Operativo En La Sierra: Las Brujas Atacaron El Cuartel - Historias De Terror - REDE
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0:05 Buenos dÃas, y una disculpa familia. Ayer por error subà otro archivo, y resultó ser una historia que ya habÃa subido antes. Fue totalmente mi culpa, y ya revisé eso para que no vuelva a pasar. Gracias por avisar y por seguir aquà conmigo, y gracias por su paciencia y por el apoyo. Yo conocà a Mara porque vivÃa a dos calles de mi casa y siempre encontraba la forma de meterse en mi vida sin verse metiche. No era la tÃpica amiga escandalosa. Era tranquila, directa y muy segura. Cuando yo me arreglaba y me veÃa igual, ella me decÃa que cambiar y parecÃa que de verdad sabÃa. Con el tiempo me acostumbré a hacerle caso. porque sus consejos sà se notaban, y porque a mà me pegaba fuerte sentirme fea, sentir que la gente me veÃa y me medÃa.
1:01 Un dÃa me dijo que me iba a llevar con unas amigas, que sabÃan ayudar a que una mujer se volviera otra. Me explicó que era una decisión simple, que yo solo tenÃa que escuchar una oferta y aceptarla si querÃa, y que con eso yo iba a tener belleza y poder. y que nadie me iba a volver a tratar como si yo fuera menos. Me citó en una orilla del monte por un camino de terracerÃa, donde ya no se oÃan carros. Yo salà de mi casa diciendo que iba a estar con ella en su casa. Me fui con ropa normal, tenis, el celular cargado y una lámpara pequeña en la bolsa, pero en cuanto entré al camino la señal empezó a fallar. Mara ya estaba ahÃ, parada junto a un tronco cortado. No estaba sola, habÃa tres mujeres más, jóvenes, arregladas y con el cabello bien peinado. VestÃan oscuro, sin nada raro, y eso me bajó la alerta. Me saludaron corto, sin confianza, y Mara me pidió que caminara con ellas, porque el lugar donde se hacÃa la oferta estaba más adentro.
2:09 Yo seguà porque ya estaba ahÃ, y porque me daba vergüenza echarme para atrás, y porque Mara me hablaba como si me estuviera haciendo un favor grande. Mientras caminábamos, me dijo ya sin rodeos que el trato era con el diablo. Yo entregaba mi alma y a cambio recibÃa belleza, poder y protección, y que esas mujeres me iban a cuidar siempre. Me lo dijo como si se tratara de firmar algo. Cuando lo escuché asÃ, me dio un golpe en el estómago, pero seguà avanzando por el mismo orgullo que me habÃa llevado hasta ahÃ. Yo le pregunté cómo podÃa decirlo tan tranquila, y me contestó que el mundo era para quien se atrevÃa, que yo ya habÃa aguantado demasiado por quedarme callada, y por esperar a que alguien me eligiera, y que esa era una forma de cambiar las cosas de verdad. Me lo dijo como si fuera una salida limpia, sin vueltas, como si yo hubiera llegado tarde a una oportunidad que ya me estaban guardando. Mientras hablaba, caminaba con paso firme, sin voltearse a ver si yo venÃa, como si supiera que yo la iba a seguir. El camino se hizo más angosto, la terracerÃa quedó atrás y empezó una vereda con piedras sueltas y ramas bajas. Yo iba cuidando donde pisar, porque el suelo estaba húmedo en partes y habÃa lodo pegado a las orillas. Se me metió el olor a tierra mojada, a hojas podridas, y a ratos se sentÃa
3:41 el aire más frÃo entre los árboles. La lámpara que llevaba en la bolsa me golpeaba el muslo con cada paso, y ese detalle simple me mantenÃa un poco en lo real, como recordando que yo podÃa dar la media vuelta. Las otras tres mujeres caminaban de un modo raro, no hablaban entre ellas, iban separadas con un orden y cada una cargaba algo como si fuera parte de un paquete que tenÃan que completar. Una traÃa una lámpara de mano, otra llevaba una botella dentro de una bolsa pequeña, por el modo en que se le marcaba el vidrio al moverse. La tercera llevaba un paquete envuelto en tela oscura, amarrado con un cordón. Yo observé eso y me quedé pensando,¿ qué clase de oferta necesitaba cosas asà en el monte?
4:31 En un punto, la vereda se partió en dos. Mara no dudó, se metió por el lado más cerrado, donde las ramas te rozaban la cara. Me acerqué a ella para preguntarle si faltaba mucho, y me tomó del antebrazo para jalarme. Su mano estaba frÃa, no era una mano sudada de caminar, era frÃa como si acabara de mojarse. le quité el brazo con cuidado y le pedà que no me agarrara Mara siguió caminando y me dijo que ahà ya no se caminaba como en el pueblo que ahà yo tenÃa que aprender a obedecer si querÃa que me saliera bien esa frase me molestó yo no me consideraba una persona débil solo era insegura con mi apariencia me molestó mucho que me hablara como si yo fuera torpe Por eso mismo seguÃ, por orgullo, por no darle el gusto de que yo me echara para atrás. Yo iba repitiéndome que solo iba a escuchar, que nadie podÃa obligarme a nada y que si veÃa algo raro, me regresaba.
5:32 Aún asÃ, el cuerpo se me puso tenso y empecé a apretar la lámpara dentro de la bolsa, como si fuera a servir para defenderme. La luz del camino se fue apagando por el techo de ramas. El ruido del pueblo ya no llegaba. Se oÃan insectos, hojas moviéndose y el roce de nuestros pasos en la tierra. En una parte vi unas marcas en un tronco, como arañazos profundos, y pensé que podÃa ser de algún animal, pero estaban demasiado parejos. Volteé a ver a una de las mujeres y ella me estaba mirando, como si supiera que yo habÃa visto eso. Bajo la vista a mis manos y luego a mi cuello, como si estuviera revisando si yo traÃa algo puesto. Seguimos asà hasta que se abrió un claro.
6:21 No era un lugar amplio, era un espacio suficiente para hacer un cÃrculo y moverse alrededor. El suelo estaba limpio, como si lo hubieran barrido con ramas. HabÃa piedras acomodadas formando un cÃrculo y velas clavadas en la tierra alrededor. En el centro se veÃa una tela negra extendida y encima un recipiente con alcohol. En el borde del cÃrculo habÃa una lÃnea marcada con ceniza, bien pareja como una raya que delimitaba el paso. Yo me quedé en la orilla sin cruzar esa lÃnea. Vi cera pegada en algunas piedras, cera vieja, endurecida, y vi manchas oscuras en la tierra, donde se notaba que algo se habÃa quemado antes. La mujer del paquete lo dejó cerca del cÃrculo y lo acomodó con cuidado como si estuviera poniendo algo delicado. La de la botella la sacó de la bolsa pequeña y la destapó, y el olor a alcohol se levantó fuerte, directo, y me hizo arder la nariz. Mara se paró frente a mÃ. Su cara seguÃa siendo la de siempre, pero su mirada ya no era de amiga. Me dijo que ese era el punto donde yo decidÃa que nadie me habÃa obligado a venir y que si yo querÃa cambiar mi vida tenÃa que hacer lo que se hacÃa ahà sin hacerme la ofendida. Luego me señaló el cÃrculo y me dijo que entrara, que lo primero era cruzar la lÃnea y decir mi nombre completo para que supieran a
7:51 quién le estaban hablando. Yo miré la ceniza en el suelo y miré las velas. Sentà que si daba ese paso ya no era solo escuchar, Las tres mujeres se acomodaron alrededor del cÃrculo, cada una en su lugar, y me miraban fijo y sin prisa. Yo apreté los dedos dentro de la bolsa, toqué la lámpara, respiré por la boca para no sentir el alcohol, y me acerqué un poco más con la idea de entrar solo lo necesario para entender qué estaba pasando, porque ya estaba ahà y porque ya habÃa escuchado la palabra diablo de la boca de alguien que yo llamaba amiga. Crucé la lÃnea de ceniza con el pie derecho, con la idea de entrar solo para escuchar y salir. En cuanto lo hice, una de las mujeres se agachó y acomodó mejor el recipiente sobre la tela negra del centro. La del paquete lo dejó a un lado del cÃrculo y lo abrió lo suficiente para sacar una cuerda delgada y un trozo de cera oscura. La que traÃa la botella la destapó y el olor a alcohol me pegó directo, fuerte, como si me hubieran acercado la boca a un trapo empapado. Yo respiré por la boca, pero igual me ardió la nariz.
9:05 Me pidieron que me quitara la cadena que yo traÃa. Era una cadena sencilla, de las que uno usa diario, y yo la traÃa por costumbre, por cariño, no por lujo. Me dijeron que la dejara en el centro, sobre la tela. Me temblaron los dedos al soltarla porque ahà entendà que no era una plática, era una entrega. Mara se quedó a mi lado, pegada y sin tocarme. Ya no tenÃa cara de amiga, tenÃa cara de que todo ya estaba decidido desde antes. Me dijeron que dijera mi nombre completo y que lo dijera fuerte. Lo dije. Luego me ordenaron que repitiera con palabras claras que aceptaba entregar mi alma a cambio de belleza, poder y protección, y que aceptaba que ellas me cuidaran mientras cumpliera. Yo intenté preguntar qué pasaba si yo no querÃa, pero una me apretó el antebrazo y me dijo que no hiciera preguntas, que eso se hacÃa completo o no se hacÃa. Mara acercó la boca a mi oÃdo y me dijo que no la fuera a arruinar, que yo ya estaba ahà y que lo peor era quedarse a medias. Esa frase me enfureció y al mismo tiempo me empujó a seguir, porque yo ya no querÃa verme como una cobarde frente a ella.
10:24 Repetà y la voz me salió seca, sentà la garganta rasposa por el alcohol y por el humo que ya empezaba a subir porque una encendió las velas una por una. Las llamas se movieron con el aire del claro. El humo se levantó, me pegó en la cara y me empezó a arder la nariz, como si hubiera tragado polvo. Las mujeres se acomodaron alrededor y empezaron a caminar en cÃrculo, despacio y parejo, sin hablar entre ellas, con pasos medidos que raspaban la tierra. Al principio se veÃan normales, jóvenes arregladas con el cabello bien, yo querÃa creer que todo era una forma de asustar un truco para que yo dijera que sà y ya pero eso me duró poco pues en el momento en que me exigieron que confirmara el trato por última vez les cambió la cara no fue una idea ni una impresión fue un cambio que vi de frente a la que iba enfrente se le marcó la piel como si se le secara en segundos se le hicieron arrugas profundas alrededor de la boca y de los ojos La sonrisa se le estiró demasiado, como si se le jalara la piel hacia atrás. La otra encorvó la espalda, se le hundieron los ojos y empezó a respirar por la boca con un sonido ronco. La tercera levantó las manos frente a su cara y vi cómo las uñas le crecieron largas, gruesas y oscuras, hasta verse como ganchos. Una se tocó la mejilla y se
11:56 le quedó hundida, como si al apretarse se le hubiera ido la carne hacia adentro. Yo volteé a ver a Mara con la intención de salir, pero en ese instante Mara también cambió. Se le endureció la mirada, la cara se le puso vieja por segundos, como si se le cayera el maquillaje de golpe y quedara otra piel debajo, más seca, más marcada. Luego volvió a verse joven, pero ya no me importó la cara, me importó lo que vi en los ojos. Ya no estaba conmigo, estaba con ellas. Y ya no me estaba ayudando, me estaba entregando. Me tomaron de los brazos. No fue un jalón exagerado. Fue un agarre firme. De gente que sabe sujetar para que uno no se suelte. Me empujaron al centro del cÃrculo.
12:45 Una me puso una mano en la nuca para obligarme a levantar la cara hacia el frente. Me dijeron que ellas me iban a proteger. Que el miedo se me iba a quitar. Cuando yo mirara al diablo de frente... y que ahà se cerraba todo mara se quedó atrás viendo sin intervenir como si su papel ya hubiera terminado en ese punto se formó la figura frente a mà a pocos pasos justo donde estaba el recipiente fue un cuerpo oscuro con forma definida era alto ancho de hombros y las manos eran grandes y las uñas parecÃan garras la cara se veÃa marcada como quemada en partes con la piel dura y seca Los ojos no parecÃan humanos.
13:30 Estaban fijos, como si me estuviera revisando por dentro. Cuando volteó hacia mÃ, el olor a humo se mezcló con un olor fuerte a azufre. Me pegó en la boca y me revolvió el estómago. Sentà que me faltaba el aire, como si el pecho se me cerrara. Oà una risa de mujer muy cerca y luego una voz grave, clara, diciendo mi nombre como si me conociera desde siempre. Esa voz no me habló bonito, me habló como dueño, y me dijo que ya habÃa dicho las palabras y que la oferta era para mÃ. En cuanto lo vi bien, mi cuerpo reaccionó solo. Me zafé con fuerza, empujé con el hombro a una de las mujeres y sentà el rasguño de una uña en el brazo. Me ardió de inmediato, pero corrà hacia la lÃnea de ceniza. Me pegué con una piedra, caà sobre la tierra y me raspé la rodilla.
14:24 Me levanté sin revisar nada y seguÃ. Las ramas me golpearon la cara y la espalda. Me atoré el cabello con una rama baja y me lo arranqué al jalón. Atrás oà risas claras de mujeres y oà esa voz grave otra vez, como si me estuviera hablando al oÃdo sin necesidad de acercarse. Salà del claro a la vereda. Corrà sin mirar el suelo. Me resbalé en lodo, me sostuve de un tronco y seguÃ. El aire frÃo de la vereda me pegó en la cara y me dio un poco de fuerza. Cuando vi el camino de terracerÃa, sentà que el corazón se me iba a salir. Corrà hacia el pueblo con la ropa sucia, las piernas temblando y las manos abiertas de raspones. A cada paso esperaba que me agarraran por atrás, pero llegué. Cuando entré a mi casa, mis papás me vieron y supieron que no era una caÃda normal. TraÃa tierra en la cara, sangre en el brazo y la rodilla raspada. Mi mamá me agarró por los hombros y me empezó a preguntar qué habÃa pasado. Mi papá se quedó serio mirando la puerta y luego mirándome a mÃ, como midiendo si alguien venÃa atrás.
15:32 Yo les conté todo sin adornos, quién era Mara, a dónde me llevó, qué me pidieron y cómo esas mujeres se hicieron viejas con uñas largas y cómo vi al diablo. La voz se me quebró por el cansancio y por el susto, pero lo dije completo porque ya no tenÃa forma de guardármelo. Mis papás no lo tomaron como cuento, mi papá se fue esa misma tarde a buscar a Mara con un familiar porque yo no iba a salir yo me quedé en la sala con mi mamá con una toalla húmeda en la rodilla y el brazo ardiéndome en donde me habÃan rasguñado me temblaban las manos todavÃa mi papá regresó de noche traÃa la cara dura sin el enojo normal de cuando algo no sale dijo que llegaron a la casa de Mara y nadie abrió tocaron fuerte se asomaron por la reja y no se veÃa luz Un vecino salió a medias sin acercarse y les dijo que la familia se habÃa ido temprano con maletas, como si ya lo tuvieran planeado. Dijo que desde la mañana habÃan estado metiendo cosas al carro. Mi papá preguntó a dónde y el vecino solo movió la cabeza como diciendo que no se metieran. Esa respuesta nos dejó claro que Mara no iba a dar la cara y que yo ya estaba metida en algo que no dependÃa de una explicación. Esa noche yo no pude dormir. Me dolÃan los raspones y me ardÃan los ojos por el humo, pero lo que más me tenÃa despierta era la imagen del cÃrculo y el olor a azufre mezclado con humo.
17:07 Me acosté con la puerta cerrada y con la luz del pasillo prendida. Mi mamá se sentó un rato en una silla frente a mi cama y luego se fue a acostar, pero me dejó la puerta entreabierta para verme. En la madrugada escuché una risa corta. como un chiflido burlón que venÃa del pasillo. No fue un ruido de la calle, sonó dentro de la casa. Me senté de golpe. Mi mamá se levantó también y prendió la luz. Revisó el pasillo, la cocina y el patio, pero no encontró a nadie. Mi papá salió con una lámpara, abrió la puerta de la calle y se asomó, como esperando ver a alguien escondido, pero no habÃa nadie. Regresó y nos dijo que no Ãbamos a esperar a que eso se repitiera.
17:55 Al dÃa siguiente mis papás tomaron la decisión que más podÃan controlar. Nos mudamos a otra ciudad con un familiar. No fue una mudanza bonita, fue meter ropa, papeles y lo básico en bolsas y cajas. Mi mamá guardó fotos y documentos primero, como si se estuviera preparando para un incendio. Yo ayudé a doblar la ropa con las manos todavÃa temblorosas. Me revisaba el brazo a cada rato y veÃa las lÃneas rojas del rasguño como una firma. Mi papá fue al patio y quemó en un bote de metal la servilleta donde habÃa quedado pegada, cera negra que mi mamá habÃa sacado de la suela de mis tenis, y dijo que no querÃa eso guardado ni un dÃa más. Nos fuimos en el carro de mi tÃo. Yo iba atrás, mirando por la ventana, esperando ver a Mara parada en alguna esquina. pero no apareció. En el camino, yo abrà el celular y vi que tenÃa mensajes de ella, pero no los abrÃ. Mi mamá me pidió que borrara su contacto y que no la volviera a buscar por ninguna razón, asà que lo borré ahà mismo. En el lugar nuevo, los primeros dÃas fueron normales. Era una casa distinta, con ruido de vecinos, con calles, donde yo no sabÃa quién vivÃa en cada puerta. Eso me dio un poco de aire.
19:17 y yo me repetÃa que el monte estaba lejos, que el cÃrculo quedó en otro lugar y que allá se quedó. Pero el problema no se quedó atrás. En las noches yo volvÃa a oÃr esa misma risa, siempre cerca, siempre dentro de la casa. La primera vez fue al tercer dÃa. Estaba acostada y escuché la risa pegada a mi puerta, como si alguien estuviera del otro lado, con la cara a unos centÃmetros de la madera. me levanté, prendà la luz y abrà de golpe y el pasillo estaba vacÃo la risa se cortó en seco como si alguien se hubiera escondido no fue una idea mÃa mi mamá también la oyó una noche desde la cocina y se le fue el color de la cara se quedó parada con el vaso en la mano mirando hacia el pasillo con los ojos abiertos mi papá empezó a dejar las luces prendidas cerraba bien las puertas y ventanas Revisaba el patio antes de dormir. Yo trataba de actuar normal, pero el cuerpo ya no me respondÃa igual, pues cada noche me acostaba esperando el ruido. Cuando escuchaba el crujido de una tabla, me sentaba, y cuando el aire cambiaba, me levantaba a tocar la pared, como buscando una explicación fÃsica que me calmara.
20:38 La peor noche fue cuando lo vi en mi cuarto. Yo estaba acostada, con la luz apagada, y sentà que el aire se calentó, como si alguien estuviera respirando cerca. No fue calor de verano ni calor de cobija, fue un calor localizado, pegado al cuerpo. Abrà los ojos y lo vi frente a la ventana, recortado con la luz de la calle. Era la misma figura del monte, la misma cara marcada y los mismos ojos fijos. No estaba lejos. Estaba dentro del cuarto, no caminó, no se movió como un hombre normal, solo estaba ahÃ, ocupando el espacio como si le perteneciera. Me habló con claridad y me dijo que la oferta seguÃa en pie, que yo habÃa corrido, pero que yo ya habÃa estado adentro del cÃrculo y que eso bastaba para que me buscaran. Me dijo que él querÃa mi alma y que yo tenÃa que decidir.
21:34 La voz era grave y tranquila, como si estuviera recordando un acuerdo, no amenazando. Eso fue lo que más me dejó frÃa porque sonó seguro, como si de verdad no necesitara apurarse. Yo salà corriendo del cuarto y desperté a mis papás. Esta vez no revisaron como si fuera un ruido cualquiera. Mi papá se vistió en segundos y mi mamá me agarró del brazo y me sentó en la sala. El familiar con el que vivÃamos se levantó espantado y yo les dije lo que habÃa visto y lo que me habÃa dicho. Mi papá no se puso a discutir si era real o no. Nos dijo que Ãbamos a cortar eso como fuera. Nos fuimos en ese momento con un sacerdote recomendado por un familiar. Era un hombre mayor, serio, que escuchó sin hacer caras. Nos pidió que contáramos todo en orden y nos dijo que el error fue haber entrado al cÃrculo y haber repetido las palabras de aceptación.
22:32 Dijo que esas palabras se usan para amarrar y que a veces con una sola repetición basta para que te señalen como si ya hubieras firmado. Hizo una bendición completa de la casa cuarto por cuarto y puso atención en la ventana de mi cuarto. Nos pidió que quemáramos la ropa con la que yo fui al monte y que tiráramos la cadena que me quité ahà porque eso quedó ligado al trato. Mi papá lo hizo ese mismo dÃa. La ropa se consumió hasta quedar en cenizas. La cadena la envolvimos en papel y la tiramos lejos, donde no la pudiéramos recuperar por impulso. Después de eso, lo que pasaba se cortó. No hubo más risas en la casa.
23:15 El diablo no volvió a aparecer en mi cuarto. Yo me quedé con miedo por mucho tiempo, con pesadillas y con la idea fija de que mi amiga nunca fue mi amiga, pero lo que me seguÃa en la noche se terminó ahÃ. Esa fue la única parte que me devolvió un poco de vida, porque me dejó claro que sà se podÃa cerrar, aunque el recuerdo se quedara pegado como una cicatriz. Yo iba en un grupo de relevo con una orden precisa, subir a un cuartel en la sierra, porque el pelotón destacado dejó de reportar. Lo que nos dieron fue claro, se habÃan perdido los enlaces, hubo intentos de contacto desde base y desde un punto intermedio y nadie respondió. Un equipo anterior intentó acercarse para confirmar si era falla de equipo o de señal, y también se quedó sin comunicación al entrar a esa zona. Con eso bastó para que nos mandaran. Salimos con lo necesario para movernos ligero, pero con capacidad de sostener posición si se ocupaba.
24:27 En la brecha todavÃa avanzó el vehÃculo, aunque a ratos se sentÃa que el terreno lo iba tragando. Después ya no pasó. Cargamos el equipo y seguimos a pie, por tramos donde el suelo se volvÃa piedra suelta y el monte se cerraba. La sierra ahà no te da una vista amplia. Te obliga a caminar viendo poco, cuidando pendientes, evitando quedar recortado contra el cielo y revisando cada curva antes de mostrar el cuerpo completo. Antes de ver el cuartel, la radio empezó a fallar con ruido y cortes. No fue una pérdida suave. HabÃa momentos donde entraba una palabra y luego se iba todo a estática. Probamos un cambio básico de canal, revisamos baterÃas, conectores y aún asà seguÃa igual.
25:15 Pero el problema era la zona, no el aparato. El mando decidió continuar porque el objetivo era llegar, confirmar y asegurar el lugar. Si ese pelotón estaba vivo, habÃa que encontrarlo. Si estaba herido, habÃa que sacarlo. Y si habÃa sido atacado, habÃa que saber por quién y desde dónde. Cuando por fin tuvimos el cuartel a la vista, se veÃa entero por fuera. No habÃa humo, no habÃa luces y no se veÃa movimiento en las ventanas. El cerco estaba en pie, la caseta seguÃa donde debÃa, el patio era tierra aplanada y las construcciones bajas estaban cerradas. Lo raro fue que no hubo guardia. Un cuartel en la sierra con pelotón activo no se queda sin ojos afuera, ni por descuido.
26:03 Entramos con procedimiento, dos al frente revisando ángulos, otros cubriendo laterales y el resto asegurando retaguardia y puntos altos. La puerta principal estaba cerrada sin seguro, como si la hubieran empujado y ya. Adentro no habÃa gente, no habÃa un cuerpo ni un herido escondido. Lo primero que me pegó fue el desorden. No un desorden de vida diaria, sino de ruptura. Chalecos tirados sin colgar, botas en un rincón como abandonadas, cargadores vacÃos en el suelo, una mesa con restos de comida ya frÃa y vasos usados. y en el piso de un pasillo, sangre seca en marcas de arrastre.
26:46 Esa sangre no estaba en gotas pequeñas. Era una franja irregular, como si alguien hubiera pasado un cuerpo o una pierna arrastrando, dejando un rastro que se fue perdiendo hacia el fondo. No me quedé mirando. Hicimos lo que se hace en un lugar asÃ. Revisar cuarto por cuarto, abrir con cuidado, cubrir puertas, limpiar esquinas, y confirmar que no hubiera nadie esperando. En una habitación encontramos mochilas abiertas y ropa doblada a medias. En otra habÃa una libreta en el suelo con hojas sueltas y una lámpara apagada. En el área donde se guardaba material faltaban cosas que un pelotón no deja atrás si decide moverse por orden. Eso reforzaba la idea de que no se fueron porque quisieron. Fuimos al cuarto de comunicaciones.
27:35 Ahà estaba una parte que explicaba mucho. La antena estaba dañada y los cables estaban jalados, como arrancados a mano. No parecÃa un corte limpio de herramienta. Se veÃa el forro reventado, conexiones abiertas y un soporte torcido. También encontramos un radio principal sin baterÃa, como si lo hubieran usado hasta agotarlo, o como si alguien se lo hubiera quitado. Ese daño no era una falla lenta. era daño directo y si rompieron su comunicación fue para que no pidieran apoyo. El mando ordenó asegurar el cuartel como punto temporal. Bajar en ese terreno con poca visibilidad y sin comunicación estable era meternos a un riesgo innecesario. Repartimos posiciones dentro y fuera de las construcciones. Establecimos un punto de atención para heridos y revisamos que hubiera agua, munición y luz suficientes.
28:34 Todo fue práctico, confirmar entradas, revisar ventanas, verificar que ninguna puerta quedara sin control y marcar rutas cortas para moverse de una zona a otra sin cruzar el patio expuesto. Yo participé en la revisión del cerco con un compañero. No salimos solos, caminamos por dentro pegados a la pared y al alambre, revisando dónde estaba tenso y en dónde cedÃa. Ahà se notaba que habÃa tramos flojos, como si los hubieran empujado muchas veces. En una esquina el alambre estaba más bajo de lo normal y el poste tenÃa raspaduras profundas. No eran marcas de lluvia ni de ramas, eran surcos, como si alguien se hubiera sostenido ahà con fuerza. También habÃa huellas mezcladas en tierra removida cerca de la zona de cocina, pisadas que iban y venÃan sin orden como tráfico repetido. No eran huellas limpias de bota, se veÃan más ligeras, más cortas, pero no se distinguÃan bien, porque el suelo era piedra suelta y tierra. Intentamos con la radio otra vez, desde distintos puntos del cuartel, buscando el mejor ángulo, subiendo un poco hacia una loma corta dentro del perÃmetro, pero la señal seguÃa entrando rota y logramos mandar un mensaje incompleto que no supimos si salió. El mando decidió que no Ãbamos a desperdiciar baterÃas en intentos largos.
30:03 Guardamos lo que sirviera y dejamos un radio listo por si en algún momento entraba una ventana de señal. Ya instalados, el cuartel dejó de sentirse como un lugar vacÃo y empezó a sentirse como un sitio tomado a la fuerza. No por una sensación vaga, sino por detalles concretos. La sangre seca, el daño a las comunicaciones, el equipo abandonado y la falta total de personal. Aún asÃ, seguimos en lo nuestro. Cobertura, control, disciplina de movimiento y luz medida. Antes de que se cerrara por completo la visibilidad, el mando ordenó una última revisión corta del perÃmetro y de las lÃneas de acceso para dejar claro por dónde se podÃa acercar a alguien sin ser visto. Yo fui en ese recorrido interno con el mismo compañero, con la lámpara lista y el arma al frente, revisando el tramo que habÃa quedado más flojo. En ese punto terminó mi dÃa como lo recuerdo con más claridad, porque fue cuando por primera vez sentà que el monte alrededor no estaba vacÃo.
31:10 No lo vi todavÃa de frente en ese momento, pero ya habÃa señales de que alguien nos estaba observando desde afuera, esperando a que nos asentáramos. Y eso fue lo que nos empujó a reforzar el cerco, justo antes de que pasara lo primero. Armamos seguridad real en cuanto terminamos la primera revisión del cuartel. No nos quedamos en un solo cuarto ni nos confiamos por ver el lugar vacÃo. Se pusieron dos puestos de observación, en puntos donde se dominaba el patio y la lÃnea del monte. Se dejó un punto fijo en la entrada principal y se organizó el movimiento interno en binomio. siempre con rutas cortas nadie salÃa al monte todo era dentro del cerco y con cobertura a mà me tocó salir con otro compañero a revisar el alambre y las esquinas caminamos pegados al perÃmetro alumbrando por tramos sin mantener la luz fija mucho tiempo en el mismo lugar para no regalar posición volvimos a ver el cerco con el poste con las marcas de rasguños profundos y a lo lejos en el monte mire una sombra Y me pareció escuchar una risa, pero la verdad no estoy totalmente seguro. También encontramos huellas mezcladas en tierra removida cerca de la cocina, pisadas repetidas sin orden, como un paso que entraba y salÃa por el mismo punto.
32:37 Ahà fue donde el cuartel dejó de parecer solo un lugar abandonado y empezó a sentirse como un sitio usado por alguien más. Mientras revisábamos, yo también iba viendo detalles, de los que uno se agarra para no inventar cosas. OlÃa a humo viejo en una parte, como de fogón apagado desde horas antes. En una zona cerca del cerco habÃa plumas tiradas, grandes, oscuras, y no eran pocas. ParecÃan de aves del monte, pero la cantidad y el tamaño no cuadraban con un paso normal. Se lo señalé a mi compañero y lo marcamos como punto de atención. No por miedo, sino porque era evidencia de actividad reciente. Antes de que se cerrara la luz del dÃa, apareció la mujer.
33:27 No la vimos venir por el camino ni cruzar por el claro. Estábamos revisando justo el tramo flojo cuando volteé hacia el lado de la cocina y ella ya estaba ahÃ, pegada al cerco, a una distancia corta. No se movÃa con nervios ni con prisa. Se quedó quieta, mirándonos como si estuviera midiendo algo. Era delgada, con el cabello suelto, la ropa sucia de tierra y una cara que no mostraba cansancio. Lo que me sacó de balance fue la sonrisa. No era una sonrisa de saludo. Era fija, como burla, sin cambiar. El compañero conmigo la alumbró de frente, y ahà se vio bien la expresión. Ella no se tapó los ojos ni se hizo para atrás. Aguantó la luz como si no le molestara y soltó una risa corta.
34:18 Luego dijo que habÃan venido más. No lo dijo como pregunta ni como sorpresa. Lo dijo como quien cuenta gente que acaba de llegar a su casa. Y lo dijo viendo hacia adentro del cuartel, como si estuviera contando nuestras sombras. yo le hablé firme con tono de control pidiéndole que se retirara no se acercó más pero tampoco obedeció levantó una mano y pasó las uñas por el alambre despacio como probándolo ahà alcancé a ver las uñas largas y oscuras no eran uñas de trabajo del campo eran uñas crecidas como garras su boca se abrió apenas al reÃrse y se alcanzaron a ver dientes marcados más filosos de lo normal la luz le pegaba directo y no se cubrÃa y eso también fue raro porque cualquiera al sentirse apuntado y alumbrado reacciona pero ella se comportaba como si el cuartel le perteneciera uno de los nuestros desde el punto fijo se acercó para correrla con presencia no llegó a tocar el cerco y la mujer se movió rápido de lado pegada al alambre como si su cuerpo flotara sobre las piedras sin perder equilibrio No tropezó, no se atoró con las raÃces y no le importó el terreno.
35:37 Se retiró hacia el monte con una rapidez clara, en lÃnea quebrada, usando sombras y desniveles. Se fue con la seguridad de quien conoce cada piedra. No la seguimos y nadie dio el paso al monte. Eso también fue decisión práctica. La luz ya iba bajando y el terreno estaba a favor de quien conoce la zona. El mando ordenó cerrar filas y reforzar el perÃmetro, asà que regresamos al patio y reportamos lo visto, sin exagerar, tal cual pasó. Se marcó el tramo flojo como entrada probable, y dos se quedaron cubriendo ese lado con ángulos cruzados. Se ajustaron los puestos para que hubiera visibilidad directa a la zona de cocina y al cerco bajo. También amarramos el alambre con tensión extra y reforzamos el poste, usando lo que habÃa en bodega, dejando un punto de paso más difÃcil. Esa noche la dinámica cambió. Ya no era solo ocupar un cuartel vacÃo y esperar señal. Era sostener una posición donde alguien nos habÃa observado. Se habÃa acercado sin miedo y nos habÃa hablado como si fuéramos intrusos. Se revisaron cargadores, se distribuyó munición. se definieron rutas dentro del cuartel para moverse sin cruzar el patio sin razón y se estableció una regla estricta luces cortas nada de gritos y nada de salir por curiosidad antes de que terminara la última
37:07 claridad yo volvà a ver hacia el monte desde la misma esquina donde apareció Ya no la vi, pero la forma en que se fue se me quedó grabada. No fue una persona perdida, no era una mujer pidiendo ayuda. Fue alguien que llegó a confirmar que estábamos ahà y que sabÃa que éramos más de los que estaban antes y que se retiró como si solo hubiera venido a avisar. Con eso nos fuimos a la noche, con el cerco reforzado. la cobertura cruzada apuntando a ese lado y el cuartel en silencio, esperando el primer movimiento real desde el monte. Ya oscuro, el cuartel quedó metido en el monte, con el cerco como lÃmite claro. Nosotros ya tenÃamos puestos definidos, rutas cortas entre cuartos y cobertura fija hacia el lado de la cocina, donde estaba el tramo flojo del alambre.
38:02 Las lámparas se usaban por pulsos, solo para confirmar manos y distancias, y nadie salÃa al monte. El mando repitió la consigna, nadie se separa y nadie cruza el cerco. Lo primero raro empezó arriba. Se oyó aleteo pesado girando en cÃrculo sobre nosotros. En segundos se notó que eran varias aves grandes. El ruido se movÃa por sectores, como si rodearan el cuartel. Se mantenÃan encima bajando un tramo y volviendo a subir. las seguimos con lámparas y miras para ubicarlas. Alcancé a ver siluetas grandes con alas abiertas, recortadas contra el cielo. El mando ordenó conservar munición y mantener fuego controlado solo si entraban al perÃmetro. Aún asÃ, cada vuelta obligaba a levantar la vista, y eso nos podÃa romper la atención del cerco. Luego vinieron los golpes en el monte. Dos cayeron cerca, con choques claros contra ramas y tierra. Se oyó el impacto y un arrastre corto.
39:03 Después cambió el sonido. El aleteo bajó y apareció movimiento rápido por abajo. Piedras moviéndose y carreras cortas entre la maleza. En ese instante ya tenÃamos actividad alrededor del cuartel. Yo estaba en el sector de la cocina con otro compañero. Ese tramo del cerco era el punto marcado desde la tarde. Alumbrábamos el alambre en pulsos. Encender, revisar el poste. apagar y volver a encender. En uno de esos cortes vi una sombra pegada al exterior, a la altura del poste reforzado, y en el siguiente pulso ya estaba más cerca del punto bajo. Era una figura humana moviéndose sobre piedras sueltas sin perder equilibrio. A los pocos minutos entraron ellas, aprovechando el terreno que las cubrÃa y el tramo flojo del cerco.
39:55 Una pasó por abajo donde el alambre cedÃa. Otra se sostuvo del poste y brincó con un salto corto cayendo dentro. Otra entró por la esquina pegada a la pared, usando la sombra para no cruzar el claro. Y en menos de un minuto habÃa varias dentro del perÃmetro. Se parecÃan entre sÃ, delgadas, con el cabello suelto y la ropa manchada. La diferencia estaba en las manos y la boca cuando les pegaba la luz. Al levantar las manos se veÃan uñas largas, oscuras como garras. cuando sonreÃan se les marcaban los dientes filosos, la primera mujer la que vimos de dÃa venÃa con ellas, la reconocà por la sonrisa fija y porque volvió a reÃrse de forma demoniaca, nos hablaron directo y sin prisa y nos dijeron que ese territorio era suyo y que nos marcháramos, también dijeron que si nos quedábamos nos iban a entregar al diablo como a los otros del cuartel, El mando respondió con órdenes cortas, mantener sectores, cubrir accesos, no romper formación y no perseguir hacia el monte. Mientras hablaban, una de ellas evaluó el interior, volteó hacia una ventana, luego hacia la puerta lateral y después a nosotros. Otra avanzó por la sombra de un muro con el cuerpo bajo, buscando el ángulo donde la luz no la alcanzara. Se movÃan con una seguridad que no era de improvisación. El primer ataque fue inmediato, una se lanzó hacia el interior con un salto rápido, manos
41:28 al frente, buscando agarrar a un compañero que cubrÃa cerca del pasillo. Respondimos con fuego controlado, fueron ráfagas cortas al centro del cuerpo. El impacto la tumbó, pero al caer intentó levantarse y se arrastró hacia la sombra, como tratando de regresar al cerco. Otra aprovechó ese movimiento para acercarse por el lado. Ahà empezó el enfrentamiento de verdad. Ellas se abrieron en abanico para no entrar todas por el mismo punto. Dos intentaron volver a meterse por la zona de la cocina. Otra corrió hacia una esquina del patio para usar un muro como cobertura. Y otra se subió a un borde bajo y soltó una risa corta, como si el combate no le cambiara el ánimo. Pero nosotros nos mantuvimos en lÃnea, cubriendo entradas y evitando quedar aislados.
42:21 Yo vi a una de ellas llegar a una puerta lateral. Metió la mano por la rendija, buscando abrir desde dentro. El compañero más cercano le alumbró directo y ahà se vieron las uñas como garras. Le disparó a corta distancia y la mano se retiró de golpe. La mujer se movió hacia otro ángulo, pegada al muro, y volvió a intentar por otro lado, pero con la misma decisión. El monte seguÃa activo afuera. Ya casi no se oÃa aleteo arriba. pero se escuchaban carreras cortas entre la maleza, como si hubieran más rodeando. Entendimos que el movimiento del cielo fue para encerrarnos y forzar la mirada arriba, mientras ellas entraban por abajo. En ese momento pensé en el pelotón incomunicado.
43:08 Con un ataque asÃ, en un cuartel chico, el orden se rompe en segundos si alguien se dispersa. La pelea siguió creciendo dentro del perÃmetro. Un compañero avisó un flanco y se ajustaron los puestos sin moverse a lo loco. Yo mantuve mi sector fijo, con la luz solo lo necesario, esperando el siguiente salto. A esa altura ya estaba claro que no era una visita para asustar, era una entrada para matar o sacar gente. Y nosotros tenÃamos que sostener la posición hasta que amaneciera o hasta poder pedir extracción. La pelea se cerró en distancias cortas. Dentro del cuartel no habÃa espacio para maniobras largas. Era patio, pasillos, puertas y esquinas. Ellas se movÃan rápido, bajaban el cuerpo, se pegaban a paredes y salÃan por otro lado en cuestión de segundos. AparecÃan pegadas al muro y cuando se acercaban, lo hacÃan directo a la garganta y a las manos, como buscando desarmar o cortar la capacidad de apuntar. La luz, por pulsos, alcanzaba a marcar uñas largas y caras abiertas en sonrisa. El mando mantuvo sectores sin permitir persecución, y cada quien sostuvo su ángulo para que nadie quedara aislado.
44:28 Aún asÃ, ellas insistÃan por los puntos donde el cuartel tenÃa sombras fijas. Una intentó entrar por la zona de cocina otra vez, aprovechando el alambre flojo. Otra se pegó al muro del pasillo y buscó el cambio de puerta. vi como una se metió a la mitad del patio y luego se agachó de golpe como si hubiera leÃdo el movimiento de nuestras lámparas no se detenÃan a evaluar el dolor si una caÃa las otras seguÃan en un momento una de ellas alcanzó a un compañero que cubrÃa cerca de una ventana no lo jaló hacia el monte lo atacó ahà mismo con un movimiento corto a la mano que sostenÃa el arma Se oyó el golpe y el compañero soltó un grito breve. Alcancé a ver sangre en el antebrazo cuando la lámpara le pegó y otro compañero respondió con fuego controlado y la mujer se apartó hacia la sombra, rápida, sin perder el equilibrio. Ese fue el patrón toda la noche. Acercamiento, corte, retiro y vuelta por otro ángulo. Tuvimos bajas. Yo lo recuerdo claro y no lo digo por dramatizar. Dos compañeros cayeron ahÃ. Uno cayó cerca del patio en un cruce del pasillo, después de un movimiento rápido de una de ellas que se le fue directo al cuello. El otro cayó más atrás, en un punto donde parecÃa seguro, y ahà entendimos que no habÃa zona limpia si se descuidaba un ángulo. Tres
45:58 quedaron heridos, uno con cortes profundos en el brazo, otro en la cara, y el tercero con una lesión que lo dejó sin fuerza en la pierna. A los heridos los jalamos a un cuarto interno, sin dejar de cubrir puertas, y se les hizo presión y vendaje con lo que habÃa. No era enfermerÃa, era control de sangrado y mantenerlos conscientes. Yo me movà con el binomio solo lo necesario, cubrÃa el tramo de la cocina y el pasillo cercano, y en ese punto derribamos a dos. Con la luz encima se veÃa que no era alguien disfrazado ni algo inventado. Eran brujas reales que estaban peleando su territorio. Ahà se veÃan uñas largas, reales y una boca abierta con dientes filosos.
46:45 Cuando una intentó jalar a un compañero de la pechera, hizo una fuerza que no correspondÃa a su tamaño. Lo jaló como si pesara poco. El compañero aguantó, porque otro lo sostuvo de la espalda. Ahà se entiende por qué el pelotón incomunicado dejó equipo tirado. Si alguien suelta el arma o se queda solo, lo arrastran. Logramos derribar a varias con fuego controlado y con cobertura cruzada, pero cada vez que una caÃa, trataba de arrastrarse hacia el cerco o hacia la parte más oscura del patio. En dos casos, cuando intentaron moverse por el mismo punto, se toparon con el poste reforzado, y eso les cortó el paso directo.
47:29 Ese refuerzo nos dio segundos que valieron mucho. También nos ayudó no gastar luz fija. Cada pulso era para confirmar manos y distancia, no para alumbrar el patio completo. Las que quedaron de pie se replegaron al monte cuando vieron que el cuartel ya estaba cubierto y que no iban a entrar fácil sin caer. No se fueron corriendo por el camino. Se fueron pegadas a las sombras y desniveles como entraron. Antes de irse, una se paró en el borde del patio. donde la luz la alcanzaba y soltó la amenaza. Que nos cuidáramos, que un dÃa iban a volver por nuestras almas. Lo dijo riéndose, como si esa noche hubiera sido solo un aviso. Luego se dio la vuelta y desapareció en la oscuridad del monte. Después de eso ya no hubo ataque directo. Hubo ruido afuera, carreras cortas, piedras moviéndose y luego silencio. Nadie bajó el arma y nadie se relajó. El mando ordenó mantener puestos hasta que clareara.
48:33 Asà pasamos lo que quedaba de noche, cuidando heridos, controlando accesos y revisando munición sin soltar sector. Al amanecer no salimos a ciegas. Hicimos una revisión corta por fuera del cerco, en binomios, sin alejarnos. Ahà encontramos marcas de arrastre hacia el monte y más sangre seca cerca del punto de entrada. También hallamos objetos del pelotón incomunicado, placas, una mochila abierta y una libreta con notas cortas. No eran historias largas, eran apuntes de guardia, intentos de radio y frases sueltas de cansancio, como de alguien que ya no dormÃa bien ahÃ.
49:13 Eso confirmó que no fue una salida ordenada, fue una presión constante que los fue quebrando. Para lograr comunicación, subimos a un lomo cercano con dos radios y baterÃa fresca, dejando un equipo cubriendo el cuartel. Desde ahà salió un mensaje corto pidiendo extracción. No pedimos refuerzo para pelear. Pedimos evacuación por los heridos y recuperación de caÃdos, y dejamos clara la situación del cuartel y la pérdida del pelotón anterior. El apoyo llegó cuando el sol ya estaba arriba. Entraron con cuidado. Aseguraron el perÃmetro y tomaron control de heridos y caÃdos. Se levantó informe completo con lo verificable, daños, rastros, munición, ubicación del punto de entrada y lo que vimos de esas mujeres. No hubo espacio para adornar nada. Lo que quedó fue una orden directa. Ese cuartel no se volvÃa a ocupar como antes. Yo me quedé con la imagen fija de esa mujer riéndose en el cerco. y con la certeza de que el pelotón anterior no se habÃa ido por decisión propia. Yo trabajaba como guardia en el panteón, y esa noche me tocó vigilar solo. No era la primera vez, pero sà era de esas noches en las que el lugar se siente más cerrado, como si el aire no corriera igual entre los pasillos. Yo ya conocÃa
50:45 lo normal, perros que se meten por una esquina rota de la barda y luego salen cuando oyen pasos, ramas que raspan los nichos cuando hay viento, uno que otro familiar que llega tarde a dejar flores rápido y se va sin hablar con nadie. También conocÃa los ruidos de siempre, los que no te sacan de la ronda porque ya sabes de dónde vienen. Por eso me llamó la atención un murmullo constante. parejo, como varias voces juntas, y porque venÃa de la parte más vieja del panteón, la que casi no se usa. Ahà están las tumbas más antiguas, las bardas más altas y los pasillos más angostos, y la gente casi no entra, porque se pierde fácil entre los mausoleos. Caminé hacia allá con la lámpara en la mano y el radio colgado al pecho. No iba corriendo.
51:38 En ese trabajo aprendes a no actuar con prisa y porque te puedes tropezar con cualquier cosa. El piso no es parejo, hay raÃces levantadas, piedras sueltas, pedazos de ladrillo, y también hay partes donde se hace lodo cuando cae humedad. Alumbraba al frente y luego al piso, y cada tanto levantaba la vista para ver si habÃa movimiento. Mientras avanzaba, el murmullo se escuchaba más claro, y eso fue lo que me dio mala espina, porque no sonaba como gente platicando. no eran risas normales ni una conversación era como si repitieran algo una frase o varias sin parar en un punto me llegó otro detalle el olor no era el olor tÃpico del panteón que es tierra mojada flores viejas y veladoras era cera quemada fresca como cuando alguien acaba de prender varias velas seguà rodeando un mausoleo grande y entonces vi una luz baja entre las tumbas No era una luz normal, era luz fija, como varias flamas juntas, como un grupo de velas encendidas en un mismo lugar.
52:47 La luz se reflejaba en los mármoles y dejaba sombras largas. Me pegué detrás de una lápida para no meterme de golpe. Apagué un poco el movimiento de la lámpara, porque si alumbras directo te ven desde lejos. Desde ahà alcancé a mirar con cuidado. HabÃa un cÃrculo de velas negras alrededor de un pedazo de tierra removida. como si hubieran escarbado o levantado la capa de arriba. No era un cÃrculo improvisado, se notaba que lo acomodaron con intención. Las velas estaban separadas parejo y todas prendidas. Entre ellas habÃa restos de flores viejas, tallos quebrados y tierra amontonada. Y al lado vi a tres mujeres. Eran brujas viejas, no por una idea, sino por lo que vi. La manera en que iban vestidas, el cabello revuelto y sucio, las manos flacas, la postura encorvada y la piel arrugada. Usaban ropa oscura, larga, como faldas, y se movÃan sin nervios. Se movÃan con calma, y ya sabÃan exactamente lo que hacÃan, y era como si ese rincón les perteneciera. En el centro del cÃrculo tenÃan gallinas.
53:57 vi al menos dos en el suelo amarradas de las patas y otra en las manos de una de ellas la sujetaban con firmeza sin que se les resbalara una la agarró por el cuerpo otra la levantó del cuello estirándola y la tercera sacó una hoja corta y brillante en ese momento el murmullo subió un poco como si aceleraran lo que estaban diciendo la hoja se movió rápido la degollaron y la sangre cayó de inmediato sobre la tierra removida Era sangre fresca, oscura, que se abrió en la tierra y empezó a manchar alrededor. La gallina se movió unos segundos y luego quedó suelta. Una de ellas inclinó el cuerpo, agarró la gallina por una pata y fue tirando sangre por partes, como si marcara un camino alrededor del cÃrculo. Otra acercó la mano a la tierra, la tocó y marcó un pentagrama en su brazo. El olor me pegó fuerte y me subió hasta la garganta.
54:56 pues era sangre fresca mezclada con cera quemada. Yo respiré por la boca sin querer, porque por la nariz se sentÃa más. Me quedé quieto detrás de la lápida, tratando de entender qué hacer sin meterme a lo tonto. Yo no iba armado, solo traÃa la lámpara, el radio y mis llaves. Lo lógico era pedir apoyo porque ahà dentro yo estaba solo y eran tres. Apreté el botón del radio y acerqué la boca tratando de hablar bajo, pero el aparato soltó pura estática. Volvà a intentarlo, moviendo un poco el radio, cambiando de posición como buscando señal, pero otra vez estática. En esa zona del panteón ya me habÃa pasado que la señal se ponÃa mala, pero nunca asÃ, tan limpia de puro ruido. Me quedé con el dedo apretado un segundo más y lo solté. No querÃa que el sonido del radio las alertara si todavÃa no me habÃan visto. Me movà un poco para buscar mejor ángulo, con la intención de ver si habÃa más gente alrededor o si tenÃan algún vehÃculo cerca. Apenas cambié el peso del cuerpo, una piedra me crujió bajo la bota. No fue un tronido enorme, pero fue suficiente, y una de ellas levantó la cara directo hacia donde yo estaba. Me ubicó como si ya supiera que yo estaba ahà desde antes.
56:20 Su cara se quedó fija, sin sorpresa. Y eso fue lo que más me inquietó. Las otras dos se giraron también, al mismo tiempo, como si una señal las hubiera jalado. El murmullo cambió. Ya no sonaba como algo repetido con tono bajo. Se volvió burla. Una risa vieja salió de una de ellas. Corta primero y luego otra risa le contestó. La luz de las velas les marcaba la cara desde abajo y se les veÃan las sombras en los pómulos y la nariz. Yo sentà el impulso de alumbrarlas directo, pero me contuve, porque si las encandilaba también me delataba más y me quitaba la vista del piso. Entendà en ese segundo que ya me habÃan visto y que si yo me quedaba ahà la distancia se iba a cerrar.
57:11 Di un paso hacia atrás, lento, sin darles la espalda por completo. manteniendo la lámpara baja, apuntando al suelo. Empecé a salirme de ese tramo. No corrà todavÃa. Solo retrocedà para ganar espacio, porque lo único que querÃa en ese momento era llegar a un pasillo más abierto y tener un camino claro hacia la entrada. Mientras me iba, la risa siguió y el murmullo se volvió más alto, como si hablaran entre ellas de mÃ, sin bajar la voz. Yo sentà que esa noche ya no era una ronda normal, y que si me equivocaba en un paso, me iban a alcanzar adentro del panteón. Me di media vuelta y empecé a caminar rápido hacia el pasillo principal, buscando la luz de la entrada. No querÃa correr todavÃa, porque correr en ese panteón era arriesgarte a un golpe, al tropiezo y a quedarme tirado. Aún asÃ, el cuerpo ya me pedÃa huir. Apenas avancé unos metros, escuché pasos detrás de mÃ, ligeros y rápidos, y luego la primera risa, alta, vieja y muy clara, como si la soltaran para que yo supiera que venÃan encima. La oà rebotar entre los mausoleos y se me apretó el estómago. A los pocos segundos ya no estaban lejos. Me gritaron que mi alma serÃa la siguiente, que ya estaba elegido desde que entré al turno, y que ahà adentro no me iba a esconder. Lo repetÃan con palabras parecidas, siempre con el mismo tono seguro,
58:44 como si hablaran de algo que ya estaba decidido. Aceleré y quise irme por el camino recto, el pasillo que yo conocÃa para llegar a la reja principal, pero en un cruce una de ellas salió por un costado y me cerró el paso. No brincó ni se lanzó, caminó desde la sombra entre dos criptas, despacio, y se paró en medio del camino, ocupando el espacio exacto por donde yo tenÃa que pasar. La lámpara alcanzó a mostrar su cara un segundo, arrugada, la boca torcida como si estuviera sonriendo, y los ojos abiertos sin parpadear. No se veÃa apurada, y eso me dio más miedo que cualquier carrera. Yo frené en seco y giré hacia donde habÃa un pasillo angosto, porque quedarme ahà era dejar que me alcanzaran por atrás.
59:33 Me metà en ese pasillo entre criptas. Era más viejo, con paredes de piedra, nichos pegados uno con otro, y esquinas que te rozan los hombros si vas rápido. El suelo estaba más irregular y me pegaba con los bordes al pasar, porque la oscuridad no dejaba medir bien el espacio. La lámpara se me movÃa con el trote, y por ratos me dejaba a oscuras el piso, asà que tenÃa que bajar la velocidad un segundo para no caer. La risa seguÃa atrás, y entre esa risa se oÃa el murmullo que traÃan desde el ritual, como si siguieran repitiendo algo mientras me perseguÃan. Yo apreté el radio otra vez, tratando de mandar un mensaje corto, aunque fuera decir que habÃa intrusos. el aparato me respondió con pura estática lo intenté moviendo el radio apuntándolo hacia arriba pegándolo a la boca y nada la señal no entraba y en ese momento sentà una desesperación real porque el radio era lo único que me podÃa sacar de ahà sin tener que pelear seguà corriendo con el corazón golpeándome en el pecho sintiendo que me alcanzaban la espalda ya me ardÃa por el miedo de que me tocaran aunque todavÃa no lo habÃan hecho En el tramo más angosto, una me jaló por detrás. No fue un golpe, fue un agarre directo.
1:00:57 Sentà primero la mano y luego sentà las uñas. Se me clavaron en la espalda por encima de la camisa, como garras. El ardor me subió en un instante y el cuerpo se me encogió solo. Sentà el calor de la sangre pegándose a la piel. Me zafé a empujones, giré el torso La lámpara se me fue de lado, pegó contra las piedras, pero la alcancé a recuperar antes de que se apagara. En ese segundo, con la luz temblando, vi sus caras cerca. No estaban lejos. Las vi pegadas al pasillo, ocupando el espacio, con la cara vieja y tensa, una sonrisa fija y dientes manchados. Una de ellas soltó la risa encima de mÃ, más fuerte, como si la soltara para que yo perdiera el control y me quedara ahÃ.
1:01:47 SeguÃa avanzando, pero ya no me dejaban agarrar un camino limpio. No era solo alguien corriendo detrás, se me atravesaban por los lados del pasillo, salÃan entre tumbas y me hacÃan cambiar dirección. Yo intentaba buscar un tramo abierto para salir a un pasillo principal, pero en cada cruce una aparecÃa donde no me convenÃa y me obligaba a torcer. A veces escuchaba pasos a mi lado, no solo atrás, como si se repartieran para cerrarme el paso. La lámpara alcanzaba a mostrar manos largas, uñas sucias y ropa oscura que se movÃa como trapo pesado. También veÃa sombras en las paredes, sombras que se alargaban y se cortaban con los nichos, y eso me confundÃa, porque no sabÃa si venÃan por la izquierda o por la derecha, hasta que las tenÃa encima, Me empezó a faltar el aire, la boca se me secó y sentà la lengua pegada al paladar. La espalda me ardÃa y cada salto me jalaba la tela pegada por la sangre. El miedo no me paralizó, pero me hizo cometer errores. En un punto tropecé con una piedra y caà de rodillas. Las manos se me fueron al suelo y sentà la tierra húmeda y frÃa. La lámpara alumbró un pedazo de pared con nombres viejos pintados y una cruz de cemento con letras gastadas. Antes de que pudiera levantarme, una de ellas alcanzó a ponerme la mano encima del hombro. Sentà la presión, el peso de sus
1:03:19 dedos y un tirón que me querÃa regresar hacia ellas. La uña me rozó el cuello y con ese roce me imaginé lo que podÃan hacer si me agarraban completo. yo reaccioné por instinto pues no pensé en hablar ni en pedir nada solo levanté el brazo con la lámpara y le pegué un golpe seco directo a la cara sentà el impacto duro como golpear piedra envuelta en piel y escuché un quejido corto mezclado con risa como si le doliera y aún asà se burlara ese golpe me dio un espacio corto me levanté de inmediato con una rodilla raspada y me eché a correr otra vez La lámpara me temblaba en la mano, pero no la solté, porque sin esa luz yo me iba a romper la cara contra una cripta. Corrà con una idea clara, no iba a dejar que me llevaran al centro del panteón.
1:04:13 TenÃa que llegar a un punto con luz, o a un pasillo abierto donde pudiera verlas venir, sin que me cortaran el paso o mirara las sombras. mientras avanzaba una de ellas me volvió a gritar lo mismo que mi alma ya estaba apartada que no me servÃa salir del pasillo porque el panteón era de ellas lo decÃa con una seguridad frÃa como si me estuviera leyendo una sentencia yo no les contesté solo seguà apretando la lámpara con fuerza sintiendo el ardor en la espalda y el pulso golpeando en las sienes en un cruce alcancé a ver un tramo un poco más abierto donde las tumbas ya no estaban tan pegadas, me fui por ahÃ, pues sentà que el aire cambiaba apenas, como cuando sales de un callejón a un patio, aún asà ellas no se quedaron atrás, escuché pasos que se arrastraban y luego corrÃan, y la risa volvió más cerca, como si la trajera pegada a mi oÃdo, en ese momento entendà que no era cuestión de aguantar otro pasillo, era cuestión de llegar a la entrada, Asà que seguà avanzando hacia donde recordaba que empezaba el tramo menos viejo, el que conecta directo con la reja, y me preparé para lo que viniera, porque ya sabÃa que, si me volvÃan a tocar, no iba a ser un jalón pequeño. Corrà hacia donde ya se veÃa la luz de la entrada del panteón. No era una luz fuerte, pero era distinta a la oscuridad de los pasillos viejos.
1:05:47 Era la luz que cae desde afuera y se mete entre las primeras tumbas, la que te deja ver el camino, sin tener que estar apuntando todo el tiempo al piso. Yo iba con la lámpara todavÃa en la mano, pero ya no la usaba para buscar. La usaba para no perder el ritmo y para no quedarme sin nada si me volvÃan a cerrar el paso. La espalda me ardÃa y cada paso me jalaba la piel. La camisa ya se me habÃa pegado por la sangre. y el sudor la pegaba más, en eso sentà otro tirón por detrás, como un último intento por tumbarme, y ahà fue cuando se marcó lo peor, no fue un rasguño leve, sentà el arrastre completo, tres lÃneas de una sola vez, largas, paralelas y profundas, desde la mitad de la espalda hacia abajo, me doblé un segundo del dolor pero seguÃ, pues no me podÃa detener, la sensación era clara, como cuando te abren la piel con algo filoso, y al mismo tiempo sentà el calor de la sangre bajando. Apreté la mandÃbula y corrà sin voltear. Escuché la risa detrás, más alta, como si se alegraran de haber alcanzado a hacer eso antes de que yo saliera. También escuché el murmullo mezclado con palabras sueltas, repetidas, como si siguieran con el mismo ritmo del ritual mientras me perseguÃan. Eso me revolvió más, porque no sonaba a coraje, sonaba a costumbre. Yo llegué al último tramo de tumbas, donde ya hay un camino
1:07:20 más ancho, y ahà ya no tropecé, porque el piso está más limpio por la gente que entra a diario. Aproveché ese tramo para meter todo lo que me quedaba. Llegué a la reja principal y la empujé con fuerza. El metal rechinó, pero salà a la banqueta y me giré de inmediato para cerrar. tenÃa las manos temblando por la adrenalina y el dolor metà el pasador a la primera jalé el portón para que quedara bien y aseguré el candado me quedé un segundo pegado al fierro respirando fuerte sintiendo como el pecho se me subÃa y bajaba como si yo hubiera corrido cuadras no pasillos las vi del lado de adentro a varios metros cerca de las primeras tumbas la lámpara de la calle alcanzaba a tocarles el cuerpo pero no les iluminaba bien la cara. Se quedaron mirando, no se acercaron a la reja, no intentaron empujar, ni agarrarla, ni brincar. Se plantaron ahÃ, quietas, y soltaron esa risa otra vez. Era una risa demoniaca que sonaba a burla directa, como si me dijeran que salir por la reja no cambiaba lo que ellas ya habÃan decidido.
1:08:32 Una me gritó otra vez lo de mi alma, como una sentencia, y las otras se rieron al mismo tiempo, más despacio, como si estuvieran marcando el final de algo. Yo no me quedé discutiendo ni mirando más. Me fui directo a un lugar con luz, donde pudiera revisarme sin estar parado en frente del panteón. Caminé rápido hacia una zona donde habÃa un foco prendido, de esos que alumbran una entrada o una tienda, y ahà me quité la camisa. La tela estaba húmeda, pegada y pesada. Al levantarla, sentà el jalón del corte y me salió un quejido del dolor, porque ya no era el susto, ya era la herida abierta.
1:09:14 Vi la marca con claridad, eran tres lÃneas bien hechas, separadas parejo, como si la mano hubiera pasado con intención. La piel estaba abierta y habÃa sangre fresca. No era una gota, habÃa corrido un poco hacia abajo y se me habÃa pegado en la cintura. Me agaché un poco para ver mejor y la luz me dejó ver. que los cortes no eran superficiales, se veÃa la piel levantada en los bordes. Yo me lavé como pude, con agua que conseguà ahà mismo, y el agua me ardió al tocar, como cuando te cae alcohol en un corte. No tenÃa otra opción, me limpié, me presioné con una tela limpia y me puse una venda firme, para que dejara de escurrir la sangre. La ropa me volvió a rozar y eso me volvió a arder, pero ya no iba a quedarme sin cubrirme. Esa noche no regresé al panteón. Me fui a mi casa con el cuerpo tenso y con el oÃdo todavÃa buscando esas risas. No dormà bien, pues cada vez que cerraba los ojos veÃa el cÃrculo de velas negras y la sangre cayendo sobre la tierra. Al amanecer, cuando ya era dÃa y habÃa movimiento, hablé con alguien para regresar acompañado. No quise volver solo, asà que volvimos al área donde vi el ritual. con la luz del sol y con calma, revisando paso por paso. La tierra seguÃa removida y tapada a medias, como si hubieran querido borrar la forma del cÃrculo pero sin tiempo. HabÃa restos
1:10:45 de cera negra pegados al suelo, pedazos de mecha quemada y manchas oscuras en la tierra. Encontramos plumas tiradas y un olor fuerte que seguÃa ahÃ, como sangre vieja mezclada con humo. No era olor de animal muerto de dÃas, era olor de algo reciente. Lo que más me quedó grabado fue ver la marca de las velas en el suelo, pequeños cÃrculos de cera alrededor, como si hubieran estado ahà mucho rato y luego las hubieran levantado para llevárselas. Yo reporté lo ocurrido como pude, dije lo que vi y lo que me pasó, no lo adorné y no pedà que me creyeran por fe, les enseñé la espalda. La reacción fue la que yo esperaba. Duda, silencio, una mirada rápida, y luego la intención de manejarlo como intrusos o vandalismo.
1:11:37 Yo no me quedé a pelear con eso. Lo que yo habÃa vivido no se arreglaba con un regaño o con cerrar la puerta una hora antes. Dejé ese turno y ya no volvà a caminar solo por ese panteón. A los dÃas, la herida empezó a cerrar, pero cicatrizó mal. La marca quedó levantada y visible. Tres lÃneas marcadas que con el tiempo se hicieron más oscuras. El dolor se me quitó poco a poco, pero la cicatriz no se borró, y cada vez que la veo me regresa esa imagen completa y sin cambios. Las velas negras prendidas, la sangre cayendo en el cÃrculo, y la risa encima de mà mientras corrÃa para no quedarme ahà adentro.
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