July 25, 2026

No Debiste Dejarme Solo Ahora Te Quedarás Conmigo - Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 Mi nombre es Julián Herrera y trabajé como guardia nocturno en la morgue del Hospital Regional de San Marcos. Entraba por la noche y salía al amanecer, por eso pasaba el turno solo en el sótano. Mi trabajo consistía en controlar los accesos, revisar las cámaras, anotar movimientos y acompañar a los empleados que entraban en las áreas restringidas. Conocía el lugar y los ruidos de sus equipos, Por eso, recuerdo con claridad lo que ocurrió aquella noche. Ramiro, el guardia del turno anterior, me entregó el radio, las llaves y la libreta de incidencias. Antes de irse, me informó que había cinco cuerpos en las cámaras frías y uno en la sala de preparación. Era un hombre sin identificar, trasladado después de un accidente en carretera, todavía sin revisión forense.

0:58 Ramiro añadió que la cerradura del crematorio respondía con retraso, así que anoté el aviso y comencé la ronda. Entré primero en la sala de preparación. El cuerpo estaba sobre una mesa metálica, cubierto con una sábana desde los pies hasta el pecho. Era un hombre de unos 50 años, tenía una herida suturada en la sien derecha y una pulsera con un número. Comprobé la identificación, revisé los frenos y la puerta, apagué la luz, cerré y seguí por el pasillo. Durante un rato permanecí en la caseta, revisando las cámaras y completando registros. Después escuché tres golpes desde la zona de preparación. Levanté la vista hacia el monitor y la cámara mostraba la puerta cerrada y parte de la mesa.

1:45 No había nadie en el pasillo. Pregunté por radio si había personal autorizado en el sótano. El operador respondió que nadie había solicitado acceso. Antes de terminar la comunicación, los golpes se repitieron con más fuerza. Tomé la lámpara y salí de la caseta. Al acercarme a la sala, escuché una respiración lenta detrás de la puerta. Apoyé la mano en la manija y esperé, pero la respiración continuó. Abrí, encendí la luz y vi que la sábana había caído hacia un lado. El brazo derecho del cuerpo colgaba fuera de la mesa. y la mano quedaba cerca del suelo. Durante la ronda yo había visto los dos brazos cubiertos, por eso informé y pedí apoyo. Tomás, uno de los camilleros, bajó poco después. Levantó el brazo, lo colocó sobre la mesa y revisó los frenos, pero las ruedas seguían bloqueadas.

2:40 Dijo que el peso del cuerpo podía haber desplazado la sábana, aunque no explicó cómo había terminado el brazo fuera. Revisó la sala, cubrió al hombre y regresó a urgencias. Yo cerré la puerta, comprobé la manija y volví a la caseta. Anoté el incidente en la libreta. Mientras escribía, se encendió la luz del intercomunicador conectado con la sala de preparación. Respondí y escuché una respiración áspera. Pregunté quién llamaba. Una voz masculina me pidió que fuera a buscarlo. Le pedí su nombre y la voz pronunció el mío completo. Corté la comunicación y llamé a seguridad central. El operador revisó el sistema y aseguró que ningún botón estaba activo y le pedí apoyo inmediato. Me explicó que el guardia disponible atendía un problema en urgencias. Mientras hablábamos, el intercomunicador se encendió otra vez sin que nadie lo activara. La voz dijo que ya me había visto. Luego añadió que la puerta estaba abierta. Miré el monitor del pasillo y la puerta de la sala aparecía entreabierta, pero yo la había cerrado después de que Tomás salió. Informé al operador. Me ordenó permanecer en la caseta y esperar apoyo, pero entonces escuché una rueda metálica avanzar sobre el suelo. En la pantalla, la mesa comenzó a salir de la sala. Se movió despacio sin que nadie la empujara y recorrió parte del pasillo y se detuvo frente a la escalera principal. Después,

4:15 la imagen se llenó de interferencia y el monitor quedó oscuro. La mesa bloqueaba mi salida. Podía llegar al corredor de servicio, pero tenía que rodearla. Tomé el radio, mantuve la lámpara encendida y salí de la caseta. Caminé junto a la pared con la vista fija en la mesa y solo escuchaba la ventilación. Cuando estuve a pocos metros, la sábana se movió a la altura del pecho. El hombre levantó la cabeza. Abrió los ojos y giró la cara hacia mí. Me detuve y me sostuvo la mirada y me pidió que me acercara. Reconocí la voz del intercomunicador. Retrocedí mientras intentaba comunicarme por radio, pero solo recibí estática. El cuerpo levantó el torso sin apoyar las manos. Se sentó en el borde de la mesa y dejó caer los pies al suelo. Permaneció así unos segundos. Luego abrió la boca hasta mostrar los dientes. La sonrisa quedó fija, los ojos siguieron abiertos y no parpadeó. Los puntos de la herida se dieron por un extremo y una línea de sangre bajó por la mejilla hasta la mandíbula. Me preguntó por qué lo había dejado solo. Después dijo que yo iba a acompañarlo. Bajó de la mesa y avanzó. El cuello permanecía inclinado hacia la derecha, pero sus pasos eran firmes.

5:37 Corrí hacia el archivo porque desde ahí podía entrar al corredor de servicio. Abrí, pasé y cerré con seguro. Al fondo había otra salida. Introduje una llave, luego otra, pero ninguna abrió. Mantenimiento había cambiado la cerradura días antes y todavía no me había entregado una copia nueva. El hombre llegó al otro lado y bajó la manija. Me pidió que abriera. Dijo que el camino correcto estaba detrás de él y volvió a probar la puerta, y después golpeó. El marco se movió y una caja cayó de un estante. Encontré una barra usada para desplazar muebles. El segundo golpe dañó el seguro. Empujé un archivador contra la puerta y apoyé el hombro. La hoja se abrió unos centímetros. Los dedos del hombre aparecieron por el espacio y siguieron empujando, sin retirarse cuando el metal los presionó. Sobre la segunda salida estaba el mecanismo de emergencia. Usado durante los simulacros, golpeé la cubierta con la barra, tiré de la palanca y liberé la cerradura. Solté el archivador, abrí la puerta y entré al corredor de servicio. Detrás de mí escuché el mueble caer. Cerré sin poder asegurar y corrí hacia la escalera de emergencia. Empujé la barra de salida, pero la puerta no abrió. Volví a intentarlo, golpeé el sensor y pedí ayuda por radio. La pantalla seguía encendida, la batería tenía carga. Aún así, nadie respondió. En el extremo

7:09 del corredor apareció el hombre. Llevaba la sábana enrollada desde la cintura. Mantenía los brazos separados del cuerpo y conservaba la sonrisa. Se detuvo. Me dijo que esa salida no era para mí y comenzó a caminar. La escalera seguía bloqueada. y para regresar a la caseta tenía que pasar junto a él, y el corredor solo ofrecía otra ruta, el crematorio, recordé la salida de carga situada detrás de los hornos, corrí hacia las puertas dobles, introduje la llave y esperé la respuesta del mecanismo, escuché los pasos cada vez más cerca, luego sentí una mano rozar mi uniforme, la cerradura liberó las puertas, Entré, tiré de ambas hojas para cerrarlas y alcancé a juntar los bordes, pero el hombre metió un brazo entre ellas. La puerta golpeó su antebrazo, pero él no lo retiró. Solo empujó con fuerza y comenzó a abrirse paso hacia el crematorio. Corrí hacia el fondo del crematorio mientras él terminaba de abrir las puertas. La salida de carga estaba detrás de los hornos, asegurada con una cadena y un candado, y era la única forma de salir sin volver al pasillo. Apenas crucé la sala, se encendió el panel del primer horno. Después comenzó a funcionar la ventilación, y la luz interior iluminó la cámara. Miré la caja de la llave de seguridad, pero seguía cerrada.

8:35 El segundo panel también se activó y las dos puertas empezaron a elevarse. Probé varias llaves en el candado de la salida, pero ninguna entró. Detrás de mí, el hombre avanzaba con la sábana enrollada desde la cintura, la herida abierta y la sonrisa fija. Señaló el primer horno y dijo que había un lugar preparado para los dos. Tomé la barra y golpeé el candado. El metal quedó marcado, pero la cadena siguió cerrada. Volví a golpear mientras el soporte del primer horno salía hasta quedar extendido. y el hombre siguió acercándose sin apartar los ojos de mí. Levanté la barra, pero no alcancé a golpearlo. Me sujetó por el cuello del uniforme y tiró hacia atrás. Caí de rodillas, solté la barra y traté de abrir su mano, pero sus dedos estaban rígidos. La presión me cerraba la garganta y cada tirón me acercaba al horno. Alcancé el borde de una mesa y me aferré. Él siguió arrastrándome, La mesa se desplazó y la camisa comenzó a cerrarse contra mi cuello. Saqué el manojo de llaves y golpeé su muñeca.

9:42 La piel se abrió y dejó ver tejido seco. Aún así, mantuvo el agarre. Me ordenó que dejara de resistirme. Su voz salió de su boca y también de los altavoces. Repitió mi nombre, dijo que mi turno había terminado y tiró otra vez. La camisa se rompió a la altura del hombro. Caí de costado y su mano perdió fuerza durante un instante. Me arrastré hacia la barra, la tomé y golpeé una de sus rodillas. La pierna se dobló y el cuerpo cayó, pero alcanzó a sujetarme por el tobillo. Entonces pateé su cara con el pie libre. La cabeza golpeó el piso, la sonrisa desapareció y volvió. Cerró las dos manos alrededor de mi pierna y sus uñas atravesaron el pantalón y sentí los cortes antes de ver la sangre.

10:30 Seguí golpeando sus dedos hasta que uno se dobló hacia atrás y los otros continuaron apretando. En ese momento se activó el segundo horno, las luces parpadearon y las puertas de entrada se cerraron detrás de nosotros. Escuché el seguro eléctrico. El hombre volvió la cabeza hacia el horno y dijo que también estaba listo. Aproveché ese movimiento para acercar la barra hasta la cadena. Enganché el candado, metí la punta entre el arco y el cuerpo de metal y empujé con las dos manos. Él tiraba de mi pierna y yo perdía el apoyo, pero seguía siendo fuerza. El candado cedió, la cadena cayó y empujé la puerta con el hombro.

11:12 Afuera estaba la rampa del estacionamiento de servicio. Me sujeté del marco y lancé el cuerpo hacia la salida, y el hombre se aferró a mi zapato. Paté hasta que el calzado se desprendió. Luego rodé por la rampa y golpeé el hombro contra la pared. Miré hacia la puerta. Él estaba en el umbral, sostenía mi zapato con una mano y mantenía la otra apoyada en el marco. Detrás de él, los dos hornos seguían abiertos. Me señaló el interior y dijo que regresaría por mí en el siguiente turno. Corrí descalzo hacia la entrada de ambulancias, con el brazo pegado al cuerpo. Dos trabajadores me encontraron junto a la caseta exterior. Uno pidió ayuda médica y el otro llamó a seguridad. Intenté explicar lo ocurrido, pero apenas podía hablar.

12:03 El operador de central llegó después y dijo que había perdido la comunicación conmigo cuando fallaron las cámaras del sótano. También explicó que el acceso principal quedó bloqueado y que el guardia enviado tuvo que esperar a mantenimiento para abrirlo. La alarma del crematorio los llevó hasta la salida de cargas. Cuando entraron, los hornos estaban apagados, aunque seguían abiertas. El archivador estaba volcado, la cerradura del archivo tenía daños, la cadena estaba rota y había sangre en el suelo. Seguridad revisó la sala de preparación, las cámaras frías, el crematorio, los pasillos, la rampa y los accesos. El cuerpo sin identificar había desaparecido y mi zapato apareció sobre el soporte del primer horno. Las cámaras dejaron de grabar desde que la mesa salió al pasillo y recuperaron la imagen cuando los empleados ya estaban dentro. El sistema de accesos registró la apertura de las puertas del archivo y del crematorio, mientras el panel de control guardó la activación. Pero ningún registro mostró quién manipuló los controles ni cómo salió el cuerpo.

13:17 Tampoco encontraron huellas ajenas al personal. Me atendieron en urgencias. Los cortes de la pierna necesitaron puntos y tuve que usar un soporte en el hombro. A la mañana siguiente, di mi declaración ante la dirección del hospital y ante la policía. Conté todo desde los primeros golpes hasta mi salida por la rampa. El operador confirmó mis llamadas. Tomás confirmó que había acomodado el brazo del cuerpo. Y Ramiro confirmó que el hombre estaba en la sala al comenzar mi turno. El hospital revisó los equipos, las cerraduras y los registros. El informe final habló de una falla de seguridad, una activación irregular de los hornos y la desaparición de un cadáver. Renuncié ese mismo día. Entregué el uniforme roto, las llaves y el radio. Después firmé la declaración del hospital.

14:11 Durante un tiempo pensé que alguna parte de la grabación podía aclarar lo sucedido. Pero el corte comenzaba antes de que el hombre saliera de la mesa y terminaba cuando todo había acabado. Solo quedaban mis llamadas a central, los accesos registrados, la activación de los hornos y las lesiones que varios empleados vieron. La policía buscó el cuerpo durante semanas, revisó hospitales, funerarias, caminos y reportes de personas desaparecidas. Nunca identificaron al hombre. Tampoco encontraron documentos, familiares ni una denuncia relacionada con él. El número de la pulsera correspondía al registro de ingreso, pero la información del accidente estaba incompleta.

14:57 El conductor de la ambulancia declaró que había recibido el cuerpo de otro equipo en la carretera y que no conocía el lugar exacto del levantamiento. La policía intentó confirmar ese traslado, pero no encontró un registro completo. El dato quedó en el expediente y no produjo otra explicación. El hospital cerró el caso meses después y reforzó los accesos del sótano. Nadie me pidió volver para identificar al hombre, porque no existía una fotografía clara de su rostro. No volví a trabajar de noche. Conservé una cicatriz en la pierna y el hombro no recuperó toda la movilidad. Algunas noches despierto después de escuchar tres golpes, separados por la misma pausa. Me levanto, reviso la puerta y permanezco despierto hasta que amanece. Nunca regresé a la morgue. Un antiguo compañero me contó que la puerta del crematorio volvió a abrirse sola semanas después, durante otro turno, aunque esa vez no había cuerpos en la sala de preparación. El hospital nunca encontró el cadáver y tampoco descubrió quién abrió las puertas del crematorio.