Sept. 20, 2026

No Tenía Idea De Lo Que Había Tocado

No Tenía Idea De Lo Que Había Tocado
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REDE (Relatos Desclasificados)
No Tenía Idea De Lo Que Había Tocado

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0:05 Perdí el ojo izquierdo por tocar una cadena de oro que encontré enterrada en la Sierra Sur de Oaxaca. Desde entonces dejé mi carrera como biólogo. Vendí casi todo mi equipo y no he vuelto a San José del Pacífico. No me importa que alguien dude de lo que voy a contar, pero sí quiero dejar una advertencia. Si alguna vez encuentran oro entre las raíces de un árbol, no lo levanten. Déjenlo donde está y sigan su camino. Todo ocurrió hace dos meses. Renté una cabaña aislada cerca de San José del Pacífico para recolectar muestras de flora nocturna, un trabajo que ya había hecho en otras zonas y cuya rutina conocía bien. Salía durante la madrugada, registraba especies, tomaba pequeñas muestras y regresaba antes de que cambiaran las condiciones del bosque. Llegué por la tarde, acomodé mis cosas, preparé el material y revisé el lugar. Al levantar el colchón, encontré una libreta vieja. Le faltaban varias hojas y las que quedaban tenían anotaciones breves, escritas con prisa. Al principio pensé que algún huésped la había olvidado, hasta que encontré la misma advertencia repetida en distintas páginas. Decía que eran tres, que no eran niños, que cuidaban oro viejo y que, si te veían la cara, te marcaban. En otras hojas se mencionaban ruidos sobre el techo, huellas pequeñas alrededor de la cabaña y movimientos entre los árboles durante la noche.

1:37 No había nombre, fecha ni información que explicara quién había escrito aquello. Guardé la libreta en mi mochila y seguí preparando el equipo, convencido de que era una historia local, destinada a asustar a quien encontrara esas páginas. Más tarde salí con mi lámpara y el material necesario para trabajar. La neblina cubría gran parte del sendero, aunque todavía podía seguirlo sin dificultad. Así que avancé despacio y me detuve en los puntos donde encontraba las plantas que necesitaba revisar. Durante un buen rato no ocurrió nada fuera de lo normal.

2:17 El primer cambio fue un destello junto a las raíces de un pino. Dirigí la luz hacia el suelo y vi una cadena de oro, gruesa, cubierta en parte por tierra húmeda. Un tramo estaba expuesto y el resto desaparecía debajo de las raíces. Pensé que alguien la había perdido. Me acerqué, me agaché y tiré de ella con una mano. Salió apenas unos centímetros. Volví a jalar y la cadena se tensó de golpe desde el otro extremo, con una fuerza suficiente para hacerme perder el equilibrio. Me dolieron los dedos por la presión. La solté y retrocedí, tratando de entender qué podía mantenerla sujeta debajo del árbol. Entonces escuché un siseo. Moví la lámpara hacia la base del pino y vi a un ser, agachado a poca distancia. Medía cerca de un metro, tenía el cuerpo delgado, los brazos largos y las manos terminadas en uñas gruesas. La piel estaba arrugada y cubierta de tierra. Los ojos eran amarillos y mantenía la boca abierta, dejando ver dientes pequeños y oscuros.

3:27 Nos quedamos mirándonos durante unos segundos. Yo intentaba entender qué tenía enfrente, cuando apoyó una mano en el suelo y avanzó hacia mí. Antes de reaccionar, escuché otro siseo detrás de mi espalda. Luego, un tercero respondió desde la izquierda. En ese instante, recordé la libreta y entendí que la advertencia hablaba de ellos. ya que eran tres. Me giré y corrí hacia la cabaña. Dejé atrás las muestras y parte del material, porque en ese momento solo quería alcanzar la puerta. A mi espalda escuchaba ramas romperse, hojas moverse y uñas golpeando contra raíces y piedras. Los sonidos cambiaban de posición con rapidez. Uno surgía detrás de mí y otro aparecía a un costado, cada vez más cerca. No volteé, Continué avanzando hasta distinguir la cabaña entre la neblina. Entré, cerré con el cerrojo y empujé el armario contra la puerta.

4:27 Me costaba recuperar el aire y la lámpara me temblaba en la mano. No tenía forma de pedir ayuda inmediata, y salir significaba volver al mismo tramo del bosque. Así que decidí permanecer dentro hasta el amanecer. Apagué la luz, cerré la ventana y me obligué a escuchar antes de moverme. Durante unos instantes no oí nada. Creí que se habían detenido entre los árboles, pero un roce contra la pared rompió el silencio y comenzó a subir hacia el techo. Me acerqué a la ventana, miré hacia afuera y no encontré nada. Poco después escuché un golpe sobre la cabaña, luego otro y finalmente un tercero, justo encima de la zona donde estaba la cama. No tocaron la puerta ni intentaron entrar por la ventana. Las uñas comenzaron a raspar el techo, desplazándose de un extremo al otro, hasta que empezaron a desprender partes de la estructura. Una pieza cayó dentro de la habitación y otra tabla se movió sobre mi cabeza. Entendí que el armario no iba a servir de nada, así que tomé la linterna metálica que llevaba como respaldo y retrocedí hasta la cama mientras el aire frío entraba por una abertura recién hecha. El raspado continuó sobre mí y cada movimiento desprendía más material. Apagué la lámpara y me metí debajo de la cama. Desde ahí solo veía una parte del piso, así que traté de

5:59 respirar despacio y mantenerme inmóvil. Las uñas continuaron arriba durante unos segundos, hasta que una tabla cedió y un cuerpo cayó dentro de la habitación, con suficiente fuerza para hacer vibrar el suelo. Poco después escuché un segundo impacto. seguido por otro casi de inmediato. Me cubrí la boca con una mano y apreté la linterna con la otra, sin atreverme a moverme. Pero ya los tres estaban dentro de la cabaña. Se movieron por la habitación sin hablar. Desde debajo de la cama solo alcanzaba a ver sus pies, pequeños, con dedos largos y uñas que rozaban la madera al caminar.

6:40 Uno pasó junto a mí, otro se detuvo cerca de la mesa y el tercero rodeó la cama. Yo tenía una mano sobre la boca y la otra aferrada a la linterna, tratando de respirar despacio y mantenerme inmóvil. Durante unos segundos pensé que si no hacía ruido, terminarían saliendo por el mismo hueco del techo. El colchón se hundió sobre mi espalda y sentí el peso de uno de ellos encima. Escuché una respiración corta, seguida por un movimiento sobre la tela. Una uña atravesó el colchón a pocos centímetros de mi hombro. y se quedó ahí un instante antes de retirarse contuve el aire pero el silencio duró poco una cabeza bajó por un costado de la cama y quedó frente a mí era el mismo ser que había visto junto al pino le reconocí los ojos amarillos la piel arrugada y la boca abierta y me miró directamente me había encontrado intenté salir por el lado contrario pero apenas avancé cuando unas manos me sujetaron de los tobillos Tiraron con tanta fuerza que mi espalda golpeó la estructura de la cama y la linterna salió despedida. Volvieron a jalar y me sacaron por completo. Quedé boca arriba en medio de la habitación, pateando para soltarme. Una de mis botas alcanzó a golpear a uno, aunque el otro me sujetó la pierna antes de que pudiera incorporarme. El más viejo se lanzó sobre mi pecho y me derribó

8:10 otra vez. Sus rodillas quedaron cerca de mis hombros y el peso me dejó casi sin aire. Empujé con las dos manos, pero apenas conseguí moverlo, mientras los otros dos me inmovilizaban, uno sujetándome el brazo derecho y el otro presionando mis piernas contra el piso. Les dije que no había tomado nada, que había soltado la cadena en cuanto sentí el tirón y que podían quedarse con todo lo que llevaba. Les ofrecí el equipo, la mochila y las muestras. Solo quería que me dejaran salir. Ninguno reaccionó. El que estaba sobre mí acercó la cara hasta quedar a pocos centímetros de la mía. Su aliento olía a tierra húmeda y carne podrida. Permaneció observándome y luego dijo que el oro no se tocaba. Su voz era baja y áspera, pero entendí cada palabra. Intenté responder, aunque aumentó la presión sobre mi pecho y apenas pude sacar aire. Entonces, añadió que ya me habían visto la cara. La frase de la libreta volvió de inmediato a mi memoria. Si te ven la cara, te marcan. Forcejé otra vez. El que sujetaba mi brazo apretó con más fuerza y sentí un dolor intenso en la muñeca. Les repetí que había cometido un error, que no volvería y que no me llevaría nada.

9:31 El más viejo no respondió. Solo levantó una mano frente a mi rostro y vi las uñas, gruesas y afiladas. Giré la cabeza, pero otro me agarró del cabello y me obligó a mirar hacia arriba. La mano descendió hasta mi ojo izquierdo. Esa era la marca de la que hablaba la libreta. Traté de liberar el brazo derecho y moví las piernas con toda la fuerza que me quedaba, pero seguían sujetándome. Grité, pedí que me soltara y volví a decir que me iría el ser repitió que esa era la marca después hundió una de sus uñas junto al ojo izquierdo y tiró con un movimiento rápido Sentí un dolor intenso. Cerré el ojo derecho por reflejo y la sangre comenzó a bajar por mi mejilla. Entró en mi boca y siguió hasta el cuello. Intenté girar la cabeza, pero la mano que me sostenía del cabello no cedió.

10:26 Cuando logré abrir el ojo derecho, ya no veía nada del lado izquierdo. Me había arrancado el ojo. Grité hasta quedarme sin aire. No recuerdo qué palabras salieron de mi boca, solo que empecé a moverme con desesperación. Los tres respondieron con siseos y durante el forcejeo, el más viejo perdió el equilibrio sobre mi pecho y mi mano derecha quedó libre. Vi la linterna metálica en el suelo, cerca de la mesa. Estiré el brazo y no alcancé. Empujé el cuerpo hacia un lado, mientras uno de los otros intentaba agarrarme otra vez. Mis dedos tocaron la linterna, la arrastré hacia mí y cerré la mano alrededor del mango. justo cuando el más viejo volvió a inclinarse sobre mi cara, levanté el brazo y le golpeé la cabeza con toda la fuerza que pude, el impacto lo hizo caer hacia un costado y los otros dos retrocedieron lo suficiente para que pudiera levantarme, la sangre me cubría parte del rostro, me entraba en la boca y la visión con un solo ojo me hacía calcular mal las distancias, di un paso hacia la puerta, pero recordé que yo mismo la había bloqueado con el armario, Uno me agarró del abrigo por la espalda, pero tiré hacia adelante hasta que la tela se rompió y logré soltarme.

11:46 El otro trató de sujetarme una pierna y le lancé una patada. Sentí que mi bota golpeaba su cuerpo y aproveché esos segundos para llegar a la ventana. No tenía tiempo para apartar el armario ni buscar otra salida. Corrí hacia el vidrio. Levanté el antebrazo para protegerme la cara y atravesé la ventana con el cuerpo. Sentí cortes en la mano y el hombro antes de caer sobre la tierra húmeda. El golpe me dejó aturdido, pero me incorporé de inmediato. Dentro de la cabaña escuché movimiento y varios siseos. No busqué la lámpara, la mochila ni ninguna de mis cosas. Presioné la herida con una mano y corrí hacia los árboles.

12:28 A los pocos segundos escuché ramas romperse detrás de mí. Habían salido y los tres seguían persiguiéndome. Corrí sin saber si iba en la dirección correcta. Había perdido la lámpara de cabeza dentro de la cabaña y apenas distinguía el terreno. Con un solo ojo calculaba mal las distancias, así que tropezaba con raíces, piedras y desniveles que antes habría podido evitar. Aún así, seguí avanzando, con una mano presionada contra la herida y la otra extendida para apartar ramas. Detrás de mí continuaban los sonidos de hojas pisadas y uñas golpeando contra el suelo. A ratos dejaba de oírlos, pero poco después surgía otro siseo entre los árboles. No volteé, lo único que me importaba era encontrar el sendero y no regresar por error hacia la cabaña. La neblina seguía cubriendo gran parte del bosque y el dolor me dificultaba pensar con claridad. Intentaba recordar por dónde había pasado al salir, buscando alguna señal conocida entre los troncos. Después de avanzar varios minutos, encontré una de las marcas del sendero y la reconocí de inmediato. Seguí esa dirección sin detenerme. No sabía cuánto faltaba para llegar a la carretera y tampoco podía asegurar si los tres continuaban detrás de mí. pero los ruidos aparecían todavía a cierta distancia, y eso bastaba para obligarme a seguir. Cuando el terreno comenzó a abrirse, aceleré todo lo que pude, hasta que vi el pavimento

14:02 entre la neblina. Bajé hacia la carretera y caminé por la orilla, ya sin fuerza para correr. La sangre seguía bajando por el lado izquierdo de mi rostro, y la manga estaba empapada. Poco después vi las luces de un tráiler, Levanté el brazo y el conductor frenó unos metros adelante. Cuando llegué hasta él, me preguntó qué había pasado. Le dije que me habían atacado cerca de una cabaña y que necesitaba llegar a un hospital. No traté de explicar nada más. Me ayudó a subir, me dio algo para cubrirme la cara y arrancó. A partir de ese momento, mis recuerdos son incompletos. Cuando desperté, estaba recibiendo atención médica.

14:45 Tenía cortes en la mano, el hombro y otras partes del cuerpo, además de la lesión en el rostro. Me explicaron que el ojo izquierdo ya no estaba y que habían limpiado y cerrado la zona dañada. También me dijeron que las heridas podían corresponder al ataque de un animal. No discutí. Había visto a los tres dentro de la cabaña, había sentido sus manos sujetándome y había escuchado al más viejo decir que el oro no se tocaba. Para mí no había ninguna duda sobre lo ocurrido. Los días siguientes fueron difíciles. Tuve que acostumbrarme a medir mal las distancias, a calcular cada escalón y a moverme con más cuidado.

15:26 Mi trabajo dependía de caminar por terrenos irregulares, muchas veces de noche, y entendí que ya no quería volver a hacerlo. En cuanto pude salir del hospital, tomé una decisión clara. No regresaría por mis cosas. La mochila, la libreta, las muestras y parte del equipo se quedaron en aquella cabaña. No intenté recuperarlos y tampoco pedí a nadie que fuera por ellos. No he vuelto a San José del Pacífico desde esa noche. Poco después dejé mi carrera. Cancelé los trabajos de campo que tenía pendientes. Vendí el equipo que conservaba. y dejé de aceptar proyectos en zonas de montaña. Durante años había trabajado en lugares aislados sin problema, pero después de aquello no podía entrar a un bosque, sin recordar la cadena entre las raíces y el rostro del ser que apareció junto al pino. La gente cercana a mí sabe que sufrí un accidente durante un trabajo de campo.

16:25 Esa es la explicación que doy cuando alguien pregunta por el parche. No cuento el resto porque no tengo forma de demostrarlo, y tampoco necesito convencer a nadie. Durante semanas repasé lo ocurrido, tratando de encontrar una explicación más simple. Pensé en animales, en personas escondidas en el bosque, y en la posibilidad de haber interpretado mal algunas cosas por el miedo y la neblina. Pero ninguna opción explicaba lo que pasó dentro de la cabaña. Los vi de cerca, escuché hablar al más viejo y sentí la fuerza con la que me inmovilizaron. La advertencia de la libreta también coincidía con lo que hicieron. Eran tres, cuidaban el oro y después de verme la cara, me marcaron. Eso fue lo que ocurrió y no puedo reducirlo a otra cosa.

17:15 No sé qué eran ni quién escribió aquellas páginas. Tampoco sé qué le pasó a la persona que dejó esa advertencia debajo del colchón. Lo único que puedo afirmar es que alguien estuvo ahí antes que yo. Encontró el mismo peligro y trató de avisar a quien llegara después. Yo leí esas palabras y las tomé por una historia para asustar a los visitantes. Si hubiera dejado la cadena donde estaba, probablemente mi vida habría seguido igual. Ahora vivo solo en un departamento en la ciudad. Mantengo la puerta asegurada y las ventanas cerradas más por costumbre que por otra cosa. No he vuelto a escuchar los siseos, no he encontrado huellas y tampoco he visto señales de que esos tres seres hayan llegado hasta aquí. Prefiero decirlo así, sin agregar cosas que nunca ocurrieron. Sobreviví, perdí el ojo izquierdo y abandoné una profesión que había ejercido durante años. Esa es la consecuencia real de haber tocado algo que no me pertenecía.

18:17 Por eso dejo esta advertencia. Si alguna vez viajan a la Sierra Sur de Oaxaca, y encuentran una cadena, una moneda o cualquier objeto de oro entre las raíces, no lo recojan. No importa cuánto valga ni cuánto tiempo lleve enterrado, déjenlo exactamente donde está y sigan caminando. Yo solo sostuve aquella cadena durante unos segundos y fue suficiente. Desde entonces vivo lejos de San José del Pacífico. No he vuelto a verlos, pero sé que algún día vendrán por mí, pues por algo me marcaron. Si te gustó este video, te recomiendo ir a ver. Mi vida cambió después de encontrar oro en mi casa y también la montaña de los duendes.