Operativo Niebla Roja: La Emboscada De Los Nahuales - Historias De Terror - REDE
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0:05 Mi nombre es Adrián Mena, y en ese tiempo era soldado de una unidad de infanterÃa móvil, formada por cuatro hombres. El sargento Montoya estaba al mando, el cabo Fierro era el segundo. Camacho llevaba el arma de apoyo y yo cerraba la formación. Entramos en el pueblo poco antes de las cinco de la tarde. La orden era atravesarlo, llegar a una estación de comunicaciones situada al otro lado. Revisar por qué habÃa dejado de transmitir y regresar al transporte. Dejamos el vehÃculo fuera porque unos árboles bloqueaban la carretera y seguimos a pie. Recuerdo que las primeras casas estaban vacÃas.
0:47 HabÃa puertas abiertas, objetos abandonados en la calle y ninguna persona a la vista. Montoya mantuvo la formación y seguimos avanzando. La niebla apareció pocos minutos después, roja y espesa. entrando entre las casas y reduciendo la visibilidad. Fierro dijo que tenÃa un olor fuerte. Camacho confirmó que también lo percibÃa y seguimos sin detenernos. Nos colocamos los protectores faciales y continuamos por la calle principal. Frente a una casa encontramos sangre. El rastro entraba por la puerta, asà que Montoya y Fierro revisaron el interior mientras Camacho y yo cubrÃamos la calle.
1:31 Dentro habÃa más sangre, muebles golpeados y varias marcas profundas en una pared. Fierro las señaló y dijo que eran de garras. No encontraron ningún cuerpo. Montoya salió, miró la calle y ordenó continuar. La niebla seguÃa cerrando la visibilidad cuando escuchamos un golpe detrás de una casa y enseguida una carrera corta. Camacho apuntó hacia un callejón. Fierro vigiló las ventanas y yo cubrà la retaguardia. Entonces vi algo cruzar la calle. Era un lobo enorme, de pelo oscuro, garras largas y ojos rojos. Pasó rápido y desapareció detrás de una casa. Avisé al resto y Montoya ordenó mantener la posición. No disparamos porque ya no tenÃamos al animal a la vista. Poco después escuchamos movimiento al frente. Fierro dijo que habÃa visto una figura entre las casas y que caminaba sobre dos piernas. Montoya decidió sacarnos de la calle y entrar en una casa para dejar de estar expuestos por varios lados. Nos movimos de inmediato, pero cuando llegamos a la entrada éramos tres. Camacho habÃa desaparecido. Yo iba detrás de él y lo habÃa visto segundos antes.
2:48 Montoya preguntó dónde estaba. Le respondà que no lo sabÃa y Fierro volvió hacia la calle mientras nosotros cubrÃamos. Encontramos el arma de Camacho en el suelo y sangre junto a ella. Seguimos el rastro entre dos casas y lo encontramos tirado, consciente, con varias heridas profundas en la espalda y mucha sangre en el uniforme. Montoya le preguntó qué habÃa pasado. Camacho dijo que algo lo habÃa golpeado desde atrás y lo habÃa arrastrado. No vio la cara de la criatura. Alcanzó a ver una mano grande cubierta de pelo sujetándolo por el chaleco. Montoya y yo lo levantamos y mientras tratábamos de ponerlo de pie, escuchamos pasos sobre el tejado. Levantamos las armas y una criatura estaba agachada arriba.
3:36 TenÃa cuerpo humanoide, estaba cubierta de pelo y tenÃa hocico, garras largas, colmillos visibles y ojos rojos. Fierro disparó primero, Montoya y yo abrimos fuego después. La criatura retrocedió y cayó detrás del tejado. No fuimos a buscarla. Montoya ordenó salir de ahÃ. Ayudamos a Camacho a caminar y regresamos a la calle. HabÃamos avanzado poco cuando otro Nahual salió de la niebla y golpeó a Fierro de costado. Los dos desaparecieron entre las casas. Fierro gritó y Montoya corrió detrás de ellos. A mà me ordenó quedarme con Camacho. Escuché varios disparos y luego silencio. Mantuve el arma apuntando hacia el lugar donde habÃa desaparecido Montoya mientras Camacho se sostenÃa contra una pared. Montoya regresó solo, tenÃa sangre en una manga, aunque seguÃa usando el brazo. Le pregunté por Fierro y Montoya dijo que lo habÃa encontrado en un patio, con varias criaturas alrededor. HabÃa disparado para acercarse, pero Fierro tenÃa una herida grave en el cuello y no respiraba.
4:48 Las criaturas seguÃan cerca y Montoya no pudo sacar el cuerpo. Quedábamos tres. Camacho necesitaba ayuda para caminar y seguÃa perdiendo sangre, asà que Montoya canceló la misión. Dejamos de avanzar hacia la estación y empezamos a regresar por la misma calle. Tomó la delantera. Camacho quedó en medio y yo fui detrás, manteniéndolo cerca para no perderlo de vista. A partir de ahÃ, los sonidos no pararon. Escuchábamos pasos sobre tierra, golpes contra paredes y movimiento dentro de las casas. Cada vez que girábamos hacia uno de esos ruidos, la calle estaba vacÃa.
5:30 La niebla no nos dejaba ver lejos y eso nos obligaba a detenernos más de lo necesario. Cerca de la plaza escuchamos un gruñido detrás, pero nos giramos y no vimos nada. Montoya nos hizo seguir. Dimos unos pasos y escuchamos otro ruido delante. Asà que volvimos a detenernos. Camacho respiraba con dificultad y caminaba cada vez peor. Montoya ordenó que nadie se separara, aunque escuchara algo cerca. Hasta ese momento habÃamos visto lobos enormes y criaturas que caminaban sobre dos piernas. Los dos tipos tenÃan ojos rojos y atacaban a corta distancia. Camacho habÃa desaparecido cuando nuestra atención estaba en otro punto, y Fierro habÃa sido arrastrado en cuanto quedó fuera de la formación. No sabÃamos cuántas criaturas habÃa, pero ya tenÃamos claro lo que podÃa pasar si alguno quedaba solo. Montoya revisó su arma y nos hizo continuar, y Camacho quedó entre nosotros. Yo sujeté la parte posterior de su chaleco con una mano y mantuve el arma preparada con la otra. seguimos avanzando hacia la salida todavÃa quedaba parte del pueblo por atravesar y los movimientos alrededor continuaban ahora desde varios lados recuerdo que Montoya tomó la delantera Camacho quedó en medio y yo avancé detrás de él sujetándolo por el chaleco cuando perdÃa estabilidad caminábamos despacio
7:02 porque las heridas de su espalda seguÃan sangrando y ya le costaba mantener el paso Atravesamos parte de la plaza sin ver criaturas, aunque escuchamos movimiento dentro de una casa, y casi al mismo tiempo otro ruido detrás. Montoya nos hizo seguir y mantuvimos la formación. Pasamos junto a una construcción, cuando algo cayó desde arriba y golpeó a Camacho. Los dos fueron al suelo. Era una de las criaturas que caminaban sobre dos piernas, cubierta de pelo con garras. Cayó sobre él y le mordió el brazo izquierdo antes de que pudiera apartarse. Montoya disparó primero y yo lo seguÃ.
7:45 La criatura soltó a Camacho tras varios impactos, cruzó una ventana y desapareció dentro de la casa. Montoya se agachó junto a Camacho mientras cubrÃa la calle. El brazo estaba destrozado y sangraba mucho, asà que colocó un torniquete. Camacho pudo ponerse de pie con ayuda, pero ya no podÃa manejar su arma. Montoya tomó el arma de apoyo, la cruzó sobre su espalda y conservó la suya en las manos. Seguimos avanzando, yo detrás de Camacho, manteniéndolo sujeto para que no se volviera a caer. La niebla seguÃa entre las casas y apenas dejaba ver lo que tenÃamos delante. Escuchábamos pasos en distintos puntos y los sonidos cambiaban de lugar al detenernos. Camacho empezó a quedarse atrás y Montoya redujo el ritmo. Pasábamos por la zona de la casa con sangre, cuando vi dos ojos rojos dentro de la niebla. Levanté el arma y disparé. La figura desapareció. Montoya me ordenó volver con Camacho y cuando giré ya estaba en el suelo.
8:53 Un lobo enorme lo sujetaba por una pierna y lo arrastraba hacia un callejón. Montoya agarró a Camacho por el chaleco y yo disparé contra el animal. Uno de los impactos le dio en el cuerpo y otro en una pata. El lobo soltó a Camacho y retrocedió, pero Montoya siguió disparando hasta hacerlo caer. El animal seguÃa respirando e intentó levantar la cabeza, pero Montoya le disparó otra vez y dejó de moverse. Escuchamos gruñidos detrás de las casas y salimos de ahÃ. Camacho trató de ponerse de pie, pero las piernas ya no le respondÃan bien. Montoya dejó el arma de apoyo junto al cuerpo del lobo y me ayudó a levantarlo. Lo sostuvimos entre los dos y empezamos a avanzar. Poco después escuchamos movimiento detrás. Giré y vi tres criaturas en la calle. Dos eran lobos enormes y la tercera caminaba erguida. Permanecieron unos segundos y luego se acercaron.
9:54 Uno de los lobos se desplazó hacia un lado. El otro hacia el extremo contrario y la criatura humanoide quedó detrás. Montoya soltó a Camacho y disparó contra el animal más cercano. Yo mantuve al herido de pie mientras el lobo se apartaba entre las casas. El segundo también desapareció de la calle. La criatura humanoide siguió avanzando hasta que Montoya disparó otra vez. Vi que uno de los impactos le dio en el cuerpo. Retrocedió y se perdió en la niebla. Montoya volvió a sujetar a Camacho y continuamos. Apenas habÃamos avanzado cuando otra criatura cayó entre nosotros. El golpe me hizo perder el equilibrio y Camacho cayó conmigo, mientras Montoya quedó al otro lado.
10:42 La criatura atacó a Montoya y lo golpeó en el pecho con una garra. Cayó de espaldas. Yo levanté el arma y disparé hasta que la criatura se apartó. Montoya consiguió levantarse. TenÃa cortes en el uniforme y sangre en el pecho, pero podÃa caminar y usar el arma. Me ordenó sacar a Camacho de ahÃ. Agarré al herido por el asa del chaleco y empecé a arrastrarlo mientras Montoya retrocedÃa detrás de nosotros, disparando hacia la niebla. Camacho seguÃa consciente y trataba de impulsarse con una pierna. Escuché más disparos y luego a Montoya cambiando de cargador. Me giré.
11:22 Dos criaturas corrÃan hacia él, desde lados distintos. Montoya disparó contra una. La otra cambió de dirección y vino hacia Camacho y hacia mÃ. Solté el chaleco, levanté el arma y disparé. La criatura recibió los impactos y continuó avanzando. Camacho levantó el brazo sano y me empujó hacia un lado, antes de que el animal cayera sobre él. Volvà a disparar. La criatura mordió a Camacho en la cabeza y después en el cuello. Montoya llegó hasta nosotros y disparó varias veces. El animal cayó junto a Camacho y quedó inmóvil. Me agaché, lo llamé y revisé si respiraba. TenÃa heridas graves en la cabeza y el cuello. No reaccionó ni respiraba. Montoya me ordenó levantarme. SeguÃamos escuchando movimiento alrededor y dejamos el cuerpo donde habÃa caÃdo. Ãl avanzó delante de mà Pero la herida del pecho seguÃa sangrando y le pregunté si podÃa continuar. Me respondió que sà y me dijo que siguiéramos moviéndonos. Escuchamos gruñidos detrás. Miré por encima del hombro y vi varias figuras dentro de la niebla. Pude distinguir cuatro.
12:35 Dos avanzaban sobre cuatro patas y las otras permanecÃan más atrás. Montoya me ordenó ahorrar munición y disparar solo cuando estuvieran cerca. Una de las criaturas corrió hacia nosotros. Montoya le disparó y el animal se metió entre las casas. Otra apareció por el lado contrario. Disparé y también retrocedió. Las figuras cambiaban de posición y nos obligaban a vigilar ambos lados de la calle mientras avanzábamos. Montoya me indicó que mirara al frente. La salida estaba cerca, asà que corrimos entre las últimas casas y escuché movimiento detrás, pero seguà sin girarme. Montoya estaba a mi lado. Llegamos a los árboles que bloqueaban la carretera y empezamos a rodearlos. Entonces escuchamos varios pasos dentro de la niebla, a nuestra espalda y a los lados. Montoya comprobó su cargador, señaló el camino hacia el transporte y nos echamos a correr. Yo todavÃa escuchaba los pasos cuando dejamos atrás las últimas casas. Las criaturas salieron del pueblo detrás de nosotros. montoya y yo seguimos por la carretera mientras la niebla quedaba detrás de las últimas casas aunque todavÃa alcanzaba parte del camino el transporte seguÃa lejos montoya respiraba con dificultad y movÃa poco el brazo derecho por la herida del pecho pero conservaba el arma preparada y avanzaba sin detenerse yo iba unos pasos delante cuando escuchamos una carrera detrás de nosotros Dos lobos
14:08 enormes salieron de la niebla. Montoya abrió fuego mientras seguÃa avanzando y yo disparé con él. Uno de los animales se apartó hacia un lado de la carretera y el otro continuó de frente. Vi varios impactos en su cuerpo, pero siguió corriendo. Montoya me ordenó avanzar mientras él cubrÃa la retirada. ObedecÃ, aunque apenas habÃa recorrido unos metros, cuando escuché un golpe fuerte a mi espalda. Me giré. El lobo habÃa alcanzado a Montoya y lo tenÃa en el suelo. Montoya mantenÃa el brazo derecho entre las mandÃbulas del animal, evitando que pudiera morderlo en el cuello. Levanté el arma y disparé contra el cuerpo de la criatura. El animal soltó presión y giró hacia mÃ. Montoya retiró el brazo, levantó el arma con la otra mano y disparó debajo de la cabeza. El lobo cayó junto a él. Corrà hasta Montoya y lo ayudé a levantarse. pero su brazo tenÃa heridas profundas y sangraba bastante, pero todavÃa podÃa moverlo.
15:09 El segundo lobo apareció otra vez al borde de la carretera. Montoya disparó con la mano izquierda y el animal retrocedió, perdiéndose entre la niebla. Seguimos avanzando. Montoya caminaba más despacio y tuve que reducir el paso para mantenerme cerca. Le pregunté si podÃa continuar. Me respondió que sà y seguimos. A nuestra izquierda habÃa campo abierto. A la derecha comenzaban los árboles. Escuchamos ramas romperse en esa dirección y Montoya señaló el campo. Nos apartamos de la carretera para alejarnos de los árboles y tener más espacio a nuestro alrededor. HabÃamos avanzado poco cuando una criatura humanoide salió detrás de nosotros.
15:51 CorrÃa inclinada hacia adelante. Montoya disparó primero y yo abrà fuego casi al mismo tiempo. La criatura recibió varios impactos, cayeron y rodaron por el suelo. pero volvieron a levantarse. Seguimos disparando hasta que cayeron otra vez y dejaron de avanzar. No nos acercamos a comprobar su estado y los dos empezamos a recargar. Entonces escuché un movimiento a mi espalda, pero no alcancé a girarme. Recibà un golpe fuerte y caà de frente. El arma salió de mis manos y sentà una garra clavarse en la parte superior de mi pierna izquierda. El animal empezó a arrastrarme. traté de sujetarme al suelo mientras buscaba el arma pero no conseguÃa alcanzarla Montoya disparó y la presión sobre mi pierna desapareció me giré y vi un lobo encima de mà con sangre en un lado de la cabeza Montoya volvió a disparar y el animal cayó a mi lado recuperé el arma me apoyé sobre una rodilla y conseguà levantarme podÃa mover la pierna aunque la herida sangraba y cada paso empezaba a doler más Montoya llegó hasta mà y entonces vimos otras dos criaturas. Una caminaba erguida y la otra era un lobo. Se separaron mientras avanzaban hacia nosotros. Montoya me ordenó regresar a la carretera. Empecé a moverme lo más rápido que podÃa mientras él retrocedÃa detrás de mÃ, disparando para mantenerlas lejos. La criatura humanoide aceleró, pero Montoya disparó
17:24 contra ella. El lobo se desplazó hacia el otro lado y levanté el arma para cubrirlo. Disparé y el animal cambió de dirección, pero la criatura humanoide siguió avanzando hasta alcanzar a Montoya. Lo golpeó en el hombro y lo hizo caer sobre una rodilla. Montoya disparó desde el suelo y consiguió hacerla retroceder. Intentó levantarse, pero el lobo regresó desde un lado y lo golpeó por la espalda. Montoya cayó de frente. Me giré y avancé hacia él, pero la criatura humanoide volvió a colocarse entre nosotros. TenÃa varias heridas de bala en el pecho y el abdomen. Levanté el arma y disparé. Recibió los impactos, avanzó unos pasos más y terminó cayendo. Busqué a Montoya con la mirada, pero el lobo estaba encima de él y lo sujetaba por el cuello. Montoya permanecÃa inmóvil. Disparé contra el animal, levantó la cabeza y retrocedió. aunque siguió de pie, volvà a disparar hasta que mi arma dejó de responder, pues el cargador estaba vacÃo, mientras buscaba otro en el chaleco vi que la criatura humanoide comenzaba a moverse otra vez y el lobo seguÃa cerca de Montoya, retrocedà mientras sacaba el cargador, lo coloqué y cargué el arma, la criatura humanoide logró ponerse de pie y empezó a correr hacia mÃ, disparé varias veces y cayó otra vez, El lobo se apartó hacia los árboles. Miré a Montoya. SeguÃa en el
18:57 suelo y no se movÃa. Escuché más movimiento entre los árboles y entendà que quedarme. Ahà solo me dejarÃa expuesto. Regresé hacia la carretera y continué hacia el transporte. La pierna herida me obligaba a caminar despacio. Varias veces escuché pasos detrás de mÃ, pero no vi ninguna criatura lo bastante cerca para disparar. Seguà avanzando sin detenerme. Y la verdad, no recuerdo cuánto tardé en llegar al vehÃculo. Cuando finalmente lo alcancé, abrà la puerta, entré y la cerré detrás de mÃ. Me revisé la pierna. La herida era profunda y seguÃa sangrando, aunque podÃa mover el pie y mantenerme consciente.
19:41 Encendà el transporte y salà de ahÃ. Mientras avanzaba por la carretera, todavÃa podÃa ver la niebla roja detrás, extendida sobre parte del camino y las primeras casas. Escuché varios aullidos antes de alejarme lo suficiente. Algunos llegaban desde el pueblo y otros desde la zona que acabábamos de cruzar. No regresé y nunca pude comprobar qué ocurrió con Montoya después de dejarlo en el campo. La última vez que lo vi estaba inmóvil, con el lobo encima y varias criaturas todavÃa cerca. Tampoco regresé por fierro ni por camacho. Seguà conduciendo hasta dejar de ver la niebla. Lo último que escuché fueron los aullidos detrás del vehÃculo, y después ya no escuché nada. De los cuatro hombres que entramos en el pueblo, yo fui el único que alcanzó el transporte y salió de ahÃ. Recuerdo que el helicóptero perdió potencia cuando cruzábamos una zona montañosa de Oaxaca. Ãramos cuatro.
20:51 El teniente Arce iba a los controles. El sargento Arellano ocupaba el asiento de copiloto. Atrás viajábamos el cabo Garza y yo. Ãbamos hacia un punto de comunicación cuando el motor empezó a fallar. Arce intentó mantener la altura y buscó un espacio para bajar, pero no alcanzamos a salir de la zona arbolada. El helicóptero descendió entre los árboles, golpeó el terreno de lado y se detuvo después de arrastrarse unos metros. El impacto me lanzó contra el arnés. Garza se golpeó la frente y Arellano quedó con dolor en una pierna. Aún asÃ, los cuatro pudimos salir. Arce cortó la energÃa y nos hizo apartarnos por una fuga de combustible. Después regresamos para sacar agua, munición, el botiquÃn y los radios. Uno estaba destruido, el otro encendÃa. aunque la señal llegaba por momentos y se perdÃa enseguida. Ya estaba oscureciendo y no conocÃamos el terreno. Arellano propuso mantenernos cerca del helicóptero, porque desde ahà serÃa más fácil ubicar el punto del accidente. Arce estuvo de acuerdo y nos distribuyó alrededor sin alejarnos demasiado. Nadie planteó bajar por la sierra en esas condiciones. Arellano caminaba con dificultad y no sabÃamos cuánto faltaba para encontrar un camino. Mientras Garza le vendaba la pierna, Arce intentó transmitir nuestra posición y yo revisé mi arma. Fue entonces cuando escuchamos la primera risa.
22:23 Sonó entre los árboles, cerca, una risa de mujer que duró apenas unos segundos. Los cuatro volteamos hacia el mismo lado. Garza iluminó la zona y no encontró a nadie. Arce nos indicó que mantuviéramos las armas listas, pero que nadie disparara sin ver una amenaza. Poco después la risa volvió, ahora desde otro punto. Arellano pensó que podÃa haber gente cerca y Arce intentó llamar por radio otra vez, pero no obtuvo respuesta. Mientras esperábamos, algo cruzó por encima de los árboles. Alcancé a ver unas alas grandes y un cuerpo oscuro que pasó de un lado a otro sin producir ruido. Garza dijo que habÃa visto una cara. Arce le pidió que precisara lo que habÃa observado. Y Garza respondió que la cabeza era humana. La figura regresó antes de que termináramos de hablar. Pasó más cerca y la vimos mejor. TenÃa alas, cabello alrededor de la cabeza y un rostro de anciana. No escuchamos aleteo. Giró, desapareció entre los árboles y poco después apareció otra por el lado contrario.
23:35 Durante varios minutos vimos movimiento alrededor del perÃmetro, arriba y entre los troncos. No pudimos determinar cuántas eran, pero vimos más de una al mismo tiempo. Arce ordenó que nadie se separara. Garza terminó de vendar a Arellano y yo me quedé atento al sector por donde habÃamos visto la última figura. La anciana apareció caminando desde los árboles. Entró en el alcance de las lámparas. Estaba descalza. TenÃa el cabello largo y las uñas sobresalÃan mucho de los dedos. Arce le ordenó detenerse. pero ella siguió avanzando. Repitió la orden y levantamos las armas. La mujer alzó la cabeza, se rió y dio varios pasos más. Garza retrocedió un poco y Arellano apuntó al pecho sin disparar. Entonces la anciana corrió hacia nosotros, abrió los brazos mientras avanzaba y su cuerpo cambió delante de nosotros. Los brazos se extendieron hasta formar alas, el cuerpo se inclinó hacia adelante y la cabeza conservó rasgos humanos. Todo ocurrió en segundos. La criatura se lanzó contra Garza. Arellano disparó primero, yo disparé detrás de él, y Arce hizo un tercer disparo cuando la vio intentar incorporarse. Los impactos atravesaron el pecho y la derribaron a pocos metros. Nos quedamos apuntándole. Garza dio un paso para acercarse, pero Arce le ordenó volver a posición.
25:05 HabÃa sangre debajo del cuerpo y la criatura seguÃa moviendo una mano. Una de las perforaciones del pecho empezó a cerrarse. Después se cerró otra. La sangre que habÃa caÃdo al suelo regresó hacia el cuerpo, avanzó por la tierra húmeda y desapareció al tocar las heridas. La criatura apoyó una mano, levantó la cabeza y consiguió ponerse de pie. Volvimos a disparar. Cayó otra vez de lado, pero los impactos solo la detuvieron unos segundos. Arce nos indicó que no gastáramos munición sin necesidad. La criatura se arrastró, recuperó fuerza y se perdió entre los árboles. Otra risa llegó desde la derecha.
25:48 Garza giró y una segunda criatura bajó detrás de él, lo golpeó en la espalda y lo hizo caer de rodillas. Arellano disparó y la obligó a apartarse. Yo avancé hacia Garza mientras Arce cubrÃa el otro lado. Las uñas le habÃan abierto el uniforme y tenÃa varias heridas en la espalda. Estaba consciente, podÃa mover las piernas y dijo que podÃa caminar. Entre Arellano y yo lo llevamos hasta el helicóptero. Arce abrió el botiquÃn y empezó a sacar vendas, mientras Arellano vigilaba hacia los árboles. Yo miré al lugar donde habÃa caÃdo la primera criatura, pero ya no estaba. Solo quedaban manchas de sangre y esas manchas se reducÃan mientras observaba.
26:33 Le avisé a Arce. Miró el suelo, después levantó la vista y vio dos figuras sobre los árboles. Una tercera risa llegó desde la pendiente. El radio volvió a soltar estática. Arce lo apagó y decidió reservar la baterÃa. Nos ordenó ahorrar munición y permanecer juntos. Garza respiraba con dificultad mientras Arellano le ajustaba la venda alrededor del torso. La sangre seguÃa saliendo por una parte de la herida. y habÃa caÃdo junto al helicóptero. Entonces apareció otra anciana. Estaba cerca, quieta, mirando el suelo. Seguimos la dirección de sus ojos y vimos la sangre de Garza. No miró nuestras armas ni el helicóptero. Avanzó directamente hacia la mancha, bajó una mano y acercó los dedos. Arce cerró el botiquÃn. Me indicó que ayudara a levantar a Garza y ordenó que nos preparáramos para salir de ahÃ. La anciana avanzó hacia la sangre de Garza y Arellano le disparó dos veces al pecho.
27:34 Los impactos la hicieron retroceder, aunque siguió de pie. Asà que Arce levantó el arma y disparó también. La mujer cayó junto al helicóptero y se quedó inmóvil. Nadie se acercó. Yo ayudé a levantar a Garza mientras Arellano recogÃa el radio y Arce guardaba el botiquÃn. La venda de Garza estaba empapada y cada movimiento le abrÃa más la herida. Cuando empezamos a alejarnos, la anciana movió una mano, giró la cabeza hacia una de las manchas del suelo y arrastró los dedos hasta tocar la sangre. Las heridas del pecho comenzaron a cerrarse y la sangre desapareció de su mano, mientras el cuerpo recuperaba fuerza. Arce volvió a disparar y esta vez le dio en la cabeza. La anciana cayó otra vez, pero ninguno se acercó. Arellano dijo que no podÃamos seguir gastando munición de esa manera. Arce respondió que los disparos todavÃa servÃan para detenerlas unos segundos y ordenó movernos.
28:35 Salimos cuesta arriba, despacio, porque Garza apenas podÃa mantener el paso y Arellano seguÃa lastimado de la pierna. Yo iba cerca de Garza por si perdÃa el equilibrio. Arce cerraba el grupo y miraba hacia atrás cada pocos pasos. Las risas continuaron entre los árboles. Algunas venÃan de un lado y otras llegaban desde arriba. También vimos dos figuras cruzar sobre nosotros. Las alas se movÃan, pero no escuchábamos aleteo. Cuando una bajaba demasiado, levantábamos las armas y la criatura cambiaba de dirección. Seguimos hasta encontrar una parte con menos árboles y nos detuvimos para revisar a Garza. Se sentó, abrió el botiquÃn y me indicó en dónde apretar la venda.
29:19 La herida seguÃa abierta. Arellano sostuvo la tela mientras yo la ajustaba, y Arce intentó transmitir por radio. Escuchamos una voz cortada por la estática, luego una palabra que no entendimos. Arce dio nuestra ubicación aproximada, informó del aterrizaje y pidió apoyo. La señal se perdió antes de recibir una respuesta clara. Guardó el radio y nos pidió que siguiéramos. Una risa sonó detrás de nosotros. La anciana a la que Arce habÃa disparado caminaba entre los árboles y tenÃa el rostro cerrado otra vez. Garza la reconoció primero y dijo que era la misma. Arellano levantó el arma, pero Arce le indicó que esperara. Otras dos figuras aparecieron por encima de ella.
30:07 La anciana se quedó quieta unos segundos. Después miró directamente a Garza. Estaba de pie con una mano sobre la venda y sangre en el costado. Nos movimos antes de que Arce diera otra orden. La anciana empezó a seguirnos y las otras dos avanzaron por arriba. Mientras caminábamos, vi que la mujer se detenÃa en los puntos donde Garza dejaba sangre. Bajaba una mano, tocaba el suelo y continuaba. SeguÃa el rastro de Garza. Arce también lo vio y nos pidió que cerráramos la formación. Arellano pasó un brazo por detrás de Garza y lo sostuvo para que pudiera avanzar. Yo vigilaba hacia los árboles y Arce buscaba una salida entre las rocas que tenÃamos delante. Antes de llegar, una criatura descendió sobre Garza. La vi bajar por el lado izquierdo y le disparé tres veces. Los impactos atravesaron el cuerpo y la hicieron caer delante de nosotros. Arellano empujó a Garza hacia adelante y Arce cubrió el otro lado.
31:08 Una segunda criatura cayó detrás de él. Arce alcanzó a girarse y disparó. pero recibió un golpe en el brazo y perdió el fusil. Corrà hacia él, lo levanté del chaleco y recogà el arma. TenÃa un corte en el antebrazo y la sangre ya le llegaba a la mano. En cuanto cayó la primera gota, las tres criaturas cambiaron de dirección. La anciana dejó de seguir a Garza y fue hacia Arce, y las otras dos hicieron lo mismo. Arellano gritó que siguiéramos. Arce tomó el fusil y corrió con nosotros hasta las rocas. Encontramos un paso estrecho y entramos por ahÃ. Garza se dejó caer contra una piedra, mientras Arce se vendaba el brazo con una tira del botiquÃn.
31:52 Las criaturas se quedaron afuera, una caminaba frente a la entrada y las otras se movÃan por encima. Arellano revisó los cargadores y nos dijo que quedaba poca munición. Arce la repartió y dejó un cargador junto a Garza. Garza estaba más pálido y respiraba rápido. Dijo que todavÃa podÃa caminar, aunque no consiguió levantarse cuando Arellano le ofreció la mano. Arce respondió que esperarÃamos un momento y después buscarÃamos otra salida. Yo revisé el fondo del paso y encontré una abertura estrecha entre las rocas. Me acerqué para mirar, pero antes de llegar escuché una risa detrás de nosotros. Una mano salió de la abertura y sujetó a Garza por el cuello.
32:37 Arellano disparó de inmediato. La mano lo soltó y yo tiré de Garza hacia el centro del paso. TenÃa una herida nueva en el cuello. Intentó cubrirla con la mano, pero la sangre le pasaba entre los dedos. La criatura volvió a meter el brazo por la abertura y Arce disparó hasta que dejó de moverse. Afuera, las ancianas empezaron a acercarse. Arellano intentó levantar a Garza otra vez, pero no pudo. Arce se inclinó para ayudarlo y Garza le pidió que lo soltara. Señaló el paso por donde habÃamos entrado, tomó su fusil y nos dijo que siguiéramos. Arellano se negó y trató de cargarlo, pero Garza lo apartó con el brazo que todavÃa podÃa mover. Una criatura cayó frente a la entrada, otra apareció detrás y la anciana avanzó por el centro. Garza abrió fuego. Arce me ordenó ayudar a Arellano y salir por el paso lateral. Nos movimos mientras Garza seguÃa disparando. Yo volteé una vez, seguÃa sentado, con el fusil apoyado contra el hombro, y las tres ancianas avanzaban hacia él. Salimos por el paso lateral mientras Garza seguÃa disparando detrás de nosotros. Arce iba adelante, yo sostenÃa a Arellano por el brazo, y los tres bajamos entre las rocas sin detenernos. Escuché varias ráfagas a nuestra espalda, después un disparo aislado y poco más tarde, silencio. No volteamos.
34:06 Las risas continuaron entre los árboles. Arce llevaba el brazo vendado y mantenÃa la mano pegada al pecho para contener la sangre. Arellano caminaba peor que antes y casi no podÃa apoyar una pierna. Aún asÃ, seguÃa avanzando y me pedÃa que no lo cargara, porque nos harÃa más lentos. Una criatura cruzó por encima de nosotros. Arce levantó el fusil, la siguió con la mira y no disparó. Ya habÃamos gastado demasiada munición y sabÃamos que los impactos solo las detenÃan durante unos segundos. Seguimos bajando por la montaña, buscando terreno más abierto. El radio soltó estática varias veces. Arce intentó transmitir mientras caminaba, dio nuestro identificador y repitió la posición aproximada. pero no recibió una respuesta clara. Arellano empezó a quedarse atrás. Me detuve, lo tomé del brazo y vi sangre en el pantalón. La venda de la pierna estaba empapada. Arce se agachó, la revisó y encontró una herida más arriba, abierta desde el accidente. Arellano apretó otra venda sobre la zona y dijo que podÃa seguir. Antes de levantarse, escuchamos una risa cerca y los tres miramos hacia los árboles. La anciana apareció caminando hacia nosotros. Era la misma que habÃa seguido la sangre de Garza. La reconocimos por la ropa y el cabello, pero no tenÃa heridas visibles. Detrás de ella salió otra. Arce levantó una
35:37 mano y nos hizo esperar, pero las dos siguieron avanzando. Cuando estuvieron a pocos metros, Arellano disparó primero. La anciana recibió varios impactos y cayó. La otra abrió los brazos, cambió de forma mientras corrÃa y se lanzó hacia Arce. Disparé antes de que lo alcanzara. La criatura cayó a su lado, pero una de las uñas le abrió la venda del brazo y la sangre volvió a correrle por la mano. La anciana que estaba en el suelo levantó la cabeza y fue hacia Arce. Disparamos hasta tirarla de nuevo. Después Arce se cubrió el brazo con una venda limpia y seguimos caminando. Arellano sangraba de la pierna, pero las criaturas fueron primero hacia Arce, que llevaba la sangre expuesta.
36:24 No hablamos de eso. Cubrimos las heridas y tratamos de no dejar manchas en el camino. Encontramos un arroyo. Arce se lavó el brazo. Arellano hizo lo mismo con la pierna y cambiamos las vendas. Dejamos las telas usadas en el agua más abajo y continuamos por otro lado. Durante un rato no vimos nada ni escuchamos risas. Pensé que habÃamos ganado distancia, pero una figura cruzó sobre nosotros y otra bajó entre los árboles más adelante. Arce ordenó seguir sin disparar, pero Arellano ya no podÃa mantener el ritmo. Apoyaba casi todo el peso sobre mà y tropezaba cada pocos pasos. Dijo que no llegarÃa mucho más lejos. Arce respondió que seguirÃamos hasta recuperar señal. Arellano no contestó, dio dos pasos más y una criatura bajó desde un costado.
37:16 No escuchamos que se acercara, pero golpeó a Arellano y los dos cayeron. Arce disparó dos veces y yo otras dos. La criatura soltó a Arellano y cayó junto a él. Lo levantamos de inmediato. TenÃa heridas en el cuello y en el pecho, y la sangre le corrÃa por el uniforme. Intentó dar un paso y volvió a caer. Arce presionó una de las heridas mientras yo vigilaba a la criatura. Ya estaba moviendo un brazo. arellano la vio levantarse sacó un cargador del chaleco y se lo entregó a arce después tomó su fusil y dijo que ya no podÃa seguir arce intentó levantarlo otra vez pero arellano no consiguió ponerse de pie una risa llegó desde nuestra derecha y después otra desde atrás arellano se apoyó contra una roca Apuntó hacia la criatura y nos ordenó movernos. Arce permaneció junto a él unos segundos. Arellano repitió la orden y comenzó a disparar. Nos alejamos. Escuché ráfagas cortas, separadas por pausas.
38:22 Luego una risa, dos disparos más y nada. Arce se detuvo, miró hacia atrás, revisó su cargador y siguió. Yo fui detrás de él y no dijimos nada sobre Arellano. El radio recibió una voz poco después. Arce respondió de inmediato. Repitió nuestro identificador y dio la ubicación. La voz pidió confirmar cuántos éramos. Arce dijo que quedábamos dos y que necesitábamos extracción de urgencia. También informó que habÃa una amenaza cerca. Le pidieron detalles y Arce respondió que no podÃa describirla por radio. Después pidió que mantuvieran la frecuencia abierta. Seguimos bajando.
39:08 Vimos dos figuras encima de los árboles y una anciana detrás de nosotros. Arce volvió a sangrar por el brazo. La mujer aceleró el paso en cuanto la sangre cayó al suelo. Esperé hasta que estuvo cerca y disparé una vez. Cayó de frente. Arce me agarró del chaleco y seguimos sin comprobar si se levantaba. Cuando empezó a aclarar, llegamos a una zona abierta. El radio mantenÃa señal y nuestra posición ya habÃa sido recibida. Entre los dos nos quedaban nueve cartuchos. Las criaturas se detuvieron en el borde de los árboles. Dos permanecieron arriba y una salió caminando. Era una anciana. Se quedó mirándonos desde lejos. Arce mantuvo el arma apuntada y yo hice lo mismo. Pero la mujer no avanzó. Permaneció ahà varios minutos, después dio media vuelta y regresó entre los árboles. Las otras dos figuras se alejaron con ella y fue la última vez que las vi.
40:12 Arce y yo salimos de la montaña. Garza y Arellano quedaron atrás. Nunca vi sus cuerpos después de esa noche. Cuando me pidieron declarar, conté lo que recordaba. Dije que habÃa visto ancianas cambiar de forma, recibir disparos y levantarse después de que las heridas se cerraban. También dije que las habÃa visto buscar sangre humana y tocarla antes de recuperarse. No añadà una explicación porque no tenÃa ninguna. Solo sé que entramos cuatro y salimos dos. Tengo este recuerdo en mi mente, como algo que no me deja dormir, desde hace muchos años. Me acuerdo del cuartel como un lugar chico, metido entre el monte con un patio de tierra y edificios bajos, de esos donde todo queda a pocos pasos, y por eso mismo cualquier problema se te viene encima rápido.
41:18 Al frente estaba el portón de lámina, pesado, con su cadena y su candado, y a los lados una barda que daba vuelta hasta topar con la parte trasera. Atrás ya no era barda, era malla con alambre, sostenida por postes, y una puerta de servicio que se usaba para rondines, y para meter cosas sin abrir el portón principal. Esa diferencia nunca me importó hasta esa noche, porque por arriba entraron, como si la barda fuera un escalón, y por atrás terminamos saliendo, por donde el perÃmetro era más fácil de forzar. Esa guardia me tocó con rondÃn. Yo llevaba radio portátil, lámpara, el arma de cargo y la costumbre de caminar despacio, pegado a los muros, revisando esquinas y escuchando lo que pasa adentro del cuartel mientras uno está afuera. El patio olÃa a tierra húmeda y a diésel viejo, porque las camionetas siempre dejaban el olor pegado, Y también olÃa a comida recalentada que venÃa del comedor, porque alguien habÃa dejado algo en la cocina. En la parte de la barda del costado vi las marcas. No fueron huellas normales, eran profundas y largas, como si algo pesado hubiera caÃdo y se hubiera impulsado arrastrando las uñas. La tierra estaba levantada en lÃneas, y entre lÃnea y lÃnea se veÃan puntos donde algo se clavó y luego se empujó otra vez.
42:47 Yo me agaché, pasé la luz por encima y vi que iban hacia atrás, hacia la zona de malla y puerta de servicio. Lo reporté por radio como se reporta un riesgo. Dije que habÃa marcas recientes pegadas a la barda que parecÃan de uñas y que la dirección de esas marcas era hacia el perÃmetro trasero. Pedà que revisaran la malla y el alambre y que uno de los de torreta prendiera el foco exterior del lado de atrás. No alcancé a terminar de hablar. cuando escuché el primer golpe en el portón. No fue un toque, fue metal contra fuerza, un golpe que hizo vibrar la lámina y que se sintió hasta en el suelo. Después vino otro golpe, más cerca de la barda, como si algo hubiera probado el muro, midiendo dónde agarrarse. Se prendieron las luces del patio, las que alumbran fuerte y dejan sombras duras pegadas a los edificios. Dos compañeros se movieron a las torretas, y desde arriba empezaron a barrer el terreno con las lámparas.
43:48 Yo me fui al pasillo que conecta los dormitorios con el comedor, porque por ahà sale la gente, cuando se despierta de golpe y no entiende qué pasa, y si alguien se atraviesa ahà sin cobertura, se vuelve blanco fácil. Me acomodé contra la pared con la lámpara baja para no encandilarme, y con el radio cerca de la boca para reportar sin gritar. En ese punto todavÃa creÃamos que podÃa ser alguien queriendo entrar, o algún animal grande que se habÃa metido al perÃmetro, pero esa idea duró nada. El primer brinco se escuchó, como cuando cae un costal pesado desde mucha altura, pero con un golpe más seco, porque cayó con todo el cuerpo. Vi polvo levantarse cerca de la barda del costado, y luego lo vi completo con la luz del patio. Era un nahual. y no lo digo por dramatizar ni por querer ponerle un nombre bonito, lo digo porque eso fue, y porque después de verlo de cerca ya no te queda duda, tenÃa pelaje denso, oscuro, pegado en partes por tierra, como si hubiera rodado en lodo seco, y la cabeza era grande, con el hocico largo y ancho, lo que más me llamó la atención fueron las manos, No eran patas, eran manos con dedos largos, y las uñas eran largas y curvas, gruesas, y raspaban el piso cuando se impulsaba. No se movÃa como un perro, corrÃa en cuatro con el lomo alto, pero cuando necesitaba girar o treparse, usaba las manos como una persona torcida,
45:20 con fuerza real. En un segundo pasó del patio a pegarse a un muro, y luego se metió hacia el lado de los dormitorios, buscando la entrada. Yo apunté y me movà dos pasos, manteniendo el ángulo del pasillo, porque si se metÃa ahà nos iba a encerrar. Alcancé a ver el brillo de saliva en el hocico cuando levantó la cara hacia las luces, y vi los ojos hundidos, fijos, como si la luz no le molestara. La primera baja ocurrió casi de inmediato. Un compañero salió al patio desde el dormitorio, todavÃa acomodándose el equipo. Y el Nahual lo alcanzó antes de que diera tres pasos firmes. Lo agarró con una mano por la parte alta del uniforme, lo jaló como si no pesara nada y lo golpeó contra la pared. El golpe sonó como cemento contra carne y lo vi caer con las piernas doblándose sin tiempo de cubrirse.
46:18 El Nahual no se quedó ahÃ. Lo arrastró hacia el pasillo con las uñas haciendo surcos en el suelo y con el pelaje rozando la pared, como si quisiera meterlo a un punto más oscuro. donde no lo viéramos desde el patio. Ese ruido fue el que cambió todo, porque ahà ya nadie pensó que era una intrusión común. La reacción del cuartel se volvió rápida y desordenada al mismo tiempo. Se escucharon pasos acelerados, puertas abriéndose y gente corriendo de un edificio a otro, radios sonando con voces cortadas por interferencia y nervio. Yo me mantuve en mi lugar, porque si yo me movÃa sin control, dejaba ese pasillo libre, y ese pasillo era la conexión más peligrosa. Levanté la lámpara y la luz le pegó al Nahual un segundo mientras se giraba. Alcancé a ver los dientes irregulares y el hocico húmedo. No parpadeó y no cambió de expresión.
47:15 se empezaron a oÃr disparos pero no una ráfaga larga sino disparos cortos como cuando uno intenta apuntar en un espacio apretado el nahual se agachó y se pegó al muro y luego se impulsó otra vez más rápido yo vi que el patio ya no estaba vacÃo las sombras en la barda se movÃan y en la parte del fondo donde la barda da vuelta antes de llegar a la malla vi caer otra figura No cayó donde cayó el primero, cayó más hacia el centro, como si ya supiera que el foco del patio lo iba a alumbrar. Luego vi caer otro más, por separado. Los dos bajaron en puntos distintos, como si hubieran medido el terreno antes, como si ya supieran dónde estaban las salidas de los edificios y en dónde se iban a juntar los soldados cuando despertaran. Los tres se movieron con la misma idea, entrar, atacar rápido y meterse a los pasillos. En ese momento yo entendà que el cuartel, por chico, se nos habÃa vuelto una trampa, y que lo que venÃa ya no era un susto, era una cacerÃa adentro de nuestra propia casa.
48:26 Con tres adentro, el cuartel se partió en zonas en cuestión de segundos. En el patio habÃa luz suficiente para ver cuerpos corriendo y sombras pegadas al suelo, pero en los pasillos y en los cuartos la visibilidad se volvió mala, porque las lámparas del exterior no entraban parejo. y porque en el primer minuto ya habÃa muebles tirados, puertas a medio abrir y gente moviéndose sin orden. Yo seguÃa con el ruido del golpe contra la pared metido en la cabeza y con la imagen de mi compañero arrastrado hacia el pasillo. Ese recuerdo me apretó el estómago, pero no me dejó parado. Me movà hacia el área de guardia donde estaba el radio fijo, el tablero de llaves y la munición de reserva que se guardaba para la noche.
49:14 No era un plan elegante ni una maniobra de manual. Era lo único lógico si querÃamos dejar de disparar a ciegas y recuperar control, comunicación y cargadores. Crucé pegado a los muros cuidando esquinas sin alumbrar de frente, usando la luz del patio como referencia para no perder el rumbo. El aire adentro ya olÃa a polvo levantado, a sudor y a metal caliente. En el pasillo que da al comedor escuché un bramido corto, no como ladrido, sino como un sonido profundo que parecÃa salir de un pecho grande. Ese sonido no fue para asustar, sonó como señal, como aviso para que los otros supieran en dónde estaba la gente.
49:59 A los pocos pasos vi las primeras marcas en la pared, rayas largas, profundas, hechas con uñas, como si hubieran probado el concreto. En el piso, cerca de una puerta, habÃa tierra arrastrada hacia adentro, en dirección a los dormitorios. Los nahuales atacaban por oportunidad, se pegaban a los muros y se movÃan por las orillas, buscando ventanas bajas y puertas mal cerradas. En una de esas ventanas vi una mano salir por una rendija. Los dedos eran largos, la piel se veÃa gruesa. y las uñas trabajaron el metal con paciencia rápida, como si ya supiera dónde empujar para abrir el seguro. No fue un manotazo torpe, fue un movimiento preciso, de alguien que ha abierto eso antes. La ventana cedió y el Nahual metió el hocico primero, olfateando, y luego entró de un jalón sin chocar con el marco, como si el cuerpo ya supiera la medida exacta. En ese punto empezaron los disparos dentro del edificio y el sonido cambió.
51:06 En el patio los tiros se escuchaban abiertos. Adentro rebotaban en las paredes, se mezclaban con gritos cortos y con el golpe de botas contra el piso. Yo vi que los tiros sà les dolÃan porque se encogÃan y se sacudÃan, pero no los tumbaban como a una persona. Se agachaban, cambiaban de dirección y volvÃan a entrar por otro ángulo, buscando un punto ciego. A uno le pegaron en el costado, lo vi girar con el cuerpo tensándose y aún asà se impulsó con las manos y trepó una pared baja que separaba el comedor de una bodega. Cayó del otro lado con un golpe pesado y apareció detrás de nosotros, cortándonos el paso. Esa maniobra rompió al grupo. Dos compañeros se fueron hacia el patio para no quedar encerrados y otros se metieron a un cuarto buscando cobertura. Yo seguà hacia el cuarto de guardia porque era lo único que tenÃa sentido. En el camino vi cosas que me dejaron claro, que el cuartel ya no era un lugar seguro ni por un minuto. Un soldado estaba sentado contra una pared agarrándose el brazo, con la manga rasgada y la piel abierta en lÃneas paralelas. No lloraba ni gritaba, respiraba rápido y miraba hacia la esquina, como si esperara que algo volviera a salir. Otro, más cerca de los baños, intentaba cerrar una puerta con el cuerpo, metiendo el hombro, pero la puerta vibraba por los golpes del otro lado, y cada golpe traÃa sonido de uñas raspando la madera. En
52:40 ese tramo distinguà al más grande. No lo vi completo al principio. Vi primero el hocico asomarse desde una sombra, ancho, con dientes irregulares, y luego vi el pecho cuando se metió a la luz. Era más pesado que los otros. El pelaje se le veÃa más denso, como una capa pegada, y las uñas eran más largas y curvas como cuchillos. No atacaba al primero que se le cruzaba, entraba donde habÃa más gente, como si buscara provocar pánico y romper la formación. Se metió al pasillo principal, justo donde se juntan los que salen del dormitorio y los que vienen del comedor, y con eso obligó a todos a moverse, a chocar entre sà y a perder los ángulos. Yo llegué al cuarto de guardia con dos compañeros. La puerta estaba entreabierta. Adentro estaba el radio fijo encendido, con ruido de fondo, y la mesa con el escritorio donde se guardaban papeles, llaves y cosas de rutina. Uno de nosotros cerró la puerta con seguro y puso una silla contra la madera, no como barricada definitiva, sino para ganar unos segundos.
53:52 Abrimos el cajón de la mesa y agarramos una bolsa con vendas y cinta, lo que se usa para golpes comunes, torceduras y cortadas. No era equipo médico completo, pero era lo que habÃa a la mano y lo único que podÃamos cargar sin perder tiempo. La munición de reserva estaba en una caja metálica bajo la mesa. Yo la abrà con las manos temblando, no por miedo a la oscuridad, sino por la urgencia de saber cuántos cargadores quedaban. Repartimos rápido, Uno se quedó con el radio para escuchar órdenes y reportes porque el radio portátil a ratos se cortaba. El sonido afuera era constante. Pasos, golpes, gritos cortos y ese bramido que aparecÃa cada tanto como señal. En ese momento, con el cuartel ya quebrado por dentro, llegó la decisión que cambia todo. Seguir peleando adentro nos estaba dejando encerrados en los pasillos, obligándonos a correr de cuarto en cuarto.
54:51 y esa era la ventaja de ellos. La única forma de vivir era romper el cerco y salir por la parte trasera, hacia los vehÃculos, antes de que nos acorralaran en un solo edificio y nos fueran sacando uno por uno. Yo miré a los otros y no tuve que discutirlo, se entendió en la cara de todos. Cargamos lo que podÃamos, abrimos la puerta y nos preparamos para movernos pegados a los muros, con la idea clara de llegar a la puerta de servicio, antes de que los nahuales volvieran a juntarse en el pasillo principal. Yo me movà con un grupo corto, pegados a paredes, usando la luz del patio como referencia para no perdernos, y para no quedar parados en medio de un pasillo oscuro. Ãramos pocos porque el cuartel ya estaba dividido en pedazos. Se escuchaban tiros en distintos puntos, puertas golpeándose. y el bramido corto que aparecÃa y se iba como si marcara en dónde estaba la gente.
55:52 Mi idea era simple y directa. Llegar a la puerta de servicio trasera, la que daba hacia la malla y el camino donde estaban las camionetas, porque adentro ya no habÃa forma de aguantar mucho más. Salimos del cuarto de guardia con la munición repartida y con la bolsa de vendas y cinta metida en un bolsillo. No la cargábamos como si fuera una solución. La cargábamos porque el que se cortaba perdÃa fuerza, y esa noche cualquier corte era la diferencia entre correr o morir. El encargado de guardia venÃa con nosotros, pegado a la pared, con la llave de la puerta de servicio en la mano. Yo lo vi apretar esa llave como si fuera lo único que lo mantenÃa enfocado. Caminábamos cortos, sin pisar fuerte, cuidando no chocar con muebles tirados. En el suelo habÃa casquillos y tierra arrastrada. y en las paredes habÃa rayas largas, hechas con esas uñas como garras. Ese detalle me ayudaba a saber por dónde se habÃan movido, porque las marcas iban hacia donde estaba la gente. El pasillo que nos llevaba hacia la parte trasera pasaba junto a la bodega. La bodega tenÃa techo bajo y un borde de lámina por fuera, y arriba de ese borde habÃa sombra, porque las luces del patio no alcanzaban a iluminarlo bien. Yo pensé en eso cuando pasé, porque sabÃa que si uno de esos se trepaba, no lo Ãbamos a ver hasta que cayera.
57:20 Y asà fue, no nos salió de frente, no se dejó ver en el patio, nos cayó de lado. Se dejó caer desde arriba de la bodega como si hubiera subido por fuera usando sus uñas. No fue un salto largo, fue una caÃda controlada, con el cuerpo listo para agarrar. Lo vi de cerca por un segundo, porque la lámpara de uno de los compañeros lo alcanzó al bajar. El pelaje se le veÃa áspero, lleno de polvo y sangre, pegado a la piel como si trajera tierra húmeda. La cabeza bajó primero, el hocico grande y húmedo, y luego cayeron las manos con las uñas largas que parecÃan ganchos. En cuanto tocó el suelo, se lanzó hacia el compañero que iba a mi izquierda y le metió la mano al antebrazo. No fue una rasgadura leve, fue un tajo directo, de esos que abren la piel y carne en lÃneas paralelas.
58:14 La sangre salió de inmediato y el compañero soltó el arma con la mano lastimada, porque la fuerza se le fue en ese instante. No gritó mucho, se le quebró la respiración y se dobló, con la cara apretada intentando no caer. Yo me movà para cubrirlo, porque si se quedaba ahà lo iban a rematar. Me puse entre él y el Nahual, apunté, y al mismo tiempo le jalé el chaleco para arrastrarlo hacia la pared. La visión en ese momento fue de túnel. Un pasillo estrecho, la luz del patio entrando de lado, la sombra encima de la bodega, y ese cuerpo aterrador moviéndose con la rapidez de algo que ya habÃa escogido a quién romper primero. Ahà tuve el encuentro más cercano, El Nahual se me vino encima y me empujó contra la pared con el peso del pecho.
59:07 Sentà el concreto frÃo en la espalda y el golpe me sacó el aire. Su hocico quedó cerca, caliente, con saliva, y el olor fue claro. Pelo húmedo, tierra y un olor fuerte como de animal encerrado. Sus ojos se quedaban fijos, hundidos, y su cara no cambiaba. No habÃa gesto de rabia ni de emoción. Era una mirada plana. como si yo fuera un obstáculo. Metió la mano hacia mi cuello, yo alcancé a girar la cara y a subir el brazo para cubrirme, pero la uña me raspó de todas formas. Sentà el ardor inmediato y luego la sensación de calor en la piel. La camisa se me pegó porque la sangre empezó a correr y se fue hacia el cuello del uniforme. No fue un corte profundo que me dejara tirado, pero fue lo suficiente para sentir que estaba abierto y para saber que, si me agarraba una segunda vez, me podÃa dejar ahÃ. Yo disparé casi sin separar el arma de mi pecho y el ruido retumbó en el pasillo.
1:00:11 El Nahual se encogió, pero no cayó. Se movió rápido hacia un lado, como si el dolor lo molestara, pero no lo detuviera. En ese segundo, un compañero le disparó a quemarropa pegado y eso sà lo hizo retroceder de golpe, vi el cuerpo contraerse, vi el pelaje sacudirse y luego lo vi salir con un brinco hacia el patio como si buscara volver a atacar desde otro lado, no se fue despacio, se fue con intención de volver, esa resistencia nos dejó claro que no tenÃamos margen, tenÃamos sólo segundos y no minutos, aprovechamos esos segundos y arrastramos al herido, Yo le apreté el antebrazo con una venda rápida solo para bajar el sangrado. Iba pálido, con la mandÃbula apretada, tratando de usar la otra mano. El encargado de guardia se adelantó medio paso, siempre pegado al muro y ya traÃa la llave lista. Llegamos a la puerta de servicio trasera.
1:01:11 Era una puerta más chica que el portón, de metal con una chapa vieja. Esa puerta se usaba para rondines y entrada de suministros. Por eso la llave la traÃa él, no porque fuera casualidad. La abrió temblando y nos empujamos hacia afuera uno por uno. Al cruzar el aire cambió. Afuera olÃa más a monte y a tierra húmeda. Del otro lado estaba la malla y el alambre, y en una esquina se notaba el alambre flojo, forzado, como si ya lo hubieran jalado antes. Yo alcancé a voltear hacia el patio trasero, y escuché el sonido de pasos pesados acercándose, rápidos, sobre la tierra. No eran las botas de algún compañero, era un nahual, buscando alcanzarnos antes de que pasáramos la malla. Afuera, el terreno era irregular, con piedras sueltas y una pendiente corta, que te hacÃa resbalar si corrÃas sin ver en dónde pisabas.
1:02:10 La puerta de servicio se cerró detrás de nosotros con un golpe de metal, y de inmediato se sintió la diferencia de espacio. Adentro habÃa pasillos y paredes que te cortaban el aire, afuera era monte y oscuridad abierta, pero esa oscuridad no ayudaba, porque ahà no habÃa en dónde esconderse sin perder el rumbo. La malla no era alta como la barda del frente, y en una esquina ya estaba forzada, con el alambre flojo y la malla levantada, como si alguien la hubiera jalado. Ahà pasamos uno por uno, el herido iba en medio, sostenido por dos, con la cabeza baja y la respiración corta. Yo iba detrás, cuidando que nadie se quedara atorado. Uno se enganchó la ropa con el alambre. Se escuchó el jalón seco de tela y el sonido del metal raspando. No se detuvo a acomodarse, se la arrancó de un tirón y siguió, porque atrás ya venÃan los nahuales. yo alcancé a ver su espalda cuando pasó la camisa abierta y la piel marcada por el alambre y eso me dejó claro que lo único que importaba era cruzar apenas pasé yo sentà el alambre rozarme el hombro y me ardió el corte del cuello como si la piel se me abriera otra vez cuando volteé vi a los nahuales salir por la puerta como si hubieran esperado ese movimiento no salieron desordenados salieron con dirección directos hacia la malla Conté cuatro figuras en total,
1:03:40 y el más grande venÃa al frente. Se paró un segundo con el pecho alto, levantando la cabeza como si oliera el aire, y en la luz que se escapaba del cuartel, se le veÃa el pelaje denso pegado al cuerpo, la cara ancha, el hocico húmedo y las uñas largas colgando de los dedos como ganchos. Ese segundo no fue de duda, fue de cálculo. Luego corrió en cuatro con una velocidad que nos alcanzaba fácil si nos quedábamos a pie. Nosotros bajamos la pendiente casi a ciegas, guiándonos por el camino de terracerÃa, que se distinguÃa por el color más claro de la tierra. Los pies se teÃban con las piedras, el herido se tropezó y por poco cae. Yo lo agarré del chaleco y sentà la sangre caliente en mi mano, porque la venda del antebrazo ya estaba empapada. Apretaba la boca para no gritar, pero el dolor se le veÃa en la cara, como si estuviera aguantando un golpe constante.
1:04:41 Pero no lo soltamos, lo arrastramos si hacÃa falta, porque si se quedaba atrás, ahà se terminaba. Llegamos a las camionetas, estaban a unos metros del lÃmite del monte, donde normalmente se estacionaban para no estorbar en el patio. Una prendió rápido, como si el motor hubiera estado listo desde antes. La otra falló al primer intento y se escuchó el arranque ahogado, pero el que iba al volante le pegó al tablero y volvió a intentar, pero la segunda vez sonó igual. No hubo discusión, nos subimos a la que sà prendió. Nos subimos apretados, sin acomodarnos, con el herido recostado sobre piernas ajenas y con las armas apuntando hacia el monte.
1:05:27 El conductor aceleró y las llantas patinaron un segundo en la terracerÃa antes de agarrar tracción. La camioneta se sacudió al agarrar el camino y el golpe me volvió a arder en el cuello, pero ya no me importó. Yo iba en la parte trasera, sosteniéndome de una orilla con la lámpara apagada para no deslumbrar al de adelante y con la vista fija hacia la lÃnea del monte. En los primeros metros, uno de los nahuales nos siguió en paralelo, Lo vi claro porque la luz trasera de la camioneta lo alcanzó entre los árboles. Iba corriendo a la misma altura, saltando zanjas con facilidad, como si el terreno no le pesara.
1:06:09 Se impulsaba con las manos y en cada brinco levantaba tierra. El hocico se le movÃa con la respiración y el pelaje se le agitaba en el lomo. Yo pensé que nos iba a alcanzar pues la distancia no aumentaba al principio. El conductor apretó más el acelerador y la camioneta se fue más rápido, pero el camino tenÃa piedras y baches y no se podÃa volar sin volcarse. Ese equilibrio entre velocidad y control nos estaba matando, porque el Nahual corrÃa sin preocuparse por volcarse. Iba como si el cuerpo estuviera hecho para eso. La razón por la que se detuvo fue concreta y se sintió en el mismo momento. El camino salió a una parte más abierta, con menos árboles y más campo. Las luces delanteras alumbraron parejo, sin sombras profundas donde esconderse. El Nahual quedó expuesto en plena luz y ahà perdió su ventaja. Al mismo tiempo, desde atrás se escucharon motores y radios de apoyo. Fue sonido real de vehÃculos acercándose desde un punto cercano, con luces moviéndose en otra dirección. Ese cambio hizo que el Nahual bajara el ritmo. Lo vi frenar un poco, quedarse en el borde del monte, quieto un momento, mirando. No cruzó al campo abierto. Se metió entre los árboles como si el monte lo tragara. Los otros no salieron. Se quedaron en la lÃnea del monte, vigilando desde la oscuridad sin exponerse.
1:07:38 Nosotros seguimos hasta un punto con más personal. Llegamos sucios, con sangre y con la voz cortada por el esfuerzo. Nos bajaron y nos revisaron las heridas ahà mismo. Me limpiaron el cuello y me pusieron un vendaje firme. Al herido lo atendieron primero, porque traÃa el antebrazo abierto y ya se le estaba yendo el color de la cara. Nos sentaron por separado y nos tomaron declaración. Nos pidieron describir lo verificable, cuántos entraron, por dónde y cómo se movÃan. Yo dije lo mismo que vi, sin inventar ni suavizar nada. Les dije que corrÃan en cuatro patas, que usaban manos con uñas largas, que tenÃan hocicos grandes con dientes afilados, pelaje denso y que habrÃan seguros metiendo la mano por las rendijas. Esa noche evacuaron a los sobrevivientes. Al dÃa siguiente cerraron el cuartel de forma temporal y se armó un operativo de seguridad en la zona. Con el tiempo reubicaron ese punto y ya no volvió a operar igual.
1:08:41 porque quedó marcado por lo que pasó, y porque nadie querÃa volver a hacer guardia ahÃ. El cierre para mà fue definitivo y humano. Me quedó una cicatriz en el cuello y una marca en la memoria que no se borra. La del hocico a distancia del brazo y esa mirada fija sin cambio. Volvà a trabajar y seguà cumpliendo, pero nunca pedà guardia en un monte aislado. Eso no se me quitó, y cada vez que escucho metal golpeado fuerte, Mi cuerpo reacciona antes que mi cabeza, y lo primero que siento es el mismo olor a pelo húmedo y a sangre. Ahà se quedó esa noche, y ahà terminó.
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