Aug. 10, 2026

Operativo Niebla Roja: La Emboscada De Los Nahuales - Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 Mi nombre es Adrián Mena, y en ese tiempo era soldado de una unidad de infantería móvil, formada por cuatro hombres. El sargento Montoya estaba al mando, el cabo Fierro era el segundo. Camacho llevaba el arma de apoyo y yo cerraba la formación. Entramos en el pueblo poco antes de las cinco de la tarde. La orden era atravesarlo, llegar a una estación de comunicaciones situada al otro lado. Revisar por qué había dejado de transmitir y regresar al transporte. Dejamos el vehículo fuera porque unos árboles bloqueaban la carretera y seguimos a pie. Recuerdo que las primeras casas estaban vacías.

0:47 Había puertas abiertas, objetos abandonados en la calle y ninguna persona a la vista. Montoya mantuvo la formación y seguimos avanzando. La niebla apareció pocos minutos después, roja y espesa. entrando entre las casas y reduciendo la visibilidad. Fierro dijo que tenía un olor fuerte. Camacho confirmó que también lo percibía y seguimos sin detenernos. Nos colocamos los protectores faciales y continuamos por la calle principal. Frente a una casa encontramos sangre. El rastro entraba por la puerta, así que Montoya y Fierro revisaron el interior mientras Camacho y yo cubríamos la calle.

1:31 Dentro había más sangre, muebles golpeados y varias marcas profundas en una pared. Fierro las señaló y dijo que eran de garras. No encontraron ningún cuerpo. Montoya salió, miró la calle y ordenó continuar. La niebla seguía cerrando la visibilidad cuando escuchamos un golpe detrás de una casa y enseguida una carrera corta. Camacho apuntó hacia un callejón. Fierro vigiló las ventanas y yo cubrí la retaguardia. Entonces vi algo cruzar la calle. Era un lobo enorme, de pelo oscuro, garras largas y ojos rojos. Pasó rápido y desapareció detrás de una casa. Avisé al resto y Montoya ordenó mantener la posición. No disparamos porque ya no teníamos al animal a la vista. Poco después escuchamos movimiento al frente. Fierro dijo que había visto una figura entre las casas y que caminaba sobre dos piernas. Montoya decidió sacarnos de la calle y entrar en una casa para dejar de estar expuestos por varios lados. Nos movimos de inmediato, pero cuando llegamos a la entrada éramos tres. Camacho había desaparecido. Yo iba detrás de él y lo había visto segundos antes.

2:48 Montoya preguntó dónde estaba. Le respondí que no lo sabía y Fierro volvió hacia la calle mientras nosotros cubríamos. Encontramos el arma de Camacho en el suelo y sangre junto a ella. Seguimos el rastro entre dos casas y lo encontramos tirado, consciente, con varias heridas profundas en la espalda y mucha sangre en el uniforme. Montoya le preguntó qué había pasado. Camacho dijo que algo lo había golpeado desde atrás y lo había arrastrado. No vio la cara de la criatura. Alcanzó a ver una mano grande cubierta de pelo sujetándolo por el chaleco. Montoya y yo lo levantamos y mientras tratábamos de ponerlo de pie, escuchamos pasos sobre el tejado. Levantamos las armas y una criatura estaba agachada arriba.

3:36 Tenía cuerpo humanoide, estaba cubierta de pelo y tenía hocico, garras largas, colmillos visibles y ojos rojos. Fierro disparó primero, Montoya y yo abrimos fuego después. La criatura retrocedió y cayó detrás del tejado. No fuimos a buscarla. Montoya ordenó salir de ahí. Ayudamos a Camacho a caminar y regresamos a la calle. Habíamos avanzado poco cuando otro Nahual salió de la niebla y golpeó a Fierro de costado. Los dos desaparecieron entre las casas. Fierro gritó y Montoya corrió detrás de ellos. A mí me ordenó quedarme con Camacho. Escuché varios disparos y luego silencio. Mantuve el arma apuntando hacia el lugar donde había desaparecido Montoya mientras Camacho se sostenía contra una pared. Montoya regresó solo, tenía sangre en una manga, aunque seguía usando el brazo. Le pregunté por Fierro y Montoya dijo que lo había encontrado en un patio, con varias criaturas alrededor. Había disparado para acercarse, pero Fierro tenía una herida grave en el cuello y no respiraba.

4:48 Las criaturas seguían cerca y Montoya no pudo sacar el cuerpo. Quedábamos tres. Camacho necesitaba ayuda para caminar y seguía perdiendo sangre, así que Montoya canceló la misión. Dejamos de avanzar hacia la estación y empezamos a regresar por la misma calle. Tomó la delantera. Camacho quedó en medio y yo fui detrás, manteniéndolo cerca para no perderlo de vista. A partir de ahí, los sonidos no pararon. Escuchábamos pasos sobre tierra, golpes contra paredes y movimiento dentro de las casas. Cada vez que girábamos hacia uno de esos ruidos, la calle estaba vacía.

5:30 La niebla no nos dejaba ver lejos y eso nos obligaba a detenernos más de lo necesario. Cerca de la plaza escuchamos un gruñido detrás, pero nos giramos y no vimos nada. Montoya nos hizo seguir. Dimos unos pasos y escuchamos otro ruido delante. Así que volvimos a detenernos. Camacho respiraba con dificultad y caminaba cada vez peor. Montoya ordenó que nadie se separara, aunque escuchara algo cerca. Hasta ese momento habíamos visto lobos enormes y criaturas que caminaban sobre dos piernas. Los dos tipos tenían ojos rojos y atacaban a corta distancia. Camacho había desaparecido cuando nuestra atención estaba en otro punto, y Fierro había sido arrastrado en cuanto quedó fuera de la formación. No sabíamos cuántas criaturas había, pero ya teníamos claro lo que podía pasar si alguno quedaba solo. Montoya revisó su arma y nos hizo continuar, y Camacho quedó entre nosotros. Yo sujeté la parte posterior de su chaleco con una mano y mantuve el arma preparada con la otra. seguimos avanzando hacia la salida todavía quedaba parte del pueblo por atravesar y los movimientos alrededor continuaban ahora desde varios lados recuerdo que Montoya tomó la delantera Camacho quedó en medio y yo avancé detrás de él sujetándolo por el chaleco cuando perdía estabilidad caminábamos despacio

7:02 porque las heridas de su espalda seguían sangrando y ya le costaba mantener el paso Atravesamos parte de la plaza sin ver criaturas, aunque escuchamos movimiento dentro de una casa, y casi al mismo tiempo otro ruido detrás. Montoya nos hizo seguir y mantuvimos la formación. Pasamos junto a una construcción, cuando algo cayó desde arriba y golpeó a Camacho. Los dos fueron al suelo. Era una de las criaturas que caminaban sobre dos piernas, cubierta de pelo con garras. Cayó sobre él y le mordió el brazo izquierdo antes de que pudiera apartarse. Montoya disparó primero y yo lo seguí.

7:45 La criatura soltó a Camacho tras varios impactos, cruzó una ventana y desapareció dentro de la casa. Montoya se agachó junto a Camacho mientras cubría la calle. El brazo estaba destrozado y sangraba mucho, así que colocó un torniquete. Camacho pudo ponerse de pie con ayuda, pero ya no podía manejar su arma. Montoya tomó el arma de apoyo, la cruzó sobre su espalda y conservó la suya en las manos. Seguimos avanzando, yo detrás de Camacho, manteniéndolo sujeto para que no se volviera a caer. La niebla seguía entre las casas y apenas dejaba ver lo que teníamos delante. Escuchábamos pasos en distintos puntos y los sonidos cambiaban de lugar al detenernos. Camacho empezó a quedarse atrás y Montoya redujo el ritmo. Pasábamos por la zona de la casa con sangre, cuando vi dos ojos rojos dentro de la niebla. Levanté el arma y disparé. La figura desapareció. Montoya me ordenó volver con Camacho y cuando giré ya estaba en el suelo.

8:53 Un lobo enorme lo sujetaba por una pierna y lo arrastraba hacia un callejón. Montoya agarró a Camacho por el chaleco y yo disparé contra el animal. Uno de los impactos le dio en el cuerpo y otro en una pata. El lobo soltó a Camacho y retrocedió, pero Montoya siguió disparando hasta hacerlo caer. El animal seguía respirando e intentó levantar la cabeza, pero Montoya le disparó otra vez y dejó de moverse. Escuchamos gruñidos detrás de las casas y salimos de ahí. Camacho trató de ponerse de pie, pero las piernas ya no le respondían bien. Montoya dejó el arma de apoyo junto al cuerpo del lobo y me ayudó a levantarlo. Lo sostuvimos entre los dos y empezamos a avanzar. Poco después escuchamos movimiento detrás. Giré y vi tres criaturas en la calle. Dos eran lobos enormes y la tercera caminaba erguida. Permanecieron unos segundos y luego se acercaron.

9:54 Uno de los lobos se desplazó hacia un lado. El otro hacia el extremo contrario y la criatura humanoide quedó detrás. Montoya soltó a Camacho y disparó contra el animal más cercano. Yo mantuve al herido de pie mientras el lobo se apartaba entre las casas. El segundo también desapareció de la calle. La criatura humanoide siguió avanzando hasta que Montoya disparó otra vez. Vi que uno de los impactos le dio en el cuerpo. Retrocedió y se perdió en la niebla. Montoya volvió a sujetar a Camacho y continuamos. Apenas habíamos avanzado cuando otra criatura cayó entre nosotros. El golpe me hizo perder el equilibrio y Camacho cayó conmigo, mientras Montoya quedó al otro lado.

10:42 La criatura atacó a Montoya y lo golpeó en el pecho con una garra. Cayó de espaldas. Yo levanté el arma y disparé hasta que la criatura se apartó. Montoya consiguió levantarse. Tenía cortes en el uniforme y sangre en el pecho, pero podía caminar y usar el arma. Me ordenó sacar a Camacho de ahí. Agarré al herido por el asa del chaleco y empecé a arrastrarlo mientras Montoya retrocedía detrás de nosotros, disparando hacia la niebla. Camacho seguía consciente y trataba de impulsarse con una pierna. Escuché más disparos y luego a Montoya cambiando de cargador. Me giré.

11:22 Dos criaturas corrían hacia él, desde lados distintos. Montoya disparó contra una. La otra cambió de dirección y vino hacia Camacho y hacia mí. Solté el chaleco, levanté el arma y disparé. La criatura recibió los impactos y continuó avanzando. Camacho levantó el brazo sano y me empujó hacia un lado, antes de que el animal cayera sobre él. Volví a disparar. La criatura mordió a Camacho en la cabeza y después en el cuello. Montoya llegó hasta nosotros y disparó varias veces. El animal cayó junto a Camacho y quedó inmóvil. Me agaché, lo llamé y revisé si respiraba. Tenía heridas graves en la cabeza y el cuello. No reaccionó ni respiraba. Montoya me ordenó levantarme. Seguíamos escuchando movimiento alrededor y dejamos el cuerpo donde había caído. Él avanzó delante de mí Pero la herida del pecho seguía sangrando y le pregunté si podía continuar. Me respondió que sí y me dijo que siguiéramos moviéndonos. Escuchamos gruñidos detrás. Miré por encima del hombro y vi varias figuras dentro de la niebla. Pude distinguir cuatro.

12:35 Dos avanzaban sobre cuatro patas y las otras permanecían más atrás. Montoya me ordenó ahorrar munición y disparar solo cuando estuvieran cerca. Una de las criaturas corrió hacia nosotros. Montoya le disparó y el animal se metió entre las casas. Otra apareció por el lado contrario. Disparé y también retrocedió. Las figuras cambiaban de posición y nos obligaban a vigilar ambos lados de la calle mientras avanzábamos. Montoya me indicó que mirara al frente. La salida estaba cerca, así que corrimos entre las últimas casas y escuché movimiento detrás, pero seguí sin girarme. Montoya estaba a mi lado. Llegamos a los árboles que bloqueaban la carretera y empezamos a rodearlos. Entonces escuchamos varios pasos dentro de la niebla, a nuestra espalda y a los lados. Montoya comprobó su cargador, señaló el camino hacia el transporte y nos echamos a correr. Yo todavía escuchaba los pasos cuando dejamos atrás las últimas casas. Las criaturas salieron del pueblo detrás de nosotros. montoya y yo seguimos por la carretera mientras la niebla quedaba detrás de las últimas casas aunque todavía alcanzaba parte del camino el transporte seguía lejos montoya respiraba con dificultad y movía poco el brazo derecho por la herida del pecho pero conservaba el arma preparada y avanzaba sin detenerse yo iba unos pasos delante cuando escuchamos una carrera detrás de nosotros Dos lobos

14:08 enormes salieron de la niebla. Montoya abrió fuego mientras seguía avanzando y yo disparé con él. Uno de los animales se apartó hacia un lado de la carretera y el otro continuó de frente. Vi varios impactos en su cuerpo, pero siguió corriendo. Montoya me ordenó avanzar mientras él cubría la retirada. Obedecí, aunque apenas había recorrido unos metros, cuando escuché un golpe fuerte a mi espalda. Me giré. El lobo había alcanzado a Montoya y lo tenía en el suelo. Montoya mantenía el brazo derecho entre las mandíbulas del animal, evitando que pudiera morderlo en el cuello. Levanté el arma y disparé contra el cuerpo de la criatura. El animal soltó presión y giró hacia mí. Montoya retiró el brazo, levantó el arma con la otra mano y disparó debajo de la cabeza. El lobo cayó junto a él. Corrí hasta Montoya y lo ayudé a levantarse. pero su brazo tenía heridas profundas y sangraba bastante, pero todavía podía moverlo.

15:09 El segundo lobo apareció otra vez al borde de la carretera. Montoya disparó con la mano izquierda y el animal retrocedió, perdiéndose entre la niebla. Seguimos avanzando. Montoya caminaba más despacio y tuve que reducir el paso para mantenerme cerca. Le pregunté si podía continuar. Me respondió que sí y seguimos. A nuestra izquierda había campo abierto. A la derecha comenzaban los árboles. Escuchamos ramas romperse en esa dirección y Montoya señaló el campo. Nos apartamos de la carretera para alejarnos de los árboles y tener más espacio a nuestro alrededor. Habíamos avanzado poco cuando una criatura humanoide salió detrás de nosotros.

15:51 Corría inclinada hacia adelante. Montoya disparó primero y yo abrí fuego casi al mismo tiempo. La criatura recibió varios impactos, cayeron y rodaron por el suelo. pero volvieron a levantarse. Seguimos disparando hasta que cayeron otra vez y dejaron de avanzar. No nos acercamos a comprobar su estado y los dos empezamos a recargar. Entonces escuché un movimiento a mi espalda, pero no alcancé a girarme. Recibí un golpe fuerte y caí de frente. El arma salió de mis manos y sentí una garra clavarse en la parte superior de mi pierna izquierda. El animal empezó a arrastrarme. traté de sujetarme al suelo mientras buscaba el arma pero no conseguía alcanzarla Montoya disparó y la presión sobre mi pierna desapareció me giré y vi un lobo encima de mí con sangre en un lado de la cabeza Montoya volvió a disparar y el animal cayó a mi lado recuperé el arma me apoyé sobre una rodilla y conseguí levantarme podía mover la pierna aunque la herida sangraba y cada paso empezaba a doler más Montoya llegó hasta mí y entonces vimos otras dos criaturas. Una caminaba erguida y la otra era un lobo. Se separaron mientras avanzaban hacia nosotros. Montoya me ordenó regresar a la carretera. Empecé a moverme lo más rápido que podía mientras él retrocedía detrás de mí, disparando para mantenerlas lejos. La criatura humanoide aceleró, pero Montoya disparó

17:24 contra ella. El lobo se desplazó hacia el otro lado y levanté el arma para cubrirlo. Disparé y el animal cambió de dirección, pero la criatura humanoide siguió avanzando hasta alcanzar a Montoya. Lo golpeó en el hombro y lo hizo caer sobre una rodilla. Montoya disparó desde el suelo y consiguió hacerla retroceder. Intentó levantarse, pero el lobo regresó desde un lado y lo golpeó por la espalda. Montoya cayó de frente. Me giré y avancé hacia él, pero la criatura humanoide volvió a colocarse entre nosotros. Tenía varias heridas de bala en el pecho y el abdomen. Levanté el arma y disparé. Recibió los impactos, avanzó unos pasos más y terminó cayendo. Busqué a Montoya con la mirada, pero el lobo estaba encima de él y lo sujetaba por el cuello. Montoya permanecía inmóvil. Disparé contra el animal, levantó la cabeza y retrocedió. aunque siguió de pie, volví a disparar hasta que mi arma dejó de responder, pues el cargador estaba vacío, mientras buscaba otro en el chaleco vi que la criatura humanoide comenzaba a moverse otra vez y el lobo seguía cerca de Montoya, retrocedí mientras sacaba el cargador, lo coloqué y cargué el arma, la criatura humanoide logró ponerse de pie y empezó a correr hacia mí, disparé varias veces y cayó otra vez, El lobo se apartó hacia los árboles. Miré a Montoya. Seguía en el

18:57 suelo y no se movía. Escuché más movimiento entre los árboles y entendí que quedarme. Ahí solo me dejaría expuesto. Regresé hacia la carretera y continué hacia el transporte. La pierna herida me obligaba a caminar despacio. Varias veces escuché pasos detrás de mí, pero no vi ninguna criatura lo bastante cerca para disparar. Seguí avanzando sin detenerme. Y la verdad, no recuerdo cuánto tardé en llegar al vehículo. Cuando finalmente lo alcancé, abrí la puerta, entré y la cerré detrás de mí. Me revisé la pierna. La herida era profunda y seguía sangrando, aunque podía mover el pie y mantenerme consciente.

19:41 Encendí el transporte y salí de ahí. Mientras avanzaba por la carretera, todavía podía ver la niebla roja detrás, extendida sobre parte del camino y las primeras casas. Escuché varios aullidos antes de alejarme lo suficiente. Algunos llegaban desde el pueblo y otros desde la zona que acabábamos de cruzar. No regresé y nunca pude comprobar qué ocurrió con Montoya después de dejarlo en el campo. La última vez que lo vi estaba inmóvil, con el lobo encima y varias criaturas todavía cerca. Tampoco regresé por fierro ni por camacho. Seguí conduciendo hasta dejar de ver la niebla. Lo último que escuché fueron los aullidos detrás del vehículo, y después ya no escuché nada. De los cuatro hombres que entramos en el pueblo, yo fui el único que alcanzó el transporte y salió de ahí. Recuerdo que el helicóptero perdió potencia cuando cruzábamos una zona montañosa de Oaxaca. Éramos cuatro.

20:51 El teniente Arce iba a los controles. El sargento Arellano ocupaba el asiento de copiloto. Atrás viajábamos el cabo Garza y yo. Íbamos hacia un punto de comunicación cuando el motor empezó a fallar. Arce intentó mantener la altura y buscó un espacio para bajar, pero no alcanzamos a salir de la zona arbolada. El helicóptero descendió entre los árboles, golpeó el terreno de lado y se detuvo después de arrastrarse unos metros. El impacto me lanzó contra el arnés. Garza se golpeó la frente y Arellano quedó con dolor en una pierna. Aún así, los cuatro pudimos salir. Arce cortó la energía y nos hizo apartarnos por una fuga de combustible. Después regresamos para sacar agua, munición, el botiquín y los radios. Uno estaba destruido, el otro encendía. aunque la señal llegaba por momentos y se perdía enseguida. Ya estaba oscureciendo y no conocíamos el terreno. Arellano propuso mantenernos cerca del helicóptero, porque desde ahí sería más fácil ubicar el punto del accidente. Arce estuvo de acuerdo y nos distribuyó alrededor sin alejarnos demasiado. Nadie planteó bajar por la sierra en esas condiciones. Arellano caminaba con dificultad y no sabíamos cuánto faltaba para encontrar un camino. Mientras Garza le vendaba la pierna, Arce intentó transmitir nuestra posición y yo revisé mi arma. Fue entonces cuando escuchamos la primera risa.

22:23 Sonó entre los árboles, cerca, una risa de mujer que duró apenas unos segundos. Los cuatro volteamos hacia el mismo lado. Garza iluminó la zona y no encontró a nadie. Arce nos indicó que mantuviéramos las armas listas, pero que nadie disparara sin ver una amenaza. Poco después la risa volvió, ahora desde otro punto. Arellano pensó que podía haber gente cerca y Arce intentó llamar por radio otra vez, pero no obtuvo respuesta. Mientras esperábamos, algo cruzó por encima de los árboles. Alcancé a ver unas alas grandes y un cuerpo oscuro que pasó de un lado a otro sin producir ruido. Garza dijo que había visto una cara. Arce le pidió que precisara lo que había observado. Y Garza respondió que la cabeza era humana. La figura regresó antes de que termináramos de hablar. Pasó más cerca y la vimos mejor. Tenía alas, cabello alrededor de la cabeza y un rostro de anciana. No escuchamos aleteo. Giró, desapareció entre los árboles y poco después apareció otra por el lado contrario.

23:35 Durante varios minutos vimos movimiento alrededor del perímetro, arriba y entre los troncos. No pudimos determinar cuántas eran, pero vimos más de una al mismo tiempo. Arce ordenó que nadie se separara. Garza terminó de vendar a Arellano y yo me quedé atento al sector por donde habíamos visto la última figura. La anciana apareció caminando desde los árboles. Entró en el alcance de las lámparas. Estaba descalza. Tenía el cabello largo y las uñas sobresalían mucho de los dedos. Arce le ordenó detenerse. pero ella siguió avanzando. Repitió la orden y levantamos las armas. La mujer alzó la cabeza, se rió y dio varios pasos más. Garza retrocedió un poco y Arellano apuntó al pecho sin disparar. Entonces la anciana corrió hacia nosotros, abrió los brazos mientras avanzaba y su cuerpo cambió delante de nosotros. Los brazos se extendieron hasta formar alas, el cuerpo se inclinó hacia adelante y la cabeza conservó rasgos humanos. Todo ocurrió en segundos. La criatura se lanzó contra Garza. Arellano disparó primero, yo disparé detrás de él, y Arce hizo un tercer disparo cuando la vio intentar incorporarse. Los impactos atravesaron el pecho y la derribaron a pocos metros. Nos quedamos apuntándole. Garza dio un paso para acercarse, pero Arce le ordenó volver a posición.

25:05 Había sangre debajo del cuerpo y la criatura seguía moviendo una mano. Una de las perforaciones del pecho empezó a cerrarse. Después se cerró otra. La sangre que había caído al suelo regresó hacia el cuerpo, avanzó por la tierra húmeda y desapareció al tocar las heridas. La criatura apoyó una mano, levantó la cabeza y consiguió ponerse de pie. Volvimos a disparar. Cayó otra vez de lado, pero los impactos solo la detuvieron unos segundos. Arce nos indicó que no gastáramos munición sin necesidad. La criatura se arrastró, recuperó fuerza y se perdió entre los árboles. Otra risa llegó desde la derecha.

25:48 Garza giró y una segunda criatura bajó detrás de él, lo golpeó en la espalda y lo hizo caer de rodillas. Arellano disparó y la obligó a apartarse. Yo avancé hacia Garza mientras Arce cubría el otro lado. Las uñas le habían abierto el uniforme y tenía varias heridas en la espalda. Estaba consciente, podía mover las piernas y dijo que podía caminar. Entre Arellano y yo lo llevamos hasta el helicóptero. Arce abrió el botiquín y empezó a sacar vendas, mientras Arellano vigilaba hacia los árboles. Yo miré al lugar donde había caído la primera criatura, pero ya no estaba. Solo quedaban manchas de sangre y esas manchas se reducían mientras observaba.

26:33 Le avisé a Arce. Miró el suelo, después levantó la vista y vio dos figuras sobre los árboles. Una tercera risa llegó desde la pendiente. El radio volvió a soltar estática. Arce lo apagó y decidió reservar la batería. Nos ordenó ahorrar munición y permanecer juntos. Garza respiraba con dificultad mientras Arellano le ajustaba la venda alrededor del torso. La sangre seguía saliendo por una parte de la herida. y había caído junto al helicóptero. Entonces apareció otra anciana. Estaba cerca, quieta, mirando el suelo. Seguimos la dirección de sus ojos y vimos la sangre de Garza. No miró nuestras armas ni el helicóptero. Avanzó directamente hacia la mancha, bajó una mano y acercó los dedos. Arce cerró el botiquín. Me indicó que ayudara a levantar a Garza y ordenó que nos preparáramos para salir de ahí. La anciana avanzó hacia la sangre de Garza y Arellano le disparó dos veces al pecho.

27:34 Los impactos la hicieron retroceder, aunque siguió de pie. Así que Arce levantó el arma y disparó también. La mujer cayó junto al helicóptero y se quedó inmóvil. Nadie se acercó. Yo ayudé a levantar a Garza mientras Arellano recogía el radio y Arce guardaba el botiquín. La venda de Garza estaba empapada y cada movimiento le abría más la herida. Cuando empezamos a alejarnos, la anciana movió una mano, giró la cabeza hacia una de las manchas del suelo y arrastró los dedos hasta tocar la sangre. Las heridas del pecho comenzaron a cerrarse y la sangre desapareció de su mano, mientras el cuerpo recuperaba fuerza. Arce volvió a disparar y esta vez le dio en la cabeza. La anciana cayó otra vez, pero ninguno se acercó. Arellano dijo que no podíamos seguir gastando munición de esa manera. Arce respondió que los disparos todavía servían para detenerlas unos segundos y ordenó movernos.

28:35 Salimos cuesta arriba, despacio, porque Garza apenas podía mantener el paso y Arellano seguía lastimado de la pierna. Yo iba cerca de Garza por si perdía el equilibrio. Arce cerraba el grupo y miraba hacia atrás cada pocos pasos. Las risas continuaron entre los árboles. Algunas venían de un lado y otras llegaban desde arriba. También vimos dos figuras cruzar sobre nosotros. Las alas se movían, pero no escuchábamos aleteo. Cuando una bajaba demasiado, levantábamos las armas y la criatura cambiaba de dirección. Seguimos hasta encontrar una parte con menos árboles y nos detuvimos para revisar a Garza. Se sentó, abrió el botiquín y me indicó en dónde apretar la venda.

29:19 La herida seguía abierta. Arellano sostuvo la tela mientras yo la ajustaba, y Arce intentó transmitir por radio. Escuchamos una voz cortada por la estática, luego una palabra que no entendimos. Arce dio nuestra ubicación aproximada, informó del aterrizaje y pidió apoyo. La señal se perdió antes de recibir una respuesta clara. Guardó el radio y nos pidió que siguiéramos. Una risa sonó detrás de nosotros. La anciana a la que Arce había disparado caminaba entre los árboles y tenía el rostro cerrado otra vez. Garza la reconoció primero y dijo que era la misma. Arellano levantó el arma, pero Arce le indicó que esperara. Otras dos figuras aparecieron por encima de ella.

30:07 La anciana se quedó quieta unos segundos. Después miró directamente a Garza. Estaba de pie con una mano sobre la venda y sangre en el costado. Nos movimos antes de que Arce diera otra orden. La anciana empezó a seguirnos y las otras dos avanzaron por arriba. Mientras caminábamos, vi que la mujer se detenía en los puntos donde Garza dejaba sangre. Bajaba una mano, tocaba el suelo y continuaba. Seguía el rastro de Garza. Arce también lo vio y nos pidió que cerráramos la formación. Arellano pasó un brazo por detrás de Garza y lo sostuvo para que pudiera avanzar. Yo vigilaba hacia los árboles y Arce buscaba una salida entre las rocas que teníamos delante. Antes de llegar, una criatura descendió sobre Garza. La vi bajar por el lado izquierdo y le disparé tres veces. Los impactos atravesaron el cuerpo y la hicieron caer delante de nosotros. Arellano empujó a Garza hacia adelante y Arce cubrió el otro lado.

31:08 Una segunda criatura cayó detrás de él. Arce alcanzó a girarse y disparó. pero recibió un golpe en el brazo y perdió el fusil. Corrí hacia él, lo levanté del chaleco y recogí el arma. Tenía un corte en el antebrazo y la sangre ya le llegaba a la mano. En cuanto cayó la primera gota, las tres criaturas cambiaron de dirección. La anciana dejó de seguir a Garza y fue hacia Arce, y las otras dos hicieron lo mismo. Arellano gritó que siguiéramos. Arce tomó el fusil y corrió con nosotros hasta las rocas. Encontramos un paso estrecho y entramos por ahí. Garza se dejó caer contra una piedra, mientras Arce se vendaba el brazo con una tira del botiquín.

31:52 Las criaturas se quedaron afuera, una caminaba frente a la entrada y las otras se movían por encima. Arellano revisó los cargadores y nos dijo que quedaba poca munición. Arce la repartió y dejó un cargador junto a Garza. Garza estaba más pálido y respiraba rápido. Dijo que todavía podía caminar, aunque no consiguió levantarse cuando Arellano le ofreció la mano. Arce respondió que esperaríamos un momento y después buscaríamos otra salida. Yo revisé el fondo del paso y encontré una abertura estrecha entre las rocas. Me acerqué para mirar, pero antes de llegar escuché una risa detrás de nosotros. Una mano salió de la abertura y sujetó a Garza por el cuello.

32:37 Arellano disparó de inmediato. La mano lo soltó y yo tiré de Garza hacia el centro del paso. Tenía una herida nueva en el cuello. Intentó cubrirla con la mano, pero la sangre le pasaba entre los dedos. La criatura volvió a meter el brazo por la abertura y Arce disparó hasta que dejó de moverse. Afuera, las ancianas empezaron a acercarse. Arellano intentó levantar a Garza otra vez, pero no pudo. Arce se inclinó para ayudarlo y Garza le pidió que lo soltara. Señaló el paso por donde habíamos entrado, tomó su fusil y nos dijo que siguiéramos. Arellano se negó y trató de cargarlo, pero Garza lo apartó con el brazo que todavía podía mover. Una criatura cayó frente a la entrada, otra apareció detrás y la anciana avanzó por el centro. Garza abrió fuego. Arce me ordenó ayudar a Arellano y salir por el paso lateral. Nos movimos mientras Garza seguía disparando. Yo volteé una vez, seguía sentado, con el fusil apoyado contra el hombro, y las tres ancianas avanzaban hacia él. Salimos por el paso lateral mientras Garza seguía disparando detrás de nosotros. Arce iba adelante, yo sostenía a Arellano por el brazo, y los tres bajamos entre las rocas sin detenernos. Escuché varias ráfagas a nuestra espalda, después un disparo aislado y poco más tarde, silencio. No volteamos.

34:06 Las risas continuaron entre los árboles. Arce llevaba el brazo vendado y mantenía la mano pegada al pecho para contener la sangre. Arellano caminaba peor que antes y casi no podía apoyar una pierna. Aún así, seguía avanzando y me pedía que no lo cargara, porque nos haría más lentos. Una criatura cruzó por encima de nosotros. Arce levantó el fusil, la siguió con la mira y no disparó. Ya habíamos gastado demasiada munición y sabíamos que los impactos solo las detenían durante unos segundos. Seguimos bajando por la montaña, buscando terreno más abierto. El radio soltó estática varias veces. Arce intentó transmitir mientras caminaba, dio nuestro identificador y repitió la posición aproximada. pero no recibió una respuesta clara. Arellano empezó a quedarse atrás. Me detuve, lo tomé del brazo y vi sangre en el pantalón. La venda de la pierna estaba empapada. Arce se agachó, la revisó y encontró una herida más arriba, abierta desde el accidente. Arellano apretó otra venda sobre la zona y dijo que podía seguir. Antes de levantarse, escuchamos una risa cerca y los tres miramos hacia los árboles. La anciana apareció caminando hacia nosotros. Era la misma que había seguido la sangre de Garza. La reconocimos por la ropa y el cabello, pero no tenía heridas visibles. Detrás de ella salió otra. Arce levantó una

35:37 mano y nos hizo esperar, pero las dos siguieron avanzando. Cuando estuvieron a pocos metros, Arellano disparó primero. La anciana recibió varios impactos y cayó. La otra abrió los brazos, cambió de forma mientras corría y se lanzó hacia Arce. Disparé antes de que lo alcanzara. La criatura cayó a su lado, pero una de las uñas le abrió la venda del brazo y la sangre volvió a correrle por la mano. La anciana que estaba en el suelo levantó la cabeza y fue hacia Arce. Disparamos hasta tirarla de nuevo. Después Arce se cubrió el brazo con una venda limpia y seguimos caminando. Arellano sangraba de la pierna, pero las criaturas fueron primero hacia Arce, que llevaba la sangre expuesta.

36:24 No hablamos de eso. Cubrimos las heridas y tratamos de no dejar manchas en el camino. Encontramos un arroyo. Arce se lavó el brazo. Arellano hizo lo mismo con la pierna y cambiamos las vendas. Dejamos las telas usadas en el agua más abajo y continuamos por otro lado. Durante un rato no vimos nada ni escuchamos risas. Pensé que habíamos ganado distancia, pero una figura cruzó sobre nosotros y otra bajó entre los árboles más adelante. Arce ordenó seguir sin disparar, pero Arellano ya no podía mantener el ritmo. Apoyaba casi todo el peso sobre mí y tropezaba cada pocos pasos. Dijo que no llegaría mucho más lejos. Arce respondió que seguiríamos hasta recuperar señal. Arellano no contestó, dio dos pasos más y una criatura bajó desde un costado.

37:16 No escuchamos que se acercara, pero golpeó a Arellano y los dos cayeron. Arce disparó dos veces y yo otras dos. La criatura soltó a Arellano y cayó junto a él. Lo levantamos de inmediato. Tenía heridas en el cuello y en el pecho, y la sangre le corría por el uniforme. Intentó dar un paso y volvió a caer. Arce presionó una de las heridas mientras yo vigilaba a la criatura. Ya estaba moviendo un brazo. arellano la vio levantarse sacó un cargador del chaleco y se lo entregó a arce después tomó su fusil y dijo que ya no podía seguir arce intentó levantarlo otra vez pero arellano no consiguió ponerse de pie una risa llegó desde nuestra derecha y después otra desde atrás arellano se apoyó contra una roca Apuntó hacia la criatura y nos ordenó movernos. Arce permaneció junto a él unos segundos. Arellano repitió la orden y comenzó a disparar. Nos alejamos. Escuché ráfagas cortas, separadas por pausas.

38:22 Luego una risa, dos disparos más y nada. Arce se detuvo, miró hacia atrás, revisó su cargador y siguió. Yo fui detrás de él y no dijimos nada sobre Arellano. El radio recibió una voz poco después. Arce respondió de inmediato. Repitió nuestro identificador y dio la ubicación. La voz pidió confirmar cuántos éramos. Arce dijo que quedábamos dos y que necesitábamos extracción de urgencia. También informó que había una amenaza cerca. Le pidieron detalles y Arce respondió que no podía describirla por radio. Después pidió que mantuvieran la frecuencia abierta. Seguimos bajando.

39:08 Vimos dos figuras encima de los árboles y una anciana detrás de nosotros. Arce volvió a sangrar por el brazo. La mujer aceleró el paso en cuanto la sangre cayó al suelo. Esperé hasta que estuvo cerca y disparé una vez. Cayó de frente. Arce me agarró del chaleco y seguimos sin comprobar si se levantaba. Cuando empezó a aclarar, llegamos a una zona abierta. El radio mantenía señal y nuestra posición ya había sido recibida. Entre los dos nos quedaban nueve cartuchos. Las criaturas se detuvieron en el borde de los árboles. Dos permanecieron arriba y una salió caminando. Era una anciana. Se quedó mirándonos desde lejos. Arce mantuvo el arma apuntada y yo hice lo mismo. Pero la mujer no avanzó. Permaneció ahí varios minutos, después dio media vuelta y regresó entre los árboles. Las otras dos figuras se alejaron con ella y fue la última vez que las vi.

40:12 Arce y yo salimos de la montaña. Garza y Arellano quedaron atrás. Nunca vi sus cuerpos después de esa noche. Cuando me pidieron declarar, conté lo que recordaba. Dije que había visto ancianas cambiar de forma, recibir disparos y levantarse después de que las heridas se cerraban. También dije que las había visto buscar sangre humana y tocarla antes de recuperarse. No añadí una explicación porque no tenía ninguna. Solo sé que entramos cuatro y salimos dos. Tengo este recuerdo en mi mente, como algo que no me deja dormir, desde hace muchos años. Me acuerdo del cuartel como un lugar chico, metido entre el monte con un patio de tierra y edificios bajos, de esos donde todo queda a pocos pasos, y por eso mismo cualquier problema se te viene encima rápido.

41:18 Al frente estaba el portón de lámina, pesado, con su cadena y su candado, y a los lados una barda que daba vuelta hasta topar con la parte trasera. Atrás ya no era barda, era malla con alambre, sostenida por postes, y una puerta de servicio que se usaba para rondines, y para meter cosas sin abrir el portón principal. Esa diferencia nunca me importó hasta esa noche, porque por arriba entraron, como si la barda fuera un escalón, y por atrás terminamos saliendo, por donde el perímetro era más fácil de forzar. Esa guardia me tocó con rondín. Yo llevaba radio portátil, lámpara, el arma de cargo y la costumbre de caminar despacio, pegado a los muros, revisando esquinas y escuchando lo que pasa adentro del cuartel mientras uno está afuera. El patio olía a tierra húmeda y a diésel viejo, porque las camionetas siempre dejaban el olor pegado, Y también olía a comida recalentada que venía del comedor, porque alguien había dejado algo en la cocina. En la parte de la barda del costado vi las marcas. No fueron huellas normales, eran profundas y largas, como si algo pesado hubiera caído y se hubiera impulsado arrastrando las uñas. La tierra estaba levantada en líneas, y entre línea y línea se veían puntos donde algo se clavó y luego se empujó otra vez.

42:47 Yo me agaché, pasé la luz por encima y vi que iban hacia atrás, hacia la zona de malla y puerta de servicio. Lo reporté por radio como se reporta un riesgo. Dije que había marcas recientes pegadas a la barda que parecían de uñas y que la dirección de esas marcas era hacia el perímetro trasero. Pedí que revisaran la malla y el alambre y que uno de los de torreta prendiera el foco exterior del lado de atrás. No alcancé a terminar de hablar. cuando escuché el primer golpe en el portón. No fue un toque, fue metal contra fuerza, un golpe que hizo vibrar la lámina y que se sintió hasta en el suelo. Después vino otro golpe, más cerca de la barda, como si algo hubiera probado el muro, midiendo dónde agarrarse. Se prendieron las luces del patio, las que alumbran fuerte y dejan sombras duras pegadas a los edificios. Dos compañeros se movieron a las torretas, y desde arriba empezaron a barrer el terreno con las lámparas.

43:48 Yo me fui al pasillo que conecta los dormitorios con el comedor, porque por ahí sale la gente, cuando se despierta de golpe y no entiende qué pasa, y si alguien se atraviesa ahí sin cobertura, se vuelve blanco fácil. Me acomodé contra la pared con la lámpara baja para no encandilarme, y con el radio cerca de la boca para reportar sin gritar. En ese punto todavía creíamos que podía ser alguien queriendo entrar, o algún animal grande que se había metido al perímetro, pero esa idea duró nada. El primer brinco se escuchó, como cuando cae un costal pesado desde mucha altura, pero con un golpe más seco, porque cayó con todo el cuerpo. Vi polvo levantarse cerca de la barda del costado, y luego lo vi completo con la luz del patio. Era un nahual. y no lo digo por dramatizar ni por querer ponerle un nombre bonito, lo digo porque eso fue, y porque después de verlo de cerca ya no te queda duda, tenía pelaje denso, oscuro, pegado en partes por tierra, como si hubiera rodado en lodo seco, y la cabeza era grande, con el hocico largo y ancho, lo que más me llamó la atención fueron las manos, No eran patas, eran manos con dedos largos, y las uñas eran largas y curvas, gruesas, y raspaban el piso cuando se impulsaba. No se movía como un perro, corría en cuatro con el lomo alto, pero cuando necesitaba girar o treparse, usaba las manos como una persona torcida,

45:20 con fuerza real. En un segundo pasó del patio a pegarse a un muro, y luego se metió hacia el lado de los dormitorios, buscando la entrada. Yo apunté y me moví dos pasos, manteniendo el ángulo del pasillo, porque si se metía ahí nos iba a encerrar. Alcancé a ver el brillo de saliva en el hocico cuando levantó la cara hacia las luces, y vi los ojos hundidos, fijos, como si la luz no le molestara. La primera baja ocurrió casi de inmediato. Un compañero salió al patio desde el dormitorio, todavía acomodándose el equipo. Y el Nahual lo alcanzó antes de que diera tres pasos firmes. Lo agarró con una mano por la parte alta del uniforme, lo jaló como si no pesara nada y lo golpeó contra la pared. El golpe sonó como cemento contra carne y lo vi caer con las piernas doblándose sin tiempo de cubrirse.

46:18 El Nahual no se quedó ahí. Lo arrastró hacia el pasillo con las uñas haciendo surcos en el suelo y con el pelaje rozando la pared, como si quisiera meterlo a un punto más oscuro. donde no lo viéramos desde el patio. Ese ruido fue el que cambió todo, porque ahí ya nadie pensó que era una intrusión común. La reacción del cuartel se volvió rápida y desordenada al mismo tiempo. Se escucharon pasos acelerados, puertas abriéndose y gente corriendo de un edificio a otro, radios sonando con voces cortadas por interferencia y nervio. Yo me mantuve en mi lugar, porque si yo me movía sin control, dejaba ese pasillo libre, y ese pasillo era la conexión más peligrosa. Levanté la lámpara y la luz le pegó al Nahual un segundo mientras se giraba. Alcancé a ver los dientes irregulares y el hocico húmedo. No parpadeó y no cambió de expresión.

47:15 se empezaron a oír disparos pero no una ráfaga larga sino disparos cortos como cuando uno intenta apuntar en un espacio apretado el nahual se agachó y se pegó al muro y luego se impulsó otra vez más rápido yo vi que el patio ya no estaba vacío las sombras en la barda se movían y en la parte del fondo donde la barda da vuelta antes de llegar a la malla vi caer otra figura No cayó donde cayó el primero, cayó más hacia el centro, como si ya supiera que el foco del patio lo iba a alumbrar. Luego vi caer otro más, por separado. Los dos bajaron en puntos distintos, como si hubieran medido el terreno antes, como si ya supieran dónde estaban las salidas de los edificios y en dónde se iban a juntar los soldados cuando despertaran. Los tres se movieron con la misma idea, entrar, atacar rápido y meterse a los pasillos. En ese momento yo entendí que el cuartel, por chico, se nos había vuelto una trampa, y que lo que venía ya no era un susto, era una cacería adentro de nuestra propia casa.

48:26 Con tres adentro, el cuartel se partió en zonas en cuestión de segundos. En el patio había luz suficiente para ver cuerpos corriendo y sombras pegadas al suelo, pero en los pasillos y en los cuartos la visibilidad se volvió mala, porque las lámparas del exterior no entraban parejo. y porque en el primer minuto ya había muebles tirados, puertas a medio abrir y gente moviéndose sin orden. Yo seguía con el ruido del golpe contra la pared metido en la cabeza y con la imagen de mi compañero arrastrado hacia el pasillo. Ese recuerdo me apretó el estómago, pero no me dejó parado. Me moví hacia el área de guardia donde estaba el radio fijo, el tablero de llaves y la munición de reserva que se guardaba para la noche.

49:14 No era un plan elegante ni una maniobra de manual. Era lo único lógico si queríamos dejar de disparar a ciegas y recuperar control, comunicación y cargadores. Crucé pegado a los muros cuidando esquinas sin alumbrar de frente, usando la luz del patio como referencia para no perder el rumbo. El aire adentro ya olía a polvo levantado, a sudor y a metal caliente. En el pasillo que da al comedor escuché un bramido corto, no como ladrido, sino como un sonido profundo que parecía salir de un pecho grande. Ese sonido no fue para asustar, sonó como señal, como aviso para que los otros supieran en dónde estaba la gente.

49:59 A los pocos pasos vi las primeras marcas en la pared, rayas largas, profundas, hechas con uñas, como si hubieran probado el concreto. En el piso, cerca de una puerta, había tierra arrastrada hacia adentro, en dirección a los dormitorios. Los nahuales atacaban por oportunidad, se pegaban a los muros y se movían por las orillas, buscando ventanas bajas y puertas mal cerradas. En una de esas ventanas vi una mano salir por una rendija. Los dedos eran largos, la piel se veía gruesa. y las uñas trabajaron el metal con paciencia rápida, como si ya supiera dónde empujar para abrir el seguro. No fue un manotazo torpe, fue un movimiento preciso, de alguien que ha abierto eso antes. La ventana cedió y el Nahual metió el hocico primero, olfateando, y luego entró de un jalón sin chocar con el marco, como si el cuerpo ya supiera la medida exacta. En ese punto empezaron los disparos dentro del edificio y el sonido cambió.

51:06 En el patio los tiros se escuchaban abiertos. Adentro rebotaban en las paredes, se mezclaban con gritos cortos y con el golpe de botas contra el piso. Yo vi que los tiros sí les dolían porque se encogían y se sacudían, pero no los tumbaban como a una persona. Se agachaban, cambiaban de dirección y volvían a entrar por otro ángulo, buscando un punto ciego. A uno le pegaron en el costado, lo vi girar con el cuerpo tensándose y aún así se impulsó con las manos y trepó una pared baja que separaba el comedor de una bodega. Cayó del otro lado con un golpe pesado y apareció detrás de nosotros, cortándonos el paso. Esa maniobra rompió al grupo. Dos compañeros se fueron hacia el patio para no quedar encerrados y otros se metieron a un cuarto buscando cobertura. Yo seguí hacia el cuarto de guardia porque era lo único que tenía sentido. En el camino vi cosas que me dejaron claro, que el cuartel ya no era un lugar seguro ni por un minuto. Un soldado estaba sentado contra una pared agarrándose el brazo, con la manga rasgada y la piel abierta en líneas paralelas. No lloraba ni gritaba, respiraba rápido y miraba hacia la esquina, como si esperara que algo volviera a salir. Otro, más cerca de los baños, intentaba cerrar una puerta con el cuerpo, metiendo el hombro, pero la puerta vibraba por los golpes del otro lado, y cada golpe traía sonido de uñas raspando la madera. En

52:40 ese tramo distinguí al más grande. No lo vi completo al principio. Vi primero el hocico asomarse desde una sombra, ancho, con dientes irregulares, y luego vi el pecho cuando se metió a la luz. Era más pesado que los otros. El pelaje se le veía más denso, como una capa pegada, y las uñas eran más largas y curvas como cuchillos. No atacaba al primero que se le cruzaba, entraba donde había más gente, como si buscara provocar pánico y romper la formación. Se metió al pasillo principal, justo donde se juntan los que salen del dormitorio y los que vienen del comedor, y con eso obligó a todos a moverse, a chocar entre sí y a perder los ángulos. Yo llegué al cuarto de guardia con dos compañeros. La puerta estaba entreabierta. Adentro estaba el radio fijo encendido, con ruido de fondo, y la mesa con el escritorio donde se guardaban papeles, llaves y cosas de rutina. Uno de nosotros cerró la puerta con seguro y puso una silla contra la madera, no como barricada definitiva, sino para ganar unos segundos.

53:52 Abrimos el cajón de la mesa y agarramos una bolsa con vendas y cinta, lo que se usa para golpes comunes, torceduras y cortadas. No era equipo médico completo, pero era lo que había a la mano y lo único que podíamos cargar sin perder tiempo. La munición de reserva estaba en una caja metálica bajo la mesa. Yo la abrí con las manos temblando, no por miedo a la oscuridad, sino por la urgencia de saber cuántos cargadores quedaban. Repartimos rápido, Uno se quedó con el radio para escuchar órdenes y reportes porque el radio portátil a ratos se cortaba. El sonido afuera era constante. Pasos, golpes, gritos cortos y ese bramido que aparecía cada tanto como señal. En ese momento, con el cuartel ya quebrado por dentro, llegó la decisión que cambia todo. Seguir peleando adentro nos estaba dejando encerrados en los pasillos, obligándonos a correr de cuarto en cuarto.

54:51 y esa era la ventaja de ellos. La única forma de vivir era romper el cerco y salir por la parte trasera, hacia los vehículos, antes de que nos acorralaran en un solo edificio y nos fueran sacando uno por uno. Yo miré a los otros y no tuve que discutirlo, se entendió en la cara de todos. Cargamos lo que podíamos, abrimos la puerta y nos preparamos para movernos pegados a los muros, con la idea clara de llegar a la puerta de servicio, antes de que los nahuales volvieran a juntarse en el pasillo principal. Yo me moví con un grupo corto, pegados a paredes, usando la luz del patio como referencia para no perdernos, y para no quedar parados en medio de un pasillo oscuro. Éramos pocos porque el cuartel ya estaba dividido en pedazos. Se escuchaban tiros en distintos puntos, puertas golpeándose. y el bramido corto que aparecía y se iba como si marcara en dónde estaba la gente.

55:52 Mi idea era simple y directa. Llegar a la puerta de servicio trasera, la que daba hacia la malla y el camino donde estaban las camionetas, porque adentro ya no había forma de aguantar mucho más. Salimos del cuarto de guardia con la munición repartida y con la bolsa de vendas y cinta metida en un bolsillo. No la cargábamos como si fuera una solución. La cargábamos porque el que se cortaba perdía fuerza, y esa noche cualquier corte era la diferencia entre correr o morir. El encargado de guardia venía con nosotros, pegado a la pared, con la llave de la puerta de servicio en la mano. Yo lo vi apretar esa llave como si fuera lo único que lo mantenía enfocado. Caminábamos cortos, sin pisar fuerte, cuidando no chocar con muebles tirados. En el suelo había casquillos y tierra arrastrada. y en las paredes había rayas largas, hechas con esas uñas como garras. Ese detalle me ayudaba a saber por dónde se habían movido, porque las marcas iban hacia donde estaba la gente. El pasillo que nos llevaba hacia la parte trasera pasaba junto a la bodega. La bodega tenía techo bajo y un borde de lámina por fuera, y arriba de ese borde había sombra, porque las luces del patio no alcanzaban a iluminarlo bien. Yo pensé en eso cuando pasé, porque sabía que si uno de esos se trepaba, no lo íbamos a ver hasta que cayera.

57:20 Y así fue, no nos salió de frente, no se dejó ver en el patio, nos cayó de lado. Se dejó caer desde arriba de la bodega como si hubiera subido por fuera usando sus uñas. No fue un salto largo, fue una caída controlada, con el cuerpo listo para agarrar. Lo vi de cerca por un segundo, porque la lámpara de uno de los compañeros lo alcanzó al bajar. El pelaje se le veía áspero, lleno de polvo y sangre, pegado a la piel como si trajera tierra húmeda. La cabeza bajó primero, el hocico grande y húmedo, y luego cayeron las manos con las uñas largas que parecían ganchos. En cuanto tocó el suelo, se lanzó hacia el compañero que iba a mi izquierda y le metió la mano al antebrazo. No fue una rasgadura leve, fue un tajo directo, de esos que abren la piel y carne en líneas paralelas.

58:14 La sangre salió de inmediato y el compañero soltó el arma con la mano lastimada, porque la fuerza se le fue en ese instante. No gritó mucho, se le quebró la respiración y se dobló, con la cara apretada intentando no caer. Yo me moví para cubrirlo, porque si se quedaba ahí lo iban a rematar. Me puse entre él y el Nahual, apunté, y al mismo tiempo le jalé el chaleco para arrastrarlo hacia la pared. La visión en ese momento fue de túnel. Un pasillo estrecho, la luz del patio entrando de lado, la sombra encima de la bodega, y ese cuerpo aterrador moviéndose con la rapidez de algo que ya había escogido a quién romper primero. Ahí tuve el encuentro más cercano, El Nahual se me vino encima y me empujó contra la pared con el peso del pecho.

59:07 Sentí el concreto frío en la espalda y el golpe me sacó el aire. Su hocico quedó cerca, caliente, con saliva, y el olor fue claro. Pelo húmedo, tierra y un olor fuerte como de animal encerrado. Sus ojos se quedaban fijos, hundidos, y su cara no cambiaba. No había gesto de rabia ni de emoción. Era una mirada plana. como si yo fuera un obstáculo. Metió la mano hacia mi cuello, yo alcancé a girar la cara y a subir el brazo para cubrirme, pero la uña me raspó de todas formas. Sentí el ardor inmediato y luego la sensación de calor en la piel. La camisa se me pegó porque la sangre empezó a correr y se fue hacia el cuello del uniforme. No fue un corte profundo que me dejara tirado, pero fue lo suficiente para sentir que estaba abierto y para saber que, si me agarraba una segunda vez, me podía dejar ahí. Yo disparé casi sin separar el arma de mi pecho y el ruido retumbó en el pasillo.

1:00:11 El Nahual se encogió, pero no cayó. Se movió rápido hacia un lado, como si el dolor lo molestara, pero no lo detuviera. En ese segundo, un compañero le disparó a quemarropa pegado y eso sí lo hizo retroceder de golpe, vi el cuerpo contraerse, vi el pelaje sacudirse y luego lo vi salir con un brinco hacia el patio como si buscara volver a atacar desde otro lado, no se fue despacio, se fue con intención de volver, esa resistencia nos dejó claro que no teníamos margen, teníamos sólo segundos y no minutos, aprovechamos esos segundos y arrastramos al herido, Yo le apreté el antebrazo con una venda rápida solo para bajar el sangrado. Iba pálido, con la mandíbula apretada, tratando de usar la otra mano. El encargado de guardia se adelantó medio paso, siempre pegado al muro y ya traía la llave lista. Llegamos a la puerta de servicio trasera.

1:01:11 Era una puerta más chica que el portón, de metal con una chapa vieja. Esa puerta se usaba para rondines y entrada de suministros. Por eso la llave la traía él, no porque fuera casualidad. La abrió temblando y nos empujamos hacia afuera uno por uno. Al cruzar el aire cambió. Afuera olía más a monte y a tierra húmeda. Del otro lado estaba la malla y el alambre, y en una esquina se notaba el alambre flojo, forzado, como si ya lo hubieran jalado antes. Yo alcancé a voltear hacia el patio trasero, y escuché el sonido de pasos pesados acercándose, rápidos, sobre la tierra. No eran las botas de algún compañero, era un nahual, buscando alcanzarnos antes de que pasáramos la malla. Afuera, el terreno era irregular, con piedras sueltas y una pendiente corta, que te hacía resbalar si corrías sin ver en dónde pisabas.

1:02:10 La puerta de servicio se cerró detrás de nosotros con un golpe de metal, y de inmediato se sintió la diferencia de espacio. Adentro había pasillos y paredes que te cortaban el aire, afuera era monte y oscuridad abierta, pero esa oscuridad no ayudaba, porque ahí no había en dónde esconderse sin perder el rumbo. La malla no era alta como la barda del frente, y en una esquina ya estaba forzada, con el alambre flojo y la malla levantada, como si alguien la hubiera jalado. Ahí pasamos uno por uno, el herido iba en medio, sostenido por dos, con la cabeza baja y la respiración corta. Yo iba detrás, cuidando que nadie se quedara atorado. Uno se enganchó la ropa con el alambre. Se escuchó el jalón seco de tela y el sonido del metal raspando. No se detuvo a acomodarse, se la arrancó de un tirón y siguió, porque atrás ya venían los nahuales. yo alcancé a ver su espalda cuando pasó la camisa abierta y la piel marcada por el alambre y eso me dejó claro que lo único que importaba era cruzar apenas pasé yo sentí el alambre rozarme el hombro y me ardió el corte del cuello como si la piel se me abriera otra vez cuando volteé vi a los nahuales salir por la puerta como si hubieran esperado ese movimiento no salieron desordenados salieron con dirección directos hacia la malla Conté cuatro figuras en total,

1:03:40 y el más grande venía al frente. Se paró un segundo con el pecho alto, levantando la cabeza como si oliera el aire, y en la luz que se escapaba del cuartel, se le veía el pelaje denso pegado al cuerpo, la cara ancha, el hocico húmedo y las uñas largas colgando de los dedos como ganchos. Ese segundo no fue de duda, fue de cálculo. Luego corrió en cuatro con una velocidad que nos alcanzaba fácil si nos quedábamos a pie. Nosotros bajamos la pendiente casi a ciegas, guiándonos por el camino de terracería, que se distinguía por el color más claro de la tierra. Los pies se teíban con las piedras, el herido se tropezó y por poco cae. Yo lo agarré del chaleco y sentí la sangre caliente en mi mano, porque la venda del antebrazo ya estaba empapada. Apretaba la boca para no gritar, pero el dolor se le veía en la cara, como si estuviera aguantando un golpe constante.

1:04:41 Pero no lo soltamos, lo arrastramos si hacía falta, porque si se quedaba atrás, ahí se terminaba. Llegamos a las camionetas, estaban a unos metros del límite del monte, donde normalmente se estacionaban para no estorbar en el patio. Una prendió rápido, como si el motor hubiera estado listo desde antes. La otra falló al primer intento y se escuchó el arranque ahogado, pero el que iba al volante le pegó al tablero y volvió a intentar, pero la segunda vez sonó igual. No hubo discusión, nos subimos a la que sí prendió. Nos subimos apretados, sin acomodarnos, con el herido recostado sobre piernas ajenas y con las armas apuntando hacia el monte.

1:05:27 El conductor aceleró y las llantas patinaron un segundo en la terracería antes de agarrar tracción. La camioneta se sacudió al agarrar el camino y el golpe me volvió a arder en el cuello, pero ya no me importó. Yo iba en la parte trasera, sosteniéndome de una orilla con la lámpara apagada para no deslumbrar al de adelante y con la vista fija hacia la línea del monte. En los primeros metros, uno de los nahuales nos siguió en paralelo, Lo vi claro porque la luz trasera de la camioneta lo alcanzó entre los árboles. Iba corriendo a la misma altura, saltando zanjas con facilidad, como si el terreno no le pesara.

1:06:09 Se impulsaba con las manos y en cada brinco levantaba tierra. El hocico se le movía con la respiración y el pelaje se le agitaba en el lomo. Yo pensé que nos iba a alcanzar pues la distancia no aumentaba al principio. El conductor apretó más el acelerador y la camioneta se fue más rápido, pero el camino tenía piedras y baches y no se podía volar sin volcarse. Ese equilibrio entre velocidad y control nos estaba matando, porque el Nahual corría sin preocuparse por volcarse. Iba como si el cuerpo estuviera hecho para eso. La razón por la que se detuvo fue concreta y se sintió en el mismo momento. El camino salió a una parte más abierta, con menos árboles y más campo. Las luces delanteras alumbraron parejo, sin sombras profundas donde esconderse. El Nahual quedó expuesto en plena luz y ahí perdió su ventaja. Al mismo tiempo, desde atrás se escucharon motores y radios de apoyo. Fue sonido real de vehículos acercándose desde un punto cercano, con luces moviéndose en otra dirección. Ese cambio hizo que el Nahual bajara el ritmo. Lo vi frenar un poco, quedarse en el borde del monte, quieto un momento, mirando. No cruzó al campo abierto. Se metió entre los árboles como si el monte lo tragara. Los otros no salieron. Se quedaron en la línea del monte, vigilando desde la oscuridad sin exponerse.

1:07:38 Nosotros seguimos hasta un punto con más personal. Llegamos sucios, con sangre y con la voz cortada por el esfuerzo. Nos bajaron y nos revisaron las heridas ahí mismo. Me limpiaron el cuello y me pusieron un vendaje firme. Al herido lo atendieron primero, porque traía el antebrazo abierto y ya se le estaba yendo el color de la cara. Nos sentaron por separado y nos tomaron declaración. Nos pidieron describir lo verificable, cuántos entraron, por dónde y cómo se movían. Yo dije lo mismo que vi, sin inventar ni suavizar nada. Les dije que corrían en cuatro patas, que usaban manos con uñas largas, que tenían hocicos grandes con dientes afilados, pelaje denso y que habrían seguros metiendo la mano por las rendijas. Esa noche evacuaron a los sobrevivientes. Al día siguiente cerraron el cuartel de forma temporal y se armó un operativo de seguridad en la zona. Con el tiempo reubicaron ese punto y ya no volvió a operar igual.

1:08:41 porque quedó marcado por lo que pasó, y porque nadie quería volver a hacer guardia ahí. El cierre para mí fue definitivo y humano. Me quedó una cicatriz en el cuello y una marca en la memoria que no se borra. La del hocico a distancia del brazo y esa mirada fija sin cambio. Volví a trabajar y seguí cumpliendo, pero nunca pedí guardia en un monte aislado. Eso no se me quitó, y cada vez que escucho metal golpeado fuerte, Mi cuerpo reacciona antes que mi cabeza, y lo primero que siento es el mismo olor a pelo húmedo y a sangre. Ahí se quedó esa noche, y ahí terminó.