Oct. 11, 2026

NUNCA OLVIDÉ ESA CARRETERA

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 Me llamo Rubén Beltrán y todavía me acuerdo de esa madrugada en Coahuila, con una claridad que no se me ha quitado. Para entonces llevaba más de 20 años manejando trailer. Conocía carreteras solas, accidentes y tramos donde convenía pasar con otro operador cerca. Ese viaje debía ser sencillo. Había dejado una carga, iba con la caja vacía rumbo a Monclova y el camión venía trabajando bien. Salí de madrugada con café en la cabina, el radio encendido y la cabeza puesta en llegar sin detenerme en despoblado. El tramo no tenía mucho movimiento, era carretera abierta con monte a los lados y pocas luces. Yo lo había recorrido antes, por eso sabía en dónde venían las curvas largas. No iba rápido, la unidad venía ligera y eso obliga a manejar con cuidado.

0:59 porque cualquier corrección brusca se siente en todo el remolque. Miraba al frente, revisaba los espejos y mantenía la distancia. En el radio se escuchaban voces sueltas de otros traileros. Uno avisó que más adelante tuviéramos cuidado, porque en esa zona se habían visto luces raras. Nadie se rió. Otro operador confirmó que varios habían reportado bolas de fuego cerca del monte. Yo escuché, apreté un poco el volante y seguí. En carretera uno oye muchas historias, unas nacen del miedo, otras de los accidentes, y otras de gente que usa cualquier cosa para detener camiones. Yo solo quería cruzar ese tramo sin problemas. La primera luz apareció del lado izquierdo, venía alta, por encima del monte, y cruzó hacia la carretera, con una velocidad que no correspondía a ningún vehículo. era anaranjada, redonda y fuerte, pasó frente al trailer y se perdió del lado derecho, bajé un poco la velocidad, revisé los espejos y mantuve la unidad centrada, no había faros detrás, tampoco venía alguien de frente, la carretera estaba vacía y el motor seguía parejo, tomé el radio y avisé lo que acababa de ver, pregunté si alguien traía esa luz a la vista, Hubo silencio durante unos segundos. Luego contestó el nabo, un operador que ya había escuchado en otros viajes.

2:29 Su voz entró limpia por la bocina. No te pares, Rubén. Cierra bien las puertas y sigue hasta donde haya luz. Me quedé frío al oír mi nombre, pero recordé que otros compañeros me conocían por el canal. Pregunté qué era eso. El nabo respondió sin rodeos. En ese tramo se aparecen Les dicen brujas, si te hablan, no les contestes, y si te piden que pares, tú sigue. No alcancé a responder. La luz volvió a salir, ahora, del lado derecho, a la altura de la cabina. Iba junto a mí, pegada al camino, avanzando a la misma velocidad que el tráiler.

3:10 Dejaba un reflejo anaranjado en la puerta y en el espejo, pero no alumbraba el pavimento. Aceleré un poco para dejarla atrás, pero la luz se mantuvo junto al camión. Aflojé el acelerador y siguió ahí, pareja, firme, sin perder distancia. Entonces llegó el primer golpe. Sonó en la caja, del lado derecho, seco y fuerte. Después vinieron otros dos golpes más cerca de la cabina. No había ramas, no había piedras en el camino y no había otro vehículo pegado a mí. El sonido pasó de la lámina al escalón y del escalón a la puerta del pasajero. Me enderecé en el asiento, puse las dos manos en el volante y dejé la vista al frente. El miedo me subió al pecho, pero no solté la línea del carril. El nabo volvió a hablar.«¿ Sigues en marcha?» Le respondí que sí, que algo venía golpeando del lado derecho. Me soltó la indicación rápido.« No abras, no bajes el vidrio y no frenes de golpe». Si ves algo en la puerta, no le respondas. Eso fue todo.

4:19 La forma en que lo dijo me confirmó que no estaba jugando. Conocía el tono de un operador cuando exagera una historia, y esa vez no había burla, había urgencia. Miré hacia la puerta del pasajero sin girar la cabeza por completo. Primero vi una mano en el marco de la ventana. Era una mano vieja, delgada, con uñas largas y oscuras. Los dedos estaban doblados contra la goma, agarrados con fuerza. Después apareció la cara. Era una anciana, con el cabello gris pegado al vidrio por el aire, la piel marcada y los ojos fijos en mí. Iba sostenida de la puerta mientras el trailer avanzaba. Sus pies rozaban el escalón y la luz anaranjada ardía detrás de ella.

5:07 golpeó el vidrio con los nudillos y la cabina vibró movió la boca y su voz entró entre el motor y el aire detente Rubén detente traes una falla bajé la mirada al tablero por un instante pero todo venía normal así que volví al frente y seguí ella golpeó otra vez más fuerte y repitió mi nombre no contesté cerré la mano sobre el volante y me pegué más al respaldo para no acercarme a la puerta Un golpe sonó del lado del conductor, pero no volteé de inmediato. Miré primero la línea blanca, luego el espejo. Después moví apenas los ojos hacia mi ventana. Otra anciana venía pegada a la cabina, con las uñas metidas en la goma y la cara a unos centímetros de la mía. Tenía la boca abierta y los dientes visibles. Su mano raspaba la pintura con movimientos cortos. Abre Rubén, detente, necesitas revisar.

6:07 La voz salía baja y firme. Las dos quedaron una de cada lado, hablando al mismo tiempo, golpeando las puertas y repitiendo la misma orden. Yo no respondí, no frené y no quise mirarles los ojos más de lo necesario. Me concentré en el frente, en el peso de la unidad y en mantener el tráiler dentro del carril. Recordé los consejos de carretera, no bajar en despoblado, no abrir por voces y no detenerse por luces raras. Esa vez dejaron de ser consejos. Eran la diferencia entre seguir vivo o quedar parado en la oscuridad, con dos brujas viejas agarradas de mi cabina. La del lado del conductor venía tan cerca que podía ver sus dedos apretados contra el marco.

6:52 Las uñas estaban largas, sucias, dobladas hacia la punta, y al rozar la goma dejaban un sonido áspero dentro de la cabina. Su cara estaba pegada al vidrio, La boca se movía, pero el ruido del motor y del aire me partía las palabras. La del pasajero golpeaba más fuerte. Cada golpe me entraba por el volante y por el pecho. Yo no podía reaccionar con fuerza, pues un jalón maldado podía sacarme del carril. Seguí derecho, con la mirada en la línea blanca, respirando por la nariz sin responder. Las dos hablaban al mismo tiempo. Decían mi nombre. Me ordenaban que me detuviera y repetían que el camión traía una falla y que debía bajar a revisar. Una de ellas dijo, Rubén, abre, te vas a matar si sigues. La voz se escuchó clara.

7:46 Nadie afuera debía saber mi nombre y eso me heló las manos, pero no solté el volante. Tomé el radio sin mirar el micrófono. Le dije al nabo que traía dos mujeres pegadas a las puertas que estaban hablando y que no se soltaban. Él respondió, sigue, no abras nada, busca luz. Otro operador entró al canal y dijo que venía atrás, que no me alcanzaba, y me pidió que mantuviera la unidad en marcha. Yo le contesté que iba a seguir. La anciana del pasajero empezó a jalar la manija. El seguro estaba puesto, pero la manija se movió. Después escuché el seguro brincar por dentro, arriba y abajo, con un golpe seco en cada movimiento. Estiré la mano derecha y lo bajé con fuerza. Ella respondió golpeando el vidrio con la palma. Luego arrastró las uñas por la ventana.

8:41 El sonido fue largo y fino. Me dieron ganas de taparme los oídos, pero las dos manos tenían que quedarse en el volante. La del conductor pegó la boca al vidrio. Ahora sí entendí cada palabra.« Detente, Rubén. La curva te va a sacar. Yo te estoy avisando». Lo dijo sin gritar mientras sus dedos se hundían en la goma. Miré al frente y vi la curva, pero no frené de golpe. Solté un poco el acelerador, bajé la velocidad con cuidado y dejé que el remolque se acomodara. La caja dio un jalón leve hacia la derecha, pero lo corregí con movimientos cortos. En medio de la curva apareció otra bola de fuego. Cruzó frente al cofre de derecha a izquierda y quedó un momento delante del parabrisas. No cubría todo, pero sí me quitaba vista del camino. Me guié por la línea del acotamiento y por el borde del carril.

9:37 Las brujas golpearon las puertas al mismo tiempo. La del conductor metió las uñas en la goma y arrancó un pedazo. Entró aire frío por la ranura. La del pasajero jaló otra vez la manija. No pensé en enfrentarlas, ni en detenerme para ver qué eran. Pensé en mantener la unidad recta. en llegar a lámparas y en no abrir una puerta tomada. desde afuera. El camino no tenía espacio seguro para bajar. A la derecha estaba el monte, a la izquierda venía el carril contrario y yo llevaba una caja larga detrás. Una parada ahí me dejaba encerrado sin ayuda y con las dos pegadas a la cabina. Las voces cambiaron. Dejaron de explicar la falla y solo repetían, párate. Una lo decía desde mi ventana, la otra desde el lado del pasajero.

10:28 Los golpes subieron de fuerza. La cabina empezó a oler a tierra húmeda y pelo quemado. El olor entró por la ranura rota y me hizo arder los ojos. Tosí una vez y seguí mirando al frente. El nabo volvió por el radio. Más adelante hay una bajada a Rubén. No te avientes al freno o pásala derecho. Entré en la bajada con el cuerpo rígido. El tráiler tomó velocidad. Quité el pie del acelerador y sostuve el volante. La bruja del pasajero se movió hacia el espejo y lo golpeó. Y el espejo vibró. La del conductor jaló el marco de la ventana con las dos manos. La goma tronó.

11:10 El vidrio aguantó. Pero en una esquina apareció una línea quebrada. Al final de la bajada venía un puente angosto. Lo vi tarde, porque la bola de fuego seguía delante del parabrisas. No la seguí con los ojos. Miré la entrada del puente. Acomodé el camión al centro y entré sin acelerar. A la mitad sentí un golpe fuerte en el lado derecho de la caja. El remolque se cargó hacia el barandal y el volante me jaló las manos, pero no lo solté. Lo corregí poco a poco. La bruja del conductor golpeó el vidrio con la frente. La esquina estrellada se abrió un poco más. Dos uñas entraron por la ranura y alcanzaron la manga de mi camisa. Ahí sentí el tirón en el brazo. Jalé hacia el centro de la cabina.

12:00 La tela se rasgó y algo me cortó cerca del antebrazo. No miré la herida, pero la sangre me calentó la piel. Del otro lado, la del pasajero seguía golpeando y jalando la manija. Pasé el puente con la llanta derecha pisando parte del acotamiento. El camión brincó, la caja se acomodó y logré recuperar el carril. Entonces vi una luz fija más adelante. No era fuego, no se movía y no cambiaba de lugar. Era una lámpara de un paradero. Avisé por radio que iba a meterme ahí y el operador de atrás respondió que ya veía mis luces y que no apagara el motor. Me pidió que entrara despacio, sin abrir la puerta. Cuando las brujas notaron la luz, dejaron de hablar durante unos segundos y luego golpearon con más rabia.

12:50 La del pasajero volvió a jalar la manija. La del conductor metió los dedos por la ranura y buscó otra vez mi brazo. Yo me hice hacia el centro, mantuve el volante firme y preparé la entrada. Ya no pensaba en lo que eran. Solo pensaba en llegar a esa lámpara con el trailer completo y las puertas cerradas. Recuerdo la entrada al paradero del lado derecho, angosta, con grava suelta y dos lámparas encendidas. Venía saliendo del puente con la caja todavía moviéndose detrás de mí y tuve que bajar la velocidad sin clavar el freno. Las dos ancianas seguían pegadas a las puertas. La del pasajero golpeaba el vidrio con la frente. La del conductor metía las uñas por la ranura de la ventana y jalaba la goma rota.

13:36 Ya no hablaban con calma. Ya no mencionaban la falla del camión. Solo repetían que me detuviera antes de llegar a la luz. Puse la direccional por costumbre y abrí la vuelta despacio. La unidad entró a la grava con un brinco fuerte. La caja se cargó hacia un lado y tuve que corregir con el volante apretado entre las manos. Frené poco a poco, solté, avancé unos metros más y quedé debajo de una lámpara. Dejé el motor encendido, puse el freno de estacionamiento y mantuve las luces altas prendidas. Me quedé sentado con el cinturón puesto, mirando al frente y escuchando los golpes en las puertas. La luz del poste les pegó directo, la del conductor tenía la cara hundida.

14:23 el cabello gris pegado a la frente y las uñas enterradas en el marco. La del pasajero seguía con una mano en la manija y la otra contra el vidrio. Las dos respiraban fuerte, con la boca abierta y ya no repetían mi nombre. En los dedos de la que venía de mi lado había un pedazo de tela de mi camisa atorado entre las uñas. Yo sentía el corte en el antebrazo, pero no aparté la vista de ellas. El otro trailer entró detrás de mí. Lo escuché primero por el motor y Luego vi el reflejo de sus luces en los espejos dañados. El operador se quedó dentro de su cabina y habló por radio. Me preguntó si podía moverme, si estaba herido y si la seguía viendo.

15:07 Le respondí que sí, que estaban pegadas a las puertas. Me dijo que iba a acercarse un poco más, sin bajar, y que mantuviera las manos lejos de las manijas. Sus faros iluminaron primero el lado izquierdo. La anciana del conductor volteó hacia esa luz, soltó el marco y cayó a la grava con las manos por delante. Apoyó las rodillas, levantó la cabeza y corrió hacia el monte. La del pasajero golpeó una última vez la puerta, soltó la manija y cayó también. Se arrastró unos metros, después se levantó y la siguió. Las bolas de fuego subieron detrás de ellas, pasaron por encima de la maleza y se apagaron lejos de la carretera. No abrí la puerta en ese momento.

15:51 Me quedé adentro con el motor encendido y el radio en la mano. El operador de atrás me habló varias veces hasta que pude contestarle completo. Me dijo que ya no veía nada alrededor, pero que esperáramos a que llegaran más camiones. Los minutos se hicieron largos. Yo miraba la puerta del pasajero, luego la mía y luego el frente. El ruido del motor me ayudaba a mantenerme despierto y a no pensar en bajar solo. Cuando llegaron otros dos operadores, ya clareaba. Bajamos juntos y nadie caminó hacia el monte. Primero revisamos la cabina. La puerta del conductor tenía surcos en la pintura, la goma de la ventana estaba rota y el vidrio seguía estrellado en una esquina. Mi manga estaba rasgada y el corte del brazo sangraba poco. La puerta del pasajero tenía marcas en la manija, en el marco y en la orilla del vidrio. y el espejo derecho estaba flojo. La caja traía golpes en la lámina, sobre todo del lado donde escuché los primeros impactos. Después revisamos llantas, líneas, seguros y frenos. Todo estaba en condiciones para seguir. No había una falla que me obligara a detenerme en la carretera. El camión había respondido bien durante todo el tramo. Las voces insistieron en que bajara a revisar, pero la unidad estaba completa. Ese dato se me quedó grabado,

17:23 porque si yo abría la puerta en la oscuridad, me habría bajado por obedecerlas, no por una falla real. En la grava encontramos marcas de manos cerca de las puertas. Había demasiadas pisadas nuestras y marcas de llantas, así que nadie pudo separar unas de otras. Uno de los operadores alumbró hacia el monte, vio la maleza movida en una parte y dejó de avanzar. Otro dijo que, años atrás, habían encontrado a un chofer fuera de su cabina, golpeado y perdido, después de detenerse por una luz. No explicó más y tampoco hizo falta. Todos entendimos por qué nadie quería caminar hacia ese lado. Revisé el celular cuando me calmé un poco. Había grabado parte del camino porque lo traía apuntando al frente. En el video aparecen las luces cruzando la carretera y se oyen los golpes contra la cabina.

18:18 Las brujas no salen, venían a los lados. El audio trae ruido de motor, pero se escucha una voz de mujer diciendo que me detuviera, y en una parte se oye mi nombre. No era una prueba completa, pero era lo único que tenía. Cuando tuve señal, llamé a mi patrón. Le dije que el trailer tenía daños, que podía moverlo. pero que no iba a seguir solo. Después llamé a mi esposa y le dije que había tenido un problema en carretera y que estaba vivo. Ella me oyó la voz quebrada y me pidió que respirara antes de volver a manejar. Yo tenía la boca seca, las manos tensas y el brazo ardiendo, pero todavía me faltaba llegar a Monclova.

19:04 Salimos en grupo. Yo manejé en medio, con un tráiler adelante y otro detrás. Cada vez que revisaba los espejos, esperaba ver otra mano en la ventana. Al llegar a la pensión, apagué el motor. Bajé despacio y me senté junto a la llanta delantera. Las piernas me temblaban y me quedé ahí hasta que pude levantarme. Ese día reporté los daños. En el papel quedó escrito que la unidad traía golpes, rayones, daño en ventana y espejo. Nadie escribió que dos brujas se pegaron a las puertas, y yo tampoco lo exigí. Guardé el video, la camisa rota y las fotos de la cabina. Desde entonces no cruzo ese tramo solo de madrugada. Si me toca pasar, espero otro camión o lo hago de día. Sé lo que vi, lo que escuché y sé que me pidieron detenerme hasta el último momento. No lo hice y por eso sigo aquí.

20:05 Si te gustó este video, te recomiendo ir a ver Una bruja en mi tráiler. Y también Lady Raite y se convirtió en bruja dentro de mi tráiler.