habÃa pasado con el animal. Cuando el Dr.
54:34 Salcedo regresó con los paramédicos, HabÃa pasado aproximadamente una hora desde el ataque. Yo seguÃa sentado en el suelo de la oficina, con el cinturón apretado alrededor del muslo y una toalla empapada de sangre. El pasillo habÃa quedado manchado desde la entrada del frigorÃfico hasta donde me encontraba. Uno de los paramédicos comenzó a revisar mis heridas, mientras el otro me tomaba la presión y comprobaba mi estado. Les expliqué que apenas podÃa mover la pierna izquierda y que habÃa perdido mucha sangre. Salcedo se acercó para examinarme y me preguntó qué habÃa ocurrido después de que hablamos por teléfono.
55:15 Le conté que habÃa conseguido encerrar al animal después de golpearlo dos veces con la bota y que desde entonces permanecÃa dentro de la cámara. También le expliqué que la gaveta número 9 estaba completamente doblada y que sus uñas habÃan dejado marcas profundas en el cemento. El doctor observó los tres cortes de mi muslo y se quedó unos segundos revisándolos, hasta que uno de los paramédicos le indicó que necesitaban trasladarme al hospital. Mientras preparaban la camilla, escuchamos que llegaban más personas al edificio. Era el vigilante acompañado por dos policÃas que habÃan acudido después de recibir el aviso.
55:55 Salcedo les explicó la situación y señaló la puerta del frigorÃfico. Uno de los agentes revisó el cerrojo y encontró varias marcas alrededor del marco, además de una deformación en la lámina. Me preguntó si alguien habÃa abierto después del ataque y le confirmé que yo mismo habÃa cerrado el acceso sin volver a acercarme. El vigilante aseguró que tampoco habÃa visto entrar a nadie durante su recorrido. Los policÃas nos pidieron que permaneciéramos apartados mientras revisaban el interior. Desde la camilla alcancé a ver que uno retiraba el seguro y el otro se preparaba para abrir la puerta pesada. Cuando entraron, iluminaron primero el pasillo de refrigeración y después avanzaron hacia las gavetas. Escuché que uno preguntaba en dónde habÃamos colocado los restos, y Salcedo respondió que estaban en la bandeja inferior número 9. Los agentes comenzaron a revisar, pero enseguida dejaron de hablar. Uno salió y le informó al doctor que el animal ya no estaba. Salcedo entró para comprobarlo, mientras yo seguÃa esperando el traslado. Minutos después regresó y confirmó que la gaveta continuaba destrozada, con uno de los soportes desprendido y varias marcas de uñas sobre el cemento.
57:19 También habÃan encontrado pelo negro y restos de sangre cerca de la bandeja. Los policÃas revisaron los espacios entre los refrigeradores, las rejillas de ventilación y las demás gavetas, pero no localizaron al animal. Tampoco encontraron una abertura por donde pudiera haber salido. La cámara tenÃa una sola puerta de acceso y el cerrojo seguÃa colocado cuando llegaron. Le pregunté al doctor qué explicación tenÃa para aquello, pero me respondió que primero necesitaban revisar las fotografÃas y el registro de ingreso. Antes de que los paramédicos me sacaran del edificio, le comuniqué que no volverÃa a trabajar ahÃ. Me llevaron a la ambulancia y durante el traslado le avisé por teléfono al responsable administrativo que renunciaba al puesto. Apenas podÃa concentrarme por el dolor, pero tenÃa clara mi decisión. En el hospital limpiaron las heridas y comprobaron que uno de los cortes habÃa afectado parte del músculo. Necesitaron 22 puntadas para cerrar los tres surcos que me dejaron las garras. También recibà tratamiento por la pérdida de sangre y atención preventiva por el riesgo de infección y rabia. Permanecà hospitalizado varios dÃas sin poder apoyar la pierna izquierda y necesitando ayuda para levantarme. Cuando estuve en condiciones de hablar con mis antiguos compañeros, pregunté qué habÃa sucedido con la investigación. Uno de ellos me informó que la morgue habÃa registrado el incidente,
58:52 como el ataque de un perro callejero posiblemente rabioso que habÃa entrado por el área de descarga. Aquella versión contradecÃa lo ocurrido durante la recepción, porque los propios policÃas rurales habÃan llevado al animal y nosotros lo guardamos en una gaveta después de examinarlo. Pedà que revisaran las fotografÃas tomadas esa noche, pero me respondieron que estaban integradas en el expediente. Nunca me permitieron verlas, ni recibà una explicación sobre la bandeja doblada. Pasé varios meses en recuperación y tuve que asistir a rehabilitación para volver a caminar. Las heridas cerraron, pero quedaron tres cicatrices profundas y perdà parte de la fuerza en la pierna izquierda. Al principio necesitaba muletas para desplazarme y después conseguà caminar sin ellas, aunque nunca recuperé el movimiento por completo. TodavÃa siento dolor cuando permanezco mucho tiempo de pie y hay dÃas en que la pierna se me inflama. Los médicos me explicaron que algunas secuelas serÃan permanentes. Tuve que buscar otra manera de ganarme la vida y abandonar las actividades que exigÃan cargar peso o caminar durante muchas horas. Tiempo después volvà a comunicarme con el Dr. Salcedo para preguntarle si habÃan encontrado al animal.
1:00:11 Me confirmó que las autoridades no consiguieron localizarlo y que el reporte seguÃa mencionando a un perro callejero. También me aseguró que habÃan fotografiado los daños del frigorÃfico, aunque desconocÃa qué habÃan hecho con esas pruebas. Fue nuestra última conversación sobre el asunto. Desde entonces evito acercarme a los pueblos apartados y a las zonas de monte. Recuerdo perfectamente que aquella criatura me olfateó antes de clavarme las garras y volvió a acercar el hocico a la sangre mientras intentaba escapar. Han pasado varios años y sigo caminando con una cojera permanente. Conservo los documentos del hospital, las fotografÃas de mis heridas y el pantalón que llevaba aquella madrugada. Nunca pude demostrar qué clase de animal recibimos, pero tampoco encontraron una explicación para su desaparición. La policÃa cerró el incidente con la versión de un perro rabioso, mientras yo terminé con 22 puntadas y una pierna que jamás volvió a funcionar igual.
1:01:13 Lo que más me preocupa es que aquella criatura pudo morderme el cuello cuando me tenÃa en el suelo. Sin embargo, concentró el ataque en mi pierna. Consiguió escapar de una cámara cerrada y nunca volvieron a encontrarla. Yo sobrevivà una vez, pero si algún dÃa vuelve a cruzarse en mi camino, ya no podré correr para salvarme. Si te gustó este video, te recomiendo ir a ver el video prohibido del guardia nocturno en la morgue. Y también internaron a una bruja en el hospital.
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