Jan. 24, 2026

No Abras La Ouija En Una Cena: Aprendí Eso De La Peor Forma - Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 Esa noche, mi esposo y yo invitamos a unos amigos a cenar a la casa. Fue algo simple, sin motivo especial, solo queríamos convivir. Compramos pizza, refrescos y dejamos la mesa lista con platos, servilletas y vasos. La casa estaba limpia, con la sala acomodada para que pudiéramos platicar después de comer, y el pasillo despejado hasta donde se podía, porque todavía teníamos cosas guardadas. en un cuarto que casi no abríamos. Ellos llegaron tranquilos, entraron con confianza, se sentaron, y la plática empezó normal. Éramos pocos, lo suficiente para que se sintiera cómodo y cercano. Entre ellos iba un amigo de mi esposo, al que todos ubicábamos como alguien muy metido en temas religiosos. No era escandaloso ni se la pasaba hablando de eso, pero se notaba que era su mundo, por cómo elegía las palabras y por la forma en la que se quedaba serio cuando salían ciertos temas. Ese día llegó bien, comió, se rió y contó cosas del trabajo, y se veía como siempre. Yo iba y venía de la cocina al comedor, cuidando que no faltara nada. Me acuerdo bien porque esa noche yo estaba de buen humor, y quería que todo saliera bien, como si con eso se sintiera más ligera la casa. Desde que mi suegro murió,

1:35 el ambiente se había quedado raro, no por cosas sobrenaturales, sino por lo que deja una muerte en una familia. Objetos que nadie se atreve a mover, papeles guardados, un cuarto que se vuelve bodega y que todos evitan. Ese cuarto estaba al final del pasillo. Antes había sido cuarto de mi suegro, Y luego lo dejamos así, con su closet lleno, una caja con papeles, un mueble con herramientas y un teléfono viejo de línea que seguía conectado, porque nadie se tomó el tiempo de quitarlo. Nosotros abríamos esa puerta solo para guardar algo y volver a cerrar. No era un lugar de paso. En un momento, ese amigo se levantó para servirse agua en la cocina. Yo estaba ahí acomodando platos, cuando lo vi apoyarse en la barra.

2:27 Primero se quedó quieto, luego se llevó una mano al estómago y me dijo que le había dado un mareo fuerte, que sentía náuseas y que necesitaba recostarse un rato. Se disculpó con seriedad como apenado por arruinar el plan. Se le veía la cara pálida y el sudor en la frente, como cuando a alguien se le baja la presión. Le dije que podía usar el cuarto de visitas, lo llamábamos así por costumbre. pero en realidad era el cuarto que había usado mi suegro antes de morir. Mi esposo volteó a verlo con una cara rara, porque tampoco se sentía cómodo con esa habitación. Pero en ese momento lo importante era que nuestro amigo se recostara y no se desmayara ahí mismo. Mi esposo lo acompañó por el pasillo para que no se pegara con las cajas que teníamos arrimadas a la pared. Yo me quedé en la cocina, escuchando cómo se alejaban los pasos y luego el sonido de la puerta al cerrarse. Regresé a la mesa porque los demás seguían comiendo y hablando. Yo intenté mantener la normalidad, serví otra rebanada, ofrecí más refresco y pregunté si querían salsa.

3:41 Al principio pensé que se le iba a pasar y ya, como esos malestares que llegan de golpe y luego se van. Pasaron unos minutos y empecé a notar que la conversación se fue apagando. La gente volteaba hacia el pasillo sin decirlo de frente. Yo también volteé, porque se escuchaban pasos dentro del cuarto. Eran pasos repetidos, de un lado a otro, marcados, como si estuviera caminando pegado a la pared y luego regresara. El sonido era claro, no era un rechinido de cama ni un mueble moviéndose. Los pasos siguieron con el mismo ritmo, y eso me puso nerviosa porque alguien mareado suele quedarse acostado.

4:24 Mi esposo se levantó una vez para ir a ver, pero en ese momento los pasos pararon, y él se quedó ahí de pie, dudando. Volvió a sentarse como si no quisiera abrir esa puerta. Después escuché una risa desde adentro, pero no fue una risa leve, fue una risa larga y pesada, como salida desde muy abajo. con una vibración rara que no le quedaba a nuestro amigo. Me quedé con un plato en la mano y se me helaron los dedos. La risa volvió a salir, más fuerte, y a mí se me erizó la piel de los brazos. Sentí el estómago apretado, como cuando algo te alerta y todavía no entiendes qué es. Dejé lo que traía en la mesa y caminé al pasillo. La luz del pasillo estaba prendida y ese pasillo se me hizo más largo de lo normal. y escuché su respiración rápida y entre esa respiración soltó un sonido ronco como si le raspara la garganta eso me terminó de sacar de balance porque ese sonido no era de alguien con náuseas era de alguien que estaba forzando la voz o el aire yo no me animé a entrar sola volteé a ver a mi esposo y le pedí que fuera conmigo él se levantó sin discutir con la cara seria y caminó al cuarto Los demás se quedaron sentados mirándonos, sin saber qué hacer.

5:50 Mi esposo llegó a la puerta y la abrió de golpe, como para cortar lo que estaba pasando. Prendió la luz del cuarto. Yo me quedé detrás, viendo desde el marco. Nuestro amigo estaba de pie, caminando de un lado a otro con la espalda tensa. Tenía la cara sudada y la mandíbula apretada, como si estuviera conteniendo algo. Cuando volteó hacia nosotros, los ojos se le fueron hacia arriba y se le veían blancos. Se quedó así, sosteniendo esa mirada fija, con la cara dura, sin parpadear como lo hace una persona normal cuando está nerviosa. Volvió a soltar esa risa, y después la risa se cortó y salió un gruñido directo, corto, como si le saliera sin control. Mi esposo dio un paso adentro y le habló fuerte para que se calmara.

6:38 Yo sentí miedo de verdad. Un miedo que me dejó el cuerpo duro y la mente rápida, pensando qué hacer si se nos iba encima o si se caía. Me quedé agarrada del marco de la puerta, mirando su cara, tratando de reconocerlo, y lo único que vi fue a alguien parado en el cuarto de mi suegro, moviéndose como si ese lugar le perteneciera. Ahí se me pasó por la cabeza que esa noche no iba a terminar como una simple cena, Mi esposo se quedó adentro tratando de controlarlo. Yo me quedé en el pasillo pegada a la pared, escuchando. Desde ahí se oía su respiración, el roce de sus pasos contra el piso y esa risa que salía a ratos como si le diera por partes. La voz del amigo salió rara, áspera, con palabras cortas, como si le costara acomodar la lengua. No hablaba como él, no hacía bromas ni respondía con coherencia, soltaba sonidos sueltos. Y entre esos sonidos a veces se le escapaba una frase corta que no alcanzaba a completar. Mi esposo me hizo una seña para que me acercara. No me lo pidió con calma, me lo marcó con la mano, como urgencia. Me dijo en voz baja que estaba insistiendo en verme a mí, que me estaba llamando por mi nombre desde adentro y que no quería hablar con nadie más. Yo no quería entrar, sentía el cuerpo frío, como si ya supiera que, si cruzaba esa puerta, iba a haber algo que no se

8:08 me iba a borrar. Aún así entré, porque mi esposo estaba ahí, y porque pensé que tal vez era un ataque raro, un desmayo, algo que se acomodaba con una voz conocida. Entré con cuidado, sin acercarme demasiado. La luz estaba prendida y el cuarto se veía peor con esa luz. porque mostraba lo que casi nunca queríamos mirar. Ropa de mi suegro todavía colgada, cajas en el piso, papeles apilados, el teléfono viejo sobre una mesa y un olor cerrado de cuarto guardado. Nuestro amigo estaba de pie cerca de la cama, caminando de un lado a otro con las manos tensas, como si no supiera qué hacer con su propio cuerpo. En cuanto me vio, dejó de caminar. Se quedó frente a mí, muy cerca, y la respiración le sonaba pesada. No era respiración de alguien con náuseas, era respiración como de esfuerzo, como si tuviera el pecho apretado.

9:07 Hizo dos gruñidos cortos, directos, como si se estuviera acomodando el aire en la garganta. Después dijo una frase con claridad, con una voz que no era la suya. Afirmó que esa casa era su casa. Y no lo dijo como comentario, lo dijo como reclamando algo, como si estuviera marcando territorio. Mi esposo se metió un poco entre los dos, pero nuestro amigo no lo miraba, me miraba a mí. Su cara estaba dura, sin gesto de vergüenza ni de confusión. La mirada se quedaba fija, con los ojos todavía volteados de forma extraña, como si estuviera viendo otra cosa por encima de nosotros. Yo sentí un miedo directo, como un golpe en el estómago, porque esa seguridad no era normal.

9:56 No era un enfermo asustado. Era alguien parado en mi casa, diciendo una frase que tenía peso. Mi esposo le dijo que se calmara, que se sentara y que respirara, pero nuestro amigo no obedeció. Bajó la cabeza despacio y se arrodilló. Me tomó los pies con las manos y me los besó varias veces. rápido uno y otro como una repetición mecánica yo me quise jalar pero me quedé tiesa como si mi cuerpo tardara en reaccionar mi esposo lo agarró de los hombros para apartarlo y en ese mismo movimiento el amigo subió una mano y la puso sobre mi abdomen con presión firme como marcando un punto no me lastimó pero la forma en que lo hizo fue directa como si supiera exactamente dónde ponerla y por qué Yo di un paso atrás, intentando soltarme, pero él se acomodó de rodillas y separó las manos, movió los brazos como si cargara a un bebé, pegándolo al pecho y meciéndolo despacio.

11:01 No fue un gesto tierno, fue un gesto serio, como una demostración, como si me estuviera enseñándonos algo que él veía como hecho. Mi garganta se cerró, me costó tragar saliva. Mi esposo estaba pálido, viéndolo sin entender, con la mandíbula apretada y los ojos abiertos, como si tratara de decidir si lo golpeaba para quitarlo o si eso lo iba a empeorar. En ese instante sonó el teléfono del cuarto, no un celular, el teléfono viejo de línea, el que casi no usábamos. Sonó fuerte con un timbre largo. El ruido fue tan directo que los tres nos quedamos fijos un segundo. Fue como si ese sonido metiera una pausa obligatoria.

11:45 El amigo se quedó congelado con los brazos en el aire. Mi esposo reaccionó primero y agarró el auricular. Contestó y escuché la voz de mi suegra del otro lado. Hablaba rápido, nerviosa, preguntando por unos papeles de la casa, porque le habían pedido un dato del predial y no encontraba un recibo. No era una llamada de emergencia, era una llamada común. pero llegó en el momento exacto. Mi esposo le respondió cortado, tratando de no alterarla, diciéndole que luego lo veían, y colgó. Cuando colgó, el cuarto ya no era el mismo. Nuestro amigo bajó los brazos y parpadeó varias veces como si regresara.

12:29 Se llevó una mano a la frente y se sentó en la orilla de la cama. Se veía agotado, sudado, con la cara tensa, como alguien que despierta después de un golpe. preguntó qué estaba pasando y por qué estaba en ese cuarto lo dijo con una voz normal con confusión real se le quebró la voz pero no de drama se le quebró por desconcierto como si de verdad no supiera en qué momento todo se salió de control yo me salí del cuarto porque me temblaban las piernas sentía las manos frías y un zumbido en los oídos llegué a la sala y vi a los demás sentados con los ojos puestos en el pasillo, esperando una explicación.

13:10 No me puse a explicar y les pedí que se fueran. Les dije que había un problema serio y que necesitábamos estar solos. Se levantaron rápido, recogiendo como podían, con la cara asustada. Uno preguntó si llamábamos a una ambulancia y yo solo le dije que luego les avisábamos que se fueran ya. En cuestión de minutos mi casa se quedó vacía. Se escuchó la puerta de la calle cerrarse Se quedaron los vasos a medias, la caja de pizza abierta en la mesa y el cuarto al final del pasillo con la luz prendida. Yo me quedé parada en medio de la sala sintiendo que esa noche ya no era una cena y que lo que acababa de ver se me iba a quedar pegado por mucho tiempo. Cuando la casa quedó sola, regresé al cuarto con mi esposo. El pasillo seguía con la luz prendida y la puerta del cuarto estaba abierta. Desde ahí se alcanzaba a ver la cama desordenada, el mueble con herramientas y el teléfono de línea sobre la mesa, ya colgado. Me quedé un segundo en el marco porque todavía traía el cuerpo tenso, como si mi mente esperara que volviera a pasar algo en cuanto entrara.

14:22 Nuestro amigo estaba sentado en la orilla de la cama, sudando con la mirada normal. Tenía la cara pálida y la respiración más tranquila, pero se le notaba el cansancio. Se tocaba la frente como si le doliera la cabeza y, cuando me vio, bajó la vista y pidió agua. Mi esposo le llevó un vaso desde la cocina y él lo agarró con las manos temblorosas. Dijo que solo recordaba el mareo en la cocina y luego un vacío, como si se hubiera dormido sin querer. Lo explicó con palabras simples. Nos dijo que sintió una presión fuerte en la nuca, que se le cerró el estómago. y que lo último que recuerda es haberse apoyado en la barra para no caerse.

15:06 Después de eso, nada. No recordaba la risa, no recordaba la frase, y no recordaba lo que hizo conmigo. Lo decía con una cara de miedo real, porque se daba cuenta de que nosotros lo estábamos mirando como a otra persona. Mi esposo se sentó frente a él y le dijo lo básico. Le mencionó que había hablado raro, que había dicho lo de la casa. y que había hecho cosas que nos asustaron. No se lo dijo para humillarlo, se lo dijo para que entendiera por qué todos se fueron y por qué yo no podía ni acercarme. Nuestro amigo se tapó la cara con las manos, respiró hondo y pidió perdón. Preguntó si había lastimado a alguien y nos preguntó si me había golpeado o si me había hecho daño.

15:53 Cuando mi esposo le dijo que no, que no fue un golpe sino otra cosa, Él se quedó en silencio un momento, como procesándolo. Yo le dije lo que pude, sin meterle adornos. Le dije que se arrodilló, que me besó los pies, que puso la mano en mi abdomen y que movió los brazos como cargando a un bebé. En cuanto escuchó eso, se le llenaron los ojos de lágrimas. Pero no se puso a llorar como drama. Se le notó el miedo y la vergüenza juntos. Dijo que eso no era él, que jamás haría algo así y que no entendía cómo su cuerpo pudo hacer algo así. Se levantó de golpe y se mareó otra vez, y mi esposo lo sostuvo para que no se fuera al piso.

16:35 En ese momento entendimos que no estaba actuando, y el cuerpo se le estaba viniendo abajo. No lo dejamos irse solo. Mi esposo lo llevó a su casa, pero yo no quise subirme al carro. Me quedé en la sala porque no tenía fuerza para salir. Me quedé ahí, viendo la mesa todavía con la caja de pizza abierta. Los vasos a medias, el cuarto al fondo con la luz prendida, y el pasillo con sombras largas. No apagué nada en ese momento. Me quedé sentada con las manos apretadas en las piernas, sintiendo que la casa ya no se sentía como mi casa. Esa noche no dormí. Me acosté, cerré los ojos, y me regresaba la risa como si la tuviera en el oído. Cada vez que intentaba respirar despacio, me acordaba de la cara dura, de los ojos volteados y de la frase. Me levanté varias veces a revisar el pasillo. Me asomé al reconocer el cuarto y lo vi igual, con las cosas de mi suegro colgadas, como si ese lugar hubiera absorbido lo que pasó. Mi esposo llegó tarde y cansado. Se acostó conmigo y me dijo que nuestro amigo se quedó dormido en el sillón de su casa. que su esposa lo cuidó y que estaban asustados también. En los días siguientes, mi esposo y yo tomamos decisiones claras. Quitamos el teléfono de línea, lo desconectamos desde la pared y lo guardamos en una caja. Revisamos

18:09 la instalación porque a mí me molestaba que ese timbre hubiera sonado justo en ese momento y no quise seguirlo escuchando nunca más. Después vaciamos ese cuarto. Lo hicimos temprano, con luz de día, con bolsas grandes, cajas y cinta. Sacamos la ropa de mi suegro, los papeles y las herramientas, todo. Lo hicimos porque ese cuarto se convirtió en el centro del miedo y porque ya no queríamos seguir viviendo con cosas guardadas de alguien que ya no estaba. Mi esposo guardó lo importante en una caja y lo demás lo repartimos o lo tiramos. Barrimos, trapeamos, movimos el mueble y dejamos ese cuarto vacío. Nuestro amigo nos buscó después. Llegó de día, tocó la puerta y se quedó en la entrada sin dar un paso adentro. Traía la cara cansada y se disculpó otra vez. Nos dijo que desde esa noche había tenido pesadillas y que le daba miedo quedarse solo.

19:10 Dijo que sentía que se le juntaban pensamientos feos cuando se quedaba en silencio. Su esposa lo estaba acompañando más de lo normal y estaba tratando de entender qué le pasó. Me dijo que habló con un sacerdote. No llegó a decirme que lo curaron ni que ya estaba bien. Solo me dijo que le recomendaron oración, descanso y que no se metiera en cosas que lo alteraran. Yo lo escuché, pero puse un límite claro. Le dije que yo no quería que volviera a entrar a mi casa y que tampoco quería volver a juntarnos como si nada. Lo entendió y no discutió. Pasó un mes y yo me sentí mal varios días seguidos. No fue un malestar exagerado, fue una sensación constante de cansancio, náusea por las mañanas y una molestia en el estómago que no se iba. Me hice una prueba en el baño y salió positiva. Me quedé sentada con la prueba en la mano, viendo la pared, y me acordé de su mano en mi abdomen y del gesto de cargar al bebé. Sentí un escalofrío que me subió desde las piernas hasta el pecho, pero no le hablé a nadie en ese momento. Me quedé callada, procesándolo sola. Cuando se lo conté a mi esposo, se le cambió la cara. No dijo nada bonito. Solo se quedó serio porque a los dos nos pegó la coincidencia como un golpe fuerte. Me abrazó y me dijo que no iba a dejar que nada nos pasara, pero yo ya no quería promesas, yo quería un cierre real. Con

20:43 el embarazo, ese recuerdo se volvió más pesado, pero también me obligó a tomar una decisión. Mi esposo y yo decidimos mudarnos, pero no fue por impulso. Lo planeamos, juntamos dinero, buscamos opciones y lo hicimos. Esa casa se vendió después, no volvimos a reunirnos ahí. No volvimos a usar ese cuarto para nada y nuestro amigo nunca volvió a cruzar esa puerta. Mi hijo nació bien y en nuestra nueva casa no pasó nada parecido. No hubo más episodios, no hubo más risas demoníacas. Lo que se quedó fue el miedo como marca y la certeza de que esa noche vi a un hombre decir cosas y hacer cosas que no eran de él. Esa escena se terminó ahí. Yo cerré esa puerta en mi vida y no volví a abrirla.