June 3, 2026

Soy Acólito De Un Exorcista Y Esto Ocurrió En Una Vecindad De Tepito - Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 Me llamo Miguel Aguilar y cuando ocurrió lo de Ana, tenía 22 años y cursaba el segundo año en el seminario. Acompañaba al padre Ismael en los servicios autorizados por la diócesis. Mi tarea no cambiaba, sujetaba los brazos de la persona durante el rito, limpiaba lo que arrojara y obedecía. No rezaba en voz alta, no preguntaba y no intervenía cuando la persona hablaba. Antes de entrar a cada casa el padre me repetía una sola advertencia, con mayor firmeza que las demás. Nunca debía mirar al poseído a los ojos. Decía que el demonio no buscaba vencer al ayudante por la fuerza, sino encontrar una herida que siguiera abierta, un nombre, una culpa o un recuerdo guardado. Si lograba tocar ese punto el ayudante dejaba de ser apoyo y se convertía en una entrada. Yo lo escuchaba, asentía y bajaba la vista cuando empezaban las oraciones. Hasta aquella tarde nunca había tenido que hacer un esfuerzo para cumplirlo. La hija de Ana Vázquez fue quien pidió ayuda. Ana tenía 60 años, vivía en una vecindad de Tepito y llevaba días encerrada en su cuarto. No dormía, casi no comía, gritaba contra la pared y se había abierto los brazos con las uñas.

1:26 Cuando llegamos, su hija nos llevó con ella y se quedó junto a la puerta. Ana estaba sentada, con vendas en las muñecas y las manos cerradas sobre las piernas. Respiraba por la boca, sin levantar la cabeza. El padre le avisó que iba a comenzar. Después me indicó que acercara una silla y me sentara frente a ella. Tomé sus muñecas sobre las vendas, mantuve los codos firmes y esperé. Al principio, Ana no reaccionó. El padre rezaba y yo sentía bajo mis dedos el movimiento de su respiración. Sin aviso, empujó los pies contra el suelo, tensó los brazos y trató de levantarse. La silla se recorrió. Yo incliné el cuerpo hacia adelante y logré mantenerla sentada. Ella escupió sobre sus piernas, después vomitó entre sus pies. Tomé una toalla con una mano, limpié el suelo y mantuve la otra cerrada sobre su muñeca. De pronto dejó de resistirse, bajó la cabeza y guardó silencio durante unos segundos. Luego se rió.

2:33 La risa salía baja al principio, después creció y llenó el cuarto. El padre levantó el crucifijo y le ordenó callar. Ana alzó la cara. Sus ojos estaban completamente blancos. Tenía los párpados abiertos y no parpadeaba. Aún así, seguía riéndose. Sentí que el agarre se me aflojaba, pero el padre me ordenó sostenerla con firmeza. Ana bajó la voz y le dijo que ya no podía expulsar nada, que sus manos llevaban años manchadas. El padre siguió rezando. Ana giró la muñeca derecha dentro de mi mano y la venda comenzó a teñirse de rojo. creí que había vuelto a abrirse una herida hasta que la sangre avanzó en dos líneas precisas y formó una cruz invertida en la muñeca izquierda apareció la misma figura justo debajo de mis dedos revisé mis guantes no tenían roturas y las uñas de Ana no alcanzaban aquella zona el padre vio las marcas y me ordenó no soltarla volví a fijar las muñecas sobre sus piernas y mantuve la mirada abajo Ana dejó de reír y tomó aire. Reconocí la voz de mi madre antes de escuchar la palabra. Levanté la vista y sus ojos habían vuelto a la normalidad. Me miró directamente, sonrió y dijo, Beto Chin. Mi madre era la única persona que usaba ese apodo, pero murió cuando yo tenía cinco años. Mi padre me llamaba Beto y mis parientes

4:06 usaban mi nombre. En el seminario nadie conocía esa palabra porque yo nunca la había dicho. La muñeca izquierda de Ana salió de mi mano. Alcanzó al padre y le clavó las uñas en la muñeca antes de que pudiera apartarse. Él retiró el brazo. Me ordenó sujetarla y volví a tomarla con ambas manos. Cuatro arañazos rojos quedaron en su piel. Ana abrió otra vez los ojos blancos, lanzó una carcajada y dijo que ya había encontrado por dónde entrar. El padre apoyó el crucifijo en su frente y continuó rezando. Ana se arqueó contra la silla, vomitó sobre su bata y gritó con una voz grave. Las cruces de sus muñecas sangraron hasta empapar las vendas. Yo sentía la humedad caliente a través de los guantes y mantuve el agarre, aunque las manos empezaron a temblarme. Cuando el padre le ordenó decir su nombre, Ana cayó hacia adelante, quedó inmóvil, y después de unos segundos comenzó a llorar. Con su propia voz pidió agua. El padre llamó a su hija, cubrió los brazos de Ana con toallas limpias, y le ordenó no dejarla sola. Pero no dijo que aquello hubiera terminado.

5:22 Al salir, me preguntó por qué la había soltado. Respondí que Ana había dicho el apodo que usaba mi madre. No pude pronunciar la palabra, pero el padre miró su muñeca arañada y no volvió a preguntarme. Esa noche regresé al seminario, entré en mi cuarto y me lavé las manos hasta que la piel se me enrojeció. Luego me senté en la cama con el rosario, porque quería recuperar el control. Había avanzado unas cuantas oraciones cuando escuché la voz de mi madre dentro del armario. pronunció mi apodo con claridad. Después me pidió que abriera la puerta del cuarto, porque el padre Ismael estaba afuera y necesitaba entrar. Me quedé sentado, con el rosario entre los dedos y los ojos fijos en el armario cerrado. La voz repitió la petición sin gritar, usando el tono que yo recordaba de mi infancia, pero no respondí ni me acerqué a la puerta.

6:21 Cuando amaneció aún seguía sentado en la cama, Tomé una hoja y escribí lo que había ocurrido, porque ya sabía que el error no había sido soltar a Ana. El error había sido mirarla y dejar que usara el recuerdo de mi madre contra mí. Le entregué la hoja al padre Ismael al amanecer. No había dormido y me dolían las manos de haberlas lavado tantas veces. Él leyó junto al escritorio sin interrumpirme hasta llegar a la parte del armario. Entonces levantó la vista y me pidió repetir el apodo, pero solo lo hice una vez. El padre dobló la hoja y me preguntó quién podía conocer esa palabra. Le respondí que mi padre, quizá alguna tía, nadie del seminario y nadie relacionado con Ana. No pidió más explicaciones, se subió la manga derecha y dejó la muñeca a la vista.

7:15 Las cuatro marcas que Ana le había dejado seguían abiertas, pero dos líneas nuevas las unían, una vertical y otra cruzada cerca de la mano. La figura estaba invertida, la piel alrededor se había hinchado y sangraba. Extendí la mano para acercarle un paño, pero retrocedió y me ordenó no tocarlo. Guardó mi hoja en el cajón, me retiró del servicio y tomó mi rosario. Desde ese momento yo no debía acompañarlo. rezar a solas ni contestar si escuchaba la voz de mi madre le pregunté qué haría con ana y me respondió que volvería con ella porque necesitaba saber cuánto había avanzado aquello le pedí ir con él pero me dijo que yo era la razón por la que iría solo me dejó en una habitación junto a su despacho no tenía armario sólo una cama una silla y una puerta Puse la silla contra la puerta y traté de leer.

8:14 No terminé una página, pues cada vez que bajaba la mirada, escuchaba una respiración a mi espalda. Cuando me volvía, no había nadie. Después comenzó el rasguño en la puerta. Eran uñas que bajaban por la madera, se detenían y volvían a empezar. Me acerqué sin mover la silla y pregunté si el padre había regresado. Pero la voz de mi madre me respondió desde el pasillo. Dijo que el padre no volvería, que yo lo había enviado con Ana y que ella ya sabía qué parte de él debía tomar. Pronunció mi apodo. Luego me pidió buscar la llave del cajón, sacar la hoja y romperla. Añadió que si el padre conservaba mi confesión, la marca subiría hasta su cuello. Me senté en el suelo con las manos sobre los oídos, pues la voz siguió hablando. Después dejó las palabras y soltó la risa que Ana había usado durante el rito.

9:14 La puerta recibió otro rasguño, pero no retiré la silla. Oí pasos en el pasillo y la risa se apagó. El padre abrió su despacho, dejó el crucifijo sobre la mesa y me llamó por mi nombre. Aparté la silla y salí. Venía solo con la manga derecha manchada de sangre. Me preguntó si había entrado al despacho, pero respondí que no. Abrió el cajón, comprobó que la hoja seguía adentro y cerró con llave. Le conté lo que la voz había dicho sobre su cuello. Mientras hablaba, él recorrió la piel bajo el cuello de la camisa, pero todavía no tenía una marca ahí. Después me dijo que al volver con Ana, la encontró en la cama, con las vendas cubiertas de sangre.

9:58 Al comenzar la oración, ella abrió los ojos blancos, se rió y dijo mi apodo, antes de que pronunciara mi nombre. La cruz de su muñeca se abrió al escucharla. Ana le dijo que yo llevaba la puerta adentro y que él había regresado para cruzarla. No vuelvo a dejarte solo, me dijo, pero tampoco vas a tocarme. Puso una silla en el despacho y me indicó sentarme, con las manos sobre las piernas. Él se arrodilló a dos pasos, Sostuvo el crucifijo con la mano izquierda y comenzó a rezar. Al principio solo escuché su voz. Luego sentí un ardor en la muñeca izquierda. Miré y una línea roja se abrió desde la base de mi mano y la sangre corrió hasta mis dedos. El padre no dejó de rezar aunque la voz se le quebró al verla. Me ordenó mantener los brazos quietos. Otra línea apareció sobre la primera y comenzó a formar la cruz. Mi madre habló junto a mi oído derecho, me dijo que quería quitarme lo último que quedaba de ella, que había tomado mi rosario por la misma razón, que mi familia guardó sus cosas después de su muerte. Quise ordenarle que callara, pero mi mandíbula se cerró y la lengua se movió sin obedecerme.

11:15 Oí mi propia voz, más grave, diciéndole al padre que mi madre lo esperaba desde antes de que vistiera una sotana. Él elevó el crucifijo y me pidió que dijera mi nombre. Hice el esfuerzo, pero de mi boca salió la voz de mi madre, pidiéndole que se acercara y me tomara la mano. El Padre mantuvo la distancia y aumentó la fuerza de la oración. La segunda línea terminó de abrirse. La cruz quedó completa y la sangre cayó sobre mi pantalón. Entonces el cajón se abrió solo, pero la llave seguía en el bolsillo del Padre. Mi hoja cayó frente a él. El padre giró hacia el papel. Me levanté de la silla y crucé la distancia que nos separaba. La verdad, no pude detener las piernas. Y cuando recuperé el control, mi mano ya sujetaba su muñeca marcada. Me empujó contra la pared y consiguió soltarse. Pero en su brazo, una línea roja avanzaba desde la cruz hacia el codo. Pude hablar con mi propia voz y le pedí que me encerrara.

12:20 El padre recogió la hoja, abrió la habitación y me hizo entrar sin tocarme. Cerró desde fuera y dijo que permanecería en el despacho, que no abriría aunque yo gritara o le hablara con mi voz. Me senté en la cama y envolví mi muñeca en una toalla, pues la cruz no dejaba de sangrar. Entonces mi madre habló desde la rendija bajo la puerta. Dijo que el padre ya había intentado salvarme, y que ahora yo debía abrir para ayudarlo a él. Desde el despacho escuché al padre toser, y después soltó la misma risa que había oído en Ana. La risa del padre llegó desde el despacho, corta y áspera, y terminó con un golpe contra el escritorio. Yo estaba sentado en la cama, con la muñeca envuelta en una toalla, mirando la puerta cerrada. No me acerqué, esperé su voz, y cuando la escuché me costó reconocerla, Me llamó por mi nombre y preguntó si seguía consciente. Le respondí que sí, que había oído su risa y que no debía abrir.

13:26 Guardó silencio. Luego dijo que la marca continuaba creciendo y que necesitaba ver mi herida. Me pidió deslizar la mano por debajo de la puerta para comprobar cuánto estaba sangrando. Pero no lo hice. Apreté la toalla contra la muñeca y me mantuve lejos. Entonces mi madre habló junto a la puerta. Me pidió confiar en el Padre. Dijo que Él había entrado para protegerme y que yo lo estaba dejando sufrir. Quise ordenarle que callara, pero mi garganta se cerró y la frase salió con su voz, desde mi boca. Pase, Padre, no lo dejes solo. Me cubrí la boca, pero ya había escuchado la llave. El Padre abrió despacio, llevaba el crucifijo en la mano izquierda y un paño limpio en la derecha. La cruz marcada en su muñeca se había extendido hasta el antebrazo y en el cuello se veía una mancha roja. Le dije que se detuviera, pero me respondió que solo vendaría mi muñeca y volvería a cerrar.

14:29 Avanzó sin mirarme a los ojos, se arrodilló frente a la cama y tomó el extremo de la toalla. Cuando la retiró, vimos que una línea nueva subía desde la cruz hacia mi brazo. En cuanto sus dedos tocaron mi piel, una risa surgió debajo de la cama. Los dos nos apartamos y el padre levantó el crucifijo y comenzó a rezar. La cama se desplazó hacia la puerta y quedó atravesada frente a la salida. Desde el suelo, una voz grave dijo que el padre había atendido el llamado y que su cuerpo ya estaba abierto. El padre me ordenó saltar la cama y salir. Le obedecí y avanzó detrás de mí, pero se detuvo con una mano sobre el cuello. La mancha roja se abrió en cuatro trazos, una línea larga y otra cruzada cerca de la base, invertida, igual a la de Ana y a la mía. Me ordenó buscar ayuda, así que abrí la puerta. Di dos pasos por el pasillo y escuché la voz de mi madre detrás de mí.

15:29 Dijo que el padre había recibido la marca por mi culpa, que ya lo había entregado una vez y que ahora pretendía abandonarlo. Me regresé y el padre estaba de pie en medio del cuarto. Tenía los ojos blancos y el crucifijo cerrado dentro de la mano, y la sangre caía entre sus dedos. Soltó la risa de Ana, levantó la cara y pronunció mi apodo con la voz de mi madre. Corrí hacia la sacristía. El padre salió detrás de mí y avanzó por el pasillo, pidiéndome que regresara y le sujetara los brazos. Cada frase salía con una voz distinta, la suya, la de mi madre y la voz grave del rito. Entré en la sacristía, cerré la puerta y corrí el cerrojo antes de que llegara. El primer golpe fue con la palma, después llamó con su propia voz y dijo que aún podía contenerlo, que necesitaba el crucifijo que guardaban dentro y que si yo lo dejaba fuera iba a lastimar a alguien. Tomé el crucifijo de la mesa, pero no abrí. El padre apoyó la frente contra la madera y comenzó a rezar. Al inicio pronunció la oración completa.

16:39 Después sustituyó cada nombre sagrado por nombres de demonios, golpeó la puerta con la frente y por la rendija inferior vi entrar gotas de sangre. Le ordené apartarse, pero se rió y respondió que ya había cruzado cuando yo le tomé la muñeca. Miré mi brazo, la cruz seguía sangrando y la línea que había comenzado en el cuarto avanzaba hacia el codo. Presioné el crucifijo contra la piel. Sentí dolor, pero la marca continuó abriéndose. Afuera los golpes terminaron. Escuché al padre caer y arrastrar una mano por el suelo. Lo llamé. Me respondió con dificultad usando su voz. Me dijo que no retirara el cerrojo aunque lo oyera pedir auxilio, aunque escuchara a mi madre llorar y aunque creyera que él iba a morir. Admitió que se había equivocado al volver con Ana y al abrir mi cuarto. Dijo que aquello no buscaba quedarse en un cuerpo, que me había usado para alcanzarlo y que intentaría obligarme a tocarlo otra vez.

17:44 Quise preguntarle a quién debía llamar, pero su respuesta fue un grito. Luego, mi madre habló desde el otro lado de la puerta. Me pidió abrir. Dijo que el padre estaba tirado y que todavía podía salvarlo si le daba la mano. Recitó la oración que ella me decía antes de dormir, completa, con palabras que yo había olvidado. No abrí. Busqué un teléfono, pero no había ninguno. Escuché al padre moverse y detenerse frente a la puerta. Su respiración llegaba desde el suelo. Después deslizó su crucifijo por la rendija. Entró manchado de sangre y doblado hacia atrás. La línea de mi brazo alcanzó el codo. y otra se abrió en el centro de mi pecho. Caí de rodillas, sostuve el crucifijo de la mesa, y traté de pedir ayuda en voz alta, pero solo salió una risa baja. El padre dijo desde el pasillo que ya no necesitaba que yo abriera, y esta vez usó la voz de Ana.

18:48 Mi mano derecha se cerró sobre el cerrojo. Logré apartarla, apoyé el brazo contra el suelo y empujé el cuaderno lejos de mí. Si la puerta llegaba a abrirse, ya no sería por voluntad mía. Escribí la última advertencia, mientras todavía podía sostener el lápiz. Quien encontrara esas hojas no debía responder a la mujer que llorara detrás de la puerta. No debía llamar al padre Ismael por su nombre. Y si me encontraban de pie al otro lado, no debían mirarme a los ojos. Mi nombre es Orlando Ordóñez y cuando ingresé al Centro San Sebastián tenía 30 años. Mi obispo auxiliar me informó que había sido aceptado en un curso para atender casos en los que las familias solicitaban un exorcismo.

19:42 En mi parroquia ya habían llegado dos peticiones y tuve que pedir ayuda porque no sabía cómo proceder, por eso acepté. El obispo explicó que el curso incluía entrevistas con pacientes. Revisión de expedientes y clases para distinguir un problema psiquiátrico de una situación que exigiera atención religiosa. También me indicó que debía guardar reservas sobre lo que viera dentro del centro. Me entregó una carta para el director y me pidió seguir las normas de la residencia. No mencionó internamientos prolongados ni restricciones para abandonar el lugar. Un diácono me llevó hasta San Sebastián, lejos del pueblo. Al entrar, una secretaria pidió mi teléfono, mis documentos y la carta del obispo.

20:31 Guardó todo en un sobre y me entregó una tarjeta de acceso. Dijo que las llamadas se realizaban desde la oficina, con autorización previa, para proteger la identidad de los pacientes. Firmé las normas de estancia sin revisar cada apartado. En ese momento, entregar mis cosas no me preocupó. Me asignaron una habitación en la planta de los alumnos. La tarjeta abría esa puerta, el comedor, la capilla y los salones de clase. En el grupo éramos 12 sacerdotes. El día se dividía entre clases, oración y lecturas, y durante los primeros días no tuvimos contacto con pacientes. La doctora Vega impartía la formación clínica. Hablaba de crisis psiquiátricas, consumo de sustancias, problemas neurológicos y abuso familiar, siempre con el mismo criterio.

21:25 Antes de aceptar una explicación religiosa, teníamos que buscar causas médicas y proteger a la persona atendida. Respondía con claridad y corregía cualquier afirmación hecha sin pruebas. Eso me dio confianza en el centro. El padre Urrutia se ocupaba de la parte religiosa. Nos enseñó a entrevistar a una persona que afirmara estar poseída, a registrar sus respuestas y a detener cualquier intervención cuando existiera riesgo físico. Informó que las primeras prácticas se harían con material de archivo y con personas preparadas para reproducir casos cerrados. Entendí que trabajaríamos con actores o grabaciones, bajo control médico. Durante la segunda semana, Urrutia escogió a cuatro alumnos para la primera práctica presencial, y yo estaba entre ellos. Nos condujo a una sala de observación y nos entregó un documento. la sesión como una simulación basada en un expediente archivado. Firmé en la última línea y entré con los otros sacerdotes. Un vidrio separaba nuestra posición del espacio de evaluación. Del otro lado había un hombre sujeto a una camilla con una vía en el brazo y una venda en la muñeca. La doctora Vega comprobó que estuviera despierto. que dijera su nombre y recibió una respuesta clara luego nos indicó que leyéramos una oración breve sin realizar ningún rito comencé a leer

22:55 no había terminado el primer párrafo cuando el hombre giró la cabeza hacia el vidrio y pronunció mi nombre completo después mencionó a mi madre y dijo la enfermedad por la que murió cuando yo era niño nadie del grupo conocía ese dato Podía constar en mis documentos diosesanos, pero yo no había autorizado su uso en una práctica, ni se me había advertido que un paciente conocería mi historia familiar. Bajé la hoja y pregunté a Urrutia cómo había obtenido aquella información. Él me indicó que continuara y dijo que las respuestas del sujeto se registrarían al final. Antes de que pudiera insistir, el hombre tiró de los brazos. La venda de su muñeca empezó a mancharse y la camilla se movió. Un enfermero entró para sostenerlo, pero el hombre alcanzó a morderle el antebrazo. El enfermero retiró el brazo con sangre en la manga, mientras dos celadores sujetaban al paciente, y Vega preparaba una inyección. La sesión terminó. Vega atendió al enfermero y revisó la muñeca del hombre. Yo había visto sangre, una mordida y la aplicación de un sedante.

24:08 La hoja que firmé hablaba de una simulación, pero la herida del enfermero ocurrió delante de nosotros y recibió atención médica inmediata. Al salir, esperé a Urrutia en el pasillo y le pedí una explicación. Le recordé el contenido del documento y pregunté por qué el supuesto actor estaba atado, herido y medicado. Respondió que era un paciente autorizado para participar en actividades docentes y que el término simulación se utilizaba para que los alumnos no llegaran condicionados a la sesión. Le dije que nos habían hecho firmar algo distinto de lo que presenciamos. Me informó que la dirección evaluaría mi reacción antes de asignarme otra práctica. Después de la cena, busqué a la doctora Vega, pero su despacho estaba cerrado.

25:00 De regreso a mi habitación vi salir una camilla por una puerta lateral. El hombre de la práctica iba acostado en ella, acompañado por dos celadores con una venda nueva en la muñeca. Me acerqué y pregunté si había aceptado participar en la sesión. Uno de los celadores se interpuso, pero el hombre alcanzó a decir que llevaba años encerrado ahí y que los sacerdotes enviados al curso terminaban ocupando el lugar de los pacientes. El celador le cubrió la boca y empujó la camilla hacia el ascensor. Fui a la oficina de administración. Pedí mi teléfono, mis documentos y autorización para salir al día siguiente. La secretaria me entregó un formulario y me explicó que el director debía aprobar cualquier salida. Antes de volver a mi habitación, probé mi tarjeta en la puerta principal, pero el lector encendió una luz roja y la cerradura no cedió. Esa noche dejé el formulario sobre el escritorio y guardé la pastilla que Urrutia me había enviado para dormir. Al abrir la puerta de mi habitación, vi a un celador sentado frente a la escalera. Cerré sin hacer ruido, me quedé con la tarjeta en la mano y esperé a escuchar cuando se levantaba de su silla. El celador permaneció frente a la escalera hasta que el corredor quedó en silencio. Cuando se levantó, salí de mi habitación con la pastilla guardada en el bolsillo y llamé a la puerta de al lado. Andrés

26:30 Salvatierra abrió de inmediato. Entré, cerré y puse la tableta sobre su escritorio. Él abrió un cajón y sacó otra envuelta en papel. Urrutia se la había enviado esa misma tarde y tampoco la había tomado. Andrés me contó que, en su primera práctica, llevaron a una mujer presentada como colaboradora del centro. pero ella pidió marcharse. Intentó levantarse y cayó cuando un celador la sujetó. Al día siguiente, Andrés la vio en el área médica, vigilada por el mismo hombre. Preguntó por ella, pero Urrutia le ordenó no mencionar a los residentes fuera de las sesiones. También había solicitado regresar a su diócesis. En lugar de autorizarlo, Vega lo citó para revisar sus antecedentes médicos, sus medicamentos y los datos de sus familiares. Sus padres habían muerto y su única hermana vivía fuera del país. Al ingresar, yo había anotado que tampoco tenía padres vivos ni personas a mi cargo.

27:34 Ninguno recibió una explicación para esas preguntas. Andrés añadió que, desde esa entrevista, un auxiliar lo esperaba cada vez que salía de clase. Guardamos las tabletas en su escritorio. Andrés me pidió que si faltaba a las clases o a la comida, preguntara por él delante de los demás. Yo le pedí lo mismo. Luego volví a mi habitación, antes de que el celador volviera a ocupar su lugar. Dos días después, un auxiliar me entregó una ficha y me indicó que debía acudir a una entrevista supervisada. Fui con otros dos sacerdotes. En la sala había una mujer sentada frente a una mesa. y Vega la identificó como María Castañeda y pidió que hiciéramos preguntas de orientación. Me senté ante ella, le pregunté su nombre, su edad y en dónde se encontraba. Respondió con claridad, dijo que había trabajado en San Sebastián como auxiliar de enfermería y que después de una emergencia con un interno, la dejaron encerrada en el centro. Vega interrumpió para registrar que la paciente sostenía una historia falsa sobre su ingreso. Pregunté a María cuánto tiempo llevaba ahí. Ella apretó las manos sobre las piernas y respondió que ya no llevaba la cuenta. Después levantó la vista y dijo que Andrés estaba en la planta inferior, que lo habían examinado durante varios días y que iban a utilizarlo con uno de los internos. Y Urrutia dio

29:07 por terminada la entrevista. Un celador sujetó a María por los hombros, aunque permanecía sentada y no había intentado atacarnos. Vega le aplicó una inyección y nos sacaron de la sala. Pedí ver al director. Dije que acababa de escuchar una acusación precisa, que una mujer había sido sedada, mientras respondía sin dificultad, y que no participaría en otra sesión. Monseñor Ramírez me recibió con Vega y Urrutia. Tenía mi expediente abierto sobre la mesa, junto al formulario con el que había solicitado marcharme. Respondió que los residentes estaban internados bajo responsabilidad médica y que yo carecía de autoridad para cuestionar sus tratamientos. Pedí mi teléfono, mis documentos y una llamada a mi obispo. Vega preguntó si había escuchado voces fuera de las sesiones, si creía que el personal quería perjudicarme o si había pensado en agredir a alguien. Respondí que estaba hablando de hechos. Un hombre atado había resultado herido.

30:13 María había sido sedada después de contestar mis preguntas y mi tarjeta no abría la puerta principal. Ella anotó mis respuestas. Ramírez guardó mi formulario y comunicó que mi salida quedaba suspendida hasta completar una evaluación médica. Andrés no apareció en la comida. Pregunté por él ante el grupo tal como habíamos acordado. Urrutia respondió que había sufrido una crisis y que no recibiría visitas. Fui hasta su habitación, pero la puerta estaba cerrada y un celador me obligó a regresar a la mía. A la mañana siguiente, dos auxiliares llegaron por mí. Informaron que Vega revisaría mi estado antes de decidir si podía reincorporarme a las clases. Me llevaron al ascensor del área médica y descendimos a una planta que no conocía. Mientras esperaba en el corredor, dos heladores empujaron una camilla. En ella iba Andrés, con los brazos sujetos y los ojos cerrados. Dije su nombre, pero no me respondió.

31:17 A los pies de la camilla había una carpeta. Alcancé a leer el apellido Salvatierra y debajo dos anotaciones en mayúsculas, Candidato Receptor y Cámara 2. Intenté acercarme, pero uno de los auxiliares me sostuvo por el brazo y me llevó al consultorio de Vega. Le pregunté qué iban a hacer con Andrés. Ella me ordenó que me sentara. Afirmó que estaba alterado y preparó una inyección. Me negué a extender el brazo, pero los auxiliares me sujetaron y Vega introdujo la aguja. Desperté en mi habitación sin zapatos ni cinturón. Una enfermera llamada Clara Montalbán me llevó comida. y me revisó el vendaje del brazo, le pregunté por Andrés, bajó la voz y respondió que seguía vivo cuando lo vio en la planta inferior, antes de salir me pidió que comiera y que no enfrentara solo a los heladores, más tarde me condujeron al baño siempre acompañado, al volver pasamos junto a una puerta abierta, reconocí las voces de Vega y Ramírez, Ella informó que Andrés no había tolerado la preparación y que debían tener listo al segundo candidato. Ramírez preguntó si Ordóñez había comido. El auxiliar que me llevaba respondió que sí y me empujó hacia el ascensor. El auxiliar cerró la puerta de mi habitación y revisó la bandeja de comida.

32:44 Pedí hablar con Clara, pero respondió que las enfermeras no recibían instrucciones de los residentes. Dejó un vaso de agua sobre la mesa y salió. La pastilla de la noche llegó en un vaso de plástico. La oculté bajo la lengua. Esperé a que el celador se retirara y la escupí dentro de la funda de la almohada. No tenía forma de salir. Solo podía conservar la conciencia por si volvían a llevarme abajo. Clara entró más tarde para cambiarme el vendaje del brazo. Le dije que había oído a Vega. hablar de un segundo candidato y que Ramírez había preguntado por mí. Ella mantuvo la vista en la gaza y respondió que no levantara la voz. Le pregunté si Andrés seguía en la Cámara 2. Me contestó que lo había visto inmovilizado, con medicación continua y una autorización que no llevaba su firma.

33:37 Le pedí ayuda para llamar fuera del centro. Clara señaló la cámara sobre la puerta y terminó el vendaje. Antes de salir, dejó un lápiz debajo de la servilleta. No tenía papel y los celadores revisaban la habitación, de modo que guardé el lápiz en el dobladillo de la sábana. A la mañana siguiente, Vega llegó con dos auxiliares y una silla de ruedas. Me indicó que el director necesitaba verme en la planta médica. Me negué a sentarme y pedí mi teléfono. Uno de los auxiliares me dobló el brazo hacia la espalda, el otro ató mis muñecas, y Vega ordenó que no me sedaran todavía, porque debía responder durante la evaluación. Me bajaron por el ascensor. La puerta de la cámara 2 estaba abierta. Andrés yacía sobre una camilla con las manos sujetas, una vía en el brazo y electrodos en el pecho. Lo llamé dos veces, abrió los ojos un instante y movió los dedos contra la correa.

34:38 Frente a él estaba el hombre de la primera práctica, con oxígeno y la muñeca vendada. Ramírez estaba junto a Vega y Urrutia. Pregunté por qué Andrés estaba atado. Ramírez respondió que el hombre de la otra camilla necesitaba un relevo urgente. Le pedí que explicara esa palabra. Contestó que el procedimiento no formaba parte de mi formación. Le recordé que Andrés había pedido salir del centro y que yo lo había visto sedado. Ramírez dijo que mi compañero había firmado al ingresar la misma autorización que yo. Solicité una ambulancia, un abogado y una llamada a mi obispo. Vega ordenó que registraran mi negativa y Urrutia abrió el libro que llevaba en las manos. Un auxiliar acercó la camilla de Andrés a la del hombre, retiró una de sus correas y puso su mano sobre la muñeca vendada del paciente.

35:34 Urrutia comenzó a leer. Andrés tensó el cuello y las piernas. El monitor aumentó el ritmo de sus señales y Vega pidió medicación. El hombre pronunció el nombre de Andrés. Después dijo el nombre de su hermana, la que vivía fuera del país. Andrés intentó retirar la mano, pero el auxiliar la mantuvo contra la venda. El monitor emitió una alarma continua. Vega retiró la mano de Andrés e inició maniobras de reanimación. Una enfermera le entregó dos jeringas, pero Andrés no volvió a abrir los ojos. Vega revisó la pantalla y dijo que no respondía. El hombre de la otra camilla empezó a agitarse. Su monitor activó otra alarma y Ramírez ordenó que me colocaran a su lado. Empujé la silla con los pies, golpeé a un auxiliar en la rodilla y grité que no autorizaba ningún procedimiento. Me derribaron, me sujetaron los brazos y me trasladaron a una camilla vacía. Clara entró con una bandeja, me miró, la dejó sobre una mesa y permaneció junto a la puerta. Vega introdujo una vía en mi brazo. Dije mi nombre completo, repetí que me retenían contra mi voluntad y pedí que Clara lo anotara.

36:50 Ramírez respondió que mi conducta confirmaba el riesgo indicado en mi expediente. Urrutia volvió a leer y un auxiliar apoyó mi mano sobre la del hombre. Sentí presión en el pecho y perdí el aire. El hombre abrió los ojos, me miró y dijo el nombre de mi madre. Después mencionó la medalla que conservé tras su entierro, guardada entre mis cosas desde que era niño. Nadie en el centro me había preguntado por ella. Intenté retirar la mano, pero los dedos no me respondieron. Escuché a Vega pedir sedante. Oí una alarma continua y no recuerdo nada más de aquella sala. Recuperé la conciencia en una habitación cerrada de la planta inferior. Tenía vendadas las muñecas y una correa sobre la cintura. Vega me informó que Andrés había muerto durante una complicación cardíaca y que el otro paciente había fallecido poco después. Le pregunté por qué mi mano había estado unida a la suya. Me contestó que yo había sufrido una crisis durante una intervención de emergencia. Perdí partes de los días siguientes. En una ocasión desperté mientras Clara limpiaba sangre de mi labio. Me dijo que había golpeado a un celador y que antes de atacarlo había pronunciado su nombre con una voz demoniaca, pero yo no conocía a ese hombre y no recordaba esa voz. Clara regresó con varias hojas escondidas entre formularios médicos. Escribí esta declaración

38:22 con el lápiz que había dejado en mi habitación. Cuando terminé me mostró mi hoja de medicación. Junto a mi nombre aparecía la expresión receptor activo y debajo la indicación de traslado permanente a la cámara 2. Ahora dos heladores esperan frente a mi cama con una camilla. Clara está junto a la puerta. Cuando termine guardará estas hojas bajo su uniforme. Desde el corredor oigo voces de sacerdotes recién llegados. y a Urrutia dándoles instrucciones sobre las habitaciones. Ya han retirado mis pertenencias de la planta de alumnos. Cuando abran esta puerta me llevarán a la Cámara 2. Fui a ese lugar para aprender a controlar y a exorcizar demonios en otros cuerpos, pero no puedo controlar el que está dentro de mí.

39:19 Recuerdo la mañana en que Rosa Reyes llegó a buscarme al consultorio. Yo trabajaba como auxiliar de enfermería en el pueblo y conocía a sus hijos, Mateo y Brenda. Rosa venía agitada, con las manos sudorosas, y me informó que Brenda llevaba dos noches sin dormir, encerrada en su cuarto, que apenas bebía agua y que no permitía que su hermano se acercara. Luego me pidió que la convenciera de salir. Tomé mi maletín y fui con ella. Durante el camino me contó que la noche anterior había oído a Brenda hablar sola, y al entrar en su cuarto la encontró sentada en el piso, repitiendo que faltaba una noche. Rosa quiso saber qué significaba eso, pero Brenda se levantó, cerró la puerta y dejó de responderle. Mateo estaba en la cocina cuando llegamos y evitaba mirar a su madre. Rosa llamó a Brenda y le avisó que yo entraría. Desde el cuarto, ella respondió que aceptaba verme a mí, pero que Mateo debía quedarse afuera. Mateo apretó la mandíbula y guardó silencio. Brenda estaba sentada en la cama, vestida con la ropa del día anterior. Tenía los ojos irritados, los labios resecos y una marca en la palma derecha. Me reconoció, dijo su nombre y respondió qué día era. Cuando le pregunté por qué no había dormido, explicó que, al cerrar los ojos, escuchaba una voz que le daba instrucciones para la mañana siguiente. Le pedí que dijera cuál era la orden,

40:53 pero no respondió. Dirigió la mirada a la puerta y pidió que Mateo devolviera el papel. Rosa, que había entrado detrás de mí, preguntó de qué papel hablaba. Brenda contestó que su hermano lo había escondido después del trato. y que debía devolvérselo antes de la tercera noche le tomé el pulso y le ofrecí agua ella sostuvo el vaso con las dos manos pero comenzó a temblar antes de beber y lo dejó a un lado Mateo entró al escuchar su nombre y afirmó que Brenda estaba desvelada y confundida ella levantó la cabeza Le recordó que habían abierto una puerta para escuchar a su padre y que durante tres noches alguien usaría su voz como pago. Mateo se quedó inmóvil y Rosa le exigió una explicación, pero negó conocer esas palabras. Brenda intentó levantarse. Sus manos se cerraron con fuerza y cayó al piso. Aparté lo que tenía cerca y le protegí la cabeza. Rosa quiso sostenerla, pero le pedí que no inmovilizara su cuerpo. La crisis fue breve, aunque cuando Brenda dejó de sacudirse, respiró con esfuerzo y tardó en abrir los ojos. Al recuperar respuesta, buscó a su madre y dijo que esa había sido la primera advertencia, que la siguiente no la dejaría levantarse. Le indiqué a Rosa que su hija necesitaba atención médica ese día, pues

42:23 una convulsión exigía valoración inmediata. Rosa aceptó y entró a preparar una bolsa, pero en cuanto se alejó, Mateo me pidió hablar en el patio. Sacó una hoja doblada de su mochila, tenía una mancha seca en una esquina y una frase escrita a mano. Una puerta permanecería abierta tres noches a cambio de escuchar al muerto llamado. Debajo aparecía el nombre de Brenda. Mateo confesó que tres noches antes él y su hermana Habían dibujado una ouija en un cartón y Brenda quería preguntar por su padre, muerto meses atrás. Y él aceptó, porque lo tomó como una broma. Usaron una tapa de vidrio para marcar las letras. Cuando Brenda preguntó si su padre estaba ahí, Mateo empujó la tapa sin decírselo y formó dos respuestas cortas. Ella le pidió que parara, pero él siguió y formó la palabra ABRIR.

43:22 Brenda apartó la mano, se molestó y salió del cuarto. A la mañana siguiente, Mateo encontró el papel junto al cartón y lo guardó, porque sin que él mencionara la hoja, Brenda le preguntó en dónde la había escondido. Le pregunté si había escrito la frase, bajó la mirada y respondió que no. Le pedí que entregara la hoja a su madre y confesara lo de la tapa, Mateo dobló el papel y quiso saber si una persona podía enfermar por leer algo así. Le respondí que Brenda ya había convulsionado y que debíamos atenderla. Rosa salió del cuarto antes de que regresáramos. Admitió que antes de buscarme había mandado llamar a Roque, un hombre que rezaba por enfermos en varias comunidades porque Brenda se lo había pedido. Le dije que no esperara a nadie, que primero lleváramos a su hija a revisión. Rosa prometió que saldríamos en cuanto Roque llegara y la calmara. Mateo le entregó el papel. Rosa lo leyó y preguntó si era cierto. Admitió que habían usado el tablero y que había movido la tapa al inicio.

44:30 En ese momento, Brenda apareció en el pasillo. Vio la hoja en manos de su madre y corrió hacia ella. Mateo intentó detenerla, pero Brenda le mordió la muñeca con fuerza. Me acerqué, le sujeté los brazos y conseguí separarla. Brenda cayó sentada y comenzó a llorar. Ya no trató de recuperar el papel. Dijo que ella no había firmado nada, que Mateo no debía haber llamado a quien respondió y que esa noche alguien vendría a cobrar lo prometido. Mateo se cubrió la herida con la camisa y cayó. Insistí en el traslado y Rosa aceptó. Salí al consultorio para pedir apoyo, porque desde esa calle las llamadas fallaban con frecuencia.

45:15 Cuando regresé, la casa estaba cerrada y Mateo me esperaba afuera, con la muñeca envuelta en un trapo. Me informó que Roque había llegado durante mi ausencia, que Rosa le mostró el papel y que se llevaron a Brenda a otra casa de la familia. Le pregunté quién llevaba la hoja, respondió que su madre. Empezamos a caminar hacia la otra casa y, antes de llegar, Mateo dijo que todavía faltaba una parte de lo ocurrido durante el juego. No alcanzó a explicarla, pues, desde adentro, escuchamos gritar a Brenda. Después, oía a Roque ordenar que cerraran la puerta y que nadie entrara. Mateo empujó la puerta, pero estaba asegurada por dentro.

45:59 Volvió a golpear, llamó a su madre y le pidió que abriera. Rosa tardó en hacerlo. Cuando apareció, tenía la cara mojada y respiraba con dificultad. Y antes de que pudiera explicar nada, le pedí entrar y ver a Brenda. Le recordé que acababa de convulsionar y que necesitaba atención. Me dejó pasar, aunque dijo que Roque ya había entendido lo que ocurría y podía ayudarla. Desde el cuarto llegó la voz de Brenda, firme, pidiendo que dejaran entrar a Mateo porque sabía lo que faltaba en el papel. Mateo se quedó detrás de mí y Rosa bajó la mirada. Roque estaba junto a la cama, sostenía la hoja doblada y había dejado un vaso cerca. Brenda permanecía sentada, con las manos sobre las piernas, y al verme me pidió que le quitara el papel, porque Roque no debía leerlo completo.

46:55 Él indicó que no le hiciera caso, que Brenda intentaba impedir la oración. Me acerqué, le ofrecí mi mano y le pedí que se levantara. Íbamos a salir de ahí. Brenda apoyó los pies en el suelo, se sostuvo de mi brazo y avanzó hasta quedar frente a Mateo. Entonces le preguntó por qué había firmado con su nombre, si él era quien quería que su padre respondiera. Mateo retrocedió y chocó con la puerta. Rosa le exigió que hablara, pero guardó silencio. Brenda dijo que durante el juego ella se había ido del cuarto, que Mateo se quedó solo y escribió la promesa. Después lo llamó cobarde. por haber usado su nombre. Mateo intentó negarlo, aunque la voz le falló.

47:41 Rosa le preguntó si había escrito la hoja, pero lo negó con la cabeza, sin mirarla. Roque tomó a Rosa por el hombro y le pidió que no escuchara más. Afirmó que aquello buscaba dividirlos. Le ordené que soltara el papel y se retirara, porque Brenda saldría conmigo. Alcancé a tocarle el brazo a ella, pero se apartó, giró hacia la pared y se golpeó la frente con fuerza. Mateo llegó antes del segundo golpe y la sujetó por detrás. Brenda se revolvió, le arañó el cuello y llevó los dientes hacia su propia lengua. Le sostuve la mandíbula para evitar que se lastimara, mientras Rosa pedía ayuda. Roque dijo que debíamos sujetarla. Respondí que necesitábamos trasladarla y que atarla empeoraría todo. Rosa no me escuchó, buscó dos tiras de tela y se las entregó. Mateo ayudó a acostar a Brenda porque seguía golpeándose, pero cuando Roque intentó amarrarle las muñecas le pidió que no lo hiciera, pero Roque le aseguró cada mano al respaldo de la cama. Brenda jaló los brazos hasta que la tela le marcó las muñecas.

48:51 Yo intenté aflojar una tira, pero Roque me apartó y empezó a rezar en voz alta. Ella dejó de forcejear, respiró varias veces y habló más bajo. Dijo que su padre nunca había contestado, que Mateo movió la tapa durante el juego y que después escribió el trato para asustarla. Añadió que el reverso de la hoja estaba limpio cuando ella salió del cuarto. Mateo se sentó en el suelo. Admitió que había movido la tapa al principio, nada más. Rosa le preguntó por la firma, pero insistió en que no había escrito ningún trato. Roque interrumpió. Afirmó que esa voz estaba usando el miedo del muchacho. Tomó el vaso, acercó una medalla al agua y se inclinó hacia Brenda.

49:38 Le sujeté la muñeca antes de que acercara el vaso a su boca. Le advertí que ella estaba inmovilizada y que no permitiría que la obligara a beber. Roque respondió que una reacción al agua confirmaría lo que ocurría. Rosa me detuvo del brazo y me pidió que lo dejara continuar, porque Brenda acababa de hablar de cosas que ella desconocía. Le dije que Mateo podía explicar lo ocurrido y que su hija necesitaba salir de esa cama. Roque aprovechó ese momento e inclinó el vaso. Brenda cerró la boca, el agua le corrió por la barbilla y el cuello. Él le presionó la nariz, esperó a que abriera los labios y volvió a verter el agua. Brenda aspiró el líquido, tosió y levantó el cuerpo con fuerza. Mateo empujó a Roque y soltó una de las tiras. Yo liberé la otra mano y giré a Brenda de lado. Ella tosió varias veces, luego dejó de responderme. Su respiración entraba con ruido y se interrumpía. Le pedí a Mateo que corriera por ayuda y Roque quiso acercarse otra vez. Sostuvo que habíamos detenido lo único que podía salvarla. Rosa se colocó frente a él, le quitó el vaso y le ordenó salir.

50:57 Roque tomó su biblia, pero el papel cayó al suelo. Mateo lo levantó antes de correr. Brenda abrió los ojos al verlo y consiguió decir que ya no podía esconder la tercera noche. Él se detuvo con la hoja en la mano, pero le grité que fuera por ayuda y salió sin responder. Me quedé con Brenda, limpié el agua que seguía saliendo de su boca y y repetí su nombre para mantenerla consciente. Rosa sostenía su mano, le pedía perdón y le prometía que ya nadie volvería a tocarla. Brenda intentó hablar, pero solo expulsó aire y volvió a toser. Después cerró los ojos. Cuando Mateo regresó con ayuda, todavía respiraba, aunque no reaccionaba. La llevamos al hospital y yo fui con Rosa. Intentaron estabilizarla sin conseguir que recuperara la conciencia.

51:51 Antes de terminar la noche, un médico informó que había muerto. Rosa no habló y Mateo permaneció afuera con el papel doblado sobre las rodillas. Me acerqué y le pedí que me lo entregara. Dijo que había ocultado una parte del juego y que su madre no lo perdonaría al ver lo escrito detrás. Me dio la hoja. La frase del frente seguía junto al nombre de Brenda y la mancha seca. Le di vuelta. En el reverso había otra línea, escrita con la misma tinta. Al terminar la tercera noche, la voz prestada ya no sería devuelta. Guardé la hoja dentro de una bolsa limpia y le dije a Mateo que no se moviera de la entrada del hospital. Sostenía la muñeca lastimada contra el pecho. Rosa seguía adentro, junto al cuerpo de Brenda, acompañada por una hermana suya, que había llegado al recibir la noticia. Yo no podía llevarle aquel papel en ese momento. Llamé a la comandancia y pedí que enviaran a alguien para tomar declaración y recibir la hoja.

52:55 Mientras esperábamos, Mateo me preguntó si yo creía que Brenda había leído la frase del reverso antes de morir. Le contesté que ella había repetido una parte cuando todavía estaba consciente y que eso era lo único que podía declarar. Me pidió que no mencionara esa frase frente a su madre hasta que él hablara. Le respondí que ya no podía decidir qué debía ocultarse. Se sentó en una banca y comenzó a contar lo que había callado. Dibujó las letras sobre el cartón, buscó una tapa de vidrio y convenció a Brenda de sentarse frente a él. Ella quería preguntarle a su padre por qué no había regresado a despedirse antes de morir. Mateo sabía que esa pregunta la lastimaba, pero aún así movió la tapa desde el inicio. Primero formó respuestas breves. Después escribió la palabra abrir, porque quería verla asustada. Brenda retiró la mano y salió del cuarto.

53:56 Mateo se quedó solo, tomó una hoja, escribió la promesa y firmó con el nombre de su hermana. Para hacerla creíble, se pinchó un dedo y dejó sangre en una esquina. Después puso la hoja junto al cartón y se fue a dormir. A la mañana siguiente, Brenda encontró el papel antes que él. Entró a su cuarto con la hoja abierta y le preguntó por qué había escrito su nombre. Mateo se rió y dijo que era una broma. Entonces Brenda dio vuelta a la hoja y preguntó por la segunda frase. Él se la quitó de las manos, revisó el reverso y no vio nada escrito. Creyó que ella intentaba devolverle el susto. Rompió el cartón por la mitad y guardó el papel en su mochila. Le pregunté cuándo vio por primera vez la frase que yo acababa de leer.

54:45 Respondió que fue al día siguiente, cuando Brenda ya no había dormido y Rosa empezó a vigilarla. Sacó la hoja para romperla, la volteó y encontró la línea escrita detrás. No reconoció la letra, no se lo mostró a nadie y volvió a guardarla. Esa noche, Brenda le pidió que devolviera el papel y pronunció las palabras del reverso, sin haberlo tenido otra vez en sus manos. Mateo aseguró que quiso llevarla al consultorio. pero tuvo miedo de contar lo que hizo. Cuando Rosa llamó a Roque, creyó que todo terminaría, sin que su madre supiera del juego ni de la firma. Después vio a Brenda atada, oyó cómo pedía que la soltaran y tardó en intervenir. No intentó justificarse al decirlo, se cubrió la cara y lloró. Un agente llegó acompañado de una mujer que tomó notas. Le entregué la hoja sin volver a doblarla, y expliqué dónde la recogió Mateo.

55:46 Declaré que al entrar a la casa, Brenda estaba consciente, que Roque permitió que la sujetaran, que vertió agua en su boca mientras ella no podía apartarse, y que después de toser, perdió fuerza y dejó de responder. Informé que Mateo confesó haber escrito el frente del papel y firmado con el nombre de su hermana. sobre la frase del reverso dije la verdad yo no sabía quién la había escrito Mateo dio su declaración en una oficina del hospital cuando salió Rosa estaba en el pasillo ya sabía que había entregado un papel y pidió verlo el agente respondió que quedaría bajo resguardo Rosa miró a su hijo y le preguntó si Brenda había dicho la verdad Mateo contestó que él escribió el trato usó su nombre y escondió la hoja Rosa le dio una bofetada y le ordenó que no entrara al cuarto donde estaba su hermana. A la mañana siguiente fui con Rosa a recoger ropa para el velorio. En la casa seguía el vaso en el suelo y las tiras con las que habían sujetado a Brenda permanecían sobre la cama. Rosa tomó una blusa, la dobló y la guardó en una bolsa. Antes de salir encontró el cartón bajo un mueble. Tenía las letras hechas con plumón. y una marca donde habían apoyado la tapa.

57:09 Me preguntó si debía entregarlo. Le dije que sí. Mateo esperaba afuera. Rosa puso el cartón en sus manos y le pidió que repitiera lo ocurrido sin esconder nada. Confesó que había movido la tapa, escrito el frente y usado la sangre para asustar a Brenda. También dijo que no escribió el reverso. Rosa le respondió que esa frase no cambiaba lo que él hizo. porque su hermana pidió ayuda frente a él, y él permitió que Roque continuara. Roque fue detenido días después. La investigación se sostuvo en las ataduras, en el agua que obligó a beber a Brenda, y en las declaraciones de quienes estuvimos en la casa. Nadie investigó pactos, investigaron la muerte de una joven, inmovilizada durante un supuesto exorcismo. Volví a ver la hoja una vez, cuando me llamaron para reconocerla. El frente conservaba la letra de Mateo y la mancha de sangre que admitió haber dejado.

58:09 En el reverso seguía la frase que se negó a escribir. El agente me preguntó si Brenda la había pronunciado antes de que él recogiera el papel. Respondí que sí. Rosa se fue del pueblo después del entierro y Mateo también desapareció de la casa. Nunca supe si volvieron a hablarse. De Brenda conservo un recuerdo preciso. Estaba atada, consciente, con agua en la cara, y pidió que la sacáramos de ahí. En mi declaración quedaron escritas sus últimas palabras claras. Pidió salir, pero la puerta siguió cerrada hasta que dejó de responder. Como lo digo ahora después de presenciar eso que le pasó a esa familia, siempre hay que tener cuidado con ese tipo de acciones y no jugar con el mal, con la ouija y ese tipo de pactos. que sin que uno se dé cuenta, abre y no sabemos cerrar.

59:02 Después de aquello, al escuchar hablar de la Ouija como un juego, recordé a Brenda. No digo que un cartón y una tapa tengan poder, digo que hay decisiones, capaces de destruir una casa, cuando se toman por dolor, miedo o deseo de obtener una respuesta. Brenda quería oír a su padre, Mateo quiso burlarse de su herida, y Roque aprovechó el terror de Rosa. El papel necesitó una noche para convertirse en autoridad dentro de esa familia. Un pacto con el demonio, real para quien lo cree o usado por alguien para dominarlo, exige una entrega que nunca termina bien.

59:44 Empieza con una petición, con una promesa escrita, con la idea de recibir algo a cambio. Y después llega el silencio, la culpa y la obediencia a quien asegura tener control. En aquella casa, el trato quitó primero la verdad, después la voluntad de Brenda y al final su vida. Por eso nunca acepté que lo llamaran juego. Jugar con la ouija para invocar, pedir señales o entregar algo, abre un daño que una familia puede alimentar, hasta hacerlo irreversible. Brenda no necesitaba un ritual, necesitaba que la escucharan y la sacaran de ahí. Pero cuando lo entendimos, ya estaba muerta.