OPERACIÓN LIMPIEZA: EN EL PUEBLO ABANDONADO
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0:05 Entramos a ese pueblo abandonado buscando un laboratorio de drogas sintéticas y terminamos encontrando a los hombres que debÃamos capturar, muertos y con heridas que jamás habÃamos visto. HabÃa camionetas con las puertas abiertas, fusiles tirados en las calles y grandes cantidades de dinero que nadie habÃa recogido. Algunos cadáveres todavÃa tenÃan las armas en las manos, pero ni siquiera habÃan conseguido detener a lo que los atacó. Recuerdo especialmente a una anciana que encontramos sentada frente a su casa, con sangre seca alrededor de la boca. Ortiz intentó interrogarla y ella comenzó a reÃrse. Después se puso a cuatro patas y su cuerpo empezó a transformarse delante de nosotros.
0:50 En aquel tiempo yo era cabo de fuerzas especiales y participaba en operaciones contra grupos criminales en distintas regiones de la sierra. Mi apellido Mendoza. y formaba parte de un equipo de seis elementos, bajo el mando del cabo primero Ortiz. Nos habÃan enviado a localizar un laboratorio clandestino donde se fabricaban drogas sintéticas, asegurar las instalaciones y detener a los responsables. Los informes indicaban que varias camionetas transportaban materiales, hasta un poblado que llevaba años deshabitado. Pero aquellos movimientos se habÃan interrumpido repentinamente, Un informante aseguró que los hombres habÃan abandonado el lugar sin llevarse sus pertenencias, y nuestros superiores nos ordenaron investigar qué habÃa sucedido. Ortiz tenÃa bastante experiencia en ese tipo de operaciones, y conocÃa los riesgos de entrar en territorios controlados por organizaciones criminales. Nos acompañaban Salgado, Rivas, Cárdenas y Robles, todos equipados para enfrentar la resistencia armada.
1:59 Durante el recorrido encontramos una camioneta detenida junto al camino, con las puertas abiertas y las llaves todavÃa puestas. Ortiz ordenó revisarla antes de continuar y descubrimos dos fusiles, varios cargadores y una mochila llena de dinero. En el terreno habÃa huellas que se alejaban hacia el monte, aunque no encontramos sangre ni señales de un enfrentamiento. Dejamos constancia del hallazgo y seguimos avanzando. Al llegar al pueblo, encontramos otros vehÃculos abandonados, uno de ellos estrellado contra una vivienda y varios atravesados en las calles. HabÃa cajas abiertas, ropa tirada y pertenencias dispersas entre las casas. Revisamos los alrededores desde nuestra posición, pero nadie respondió a nuestras llamadas. Ortiz decidió que continuarÃamos a pie y dejó a Robles asegurando los vehÃculos y la ruta de salida. Salgado, Rivas y Cárdenas recibieron instrucciones de revisar un sector cercano, mientras nosotros avanzarÃamos hacia la plaza, manteniendo comunicación por radio y evitando separarnos demasiado.
3:08 Entramos a la primera casa y encontramos comida sobre una mesa, varias mochilas abiertas y ropa abandonada. En otra vivienda descubrimos manchas de sangre que atravesaban una habitación y continuaban hasta el patio. Seguimos el rastro y encontramos cinco cortes profundos sobre una pared. Ortiz se acercó para examinarlos y me pidió fotografÃas, porque las marcas tenÃan una separación uniforme y habÃan arrancado bastante material. TodavÃa no sabÃamos qué las habÃa provocado, asà que revisamos la puerta de salida y descubrimos daños similares. La madera estaba atravesada por cortes largos que también habÃan alcanzado el marco. Ortiz me indicó que mantuviera el fusil preparado y llamó a Salgado para comunicarle el hallazgo. Nuestro compañero respondió que habÃan localizado armas abandonadas y sangre dentro de varias viviendas, pero hasta ese momento no habÃan encontrado sobrevivientes.
4:07 Continuamos avanzando hacia la plaza, atentos a las entradas de las casas. HabÃa casquillos en el suelo y algunos muros presentaban impactos de bala. al principio creÃmos que los criminales se habÃan enfrentado entre ellos aunque las marcas de las paredes y las pertenencias abandonadas seguÃan sin tener una explicación encontramos el primer cadáver junto a una camioneta era un hombre que llevaba chaleco táctico y varios cargadores con cuatro heridas profundas que comenzaban en el hombro y continuaban hasta el abdomen tenÃa su fusil debajo del brazo y varios casquillos estaban esparcidos alrededor Ortiz revisó el cuerpo mientras yo vigilaba las casas cercanas. Más adelante descubrimos a otro hombre detrás de un puesto, con la espalda abierta por varios cortes.
4:57 HabÃa perdido mucha sangre y todavÃa sujetaba una pistola. Continuamos revisando la plaza y encontramos otros tres cadáveres con lesiones semejantes. Uno estaba debajo de un vehÃculo, otro habÃa quedado junto a la entrada de una vivienda, y el último tenÃa el arma apuntando hacia una pared llena de impactos. En el suelo encontramos cargadores vacÃos y manchas de sangre que continuaban hacia distintas direcciones. Me acerqué a Ortiz y revisamos nuevamente las heridas, pero ninguno de aquellos hombres presentaba impactos de bala que explicaran su muerte. Los cortes eran profundos y coincidÃan con las marcas encontradas en las casas. Mi compañero decidió que debÃamos reunir al equipo antes de continuar investigando.
5:47 Mientras Ortiz hablaba por radio, escuché el movimiento de una mecedora frente a la plaza. Miré hacia una vivienda y descubrà a una anciana sentada junto a la entrada. TenÃa la cabeza inclinada, las manos apoyadas sobre las piernas y permanecÃa inmóvil entre cada movimiento de la silla. Le indiqué su posición a Ortiz y nos acercamos manteniendo las armas preparadas. Mi compañero se identificó como militar y le ordenó levantar las manos. La mujer obedeció lentamente, dejando ver unas uñas largas y oscuras, además de manchas de sangre seca en los dedos. Ortiz le preguntó si estaba herida y en dónde estaban las demás personas. La anciana levantó el rostro y vimos que también tenÃa sangre alrededor de la boca.
6:35 Nos observó durante varios segundos sin responder, y después comenzó a reÃrse con una voz grave. Mi compañero volvió a ordenarle que permaneciera quieta, mientras yo mantenÃa el fusil dirigido hacia ella. La mujer dejó de mover la silla, se inclinó hacia adelante y apoyó las manos sobre el suelo. Entonces escuchamos varios crujidos que salÃan de su espalda. Los brazos comenzaron a alargarse y el vestido se rompió cuando su columna se estiró. La anciana dobló las piernas hasta quedar a cuatro patas, mientras sus dedos se deformaban y las uñas se hundÃan en la madera. Retrocedimos sin bajar las armas. Su cabeza comenzó a cambiar. La mandÃbula se proyectó hacia adelante y los primeros mechones de pelo negro aparecieron sobre sus brazos. Ortiz levantó la escopeta y apuntó directamente hacia ella. La anciana abrió la boca, dejó escapar un gruñido y continuó transformándose frente a nosotros. La transformación continuó frente a nosotros. La espalda de la anciana terminó de estirarse. El vestido cayó hecho pedazos, y sus extremidades adquirieron una forma completamente distinta. El pelo negro le cubrió el pecho, los brazos y la cabeza, mientras la mandÃbula se alargaba hasta formar un hocico lleno de dientes afilados.
8:02 Sus ojos adquirieron un color rojo intenso y las manos terminaron convertidas en enormes garras. Ortiz y yo retrocedimos sin bajar las armas, observando aquella criatura que ahora ocupaba casi todo el porche. Cuando levantó la cabeza, abrió la boca y soltó un gruñido que escuchamos claramente desde la calle. Ortiz mantuvo la escopeta apuntando hacia ella y le ordenó que permaneciera donde estaba. La bestia avanzó sobre cuatro patas apoyándose con fuerza contra el suelo y de pronto saltó hacia nosotros. Mi compañero le disparó antes de que consiguiera alcanzarnos y el impacto destrozó parte de una de sus patas delanteras. El animal cayó contra un soporte del porche, pero consiguió incorporarse y recibió un segundo disparo en el costado.
8:53 Vi la sangre salir de ambas heridas, aunque continuó avanzando hasta embestir a Ortiz, que salió despedido contra la entrada de la vivienda. La puerta se dio con el golpe y mi compañero cayó dentro de la casa. La criatura entró detrás de él antes de que pudiera recuperar el equilibrio. Escuché sus gritos y corrà hacia la entrada con el fusil preparado. Ortiz estaba tirado contra una pared con una de las patas del animal presionándole el pecho, mientras las mandÃbulas intentaban alcanzarle el cuello. Me coloqué junto al marco y esperé a que la cabeza quedara separada de mi compañero para disparar una ráfaga. Varios impactos alcanzaron la espalda de la bestia, que soltó a Ortiz y giró inmediatamente hacia mÃ. Volvà a disparar mientras retrocedÃa, pero la criatura se lanzó hacia un costado y después me atacó con las garras. Conseguà apartarme del primer golpe, que arrancó parte de la pared, aunque el siguiente me obligó a retroceder hasta chocar con una mesa. Perdà el equilibrio y caà Disparé contra su hombro y logré hacerlo retroceder, pero al intentar levantarme, descubrà que tenÃa varios cortes profundos en el
10:27 muslo derecho. La sangre comenzaba a empaparme el pantalón y cada movimiento me provocaba un dolor intenso. Ortiz habÃa conseguido sentarse y buscaba su escopeta que permanecÃa cerca de la entrada. Le indiqué que intentara salir mientras yo mantenÃa al animal ocupado. Mi compañero comenzó a arrastrarse utilizando el brazo izquierdo, porque el derecho se habÃa quedado lesionado durante la embestida. La criatura escuchó sus movimientos y se volvió hacia él. Intenté detenerla con otra ráfaga, pero el fusil presentó una falla de alimentación y dejó de disparar. Antes de que pudiera corregirla, la bestia alcanzó a Ortiz, lo derribó nuevamente y le sujetó la pierna con las mandÃbulas. Mi compañero gritó mientras trataba de liberarse, golpeando al animal con el brazo sano.
11:22 Dejé el arma, recogà una tabla de la mesa destrozada y le golpeé la cabeza con todas mis fuerzas. La madera se partió, pero conseguà que soltara a Ortiz. Entonces giró hacia mà y me lanzó violentamente contra una pared. El impacto me dejó sin aire y tardé varios segundos en recuperar el control del cuerpo. Cuando conseguà levantar la cabeza, vi que Ortiz habÃa sacado su pistola y estaba disparando con la mano izquierda. Alcancé a distinguir dos impactos cerca del cuello del animal, pero este continuó avanzando hasta golpearle el brazo y hacer que perdiera el arma. Mi compañero quedó atrapado junto a una esquina, con la pierna herida y dificultades para incorporarse. Intenté buscar mi radio, pero la encontré debajo de unos muebles, con la carcasa rota y sin poder comunicarme. Desde el exterior escuché a Salgado llamándonos.
12:17 Los demás habÃan oÃdo los disparos y estaban acercándose a la plaza, aunque todavÃa no podÃan vernos desde la calle. Intenté gritar nuestra ubicación, pero la criatura volvió la cabeza hacia mà y tuve que detenerme. SeguÃa de pie sobre tres patas con la extremidad delantera herida y tenÃa sangre en el hocico. Ortiz golpeó el suelo para distraerla y consiguió atraer nuevamente su atención. Vi que la bestia avanzaba hacia él mientras mi compañero intentaba alejarse, utilizando el brazo que todavÃa podÃa mover. Busqué algo que pudiera utilizar y descubrà mi mochila junto a la entrada. HabÃa caÃdo ahà durante el primer ataque y todavÃa contenÃa parte de mi equipo de rapel. Me arrastré hasta alcanzarla y saqué un cable de acero flexible que llevaba enrollado. TenÃa las manos lastimadas, pero conseguà sujetarlo por ambos extremos y levantarme apoyándome contra la pared. La criatura permanecÃa inclinada sobre Ortiz, intentando alcanzarle el rostro con los dientes. Avancé lentamente por detrás, arrastrando la pierna herida para evitar perder el equilibrio. Cuando estuve suficientemente cerca, vi que Ortiz ya no conseguÃa apartar las mandÃbulas de su cuello. La bestia bajó la cabeza para morderlo.
13:36 y aproveché ese movimiento para pasarle el cable alrededor de la garganta. Crucé los extremos detrás de su nuca y tiré con todas mis fuerzas, apoyando el peso del cuerpo hacia atrás. El animal levantó violentamente la cabeza, soltó a mi compañero y comenzó a sacudirse para liberarse. Intenté mantener los pies firmes, pero su primer tirón me arrastró varios pasos y terminé golpeándome contra la pared sin soltar el acero. El golpe contra la pared me dejó un dolor intenso en el hombro izquierdo, pero conseguà mantener el cable sujeto alrededor del cuello de la criatura. El animal comenzó a sacudirse con tanta fuerza que apenas podÃa conservar el equilibrio.
14:19 Intentó girar la cabeza para morderme y tuve que echar el cuerpo hacia atrás, utilizando todo mi peso para impedir que se liberara. TenÃa las manos lastimadas y el acero se comenzaba a resbalar entre mis dedos. Aún asÃ, seguà apretando mientras la bestia retrocedÃa y golpeaba los muebles, tratando de alcanzarme con sus enormes garras. Una de sus patas delanteras consiguió alcanzarme la pierna izquierda y me abrió varios cortes cerca de la rodilla. Intenté apartarla, pero volvió a golpearme y esta vez me hirió el muslo derecho, donde ya estaba sangrando. El dolor me hizo perder fuerza durante un instante y el cable comenzó a aflojarse. Conseguà recuperar el agarre antes de que pudiera girarse completamente. Ortiz permanecÃa junto a la pared con el brazo derecho inmóvil y la pierna ensangrentada. Alcancé a escucharlo cuando me pidió que resistiera, aunque él mismo apenas podÃa mantenerse consciente. La criatura se levantó sobre las patas traseras y me obligó a incorporarme con ella. Intenté apoyar los pies, pero las heridas me impedÃan sostener el peso y terminé arrastrado hacia un mueble.
15:31 Recibà otro golpe en el hombro y sentà que la mano izquierda comenzaba a fallarme. El animal aprovechó para girar parcialmente la cabeza y sus dientes quedaron muy cerca de mi brazo. Tiré nuevamente del cable, retrocedà cuanto pude y conseguà hacerle perder el equilibrio. CaÃmos juntos sobre el suelo, donde mantuve la presión, mientras buscaba una posición que me permitiera resistir. Quedé detrás de su espalda. con una pierna apoyada contra el suelo y la otra extendida para mantenerla lejos de sus garras. El animal intentó levantarse varias veces, pero cada movimiento me permitÃa tensar nuevamente el acero. Sus gruñidos empezaron a debilitarse y la respiración se volvió más difÃcil.
16:17 TodavÃa conseguÃa golpear el piso y arrastrarme algunos centÃmetros, por lo que mantuve el agarre sin acercar el rostro a sus mandÃbulas. TenÃa sangre en los guantes, los brazos completamente agotados y un dolor constante en ambas piernas. SabÃa que soltarlo significaba dejar nuevamente a Ortiz a su alcance. Continué sujetándolo hasta que sus movimientos comenzaron a perder fuerza. La criatura golpeó varias veces el suelo con las patas traseras, arqueó el cuerpo e intentó levantar la cabeza por última vez. Apreté cuanto pude y sentà que dejaba de resistirse. Sus extremidades comenzaron a contraerse, los gruñidos desaparecieron y finalmente quedó inmóvil.
17:03 Permanecà detrás de ella sin aflojar el cable, hasta comprobar que habÃa dejado de respirar. Entonces noté que su cuerpo estaba cambiando de tamaño y me aparté lentamente, manteniendo la vista sobre su cabeza. El pelo negro comenzó a desprenderse y las extremidades recuperaron su forma humana. El hocico se acortó, los dientes cambiaron y la espalda volvió a encogerse, hasta que tuve delante el cuerpo de la anciana que habÃamos encontrado en el porche. Conservaba las heridas de bala en el torso, tenÃa el brazo destrozado y una marca profunda alrededor del cuello. Me acerqué para comprobar sus signos vitales y confirmé que estaba muerta. Ortiz me preguntó si la criatura habÃa dejado de moverse y le respondà que sÃ.
17:54 permanecimos vigilando el cadáver mientras esperábamos que llegaran nuestros compañeros. Salgado, Rivas y Cárdenas entraron poco después, alertados por los disparos y nuestros gritos. Nos encontraron heridos, con la habitación destruida y el cuerpo de la mujer tendido cerca de nosotros. Salgado comenzó a atender la pierna de Ortiz, mientras Rivas revisaba mis heridas. Les conté lo sucedido y les señalé los cortes que habÃa dejado el animal en las paredes. Cárdenas mantuvo su arma preparada mientras revisaban el cadáver. Ortiz insistió en que debÃamos quemarlo antes de abandonar el lugar, porque ninguno podÃa asegurar que aquella transformación fuera definitiva. Yo apoyé su decisión y pedà que, primero, documentaran el hallazgo.
18:45 Después de tomar fotografÃas, nuestros compañeros sacaron el cuerpo hasta un terreno despejado y reunieron madera para preparar una pira. Robles llevó combustible recuperado de uno de los vehÃculos abandonados y ayudó a encenderla. Ortiz y yo observamos desde donde nos habÃan dejado sentados, mientras las llamas envolvÃan el cadáver. Permanecimos ahà hasta comprobar que el fuego continuaba consumiéndolo. pero tuvimos que retirarnos antes de que terminara de arder. Mi compañero estaba perdiendo sangre y yo necesitaba atención médica urgente. Los demás nos ayudaron a llegar hasta los vehÃculos y abandonamos el pueblo sin encontrar el laboratorio. Durante el traslado, Ortiz perdió el conocimiento y Salgado tuvo que seguir atendiendo sus heridas. Ambos terminamos hospitalizados. Mi compañero necesitó una operación en la pierna y pasó varios meses recuperándose, mientras yo recibà tratamiento por los cortes y la lesión del hombro.
19:50 Entregamos las fotografÃas y un informe donde quedaron registrados los cadáveres, las armas abandonadas y nuestro enfrentamiento con una criatura que no pudimos identificar. Nunca recibimos una explicación oficial de lo sucedido. Tiempo después hablé nuevamente con Ortiz y y acordamos que jamás regresarÃamos a aquella zona de la sierra. TodavÃa recuerdo la cantidad de armas y dinero que encontramos abandonados, además de los hombres que murieron intentando defenderse. Aquellos criminales dispararon, buscaron refugio y dejaron atrás todo lo que tenÃan para escapar. Nosotros vimos sus cadáveres y continuamos avanzando hasta encontrar a la responsable sentada frente a su casa. Ortiz y yo conseguimos sobrevivir, pero estuvimos a punto de terminar junto a los demás. Nunca olvidaré que aquella anciana comenzó a reÃrse cuando le apuntamos con nuestras armas. HabÃa matado a los hombres que ocupaban el pueblo y permaneció ahà esperando a los siguientes. Y esa vez llegamos nosotros. Esto ocurrió en la Sierra de Guerrero durante una operación de reconocimiento en la que participé como sargento segundo de infanterÃa. Estaba agregado a un equipo de cuatro elementos de fuerzas especiales. El
21:21 jefe era el teniente Montelongo. Ugalde era nuestro tirador designado. Alcázar llevaba comunicaciones y material médico y yo cerraba el grupo durante los desplazamientos. La orden oficial era localizar un posible campamento de cultivo ilÃcito cerca de San Miguel de la Cruz, un poblado abandonado. Antes de salir, Montelongo recibió un sobre separado del resto de la documentación. Lo leyó y nos explicó que también debÃamos revisar el pueblo, buscar señales de ocupación reciente y recuperar documentos, radios, teléfonos o cualquier muestra de interés para inteligencia. Alcázar preguntó qué tipo de muestras buscábamos. Montelongo respondió que la orden no lo especificaba.
22:10 El documento venÃa de una sección del Estado Mayor que ninguno de nosotros reconoció, pero el teniente lo guardó y nos dijo que trabajarÃamos con el procedimiento normal. Nos dejaron a varios kilómetros del objetivo porque el vehÃculo ya no podÃa seguir. Avanzamos a pie y Con distancia entre cada hombre y revisando los lados del sendero, vimos rastros viejos de ganado y caminos usados tiempo atrás. Encontramos la primera res cerca de un arroyo seco. Estaba muerta, con el abdomen abierto y varios órganos ausentes. HabÃa crecido entre ganado y conocÃa las marcas que dejan perros, coyotes y otros animales.
22:52 Nos dijo que no veÃa mordidas ni desgarros alrededor de la herida y señaló el corte limpio y continuo. Alcázar tomó fotografÃas. Montelongo ordenó no mover el cuerpo y seguimos. Más adelante encontramos otra res con lesiones parecidas, esta vez con parte del pecho abierto. Tampoco habÃa mordidas ni restos dispersos. El teniente cambió la formación y nos hizo avanzar con más atención. Llegamos a San Miguel durante la tarde. Era un poblado pequeño con casas vacÃas y una escuela. No encontramos personas ni vehÃculos. Tampoco habÃa sembradÃo cerca. Registramos el pueblo por parejas. En una casa encontramos restos de una fogata y basura reciente. En otra, sangre seca sobre una mesa, pelo de ganado y varios cuchillos. No habÃa documentos ni objetos personales que permitieran saber quién habÃa usado el lugar.
23:52 Cerca de un corral encontramos un becerro muerto con el abdomen abierto, de la misma forma que los animales del camino. Ugalde dijo que quien hubiera hecho esos cortes sabÃa manejar animales y herramientas. Montelongo le ordenó no sacar conclusiones y terminar el registro antes de oscurecer. La extracción estaba prevista para la mañana siguiente, Asà que decidimos pasar la noche en la escuela. Alcázar consiguió comunicación y reportó que San Miguel estaba vacÃo, que no habÃamos localizado el campamento y que habÃamos encontrado tres animales muertos. El operador nos ordenó permanecer en el lugar y continuar el reconocimiento al amanecer.
24:35 Montelongo preguntó si debÃamos tomar muestras de los cuerpos. La respuesta fue que no los tocáramos y que confirmáramos si las heridas estaban en abdomen y pecho. Recuerdo que los cuatro volteamos a ver a Alcázar. Ãl todavÃa no habÃa mencionado por radio dónde estaban los cortes. Montelongo tomó el equipo, preguntó cómo conocÃan ese detalle y pidió la identificación del operador. La señal se perdió antes de que recibiera una respuesta. Alcázar intentó restablecer el enlace, pero solo consiguió fragmentos de transmisión. Con la noche encima organizamos la guardia. Ugalde y yo cubrimos primero el lado del bosque, mientras Montelongo y Alcázar permanecÃan dentro. Después escuchamos movimiento entre los árboles, primero a nuestra izquierda y luego más al frente. Ugalde levantó el fusil y miró por la mira de visión nocturna. Le pregunté qué tenÃa. No contestó de inmediato. Siguió algo con el arma y entonces me dijo que veÃa a un hombre sin ropa. Le pregunté si llevaba algo en las manos y dijo que no podÃa verlo bien. Unos segundos después movió el fusil hacia otro punto y dijo que el hombre habÃa bajado el cuerpo, apoyado las manos en el suelo y seguido avanzando entre los árboles. Llamé a Montelongo.
26:01 El teniente tomó el visor y alcanzó a ver la figura cuando cruzó una zona descubierta. Luego la perdió detrás de la pendiente. Ugalde insistió en que era el mismo hombre y señaló dos puntos separados por una distancia considerable. Montelongo ordenó despertar a Alcázar y mantener las cuatro armas cubriendo sectores distintos. Yo seguà observando el borde del bosque. No veÃa nada, pero escuchaba ramas y hojas secas a intervalos. Unos minutos después, una piedra golpeó la pared de la escuela y casi enseguida cayó otra desde el lado contrario. Nadie salió. Montelongo ordenó esperar una identificación clara antes de disparar.
26:45 Alcázar consiguió informar que habÃa una persona moviéndose alrededor del pueblo y pidió adelantar la extracción. Desde el puesto de mando respondieron que revisarÃan la solicitud. La actividad alrededor de la escuela continuó. Ugalde reportó movimiento dos veces más, cerca de los lÃmites del pueblo, pero no tuvo un blanco claro. Después escuchamos un animal bramar detrás de las casas. El sonido duró unos segundos y terminó de golpe. Montelongo dijo que nadie saldrÃa a revisar hasta que hubiera luz. Poco después oÃmos pasos sobre tierra junto a uno de los costados de la escuela. Avanzaron varios metros, se detuvieron y volvieron a escucharse más lejos. Ugalde intentó seguirlos con la mira.
27:33 Yo revisé el lado del camino y Alcázar cubrió la parte trasera. Los pasos regresaron desde otra dirección. La persona que estaba afuera se mantenÃa en movimiento. Usaba las casas, los árboles y las pendientes para quedar fuera de nuestra vista. Y cada vez que creÃamos tener una dirección definida, aparecÃa ruido desde otro punto. Hasta ese momento podÃamos explicar cada cosa por separado. Un hombre escondido en la sierra. Alguien acostumbrado a moverse de noche. una persona que conocÃa el pueblo mejor que nosotros. Lo que ya no podÃamos ignorar era que alguien habÃa seguido nuestros movimientos desde la llegada y conocÃa la posición que habÃamos elegido. Montelongo decidió sacar al equipo de la escuela porque nuestra posición ya estaba expuesta.
28:29 HabÃamos entrado al pueblo por una sola ruta, registrado varias casas a plena luz. y terminado la tarde dentro del edificio más visible de la zona. Si alguien llevaba tiempo observándonos, sabÃa dónde estábamos y desde qué puntos podÃa acercarse. La orden fue movernos hacia una elevación al sur, y mantenernos ahà hasta tener suficiente luz para continuar. Salimos juntos, con Ugalde al frente, Montelongo detrás, Alcázar en tercer lugar, y yo cerrando la formación. Avanzamos sin lámparas y usamos visión nocturna cuando fue necesario, procurando no abrir demasiado la distancia entre nosotros. Durante los primeros minutos no vimos nada. A mitad del recorrido escuchamos movimiento a nuestra izquierda. Ugalde se detuvo y apuntó hacia los árboles. Alcázar y yo cubrimos los otros sectores y Montelongo observó durante varios segundos antes de ordenar que siguiéramos. No habÃa una silueta clara Un poco más adelante encontramos una piedra grande en medio del sendero.
29:39 ninguno recordaba haberla visto durante el dÃa ugalde dijo que alguien la habÃa colocado para marcar nuestra ruta montelongo respondió que no tenÃamos forma de saberlo y ordenó continuar llegamos a la elevación y establecimos una posición temporal colocamos avisos simples en los pasos más accesibles usando material que hiciera ruido si alguien cruzaba uno sonó poco después Ugalde cubrió ese lado y Montelongo utilizó el visor térmico detectó una figura agachada a cierta distancia la siguió unos segundos y la perdió detrás de unas piedras casi enseguida escuchamos ruido en el sector contrario Ugalde dijo que tenÃan que ser dos personas Montelongo señaló que el terreno bajaba alrededor de nuestra posición y que habÃa pasos que nosotros no conocÃamos.
30:34 Mientras seguÃamos cubriendo los accesos, una piedra golpeó el casco de Alcázar. El impacto lo hizo agachar la cabeza y todos giramos hacia la pendiente. Ugalde detectó movimiento cuesta abajo y dijo que era el mismo hombre que habÃa visto cerca de la escuela. Esta vez yo también lo alcancé a observar con visión nocturna. Era una figura humana, delgada, sin ropa, moviéndose muy baja sobre el terreno. En algunos tramos apoyaba las manos para bajar con más rapidez. No pude distinguir la cara ni calcular su edad. Vi que entraba y salÃa de nuestra vista usando árboles, desniveles y piedra.
31:17 Montelongo ordenó un disparo hacia tierra como advertencia. Ugalde disparó y la figura desapareció. Nos quedamos atentos a ese sector. pero el siguiente movimiento llegó por detrás. Alcázar giró primero y recibió un golpe que lo hizo caer. Ugalde disparó hacia una silueta que pasó entre las piedras. Yo fui hacia Alcázar y le revisé la pierna. TenÃa una herida profunda en la parte posterior del muslo. El corte habÃa atravesado el uniforme y sangraba bastante, pero podÃa mover la pierna y no encontramos señales claras de una lesión arterial.
31:57 Le hicimos un vendaje y volvimos a intentar comunicación. La radio seguÃa entrando por momentos y después se perdÃa. Montelongo decidió regresar al pueblo. Con Alcázar herido, avanzar hasta el punto de extracción por terreno abierto podÃa tomarnos varias horas. Ugalde se opuso y dijo que volver era meternos otra vez en un lugar que el atacante ya conocÃa. El teniente mantuvo la orden. Empezamos el regreso despacio, con Alcázar apoyándose en mÃ. Cada ruido nos obligaba a detenernos, revisar y volver a movernos. Ugalde miraba con frecuencia hacia atrás y en dos ocasiones dijo haber visto al hombre entre los árboles. Yo no lo vi y Montelongo tampoco confirmó movimiento.
32:49 Cuando ya estábamos cerca del pueblo, Ugalde se separó varios pasos de la formación. Dijo que habÃa visto algo junto a una casa y que podÃa buscar un mejor ángulo desde un costado. Montelongo le ordenó regresar. Ugalde obedeció, aunque insistió en que seguir juntos nos hacÃa fáciles de seguir. El teniente respondió que dividirnos le daba al atacante una oportunidad mejor. Continuamos hasta la escuela. Dentro atendimos otra vez la pierna de Alcázar. El sangrado estaba controlado, pero ya caminaba con dificultad. Montelongo trató de establecer comunicación desde otro punto del edificio. Yo me quedé con Alcázar y Ugalde cubrió el exterior. Entonces, Ugalde volvió a detectar movimiento detrás de una casa. Salió unos metros para mejorar el ángulo.
33:41 Montelongo le ordenó regresar, pero Ugalde respondió que tenÃa al sujeto cerca y siguió avanzando. Escuchamos un disparo y después otro. Montelongo y yo salimos hacia su última posición. Alcázar se quedó en la escuela porque no podÃa seguirnos al mismo paso. Encontramos un cargador de Ugalde en el suelo y una marca de sangre cerca del camino. Seguimos las huellas de sus botas hasta el lÃmite del pueblo. Continuaban varios metros y después se perdÃan entre piedra y vegetación. Montelongo querÃa avanzar, pero le recordé que Alcázar estaba solo. Y nos detuvimos.
34:21 Ugalde podÃa estar herido a poca distancia. pero seguirlo significaba dejar nuevamente a otro hombre aislado. El teniente decidió volver. Alcázar seguÃa adentro. Le contamos que habÃamos encontrado sangre y que no sabÃamos si era de Ugalde. Permanecimos ahà durante el resto de la noche mientras continuaban los ruidos alrededor de la escuela. Escuchábamos pasos, ramas moviéndose y piedras desplazadas en distintos puntos, pero nunca hubo un intento directo de entrar. Cada vez que dirigÃamos la atención hacia un sector, el siguiente ruido aparecÃa desde otro lado. Montelongo mantuvo a cada uno cubriendo un acceso y dejó claro que nadie volverÃa a salir solo. Recuerdo que Alcázar dijo que podÃa tratarse de un hombre que llevaba años viviendo en la zona y conocÃa cada paso de la sierra. Montelongo respondió que también podÃan ser varios. Yo no tenÃa una respuesta. seguÃa pensando en los animales encontrados durante el dÃa, en los cortes limpios y en la forma en que Ugalde habÃa descrito al hombre desde el primer avistamiento. Ahora Ugalde estaba fuera, herido o perdido, y nosotros tenÃamos que esperar hasta que hubiera luz, sin saber desde qué punto volverÃa a acercarse, quien seguÃa moviéndose alrededor del pueblo. Antes de amanecer, Montelongo decidió que saldrÃamos de San Miguel. Alcázar estaba herido, Ugalde
35:52 seguÃa desaparecido y la radio no nos daba una comunicación estable, asà que bajamos por una ruta secundaria que aparecÃa en el mapa y llevaba hacia una pista más abierta. Salimos con poca luz, Alcázar caminaba apoyado en mÃ, Montelongo cubrÃa la retaguardia y avanzábamos despacio, atentos a los lados del sendero. Durante un buen tramo no escuchamos nada. Después de tantas horas oyendo pasos, ramas y piedras alrededor del pueblo, aquel silencio nos obligaba a seguir mirando igual. Fue entonces cuando encontramos a Ugalde, sentado junto a un árbol fuera del camino. Conservaba el fusil, tenÃa sangre en las manos, una lesión en el hombro y le faltaba parte del equipo. Estaba consciente, aunque tardó unos segundos en reaccionar, cuando Montelongo lo llamó por su apellido. El teniente se acercó a revisarlo mientras yo me quedaba con Alcázar. Ugalde contó que habÃa seguido al hombre después de verlo pasar detrás de una casa.
36:55 Al llegar al lÃmite del pueblo, perdió contacto visual, escuchó movimiento a su derecha y disparó. Poco después, recibió un golpe en el hombro y cayó por una pendiente. Cuando intentó regresar, volvió a escuchar movimiento delante de él. Cambió de dirección y el ruido apareció otra vez más arriba, en un paso distinto. Montelongo le preguntó si habÃa vuelto a verlo de cerca. Ugalde respondió que solo habÃa alcanzado a distinguir partes del cuerpo entre árboles y piedras. Cada vez que trataba de subir hacia el pueblo, el hombre utilizaba otro sendero y le cerraba el paso. No desaparecÃa frente a él ni surgÃa de la nada, simplemente conocÃa rutas que nosotros no habÃamos visto durante el reconocimiento. Ugalde terminó perdiendo la orientación y decidió quedarse quieto hasta que hubiera más luz. No sabÃa si alguno de sus disparos habÃa alcanzado al hombre. Revisamos su hombro, controlamos la herida y seguimos avanzando. Ya estábamos otra vez los cuatro, pero Alcázar caminaba con dificultad y Ugalde estaba agotado. Montelongo mantuvo la formación cerrada y ordenó que nadie se separara por ningún motivo. Más adelante llegamos a una zona estrecha del descenso, con poca visibilidad hacia los costados. Escuchamos movimiento al frente y nos detuvimos. Ugalde levantó el fusil. Yo miré hacia
38:26 la izquierda y vi una figura cruzar detrás de un árbol. Esta vez estaba más cerca. Pude confirmar que era un hombre desnudo, muy delgado, con uñas largas y mucho pelo en su cuerpo, con el cuerpo inclinado hacia adelante. Bajaba por una parte pronunciada del terreno y apoyaba las manos para mantener velocidad. No distinguà bien la cara. Ugalde sà logró seguirlo con la mira y disparó. La figura cayó detrás de la vegetación y esperamos varios segundos antes de avanzar. Montelongo y yo fuimos hacia ese punto. mientras Ugalde permanecÃa con Alcázar. Encontramos sangre sobre unas hojas y una marca de impacto en un árbol. El rastro continuaba cuesta abajo durante varios metros y terminaba en una pendiente donde la vegetación se cerraba. No encontramos el cuerpo. Montelongo revisó hacia abajo y pensó en continuar, pero Ugalde le pidió que no bajáramos. TenÃamos dos heridos, seguÃamos lejos de la pista y no sabÃamos si el hombre estaba solo. El teniente aceptó asà que retomamos la marcha sin seguir el rastro durante el resto del descenso escuchamos movimiento detrás de nosotros varias veces no volvimos a tener una figura completa a la vista cuando nos detenÃamos el ruido desaparecÃa y cuando retomábamos el paso regresaba después de unos minutos Nadie volvió a disparar. Montelongo preferÃa conservar munición y evitar que uno de nosotros saliera detrás de un movimiento que podÃa alejarnos
39:59 del grupo. Con la llegada de la luz, los ruidos terminaron. Seguimos hasta la pista y desde ahà Alcazar consiguió establecer comunicación. La respuesta llegó rápido porque la extracción estaba prevista para esa mañana. Montelongo informó que tenÃamos dos hombres heridos, contacto con un agresor y rastros de sangre que podÃan pertenecerle. Solicitó evacuación y pidió que otro equipo regresara a San Miguel para revisar el pueblo. Le confirmaron la extracción, pero rechazaron el envÃo de otro grupo. Preguntó quién habÃa dado esa orden y no recibió una respuesta concreta. El helicóptero llegó y nos sacaron de la zona. Alcázar recibió tratamiento por la herida del muslo. A Ugalde le atendieron el hombro, varios golpes y la deshidratación. Después nos separaron para tomar declaración.
40:52 El hombre que me interrogó empezó con preguntas sobre la ruta, el pueblo y el contacto que habÃamos tenido. Luego preguntó de qué forma se desplazaba el individuo cuando bajaba por terreno inclinado. Y quiso saber si a los animales encontrados durante el avance les faltaban órganos del abdomen y del pecho. Yo todavÃa no habÃa redactado mi informe. Y esos detalles tampoco habÃan salido completos por radio. Le pregunté de dónde los habÃa obtenido. Me dijo que respondiera únicamente lo que habÃa visto. Al terminar, encontré a Montelongo fuera del área de entrevistas. Me preguntó si también me habÃan hablado de los animales y de la forma de desplazarse del hombre.
41:33 Le dije que sÃ. Alcázar recibió preguntas similares y Ugalde no quiso comentar su interrogatorio. Ese mismo dÃa redactamos nuestras declaraciones por separado. Incluimos los animales muertos, el hombre sin ropa, la lesión de Alcázar, la desaparición temporal de Ugalde, los disparos y la sangre encontrada durante el descenso. Dos dÃas después nos entregaron una versión resumida para firmar. Ahà la misión figuraba como reconocimiento en una zona con posible actividad delictiva y nuestras lesiones quedaban relacionadas con un agresor no identificado. HabÃan eliminado la descripción del hombre, su forma de desplazarse y cualquier referencia a las preguntas que nos hicieron después de la extracción. Montelongo se negó a firmar al principio y pidió saber quién habÃa modificado el documento. Un superior le respondió que parte de la información habÃa pasado a otra investigación y que no debÃa permanecer en nuestro informe operativo.
42:34 No nos dieron acceso a esa investigación. Con el tiempo nos mandaron a unidades distintas Alcázar siguió en servicio varios años, Ugalde dejó de hablar del tema, y terminó sosteniendo que habÃamos enfrentado a un hombre acostumbrado a vivir en esa sierra, alguien que conocÃa senderos que nosotros no conocÃamos, y sabÃa utilizar la oscuridad y el terreno para acercarse. Montelongo nunca quedó conforme con esa explicación. Antes de que el helicóptero abandonara la zona, vi una persona cerca de la lÃnea de árboles. Estaba lejos, de pie y sin movimiento. No pude distinguir la cara. Le indiqué el punto a Ugalde, pero cuando miró, la persona ya habÃa entrado entre los árboles.
43:22 Informamos lo que habÃa visto y la orden fue continuar la extracción. Nunca regresamos a San Miguel. La versión que terminamos firmando dice que encontramos indicios de actividad ilÃcita. Tuvimos contacto con un agresor no identificado y salimos de la zona por razones médicas. Eso fue lo que quedó en el informe, pero no fue lo que pasó. TodavÃa recuerdo esa tarde con claridad, porque desde que llegamos, el pozo quedó ahÃ, a un lado del terreno, donde montamos la base, quieto, abierto y sin uso. Mientras nosotros levantábamos las tiendas, bajábamos el equipo y revisábamos lo necesario para pasar la noche, nadie habló de él al principio, nadie se acercó tampoco, era una parte más del lugar, hasta que llegaron unos hombres del pueblo con material, y uno de ellos, ya mayor, lo señaló sin rodeos y nos dejó una advertencia muy precisa, de dÃa se podÃa sacar agua, después de medianoche no, el sargento le preguntó cuál era el problema, y el hombre respondió de frente, dijo que una bruja bebÃa primero, que después de esa hora el agua ya no era para nadie, que no lo tomáramos a juego. El sargento quiso que hablara claro, le pidió una razón concreta, contaminación, un animal muerto, cualquier cosa que se pudiera revisar, pero
44:55 el hombre repitió lo mismo, dijo que ya habÃan avisado antes, que el que no hacÃa caso terminaba mal y se fue. Luna oyó todo y desde ese momento empezó con las bromas. Era de esos hombres que siempre buscaban quedar por encima del resto, delante del mando y delante de la tropa, asà que tomó la advertencia como una oportunidad para lucirse. Mientras trabajábamos, repitió varias veces que en cada pueblo salÃa alguien con historias viejas para meter miedo, que seguro el pozo tenÃa basura, lodo o un animal en el fondo, nada más. Lo dijo una vez, luego otra, hasta que dejó de tener gracia Nosotros lo escuchábamos a medias, no porque creyéramos lo del pueblo, sino porque seguÃamos ocupados, cada quien en lo suyo, con ganas de terminar y sentarnos un rato. Ya de noche cenamos rápido, hubo una falla de luz y nos quedamos con lámparas. Asà que la parte del pozo quedó fuera de vista, apenas marcada por la oscuridad. Estábamos guardando unas cosas cuando Luna volvió al tema.
46:07 esta vez con más ganas de hacerse notar dijo que iba a sacar agua en cuanto pasara la medianoche que asà se iba a acabar el cuento de una vez y todos verÃamos que no habÃa nada el sargento le ordenó que lo dejara que nadie necesitaba probar nada pero luna siguió se rió tomó una lámpara y caminó hacia el pozo sin esperar permiso el sargento soltó una maldición y fue detrás de él yo fui también con otros dos porque dejarlo solo era peor y porque ya sabÃamos que después iba a decir otra versión si nadie lo veÃa cuando llegamos Luna ya tenÃa una mano en el lazo se inclinó un poco miró hacia abajo y gritó que le iba a invitar un trago a la bruja que saliera de una vez y que dejara de esconderse el sargento le ordenó que cerrara la boca y se apartara Luna no hizo caso soltó el cubo y dejó que bajara El lazo corrió bastante antes de que se oyera el golpe en el agua. Ahà se volvió a reÃr y dijo que ya estaba, que puro cuento, y empezó a jalar. Al principio subió sin problema, luego se puso pesado de golpe. Luna cambió el apoyo de los pies, apretó las manos y siguió jalando. Uno de los compañeros se acercó para ayudarle y entre los dos terminaron de subirlo.
47:33 En cuanto el cubo pasó el borde, se acabó la risa. El agua venÃa negra, cerrada, sin transparencia y encima flotaban mechones de cabello largo. El sargento reaccionó al momento. Le ordenó a Luna que soltara el lazo y se apartara. Luna intentó hablar. Dijo que eso podÃa venir del fondo, que podÃa ser basura arrastrada por el agua, pero ya lo dijo sin la misma seguridad. Se inclinó para mirar mejor y entonces el cubo dio un tirón corto hacia su pierna. No fue un balanceo suave ni un movimiento del lazo, fue un tirón seco, suficiente para que el sargento lo jalara del brazo y lo empujara hacia atrás.
48:15 A nosotros también nos mandó a apartarnos. Uno de los compañeros dijo que habÃa que vaciar el cubo lejos del campamento. El sargento respondió que nadie tocara nada. Llamamos al teniente y esperamos junto al pozo, en silencio, mirando esa agua y esos mechones sin acercarnos más. Cuando llegó el teniente, Luna ya estaba tratando de componer lo que habÃa hecho. Dijo que todo debÃa tener una explicación, que no habÃa motivo para armar un problema por eso. El teniente no discutió, miró el cubo, miró el contenido y ordenó cubrir el pozo, dejarlo fuera de uso y prohibir que alguien volviera a acercarse.
48:57 En ese momento todavÃa podÃa tomarse como una imprudencia de Luna y un problema del lugar. pero al mover el cubo vimos un mechón atorado en el borde. El teniente se agachó, lo levantó con cuidado y lo dejó sobre un costal para verlo mejor bajo la lámpara. Era cabello humano, eso se notaba al instante. Nadie dijo nada. cuando lo vio de cerca, ni el sargento, ni nosotros, ni Luna, que por fin se quedó callado. El teniente mandó guardar el cubo aparte, cubrir el pozo y dejar guardia cerca hasta el amanecer. Luego le dijo a Luna que en cuanto se pudiera, lo revisarÃa a sanidad, por si habÃa tocado agua contaminada. Yo pensé que ahà terminaba todo, que lo siguiente serÃa el reporte, una regañiza y el pozo clausurado.
49:50 Eso pensé hasta que regresamos al área de radio, y Luna pidió su cantimplora, dijo que tenÃa la boca seca, la abrió delante de nosotros y bebió un trago. Apenas lo pasó, se llevó una mano al cuello, doció y se dobló hacia adelante. El sargento creyó que se estaba atragantando y dio un paso para sostenerlo, pero Luna abrió la boca y escupió al suelo. Lo que cayó no fue agua, ni comida, ni flema. Fueron gusanos finos, vivos, moviéndose en la tierra bajo la luz de la lámpara. Yo vi varios, los otros también, pero nadie reaccionó en ese primer segundo. Nadie habló porque nadie entendÃa lo que tenÃa enfrente. Luna retrocedió, miró el suelo y preguntó qué era eso. TenÃa la voz trabada, se tocaba la garganta, tragaba saliva y volvÃa a escupir. El sargento le quitó la cantimplora y ordenó que no bebiera más. Uno de los compañeros fue por el cabo de sanidad y otro por el teniente. Mientras llegaban, Luna siguió revisándose la boca con los dedos. DecÃa que él no tenÃa nada antes, que eso acababa de salir, que alguien tenÃa que haberle puesto algo. Y nosotros seguÃamos mirando el suelo porque los gusanos seguÃan vivos. Cuando llegaron el teniente y el cabo, vieron lo mismo que nosotros. El cabo le revisó la boca con una lámpara. Dijo que no veÃa heridas ni sangre.
51:22 Y le preguntó si habÃa tragado agua del pozo. Y Luna respondió que no, que solo habÃa jalado el cubo. El teniente ordenó que nadie se moviera de ahÃ, que nadie tocara nada, y trató de comunicarse por radio mientras el cabo guardaba dos de los gusanos en una bolsa limpia y luego le tomaba el pulso a Luna. Estaba acelerado, pero seguÃa consciente y hablaba claro. Luna pidió agua para enjuagarse la boca. El cabo se negó, revisó primero la cantimplora, la abrió y la olió vació el contenido en un recipiente limpio y no encontró nada raro el teniente dudó un momento y autorizó una prueba con agua de garrafón servida delante de todos le dieron un sorbo pequeño luna apenas intentó tragar cuando volvió la arcada y escupió otra vez cayeron más gusanos finos y vivos iguales a los primeros y uno quedó pegado un instante en su labio antes de caer Ahà ya nadie habló de agua sucia ni de bromas. El teniente ordenó sacar a la mayorÃa de la tienda, dejar solo al cabo, al sargento y a dos testigos, cerrar el paso al pozo y mantener a Luna sentado en la camilla hasta decidir el traslado.
52:42 Yo me quedé dentro, lo vi temblar, lo vi mirarnos uno por uno y preguntar qué le estaba pasando, pero nadie tuvo respuesta. Después de eso, la base cambió de inmediato. Nadie volvió a hablar fuerte, nadie siguió con bromas, y el teniente tuvo que poner orden. Entre hombres que unos minutos antes estaban trabajando normal y ahora miraban el suelo, las cantimploras y la oscuridad del pozo, con la misma desconfianza. La primera orden fue cerrar el paso. Nadie se acercaba al pozo, nadie tocaba el cubo, Nadie abrÃa agua sin hacerlo delante del sargento o del cabo, porque varios empezaron a revisar hasta sus propias cosas, y eso yo lo entiendo.
53:29 Todos habÃamos visto salir gusanos de la boca de Luna después de un trago. Todos lo vimos bajo la misma lámpara, en el mismo suelo, y nadie tenÃa una explicación útil para sostenerse. Yo me quedé dentro de la tienda con el sargento, el cabo y el teniente. porque me habÃan dejado como testigo, desde la prueba del garrafón, y desde ahà vi a Luna, sentado en la camilla, inclinado hacia adelante, con una cubeta entre las piernas, escupiendo saliva a ratos y tragando con trabajo, el cabo le tomó la presión, le revisó la garganta, le alumbró los ojos, le preguntó su nombre, dónde estaba, qué habÃa hecho en el pozo, y Luna respondió bien a todo, pues no estaba confundido, no deliraba y no decÃa cosas sueltas, sabÃa perfectamente en dónde estaba y lo que habÃa hecho, lo único que no podÃa controlar era la boca, decÃa que sentÃa algo subirle desde adentro cada vez que intentaba pasar saliva, decÃa que le raspaba la garganta, que le daba asco cerrar la boca, por eso escupÃa cada rato en la cubeta y en cada pausa nos miraba con una vergüenza clara, porque entendÃa que todo habÃa empezado por querer hacerse el valiente delante de todos, la radio seguÃa fallando por momentos, asà que el teniente ordenó preparar el traslado, aún sin respuesta formal, nadie querÃa esperar más tiempo con Luna en
55:03 ese estado, mientras afuera movÃan el vehÃculo y despejaban el paso, el cabo pidió confirmar una sola cosa, querÃa saber si la reacción se daba con cualquier lÃquido, o solo con el agua que habÃa tomado primero. El teniente lo pensó un momento y aceptó. Le acercaron un poco de café frÃo en una tapa, apenas una cantidad mÃnima, y Luna dijo que ya no querÃa probar nada, que sentÃa la garganta cerrada y que no querÃa volver a pasar por lo mismo. Pero al final obedeció, porque el teniente se lo ordenó y porque todavÃa pensábamos que hacÃa falta una explicación médica. algo que pudiera entenderse y atenderse rápido. La reacción fue inmediata. Luna apenas mojó la boca, se tensó de golpe, apoyó una mano en la camilla, soltó una arcada seca y escupió otra tanda de gusanos vivos dentro de la cubeta. Yo estaba lo bastante cerca para verlos caer, finos, blancos, moviéndose igual que los primeros. El cabo se apartó un paso.
56:12 Luego volvió, miró la cubeta, levantó la vista y dijo que ya no hacÃa falta ninguna prueba más. El teniente ordenó que no le diera nada por la boca hasta que lo viera un médico. Ni agua, ni café, ni enjuague, nada. Ahà Luna empezó a preguntar si se iba a morir. Lo dijo más de una vez, primero bajo, luego más fuerte. Y el sargento le respondió que se calmara, que lo iban a sacar de ahÃ. que se sentara derecho y respirara, pero yo le vi la cara al sargento y supe que tampoco tenÃa respuesta. El vehÃculo de apoyo llegó poco después, con un médico militar. Entró a la tienda mientras el teniente le resumÃa lo ocurrido. El cubo de agua, el cabello que estaba en él, la prueba del garrafón, el café y las muestras guardadas por el cabo. El médico no perdió tiempo, revisó a Luna con calma. Le abrió la boca, le palpó el cuello y le hizo preguntas directas.
57:17 Si habÃa tragado agua del pozo, si habÃa metido las manos, si se habÃa llevado los dedos a la boca, si tenÃa antecedentes de parásitos o si alguien podÃa haberle puesto algo en la cantimplora. Luna contestó que no a todo, con enojo al principio y luego con cansancio, porque a esa altura ya estaba agotado, con la garganta irritada y la cara empapada en sudor. El médico pidió ver las muestras, las revisó sin hacer comentarios y luego dijo que lo importante era moverlo de inmediato y mantenerlo sin lÃquidos por vÃa oral. También ordenó guardar más muestras, aislar el cubo y dejar el pozo cerrado hasta nueva revisión. Antes de subirlo al vehÃculo, Luna volvió a pedir agua. TenÃa los labios resecos, hablaba con trabajo y cada palabra le salÃa arrastrada.
58:11 por la saliva que no querÃa tragar. El médico se negó, le dijo que en cuanto llegaran al hospital lo hidratarÃan por otra vÃa, que no iba a darle nada por la boca, porque ya estaba claro lo que pasaba cada vez que intentaba beber. Luna insistió una vez más, nadie respondió, y entre el sargento y yo lo ayudamos a levantarse y a caminar hasta la parte trasera. Yo subà con ellos, porque el teniente querÃa otro testigo para el informe, además de alguien que ayudara si Luna volvÃa a doblarse. En el trayecto casi no habló. Iba inclinado, con una bolsa en la mano para escupir saliva, respirando por la nariz y apretando los dientes. Dos veces se llevó la mano al cuello, dos veces cerró los ojos y aguantó la arcada sin beber nada. Y yo ahà entendà que el problema ya no dependÃa solo del lÃquido, dependÃa también del miedo que le habÃa quedado. en el cuerpo en el hospital se lo llevaron directo a mà me dejaron afuera me tomaron los datos y después me llamaron para declarar desde el pasillo vi entrar al médico con las muestras y al cabo con la bolsa donde habÃan guardado lo que salió en la base nadie hacÃa comentarios Nadie improvisaba respuestas.
59:31 Todos se movÃan con la misma seriedad, con la que se trata un caso que no encaja. Más tarde me dejaron verlo desde la puerta. Ya tenÃa una vÃa puesta en el brazo y seguÃa bajo observación. Lo primero que me dijo el enfermero fue que no podÃan darle agua, que iban a mantenerlo hidratado por la vena mientras intentaban entender el resto. Luna estaba despierto, pero no quiso hablarme en ese momento. TenÃa la vista fija en la sábana, una cubeta al lado y la mandÃbula tensa. Yo regresé a la base más tarde. El pozo seguÃa cubierto y acordonado, con guardia fija y el cubo apartado para revisión. El suelo ya estaba limpio. El cabo habÃa levantado todo lo que pudo y habÃa desinfectado la zona, pero eso no cambió nada. Porque el ambiente ya estaba roto y todos lo sabÃamos. Cada hombre que pasaba cerca giraba la vista hacia otro lado. Nadie querÃa mirar de frente el lugar donde habÃan sacado el cubo y donde Luna habÃa escupido por primera vez. A la mañana siguiente llegó personal de sanidad.
1:00:45 Revisaron el pozo, tomaron muestras y nos mantuvieron lejos. Nunca nos explicaron qué encontraron. Solo dijeron que la base se moverÃa y que ese pozo quedaba restringido. Nosotros desmontamos sin hacer preguntas, en silencio, con una sola idea en la cabeza, salir de ahÃ. Durante las semanas siguientes supe de Luna por el sargento. SeguÃa vivo, eso fue lo primero, pero seguÃa igual. HabÃan comprobado que cada vez que intentaba beber cualquier lÃquido, aunque fuera un sorbo pequeño... escupÃa gusanos finos y vivos, casi al momento. No importaba si era agua, café, leche o suero, el resultado era el mismo. Por eso lo mantenÃan con hidratación por vena, y por eso empezó a comer cada vez menos. No por falta de hambre, sino porque después de comer le daba sed, y no habÃa manera de calmarla. Eso lo fue desgastando. El sargento me dijo que ya no levantaba la voz, que ya no discutÃa, que hablaba poco y solo preguntaba si alguien habÃa vuelto al pozo después de nosotros. Meses después, me llamaron para ratificar mi declaración y aproveché para preguntar por él.
1:02:02 Me dijeron que seguÃa fuera de servicio y pedà verlo unos minutos. Cuando entré, lo vi más delgado, más quieto, con un vaso vacÃo sobre la mesa. para escupir saliva cuando sentÃa que no podÃa tragar. Me reconoció, me preguntó si el pozo ya estaba cerrado y le dije que sÃ. Luego me preguntó si alguien más habÃa salido igual que él y le dije que no. Bajó la mirada y no volvió a hablar. En ese momento entró una enfermera con una charola para una prueba controlada. TraÃa medicamento y una cantidad mÃnima de agua medida. Le explicaron que querÃan revisar si habÃa algún cambio. luna no quiso pero luego aceptó tomó el agua intentó pasarla y la escupió de inmediato dentro del vaso con una arcada seca los gusanos cayeron ahà mismo vivos moviéndose igual que la primera noche la enfermera retiró la charola anotó algo y salió luna se limpió la boca con la manga y se quedó mirando al frente esa fue la última vez que lo vi después firmé mi declaración final y puse solo lo necesario que nos advirtieron sobre el pozo, que Luna quiso lucirse, que bajó el cubo después de medianoche, que el cubo subió con agua negra y cabello, y que desde entonces no pudo volver a beber sin escupir gusanos vivos. También puse que la base se movió, que el pozo fue cerrado y que Luna no regresó al servicio. No escribÃ
1:03:35 una explicación porque no la tengo. Yo solo recuerdo lo que vi y lo recuerdo completo. A Luna riéndose al borde del pozo, después callado frente al cubo, luego doblado sobre la tierra, y luego a Luna con una sed que no pudo volver a quitarse. Si te gustó este video te recomiendo ir a ver Biólogo. Examina el cuerpo de un Nahual y también esto sucede cuando militares encuentran Nahuales.
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