Oct. 22, 2026

EL HOMBRE QUE ESPERABA SENTADO

EL HOMBRE QUE ESPERABA SENTADO
EL HOMBRE QUE ESPERABA SENTADO
REDE (Relatos Desclasificados)
EL HOMBRE QUE ESPERABA SENTADO

0:01 El hombre que esperaba sentado. Entré a trabajar como guardia de seguridad de un hospital en 2012. Tenía 30 años y llevaba casi cuatro meses sin encontrar empleo fijo. Antes trabajaba en una fábrica de empaques, pero recortaron personal y me tocó salir. El sueldo del hospital era menor. Aún así, tenía seguro y sabía qué día me iban a pagar. En ese momento me servía. Los primeros meses cuidé la entrada de proveedores, revisaba las camionetas, anotaba las placas y esperaba a que alguien del hospital autorizara el paso. Después me mandaron a cubrir las noches de un compañero que se había lastimado una rodilla. Su puesto quedaba en la parte de atrás, donde estaba el depósito de cuerpos. Todos le decíamos la morgue. Era un edificio pequeño, separado de urgencias por un patio y un pasillo techado. Mi oficina estaba cerca de la reja por donde entraban las camionetas de las funerarias. Tenía un escritorio, un teléfono y dos sillas de plástico. A unos diez pasos quedaba la puerta del depósito. Mi trabajo consistía en controlar esa entrada y avisar cuando llegaban a recoger un cuerpo. Los documentos y los traslados los llevaba el personal del hospital. Yo anotaba las horas, abría la reja cuando me autorizaban y volvía a cerrarla. Al principio me incomodaba estar tan cerca de los muertos. Después me acostumbré a los movimientos del lugar, las ruedas de las camillas, las conversaciones en voz baja, las familias que llegaban cargando una bolsa con ropa. Llevaba

1:33 unas tres semanas cubriendo ese puesto cuando ocurrió lo que voy a contar. Aquella noche entré a las siete. El compañero que me entregó estaba terminando de llenar una hoja. Me dijo que habían retirado dos cuerpos durante la tarde y que acababa de ingresar otro. Su familia haría los trámites al día siguiente. Dejó la llave del depósito junto al libro de novedades. La llave tenía un pedazo de plástico amarillo amarrado con alambre. Era grande, distinta de las demás que yo cargaba. Poco después llegó Anselmo, uno de los camilleros. Me pidió que abriera porque había olvidado una carpeta dentro. Lo acompañé hasta la puerta. Desde donde me quedé, vi una camilla con un cuerpo cubierto. Anselmo recogió la carpeta de una mesa, revisó unos papeles y salió. Cerré con llave. Él me pidió que avisara si llegaba alguien preguntando por el señor.¿ Van a venir esta noche? Le pregunté a Anselmo. Hasta mañana, según me dijeron. Si llega alguien, me hablas antes de abrir. Me contestó. Anoté el ingreso en mi libro y me fui a sentar. La primera parte del turno estuvo tranquila. Darío, el guardia que hacía los recorridos, pasó a verme cerca de las nueve. Él revisaba las distintas entradas y nos cubría cuando necesitábamos ir al baño o comprar algo. Me dejó una torta que le había encargado y se quedó mientras yo iba a lavarme las manos. Comimos juntos en la oficina. Después siguió

3:05 con su recorrido. Yo guardé la mitad de la torta en una servilleta. Tenía café en un termo y pensaba tomarlo más tarde, cuando empezara a darme sueño. Cerca de las diez escuché que alguien me hablaba. Joven, me dijo un hombre desde el pasillo. Levanté la vista. Había un señor sentado en la banca que estaba frente a mi oficina. Era mayor, tenía el cabello blanco, muy delgado en la parte de arriba y llevaba un suéter café sobre una camisa clara. Los pantalones le quedaban un poco cortos. Estaba descalzo. Eso fue lo primero que me llamó la atención. Pensé que venía de alguna de las salas del hospital y que se había salido sin avisar. Ya nos había pasado con pacientes que buscaban a sus familiares. Me levanté y salí a hablar con él. El señor tenía las manos apoyadas en las rodillas. Miraba hacia la reja de la calle.—¿ Se le ofrece algo?— le pregunté. Tardó en contestar.— Me dijeron que iban a venir— me respondió el señor. Le pregunté si esperaba a su familia. Asintió sin mirarme. Yo traía el radio en el cinturón. Lo saqué para avisarle a Darío que había encontrado a un paciente. Mientras esperaba que me contestara, le pregunté al señor de qué sala venía.

4:24 Movió la cabeza hacia la puerta del depósito. Pensé que había entendido otra cosa.¿ Vino a ver a alguien? Le pregunté. El señor levantó la cara. Tenía la boca entreabierta. Le vi los labios resecos y unas manchas oscuras en el cuello cerca de la camisa. No me deje aquí solo. Me dijo. La forma en que lo pidió me dio lástima. Le expliqué que iba a buscar a alguien para ayudarlo a regresar con su familia. Le dije que esperara en la banca. Ahorita vuelvo con usted, nada más déjeme avisar. Le dije. Entré a la oficina y tomé el teléfono. El radio se escuchaba mal en esa parte, así que marqué a vigilancia. Me contestó un compañero de la entrada principal.

5:09 Le pedí que localizara a Darío y le explicara dónde estaba. La conversación duró muy poco. Cuando volví a salir, la banca estaba vacía. Miré hacia el pasillo que llevaba al hospital. Llamé al señor y caminé hasta la esquina. Desde ahí se veía casi todo el trayecto hasta las puertas de urgencias. Pensé que había decidido regresar por su cuenta. Darío llegó unos minutos después. Le expliqué cómo era el hombre y le dije que me preocupaba que se hubiera salido a la calle descalzo. Revisamos la reja. Yo la había cerrado con candado después de que se fue mi compañero. Darío me preguntó hacia dónde lo había visto caminar. Le contesté que me metí a hablar por teléfono y que, al volver, ya se había ido. Él salió a buscar por el pasillo del hospital mientras yo revisaba alrededor de mi oficina.

5:58 Cuando pasó frente a la puerta del depósito, escuchamos un golpe. Los dos volteamos. Fue un golpe seco dado contra la puerta. Darío se acercó.—¿ Hay alguien adentro?— preguntó mi compañero. Esperamos. Se escuchó otro golpe. Saqué la llave del bolsillo. Pensé que el señor podía haberse metido con Anselmo y haberse quedado encerrado. Yo había visto al camillero salir, pero apenas me había asomado al cuarto. Abrí. Darío se quedó junto a la puerta y yo prendí la luz. La camilla seguía en el mismo sitio. Había una mesa pegada a la pared y un banco de metal. Llamé al señor. Darío entró y revisó el espacio detrás de la puerta.

6:39 Yo me asomé junto a la mesa y, después, miré debajo de la camilla. El cuerpo estaba cubierto hasta la cabeza. Salimos al pasillo. Mi compañero me pidió que llamara a Anselmo antes de cerrar. Quería confirmar quiénes habían entrado durante la tarde. El camillero llegó unos diez minutos después. Escuchó mi explicación mirando hacia la banca. Me preguntó otra vez cómo iba vestido el hombre. Le describí el suéter, los pantalones y el cabello blanco. Anselmo dejó la carpeta que traía sobre mi escritorio.« Ven», me dijo. Lo seguí hasta el depósito. Darío fue detrás de nosotros. Anselmo entró directamente a la camilla, tomó la orilla de la sábana y descubrió la cabeza y parte del pecho. Reconocí al señor de la banca. Tenía el mismo suéter café. Su camisa estaba abierta en la parte de arriba y se le veía el cuello. Me acerqué tanto que Anselmo tuvo que pedirme espacio. Yo estaba esperando que abriera los ojos.« Ese es el señor que estaba afuera», le dije al camillero.

7:46 Anselmo miró a Darío.« Él llegó desde la tarde», me respondió Anselmo.« Le dije que acababa de hablar conmigo». que se había sentado enfrente de la oficina y me había pedido que lo acompañara. Darío se quedó a mi lado. Anselmo volvió a cubrir al hombre y salió a buscar a una doctora. Yo me quedé en el pasillo. Tenía las manos frías y sentía una vergüenza muy rara, porque una parte de mí esperaba que me dijeran que había confundido a dos personas. La doctora llegó con Anselmo, me hizo repetir lo ocurrido y después entró al depósito. Darío se quedó en la puerta mientras ella revisaba al señor. Al salir, me dijo que el hombre había muerto aquella tarde.

8:29 Ella misma lo había atendido en urgencias. Le pregunté si podía haberse levantado. La doctora me miró unos segundos antes de contestar. El señor está muerto, me dijo. Bajé la vista hacia el suelo. Ella me preguntó cuántas horas llevaba despierto. Le expliqué que había dormido durante la mañana y que apenas estaba empezando mi turno. Darío intervino para decir que él había escuchado los golpes conmigo. La doctora le pidió a Anselmo que revisara bien el depósito antes de cerrarlo. También nos dijo que avisáramos si volvíamos a escuchar algo. Yo la vi alejarse por el pasillo. Quería irme detrás de ella. Anselmo revisó el cuarto con Darío. Movieron el banco, miraron junto a la mesa y comprobaron que la puerta cerrara bien. Después me entregaron la llave. Me costó trabajo guardarla en el bolsillo. Darío se quedó conmigo. Le conté palabra por palabra lo que me había dicho el señor.

9:29 Mi compañero me escuchó apoyado en el marco de la oficina.—¿ Lo viste bien?— me preguntó Darío. Estuve parado enfrente de él. Le vi los pies. Le contesté. Darío miró hacia la banca. Yo también. El piso estaba limpio. La luz de arriba iluminaba el asiento y parte de la pared. Mi compañero acercó una de las sillas de plástico a mi escritorio y se sentó. Durante un rato hablamos de otras cosas. Él me contó que su esposa tenía cita al día siguiente. y que iba a tener que pasar por ella al salir del trabajo. Yo intenté comer lo que quedaba de la torta, di dos mordidas y la guardé otra vez. Darío me ofreció cubrir el puesto mientras yo caminaba un poco.

10:12 Fui hasta el baño de empleados, me eché agua en la cara y tardé lo que pude en regresar. Cuando volví, él estaba hablando por teléfono con el encargado de vigilancia. Le había contado que yo había visto a un hombre y que después reconocí su cara en la camilla. El encargado pidió hablar conmigo. Le repetí lo ocurrido. Me preguntó si quería que me relevaran un momento. Le dije que sí. Quedamos en que Darío se quedaría y yo haría una parte de su recorrido. Me entregó su lámpara y me explicó qué puertas debía revisar. Caminé por el estacionamiento y pasé por la entrada de proveedores. Ahí me quedé un rato hablando con otro guardia. Me preguntó por qué andaba haciendo rondines si me tocaba atrás. Le dije que Darío me estaba cubriendo. Al terminar, regresé hacia la morgue. Desde antes de llegar, vi a mi compañero parado afuera de la oficina. Tenía el radio en la mano. Me hizo una seña para que me acercara.¿ Qué pasó? Le pregunté a Darío. Él miró hacia la puerta del depósito.— Se oyen pasos— me contestó. Nos quedamos callados. Al principio solamente escuché un motor trabajando en algún lugar del edificio. Después oí que algo rozaba el suelo dentro del depósito. Sonó como cuando una persona camina arrastrando las plantas de los pies.

11:36 El ruido avanzó hasta quedar cerca de la puerta. Darío levantó la lámpara, aunque la luz del pasillo estaba encendida. Los pasos se detuvieron. La manija bajó despacio. La vimos bajar hasta el fondo y luego volver a su sitio. Yo llevaba la llave en el bolsillo. Darío me miró. Esta vez fue él quien llamó al encargado. Le dijo que necesitábamos que fuera alguien más. Mientras mi compañero hablaba, escuché al hombre. La voz llegó desde el otro lado de la puerta.« Joven», dijo el señor. Me fui hacia atrás. Darío dejó de hablar. Los dos mirábamos la manija.— No me dejes solo— dijo el hombre desde adentro. Mi compañero bajó el radio. Me preguntó en voz muy baja si era la misma voz. Le contesté que sí. Darío volvió a comunicarse con vigilancia y pidió que mandaran al encargado al puesto de atrás. Ya estaba hablando más fuerte. Yo me quedé junto a la pared mirando la puerta. Pensaba en la cara del señor cuando Anselmo levantó la sábana.

12:41 También me acordaba de haberle prometido que volvería a la banca. Mi compañero me pidió que entráramos a la oficina. Desde ahí podíamos ver la puerta del depósito sin estar tan cerca. Dejamos abierta la oficina y nos sentamos junto al escritorio. Darío puso el radio sobre la mesa. El encargado de la empresa estaba fuera del hospital atendiendo otro servicio. Nos dijeron que iba para allá y que mientras tanto permaneciéramos juntos. Eso hicimos. Yo saqué el termo para tomar un poco de café. La tapa me temblaba entre los dedos. Dejé el vaso sobre el escritorio y derramé una parte. Darío buscó unas servilletas en un cajón. En ese momento, alguien se sentó en la banca de afuera. Escuchamos el ruido del asiento. Mi compañero se enderezó. Yo tenía la ventana de la oficina a mi derecha. Desde mi silla alcanzaba a ver una punta de la banca, pero el resto quedaba tapado por el marco. Vi las rodillas del señor.

13:39 Reconocí el pantalón. Después se inclinó un poco y le vi la cara. Estaba mirando hacia dentro de la oficina. Darío se quedó con la mano metida en el cajón. El hombre tenía los pies juntos y las manos apoyadas sobre las piernas como la primera vez. Su suéter estaba mal acomodado. La parte de atrás del cuello se le había doblado hacia adentro. Yo me levanté. La silla pegó contra la pared. Darío volteó hacia la ventana. Se le abrió la boca, pero tardó en hablar.— Lo estoy viendo— me dijo mi compañero. Yo seguía mirando al hombre. Pensé que, si le quitaba los ojos de encima, lo iba a encontrar más cerca cuando volviera a verlo. El señor se incorporó.

14:24 Se ayudó con las manos para levantarse de la banca. Lo vi dar un paso hacia la puerta de la oficina. Darío y yo estábamos junto al escritorio. Para salir, teníamos que pasar frente a él. El hombre se detuvo en la entrada. Desde ahí pude verle los dedos de los pies sobre el mosaico. Usted dijo que volvía, me dijo el señor. Yo empecé a negar con la cabeza. Quise decirle que había ido a buscar ayuda, pero sentía la lengua pegada al paladar. Darío tomó el radio. Al levantarlo, tiró el vaso del café. El ruido me hizo moverme. Me fui hacia la puerta, pegado a mi compañero. El señor se había quedado junto a un lado del marco.

15:05 Pasé tan cerca que pude verle la piel reseca de una mano. Darío salió detrás de mí. Caminamos hacia el hospital, primero despacio y después casi corriendo. Al llegar al patio me volví. El hombre seguía frente a la oficina. Nos miraba. Darío me dijo que continuara. Llegamos hasta donde había una enfermera acomodando unas cajas sobre un carrito. Me preguntó qué nos había pasado. Yo intenté explicarle. Darío pidió por radio que alguien vigilara la entrada de atrás porque nosotros estábamos en el patio. Otro guardia vino desde el acceso principal. El encargado de vigilancia llegó poco después. Nos encontró sentados en una jardinera. Yo seguía teniendo la llave del depósito en el bolsillo. Darío contó lo que habíamos visto. El encargado nos pidió que lo acompañáramos. Mi compañero se levantó primero.

15:57 Yo tardé un poco más. Caminamos los cuatro hasta la oficina. La banca estaba vacía. En el escritorio seguía el café derramado y el vaso estaba en el suelo junto a la silla. El encargado me pidió la llave. Llamaron a Anselmo y esperamos a que llegara para abrir el depósito. Yo me quedé junto a la reja. Desde ahí vi al camillero entrar con el encargado y con el otro guardia. Darío permaneció conmigo. Cuando salieron, nos dijeron que el cuerpo estaba en la camilla. Anselmo se acercó a preguntarnos qué habíamos visto esa vez. Darío describió al hombre antes de que yo pudiera responder. Habló del suéter café y de los pies descalzos. También dijo dónde se había detenido. Anselmo se frotó la cara con las dos manos. El encargado decidió que nos quedaríamos juntos el resto del turno. Mandó al otro compañero a cubrir los recorridos pendientes y se llevó mi libro para escribir lo ocurrido. Nos sentamos afuera de la oficina. acercamos las sillas a la reja donde se veía la calle el encargado permaneció un buen rato con nosotros después fue a hablar con personal del hospital darío y yo apenas conversamos de vez en cuando él me preguntaba si quería agua yo le preguntaba la hora el café se quedó sobre el escritorio hasta que empezó a amanecer la familia del señor llegó por la mañana venían dos mujeres y un hombre Anselmo los acompañó a

17:28 hacer lo que faltaba de los trámites mientras nosotros esperábamos el relevo. Una de las mujeres se sentó en la banca. Yo estaba parado junto a la oficina. Me preguntó si ahí había pasado la noche su papá. Le dije que sí. La señora llevaba una bolsa con ropa doblada. La tenía tan apretada contra el pecho que se le marcaban los dedos en el plástico. Me explicó que había tenido que salir de la ciudad y que le avisaron cuando ya estaba en camino. Después quiso saber si alguien había estado cerca de él durante la noche. Miré hacia Darío. Mi compañero estaba del otro lado de la reja hablando con el guardia que venía a relevarnos. Nos quedamos aquí, le contesté a la señora. Ella me dio las gracias. Me quedé parado junto a ella hasta que Anselmo volvió a llamarla.

18:20 Cuando llegó la camioneta de la funeraria, yo todavía estaba ahí. Vi salir la camilla. El cuerpo iba cubierto. Una de las mujeres caminó detrás, acomodándose el cabello con las manos. Abrí la reja por última vez aquella mañana. Después firmé mi salida. Mi hermano fue por mí porque le había llamado antes del amanecer. Me encontró esperando junto a la entrada principal, con el termo dentro de una bolsa. En el camino me preguntó qué había pasado. Le conté desde que vi al señor sentado. Mi hermano me dejó hablar. Al llegar a su casa preparó café, pero le pedí que mejor me diera un vaso de agua. Dormí ahí hasta la tarde. Al despertar tenía varias llamadas del encargado de vigilancia. Me pidió que pasara al hospital antes de mi siguiente turno para dejar lo ocurrido por escrito. Darío también hizo su declaración. A mí me cambiaron a la entrada principal durante el día. Seguí en el hospital otros dos meses. Después, la empresa me ofreció un puesto en una bodega y lo acepté, aunque me quedaba más lejos.

19:28 Darío y yo hablamos varias veces de aquella noche. Él seguía recordando al señor parado en la puerta, mientras nosotros tratábamos de salir de la oficina. La última vez que fui al hospital fue para recoger unos documentos de la empresa. Entré por enfrente y esperé en vigilancia. El encargado me preguntó si quería pasar a saludar a los compañeros de atrás. Le dije que llevaba prisa. Desde entonces he seguido trabajando de guardia, casi siempre de noche. He cuidado fábricas, bodegas y un estacionamiento. A la morgue de aquel hospital jamás volví a entrar.