Red De BRUJERÍA En Catemaco México Historias De Terror - REDE
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0:05 Llegué a Catemaco después de manejar casi ocho horas desde la ciudad. Tomé un camión desde temprano porque querÃa llegar antes de que cerraran los locales del centro. Y aún asà me encontré entrando al pueblo casi al anochecer. HabÃa venido porque alguien me dijo que aquà podÃa encontrar un tipo de ayuda que no estaba buscando de manera consciente, pero que ya necesitaba. Mi negocio llevaba meses casi quebrado. Y yo misma sentÃa que estaba perdiendo el control de mi vida. TenÃa 32 años y vivÃa en un departamento que apenas podÃa pagar. El negocio era una pequeña tienda de artesanÃas que abrà con un préstamo pensando que me irÃa bien.
0:47 Y al principio funcionó. Pero en menos de dos años empezó a caer. Busqué opciones tradicionales para mantenerlo a flote, pero ninguna funcionó. Fue entonces que una amiga me habló de Katemako y de la gente que ofrecÃa limpias, lecturas y rituales. Yo no buscaba eso, pero tampoco encontraba otra salida. Pensé que si hacÃa este viaje por lo menos sentirÃa que habÃa intentado todo antes de cerrar definitivamente. Me hospedé en un hotel sencillo cerca del malecón. Dejé mi mochila y salà a caminar para conocer un poco el lugar. Vi la laguna desde lejos y me pareció enorme. Pregunté por la dirección de la mujer que buscaba y nadie se sorprendió al escuchar que venÃa por un servicio espiritual.
1:34 Me dijeron que la señora era conocida, que vivÃa en una casa sencilla cerca de un camino que subÃa hacia una zona con árboles más frondosos. Tomé un taxi para llegar más rápido y el conductor me dejó a unos metros de la casa. El lugar era modesto, con paredes de cemento sin pintura y una puerta de madera clara. Afuera habÃa dos sillas de plástico y una maceta con una planta casi seca. Toqué la puerta y una mujer de unos 55 o 60 años salió sin preguntar quién era. Me observó con atención y me dijo mi nombre como si ya supiera que irÃa. Yo habÃa hablado con una conocida que vivÃa en la zona y quizá ella le habÃa dado mis datos. Asumà que habÃa una explicación lógica. La mujer me pidió que pasara a una sala pequeña donde habÃa una mesa, una vela blanca apagada y un vaso de agua que, según me explicó, ella siempre tenÃa ahà para las consultas. Me dijo que venÃa por lo de mi negocio casi quebrado. Sus palabras fueron tan exactas que tardé en responder, aunque intenté mantener la calma. Pensé que tal vez la amiga que me recomendó el viaje le habÃa contado más detalles de los que yo creÃa. La señora habló con un tono seguro mientras me miraba de frente.
2:57 Dijo que no necesitaba contarle nada porque ella ya sabÃa lo suficiente. Me incomodó la forma en que lo dijo porque mencionó detalles que yo no habÃa comentado con nadie del pueblo, como el número de empleados y el problema reciente con una renta atrasada. Me concentré en mantener una idea racional. Asumà que tal vez la amiga que me habló de ella habÃa mencionado todo eso sin darse cuenta. Me dije que era posible que la mujer usara información previa para que yo creyera que tenÃa algún don especial. Me quedé sentada mientras la escuchaba describir la situación de mi negocio con precisión. Mencionó que llevaba semanas sin ventas constantes y que pasaba más tiempo cerrando que atendiendo clientes.
3:43 dijo que eso se podÃa limpiar si seguÃa las indicaciones de un ritual inicial que no era complicado pidió tres cosas una vela blanca, agua de la laguna y una fotografÃa del local afirmó que eso serÃa suficiente para hacer la primera parte del trabajo y que debÃa hacerlo al dÃa siguiente yo asentà mientras intentaba organizar mis ideas me dijo que la vela podÃa conseguirse en cualquier tienda del centro que el agua debÃa tomarla directamente de la orilla y que la fotografÃa debÃa ser reciente. Cada indicación la dio con calma, como si fuera una rutina que hacÃa a diario. No me pidió dinero en ese momento y eso me tranquilizó un poco porque me dio la impresión de que estaba siendo honesta. Salà de ahà pensando que tal vez todo tenÃa una explicación lógica, aunque habÃa un par de detalles que no lograba acomodar. Cuando regresé caminando hacia donde habÃa bajado el taxi, pensé en la forma en que mencionó mis problemas económicos. No solo los describió, sino que también dijo cosas que yo no habÃa comentado con nadie, como una oferta de compra del local que habÃa rechazado hacÃa unos meses. Ese dato solo lo sabÃan dos personas en la ciudad y ninguna tenÃa relación con Katemako.
5:05 Empecé a justificarme diciendo que tal vez era una coincidencia. y que la mujer estaba adivinando basándose en cosas comunes que les pasan a quienes tienen negocios pequeños. Cualquiera que se dedica a estas prácticas puede usar frases que suenan acertadas para generar confianza. Regresé al hotel pensando en el ritual del dÃa siguiente. Me acosté sin dudar del plan. Regresé a la casa de la mujer al dÃa siguiente por la mañana. HabÃa comprado la vela blanca en una tienda del centro. y habÃa llenado una botella con agua de la laguna muy temprano. Llevaba también una fotografÃa reciente de mi local, impresa en papel normal, porque no encontré nada mejor en el hotel. El camino hacia la casa era el mismo del dÃa anterior, con las mismas paredes sin pintura y las mismas macetas descuidadas. Toqué la puerta y la señora abrió casi de inmediato, como si ya supiera que estaba ahÃ. Me pidió que entrara y dejara mis cosas sobre la misma mesa donde me habÃa atendido antes.
6:09 La mujer revisó la vela, la botella y la fotografÃa. Dijo que servirÃan para un primer movimiento de energÃa. Usó esa palabra, aunque yo no sabÃa exactamente a qué se referÃa. Encendió la vela sin hacer ningún tipo de ceremonia complicada. Solo la colocó frente a nosotros y después tomó la botella para ver el agua contra la luz. La fotografÃa la puso a un lado de la vela. Me pidió que me sentara y mantuviera las manos sobre mis piernas. La habitación estaba en silencio y solo se escuchaba el sonido de un ventilador pequeño que movÃa el aire de un lado a otro. Mientras la vela ardÃa, la mujer comenzó a hablar del interior de mi negocio con un nivel de detalle que me hizo sentir incómoda. Mencionó la mesa de madera que estaba cerca de la entrada y que tenÃa una pata floja desde hacÃa semanas. Dijo que el estante del lado derecho tenÃa tres figuras de barro que habÃa cambiado recientemente porque ya no se vendÃan, y que la pared del fondo tenÃa humedad en la parte baja.
7:12 Esos detalles no aparecÃan en la fotografÃa que llevé. Eran cosas que solo alguien que hubiera estado dentro podrÃa describir. Pensé que tal vez habÃa conseguido fotos en internet, pero nunca publiqué imágenes actuales del local. La página de la tienda estaba abandonada desde hacÃa meses y las fotos más recientes no mostraban los cambios interiores. Intenté mantener la calma para no parecer molesta, pero sentÃa que cada detalle que mencionaba me apretaba el pecho un poco más. Ella continuó diciendo que la falta de ventas no tenÃa que ver con la ubicación ni con la publicidad, sino con una energÃa que se habÃa acumulado entre los objetos. No entendÃa a qué se referÃa. Después me pidió que apagara mi celular.
8:00 Le dije que estaba en modo silencio, pero insistió en que querÃa que lo dejara completamente apagado cada vez que estuviera en su casa. Dijo que eso interferÃa con el proceso. Le hice caso porque no querÃa discutir y porque pensé que tal vez era parte de su metodologÃa. Apagué el teléfono y lo guardé en mi bolso. Ella pareció más tranquila cuando lo hice y volvió a concentrarse en la vela, que seguÃa quemándose sin nada extraño en la flama. Cuando terminó el ritual, apagó la vela con los dedos, tomó la fotografÃa y la guardó en una caja pequeña que tenÃa debajo de la mesa. Dijo que la conservarÃa unos dÃas para completar el trabajo. Me entregó la vela con la instrucción de no encenderla de nuevo hasta que ella me lo pidiera. Guardé la vela en mi bolsa y salà de la casa con la sensación de que la mujer habÃa dicho demasiado sobre mi negocio como para tratarse de adivinanzas. Mientras caminaba por las calles de Catemaco rumbo al hotel, noté que varias personas me veÃan de manera directa.
9:03 No era una mirada casual. Eran miradas que se mantenÃan unos segundos más de lo normal. Pasé junto a un grupo de hombres sentados afuera de una tienda y escuché que detuvieron su conversación justo cuando me acerqué. No pude entender lo que estaban hablando antes, pero sà noté que cuando yo pasaba se quedaban callados y luego volvÃan a hablar cuando me alejaba unos metros. Me ocurrió lo mismo al pasar frente a una señora que barrÃa la banqueta. Ella levantó la vista, me observó con atención y después volvió a lo suyo sin decir una palabra. No pensé en cosas sobrenaturales porque no era el tipo de razonamiento al que estaba acostumbrada. Más bien me pareció que la gente del pueblo se conocÃa entre sà y que tal vez hablaban de quienes visitaban a la bruja. Cuando llegué al hotel y abrà mi bolsa para acomodar las cosas, saqué la vela que habÃa llevado al ritual. Noté que tenÃa marcas nuevas en la superficie, como si alguien hubiera raspado la cera con algún objeto fino. No eran marcas profundas, pero sà eran visibles en la parte lateral. Traté de recordar si la vela ya tenÃa esas lÃneas cuando la compré, aunque no estaba segura. Me quedé mirándola unos segundos, tratando de encontrar alguna explicación. Pensé que quizá la mujer la habÃa manipulado durante el ritual, o que habÃa movido la vela para acomodarla mejor. No imaginé nada fuera de lo normal, pero aún asà me pareció extraño que no recordara haber
10:37 visto esas marcas antes. Guardé la vela de nuevo y me acosté en la cama del hotel mientras repasaba todo lo que habÃa ocurrido durante el dÃa. Recordé las miradas en la calle y la forma en que la gente detenÃa sus conversaciones cuando pasaba frente a ellos. Pensé en la precisión con la que la mujer habÃa descrito mi negocio. Me pregunté si alguien del pueblo la ayudaba dándole información sobre los visitantes o si tenÃa contactos capaces de averiguar más de lo que aparentaban. Cerré la página del dÃa con la duda de si realmente habÃa ido ahà en busca de ayuda. o si habÃa entrado sin darme cuenta en un lugar donde alguien ya sabÃa demasiado sobre mÃ.
11:20 Volvà a la casa de la señora dos dÃas después porque me dijo que el trabajo necesitaba continuidad. HabÃa pasado esas 48 horas tratando de entender cómo sabÃa tantos detalles de mi negocio. Mi intención original era regresar solo para confirmar que todo tenÃa una explicación normal. La caminata desde el hotel se me hizo más larga que la primera vez porque iba pensando en cada una de las palabras que me habÃa dicho. Llegué a la puerta y toqué. Ella abrió en cuanto levanté la mano como si estuviera atenta a mis pasos. Sin esperar respuesta, me indicó que pasara y me senté en el mismo lugar. Esta vez colocó un recipiente de vidrio lleno con agua. Lo puso frente a mÃ, acomodó la vela apagada a un lado y me dijo que querÃa que me quedara mirando el reflejo hasta que el agua dejara de moverse el interior de la casa estaba igual que siempre con ese ventilador que movÃa el aire hacia la mesa la luz entraba por una ventana pequeña asà que el reflejo en el agua no era tan claro pero aún asà podÃa ver la forma de mi rostro y parte del cuarto detrás de mà Me quedé observando la superficie mientras trataba de concentrarme en no parpadear tanto. Después de unos minutos, vi una sombra moverse detrás de mà dentro del reflejo. No era una figura definida, solo una mancha oscura que atravesó la parte superior del agua como si alguien hubiera pasado caminando
12:53 muy cerca de mi espalda. Giré la cabeza para ver qué era, pero no habÃa nadie en esa parte del cuarto. Volvà la vista al agua y la vi de nuevo. ahora más alargada, como si hubiera cruzado hacia la derecha. No sabÃa si era por la luz o por el movimiento del ventilador, pero sentà que habÃa visto algo real. Mis manos se tensaron sobre mis piernas y la mujer notó mi reacción. Me pidió que siguiera mirando el agua sin mover la cabeza. ObedecÃ, aunque el corazón me latÃa más rápido. La sombra volvió a aparecer en el reflejo, esta vez más cerca de mi hombro. No era una silueta de persona, pero sà ocupaba un espacio lo bastante grande como para notarse. No quise moverme, solo seguà mirándola hasta que desapareció. La mujer tomó nota mental de todo sin preguntar nada en voz alta. Después de unos segundos me dijo que ya podÃa apartar la vista. Tomó el recipiente sin apuro y lo colocó a un lado de la mesa. Comenzó a interpretar lo que vio mientras yo trataba de entender si realmente habÃa algo más que un juego de luz. Me habló de traiciones dentro de mi negocio y mencionó nombres de dos personas que conocÃa bien.
14:11 Una empleada que habÃa renunciado hacÃa unos meses y un cliente que solÃa comprar seguido en la tienda. Los dijo con exactitud, sin dudar. afirmó que ambos habÃan hablado mal de mà y que eso habÃa perjudicado mi trabajo desde antes de que yo me diera cuenta me quedé impactada porque no habÃa forma de que ella supiera esos nombres eso no estaba en ninguna red social ni en ninguna publicación vieja ni en conversaciones que pudieran haberse filtrado eran datos que pertenecÃan a problemas internos que muy poca gente conocÃa Ya no estaba pensando en rituales ni en energÃas, sino en la posibilidad de que la mujer tuviera acceso a información que no debÃa tener. Comencé a pensar si alguien del pueblo podÃa estar recabando datos sobre mÃ, o si la señora tenÃa alguna red de personas que la ayudaban a obtener información de quienes la visitaban. Sentà que cada cosa que decÃa encajaba demasiado bien como para ser coincidencia.
15:14 La mujer siguió hablando con calma. sin levantar la voz y sin agregar detalles innecesarios. Solo mencionó hechos que yo conocÃa, lo que hacÃa más difÃcil encontrar una explicación racional. Cuando salà de la casa, mi cabeza estaba llena de preguntas. Caminé hacia el centro para comprar algo de comer y noté que un joven me seguÃa. Al principio pensé que solo iba en la misma dirección, pero después de varias cuadras me di cuenta de que mantenÃa la misma distancia detrás de mÃ. Cada vez que volteaba la vista hacia un escaparate para simular que veÃa algo, él también reducÃa la velocidad. No parecÃa un ladrón ni un turista. Era alguien del pueblo con ropa sencilla y una mochila cargada en un solo hombro. Intenté perderlo metiéndome en una tienda de recuerdos, pero se quedó afuera. Salà por otra puerta del local y tomé un camino distinto para regresar al hotel.
16:12 Al llegar, me detuve un momento en la recepción para observar si el joven todavÃa estaba cerca, pero no lo vi. Subà a mi cuarto y me senté en la cama con la sensación de que mi visita ya no era solo para recibir ayuda espiritual. Me pregunté si la bruja tenÃa personas vigilando a sus clientes. Pensé en la forma en que la gente del pueblo se quedaba callada cuando yo pasaba. Recordé la lista de nombres que mencionó durante el ritual y la exactitud con la que describió ciertas situaciones del negocio. Todo eso me hacÃa creer que habÃa algo más allá de simples rituales. Horas después, cuando el sol ya se habÃa escondido, recibà un mensaje en el celular de la mujer pidiéndome quedarme unos dÃas más en Catemaco.
16:58 Dijo que faltaban tres rituales y que la parte más importante estaba por empezar. Afirmó que mi suerte estaba a punto de cambiar. Leà el mensaje varias veces mientras pensaba si debÃa quedarme o regresar a la ciudad. No sabÃa si confiar en ella o alejarme. Cerré el dÃa con la sensación de que ya no podÃa distinguir si la mujer realmente querÃa ayudarme o si yo era parte de algo que no podÃa ver por completo, como si hubiera entrado en un lugar donde cada movimiento era observado sin que yo lo notara. Volvà a la casa de la mujer esa misma tarde porque querÃa aclarar algunas cosas antes de decidir si continuaba con los rituales. Ella me pidió que la esperara un momento en una habitación contigua mientras preparaba algo en la mesa principal. La habitación era pequeña, con un estante de madera lleno de frascos, papeles doblados y libretas viejas. No tenÃa intención de revisar nada, solo estaba viendo a mi alrededor para distraerme. Pero una de las libretas estaba abierta sobre una mesa baja. Me acerqué sin pensar, más por curiosidad que por morbo. Al principio vi hojas llenas de nombres escritos a mano con una letra apretada. Cada nombre estaba acompañado de una dirección y una serie de anotaciones sobre rutinas diarias. Eran datos muy especÃficos.
18:24 La hora en que una persona salÃa de su casa. el trayecto que seguÃa para llegar al trabajo, las visitas que recibÃa los fines de semana. HabÃa nombres repetidos varias veces, como si la mujer hiciera seguimiento diario de cada uno. Pasé la hoja y encontré otra lista similar, con descripciones de familias del pueblo, negocios locales y pequeñas anotaciones sobre clientes. Me sorprendió la cantidad de información. No parecÃa una agenda de clientes, sino un registro detallado de las vidas de muchas personas. Seguà pasando hojas sin saber exactamente por qué lo hacÃa, hasta que de pronto vi mi nombre escrito con claridad. Sentà algo en el estómago. Mi nombre completo estaba subrayado y a un lado aparecÃan datos que no recordaba haber mencionado. DecÃa que mi negocio estaba a punto de cerrar. Lo cual era cierto, pero también habÃa anotaciones sobre mis movimientos bancarios, incluyendo un retiro reciente que hice para cubrir una deuda. Estaba escrito incluso el nombre de un proveedor con el que habÃa tenido una discusión por un pedido atrasado. Eran datos que yo no habÃa compartido con nadie de Catemaco. Verlos ahà me dio un mareo.
19:44 Me quedé quieta mirando la libreta, tratando de recordar si habÃa mencionado algo de eso en la conversación anterior, pero estaba segura de que no. HabÃa sido cuidadosa. No entendÃa cómo habÃa llegado esa información a sus manos. Seguà leyendo y encontré una nota que decÃa que yo habÃa pensado en vender el negocio hacÃa tres meses, pero que lo descarté porque temÃa perder todo. Esa información solo la habÃa comentado con una amiga de mucha confianza, y ella vivÃa en otro estado. Sentà un escalofrÃo en la espalda, aunque traté de mantener la calma para razonar lo que estaba viendo. Pensé que quizá alguien habÃa conseguido mis datos personales por internet.
20:29 Pero ver detalles tan especÃficos sobre decisiones que solo existÃan en conversaciones privadas me hizo sentir observada desde antes de llegar al pueblo. Estaba pasando otra hoja cuando escuché pasos acercándose. No tuve tiempo de alejarme de la mesa. La mujer entró al cuarto y me encontró mirando la libreta. Su expresión no fue de sorpresa ni de molestia. Solo me dijo que no debÃa buscar explicaciones terrenales a lo que no podÃa controlar. No levantó la voz ni intentó quitarme la libreta de las manos. Se quedó mirándome como si esperara mi reacción. Yo cerré la libreta sin decir nada y la dejé exactamente en el mismo lugar donde la encontré.
21:12 Sentà un peso en el pecho porque su presencia me pareció más imponente que antes. Ella continuó hablando con su tono habitual. Dijo que sabÃa que yo estaba dudando y que habÃa considerado regresar a mi ciudad esa misma mañana. Mencionó la hora exacta en que llegué al hotel el dÃa anterior. Dijo que crucé el malecón a las 6 con 22 y que entré por la puerta lateral porque no querÃa pasar frente al restaurante donde habÃa mucha gente. Esa ruta solo la conocÃa yo. Nadie me habÃa seguido hasta el hotel, al menos no que yo hubiera notado. Escucharla decirlo con tanta seguridad me produjo un miedo distinto, uno que no pude esconder. Ella observó mi reacción y dijo que los procesos que iniciaba con sus clientes necesitaban confianza, no vigilancia de su parte. Cuando salà de la casa, caminé por la calle principal y noté que algunas personas me miraban con más insistencia que los dÃas anteriores. Dos mujeres que estaban frente a una tienda se quedaron observándome hasta que pasé frente a ellas. Un hombre sentado en una banca murmuró algo al oÃdo de otro cuando me vio. No escuché lo que dijo, pero vi que me siguieron con la mirada mientras avanzaba. No parecÃa casualidad. Llegué al hotel con la intención de empacar mis cosas y salir esa misma noche. Me senté en la cama y traté de organizar mis pensamientos. Me pregunté si todo era una estrategia
22:42 de manipulación psicológica o si yo estaba exagerando por el cansancio y la presión de los últimos meses. SentÃa la necesidad de irme. pero también una sensación de que debÃa quedarme para entender qué estaba pasando realmente. Cerré el dÃa sin tomar una decisión. Me quedé mirando mi mochila semivacÃa mientras pensaba si lo mejor era dejar Katemako de inmediato, o si ya estaba demasiado involucrada en algo que no comprendÃa y que parecÃa estar diseñado para que no pudiera salir tan fácilmente. Regresé a la casa de la mujer al dÃa siguiente porque querÃa terminar con los compromisos que ya habÃa aceptado. Me dije que mientras más rápido cumpliera con los rituales, más pronto podrÃa irme de Catemaco. Cuando llegué, noté algo que antes no habÃa visto. Varias personas del pueblo estaban reunidas afuera de la casa. No estaban conversando entre sÃ, solo esperaban. Algunos tenÃan los brazos cruzados, otros miraban hacia la puerta como si aguardaran instrucciones. Al pasar junto a ellos, sentà sus miradas fijas, pero nadie dijo nada.
23:52 Abrà la puerta con la mano temblorosa y entré sin hacer ruido. La mujer ya me esperaba en la misma mesa donde habÃa hecho los dos rituales anteriores. Esta vez habÃa colocado una pieza de tela oscura, un pequeño cuenco con agua y la vela blanca que habÃa usado conmigo el primer dÃa. Frente a la vela habÃa un espacio vacÃo. Me pidió una prenda personal que usara con frecuencia. No explicó el motivo, solo dijo que era necesaria para limpiar mi camino. Dudé un momento antes de sacar una pulsera que habÃa llevado durante años. Me miró con atención cuando la coloqué sobre la mesa como si confirmara que era el objeto que necesitaba. Encendió la vela y movió el cuenco con agua hacia mÃ. Me pidió que me sentara cerca de la mesa y que no apartara la vista de la pulsera. La casa se quedó en silencio. El ventilador no estaba encendido esa mañana y no se escuchaban ruidos de la calle. La quietud era tan marcada que sentà que mi respiración se volvÃa más lenta por pura tensión.
24:56 La mujer comenzó a hablar. No recitó nada extraño. Solo empezó a describir decisiones que yo habÃa pensado en los últimos dÃas. Habló de mi idea de cerrar la mitad del negocio para ahorrar renta y de la posibilidad de vender parte del inventario a un comprador que me habÃa contactado hace meses. Me quedé inmóvil mientras escuchaba cada palabra. La forma en que mencionaba decisiones tan Ãntimas me hizo sentir expuesta. No sabÃa si alguien habÃa investigado mi vida desde antes de llegar al pueblo o si hablaba basándose en suposiciones. Pero cada frase coincidÃa con cosas que habÃa analizado sola en mi departamento y que no habÃa compartido con nadie. Mientras la vela ardÃa, la habitación siguió completamente en silencio. La mujer tomó la pulsera y la pasó sobre el cuenco de agua. Dijo que el objeto tenÃa que desprender las cargas que arrastraba conmigo. Solo querÃa que terminara.
25:54 El ambiente era tan tenso que sentà que estaba siendo empujada a aceptar lo que ella decÃa, aunque no estuviera de acuerdo con nada. Tuve la impresión de que ya no importaba lo que yo pensara. De pronto escuché pasos afuera de la casa. No eran pasos rápidos ni fuertes. Eran pasos constantes, como si varias personas se movieran en el mismo punto sin avanzar. La mujer no reaccionó y siguió concentrada en el ritual. Yo sà me puse rÃgida porque recordé a la gente reunida afuera. Quise asomarme por la ventana, pero no me atrevà a moverme sin que ella lo notara. El sonido continuó varios minutos hasta que se detuvo. La mujer tomó la pulsera, la puso frente a mà y dio por terminado el ritual, como si no hubiera ocurrido nada afuera. Cuando salà de la casa, vi nuevamente a varias personas reunidas. Ya no estaban dispersas como al llegar. Ahora formaban una lÃnea irregular frente a la puerta. Algunos estaban de pie mirando hacia mà de forma directa. Otros tenÃan la mirada baja, aunque levantaban la vista cuando yo avanzaba. No hablaban ni hacÃan ningún gesto.
27:07 se mantenÃan quietos, atentos. Observé que entre ellos habÃa una señora que habÃa visto en el mercado, un hombre que vendÃa frutas en la orilla de la carretera y un joven que habÃa notado detrás de mà el dÃa anterior. Ninguno se movió mientras yo caminaba hacia la salida de la calle. Lo único que escuchaba era el sonido de mis propios pasos sobre el pavimento. Avancé sin mirar atrás porque no querÃa confirmar si seguÃan observándome. Me daba miedo. Caminé rápido hasta llegar a una esquina donde ya no podÃa ver la casa. Me detuve un momento y traté de respirar con calma, pero sentÃa que el pecho me ardÃa por la tensión acumulada. Regresé al hotel con la sensación de que la mujer tenÃa un control que iba más allá de simples rituales. Pensé si era magia o manipulación, pero ninguna explicación me daba tranquilidad. Lo único que tenÃa claro era que algunos del pueblo parecÃa seguir la voluntad de la bruja, ya fuera por miedo o por costumbre.
28:12 Cerré el dÃa sin encontrar una salida clara. Me quedé sentada en la cama con la pulsera en la mano. Pensando que cada paso que daba en Catemaco parecÃa vigilarse desde algún lugar que yo no podÃa ver. Solo sabÃa que ya no podÃa ignorar que la mujer tenÃa un alcance que no habÃa imaginado cuando llegué en busca de ayuda. Decidà que debÃa irme de Katemako a primera hora. No querÃa esperar otro mensaje de la bruja, ni otro ritual, ni otra reunión de gente afuera de su casa. Dormà muy poco porque pasé varias horas escuchando cada ruido del pasillo del hotel. Cuando el cielo apenas comenzaba a aclararse, me levanté y guardé mis cosas sin hacer ruido. Evité encender la luz para no llamar la atención. Tomé mi mochila.
29:00 la pulsera que habÃa usado en el ritual y la botella de agua que aún tenÃa en la mesa. Bajé las escaleras con la intención de pedir un taxi en cuanto pisara la recepción. Antes de agarrar la manija de la puerta de mi cuarto, escuché un roce en el piso del pasillo. No era un paso, solo un sonido leve como si alguien hubiera empujado un objeto. Cuando abrà la puerta, encontré un papel en el suelo. Era un pedazo de hoja arrancada de una libreta y tenÃa una frase escrita a mano. TodavÃa no ha terminado. No habÃa sÃmbolos, ni dibujos, ni nombres. Solo esa frase con letra firme. Me quedé de pie unos segundos mirando el papel porque no entendÃa cómo habÃa llegado ahà sin que yo escuchara a la persona que lo dejó. Lo guardé en mi bolsa y bajé las escaleras tratando de convencerme de que era solo una forma de intimidación de la bruja. En la recepción pedà un taxi en voz baja. El empleado dijo que llamarÃa a un chofer conocido de la zona.
30:03 Me esperé afuera porque no querÃa seguir dentro del hotel. Mientras esperaba, Vi a dos personas del pueblo paradas en una esquina. Estaban inmóviles mirando hacia donde yo estaba. No hablaban ni hacÃan gestos, solo observaban. Me mantuve de pie mirando hacia la calle para no sentir la presión directa de sus ojos sobre mÃ. El taxi llegó después de unos minutos y me subà sin saludar. Le pedà que me llevara directo a la carretera. El chofer asintió y arrancó. Durante el trayecto, noté que el chofer revisaba el retrovisor cada pocos segundos. Al principio pensé que era su forma de conducir, pero después me di cuenta de que no estaba vigilando la calle. Estaba mirándome a mÃ. MantenÃa los ojos en el espejo durante lapsos largos. No desviaba la vista hacia los costados ni hacia la parte trasera del vehÃculo.
30:58 solo hacia donde yo estaba sentada. Me acomodé en el asiento para evitar su mirada, pero cada vez que levantaba la vista lo encontraba mirándome otra vez. No dije nada porque no querÃa iniciar una confrontación. Me limité a mirar por la ventana mientras avanzábamos. El taxi salió del área urbana y tomó el camino que conducÃa hacia la carretera principal. Cuando por fin dejamos atrás las últimas casas, sentà un alivio momentáneo, aunque la tensión seguÃa en mi cuello y en mis manos, estaba muy trenzas. No sabÃa si realmente estaba escapando de algo o si solo estaba reaccionando al miedo acumulado de los últimos dÃas. No podÃa asegurar que hubiera magia en lo que vivÃ, pero tampoco podÃa descartar la sensación de que alguien tenÃa acceso a partes de mi vida que yo no habÃa compartido. Mientras la carretera se extendÃa frente a mÃ, acepté que no tenÃa una respuesta.
31:57 No sabÃa si la bruja usaba información obtenida de formas que yo no podÃa ver o si realmente tenÃa un alcance que no se explicaba con lógica. Terminé el viaje sin poder distinguir si todo habÃa sido manipulación extrema o algo que iba más allá de mi comprensión. Lo único que supe con certeza fue que Katemako quedó atrás, pero la idea de que alguien conocÃa cada paso que di durante esos dÃas me daba mucho miedo.
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