Turno Nocturno En La Bodega: Noche De La Llorona - Historias De Terror - REDE
¡ Rápido ! Suscríbete y activa la campanita.
Se parte de la comunidad REDE.
ENVIAME TUS HISTORIAS A: relatosdesclasificados@gmail.com
SÍGUEME EN FANPAGE: https://bit.ly/33H3Og3
SÍGUEME EN INSTAGRAM: https://bit.ly/3dgiBmd
0:05 Me llamo Ernesto Salgado y todavÃa recuerdo con claridad la noche en que dejé de trabajar como velador. Fue en una empacadora, situada a la orilla de la ciudad, cerca de un canal viejo. Yo cubrÃa el turno nocturno, entraba a las 7 de la tarde y salÃa cuando llegaba el relevo, ya con luz de mañana. El lugar tenÃa una caseta, un patio amplio, dos naves cerradas y una bodega de refacciones. Mi trabajo consistÃa en revisar accesos, dar vueltas por el patio, reportar por radio y anotar cualquier movimiento fuera de lo normal. Esa noche llegué puntual. El encargado me entregó las llaves, avisó una falla en la cámara del fondo y confirmó que no habrÃa visitas ni camiones pendientes. Firmé la libreta, revisé el portón principal y vi salir su camioneta. Cuando el motor se perdió en la calle, el patio quedó en silencio. Hice la primera vuelta con la lámpara en la mano, miré las puertas, revisé los candados y regresé a la caseta, y todo estaba en orden. Reporté a la base un turno tranquilo, y me senté frente a las pantallas sin esperar nada raro. Un rato antes de medianoche, escuché un golpe en la zona de la bodega. Fue un sonido seco, directo, contra la lámina. Me quedé quieto, escuchando.
1:29 El golpe volvió más corto en el mismo rumbo. Tomé la lámpara y salà al patio. Desde la entrada del pasillo no vi a nadie, pero el piso tenÃa marcas de agua. Me acerqué con cuidado y distinguà huellas de pies descalzos. VenÃan del lado del canal y avanzaban hacia la bodega. El concreto alrededor estaba seco, por eso las marcas resaltaban con claridad. Me agaché lo necesario para verlas mejor. Eran huellas recientes. completas en algunas partes cortadas en otras con dedos marcados y agua todavÃa fresca sentà un peso en el pecho porque el portón seguÃa cerrado y nadie debÃa estar dentro reporté por radio señales de intrusión en el patio la operadora pidió que permaneciera en la caseta y mantuviera vista sobre las cámaras regresé cerré la puerta y revisé las pantallas la cámara del fondo seguÃa sin imagen justo la que debÃa cubrir la bodega. Las demás mostraban zonas vacÃas. Después escuché una voz de mujer. VenÃa del fondo del patio, baja, repetida, con una pregunta sobre sus hijos. La frase llegó clara la segunda vez. Preguntaba dónde estaban sus hijos. Me levanté de la silla y apagué el ventilador de la caseta para oÃr mejor. La voz volvió a sonar desde el mismo lado. No habÃa llanto, ni gritos, ni otra persona respondiendo. Solo esa pregunta, repetida
3:01 con calma, en un lugar donde nadie debÃa estar. Pensé primero en una mujer perdida o lastimada. En esa zona, algunas personas entraban por el canal para robar fierro o cartón. Y también habÃa gente que pasaba la noche bajo los puentes. Aún asÃ, las huellas dentro del patio, la cámara apagada y esa voz me hicieron dudar antes de abrir la puerta. Tomé el radio, sujeté la lámpara con fuerza y salà otra vez. Avancé por el pasillo pegado a la pared hasta que la luz alcanzó la entrada de la bodega. La vi parada frente a la puerta. Era una mujer con vestido blanco, largo y mojado. TenÃa el cabello sobre la cara, los brazos abajo y los pies descalzos sobre el concreto. El agua le escurrÃa de la ropa y caÃa alrededor de sus tobillos. Por eso las huellas llegaban hasta ahÃ. No buscaba la salida, no golpeaba para pedir ayuda y no revisaba el lugar. Estaba quieta frente a la cerradura. Le avisé en voz alta que era propiedad privada, que habÃa vigilancia y que el apoyo ya estaba solicitado.
4:12 Ella no contestó. Levantó la mano derecha y tocó la puerta de la bodega. Sus uñas rasparon la lámina, largas, oscuras y curvas. El sonido me hizo apretar la lámpara. Volvà a hablarle, pero esta vez con una orden clara para que se alejara de la puerta. Entonces giró la cabeza hacia mÃ. La luz le pegó de frente. El cabello se abrió sobre su cara y pude verla completa. TenÃa el rostro cadavérico, la piel gris, pegada al hueso, hundida alrededor de la boca. Los ojos estaban abiertos y fijos y los labios retraÃdos. Los dientes, afilados, apretados y desiguales, quedaban a la vista aunque la boca apenas se movÃa.
4:59 No habÃa sangre fresca en la cara, pero sà manchas oscuras en las encÃas y en la barbilla. Me quedé inmóvil unos segundos, con el radio en el pecho y la lámpara apuntándole. Ahà entendà que la situación ya no era una intrusión común. Lo sostengo por lo que vi, no por historias ni por miedo. Vi una cara que no correspondÃa a una mujer herida de manera normal. Vi dientes puntiagudos, uñas demasiado largas y una mirada fija que no cambiaba con la luz. Ella abrió más la boca y repitió la pregunta por sus hijos. Esta vez la voz salió fuerte, con rabia, y el eco rebotó en el pasillo. Apreté el botón del radio y alcancé a reportar una mujer frente a la bodega y pedir apoyo urgente.
5:47 La señal se llenó de ruido. Ella dio un paso hacia mÃ, luego dio otro. Caminaba descalza, inclinada hacia adelante, con las manos levantadas y los dedos abiertos. Las uñas apuntaban hacia mi pecho y le ordené que se detuviera, pero siguió avanzando. retrocedà primero sin quitarle la luz de encima pero cuando aceleró me giré y corrà hacia la caseta escuché sus pies detrás de mà también escuché las uñas rozando la pared del pasillo mientras avanzaba llegué a la caseta metà la llave y giré la chapa pero la puerta se atoró ya habÃa fallado antes pero nunca me habÃa dejado fuera probé otra vez la llave no giró bien y miré por encima del hombro y la vi cerca con el cabello pegado a un lado de la cara, la boca abierta y los brazos extendidos. Solté la llave y corrà hacia la otra entrada de la bodega, la que quedaba más cerca de la caseta. La mujer se habÃa separado de esa puerta al seguirme, y por eso tuve unos segundos libres para llegar. Busqué la llave correcta mientras corrÃa. El manojo golpeaba contra mi pierna, y la mano me temblaba. Antes de alcanzar la cerradura, sentà sus uñas en la espalda. Me rasgaron la camisa y me abrieron la piel en tres lÃneas. El dolor me dobló, pero seguà adelante. Metà la llave al tercer intento y la cerradura abrió. Entré de golpe, empujé la puerta con
7:18 el hombro y bajé el pasador. Ella chocó del otro lado casi al mismo tiempo. El metal se hundió hacia adentro y la puerta vibró contra mi espalda. Me aparté, jalé unas cajas para reforzarla y me quedé escuchando con la respiración rota la camisa pegada a la sangre y la certeza de que esa noche apenas empezaba, dentro de la bodega apenas pude sostenerme de pie, cerré con el pasador, empujé unas cajas contra la puerta y me aparté, cuando ella volvió a golpear desde afuera, el metal vibró, las cajas se movieron unos centÃmetros y el golpe me atravesó el cuerpo, porque yo tenÃa la espalda abierta y cada movimiento me ardÃa, Encendà la luz con la mano izquierda, sin soltar la camisa rota que traÃa pegada a la piel, y avancé hasta el fondo. Entre cajas, anaqueles y herramientas viejas, me quité la camisa con cuidado, sentà la tela despegarse de los cortes, y tuve que apoyar una mano en la pared para no caer. La sangre me bajaba por la espalda, caliente al principio, después más espesa, Toqué con los dedos y encontré tres heridas largas, separadas, marcadas desde el hombro hacia el centro. Sus uñas me habÃan alcanzado antes de que yo cerrara la puerta. Usé la camisa para presionar la herida y respiré por la boca, tratando
8:48 de mantenerme quieto. El radio habÃa quedado afuera, junto a la caseta. Lo escuché caer cuando corrÃ, asà que solo me quedaba el celular. Lo saqué del pantalón. TenÃa poca baterÃa y una señal débil. Intenté llamar a emergencias, pero la llamada no salió. Intenté llamar a la base de seguridad y tampoco. Guardé el teléfono contra el pecho para tapar la luz de la pantalla y miré la puerta. Ella seguÃa ahÃ, no la veÃa, pero sus uñas pasaban sobre la lámina, desde la chapa hasta la parte baja. No rasgaba sin dirección, tocaba la cerradura, bajaba al marco, subÃa otra vez y golpeaba donde estaba el pasador. Yo escuchaba cada movimiento y no contesté cuando volvió a hablar.
9:39 Su voz entró por las rendijas de la puerta, baja y firme, pidiendo que le entregara a sus hijos. Repitió la frase varias veces. Yo apreté la camisa contra la espalda, empujé otro grupo de cajas con el pie. Luego arrastré un anaquel bajo y lo trabé contra la puerta. Me dolÃa levantar los brazos, doblarme y respirar hondo, pero seguÃa acomodando cosas hasta formar una barrera. Cuando terminé, me senté en el piso. Desde ese lugar veÃa la puerta y una ventilación alta que daba al patio. La luz de la bodega parpadeaba. El foco hacÃa un zumbido corto que se cortaba y regresaba. Ella probaba la lámina con las manos, pegaba el cuerpo contra el metal y volvÃa a raspar con las uñas. Cada vez que sonaba más cerca del pasador, yo empujaba con las piernas las cajas que tenÃa enfrente.
10:33 Grabé un audio con el celular. Lo hice porque la señal no servÃa y porque entendà que podÃa quedarme ahà hasta morir desangrado o hasta que ella lograra entrar. Dije mi nombre, el lugar, el puesto que cubrÃa esa noche y lo que habÃa pasado. Dije que una mujer entró al patio que tenÃa uñas largas, que me atacó en la espalda y que yo estaba encerrado en la bodega. No añadà nada que no hubiera visto. Hablé bajo, con la boca seca, mientras ella golpeaba detrás de mÃ. La luz se apagó de golpe. No hubo trueno ni ruido de cables, solo oscuridad. Me quedé inmóvil con el teléfono apagado en la mano. El olor a cartón, grasa y sangre se volvió más fuerte. La herida me ardÃa menos cuando no me movÃa, pero sentÃa la camisa empapada y sabÃa que seguÃa sangrando. Afuera los golpes se detuvieron y ese silencio me hizo apretar los dientes. No me acerqué a la puerta, me quedé donde estaba. Entonces escuché uñas en el muro exterior. El sonido se movió hacia la ventilación.
11:43 La rejilla estaba alta, pero ella alcanzó el metal. Primero rasgó los bordes y después los tornillos. Uno cayó afuera, luego cayó otro. Cada tornillo que se soltaba me quitaba espacio, porque el hueco daba directo a la bodega. Me arrastré hacia un lado despacio sin levantarme. La camisa se me pegó al piso y la sangre dejó una marca detrás de mÃ. La rejilla se dio y cayó dentro, y el golpe sonó grande en la oscuridad. Me quedé con la respiración detenida y, por el hueco, entró una mano. La reconocà por las uñas y los dedos se movieron contra la pared interior, largos y buscando apoyo. Las uñas dejaron rayas sobre el cemento, Después vi parte de su cara en la abertura, pues la luz de afuera le alcanzó el ojo abierto, la mejilla hundida y los dientes.
12:42 La boca se movió y la voz volvió a pedir a sus hijos, más cerca, dentro de la bodega. Yo retrocedà hasta tocar unos costales. Uno se movió y rozó el piso. El ruido fue bajo, pero ella lo oyó. La mano entró más, se estiró hacia mi lado y golpeó la pared. Las uñas no me alcanzaron, aunque pasaron cerca de las cajas que tenÃa enfrente. Me tiré al suelo y me metà detrás de los costales, apretando la mandÃbula por el dolor de la espalda. No querÃa respirar fuerte, ni encender el teléfono, ni mover otra caja. Me quedé ahÃ, con la cara cerca del piso, escuchando la mano rasgar la pared hasta que se retiró. Después volvió a la puerta y los golpes regresaron, más lentos pero fuertes. La barrera se movÃa con cada impacto. Yo la empujaba con los pies cuando sentÃa que cedÃa. Ella hablaba entre golpe y golpe. DecÃa que sus hijos estaban ahÃ, que yo se los estaba escondiendo, que abriera. Yo no respondÃ, entendÃa las palabras, pero no iba a discutir con algo que ya me habÃa abierto la espalda. Si abrÃa, me alcanzaba en segundos. Si corrÃa, el patio estaba libre para ella.
13:59 si esperaba tal vez llegaba el relevo, más adelante vibró el celular, era una llamada de la base, contesté en voz baja y la operadora preguntó si seguÃa en el puesto y si estaba lesionado, le dije que estaba en la bodega, que la mujer seguÃa afuera, que me habÃan atacado y que mandaran una patrulla, alcancé a decir la palabra patrulla antes de que otro golpe sacudiera la puerta, La llamada se cortó. El teléfono cayó al piso. La pantalla se quebró en una esquina y lo recogà sin prenderlo. La madrugada se alargó. No tuve forma de medirla bien. Hubo silencios, golpes, rasguños en la puerta y pasos alrededor de la bodega. Cuando todo quedaba quieto, escuchaba su respiración del otro lado. Varias veces quise mover las cajas y salir.
14:51 Pero cada vez que acercaba el cuerpo a la puerta, ella respiraba más cerca o pasaba las uñas por la lámina. Entonces volvÃa al fondo, presionaba la herida y esperaba. Ya muy tarde, la voz empezó a alejarse. Primero la oà junto a la puerta, luego en el patio y después hacia el pasillo del canal. Preguntó por sus hijos tres veces más. La última frase llegó baja, apagada por la distancia. y después escuché agua moverse afuera. No hubo otro golpe, pero aún asà no abrÃ. Permanecà detrás de los anaqueles hasta que entró luz por la ventilación. TenÃa la camisa dura de sangre, las piernas entumidas y la boca seca.
15:36 Me mantuve despierto, sentado en el piso, porque seguÃa esperando que regresara. Cuando empezó a entrar luz por la ventilación, seguà sentado en el piso sin mover la barrera que habÃa puesto contra la puerta. TenÃa las piernas entumidas, la boca seca y la camisa pegada a la espalda por la sangre. El silencio del patio ya no me daba confianza. Durante la noche hubo momentos en que pensé que ella se habÃa ido, y cada vez volvió a raspar la lámina o la pared, por eso esperé hasta escuchar el portón. El sonido del vehÃculo llegó poco después. Reconocà el motor y el claxon de Arturo, mi relevo. Ãl siempre tocaba dos veces antes de bajarse. Lo escuché caminar por el patio y llamarme por mi nombre. No contesté de inmediato, pues intenté hablar, pero la garganta me falló. Volvió a llamarme más cerca de la bodega, y entonces pude responderle.
16:35 Le pedà que no se acercara solo, que llamara al supervisor y a la policÃa, y que no tocara nada del pasillo. Arturo se quedó del otro lado de la puerta y me preguntó qué habÃa pasado. Le respondà con lo necesario, porque no tenÃa fuerza para contar todo. Le dije que una mujer habÃa estado en el patio durante la noche, que me atacó, que yo estaba herido y que me encerré ahà para que no pudiera alcanzarme. También le pedà que mirara hacia la zona del canal sin meterse al pasillo. Sus pasos se alejaron. Regresó poco después y dijo que no veÃa a nadie. Me pidió abrir. Le dije que no podÃa, porque habÃa cajas y un anaquel trabando la puerta. Desde adentro intenté moverlos, pero la espalda me ardió y tuve que detenerme. Arturo habló por teléfono con el supervisor. Lo escuché explicar que yo estaba encerrado, que habÃa sangre en la entrada de la bodega y que la puerta tenÃa marcas. Después se empujó desde afuera mientras yo jalaba las cajas hacia un lado. Cada jalón me mareaba, pero al final alcancé el pasador. Cuando la puerta abrió, la luz del patio me dio en la cara.
17:48 Cerré los ojos y salà despacio, con una mano en la pared. Arturo retrocedió al verme. No gritó y no hizo preguntas de más. Solo dijo que tenÃa la espalda abierta y que necesitaba sentarme. Le pedà que no me tocara y caminé inclinado hasta quedar fuera de la bodega. En el piso todavÃa habÃa huellas mojadas, se veÃan menos claras que en la noche, pero seguÃan marcadas cerca de la puerta y hacia el pasillo del canal. Mi radio estaba tirado junto a la caseta, y la lámpara también estaba en el suelo. La puerta de la bodega tenÃa raspones largos, arriba, abajo y cerca de la chapa. La rejilla de la ventilación estaba adentro, torcida. Arturo miró todo sin hablar. Después fue por el botiquÃn y me llevó a la caseta. No pude sentarme con la espalda contra la silla. Me quedé de pie, apoyado con las manos sobre la mesa. Arturo buscó vendas y agua. Me preguntó si habÃa sido una persona del barrio. Le dije que fue una mujer, que la vi de frente y que sus uñas me hicieron los cortes. Y no añadà nada más.
19:00 Ãl vio las heridas, vio la puerta y dejó de preguntar. Llamó otra vez al supervisor y pidió una ambulancia. El supervisor llegó con prisa. Al principio venÃa molesto, pero cambió al ver la sangre, las huellas y la puerta. Me pidió que relatara lo ocurrido desde el inicio. Lo hice de pie, con pausas, porque me dolÃa respirar hondo. Le conté lo mismo que dejé grabado en el celular. Escuché golpes, encontré huellas mojadas, vi a una mujer frente a la bodega. Me mostró el rostro, me alcanzó con las uñas y me encerré hasta que llegó el relevo. Le enseñé la espalda y él no respondió de inmediato. Revisó la puerta, miró la ventilación y salió al patio. La policÃa llegó después y dos agentes revisaron la bodega, las naves y el canal. No encontraron a ninguna mujer. Tampoco encontraron ropa, zapatos ni documentos. Uno revisó el hueco de la ventilación y otro tomó fotos de la puerta. Me preguntaron si habÃa bebido o si habÃa consumido algo durante el turno.
20:09 Arturo respondió antes que yo. Dijo que me encontró encerrado, sangrando, con la puerta bloqueada desde dentro y con marcas en el piso. El agente anotó eso, pero siguió mirando todo con duda. Luego revisaron las cámaras. La del fondo no habÃa grabado nada durante la noche. Y en las otras se veÃa parte del patio, mi lámpara moviéndose y mi carrera hacia la bodega. La imagen no alcanzaba a mostrar lo que venÃa detrás de mÃ. Esa parte quedó fuera. Yo aparecÃa corriendo, luego entrando a la bodega, y después no habÃa más que patio vacÃo. Para ellos era una grabación incompleta. Para mà fue peor, porque confirmaba mi miedo, pero dejaba fuera la causa. La ambulancia llegó cuando ya habÃa más gente en el patio. Me limpiaron la espalda y me pusieron gazas antes de llevarme a revisión. En la clÃnica me cerraron dos heridas con puntos y dejaron otra con curación abierta. El médico me preguntó con qué me habÃa cortado. Le respondà que con uñas. Revisó de nuevo las marcas, midió la separación entre los cortes y escribió que eran heridas lineales profundas. La empresa cerró el reporte como intrusión no localizada. El dueño habló de una mujer del canal, de alguien alterado o de un posible robo frustrado. Yo le pregunté cómo explicaba la rejilla arrancada, los raspones en la puerta, las huellas mojadas y los
21:39 cortes en mi espalda. Contestó que en un reporte solo podÃa poner hechos comprobables. Le dije que esos hechos estaban ahÃ, pero no respondió. Desde ese momento supe que el caso quedarÃa reducido a papeles y a una versión cómoda para la empresa. Renuncié dos dÃas después. Arturo firmó como testigo de la forma en que me encontró. La base confirmó llamadas cortadas y un reporte de intrusión. El audio quedó guardado en mi celular, con mi voz, mi respiración y los golpes contra la puerta. Al fondo se escucha una voz de mujer. La frase no se entiende completa por el ruido. pero yo la reconozco, era la misma pregunta que repitió durante toda la noche. No volvà a esa empacadora y durante semanas dormà poco. El sonido del agua en la calle me despertaba. También me levantaba cuando escuchaba una voz de mujer afuera de la casa. Las heridas cerraron, pero quedaron tres lÃneas separadas en la espalda. Cada vez que las toco, recuerdo la puerta vibrando. La mano entrando por la ventilación y la voz pidiendo a sus hijos.
22:49 Yo no puedo explicar de dónde salió, ni cómo se fue antes del relevo. Solo puedo decir lo que vi y lo que quedó marcado. Vi a una mujer dentro del patio. Vi su rostro cadavérico. Vi sus dientes afilados y sus uñas largas. Cuando me miró, vino hacia mÃ. Alcancé a esconderme en la bodega y salà por la mañana, herido, temblando y cerca de perder la razón. Lo demás lo explicaron otros. Yo me quedé con las marcas y con el recuerdo exacto de esa noche. Me llamo Alberto Mena.
23:33 Trabajé como guardia nocturno en un edificio de archivo de una empresa privada, cuando todavÃa aceptaba turnos largos por necesidad. Recuerdo ese lugar porque fue el último servicio que tomé en seguridad privada. Después de esa noche ya no quise volver a cuidar edificios vacÃos, ni bodegas, ni oficinas cerradas. El turno empezaba cuando el personal se iba y terminaba con la llegada del relevo de la mañana. El edificio tenÃa varios pisos, dos sótanos, oficinas cerradas y una sala de juntas que casi nadie usaba. Mi trabajo era revisar accesos, marcar puntos de control, mirar las cámaras y anotar cualquier cosa fuera de orden. No era un servicio complicado. La mayor parte del tiempo uno caminaba solo, revisaba puertas y regresaba al cuarto de control. Sarmiento, el supervisor, me recibió el primer dÃa. Me entregó las llaves, el radio, la linterna y la bitácora. Luego me llevó por el recorrido y me señaló las zonas que debÃa revisar con más cuidado.
24:39 Me advirtió que no bajara solo a los sótanos si olÃa a quemado, si veÃa agua en el piso o si encontraba una puerta forzada. También mencionó, sin rodeos, que en ese edificio habÃan muerto tres trabajadores. Dos eran de obra. Uno cayó por el hueco de un elevador de carga y otro murió durante un incendio en el sótano. El tercero era de mantenimiento y recibió una descarga eléctrica. Sarmiento no lo contó para asustarme. Me lo dijo con el mismo tono con el que explicó el tablero de alarmas. Algunos guardias, según él, habÃan reportado voces, golpes y puertas abiertas en zonas que debÃan estar cerradas. La instrucción fue simple.
25:24 Registrar todo, avisar por radio o por teléfono y no inventar causas para quedar bien. Yo asentà y seguà escuchando. necesitaba el empleo y en ese momento pensé que esas historias salÃan del cansancio de la soledad y de pasar demasiadas horas encerrado en un lugar sin gente las primeras noches pasaron sin problemas habÃa ruidos claro pero nada que obligara a llamar a nadie se escuchaban tuberÃas láminas del patio muebles que tronaban por la noche y pasos de mis propios recorridos en las escaleras yo hacÃa mi trabajo marcaba los puntos revisaba las oficinas principales y volvÃa al cuarto de control me acostumbré a las cámaras al radio encendido y al silencio largo de los pasillos la primera señal rara ocurrió una noche en el segundo piso Rubén, el guardia de la tarde me entregó el turno con prisa me dijo que una silla de la sala de juntas habÃa aparecido en el pasillo fuera de lugar Ãl la regresó, revisó la puerta y no encontró a nadie.
26:31 No quiso hablar más del tema, firmó la salida, me dejó las llaves y se fue sin mirar hacia las escaleras. Yo subà a revisar antes de empezar el recorrido completo. La sala de juntas estaba cerrada. AbrÃ, encendà la luz y vi la silla junto a las demás. No habÃa señales de entrada, ni papeles tirados, ni cajones abiertos. Cerré otra vez y seguà caminando. Al bajar por la escalera, escuché tres golpes fuertes arriba. Fueron secos y separados. Me detuve en el descanso y esperé. No hubo voces, no hubo pasos, solo el eco dentro del edificio. Subà con la linterna en la mano y encontré la misma silla tirada en el pasillo, y la puerta de la sala seguÃa cerrada con llave. Abrà la sala otra vez. Una segunda silla estaba encima de la mesa. Me quedé en la entrada, alumbré las esquinas y revisé rápido, sin tocar más de lo necesario. Pero no encontré a nadie. Tomé una foto con mi celular y regresé al cuarto de control.
27:38 En la cámara del pasillo, la imagen se cortaba justo antes de que la silla apareciera afuera. Al volver la señal, la silla ya estaba en el piso. Revisé el tramo varias veces, pero no apareció ninguna persona entrando o saliendo. Llamé a Sarmiento y le expliqué lo de la silla, la puerta cerrada y el corte de la cámara. Ãl no hizo preguntas raras ni mostró sorpresa. Me pidió revisar cerraduras, mantener el radio encendido y escribir todo en la bitácora. Su calma me incomodó más que la silla, pues yo esperaba una orden clara, una explicación técnica o una llamada para mandar apoyo. Solo recibà la misma instrucción, documentar y seguir atento. Después de colgar, escuché un golpe en el vidrio del cuarto de control. Ese vidrio daba al pasillo de recepción. Levanté la linterna y miré, pero no habÃa nadie.
28:37 El golpe se repitió más cerca de mi cara, con la misma fuerza. Me acerqué hasta que dara un paso del vidrio. Revisé la cámara de la entrada, luego la del pasillo. Las dos mostraban el área vacÃa. La puerta principal estaba cerrada. La recepción estaba sola y ninguna oficina cercana tenÃa la luz encendida. Anoté el incidente con la mano tensa. Mientras escribÃa, oà una voz de hombre en el pasillo. Hablaba bajo, desde una zona donde no habÃa cámaras directas. No entendà la frase completa, pero distinguà un murmullo largo y una pausa. Salà del cuarto, pregunté quién estaba ahà y avancé hasta la recepción. Pero la voz se apagó de inmediato. Revisé las puertas cercanas, la entrada y el pasillo, pero todo estaba cerrado. No encontré huellas, herramientas, mochilas, ni señales de que alguien se hubiera escondido. Volvà al cuarto de control. Intenté pensar en una explicación sencilla, pero ninguna coincidÃa con lo que habÃa visto. El edificio estaba cerrado.
29:45 El pasillo no tenÃa salida hacia la calle y cualquier persona habrÃa quedado grabada por lo menos en una cámara. Me senté frente a los monitores y seguà mirando el segundo piso. La puerta de la sala de juntas estaba en pantalla. Entonces la manija bajó despacio, se detuvo y volvió a subir. La puerta no se abrió, solo la manija se movió, sin una mano visible. Subà otra vez porque era mi responsabilidad. La verdad no querÃa hacerlo, pero tampoco querÃa abandonar el puesto y dejar un reporte incompleto. En el segundo piso, la puerta seguÃa cerrada con llave.
30:26 Toqué la manija y estaba firme. En ese momento se escucharon varias sillas moviéndose dentro de la sala. Las patas rasparon el piso una detrás de otra y luego algo golpeó la mesa. Me aparté de la puerta y hablé por radio para dejar constancia, aunque sabÃa que nadie más estaba dentro del edificio. Abrà con cuidado, las sillas estaban fuera de lugar y la mesa se habÃa movido hacia un costado. Alumbré el fondo, las esquinas y la parte baja de la mesa. No habÃa una persona escondida, no habÃa entrada abierta y no habÃa marcas de fuerza. Entonces una voz de mujer salió desde el fondo de la sala, me ordenó bajar y dijo mi nombre después de la orden.
31:13 Cerré la puerta sin entrar, bajé directo al cuarto de control, guardé las fotos y abrà la bitácora. Escribà lo que habÃa pasado, con el pulso acelerado y la garganta seca. TodavÃa pensaba terminar el turno si me quedaba cerca de las cámaras y evitaba los sótanos. Esa idea se terminó cuando escuché desde el piso de arriba el primer mueble arrastrándose contra la pared. Después de lo ocurrido me quedé en el cuarto de control. Dejé la puerta abierta, el radio sobre la mesa, las llaves en la mano y la libreta frente a mÃ. Desde ahà veÃa recepción, una parte del pasillo y las cámaras principales. Quise ordenar el reporte antes de seguir caminando porque ya habÃa demasiadas cosas fuera de lugar. La silla en el pasillo, el corte de imagen, los golpes en el vidrio, la voz de hombre, la manija moviéndose sola y la voz de mujer dentro de una sala cerrada. No escribà conclusiones, solo hechos. Puse el lugar, la hora aproximada y lo que yo habÃa visto y escuchado. Mientras escribÃa, revisaba los monitores. La cámara de la entrada seguÃa normal. La de recepción mostraba el pasillo vacÃo. En el segundo piso, la imagen fallaba por momentos.
32:34 Yo trataba de mantenerme ocupado, porque detenerme a pensar me ponÃa peor. Poco después, tres cámaras perdieron señal al mismo tiempo. Quedaron encendidas la de la entrada principal y la de recepción. Revisé los cables, el regulador y la toma de corriente, pero todo estaba conectado. Entonces se escuchó un golpe en el piso de arriba y levanté la cabeza. Vino otro golpe, más fuerte, y luego un arrastre largo. El techo vibró y cayó polvo sobre la mesa. salà al pasillo con la linterna encendida y desde la escalera llegó el ruido de una mesa moviéndose y varias sillas golpeando contra el piso no subà me quedé al pie de la escalera con el radio pegado al pecho y la luz apuntando al descanso escuché pasos bajando desde el segundo piso eran pasos marcados uno por uno con pausa entre cada pisada llegaron hasta el descanso se detuvieron y nadie apareció después cayó una silla por la escalera golpeó varios escalones rebotó contra la pared y quedó tirada cerca de recepción la reconocà porque era de la sala de juntas tenÃa una pata doblada me acerqué solo lo necesario para verla luego retrocedà ya no podÃa tratar eso como un ruido del edificio tampoco podÃa decir que habÃa alguien escondido porque las cámaras disponibles mostraban pasillos vacÃos y la entrada seguÃa cerrada
34:08 Llamé a Sarmiento otra vez y le dije que habÃa muebles moviéndose arriba y que una silla acababa de caer por la escalera. También le dije que no veÃa personas en las cámaras. Tardó en contestar y cuando habló mantuvo la voz baja. Me recordó que el rondÃn externo pasarÃa más tarde y que no enviarÃa apoyo antes si no habÃa intrusión confirmada. Le respondà que no podÃa confirmar una intrusión, pero que los objetos se estaban moviendo dentro del edificio. Me ordenó mantenerme cerca de la salida, no abrir los sótanos y seguir registrando todo. Apenas terminó la llamada, llegó olor a quemado desde la puerta que bajaba al sótano.
34:53 VenÃa directo de esa zona y se quedaba en el pasillo. Recordé la advertencia de Sarmiento sobre el trabajador atrapado durante el incendio. Caminé hasta la puerta sin abrirla. Antes de tocar la chapa, alguien golpeó desde el otro lado. Pregunté quién estaba abajo, y una voz de hombre respondió que lo sacara. Retrocedà hasta recepción. No corrÃ, porque las piernas no me respondÃan bien. Al pasar frente al cuarto de control, escuché un golpe dentro. Entré y vi el archivero abierto. y las carpetas estaban en el piso y varias hojas habÃan llegado al pasillo. La libreta seguÃa sobre la mesa, y junto a ella habÃa una carpeta abierta con el nombre de uno de los trabajadores muertos en el sótano.
35:42 Yo no la habÃa sacado ni la habÃa visto antes. Tomé mi libreta y mi identificación, y el radio lo traÃa conmigo. Al salir del cuarto, escuché voces arriba. VenÃan del segundo y del tercer piso. No eran gritos completos, eran frases cortas, separadas. Una voz pedÃa agua, otra repetÃa un apellido y la otra decÃa que faltaba uno. Miré los monitores desde la puerta del cuarto. Algunas cámaras seguÃan sin señal, pero las que funcionaban mostraban pasillos vacÃos. Las voces siguieron unos segundos y luego se cortaron al mismo tiempo. Subà solo hasta el primer descanso de la escalera. QuerÃa ver si habÃa fuego, humo o personas atrapadas. No llegué al segundo piso, pues antes de avanzar una mesa salió desde la sala de juntas y se arrastró por el pasillo.
36:36 La vi desde el descanso y no habÃa manos empujándola, pero avanzó hasta chocar contra la pared. Una silla salió detrás y golpeó la baranda. En ese momento una voz habló junto a mi oÃdo y dijo mi nombre completo. bajé de inmediato y bajé sin mirar atrás en recepción empezó a sonar el teléfono fijo pero no lo contesté sonó varias veces y luego se activó el altavoz una voz de mujer dijo que el incendio seguÃa abajo y la frase se repitió dos veces después se escuchó tos y luego silencio yo tenÃa la mano en la puerta principal y la abrà sin revisar nada más salà al vestÃbulo exterior y respiré con dificultad Desde el vidrio podÃa ver recepción, la silla rota seguÃa junto a la pared, las hojas estaban tiradas y la luz del cuarto de control seguÃa encendida. Pensé en quedarme afuera hasta que llegara el rondÃn, pero mi credencial se habÃa quedado sobre la mesa.
37:39 Sin esa credencial, el supervisor podÃa acusarme de abandonar el servicio, asà que entré otra vez por miedo al trabajo, no por valor. Antes de entrar, dejé el portón abierto y la puerta principal sin seguro. Caminé directo al cuarto de control. No miré la escalera. Recogà la credencial y las llaves de reserva que estaban sobre la mesa. En ese momento, todos los monitores se encendieron. Las cámaras, que habÃan perdido señal, volvieron con imagen. En la pantalla de la entrada principal aparecÃa yo dentro del cuarto, y detrás de mà habÃa tres figuras de pie. Me giré, pero el cuarto estaba vacÃo.
38:21 Volvà a mirar la pantalla y las figuras seguÃan detrás de mi imagen, quietas, sin rostro claro. Levanté el celular para grabar el monitor, pero al enfocar, desaparecieron. El video registró la pantalla normal, guardé el teléfono, tomé la libreta contra el pecho y salÃ. En ese momento dejé de pensar en el turno, en el reporte y en el empleo. solo querÃa llegar a la calle y no volver a entrar al cruzar recepción vi a un hombre al fondo del pasillo traÃa ropa de trabajo y un casco la luz fallaba por segundos pero alcancé a verlo de frente cuando avanzó hacia la entrada no movÃa los brazos caminaba derecho con la cabeza baja y no hizo ruido al pasar junto a la silla rota yo me pegué a la pared para dejarle paso no grité no le hablé y no levanté la linterna El cuerpo se me quedó quieto.
39:19 Cuando pasó cerca de mÃ, sentà frÃo en el brazo izquierdo, desde el hombro hasta la mano. El hombre llegó a la puerta de vidrio y la atravesó sin abrirla. La barra de salida no se movió, el vidrio no vibró y el marco no sonó. Miré la cámara de la entrada desde el monitor que aún se alcanzaba a ver por la puerta del cuarto de control. La figura apareció en la pantalla durante unos segundos, salió hacia el vestÃbulo y desapareció fuera del cuadro. La puerta seguÃa cerrada y yo seguÃa adentro. No alcancé a moverme cuando cayó otra silla desde el segundo piso. Golpeó el suelo cerca de recepción y una parte se rompió. Un tornillo salió disparado y me rozó el pantalón. Sentà el golpe en la pierna.
40:08 Bajé la mirada y vi la marca en la tela. esa fue la única señal fÃsica que me llevé de esa noche no esperé a revisar nada más abrà la puerta principal crucé el vestÃbulo y salà hasta la banqueta desde la calle llamé al 911 di mi nombre la dirección y el puesto que cubrÃa reporté actividad dentro del edificio olor a quemado golpes desde el sótano y posible riesgo eléctrico la operadora me pidió que me mantuviera afuera lejos de la entrada Mientras hablaba con ella, empezaron los golpes en los vidrios de la fachada. Sonaron por partes, primero en una ventana, luego en otra, y después en otra más.
40:52 Y desde donde yo estaba, no se veÃa a nadie del otro lado. El rondÃn llegó con dos guardias. Uno era Torres, lo conocÃa de otros servicios. Bajó de la camioneta y pidió un resumen. Le conté lo necesario, sin agregar nada, que no hubiera visto antes. Muebles movidos, voces en zonas cerradas, golpes en la puerta del sótano, figuras en las cámaras y un hombre que atravesó la puerta de vidrio. Torres escuchó en silencio y el otro guardia alumbró hacia recepción y avisó que habÃa movimiento adentro. Los tres nos acercamos al vidrio sin entrar. La mesa del cuarto de control estaba en recepción y yo no la habÃa movido. Encima estaba el casco que habÃa visto antes en el tercer piso. HabÃa carpetas abiertas y hojas repartidas sobre la mesa. Una hoja se levantó, cayó al piso y quedó boca abajo. La puerta principal estaba cerrada, el portón seguÃa abierto y no habÃa viento dentro de la recepción.
41:58 Torres llamó a Sarmiento y le informó que nadie iba a entrar sin policÃas. La patrulla llegó después, dos oficiales se bajaron y preguntaron por el responsable del turno. Les entregué las llaves y les expliqué lo ocurrido desde el inicio del problema, sin hablar de apariciones, solo de hechos, objetos movidos, cámaras fallando, voces en el sótano, golpes, un posible intruso y daños en mobiliario. Uno de los oficiales revisó la entrada y dijo que podÃa haber alguien escondido. Respondà que las cámaras no mostraban entrada ni salida, pero ellos tenÃan que revisar. Yo me quedé afuera con Torres.
42:39 Entraron los dos oficiales y los dos guardias del rondÃn. Desde la banqueta escuché sus radios, sus pasos en recepción y la orden de revisar la escalera. Unos segundos después se oyó un golpe fuerte arriba y luego otro golpe contra la pared. Uno de los oficiales gritó la orden de salir. y los cuatro regresaron rápido. El oficial que iba adelante traÃa una herida pequeña en la ceja y polvo en el hombro. Dijo que una silla salió del pasillo del segundo piso y pegó contra la pared junto a él. No explicó quién la movió y no señaló a nadie. Solo pidió cerrar el edificio y esperar al encargado.
43:21 Sarmiento llegó antes de que terminara el turno. VenÃa serio, con la camisa mal abotonada y el teléfono en la mano. Habló primero con los policÃas, luego con Torres y al final conmigo. No preguntó por mi estado. No pidió ver mi pierna ni las fotos. Sacó una hoja y quiso que firmara un reporte corto. El texto hablaba de actividad inusual, posible falla eléctrica y daños menores en mobiliario. Me negué y le dije que mi reporte iba a incluir voces, golpes, objetos movidos, cámaras fallando, olor a quemado. Presencia de figuras dentro del edificio y testigos externos. Sarmiento bajó la voz y me respondió que una redacción asà podÃa causar problemas con la empresa. Le dije que el problema ya existÃa antes de mi turno y que ellos mandaban guardias solos a un edificio donde ya tenÃan reportes parecidos. no levanté la voz y no discutà más me senté en la banqueta abrà la libreta y escribà mi reporte completo con lo que vi, lo que escuché las llamadas que hice la llegada del rondÃn y la entrada de la policÃa también anoté que el supervisor intentó reducir el incidente a una falla eléctrica cuando llegó el cambio de la mañana el guardia nuevo se quedó mirando la entrada nadie le dio una explicación completa frente a mà Sarmiento habló con
44:53 él aparte, lejos de la patrulla. Yo entregué las llaves, el radio y la libreta. Firmé mi salida, pero no firmé el reporte reducido. El guardia nuevo me preguntó si podÃa entrar tranquilo. Le respondà que leyera la bitácora antes de aceptar el servicio. Después me aparté porque ya no querÃa discutir con nadie. Me fui caminando hasta la avenida principal y pedà un taxi. No esperé otra llamada de Sarmiento, tampoco volvà por papeles ni por explicaciones. Dos dÃas después Rubén me buscó por teléfono. Me contó que la empresa pidió a varios guardias firmar una versión breve del incidente, sin mencionar voces ni figuras. También contó que el edificio siguió funcionando, pero por un tiempo pusieron dos guardias por turno y cambiaron el recorrido de los sótanos. Guardé las fotos del monitor, el video donde no aparece lo que vi y el pantalón marcado por el tornillo. Sé que eso no alcanza para probar toda la noche. También sé que Torres, el otro guardia y los policÃas vieron parte de lo ocurrido. Ninguno quiso hablar mucho después y yo tampoco insistÃ, pues con esa noche tuve suficiente. No sé quiénes eran las voces, ni por qué esas figuras estaban en el edificio. Solo recuerdo lo que pasó mientras estuve de guardia. Golpes donde no habÃa nadie, muebles movidos dentro de zonas cerradas, voces saliendo del sótano y cuerpos atravesando
46:26 puertas y pasillos. Cuando llegó el relevo, entregué mis cosas y me fui, y nunca más regresé. Recuerdo la noche en que cubrà la morgue, porque fui quien escuchó los golpes, vio moverse la gaveta y abrió la bolsa. Me llamo Arturo Molina, en ese tiempo trabajaba como guardia nocturno. Entré antes de las once, firmé mi llegada y recibà las llaves de Salinas, el técnico que habÃa dejado los ingresos acomodados. Salinas me informó que habÃa cinco cuerpos. Uno acababa de bajar de urgencias, una mujer sin identificar, vÃctima de un accidente en carretera. El doctor RÃos habÃa firmado la defunción y la bolsa estaba cerrada en la gaveta 12. No recibà más datos y tampoco los pedÃ. Mi trabajo era vigilar el área, revisar que nadie entrara sin autorización y reportar cualquier falla. La morgue tenÃa una oficina pequeña y una sala con gavetas refrigeradas. Desde la oficina veÃa parte de la sala por las cámaras y por la ventana de la puerta interna. Alcanzaba a mirar los cajones más cercanos.
47:45 Yo ya habÃa cubierto ese puesto varias veces y conocÃa los sonidos normales del lugar. El motor de refrigeración, las tuberÃas, los pasos del personal en el pasillo de carga. Pero esa noche escuché algo distinto. Al principio, todo estuvo quieto. Revisé la carpeta de ingresos, miré el monitor y apunté la temperatura. La puerta de carga estaba cerrada y el pasillo se veÃa vacÃo. Después, me senté en la oficina, dejé la radio sobre el escritorio y abrà el registro de novedades. En la carpeta, la mujer de la gaveta 12 aparecÃa sin nombre. La hoja decÃa que habÃa llegado sola, con lesiones por accidente identificadas solo por una etiqueta. El primer golpe llegó cuando yo llevaba un rato sentado. Fue seco, dentro de la sala, cerca de las gavetas. Miré el monitor, pero no vi movimiento. Entré con la linterna, revisé la puerta de carga, el armario y el espacio junto a las mesas, pero no encontré a nadie. Las gavetas estaban cerradas.
48:54 La 12 seguÃa alineada con las demás. Volvà a la oficina y anoté un golpe sin causa visible. Poco después se oyó un roce de metal. Miré la cámara y vi que el frente de la gaveta 12 ya no estaba parejo. Entré de nuevo. El seguro estaba mal asentado. Lo bajé, empujé la gaveta hasta cerrarla bien y retiré la mano. No abrà el cajón porque el guardia no manipula bolsas ni cuerpos. Llamé a Salinas y le conté lo ocurrido. Ãl atribuyó el movimiento al riel porque esa gaveta habÃa fallado antes y me indicó dejarlo por escrito. Lo escribà y luego me quedé frente al monitor. Una gaveta mal cerrada podÃa explicarse por el traslado, por el riel o por un error al asegurarla, pero los golpes no habÃan sonado fuera del cajón. HabÃan salido de la zona de la gaveta 12. El siguiente ruido fue más fuerte. No fue roce.
49:54 Fueron golpes separados, dados desde dentro. La gaveta se abrió un poco. Lo vi en el monitor y luego desde la puerta. El frente del cajón estaba salido, lo suficiente para dejar escapar aire frÃo. Tomé la radio, entré y me acerqué. Y me detuve a un paso. Hubo otro golpe, directo contra la bandeja y el cajón avanzó. Nadie lo tocaba, pues yo estaba solo en la sala y la puerta de carga seguÃa cerrada. Puse la mano en el tirador para empujar la gaveta, pero escuché un sonido dentro de la bolsa. Era un roce contra el plástico, bajo y corto, cerca de la parte donde debÃa estar la cabeza. Retiré la mano, salà a la oficina y llamé a urgencias.
50:41 Contestó un enfermero y pedà que bajara personal médico a la morgue. al preguntar el motivo respondà que habÃa movimiento dentro de una gaveta el enfermero tardó en contestar luego avisó que llamarÃa al doctor de guardia y me ordenó no abrir nada regresé a la puerta interna y la gaveta 12 estaba más salida la bolsa negra se veÃa por la abertura y entonces escuché la voz era de mujer baja con poco aire y venÃa de esa gaveta no salió del radio ni del pasillo La mujer pidió que la sacaran. No entendà todas las palabras, pero entendà la petición y pedà ayuda. Volvà a llamar a urgencias, pero esta vez hablé más fuerte. Informé que una mujer hablaba desde una bolsa cerrada en la morgue. Me repitieron que no tocara nada y esperara. Mientras escuchaba esa orden, vi que la bolsa se movÃa en la parte del pecho.
51:41 En ese momento dejé de obedecer. saqué el teléfono puse a grabar y dije mi nombre la gaveta y lo que iba a hacer no pensé en permisos pensé en el tiempo abrà la gaveta corté la brida con la navaja que llevaba en el cinturón y bajé la cremallera hasta el pecho la cara de la mujer estaba húmeda bajo el plástico tenÃa sangre seca en la frente una venda floja y los labios morados separé el plástico de su boca y salió aire Poco, pero salió. Ella abrió la boca, movió la mandÃbula y levantó apenas la mano derecha dentro de la bolsa. No formó palabras claras, solo hizo un sonido corto y volvió a respirar con dificultad.
52:26 Grité hacia la puerta de carga para que bajaran de inmediato. Después sostuve la bolsa abierta, cuidando de no moverle el cuello y seguà grabando. Esa fue la primera vez que vi viva a la mujer que todos habÃan dejado en la gaveta doce. Recuerdo que la primera en llegar fue la enfermera Valle. La vi en el monitor del pasillo. Golpeó la puerta de carga y fui a quitar la cadena. VenÃa con un camillero detrás. Cuando entró y vio la gaveta abierta, me ordenó apartarme. Luego miró la bolsa, vio la boca de la mujer moverse y cambió la orden. Me pidió sostener el plástico abierto. Puso dos dedos en el cuello de la mujer y Acercó la mano a su boca y confirmó pulso débil, respiración irregular y traslado urgente.
53:16 El camillero avisó por radio que habÃa una emergencia en la morgue. Valle pidió una camilla, mantas y apoyo de urgencias. Saqué las mantas del armario y se las pasé. Ella cubrió a la mujer sin levantarla de golpe. Le habló cerca del oÃdo y le pidió respirar, mantenerse despierta y no hacer fuerzas. La mujer abrió los ojos a medias, movió la mano derecha y agarró la manga de Valle. La mano quedó cerrada unos segundos y todos vimos ese movimiento. Llegó el doctor RÃos con dos enfermeros. Al ver mi teléfono, me pidió detener la grabación. Le respondà que la apagarÃa cuando otra persona registrara la escena. No discutió. Se inclinó sobre la mujer, le revisó el cuello, escuchó el pecho y ordenó subirla a urgencias. Dijo, pulso muy débil y traslado inmediato. Los enfermeros pasaron una sábana por debajo del cuerpo, la movieron a la camilla y retiraron el plástico de la cara. Yo mantuve abierta la bolsa y no toqué su cuello ni sus heridas. Cuando la sacaron de la bandeja, la mujer volvió a mover la mano. No agarró a nadie, solo levantó los dedos y los dejó caer sobre la sábana.
54:33 Valle caminó junto a ella, pendiente de la respiración. RÃos avanzó del otro lado dando instrucciones cortas. Al llegar al elevador, Valle habló por radio. Llevaban a urgencias una paciente encontrada con vida en la morgue. La respuesta tardó. Valle repitió el aviso y pidió una sala de choque preparada. Volvà a la sala con el camillero. La gaveta 12 quedó abierta. La bolsa seguÃa sobre la bandeja, con la cremallera abajo y la brida cortada. HabÃa humedad dentro del plástico y sangre seca en el borde. El camillero me preguntó si vi movimiento antes de abrir y respondà que sÃ. Me pidió no borrar el video. Luego agregó que la mujer llegó muy frÃa desde carretera y que urgencias estaba saturada.
55:24 Mientras esperábamos al supervisor, se oyeron otros golpes en la zona de conservación. No tuvieron la fuerza de los golpes de la gaveta 12, pero salieron de ese lado. El camillero dijo,« Metal, camilla y temperatura». Yo no contesté. Me acerqué a las gavetas sin abrirlas y revisé los seguros. No oà voces, solo un golpe bajo, aislado, suficiente para mantenernos quietos. Llamé al supervisor de seguridad y le conté lo necesario. Una mujer declarada muerta salió viva de la gaveta 12. Hubo golpes. La gaveta se abrió. Escuché una voz. Abrà la bolsa y la subieron a urgencias. También le informé que tenÃa video.
56:08 El supervisor me ordenó conservar el teléfono conmigo, no entregar el archivo sin recibo y cerrar el paso a cualquier persona ajena al área. Antes de que llegara, una cámara perdió imagen. Revisé el cable y lo encontré flojo. Lo ajusté y la imagen volvió. No vi a nadie cerca de esa cámara. Tampoco puedo decir que una persona la tocó. Recuerdo el hecho completo. Funcionaba antes del traslado, dejó de funcionar después y volvió cuando conecté el cable. Lo anoté en el registro. El supervisor bajó con una jefa administrativa y dos policÃas del hospital. Ella preguntó primero por el video, pero el supervisor la detuvo y pidió asegurar la sala.
56:55 Salinas llegó poco después, vio la bolsa abierta, revisó la etiqueta y comparó la hoja de ingreso. Dijo que recibió el cuerpo con documentación completa. La jefa administrativa preguntó si confirmó la muerte antes de meterla en la gaveta. Salinas respondió con voz baja. En morgue se recibe lo firmado por el médico y no se vuelve a certificar. El supervisor pidió revisar las otras gavetas donde yo habÃa escuchado golpes. Salinas solicitó autorización porque ya era manipular cuerpos. La jefa administrativa llamó a dirección y aceptó. Revisaron los cajones con policÃas presentes. En todos confirmaron ausencia de signos vitales y nadie explicó los golpes. Un técnico mencionó bandejas ajustándose. Otro habló del frÃo sobre el metal. Yo no discutÃ, pues no podÃa probar cada sonido. Lo de la gaveta 12 sà estaba grabado. El radio siguió abierto con transmisiones de urgencias.
58:00 Se escuchaban pedidos de apoyo, instrucciones para mover equipo y avisos al médico de guardia. En una de esas transmisiones, Valle informó que la paciente habÃa entrado en paro. La sala quedó en silencio. Salinas se sentó junto al lavabo y se cubrió la cara. La jefa administrativa pidió bajar el volumen y el supervisor dejó el radio encendido. RÃos volvió más tarde con la bata manchada y la jefa administrativa le exigió una explicación. Ãl informó que la paciente seguÃa crÃtica, con temperatura corporal muy baja y que la certificación debÃa revisarse. Yo le pregunté por qué la declararon muerta.
58:42 La jefa administrativa intentó cortarme, pero RÃos contestó. En urgencias no encontraron pulso. No observaron respiración y atendÃan otros casos graves al mismo tiempo. No pidió perdón, no culpó a nadie y no levantó la voz. Recuerdo que, cuando se llevaron a la mujer, la morgue quedó en silencio. Ella ya no estaba ahÃ, pero todos seguÃan mirando la gaveta 12. La bolsa abierta quedó sobre la bandeja con la cremallera abajo y la brida cortada. Nadie quiso moverla. El supervisor cerró el paso al área, dejó a dos policÃas junto a la puerta y pidió guardar las grabaciones. La jefa administrativa habló por teléfono. Salinas caminaba entre la gaveta y el escritorio y cada vez que pasaba junto a la bolsa apartaba la mirada. Me pidieron el video. Acepté entregarlo con el supervisor presente porque él ya me habÃa dicho que no diera mi teléfono ni el archivo sin recibo.
59:47 copiaron la grabación en una memoria nueva delante de mà y de un policÃa. En el video se veÃa la gaveta abierta, la bolsa moviéndose, mi mano cortando la brida y la cara de la mujer cuando le despejé la boca. También se escuchaba mi voz diciendo que podÃa estar viva y la voz de ella pidiendo que la sacaran. La jefa administrativa preguntó si habÃa otra copia. Le dije que el original seguÃa en mi teléfono. Me pidió borrarlo después de entregar la memoria. Pero el supervisor dijo que no, que mientras hubiera investigación nadie debÃa borrar nada. Ella cerró la boca y siguió con sus llamadas. En ese momento entendà que ya no trataban solo una emergencia médica, también cuidaban documentos y responsabilidades. Valle bajó de urgencias un rato después, caminaba despacio y tenÃa marcas en la cara por la pantalla de protección. Ella me miró y dijo que esa acción le habÃa dado una oportunidad. Luego me informó que la mujer habÃa recuperado pulso durante unos minutos, pero seguÃa grave, con respiración asistida. Nadie le preguntó si iba a vivir.
1:01:05 Más tarde llegó el hermano de Laura y La policÃa de carretera la habÃa identificado por huellas. Hasta ese momento supe su nombre completo, Laura Méndez, 33 años. El hombre se quedó en el pasillo de carga. Preguntó por qué su hermana estaba en una gaveta, si todavÃa respiraba, quién firmó la muerte y cuánto tiempo pasó encerrada. La jefa administrativa habló de investigación interna. Ãl respondió que querÃa saber quién puso a su hermana en una bolsa. Lo vi por el monitor y después desde la puerta. TenÃa la ropa arrugada, las manos tensas y la voz quebrada, pero no perdió el control. Un policÃa le pidió calma y él contestó que no podÃa calmarse porque su hermana habÃa pedido ayuda desde una morgue. Esa frase dejó el pasillo en silencio.
1:02:01 Nadie lo corrigió y nadie lo negó. RÃos volvió a urgencias y Valle subió con él. En la morgue quedamos el supervisor, Salinas, la jefa administrativa, los policÃas y yo. Ya no escuchamos golpes, solo llegaban transmisiones por radio y pasos en el pasillo. La gaveta 12 seguÃa abierta porque venÃan peritos externos y el supervisor no permitió cerrar la bandeja ni mover la bolsa. La noticia de la muerte llegó por radio poco después. Informaron que Laura habÃa fallecido en cuidados intensivos y que dos médicos harÃan la certificación. Esta vez revisaron más de una vez y dejaron constancia de cada paso. Cuando se lo dijeron al hermano, preguntó por qué no hicieron eso desde el principio. Nadie respondió. Valle lloró en el pasillo. Salinas entró al baño y vomitó.
1:02:57 La jefa administrativa pidió declaraciones por separado. Yo declaré lo que vi y escuché. Dije que oà golpes, vi abrirse la gaveta, escuché una voz de mujer, abrà la bolsa y la encontré respirando. También dije que después hubo otros golpes, pero no pude asegurar de dónde salieron. Lo de Laura sà podÃa sostenerlo porque lo vi, lo grabé y hubo personal médico presente. Los peritos llegaron antes del amanecer. Fotografiaron la gaveta, la bolsa y la brida cortada. Me hicieron señalar dónde estaba cuando escuché la voz. Preguntaron si pudo salir del radio. Respondà que no, porque el radio estaba en la oficina y la voz venÃa de la gaveta.
1:03:45 Salà del hospital después de declarar y no terminé el turno. Me suspendieron por abrir una bolsa sin autorización. Once dÃas después me cambiaron de área y nunca volvà a trabajar en la morgue. Salinas pidió licencia. Valle siguió en urgencias y del Dr. RÃos supe poco. El hermano de Laura presentó una denuncia. Lo vi una vez más en dirección con una carpeta y una foto de ella. No me habló y yo tampoco le dije nada. Lo que sostengo hasta hoy es claro. Laura Méndez fue declarada muerta, bajada a la morgue y metida en una gaveta refrigerada. Durante mi turno, esa gaveta se movió. Escuché golpes y después una voz. Abrà la bolsa y la encontré respirando. La subieron viva a urgencias, pero murió después. Antes de llegar otra vez a manos de los médicos, estuvo sola, cerrada en una bolsa pidiendo que la sacaran. A veces me dicen que hice lo correcto, pero no sé responder. Abrà la bolsa y Laura tuvo una oportunidad, pero tardé, porque primero seguà el procedimiento. Llamé, esperé y dudé. Otros siguieron procedimientos antes que yo. Cada uno hizo su parte y confió en la firma anterior. Al final, una mujer tuvo que pedir ayuda desde una gaveta, para que todos aceptáramos que seguÃa viva. Eso no se arregla con informes, sanciones
1:05:16 ni disculpas.
Apple Podcasts
Spotify
Castro
RSS Feed