Feb. 23, 2026

Organización Criminal De BRUJAS Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:00 Quiero darle las gracias a Ramiro Valenzuela y a José Manuel Ibarra por haber compartido sus historias en nuestro mapa del terror. También puedes ver todo nuestro contenido sin límite y sin anuncios molestos en nuestro sitio web historiasdeterror.com Te dejo los enlaces en la descripción y comentarios. Sin más, comenzamos. Lo que viví ocurrió cuando yo tenía entre 17 y 25 años, en un pueblo pequeño del norte de México, un lugar donde todos se conocían y donde cualquier cosa extraña llamaba la atención. Pero la brujería no se trataba como algo fantástico, sino como una parte más de la vida diaria de ciertas mujeres que tenían reputación de arreglar asuntos que otros preferían callar. En ese tiempo se hablaba de ellas con respeto y también con cuidado, porque la gente sabía que podían ayudar pero también tenían métodos que no todos querían conocer.

1:03 En aquel pueblo la mayoría de las casas eran de bloc sin repellar, con patios de tierra y techos bajos, y las familias vivían con lo justo. Así que los problemas económicos eran constantes y terminaban empujando a muchos a buscar soluciones fuera de lo común. La gente se acostumbraba a ver a esas mujeres moverse por el mercado, cruzar la plaza o entrar a las casas por la puerta trasera sin que nadie lo comentara abiertamente. La brujería, si así se le puede llamar, era un oficio más, como el de la partera o el del curandero que atendía dolores de estómago y empachos. Lo que hacían era visto como una labor útil. porque resolvían cosas que ni las autoridades ni los vecinos podían o querían enfrentar de forma directa.

1:50 Conocí a tres de esas mujeres cuando yo todavía trataba de entender cómo iba a sostenerme en la vida adulta. No diré nombres porque nunca usaban sus nombres reales cuando hablaban con personas nuevas y porque así era como ellas mismas querían ser recordadas, por la función que cumplían y no por su identidad personal. La primera era la más alta, delgada, de piel muy clara y con cabello tan oscuro que siempre parecía húmedo, y ella se encargaba de decidir quién podía acercarse al grupo y quién debía mantenerse lejos. La segunda era más robusta, con brazos fuertes y arrugas profundas alrededor de los ojos, y se dedicaba a preparar cosas que la gente pedía para problemas concretos como bloqueos. limpias o enfermedades que no respondían a tratamientos normales. La tercera era la mayor de todas, muy pequeña de estatura y con la espalda algo encorvada. Y aunque hablaba poco, todos la consideraban la que realmente entendía cómo mover influencias dentro del pueblo, porque siempre sabía quién había hecho un trato con ellas y qué se debía a cambio. Por más que pareciera que eran solo tres mujeres mayores reunidas en una casa vieja al final de una calle polvorienta, en realidad su influencia era más grande de lo que cualquiera quería admitir. Yo veía como comerciantes, señoras de familia, jóvenes con problemas de trabajo o parejas con conflictos, pasaban por

3:21 su casa a distintas horas para pedir favores. Algunos necesitaban curarse un malestar que no querían consultar con un doctor. Otros buscaban ayuda para que un vecino dejara de causarles problemas. Y también había quienes querían que alguien más sintiera las consecuencias de una falta. Todo eso sucedía en silencio, con visitas rápidas que nadie comentaba en voz alta. Pero era evidente que mucha gente del pueblo dependía de ellas más de lo que aceptaban frente a otros. En esa época, el ambiente social era pesado por la pobreza y por la falta de oportunidades. Las personas trabajaban en lo que encontraban, los jóvenes se iban a otras ciudades y los que se quedaban debían arreglárselas con sueldos pequeños o trabajos inestables.

4:09 Las autoridades locales solo aparecían cuando había elecciones o cuando necesitaban mostrar presencia, pero en los problemas reales no ayudaban. Esa ausencia dejaba un vacío que el grupo de estas mujeres llenaba de manera muy práctica. No se trataba de magia espectacular ni de rituales que provocaran miedo, sino de una red alternativa de poder donde ellas tenían la capacidad de intervenir en conflictos, ajustar situaciones y mantener un orden diferente al oficial. Era una estructura funcional que se sostenía porque la comunidad la necesitaba. Yo llegué a ellas por una situación que hoy entiendo como una combinación de vulnerabilidad y desesperación. Mi familia estaba pasando por un momento complicado, sin dinero suficiente y con discusiones que se repetían cada semana.

5:03 Yo trabajaba ayudando en un puesto de comida en el mercado y allí fue donde una de esas mujeres se fijó en mí. La que tenía el cabello oscuro me observó varias veces antes de acercarse. Una mañana pidió un plato para llevar y mientras yo atendía comenzó a hacerme preguntas como si quisiera conocerme sin rodeos. Me preguntó por mi familia, por el tipo de trabajo que buscaba, por los problemas que tenía en casa y por mi capacidad para guardar secretos. No lo dijo con amenaza, lo dijo con la tranquilidad de alguien que ya sabía la respuesta. Yo no estaba en una posición fuerte. Tenía poca estabilidad, ningún apoyo real y una sensación constante de que estaba desperdiciando mis años jóvenes sin una salida clara. Así que cuando me ofreció la posibilidad de ver cómo trabajaban, no pregunté los detalles. Me dijo que no era un compromiso, solo una invitación para conocer otro tipo de trabajo que podía ayudarme si demostraba que tenía cabeza fría. Aunque sentí desconfianza, también sentí que no tenía muchas otras opciones. Esa noche fui a la casa donde se reunían, ubicada al final de una calle con pocas lámparas y con los perros acostados en los patios como si estuvieran acostumbrados a ver gente entrar y salir sin hacer ruido. Crucé la puerta sin entender por completo por qué había aceptado, y más tarde descubrí que no me habían escogido al azar, porque

6:33 llevaban meses observándome para saber si podía ser útil para lo que hacían. Esa fue la primera vez que entré. sin imaginar que ese paso iba a cambiar todo lo que vino después. La casa donde se reunían no tenía nada especial por fuera, pero por dentro era distinta a cualquier otra construcción del pueblo. Era una casa antigua, con paredes gruesas y un portón de madera que crujía cuando se empujaba, y al cruzarlo se llegaba a un patio amplio con sombra porque un árbol viejo cubría casi toda la superficie. El suelo estaba lleno de tierra compacta y piedras pequeñas, y en las orillas había macetas con plantas que yo no reconocía, algunas secas y otras con hojas muy oscuras. Desde ese patio se podía ver que varias habitaciones permanecían cerradas casi siempre, y cuando una de las mujeres mayores me permitió asomarme por primera vez, noté que adentro guardaban hierbas colgadas del techo. Frascos con líquidos espesos y herramientas de metal que no parecían de cocina ni de trabajo normal. Todo estaba acomodado con cuidado, como si cada cosa tuviera su lugar desde hacía muchos años. La primera etapa de la iniciación era simple en apariencia, pero no lo parecía cuando se estaba ahí adentro. Consistía en observar sin hablar, y lo explicaban como una forma de medir la paciencia y la capacidad de tolerar lo que ellas hacían. No era un encierro, pero tampoco un espacio

8:06 donde una pudiera moverse con libertad. Me pedían que me quedara sentada en un banco junto al muro del patio, mientras ellas hablaban entre sí. Preparaban mezclas, limpiaban recipientes o acomodaban paquetes que llegaban en manos de otras mujeres que visitaban la casa. A veces estaban en silencio largo rato y yo tenía que permanecer quieta, atenta y sin intervenir. Y aunque no era difícil en términos físicos, sí resultaba incómodo porque sentía que cada movimiento era evaluado. Después de varios días así, dijeron que iba a pasar a la siguiente parte. y me entregaron un pequeño costal de tela áspera que pesaba más de lo que imaginé. Dentro había huesos secos de animales, algunos largos que parecían de ave, y otros más gruesos que podrían ser de perro o de gallina, además de fragmentos de piel endurecida que tenían un olor fuerte y cuerdas hechas con fibra vegetal. La mujer más alta habló conmigo y dijo que tenía que armar una figura que representara un cuerpo agazapado, no por motivos decorativos, sino porque eso formaba parte de un ejercicio que ellas consideraban necesario para quien quisiera entrar al grupo.

9:20 No me explicaron ningún significado, solo me dieron las instrucciones exactas sobre cómo acomodar cada pieza. Yo no tenía experiencia con nada parecido, así que trabajé lento al principio, cuidando que los huesos no se rompieran y que las cuerdas sujetaran las uniones donde ellas marcaban. Las texturas eran desagradables y el olor de la piel endurecida hacía que quisiera respirar por la boca, pero sabía que si hacía algún gesto de rechazo podía andar por terminado el proceso. Las mujeres mayores me vigilaban desde distintos puntos del patio, Sin hablar entre ellas, salvo por algunos murmullos que intercambiaban cuando revisaban cómo iba ensamblando la figura. Sentía sus ojos encima, no de forma agresiva, sino como si quisieran confirmar que estaba atenta a cada indicación. Me explicaron que el objetivo de ese ejercicio no era probar habilidad manual, sino medir mi obediencia y mi capacidad para seguir instrucciones sin cuestionarlas.

10:22 Si alguien preguntaba por qué se hacía así o por qué esa figura debía adoptar esa postura, era descartada sin mayor discusión. Decían que dentro del grupo no había espacio para dudas durante el trabajo, porque los favores que la gente pedía requerían precisión y discreción. Yo entendí que no tenía que intentar interpretar nada, solo debía hacer lo que me decían. Mientras trabajaba, escuché que una de ellas mencionó que otras jóvenes habían fallado porque no soportaban los olores ni las texturas. Algunas se habían retirado después de unos minutos, otras habían intentado continuar, pero terminaron dejando caer los huesos cuando la respiración se les agitaba demasiado. Decían que era normal que varias no superaran esa etapa, porque no todas las personas tenían la disposición necesaria para ese tipo de tareas.

11:18 El comentario no era una burla ni un reproche. Lo decían como quien describe un hecho conocido desde hace tiempo. El ambiente durante el ritual era silencioso, con las velas bajas que ellas colocaban en el suelo para iluminar el área donde yo trabajaba. La luz era amarilla y hacía que las sombras del árbol se movieran un poco cuando corría viento desde el patio. Las mujeres mayores se mantenían alrededor, observando sin interrumpirme. Aunque sus murmullos continuos me hacían pensar que estaban evaluando cada decisión que tomaba al amarrar una cuerda o acomodar un hueso. No había música ni cánticos ni nada extraordinario, solo su presencia constante y la sensación de que cada detalle importaba. Cuando terminé la figura, la mujer más pequeña revisó cada parte con sus manos arrugadas, asintió y llamó a otras dos para que me acompañaran.

12:12 Me dijeron que debía llevar lo que había armado a un punto del monte que ellas tenían marcado desde hacía tiempo, y que ahí tendría que enterrarlo para que el proceso quedara completo. Tomé la figura envuelta en un trapo y seguí a las dos mujeres por un camino de terracería que salía del pueblo. Caminamos varios minutos hasta llegar a un claro entre matorrales donde la tierra estaba más blanda. Ellas señalaron un punto y me dieron una pala pequeña. Cabé lo suficiente para que la figura quedara cubierta, y ellas verificaron que no se asomara ninguna parte. No dijeron palabras ceremoniales ni hicieron movimientos especiales. Solo me pidieron que alisara la tierra y que recordara ese lugar porque formaba parte de mi permanencia en el grupo. Cuando regresamos a la casa, las demás mujeres me observaban con una expresión distinta.

13:04 Ya no me veían como una visitante ni como alguien en observación. Me ofrecieron asiento en otro lugar del patio y una taza de té fuerte que usaban para cerrar esa clase de ejercicios. Supe entonces que había sido aceptada y que, desde ese día, empezaban a tratarme como parte de ellas. Con el tiempo, entendí que el grupo no se sostenía solo con los rituales ni con los favores que la gente pedía en secreto. porque esas actividades no daban dinero constante ni permitían mantener la estructura que ellas habían formado. Lo que realmente movía todo era una red pequeña pero bien organizada de marihuana que cultivaban en parcelas escondidas entre los cerros. No eran plantaciones extensas, pero estaban repartidas en lugares difíciles de localizar y las cuidaban con la misma atención con la que mantenían el resto de sus actividades. La hierba no se vendía de forma abierta en el pueblo, sino que se usaba como forma de pago o de intercambio con personas de comunidades cercanas que sabían cómo manejar ese tipo de mercancía sin llamar la atención.

14:13 Ese movimiento generaba ingresos suficientes para que las mujeres mayores mantuvieran el control y para que todas las que participaban tuvieran asegurado su sustento. La marihuana funcionaba como moneda en muchos casos, A veces la cambiaban por comida, animales o herramientas, y en otras ocasiones la enviaban a pueblos donde tenían contactos que les devolvían dinero en efectivo. Lo hacían con discreción, aprovechando que las autoridades casi nunca recorrían esas zonas y que las pocas veces que lo hacían solo buscaban problemas grandes. Lo de ellas era demasiado pequeño para levantar investigaciones, pero lo bastante constante para mantenerlas activas. Sabían cómo secarla, cómo almacenarla en frascos protegidos del calor, y cómo medir las cantidades exactas que entregaban a cada persona que hacía trato con ellas. Yo veía que todo estaba registrado en libretas viejas donde anotaban nombres, fechas, lugares y compromisos que debían cumplirse.

15:14 El grupo funcionaba como un pequeño cartel local, aunque ninguna de ellas lo llamaba así. Cada bruja tenía tareas definidas según su edad y experiencia. Las de mayor edad daban las órdenes. Decidían qué parcelas se cosechaban en cada temporada y quién servía como enlace entre los distintos pueblos. Las mujeres de edad media eran quienes se encargaban del cultivo, la distribución dentro del pueblo y el cobro de las deudas. Las más jóvenes realizaban los trabajos menos visibles como limpiar las hojas, separar las semillas, vigilar los puntos de entrega o acompañar a quienes hacían recorridos largos. Algunas preparaban remedios, otras participaban en rituales y otras mantenían comunicación con mujeres de fuera que dependían de ellas para obtener productos difíciles de conseguir. A mí me asignaron primero como mensajera. Me pedían que llevara recados cortos a casas específicas, casi siempre de noche, porque muchas personas preferían que nadie las viera recibiendo algo de parte del grupo. Después me encargaron entregar productos a personas de confianza que ya tenían tratos establecidos.

16:26 Yo debía llevarlos en una bolsa común, mezclados con verduras o con pan envuelto, para que parecieran compras del mercado. Me daban instrucciones claras sobre qué decir, qué no decir y cómo observar si alguien nos seguía. No era un trabajo peligroso, pero sí exigía discreción y disciplina. Las mujeres mayores repetían constantemente que cualquiera que actuara con descuido ponía en riesgo a todas. Conforme fui entendiendo la estructura interna, noté que no se trataba de improvisación ni de costumbres antiguas, sino de un sistema bien definido donde cada quien sabía su lugar. Las tres mujeres mayores tomaban todas las decisiones importantes.

17:09 Las de mediana edad ejecutaban las órdenes sin discutirlas. y eran las que se encargaban de mover mercancía y resolver problemas que surgían en el camino. Las jóvenes entre las que yo estaba, hacíamos lo que llamaban trabajos menores, pero sabíamos que cualquier error podía sacarnos del grupo sin oportunidad de volver. No había castigos físicos hacia nosotras, aunque sí había expulsiones, y eso era suficiente para entender que no había espacio para fallas. Mucha gente del pueblo les tenía miedo, pero no por magia ni apariciones. Les temían por la capacidad real que tenían de influir en la vida de cualquiera.

17:51 Si una persona no pagaba un favor o si alguien se atrevía a hablar más de lo debido, ellas encontraban la manera de presionarlo, ya fuera retirándole apoyo, impidiendo que otros comerciantes trataran con él o recordándole que las deudas no se olvidaban. Había historias de hombres que intentaron tomar mercancías sin pagar, creyendo que, por ser varones, no se atreverían a pedirles cuentas. Esos hombres terminaron enfrentando problemas sociales que no parecían casuales, como la pérdida de trabajo, la ruptura de acuerdos o la intervención de familiares que preferían mantenerse lejos de un conflicto con ellas. Una vez asistí a una reunión interna, la primera en la que me permitieron estar presente desde el inicio. Las líderes estaban sentadas alrededor de una mesa baja, revisando varias libretas mientras las demás permanecíamos de pie o cerca de las paredes. Hablaban de deudas acumuladas, de favores que no habían sido pagados y de conflictos recientes con dos hombres que habían tomado mercancía con la promesa de devolver el dinero en tres semanas.

18:58 Las notas mostraban que uno de ellos ya debía varias entregas pasadas y que el otro había mentido sobre su capacidad para revender la mota en otro pueblo. Las mujeres mayores discutían qué medidas tomar sin levantar sospechas y comentaban que no podían permitir que esos comportamientos se extendieran. Porque perderían el control que habían mantenido durante tantos años. En esa reunión fue cuando escuché por primera vez que había que organizar una respuesta para recuperar lo que era suyo. No hablaron de golpes ni de violencia directa, pero sí de acciones coordinadas para presionar a los deudores usando el conocimiento que tenían de sus familias, trabajos y movimientos cotidianos.

19:43 Yo permanecí callada, observando cómo cada decisión se tomaba con calma y sin mostrar enojo, como si estuvieran revisando un inventario. Esa reunión marcó el inicio de mi participación en algo que hasta entonces no imaginaba. Una de esas deudas llevó a un ataque organizado por varias de las mujeres, y esa sería la primera vez que me pidieron participar directamente en una operación, donde el propósito no era entregar ni recibir, sino intervenir para que entendieran que las promesas con ellas no podían romperse. El primer ataque en el que participé ocurrió por una deuda que ya llevaba meses acumulándose. Tres hombres del pueblo habían tomado mercancía con la promesa de pagar en dos semanas, pero después se escondieron. Cambiaron de lugar donde dormían y evitaban pasar por el mercado o por la plaza. Las mujeres mayores ya habían enviado recados, advertencias y recordatorios por medio de otras personas, pero ellos seguían sin presentarse. No eran hombres peligrosos, solo confiados y acostumbrados a que nadie les exigiera cumplir nada. cuando una de las líderes dijo que era momento de darles un aviso supe que iba a presenciar algo distinto a los trabajos que había hecho hasta entonces ese aviso consistía en usar botellas preparadas con sustancias que ellas mezclaban desde hacía años no eran brebajes mágicos ni líquidos imposibles de encontrar eran mezclas de hierbas trituradas cenizas finas y aceites rancios

21:17 que guardaban en frascos sellados Su efecto no era matar ni causar daño irreparable, sino provocar irritación severa en la piel, mareos y olores tan penetrantes que podían mantenerse en la ropa y en el cabello durante días. Las botellas no eran armas, eran herramientas de presión que ellas utilizaban cuando las palabras ya no funcionaban. Ese día me dejaron ver la preparación completa. Calentaron los aceites en una olla vieja que usaban solo para eso. Y cuando empezaron a soltar un olor fuerte, agregaron los ingredientes poco a poco. Una de las mujeres mayores supervisaba cada movimiento. Las de mediana edad machacaban las hierbas con piedras lisas, mientras otra vertía ceniza tomada de una caja que guardaban en un cuarto cerrado.

22:07 Después llenaron frascos pequeños que agitaban hasta que la mezcla tomaba una consistencia espesa. Cada botella debía prepararse siguiendo reglas exactas. sin cambiar proporciones y sin improvisar. Porque ellas afirmaban que cualquier desorden en la receta podía hacer la mezcla demasiado débil o demasiado agresiva. Todo se hacía con calma, sin ruidos y sin hablar más de lo necesario. Mientras observaba, entendí que para ellas esto no tenía nada de sobrenatural. No esperaban que un espíritu actuara ni invocaban a nadie. Todo se basaba en el comportamiento de los ingredientes, en el olor que producían y en la reacción que provocaban cuando se rompían contra una superficie. Decían que lo importante era el efecto psicológico, el mareo, la sensación de asfixia, la piel irritada y el olor rancio que impregnaba todo.

23:04 Eso bastaba para que cualquiera entendiera que había sido alcanzado por el grupo y que no sería la última vez si seguían evitando el pago. La reunión para organizar el ataque fue breve. Éramos cinco mujeres, incluyendo a dos de mediana edad que ya tenían experiencia en ese tipo de acciones. Yo formaba parte de la caminata porque necesitaban a alguien que cargara una parte de las botellas y que se mantuviera alerta mientras las demás se acercaban a la casa. El punto donde se escondían los hombres era una construcción abandonada en las afueras del pueblo. Una casa sin ventanas completas y sin puertas, donde ellos se reunían a beber por las noches creyendo que nadie los encontraba. Salimos cuando ya estaba oscuro. Caminamos por caminos de tierra que bordeaban los solares vacíos, manteniéndonos siempre juntas. Las mujeres mayores no fueron, pero dejaron instrucciones precisas sobre cómo actuar y en qué orden romper las botellas. Cuando llegamos, se escuchaban risas y el ruido de botellas chocando dentro de la casa abandonada.

24:10 Una de las mujeres más experimentadas asomó la cabeza por un costado para confirmar que eran ellos, y luego nos organizó alrededor de las paredes. Cuando dieron la señal, cada una lanzó una botella contra superficies estratégicas. Yo vi como una mujer rompía una contra una ventana rota, mientras otra la estrellaba contra la pared cerca de la puerta. El olor salió de inmediato. Era agrio, espeso, casi pegajoso en el aire. Las botellas no ardían ni explotaban, solo soltaron una nube de vapores que se esparció con rapidez hacia el interior. Los hombres tardaron unos segundos en reaccionar, pero cuando el olor se acumuló comenzaron a toser y a gritar.

24:55 Uno salió tambaleándose con los ojos llorosos buscando aire, otro tropezó en la salida y cayó en la tierra, tratando de limpiarse la camisa porque la mezcla se le había impregnado en las mangas. El tercero salió vomitando y pidiendo agua mientras sacudía la cabeza como si eso le ayudara a despejarse. Nosotras nos mantuvimos a distancia, observando sin hablar. No necesitábamos acercarnos porque la mezcla hacía todo el trabajo. Los hombres estaban desorientados y asustados, convencidos de que algo grave les había caído encima. No sabían qué era, pero entendían quién lo había enviado. No buscábamos hacerles daño permanente ni lastimarlos más allá del aviso. El propósito era humillarlos para que pagaran y para que recordaran que nadie podía tomar mercancía del grupo sin cumplir lo acordado. Cuando se alejaron corriendo hacia el arroyo, nosotras regresamos por el mismo camino por el que habíamos llegado. No celebramos ni comentamos el resultado, porque para ellas era una operación más dentro de las muchas que realizaban para mantener el control del negocio y la disciplina dentro del pueblo. Al día siguiente, antes del mediodía, los tres hombres se presentaron en la casa de una de las mujeres mayores. Tenían bolsas con dinero, la cabeza baja y la ropa todavía impregnada de olor.

26:20 Pagaron sin discutir y se fueron del pueblo por varias semanas. Nadie preguntó dónde habían estado. Ese fue el momento en que entendí que el grupo no funcionaba como un círculo de brujas tradicionales, sino como una organización completa donde cada acción tenía consecuencias y donde yo ya estaba involucrada más allá de cualquier regreso posible. Con los años entendí que seguir dentro del grupo tenía un costo que no había notado cuando era joven. Al principio me parecía emocionante tener un lugar ahí, sentir que tenía una función clara y que podía sostenerme sin depender de nadie. Pero con el tiempo todo lo que hacía giraba alrededor de ellas. Ya no veía a mi familia con frecuencia porque mis horarios estaban dominados por las entregas, las reuniones o los trabajos que me asignaban. Cuando pasaba por la plaza o por el mercado, la gente ya no me reconocía por mi nombre, sino como una mujer del grupo, y aunque nadie lo decía abiertamente, notaba que algunos se movían para no cruzarse conmigo.

27:27 No era rechazo directo, pero sí una distancia que me recordaba que mi vida se había reducido a eso. Hubo un momento particular que cambió mi manera de ver lo que estaba haciendo. Una de las líderes me llamó para hablar a solas y me pidió que me encargara de observar a una joven que ayudaba en un puesto de comida. Quería que la evaluara igual que ellas me habían evaluado a mí cuando tenía la misma edad. y que revisara si la joven tenía disposición para trabajar con ellas. Mientras me daba las instrucciones, sentí una incomodidad que no había sentido antes. No era miedo ni duda sobre la joven, sino un reconocimiento claro de que estaba repitiendo el ciclo que a mí me había atrapado cuando era vulnerable. Recordé cómo me habían observado durante meses sin que yo lo supiera y cómo había aceptado su invitación porque no veía alternativas.

28:25 Entendí que estaba a punto de hacer lo mismo con alguien que, quizás, también atravesaba un momento difícil. Ese pensamiento fue suficiente para cuestionar todo lo que había hecho en los últimos años. Me di cuenta de que ya no compartía los métodos del grupo. No quería seguir participando en castigos ni en la distribución de mercancía, porque sabía que de eso me mantenía lejos de cualquier posibilidad de una vida distinta. No me agradaba la idea de reclutar a alguien solo porque tenía pocas opciones y necesitaba dinero. Aunque el grupo decía que ayudaba a quienes entraban, también sabía que no era un lugar del que se pudiera salir fácilmente sin una transición cuidadosa. Decidí empezar a alejarme, no con una confrontación directa, sino evitando ciertas tareas. Primero, dejé de asistir a algunas reuniones internas con la excusa de que tenía problemas familiares que debía atender. Después rechacé encargos pequeños que implicaban recorrer otros pueblos y empecé a buscar trabajo fuera del pueblo para justificar mis ausencias. Un familiar lejano me ofreció quedarme unos días en su casa mientras buscaba ocupación y aproveché esa oportunidad para distanciarme un poco más.

29:41 No corté contacto por completo, pero sí reduje mis visitas a la casa donde el grupo se reunía. Cada semana que pasaba, me sentía menos involucrada y más decidida a no volver a las actividades que antes aceptaba sin pensar. La reacción de las brujas fue más tranquila de lo que esperaba. Ninguna me amenazó ni me cuestionó. Sabían que yo no las había traicionado, que nunca había revelado nombres, métodos ni información delicada. Yo no era una enemiga para ellas, solo era una mujer que había cumplido su función durante algunos años y que ahora quería seguir otro camino. No insistieron en que me quedara porque también entendían que mantener a alguien en contra de su voluntad generaba conflictos internos que podían llamar la atención del pueblo, y eso era algo que evitaban siempre. El silencio con el que aceptaron mi retiro gradual fue su manera de cerrar el asunto sin convertirlo en un problema. El grupo prefería perder a una integrante antes que tener tensiones que complicaran su funcionamiento.

30:47 Ellas decían que el poder del grupo estaba en la estabilidad, en la confianza interna y en la discreción, y yo entendía que mi salida no afectaba esas bases. Otras jóvenes tomaron mi lugar con el tiempo, y las tareas que yo hacía pasaron a manos de mujeres más nuevas. No hubo una despedida formal ni un último encuentro. Simplemente dejé de asistir. Dejé de recibir recados y dejé de participar en decisiones. Cuando regresé a vivir con mis familiares por un periodo más largo, ya no tenía ningún lazo activo con ellas. Con los años me fui alejando por completo, hasta el punto en que ya nadie me relacionaba directamente con el grupo. El pueblo cambió, algunas de las mujeres mayores murieron, y otras se fueron a vivir con hijas o sobrinas. El grupo siguió su camino sin mí, igual que yo seguí el mío sin ellas. Nunca las enfrenté ni quise juzgarlas, porque sabía que todo lo que hacían respondía a la necesidad de sobrevivir en un lugar donde el apoyo oficial era casi inexistente. Muchas personas idealizan la brujería como si fuera un mundo lleno de misterios o la demonizan como si todo fuera maldad. Pero lo que yo viví fue una mezcla de necesidad, poder, miedo y supervivencia.

32:08 Una estructura que funcionaba porque las condiciones del pueblo lo permitían. Ahora que tengo 60 años, lo cuento porque quiero que se entienda que no todo era magia ni fantasía. Y que detrás de cada historia de brujas suele haber una realidad más simple y más dura de lo que la gente imagina. Mi abuelo siempre decía que no tomó la mejor decisión cuando se llevó a mi abuela sin permiso. Me contó que ella quería salirse de su casa, pero que él actuó sin pensar en las consecuencias. Que lo hizo más por impulso. El padre de mi abuela se dio cuenta casi de inmediato y los buscó por todo el pueblo, gritando que, si regresaban, los iba a sacar a golpes y que no quería volver a verlos cerca. Aquella amenaza no quedó como un simple arranque porque la familia de ella tuvo problemas durante semanas por lo que hizo mi abuelo, y esa tensión les pesó desde el principio. Aún así, ambos decidieron alejarse, convencidos de que su única opción era empezar de cero en otro lugar. El padre de mi abuelo tenía un terreno lejos del pueblo, casi pegado al monte, y ahí había una casita de adobe que llevaba abandonada varios años. Era una construcción sencilla, con un pequeño techo de lámina vieja, un cuarto amplio por dentro y un espacio que antes habían usado como cocina. Para llegar se

33:39 necesitaba caminar o viajar en caballo durante bastante tiempo porque el camino era largo. De tierra suelta y con tramos donde apenas se distinguía por donde seguía. No había vecinos cerca y lo único que se escuchaba en esos rumbos era el viento entre los árboles y los animales que pasaban por ahí. Cuando mi abuelo llevó a mi abuela por primera vez, ella se dio cuenta de inmediato de que ese lugar iba a ser solitario. y que no habría nadie que pudiera ayudarlo si algo salía mal. Pero aún así se quedó porque no tenía otra opción y porque confiaba en él. Los primeros días fueron difíciles porque tenían pocas cosas. Mi abuelo salía muy temprano para ir a trabajar en un campo que quedaba a varios kilómetros de distancia. Así que pasaba casi todo el día afuera y regresaba cuando empezaba a oscurecer. Mi abuela se quedaba sola. Lavaba, limpiaba o preparaba comida para la tarde, pero el aislamiento no tardó en afectarle porque estaba acostumbrada a la vida del pueblo, donde siempre había ruido o gente cerca. En esa casa, en medio del monte, lo único que la acompañaba era la sensación de estar lejos de todo. Mi abuelo no lo entendió en ese momento porque tenía la mente ocupada con el trabajo. Pero conforme pasaron las semanas, ella empezó a sentirse más inquieta cuando él no estaba.

35:05 Fue durante esos días que mi abuela comenzó a escuchar cosas alrededor de la casa. Me contó que escuchaba pasos entre las hojas, resoplidos fuertes cerca de la ventana y piedras moviéndose como si alguien las pateara. Se lo mencionó a mi abuelo apenas pudo, pero él lo tomó como algo normal porque en el monte siempre hay animales que se acercan por comida o curiosidad. Pensó en coyotes, en perros que se escapaban de otros ranchos, en tejones, incluso en algún burro perdido. Así que no le dio importancia. Ella insistió porque decía que los pasos se detenían justo frente a la puerta y que el resoplido no sonaba como el de un animal chico. Pero como nunca vio nada, terminó guardándose sus dudas y tratando de seguir con la rutina.

35:53 ella dijo que el primer día que vio al coyote estaba doblando ropa afuera justo antes de que el sol cayera a unos metros detrás de unas ramas notó que algo la miraba desde el monte esperó que se fuera como pasa con cualquier animal que siente presencia humana pero ese no se movió no retrocedió no corrió y tampoco desvió la mirada permaneció ahí con el cuerpo firme y la cabeza ligeramente baja como si estuviera atento a cada movimiento que ella hacía. Mi abuela retrocedió hacia la puerta mientras lo observaba para asegurarse de que no se acercara. Aunque lo que más le llamó la atención no fue que estuviera ahí, sino la manera en que se movió después.

36:38 En vez de darse la vuelta y perderse entre los árboles, avanzó unos pasos hacia un costado, lento y sin prisa, como si no le importara ser visto. Desde ese momento, ella ya no pudo estar tranquila mientras mi abuelo trabajaba. Fue el primer encuentro que recordó toda su vida con miedo. Y, según lo que siempre nos dijo, ese animal nunca estuvo ahí por casualidad. Fue el inicio de algo que marcaría esas tierras y que la acompañó durante muchos años. Mi abuela siempre repetía que los días se le hacían más largos que las noches porque la soledad pesaba más cuando el sol estaba alto y no había nada que ocupara la mente. Mi abuelo salía antes de que amaneciera y regresaba cuando el cielo ya estaba anaranjado. Así que durante casi 12 horas, ella se quedaba sin otra compañía que los ruidos del monte y el sonido del viento moviendo las ramas.

37:32 Fue en esos días cuando el acoso empezó a escalar, porque el coyote regresó una tarde y desde entonces no dejó de aparecer. Ella decía que lo veía desde la ventana, caminando alrededor de la casa a una distancia que no era normal para un animal silvestre, como si estuviera cuidando un perímetro o buscando algo que no encontraba. Ese comportamiento se repitió varias veces. Algunas mañanas mi abuela lo veía acostado a un lado del corral, tranquilo, como si esperara a que ella saliera. Y cuando ella lo hacía, él se levantaba y caminaba despacio en círculos. Nunca intentó comerse una gallina, ni acercarse a la letrina, ni meterse a la cocina que usaban afuera, algo que cualquier coyote haría si estuviera hambriento. Ella le aventó piedras desde la puerta para que se fuera, pero él no retrocedió ni un paso, solo movió la cabeza hacia un lado como si buscara otro ángulo para verla mejor. Ese detalle siempre lo mencionaba mi abuela, porque decía que no sentía que el animal actuara por instinto, sino por intención, y eso la inquietaba más que cualquier amenaza física. Con el paso de los días trató de ignorarlo. Aunque la presencia del animal se volvía más pesada porque ya no solo la miraba a ella, sino que parecía enfocarse en puntos específicos de la casa.

39:01 Mi abuela aseguraba que había momentos en los que el coyote movía las orejas hacia atrás, fijaba la mirada lejos de la ventana y se quedaba quieto, como si escuchara órdenes que venían de algún lugar del monte. Esa idea la atormentó porque entendió que no se trataba de un simple animal curioso, sino de algo que actuaba de manera distinta no sabía explicarlo bien pero esa conducta no parecía natural el primer indicio claro de que había algo peor ocurrió una tarde mientras ella estaba lavando trastes escuchó pasos detrás de la casa pasos que no correspondían al andar de un animal porque eran firmes y pesados del tipo que hace una persona cuando pisa suelo de tierra Ella tomó valor para asomarse por la ventana lateral y no encontró a nadie moviéndose atrás, pero ahí estaba el coyote, parado junto a la pared, mirando fijamente hacia el punto donde ella había escuchado caminar. No se movió ni un segundo, ni levantó la cabeza cuando ella lo observó, como si estuviera atento a algo que ella no podía ver. Ese día, mi abuela sintió el impulso de cerrar todas las ventanas y quedarse dentro hasta que anocheció. Cuando mi abuelo regresó esa noche, ella le contó todo como pudo, intentando no sonar desesperada, pero aún así él notó el temblor en sus manos. Al principio pensó que tal vez ella estaba cansada o demasiado sola, pero empezó a creerle cuando un

40:33 par de días después encontró marcas alrededor de la casa. Decía que eran huellas poco profundas que rodeaban la construcción en una línea irregular, como si alguien hubiera estado caminando en círculos durante la madrugada. Y lo que más lo alertó fue que estaban frescas, con la forma del pie marcada de manera clara. Mi abuela ya se sentía intimidada antes de eso, pero después las noches se hicieron más difíciles porque la idea de quedarse sola mientras mi abuelo estaba lejos se volvió insoportable. Ella trataba de no mostrarlo frente a él para que no dejara el trabajo, pero me confesó una vez que llegó a llorar en silencio mientras barría o mientras ordenaba la ropa, porque desde que el coyote empezó a aparecer no podía dejar de pensar que algo la estaba vigilando. No era una mujer fantasiosa ni débil. Había enfrentado problemas serios cuando se fue de su casa, pero aún así ese animal la hacía sentirse vulnerable de una forma distinta. El momento más tenso ocurrió un mediodía cuando el coyote se acercó más de lo habitual y comenzó a rasgar la puerta con las patas.

41:46 Mi abuela estaba adentro preparando comida y escuchó el golpe de las uñas contra la madera. Se quedó quieta y pensó que el animal se alejaría, pero el rasguño se volvió más fuerte y desesperado, como si buscara abrir un hueco para entrar. Ella reaccionó empujando la mesa hacia la entrada para trabarla, mientras seguía escuchando como la madera cedía de a poco. Me contó que sentía la vibración en el piso y que el ruido la hacía retroceder sin saber qué más hacer. El coyote estuvo así durante varios minutos, arañando y empujando, hasta que de repente dejó de insistir y se alejó caminando como si nada. Cuando mi abuelo volvió esa tarde, encontró los rasguños en la puerta y la mesa movida. Y esa fue la primera vez que entendió que la situación se había salido del control de ambos.

42:37 Dijo que no podía dejar las cosas así y que necesitaba enfrentar lo que fuera que estuviera rondando la casa. Mi abuelo siempre decía que nunca había tenido que lidiar con un animal grande antes de aquello. y que lo único que sabía hacer eran trampas sencillas para conejos y aves. Así que, cuando decidió enfrentar lo que rondaba la casa, tuvo que improvisar con lo que tenía a la mano. Me contó que pasó parte de la mañana cortando ramas resistentes, midiendo cuerdas viejas y juntando piedras que pudiera usar como peso. Su intención no era lastimar a nadie, sino detener al coyote el tiempo suficiente para entender qué estaba pasando. porque ya no podía ignorar los rasguños en la puerta ni el miedo de mi abuela. Esa mezcla de urgencia y desconocimiento lo llevó a fabricar trampas rudimentarias que según él no sabía si funcionarían, pero que tenía que intentar porque era la única manera de recuperar un poco de control sobre lo que ellos estaban viviendo. Colocó tres trampas alrededor de la casa, una cerca del corral, otra detrás de la cocina de adobe y la última pegada a un árbol donde mi abuela había visto al coyote más de una vez. Las distribuyó pensando en los puntos donde el animal solía aparecer, observando las huellas, los caminos de tierra y las marcas frescas que había encontrado días antes. Ató las cuerdas de manera que, si un animal grande las pisaba,

44:10 se tensaran y levantaran las piedras con fuerza suficiente, para atraparlo por una pata o para detenerlo unos minutos. Me explicó que no era un sistema perfecto ni seguro, pero que era lo mejor que podía hacer en ese momento. Esa tarde mi abuela se quedó sola otra vez, aunque esta vez sentía que algo distinto estaba pasando afuera porque escuchaba como el coyote rondaba la casa con más insistencia que antes. Caminaba sobre las hojas secas, golpeaba ramas y parecía acercarse más de lo que lo había hecho en días anteriores. Pero ninguna de las trampas se accionaba. Ella se asomó varias veces por las ventanas pequeñas, esperando ver alguna señal. Pero el animal parecía evitar cada punto donde mi abuelo había trabajado. Eso aumentó la tensión porque sentía que el coyote sabía exactamente por dónde no debía pasar.

45:04 Como si pudiera distinguir el peligro de manera precisa. Mi abuela dijo que esa tarde sintió un tipo de presión distinta, como si el animal estuviera probando los límites y observando la casa con más intención que antes. Hubo un momento que ella siempre recordaba. Mientras barría el piso de la entrada, notó que el monte se había quedado completamente callado. No escuchó pájaros ni insectos ni el movimiento del viento entre las ramas. Y ese silencio la dejó al tanto porque sabía que los animales suelen callarse cuando algo los asusta. En ese momento, una piedra golpeó una de las paredes de adobe con un impacto fuerte que hizo vibrar la madera del marco de la puerta. No fue un ruido pequeño.

45:50 Sonó a piedra grande lanzada con fuerza desde una distancia corta, como si alguien hubiera apuntado directamente hacia la casa. Mi abuela se quedó quieta. Respirando despacio mientras intentaba escuchar si alguien se movía afuera, pero lo único que pudo distinguir fue el sonido de pasos ligeros alejándose entre la tierra. No podía asegurar si era el coyote o algo más, y eso la inquietó más que el golpe mismo. Esa noche decidieron dormir juntos porque ambos sabían que el acoso estaba llegando a un punto que ya no podían ignorar. Mi abuelo colocó la lámpara de petróleo junto a la cama para tenerla lista si algo pasaba y dejó la escopeta recargada en un rincón donde pudiera alcanzarla rápido. No era hombre de estar armado dentro de la casa. pero la situación lo obligó a tomar precauciones porque cada detalle indicaba que algo estaba avanzando hacia ellos. Mi abuela intentó dormir, aunque el cansancio y la tensión acumulada hacían que cualquier ruido la hiciera abrir los ojos. A medianoche escucharon como una de las trampas se activaba. El sonido fue claro porque la cuerda tensada seguido de un gruñido que retumbó entre los árboles luego escucharon arrastres, golpes repetidos y la respiración agitada del animal mi abuelo se levantó de inmediato, tomó la lámpara la encendió con una mano y le

47:23 pidió a mi abuela que se quedara detrás de él mientras avanzaban hacia el origen del ruido ella caminó cerca, moviéndose con cuidado observando la luz amarilla que se proyectaba sobre el monte Cuando llegaron al sitio donde habían colocado la trampa detrás de la cocina, iluminaron el terreno y vieron al coyote atrapado por una pata. La cuerda estaba tensa y la piedra levantada, deteniendo al animal sin dejarlo avanzar. Lo que más llamó su atención no fue que estuviera atrapado, sino la postura. El coyote no se retorcía, ni intentaba huir, ni forcejeaba para soltarse. Permanecía quieto, respirando fuerte, con los ojos fijos hacia un punto oscuro del monte a pocos metros de la casa. No miraba a mi abuelo ni a mi abuela. No buscaba liberarse ni atacaba la cuerda.

48:15 Solo observaba un espacio vacío entre los árboles, como si esperara algo. Esa imagen los dejó en silencio porque entendieron que la trampa no había detenido el verdadero problema, sino que apenas les revelaba que había algo más moviéndose en la oscuridad. Mi abuelo siempre explicaba que la lámpara de petróleo no iluminaba mucho, apenas unos metros adelante, pero que esa luz tenue fue suficiente para mostrarles que no estaban solos en el monte. Mientras él sostenía la lámpara y observaba al coyote atrapado, notó una sombra inmóvil a unos pasos de distancia. Levantó un poco la lámpara para aclarar la figura y entonces vio que era una mujer, de pie, observándolos desde el límite de la luz como si hubiera estado ahí desde hacía tiempo. Mi abuela fue la primera en jalarlo del brazo, porque se dio cuenta de un detalle que a él le costó aceptar en ese momento.

49:15 La mujer no estaba sobre el suelo, sino suspendida unos centímetros por encima. El cuerpo permanecía rígido, sin agitar brazos ni piernas, sin buscar equilibrio ni mostrar esfuerzo. No respiraba de forma visible ni inclinaba la cabeza. Solo estaba ahí, suspendida, sin reaccionar a la luz que la alcanzaba a medias. El coyote atrapado dejó de gruñir apenas la figura apareció. Su respiración se volvió irregular y comenzó a temblar como si la cuerda que lo retenía ya no fuera lo que lo mantenía quieto. No intentó soltarse ni girarse hacia mis abuelos. Solo mantuvo la mirada fija hacia la mujer, igual que lo había hecho cuando estaba libre y observaba puntos invisibles del monte. Ese temblor del animal hizo que mi abuela retrocediera dos pasos porque entendió que lo que fuera que estuviera ahí no era una simple presencia humana.

50:11 Lo que más asustó a mis abuelos ocurrió en ese instante. La silueta de la mujer retrocedió sin caminar, no dobló rodillas ni inclinó el cuerpo hacia atrás, solo se deslizó en línea recta, como si la arrastraran suavemente sin tocar el suelo. El movimiento fue lento, constante y sin ruido. La lámpara mostraba cómo su figura se alejaba sin perder la postura rígida. No había un balanceo natural ni un cambio en los brazos. Era un desplazamiento limpio, sin señales de esfuerzo. Mi abuela empezó a llorar en cuanto vio el movimiento. Se agarró del brazo de mi abuelo y tiró de él para que regresaran a la casa. Él no discutió ni trató de entender más. Caminó rápido sin dejar de mirar hacia donde la figura se movía entre los árboles. Los gruñidos del coyote se escuchaban cada vez más lejos. Cuando llegaron a la entrada de la casa, mi abuelo empujó la puerta, metió a mi abuela, trabó la mesa contra la madera y apagó la lámpara. Pasaron la noche en vela, sentados en la cama, escuchando pasos en la tierra y gruñidos que volvían por momentos y luego se alejaban. A veces parecía que los pasos eran de una persona caminando cerca de las paredes. Y otras veces sonaban más pesados, como si fueran varios movimientos distintos alrededor.

51:33 No tenían forma de saber qué estaba pasando afuera porque las ventanas eran pequeñas y no querían levantar la lámpara para revisar. Solo se quedaron ahí, respirando despacio y esperando que la noche avanzara hasta el amanecer. Esa fue la noche en que mi abuelo decidió que no podían seguir viviendo en el monte. Entendió que lo que habían visto no iba a detenerse y que la casa ya no era un refugio seguro para ninguno de los dos. A la mañana siguiente, mi abuelo despertó con la misma sensación de que había tenido toda la noche. Apenas entró un poco de luz por la ventana, se levantó para revisar afuera y notó que había huellas alrededor de la casa.

52:15 pero no sabía si eran del coyote o de algo más. Mi abuela estaba sentada en la cama. Tomaron la decisión de empacar lo poco que tenían sin perder tiempo. Guardaron ropa, algunos utensilios, un par de mantas y la lámpara que les había acompañado desde que llegaron. No hablaron casi nada mientras recogían porque la tensión seguía presente y cada ruido del monte los hacía detenerse para escuchar. Salieron cuando el sol ya estaba un poco más alto, siguiendo el camino de tierra que llevaba al pueblo. Mi abuelo iba adelante cargando una de las bolsas y mi abuela caminaba pegada a él, mirando hacia los lados con los ojos muy abiertos.

52:59 No habían avanzado ni un kilómetro cuando escucharon ramas quebrarse entre los arbustos que seguían en paralelo al camino. No era el paso de un animal pequeño, sino un movimiento constante que acompañaba su marcha, como si algo lo siguiera manteniendo la misma distancia. No vieron al coyote en ningún momento, pero el sonido aparecía a ratos, cerca de una cañada o detrás de un tronco caído. Y eso bastó para que apresuraran el paso sin atreverse a correr porque no querían mostrar miedo. Cuando por fin llegaron al pueblo, mi abuelo decidió que lo mejor era ir directamente a la casa del padre de mi abuela. Sabía que enfrentarlo sería difícil y que, desde la fuga, todo había quedado pendiente.

53:47 Pero también sabía que necesitaban un lugar seguro donde descansar. La tensión acumulada desde que se fueron del monte se mezcló con el temor de que el papá de ella los corriera a golpes o les cerrara la puerta. Caminaban directo hacia la entrada sin saber si recibirían ayuda o rechazo, con la esperanza de que la familia pudiera darles refugio por lo menos unos días. El padre de mi abuela salió enojado desde el momento en que los vio llegar. La voz le temblaba de coraje y sus palabras eran las mismas amenazas que había lanzado el día en que mi abuelo se la llevó. Avanzó hacia ellos reclamando por la huida, por la vergüenza que habían causado y por el desorden que dejaron en casa. Mi abuelo se mantuvo escuchando.

54:34 dejando que el hombre descargara lo que sentía, mientras mi abuela se acomodaba detrás de él sin poder controlar el temblor de sus manos. La situación pudo haberse salido de control de inmediato, pero la abuela intervino antes de que la discusión subiera más de tono. Ella empezó a llorar mientras explicaba lo que habían vivido esas semanas en el monte. Le contó al padre sobre el coyote que la seguía, las trampas que colocó mi abuelo, los rasguños en la puerta del adobe y la figura de la mujer suspendida en la oscuridad. Su voz se quebraba cuando decía que no podía volver a quedarse sola en una casa tan alejada, que no se sentía segura y que lo único que quería era descansar. El padre se quedó en silencio al verlos tan alterados. No sabía qué creer porque las palabras sonaban imposibles. Después de unos minutos decidió no echarlos, aunque tampoco dijo que creyera en todo lo que contaron. Les permitió quedarse en un cuarto del patio para que se calmaran y pensaran qué harían después. Solo abrió la puerta y dejó que descansaran. Conocí a mi novia hace casi un año. Me llamó la atención porque le gustaban los temas de brujería y cosas antiguas. Aunque al inicio pensé que solo era parte de su estética, como quien colecciona velas de colores, collares con figuras raras o cuadernos viejos

56:05 con dibujos que parecen símbolos. Nunca vi nada realmente serio en eso porque muchas personas tienen gustos parecidos y no pasa de ahí, así que no me preocupé. Yo sí creo en esas cosas, crecí escuchando historias y siempre he tenido cierta prudencia con temas que no entiendo por completo. Pero aún así, controlo ese miedo y lo guardo porque estoy convencido de que la mayoría exagera y que no puedes vivir con la idea de que todo lo extraño es peligroso. No era paranoico, solo precavido. Y al empezar la relación, lo tenía muy presente para no dejar que mis suposiciones afectaran algo que parecía normal. Las primeras cosas que ella hacía eran lo que cualquiera consideraría un juego.

56:53 Encendía velas aromáticas que olían a vainilla o canela, no las negras que conocería después. Le leía las cartas del tarot a sus amigas y lo hacía entre risas porque decía que solo era para entretenerlas. Tenía un par de cuadernos donde anotaba sueños o cosas que quería manifestar, como le llaman ahora. Guardaba frascos con flores secas que parecían compradas en un mercado de artesanías, y hacía pequeños rituales que yo veía como dinámicas de relajación más que otra cosa. Nunca dudé ni me incomodó nada de eso, porque lo veía casi terapéutico, y ella misma solía bromear sobre lo exagerados que son algunos videos que se ven en internet.

57:36 Con las semanas empecé a notar cambios que no parecían graves al principio, pero que al recordar en conjunto marcaron el inicio de todo. Dejó de reírse de sus propios rituales y empezó a encender velas negras en vez de las que hacían olor agradable. Guardaba frascos con hierbas que no parecían de tienda, plantas secas que no reconocía y que no tenían un olor normal, ni bueno ni malo, solo extraño. También comenzó a apagar las luces y quedarse sentada en el piso durante largos ratos como si esperara algo. Y aunque tampoco era algo alarmante en ese momento, sí me llamó la atención la seriedad con la que empezó a ver las cosas que antes trataba como un pasatiempo.

58:20 Hubo una noche que marcó un antes y un después porque la encontré sentada en el piso de su cuarto, rodeada de esas velas negras, murmurando algo que parecía un rezo en un idioma que nunca había escuchado. No era latín ni nada parecido a lo que uno imagina cuando piensa en rituales. Sonaba cortado, como si las palabras se formaran con esfuerzo. Cuando me acerqué, se sobresaltó y me dijo que era parte de un camino espiritual que estaba tratando de comprender. Que no me preocupara. Su voz temblaba, aunque intentó verse tranquila. Ahí empecé a pensar que ya no estaba solo jugando a la bruja. Con el tiempo pasó más horas sola. Cerraba la puerta de su cuarto con llave aunque yo estuviera afuera y decía que estaba aprendiendo algo nuevo, pero nunca explicó qué. Empezó a traer objetos que no le conocía, cuencos metálicos que parecían antiguos, plumas que claramente habían sido quemadas, recipientes con tierra que decía haber traído de un cerro. A veces tenía manchas oscuras en las uñas como si hubiera estado escarbando. Decía que estaba bien y que no había razón para meterse en lo que cada quien hace para sentirse mejor, pero lo decía sin mirarme directamente y con un tono muy distinto al que usaba cuando empezamos a salir. Una noche escuché pasos dentro de su cuarto, pasos lentos, muy marcados, como de alguien que recorre la habitación de un extremo

59:52 a otro. Ella no estaba en casa porque había salido con una amiga y eso me obligó a levantarme. Abrí la puerta sin hacer ruido y no vi a nadie. Todo estaba ordenado, pero el olor a incienso quemado era tan intenso que me ardieron los ojos y tuve que salir. Cerré la puerta y me quedé quieto en el pasillo mientras pensaba si era buena idea seguir preguntando o si debía dejarlo pasar. aunque sabía que no estaba imaginando nada porque el olor impregnó mis manos. A partir de esos días dejó de comer a sus horas. Cuando le preguntaba decía que no sentía hambre y que su cuerpo estaba cambiando según lo que estaba practicando, aunque nunca explicó de qué hablaba. Sus manos siempre estaban frías, incluso cuando hacía calor.

1:00:41 Me daba cuenta cuando me tomaba del brazo porque su tacto era tan helado que me hacía tensar los músculos. Empezó a dibujar símbolos en hojas sueltas, figuras hechas con líneas torcidas y rutas que parecían marcar algo, pero no eran pentagramas ni diseños típicos de Internet. Parecían mapas sin ciudades, caminos sin destinos claros. Una tarde me pidió que, si alguna vez la escuchaba hablar sola, no la interrumpiera porque, según ella, rompería un proceso importante. Lo dijo mirando el papel donde hacía los dibujos y sin levantar la vista. Fue la primera vez en toda la relación en la que sentí miedo real de lo que estaba ocurriendo. Y también la primera vez que pensé que tal vez ya no estaba siguiendo un juego ni una moda, sino un camino que no podía entender y que estaba empezando a absorberla de una manera que no sabía si era voluntaria o no. Una tarde, encontré en su mueble una lista escrita a mano con palabras que no tenían sentido para mí. Decía, puerta del sueño, cambio y ver. Eran tres líneas separadas, sin dibujos ni explicaciones. La letra era de ella. y se notaba que había escrito rápido, como si no quisiera perder la idea. Cuando le pregunté qué significaba, me dijo que estaba preparándose para un ritual de visión que haría sola porque yo no estaba listo para eso. Se lo dije sin rodeos, que lo dejara, que no tenía por

1:02:13 qué meterse en cosas que no entendía. Pero ella respondió que ya había tomado la decisión y que no pensaba detenerse por mis miedos. No se enojó ni alzó la voz. Lo dijo como si estuviera explicando una tarea pendiente que no podía posponer. Desde esos días comenzó a quedarse despierta hasta las cuatro o cinco de la madrugada. Yo intentaba dormir, pero era imposible porque la escuchaba murmurar palabras que no lograba descifrar mientras movía sillas. Raspaba el piso con algo que no entendía y abría y cerraba frascos como si estuviera preparando algo que no quería que nadie más viera.

1:02:53 A veces el olor de los frascos llegaba a mi cuarto y me provocaba dolor de cabeza. No era incienso ni nada parecido. Era un olor frío, como tierra húmeda guardada demasiado tiempo. Cuando intentaba acercarme para preguntarle si necesitaba algo, ella se quedaba en silencio hasta que yo me alejaba otra vez. Una noche toqué su puerta porque llevaba más de tres horas escuchando ruidos que no lograba identificar. Le pedí que abriera y ella respondió con una voz ronca, tan distinta a la suya que me hizo retroceder. Me dijo que la dejara sola y que no interrumpiera. La voz no sonaba natural, era grave y forzada. Me quedé de pie en el pasillo sin saber si volver a golpear o esperar. Al final no volví a tocar porque me pareció que empujar más la situación solo la haría encerrarse todavía más en lo que estaba haciendo. Pasaron casi dos horas antes de que saliera del cuarto. Tenía los ojos muy rojos, como si hubiera llorado durante mucho tiempo o como si no hubiera dormido en días. No dijo nada al principio y solo caminó hacia la cocina para tomar agua. Le pregunté qué estaba pasando y respondió que estaba cerca, aunque no explicó de qué. Lo dijo con el mismo tono que se usa cuando uno está a punto de terminar un trabajo importante. Hubo un momento que me dejó con la idea clara de que ya no estaba midiendo la gravedad de sus actos. Dejó una vela encendida dentro del clóset, rodeada de papeles con símbolos que

1:04:26 ella misma dibujaba. La encontré porque olía a cera caliente y temí que prendiera algo. La apagué de inmediato y discutimos. Le dije que podría provocar un incendio y que no podía dejar una vela en un lugar cerrado. Ella respondió que era necesario para que la escuchen. No especificó quiénes, solo lo dijo con una seguridad que me inquietó más que el fuego mismo. No era un juego para ella, nada de lo que estaba haciendo lo era ya. Su cuerpo empezó a deteriorarse. perdió peso sin proponérselo, sus mejillas se hundieron un poco y tenía temblores leves cuando sostenía un vaso o una cuchara, sus pupilas se dilataban sin razón, a plena luz del día se le veían tan abiertas que parecía no enfocar bien, llegué a pensar que se estaba metiendo en drogas, pero cuando se lo dije lo negó por completo y me pidió que no volviera a mencionarlo, Lo hizo con una voz cansada, no molesta, como si llevar esa conversación la distrajera de lo que realmente quería hacer.

1:05:32 Una noche escuché que hablaba como si hubiera alguien con ella. No eran palabras sueltas ni susurros aislados. Era una conversación pausada y firme. Las respuestas parecían dirigidas a una presencia que yo no podía oír. Me levanté sin pensarlo y entré a su cuarto. Estaba sola, sentada en el piso. mirando un punto fijo de la pared. No reaccionó cuando la llamé por su nombre. Solo giró la cabeza unos segundos después y me dijo que todo iba avanzando. Luego se acostó sin decir más. Ese día entendí que ya no estaba compartiendo conmigo lo que hacía. Se estaba guardando todo y se volvía más hermética cada vez que intentaba preguntarle algo. Cuando insistía, solo respondía que pronto entendería por qué.

1:06:21 La última semana antes del incidente final fue la más pesada. Ella empezó a evitar el sol. Mantenía las cortinas cerradas todo el día y decía que la luz interrumpía el tránsito. No explicó qué tránsito ni hacia dónde. Sus brazos tenían marcas como rasguños superficiales. Cuando le pregunté de dónde salieron, dijo que había sido el gato. Pero no teníamos ningún gato ni habíamos visto uno cerca. La forma de los rasguños no parecía fortuita. Eran líneas cortas y paralelas, como si las hubiera hecho ella misma, o como si algo hubiera pasado por su piel con cuidado suficiente para no abrirla del todo. Yo empecé a dormir mal porque tenía la sensación de que algo se estaba acumulando y que ella estaba empujando todo hacia un punto del que no iba a haber vuelta atrás. No sabía qué hacer sin provocar que explotara o me corriera de su vida. Pero tampoco podía quedarme sentado viendo cómo se hundía en algo que no lograba comprender. Esa incertidumbre me acompañó cada noche mientras escuchaba desde mi cuarto los murmullos apagados que parecían volverse más constantes conforme pasaban los días. La noche del incidente llegué a la casa un poco más tarde de lo normal porque tuve que quedarme resuelto en el trabajo.

1:07:43 Y lo primero que noté fue que la puerta del cuarto de ella estaba medio abierta. Eso no ocurría desde hacía semanas porque siempre la mantenía cerrada con seguro. Me quedé en el pasillo unos segundos tratando de escuchar algún ruido, pero no se oía nada, así que empujé la puerta con cuidado para ver si estaba dormida o si había salido y había olvidado cerrarla, aunque sabía que eso era imposible porque para ella ese cuarto se había convertido en el centro de todo lo que estaba haciendo. La luz estaba apagada y solo se veía la claridad tenue de una vela encendida, lo suficiente para distinguir su cuerpo tirado en el piso. Estaba boca arriba, con las piernas dobladas y el brazo derecho extendido hacia el mueble donde tenía sus papeles. Su respiración era irregular como si le costara mantenerla, y su piel se sentía muy fría cuando toqué su frente.

1:08:40 Las manos las tenía manchadas con algo que parecía tierra mezclada con cera derretida. La vela estaba sobre un mueble de madera y su llama había alcanzado varios documentos que ella había dejado encima. Algunos papeles ya estaban quemados por las esquinas. Eran hojas con símbolos, cartas escritas a mano y dibujos. El fuego comenzaba a extenderse hacia otros papeles y el aire tenía un olor fuerte a cera caliente mezclada con papel chamuscado. Todo se estaba descontrolando sin que nadie lo estuviera viendo. Corrí hacia la vela y empecé a apagar los papeles golpeándolos contra el piso para que no siguieran prendiendo. La madera del mueble ya estaba marcada por una mancha oscura y pude ver cómo algunos bordes seguían rojos por el calor. Después me arrodillé junto a ella y traté de levantarla para que reaccionara. pero no respondía.

1:09:35 Movía apenas los labios y balbuceaba palabras sin forma que no lograba entender. Su voz sonaba como si la lengua le estorbara, como si no pudiera moverla bien. Le hablé varias veces para que me escuchara y tratara de abrir los ojos, pero se quedaba con la mirada perdida y solo respiraba entrecortado. Me di cuenta de que no tenía tiempo para esperar a que reaccionara ahí mismo, así que la cargué en brazos y la llevé al carro. Apenas pesaba y su cuerpo estaba tan frío que tuve que acomodarla con cuidado porque parecía que no podía sostenerse sola. En el camino al hospital ella intentó abrir los ojos varias veces, pero no lograba enfocarse. Tenía la cabeza apoyada en mi hombro y cada tanto repetía palabras que no tenían sentido. No eran murmullos nerviosos ni frases cortadas. Era como si tratara de contestar preguntas que nadie le estaba haciendo.

1:10:31 En un momento levantó un poco la mano y luego la dejó caer como si no tuviera fuerza. Seguí conduciendo sin mirar más que la carretera porque sabía que no podía perder tiempo preguntándome qué había tomado o qué había estado haciendo antes de que yo llegara. En urgencias la recibieron de inmediato porque su respiración era inestable. Los doctores me explicaron que había entrado con signos de intoxicación y que su ritmo cardíaco estaba alterado. También mencionaron que el inicio del incendio pudo haber hecho que inhalara algo más peligroso si yo hubiera llegado unos minutos después. No quisieron dar un diagnóstico sin hacerle estudios, pero me dejaron claro que había estado cerca de no recuperarse. Después de unas horas, uno de los médicos regresó y dijo que habían encontrado rastros de peyote en su sistema. Me quedé sin palabras porque nunca la vi consumir nada de eso ni hablar de drogas. Pero inmediatamente recordé la lista que encontré en su mueble donde decía puerta del sueño, cambio y ver.

1:11:38 En ese momento entendí que no se refería a un ritual místico, sino a un estado alterado por la droga que probablemente buscaba para convencerse de que estaba cruzando hacia algo que solo ella creía que existía. Cuando despertó estaba alterada, se sentó de golpe y miró a todos lados como si no reconociera el lugar. Los doctores tuvieron que pedirle que se calmara porque trató de levantarse sin poder sostenerse. Cuando me vio, tardó unos segundos en enfocar y luego dijo que había visto lo que las personas no pueden ver. No lo dijo como metáfora ni como alguien que está inventando algo para evitar responsabilidades. Lo dijo con miedo real, como si hubiera presenciado algo que no podía explicar y que la había dejado marcada. Quise preguntarle qué había visto, pero no respondió. Miraba hacia una esquina del cuarto como si esperara que algo apareciera ahí. No volvió a hacer la misma después de eso. En cuanto la dieron de alta, dejó la casa y me pidió que no la buscara.

1:12:44 No quiso hablar de lo que había pasado ni de lo que creyó ver esa noche. Cortó toda comunicación y se alejó de cualquier persona que hubiera sido parte de su vida hasta ese momento. Me quedé con la sensación de que buscó cruzar un límite que su mente no pudo sostener, y aunque siempre creí en la brujería y respeté muchas cosas, nada me preparó para ver a alguien intentar romper un equilibrio que no está hecho para cualquiera. Yo podía dudar de sus prácticas, pero no pude dudar de algo que vi con mis propios ojos. Ella decidió avanzar hacia un lugar del que no pudo regresar del todo, aunque siguiera viva.