Nunca Debí Comprar Ese Guajolote Negro - Historias De Terror - REDE
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0:05 Me llamo Rodrigo Trejo y durante varios años vivà con mi esposa Marta y con nuestro hijo Emiliano en una casa a las afueras de Huasca de Ocampo, Hidalgo. TenÃamos una parcela pequeña, criábamos gallinas, conejos y guajolotes y llevábamos una vida sencilla, ocupados casi siempre con el terreno y los animales. Recuerdo bien la semana en que todo empezó porque, hasta entonces, nada fuera de lo común habÃa ocurrido en esa casa. Don Chucho, un vecino que conocÃa bien la zona y llevaba toda su vida criando aves, fue la única persona ajena a la familia que vio parte de lo sucedido y nunca dudó de nosotros. Todo comenzó en el tianguis, donde compré varios guajolotes. Uno era más grande que los otros, tenÃa casi todas las plumas negras y permanecÃa apartado incluso durante el traslado. El vendedor me aseguró que era tranquilo, pero cada vez que acerqué la mano intentó picarme. Pensé que estaba alterado por el movimiento y el ruido. Al llegar a la parcela, lo solté con las demás aves. Caminó hasta una esquina del patio, se detuvo frente a la casa y permaneció ahÃ, sin acercarse al agua ni al alimento. Durante los primeros dÃas, creà que necesitaba adaptarse. ComÃa poco, evitaba a los otros guajolotes y pasaba horas mirando las ventanas. Cuando yo salÃa al patio, se alejaba unos pasos. pero en cuanto regresaba a la casa, volvÃa al mismo lugar. Marta fue la primera en decir
1:37 que aquello no era normal. El animal movÃa la cabeza siguiendo a quien caminara adentro, y no mostraba interés por el corral, la comida o las otras aves. Yo traté de tranquilizarla. Le dije que quizá estaba acostumbrado a convivir cerca de personas. Pero esa explicación dejó de convencerme una mañana, cuando lo encontramos frente al cuarto de Emiliano. con el pico pegado a la rendija de la puerta. Nuestro hijo dijo que varios golpes lo habÃan despertado. Saqué algo a jolote con una escoba y revisé la madera. HabÃa marcas recientes junto al suelo, todas concentradas en el mismo punto. El animal caminó hasta el patio sin resistirse, pero al poco rato volvió a colocarse frente a la puerta. Esa tarde decidà encerrarlo antes que a los demás. Entró al corral y se quedó quieto mientras aseguraba la puerta. Cuando me alejé, comenzó a golpear la malla con el pico, una y otra vez, siempre que yo avanzaba hacia la casa.
2:38 Regresé para revisar el candado y dejó de hacerlo. Marta insistió en que debÃamos devolverlo. Le respondà que buscarÃa al vendedor cuando volviera al tianguis, pero ella no querÃa esperar. Me contó que, desde la llegada del animal, Emiliano despertaba diciendo que alguien caminaba junto a su ventana. Pensé que el niño habÃa oÃdo a las aves del patio y le dije a Marta que estaba relacionando cosas distintas. Al dÃa siguiente encontré huellas de pies descalzos debajo de la ventana. Eran pequeñas, pero no correspondÃan a Emiliano ni a Marta y empezaban junto al muro. SeguÃan unos pasos y desaparecÃan donde la tierra estaba seca. Revisé la puerta del patio, la cerca y el corral, pero todo seguÃa cerrado. Llamé a Don Chucho para que viera al guajolote. Entró al corral, observó al animal y trató de sujetarlo por las alas.
3:34 El guajolote no huyó, lo dejó acercarse y cuando tuvo la mano a su alcance giró el cuello y le mordió dos dedos. Don Chucho salió molesto, se limpió la sangre y me preguntó en dónde lo habÃa comprado. Después nos habló de una creencia antigua del pueblo, según la cual algunas brujas tomaban la forma de guajolote durante la noche para acercarse a las casas. No sonrió ni cambió el tono, mientras nos contaba que su abuelo habÃa herido a un animal igual y que al amanecer encontraron a una mujer herida en una vivienda cercana. Marta le creyó. Yo respondà que un ave agresiva no demostraba nada y que la llevarÃa con un veterinario. Don Chucho insistió en que no la dejara cerca del niño y antes de irse, señaló una cuerda roja atada en una de sus patas.
4:25 La reconocà porque yo mismo la habÃa usado durante el traslado. Intenté quitarla, pero el guajolote me picó en la muñeca y se apartó. Esa tarde recorté algunas plumas de sus alas para impedir que saliera del patio. Reforcé la puerta del corral y dejé dentro agua y maÃz. El animal no tocó nada. Permaneció junto a la malla, mirando hacia la casa hasta que cerramos la puerta. Al anochecer, Emiliano pidió dormir con nosotros. Antes de entrar, revisé el corral. Conté las aves y vi al guajolote negro al fondo, separado de los demás. Cerré, guardé la llave y volvà a la casa. Más tarde, escuchamos pasos sobre el techo.
5:08 Al principio fueron lentos, luego cruzaron de un extremo al otro y se detuvieron sobre el cuarto de Emiliano. Tomé una lámpara y salà al patio. El corral seguÃa cerrado, pero dentro solo habÃa cinco guajolotes. El negro habÃa desaparecido. Abrà la puerta, busqué un hueco en la malla, revisé el suelo y no encontré ninguna salida. Entonces escuché otro paso encima de mÃ. Alumbré el techo y vi al guajolote negro junto al borde, inmóvil. con la cabeza dirigida hacia mÃ. Sus alas seguÃan recortadas. Apoyé una escalera en la pared y comencé a subir, pero el animal caminó hacia la parte alta. Cada paso hizo vibrar la lámina y al llegar al último peldaño, vi que una de sus patas era más larga que la otra. La cuerda roja seguÃa atada, pero debajo de las plumas distinguà dedos delgados y uñas oscuras apoyados sobre el techo. Bajé la mirada para asegurar la escalera Y en ese momento, Marta gritó desde el cuarto y dijo que alguien estaba rascando la ventana de Emiliano. Volvà a levantar la lámpara y el guajolote habÃa desaparecido. Bajé de la escalera y entré a la casa. Marta estaba junto a la ventana del cuarto y mantenÃa a Emiliano detrás de ella. El vidrio seguÃa entero, pero el marco tenÃa cuatro rayas largas y en el suelo habÃa dos plumas negras. Cerré la puerta principal y le pedà a Marta que llevara al niño
6:39 a la sala. Ella lo tomó de la mano y le explicó que debÃa quedarse cerca de nosotros, sin abrir ninguna puerta, aunque escuchara una voz conocida. Emiliano respondió que la noche anterior una mujer lo habÃa llamado desde el patio. No nos lo habÃa contado porque creyó que era una vecina. Le pregunté qué habÃa dicho y me explicó que la mujer habÃa repetido su nombre. Luego le habÃa pedido que se acercara a la ventana. Marta me recordó que habÃa querido sacar al guajolote desde el primer dÃa. No discutÃ. Fui por el machete y llamé a Don Chucho. Le conté que el animal habÃa salido de un corral cerrado, que lo habÃa visto en el techo y que debajo de las plumas habÃa distinguido dedos y uñas. Don Chucho guardó silencio. luego nos ordenó permanecer dentro, mantener a Emiliano lejos de las ventanas y esperar su llegada, mientras hablábamos algo golpeó la puerta trasera, fueron tres golpes separados, me acerqué sin retirar el seguro, Marta apagó la luz de la sala y llevó a Emiliano detrás de la mesa, el picaporte bajó una vez y volvió a su lugar, luego bajó de nuevo con más fuerza y Una uña apareció entre la puerta y el marco. Era larga, amarilla y tenÃa tierra en la punta. Se movió hasta tocar el seguro. Golpeé la madera con el lado plano del machete y la mano se retiró, pero la persona del
8:09 otro lado siguió ahÃ. Escuchamos una respiración fuerte y después una voz de mujer dijo mi nombre. Lo repitió varias veces, pero le ordené que se fuera. La mujer respondió que la casa no me pertenecÃa y que el niño debÃa salir. Pronunciaba cada palabra con esfuerzo. Emiliano reconoció la voz y empezó a llorar. Marta le cubrió los oÃdos y lo mantuvo junto a ella. La puerta se sacudió. El seguro resistió el primer empujón, aunque uno de los tornillos comenzó a salir de la madera. Me apoyé con el hombro y le pedà a Marta que pusiera una silla contra la hoja. La mujer volvió a empujar y abrió una separación junto al marco. Por ese espacio apareció parte de su cara. Era una anciana, tenÃa plumas negras en el cuello, uñas demasiado largas y una sonrisa fija. Marta tomó el martillo de la cocina y golpeó la mano de la mujer.
9:06 Los dedos se retiraron y la puerta cerró. Aseguré el picaporte con un alambre mientras la anciana caminaba hacia la ventana de la cocina. Sus uñas rasparon el vidrio, recorrieron el muro y se detuvieron frente a otra entrada. Le pedà a Marta que llevara a Emiliano al cuarto y bloqueara la puerta. Ella obedeció y yo permanecà en la sala, atento a los pasos que rodeaban la casa. El ruido se detuvo junto a la cocina y poco después el techo crujió sobre mÃ. La anciana habÃa subido, golpeó varias veces en el mismo punto y parte del recubrimiento cayó al suelo. movà la mesa, levanté una tabla y la presioné contra la abertura, pero una mano entró por el hueco y la apartó, golpeé los dedos con el mango del machete, la anciana lanzó un grito corto, retiró el brazo y empezó a desplazarse sobre el techo, oà sus pasos hasta la pared exterior, luego escuché una ventana abrirse, corrà hacia la cocina, el marco estaba levantado y la anciana entraba de lado, con un brazo y la cabeza dentro de la casa. Le lancé una silla para obligarla a retroceder, pero terminó de pasar, cayó sobre las manos, se incorporó y cerró el camino hacia la puerta principal.
10:27 Caminaba encorvada, llevaba ropa oscura, tenÃa plumas en los brazos y en uno de sus tobillos estaba atada la cuerda roja del guajolote. El pie terminaba en dedos largos, iguales a los que habÃa visto sobre el techo. La mujer miró hacia el pasillo y llamó a Emiliano con la voz de Marta. Desde el cuarto, el niño preguntó si podÃa salir. Mi esposa respondió que permaneciera encerrado y que no creyera ninguna voz que viniera de fuera. La anciana avanzó hacia el pasillo. Me puse delante de ella y levanté el machete. Le advertà que no se acercara a mi familia, pero no respondió. Abrió la boca, lanzó el mismo sonido del guajolote y trató de pasar junto a mÃ.
11:14 La empujé con el hombro, ella me sujetó la camisa y me arañó el pecho. RetrocedÃ, levanté el machete y le golpeé el brazo con la parte plana. Soltó la tela, pero siguió avanzando. Marta abrió la puerta del cuarto y salió con el martillo, y le ordenó a Emiliano que se escondiera debajo de la cama y después se colocó a mi lado. La anciana dejó de mirarme y fijó los ojos en Marta. Sonrió, bajó la cabeza y corrió hacia el cuarto. Marta la golpeó en la frente. La mujer cayó de rodillas, apoyó una mano en el suelo y volvió a levantarse. La sangre le bajaba por la cara, pero continuó avanzando. En ese momento escuchamos el motor de la camioneta de Don Chucho en el camino. La anciana giró hacia la puerta. Yo aproveché para sujetarla por la espalda y traté de apartarla del pasillo. Ella se volvió, me golpeó en la cara y me tiró al suelo.
12:12 El machete cayó cerca de la pared. Marta intentó cerrarle el paso, pero la mujer la empujó contra el marco. Levanté la cabeza y vi la puerta del cuarto abierta. Marta estaba en el pasillo tratando de incorporarse. La anciana ya habÃa entrado. y desde dentro escuché a Emiliano gritar mi nombre. Marta gritó desde el cuarto y yo corrà por el pasillo. La anciana estaba inclinada junto a la cama, con un brazo metido debajo, sujetando a Emiliano por un tobillo. Mi hijo se aferraba a una de las patas de la cama y trataba de soltarse. Marta levantó el martillo y golpeó a la mujer en la espalda. La anciana soltó al niño, giró hacia ella y la tomó del cuello con una mano. La empujó contra la pared y apretó hasta que Marta dejó caer el martillo. Entré con el machete levantado y golpeé a la anciana en el hombro.
13:08 Ella soltó a mi esposa, se volvió y me arañó la mejilla. Sentà tres cortes cerca de la oreja, pero mantuve el machete entre los dos. Emiliano salió de debajo de la cama y corrió hacia su madre. Marta estaba de rodillas, respiraba con dificultad y apenas podÃa sostenerse. Aún asÃ, lo colocó detrás de ella y le pidió que no se moviera. La anciana avanzó otra vez. Le dije a Marta que sacara al niño por la puerta principal en cuanto yo despejara el pasillo. Luego empujé a la mujer contra el marco. Ella me golpeó en la rodilla y caà de lado. El machete quedó en el suelo entre nosotros.
13:52 y los dos tratamos de alcanzarlo. Tomé primero el mango y lancé un corte hacia su pierna. La hoja entró debajo de la rodilla. La anciana cayó, soltó un grito y se arrastró hacia la pared. De la herida salió sangre oscura mezclada con plumas pequeñas, y la cuerda roja seguÃa atada al tobillo lastimado. Marta tomó a Emiliano de la mano y salió del cuarto, pero la mujer alcanzó el borde de su vestido y tiró de ella, Mi esposa cayó de espaldas. Emiliano intentó levantarla y la anciana extendió una mano hacia él. Golpeé de nuevo la pierna herida. Marta recuperó el martillo y golpeó los dedos que la sujetaban.
14:36 La anciana abrió la mano. Don Chucho entró en ese momento por la puerta principal, llevaba una lámpara y un palo. Se detuvo al ver a la mujer en el suelo. Ella levantó la cabeza. Hizo el mismo sonido del guajolote y trató de incorporarse apoyándose en una sola pierna. Don Chucho le golpeó la espalda. La anciana cayó sobre el lado herido y su cuerpo empezó a encogerse. Los brazos se doblaron contra el pecho. Las plumas cubrieron la piel y la ropa quedó extendida en el pasillo. Todo ocurrió frente a nosotros. En pocos segundos, el guajolote negro estaba en el suelo, con una pata herida y la cuerda roja en el mismo tobillo. El animal se arrastró hacia la cocina dejando sangre detrás. Intenté alcanzarlo, pero pasó por la ventana abierta. Cuando salà al patio ya estaba junto a la cerca. Avanzó entre la hierba apoyándose en una sola pata y desapareció. Regresé a la casa. Marta seguÃa en el suelo. TenÃa marcas profundas en el cuello y le costaba hablar. Don Chucho dijo que debÃamos llevarla al pueblo.
15:47 La ayudamos a levantarse y la subimos a la camioneta. Emiliano se sentó junto a ella, le tomó la mano y no la soltó durante el trayecto. Marta dejó de responder antes de llegar. Don Chucho detuvo la camioneta y tratamos de despertarla. Abrió los ojos una vez, miró a nuestro hijo y volvió a cerrarlos. Murió antes de que encontráramos ayuda. Cuando regresamos a la casa con algunos familiares, aún habÃa sangre y plumas en el pasillo. La ropa de la anciana seguÃa en el suelo, pero la cuerda roja habÃa desaparecido. Después del entierro, llevé a Emiliano con mi hermana, que vivÃa dentro del pueblo. El niño dejó de hablar y apenas comÃa. Cuando escuchaba un ave, se levantaba de inmediato y buscaba una puerta o una ventana abierta.
16:37 Yo dormÃa cerca de él y mantenÃa el machete a mi alcance. durante varios dÃas no ocurrió nada pero una tarde Emiliano señaló una pared del patio sobre ella estaba el guajolote negro, quieto sosteniéndose con una sola pata salà con el machete pero el animal bajó por el otro lado antes de que pudiera acercarme Don Chucho llegó poco después y me ayudó a buscarlo revisamos los alrededores y no encontramos rastros esa noche cerramos todas las ventanas Emiliano durmió junto a mà y mi hermana permaneció en el cuarto de al lado. Antes del amanecer comenzaron los rasguños.
17:19 VenÃan de la ventana, primero junto al marco y después sobre el vidrio. Encendà la luz y vi una sombra detrás de la cortina. Me acerqué con el machete y el ruido se detuvo. Abrà la puerta para llamar a mi hermana. En el pasillo escuché la voz de Marta. DecÃa el nombre de Emiliano y le pedÃa que saliera. Mi hijo se levantó de la cama, pero alcancé a sujetarlo por el brazo y le dije que esa voz no pertenecÃa a su madre. Emiliano empezó a llorar, aseguró que Marta estaba afuera y que habÃa regresado por él. La voz volvió a llamarlo desde el patio. Mi hermana entró, cerró la puerta y permanecimos juntos hasta que amaneció. Al salir, encontramos huellas de ave debajo de la ventana. y junto a ellas estaba la cuerda roja. Decidà sacar a Emiliano del pueblo ese mismo dÃa. Preparé ropa y pedà a Don Chucho que nos acompañara. Antes de irnos, mi hermana fue al cuarto para buscar al niño. La ventana estaba abierta y Emiliano ya no estaba. Encontramos sus huellas descalzas en el patio. Llegaban hasta una vereda y después se mezclaban con marcas de guajolote. Familiares y vecinos nos ayudaron a buscarlo. Don Chucho encontró uno de sus zapatos cerca de un barranco, pero no habÃa sangre ni señales de una caÃda. Durante semanas revisamos caminos, cuevas y terrenos, pero
18:50 nadie encontró a mi hijo. Tiempo después regresé solo a la parcela. Entré al patio y escuché movimiento dentro del corral. El guajolote negro estaba al fondo. en el mismo sitio donde lo habÃa visto la primera noche. TenÃa la pata completa y llevaba la cuerda roja atada. Me observó mientras abrÃa la puerta. Después salió, cruzó el patio y se perdió entre los árboles. Por culpa de esa bruja perdà a mi esposa y desde aquel dÃa no volvà a encontrar a Emiliano. Cuando quedé en la universidad que querÃa, esto implicó que tenÃa que mudarme del lugar donde habÃa crecido a la ciudad. Mis padres tardaron mucho tiempo en encontrar un lugar que no solo pudieran pagar, sino que también fuera más o menos seguro y que no estuviera tan lejos de la universidad. Por fin lo encontraron. Era un pequeño cuarto en una vecindad que se veÃa bastante tranquila.
19:58 No estaba en las mejores condiciones, pero por lo que mis papás habÃan investigado, Era uno de los lugares más seguros que podÃa ofrecer la ciudad. Siempre he sido una persona un poco tÃmida y me cuesta mucho aceptar los cambios. A pesar de que querÃa estudiar en esa universidad, me dolÃa mucho dejar a mi familia y amigos. Se podrÃa decir que no estaba pasando por el mejor momento de mi vida. Apenas llevaba una semana y media en la ciudad y creÃa que tal vez lo mejor serÃa volver a mi hogar. Recuerdo que esa tarde estaba recostada en mi cama llorando y pensando en llamar a mis papás para decÃrselos. De pronto, una gata saltó a mi cama.
20:40 ParecÃa que ya era algo mayor porque tenÃa algunas canas en su pelaje negro. Me sorprendà un poco y me alejé. TenÃa una ligera alergia a los gatos, y a pesar de que no era grave, me hacÃa moquear y tener los ojos llorosos si pasaba mucho tiempo con ellos. Pero en ese momento me sentÃa tan sola que no me importó. Le acaricié la cabeza y le dije que me sentÃa muy sola y que no sabÃa qué hacer. La gata me miró por un momento, luego bajó de la cama y se fue corriendo. Pensé que habÃa dejado la ventana de la cocina abierta, pues era la única que no tenÃa mosquitero, y supuse que por ahà habÃa entrado. Me levanté y fui a revisar, pero la ventana estaba cerrada.
21:29 Pensé que, de alguna manera, la ventana se habÃa cerrado por sà misma cuando la gata salió. En ese momento no tenÃa cabeza para pensar más allá. A la mañana siguiente, por la tarde, regresé de la universidad y alguien tocó a mi puerta. Se me hizo raro porque aún no lograba hacer amigos y por obvias razones. Tampoco conocÃa a nadie en la ciudad. Pensé que tal vez podrÃa ser la casera que venÃa a informarme algo. Pero al abrir la puerta me di cuenta de que era una anciana a la que habÃa visto por ahÃ. Pero no sabÃa en qué cuarto de la vecindad vivÃa. Estaba sonriendo y llevaba una pequeña olla de aluminio en las manos. Le sonreà y le pregunté qué se le ofrecÃa. Ella me dijo que me habÃa visto muy triste y que habÃa traÃdo algo de comer para animarme. Esto me pareció un poco raro. porque la habÃa visto antes, pero ni siquiera me habÃa saludado. Ahora parecÃa saber todo sobre mÃ. Aunque como mi presupuesto era limitado, no iba a desaprovechar la oportunidad de tener comida casera. Acepté y le di las gracias.
22:42 Estaba a punto de cerrar la puerta, pero ella no parecÃa querer irse. Al contrario, por su postura corporal, me di cuenta de que querÃa pasar. La verdad, mi cuarto estaba un poco desordenado. Pero a pesar de mis intentos de hacerle entender que no podÃa recibirla, no lo conseguà y ella terminó entrando. Le ofrecà una silla para que se sentara. Abrà la olla y vi que habÃa suficiente comida para dos personas. Supuse que su plan desde el principio habÃa sido comer conmigo. Toda la situación me parecÃa extraña, porque si bien venÃa de una familia grande y casi nunca comÃa sola... Nunca habÃa comido con un extraño que se presentara asà en mi puerta. Le servà comida, pero ella se negó, diciendo que ya habÃa comido y que yo debÃa comer. Como tenÃa algo de hambre, me servà un poco y me senté. Era un guiso de carne con verduras, y en el momento en que lo probé, me di cuenta de que aquella mujer era una excelente cocinera.
23:47 Se lo agradecà y comenzó a hablar más conmigo. conforme hablábamos me di cuenta de que era una anciana muy solitaria y que sus hijos no tenÃan mucho contacto con ella probablemente por eso buscaba cualquier tipo de compañÃa no pude evitar recordar a mi abuela que habÃa fallecido hace dos años y cuya pérdida aún me dolÃa mucho esa fue sólo la primera de muchas visitas y lo que suponÃa era el inicio de una amistad entre nosotras ella siempre traÃa comida para mà y rara vez comÃa La soledad que habÃa sentido empezó a disminuir poco a poco gracias a la presencia de la anciana, que con cada visita traÃa no solo alimento, sino también calidez y compañÃa.
24:33 Pero sà comenzó a ocurrirme una cosa, y es que empecé a tener algunos malestares como mareos y muchas ronchas. Pensé que mi alergia a los gatos estaba empeorando. porque durante todo este tiempo, algunas veces encontraba pelo de gato en mi cama. SuponÃa que esa gata habÃa estado entrando a mi cuarto. No hacÃa un gran alboroto por esto, porque hasta donde yo sabÃa, esa gata le pertenecÃa a la anciana, y solo querÃa llevar la fiesta en paz con ella. No podÃa entender cómo es que esa gata lograba entrar, ya que yo me aseguraba de cerrar todo perfectamente.
25:13 Pero al llegar la ventana de mi cocina casi siempre estaba abierta. Siempre suponÃa que tal vez estaba rota. Y esa era la razón por la que se abrÃa por sà sola. Pero no tenÃa dinero para repararla. Durante todo este tiempo fui con algunos doctores que solo me recetaban cosas para calmar los sÃntomas. Y me decÃan más o menos lo mismo que yo creÃa. Que eran alergias y que pronto empezarÃan a pasar. Pero esto no fue asÃ. y dÃa con dÃa mi estado de salud empeoraba, al punto de que durante tres dÃas no fui capaz de levantarme de la cama. La única razón por la que el tercer dÃa me levanté fue porque alguien tocó a mi puerta. AbrÃ, me di cuenta de que se trataba de aquella anciana. Me dijo que me pondrÃa mejor y que me habÃa hecho sopa de pollo. En esta ocasión no se quedó, pues entendÃa que necesitaba descansar y reponerme de la enfermedad. Me dijo que me comiera todo y que con eso me curarÃa por completo, pero en ese momento me lo decÃa con tanta insistencia que al final prácticamente me hizo prometerle que sà me la comerÃa. Después de que lo prometÃ, se fue, cerré la puerta y de hecho sà estaba dispuesta a comerla. En ese momento no tenÃa hambre, pero no habÃa comido nada en todo el dÃa y sabÃa que era necesario que comiera algo.
26:42 Pensé que esa sopa de pollo serÃa la mejor opción. La abrà y al principio me olió muy bien. Fui por una cuchara, pero apenas me senté en la mesa comencé a sentir muchas náuseas. Fui al baño y vomité. Estaba tan asqueada que la pura idea de comer cualquier cosa me revolvÃa aún más el estómago. Y me acosté de nuevo en mi cama. No pasó mucho tiempo antes de que me quedara dormida. porque otro de los sÃntomas que tenÃa era que sentÃa tanto sueño todo el tiempo que probablemente dormÃa alrededor de 16 horas diarias. Desperté hasta la mañana siguiente y, curiosamente, ya comenzaba a sentirme un poco mejor.
27:28 TenÃa hambre, lo cual era una buena señal. Me levanté y pensé que si esa sopa de pollo todavÃa servÃa, la calentarÃa en la estufa. Pero apenas me acerqué a la barra, un olor a podrido llegó a mi nariz. No sabÃa qué era. Me acerqué un poco más y me dio tanto asco ver que la sopa de pollo estaba en un estado horrible. ParecÃa que tenÃa larvas, estaba llena de hongos y el pollo era de color verde. ParecÃa como si la hubiera dejado ahà por semanas en lugar de un solo dÃa. No pude contenerlo y vomité en el fregadero. Después tiré la sopa por ahà mismo y me aseguré de que todo quedara limpio. Comà otra cosa y para ese momento me sentÃa tan bien que decidà que irÃa a mis clases de la universidad. Me alisté y salà de mi cuarto. Mientras bajaba las escaleras de la vecindad me crucé con aquella anciana, pero en lugar de sonreÃrme o saludarme de manera amistosa, Pareció sorprendida, casi como si no creyera que yo pudiera seguir de pie.
28:35 Me sonrió con un poco de incomodidad, pero como yo llevaba algo de prisa, solo me despedà de ella y me fui. Una vez que llegué a la universidad, me di cuenta de que a cada minuto que pasaba me sentÃa mejor. Compré comida ahà mismo y pasé el resto de mis clases con normalidad. En la última hora nos pusieron un trabajo en parejas y una muchacha llamada LucÃa me preguntó si podÃa ser su compañera. Acepté. Y también me preguntó si estaba bien si Ãbamos a mi casa, porque en la suya estaban sus hermanos y serÃa difÃcil trabajar ahÃ. Le respondà que sÃ. Después de salir de la universidad, las dos nos quedamos de ver. Llegamos juntas.
29:19 Noté que apenas abrà la puerta. Aquella vecina salió muy rápido de su cuarto, pero al verme acompañada pareció molestarse. LucÃa le sonrió amablemente para saludarla, pero la anciana se mostró un poco hostil y me preguntó a qué hora iba a estar sola. Yo solo balbuceé durante un rato y le dije que probablemente en unas tres horas. Ella asintió, se dio vuelta y volvió a entrar a su hogar. Una vez en mi cuarto comenzamos a trabajar. Yo fui al baño y al salir noté que LucÃa estaba pálida. Le pregunté qué le pasaba y al principio dudó en responderme, pero dijo que no lo iba a creer y que la gata habÃa abierto la ventana de la cocina. Me acerqué y vi a la gata subida en mi cama.
30:08 Le respondà que nunca la habÃa visto hacer eso, pero que sà sabÃa que era capaz, porque a menudo encontraba pelo de gato en mi cuarto. Le expliqué que la gata no era mÃa sino de la vecina. LucÃa insistió en que no le estaba entendiendo. Dijo que la ventana estaba cerrada con seguro y que la gata lo habÃa quitado, casi como si supiera cómo hacerlo. La verdad era que haciendo un poco de presión se podÃa quitar ese seguro y yo habÃa visto a gatos hacer cosas similares, pues son animales muy inteligentes. No le di mucha importancia y le respondà eso mismo. LucÃa terminó medio concordando conmigo, pero seguÃa visiblemente inquieta. Dejamos de hablar del tema hasta unos 20 minutos después. El pelo de la gata comenzó a provocarme estornudos y los ojos se me humedecieron. Le dije que era un poco alérgica y le pedà que la sacara.
31:07 LucÃa aceptó y trató de ahuyentar a la gata, pero esta no se movÃa. La sujetó para sacarla cargándola. Pero en el momento en que la levantó un poco, la gata la mordió con fuerza y salió corriendo de la habitación. Me levanté rápidamente para ayudarla. No tenÃa muchas cosas con las que curarla. Hice lo que pude y le dije que nunca habÃa visto a la gata comportarse asÃ. Las veces que la habÃa visto siempre habÃa parecido muy dócil, algo que incluso su dueña me habÃa confirmado. LucÃa se quedó pensativa por un momento y luego me miró fijamente a los ojos. Me preguntó si podÃa decirme algo, a lo que respondà que sÃ. Me dijo que tal vez sonarÃa loca, pero que tenÃa que contarme que mi vecina no le daba buena espina. Explicó que era como un sexto sentido que tenÃa y que cada vez que una persona le parecÃa mala sin conocerla resultaba ser cierto. Le dije que eso no era verdad y le conté que la vecina habÃa sido la única que me ayudó, recién llegué a la ciudad. HabÃa sido mi salvavidas y sin ella probablemente habrÃa abandonado la universidad al inicio. LucÃa insistió en que no querÃa asustarme, pero habÃa algo en la vecina que no le convencÃa y esa misma sensación la habÃa tenido con la gata. Me confesó que habÃa querido decÃrmelo antes, pero que sentÃa que no debÃa hacerlo si
32:38 la gata estaba presente. Me pareció extraño y por un momento pensé que LucÃa podrÃa no estar bien de la cabeza. Le seguà la corriente hasta que terminamos el trabajo y se fue. LucÃa apenas habÃa terminado de cerrar la puerta de la vecindad cuando la anciana vecina tocó a la mÃa. Como de costumbre, traÃa comida consigo y entró a mi cuarto como si fuera suyo. Se sentó en la mesa y sacó la comida, que parecÃa ser la misma sopa de pollo que habÃa traÃdo el dÃa anterior. La idea me dio un poco de asco después de lo sucedido esa mañana, pero la sopa lucÃa perfecta y recién hecha.
33:18 Fui a donde guardaba los trastes y le pregunté si le servÃa un plato para que comiéramos juntas, pero ella volvió a negarse. Fue entonces cuando recordando lo que LucÃa me habÃa dicho, comencé a pensar que nunca la habÃa visto comer de la misma comida que yo. Algo hizo clic en mi mente y perdà el apetito. Ya no querÃa comer nada de lo que ella tampoco comiera, sin atreverse a decÃrselo directamente. Un escalofrÃo recorrió mi cuerpo y desde ese dÃa empecé a decirle que tenÃa mucha tarea y que comerÃa más tarde. Siempre que me traÃa comida, la tiraba después de que se iba, asegurándome de que no pudiera verlo. Con el tiempo, noté que la gata comenzó a venir más seguido a mi cuarto. Intenté darle esa comida, pero nunca la comió. Otra cosa que ocurrÃa en toda esta situación era que esa mujer, casi a diario, cuando salÃa o llegaba de la universidad, me preguntaba si me habÃa comido la comida y si me habÃa gustado.
34:20 Yo siempre le respondÃa que sÃ. que habÃa estado muy buena, para que no sospechara. Revisaba bien la comida que dejaba para, en caso de que me hiciera alguna pregunta, poder responder correctamente. Recuerdo un dÃa en particular que llegué de la universidad y ella volvió a preguntarme sobre esto. Al mentirle una vez más, me miró fijamente y me dijo que sabÃa que no me estaba comiendo la comida y que no entendÃa por qué. Me confesó que la habÃa preparado especialmente para mà y que eso la hacÃa sentir muy mal, pues siempre creyó que habÃamos tenido una conexión especial. Sus palabras, cargadas de chantaje emocional, me hicieron sentir incómoda. Intenté seguir con la mentira, pero ella no me creÃa y mencionó detalles que casi parecÃan indicar que habÃa estado vigilándome. Logré que me dejara en paz y subà a mi cuarto.
35:16 Lo primero que hice fue enviarle un mensaje a LucÃa, quien habÃa intentado acercarse más a mà desde que toda esta situación comenzó, como si supiera que necesitarÃa su ayuda. Le conté lo que habÃa sucedido, incluyendo la sopa de pollo y mis sospechas sobre la comida. LucÃa me aseguró que era muy probable que la mujer estuviera tramando algo, y me dijo que irÃa a mi casa para no dejarme sola ese dÃa. Llegó. bajé a abrirle la puerta y mientras subÃamos las escaleras nos topamos con la anciana se mostró muy hostil al ver a lucÃa pero no cruzó muchas palabras conmigo subimos a mi cuarto y una vez que cerré la puerta lucÃa me preguntó si me habÃa dado cuenta de algo al responder que no me miró incrédula y me dijo que era imposible que no lo notara la anciana parecÃa haber envejecido mucho más Yo que la veÃa todos los dÃas no habÃa notado el cambio, pero al recordarlo me di cuenta de que era cierto.
36:17 La conocÃ, la mujer ya era mayor, pero con el paso del tiempo habÃa notado que se veÃa más vÃvida e incluso un poco más joven. En una ocasión hasta se lo mencioné y ella me dijo que habÃa comprado una crema y que habÃa visitado a un doctor para hacerse algunos arreglos. Al recordarlo, me di cuenta de que nunca la habÃa visto con vendas o signos de alguna intervención. LucÃa no podÃa asegurarlo, pero todo indicaba que la anciana, de alguna manera, me estaba robando la juventud. Me contó que, desde el primer dÃa que me vio en la universidad, notó que cada vez me veÃa más pálida y enferma.
36:58 Pensó que era por el estrés de la nueva etapa y la distancia de casa. Por esa razón, nunca lo mencionó. Hasta ese momento nunca habÃa visitado la casa de la anciana, pero LucÃa insistió en que debÃamos ir para ver si encontrábamos algo mÃo. Como aún tenÃa dos de sus refractarios, decidà usar eso como excusa para devolvérselos. Fuimos y tocamos su puerta por un rato, pero nadie abrió. Los cuartos de la vecindad eran todos iguales. Pensé en abrir un poco la ventana de su cocina y dejar los refractarios allÃ. De esta manera también podrÃamos echar un vistazo adentro. Asomé la cabeza por la ventana. Sentà como la sangre se me helaba. Justo enfrente habÃa una especie de altar, rodeado de velas negras encendidas, y en el centro habÃa una fotografÃa mÃa. El miedo me paralizó y supe que no podÃa quedarme un minuto más en esa vecindad. LucÃa me ofreció quedarme en su casa esa noche y, como ya era jueves, al dÃa siguiente podrÃa ir a casa y contarle a mis padres lo que pasaba. Al dÃa siguiente les conté todo y quedaron tan aterrados como yo. Me cambiaron de dormitorio, ya habÃan pagado el mes completo. La anciana no me siguió y mi vida volvió a la normalidad.
38:19 Muchas preguntas quedaron sin respuestas. Hasta el dÃa de hoy me pregunto si la gata que tenÃa la anciana servÃa para espiarnos o si ella misma podÃa transformarse en ella. Mi padre es de un pueblo bastante rural. Desde que mi papá se habÃa ido a estudiar a la ciudad ya no volvió a su pueblo, pero Ãbamos de visita bastante seguido. Yo tenÃa 10 años y fuimos porque una de mis tÃas habÃa tenido a un bebé recientemente, querÃan bautizarlo. HabÃa escogido a mi papá como su padrino. Como mi papá tenÃa bastante trabajo por aquel tiempo, nos retrasamos un poco en poder ir y por eso la fiesta también se pospuso. Durante todo este tiempo escuchaba que mi tÃa le hablaba prácticamente todos los dÃas para decirle que debÃa apresurarse.
39:18 Hasta ese momento no habÃa entendido bien el motivo. pero mi papá siempre le decÃa que estaba haciendo todo lo que podÃa y que pronto irÃa. Llegó el dÃa y ambos fuimos a ese pueblo. En lo personal no me agradaba mucho ir porque, como dije antes, era un sitio un poco rural y no habÃa muchas cosas que hacer ahÃ. Por otra parte, también ahà se encontraba mi prima Rosa, con quien siempre me habÃa llevado muy bien. Una vez que llegamos al pueblo de mi papá, Todos nos recibieron de buena manera. Tanto mi prima Rosa como yo fuimos a jugar mientras los demás adultos comenzaban con toda la preparación para el bautizo. También nos juntamos con otros primos y amigos que vivÃan cerca. Todos los juegos fueron normales, hasta que estuvimos tan cansados que solo nos quedamos sentados a la sombra de un gran árbol. Al dÃa siguiente iba a ser el bautizo del bebé. Comenzamos a hablar de eso porque yo no sabÃa exactamente qué significaba ser un padrino. Rosa comenzó a explicármelo, pero muy rápido la conversación se desvió, pues todos los niños decÃan que los adultos estaban diciendo que debÃan bautizar al bebé lo antes posible, porque una bruja lo estaba acechando. TenÃa 10 años, nunca habÃa creÃdo en fantasmas o brujas. Pues desde muy pequeña mi papá me habÃa dicho que todas esas historias estaban hechas por personas que querÃan hacer más interesante su vida. Nunca
40:50 creà en el hada de los dientes o en los reyes magos, porque mi papá siempre decÃa que no querÃa que hubiera secretos ni mentiras entre nosotros. TenÃa prohibido decirles a los demás niños lo que sabÃa, pues mi papá me habÃa enseñado a respetar que otros padres sà contaban esas historias a sus hijos. Por esta razón, no me atrevà a decir que no creÃa para nada en la historia de la bruja que los demás niños comenzaban a relatar. DecÃan que estaba rondando y que intentaba llevarse a mi nuevo primo. Contaron que algunos la habÃan visto convertida en una bola de fuego bajando desde el cerro, y otros más la habÃan visto caminar alrededor de la casa de mi tÃa, con el rostro cubierto por un reboso, haciendo que pareciera que no tenÃa cara. Lo que también mencionaron y que a mi parecer no tenÃa relación, fue que una vez bautizado el bebé, la bruja ya no podrÃa acercarse ni hacerle daño. Mi papá y yo tenÃamos un tema especial con la religión, él creÃa en Dios y le gustaba la religión católica, pero no éramos muy devotos, yo sà estaba bautizada. Pero mi papá querÃa que esperara hasta ser mayor para decidir si querÃa hacer lo demás, y siempre me alentaba a tener mi propio criterio. Por eso, escuché lo que decÃan, pero me pareció un poco ridÃculo, pero no me atrevà a decir nada. Solo seguà escuchando.
42:19 Rosa y yo volvimos a su casa, donde nos estábamos quedando. Mientras caminábamos, Rosa me contó que nuestro primo y su mamá se estaban quedando allà porque ya habÃan tenido un problema similar cuando ella habÃa nacido. Por eso, habÃan llamado a una persona para que pusiera protecciones en la casa y asà ahuyentar a la bruja. No pude aguantarme más y le pregunté si realmente creÃa en eso. Rosa me respondió que sÃ, porque su mamá se lo habÃa contado. según ella la bruja estuvo a punto de llevársela una semana después de que habÃa nacido precisamente porque no la habÃan bautizado también me dijo que una vez que llegáramos a su casa me enseñarÃa el amuleto de protección que utilizaban para mantener alejada a la bruja una vez que llegamos a su casa nuestros papás comenzaron a regañarnos nos dijeron que llevaban un buen rato buscándonos porque querÃan que ayudáramos con los preparativos para el bautizo Después de un rato de reprimendas, nos mandaron a hacer algunas tareas. Fue entonces que empezamos a olvidarnos del tema de la bruja, o al menos asà fue hasta que nos mandaron a darle de comer a los borregos. Mientras alimentábamos a los animales, Rosa me preguntó si querÃa ver el amuleto de protección que usaban para ahuyentar a la bruja, porque ahà era donde lo guardaban. Le dije que sÃ, y ella arrimó unas sillas para subir. en un pequeño hueco que se
43:50 encontraba en la parte superior de la puerta. Comenzó a buscar hasta que sacó el amuleto. No era tan extravagante. ParecÃa un cuadrado hecho de trapos, atado con listones rojos y con un olor salado. Rosa me explicó que dentro tenÃa cosas que las brujas odiaban. Por eso lo colocaban en la entrada para que no pudieran pasar. Yo se lo pedà y ella me lo entregó. Lo observé detenidamente. sin notar nada mágico o especial. Comencé a darle vueltas y sin pensarlo mucho, jalé el nudo que lo ataba. La tela se abrió y cayeron ramas, hojas y sal al piso. Rosa me dijo con voz nerviosa que no debÃa haber hecho eso y que sus papás le habÃan dicho que jamás lo abriera. Me disculpé y le dije que no era para tanto, que solo tenÃamos que reunir todo y dejarlo como estaba, asà nadie se darÃa cuenta.
44:46 Rosa se veÃa asustada, pero una vez que lo recogimos y lo volvimos a armar más o menos bien, se sintió tranquila. Dejamos el amuleto en su lugar y tras terminar de darle de comer a los borregos, nos fuimos sin decir nada a nuestros padres por miedo a que nos regañaran. Pasamos el resto del dÃa y habÃamos olvidado el incidente, hasta que más o menos a las nueve nos mandaron a dormir. Ni Rosa ni yo tenÃamos sueño. Asà que, a pesar de estar en su cuarto, seguÃamos hablando y riéndonos en voz alta, ignorando a nuestra abuela que nos repetÃa que ya debÃamos dormirnos porque al dÃa siguiente nos levantarÃamos temprano. Llegó un punto en el que empezamos a hacer ruido a propósito para ver cuándo nos regañarÃa de nuevo. Nos reÃamos y la abuela se levantó y nos sacó del cuarto. Nos dijo que si no querÃamos dormir, entonces tendrÃamos que revisar el nixtamal. La tarea no era difÃcil, solo tenÃamos que moverlo cada cierto tiempo.
45:52 Mi abuela se fue a dormir y nos dejó encargadas, indicándonos que en cuanto estuviera cocido, debÃamos moverlo para dejarlo reposar. Rosa y yo nos sentÃamos felices porque no tenÃamos sueño. Pero después de la primera hora, el cansancio empezó a hacerse notar. Como todos dormÃan en la casa, no podÃamos dejar la tarea. En algún momento, Rosa, quien estaba sentada en la mecedora, se quedó dormida. Yo iba a despertarla, pero pensé que podrÃa esperar una hora y tomar turnos para dormir hasta completar la tarea. Traté de distraerme, pero en ese lugar no habÃa nada para hacerlo. Yo dormitaba, vigilando el reloj en la pared para asegurarme de que aún no era momento de mover el maÃz. Un destello me despertó. Me asusté pensando que la cocina se estaba incendiando, pero pronto noté que el resplandor venÃa de la ventana.
46:50 Me preocupé más, creyendo que habÃa amanecido y habÃa perdido la noción del tiempo. Pero al mirar por la ventana trasera, vi que afuera todavÃa estaba oscuro. La luz seguÃa brillando intensamente. Esto no era normal. En el pueblo no habÃa alumbrado público y casi nadie tenÃa autos. No se escuchaba ningún motor encendido. Solo estaba esa luz. Me levanté de mi asiento y caminé hacia la ventana. Algo que se me habÃa olvidado mencionar es que esa ventana daba justo a la entrada donde habÃamos abierto ese amuleto de protección. Mis ojos no podÃan creer lo que estaban viendo. Era una bola de fuego, probablemente del tamaño de una pelota de fútbol, a unos 10 o tal vez 15 metros de distancia, y aún asà iluminaba como si fuera un foco de gran potencia.
47:43 Los animales de mis tÃos parecÃan aterrados. No gritaban ni estaban a la defensiva, pero todos se habÃan acurrucado en un rincón de sus respectivos corrales, esperando que esa cosa pasara pronto. También me di cuenta de que esa cosa parecÃa tener pensamientos propios, porque sus movimientos no eran aleatorios. Era como si supiera lo que estaba haciendo. Avanzaba con lentitud hacia la casa. Yo estaba tan sorprendida que fui a donde mi prima y comencé a despertarla para que viera lo que yo habÃa visto. Ella se sobresaltó y me preguntó qué estaba pasando al ver el resplandor. Pensó que ya habÃa amanecido. Se disculpó por no haberse quedado a ayudarme con la tarea que nos habÃa dejado la abuela, pero le dije que no era eso, que habÃa algo afuera.
48:35 Ni siquiera habÃa terminado de decirle eso y el resplandor desapareció. Las dos corrimos a la ventana solo para darnos cuenta de que aquella bola de fuego ya no estaba. En su lugar se encontraba una mujer con O al menos eso creÃamos, porque estaba cubierta casi por completo con un reboso. La oscuridad no dejaba ver bien, pero por su altura y complexión pensamos que era una mujer. Ella no parecÃa haberse dado cuenta de que la estábamos observando. Rosa me susurró que era la bruja y que seguramente habÃa venido a llevarse a nuestro primo. Vimos que aquella figura ya estaba en la puerta. No habÃa posibilidad de que hubiera caminado tan rápido. Era casi como si se hubiera teletransportado.
49:23 La figura comenzó a mover la cerradura, como si intentara abrirla. Rosa no lo pensó dos veces antes de correr y comenzar a gritar que alguien querÃa entrar a la casa. Fue entonces cuando tanto mi padre como los demás se despertaron. Vi cómo la figura dejó de hacer lo que estaba haciendo y salió corriendo. transformándose de nuevo en aquella bola de fuego. Antes de que todos pudieran salir a ver qué estaba pasando, ya habÃa desaparecido. Mi prima comenzó a contarles lo que habÃamos visto, pero ocultó el hecho de que habÃamos abierto el amuleto en la entrada. Solo mencionó el destello y la figura que creÃamos haber visto. Todos los adultos estaban muy asustados. Mi abuela tiró sal de grano alrededor de la casa. diciendo que eso nos protegerÃa por la noche. A la mañana siguiente, el bautizo tuvo lugar.
50:20 Los adultos decÃan que debÃa hacerse rápido porque, una vez bautizado, la bruja no podrÃa tocar al bebé. La ceremonia transcurrió con normalidad y la fiesta también. Ya entrada la noche, la mayorÃa de los adultos estaban un poco alcoholizados. La mamá del bebé lo acostó y nos pidió que lo revisáramos de vez en cuando para asegurarnos de que no durmiera boca abajo. Le prometimos que lo harÃamos. Estábamos en el cuarto de mi prima, hablando de lo que habÃamos visto la noche anterior. Todos coincidÃan en que, gracias al bautizo, ya no habÃa nada que temer. Mi prima me dijo que su papá tenÃa un radio en su cuarto y que podrÃamos escuchar música por un rato. Le dije que sÃ, y ella corrió por él. Al regresar, me comentó que habÃa visto algo raro. Le pregunté qué era y me dijo que no estaba segura, pero que parecÃa que alguien estaba mirando al bebé desde la ventana. Le dije que quizás era alguno de los invitados afuera, pero ella respondió que se veÃa extraño y que al acercarse esa figura desapareció.
51:30 Nos pareció raro, pero nos pusimos a sintonizar el radio para encontrar algo que nos gustara. Nos detuvimos en una estación que transmitÃa una radionovela de detectives. Recuerdo que en algún momento me dieron ganas de ir al baño y ya iba de regreso. Escuché a alguien intentando calmar al bebé. le decÃa que no llorara e incluso le tarareaba una canción de cuna. Pero lo que se me hizo raro era que esa voz sonaba como la de una mujer anciana, pero yo estaba segura que no era la misma voz de mi abuela. Fui a su cuarto para ver quién era, pero en cuanto estuve parada en el marco de la puerta, pude ver que la habitación estaba vacÃa, solo estaba el bebé acostado en la cama. No sabÃa qué pensar. pues yo estaba segura de haber escuchado a alguien ahÃ. Pero en eso, Rosa me gritó llamándome, diciendo que ya estaba pasando lo más emocionante. Fui a donde ella estaba. Pensé que habÃa escuchado mal, o tal vez era el mismo radio.
52:37 Estábamos tan concentradas en la historia cuando escuchamos al bebé llorar. Por el ruido de la fiesta, sabÃamos que ninguno de los adultos podÃa oÃrlo. Asumimos que era nuestra responsabilidad ir a ver qué le pasaba. Avanzamos sin miedo, creyendo que tal vez el bebé necesitaba un cambio de pañal o tenÃa hambre. Pero justo doblamos la esquina para entrar al cuarto. Vi que alguien más estaba ahà cargando al pequeño. No era ni la madre ni nadie conocido. En realidad, no nos llevó más de dos segundos darnos cuenta de que se trataba de la misma silueta que habÃamos visto la noche anterior. Yo estaba justo detrás de mi prima Rosa, quien estaba a punto de gritar para alertar a los demás.
53:23 Aquella mujer se giró completamente hacia nosotras y la vi. Era una mujer muy anciana, pero su rostro no solo se veÃa viejo, sino también desfigurado, con cicatrices recientes. Sus ojos eran de un morado profundo y una de sus cejas era blanca. No sonrió, mostrándonos sus dientes amarillentos y podridos. Movió su mano derecha con una rapidez impresionante, como si fuera a golpear a mi prima, pero se detuvo a milÃmetros de ella. Antes de que pudiera reaccionar, Rosa cayó dormida encima de mÃ. Como no lo esperaba, también caà al suelo. Creo que aquella mujer pensó que me habÃa afectado también, pero la única razón por la que no me levantaba era el miedo de que se diera cuenta de que yo seguÃa despierta. Vi cómo abrió la ventana y salió con el bebé en brazos. Me levanté y corrà a donde estaban los adultos para contarles lo que habÃa sucedido. Entraron rápidamente al cuarto y encontraron a mi prima Rosa aún dormida. Mi abuela la sacó de la habitación y dijo que tenÃan que bañarla con hierbas o no despertarÃa jamás. Mientras tanto, mi papá y mis tÃos salieron corriendo para intentar alcanzar a la bruja que habÃa raptado al bebé. Todo era un completo caos en la casa.
54:44 Yo me quedé sin poder seguir a mi papá y mis tÃos, por lo que no puedo decir qué encontró o vio fuera. Lo que sà recuerdo es que al meter a Rosa en una tina con las hierbas que mi abuela habÃa preparado, empezó a salir de su cuerpo una sustancia negra parecida a tinta que se mezclaba con el agua. Mi abuela comenzó a hacerle una limpia con ramas de pirul y cada vez más de esa cosa negra salÃa de su cuerpo hasta que despertó. Rosa, aterrada, empezó a llorar sin recordar qué habÃa pasado. Mis tÃos y mi papá volvieron al amanecer con noticias desgarradoras. No habÃan podido encontrar al bebé. Mi tÃa estaba devastada. Nos quedamos un par de dÃas más intentando localizarlo, con la ayuda de la policÃa, pero nunca lo encontramos. Hasta la fecha, no sé qué pasó con él ni qué le hizo aquella mujer a mi prima para que cayera dormida de esa manera. En el fondo, siempre me culparé. Sé que si no hubiera destruido aquel amuleto de protección, tal vez ella nunca habrÃa podido entrar a la casa.
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