Jan. 26, 2026

Operativo En La Sierra: Las Brujas Atacaron El Cuartel - Historias De Terror - REDE

Operativo En La Sierra: Las Brujas Atacaron El Cuartel - Historias De Terror - REDE
Operativo En La Sierra: Las Brujas Atacaron El Cuartel - Historias De Terror - REDE
REDE (Relatos Desclasificados)
Operativo En La Sierra: Las Brujas Atacaron El Cuartel - Historias De Terror - REDE

¡ Rápido ! Suscríbete y activa la campanita.
Se parte de la comunidad REDE.
ENVIAME TUS HISTORIAS A: relatosdesclasificados@gmail.com
SÍGUEME EN FANPAGE: https://bit.ly/33H3Og3
SÍGUEME EN INSTAGRAM: https://bit.ly/3dgiBmd

0:05 Buenos días, y una disculpa familia. Ayer por error subí otro archivo, y resultó ser una historia que ya había subido antes. Fue totalmente mi culpa, y ya revisé eso para que no vuelva a pasar. Gracias por avisar y por seguir aquí conmigo, y gracias por su paciencia y por el apoyo. Yo conocí a Mara porque vivía a dos calles de mi casa y siempre encontraba la forma de meterse en mi vida sin verse metiche. No era la típica amiga escandalosa. Era tranquila, directa y muy segura. Cuando yo me arreglaba y me veía igual, ella me decía que cambiar y parecía que de verdad sabía. Con el tiempo me acostumbré a hacerle caso. porque sus consejos sí se notaban, y porque a mí me pegaba fuerte sentirme fea, sentir que la gente me veía y me medía.

1:01 Un día me dijo que me iba a llevar con unas amigas, que sabían ayudar a que una mujer se volviera otra. Me explicó que era una decisión simple, que yo solo tenía que escuchar una oferta y aceptarla si quería, y que con eso yo iba a tener belleza y poder. y que nadie me iba a volver a tratar como si yo fuera menos. Me citó en una orilla del monte por un camino de terracería, donde ya no se oían carros. Yo salí de mi casa diciendo que iba a estar con ella en su casa. Me fui con ropa normal, tenis, el celular cargado y una lámpara pequeña en la bolsa, pero en cuanto entré al camino la señal empezó a fallar. Mara ya estaba ahí, parada junto a un tronco cortado. No estaba sola, había tres mujeres más, jóvenes, arregladas y con el cabello bien peinado. Vestían oscuro, sin nada raro, y eso me bajó la alerta. Me saludaron corto, sin confianza, y Mara me pidió que caminara con ellas, porque el lugar donde se hacía la oferta estaba más adentro.

2:09 Yo seguí porque ya estaba ahí, y porque me daba vergüenza echarme para atrás, y porque Mara me hablaba como si me estuviera haciendo un favor grande. Mientras caminábamos, me dijo ya sin rodeos que el trato era con el diablo. Yo entregaba mi alma y a cambio recibía belleza, poder y protección, y que esas mujeres me iban a cuidar siempre. Me lo dijo como si se tratara de firmar algo. Cuando lo escuché así, me dio un golpe en el estómago, pero seguí avanzando por el mismo orgullo que me había llevado hasta ahí. Yo le pregunté cómo podía decirlo tan tranquila, y me contestó que el mundo era para quien se atrevía, que yo ya había aguantado demasiado por quedarme callada, y por esperar a que alguien me eligiera, y que esa era una forma de cambiar las cosas de verdad. Me lo dijo como si fuera una salida limpia, sin vueltas, como si yo hubiera llegado tarde a una oportunidad que ya me estaban guardando. Mientras hablaba, caminaba con paso firme, sin voltearse a ver si yo venía, como si supiera que yo la iba a seguir. El camino se hizo más angosto, la terracería quedó atrás y empezó una vereda con piedras sueltas y ramas bajas. Yo iba cuidando donde pisar, porque el suelo estaba húmedo en partes y había lodo pegado a las orillas. Se me metió el olor a tierra mojada, a hojas podridas, y a ratos se sentía

3:41 el aire más frío entre los árboles. La lámpara que llevaba en la bolsa me golpeaba el muslo con cada paso, y ese detalle simple me mantenía un poco en lo real, como recordando que yo podía dar la media vuelta. Las otras tres mujeres caminaban de un modo raro, no hablaban entre ellas, iban separadas con un orden y cada una cargaba algo como si fuera parte de un paquete que tenían que completar. Una traía una lámpara de mano, otra llevaba una botella dentro de una bolsa pequeña, por el modo en que se le marcaba el vidrio al moverse. La tercera llevaba un paquete envuelto en tela oscura, amarrado con un cordón. Yo observé eso y me quedé pensando,¿ qué clase de oferta necesitaba cosas así en el monte?

4:31 En un punto, la vereda se partió en dos. Mara no dudó, se metió por el lado más cerrado, donde las ramas te rozaban la cara. Me acerqué a ella para preguntarle si faltaba mucho, y me tomó del antebrazo para jalarme. Su mano estaba fría, no era una mano sudada de caminar, era fría como si acabara de mojarse. le quité el brazo con cuidado y le pedí que no me agarrara Mara siguió caminando y me dijo que ahí ya no se caminaba como en el pueblo que ahí yo tenía que aprender a obedecer si quería que me saliera bien esa frase me molestó yo no me consideraba una persona débil solo era insegura con mi apariencia me molestó mucho que me hablara como si yo fuera torpe Por eso mismo seguí, por orgullo, por no darle el gusto de que yo me echara para atrás. Yo iba repitiéndome que solo iba a escuchar, que nadie podía obligarme a nada y que si veía algo raro, me regresaba.

5:32 Aún así, el cuerpo se me puso tenso y empecé a apretar la lámpara dentro de la bolsa, como si fuera a servir para defenderme. La luz del camino se fue apagando por el techo de ramas. El ruido del pueblo ya no llegaba. Se oían insectos, hojas moviéndose y el roce de nuestros pasos en la tierra. En una parte vi unas marcas en un tronco, como arañazos profundos, y pensé que podía ser de algún animal, pero estaban demasiado parejos. Volteé a ver a una de las mujeres y ella me estaba mirando, como si supiera que yo había visto eso. Bajo la vista a mis manos y luego a mi cuello, como si estuviera revisando si yo traía algo puesto. Seguimos así hasta que se abrió un claro.

6:21 No era un lugar amplio, era un espacio suficiente para hacer un círculo y moverse alrededor. El suelo estaba limpio, como si lo hubieran barrido con ramas. Había piedras acomodadas formando un círculo y velas clavadas en la tierra alrededor. En el centro se veía una tela negra extendida y encima un recipiente con alcohol. En el borde del círculo había una línea marcada con ceniza, bien pareja como una raya que delimitaba el paso. Yo me quedé en la orilla sin cruzar esa línea. Vi cera pegada en algunas piedras, cera vieja, endurecida, y vi manchas oscuras en la tierra, donde se notaba que algo se había quemado antes. La mujer del paquete lo dejó cerca del círculo y lo acomodó con cuidado como si estuviera poniendo algo delicado. La de la botella la sacó de la bolsa pequeña y la destapó, y el olor a alcohol se levantó fuerte, directo, y me hizo arder la nariz. Mara se paró frente a mí. Su cara seguía siendo la de siempre, pero su mirada ya no era de amiga. Me dijo que ese era el punto donde yo decidía que nadie me había obligado a venir y que si yo quería cambiar mi vida tenía que hacer lo que se hacía ahí sin hacerme la ofendida. Luego me señaló el círculo y me dijo que entrara, que lo primero era cruzar la línea y decir mi nombre completo para que supieran a

7:51 quién le estaban hablando. Yo miré la ceniza en el suelo y miré las velas. Sentí que si daba ese paso ya no era solo escuchar, Las tres mujeres se acomodaron alrededor del círculo, cada una en su lugar, y me miraban fijo y sin prisa. Yo apreté los dedos dentro de la bolsa, toqué la lámpara, respiré por la boca para no sentir el alcohol, y me acerqué un poco más con la idea de entrar solo lo necesario para entender qué estaba pasando, porque ya estaba ahí y porque ya había escuchado la palabra diablo de la boca de alguien que yo llamaba amiga. Crucé la línea de ceniza con el pie derecho, con la idea de entrar solo para escuchar y salir. En cuanto lo hice, una de las mujeres se agachó y acomodó mejor el recipiente sobre la tela negra del centro. La del paquete lo dejó a un lado del círculo y lo abrió lo suficiente para sacar una cuerda delgada y un trozo de cera oscura. La que traía la botella la destapó y el olor a alcohol me pegó directo, fuerte, como si me hubieran acercado la boca a un trapo empapado. Yo respiré por la boca, pero igual me ardió la nariz.

9:05 Me pidieron que me quitara la cadena que yo traía. Era una cadena sencilla, de las que uno usa diario, y yo la traía por costumbre, por cariño, no por lujo. Me dijeron que la dejara en el centro, sobre la tela. Me temblaron los dedos al soltarla porque ahí entendí que no era una plática, era una entrega. Mara se quedó a mi lado, pegada y sin tocarme. Ya no tenía cara de amiga, tenía cara de que todo ya estaba decidido desde antes. Me dijeron que dijera mi nombre completo y que lo dijera fuerte. Lo dije. Luego me ordenaron que repitiera con palabras claras que aceptaba entregar mi alma a cambio de belleza, poder y protección, y que aceptaba que ellas me cuidaran mientras cumpliera. Yo intenté preguntar qué pasaba si yo no quería, pero una me apretó el antebrazo y me dijo que no hiciera preguntas, que eso se hacía completo o no se hacía. Mara acercó la boca a mi oído y me dijo que no la fuera a arruinar, que yo ya estaba ahí y que lo peor era quedarse a medias. Esa frase me enfureció y al mismo tiempo me empujó a seguir, porque yo ya no quería verme como una cobarde frente a ella.

10:24 Repetí y la voz me salió seca, sentí la garganta rasposa por el alcohol y por el humo que ya empezaba a subir porque una encendió las velas una por una. Las llamas se movieron con el aire del claro. El humo se levantó, me pegó en la cara y me empezó a arder la nariz, como si hubiera tragado polvo. Las mujeres se acomodaron alrededor y empezaron a caminar en círculo, despacio y parejo, sin hablar entre ellas, con pasos medidos que raspaban la tierra. Al principio se veían normales, jóvenes arregladas con el cabello bien, yo quería creer que todo era una forma de asustar un truco para que yo dijera que sí y ya pero eso me duró poco pues en el momento en que me exigieron que confirmara el trato por última vez les cambió la cara no fue una idea ni una impresión fue un cambio que vi de frente a la que iba enfrente se le marcó la piel como si se le secara en segundos se le hicieron arrugas profundas alrededor de la boca y de los ojos La sonrisa se le estiró demasiado, como si se le jalara la piel hacia atrás. La otra encorvó la espalda, se le hundieron los ojos y empezó a respirar por la boca con un sonido ronco. La tercera levantó las manos frente a su cara y vi cómo las uñas le crecieron largas, gruesas y oscuras, hasta verse como ganchos. Una se tocó la mejilla y se

11:56 le quedó hundida, como si al apretarse se le hubiera ido la carne hacia adentro. Yo volteé a ver a Mara con la intención de salir, pero en ese instante Mara también cambió. Se le endureció la mirada, la cara se le puso vieja por segundos, como si se le cayera el maquillaje de golpe y quedara otra piel debajo, más seca, más marcada. Luego volvió a verse joven, pero ya no me importó la cara, me importó lo que vi en los ojos. Ya no estaba conmigo, estaba con ellas. Y ya no me estaba ayudando, me estaba entregando. Me tomaron de los brazos. No fue un jalón exagerado. Fue un agarre firme. De gente que sabe sujetar para que uno no se suelte. Me empujaron al centro del círculo.

12:45 Una me puso una mano en la nuca para obligarme a levantar la cara hacia el frente. Me dijeron que ellas me iban a proteger. Que el miedo se me iba a quitar. Cuando yo mirara al diablo de frente... y que ahí se cerraba todo mara se quedó atrás viendo sin intervenir como si su papel ya hubiera terminado en ese punto se formó la figura frente a mí a pocos pasos justo donde estaba el recipiente fue un cuerpo oscuro con forma definida era alto ancho de hombros y las manos eran grandes y las uñas parecían garras la cara se veía marcada como quemada en partes con la piel dura y seca Los ojos no parecían humanos.

13:30 Estaban fijos, como si me estuviera revisando por dentro. Cuando volteó hacia mí, el olor a humo se mezcló con un olor fuerte a azufre. Me pegó en la boca y me revolvió el estómago. Sentí que me faltaba el aire, como si el pecho se me cerrara. Oí una risa de mujer muy cerca y luego una voz grave, clara, diciendo mi nombre como si me conociera desde siempre. Esa voz no me habló bonito, me habló como dueño, y me dijo que ya había dicho las palabras y que la oferta era para mí. En cuanto lo vi bien, mi cuerpo reaccionó solo. Me zafé con fuerza, empujé con el hombro a una de las mujeres y sentí el rasguño de una uña en el brazo. Me ardió de inmediato, pero corrí hacia la línea de ceniza. Me pegué con una piedra, caí sobre la tierra y me raspé la rodilla.

14:24 Me levanté sin revisar nada y seguí. Las ramas me golpearon la cara y la espalda. Me atoré el cabello con una rama baja y me lo arranqué al jalón. Atrás oí risas claras de mujeres y oí esa voz grave otra vez, como si me estuviera hablando al oído sin necesidad de acercarse. Salí del claro a la vereda. Corrí sin mirar el suelo. Me resbalé en lodo, me sostuve de un tronco y seguí. El aire frío de la vereda me pegó en la cara y me dio un poco de fuerza. Cuando vi el camino de terracería, sentí que el corazón se me iba a salir. Corrí hacia el pueblo con la ropa sucia, las piernas temblando y las manos abiertas de raspones. A cada paso esperaba que me agarraran por atrás, pero llegué. Cuando entré a mi casa, mis papás me vieron y supieron que no era una caída normal. Traía tierra en la cara, sangre en el brazo y la rodilla raspada. Mi mamá me agarró por los hombros y me empezó a preguntar qué había pasado. Mi papá se quedó serio mirando la puerta y luego mirándome a mí, como midiendo si alguien venía atrás.

15:32 Yo les conté todo sin adornos, quién era Mara, a dónde me llevó, qué me pidieron y cómo esas mujeres se hicieron viejas con uñas largas y cómo vi al diablo. La voz se me quebró por el cansancio y por el susto, pero lo dije completo porque ya no tenía forma de guardármelo. Mis papás no lo tomaron como cuento, mi papá se fue esa misma tarde a buscar a Mara con un familiar porque yo no iba a salir yo me quedé en la sala con mi mamá con una toalla húmeda en la rodilla y el brazo ardiéndome en donde me habían rasguñado me temblaban las manos todavía mi papá regresó de noche traía la cara dura sin el enojo normal de cuando algo no sale dijo que llegaron a la casa de Mara y nadie abrió tocaron fuerte se asomaron por la reja y no se veía luz Un vecino salió a medias sin acercarse y les dijo que la familia se había ido temprano con maletas, como si ya lo tuvieran planeado. Dijo que desde la mañana habían estado metiendo cosas al carro. Mi papá preguntó a dónde y el vecino solo movió la cabeza como diciendo que no se metieran. Esa respuesta nos dejó claro que Mara no iba a dar la cara y que yo ya estaba metida en algo que no dependía de una explicación. Esa noche yo no pude dormir. Me dolían los raspones y me ardían los ojos por el humo, pero lo que más me tenía despierta era la imagen del círculo y el olor a azufre mezclado con humo.

17:07 Me acosté con la puerta cerrada y con la luz del pasillo prendida. Mi mamá se sentó un rato en una silla frente a mi cama y luego se fue a acostar, pero me dejó la puerta entreabierta para verme. En la madrugada escuché una risa corta. como un chiflido burlón que venía del pasillo. No fue un ruido de la calle, sonó dentro de la casa. Me senté de golpe. Mi mamá se levantó también y prendió la luz. Revisó el pasillo, la cocina y el patio, pero no encontró a nadie. Mi papá salió con una lámpara, abrió la puerta de la calle y se asomó, como esperando ver a alguien escondido, pero no había nadie. Regresó y nos dijo que no íbamos a esperar a que eso se repitiera.

17:55 Al día siguiente mis papás tomaron la decisión que más podían controlar. Nos mudamos a otra ciudad con un familiar. No fue una mudanza bonita, fue meter ropa, papeles y lo básico en bolsas y cajas. Mi mamá guardó fotos y documentos primero, como si se estuviera preparando para un incendio. Yo ayudé a doblar la ropa con las manos todavía temblorosas. Me revisaba el brazo a cada rato y veía las líneas rojas del rasguño como una firma. Mi papá fue al patio y quemó en un bote de metal la servilleta donde había quedado pegada, cera negra que mi mamá había sacado de la suela de mis tenis, y dijo que no quería eso guardado ni un día más. Nos fuimos en el carro de mi tío. Yo iba atrás, mirando por la ventana, esperando ver a Mara parada en alguna esquina. pero no apareció. En el camino, yo abrí el celular y vi que tenía mensajes de ella, pero no los abrí. Mi mamá me pidió que borrara su contacto y que no la volviera a buscar por ninguna razón, así que lo borré ahí mismo. En el lugar nuevo, los primeros días fueron normales. Era una casa distinta, con ruido de vecinos, con calles, donde yo no sabía quién vivía en cada puerta. Eso me dio un poco de aire.

19:17 y yo me repetía que el monte estaba lejos, que el círculo quedó en otro lugar y que allá se quedó. Pero el problema no se quedó atrás. En las noches yo volvía a oír esa misma risa, siempre cerca, siempre dentro de la casa. La primera vez fue al tercer día. Estaba acostada y escuché la risa pegada a mi puerta, como si alguien estuviera del otro lado, con la cara a unos centímetros de la madera. me levanté, prendí la luz y abrí de golpe y el pasillo estaba vacío la risa se cortó en seco como si alguien se hubiera escondido no fue una idea mía mi mamá también la oyó una noche desde la cocina y se le fue el color de la cara se quedó parada con el vaso en la mano mirando hacia el pasillo con los ojos abiertos mi papá empezó a dejar las luces prendidas cerraba bien las puertas y ventanas Revisaba el patio antes de dormir. Yo trataba de actuar normal, pero el cuerpo ya no me respondía igual, pues cada noche me acostaba esperando el ruido. Cuando escuchaba el crujido de una tabla, me sentaba, y cuando el aire cambiaba, me levantaba a tocar la pared, como buscando una explicación física que me calmara.

20:38 La peor noche fue cuando lo vi en mi cuarto. Yo estaba acostada, con la luz apagada, y sentí que el aire se calentó, como si alguien estuviera respirando cerca. No fue calor de verano ni calor de cobija, fue un calor localizado, pegado al cuerpo. Abrí los ojos y lo vi frente a la ventana, recortado con la luz de la calle. Era la misma figura del monte, la misma cara marcada y los mismos ojos fijos. No estaba lejos. Estaba dentro del cuarto, no caminó, no se movió como un hombre normal, solo estaba ahí, ocupando el espacio como si le perteneciera. Me habló con claridad y me dijo que la oferta seguía en pie, que yo había corrido, pero que yo ya había estado adentro del círculo y que eso bastaba para que me buscaran. Me dijo que él quería mi alma y que yo tenía que decidir.

21:34 La voz era grave y tranquila, como si estuviera recordando un acuerdo, no amenazando. Eso fue lo que más me dejó fría porque sonó seguro, como si de verdad no necesitara apurarse. Yo salí corriendo del cuarto y desperté a mis papás. Esta vez no revisaron como si fuera un ruido cualquiera. Mi papá se vistió en segundos y mi mamá me agarró del brazo y me sentó en la sala. El familiar con el que vivíamos se levantó espantado y yo les dije lo que había visto y lo que me había dicho. Mi papá no se puso a discutir si era real o no. Nos dijo que íbamos a cortar eso como fuera. Nos fuimos en ese momento con un sacerdote recomendado por un familiar. Era un hombre mayor, serio, que escuchó sin hacer caras. Nos pidió que contáramos todo en orden y nos dijo que el error fue haber entrado al círculo y haber repetido las palabras de aceptación.

22:32 Dijo que esas palabras se usan para amarrar y que a veces con una sola repetición basta para que te señalen como si ya hubieras firmado. Hizo una bendición completa de la casa cuarto por cuarto y puso atención en la ventana de mi cuarto. Nos pidió que quemáramos la ropa con la que yo fui al monte y que tiráramos la cadena que me quité ahí porque eso quedó ligado al trato. Mi papá lo hizo ese mismo día. La ropa se consumió hasta quedar en cenizas. La cadena la envolvimos en papel y la tiramos lejos, donde no la pudiéramos recuperar por impulso. Después de eso, lo que pasaba se cortó. No hubo más risas en la casa.

23:15 El diablo no volvió a aparecer en mi cuarto. Yo me quedé con miedo por mucho tiempo, con pesadillas y con la idea fija de que mi amiga nunca fue mi amiga, pero lo que me seguía en la noche se terminó ahí. Esa fue la única parte que me devolvió un poco de vida, porque me dejó claro que sí se podía cerrar, aunque el recuerdo se quedara pegado como una cicatriz. Yo iba en un grupo de relevo con una orden precisa, subir a un cuartel en la sierra, porque el pelotón destacado dejó de reportar. Lo que nos dieron fue claro, se habían perdido los enlaces, hubo intentos de contacto desde base y desde un punto intermedio y nadie respondió. Un equipo anterior intentó acercarse para confirmar si era falla de equipo o de señal, y también se quedó sin comunicación al entrar a esa zona. Con eso bastó para que nos mandaran. Salimos con lo necesario para movernos ligero, pero con capacidad de sostener posición si se ocupaba.

24:27 En la brecha todavía avanzó el vehículo, aunque a ratos se sentía que el terreno lo iba tragando. Después ya no pasó. Cargamos el equipo y seguimos a pie, por tramos donde el suelo se volvía piedra suelta y el monte se cerraba. La sierra ahí no te da una vista amplia. Te obliga a caminar viendo poco, cuidando pendientes, evitando quedar recortado contra el cielo y revisando cada curva antes de mostrar el cuerpo completo. Antes de ver el cuartel, la radio empezó a fallar con ruido y cortes. No fue una pérdida suave. Había momentos donde entraba una palabra y luego se iba todo a estática. Probamos un cambio básico de canal, revisamos baterías, conectores y aún así seguía igual.

25:15 Pero el problema era la zona, no el aparato. El mando decidió continuar porque el objetivo era llegar, confirmar y asegurar el lugar. Si ese pelotón estaba vivo, había que encontrarlo. Si estaba herido, había que sacarlo. Y si había sido atacado, había que saber por quién y desde dónde. Cuando por fin tuvimos el cuartel a la vista, se veía entero por fuera. No había humo, no había luces y no se veía movimiento en las ventanas. El cerco estaba en pie, la caseta seguía donde debía, el patio era tierra aplanada y las construcciones bajas estaban cerradas. Lo raro fue que no hubo guardia. Un cuartel en la sierra con pelotón activo no se queda sin ojos afuera, ni por descuido.

26:03 Entramos con procedimiento, dos al frente revisando ángulos, otros cubriendo laterales y el resto asegurando retaguardia y puntos altos. La puerta principal estaba cerrada sin seguro, como si la hubieran empujado y ya. Adentro no había gente, no había un cuerpo ni un herido escondido. Lo primero que me pegó fue el desorden. No un desorden de vida diaria, sino de ruptura. Chalecos tirados sin colgar, botas en un rincón como abandonadas, cargadores vacíos en el suelo, una mesa con restos de comida ya fría y vasos usados. y en el piso de un pasillo, sangre seca en marcas de arrastre.

26:46 Esa sangre no estaba en gotas pequeñas. Era una franja irregular, como si alguien hubiera pasado un cuerpo o una pierna arrastrando, dejando un rastro que se fue perdiendo hacia el fondo. No me quedé mirando. Hicimos lo que se hace en un lugar así. Revisar cuarto por cuarto, abrir con cuidado, cubrir puertas, limpiar esquinas, y confirmar que no hubiera nadie esperando. En una habitación encontramos mochilas abiertas y ropa doblada a medias. En otra había una libreta en el suelo con hojas sueltas y una lámpara apagada. En el área donde se guardaba material faltaban cosas que un pelotón no deja atrás si decide moverse por orden. Eso reforzaba la idea de que no se fueron porque quisieron. Fuimos al cuarto de comunicaciones.

27:35 Ahí estaba una parte que explicaba mucho. La antena estaba dañada y los cables estaban jalados, como arrancados a mano. No parecía un corte limpio de herramienta. Se veía el forro reventado, conexiones abiertas y un soporte torcido. También encontramos un radio principal sin batería, como si lo hubieran usado hasta agotarlo, o como si alguien se lo hubiera quitado. Ese daño no era una falla lenta. era daño directo y si rompieron su comunicación fue para que no pidieran apoyo. El mando ordenó asegurar el cuartel como punto temporal. Bajar en ese terreno con poca visibilidad y sin comunicación estable era meternos a un riesgo innecesario. Repartimos posiciones dentro y fuera de las construcciones. Establecimos un punto de atención para heridos y revisamos que hubiera agua, munición y luz suficientes.

28:34 Todo fue práctico, confirmar entradas, revisar ventanas, verificar que ninguna puerta quedara sin control y marcar rutas cortas para moverse de una zona a otra sin cruzar el patio expuesto. Yo participé en la revisión del cerco con un compañero. No salimos solos, caminamos por dentro pegados a la pared y al alambre, revisando dónde estaba tenso y en dónde cedía. Ahí se notaba que había tramos flojos, como si los hubieran empujado muchas veces. En una esquina el alambre estaba más bajo de lo normal y el poste tenía raspaduras profundas. No eran marcas de lluvia ni de ramas, eran surcos, como si alguien se hubiera sostenido ahí con fuerza. También había huellas mezcladas en tierra removida cerca de la zona de cocina, pisadas que iban y venían sin orden como tráfico repetido. No eran huellas limpias de bota, se veían más ligeras, más cortas, pero no se distinguían bien, porque el suelo era piedra suelta y tierra. Intentamos con la radio otra vez, desde distintos puntos del cuartel, buscando el mejor ángulo, subiendo un poco hacia una loma corta dentro del perímetro, pero la señal seguía entrando rota y logramos mandar un mensaje incompleto que no supimos si salió. El mando decidió que no íbamos a desperdiciar baterías en intentos largos.

30:03 Guardamos lo que sirviera y dejamos un radio listo por si en algún momento entraba una ventana de señal. Ya instalados, el cuartel dejó de sentirse como un lugar vacío y empezó a sentirse como un sitio tomado a la fuerza. No por una sensación vaga, sino por detalles concretos. La sangre seca, el daño a las comunicaciones, el equipo abandonado y la falta total de personal. Aún así, seguimos en lo nuestro. Cobertura, control, disciplina de movimiento y luz medida. Antes de que se cerrara por completo la visibilidad, el mando ordenó una última revisión corta del perímetro y de las líneas de acceso para dejar claro por dónde se podía acercar a alguien sin ser visto. Yo fui en ese recorrido interno con el mismo compañero, con la lámpara lista y el arma al frente, revisando el tramo que había quedado más flojo. En ese punto terminó mi día como lo recuerdo con más claridad, porque fue cuando por primera vez sentí que el monte alrededor no estaba vacío.

31:10 No lo vi todavía de frente en ese momento, pero ya había señales de que alguien nos estaba observando desde afuera, esperando a que nos asentáramos. Y eso fue lo que nos empujó a reforzar el cerco, justo antes de que pasara lo primero. Armamos seguridad real en cuanto terminamos la primera revisión del cuartel. No nos quedamos en un solo cuarto ni nos confiamos por ver el lugar vacío. Se pusieron dos puestos de observación, en puntos donde se dominaba el patio y la línea del monte. Se dejó un punto fijo en la entrada principal y se organizó el movimiento interno en binomio. siempre con rutas cortas nadie salía al monte todo era dentro del cerco y con cobertura a mí me tocó salir con otro compañero a revisar el alambre y las esquinas caminamos pegados al perímetro alumbrando por tramos sin mantener la luz fija mucho tiempo en el mismo lugar para no regalar posición volvimos a ver el cerco con el poste con las marcas de rasguños profundos y a lo lejos en el monte mire una sombra Y me pareció escuchar una risa, pero la verdad no estoy totalmente seguro. También encontramos huellas mezcladas en tierra removida cerca de la cocina, pisadas repetidas sin orden, como un paso que entraba y salía por el mismo punto.

32:37 Ahí fue donde el cuartel dejó de parecer solo un lugar abandonado y empezó a sentirse como un sitio usado por alguien más. Mientras revisábamos, yo también iba viendo detalles, de los que uno se agarra para no inventar cosas. Olía a humo viejo en una parte, como de fogón apagado desde horas antes. En una zona cerca del cerco había plumas tiradas, grandes, oscuras, y no eran pocas. Parecían de aves del monte, pero la cantidad y el tamaño no cuadraban con un paso normal. Se lo señalé a mi compañero y lo marcamos como punto de atención. No por miedo, sino porque era evidencia de actividad reciente. Antes de que se cerrara la luz del día, apareció la mujer.

33:27 No la vimos venir por el camino ni cruzar por el claro. Estábamos revisando justo el tramo flojo cuando volteé hacia el lado de la cocina y ella ya estaba ahí, pegada al cerco, a una distancia corta. No se movía con nervios ni con prisa. Se quedó quieta, mirándonos como si estuviera midiendo algo. Era delgada, con el cabello suelto, la ropa sucia de tierra y una cara que no mostraba cansancio. Lo que me sacó de balance fue la sonrisa. No era una sonrisa de saludo. Era fija, como burla, sin cambiar. El compañero conmigo la alumbró de frente, y ahí se vio bien la expresión. Ella no se tapó los ojos ni se hizo para atrás. Aguantó la luz como si no le molestara y soltó una risa corta.

34:18 Luego dijo que habían venido más. No lo dijo como pregunta ni como sorpresa. Lo dijo como quien cuenta gente que acaba de llegar a su casa. Y lo dijo viendo hacia adentro del cuartel, como si estuviera contando nuestras sombras. yo le hablé firme con tono de control pidiéndole que se retirara no se acercó más pero tampoco obedeció levantó una mano y pasó las uñas por el alambre despacio como probándolo ahí alcancé a ver las uñas largas y oscuras no eran uñas de trabajo del campo eran uñas crecidas como garras su boca se abrió apenas al reírse y se alcanzaron a ver dientes marcados más filosos de lo normal la luz le pegaba directo y no se cubría y eso también fue raro porque cualquiera al sentirse apuntado y alumbrado reacciona pero ella se comportaba como si el cuartel le perteneciera uno de los nuestros desde el punto fijo se acercó para correrla con presencia no llegó a tocar el cerco y la mujer se movió rápido de lado pegada al alambre como si su cuerpo flotara sobre las piedras sin perder equilibrio No tropezó, no se atoró con las raíces y no le importó el terreno.

35:37 Se retiró hacia el monte con una rapidez clara, en línea quebrada, usando sombras y desniveles. Se fue con la seguridad de quien conoce cada piedra. No la seguimos y nadie dio el paso al monte. Eso también fue decisión práctica. La luz ya iba bajando y el terreno estaba a favor de quien conoce la zona. El mando ordenó cerrar filas y reforzar el perímetro, así que regresamos al patio y reportamos lo visto, sin exagerar, tal cual pasó. Se marcó el tramo flojo como entrada probable, y dos se quedaron cubriendo ese lado con ángulos cruzados. Se ajustaron los puestos para que hubiera visibilidad directa a la zona de cocina y al cerco bajo. También amarramos el alambre con tensión extra y reforzamos el poste, usando lo que había en bodega, dejando un punto de paso más difícil. Esa noche la dinámica cambió. Ya no era solo ocupar un cuartel vacío y esperar señal. Era sostener una posición donde alguien nos había observado. Se había acercado sin miedo y nos había hablado como si fuéramos intrusos. Se revisaron cargadores, se distribuyó munición. se definieron rutas dentro del cuartel para moverse sin cruzar el patio sin razón y se estableció una regla estricta luces cortas nada de gritos y nada de salir por curiosidad antes de que terminara la última

37:07 claridad yo volví a ver hacia el monte desde la misma esquina donde apareció Ya no la vi, pero la forma en que se fue se me quedó grabada. No fue una persona perdida, no era una mujer pidiendo ayuda. Fue alguien que llegó a confirmar que estábamos ahí y que sabía que éramos más de los que estaban antes y que se retiró como si solo hubiera venido a avisar. Con eso nos fuimos a la noche, con el cerco reforzado. la cobertura cruzada apuntando a ese lado y el cuartel en silencio, esperando el primer movimiento real desde el monte. Ya oscuro, el cuartel quedó metido en el monte, con el cerco como límite claro. Nosotros ya teníamos puestos definidos, rutas cortas entre cuartos y cobertura fija hacia el lado de la cocina, donde estaba el tramo flojo del alambre.

38:02 Las lámparas se usaban por pulsos, solo para confirmar manos y distancias, y nadie salía al monte. El mando repitió la consigna, nadie se separa y nadie cruza el cerco. Lo primero raro empezó arriba. Se oyó aleteo pesado girando en círculo sobre nosotros. En segundos se notó que eran varias aves grandes. El ruido se movía por sectores, como si rodearan el cuartel. Se mantenían encima bajando un tramo y volviendo a subir. las seguimos con lámparas y miras para ubicarlas. Alcancé a ver siluetas grandes con alas abiertas, recortadas contra el cielo. El mando ordenó conservar munición y mantener fuego controlado solo si entraban al perímetro. Aún así, cada vuelta obligaba a levantar la vista, y eso nos podía romper la atención del cerco. Luego vinieron los golpes en el monte. Dos cayeron cerca, con choques claros contra ramas y tierra. Se oyó el impacto y un arrastre corto.

39:03 Después cambió el sonido. El aleteo bajó y apareció movimiento rápido por abajo. Piedras moviéndose y carreras cortas entre la maleza. En ese instante ya teníamos actividad alrededor del cuartel. Yo estaba en el sector de la cocina con otro compañero. Ese tramo del cerco era el punto marcado desde la tarde. Alumbrábamos el alambre en pulsos. Encender, revisar el poste. apagar y volver a encender. En uno de esos cortes vi una sombra pegada al exterior, a la altura del poste reforzado, y en el siguiente pulso ya estaba más cerca del punto bajo. Era una figura humana moviéndose sobre piedras sueltas sin perder equilibrio. A los pocos minutos entraron ellas, aprovechando el terreno que las cubría y el tramo flojo del cerco.

39:55 Una pasó por abajo donde el alambre cedía. Otra se sostuvo del poste y brincó con un salto corto cayendo dentro. Otra entró por la esquina pegada a la pared, usando la sombra para no cruzar el claro. Y en menos de un minuto había varias dentro del perímetro. Se parecían entre sí, delgadas, con el cabello suelto y la ropa manchada. La diferencia estaba en las manos y la boca cuando les pegaba la luz. Al levantar las manos se veían uñas largas, oscuras como garras. cuando sonreían se les marcaban los dientes filosos, la primera mujer la que vimos de día venía con ellas, la reconocí por la sonrisa fija y porque volvió a reírse de forma demoniaca, nos hablaron directo y sin prisa y nos dijeron que ese territorio era suyo y que nos marcháramos, también dijeron que si nos quedábamos nos iban a entregar al diablo como a los otros del cuartel, El mando respondió con órdenes cortas, mantener sectores, cubrir accesos, no romper formación y no perseguir hacia el monte. Mientras hablaban, una de ellas evaluó el interior, volteó hacia una ventana, luego hacia la puerta lateral y después a nosotros. Otra avanzó por la sombra de un muro con el cuerpo bajo, buscando el ángulo donde la luz no la alcanzara. Se movían con una seguridad que no era de improvisación. El primer ataque fue inmediato, una se lanzó hacia el interior con un salto rápido, manos

41:28 al frente, buscando agarrar a un compañero que cubría cerca del pasillo. Respondimos con fuego controlado, fueron ráfagas cortas al centro del cuerpo. El impacto la tumbó, pero al caer intentó levantarse y se arrastró hacia la sombra, como tratando de regresar al cerco. Otra aprovechó ese movimiento para acercarse por el lado. Ahí empezó el enfrentamiento de verdad. Ellas se abrieron en abanico para no entrar todas por el mismo punto. Dos intentaron volver a meterse por la zona de la cocina. Otra corrió hacia una esquina del patio para usar un muro como cobertura. Y otra se subió a un borde bajo y soltó una risa corta, como si el combate no le cambiara el ánimo. Pero nosotros nos mantuvimos en línea, cubriendo entradas y evitando quedar aislados.

42:21 Yo vi a una de ellas llegar a una puerta lateral. Metió la mano por la rendija, buscando abrir desde dentro. El compañero más cercano le alumbró directo y ahí se vieron las uñas como garras. Le disparó a corta distancia y la mano se retiró de golpe. La mujer se movió hacia otro ángulo, pegada al muro, y volvió a intentar por otro lado, pero con la misma decisión. El monte seguía activo afuera. Ya casi no se oía aleteo arriba. pero se escuchaban carreras cortas entre la maleza, como si hubieran más rodeando. Entendimos que el movimiento del cielo fue para encerrarnos y forzar la mirada arriba, mientras ellas entraban por abajo. En ese momento pensé en el pelotón incomunicado.

43:08 Con un ataque así, en un cuartel chico, el orden se rompe en segundos si alguien se dispersa. La pelea siguió creciendo dentro del perímetro. Un compañero avisó un flanco y se ajustaron los puestos sin moverse a lo loco. Yo mantuve mi sector fijo, con la luz solo lo necesario, esperando el siguiente salto. A esa altura ya estaba claro que no era una visita para asustar, era una entrada para matar o sacar gente. Y nosotros teníamos que sostener la posición hasta que amaneciera o hasta poder pedir extracción. La pelea se cerró en distancias cortas. Dentro del cuartel no había espacio para maniobras largas. Era patio, pasillos, puertas y esquinas. Ellas se movían rápido, bajaban el cuerpo, se pegaban a paredes y salían por otro lado en cuestión de segundos. Aparecían pegadas al muro y cuando se acercaban, lo hacían directo a la garganta y a las manos, como buscando desarmar o cortar la capacidad de apuntar. La luz, por pulsos, alcanzaba a marcar uñas largas y caras abiertas en sonrisa. El mando mantuvo sectores sin permitir persecución, y cada quien sostuvo su ángulo para que nadie quedara aislado.

44:28 Aún así, ellas insistían por los puntos donde el cuartel tenía sombras fijas. Una intentó entrar por la zona de cocina otra vez, aprovechando el alambre flojo. Otra se pegó al muro del pasillo y buscó el cambio de puerta. vi como una se metió a la mitad del patio y luego se agachó de golpe como si hubiera leído el movimiento de nuestras lámparas no se detenían a evaluar el dolor si una caía las otras seguían en un momento una de ellas alcanzó a un compañero que cubría cerca de una ventana no lo jaló hacia el monte lo atacó ahí mismo con un movimiento corto a la mano que sostenía el arma Se oyó el golpe y el compañero soltó un grito breve. Alcancé a ver sangre en el antebrazo cuando la lámpara le pegó y otro compañero respondió con fuego controlado y la mujer se apartó hacia la sombra, rápida, sin perder el equilibrio. Ese fue el patrón toda la noche. Acercamiento, corte, retiro y vuelta por otro ángulo. Tuvimos bajas. Yo lo recuerdo claro y no lo digo por dramatizar. Dos compañeros cayeron ahí. Uno cayó cerca del patio en un cruce del pasillo, después de un movimiento rápido de una de ellas que se le fue directo al cuello. El otro cayó más atrás, en un punto donde parecía seguro, y ahí entendimos que no había zona limpia si se descuidaba un ángulo. Tres

45:58 quedaron heridos, uno con cortes profundos en el brazo, otro en la cara, y el tercero con una lesión que lo dejó sin fuerza en la pierna. A los heridos los jalamos a un cuarto interno, sin dejar de cubrir puertas, y se les hizo presión y vendaje con lo que había. No era enfermería, era control de sangrado y mantenerlos conscientes. Yo me moví con el binomio solo lo necesario, cubría el tramo de la cocina y el pasillo cercano, y en ese punto derribamos a dos. Con la luz encima se veía que no era alguien disfrazado ni algo inventado. Eran brujas reales que estaban peleando su territorio. Ahí se veían uñas largas, reales y una boca abierta con dientes filosos.

46:45 Cuando una intentó jalar a un compañero de la pechera, hizo una fuerza que no correspondía a su tamaño. Lo jaló como si pesara poco. El compañero aguantó, porque otro lo sostuvo de la espalda. Ahí se entiende por qué el pelotón incomunicado dejó equipo tirado. Si alguien suelta el arma o se queda solo, lo arrastran. Logramos derribar a varias con fuego controlado y con cobertura cruzada, pero cada vez que una caía, trataba de arrastrarse hacia el cerco o hacia la parte más oscura del patio. En dos casos, cuando intentaron moverse por el mismo punto, se toparon con el poste reforzado, y eso les cortó el paso directo.

47:29 Ese refuerzo nos dio segundos que valieron mucho. También nos ayudó no gastar luz fija. Cada pulso era para confirmar manos y distancia, no para alumbrar el patio completo. Las que quedaron de pie se replegaron al monte cuando vieron que el cuartel ya estaba cubierto y que no iban a entrar fácil sin caer. No se fueron corriendo por el camino. Se fueron pegadas a las sombras y desniveles como entraron. Antes de irse, una se paró en el borde del patio. donde la luz la alcanzaba y soltó la amenaza. Que nos cuidáramos, que un día iban a volver por nuestras almas. Lo dijo riéndose, como si esa noche hubiera sido solo un aviso. Luego se dio la vuelta y desapareció en la oscuridad del monte. Después de eso ya no hubo ataque directo. Hubo ruido afuera, carreras cortas, piedras moviéndose y luego silencio. Nadie bajó el arma y nadie se relajó. El mando ordenó mantener puestos hasta que clareara.

48:33 Así pasamos lo que quedaba de noche, cuidando heridos, controlando accesos y revisando munición sin soltar sector. Al amanecer no salimos a ciegas. Hicimos una revisión corta por fuera del cerco, en binomios, sin alejarnos. Ahí encontramos marcas de arrastre hacia el monte y más sangre seca cerca del punto de entrada. También hallamos objetos del pelotón incomunicado, placas, una mochila abierta y una libreta con notas cortas. No eran historias largas, eran apuntes de guardia, intentos de radio y frases sueltas de cansancio, como de alguien que ya no dormía bien ahí.

49:13 Eso confirmó que no fue una salida ordenada, fue una presión constante que los fue quebrando. Para lograr comunicación, subimos a un lomo cercano con dos radios y batería fresca, dejando un equipo cubriendo el cuartel. Desde ahí salió un mensaje corto pidiendo extracción. No pedimos refuerzo para pelear. Pedimos evacuación por los heridos y recuperación de caídos, y dejamos clara la situación del cuartel y la pérdida del pelotón anterior. El apoyo llegó cuando el sol ya estaba arriba. Entraron con cuidado. Aseguraron el perímetro y tomaron control de heridos y caídos. Se levantó informe completo con lo verificable, daños, rastros, munición, ubicación del punto de entrada y lo que vimos de esas mujeres. No hubo espacio para adornar nada. Lo que quedó fue una orden directa. Ese cuartel no se volvía a ocupar como antes. Yo me quedé con la imagen fija de esa mujer riéndose en el cerco. y con la certeza de que el pelotón anterior no se había ido por decisión propia. Yo trabajaba como guardia en el panteón, y esa noche me tocó vigilar solo. No era la primera vez, pero sí era de esas noches en las que el lugar se siente más cerrado, como si el aire no corriera igual entre los pasillos. Yo ya conocía

50:45 lo normal, perros que se meten por una esquina rota de la barda y luego salen cuando oyen pasos, ramas que raspan los nichos cuando hay viento, uno que otro familiar que llega tarde a dejar flores rápido y se va sin hablar con nadie. También conocía los ruidos de siempre, los que no te sacan de la ronda porque ya sabes de dónde vienen. Por eso me llamó la atención un murmullo constante. parejo, como varias voces juntas, y porque venía de la parte más vieja del panteón, la que casi no se usa. Ahí están las tumbas más antiguas, las bardas más altas y los pasillos más angostos, y la gente casi no entra, porque se pierde fácil entre los mausoleos. Caminé hacia allá con la lámpara en la mano y el radio colgado al pecho. No iba corriendo.

51:38 En ese trabajo aprendes a no actuar con prisa y porque te puedes tropezar con cualquier cosa. El piso no es parejo, hay raíces levantadas, piedras sueltas, pedazos de ladrillo, y también hay partes donde se hace lodo cuando cae humedad. Alumbraba al frente y luego al piso, y cada tanto levantaba la vista para ver si había movimiento. Mientras avanzaba, el murmullo se escuchaba más claro, y eso fue lo que me dio mala espina, porque no sonaba como gente platicando. no eran risas normales ni una conversación era como si repitieran algo una frase o varias sin parar en un punto me llegó otro detalle el olor no era el olor típico del panteón que es tierra mojada flores viejas y veladoras era cera quemada fresca como cuando alguien acaba de prender varias velas seguí rodeando un mausoleo grande y entonces vi una luz baja entre las tumbas No era una luz normal, era luz fija, como varias flamas juntas, como un grupo de velas encendidas en un mismo lugar.

52:47 La luz se reflejaba en los mármoles y dejaba sombras largas. Me pegué detrás de una lápida para no meterme de golpe. Apagué un poco el movimiento de la lámpara, porque si alumbras directo te ven desde lejos. Desde ahí alcancé a mirar con cuidado. Había un círculo de velas negras alrededor de un pedazo de tierra removida. como si hubieran escarbado o levantado la capa de arriba. No era un círculo improvisado, se notaba que lo acomodaron con intención. Las velas estaban separadas parejo y todas prendidas. Entre ellas había restos de flores viejas, tallos quebrados y tierra amontonada. Y al lado vi a tres mujeres. Eran brujas viejas, no por una idea, sino por lo que vi. La manera en que iban vestidas, el cabello revuelto y sucio, las manos flacas, la postura encorvada y la piel arrugada. Usaban ropa oscura, larga, como faldas, y se movían sin nervios. Se movían con calma, y ya sabían exactamente lo que hacían, y era como si ese rincón les perteneciera. En el centro del círculo tenían gallinas.

53:57 vi al menos dos en el suelo amarradas de las patas y otra en las manos de una de ellas la sujetaban con firmeza sin que se les resbalara una la agarró por el cuerpo otra la levantó del cuello estirándola y la tercera sacó una hoja corta y brillante en ese momento el murmullo subió un poco como si aceleraran lo que estaban diciendo la hoja se movió rápido la degollaron y la sangre cayó de inmediato sobre la tierra removida Era sangre fresca, oscura, que se abrió en la tierra y empezó a manchar alrededor. La gallina se movió unos segundos y luego quedó suelta. Una de ellas inclinó el cuerpo, agarró la gallina por una pata y fue tirando sangre por partes, como si marcara un camino alrededor del círculo. Otra acercó la mano a la tierra, la tocó y marcó un pentagrama en su brazo. El olor me pegó fuerte y me subió hasta la garganta.

54:56 pues era sangre fresca mezclada con cera quemada. Yo respiré por la boca sin querer, porque por la nariz se sentía más. Me quedé quieto detrás de la lápida, tratando de entender qué hacer sin meterme a lo tonto. Yo no iba armado, solo traía la lámpara, el radio y mis llaves. Lo lógico era pedir apoyo porque ahí dentro yo estaba solo y eran tres. Apreté el botón del radio y acerqué la boca tratando de hablar bajo, pero el aparato soltó pura estática. Volví a intentarlo, moviendo un poco el radio, cambiando de posición como buscando señal, pero otra vez estática. En esa zona del panteón ya me había pasado que la señal se ponía mala, pero nunca así, tan limpia de puro ruido. Me quedé con el dedo apretado un segundo más y lo solté. No quería que el sonido del radio las alertara si todavía no me habían visto. Me moví un poco para buscar mejor ángulo, con la intención de ver si había más gente alrededor o si tenían algún vehículo cerca. Apenas cambié el peso del cuerpo, una piedra me crujió bajo la bota. No fue un tronido enorme, pero fue suficiente, y una de ellas levantó la cara directo hacia donde yo estaba. Me ubicó como si ya supiera que yo estaba ahí desde antes.

56:20 Su cara se quedó fija, sin sorpresa. Y eso fue lo que más me inquietó. Las otras dos se giraron también, al mismo tiempo, como si una señal las hubiera jalado. El murmullo cambió. Ya no sonaba como algo repetido con tono bajo. Se volvió burla. Una risa vieja salió de una de ellas. Corta primero y luego otra risa le contestó. La luz de las velas les marcaba la cara desde abajo y se les veían las sombras en los pómulos y la nariz. Yo sentí el impulso de alumbrarlas directo, pero me contuve, porque si las encandilaba también me delataba más y me quitaba la vista del piso. Entendí en ese segundo que ya me habían visto y que si yo me quedaba ahí la distancia se iba a cerrar.

57:11 Di un paso hacia atrás, lento, sin darles la espalda por completo. manteniendo la lámpara baja, apuntando al suelo. Empecé a salirme de ese tramo. No corrí todavía. Solo retrocedí para ganar espacio, porque lo único que quería en ese momento era llegar a un pasillo más abierto y tener un camino claro hacia la entrada. Mientras me iba, la risa siguió y el murmullo se volvió más alto, como si hablaran entre ellas de mí, sin bajar la voz. Yo sentí que esa noche ya no era una ronda normal, y que si me equivocaba en un paso, me iban a alcanzar adentro del panteón. Me di media vuelta y empecé a caminar rápido hacia el pasillo principal, buscando la luz de la entrada. No quería correr todavía, porque correr en ese panteón era arriesgarte a un golpe, al tropiezo y a quedarme tirado. Aún así, el cuerpo ya me pedía huir. Apenas avancé unos metros, escuché pasos detrás de mí, ligeros y rápidos, y luego la primera risa, alta, vieja y muy clara, como si la soltaran para que yo supiera que venían encima. La oí rebotar entre los mausoleos y se me apretó el estómago. A los pocos segundos ya no estaban lejos. Me gritaron que mi alma sería la siguiente, que ya estaba elegido desde que entré al turno, y que ahí adentro no me iba a esconder. Lo repetían con palabras parecidas, siempre con el mismo tono seguro,

58:44 como si hablaran de algo que ya estaba decidido. Aceleré y quise irme por el camino recto, el pasillo que yo conocía para llegar a la reja principal, pero en un cruce una de ellas salió por un costado y me cerró el paso. No brincó ni se lanzó, caminó desde la sombra entre dos criptas, despacio, y se paró en medio del camino, ocupando el espacio exacto por donde yo tenía que pasar. La lámpara alcanzó a mostrar su cara un segundo, arrugada, la boca torcida como si estuviera sonriendo, y los ojos abiertos sin parpadear. No se veía apurada, y eso me dio más miedo que cualquier carrera. Yo frené en seco y giré hacia donde había un pasillo angosto, porque quedarme ahí era dejar que me alcanzaran por atrás.

59:33 Me metí en ese pasillo entre criptas. Era más viejo, con paredes de piedra, nichos pegados uno con otro, y esquinas que te rozan los hombros si vas rápido. El suelo estaba más irregular y me pegaba con los bordes al pasar, porque la oscuridad no dejaba medir bien el espacio. La lámpara se me movía con el trote, y por ratos me dejaba a oscuras el piso, así que tenía que bajar la velocidad un segundo para no caer. La risa seguía atrás, y entre esa risa se oía el murmullo que traían desde el ritual, como si siguieran repitiendo algo mientras me perseguían. Yo apreté el radio otra vez, tratando de mandar un mensaje corto, aunque fuera decir que había intrusos. el aparato me respondió con pura estática lo intenté moviendo el radio apuntándolo hacia arriba pegándolo a la boca y nada la señal no entraba y en ese momento sentí una desesperación real porque el radio era lo único que me podía sacar de ahí sin tener que pelear seguí corriendo con el corazón golpeándome en el pecho sintiendo que me alcanzaban la espalda ya me ardía por el miedo de que me tocaran aunque todavía no lo habían hecho En el tramo más angosto, una me jaló por detrás. No fue un golpe, fue un agarre directo.

1:00:57 Sentí primero la mano y luego sentí las uñas. Se me clavaron en la espalda por encima de la camisa, como garras. El ardor me subió en un instante y el cuerpo se me encogió solo. Sentí el calor de la sangre pegándose a la piel. Me zafé a empujones, giré el torso La lámpara se me fue de lado, pegó contra las piedras, pero la alcancé a recuperar antes de que se apagara. En ese segundo, con la luz temblando, vi sus caras cerca. No estaban lejos. Las vi pegadas al pasillo, ocupando el espacio, con la cara vieja y tensa, una sonrisa fija y dientes manchados. Una de ellas soltó la risa encima de mí, más fuerte, como si la soltara para que yo perdiera el control y me quedara ahí.

1:01:47 Seguía avanzando, pero ya no me dejaban agarrar un camino limpio. No era solo alguien corriendo detrás, se me atravesaban por los lados del pasillo, salían entre tumbas y me hacían cambiar dirección. Yo intentaba buscar un tramo abierto para salir a un pasillo principal, pero en cada cruce una aparecía donde no me convenía y me obligaba a torcer. A veces escuchaba pasos a mi lado, no solo atrás, como si se repartieran para cerrarme el paso. La lámpara alcanzaba a mostrar manos largas, uñas sucias y ropa oscura que se movía como trapo pesado. También veía sombras en las paredes, sombras que se alargaban y se cortaban con los nichos, y eso me confundía, porque no sabía si venían por la izquierda o por la derecha, hasta que las tenía encima, Me empezó a faltar el aire, la boca se me secó y sentí la lengua pegada al paladar. La espalda me ardía y cada salto me jalaba la tela pegada por la sangre. El miedo no me paralizó, pero me hizo cometer errores. En un punto tropecé con una piedra y caí de rodillas. Las manos se me fueron al suelo y sentí la tierra húmeda y fría. La lámpara alumbró un pedazo de pared con nombres viejos pintados y una cruz de cemento con letras gastadas. Antes de que pudiera levantarme, una de ellas alcanzó a ponerme la mano encima del hombro. Sentí la presión, el peso de sus

1:03:19 dedos y un tirón que me quería regresar hacia ellas. La uña me rozó el cuello y con ese roce me imaginé lo que podían hacer si me agarraban completo. yo reaccioné por instinto pues no pensé en hablar ni en pedir nada solo levanté el brazo con la lámpara y le pegué un golpe seco directo a la cara sentí el impacto duro como golpear piedra envuelta en piel y escuché un quejido corto mezclado con risa como si le doliera y aún así se burlara ese golpe me dio un espacio corto me levanté de inmediato con una rodilla raspada y me eché a correr otra vez La lámpara me temblaba en la mano, pero no la solté, porque sin esa luz yo me iba a romper la cara contra una cripta. Corrí con una idea clara, no iba a dejar que me llevaran al centro del panteón.

1:04:13 Tenía que llegar a un punto con luz, o a un pasillo abierto donde pudiera verlas venir, sin que me cortaran el paso o mirara las sombras. mientras avanzaba una de ellas me volvió a gritar lo mismo que mi alma ya estaba apartada que no me servía salir del pasillo porque el panteón era de ellas lo decía con una seguridad fría como si me estuviera leyendo una sentencia yo no les contesté solo seguí apretando la lámpara con fuerza sintiendo el ardor en la espalda y el pulso golpeando en las sienes en un cruce alcancé a ver un tramo un poco más abierto donde las tumbas ya no estaban tan pegadas, me fui por ahí, pues sentí que el aire cambiaba apenas, como cuando sales de un callejón a un patio, aún así ellas no se quedaron atrás, escuché pasos que se arrastraban y luego corrían, y la risa volvió más cerca, como si la trajera pegada a mi oído, en ese momento entendí que no era cuestión de aguantar otro pasillo, era cuestión de llegar a la entrada, Así que seguí avanzando hacia donde recordaba que empezaba el tramo menos viejo, el que conecta directo con la reja, y me preparé para lo que viniera, porque ya sabía que, si me volvían a tocar, no iba a ser un jalón pequeño. Corrí hacia donde ya se veía la luz de la entrada del panteón. No era una luz fuerte, pero era distinta a la oscuridad de los pasillos viejos.

1:05:47 Era la luz que cae desde afuera y se mete entre las primeras tumbas, la que te deja ver el camino, sin tener que estar apuntando todo el tiempo al piso. Yo iba con la lámpara todavía en la mano, pero ya no la usaba para buscar. La usaba para no perder el ritmo y para no quedarme sin nada si me volvían a cerrar el paso. La espalda me ardía y cada paso me jalaba la piel. La camisa ya se me había pegado por la sangre. y el sudor la pegaba más, en eso sentí otro tirón por detrás, como un último intento por tumbarme, y ahí fue cuando se marcó lo peor, no fue un rasguño leve, sentí el arrastre completo, tres líneas de una sola vez, largas, paralelas y profundas, desde la mitad de la espalda hacia abajo, me doblé un segundo del dolor pero seguí, pues no me podía detener, la sensación era clara, como cuando te abren la piel con algo filoso, y al mismo tiempo sentí el calor de la sangre bajando. Apreté la mandíbula y corrí sin voltear. Escuché la risa detrás, más alta, como si se alegraran de haber alcanzado a hacer eso antes de que yo saliera. También escuché el murmullo mezclado con palabras sueltas, repetidas, como si siguieran con el mismo ritmo del ritual mientras me perseguían. Eso me revolvió más, porque no sonaba a coraje, sonaba a costumbre. Yo llegué al último tramo de tumbas, donde ya hay un camino

1:07:20 más ancho, y ahí ya no tropecé, porque el piso está más limpio por la gente que entra a diario. Aproveché ese tramo para meter todo lo que me quedaba. Llegué a la reja principal y la empujé con fuerza. El metal rechinó, pero salí a la banqueta y me giré de inmediato para cerrar. tenía las manos temblando por la adrenalina y el dolor metí el pasador a la primera jalé el portón para que quedara bien y aseguré el candado me quedé un segundo pegado al fierro respirando fuerte sintiendo como el pecho se me subía y bajaba como si yo hubiera corrido cuadras no pasillos las vi del lado de adentro a varios metros cerca de las primeras tumbas la lámpara de la calle alcanzaba a tocarles el cuerpo pero no les iluminaba bien la cara. Se quedaron mirando, no se acercaron a la reja, no intentaron empujar, ni agarrarla, ni brincar. Se plantaron ahí, quietas, y soltaron esa risa otra vez. Era una risa demoniaca que sonaba a burla directa, como si me dijeran que salir por la reja no cambiaba lo que ellas ya habían decidido.

1:08:32 Una me gritó otra vez lo de mi alma, como una sentencia, y las otras se rieron al mismo tiempo, más despacio, como si estuvieran marcando el final de algo. Yo no me quedé discutiendo ni mirando más. Me fui directo a un lugar con luz, donde pudiera revisarme sin estar parado en frente del panteón. Caminé rápido hacia una zona donde había un foco prendido, de esos que alumbran una entrada o una tienda, y ahí me quité la camisa. La tela estaba húmeda, pegada y pesada. Al levantarla, sentí el jalón del corte y me salió un quejido del dolor, porque ya no era el susto, ya era la herida abierta.

1:09:14 Vi la marca con claridad, eran tres líneas bien hechas, separadas parejo, como si la mano hubiera pasado con intención. La piel estaba abierta y había sangre fresca. No era una gota, había corrido un poco hacia abajo y se me había pegado en la cintura. Me agaché un poco para ver mejor y la luz me dejó ver. que los cortes no eran superficiales, se veía la piel levantada en los bordes. Yo me lavé como pude, con agua que conseguí ahí mismo, y el agua me ardió al tocar, como cuando te cae alcohol en un corte. No tenía otra opción, me limpié, me presioné con una tela limpia y me puse una venda firme, para que dejara de escurrir la sangre. La ropa me volvió a rozar y eso me volvió a arder, pero ya no iba a quedarme sin cubrirme. Esa noche no regresé al panteón. Me fui a mi casa con el cuerpo tenso y con el oído todavía buscando esas risas. No dormí bien, pues cada vez que cerraba los ojos veía el círculo de velas negras y la sangre cayendo sobre la tierra. Al amanecer, cuando ya era día y había movimiento, hablé con alguien para regresar acompañado. No quise volver solo, así que volvimos al área donde vi el ritual. con la luz del sol y con calma, revisando paso por paso. La tierra seguía removida y tapada a medias, como si hubieran querido borrar la forma del círculo pero sin tiempo. Había restos

1:10:45 de cera negra pegados al suelo, pedazos de mecha quemada y manchas oscuras en la tierra. Encontramos plumas tiradas y un olor fuerte que seguía ahí, como sangre vieja mezclada con humo. No era olor de animal muerto de días, era olor de algo reciente. Lo que más me quedó grabado fue ver la marca de las velas en el suelo, pequeños círculos de cera alrededor, como si hubieran estado ahí mucho rato y luego las hubieran levantado para llevárselas. Yo reporté lo ocurrido como pude, dije lo que vi y lo que me pasó, no lo adorné y no pedí que me creyeran por fe, les enseñé la espalda. La reacción fue la que yo esperaba. Duda, silencio, una mirada rápida, y luego la intención de manejarlo como intrusos o vandalismo.

1:11:37 Yo no me quedé a pelear con eso. Lo que yo había vivido no se arreglaba con un regaño o con cerrar la puerta una hora antes. Dejé ese turno y ya no volví a caminar solo por ese panteón. A los días, la herida empezó a cerrar, pero cicatrizó mal. La marca quedó levantada y visible. Tres líneas marcadas que con el tiempo se hicieron más oscuras. El dolor se me quitó poco a poco, pero la cicatriz no se borró, y cada vez que la veo me regresa esa imagen completa y sin cambios. Las velas negras prendidas, la sangre cayendo en el círculo, y la risa encima de mí mientras corría para no quedarme ahí adentro.