Nunca Debimos Abrir Lo Que Encontramos Debajo De La Casa
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0:05 La primera vez que escuchamos llorar a una niña debajo de la cocina, mis dos hijas estaban dormidas arriba. Llevábamos menos de una semana en la casa y hasta entonces, lo más extraño que habÃamos encontrado era una habitación oculta bajo el piso. Cuando aquel llanto empezó, ya sabÃamos que detrás de la puerta de hierro no debÃa haber nadie. Compramos la casa porque necesitaba algunas reparaciones y el precio nos convenÃa. Mi esposa, Laura y yo nos mudamos con Elisa, de ocho años, y Camila, de cinco. Los primeros dÃas transcurrieron sin problemas, hasta que los trabajadores levantaron parte del piso de la cocina y encontraron una zona cubierta con cemento.
0:48 Al romperla apareció una argolla de hierro y debajo habÃa una trampilla. La abrimos y vimos una escalera que bajaba a una habitación pequeña sin ventanas, con una cama infantil, una silla y varios dibujos clavados en las paredes. Casi todos mostraban a una niña, y en algunos aparecÃa también una figura alta, con los brazos largos y los ojos pintados de rojo. Al fondo encontramos una puerta de hierro cerrada con seis candados. Uno de los trabajadores preguntó si querÃamos abrirla. Pero Laura pidió que esperáramos. Antes querÃamos saber qué era ese lugar, asà que esa misma tarde hablé con algunos vecinos. Ofelia, una mujer mayor que vivÃa cerca, se quedó callada unos segundos cuando le conté lo que habÃamos encontrado, y preguntó enseguida si la puerta de hierro seguÃa cerrada. Le dije que sÃ. Ella respondió que no debÃamos tocarla. recordaba a la familia que habÃa vivido en la casa muchos años atrás y sobre todo a una niña llamada Nora Ofelia era pequeña entonces y algunas veces habÃa jugado con ella en la calle un dÃa Nora dejó de salir sus padres dijeron que se habÃa ido con unos familiares y tiempo después la familia abandonó la casa antes de marcharse mandaron cubrir con cemento la entrada de la habitación Le pregunté por qué habÃan hecho eso.
2:21 Ofelia dijo que nunca recibió una explicación, pero su madre le habÃa repetido durante años que nadie debÃa abrir aquel cuarto, y mucho menos la puerta de hierro. Yo pensé que la advertencia venÃa de alguna historia vieja del vecindario, y no le di más importancia. Al dÃa siguiente continuaron las reparaciones. La trampilla se mantenÃa cerrada cuando los trabajadores no la usaban. pero por la tarde encontré a Camila sentada en la cama de la habitación. HabÃa bajado mientras uno de los hombres entraba por herramientas. La saqué de ahà y le dije que no podÃa volver. Entonces me preguntó por qué la niña estaba encerrada detrás de la puerta. Le pedà que me dijera de quién hablaba. Camila señaló hacia el fondo y aseguró que una niña la habÃa mirado desde el otro lado. Le respondà que eso no podÃa haber ocurrido porque la puerta seguÃa cerrada y nadie sabÃa qué habÃa detrás ella insistió un poco más y luego dejó el tema dos noches después me despertó un llanto que venÃa de la cocina subà a revisar a elisa y a camila y las dos estaban dormidas volvà abajo desperté a laura y nos quedamos junto a la trampilla escuchando el sonido se detuvo por unos segundos luego regresó era la voz de una niña y venÃa claramente de abajo Abrimos y bajamos con una linterna. La habitación estaba vacÃa.
3:54 Entonces escuchamos tres golpes en la puerta de hierro. Nos quedamos mirando los candados y poco después una niña empezó a llorar detrás de ellos. Laura dijo que podÃa existir otro espacio oculto y que si alguien estaba atrapado no podÃamos dejarlo asÃ. Llamamos a la policÃa. Llegaron dos agentes, revisaron la habitación y golpearon la puerta y llamaron varias veces pero nadie respondió mientras examinaban las paredes el llanto volvió a escucharse y uno de ellos decidió romper los candados cuando cayó el último abrió la puerta detrás habÃa un hueco estrecho sin salida no habÃa una niña tampoco muebles ni otra entrada solo habÃa un espejo antiguo apoyado contra la pared uno de los agentes dirigió la linterna hacia el cristal y todos miramos En el reflejo aparecÃamos Laura, los dos policÃas y yo, pero detrás de nosotros habÃa una niña. Me giré de inmediato pero no habÃa nadie.
4:57 Volvà a mirar el espejo y seguà ahÃ, inmóvil, observándonos. TenÃa el cabello a los hombros. Uno de los agentes también la vio, porque retrocedió y preguntó quién era. En ese momento la imagen desapareció. El otro policÃa tomó una fotografÃa del espejo, pero en la foto solo aparecÃamos nosotros cuatro. Revisaron el hueco otra vez, buscaron una entrada oculta y examinaron las paredes, pero no encontraron nada que explicara el llanto ni aquella figura. Los candados estaban rotos y esa noche decidimos sacar el espejo de la habitación. Lo llevamos al garaje mientras pensábamos qué hacer con él. A la mañana siguiente encontré a Camila frente al espejo del baño hablando en voz baja. Le pregunté con quién conversaba y respondió que con Nora, pero Laura y yo nunca habÃamos dicho ese nombre delante de ella. Le pregunté quién era Nora.
5:58 Camila señaló el espejo y dijo que era la niña de abajo. Después añadió que estaba contenta porque habÃamos abierto la puerta. Ese mismo dÃa cubrimos los espejos de los baños y de las habitaciones. No sabÃamos qué ocurrÃa, pero ya no querÃamos que Camila se acercara a ninguno. Por la noche la escuchamos reÃrse en su cuarto y cuando entramos estaba sentada frente al televisor apagado. En la pantalla aparecÃa su reflejo y a su lado habÃa otra niña. Me acerqué y la imagen desapareció. Saqué el televisor del cuarto y Camila empezó a llorar y dijo que Nora se iba a enojar porque no querÃa quedarse sola otra vez.
6:41 Le pregunté qué querÃa decir. Camila miró hacia el pasillo y respondió que Nora no era la única que habÃa salido y dijo que él también estaba afuera. A la mañana siguiente regresé con Ofelia y le pregunté si recordaba algo más sobre Nora. No le conté lo que habÃa pasado en nuestra casa. Solo necesitaba saber quién habÃa sido aquella niña. Ofelia pensó un momento y dijo que Nora tenÃa un hermano mayor llamado Fernando. y que quizás seguÃa vivo. También conservaba una fotografÃa de una reunión del vecindario. Me la enseñó. Nora aparecÃa junto a sus padres. Le tomé una foto con el teléfono y regresé a casa. Cuando llegué, se la mostré a Camila sin decirle quién era cada persona.
7:27 Ella señaló a Nora de inmediato y dijo que era su amiga. Después marcó un espacio vacÃo detrás de la niña y preguntó por qué él no aparecÃa en la foto. Guardé el teléfono y no le hice más preguntas. Laura y yo decidimos sacar el espejo de la propiedad. Mi hermano tenÃa una bodega y aceptó ayudarnos, asà que lo envolvimos y lo llevamos hasta allá. Esa noche me llamó. HabÃa vuelto por unas herramientas cuando escuchó llorar a una niña dentro. Entró pensando que alguien se habÃa metido. Revisó el lugar y no encontró a nadie. al salir vio una figura reflejada en la ventana de su camioneta y estaba detrás de él dijo que era alta y que tenÃa los ojos completamente rojos pero se giró y no habÃa nadie le pedà que se fuera a la mañana siguiente regresamos juntos la tela que cubrÃa el espejo estaba en el suelo y sobre el cristal habÃa cinco marcas largas mi hermano tomó un martillo y trató de romperlo Lo golpeó varias veces hasta que el mango se quebró.
8:37 El vidrio no tenÃa una sola grieta, asà que lo dejamos ahÃ. No iba a llevarlo otra vez cerca de mi familia. Cuando volvimos a casa, Laura estaba buscando a Camila. La puerta principal habÃa permanecido cerrada y Elisa aseguró que su hermana no habÃa salido. Revisamos los cuartos, el patio y los baños. Después entré en la cocina y vi la trampilla abierta. Yo mismo la habÃa cerrado antes de salir. Bajé y encontré a Camila sentada en la cama infantil, mirando la puerta de hierro. La llamé y no respondió. Me acerqué, la tomé del brazo y entonces dijo que Nora querÃa que devolviéramos el espejo. Le pregunté por qué y contestó que Nora no podÃa detenerlo mientras estuviera lejos.
9:26 Quise saber a quién se referÃa y señaló uno de los dibujos de la pared. el que mostraba a la niña con la figura alta detrás. Ahora tenÃa cuatro personas más a un lado, dos adultos y dos niñas. Ãramos nosotros. Yo habÃa fotografiado aquella pared cuando descubrimos la habitación, pero revisé las imágenes y confirmé que esas figuras no estaban antes. Saqué a mi hija de ahà y cerré la trampilla. Ofelia consiguió un número que podÃa pertenecer a Fernando. Llamé varias veces y nos respondió, asà que dejé un mensaje con mi nombre, la dirección de la casa y una explicación breve sobre Nora y la habitación, mientras esperábamos respuesta, cubrimos todo aquello donde Camila decÃa verla, ya no hablaba solo de espejos, También la encontraba en pantallas apagadas, cristales y objetos metálicos. Durante la cena se quedó mirando mi cuchara y sonrió. Le pregunté qué veÃa y dijo que Nora estaba ahÃ. Laura le quitó la cuchara y Camila se molestó porque querÃa seguir hablando con ella. Eso cambió mi forma de ver lo que ocurrÃa. Nora ya tenÃa la atención de mi hija. Elisa también sabÃa que algo iba mal. Nos preguntó por qué su hermana hablaba sola y por qué cubrÃamos tantas superficies dentro de la casa.
10:51 Decidimos irnos unos dÃas con los padres de Laura. Esa noche empezamos a guardar ropa y documentos, pero durante los preparativos se fue la luz. Encendà la linterna del teléfono y escuché pasos en el pasillo de arriba. Laura reunió a las niñas en nuestra habitación, mientras yo revisaba el resto de la planta, pero no encontré a nadie. Cuando regresé, Elisa estaba mirando el espejo del armario y la tela que lo cubrÃa estaba en el suelo. En el reflejo vi a Laura, a mis hijas y a mÃ. Después distinguà una mano apoyada sobre el hombro de Camila. Los dedos eran demasiado largos y las uñas alcanzaban la parte delantera de su camisa. Levanté la mirada dentro del cristal y detrás de ella habÃa una figura alta. No alcancé a verle el rostro. Solo distinguà los ojos rojos. Me giré y no habÃa nada junto a Camila. Volvà a mirar y la figura estaba más cerca. Mi hija seguÃa de espaldas al espejo con los ojos cerrados. Entonces empezó a reÃr, pero la voz que salió de su boca era más grave que la suya. Laura la tomó y la apartó mientras yo cubrÃa el cristal. El espejo vibró dentro del marco durante unos segundos y después se quedó quieto.
12:10 Camila abrió los ojos y nos miró sin entender qué hacÃamos. Preguntó por qué Elisa estaba llorando. No recordaba haberse reÃdo ni haber cerrado los ojos. Salimos de la casa esa misma noche y nos fuimos con los padres de Laura. Yo todavÃa creÃa que alejarnos de la habitación nos darÃa tiempo y que el espejo antiguo seguÃa siendo el origen de todo. Al dÃa siguiente Fernando devolvió mi llamada. No preguntó cómo habÃa conseguido su número. Lo primero que quiso saber fue si habÃamos abierto la puerta de hierro. Le dije que sÃ. Se quedó callado unos segundos y luego preguntó si alguna de mis hijas habÃa visto a Nora dentro de un reflejo. Le respondà que sÃ. Entonces quiso saber si detrás de ella habÃamos visto unos ojos rojos.
12:58 Cuando confirmé que también habÃa ocurrido, me dijo que no regresáramos a la casa y que mantuviéramos a las niñas lejos de cualquier superficie donde pudieran verse. Después me pidió que escuchara con atención, porque lo que iba a contarme era la razón por la que su familia habÃa sellado aquella habitación. Fernando me contó que Nora tenÃa seis años, cuando empezó a hablar de una niña que aparecÃa en los espejos. Al principio sus padres pensaron que era un juego, hasta que Nora comenzó a señalar a otra figura detrás de ella. DecÃa que era alta, que nunca hablaba y que cada dÃa estaba más cerca. La familia retiró los espejos de la casa, pero la niña siguió viéndola en ventanas, cubiertos y otras superficies donde podÃa distinguirse. Una noche salió de su cuarto y la encontraron frente a un espejo antiguo que su padre guardaba. Nora hablaba mirando el cristal.
13:57 Cuando su madre intentó apartarla, la atacó y tuvieron que sujetarla entre varios. Mientras la retenÃan, empezó a reÃr con una voz que Fernando todavÃa recordaba. Su padre buscó ayuda y dÃas después llegó un hombre que examinó el espejo. Les dijo que aquella presencia estaba unida a ese objeto y que Nora le habÃa servido para alcanzar otros reflejos. El hombre les dio una forma de contenerla. DebÃan llevar el espejo a una habitación sin ventanas, mantener a Nora cerca para atraer la presencia de regreso. y cuando quedara dentro del cristal, cerrar el hueco con una puerta de hierro. Por eso, construyeron el cuarto bajo la cocina y colocaron ahà la cama y los dibujos de la niña. No era una prisión para Nora, era una trampa para aquello que la seguÃa. Una noche, escucharon golpes y una risa debajo del piso. Los padres bajaron y encontraron la cama vacÃa.
14:53 Nora habÃa desaparecido, pero no habÃa salida y nadie habÃa entrado. El espejo permanecÃa en el hueco del fondo. El padre se acercó y vio a su hija reflejada detrás de él, pero se giró y no encontró a nadie. Volvió a mirar y Nora seguÃa dentro del cristal, con la figura alta a unos pasos. El hombre les ordenó cerrar de inmediato la puerta de hierro y no volver a abrirla. No podÃa asegurar que la niña siguiera viva ahÃ, pero sà que la presencia habÃa quedado ligada otra vez al espejo. pusieron los candados y dejaron de escuchar voces. Años después, cubrieron la trampilla con cemento. Antes de terminar la llamada, Fernando me explicó que, mientras el espejo permaneciera aislado y nadie se reflejara en él, aquello no podÃa alcanzar a otra persona. Nosotros habÃamos abierto la puerta, habÃamos mirado el cristal y después lo sacamos de la habitación. Desde entonces, ya no necesitaba quedarse en ese objeto. podÃa aparecer donde hubiera un reflejo y usar la imagen de Nora para acercarse a otra niña. Por eso nos pidió mantener a Camila y a Elisa lejos de espejos, ventanas y pantallas.
16:06 Nos quedamos con los padres de Laura y durante dos dÃas no ocurrió nada. Luego encontré a Camila frente a una ventana hablando en voz baja. Me acerqué y vi a Nora en el vidrio y detrás estaba la figura. Esta vez pude verla completa. Era alta. tenÃa los brazos demasiado largos, los dedos terminaban en uñas oscuras y sus ojos eran completamente rojos, con una forma en su rostro que no puedo describir, Nora levantó una mano y Camila repitió el movimiento, la criatura apoyó los dedos sobre la cabeza de Nora y mi hija abrió la boca, de ella salió la misma risa grave, rompà la ventana con una silla y Camila cayó al suelo y cuando Laura la tomó, dijo que Nora le habÃa pedido que fuera con ella. Esa noche nos fuimos a un hotel. QuerÃamos cámaras en los pasillos y gente cerca. Dormimos los cuatro en una habitación, con la puerta asegurada y la ventana cerrada.
17:06 Cuando despertamos, Camila ya no estaba. La puerta seguÃa cerrada por dentro y la ventana no podÃa abrirse. La buscamos en el edificio y después llamamos a la policÃa. Revisaron cuartos, escaleras, pasillos y grabaciones, pero ninguna cámara mostró a mi hija saliendo. Solo encontraron una falla breve en la cámara situada frente a nuestra puerta y las demás siguieron grabando. Camila nunca apareció. Después mi hermano y yo fuimos a la bodega y el espejo también habÃa desaparecido. La puerta seguÃa cerrada y no habÃa señales de entradas. Semanas más tarde regresé a la casa con dos agentes. La trampilla estaba abierta, asà que bajamos y encontramos un dibujo nuevo clavado en la pared. Laura, Elisa y yo aparecÃamos afuera. Camila estaba detrás de una ventana junto a Nora, y detrás de las dos se veÃa el lente de ojos rojos. En la parte inferior alguien habÃa escrito, falta uno. Los agentes fotografiaron el dibujo.
18:14 Durante meses pensé que la frase se referÃa a Elisa, asà que Laura se marchó con ella y dejamos de vivir juntos. Hace tres noches entendà mi error. Entré al baño y vi a Camila en el espejo, con la misma ropa que llevaba cuando desapareció. Me giré y no habÃa nadie. Volvà a mirar y seguÃa ahà llorando en silencio. Levantó una mano y señaló detrás de mÃ. Nora apareció a su lado y el lente se colocó detrás de las dos. Entonces levantó un brazo y me señaló. Ahà entendà el dibujo. No faltaba Elisa, faltaba yo. Desde entonces retiré los espejos y cubrà las ventanas, pero ya no sirve.
18:59 Lo he visto en la pantalla apagada del televisor, en el vidrio del horno y en mi teléfono cuando queda negro. Mientras escribÃa esto, escuché a Camila llorar dentro del baño. La puerta sigue cerrada y no voy a abrirla. El llanto se detuvo y ahora escucho la risa. Miré el teléfono y en la pantalla estaban Nora y Camila, una a cada lado de aquello. Vi su rostro completo, los ojos rojos, la boca abierta y los dientes mientras se reÃa. Una mano descansaba sobre mi hombro. Aparté el teléfono, pero la presión seguÃa ahÃ. Intenté quitarmela y toqué unos dedos largos. duros, con uñas que me rozaron el cuello. Ya no necesito mirar ningún reflejo para saber dónde está. Acaba de acercar la cara a mi oÃdo y está usando la voz de Camila para decir mi nombre y decirme que pronto estaré con ellas. Encontramos un ataúd enterrado exactamente debajo de nuestra cama. En la tapa habÃan grabado una advertencia. No despierten al que no murió. Lo abrimos pensando que encontrarÃamos restos humanos, pero dentro solo habÃa ropa vieja, tierra húmeda y seis fotografÃas de Carolina y de mà mientras dormÃamos.
20:27 La última habÃa sido tomada esa misma mañana. Todo empezó por una fuga de agua. Carolina y yo llevábamos casi cuatro años viviendo en aquella casa y hasta entonces... No habÃamos tenido ningún problema serio. Una mañana vimos humedad cerca del baño. Llamamos a un plomero y después de revisar la tuberÃa, nos explicó que necesitaba abrir parte del piso del dormitorio para encontrar el daño. Movimos la cama. Entraron dos trabajadores y comenzaron a excavar. Después de retirar tierra durante un rato, uno de ellos golpeó madera con la herramienta. Al principio pensaron que era una caja enterrada, pero limpiaron los bordes y descubrieron la forma completa. Era un ataúd, colocado justo debajo del lugar donde dormÃamos. Carolina empezó a tomar fotografÃas mientras yo llamaba a la policÃa. Nadie quiso moverlo.
21:24 Uno de los trabajadores continuó retirando tierra alrededor de la tapa, hasta que quedaron visibles unas letras talladas en la madera. Cuando las leÃmos, los dos hombres dejaron de trabajar. La frase decÃa, no despierten al que no murió. Uno salió del dormitorio y el otro dejó las herramientas en el suelo, decidido a no tocar nada más hasta que llegaran las autoridades. La policÃa apareció poco después, revisó la excavación y nos preguntó cuánto tiempo llevábamos viviendo ahà y si conocÃamos a los propietarios anteriores, pero no conocÃamos a ninguno. Los agentes inspeccionaron la madera y decidieron abrir el ataúd para comprobar si habÃa restos humanos. Carolina y yo nos quedamos en la entrada del dormitorio mientras levantaban la tapa. No habÃa huesos ni un cuerpo, solo una camisa, un pantalón, tierra y varias fotografÃas. Un agente tomó la primera y me la mostró. SalÃamos Carolina y yo dormidos. Ella reconoció las sábanas porque las habÃamos comprado pocas semanas antes. En otra imagen aparecÃa a mi lado de la cama. En la siguiente estaba ella sola y una más habÃa sido tomada desde los pies. La quinta nos mostraba a los dos.
22:43 La sexta era distinta. El dormitorio aparecÃa sin la cama, tal como lo habÃamos dejado para comenzar la reparación. En una esquina se veÃa una bolsa de herramientas que el plomero habÃa llevado esa mañana. Esa imagen habÃa sido tomada pocas horas antes de que encontráramos el ataúd. A partir de ahÃ, los agentes revisaron toda la casa. Buscaron cámaras, comprobaron ventanas, cerraduras, armarios y cualquier punto por donde alguien pudiera haber entrado, pero no encontraron señales de acceso forzado ni dispositivos visibles. Carolina preguntó quién habÃa tomado aquellas imágenes y nadie pudo responderle. Sacaron la ropa y las copias para analizarlas. Después inspeccionaron el interior de la caja. y encontraron tierra húmeda en el fondo. Uno de los agentes presionó una esquina de la madera y notó que cedÃa.
23:39 Pensó que podÃa estar dañada, asà que dejó de tocarla hasta terminar de documentar el hallazgo. Nos recomendaron pasar la noche en otro lugar y fuimos a casa de mi hermano. Durante horas intentamos encontrar una explicación. Pensamos en una copia de las llaves, en alguien relacionado con los antiguos propietarios, o en una persona que hubiera entrado sin dejar señales, pero ninguna posibilidad resolvÃa lo principal. Aquellas imágenes recientes estaban dentro de una caja enterrada bajo nuestro dormitorio. No encontramos una respuesta en toda la noche. Al dÃa siguiente regresamos y el ataúd seguÃa dentro de la excavación. mientras los agentes terminaban de revisarlo. Más tarde descubrieron algo que no habÃan visto al principio. El fondo no era una sola pieza.
24:30 TenÃa un panel independiente y las orillas estaban cubiertas de tierra. Por eso se confundÃa con el resto de la madera. Cuando retiraron el barro y levantaron esa sección apareció una abertura. Los agentes iluminaron el hueco y encontraron un conducto vertical. El ataúd no descansaba directamente sobre tierra firme, estaba colocado encima de ese acceso. El panel podÃa abrirse desde abajo, lo que permitÃa llegar hasta el interior sin levantar la tapa superior. Alguien podÃa meter fotografÃas, retirar objetos y volver a cerrar el fondo desde el mismo conducto. Asà entendimos cómo habÃan llegado las imágenes hasta ahÃ. Debajo del ataúd habÃa un espacio por el que una persona podÃa subir.
25:18 El conducto descendÃa más de lo que alcanzaban a ver, asà que la policÃa suspendió la inspección hasta tener equipo adecuado. Cubrieron la zona y nos pidieron salir otra vez de la casa. Antes de irnos, entré al dormitorio para recoger una mochila. Mientras la levantaba, escuché un golpe debajo del piso. Me quedé quieto y esperé. Sonó otro, luego un tercero, con unos segundos entre cada uno. Llamé a un agente y entró conmigo. Los dos guardamos silencio. Volvimos a escucharlos y el último sonido vino de la zona del armario. El agente nos pidió salir del dormitorio. Carolina estaba juntando sus cosas cuando vi algo blanco junto a la pared, cerca del armario. Me agaché y recogà una fotografÃa, pero no estaba ahà cuando habÃa entrado por la mochila. La imagen mostraba a Carolina, a la gente y a mà dentro de la habitación, los tres de espaldas, en la misma posición en la que habÃamos estado unos minutos antes.
26:21 Revisé el ángulo desde el que habÃan tomado la foto y dirigà la vista hacia el único punto posible. HabÃan fotografiado a los tres desde el interior del armario. La policÃa vació el armario y retiró la ropa, las cajas y las tablas del fondo. Detrás encontraron un panel añadido durante una remodelación antigua, y al desmontarlo apareció una abertura cerca del suelo. Era demasiado estrecha para que pasara una persona, pero tenÃa espacio suficiente para introducir una cámara pequeña o deslizar una fotografÃa. Uno de los agentes metió una cámara de inspección, y vimos el recorrido en una pantalla. El hueco descendÃa por dentro del muro, giraba hacia el piso y continuaba fuera del alcance del cable. Cuando compararon la posición con la imagen que acabábamos de encontrar, el ángulo coincidÃa.
27:14 La fotografÃa habÃa salido de ese punto. Alguien podÃa observar el dormitorio desde dentro de la pared. Y mientras nosotros descubrÃamos el ataúd, habÃa estado a pocos metros escuchando todo. Nos hicieron salir de la casa y continuaron revisando sin nosotros. Al dÃa siguiente nos explicaron que habÃan encontrado otros conductos conectados con la misma zona. Ninguno permitÃa el paso de una persona adulta. Eran espacios estrechos que llegaban al baño, a la cocina y a distintos puntos de las paredes. Algunas aberturas estaban cubiertas por muebles o reparaciones hechas años atrás. Otras terminaban detrás de paneles que nunca habÃamos movido. Eso explicaba desde dónde habÃan tomado varias de las fotografÃas, pero todavÃa quedaba lo principal.¿ Quién utilizaba esos huecos y dónde estaba en ese momento? La revisión siguió por el conducto descubierto debajo del ataúd. Retiraron la caja de madera y encontraron una cubierta escondida bajo la tierra. Al levantarla apareció una escalera que descendÃa hasta un espacio construido bajo la casa.
28:23 Desde ese momento ya no nos permitieron acercarnos. Carolina y yo esperamos afuera mientras entraban agentes con cámaras y equipo de protección. Horas después nos mostraron parte de lo que habÃan grabado y todavÃa recuerdo la primera imagen con claridad. Debajo de nuestro dormitorio habÃa una habitación que nosotros nunca habÃamos sabido que existÃa. En la habitación encontraron un colchón, ropa de distintas épocas, recipientes, herramientas, una conexión al agua y cables tomados de la instalación eléctrica. HabÃa latas recientes junto a envases muy antiguos, pero lo que detuvo la inspección fue una pared cubierta de fotografÃas. Eran cientos y estaban agrupadas por familias. Reconocimos nuestras habitaciones y nuestros muebles en las más nuevas, mientras que las anteriores mostraban a otros residentes de la casa. Entre ese material habÃa también fotografÃas familiares sacadas de cajones y álbumes. En varias aparecÃa el mismo hombre, alto, muy delgado, con el cabello oscuro y una cicatriz debajo del ojo izquierdo. A veces estaba al fondo de un pasillo, otras junto a una puerta o reflejado en un espejo. Al principio pensé que todas pertenecÃan a una misma época, hasta que uno de los agentes empezó a revisar las fechas escritas detrás. HabÃa décadas entre unas y otras. Una fotografÃa era de 1956, otra de 1978, y varias correspondÃan a los años noventa. Después
30:00 aparecieron imágenes tomadas durante nuestra estancia en la casa. El hombre tenÃa el mismo rostro en todas, sin cambios visibles de edad. La policÃa localizó antiguos propietarios y uno de ellos lo reconoció. HabÃa vivido ahà cuando era niño y recordó haberlo visto una noche dentro de su dormitorio. Su padre revisó la casa, encontró una abertura en el piso y la cerró pocos dÃas después. También recordaba que, desde entonces... HabÃa un ataúd bajo esa zona, aunque nunca supo quién lo puso ni qué contenÃa. Otro propietario identificó al mismo hombre en una fotografÃa familiar tomada muchos años más tarde.
30:42 También encontraron cuadernos con nombres, fechas y movimientos de las familias que habÃan vivido arriba. Los primeros registros eran antiguos y los últimos llegaban hasta nosotros. La escritura se mantenÃa casi idéntica durante todo el conjunto. Un perito fotografió varias páginas y comparó trazos separados por décadas. No nos dio una conclusión en ese momento, pero confirmó que los cuadernos no habÃan sido escritos recientemente para fingir antigüedad. HabÃa papel deteriorado, tintas distintas y hojas afectadas por humedad antigua. Entre las últimas notas estaban nuestros horarios, las visitas que recibÃamos y la fecha en que llamamos al plomero. En la última lÃnea solo habÃa cuatro palabras. Ya abrieron el piso. Los agentes revisaron los conductos y confirmaron que ninguno permitÃa el paso de una persona adulta. La única salida de la habitación subterránea era el acceso vertical que terminaba debajo del ataúd.
31:45 Entonces la advertencia dejó de ser una frase extraña. La caja cubrÃa la entrada. El fondo móvil permitÃa llegar hasta su interior y la tapa, la tierra y el piso mantenÃan cerrado el paso hacia la casa. No encontraron un cuerpo, una tumba ni un registro funerario relacionado con aquel objeto. Lo que estaba debajo no necesitaba el ataúd para descansar. Quienes lo habÃan colocado ahà lo necesitaban para mantener cerrado el acceso. Mientras seguÃan inspeccionando, apareció otra fotografÃa junto a la escalera. HabÃa sido tomada ese mismo dÃa y mostraba a Carolina hablando con un agente en el patio. La copia estaba limpia, sin tierra ni humedad. Nadie supo quién la habÃa dejado ahÃ. Registraron la casa completa, cerraron las salidas y revisaron cada habitación, pero no encontraron al hombre de las imágenes. Yo volvà a pensar en los golpes bajo el suelo. Primero los escuchamos lejos, después debajo del dormitorio y el último habÃa llegado desde el armario. Esa noche entendà que no se estaba moviendo sin rumbo. HabÃa estado subiendo hacia la abertura que nosotros dejamos libre. Nos llevaron a casa de un familiar esa misma noche y la propiedad quedó cerrada. Durante los dÃas siguientes nos llamaron varias veces para identificar objetos y revisar fotografÃas. Cada inspección
33:19 sacaba algo nuevo. Los agentes encontraron más imágenes del mismo hombre en cajas antiguas, álbumes familiares y sobres que habÃan permanecido guardados durante años. En algunas estaba dentro de la casa, en otras aparecÃa detrás de una ventana o al fondo de un pasillo. Las fechas cambiaban, pero su rostro no. La cicatriz debajo del ojo izquierdo seguÃa en el mismo lugar, y sus facciones permanecÃan intactas. Nadie encontró un nombre, una identificación o un registro que explicara quién era. Carolina dejó claro que no querÃa volver. Yo regresé una sola vez, acompañado por dos agentes para recoger documentos y algo de ropa.
34:07 El dormitorio seguÃa cerrado y la abertura estaba cubierta, y el ataúd ya habÃa sido retirado como evidencia. Pregunté si habÃan encontrado a alguien dentro de la casa o en los terrenos cercanos. La respuesta fue no. También pregunté si podÃan asegurar que el hombre habÃa salido por el acceso del dormitorio, pero tampoco podÃan. Los conductos secundarios seguÃan siendo demasiado estrechos y no encontraron otra salida en la habitación subterránea. Salà con dos bolsas y no regresé. Alquilamos un departamento y dimos la dirección solo a nuestros familiares más cercanos.
34:48 Instalé cámaras en la entrada, el pasillo y la sala. Durante varias semanas no ocurrió nada. DormÃamos mal. pero no encontramos nuevas imágenes, no faltaron objetos y las grabaciones no mostraron a nadie entrando. La investigación continuó, y cuando terminaron de revisar parte de nuestras pertenencias, nos devolvieron varias cajas que habÃan retirado de la casa. Una tarde, Carolina y yo empezamos a abrirlas. HabÃa documentos, ropa, pequeños objetos y un sobre con fotografÃas recuperadas de la habitación subterránea. Reconocimos muchas. Nosotros dormidos, comiendo, viendo televisión o entrando por la puerta principal.
35:33 Las fuimos separando hasta que Carolina tomó una y dejó de hablar. Me la pasó. La imagen mostraba la entrada del edificio donde vivÃamos entonces. Nosotros aparecÃamos descargando cajas del coche el dÃa de la mudanza. Reconocà una lámpara que habÃa comprado después de abandonar la casa y una chamarra nueva de Carolina Esa fotografÃa no podÃa haber estado debajo de nuestro antiguo dormitorio antes de que nos fuéramos. Llamamos a la policÃa. Dos agentes recogieron la imagen, revisaron las cámaras del edificio y preguntaron quién habÃa tenido acceso a las cajas. No encontraron una explicación. Las grabaciones disponibles no mostraban a nadie siguiéndonos durante la mudanza y el sobre habÃa permanecido sellado desde que salió del almacén de evidencias.
36:27 A partir de ese dÃa, revisé las cámaras todas las mañanas y todas las noches. También marqué por dentro las puertas y las ventanas, para saber si alguien las movÃa. Dos noches después, encontramos otra fotografÃa. Estaba sobre la mesa de la cocina cuando nos levantamos. Yo habÃa limpiado esa superficie antes de acostarme y no habÃa nada encima. Las cerraduras seguÃan puestas. Las marcas de las ventanas no se habÃan movido y las cámaras no registraron ninguna entrada. En la imagen estábamos Carolina y yo dormidos. La fotografÃa habÃa sido tomada desde la puerta del dormitorio. Junto al armario aparecÃa el mismo hombre de las fotos antiguas, mirando hacia la cama. Se distinguÃa la cicatriz debajo del ojo y tenÃa la cabeza inclinada hacia mi lado. Entregamos también esa imagen y nos fuimos del departamento. Revisaron el lugar, abrieron armarios, comprobaron paredes y examinaron las grabaciones completas. Nadie apareció entrando o saliendo durante la noche. Nos mudamos otra vez y dejamos atrás casi todo lo que habÃa venido de la casa original. Solo llevamos documentos, ropa nueva y lo necesario para empezar de nuevo. Durante meses no pasó nada. La investigación terminó sin una identificación. Uno de los agentes me llamó por última vez para avisarme que no habÃan encontrado
37:57 registros del hombre, ni una explicación para las fotografÃas antiguas. También confirmó algo que ya sabÃamos. Antes de la reparación, el acceso bajo el ataúd llevaba décadas cubierto. La tierra no mostraba excavaciones recientes y ninguna persona adulta podÃa atravesar los conductos laterales. No me dio una teorÃa y yo tampoco se la pedÃ. Con el tiempo dejamos de hablar del tema. Carolina seguÃa revisando las cerraduras y yo conservé una cámara frente al dormitorio. Pero nuestras noches empezaron a ser normales. Pasaron varios meses asÃ, hasta que una madrugada me despertaron tres golpes debajo de la cama. Carolina abrió los ojos después del segundo y escuchó el tercero conmigo.
38:44 Encendà la luz, bajé los pies y vi tierra húmeda junto al armario. habÃa una lÃnea delgada que salÃa desde debajo del mueble y cruzaba parte del piso. No abrà el armario. Salimos del departamento y llamamos a la policÃa desde el coche. Dos agentes entraron primero y después nos permitieron volver. No encontraron a nadie. Movieron el mueble, revisaron la pared y levantaron parte del recubrimiento del suelo. No habÃa una habitación debajo, ni un conducto, ni un espacio por donde pudiera pasar una persona. Solo encontraron tierra. Antes de irnos, uno de los agentes me entregó algo que habÃa aparecido detrás del armario. Era una fotografÃa reciente. mostraba a carolina y a mà de pie junto al ataúd el dÃa que lo encontramos yo estaba mirando la advertencia de la tapa y ella tenÃa el teléfono en la mano en el borde inferior de la imagen se veÃa una mano saliendo desde abajo Nunca habÃamos visto esa fotografÃa.
39:48 La guardaron como evidencia y nosotros nos marchamos esa misma mañana. Desde entonces no he vuelto a vivir en una planta baja y no conservo nada de aquella casa. TodavÃa recuerdo la frase de la tapa con exactitud. No despierten al que no murió. Durante mucho tiempo pensé que la advertencia se referÃa a abrir el ataúd. Ahora sé que se referÃa a dejarle una salida. aquello que hasta ese momento nos acechó. La última cinta tenÃa la fecha de ese mismo dÃa. Al reproducirla, escuché mi propia voz, después la de mis hermanos, pero ninguno de nosotros habÃa dicho todavÃa lo que estaba grabado. Unos minutos más tarde, Repetimos esas mismas frases palabra por palabra, sin notarlo al principio. Mis hermanos y yo regresamos a la casa de nuestro padre después de su entierro. Ignacio, Rosa y yo habÃamos ido para sacar documentos, guardar algunas cosas de la familia y dejar la propiedad lista para venderla. Ninguno querÃa quedarse más de lo necesario. Nuestra relación con él llevaba años desgastada.
41:07 Y la casa seguÃa ligada a la desaparición de nuestra madre, Elena, ocurrida 20 años antes. Nunca encontraron su cuerpo. Papá sostuvo hasta el final que ella se habÃa marchado por voluntad propia, aunque dejó sus pertenencias y jamás volvió a ponerse en contacto con nosotros. Durante años le preguntamos qué habÃa pasado, pero siempre respondÃa lo mismo y cortaba la conversación en cuanto mencionábamos a mamá. Con el tiempo dejamos de insistir. Mientras limpiábamos el sótano, movimos una estanterÃa y descubrimos una tapa metálica en el piso. Sobre ella habÃa una frase escrita con la letra de nuestro padre. Por favor, déjenla cerrada.
41:52 Rosa pidió que la dejáramos ahÃ, pero Ignacio se negó. Dijo que papá ya nos habÃa ocultado demasiadas cosas y que no pensaba marcharse sin saber qué habÃa enterrado debajo de la casa. Yo preferÃa no tocarla. pero terminé ayudándolo. Forzamos la tapa y debajo encontramos una caja metálica cerrada con varios seguros. Dentro habÃa 27 cintas de cassette, un reproductor y una nota doblada. Cada cassette tenÃa una fecha escrita a mano. Reconocimos la letra enseguida. Era la de mamá. La nota pertenecÃa a nuestro padre. DecÃa que si habÃamos abierto la caja ya habÃamos cometido el mismo error que él y nos daba tres instrucciones. No sacar ninguna cinta, no responder a ninguna voz si no podÃamos ver a la persona que hablaba y cerrar todo de inmediato. Ignacio leyó la nota dos veces y dijo que papá habÃa terminado perdiendo la razón. Rosa no respondió. Yo tomé la primera cinta. La fecha era de tres dÃas después de la desaparición de nuestra madre. La puse en el reproductor y escuchamos su voz. La reconocà desde la primera frase.
43:07 Era su manera de pronunciar nuestros nombres, de detenerse antes de una palabra y de respirar cuando hablaba rápido. En la grabación, mamá decÃa que seguÃa dentro de la casa y que nuestro padre sabÃa lo ocurrido. Contaba que durante varios dÃas habÃa escuchado nuestras voces en habitaciones vacÃas. Una noche oyó a Rosa llorando desde el sótano. Bajó creyendo que se habÃa lastimado y encontró la caja. La abrió. Después empezó a escuchar su propia voz dentro de la casa. Ignacio detuvo el reproductor y Rosa nos contó algo que nunca habÃa mencionado. Durante la semana en que mamá desapareció, Se despertó dos noches porque la oyó hablando en el pasillo.
43:53 La primera vez salió de su habitación y no encontró a nadie, y en la segunda no abrió la puerta. Se quedó acostada escuchando hasta que la voz dejó de oÃrse. Nunca se lo contó a nuestro padre. Seguimos con la cinta. Mamá explicaba que después de oÃr su propia voz varias veces, vio a otra mujer dentro de la cocina. Era idéntica a ella. Llevaba su ropa, tenÃa la misma cicatriz en una mano y conocÃa cosas que solo ella podÃa saber. Mamá le habló y la mujer contestó con su misma voz. Y la grabación terminaba ahÃ. Ignacio quiso escuchar otra. Elegimos una fechada años antes de un accidente que él habÃa sufrido.
44:35 En la grabación, mamá decÃa que Ignacio perderÃa el control de un vehÃculo durante una tormenta y terminarÃa en el hospital con dos costillas fracturadas. Eso habÃa ocurrido. Nadie de nuestra familia podÃa haberlo sabido en 2006 porque el accidente sucedió mucho después. Busqué otra cinta y en esa mamá hablaba de mÃ. DecÃa que tendrÃa una hija y que se llamarÃa Emilia. Cuando esa grabación fue hecha, yo todavÃa no conocÃa a la mujer con la que años después tuve a mi hija, que se llama Emilia. Después de escuchar eso, ninguno volvió a hablar de una broma, un montaje o una explicación preparada por nuestro padre. Revisamos todas las fechas. Varias correspondÃan a años posteriores a la desaparición de mamá. La última tenÃa escrita la fecha de ese dÃa.
45:30 Rosa pidió que no la reprodujéramos. Ignacio respondió que después de lo que ya habÃamos escuchado, no tenÃa sentido dejar precisamente esa cerrada. Antes de que yo pudiera detenerlo, la colocó en el aparato. Primero se oyó ruido. Después apareció mi voz, diciendo que la caja debÃa quedarse dentro de la casa. Luego escuchamos a Ignacio decir que tenÃamos que llevar las cintas a la policÃa. Y la voz de Rosa respondió que antes necesitábamos saber qué habÃa hecho nuestro padre. Nadie se movió, pues ninguno de nosotros habÃa pronunciado esas frases. La cinta siguió. Se escucharon pasos, y después una voz que cambió varias veces. Primero utilizó la de mamá, luego la de nuestro padre, y al final una voz que no reconocimos. Dijo... Ya me abrieron otra vez. Ignacio apagó el reproductor y en ese momento escuchamos a mamá llamando a Rosa desde la planta de arriba. La voz repitió su nombre y usó el apodo que solo ella utilizaba cuando Rosa era niña. Después mencionó una pulsera que Rosa habÃa escondido el dÃa anterior a la desaparición de mamá y dijo exactamente dónde la habÃa dejado. Rosa nos aseguró que nunca se lo habÃa contado a papá. Ninguno subió.
46:53 La voz volvió a hablar desde arriba y esta vez nos pidió que no cerráramos la caja. Subimos juntos. Ignacio iba primero, Rosa detrás de él, y yo cerraba el paso. Revisamos la casa sin separarnos, abrimos cada habitación y comprobamos las puertas, pero no encontramos a nadie. Cuando regresamos al sótano, Ignacio dijo que tenÃamos que llevar las cintas a la policÃa. Rosa respondió, Que antes necesitábamos saber qué habÃa hecho nuestro padre, y yo dije que la caja debÃa quedarse dentro de la casa. Apenas terminé la frase, los tres nos quedamos callados. Eran las mismas palabras que habÃamos escuchado en la cinta, dichas en el mismo orden. Ninguno necesitó señalarlo. Rosa quiso irse de inmediato, yo también querÃa salir, pero antes volvà a revisar la nota de papá y encontré varias hojas dobladas debajo. Eran registros y advertencias escritas durante años. Ahà supimos que nuestro padre no habÃa grabado las cintas ni las habÃa reunido poco a poco. Las 27 aparecieron juntas después de la desaparición de mamá, incluidas las que llevaban fechas de años que todavÃa no habÃan llegado. Papá escribió que regresó al sótano y encontró la caja abierta con los casetes dentro. Reprodujo varios, en unos escuchó a mamá, en otros oyó voces distintas, entre ellas la de Ignacio
48:25 y la mÃa, aunque por entonces ninguno tenÃa la edad que se escuchaba en esas grabaciones. También dejó escrito que dejó de buscar una explicación cuando empezaron a cumplirse hechos mencionados en las cintas. Nunca pudo determinar si las grabaciones anticipaban lo que iba a pasar o si escucharlas influÃa en los acontecimientos. Por eso dejó de reproducirlas. En otra hoja anotó que una vez sacó un cassette y lo dejó fuera de la caja. Ese mismo dÃa empezó a oÃr la voz de mamá en habitaciones vacÃas. Lo devolvió, cerró los seguros y las voces cesaron. Después intentó destruir una cinta. la quemó fuera de la casa y cuando revisó la caja encontró otra igual en su lugar. A partir de ese momento no volvió a sacar ninguna. Las últimas hojas explicaban lo ocurrido con nuestra madre. Elena habÃa encontrado la caja después de escuchar a Rosa llorando en el sótano. La abrió y durante los dÃas siguientes comenzó a oÃr nuestras voces cuando nosotros no estábamos cerca. Después empezó a vernos dentro de la casa. primero vio a ignacio cuando él se encontraba en otro sitio más tarde me vio a mà y al final encontró a una mujer idéntica a ella nuestro padre regresó una noche y las encontró a las dos las dos decÃan ser su esposa conocÃan nuestra historia familiar y recordaban conversaciones que sólo
49:57 él y mamá habÃan tenido papá las separó les hizo preguntas distintas y recibió las mismas respuestas No encontró una diferencia para saber cuál era su esposa. Esa noche hubo una pelea. Una de las dos mujeres murió y la otra ayudó a nuestro padre a cerrar la caja. Dos dÃas después, la que habÃa sobrevivido desapareció. Debajo del relato, papá dejó una frase subrayada. Nunca supe cuál de las dos murió. Entendà por qué habÃa sostenido durante 20 años que mamá simplemente se habÃa marchado. No sabÃa cuál habÃa sobrevivido. Tampoco podÃa asegurar que la mujer que desapareció después fuera Elena.
50:41 Ignacio dejó las hojas sobre la mesa y antes de que alguno dijera algo, escuchamos la voz de Rosa detrás de nosotros. Dijo mi nombre. Pero Rosa estaba a menos de un metro de mÃ. Giramos y no vimos a nadie. La voz volvió a hablar. Pronunció el nombre completo de Ignacio. y después recordó algo que habÃa ocurrido cuando éramos niños. Un hecho que solo nosotros tres conocÃamos. Rosa dijo que ella no estaba hablando. Desde el otro lado del sótano, la misma voz respondió que tampoco estaba hablando. Ignacio cerró la caja y aseguró los seguros, y la voz se cortó en ese instante. Durante unos segundos no pasó nada. Luego, alguien golpeó desde dentro. La tapa comenzó a moverse. Ignacio apoyó las manos encima y yo lo ayudé hasta que volvió a quedar quieta. Entonces escuchamos a nuestro padre desde el interior y nos dijo que no dejáramos salir a Rosa.
51:43 Ella seguÃa frente a nosotros. La voz mencionó una discusión que Rosa habÃa tenido con papá años atrás y dio detalles que Ignacio y yo nunca habÃamos oÃdo. Rosa confirmó que todo era cierto. Después la voz cambió y utilizó la mÃa. Dijo que uno de nosotros ya habÃa sido copiado. OÃmos movimiento junto a la caldera. Ignacio agarró una herramienta y yo dirigà la linterna hacia ese lado. Una mujer salió desde el fondo del sótano. Era Rosa. Llevaba la misma ropa, tenÃa el mismo cabello y la misma marca junto a la ceja. La Rosa que estaba con nosotros gritó al verla. La otra también gritó y ambas empezaron a decir que la otra no era real. Ignacio les pidió que se callaran y comenzó a hacer preguntas sobre nuestra infancia, pero las dos respondieron bien. Cambió de tema, preguntó por cosas recientes y obtuvo las mismas respuestas. Entonces intervine.
52:46 Le pregunté a cada una por algo que habÃa ocurrido entre Rosa y yo cuando estábamos solos. Un episodio que nunca contamos a Ignacio ni a nuestro padre. Las dos dijeron lo mismo, recordaron el lugar y repitieron una frase que Rosa habÃa pronunciado aquel dÃa. No habÃa diferencia en sus respuestas. Las dos estaban llorando y ambas sabÃan por qué dudábamos. Ahà entendà el problema que nuestro padre habÃa enfrentado con nuestra madre. Si esa cosa tenÃa acceso a los recuerdos de una persona, ninguna pregunta privada servÃa para identificar al original. Ignacio dejó de interrogarlas No podÃamos dejar a una encerrada sin saber si era nuestra hermana, pero tampoco podÃamos sacar a ambas, sin saber qué llevábamos con nosotros.
53:36 Una de las rosas miró hacia la escalera, la otra siguió su mirada y las dos se quedaron quietas. Desde arriba llegaron dos golpes. Ambas voltearon hacia nosotros y dijeron al mismo tiempo que tenÃamos que salir de la casa. Las dos rosas insistieron en salir, pero Ignacio se negó a elegir entre ellas. Si dejábamos a una en el sótano, podÃamos estar abandonando a nuestra hermana. Pero si sacábamos a las dos, también podÃamos llevarnos aquello que nuestro padre habÃa intentado mantener encerrado durante veinte años. Volvà a las notas y busqué cualquier detalle que permitiera distinguir una copia. Encontré una observación repetida. Mientras la caja permaneciera cerrada, Las imitaciones no podÃan mantenerse lejos de ella durante mucho tiempo. Papá no explicaba cuánto duraba ese lÃmite, ni qué ocurrÃa después de una apertura prolongada. Nosotros ya habÃamos dejado la caja abierta más de lo que él recomendaba. Una de las rosas empezó a sangrar por la nariz. Ignacio señaló a la otra y dijo que quizá esa era la diferencia que necesitábamos. Pero ella respondió que el sangrado podÃa ser parte de la copia. Antes de decidir algo, también le salió sangre a la segunda. Las dos se limpiaron y volvieron a pedirnos que saliéramos. Dejamos de buscar señales fÃsicas.
55:05 En ese momento, sonó mi teléfono en la planta de arriba. Lo habÃa dejado sobre una mesa antes de bajar. Después, escuché mi propia voz hablando en algún punto de la casa. No distinguà las palabras, pero reconocà el tono y cómo pronunciaba el nombre de Ignacio. Una de las rosas preguntó si habÃa dejado alguna grabación reproduciéndose. Le dije que no. Mi voz volvió a escucharse arriba, más cerca de la escalera. Ignacio aseguró la caja y nos ordenó subir juntos. Las dos rosas avanzaron al mismo tiempo. Una intentó adelantarse y la otra la sujetó del brazo. Luego empezaron a forcejear.
55:48 Ignacio trató de separarlas y yo me acerqué para ayudarlo. Una cayó detrás de la escalera. La otra tropezó conmigo y durante unos segundos perdà de vista a las dos. Cuando logramos incorporarnos, solo una seguÃa ahÃ. La buscamos en el sótano. Revisamos detrás de la caldera, debajo de la escalera y el espacio junto a la pared donde habÃa aparecido, pero no encontramos a la otra. no habÃa una segunda salida la rosa que permanecÃa con nosotros aseguró que la otra habÃa corrido hacia el fondo durante el forcejeo Ignacio le preguntó cuál de las dos era y ella respondió que era nuestra hermana no intentó convencernos con recuerdos solo pidió que no la dejáramos ahà subimos con ella mi teléfono estaba en el piso con una llamada activa y sin número visible en la pantalla lo acerqué al oÃdo Escuché una respiración igual a la mÃa. Después, mi propia voz dijo que no regresara al sótano. La llamada terminó.
56:53 Salimos de la casa sin llevar ninguna cinta. La caja quedó cerrada y ninguno quiso volver a tocarla. Decidimos mantenernos juntos hasta hablar con la policÃa y evitar a nuestras familias mientras no supiéramos quién habÃa salido con nosotros. Rosa entendió nuestra desconfianza. y dijo que tampoco podÃa demostrarnos que era ella, y que cualquier recuerdo que mencionara podÃa conocerlo la copia. Nos detuvimos en un lugar con gente, e Ignacio llamó a la policÃa. Explicó que habÃamos encontrado documentos relacionados con la desaparición de nuestra madre, y pidió que enviaran a alguien a la casa. No habló de las voces ni de las dos rosas. Mientras seguÃa en la llamada, revisé mi teléfono. TenÃa varios mensajes de mi esposa. Uno preguntaba en dónde habÃa dejado unas llaves y otro decÃa que Emilia querÃa enseñarme algo. Eran recientes. Le escribà preguntando por qué me mandaba eso y respondió que dejara de hacer bromas. Después envió una fotografÃa. Mi esposa estaba en la sala, Emilia junto a ella y sentado al otro lado.
58:06 AparecÃa yo, Miré la imagen varias veces antes de enseñársela a Ignacio, y Rosa también la vio. La fotografÃa era reciente y yo estaba a horas de mi casa. Llamé a mi esposa, pero no contestó. Volvà a marcar y recibà otro mensaje. DecÃa que no podÃa hablar porque yo estaba sentado frente a ella y le estaba pidiendo que ignorara las llamadas. Ignacio me pidió que no respondiera. Un momento después llegó otra fotografÃa. Esta vez mi rostro se veÃa de frente. El hombre tenÃa mi ropa, mi barba y la cicatriz debajo de la barbilla. Mi esposa escribió que habÃa llegado con mis llaves. ConocÃa la contraseña del teléfono que guardábamos en casa y recordaba detalles de nuestra relación que nadie más sabÃa. Emilia lo habÃa reconocido desde que entró. Le escribà que tomara a nuestra hija y saliera de la casa, pero no respondió. Recibà un audio.
59:05 y lo reprodujimos juntos. Primero se oyó la voz de mi esposa preguntándome qué estaba pasando después habló el hombre que estaba con ella tenÃa mi voz le pidió que mantuviera la calma nombró a ignacio y a rosa y aseguró que la persona que estaba escribiendo desde mi teléfono no era sergio dijo que el verdadero sergio seguÃa en casa y que lo que habÃa salido del sótano. HabÃa copiado mis recuerdos hasta terminar convencido de ser yo. Cuando terminó el audio, Ignacio me miró y Rosa retrocedió un paso. Les dije que yo era Sergio, pero ninguno respondió. Pensé en contarles algo que solo nosotros tres conocÃamos y me detuve.
59:48 Ya habÃamos probado ese método con las dos Rosas, y los recuerdos no demostraban nada. Volvà a abrir la fotografÃa. El hombre sentado junto a mi hija miraba directamente a la cámara. Estaba en mi casa, con mi familia, usando mis llaves y mis recuerdos. Yo estaba lejos, con un hermano que empezaba a dudar de mà y una mujer que podÃa ser rosa o una copia perfecta. Desde la casa de nuestro padre salimos tres personas. Eso es lo único que todavÃa puedo afirmar. Ya no puedo demostrar que los tres que salimos seamos los mismos que entramos. Y después de escuchar mi propia voz desde la casa donde vive mi hija, tampoco puedo demostrar algo más básico. No puedo demostrar que yo sea el Sergio original. Si te gustó este video, te recomiendo ir a ver La Niña de los Espejos y también La Habitación del Diablo.
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