Mi Compañero De Ese Turno Llevaba Años Muerto Y Yo No Lo Sabía - Historias De Terror - REDE
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0:05 Me llamo Ernesto Saldaña y durante varios años trabajé como velador nocturno en unas bodegas a las afueras de la ciudad. Entraba cuando salÃa el personal de dÃa y me quedaba solo hasta que llegaba el relevo de la mañana. Ya conocÃa bien ese trabajo, ya sabÃa qué puertas revisar primero, qué partes requerÃan más atención y qué ruidos eran normales durante la noche. Por eso recuerdo también lo que pasó aquella vez. Esa noche recibà el turno como siempre, me entregaron las llaves, el radio y el reporte, y me avisaron que una cámara de la parte de atrás estaba fallando por momentos, asà que me pidieron que estuviera pendiente de esa zona. Hice mi recorrido, revisé portones, accesos y candados, y luego regresé a la caseta. Todo estaba en orden, no habÃa movimiento de camiones, no habÃa personal dentro, y no se veÃa nada raro. Pasó un rato, salà otra vez a revisar y cuando iba de regreso, escuché un ruido en la parte trasera de una de las bodegas.
1:10 No fue un golpe, fue un arrastre sobre el piso. Me detuve, puse atención y ya no se oyó nada más. Tomé la lámpara, fui a revisar esa parte, alumbré el suelo, la barda y el costado del edificio, pero no vi a nadie. Esperé unos segundos, seguà escuchando y todo quedó en silencio. Pensé que podÃa ser un animal o alguna cosa movida por el aire, asà que regresé a la caseta. Poco después el ruido volvió y esta vez fue más claro. Ya no era solo el arrastre, también escuché pasos. Agarré el radio, avisé que iba otra vez hacia la parte de atrás y salà directo a revisar. Mientras me acercaba vi una luz baja, distinta a la del patio. No salÃa de un foco ni de un vehÃculo. Era una luz pequeña, fija, y al acercarme entendà que eran velas.
2:05 Bajé el paso, me pegué al muro, y avancé con cuidado hasta donde pude asomarme. Ahà vi a cuatro personas, tres mujeres y un hombre. Estaban en el suelo, reunidos alrededor de varias velas encendidas. TenÃan una cubeta, botellas, trapos, un plato y otros objetos acomodados dentro de un cÃrculo hecho con polvo blanco. También tenÃan una gallina amarrada de las patas. En cuanto vi eso, entendà que no se habÃan metido por error, ni estaban buscando por dónde sacar mercancÃa. HabÃan entrado a hacer brujerÃa dentro de las bodegas. Les alumbré de frente y les dije que se retiraran, que era propiedad privada y que ya habÃa dado aviso. La primera en voltearse fue una mujer mayor. TraÃa un rebozo oscuro en la cabeza y no se movió. El hombre agachó la mirada. Una de las otras mujeres empezó a levantar unas cosas del piso, y la tercera se quedó quieta.
3:07 Yo repetà la orden y avancé un poco más. La mujer del rebozo me preguntó si yo estaba solo esa noche. No le respondà eso. Le dije que salieran por donde habÃan entrado. Ella me contestó que no me acercara, que ya casi terminaban. Yo seguà avanzando porque estaban metidos en una propiedad ajena y yo estaba haciendo mi trabajo. Cuando di otros pasos vi mejor lo que tenÃan en el suelo. Dentro del cÃrculo habÃa velas negras, fotografÃas, listones rojos, un muñeco hecho con tela y un charco oscuro. Ya no quedaba duda de lo que estaban haciendo. La mujer del rebozo me dijo que no me metiera, que eso ya estaba empezado. y que me iba a arrepentir si lo interrumpÃa.
3:55 Yo no me hice para atrás, fui directo hacia ellos con la intención de sacarlos de ahÃ. Alcancé a empujar al hombre para abrirme paso, y en ese momento una de las mujeres me aventó un polvo a la cara. Me entró en los ojos, en la nariz y en la boca. Me ardió de inmediato. solté la lámpara me cubrà el rostro con las manos y traté de respirar pero el polvo me hizo toser y me dejó medio cegado por unos segundos quise retroceder recuperar aire y sacar el radio pero ya no pude sentà un golpe en la muñeca el radio se me cayó y antes de que pudiera reaccionar ya los tenÃa encima una me jaló de un brazo otro me sujetó de la camisa y alguien me pegó por detrás de la pierna para tumbarme Caà de lado, intenté levantarme, pero me presionaron contra el piso.
4:48 Yo pateaba, trataba de zafarme, buscaba mover un brazo para golpear, pero no podÃa hacer fuerza suficiente. Me metieron un trapo en la boca y me apretaron con fuerza. Ese trapo tenÃa un olor muy fuerte. No perdà el conocimiento, pero empecé a sentir la cabeza pesada y la vista borrosa. Escuché que el hombre dijo que me agarraran bien para que no siguiera haciendo ruido. Yo seguÃa moviéndome con toda la fuerza que tenÃa, pero eran varios y me fueron dominando. Me amarraron primero las manos, luego las piernas. La mujer del rebozo se acercó cuando yo ya estaba en el suelo.
5:31 Se puso frente a mÃ, me habló de cerca y me dijo que por haber interrumpido el trabajo me iba a quedar la carga, que ya estaba marcado. y que ahora me tocaba servir. No entendà cada palabra, porque me faltaba el aire y la cabeza me daba vueltas, pero sà escuché con claridad cuando dijo que me iban a entregar al diablo. Esa frase se me quedó grabada desde ese momento. Después de eso, me arrastraron por el piso. SentÃa el jalón en los hombros, en la espalda y en las piernas. Mientras me llevaban hacia otra parte de las bodegas, yo intentaba gritar, pero con el trapo en la boca apenas podÃa respirar. Iba golpeándome con el suelo y con lo que se atravesaba en el camino. En un momento traté de abrir bien los ojos para ubicar hacia dónde me llevaban, pero no podÃa ver claro por el ardor y por la forma en que me arrastraban.
6:29 Solo entendà que me alejaban de la parte donde los habÃa encontrado y me metÃan más al fondo. Cuando pude mirar mejor ya estaba en otra zona de la bodega. en un espacio que casi no se usaba ahà me sentaron contra una estructura metálica me apretaron otra vez las cuerdas y me dejaron con la espalda forzada las piernas fijas y los brazos casi inmóviles yo ya no tenÃa radio no tenÃa lámpara y no tenÃa forma de pedir ayuda la mujer del rebozo se paró frente a mà me miró directo y me dijo que ahora sà iban a terminar el trabajo En ese momento, sentà miedo de verdad.
7:10 Hasta ahÃ, yo todavÃa seguÃa peleando por soltarme, por gritar, por hacer algo. Pero ya amarrado, golpeado, sin poder moverme bien y viendo a esas cuatro personas frente a mÃ, entendà que habÃa quedado metido a la fuerza en lo que ellos habÃan ido a hacer. Ya no era solo que los hubiera sorprendido dentro de las bodegas. Ya me tenÃan sujeto. Ya me habÃan dicho que me habÃan marcado. y ya habÃan decidido usarme. Ahà supe que esa noche no iba a terminar bien. Cuando recuperé un poco más el sentido, seguÃa amarrado a la estructura metálica, con las manos hacia atrás, las piernas sujetas y el trapo metido en la boca. Me costaba respirar, me ardÃan los ojos por el polvo que me habÃan aventado, y sentÃa la cabeza pesada, pero no estaba desmayado. abrÃa bien la vista por momentos y luego se me nublaba otra vez frente a mà seguÃan las cuatro personas habÃan movido parte de sus cosas hasta ese lugar y en el suelo ya tenÃan otra vez las velas la cubeta el plato y varios objetos que habÃan levantado del cÃrculo la mujer del rebozo era la que mandaba las otras dos le hacÃan caso una más firme y la otra con miedo El hombre casi no hablaba, solo obedecÃa. La mujer se acercó primero, me quitó el trapo de la boca y me dijo que me quedara quieto, que no gritara porque nadie iba
8:41 a llegar a tiempo. Yo le pedà que me soltara y le dije que eso ya era secuestro, que la policÃa los iba a encontrar y que las bodegas tenÃan cámaras. Ella me respondió que esa noche las cámaras no me iban a servir de nada. Yo seguà forcejeando, buscando aflojarme las muñecas, pero cada movimiento me lastimaba más. La muchacha más joven preguntó si de verdad me iban a usar a mÃ. Lo preguntó con la voz temblando. La mujer del rebozo le contestó que ya estaba empezado, que no podÃan dejarlo asà y que yo habÃa llegado en el momento que tenÃa que llegar. Yo entendà entonces que no pensaban solo callarme o asustarme. Ya habÃan decidido meterme en lo que estaban haciendo. Traté de mover las piernas, de jalar las manos, de girar el cuerpo para soltarme, pero no podÃa hacer fuerza suficiente, y lo único que lograba era abrirme más la piel en las muñecas. La mujer se me puso enfrente, me agarró de la cara y me levantó la cabeza para obligarme a verla. Me dijo que me calmara, porque si seguÃa resistiéndome me iba a ir peor. Yo le escupà por impulso, Ella me soltó y me dio una bofetada. El hombre dio un paso hacia mÃ, pero ella misma lo detuvo. Luego tomó el plato donde tenÃan un lÃquido oscuro. Metió dos dedos ahÃ, sacó un cuchillo pequeño y me abrió la camisa, desde el cuello hasta el abdomen, cortando solo la tela. SentÃ
10:15 el aire en el pecho y enseguida sentà sus dedos sobre la piel. No me cortó con el cuchillo, pero me pintó el pecho y el estómago con esa mezcla. Al principio se sintió frÃa, luego empezó a arder. Me hizo varias lÃneas y después me marcó la frente. El olor era fuerte a alcohol, ceniza y sangre. Mientras me marcaba, dijo varias frases en voz baja. No entendà todo, pero escuché varias veces lo mismo. Que yo ya habÃa quedado señalado y que me iban a entregar al diablo. lo repitió más de una vez también dijo que por haberme metido donde no debÃa la carga se quedaba conmigo la muchacha joven volvió a decir que ya era demasiado que mejor se fueran la otra mujer la cayó de inmediato le dijo que por miedo siempre echaba todo a perder el hombre me volvió a meter el trapo en la boca y me sostuvo la cabeza hacia atrás mientras la mujer seguÃa haciendo marcas yo trataba de moverme pero ya no podÃa hacer mucho Lo único que me quedaba era fijarme bien en ellos. Me obligué a verles la cara, a recordar sus cuerpos, su voz y sus movimientos, porque pensé que si salÃa de esa, iba a tener que decir quiénes eran. La mujer mayor era baja y fuerte, la más joven tendrÃa poco más de 20 años, y la otra mujer era delgada y de más edad. El hombre era robusto y traÃa bigote. Eso fue lo que me
11:46 repetà una y otra vez para no olvidarlo. Luego empezaron con el ritual frente a mÃ. No vi nada fuera de este mundo. No hubo apariciones ni pasó nada que yo no pudiera contar tal como lo vi. Lo que vi fue a cuatro personas haciendo brujerÃa con toda seriedad. Delante de mà y dentro de una bodega vacÃa. Encendieron más velas. Movieron objetos del plato a la cubeta. Rociaron lÃquido en el suelo. acomodaron trapos listones y fotografÃas y dijeron palabras en voz baja en un momento sacaron la gallina la escuché moverse luego escuché el aleteo y después ya no se oyó nada la muchacha joven empezó a llorar y la mujer del rebozo le ordenó que se callara y siguiera yo estaba a pocos metros de ellos amarrado viendo todo y sin poder hacer nada Ahà entendà que no era una amenaza lanzada al aire para asustarme, ya me habÃan metido en su trabajo y ya me estaban usando. No sabÃa de qué manera pensaban terminar aquello, pero lo que decÃan era claro. La mujer del rebozo se acercó otra vez, me habló al oÃdo y me dijo que al amanecer me iban a encontrar, pero que ya no iba a ser el mismo. También me dijo que desde esa noche me iban a seguir viendo. Yo no contesté. TenÃa la boca tapada, el pecho ardiendo y
13:18 todo el cuerpo temblando. Después me amarraron un cordón rojo en la muñeca izquierda. Lo apretaron tanto que me dejó marcada la piel varios dÃas. También me colgaron una bolsa negra por dentro de la camisa rota. No vi qué traÃa adentro, solo sentà el peso y el olor fuerte que despedÃa. Cuando terminaron esa parte, la muchacha volvió a decir que eso era una locura. El hombre respondió que ya estaba hecho y que mejor se apuraran. Entonces me soltaron de una de las sujeciones, me jalaron entre dos y me arrastraron un poco más al fondo, hacia una zona donde habÃa material apilado y donde casi no se veÃa desde la entrada. Ahà me volvieron a amarrar, pero esta vez a una parte más baja de la misma estructura, dejándome de costado y casi escondido detrás de unas tarimas.
14:12 Me dejaron acomodado de tal forma que no me vieran rápido al entrar. Antes de irse, la mujer del rebozo me levantó la cara con la mano y me dijo que esperara mi turno, que ya estaba apartado. La más joven se quedó quieta unos segundos. Me miró, pero no hizo nada. El hombre la jaló del brazo, la otra mujer recogió las últimas cosas y los cuatro se fueron. Escuché sus pasos alejándose. También oà que arrastraban algo y luego una puerta. Después de eso me quedé solo, amarrado, con el pecho ardiendo, la cara manchada, la garganta seca y el cuerpo molido por los golpes. Intenté sacarme el trapo con la lengua y con la mandÃbula, hasta que logré aflojarlo un poco. Empecé a respirar mejor. aunque seguÃa sin poder gritar con fuerza. Probé mover las manos, girar las muñecas, empujar con las rodillas, arrastrarme o cualquier cosa que me ayudara a soltarme, pero no pude. A partir de ahà todo se volvió espera. No sabÃa si iban a regresar, no sabÃa si alguien iba a notar pronto que yo no estaba en la caseta y no sabÃa cuánto faltaba para que entrara el relevo. Escuchaba ruidos lejanos del exterior, luego silencio, luego motores otra vez. Yo trataba de concentrarme solo en respirar y en no desesperarme, pero cada minuto pesaba más. Ya no era solo lo que me habÃan hecho, eran también las palabras que me habÃan
15:45 dejado metidas en la cabeza. HabÃan repetido varias veces que me habÃan marcado para entregarme al diablo, y me dejaron ahà amarrado, escondido y apartado. Quise sostenerme con una sola idea, aguantar hasta que amaneciera y esperar a que alguien me encontrara. Me repetÃa que en la mañana iban a llegar los de siempre, que alguien iba a revisar y que no podÃan dejarme ahà sin darse cuenta. Pero mientras más tiempo pasaba, más fuerte me entraba la desesperación. No veÃa el reloj, no tenÃa radio y no podÃa moverme. Solo me quedaba esperar, con la espalda forzada contra el metal, con las muñecas apretadas por ese cordón, con el pecho marcado y con el miedo creciendo dentro de mÃ. Mientras avanzaba la noche y yo seguÃa ahÃ, sin saber en qué momento iban a volver o si de verdad iba a salir de eso con vida. No sé cuánto tiempo estuve ahà solo, pero llegó un momento en que empecé a escuchar movimiento en el patio. primero oà un motor luego otro y después se escucharon puertas pasos y voces en cuanto reconocà esos sonidos entendà que ya habÃa llegado gente de la mañana quise gritar con toda la fuerza que me quedaba pero la voz me salió débil tenÃa la garganta lastimada por el trapo por el polvo y por haber forcejeado tanto grité una vez y no me oyeron volvà a gritar y pasó lo mismo Entonces empecé a golpear con
17:18 el talón contra el metal para hacer ruido, porque era la única forma que tenÃa de llamar la atención. Las voces se fueron acercando poco a poco. Escuché que uno de los trabajadores dijo que la caseta estaba abierta. Otro dijo que mi libreta seguÃa sobre el escritorio. A partir de ahÃ, empezaron a buscarme en las zonas de siempre. Gritaban mi nombre desde fuera, entraban y salÃan. Se movÃan de una bodega a otra, pero yo seguÃa escondido al fondo y apenas podÃa responder. Cada vez que escuchaba una voz, yo contestaba y volvÃa a pegar con el talón. Esa parte fue de las peores, porque yo sabÃa que ya habÃa gente dentro y aún asà no daban conmigo. Los escuchaba cerca, luego más lejos, luego cerca otra vez, y yo seguÃa tirado en el mismo lugar, amarrado y sin poder moverme. Al final, uno de los encargados entró más al fondo de la bodega y alcanzó a oÃr el golpe seco del metal. Se acercó, movió unas tarimas y preguntó si habÃa alguien ahÃ. Yo apenas pude contestar que sÃ, que era yo. Cuando me vio, no dijo nada al principio.
18:32 Se quedó mirándome unos segundos y luego me preguntó quién me habÃa hecho eso. Yo le dije que me soltaran primero. Entonces les gritó a los otros que fueran para allá. Entre varios quitaron lo que me tapaba, trajeron unas tijeras y cortaron las cuerdas. Cuando intentaron levantarme, las piernas no me respondieron bien y casi me fui al suelo. Me sentaron ahà mismo y me dieron agua en tragos cortos, porque me atragantaba si tomaba de golpe. En cuanto pude respirar mejor, uno de ellos dijo que yo traÃa la camisa abierta y el pecho manchado. Otro dijo que también tenÃa algo en la frente. Ahà me revisé como pude y vi mejor las marcas oscuras que me habÃan puesto.
19:16 En la muñeca izquierda todavÃa traÃa el cordón rojo apretado y hundido en la piel. Me lo cortaron en ese momento. También encontraron la bolsa negra colgando por dentro de la camisa. La sacaron con cuidado, pero nadie quiso abrirla. La dejaron aparte para enseñársela a la policÃa. Yo les dije que no la tocaran mucho. que eso me lo habÃan puesto esas personas durante el ritual. Me empezaron a preguntar qué habÃa pasado y les conté lo más directo que pude, sin adornarlo y sin detenerme en cosas que no importaban. Les dije que cuatro personas se habÃan metido en la noche, tres mujeres y un hombre, que estaban haciendo brujerÃa en la parte trasera y que al enfrentarlos me aventaron un polvo, me tumbaron, me amarraron y me llevaron hasta ese lugar.
20:08 También les dije que la mujer mayor, la que dirigÃa todo, repitió varias veces que me estaban marcando y que me iban a entregar al diablo. Los hombres se miraron entre ellos, pero ninguno se rió ni me contradijo. Yo estaba golpeado, marcado en el pecho y con un cordón en la muñeca. Lo que decÃa no sonaba a invento, sonaba a lo que acababa de pasarme. Llamaron a la ambulancia y a la policÃa. Mientras llegaban, el encargado me siguió pidiendo detalles. Yo traté de decirle cómo se veÃan, cómo hablaban y qué objetos traÃan. También le pedà que revisaran la parte de atrás donde estaba el cÃrculo, porque ahà habÃan dejado cosas tiradas. Cuando llegaron los paramédicos, me revisaron ahà mismo, sobre el piso. Dijeron que tenÃa golpes, irritación en ojos y nariz, las muñecas lastimadas y una crisis fuerte de ansiedad.
21:05 Me preguntaron si habÃa perdido el conocimiento y les dije que no del todo, que estuve aturdido, pero escuché y vi casi todo. Después me subieron a la ambulancia y me llevaron al hospital. Durante el trayecto seguà repitiendo lo mismo para no olvidar ningún detalle. Iba diciendo en voz alta lo que recordaba, las brujas, el ritual y lo que me hicieron. En el hospital me limpiaron, me revisaron los golpes y me dieron algo para calmarme. Un rato después llegó un policÃa para tomarme la declaración. Le conté todo desde el principio en el mismo orden en que habÃa pasado. Y volvà a decirle que la mujer del rebozo me habÃa dicho varias veces que me estaban dejando marcado para entregarme al diablo. Más tarde llegó gente de la empresa. Ya habÃan revisado parte del lugar y encontraron restos del trabajo que esas personas habÃan hecho. velas, manchas, plumas, trapos y varios objetos tirados en la parte de atrás.
22:09 También hallaron mi radio roto. Las cámaras no ayudaron mucho porque la que daba hacia esa zona falló justo en el tramo más importante y las otras solo alcanzaron a captar movimiento a distancia. Aún asÃ, me dijeron que después tenÃa que hacer un retrato hablado porque yo sà les habÃa visto la cara de cerca. Lo hice dÃas después, cuando pude hablar con más calma y sostenerme mejor. La policÃa me buscó otras dos veces para ampliar datos. Siempre declaré lo mismo. Nunca cambié la versión, porque no tenÃa nada que cambiar. Yo estaba trabajando, encontré a esas personas dentro de las bodegas, me enfrenté a ellas y terminé amarrado hasta la mañana. Eso fue lo que pasó. Si la autoridad dio con ellos o no, a mà nunca me lo informaron con claridad, nunca me avisaron que hubiera detenidos, ni me llamaron para decirme que el caso se habÃa resuelto.
23:07 Lo único que supe fue lo que yo mismo vivà y lo que encontraron esa mañana en el lugar. Lo que siguió fue el miedo. Esa misma noche, cuando regresé a mi casa, no pude dormir. Mi esposa me encontró despierto, sentado y mirando la puerta. Cada vez que cerraba los ojos volvÃa a acordarme de la mujer frente a mÃ, de sus manos marcándome el pecho, y de esa frase que me repitió varias veces. Durante varios dÃas no soporté quedarme solo en la noche. Cualquier ruido me hacÃa brincar. No aguantaba traer reloj ni nada apretado en la muñeca, y el olor a alcohol con humo me revolvÃa el estómago.
23:48 Empecé a dormir mal, a despertar de golpe y a revisar la puerta de la casa varias veces antes de acostarme. La empresa me dijo que cuando me recuperara podÃa volver a trabajar. Incluso me hablaron de cambiarme de lugar o de reforzar la seguridad. Yo no acepté. Fui una sola vez, de dÃa y acompañado, a recoger mis cosas y a firmar la renuncia. No entré hasta el fondo. En cuanto vi la zona de la bodega donde me habÃan encontrado, sentà otra vez el cuerpo tenso y las piernas débiles. Firmé lo que tenÃa que firmar, recogà mis cosas y me fui. Desde entonces no volvà a trabajar como guardia nocturno.
24:29 Con el tiempo conseguà empleo en otro lugar y acomodé mi vida para trabajar solo de dÃa, pero el miedo no se fue por completo. TodavÃa hay noches en que despierto de golpe y me reviso el pecho o la muñeca. Sé que mucha gente puede escuchar esta historia y dudar, pero yo no la cuento para convencer a nadie, la cuento porque la vivÃ. Vi a esas personas dentro de las bodegas, vi lo que estaban haciendo, escuché lo que dijeron y sufrà lo que me hicieron. Desde esa noche quedé mal, no solo por los golpes ni por haber pasado horas amarrado, sino porque entendÃ. que hubo gente capaz de entrar a un lugar vacÃo de madrugada, hacer un trabajo de brujerÃa y usarme a mà para completarlo. Desde ese dÃa vivo con miedo y jamás he vuelto a trabajar de guardia nocturno. Entré a trabajar como guardia nocturno en una plaza abandonada. El lugar ya no funcionaba como centro comercial. Quedaban algunas bodegas rentadas, varias áreas cerradas y el sistema de cámaras seguÃa encendido, porque la empresa todavÃa tenÃa que cuidar el inmueble. Mi turno era de noche y casi siempre me tocaba estar solo. Al principio no me pesó, ya habÃa trabajado turnos largos, con poco movimiento
26:00 y mucho silencio. Mi trabajo era siempre el mismo, hacÃa rondines, revisaba accesos, vigilaba las cámaras y anotaba cualquier novedad en la bitácora. Las primeras noches fueron normales, el edificio estaba vacÃo, habÃa ruido de tuberÃas, láminas y cables, y no pasaba nada fuera de rutina. Yo no llegué con miedo, era una plaza cerrada, sola a esas horas. Lo raro empezó varios dÃas después. Cada madrugada, al revisar una cámara del pasillo principal, veÃa a una persona cruzar de un lado al otro. La imagen no era perfecta, pero alcanzaba para distinguir un cuerpo caminando con paso normal. Entraba por un extremo del cuadro, avanzaba unos segundos y salÃa por el otro.
26:48 El problema empezaba justo ahÃ, porque en cuanto salÃa de esa cámara tenÃa que aparecer en la siguiente y nunca aparecÃa. La primera vez pensé en una falla del sistema, cambié de cámara de inmediato y esperé verla pasar, pero la pantalla siguiente estaba vacÃa. Revisé otra más, luego otra, y no apareció en ninguna. Salà a hacer el recorrido, revisé el pasillo completo, las puertas de servicio, las salidas de emergencia y la parte que conectaba con la zona cerrada, pero no encontré a nadie. No habÃa accesos forzados, no habÃa movimiento y no habÃa rastro de que alguien hubiera estado ahÃ. Lo anoté en la bitácora y lo dejé asÃ.
27:32 A la mañana siguiente se lo comenté al relevo. Me dijo que esos equipos a veces se trababan, que seguro habÃa sido un salto de imagen y que no me enganchara con eso. Yo también preferÃa una explicación simple. La noche siguiente pasó lo mismo. Ya estaba atento a esa cámara. La persona volvió a cruzar por el mismo punto, con el mismo ritmo y en la misma dirección. En cuanto salió del cuadro, cambié a la siguiente cámara, pero no habÃa nadie. Esta vez hice el recorrido más rápido y no encontré a nadie. A partir de ahÃ, dejé de tomarlo como algo aislado. Ya no era una imagen suelta, era un patrón. Se repetÃa a la misma hora, en la misma cámara y con el mismo recorrido. Entraba por el mismo lado, Cruzaba el pasillo y salÃa igual. Después, nada, no aparecÃa en ninguna otra toma y tampoco estaba en el lugar cuando yo iba a revisar. Seguà registrando todo, lo hice por orden y por cuidado. SabÃa que, si lo contaba mal, iba a sonar inventado. Empecé a anotar la hora, la cámara, el recorrido que hacÃa la figura y el resultado del rondÃn. También revisé si habÃa una puerta mal cerrada, un punto ciego o alguna ruta interna que no estuviera cubierta por las cámaras. No encontré nada que explicara cómo una persona podÃa cruzar ese tramo y desaparecer sin quedar registrada en otro ángulo. Después empezaron los ruidos.
29:04 No se daban al mismo tiempo que la imagen, pero sà dentro de la misma madrugada. Eran arranques cortos de maquinaria. Se oÃa un motor entrar unos segundos y apagarse. Una noche se escuchó hacia el área de cines, otra hacia la zona de comida y otra en el estacionamiento. Cada vez que lo oÃa salÃa a revisar. HacÃa el recorrido con la lámpara y el radio. Llegaba al punto donde habÃa sonado el ruido y no encontraba nada. Los cuartos seguÃan cerrados, los tableros se veÃan apagados y no habÃa rastro de actividad. Tampoco habÃa personas. Lo único claro era el sonido. Se escuchaba bien y cuando yo llegaba ya no habÃa nada que lo sostuviera. En ese momento dejé de pensar en una simple falla técnica, no porque ya tuviera otra respuesta, sino porque la explicación fácil ya no alcanzaba.
30:01 Una falla puede pasar una vez y puede repetirse otra, pero aquello llevaba varias noches cumpliendo el mismo patrón. Primero la imagen en la cámara, luego los recorridos vacÃos y después los ruidos de maquinaria en zonas sin uso. Llamé al supervisor y reporté ambas cosas. Le dije que todas las noches veÃa a una persona cruzar un pasillo y que esa persona no aparecÃa en ninguna otra cámara. También le dije que estaba escuchando arranques de maquinaria en áreas sin operación. Me respondió que siguiera anotando todo y que después revisarÃan el sistema, pero nadie fue a revisar nada.
30:43 Esa semana empecé a llegar al turno con otro ánimo. Ya no me sentaba frente a las cámaras con la atención repartida. Esperaba el momento en que esa imagen iba a aparecer otra vez. El edificio seguÃa normal. Nadie habÃa forzado accesos, nadie robaba y nadie dejaba señales de haber entrado. Todo estaba en orden y al mismo tiempo, cada madrugada terminaba con más apuntes y menos explicación. Yo veÃa a la persona en la cámara, pero no la encontraba al salir, y escuchaba los motores, pero al llegar todo seguÃa apagado. Nunca me topé con un intruso, nunca vi una puerta abierta y nunca encontré una razón clara para lo que estaba pasando. Pasaron varios turnos asÃ. Hasta que una madrugada, poco antes del cambio de guardia, encontré a un hombre sentado afuera de la cabina. TraÃa un informe de seguridad y una libreta en la mano. No lo oà llegar y pensé que por fin habÃan mandado apoyo. Me vio, me saludó y habló con naturalidad. Dijo que ya habÃa leÃdo mis anotaciones y que estaba bien que dejara todo por escrito. Luego dijo otra cosa, que no servÃa salir corriendo detrás de lo que aparecÃa en las cámaras, porque nunca se encontraba nada asÃ. Le pregunté quién era y me respondió, soy Salgado. Después añadió que ya llevaba tiempo en ese lugar y que no me desesperara, porque al principio a todos les pasaba lo mismo. Habló directo, con calma,
32:17 y por eso lo dejé entrar a la cabina y le enseñé la bitácora. Esa fue la primera vez que hablé con él. Salgado revisó la bitácora con calma, hoja por hoja, sin saltarse nada. Se detuvo en cada anotación, leyó las horas, los recorridos y los reportes de ruido. Y al terminar me dijo que estaba bien escrita, que no resumiera de más y que siguiera anotando todo igual. Después señaló una de las notas donde yo habÃa puesto lo de la cámara del pasillo principal. y me dijo que esa imagen no era nueva que ya se habÃa visto antes y que el problema no era discutir si se trataba de un intruso o de una falla sino aceptar que esa figura nunca completaba el recorrido yo le pregunté cómo sabÃa eso me respondió que llevaba tiempo viendo la misma secuencia y que por eso me estaba diciendo que dejara de correr detrás de la imagen apenas aparecÃa dijo que asà no iba a encontrar nada porque cuando uno salÃa de inmediato perdÃa de vista las cámaras. Me habló directo, sin rodeos, y le creÃ. Seguimos frente a los monitores. Al poco rato se escuchó otra vez uno de esos arranques de maquinaria, corto y seco, desde una parte alta del edificio. Yo tomé la lámpara, pero él me dijo que esperara. El ruido duró unos segundos y se cortó solo. Entonces me dijo que ahora sà fuéramos
33:47 a revisar. Salimos juntos, caminamos por el pasillo y subimos a la zona, donde antes ya habÃa escuchado algo parecido. Revisamos puertas y accesos, pero no encontramos nada, pues todo seguÃa cerrado sin movimiento. Lo que me llamó la atención fue su forma de moverse. Revisaba bien, con seguridad, sin dudar en los trayectos. En el camino le pregunté desde cuándo trabajaba ahÃ. Me dijo que desde antes de que la plaza quedara casi vacÃa, que habÃa conocido el lugar cuando todavÃa funcionaba y que se sabÃa los recorridos y los puntos donde se escuchaban más cosas. También me dijo que habÃa momentos en los que convenÃa no apartarse de las cámaras. A mà no me sonó raro. Cuando volvimos a la cabina, seguà preguntándole cosas. Quise saber si alguna vez habÃa encontrado a la persona que se veÃa cruzar en la pantalla. Me dijo que no. Luego añadió otra cosa y esa frase se me quedó grabada. Dijo que el problema empezaba cuando uno dejaba de verla solo en las cámaras y la reconocÃa en persona. Se lo pregunté de frente. Le dije si a él le habÃa pasado.
35:03 Me respondió que sÃ, una vez, y que con eso le habÃa bastado. No me quiso explicar más. En ese momento empecé a fijarme mejor en él. El uniforme que llevaba no era exactamente igual al mÃo. Era del mismo tipo, pero el logo se veÃa viejo. También noté que la libreta que traÃa no era la que usábamos para reportes. Era una libreta simple. Le pregunté si el supervisor lo habÃa mandado y me respondió que no exactamente. Que le habÃan dicho que yo ya llevaba varias noches viendo lo mismo y que por eso habÃa venido. Esa respuesta me dejó una duda. porque nadie me habÃa avisado que llegarÃa apoyo, pero en ese momento no desconfié. La imagen volvió a aparecer en la cámara principal mientras seguÃamos en la cabina.
35:56 Los dos la vimos entrar al cuadro, cruzar el pasillo y salir por el otro lado. Salgado me dijo que no apartara la vista, que pasáramos de inmediato a la siguiente cámara. Lo hicimos, pero no apareció. Cambiamos otra vez y tampoco... La secuencia se cortó en el mismo punto de siempre. Yo me quedé mirando las pantallas unos segundos más, esperando que surgiera por otro ángulo, pero no salió en ninguna. Más tarde se escuchó otro ruido, esta vez desde el estacionamiento. Tomé la lámpara y le dije que bajáramos. Ãl me respondió que preferÃa quedarse en la cabina, que desde ahà podÃa seguir las cámaras mejor. Le pedà entonces que se quedara atento a las pantallas mientras yo hacÃa la revisión.
36:44 asintió y salà solo bajé al estacionamiento revisé la zona donde otras veces habÃa escuchado esos arranques y recorrà el área completa no habÃa nada encendido no habÃa puertas abiertas y no habÃa nadie moviéndose el ruido ya habÃa parado cuando llegué aún asà revisé un poco más y después subà de nuevo a la cabina salgado ya no estaba no lo vi salir no escuché pasos y no oà ninguna puerta Lo llamé por su apellido y esperé respuesta, pero no contestó. Salà unos metros, revisé el corredor de la cabina y miré hacia el lado de carga, pero no habÃa nadie. Volvà a entrar. Sobre el escritorio seguÃa una taza con café a medio tomar. La bitácora estaba abierta en la misma página de esa noche. Me acerqué y vi una lÃnea escrita con una letra que no era la mÃa y no estaba antes. La leà dos veces.
37:44 DecÃa que no saliera de la cabina apenas apareciera la imagen, y que si volvÃa a verlo en persona, no le hablara. Me quedé mirando esa frase de pie sin tocar la libreta. Pensé que Salgado la habÃa escrito justo antes de irse, pero si habÃa salido de la cabina, yo debÃa haberlo oÃdo. Esa zona hacÃa notar cualquier paso. Sin embargo, todo estaba en silencio. Solo estaba la taza, La bitácora abierta y esa lÃnea escrita ahÃ. Faltaba poco para el cambio de guardia. Cerré la puerta y me quedé frente a los monitores. Ya no hice otro recorrido. Preferà esperar al relevo y reportarlo todo de frente. Mientras esperaba, revisé otra vez el mosaico de cámaras. En una de ellas, la del acceso al estacionamiento, vi a una persona detenida junto a la rampa.
38:36 No estaba cruzando un pasillo, ni entrando o saliendo de cuadro. Estaba quieta, mirando hacia arriba. La calidad de la imagen no dejaba ver bien la cara, pero la postura era clara. Era la primera vez que la figura dejaba el patrón de siempre y se quedaba inmóvil. Me quedé sentado, sin apartar la vista de la pantalla, hasta que escuché llegar al relevo. Cuando llegó el cambio de guardia, les dije de inmediato que no se fueran a la rutina, que primero me escucharan. VenÃan Vera que ya conocÃa ese servicio y otro compañero más nuevo. Yo seguÃa dentro de la cabina con la puerta cerrada viendo las cámaras. AbrÃ, los dejé pasar y les mostré la bitácora, la taza de café y la pantalla donde unos minutos antes habÃa visto a la figura detenida junto a la rampa del estacionamiento.
39:31 Empecé a contarles todo en orden sin brincarme nada porque entendà que si me aceleraba o mezclaba las cosas iban a pensar que estaba exagerando. Les dije que otra vez habÃa visto a la persona cruzar el pasillo en la cámara principal, que volvió a perderse al pasar a la siguiente, y que después se escucharon los ruidos de maquinaria en distintas partes del edificio. Luego les conté lo de Salgado, que habÃa llegado solo, que se sentó conmigo, que revisó mis anotaciones, que hablamos del patrón de la cámara y que después desapareció sin que yo lo oyera salir. Al final, les enseñé la lÃnea escrita en la bitácora. Les dije que yo no la habÃa puesto y que habÃa aparecido mientras yo estaba abajo revisando el estacionamiento. En cuanto mencioné el apellido, Vera dejó de mirarme como se mira a alguien que solo está cerrando turno. No me interrumpió, tampoco me dijo que me calmara al principio. Solo esperó a que terminara y cuando acabé, me preguntó cómo era el hombre con el que habÃa estado hablando. se lo describà con lo que recordaba mayor que yo uniforme de seguridad libreta vieja trato tranquilo y seguro al caminar por la plaza cuando terminé Vera se quedó callado unos segundos el otro guardia no dijo nada solo se quedó junto a la puerta viendo la taza y la bitácora yo le pregunté a Vera qué estaba pasando entonces me dijo una
41:01 frase que no he cambiado desde esa madrugada porque no necesita adornos Me dijo que no habÃa ningún guardia activo llamado Salgado. Le respondà que se estaba equivocando, que yo acababa de pasar parte del turno con él, que habÃamos revisado las cámaras juntos y que hasta le habÃa servido café. Vera negó con la cabeza y me aclaró que sà habÃa existido un guardia con ese apellido, pero que llevaba años muerto. Al principio pensé que se referÃa a otra empresa o a otro servicio. Se lo dije. Volvió a negarlo y me explicó que ese hombre habÃa trabajado en esa misma plaza, en turno de noche, cuando el lugar todavÃa no estaba tan vacÃo, y que murió dentro del edificio.
41:49 Lo encontraron durante un servicio, después de que reportó por radio movimientos raros y ruidos en la zona del sótano. Vera no me lo contó como rumor ni como cuento, me lo dijo de frente con la seguridad de alguien que ya conocÃa ese antecedente. Yo seguÃa sin aceptarlo. Le repetà que eso no cuadraba, porque yo lo habÃa visto entrar a la cabina, hablar conmigo, revisar la bitácora y acompañarme por parte del edificio. Le enseñé la taza de café, todavÃa con un poco en el fondo. Luego abrà la bitácora en la lÃnea que habÃa aparecido mientras yo estaba abajo, y le dije que esa letra no era mÃa. Vera tomó la libreta, leyó la frase y me dijo que reconocÃa la letra. Después sacó el celular, buscó una foto vieja de personal de seguridad y me la mostró sin decir nada más. Ahà estaba el mismo hombre que yo habÃa visto esa madrugada. No uno parecido, no alguien con rasgos cercanos. Era él. En ese momento dejé de discutir por unos segundos. La foto, el apellido y la nota escrita en la bitácora encajaban demasiado. Aún asÃ, yo necesitaba una última comprobación, algo que no dependiera solo de lo que me estaban diciendo. Le pedà a Vera que revisáramos las zonas por donde habÃamos pasado Salgado y yo, y también el sótano, porque era ahà donde se habÃan escuchado varias veces los arranques de maquinaria. Los tres salimos de
43:22 la cabina y empezamos el recorrido, ya con la luz de la mañana entrando por algunos accesos. primero revisamos el pasillo de la cámara principal no habÃa nadie no habÃa puertas abiertas y no habÃa señales recientes de entrada luego subimos a la parte alta donde antes habÃamos escuchado otro ruido pero todo seguÃa cerrado después bajamos al estacionamiento y desde ahà seguimos hasta la zona del sótano yo iba detrás de Vera mirando a todos lados y repasando en mi cabeza lo que habÃa hablado con Salgado unas horas antes No era una sensación rara, era algo más simple y más duro. Yo recordaba bien esa conversación, recordaba cómo se sentó, cómo pasó las hojas de la bitácora y cómo me dijo que no saliera corriendo detrás de la imagen.
44:13 En el sótano, cerca de un cuarto donde otras noches se habÃan escuchado esos arranques, encontramos una libreta vieja sobre una repisa. Vera la tomó, la abrió y empezó a ojearla. eran anotaciones de rondines y reportes del servicio de años atrás. La letra era la misma que habÃa aparecido en mi bitácora esa noche. En una de las páginas habÃa un reporte sobre una persona que se veÃa cruzar una cámara y se perdÃa al pasar a la siguiente. Más adelante, en otra anotación, se mencionaban ruidos de maquinaria en el mismo edificio. La fecha era de varios años antes. Yo ya no necesitaba más pruebas, pero ver esa libreta me quitó cualquier idea de seguir buscando una explicación rápida. No resolvÃa lo que habÃa pasado, pero cerraba una parte concreta.
45:06 El hombre con el que yo habÃa hablado tenÃa nombre, tenÃa registro y habÃa dejado escrita. La misma situación mucho antes de que me tocara a mÃ. Le pregunté a Vera por qué nunca me habÃan advertido nada. Me respondió que la empresa no tomaba en serio ese tipo de reportes, mientras no hubiera daños, robos o algo que pudiera meterse en un informe común. Luego agregó que cuando el personal nuevo empezaba a ver lo mismo, algunos pedÃan cambio y otros renunciaban. No dijo más. Yo tampoco quise alargarlo. Esa misma mañana entregué la renuncia. No lo hice por impulso.
45:47 Ya llevaba varias noches trabajando. bajo una situación que no podÃa controlar ni explicar, y esa madrugada entendà que tampoco tenÃa respaldo real de la empresa, antes de irme hice mi último registro en la bitácora, dejé anotado lo necesario sin exagerar y sin recortar nada, puse que durante el turno observé nuevamente la presencia en cámara, que escuché arranques de maquinaria en distintas áreas, y que mantuve conversación con un guardia identificado como Salgado, y que al llegar el relevo se me informó que ese guardia llevaba años fallecido. Vera leyó la anotación y no me pidió que la cambiara.
46:29 Desde entonces no he vuelto a trabajar en una plaza abandonada. Tampoco he querido regresar a ese lugar. Cuando alguien me pregunta por qué dejé ese empleo, cuento lo mismo que estoy contando ahora. Varias noches seguidas, vi a una persona cruzar un pasillo en una cámara y perderse antes de aparecer en la siguiente. Escuché maquinaria encenderse en un edificio vacÃo y nunca encontré nada al revisar. Y la única noche en que tuve compañÃa, la única noche en que hablé con alguien que conocÃa bien lo que estaba pasando. El cambio de guardia me dijo que ese compañero llevaba años muerto. No tengo una explicación que cierre eso ni la busco. Lo único que mantengo es el orden de los hechos, porque asà fue como ocurrieron. Primero fueron las cámaras, después los ruidos, luego la conversación con Salgado y al final la confirmación de que ese hombre ya no seguÃa vivo.
47:27 Esa es la parte que no cambió con el tiempo y por eso la sigo contando igual. Asà lo vivÃ, asà lo anoté y asà terminó mi trabajo en ese lugar. trabajé como guardia de seguridad nocturno en unas bodegas viejas en la orilla de la ciudad. Cuando entré a ese servicio, me dijeron lo mismo que le decÃan a todos, que ahà se oÃan ruidos extraños, que algunas puertas amanecÃan abiertas, que en ciertos puntos del predio se escuchaban pasos, y que más de un guardia habÃa pedido cambio o habÃa renunciado por miedo. Yo no les creÃ. En ese tiempo pensaba que la gente exageraba mucho, cuando trabajaba de noche, sobre todo en lugares solos y con demasiado silencio. Mi idea era simple, si algo sonaba tenÃa una causa, y si algo se movÃa, también. El trabajo no tenÃa mucha ciencia.
48:30 Yo llegaba al turno, recibÃa la novedad, revisaba los accesos, hacÃa recorridos por el patio y por las naves, miraba las cámaras y anotaba cualquier detalle en la libreta de la caseta. Casi nunca entraba nadie en la noche, por eso cualquier ruido resaltaba más. Durante las primeras semanas no pasó nada que me sacara del control. Escuchaba golpes, iba a revisar y encontraba una lámina suelta, una cadena movida o algún animal. A veces una cámara se congelaba pero el sistema ya estaba viejo, asà que todo entraba en lo normal. Yo preferÃa pensar asà porque no me interesaba meterme en cuentos. HabÃa escuchado demasiadas historias de veladores que juraban haber visto cosas y casi siempre terminaban contando sombras, ruidos o sensaciones. A mà eso no me bastaba. Yo necesitaba ver algo claro, tocar una puerta abierta, encontrar una marca o revisar un candado forzado. Si no habÃa algo concreto, para mà no habÃa nada. Con el paso de los dÃas empecé a notar detalles que ya no me gustaron.
49:40 Una noche encontré una puerta mal asegurada, aunque yo mismo la habÃa revisado antes. Me molesté. Pensé que habÃa sido un descuido mÃo. La cerré de nuevo y lo anoté. DÃas después escuché un golpe fuerte dentro de una de las naves. Fui a revisar y encontré una tarima en el suelo. Busqué alrededor, alumbré esquinas, revisé puertas y no encontré a nadie. Otra noche vi en una cámara. una sombra cruzando una parte del patio. Salà de inmediato y tampoco habÃa nadie. En ese punto seguÃa sin pensar en algo raro, pero ya me fastidiaba no dar con la causa.
50:20 Lo que más me inquietó al principio no fue un ruido, fue un olor. Empezó a sentirse por ratos, sin aviso. Era un olor fuerte, a quemado. No se quedaba mucho tiempo. AparecÃa de golpe y luego se iba. Lo sentà primero cerca de la caseta. Después, en una parte del patio y luego por la oficina del fondo. Revisé contactos, cables, focos y el equipo que usábamos, pero no vi ninguna falla y tampoco encontré nada que explicara ese olor. Eso fue lo primero que ya no pude acomodar tan fácil en la cabeza. Después vino lo del teléfono. En el fondo del predio habÃa una oficina vieja que ya no se usaba. El aparato seguÃa sobre un escritorio. pero esa lÃnea no servÃa desde antes de que yo entrara a trabajar ahÃ. Una noche, durante un recorrido, escuché que sonó adentro.
51:16 Me quedé quieto al instante. No fue un ruido confuso ni algo lejano. Fue un timbrazo claro dentro de esa oficina. Me acerqué, escuché otro y luego se cortó. Revisé por fuera y no vi a nadie. No entré en ese momento, pero desde esa noche ya no caminé igual por ese lado del predio. Yo seguÃa sin decir que ahà pasaba algo fuera de lo normal. Lo que sà acepté fue otra cosa, que ya no me sentÃa tranquilo. Cada vez que me tocaba ir al fondo, el cuerpo se me tensaba. Me ponÃa más atento, caminaba más despacio y revisaba mejor todo. No querÃa reconocerlo, porque yo mismo me habÃa burlado de esas historias al principio, pero ya habÃa partes del lugar que me pesaban antes de llegar. La noche que me cambió todo empezó igual que las demás. Llegué, recibà el turno, me instalé en la caseta y salà al primer recorrido.
52:12 No vi nada fuera de lugar, todo estaba cerrado y en silencio. Más tarde, mientras revisaba las cámaras, vi un perro parado frente al portón. No ladraba, no caminaba de un lado a otro, no olfateaba. Estaba quieto, mirando hacia adentro, y se quedó inmóvil varios segundos y después se fue. No mucho después se escuchó un golpe fuerte dentro de una de las naves. Esta vez no sonó a lámina ni a cadena, sonó a algo pesado cayendo sobre el piso. Tomé la lámpara, agarré el radio y fui a revisar. La puerta principal seguÃa cerrada. La puerta peatonal también parecÃa asegurada, pero cuando me acerqué vi el candado acomodado solo para aparentar, pues no estaba cerrado de verdad. Ahà fue cuando pensé que alguien se habÃa metido y seguÃa adentro. Abrà con cuidado y entré. Adentro estaba oscuro y callado. Alumbré el piso, las esquinas y el frente. Encontré una tarima tirada. El polvo seguÃa movido alrededor. Revisé arriba, a los lados y al fondo, pero no vi a nadie. Asà que avancé unos pasos más y entonces escuché un arrastre detrás de mÃ.
53:30 Me volteé de inmediato. No habÃa nada. me quedé quieto tratando de oÃr mejor y ahà escuché una respiración cerca y clara dentro de la nave no era mÃa no venÃa del radio y no se oÃa lejos asà que levanté la lámpara y alumbré hacia donde la escuché pero no habÃa nadie en ese momento salà no corrà pero salà rápido con el cuerpo duro y la espalda tensa volvà a asegurar la puerta y regresé a la caseta Me senté frente a las cámaras e intenté calmarme. Me repetà que podÃa haber alguien escondido, que tal vez no habÃa revisado bien, o que el cansancio ya me estaba jugando en contra. Quise sostener esa idea porque todavÃa me negaba a aceptar otra cosa, pero ya no era igual.
54:22 Desde ese momento, el turno dejó de sentirse normal. Yo ya no estaba haciendo mi trabajo en calma. Ya estaba esperando que volviera a pasar algo. Después de salir de esa nave, regresé a la caseta y cerré la puerta detrás de mÃ. Me senté frente a las cámaras, dejé la lámpara sobre la mesa y traté de recuperar el aire. No estaba agitado por correr, estaba agitado por lo que acababa de escuchar. Hasta ese momento yo habÃa podido darle una salida a todo. Una falla, un descuido, un ruido mal entendido, un animal, una puerta mal puesta o cualquier cosa. Pero esa respiración adentro de la nave, a pocos metros de mÃ, sin nadie enfrente y sin nadie detrás, ya no entraba fácil en ninguna explicación. Aún asÃ, seguà aferrado a la idea de que algo se me habÃa pasado, que alguien se habÃa escondido y que yo no habÃa revisado bien. Me quedé mirando los monitores un buen rato.
55:25 El predio seguÃa quieto, no se veÃa movimiento en las entradas, ni en el patio, ni en el fondo. Todo estaba en orden en la pantalla, pero yo ya no estaba en orden por dentro. Cada sonido pequeño me obligaba a levantar la cabeza. Cada segundo de retraso en una cámara me tensaba los brazos. Y el silencio ya no me ayudaba a concentrarme. Me empujaba a escuchar más de la cuenta. Yo seguÃa solo en la caseta, pero ya no me sentÃa solo en el turno. Pasaron varios minutos sin nada nuevo y eso me pesó más. Cuando las cosas se quedan quietas después de un susto, uno empieza a repasar lo que oyó, lo que vio y lo que no logró entender. Yo estaba en eso cuando volvió ese olor a quemado. Entró a la caseta de golpe. Era fuerte y seco. Me levanté de inmediato, revisé el contacto del monitor, el radio, la extensión, el foco, todo lo que tenÃa cerca y no encontré falla. El olor se fue tan rápido como llegó. En ese mismo momento, escuché un roce afuera, junto a la ventana. No fue un golpe ni un jalón.
56:33 Fue un sonido leve y largo, pegado a la pared de la caseta. Volté de inmediato y me asomé, pero no vi a nadie. Ahà tomé la decisión de salir otra vez. Ya no era por rutina, ya no era por cumplir el recorrido. Necesitaba confirmar que el predio seguÃa vacÃo. Agarré la lámpara, tomé el radio y fui primero hacia el patio. Revisé una de las naves, luego el pasillo lateral y después caminé hasta la oficina del fondo, la que llevaba tiempo cerrada. Antes de llegar ya traÃa el cuerpo tenso. No me gustaba pasar por ahà desde lo del teléfono. Y cuando estuve frente a la puerta me detuve de golpe. Debajo se veÃa una lÃnea de luz.
57:17 Era delgada, pero clara. La oficina estaba cerrada y no debÃa tener corriente. Me acerqué despacio y puse la mano sobre la puerta. La sentà tibia. Me asomé por el cristal roto del costado y adentro se veÃa oscuro. Volvà a mirar abajo y la luz seguÃa ahÃ. No cambiaba, no parpadeaba, no se movÃa. Me quedé unos segundos mirando esa lÃnea, tratando de decidir si abrÃa o si primero llamaba al supervisor. Antes de hacer cualquiera de las dos cosas, el teléfono sonó adentro. Esta vez no hubo duda. Sonó claro, varias veces, y en una oficina vacÃa y sin lÃnea.
57:59 Ahà se me fue la última calma que me quedaba. Ya no pensé en una confusión. Ya no pensé en una falla del oÃdo. Abrà la puerta con cuidado y alumbré hacia adentro. Pero la oficina estaba sola, el escritorio seguÃa en su lugar, el teléfono también, las sillas, el archivero, todo. No habÃa nadie escondido, no habÃa ventana abierta, no habÃa una segunda salida por donde alguien pudiera irse. Entré dos pasos, acerqué la lámpara al escritorio y levanté el auricular. No habÃa tono, solo se escuchaba un soplido bajo, continuo, pegado al oÃdo. Lo volvà a dejar en su sitio y salÃ.
58:41 Ahà entendà que ya no iba a seguir recorriendo el fondo del predio, no por flojera, no por abandonar el trabajo, sino porque ya estaba entrando en un punto donde no podÃa confiar ni en lo que oÃa ni en lo que veÃa. Regresé a la caseta, cerré la puerta, aseguré la ventana y me senté otra vez frente a los monitores. Mi idea era aguantar hasta el amanecer y salir de ahà en cuanto me relevaran. No querÃa seguir moviéndome por el predio, querÃa mantener todo al frente, encerrado y bajo vista. No pasó mucho tiempo antes de que las cámaras se fueran a negro. El monitor siguió encendido, pero la imagen desapareció de golpe en todas. Revisé los cables, movà la conexión, le di un golpe corto al costado del monitor y nada volvió. Me quedé viendo la pantalla vacÃa unos segundos, sin saber si el fallo era del equipo o si se habÃa ido la señal en todo el predio. Entonces escuché pasos afuera. VenÃan desde la entrada y avanzaban directo hacia la caseta. Eran pasos lentos, firmes, sin prisa. No se oÃan desordenados, no se oÃan torpes, no se oÃan nerviosos.
59:55 Se acercaron poco a poco sobre la grava y sobre el piso de cemento hasta detenerse frente a mi puerta. Yo no me movÃ. Me quedé sentado, con la mano en la lámpara y la vista clavada en la puerta. Pasaron unos segundos y tocaron tres veces. No respondÃ. Me quedé quieto, esperando otro ruido, otra señal o cualquier cosa que me dijera quién estaba afuera. Volvieron a tocar. Después escuché un roce en la parte de afuera pegado a la lámina. Ahà reunà valor y pregunté quién era. Mi voz no salió firme, pero salió. Del otro lado no contestaron enseguida. Primero escuché una respiración, muy cerca de la puerta.
1:00:41 Luego una voz de hombre, baja y tranquila. Dijo que abriera, que venÃa a hacerme una propuesta. Dijo mi nombre completo. Sentà un frÃo seco en el cuerpo. Yo no traÃa gafete al frente, no habÃa nadie más en el predio y esa voz no era la del supervisor ni la de ningún compañero. Me quedé callado y la voz siguió hablando. Dijo que yo ya estaba cansado de vivir con problemas, de cargar deudas, de no alcanzar a resolver lo que tenÃa encima. Dijo que sabÃa lo que me preocupaba, que sabÃa lo que yo necesitaba y que habÃa ido a ofrecerme una vida mejor. No alzó la voz, no golpeó la puerta. no metió prisa, habló con una calma que me dejó peor, yo le pregunté qué querÃa a cambio, la voz respondió sin tardarse, dijo que sólo querÃa una cosa, que yo le dijera que sà y que le entregara mi alma, ahà me quedé paralizado, ya no pensé en una broma, ya no pensé en un intruso y no pensé en ladrones, nadie llega a una caseta a esa hora, en un lugar asÃ, a decir eso con esa seguridad, Le dije que se fuera, le dije que no iba a abrir. La voz soltó una risa breve y respondió que no importaba si yo decÃa que no esa noche, que podÃa esperar, que me iba a vigilar siempre, hasta el dÃa en que yo mismo aceptara. Yo seguÃa inmóvil, con la piel erizada y la nuca dura. No estaba
1:02:11 viendo nada todavÃa, solo escuchándolo detrás de la puerta, y aún asà supe que estaba frente a algo que no pertenecÃa a ese lugar ni a este mundo. En ese momento vi un reflejo en la ventana lateral de la caseta. Algo se movió por fuera, giré la cabeza, levanté la vista y lo vi. Lo vi por la ventana lateral y me quedé helado. Estaba parado afuera, frente al vidrio. TenÃa cuerpo de hombre. Llevaba ropa oscura y estaba quieto, mirándome de frente. Lo primero que me golpeó fue la cara. No era una cara normal. TenÃa una sonrisa abierta, fija, sin calor, y unos ojos rojos, duros, clavados en mÃ.
1:02:56 En la frente se le marcaban dos puntas cortas. No necesité pensar mucho para entenderlo, y en ese momento supe lo que estaba viendo. Era el diablo. No golpeó la puerta, no levantó la voz y no hizo un solo movimiento de más. Se quedó ahÃ, firme, con una tranquilidad que me hizo sentir peor que cualquier grito. Levantó una mano y la apoyó en la ventana. Yo di un paso atrás sin apartar la vista. Sentà el pecho apretado, los brazos duros y la piel erizada. El aire dentro de la caseta se volvió pesado. Me costaba respirar hondo. Quise decir algo, pero la voz no me salió al principio.
1:03:38 Siguió sonriendo y volvió a hablar. Me dijo que no respondiera por miedo, que pensara bien lo que estaba rechazando, que una sola palabra mÃa bastaba para cambiar mi vida entera. Me ofreció dinero, trabajo estable, una casa mejor, salud para mi familia y descanso para mÃ. Dijo cosas que nadie de ese lugar tenÃa por qué saber. Habló de deudas que yo traÃa encima, de problemas que yo no le contaba a nadie y del cansancio que me estaba cargando dÃa y noche. Mientras decÃa todo eso, no dejó de mirarme ni un segundo. Yo le dije que no. No lo grité, lo dije bajo, con la garganta seca. Me temblaban las piernas y aún asà se lo dije. Ãl no se enojó, no cambió la cara ni retiró la mano del vidrio. Me respondió que yo todavÃa no entendÃa cuánto tiempo podÃa esperar. Después se acercó más a la ventana y me dijo que, si esa noche no aceptaba, me iba a seguir mirando en el trabajo, en la calle y en mi casa, hasta el dÃa en que yo mismo le dijera que sÃ. Lo dijo tranquilo, seguro, y eso fue lo que más miedo me dio. Agarré una silla que estaba junto al escritorio y la lancé contra la ventana. El vidrio estalló hacia afuera. En ese momento se acabó el turno y se acabó cualquier idea de quedarme. Abrà la puerta de golpe y salà con la lámpara en la mano. Alumbré hacia todos lados, pero no habÃa nadie. No escuché pasos, no vi sombra, no
1:05:08 vi movimiento. El espacio frente a la caseta estaba vacÃo, asà que avancé unos metros y seguÃa sin haber nada. Yo sabÃa lo que acababa de ver, pero afuera no habÃa una sola señal de que alguien hubiera estado ahÃ. Corrà hacia la entrada principal. Quité el candado con las manos torpes y salà del predio. Dejé adentro mi mochila y otras cosas, ni siquiera pensé en regresar por ellas. Seguà caminando hasta encontrar una gasolinera abierta. Entré, pedà un teléfono y llamé para avisar que renunciaba. No conté todo en esa llamada, solo dije que no iba a volver a ese servicio. Al dÃa siguiente hablé con el supervisor.
1:05:53 Le conté lo que vi, lo que escuché y le dije con claridad que no regresaba por ningún motivo. Se quedó serio y al final solo respondió que yo no habÃa sido el primero en salir corriendo de ese lugar. También dijo que otro guardia habÃa dejado el turno de madrugada y que nunca explicó bien por qué. Esa respuesta no me tranquilizó. Me confirmó que algo pasaba ahà y que nadie querÃa hablar de eso de frente. Después traté de seguir con mi vida. Busqué otro trabajo, evité pasar por esa zona y me forcé a pensar que todo habÃa sido producto del cansancio y del miedo acumulado, pero esa idea no me duró mucho. Desde la primera semana empecé a despertarme en la madrugada con la misma sensación que tuve en la caseta, la de no estar solo.
1:06:47 AbrÃa los ojos y el cuarto estaba oscuro y en silencio. pero el cuerpo me avisaba otra cosa. Se me enchinaba la piel, se me tensaban los brazos y sentÃa una presión en el pecho. En algunas noches, además, volvÃa ese olor a quemado, seco y breve. La primera vez que pasó en mi casa me quedé acostado, sin moverme, escuchando. Después oà un roce afuera del cuarto. Me levanté, prendà la luz y revisé la sala y la entrada. No encontré nada, otra noche escuché pasos dentro de la casa lentos y marcados hasta mi puerta cuando salà no habÃa nadie revisé cerraduras ventanas y patio pero todo estaba bien también hubo noches en las que me desperté de golpe con la certeza de que habÃa alguien junto a la cama no abrÃa los ojos de inmediato me quedaba quieto unos segundos a veces no veÃa nada y a veces antes de moverme volvÃa el olor Revisé puertas, cambié hábitos y traté de mantener la cabeza ocupada para no pensar en eso, pero no funcionó. PodÃan pasar varios dÃas sin nada y luego todo regresaba. Bastaba una madrugada mala para que esa sensación volviera completa. Por eso dejé de aceptar trabajos de noche en lugares aislados. Hasta hoy no he dicho que sÃ, nunca le he dado esa respuesta, pero
1:08:17 tampoco puedo decir que aquello terminó esa noche. Hay madrugadas en las que despierto, con la sensación exacta de que alguien está a unos pasos de mi cama, quieto mirándome en silencio. En esos momentos recuerdo lo que me dijo frente a la caseta, que si no aceptaba esa noche me iba a vigilar siempre, hasta el dÃa en que yo mismo se lo dijera por mi cuenta. Esa frase no se me ha borrado, yo no volvà a esas bodegas, lo que sà volvió conmigo fue esa presencia. Y hay noches en las que sigo sintiendo que no me ha dejado solo.
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