July 20, 2026

Nunca Debí Comprar Ese Guajolote Negro - Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 Me llamo Rodrigo Trejo y durante varios años viví con mi esposa Marta y con nuestro hijo Emiliano en una casa a las afueras de Huasca de Ocampo, Hidalgo. Teníamos una parcela pequeña, criábamos gallinas, conejos y guajolotes y llevábamos una vida sencilla, ocupados casi siempre con el terreno y los animales. Recuerdo bien la semana en que todo empezó porque, hasta entonces, nada fuera de lo común había ocurrido en esa casa. Don Chucho, un vecino que conocía bien la zona y llevaba toda su vida criando aves, fue la única persona ajena a la familia que vio parte de lo sucedido y nunca dudó de nosotros. Todo comenzó en el tianguis, donde compré varios guajolotes. Uno era más grande que los otros, tenía casi todas las plumas negras y permanecía apartado incluso durante el traslado. El vendedor me aseguró que era tranquilo, pero cada vez que acerqué la mano intentó picarme. Pensé que estaba alterado por el movimiento y el ruido. Al llegar a la parcela, lo solté con las demás aves. Caminó hasta una esquina del patio, se detuvo frente a la casa y permaneció ahí, sin acercarse al agua ni al alimento. Durante los primeros días, creí que necesitaba adaptarse. Comía poco, evitaba a los otros guajolotes y pasaba horas mirando las ventanas. Cuando yo salía al patio, se alejaba unos pasos. pero en cuanto regresaba a la casa, volvía al mismo lugar. Marta fue la primera en decir

1:37 que aquello no era normal. El animal movía la cabeza siguiendo a quien caminara adentro, y no mostraba interés por el corral, la comida o las otras aves. Yo traté de tranquilizarla. Le dije que quizá estaba acostumbrado a convivir cerca de personas. Pero esa explicación dejó de convencerme una mañana, cuando lo encontramos frente al cuarto de Emiliano. con el pico pegado a la rendija de la puerta. Nuestro hijo dijo que varios golpes lo habían despertado. Saqué algo a jolote con una escoba y revisé la madera. Había marcas recientes junto al suelo, todas concentradas en el mismo punto. El animal caminó hasta el patio sin resistirse, pero al poco rato volvió a colocarse frente a la puerta. Esa tarde decidí encerrarlo antes que a los demás. Entró al corral y se quedó quieto mientras aseguraba la puerta. Cuando me alejé, comenzó a golpear la malla con el pico, una y otra vez, siempre que yo avanzaba hacia la casa.

2:38 Regresé para revisar el candado y dejó de hacerlo. Marta insistió en que debíamos devolverlo. Le respondí que buscaría al vendedor cuando volviera al tianguis, pero ella no quería esperar. Me contó que, desde la llegada del animal, Emiliano despertaba diciendo que alguien caminaba junto a su ventana. Pensé que el niño había oído a las aves del patio y le dije a Marta que estaba relacionando cosas distintas. Al día siguiente encontré huellas de pies descalzos debajo de la ventana. Eran pequeñas, pero no correspondían a Emiliano ni a Marta y empezaban junto al muro. Seguían unos pasos y desaparecían donde la tierra estaba seca. Revisé la puerta del patio, la cerca y el corral, pero todo seguía cerrado. Llamé a Don Chucho para que viera al guajolote. Entró al corral, observó al animal y trató de sujetarlo por las alas.

3:34 El guajolote no huyó, lo dejó acercarse y cuando tuvo la mano a su alcance giró el cuello y le mordió dos dedos. Don Chucho salió molesto, se limpió la sangre y me preguntó en dónde lo había comprado. Después nos habló de una creencia antigua del pueblo, según la cual algunas brujas tomaban la forma de guajolote durante la noche para acercarse a las casas. No sonrió ni cambió el tono, mientras nos contaba que su abuelo había herido a un animal igual y que al amanecer encontraron a una mujer herida en una vivienda cercana. Marta le creyó. Yo respondí que un ave agresiva no demostraba nada y que la llevaría con un veterinario. Don Chucho insistió en que no la dejara cerca del niño y antes de irse, señaló una cuerda roja atada en una de sus patas.

4:25 La reconocí porque yo mismo la había usado durante el traslado. Intenté quitarla, pero el guajolote me picó en la muñeca y se apartó. Esa tarde recorté algunas plumas de sus alas para impedir que saliera del patio. Reforcé la puerta del corral y dejé dentro agua y maíz. El animal no tocó nada. Permaneció junto a la malla, mirando hacia la casa hasta que cerramos la puerta. Al anochecer, Emiliano pidió dormir con nosotros. Antes de entrar, revisé el corral. Conté las aves y vi al guajolote negro al fondo, separado de los demás. Cerré, guardé la llave y volví a la casa. Más tarde, escuchamos pasos sobre el techo.

5:08 Al principio fueron lentos, luego cruzaron de un extremo al otro y se detuvieron sobre el cuarto de Emiliano. Tomé una lámpara y salí al patio. El corral seguía cerrado, pero dentro solo había cinco guajolotes. El negro había desaparecido. Abrí la puerta, busqué un hueco en la malla, revisé el suelo y no encontré ninguna salida. Entonces escuché otro paso encima de mí. Alumbré el techo y vi al guajolote negro junto al borde, inmóvil. con la cabeza dirigida hacia mí. Sus alas seguían recortadas. Apoyé una escalera en la pared y comencé a subir, pero el animal caminó hacia la parte alta. Cada paso hizo vibrar la lámina y al llegar al último peldaño, vi que una de sus patas era más larga que la otra. La cuerda roja seguía atada, pero debajo de las plumas distinguí dedos delgados y uñas oscuras apoyados sobre el techo. Bajé la mirada para asegurar la escalera Y en ese momento, Marta gritó desde el cuarto y dijo que alguien estaba rascando la ventana de Emiliano. Volví a levantar la lámpara y el guajolote había desaparecido. Bajé de la escalera y entré a la casa. Marta estaba junto a la ventana del cuarto y mantenía a Emiliano detrás de ella. El vidrio seguía entero, pero el marco tenía cuatro rayas largas y en el suelo había dos plumas negras. Cerré la puerta principal y le pedí a Marta que llevara al niño

6:39 a la sala. Ella lo tomó de la mano y le explicó que debía quedarse cerca de nosotros, sin abrir ninguna puerta, aunque escuchara una voz conocida. Emiliano respondió que la noche anterior una mujer lo había llamado desde el patio. No nos lo había contado porque creyó que era una vecina. Le pregunté qué había dicho y me explicó que la mujer había repetido su nombre. Luego le había pedido que se acercara a la ventana. Marta me recordó que había querido sacar al guajolote desde el primer día. No discutí. Fui por el machete y llamé a Don Chucho. Le conté que el animal había salido de un corral cerrado, que lo había visto en el techo y que debajo de las plumas había distinguido dedos y uñas. Don Chucho guardó silencio. luego nos ordenó permanecer dentro, mantener a Emiliano lejos de las ventanas y esperar su llegada, mientras hablábamos algo golpeó la puerta trasera, fueron tres golpes separados, me acerqué sin retirar el seguro, Marta apagó la luz de la sala y llevó a Emiliano detrás de la mesa, el picaporte bajó una vez y volvió a su lugar, luego bajó de nuevo con más fuerza y Una uña apareció entre la puerta y el marco. Era larga, amarilla y tenía tierra en la punta. Se movió hasta tocar el seguro. Golpeé la madera con el lado plano del machete y la mano se retiró, pero la persona del

8:09 otro lado siguió ahí. Escuchamos una respiración fuerte y después una voz de mujer dijo mi nombre. Lo repitió varias veces, pero le ordené que se fuera. La mujer respondió que la casa no me pertenecía y que el niño debía salir. Pronunciaba cada palabra con esfuerzo. Emiliano reconoció la voz y empezó a llorar. Marta le cubrió los oídos y lo mantuvo junto a ella. La puerta se sacudió. El seguro resistió el primer empujón, aunque uno de los tornillos comenzó a salir de la madera. Me apoyé con el hombro y le pedí a Marta que pusiera una silla contra la hoja. La mujer volvió a empujar y abrió una separación junto al marco. Por ese espacio apareció parte de su cara. Era una anciana, tenía plumas negras en el cuello, uñas demasiado largas y una sonrisa fija. Marta tomó el martillo de la cocina y golpeó la mano de la mujer.

9:06 Los dedos se retiraron y la puerta cerró. Aseguré el picaporte con un alambre mientras la anciana caminaba hacia la ventana de la cocina. Sus uñas rasparon el vidrio, recorrieron el muro y se detuvieron frente a otra entrada. Le pedí a Marta que llevara a Emiliano al cuarto y bloqueara la puerta. Ella obedeció y yo permanecí en la sala, atento a los pasos que rodeaban la casa. El ruido se detuvo junto a la cocina y poco después el techo crujió sobre mí. La anciana había subido, golpeó varias veces en el mismo punto y parte del recubrimiento cayó al suelo. moví la mesa, levanté una tabla y la presioné contra la abertura, pero una mano entró por el hueco y la apartó, golpeé los dedos con el mango del machete, la anciana lanzó un grito corto, retiró el brazo y empezó a desplazarse sobre el techo, oí sus pasos hasta la pared exterior, luego escuché una ventana abrirse, corrí hacia la cocina, el marco estaba levantado y la anciana entraba de lado, con un brazo y la cabeza dentro de la casa. Le lancé una silla para obligarla a retroceder, pero terminó de pasar, cayó sobre las manos, se incorporó y cerró el camino hacia la puerta principal.

10:27 Caminaba encorvada, llevaba ropa oscura, tenía plumas en los brazos y en uno de sus tobillos estaba atada la cuerda roja del guajolote. El pie terminaba en dedos largos, iguales a los que había visto sobre el techo. La mujer miró hacia el pasillo y llamó a Emiliano con la voz de Marta. Desde el cuarto, el niño preguntó si podía salir. Mi esposa respondió que permaneciera encerrado y que no creyera ninguna voz que viniera de fuera. La anciana avanzó hacia el pasillo. Me puse delante de ella y levanté el machete. Le advertí que no se acercara a mi familia, pero no respondió. Abrió la boca, lanzó el mismo sonido del guajolote y trató de pasar junto a mí.

11:14 La empujé con el hombro, ella me sujetó la camisa y me arañó el pecho. Retrocedí, levanté el machete y le golpeé el brazo con la parte plana. Soltó la tela, pero siguió avanzando. Marta abrió la puerta del cuarto y salió con el martillo, y le ordenó a Emiliano que se escondiera debajo de la cama y después se colocó a mi lado. La anciana dejó de mirarme y fijó los ojos en Marta. Sonrió, bajó la cabeza y corrió hacia el cuarto. Marta la golpeó en la frente. La mujer cayó de rodillas, apoyó una mano en el suelo y volvió a levantarse. La sangre le bajaba por la cara, pero continuó avanzando. En ese momento escuchamos el motor de la camioneta de Don Chucho en el camino. La anciana giró hacia la puerta. Yo aproveché para sujetarla por la espalda y traté de apartarla del pasillo. Ella se volvió, me golpeó en la cara y me tiró al suelo.

12:12 El machete cayó cerca de la pared. Marta intentó cerrarle el paso, pero la mujer la empujó contra el marco. Levanté la cabeza y vi la puerta del cuarto abierta. Marta estaba en el pasillo tratando de incorporarse. La anciana ya había entrado. y desde dentro escuché a Emiliano gritar mi nombre. Marta gritó desde el cuarto y yo corrí por el pasillo. La anciana estaba inclinada junto a la cama, con un brazo metido debajo, sujetando a Emiliano por un tobillo. Mi hijo se aferraba a una de las patas de la cama y trataba de soltarse. Marta levantó el martillo y golpeó a la mujer en la espalda. La anciana soltó al niño, giró hacia ella y la tomó del cuello con una mano. La empujó contra la pared y apretó hasta que Marta dejó caer el martillo. Entré con el machete levantado y golpeé a la anciana en el hombro.

13:08 Ella soltó a mi esposa, se volvió y me arañó la mejilla. Sentí tres cortes cerca de la oreja, pero mantuve el machete entre los dos. Emiliano salió de debajo de la cama y corrió hacia su madre. Marta estaba de rodillas, respiraba con dificultad y apenas podía sostenerse. Aún así, lo colocó detrás de ella y le pidió que no se moviera. La anciana avanzó otra vez. Le dije a Marta que sacara al niño por la puerta principal en cuanto yo despejara el pasillo. Luego empujé a la mujer contra el marco. Ella me golpeó en la rodilla y caí de lado. El machete quedó en el suelo entre nosotros.

13:52 y los dos tratamos de alcanzarlo. Tomé primero el mango y lancé un corte hacia su pierna. La hoja entró debajo de la rodilla. La anciana cayó, soltó un grito y se arrastró hacia la pared. De la herida salió sangre oscura mezclada con plumas pequeñas, y la cuerda roja seguía atada al tobillo lastimado. Marta tomó a Emiliano de la mano y salió del cuarto, pero la mujer alcanzó el borde de su vestido y tiró de ella, Mi esposa cayó de espaldas. Emiliano intentó levantarla y la anciana extendió una mano hacia él. Golpeé de nuevo la pierna herida. Marta recuperó el martillo y golpeó los dedos que la sujetaban.

14:36 La anciana abrió la mano. Don Chucho entró en ese momento por la puerta principal, llevaba una lámpara y un palo. Se detuvo al ver a la mujer en el suelo. Ella levantó la cabeza. Hizo el mismo sonido del guajolote y trató de incorporarse apoyándose en una sola pierna. Don Chucho le golpeó la espalda. La anciana cayó sobre el lado herido y su cuerpo empezó a encogerse. Los brazos se doblaron contra el pecho. Las plumas cubrieron la piel y la ropa quedó extendida en el pasillo. Todo ocurrió frente a nosotros. En pocos segundos, el guajolote negro estaba en el suelo, con una pata herida y la cuerda roja en el mismo tobillo. El animal se arrastró hacia la cocina dejando sangre detrás. Intenté alcanzarlo, pero pasó por la ventana abierta. Cuando salí al patio ya estaba junto a la cerca. Avanzó entre la hierba apoyándose en una sola pata y desapareció. Regresé a la casa. Marta seguía en el suelo. Tenía marcas profundas en el cuello y le costaba hablar. Don Chucho dijo que debíamos llevarla al pueblo.

15:47 La ayudamos a levantarse y la subimos a la camioneta. Emiliano se sentó junto a ella, le tomó la mano y no la soltó durante el trayecto. Marta dejó de responder antes de llegar. Don Chucho detuvo la camioneta y tratamos de despertarla. Abrió los ojos una vez, miró a nuestro hijo y volvió a cerrarlos. Murió antes de que encontráramos ayuda. Cuando regresamos a la casa con algunos familiares, aún había sangre y plumas en el pasillo. La ropa de la anciana seguía en el suelo, pero la cuerda roja había desaparecido. Después del entierro, llevé a Emiliano con mi hermana, que vivía dentro del pueblo. El niño dejó de hablar y apenas comía. Cuando escuchaba un ave, se levantaba de inmediato y buscaba una puerta o una ventana abierta.

16:37 Yo dormía cerca de él y mantenía el machete a mi alcance. durante varios días no ocurrió nada pero una tarde Emiliano señaló una pared del patio sobre ella estaba el guajolote negro, quieto sosteniéndose con una sola pata salí con el machete pero el animal bajó por el otro lado antes de que pudiera acercarme Don Chucho llegó poco después y me ayudó a buscarlo revisamos los alrededores y no encontramos rastros esa noche cerramos todas las ventanas Emiliano durmió junto a mí y mi hermana permaneció en el cuarto de al lado. Antes del amanecer comenzaron los rasguños.

17:19 Venían de la ventana, primero junto al marco y después sobre el vidrio. Encendí la luz y vi una sombra detrás de la cortina. Me acerqué con el machete y el ruido se detuvo. Abrí la puerta para llamar a mi hermana. En el pasillo escuché la voz de Marta. Decía el nombre de Emiliano y le pedía que saliera. Mi hijo se levantó de la cama, pero alcancé a sujetarlo por el brazo y le dije que esa voz no pertenecía a su madre. Emiliano empezó a llorar, aseguró que Marta estaba afuera y que había regresado por él. La voz volvió a llamarlo desde el patio. Mi hermana entró, cerró la puerta y permanecimos juntos hasta que amaneció. Al salir, encontramos huellas de ave debajo de la ventana. y junto a ellas estaba la cuerda roja. Decidí sacar a Emiliano del pueblo ese mismo día. Preparé ropa y pedí a Don Chucho que nos acompañara. Antes de irnos, mi hermana fue al cuarto para buscar al niño. La ventana estaba abierta y Emiliano ya no estaba. Encontramos sus huellas descalzas en el patio. Llegaban hasta una vereda y después se mezclaban con marcas de guajolote. Familiares y vecinos nos ayudaron a buscarlo. Don Chucho encontró uno de sus zapatos cerca de un barranco, pero no había sangre ni señales de una caída. Durante semanas revisamos caminos, cuevas y terrenos, pero

18:50 nadie encontró a mi hijo. Tiempo después regresé solo a la parcela. Entré al patio y escuché movimiento dentro del corral. El guajolote negro estaba al fondo. en el mismo sitio donde lo había visto la primera noche. Tenía la pata completa y llevaba la cuerda roja atada. Me observó mientras abría la puerta. Después salió, cruzó el patio y se perdió entre los árboles. Por culpa de esa bruja perdí a mi esposa y desde aquel día no volví a encontrar a Emiliano. Cuando quedé en la universidad que quería, esto implicó que tenía que mudarme del lugar donde había crecido a la ciudad. Mis padres tardaron mucho tiempo en encontrar un lugar que no solo pudieran pagar, sino que también fuera más o menos seguro y que no estuviera tan lejos de la universidad. Por fin lo encontraron. Era un pequeño cuarto en una vecindad que se veía bastante tranquila.

19:58 No estaba en las mejores condiciones, pero por lo que mis papás habían investigado, Era uno de los lugares más seguros que podía ofrecer la ciudad. Siempre he sido una persona un poco tímida y me cuesta mucho aceptar los cambios. A pesar de que quería estudiar en esa universidad, me dolía mucho dejar a mi familia y amigos. Se podría decir que no estaba pasando por el mejor momento de mi vida. Apenas llevaba una semana y media en la ciudad y creía que tal vez lo mejor sería volver a mi hogar. Recuerdo que esa tarde estaba recostada en mi cama llorando y pensando en llamar a mis papás para decírselos. De pronto, una gata saltó a mi cama.

20:40 Parecía que ya era algo mayor porque tenía algunas canas en su pelaje negro. Me sorprendí un poco y me alejé. Tenía una ligera alergia a los gatos, y a pesar de que no era grave, me hacía moquear y tener los ojos llorosos si pasaba mucho tiempo con ellos. Pero en ese momento me sentía tan sola que no me importó. Le acaricié la cabeza y le dije que me sentía muy sola y que no sabía qué hacer. La gata me miró por un momento, luego bajó de la cama y se fue corriendo. Pensé que había dejado la ventana de la cocina abierta, pues era la única que no tenía mosquitero, y supuse que por ahí había entrado. Me levanté y fui a revisar, pero la ventana estaba cerrada.

21:29 Pensé que, de alguna manera, la ventana se había cerrado por sí misma cuando la gata salió. En ese momento no tenía cabeza para pensar más allá. A la mañana siguiente, por la tarde, regresé de la universidad y alguien tocó a mi puerta. Se me hizo raro porque aún no lograba hacer amigos y por obvias razones. Tampoco conocía a nadie en la ciudad. Pensé que tal vez podría ser la casera que venía a informarme algo. Pero al abrir la puerta me di cuenta de que era una anciana a la que había visto por ahí. Pero no sabía en qué cuarto de la vecindad vivía. Estaba sonriendo y llevaba una pequeña olla de aluminio en las manos. Le sonreí y le pregunté qué se le ofrecía. Ella me dijo que me había visto muy triste y que había traído algo de comer para animarme. Esto me pareció un poco raro. porque la había visto antes, pero ni siquiera me había saludado. Ahora parecía saber todo sobre mí. Aunque como mi presupuesto era limitado, no iba a desaprovechar la oportunidad de tener comida casera. Acepté y le di las gracias.

22:42 Estaba a punto de cerrar la puerta, pero ella no parecía querer irse. Al contrario, por su postura corporal, me di cuenta de que quería pasar. La verdad, mi cuarto estaba un poco desordenado. Pero a pesar de mis intentos de hacerle entender que no podía recibirla, no lo conseguí y ella terminó entrando. Le ofrecí una silla para que se sentara. Abrí la olla y vi que había suficiente comida para dos personas. Supuse que su plan desde el principio había sido comer conmigo. Toda la situación me parecía extraña, porque si bien venía de una familia grande y casi nunca comía sola... Nunca había comido con un extraño que se presentara así en mi puerta. Le serví comida, pero ella se negó, diciendo que ya había comido y que yo debía comer. Como tenía algo de hambre, me serví un poco y me senté. Era un guiso de carne con verduras, y en el momento en que lo probé, me di cuenta de que aquella mujer era una excelente cocinera.

23:47 Se lo agradecí y comenzó a hablar más conmigo. conforme hablábamos me di cuenta de que era una anciana muy solitaria y que sus hijos no tenían mucho contacto con ella probablemente por eso buscaba cualquier tipo de compañía no pude evitar recordar a mi abuela que había fallecido hace dos años y cuya pérdida aún me dolía mucho esa fue sólo la primera de muchas visitas y lo que suponía era el inicio de una amistad entre nosotras ella siempre traía comida para mí y rara vez comía La soledad que había sentido empezó a disminuir poco a poco gracias a la presencia de la anciana, que con cada visita traía no solo alimento, sino también calidez y compañía.

24:33 Pero sí comenzó a ocurrirme una cosa, y es que empecé a tener algunos malestares como mareos y muchas ronchas. Pensé que mi alergia a los gatos estaba empeorando. porque durante todo este tiempo, algunas veces encontraba pelo de gato en mi cama. Suponía que esa gata había estado entrando a mi cuarto. No hacía un gran alboroto por esto, porque hasta donde yo sabía, esa gata le pertenecía a la anciana, y solo quería llevar la fiesta en paz con ella. No podía entender cómo es que esa gata lograba entrar, ya que yo me aseguraba de cerrar todo perfectamente.

25:13 Pero al llegar la ventana de mi cocina casi siempre estaba abierta. Siempre suponía que tal vez estaba rota. Y esa era la razón por la que se abría por sí sola. Pero no tenía dinero para repararla. Durante todo este tiempo fui con algunos doctores que solo me recetaban cosas para calmar los síntomas. Y me decían más o menos lo mismo que yo creía. Que eran alergias y que pronto empezarían a pasar. Pero esto no fue así. y día con día mi estado de salud empeoraba, al punto de que durante tres días no fui capaz de levantarme de la cama. La única razón por la que el tercer día me levanté fue porque alguien tocó a mi puerta. Abrí, me di cuenta de que se trataba de aquella anciana. Me dijo que me pondría mejor y que me había hecho sopa de pollo. En esta ocasión no se quedó, pues entendía que necesitaba descansar y reponerme de la enfermedad. Me dijo que me comiera todo y que con eso me curaría por completo, pero en ese momento me lo decía con tanta insistencia que al final prácticamente me hizo prometerle que sí me la comería. Después de que lo prometí, se fue, cerré la puerta y de hecho sí estaba dispuesta a comerla. En ese momento no tenía hambre, pero no había comido nada en todo el día y sabía que era necesario que comiera algo.

26:42 Pensé que esa sopa de pollo sería la mejor opción. La abrí y al principio me olió muy bien. Fui por una cuchara, pero apenas me senté en la mesa comencé a sentir muchas náuseas. Fui al baño y vomité. Estaba tan asqueada que la pura idea de comer cualquier cosa me revolvía aún más el estómago. Y me acosté de nuevo en mi cama. No pasó mucho tiempo antes de que me quedara dormida. porque otro de los síntomas que tenía era que sentía tanto sueño todo el tiempo que probablemente dormía alrededor de 16 horas diarias. Desperté hasta la mañana siguiente y, curiosamente, ya comenzaba a sentirme un poco mejor.

27:28 Tenía hambre, lo cual era una buena señal. Me levanté y pensé que si esa sopa de pollo todavía servía, la calentaría en la estufa. Pero apenas me acerqué a la barra, un olor a podrido llegó a mi nariz. No sabía qué era. Me acerqué un poco más y me dio tanto asco ver que la sopa de pollo estaba en un estado horrible. Parecía que tenía larvas, estaba llena de hongos y el pollo era de color verde. Parecía como si la hubiera dejado ahí por semanas en lugar de un solo día. No pude contenerlo y vomité en el fregadero. Después tiré la sopa por ahí mismo y me aseguré de que todo quedara limpio. Comí otra cosa y para ese momento me sentía tan bien que decidí que iría a mis clases de la universidad. Me alisté y salí de mi cuarto. Mientras bajaba las escaleras de la vecindad me crucé con aquella anciana, pero en lugar de sonreírme o saludarme de manera amistosa, Pareció sorprendida, casi como si no creyera que yo pudiera seguir de pie.

28:35 Me sonrió con un poco de incomodidad, pero como yo llevaba algo de prisa, solo me despedí de ella y me fui. Una vez que llegué a la universidad, me di cuenta de que a cada minuto que pasaba me sentía mejor. Compré comida ahí mismo y pasé el resto de mis clases con normalidad. En la última hora nos pusieron un trabajo en parejas y una muchacha llamada Lucía me preguntó si podía ser su compañera. Acepté. Y también me preguntó si estaba bien si íbamos a mi casa, porque en la suya estaban sus hermanos y sería difícil trabajar ahí. Le respondí que sí. Después de salir de la universidad, las dos nos quedamos de ver. Llegamos juntas.

29:19 Noté que apenas abrí la puerta. Aquella vecina salió muy rápido de su cuarto, pero al verme acompañada pareció molestarse. Lucía le sonrió amablemente para saludarla, pero la anciana se mostró un poco hostil y me preguntó a qué hora iba a estar sola. Yo solo balbuceé durante un rato y le dije que probablemente en unas tres horas. Ella asintió, se dio vuelta y volvió a entrar a su hogar. Una vez en mi cuarto comenzamos a trabajar. Yo fui al baño y al salir noté que Lucía estaba pálida. Le pregunté qué le pasaba y al principio dudó en responderme, pero dijo que no lo iba a creer y que la gata había abierto la ventana de la cocina. Me acerqué y vi a la gata subida en mi cama.

30:08 Le respondí que nunca la había visto hacer eso, pero que sí sabía que era capaz, porque a menudo encontraba pelo de gato en mi cuarto. Le expliqué que la gata no era mía sino de la vecina. Lucía insistió en que no le estaba entendiendo. Dijo que la ventana estaba cerrada con seguro y que la gata lo había quitado, casi como si supiera cómo hacerlo. La verdad era que haciendo un poco de presión se podía quitar ese seguro y yo había visto a gatos hacer cosas similares, pues son animales muy inteligentes. No le di mucha importancia y le respondí eso mismo. Lucía terminó medio concordando conmigo, pero seguía visiblemente inquieta. Dejamos de hablar del tema hasta unos 20 minutos después. El pelo de la gata comenzó a provocarme estornudos y los ojos se me humedecieron. Le dije que era un poco alérgica y le pedí que la sacara.

31:07 Lucía aceptó y trató de ahuyentar a la gata, pero esta no se movía. La sujetó para sacarla cargándola. Pero en el momento en que la levantó un poco, la gata la mordió con fuerza y salió corriendo de la habitación. Me levanté rápidamente para ayudarla. No tenía muchas cosas con las que curarla. Hice lo que pude y le dije que nunca había visto a la gata comportarse así. Las veces que la había visto siempre había parecido muy dócil, algo que incluso su dueña me había confirmado. Lucía se quedó pensativa por un momento y luego me miró fijamente a los ojos. Me preguntó si podía decirme algo, a lo que respondí que sí. Me dijo que tal vez sonaría loca, pero que tenía que contarme que mi vecina no le daba buena espina. Explicó que era como un sexto sentido que tenía y que cada vez que una persona le parecía mala sin conocerla resultaba ser cierto. Le dije que eso no era verdad y le conté que la vecina había sido la única que me ayudó, recién llegué a la ciudad. Había sido mi salvavidas y sin ella probablemente habría abandonado la universidad al inicio. Lucía insistió en que no quería asustarme, pero había algo en la vecina que no le convencía y esa misma sensación la había tenido con la gata. Me confesó que había querido decírmelo antes, pero que sentía que no debía hacerlo si

32:38 la gata estaba presente. Me pareció extraño y por un momento pensé que Lucía podría no estar bien de la cabeza. Le seguí la corriente hasta que terminamos el trabajo y se fue. Lucía apenas había terminado de cerrar la puerta de la vecindad cuando la anciana vecina tocó a la mía. Como de costumbre, traía comida consigo y entró a mi cuarto como si fuera suyo. Se sentó en la mesa y sacó la comida, que parecía ser la misma sopa de pollo que había traído el día anterior. La idea me dio un poco de asco después de lo sucedido esa mañana, pero la sopa lucía perfecta y recién hecha.

33:18 Fui a donde guardaba los trastes y le pregunté si le servía un plato para que comiéramos juntas, pero ella volvió a negarse. Fue entonces cuando recordando lo que Lucía me había dicho, comencé a pensar que nunca la había visto comer de la misma comida que yo. Algo hizo clic en mi mente y perdí el apetito. Ya no quería comer nada de lo que ella tampoco comiera, sin atreverse a decírselo directamente. Un escalofrío recorrió mi cuerpo y desde ese día empecé a decirle que tenía mucha tarea y que comería más tarde. Siempre que me traía comida, la tiraba después de que se iba, asegurándome de que no pudiera verlo. Con el tiempo, noté que la gata comenzó a venir más seguido a mi cuarto. Intenté darle esa comida, pero nunca la comió. Otra cosa que ocurría en toda esta situación era que esa mujer, casi a diario, cuando salía o llegaba de la universidad, me preguntaba si me había comido la comida y si me había gustado.

34:20 Yo siempre le respondía que sí. que había estado muy buena, para que no sospechara. Revisaba bien la comida que dejaba para, en caso de que me hiciera alguna pregunta, poder responder correctamente. Recuerdo un día en particular que llegué de la universidad y ella volvió a preguntarme sobre esto. Al mentirle una vez más, me miró fijamente y me dijo que sabía que no me estaba comiendo la comida y que no entendía por qué. Me confesó que la había preparado especialmente para mí y que eso la hacía sentir muy mal, pues siempre creyó que habíamos tenido una conexión especial. Sus palabras, cargadas de chantaje emocional, me hicieron sentir incómoda. Intenté seguir con la mentira, pero ella no me creía y mencionó detalles que casi parecían indicar que había estado vigilándome. Logré que me dejara en paz y subí a mi cuarto.

35:16 Lo primero que hice fue enviarle un mensaje a Lucía, quien había intentado acercarse más a mí desde que toda esta situación comenzó, como si supiera que necesitaría su ayuda. Le conté lo que había sucedido, incluyendo la sopa de pollo y mis sospechas sobre la comida. Lucía me aseguró que era muy probable que la mujer estuviera tramando algo, y me dijo que iría a mi casa para no dejarme sola ese día. Llegó. bajé a abrirle la puerta y mientras subíamos las escaleras nos topamos con la anciana se mostró muy hostil al ver a lucía pero no cruzó muchas palabras conmigo subimos a mi cuarto y una vez que cerré la puerta lucía me preguntó si me había dado cuenta de algo al responder que no me miró incrédula y me dijo que era imposible que no lo notara la anciana parecía haber envejecido mucho más Yo que la veía todos los días no había notado el cambio, pero al recordarlo me di cuenta de que era cierto.

36:17 La conocí, la mujer ya era mayor, pero con el paso del tiempo había notado que se veía más vívida e incluso un poco más joven. En una ocasión hasta se lo mencioné y ella me dijo que había comprado una crema y que había visitado a un doctor para hacerse algunos arreglos. Al recordarlo, me di cuenta de que nunca la había visto con vendas o signos de alguna intervención. Lucía no podía asegurarlo, pero todo indicaba que la anciana, de alguna manera, me estaba robando la juventud. Me contó que, desde el primer día que me vio en la universidad, notó que cada vez me veía más pálida y enferma.

36:58 Pensó que era por el estrés de la nueva etapa y la distancia de casa. Por esa razón, nunca lo mencionó. Hasta ese momento nunca había visitado la casa de la anciana, pero Lucía insistió en que debíamos ir para ver si encontrábamos algo mío. Como aún tenía dos de sus refractarios, decidí usar eso como excusa para devolvérselos. Fuimos y tocamos su puerta por un rato, pero nadie abrió. Los cuartos de la vecindad eran todos iguales. Pensé en abrir un poco la ventana de su cocina y dejar los refractarios allí. De esta manera también podríamos echar un vistazo adentro. Asomé la cabeza por la ventana. Sentí como la sangre se me helaba. Justo enfrente había una especie de altar, rodeado de velas negras encendidas, y en el centro había una fotografía mía. El miedo me paralizó y supe que no podía quedarme un minuto más en esa vecindad. Lucía me ofreció quedarme en su casa esa noche y, como ya era jueves, al día siguiente podría ir a casa y contarle a mis padres lo que pasaba. Al día siguiente les conté todo y quedaron tan aterrados como yo. Me cambiaron de dormitorio, ya habían pagado el mes completo. La anciana no me siguió y mi vida volvió a la normalidad.

38:19 Muchas preguntas quedaron sin respuestas. Hasta el día de hoy me pregunto si la gata que tenía la anciana servía para espiarnos o si ella misma podía transformarse en ella. Mi padre es de un pueblo bastante rural. Desde que mi papá se había ido a estudiar a la ciudad ya no volvió a su pueblo, pero íbamos de visita bastante seguido. Yo tenía 10 años y fuimos porque una de mis tías había tenido a un bebé recientemente, querían bautizarlo. Había escogido a mi papá como su padrino. Como mi papá tenía bastante trabajo por aquel tiempo, nos retrasamos un poco en poder ir y por eso la fiesta también se pospuso. Durante todo este tiempo escuchaba que mi tía le hablaba prácticamente todos los días para decirle que debía apresurarse.

39:18 Hasta ese momento no había entendido bien el motivo. pero mi papá siempre le decía que estaba haciendo todo lo que podía y que pronto iría. Llegó el día y ambos fuimos a ese pueblo. En lo personal no me agradaba mucho ir porque, como dije antes, era un sitio un poco rural y no había muchas cosas que hacer ahí. Por otra parte, también ahí se encontraba mi prima Rosa, con quien siempre me había llevado muy bien. Una vez que llegamos al pueblo de mi papá, Todos nos recibieron de buena manera. Tanto mi prima Rosa como yo fuimos a jugar mientras los demás adultos comenzaban con toda la preparación para el bautizo. También nos juntamos con otros primos y amigos que vivían cerca. Todos los juegos fueron normales, hasta que estuvimos tan cansados que solo nos quedamos sentados a la sombra de un gran árbol. Al día siguiente iba a ser el bautizo del bebé. Comenzamos a hablar de eso porque yo no sabía exactamente qué significaba ser un padrino. Rosa comenzó a explicármelo, pero muy rápido la conversación se desvió, pues todos los niños decían que los adultos estaban diciendo que debían bautizar al bebé lo antes posible, porque una bruja lo estaba acechando. Tenía 10 años, nunca había creído en fantasmas o brujas. Pues desde muy pequeña mi papá me había dicho que todas esas historias estaban hechas por personas que querían hacer más interesante su vida. Nunca

40:50 creí en el hada de los dientes o en los reyes magos, porque mi papá siempre decía que no quería que hubiera secretos ni mentiras entre nosotros. Tenía prohibido decirles a los demás niños lo que sabía, pues mi papá me había enseñado a respetar que otros padres sí contaban esas historias a sus hijos. Por esta razón, no me atreví a decir que no creía para nada en la historia de la bruja que los demás niños comenzaban a relatar. Decían que estaba rondando y que intentaba llevarse a mi nuevo primo. Contaron que algunos la habían visto convertida en una bola de fuego bajando desde el cerro, y otros más la habían visto caminar alrededor de la casa de mi tía, con el rostro cubierto por un reboso, haciendo que pareciera que no tenía cara. Lo que también mencionaron y que a mi parecer no tenía relación, fue que una vez bautizado el bebé, la bruja ya no podría acercarse ni hacerle daño. Mi papá y yo teníamos un tema especial con la religión, él creía en Dios y le gustaba la religión católica, pero no éramos muy devotos, yo sí estaba bautizada. Pero mi papá quería que esperara hasta ser mayor para decidir si quería hacer lo demás, y siempre me alentaba a tener mi propio criterio. Por eso, escuché lo que decían, pero me pareció un poco ridículo, pero no me atreví a decir nada. Solo seguí escuchando.

42:19 Rosa y yo volvimos a su casa, donde nos estábamos quedando. Mientras caminábamos, Rosa me contó que nuestro primo y su mamá se estaban quedando allí porque ya habían tenido un problema similar cuando ella había nacido. Por eso, habían llamado a una persona para que pusiera protecciones en la casa y así ahuyentar a la bruja. No pude aguantarme más y le pregunté si realmente creía en eso. Rosa me respondió que sí, porque su mamá se lo había contado. según ella la bruja estuvo a punto de llevársela una semana después de que había nacido precisamente porque no la habían bautizado también me dijo que una vez que llegáramos a su casa me enseñaría el amuleto de protección que utilizaban para mantener alejada a la bruja una vez que llegamos a su casa nuestros papás comenzaron a regañarnos nos dijeron que llevaban un buen rato buscándonos porque querían que ayudáramos con los preparativos para el bautizo Después de un rato de reprimendas, nos mandaron a hacer algunas tareas. Fue entonces que empezamos a olvidarnos del tema de la bruja, o al menos así fue hasta que nos mandaron a darle de comer a los borregos. Mientras alimentábamos a los animales, Rosa me preguntó si quería ver el amuleto de protección que usaban para ahuyentar a la bruja, porque ahí era donde lo guardaban. Le dije que sí, y ella arrimó unas sillas para subir. en un pequeño hueco que se

43:50 encontraba en la parte superior de la puerta. Comenzó a buscar hasta que sacó el amuleto. No era tan extravagante. Parecía un cuadrado hecho de trapos, atado con listones rojos y con un olor salado. Rosa me explicó que dentro tenía cosas que las brujas odiaban. Por eso lo colocaban en la entrada para que no pudieran pasar. Yo se lo pedí y ella me lo entregó. Lo observé detenidamente. sin notar nada mágico o especial. Comencé a darle vueltas y sin pensarlo mucho, jalé el nudo que lo ataba. La tela se abrió y cayeron ramas, hojas y sal al piso. Rosa me dijo con voz nerviosa que no debía haber hecho eso y que sus papás le habían dicho que jamás lo abriera. Me disculpé y le dije que no era para tanto, que solo teníamos que reunir todo y dejarlo como estaba, así nadie se daría cuenta.

44:46 Rosa se veía asustada, pero una vez que lo recogimos y lo volvimos a armar más o menos bien, se sintió tranquila. Dejamos el amuleto en su lugar y tras terminar de darle de comer a los borregos, nos fuimos sin decir nada a nuestros padres por miedo a que nos regañaran. Pasamos el resto del día y habíamos olvidado el incidente, hasta que más o menos a las nueve nos mandaron a dormir. Ni Rosa ni yo teníamos sueño. Así que, a pesar de estar en su cuarto, seguíamos hablando y riéndonos en voz alta, ignorando a nuestra abuela que nos repetía que ya debíamos dormirnos porque al día siguiente nos levantaríamos temprano. Llegó un punto en el que empezamos a hacer ruido a propósito para ver cuándo nos regañaría de nuevo. Nos reíamos y la abuela se levantó y nos sacó del cuarto. Nos dijo que si no queríamos dormir, entonces tendríamos que revisar el nixtamal. La tarea no era difícil, solo teníamos que moverlo cada cierto tiempo.

45:52 Mi abuela se fue a dormir y nos dejó encargadas, indicándonos que en cuanto estuviera cocido, debíamos moverlo para dejarlo reposar. Rosa y yo nos sentíamos felices porque no teníamos sueño. Pero después de la primera hora, el cansancio empezó a hacerse notar. Como todos dormían en la casa, no podíamos dejar la tarea. En algún momento, Rosa, quien estaba sentada en la mecedora, se quedó dormida. Yo iba a despertarla, pero pensé que podría esperar una hora y tomar turnos para dormir hasta completar la tarea. Traté de distraerme, pero en ese lugar no había nada para hacerlo. Yo dormitaba, vigilando el reloj en la pared para asegurarme de que aún no era momento de mover el maíz. Un destello me despertó. Me asusté pensando que la cocina se estaba incendiando, pero pronto noté que el resplandor venía de la ventana.

46:50 Me preocupé más, creyendo que había amanecido y había perdido la noción del tiempo. Pero al mirar por la ventana trasera, vi que afuera todavía estaba oscuro. La luz seguía brillando intensamente. Esto no era normal. En el pueblo no había alumbrado público y casi nadie tenía autos. No se escuchaba ningún motor encendido. Solo estaba esa luz. Me levanté de mi asiento y caminé hacia la ventana. Algo que se me había olvidado mencionar es que esa ventana daba justo a la entrada donde habíamos abierto ese amuleto de protección. Mis ojos no podían creer lo que estaban viendo. Era una bola de fuego, probablemente del tamaño de una pelota de fútbol, a unos 10 o tal vez 15 metros de distancia, y aún así iluminaba como si fuera un foco de gran potencia.

47:43 Los animales de mis tíos parecían aterrados. No gritaban ni estaban a la defensiva, pero todos se habían acurrucado en un rincón de sus respectivos corrales, esperando que esa cosa pasara pronto. También me di cuenta de que esa cosa parecía tener pensamientos propios, porque sus movimientos no eran aleatorios. Era como si supiera lo que estaba haciendo. Avanzaba con lentitud hacia la casa. Yo estaba tan sorprendida que fui a donde mi prima y comencé a despertarla para que viera lo que yo había visto. Ella se sobresaltó y me preguntó qué estaba pasando al ver el resplandor. Pensó que ya había amanecido. Se disculpó por no haberse quedado a ayudarme con la tarea que nos había dejado la abuela, pero le dije que no era eso, que había algo afuera.

48:35 Ni siquiera había terminado de decirle eso y el resplandor desapareció. Las dos corrimos a la ventana solo para darnos cuenta de que aquella bola de fuego ya no estaba. En su lugar se encontraba una mujer con O al menos eso creíamos, porque estaba cubierta casi por completo con un reboso. La oscuridad no dejaba ver bien, pero por su altura y complexión pensamos que era una mujer. Ella no parecía haberse dado cuenta de que la estábamos observando. Rosa me susurró que era la bruja y que seguramente había venido a llevarse a nuestro primo. Vimos que aquella figura ya estaba en la puerta. No había posibilidad de que hubiera caminado tan rápido. Era casi como si se hubiera teletransportado.

49:23 La figura comenzó a mover la cerradura, como si intentara abrirla. Rosa no lo pensó dos veces antes de correr y comenzar a gritar que alguien quería entrar a la casa. Fue entonces cuando tanto mi padre como los demás se despertaron. Vi cómo la figura dejó de hacer lo que estaba haciendo y salió corriendo. transformándose de nuevo en aquella bola de fuego. Antes de que todos pudieran salir a ver qué estaba pasando, ya había desaparecido. Mi prima comenzó a contarles lo que habíamos visto, pero ocultó el hecho de que habíamos abierto el amuleto en la entrada. Solo mencionó el destello y la figura que creíamos haber visto. Todos los adultos estaban muy asustados. Mi abuela tiró sal de grano alrededor de la casa. diciendo que eso nos protegería por la noche. A la mañana siguiente, el bautizo tuvo lugar.

50:20 Los adultos decían que debía hacerse rápido porque, una vez bautizado, la bruja no podría tocar al bebé. La ceremonia transcurrió con normalidad y la fiesta también. Ya entrada la noche, la mayoría de los adultos estaban un poco alcoholizados. La mamá del bebé lo acostó y nos pidió que lo revisáramos de vez en cuando para asegurarnos de que no durmiera boca abajo. Le prometimos que lo haríamos. Estábamos en el cuarto de mi prima, hablando de lo que habíamos visto la noche anterior. Todos coincidían en que, gracias al bautizo, ya no había nada que temer. Mi prima me dijo que su papá tenía un radio en su cuarto y que podríamos escuchar música por un rato. Le dije que sí, y ella corrió por él. Al regresar, me comentó que había visto algo raro. Le pregunté qué era y me dijo que no estaba segura, pero que parecía que alguien estaba mirando al bebé desde la ventana. Le dije que quizás era alguno de los invitados afuera, pero ella respondió que se veía extraño y que al acercarse esa figura desapareció.

51:30 Nos pareció raro, pero nos pusimos a sintonizar el radio para encontrar algo que nos gustara. Nos detuvimos en una estación que transmitía una radionovela de detectives. Recuerdo que en algún momento me dieron ganas de ir al baño y ya iba de regreso. Escuché a alguien intentando calmar al bebé. le decía que no llorara e incluso le tarareaba una canción de cuna. Pero lo que se me hizo raro era que esa voz sonaba como la de una mujer anciana, pero yo estaba segura que no era la misma voz de mi abuela. Fui a su cuarto para ver quién era, pero en cuanto estuve parada en el marco de la puerta, pude ver que la habitación estaba vacía, solo estaba el bebé acostado en la cama. No sabía qué pensar. pues yo estaba segura de haber escuchado a alguien ahí. Pero en eso, Rosa me gritó llamándome, diciendo que ya estaba pasando lo más emocionante. Fui a donde ella estaba. Pensé que había escuchado mal, o tal vez era el mismo radio.

52:37 Estábamos tan concentradas en la historia cuando escuchamos al bebé llorar. Por el ruido de la fiesta, sabíamos que ninguno de los adultos podía oírlo. Asumimos que era nuestra responsabilidad ir a ver qué le pasaba. Avanzamos sin miedo, creyendo que tal vez el bebé necesitaba un cambio de pañal o tenía hambre. Pero justo doblamos la esquina para entrar al cuarto. Vi que alguien más estaba ahí cargando al pequeño. No era ni la madre ni nadie conocido. En realidad, no nos llevó más de dos segundos darnos cuenta de que se trataba de la misma silueta que habíamos visto la noche anterior. Yo estaba justo detrás de mi prima Rosa, quien estaba a punto de gritar para alertar a los demás.

53:23 Aquella mujer se giró completamente hacia nosotras y la vi. Era una mujer muy anciana, pero su rostro no solo se veía viejo, sino también desfigurado, con cicatrices recientes. Sus ojos eran de un morado profundo y una de sus cejas era blanca. No sonrió, mostrándonos sus dientes amarillentos y podridos. Movió su mano derecha con una rapidez impresionante, como si fuera a golpear a mi prima, pero se detuvo a milímetros de ella. Antes de que pudiera reaccionar, Rosa cayó dormida encima de mí. Como no lo esperaba, también caí al suelo. Creo que aquella mujer pensó que me había afectado también, pero la única razón por la que no me levantaba era el miedo de que se diera cuenta de que yo seguía despierta. Vi cómo abrió la ventana y salió con el bebé en brazos. Me levanté y corrí a donde estaban los adultos para contarles lo que había sucedido. Entraron rápidamente al cuarto y encontraron a mi prima Rosa aún dormida. Mi abuela la sacó de la habitación y dijo que tenían que bañarla con hierbas o no despertaría jamás. Mientras tanto, mi papá y mis tíos salieron corriendo para intentar alcanzar a la bruja que había raptado al bebé. Todo era un completo caos en la casa.

54:44 Yo me quedé sin poder seguir a mi papá y mis tíos, por lo que no puedo decir qué encontró o vio fuera. Lo que sí recuerdo es que al meter a Rosa en una tina con las hierbas que mi abuela había preparado, empezó a salir de su cuerpo una sustancia negra parecida a tinta que se mezclaba con el agua. Mi abuela comenzó a hacerle una limpia con ramas de pirul y cada vez más de esa cosa negra salía de su cuerpo hasta que despertó. Rosa, aterrada, empezó a llorar sin recordar qué había pasado. Mis tíos y mi papá volvieron al amanecer con noticias desgarradoras. No habían podido encontrar al bebé. Mi tía estaba devastada. Nos quedamos un par de días más intentando localizarlo, con la ayuda de la policía, pero nunca lo encontramos. Hasta la fecha, no sé qué pasó con él ni qué le hizo aquella mujer a mi prima para que cayera dormida de esa manera. En el fondo, siempre me culparé. Sé que si no hubiera destruido aquel amuleto de protección, tal vez ella nunca habría podido entrar a la casa.