Mi Última Noche Como Guardia: El Informe Que Nadie Quiso Firmar
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0:05 Cuidar un taller de locomotoras viejo es caminar entre toneladas de metal frÃo. A las 3 y 15 de la mañana, escuché el golpe seco de un martillo contra el acero desde la fosa de mantenimiento, debajo de uno de los vagones oxidados. Esa noche, yo era el único guardia dentro del taller, y según el registro, todos los trabajadores ya habÃan salido. Asà que, cuando el golpe volvió a sonar unos segundos después... Dejé de pensar que alguna pieza se habÃa soltado. Esperé un poco. Escuché otro impacto en el mismo lugar y entendà que alguien estaba trabajando debajo del vagón.
0:45 Revisé la hoja de acceso otra vez. Confirmé que no quedaba nadie autorizado. Tomé la lámpara y salà de la caseta. Mi primera idea fue sencilla. Algún mecánico se habÃa quedado sin avisar o alguien habÃa registrado mal su salida. Mientras avanzaba hacia la vÃa, los golpes continuaron con el mismo ritmo. Llegué a la fosa, me quedé arriba y apunté la lámpara hacia abajo. Primero vi unas botas, después un overol azul y al final a un hombre alto frente a una de las ruedas del vagón. SostenÃa un mazo de hierro con las dos manos, lo levantaba, golpeaba la rueda y esperaba unos segundos antes de repetir. No lo reconocÃ.
1:30 Yo conocÃa a la gente que solÃa quedarse después del turno y aquel hombre no era uno de ellos. Pensé que podÃa pertenecer a otra cuadrilla, pero de cualquier forma tenÃa que haberse registrado antes de entrar. Tampoco iba a bajar mientras siguiera con el mazo en las manos, de modo que me quedé arriba y le pregunté quién era, pero no respondió. Lo primero que me llamó la atención fue el overall, completamente limpio. En esa fosa todo terminaba manchado de grasa o polvo, incluso después de unos minutos, y él no tenÃa una sola marca visible. Le pedà que dejara la herramienta y me mostrara su identificación. Siguió frente a la rueda sin responder ni voltear. Le repetà que no habÃa nadie autorizado para trabajar a esa hora y que necesitaba saber su nombre. Entonces bajó el mazo y se quedó quieto. Yo seguÃa apuntándolo con la lámpara, esperando que sacara un gafete o dijera algo, pero no hizo ninguna de las dos cosas. Volvà a preguntarle quién era.
2:39 Esta vez soltó la herramienta. El hierro cayó al piso de la fosa con un golpe fuerte y después el hombre levantó la cabeza. Su cara no tenÃa nada fuera de lo común, pero lo que me hizo detenerme fueron los ojos. Cuando la luz le dio de frente, los dos reflejaron un brillo verde. Pensé que podÃa llevar lentes, aunque no tenÃa nada en la cara. Bajé la lámpara y volvà a apuntarle, pero el reflejo apareció otra vez. No era un destello breve, permanecÃa mientras la luz le daba directamente. En ese momento no pensé en algo sobrenatural.
3:20 Pensé que podÃa estar drogado, alterado o tener algún problema y que lo mejor era mantener distancia. Le pedà una vez más que se identificara, pero no contestó ni hizo ningún gesto. Giró el cuerpo y caminó hacia la escalera. Le ordené que se quedara abajo. Puso una mano en el pasamanos y apoyó un pie en el primer escalón. Le advertà que no subiera y que iba a pedir apoyo, pero siguió avanzando. Retrocedà un paso y él subió otro. Volvà a darle la orden, esta vez más fuerte, pero no me respondió. Hasta entonces se habÃa movido despacio y de repente agarró el pasamanos con las dos manos y empezó a subir mucho más rápido. Las botas golpearon el metal una detrás de otra y entendà que venÃa directo hacia mÃ. Me di vuelta y corrÃ. Escuché los últimos golpes en la escalera, Y unos segundos después, el sonido cambió.
4:21 Ya estaba arriba. Saqué el radio mientras corrÃa e intenté comunicarme, pero nadie respondió. Volvà a llamar sin detenerme y solo escuché estática. No miré hacia atrás hasta que pasé uno de los vagones. Y cuando lo hice, el hombre estaba en el andén, detrás de mÃ. No corrÃa, avanzaba rápido y mantenÃa la vista fija en mÃ. Yo seguà corriendo, pero la distancia no aumentaba. y eso me hizo acelerar. Levanté la lámpara y se la apunté a la cara una vez más, y sus ojos devolvieron el mismo brillo verde. A esas alturas ya no querÃa saber quién era ni qué hacÃa en la fosa, solo querÃa llegar a la caseta antes que él. Seguà corriendo sin volver a hablarle.
5:07 No tenÃa sentido enfrentarme con alguien que no obedecÃa ninguna orden, que habÃa estado dentro del taller sin registrarse y que podÃa llevar otra herramienta encima Mientras avanzaba, apreté varias veces el botón del radio, pero seguÃa sin respuesta. La caseta estaba adelante y sabÃa que podÃa asegurar la puerta desde dentro, y esa era mi única ventaja. Llegué, entré y cerré. Puse el seguro, aseguré los candados y me quedé unos segundos con la espalda contra la puerta, tratando de escuchar. TenÃa la respiración agitada por la carrera, asà que la contuve para distinguir cualquier ruido afuera. Al principio no oà nada.
5:52 Pensé que podÃa haberse detenido antes de llegar o haberse quedado entre los vagones. Saqué el celular y revisé la señal, pero no tenÃa servicio dentro del taller. Me acerqué a la ventana para intentarlo otra vez y levanté el teléfono buscando cobertura, pero no alcancé a marcar. Afuera sonó una pisada y después otra, pero más cerca de la puerta. Bajé el teléfono y me quedé inmóvil escuchando. El hombre ya habÃa llegado a la caseta. La primera pisada sonó frente a la ventana y la siguiente cerca de la puerta. Apagué la lámpara y me aparté del vidrio, dejando la caseta a oscuras. Revisé el celular, pero seguÃa sin servicio, asà que lo levanté unos segundos junto a la ventana.
6:41 mientras trataba de ubicarlo por el ruido afuera quedó todo en silencio no sabÃa si estaba frente a la entrada o junto a la pared y no quise asomarme para comprobarlo poco después volvieron las pisadas empezó a rodear la caseta pasaba frente a la puerta seguÃa por un costado y regresaba por el otro no tocaba no movÃa la manija y tampoco decÃa nada solo daba vueltas alrededor TenÃa el teléfono en una mano y el radio en la otra. Cambié de canal, pedà apoyo y reporté que habÃa una persona sin identificar dentro del taller. La respuesta fue estática. Probé otra frecuencia y no conseguà contacto. Entonces bajé el volumen y me quedé atento. Las pisadas siguieron unos segundos más hasta que se detuvieron justo debajo de la ventana.
7:33 yo permanecà lejos del vidrio entonces oà un roce lento sobre la lámina exterior primero corto y después más largo no vi que lo produjo y no intenté averiguarlo me limité a retroceder hacia el otro lado de la caseta y a mantener la vista en la puerta el celular recuperó una barra de cobertura le marqué al encargado del turno la llamada empezó a salir y se cortó antes de conectar volvà a intentarlo y pasó lo mismo Mientras miraba la pantalla, el roce apareció otra vez junto a la ventana, más cerca que antes. Levanté la cabeza y esperé. No hubo voz ni golpe, solo ese contacto sobre el metal y luego tres pasos hacia la entrada. Se detuvo frente a la puerta. Yo miré el seguro y los candados, esperando que moviera la manija o empujara desde afuera. Durante varios segundos no ocurrió nada y pensé que quizá se habÃa apartado. pero no tuve tiempo de comprobarlo. El golpe llegó de frente y hundió la puerta hacia adentro. El metal tronó, los candados aguantaron y yo retrocedà hasta la pared.
8:43 No vi con qué golpeó, solo vi la lámina doblarse en el centro. Me quedé inmóvil esperando otro impacto, pero no llegó y tampoco volvió a tocar la entrada. Solo escuché una risa demonÃaca y burlona. Contuve la respiración para distinguir cualquier movimiento del otro lado, pero ya no habÃa pasos, roces ni voces. El silencio fue inmediato. Mientras daba vueltas alrededor de la caseta, yo podÃa seguir su posición por el ruido, pero después del golpe y de la risa, dejé de saber en dónde estaba. Me mantuve alejado de la puerta y volvà a revisar el teléfono. La cobertura habÃa desaparecido. No me acerqué a la ventana para buscarla.
9:28 porque unos minutos antes se habÃa detenido justo ahÃ. Probé el radio varias veces con el volumen bajo y nadie respondió. A esa hora no habÃa personal dentro del taller y el relevo no llegarÃa hasta la mañana, asà que decidà no salir. SeguÃa buscando una explicación concreta. PodÃa haberse metido antes de mi turno, esconderse entre los vagones o haber encontrado una entrada que yo no hubiera visto. También podÃa estar drogado o alterado, pero... ninguna de esas posibilidades cambiaba lo que tenÃa que hacer la puerta estaba cerrada y yo iba a mantenerla asà me senté en el piso fuera de la lÃnea de la ventana con la lámpara apagada y el radio a un lado cada cierto tiempo me levantaba para escuchar pero afuera ya no habÃa movimiento El celular recuperaba cobertura durante unos segundos y volvÃa a perderla, asà que intenté otras llamadas sin éxito. En una ocasión percibà un ruido lejos de la caseta, pero no pude identificarlo y no me movÃ. No querÃa abrir por curiosidad ni salir a revisar. Después del golpe y de la risa, cualquier cosa que ocurriera afuera podÃa esperar hasta que llegara más gente. Con el paso del tiempo, empezó a entrar claridad por la ventana. Ya podÃa distinguir mejor la puerta deformada y parte del interior de la caseta, pero seguà esperando hasta que oà un vehÃculo en el patio, luego
11:00 voces conocidas. Me acerqué al vidrio y vi a dos compañeros del turno de la mañana entrando al taller. Les grité que se detuvieran y les pregunté si habÃan visto a alguien afuera. Dijeron que no. Antes de abrir, les pedà que revisaran alrededor de la caseta. Uno pasó por un costado, mientras el otro se quedó frente a la entrada. Rodearon el lugar, miraron hacia los vagones y regresaron sin encontrar a nadie. Entonces quité el primer candado, después el segundo y traté de abrir, pero la puerta se habÃa doblado con el golpe y quedó atorada contra el marco, asà que tuve que empujarla varias veces hasta conseguir moverla.
11:41 Salà todavÃa con la lámpara en la mano. Uno de los guardias me preguntó qué habÃa pasado, pero antes de contestarle miré la puerta desde afuera. La abolladura era más profunda de lo que habÃa visto desde dentro, y en el centro habÃa una marca que no habÃa notado durante la noche. Me acerqué un poco más y la forma era clara. Una palma y cinco dedos impresos sobre la pintura, pero no habÃa grasa ni lodo alrededor. La superficie estaba oscurecida exactamente en la zona de la marca y la pintura se habÃa levantado en algunos puntos. Ninguno de los tres tocó la puerta al principio. Nos quedamos mirándola en silencio, tratando de entender qué podÃa haber dejado una impresión asÃ, después de un solo golpe. Era la marca completa de una mano humana y la pintura alrededor estaba quemada. Me acerqué a la puerta sin tocar la marca. Los otros dos guardias hicieron lo mismo. y durante unos segundos ninguno dijo nada. Se distinguÃan la palma y los cinco dedos, mientras la pintura alrededor estaba oscurecida y levantada en algunos puntos.
12:51 Uno de ellos me preguntó si habÃa visto al intruso golpear con la mano. Le dije que no, que yo estaba apartado cuando ocurrió, y solo habÃa escuchado el impacto antes de ver la puerta hundida desde dentro, y que después vino la risa demonÃaca. Revisamos la superficie sin acercar las manos y después miramos alrededor de la caseta, buscando algo que pudiera explicar la marca. Uno de mis compañeros caminó hacia la ventana y se detuvo. Me llamó para que fuera hasta ahÃ. Debajo habÃa dos impresiones profundas en el suelo, colocadas una junto a la otra y orientadas hacia la pared. Me agaché para verlas mejor. No eran huellas de botas y tampoco correspondÃan a las patas de un perro. cada una estaba dividida al frente con dos partes bien marcadas eran huellas de pezuña revisamos el terreno alrededor primero junto a la caseta y después unos metros hacia el patio pero no encontramos una lÃnea que llegara hasta ese punto ni marcas que continuaran en otra dirección solo estaban esas dos debajo de la ventana recordé en donde se habÃan detenido las pisadas durante la noche y era ese mismo lugar También habÃa escuchado el roce sobre la lámina desde ahÃ, aunque en ese momento no comenté nada y preferà seguir revisando. Uno de los guardias me preguntó otra vez cómo era el sujeto. Le dije que era alto, llevaba un overall azul completamente limpio y no
14:24 tenÃa identificación visible. No añadà nada más. Los tres fuimos hacia el vagón porque querÃa comprobar si el mazo seguÃa dentro de la fosa. No quise ir delante ni quedarme atrás. Caminamos juntos hasta la vÃa y cuando llegamos alumbramos hacia abajo. El mazo seguÃa en el piso donde lo habÃa visto caer. Uno de mis compañeros bajó mientras nosotros permanecÃamos arriba. Revisó alrededor de la rueda el fondo de la fosa y el acceso de la escalera, pero no encontró a nadie. Tampoco vio ropa, herramientas ni pertenencias. que indicaran que algún trabajador hubiera estado instalado ahà durante horas. Después levantó el mazo para revisarlo y volvió a dejarlo en el suelo.
15:09 Ver la herramienta ahà me quitó una duda, que habÃa empezado a aparecer mientras estaba encerrado. Yo podÃa equivocarme con un sonido o confundir una distancia en medio de la tensión, pero ese mazo estaba en el mismo sitio en donde lo habÃa visto caer. La puerta seguÃa hundida, la mano estaba marcada sobre la pintura, y debajo de la ventana habÃamos encontrado aquellas dos impresiones. Eran cosas concretas, y visibles para los tres. Regresamos a la caseta y revisamos la hoja de acceso. Todos los trabajadores figuraban como retirados, y nadie tenÃa autorización para permanecer dentro durante mi turno. Cuando llegó el encargado, le contamos lo ocurrido y le mostramos primero la puerta, después las huellas y al final, la fosa.
16:01 Pensó que podÃa tratarse de un intruso que habÃa entrado a robar, asà que revisó si faltaban herramientas, equipo o piezas, pero no encontró ninguna ausencia. También revisamos las entradas. No habÃa puertas forzadas, candados rotos ni daños visibles. Eso no descartaba que alguien hubiera encontrado otra forma de entrar, pero tampoco encontramos un punto claro por donde hubiera pasado. El encargado tomó fotografÃas de la caseta y del suelo. Luego me pidió que hiciera un reporte por escrito antes de irme. Me senté y anoté únicamente lo que podÃa afirmar. escribà que habÃa localizado a un hombre sin identificar dentro de la fosa que le pedà su credencial que no respondió y que avanzó hacia la escalera también anoté que corrÃa hasta la caseta cerré la puerta y más tarde escuché un golpe desde afuera y justo después una risa burlona al final incluà la marca de la mano y las dos huellas encontradas durante la mañana No escribà que habÃa visto al diablo, ni intenté explicar qué era aquel hombre.
17:11 No tenÃa forma de probarlo, y tampoco querÃa convertir el reporte en algo que pudiera tomarse como una exageración. Cuando terminé, el encargado me preguntó si iba a presentarme al siguiente turno. Le dije que no. Primero pensó que necesitaba descansar, y luego me ofreció moverme a otra zona durante unos dÃas, pero volvà a negarme. Entregué el radio, las llaves y el resto del equipo. Ya habÃa tomado la decisión antes de sentarme a escribir. Antes de salir, pasé una última vez frente a la caseta. La puerta seguÃa hundida y la marca permanecÃa en el centro. Fui hasta la ventana y miré las dos huellas desde arriba. SeguÃan ahÃ, separadas del resto del terreno, sin un rastro que explicara de dónde venÃan o hacia dónde habÃan continuado. Me fui esa mañana y no regresé. Tiempo después, hablé con uno de los hombres que seguÃa trabajando en el taller. Me dijo que habÃan cambiado la puerta y que todo continuó funcionando con normalidad. También me confirmó que nunca identificaron al intruso.
18:19 No le pregunté más. Con los años, he repasado muchas veces aquella madrugada y siempre termino en los mismos hechos. Vi a un hombre trabajando dentro de una fosa cuando el taller debÃa estar vacÃo. le pedà que se identificara y no me respondió sus ojos reflejaron un brillo verde cuando les dio la luz después subió hacia mà me siguió hasta la caseta y golpeó la puerta desde afuera para después reÃrse de manera burlona con un sonido que sólo puedo describir como demonÃaco a la mañana siguiente quedaron una mano quemada sobre el metal y dos huellas de pezuña debajo de la ventana entregué el uniforme ese mismo dÃa y nunca volvà a trabajar en esa zona industrial.
19:13 En las fábricas de aceite que llevan años fuera de operación, uno termina acostumbrándose al olor de la grasa vieja que se queda en la ropa. Yo pensaba que eso era lo peor del turno nocturno, hasta que una noche abrà el tablero eléctrico principal. y encontré dentro un nido hecho con cabello humano, amarrado con alambre negro y lleno de dientes de leche. Yo trabajaba como guardia nocturno en una aceitera que llevaba varios años sin producir, aunque la empresa todavÃa conservaba el lugar y mantenÃa personal durante el dÃa. Entraban algunos trabajadores de mantenimiento, gente de oficina y Verónica, la encargada de limpieza. Por la noche nos quedábamos tres guardias, cada uno cubriendo una zona distinta. Aquella vez yo estaba haciendo mi recorrido cuando las luces del patio comenzaron a fallar.
20:08 No era raro que hubiera problemas eléctricos, asà que fui al tablero principal pensando en un contacto flojo. Abrà el registro, metà la linterna y vi cables, polvo y suciedad. Detrás del cableado habÃa algo atorado. Al principio lo tomé por basura, pero cuando acerqué la luz vi que estaba hecho de mechones oscuros. HabÃan enrollado el pelo hasta formar un bulto pequeño, sujeto con alambre negro. En el centro habÃa pedazos de tela, botones y varios dientes pequeños. Los miré de cerca y reconocà dientes de leche. Me quedé quieto unos segundos porque no entendÃa qué hacÃa aquello. Dentro de un tablero que solo abrÃa personal de la planta. Fui por unas pinzas y regresé. No querÃa meter la mano entre los cables ni tocar el objeto directamente. Lo saqué con cuidado y al moverlo uno de los mechones se soltó. Era largo, negro y grueso, con una franja más clara cerca de una de las puntas. Pensé en Verónica. Ella llevaba el pelo casi hasta la cintura, y desde hacÃa poco tenÃa una sección teñida de un tono más claro. No podÃa afirmar que fuera suyo, pero el detalle se me quedó en la cabeza. Guardé todo en una bolsa para enseñárselo al supervisor y revisé la falla de las luces. Encontré el problema, lo corregà y cerré el tablero. Lo que sà tenÃa claro era que alguien habÃa abierto ese registro
21:40 para meter aquello dentro, por el lugar donde estaba, pues no podÃa haber terminado ahà por accidente. Después caminé hacia la oficina en donde guardábamos la bitácora, para dejar anotada la falla y el hallazgo. Antes de llegar, escuché un sonido dentro del edificio administrativo. Me detuve y presté atención. Volvió a escucharse. VenÃa del segundo piso y sonaba unas tijeras cortando algo duro. Llamé por radio al guardia de la entrada y le pregunté si habÃa dejado pasar a alguien. Me dijo que no. El tercer compañero estaba revisando otra parte de la planta, asà que les avisé que iba a subir y que estuvieran pendientes. En ese piso estaba el archivo de personal, donde todavÃa se guardaban expedientes de empleados actuales y antiguos, Entré al edificio, crucé la planta baja y subÃ. Al acercarme al pasillo, el sonido se distinguÃa mejor. VenÃa del archivo. La puerta estaba casi cerrada y habÃa luz adentro. Apagué mi linterna antes de acercarme.
22:46 A pocos pasos de la puerta, escuché otra cosa. Alguien estaba masticando. Me acerqué lo suficiente para mirar por la abertura y vi a Verónica sentada en el piso, rodeada de carpetas. La reconocà primero por el pelo y luego por la ropa de trabajo. TenÃa unas tijeras grandes de jardinero y estaba cortando documentos. Al principio pensé que podÃa estar retirando papelerÃa vieja, pero enseguida vi que seleccionaba partes concretas. AbrÃa una carpeta, revisaba las hojas y cortaba en donde aparecÃan nombres, fotografÃas, copias de identificaciones y datos personales. algunos fragmentos los dejaba en el suelo y otros los guardaba en una bolsa negra. No habÃa nadie con ella. Seguà observando desde el pasillo. Entonces tomó un pedazo de una credencial, se lo llevó a la boca, lo mordió varias veces y lo escupió sobre una hoja. Era el mismo plástico blanco con franja azul de las credenciales que usábamos los empleados.
23:50 Retrocedà y llamé a mis compañeros. Les dije que Verónica estaba dentro del archivo que estaba destruyendo expedientes y que llevaba unas tijeras grandes. El guardia de la entrada me preguntó si estaba seguro de que era ella y le respondà que sÃ. Mientras hablábamos, el sonido se detuvo. Guardé el radio, me acerqué otra vez y miré por la abertura. Verónica seguÃa en el piso, pero ahora tenÃa la cabeza girada hacia la puerta, pero no podÃa verle toda la cara. permaneció quieta unos segundos y después volvió a mover las carpetas decidà no entrar las tijeras tenÃan hojas largas y yo estaba solo y mis compañeros ya venÃan hacia el edificio asà que me quedé a unos metros atento a la puerta volvÃa a asomarme cuando escuché papeles moverse junto a ella habÃa fotografÃas recortadas varios mechones atados y pequeños objetos de uso personal Miré la bolsa transparente que llevaba conmigo y después el pelo de Verónica. El color, el grosor y la franja clara coincidÃan, aunque seguÃa sin tener forma de saber de dónde habÃa salido lo que encontré en el tablero. En ese momento dejó las carpetas, se apoyó en el suelo y se levantó. La puerta se abrió de golpe. Verónica salió al pasillo con las tijeras en una mano y la bolsa negra en la otra.
25:18 Nos quedamos frente a frente, tenÃa restos de plástico pegados en los labios y una mancha azul cerca de la boca no dijo nada y yo tampoco me acerqué hasta ese momento siempre la habÃa visto limpiando oficinas entrando a la caseta por agua o hablando con los empleados durante el dÃa esa noche estaba a pocos metros de mà con documentos ajenos dentro de una bolsa y unas tijeras de jardinero todavÃa cerradas en la mano le pedà que dejara las tijeras en el suelo y se quedara donde estaba Verónica no respondió. Mantuvo la bolsa negra en una mano y las tijeras en la otra, sin apartar la vista de mÃ. Yo conservé la distancia porque no sabÃa qué iba a hacer y no tenÃa intención de acercarme mientras siguiera sosteniendo esa herramienta. Volvà a decirle que soltara las tijeras, pero en ese momento escuchamos a uno de mis compañeros subiendo por las escaleras. Verónica giró la cabeza hacia el ruido. Miró después hacia la salida de emergencia y se echó a correr. Le grité que se detuviera, pero llegó a la puerta, la abrió y bajó antes de que pudiéramos cerrarle el paso. Mi compañero apareció en el pasillo cuando ella ya estaba fuera y los dos fuimos detrás manteniendo distancia. El tercer guardia venÃa desde otra zona de la planta y alcanzó a verla cuando cruzó el patio. Verónica siguió hasta salir del terreno, llegó a la calle y corrió hacia la avenida. durante unos segundos
26:48 todavÃa pudimos verla luego se perdió entre los vehÃculos y dejamos de seguirla llevaba las tijeras ya habÃamos pedido apoyo y ninguno de nosotros iba a salir detrás de ella sin saber hasta dónde podÃa llegar regresamos al edificio y dejamos la salida vigilada la bolsa negra habÃa quedado en el pasillo mientras dentro del archivo seguÃan las carpetas abiertas hojas cortadas y fotografÃas tiradas alrededor del lugar en donde Verónica habÃa estado sentada. Uno de mis compañeros se acercó lo suficiente para leer la etiqueta de una carpeta y encontró su nombre. Revisamos las demás sin moverlas más de lo necesario. Otra pertenecÃa al tercer guardia, y debajo de varios papeles estaba la mÃa. No habÃa expedientes abiertos del personal de mantenimiento, tampoco del supervisor ni de los trabajadores que entraban durante el dÃa. Las tres carpetas que habÃa separado correspondÃan a los tres guardias del turno nocturno ahà quedó claro que no habÃa escogido esos documentos por casualidad llamamos al supervisor le contamos lo ocurrido y nos ordenó dejar todo como estaba hasta que llegara la policÃa cuando llegaron los agentes revisaron el archivo aseguraron la bolsa negra y comenzaron a levantar los objetos que verónica habÃa dejado también les entregué la bolsa con lo que yo habÃa sacado del tablero eléctrico expliqué en dónde lo encontré y
28:20 mencioné que el cabello tenÃa caracterÃsticas similares al de verónica pero también dejé claro que yo no podÃa asegurar que fuera suyo uno de los agentes me pidió que identificara mi expediente la carpeta estaba cortada por un costado y faltaban algunas hojas adentro todavÃa estaban varios documentos que habÃa entregado al ingresar a la empresa Mi nombre completo, una copia de mi identificación, números de contacto, una dirección y los datos de familiares para emergencias. Encima de esos papeles estaba mi fotografÃa de empleado. Los dos ojos estaban quemados con un cigarro. Eran dos marcas redondas, una sobre cada ojo, hechas directamente sobre la imagen. Me quedé mirando la foto unos segundos y después revisé el resto de la carpeta.
29:10 En el expediente de uno de mis compañeros faltaba parte de la copia de su identificación y en el del otro habÃan recortado datos personales. Dentro de la bolsa que Verónica soltó encontraron fragmentos de esos mismos documentos, fotografÃas separadas de sus hojas y varios recortes doblados. Los agentes siguieron trabajando dentro del archivo mientras nosotros permanecÃamos afuera y después nos llamaron por separado para tomar nuestra declaración. George lo que habÃa visto y nada más. Expliqué que habÃa escuchado actividad en el segundo piso, que encontré a Verónica dentro del archivo cortando expedientes, que llevaba unas tijeras de jardinero, que estaba retirando fotografÃas, identificaciones y datos personales, y que después escapó por la salida de emergencia. También informé del objeto hallado en el tablero. No intenté darle un significado a los dientes, al cabello o a los demás elementos, porque no sabÃa para qué servÃan, y tampoco tenÃa pruebas para afirmar que se tratara de algún trabajo de brujerÃa.
30:16 Lo que sà estaba frente a nosotros... Eran tres expedientes seleccionados, documentos mutilados y una bolsa con información, perteneciente a los guardias que trabajábamos esa noche. Cuando terminaron de tomar nuestras declaraciones, el supervisor confirmó que Verónica ya no tenÃa autorización para entrar a la planta y que iban a cambiar las cerraduras del archivo. Le pregunté si ella tenÃa permiso para entrar ahà antes de esa noche y me respondió que no. También pregunté si alguien sabÃa que ella tuviera una copia de la llave, pero nadie pudo explicarlo. Eso me hizo pensar en todo el tiempo que llevaba trabajando con nosotros.
30:58 Verónica entraba a las oficinas para limpiar, recogÃa papeles, vaciaba botes de basura y podÃa permanecer cerca de los escritorios sin llamar la atención. HabÃa visto credenciales, nombres, fotografÃas y documentos que nosotros dejábamos a la porque nunca habÃamos tenido un motivo para desconfiar de ella. Yo mismo la habÃa visto entrar y salir de áreas en donde se guardaba información de empleados y jamás me habÃa detenido a pensar en cuánto podÃa aprender de nosotros con solo hacer su trabajo diario. Cuando salà de la planta seguÃa pensando en mi fotografÃa. no en las tijeras ni en el objeto del tablero, sino en los dos ojos quemados y en los fragmentos de mi expediente dentro de aquella bolsa. Pedà que me avisaran en cuanto supieran si la policÃa habÃa localizado a Verónica, porque no sabÃa cuánto de mi información habÃa alcanzado a sacar antes de que yo la encontrara.
31:57 Al llegar a casa, guardé el uniforme, Revisé mis documentos y llamé a uno de mis familiares porque su número aparecÃa en la hoja de contacto de mi expediente. Le dije que habÃa ocurrido un problema en el trabajo y que no diera información sobre mà a ninguna persona desconocida. No entré en detalles. Esa noche dormà poco y mantuve el teléfono cerca esperando alguna noticia. Al dÃa siguiente me llamó el supervisor y me pidió que regresara a la planta. No me explicó todo por teléfono, solamente me dijo que la policÃa habÃa ido al domicilio registrado de Verónica y que dentro de la propiedad habÃan encontrado pertenencias relacionadas con trabajadores de la aceitera. Cuando escuché eso, dejé de pensar en el archivo como un hecho aislado y entendà que todavÃa faltaba saber cuánto tiempo llevaba reuniendo cosas de los empleados.
32:54 Volvà a la planta al dÃa siguiente. El supervisor estaba con dos personas de la empresa y me explicó lo que habÃan confirmado hasta ese momento. Verónica no habÃa regresado a trabajar y la policÃa todavÃa no la localizaba. En la casa registrada a su nombre encontraron pertenencias de empleados de la aceitera, entre ellas ropa, uniformes y objetos personales que habÃan sido reportados como perdidos durante los meses anteriores. Parte de esas cosas estaba guardada dentro de la vivienda y otra parte apareció en un pozo. Algunas prendas tenÃan nombres escritos, otras conservaban etiquetas de trabajo y varias pudieron relacionarse con personas que seguÃan en la planta. Uno de mis compañeros reconoció una chamarra que habÃa perdido tiempo atrás.
33:45 También aparecieron uniformes que la empresa habÃa dado por extraviados y ropa de gente que ya no trabajaba con nosotros. Pregunté si habÃan encontrado documentos y me dijeron que sÃ. HabÃa fotografÃas, copias de identificaciones, hojas con nombres, teléfonos y otros datos de empleados. No me mostraron nada, tampoco me dieron una lista completa, pero con eso me bastó para entender que lo ocurrido en el archivo no habÃa empezado aquella noche. Verónica llevaba casi dos años entrando y saliendo de la planta. Durante ese tiempo habÃa tenido acceso diario a oficinas, escritorios, casilleros y botes de basura. PodÃa recoger papeles, mover pertenencias y permanecer cerca de documentos sin que nadie le preguntara qué estaba haciendo. Yo mismo le habÃa abierto oficinas algunas veces, cuando llegaba temprano y todavÃa no estaba el personal administrativo. Nunca me preocupó verla cerca de expedientes o escritorios, porque su trabajo consistÃa en limpiar esas áreas.
34:52 Una copia de identificación podÃa quedarse olvidada, una fotografÃa podÃa terminar entre papeles desechados y una dirección podÃa quedar escrita en cualquier formulario. Ella tenÃa tiempo para ver todo eso y también para llevarse algo sin que nadie lo notara de inmediato. Pregunté si, entre las cosas encontradas, habÃa algo mÃo. El supervisor me respondió que todavÃa no lo sabÃan. No insistÃ, porque ya sabÃa que Verónica habÃa tenido mi expediente abierto frente a ella y habÃa guardado parte de mis documentos en una bolsa. Eso era suficiente. El supervisor me explicó que la empresa iba a cambiar cerraduras, revisar accesos y limitar quién podÃa entrar al archivo. Escuché todo lo que me dijo, pero ninguna de esas medidas cambiaba mi situación.
35:44 Mi carpeta contenÃa mi nombre completo, una dirección, teléfonos de familiares, datos de contacto y una copia de mi identificación. Yo no sabÃa qué parte de esa información habÃa alcanzado a guardar. Tampoco sabÃa si habÃa fotografiado documentos antes de que yo la sorprendiera. Además, habÃa escogido las carpetas de los tres guardias que trabajábamos de noche, no las de cualquier empleado. Le pregunté directamente si ya la habÃan localizado. El supervisor me dijo que no, y con esa respuesta tomé mi decisión. Fui a la caseta, saqué mis cosas del casillero, entregué el radio, las llaves y el equipo que tenÃa asignado.
36:27 Me ofrecieron tomar unos dÃas antes de decidir si querÃa regresar, pero no acepté. Firmé mi renuncia ese mismo dÃa. Uno de mis compañeros también estaba pensando en irse, y el otro pidió que lo cambiaran de turno. Yo no querÃa volver a pasar una noche en esa planta, sabiendo que Verónica conocÃa nuestras rutinas, los accesos y la forma en que nos repartÃamos las zonas. Durante los dÃas siguientes cambié mi número de teléfono, avisé a mi familia y revisé la información que todavÃa podÃa relacionarse con la dirección que aparecÃa en mi expediente. No fui a buscar a Verónica ni intenté acercarme a su casa. Tampoco pedà ver lo que la policÃa habÃa encontrado. Preferà mantenerme fuera de todo lo que no fuera necesario. Tiempo después, supe que Verónica nunca volvió a presentarse en la empresa. También me contaron que, al revisar reportes antiguos, encontraron varias pérdidas menores que, en su momento, nadie habÃa relacionado entre sÃ. Prendas olvidadas en casilleros, fotografÃas, copias de credenciales y otros objetos personales. Algunas cosas aparecieron, otras no. Nadie podÃa asegurar que ella hubiera tomado cada objeto reportado, pero el hallazgo en su casa hizo que la empresa revisara incidentes que antes habÃa tratado como simples extravÃos.
37:54 Para mÃ, nada de eso cambió lo que habÃa visto aquella noche. Mi fotografÃa estaba dentro del expediente y tenÃa los dos ojos quemados. Mis documentos habÃan sido cortados. Parte de la información estaba dentro de la bolsa que Verónica dejó al escapar. y las carpetas de mis compañeros también habÃan sido abiertas. Nunca supe qué pasó al final con la investigación, ni si lograron determinar quién habÃa colocado el nido dentro del tablero eléctrico. Tampoco tuve una explicación sobre el cabello, los dientes, las fotografÃas y la ropa que encontraron en su casa. No podÃa afirmar que todo perteneciera a una práctica de brujerÃa, porque nadie me dio una prueba de eso. pero tampoco necesitaba una explicación para decidir que no querÃa seguir trabajando ahÃ. HabÃa suficientes hechos para preocuparme sin añadir nada. Lo que más se me quedó fue saber que Verónica habÃa tenido tiempo de reunir cosas de otros empleados sin levantar sospechas. Durante meses entró a las mismas oficinas, pasó junto a nosotros y siguió trabajando sin que nadie notara algo fuera de lo normal. Cuando la encontré en el archivo, ya habÃa separado nuestras carpetas, habÃa recortado documentos y estaba guardando información. Si yo no hubiera subido en ese momento, podÃa haber salido de la planta con todo dentro de aquella bolsa. Tal vez habrÃamos descubierto la falta de los papeles dÃas después, o quizá nadie habrÃa notado nada, hasta que alguien necesitara uno de
39:28 esos expedientes. Yo tuve la suerte de encontrarla antes de que terminara, aunque eso también significó saber exactamente qué información habÃa tenido frente a ella. Nunca volvà a trabajar en esa aceitera. Con el tiempo, dejé de preguntar si habÃan encontrado a Verónica, porque nadie me daba una respuesta distinta Lo único que supe con certeza fue que no regresó a la planta, y que en su casa habÃan encontrado pertenencias de empleados, y aunque nadie me lo dijo tal cual, yo sabÃa que era brujerÃa. Nunca averigüé para qué querÃa la ropa, las fotografÃas, el cabello o los documentos, ni quién metió aquel objeto dentro del tablero. Tampoco quise seguir buscando una explicación. Cuando renuncié, Verónica seguÃa desaparecida. y yo no tenÃa forma de saber en dónde estaba. Ella, en cambio, ya habÃa tenido en sus manos mis documentos. Quizá tenÃa ropa mÃa, y le habÃa hecho algo a mi fotografÃa.
40:31 Yo no sé de brujerÃa, pero sé que eso era. No sé cuánto tiempo más pase antes de que algo nos suceda, o en cuánto tiempo haga efecto lo que nos haga con brujerÃa. Entré a trabajar como guardia nocturno en una plaza abandonada. El lugar ya no funcionaba como centro comercial. Quedaban algunas bodegas rentadas, varias áreas cerradas, y el sistema de cámaras seguÃa encendido, porque la empresa todavÃa tenÃa que cuidar el inmueble. Mi turno era de noche y casi siempre me tocaba estar solo. Al principio no me pesó, ya habÃa trabajado turnos largos, con poco movimiento y mucho silencio. Mi trabajo era siempre el mismo, hacÃa rondines, revisaba accesos, vigilaba las cámaras y anotaba cualquier novedad en la bitácora. Las primeras noches fueron normales, el edificio estaba vacÃo, habÃa ruido de tuberÃas, láminas y cables, y no pasaba nada fuera de rutina. Yo no llegué con miedo, era una plaza cerrada, sola a esas horas. lo raro empezó varios dÃas después cada madrugada al revisar una cámara del pasillo principal veÃa a una persona cruzar de un lado al otro la imagen no era perfecta pero alcanzaba para distinguir un cuerpo caminando con paso normal entraba por un
42:01 extremo del cuadro avanzaba unos segundos y salÃa por el otro el problema empezaba justo ahà porque en cuanto salÃa de esa cámara tenÃa que aparecer en la siguiente y nunca aparecÃa La primera vez pensé en una falla del sistema, cambié de cámara de inmediato y esperé verla pasar, pero la pantalla siguiente estaba vacÃa. Revisé otra más, luego otra, y no apareció en ninguna. Salà a hacer el recorrido, revisé el pasillo completo, las puertas de servicio, las salidas de emergencia y la parte que conectaba con la zona cerrada, pero no encontré a nadie. No habÃa accesos forzados, no habÃa movimiento y no habÃa rastro de que alguien hubiera estado ahÃ. Lo anoté en la bitácora y lo dejé asÃ.
42:50 A la mañana siguiente se lo comenté al relevo. Me dijo que esos equipos a veces se trababan, que seguro habÃa sido un salto de imagen y que no me enganchara con eso. Yo también preferÃa una explicación simple. La noche siguiente pasó lo mismo. Ya estaba atento a esa cámara. La persona volvió a cruzar por el mismo punto, con el mismo ritmo y en la misma dirección. En cuanto salió del cuadro, cambié a la siguiente cámara, pero no habÃa nadie. Esta vez hice el recorrido más rápido y no encontré a nadie. A partir de ahÃ, dejé de tomarlo como algo aislado. Ya no era una imagen suelta, era un patrón. Se repetÃa a la misma hora, en la misma cámara y con el mismo recorrido. Entraba por el mismo lado, Cruzaba el pasillo y salÃa igual. Después, nada, no aparecÃa en ninguna otra toma y tampoco estaba en el lugar cuando yo iba a revisar. Seguà registrando todo, lo hice por orden y por cuidado. SabÃa que, si lo contaba mal, iba a sonar inventado. Empecé a anotar la hora, la cámara, el recorrido que hacÃa la figura y el resultado del rondÃn. También revisé si habÃa una puerta mal cerrada, un punto ciego o alguna ruta interna que no estuviera cubierta por las cámaras. No encontré nada que explicara cómo una persona podÃa cruzar ese tramo y desaparecer sin quedar registrada en otro ángulo. Después empezaron los ruidos.
44:22 No se daban al mismo tiempo que la imagen, pero sà dentro de la misma madrugada. Eran arranques cortos de maquinaria. Se oÃa un motor entrar unos segundos y apagarse Una noche se escuchó hacia el área de cines, otra hacia la zona de comida y otra en el estacionamiento. Cada vez que lo oÃa salÃa a revisar. HacÃa el recorrido con la lámpara y el radio. Llegaba al punto donde habÃa sonado el ruido y no encontraba nada. Los cuartos seguÃan cerrados, los tableros se veÃan apagados y no habÃa rastro de actividad. Tampoco habÃa personas. Lo único claro era el sonido. Se escuchaba bien y cuando yo llegaba ya no habÃa nada que lo sostuviera. En ese momento dejé de pensar en una simple falla técnica, no porque ya tuviera otra respuesta, sino porque la explicación fácil ya no alcanzaba.
45:19 Una falla puede pasar una vez y puede repetirse otra, pero aquello llevaba varias noches cumpliendo el mismo patrón. Primero la imagen en la cámara, luego los recorridos vacÃos y después los ruidos de maquinaria en zonas sin uso. Llamé al supervisor y reporté ambas cosas. Le dije que todas las noches veÃa a una persona cruzar un pasillo y que esa persona no aparecÃa en ninguna otra cámara. También le dije que estaba escuchando arranques de maquinaria en áreas sin operación. Me respondió que siguiera anotando todo y que después revisarÃan el sistema. Pero nadie fue a revisar nada.
46:01 Esa semana empecé a llegar al turno con otro ánimo. Ya no me sentaba frente a las cámaras con la atención repartida. Esperaba el momento en que esa imagen iba a aparecer otra vez. El edificio seguÃa normal. Nadie habÃa forzado accesos. Nadie robaba y nadie dejaba señales de haber entrado. Todo estaba en orden y al mismo tiempo, cada madrugada terminaba con más apuntes y menos explicación. Yo veÃa a la persona en la cámara, pero no la encontraba al salir, y escuchaba los motores, pero al llegar todo seguÃa apagado. Nunca me topé con un intruso, nunca vi una puerta abierta y nunca encontré una razón clara para lo que estaba pasando. Pasaron varios turnos asÃ, Hasta que una madrugada, poco antes del cambio de guardia, encontré a un hombre sentado afuera de la cabina. TraÃa un informe de seguridad y una libreta en la mano. No lo oà llegar y pensé que por fin habÃan mandado apoyo. Me vio, me saludó y habló con naturalidad. Dijo que ya habÃa leÃdo mis anotaciones y que estaba bien que dejara todo por escrito. Luego dijo otra cosa, que no servÃa salir corriendo detrás de lo que aparecÃa en las cámaras, porque nunca se encontraba nada asÃ. Le pregunté quién era y me respondió, soy Salgado. Después añadió que ya llevaba tiempo en ese lugar y que no me desesperara, porque al principio a todos les pasaba lo mismo. Habló directo, con calma,
47:35 y por eso lo dejé entrar a la cabina y le enseñé la bitácora. Esa fue la primera vez que hablé con él. Salgado revisó la bitácora con calma, hoja por hoja, sin saltarse nada. Se detuvo en cada anotación, leyó las horas, los recorridos y los reportes de ruido. Y al terminar me dijo que estaba bien escrita, que no resumiera de más y que siguiera anotando todo igual. Después señaló una de las notas donde yo habÃa puesto lo de la cámara del pasillo principal y me dijo que esa imagen no era nueva. que ya se habÃa visto antes, y que el problema no era discutir si se trataba de un intruso o de una falla, sino aceptar que esa figura nunca completaba el recorrido. Yo le pregunté cómo sabÃa eso. Me respondió que llevaba tiempo viendo la misma secuencia, y que por eso me estaba diciendo que dejara de correr detrás de la imagen apenas aparecÃa.
48:35 Dijo que asà no iba a encontrar nada. porque cuando uno salÃa de inmediato perdÃa de vista las cámaras. Me habló directo, sin rodeos, y le creÃ. Seguimos frente a los monitores. Al poco rato se escuchó otra vez uno de esos arranques de maquinaria, corto y seco, desde una parte alta del edificio. Yo tomé la lámpara, pero él me dijo que esperara. El ruido duró unos segundos y se cortó solo. Entonces me dijo que ahora sà fuéramos a revisar. Salimos juntos, caminamos por el pasillo y subimos a la zona, donde antes ya habÃa escuchado algo parecido. Revisamos puertas y accesos, pero no encontramos nada, pues todo seguÃa cerrado sin movimiento. Lo que me llamó la atención fue su forma de moverse. Revisaba bien, con seguridad, sin dudar en los trayectos. En el camino le pregunté desde cuándo trabajaba ahÃ. Me dijo que desde antes de que la plaza quedara casi vacÃa. que habÃa conocido el lugar cuando todavÃa funcionaba y que se sabÃa los recorridos y los puntos donde se escuchaban más cosas. También me dijo que habÃa momentos en los que convenÃa no apartarse de las cámaras. A mà no me sonó raro. Cuando volvimos a la cabina, seguà preguntándole cosas. Quise saber si alguna vez habÃa encontrado a la persona que se veÃa cruzar en la pantalla. Me dijo que no. Luego añadió otra
50:05 cosa y esa frase se me quedó grabada. Dijo que el problema empezaba cuando uno dejaba de verla solo en las cámaras y la reconocÃa en persona. Se lo pregunté de frente. Le dije si a él le habÃa pasado. Me respondió que sÃ, una vez, y que con eso le habÃa bastado. No me quiso explicar más. En ese momento empecé a fijarme mejor en él. El uniforme que llevaba no era exactamente igual al mÃo. Era del mismo tipo, pero el logo se veÃa viejo. También noté que la libreta que traÃa no era la que usábamos para reportes, era una libreta simple. Le pregunté si el supervisor lo habÃa mandado, y me respondió que no exactamente, que le habÃan dicho que yo ya llevaba varias noches viendo lo mismo, y que por eso habÃa venido. Esa respuesta me dejó una duda, porque nadie me habÃa avisado que llegarÃa apoyo, pero en ese momento no desconfié. La imagen volvió a aparecer en la cámara principal mientras seguÃamos en la cabina.
51:14 Los dos la vimos entrar al cuadro, cruzar el pasillo y salir por el otro lado. Salgado me dijo que no apartara la vista, que pasáramos de inmediato a la siguiente cámara. Lo hicimos, pero no apareció. Cambiamos otra vez y tampoco. La secuencia se cortó en el mismo punto de siempre. Yo me quedé mirando las pantallas unos segundos más. esperando que surgiera por otro ángulo, pero no salió en ninguna. Más tarde se escuchó otro ruido, esta vez desde el estacionamiento. Tomé la lámpara y le dije que bajáramos. Ãl me respondió que preferÃa quedarse en la cabina, que desde ahà podÃa seguir las cámaras mejor. Le pedà entonces que se quedara atento a las pantallas, mientras yo hacÃa la revisión.
52:01 Asintió y salà solo. Bajé al estacionamiento, revisé la zona donde otras veces habÃa escuchado esos arranques y recorrà el área completa. No habÃa nada encendido, no habÃa puertas abiertas y no habÃa nadie moviéndose. El ruido ya habÃa parado cuando llegué. Aún asÃ, revisé un poco más y después subà de nuevo a la cabina. Salgado ya no estaba. No lo vi salir, no escuché pasos y no oà ninguna puerta. Lo llamé por su apellido y esperé respuestas. Pero no contestó. Salà unos metros, revisé el corredor de la cabina y miré hacia el lado de carga. Pero no habÃa nadie. Volvà a entrar. Sobre el escritorio seguÃa una taza con café a medio tomar. La bitácora estaba abierta en la misma página de esa noche. Me acerqué y vi una lÃnea escrita con una letra que no era la mÃa y no estaba antes. La leà dos veces.
53:02 DecÃa que no saliera de la cabina apenas apareciera la imagen, y que si volvÃa a verlo en persona, no le hablara. Me quedé mirando esa frase de pie sin tocar la libreta. Pensé que Salgado la habÃa escrito justo antes de irse, pero si habÃa salido de la cabina, yo debÃa haberlo oÃdo. Esa zona hacÃa notar cualquier paso. Sin embargo, todo estaba en silencio. Solo estaba la taza, la bitácora abierta y esa lÃnea escrita ahÃ. Faltaba poco para el cambio de guardia. Cerré la puerta y me quedé frente a los monitores. Ya no hice otro recorrido. Preferà esperar al relevo y reportarlo todo de frente. Mientras esperaba, revisé otra vez el mosaico de cámaras. En una de ellas, la del acceso al estacionamiento, vi a una persona detenida junto a la rampa.
53:54 No estaba cruzando un pasillo, ni entrando o saliendo de cuadro. Estaba quieta, mirando hacia arriba. La calidad de la imagen no dejaba ver bien la cara, pero la postura era clara. Era la primera vez que la figura dejaba el patrón de siempre y se quedaba inmóvil. Me quedé sentado, sin apartar la vista de la pantalla, hasta que escuché llegar al relevo. Cuando llegó el cambio de guardia, les dije de inmediato que no se fueran a la rutina, que primero me escucharan. VenÃan Vera que ya conocÃa ese servicio y otro compañero más nuevo. Yo seguÃa dentro de la cabina con la puerta cerrada viendo las cámaras. AbrÃ, los dejé pasar y les mostré la bitácora, la taza de café y la pantalla donde unos minutos antes habÃa visto a la figura detenida junto a la rampa del estacionamiento.
54:49 Empecé a contarles todo en orden sin brincarme nada porque entendà que si me aceleraba o mezclaba las cosas. iban a pensar que estaba exagerando. Les dije que otra vez habÃa visto a la persona cruzar el pasillo en la cámara principal, que volvió a perderse al pasar a la siguiente, y que después se escucharon los ruidos de maquinaria en distintas partes del edificio. Luego les conté lo de Salgado, que habÃa llegado solo, que se sentó conmigo, que revisó mis anotaciones, que hablamos del patrón de la cámara y que después desapareció sin que yo lo oyera salir. Al final les enseñé la lÃnea escrita en la bitácora. Les dije que yo no la habÃa puesto y que habÃa aparecido mientras yo estaba abajo revisando el estacionamiento. En cuanto mencioné el apellido, Vera dejó de mirarme como se mira a alguien que solo está cerrando turno. No me interrumpió, tampoco me dijo que me calmara al principio. Solo esperó a que terminara y cuando acabé me preguntó cómo era el hombre con el que habÃa estado hablando. se lo describà con lo que recordaba mayor que yo uniforme de seguridad libreta vieja trato tranquilo y seguro al caminar por la plaza cuando terminé Vera se quedó callado unos segundos el otro guardia no dijo nada solo se quedó junto a la puerta viendo la taza y la bitácora yo le pregunté a Vera qué estaba pasando entonces me dijo una frase que no he cambiado desde esa madrugada porque
56:23 no necesita adornos Me dijo que no habÃa ningún guardia activo llamado Salgado. Le respondà que se estaba equivocando, que yo acababa de pasar parte del turno con él, que habÃamos revisado las cámaras juntos y que hasta le habÃa servido café. Vera negó con la cabeza y me aclaró que sà habÃa existido un guardia con ese apellido, pero que llevaba años muerto. Al principio pensé que se referÃa a otra empresa o a otro servicio. Se lo dije. Volvió a negarlo y me explicó que ese hombre habÃa trabajado en esa misma plaza, en turno de noche, cuando el lugar todavÃa no estaba tan vacÃo, y que murió dentro del edificio. Lo encontraron durante un servicio, después de que reportó por radio movimientos raros y ruidos en la zona del sótano. Vera no me lo contó como rumor ni como cuento, me lo dijo de frente con la seguridad de alguien que ya conocÃa ese antecedente. yo seguÃa sin aceptarlo, le repetà que eso no cuadraba, porque yo lo habÃa visto entrar a la cabina, hablar conmigo, revisar la bitácora y acompañarme por parte del edificio, le enseñé la taza de café, todavÃa con un poco en el fondo, luego abrà la bitácora en la lÃnea que habÃa aparecido mientras yo estaba abajo, y le dije que esa letra no era mÃa, Vera tomó la libreta, leyó la frase y me dijo que reconocÃa la letra. Después sacó el celular,
57:56 buscó una foto vieja de personal de seguridad y me la mostró sin decir nada más. Ahà estaba el mismo hombre que yo habÃa visto esa madrugada. No uno parecido, no alguien con rasgos cercanos. Era él. En ese momento dejé de discutir por unos segundos. La foto, el apellido y la nota escrita en la bitácora encajaban demasiado. Aún asÃ, yo necesitaba una última comprobación, algo que no dependiera solo de lo que me estaban diciendo. Le pedà a Vera que revisáramos las zonas por donde habÃamos pasado Salgado y yo, y también el sótano, porque era ahà donde se habÃan escuchado varias veces los arranques de maquinaria. Los tres salimos de la cabina y empezamos el recorrido, ya con la luz de la mañana entrando por algunos accesos. Primero revisamos el pasillo de la cámara principal. No habÃa nadie, no habÃa puertas abiertas y no habÃa señales recientes de entrada.
58:55 Luego subimos a la parte alta, donde antes habÃamos escuchado otro ruido, pero todo seguÃa cerrado. Después bajamos al estacionamiento y desde ahà seguimos hasta la zona del sótano. Yo iba detrás de ver a mirando a todos lados y repasando en mi cabeza lo que habÃa hablado con Salgado unas horas antes. No era una sensación rara, era algo más simple y más duro. Yo recordaba bien esa conversación, recordaba cómo se sentó, cómo pasó las hojas de la bitácora y cómo me dijo que no saliera corriendo detrás de la imagen, En el sótano, cerca de un cuarto donde otras noches se habÃan escuchado esos arranques, encontramos una libreta vieja sobre una repisa. Vera la tomó, la abrió y empezó a ojearla. Eran anotaciones de rondines y reportes del servicio, de años atrás. La letra era la misma que habÃa aparecido en mi bitácora esa noche. En una de las páginas habÃa un reporte sobre una persona que se veÃa cruzar una cámara. y se perdÃa al pasar a la siguiente. Más adelante, en otra anotación, se mencionaban ruidos de maquinaria en el mismo edificio. La fecha era de varios años antes. Yo ya no necesitaba más pruebas, pero ver esa libreta me quitó cualquier idea de seguir buscando una explicación rápida. No resolvÃa lo que habÃa pasado, pero cerraba una parte concreta. El hombre con el que
1:00:25 yo habÃa hablado tenÃa nombre. TenÃa registro y habÃa dejado escrita la misma situación mucho antes de que me tocara a mÃ. Le pregunté a Vera por qué nunca me habÃan advertido nada. Me respondió que la empresa no tomaba en serio ese tipo de reportes, mientras no hubiera daños, robos o algo que pudiera meterse en un informe común. Luego agregó que cuando el personal nuevo empezaba a ver lo mismo, algunos pedÃan cambio y otros renunciaban. No dijo más. Yo tampoco quise alargarlo. Esa misma mañana entregué la renuncia. No lo hice por impulso. Ya llevaba varias noches trabajando, bajo una situación que no podÃa controlar ni explicar. Y esa madrugada entendà que tampoco tenÃa respaldo real de la empresa.
1:01:16 Antes de irme, hice mi último registro en la bitácora. Dejé anotado lo necesario sin exagerar y sin recortar nada. puse que durante el turno observé nuevamente la presencia en cámara que escuché arranques de maquinaria en distintas áreas y que mantuve conversación con un guardia identificado como Salgado y que al llegar el relevo se me informó que ese guardia llevaba años fallecido Vera leyó la anotación y no me pidió que la cambiara desde entonces no he vuelto a trabajar en una plaza abandonada tampoco he querido regresar a ese lugar Cuando alguien me pregunta por qué dejé ese empleo, cuento lo mismo que estoy contando ahora. Varias noches seguidas, vi a una persona cruzar un pasillo en una cámara y perderse antes de aparecer en la siguiente.
1:02:07 Escuché maquinaria encenderse en un edificio vacÃo y nunca encontré nada al revisar. Y la única noche en que tuve compañÃa, la única noche en que hablé con alguien que conocÃa bien lo que estaba pasando. El cambio de guardia me dijo que ese compañero llevaba que cierre eso ni la busco lo único que mantengo es el orden de los hechos porque asà fue como ocurrieron primero fueron las cámaras después los ruidos luego la conversación con salgado y al final la confirmación de que ese hombre ya no seguÃa vivo esa es la parte que no cambió con el tiempo y por eso la sigo contando igual asà lo vivà asà lo anoté y asà terminó mi trabajo en ese lugar Si te gustó este video te recomiendo ir a ver La bruja de la oficina y también El velador que encontró a la llorona dentro de la bodega.
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