April 15, 2026

Mi Compañero De Ese Turno Llevaba Años Muerto Y Yo No Lo Sabía - Historias De Terror - REDE

Mi Compañero De Ese Turno Llevaba Años Muerto Y Yo No Lo Sabía - Historias De Terror - REDE
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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 Me llamo Ernesto Saldaña y durante varios años trabajé como velador nocturno en unas bodegas a las afueras de la ciudad. Entraba cuando salía el personal de día y me quedaba solo hasta que llegaba el relevo de la mañana. Ya conocía bien ese trabajo, ya sabía qué puertas revisar primero, qué partes requerían más atención y qué ruidos eran normales durante la noche. Por eso recuerdo también lo que pasó aquella vez. Esa noche recibí el turno como siempre, me entregaron las llaves, el radio y el reporte, y me avisaron que una cámara de la parte de atrás estaba fallando por momentos, así que me pidieron que estuviera pendiente de esa zona. Hice mi recorrido, revisé portones, accesos y candados, y luego regresé a la caseta. Todo estaba en orden, no había movimiento de camiones, no había personal dentro, y no se veía nada raro. Pasó un rato, salí otra vez a revisar y cuando iba de regreso, escuché un ruido en la parte trasera de una de las bodegas.

1:10 No fue un golpe, fue un arrastre sobre el piso. Me detuve, puse atención y ya no se oyó nada más. Tomé la lámpara, fui a revisar esa parte, alumbré el suelo, la barda y el costado del edificio, pero no vi a nadie. Esperé unos segundos, seguí escuchando y todo quedó en silencio. Pensé que podía ser un animal o alguna cosa movida por el aire, así que regresé a la caseta. Poco después el ruido volvió y esta vez fue más claro. Ya no era solo el arrastre, también escuché pasos. Agarré el radio, avisé que iba otra vez hacia la parte de atrás y salí directo a revisar. Mientras me acercaba vi una luz baja, distinta a la del patio. No salía de un foco ni de un vehículo. Era una luz pequeña, fija, y al acercarme entendí que eran velas.

2:05 Bajé el paso, me pegué al muro, y avancé con cuidado hasta donde pude asomarme. Ahí vi a cuatro personas, tres mujeres y un hombre. Estaban en el suelo, reunidos alrededor de varias velas encendidas. Tenían una cubeta, botellas, trapos, un plato y otros objetos acomodados dentro de un círculo hecho con polvo blanco. También tenían una gallina amarrada de las patas. En cuanto vi eso, entendí que no se habían metido por error, ni estaban buscando por dónde sacar mercancía. Habían entrado a hacer brujería dentro de las bodegas. Les alumbré de frente y les dije que se retiraran, que era propiedad privada y que ya había dado aviso. La primera en voltearse fue una mujer mayor. Traía un rebozo oscuro en la cabeza y no se movió. El hombre agachó la mirada. Una de las otras mujeres empezó a levantar unas cosas del piso, y la tercera se quedó quieta.

3:07 Yo repetí la orden y avancé un poco más. La mujer del rebozo me preguntó si yo estaba solo esa noche. No le respondí eso. Le dije que salieran por donde habían entrado. Ella me contestó que no me acercara, que ya casi terminaban. Yo seguí avanzando porque estaban metidos en una propiedad ajena y yo estaba haciendo mi trabajo. Cuando di otros pasos vi mejor lo que tenían en el suelo. Dentro del círculo había velas negras, fotografías, listones rojos, un muñeco hecho con tela y un charco oscuro. Ya no quedaba duda de lo que estaban haciendo. La mujer del rebozo me dijo que no me metiera, que eso ya estaba empezado. y que me iba a arrepentir si lo interrumpía.

3:55 Yo no me hice para atrás, fui directo hacia ellos con la intención de sacarlos de ahí. Alcancé a empujar al hombre para abrirme paso, y en ese momento una de las mujeres me aventó un polvo a la cara. Me entró en los ojos, en la nariz y en la boca. Me ardió de inmediato. solté la lámpara me cubrí el rostro con las manos y traté de respirar pero el polvo me hizo toser y me dejó medio cegado por unos segundos quise retroceder recuperar aire y sacar el radio pero ya no pude sentí un golpe en la muñeca el radio se me cayó y antes de que pudiera reaccionar ya los tenía encima una me jaló de un brazo otro me sujetó de la camisa y alguien me pegó por detrás de la pierna para tumbarme Caí de lado, intenté levantarme, pero me presionaron contra el piso.

4:48 Yo pateaba, trataba de zafarme, buscaba mover un brazo para golpear, pero no podía hacer fuerza suficiente. Me metieron un trapo en la boca y me apretaron con fuerza. Ese trapo tenía un olor muy fuerte. No perdí el conocimiento, pero empecé a sentir la cabeza pesada y la vista borrosa. Escuché que el hombre dijo que me agarraran bien para que no siguiera haciendo ruido. Yo seguía moviéndome con toda la fuerza que tenía, pero eran varios y me fueron dominando. Me amarraron primero las manos, luego las piernas. La mujer del rebozo se acercó cuando yo ya estaba en el suelo.

5:31 Se puso frente a mí, me habló de cerca y me dijo que por haber interrumpido el trabajo me iba a quedar la carga, que ya estaba marcado. y que ahora me tocaba servir. No entendí cada palabra, porque me faltaba el aire y la cabeza me daba vueltas, pero sí escuché con claridad cuando dijo que me iban a entregar al diablo. Esa frase se me quedó grabada desde ese momento. Después de eso, me arrastraron por el piso. Sentía el jalón en los hombros, en la espalda y en las piernas. Mientras me llevaban hacia otra parte de las bodegas, yo intentaba gritar, pero con el trapo en la boca apenas podía respirar. Iba golpeándome con el suelo y con lo que se atravesaba en el camino. En un momento traté de abrir bien los ojos para ubicar hacia dónde me llevaban, pero no podía ver claro por el ardor y por la forma en que me arrastraban.

6:29 Solo entendí que me alejaban de la parte donde los había encontrado y me metían más al fondo. Cuando pude mirar mejor ya estaba en otra zona de la bodega. en un espacio que casi no se usaba ahí me sentaron contra una estructura metálica me apretaron otra vez las cuerdas y me dejaron con la espalda forzada las piernas fijas y los brazos casi inmóviles yo ya no tenía radio no tenía lámpara y no tenía forma de pedir ayuda la mujer del rebozo se paró frente a mí me miró directo y me dijo que ahora sí iban a terminar el trabajo En ese momento, sentí miedo de verdad.

7:10 Hasta ahí, yo todavía seguía peleando por soltarme, por gritar, por hacer algo. Pero ya amarrado, golpeado, sin poder moverme bien y viendo a esas cuatro personas frente a mí, entendí que había quedado metido a la fuerza en lo que ellos habían ido a hacer. Ya no era solo que los hubiera sorprendido dentro de las bodegas. Ya me tenían sujeto. Ya me habían dicho que me habían marcado. y ya habían decidido usarme. Ahí supe que esa noche no iba a terminar bien. Cuando recuperé un poco más el sentido, seguía amarrado a la estructura metálica, con las manos hacia atrás, las piernas sujetas y el trapo metido en la boca. Me costaba respirar, me ardían los ojos por el polvo que me habían aventado, y sentía la cabeza pesada, pero no estaba desmayado. abría bien la vista por momentos y luego se me nublaba otra vez frente a mí seguían las cuatro personas habían movido parte de sus cosas hasta ese lugar y en el suelo ya tenían otra vez las velas la cubeta el plato y varios objetos que habían levantado del círculo la mujer del rebozo era la que mandaba las otras dos le hacían caso una más firme y la otra con miedo El hombre casi no hablaba, solo obedecía. La mujer se acercó primero, me quitó el trapo de la boca y me dijo que me quedara quieto, que no gritara porque nadie iba

8:41 a llegar a tiempo. Yo le pedí que me soltara y le dije que eso ya era secuestro, que la policía los iba a encontrar y que las bodegas tenían cámaras. Ella me respondió que esa noche las cámaras no me iban a servir de nada. Yo seguí forcejeando, buscando aflojarme las muñecas, pero cada movimiento me lastimaba más. La muchacha más joven preguntó si de verdad me iban a usar a mí. Lo preguntó con la voz temblando. La mujer del rebozo le contestó que ya estaba empezado, que no podían dejarlo así y que yo había llegado en el momento que tenía que llegar. Yo entendí entonces que no pensaban solo callarme o asustarme. Ya habían decidido meterme en lo que estaban haciendo. Traté de mover las piernas, de jalar las manos, de girar el cuerpo para soltarme, pero no podía hacer fuerza suficiente, y lo único que lograba era abrirme más la piel en las muñecas. La mujer se me puso enfrente, me agarró de la cara y me levantó la cabeza para obligarme a verla. Me dijo que me calmara, porque si seguía resistiéndome me iba a ir peor. Yo le escupí por impulso, Ella me soltó y me dio una bofetada. El hombre dio un paso hacia mí, pero ella misma lo detuvo. Luego tomó el plato donde tenían un líquido oscuro. Metió dos dedos ahí, sacó un cuchillo pequeño y me abrió la camisa, desde el cuello hasta el abdomen, cortando solo la tela. Sentí

10:15 el aire en el pecho y enseguida sentí sus dedos sobre la piel. No me cortó con el cuchillo, pero me pintó el pecho y el estómago con esa mezcla. Al principio se sintió fría, luego empezó a arder. Me hizo varias líneas y después me marcó la frente. El olor era fuerte a alcohol, ceniza y sangre. Mientras me marcaba, dijo varias frases en voz baja. No entendí todo, pero escuché varias veces lo mismo. Que yo ya había quedado señalado y que me iban a entregar al diablo. lo repitió más de una vez también dijo que por haberme metido donde no debía la carga se quedaba conmigo la muchacha joven volvió a decir que ya era demasiado que mejor se fueran la otra mujer la cayó de inmediato le dijo que por miedo siempre echaba todo a perder el hombre me volvió a meter el trapo en la boca y me sostuvo la cabeza hacia atrás mientras la mujer seguía haciendo marcas yo trataba de moverme pero ya no podía hacer mucho Lo único que me quedaba era fijarme bien en ellos. Me obligué a verles la cara, a recordar sus cuerpos, su voz y sus movimientos, porque pensé que si salía de esa, iba a tener que decir quiénes eran. La mujer mayor era baja y fuerte, la más joven tendría poco más de 20 años, y la otra mujer era delgada y de más edad. El hombre era robusto y traía bigote. Eso fue lo que me

11:46 repetí una y otra vez para no olvidarlo. Luego empezaron con el ritual frente a mí. No vi nada fuera de este mundo. No hubo apariciones ni pasó nada que yo no pudiera contar tal como lo vi. Lo que vi fue a cuatro personas haciendo brujería con toda seriedad. Delante de mí y dentro de una bodega vacía. Encendieron más velas. Movieron objetos del plato a la cubeta. Rociaron líquido en el suelo. acomodaron trapos listones y fotografías y dijeron palabras en voz baja en un momento sacaron la gallina la escuché moverse luego escuché el aleteo y después ya no se oyó nada la muchacha joven empezó a llorar y la mujer del rebozo le ordenó que se callara y siguiera yo estaba a pocos metros de ellos amarrado viendo todo y sin poder hacer nada Ahí entendí que no era una amenaza lanzada al aire para asustarme, ya me habían metido en su trabajo y ya me estaban usando. No sabía de qué manera pensaban terminar aquello, pero lo que decían era claro. La mujer del rebozo se acercó otra vez, me habló al oído y me dijo que al amanecer me iban a encontrar, pero que ya no iba a ser el mismo. También me dijo que desde esa noche me iban a seguir viendo. Yo no contesté. Tenía la boca tapada, el pecho ardiendo y

13:18 todo el cuerpo temblando. Después me amarraron un cordón rojo en la muñeca izquierda. Lo apretaron tanto que me dejó marcada la piel varios días. También me colgaron una bolsa negra por dentro de la camisa rota. No vi qué traía adentro, solo sentí el peso y el olor fuerte que despedía. Cuando terminaron esa parte, la muchacha volvió a decir que eso era una locura. El hombre respondió que ya estaba hecho y que mejor se apuraran. Entonces me soltaron de una de las sujeciones, me jalaron entre dos y me arrastraron un poco más al fondo, hacia una zona donde había material apilado y donde casi no se veía desde la entrada. Ahí me volvieron a amarrar, pero esta vez a una parte más baja de la misma estructura, dejándome de costado y casi escondido detrás de unas tarimas.

14:12 Me dejaron acomodado de tal forma que no me vieran rápido al entrar. Antes de irse, la mujer del rebozo me levantó la cara con la mano y me dijo que esperara mi turno, que ya estaba apartado. La más joven se quedó quieta unos segundos. Me miró, pero no hizo nada. El hombre la jaló del brazo, la otra mujer recogió las últimas cosas y los cuatro se fueron. Escuché sus pasos alejándose. También oí que arrastraban algo y luego una puerta. Después de eso me quedé solo, amarrado, con el pecho ardiendo, la cara manchada, la garganta seca y el cuerpo molido por los golpes. Intenté sacarme el trapo con la lengua y con la mandíbula, hasta que logré aflojarlo un poco. Empecé a respirar mejor. aunque seguía sin poder gritar con fuerza. Probé mover las manos, girar las muñecas, empujar con las rodillas, arrastrarme o cualquier cosa que me ayudara a soltarme, pero no pude. A partir de ahí todo se volvió espera. No sabía si iban a regresar, no sabía si alguien iba a notar pronto que yo no estaba en la caseta y no sabía cuánto faltaba para que entrara el relevo. Escuchaba ruidos lejanos del exterior, luego silencio, luego motores otra vez. Yo trataba de concentrarme solo en respirar y en no desesperarme, pero cada minuto pesaba más. Ya no era solo lo que me habían hecho, eran también las palabras que me habían

15:45 dejado metidas en la cabeza. Habían repetido varias veces que me habían marcado para entregarme al diablo, y me dejaron ahí amarrado, escondido y apartado. Quise sostenerme con una sola idea, aguantar hasta que amaneciera y esperar a que alguien me encontrara. Me repetía que en la mañana iban a llegar los de siempre, que alguien iba a revisar y que no podían dejarme ahí sin darse cuenta. Pero mientras más tiempo pasaba, más fuerte me entraba la desesperación. No veía el reloj, no tenía radio y no podía moverme. Solo me quedaba esperar, con la espalda forzada contra el metal, con las muñecas apretadas por ese cordón, con el pecho marcado y con el miedo creciendo dentro de mí. Mientras avanzaba la noche y yo seguía ahí, sin saber en qué momento iban a volver o si de verdad iba a salir de eso con vida. No sé cuánto tiempo estuve ahí solo, pero llegó un momento en que empecé a escuchar movimiento en el patio. primero oí un motor luego otro y después se escucharon puertas pasos y voces en cuanto reconocí esos sonidos entendí que ya había llegado gente de la mañana quise gritar con toda la fuerza que me quedaba pero la voz me salió débil tenía la garganta lastimada por el trapo por el polvo y por haber forcejeado tanto grité una vez y no me oyeron volví a gritar y pasó lo mismo Entonces empecé a golpear con

17:18 el talón contra el metal para hacer ruido, porque era la única forma que tenía de llamar la atención. Las voces se fueron acercando poco a poco. Escuché que uno de los trabajadores dijo que la caseta estaba abierta. Otro dijo que mi libreta seguía sobre el escritorio. A partir de ahí, empezaron a buscarme en las zonas de siempre. Gritaban mi nombre desde fuera, entraban y salían. Se movían de una bodega a otra, pero yo seguía escondido al fondo y apenas podía responder. Cada vez que escuchaba una voz, yo contestaba y volvía a pegar con el talón. Esa parte fue de las peores, porque yo sabía que ya había gente dentro y aún así no daban conmigo. Los escuchaba cerca, luego más lejos, luego cerca otra vez, y yo seguía tirado en el mismo lugar, amarrado y sin poder moverme. Al final, uno de los encargados entró más al fondo de la bodega y alcanzó a oír el golpe seco del metal. Se acercó, movió unas tarimas y preguntó si había alguien ahí. Yo apenas pude contestar que sí, que era yo. Cuando me vio, no dijo nada al principio.

18:32 Se quedó mirándome unos segundos y luego me preguntó quién me había hecho eso. Yo le dije que me soltaran primero. Entonces les gritó a los otros que fueran para allá. Entre varios quitaron lo que me tapaba, trajeron unas tijeras y cortaron las cuerdas. Cuando intentaron levantarme, las piernas no me respondieron bien y casi me fui al suelo. Me sentaron ahí mismo y me dieron agua en tragos cortos, porque me atragantaba si tomaba de golpe. En cuanto pude respirar mejor, uno de ellos dijo que yo traía la camisa abierta y el pecho manchado. Otro dijo que también tenía algo en la frente. Ahí me revisé como pude y vi mejor las marcas oscuras que me habían puesto.

19:16 En la muñeca izquierda todavía traía el cordón rojo apretado y hundido en la piel. Me lo cortaron en ese momento. También encontraron la bolsa negra colgando por dentro de la camisa. La sacaron con cuidado, pero nadie quiso abrirla. La dejaron aparte para enseñársela a la policía. Yo les dije que no la tocaran mucho. que eso me lo habían puesto esas personas durante el ritual. Me empezaron a preguntar qué había pasado y les conté lo más directo que pude, sin adornarlo y sin detenerme en cosas que no importaban. Les dije que cuatro personas se habían metido en la noche, tres mujeres y un hombre, que estaban haciendo brujería en la parte trasera y que al enfrentarlos me aventaron un polvo, me tumbaron, me amarraron y me llevaron hasta ese lugar.

20:08 También les dije que la mujer mayor, la que dirigía todo, repitió varias veces que me estaban marcando y que me iban a entregar al diablo. Los hombres se miraron entre ellos, pero ninguno se rió ni me contradijo. Yo estaba golpeado, marcado en el pecho y con un cordón en la muñeca. Lo que decía no sonaba a invento, sonaba a lo que acababa de pasarme. Llamaron a la ambulancia y a la policía. Mientras llegaban, el encargado me siguió pidiendo detalles. Yo traté de decirle cómo se veían, cómo hablaban y qué objetos traían. También le pedí que revisaran la parte de atrás donde estaba el círculo, porque ahí habían dejado cosas tiradas. Cuando llegaron los paramédicos, me revisaron ahí mismo, sobre el piso. Dijeron que tenía golpes, irritación en ojos y nariz, las muñecas lastimadas y una crisis fuerte de ansiedad.

21:05 Me preguntaron si había perdido el conocimiento y les dije que no del todo, que estuve aturdido, pero escuché y vi casi todo. Después me subieron a la ambulancia y me llevaron al hospital. Durante el trayecto seguí repitiendo lo mismo para no olvidar ningún detalle. Iba diciendo en voz alta lo que recordaba, las brujas, el ritual y lo que me hicieron. En el hospital me limpiaron, me revisaron los golpes y me dieron algo para calmarme. Un rato después llegó un policía para tomarme la declaración. Le conté todo desde el principio en el mismo orden en que había pasado. Y volví a decirle que la mujer del rebozo me había dicho varias veces que me estaban dejando marcado para entregarme al diablo. Más tarde llegó gente de la empresa. Ya habían revisado parte del lugar y encontraron restos del trabajo que esas personas habían hecho. velas, manchas, plumas, trapos y varios objetos tirados en la parte de atrás.

22:09 También hallaron mi radio roto. Las cámaras no ayudaron mucho porque la que daba hacia esa zona falló justo en el tramo más importante y las otras solo alcanzaron a captar movimiento a distancia. Aún así, me dijeron que después tenía que hacer un retrato hablado porque yo sí les había visto la cara de cerca. Lo hice días después, cuando pude hablar con más calma y sostenerme mejor. La policía me buscó otras dos veces para ampliar datos. Siempre declaré lo mismo. Nunca cambié la versión, porque no tenía nada que cambiar. Yo estaba trabajando, encontré a esas personas dentro de las bodegas, me enfrenté a ellas y terminé amarrado hasta la mañana. Eso fue lo que pasó. Si la autoridad dio con ellos o no, a mí nunca me lo informaron con claridad, nunca me avisaron que hubiera detenidos, ni me llamaron para decirme que el caso se había resuelto.

23:07 Lo único que supe fue lo que yo mismo viví y lo que encontraron esa mañana en el lugar. Lo que siguió fue el miedo. Esa misma noche, cuando regresé a mi casa, no pude dormir. Mi esposa me encontró despierto, sentado y mirando la puerta. Cada vez que cerraba los ojos volvía a acordarme de la mujer frente a mí, de sus manos marcándome el pecho, y de esa frase que me repitió varias veces. Durante varios días no soporté quedarme solo en la noche. Cualquier ruido me hacía brincar. No aguantaba traer reloj ni nada apretado en la muñeca, y el olor a alcohol con humo me revolvía el estómago.

23:48 Empecé a dormir mal, a despertar de golpe y a revisar la puerta de la casa varias veces antes de acostarme. La empresa me dijo que cuando me recuperara podía volver a trabajar. Incluso me hablaron de cambiarme de lugar o de reforzar la seguridad. Yo no acepté. Fui una sola vez, de día y acompañado, a recoger mis cosas y a firmar la renuncia. No entré hasta el fondo. En cuanto vi la zona de la bodega donde me habían encontrado, sentí otra vez el cuerpo tenso y las piernas débiles. Firmé lo que tenía que firmar, recogí mis cosas y me fui. Desde entonces no volví a trabajar como guardia nocturno.

24:29 Con el tiempo conseguí empleo en otro lugar y acomodé mi vida para trabajar solo de día, pero el miedo no se fue por completo. Todavía hay noches en que despierto de golpe y me reviso el pecho o la muñeca. Sé que mucha gente puede escuchar esta historia y dudar, pero yo no la cuento para convencer a nadie, la cuento porque la viví. Vi a esas personas dentro de las bodegas, vi lo que estaban haciendo, escuché lo que dijeron y sufrí lo que me hicieron. Desde esa noche quedé mal, no solo por los golpes ni por haber pasado horas amarrado, sino porque entendí. que hubo gente capaz de entrar a un lugar vacío de madrugada, hacer un trabajo de brujería y usarme a mí para completarlo. Desde ese día vivo con miedo y jamás he vuelto a trabajar de guardia nocturno. Entré a trabajar como guardia nocturno en una plaza abandonada. El lugar ya no funcionaba como centro comercial. Quedaban algunas bodegas rentadas, varias áreas cerradas y el sistema de cámaras seguía encendido, porque la empresa todavía tenía que cuidar el inmueble. Mi turno era de noche y casi siempre me tocaba estar solo. Al principio no me pesó, ya había trabajado turnos largos, con poco movimiento

26:00 y mucho silencio. Mi trabajo era siempre el mismo, hacía rondines, revisaba accesos, vigilaba las cámaras y anotaba cualquier novedad en la bitácora. Las primeras noches fueron normales, el edificio estaba vacío, había ruido de tuberías, láminas y cables, y no pasaba nada fuera de rutina. Yo no llegué con miedo, era una plaza cerrada, sola a esas horas. Lo raro empezó varios días después. Cada madrugada, al revisar una cámara del pasillo principal, veía a una persona cruzar de un lado al otro. La imagen no era perfecta, pero alcanzaba para distinguir un cuerpo caminando con paso normal. Entraba por un extremo del cuadro, avanzaba unos segundos y salía por el otro.

26:48 El problema empezaba justo ahí, porque en cuanto salía de esa cámara tenía que aparecer en la siguiente y nunca aparecía. La primera vez pensé en una falla del sistema, cambié de cámara de inmediato y esperé verla pasar, pero la pantalla siguiente estaba vacía. Revisé otra más, luego otra, y no apareció en ninguna. Salí a hacer el recorrido, revisé el pasillo completo, las puertas de servicio, las salidas de emergencia y la parte que conectaba con la zona cerrada, pero no encontré a nadie. No había accesos forzados, no había movimiento y no había rastro de que alguien hubiera estado ahí. Lo anoté en la bitácora y lo dejé así.

27:32 A la mañana siguiente se lo comenté al relevo. Me dijo que esos equipos a veces se trababan, que seguro había sido un salto de imagen y que no me enganchara con eso. Yo también prefería una explicación simple. La noche siguiente pasó lo mismo. Ya estaba atento a esa cámara. La persona volvió a cruzar por el mismo punto, con el mismo ritmo y en la misma dirección. En cuanto salió del cuadro, cambié a la siguiente cámara, pero no había nadie. Esta vez hice el recorrido más rápido y no encontré a nadie. A partir de ahí, dejé de tomarlo como algo aislado. Ya no era una imagen suelta, era un patrón. Se repetía a la misma hora, en la misma cámara y con el mismo recorrido. Entraba por el mismo lado, Cruzaba el pasillo y salía igual. Después, nada, no aparecía en ninguna otra toma y tampoco estaba en el lugar cuando yo iba a revisar. Seguí registrando todo, lo hice por orden y por cuidado. Sabía que, si lo contaba mal, iba a sonar inventado. Empecé a anotar la hora, la cámara, el recorrido que hacía la figura y el resultado del rondín. También revisé si había una puerta mal cerrada, un punto ciego o alguna ruta interna que no estuviera cubierta por las cámaras. No encontré nada que explicara cómo una persona podía cruzar ese tramo y desaparecer sin quedar registrada en otro ángulo. Después empezaron los ruidos.

29:04 No se daban al mismo tiempo que la imagen, pero sí dentro de la misma madrugada. Eran arranques cortos de maquinaria. Se oía un motor entrar unos segundos y apagarse. Una noche se escuchó hacia el área de cines, otra hacia la zona de comida y otra en el estacionamiento. Cada vez que lo oía salía a revisar. Hacía el recorrido con la lámpara y el radio. Llegaba al punto donde había sonado el ruido y no encontraba nada. Los cuartos seguían cerrados, los tableros se veían apagados y no había rastro de actividad. Tampoco había personas. Lo único claro era el sonido. Se escuchaba bien y cuando yo llegaba ya no había nada que lo sostuviera. En ese momento dejé de pensar en una simple falla técnica, no porque ya tuviera otra respuesta, sino porque la explicación fácil ya no alcanzaba.

30:01 Una falla puede pasar una vez y puede repetirse otra, pero aquello llevaba varias noches cumpliendo el mismo patrón. Primero la imagen en la cámara, luego los recorridos vacíos y después los ruidos de maquinaria en zonas sin uso. Llamé al supervisor y reporté ambas cosas. Le dije que todas las noches veía a una persona cruzar un pasillo y que esa persona no aparecía en ninguna otra cámara. También le dije que estaba escuchando arranques de maquinaria en áreas sin operación. Me respondió que siguiera anotando todo y que después revisarían el sistema, pero nadie fue a revisar nada.

30:43 Esa semana empecé a llegar al turno con otro ánimo. Ya no me sentaba frente a las cámaras con la atención repartida. Esperaba el momento en que esa imagen iba a aparecer otra vez. El edificio seguía normal. Nadie había forzado accesos, nadie robaba y nadie dejaba señales de haber entrado. Todo estaba en orden y al mismo tiempo, cada madrugada terminaba con más apuntes y menos explicación. Yo veía a la persona en la cámara, pero no la encontraba al salir, y escuchaba los motores, pero al llegar todo seguía apagado. Nunca me topé con un intruso, nunca vi una puerta abierta y nunca encontré una razón clara para lo que estaba pasando. Pasaron varios turnos así. Hasta que una madrugada, poco antes del cambio de guardia, encontré a un hombre sentado afuera de la cabina. Traía un informe de seguridad y una libreta en la mano. No lo oí llegar y pensé que por fin habían mandado apoyo. Me vio, me saludó y habló con naturalidad. Dijo que ya había leído mis anotaciones y que estaba bien que dejara todo por escrito. Luego dijo otra cosa, que no servía salir corriendo detrás de lo que aparecía en las cámaras, porque nunca se encontraba nada así. Le pregunté quién era y me respondió, soy Salgado. Después añadió que ya llevaba tiempo en ese lugar y que no me desesperara, porque al principio a todos les pasaba lo mismo. Habló directo, con calma,

32:17 y por eso lo dejé entrar a la cabina y le enseñé la bitácora. Esa fue la primera vez que hablé con él. Salgado revisó la bitácora con calma, hoja por hoja, sin saltarse nada. Se detuvo en cada anotación, leyó las horas, los recorridos y los reportes de ruido. Y al terminar me dijo que estaba bien escrita, que no resumiera de más y que siguiera anotando todo igual. Después señaló una de las notas donde yo había puesto lo de la cámara del pasillo principal. y me dijo que esa imagen no era nueva que ya se había visto antes y que el problema no era discutir si se trataba de un intruso o de una falla sino aceptar que esa figura nunca completaba el recorrido yo le pregunté cómo sabía eso me respondió que llevaba tiempo viendo la misma secuencia y que por eso me estaba diciendo que dejara de correr detrás de la imagen apenas aparecía dijo que así no iba a encontrar nada porque cuando uno salía de inmediato perdía de vista las cámaras. Me habló directo, sin rodeos, y le creí. Seguimos frente a los monitores. Al poco rato se escuchó otra vez uno de esos arranques de maquinaria, corto y seco, desde una parte alta del edificio. Yo tomé la lámpara, pero él me dijo que esperara. El ruido duró unos segundos y se cortó solo. Entonces me dijo que ahora sí fuéramos

33:47 a revisar. Salimos juntos, caminamos por el pasillo y subimos a la zona, donde antes ya había escuchado algo parecido. Revisamos puertas y accesos, pero no encontramos nada, pues todo seguía cerrado sin movimiento. Lo que me llamó la atención fue su forma de moverse. Revisaba bien, con seguridad, sin dudar en los trayectos. En el camino le pregunté desde cuándo trabajaba ahí. Me dijo que desde antes de que la plaza quedara casi vacía, que había conocido el lugar cuando todavía funcionaba y que se sabía los recorridos y los puntos donde se escuchaban más cosas. También me dijo que había momentos en los que convenía no apartarse de las cámaras. A mí no me sonó raro. Cuando volvimos a la cabina, seguí preguntándole cosas. Quise saber si alguna vez había encontrado a la persona que se veía cruzar en la pantalla. Me dijo que no. Luego añadió otra cosa y esa frase se me quedó grabada. Dijo que el problema empezaba cuando uno dejaba de verla solo en las cámaras y la reconocía en persona. Se lo pregunté de frente. Le dije si a él le había pasado.

35:03 Me respondió que sí, una vez, y que con eso le había bastado. No me quiso explicar más. En ese momento empecé a fijarme mejor en él. El uniforme que llevaba no era exactamente igual al mío. Era del mismo tipo, pero el logo se veía viejo. También noté que la libreta que traía no era la que usábamos para reportes. Era una libreta simple. Le pregunté si el supervisor lo había mandado y me respondió que no exactamente. Que le habían dicho que yo ya llevaba varias noches viendo lo mismo y que por eso había venido. Esa respuesta me dejó una duda. porque nadie me había avisado que llegaría apoyo, pero en ese momento no desconfié. La imagen volvió a aparecer en la cámara principal mientras seguíamos en la cabina.

35:56 Los dos la vimos entrar al cuadro, cruzar el pasillo y salir por el otro lado. Salgado me dijo que no apartara la vista, que pasáramos de inmediato a la siguiente cámara. Lo hicimos, pero no apareció. Cambiamos otra vez y tampoco... La secuencia se cortó en el mismo punto de siempre. Yo me quedé mirando las pantallas unos segundos más, esperando que surgiera por otro ángulo, pero no salió en ninguna. Más tarde se escuchó otro ruido, esta vez desde el estacionamiento. Tomé la lámpara y le dije que bajáramos. Él me respondió que prefería quedarse en la cabina, que desde ahí podía seguir las cámaras mejor. Le pedí entonces que se quedara atento a las pantallas mientras yo hacía la revisión.

36:44 asintió y salí solo bajé al estacionamiento revisé la zona donde otras veces había escuchado esos arranques y recorrí el área completa no había nada encendido no había puertas abiertas y no había nadie moviéndose el ruido ya había parado cuando llegué aún así revisé un poco más y después subí de nuevo a la cabina salgado ya no estaba no lo vi salir no escuché pasos y no oí ninguna puerta Lo llamé por su apellido y esperé respuesta, pero no contestó. Salí unos metros, revisé el corredor de la cabina y miré hacia el lado de carga, pero no había nadie. Volví a entrar. Sobre el escritorio seguía una taza con café a medio tomar. La bitácora estaba abierta en la misma página de esa noche. Me acerqué y vi una línea escrita con una letra que no era la mía y no estaba antes. La leí dos veces.

37:44 Decía que no saliera de la cabina apenas apareciera la imagen, y que si volvía a verlo en persona, no le hablara. Me quedé mirando esa frase de pie sin tocar la libreta. Pensé que Salgado la había escrito justo antes de irse, pero si había salido de la cabina, yo debía haberlo oído. Esa zona hacía notar cualquier paso. Sin embargo, todo estaba en silencio. Solo estaba la taza, La bitácora abierta y esa línea escrita ahí. Faltaba poco para el cambio de guardia. Cerré la puerta y me quedé frente a los monitores. Ya no hice otro recorrido. Preferí esperar al relevo y reportarlo todo de frente. Mientras esperaba, revisé otra vez el mosaico de cámaras. En una de ellas, la del acceso al estacionamiento, vi a una persona detenida junto a la rampa.

38:36 No estaba cruzando un pasillo, ni entrando o saliendo de cuadro. Estaba quieta, mirando hacia arriba. La calidad de la imagen no dejaba ver bien la cara, pero la postura era clara. Era la primera vez que la figura dejaba el patrón de siempre y se quedaba inmóvil. Me quedé sentado, sin apartar la vista de la pantalla, hasta que escuché llegar al relevo. Cuando llegó el cambio de guardia, les dije de inmediato que no se fueran a la rutina, que primero me escucharan. Venían Vera que ya conocía ese servicio y otro compañero más nuevo. Yo seguía dentro de la cabina con la puerta cerrada viendo las cámaras. Abrí, los dejé pasar y les mostré la bitácora, la taza de café y la pantalla donde unos minutos antes había visto a la figura detenida junto a la rampa del estacionamiento.

39:31 Empecé a contarles todo en orden sin brincarme nada porque entendí que si me aceleraba o mezclaba las cosas iban a pensar que estaba exagerando. Les dije que otra vez había visto a la persona cruzar el pasillo en la cámara principal, que volvió a perderse al pasar a la siguiente, y que después se escucharon los ruidos de maquinaria en distintas partes del edificio. Luego les conté lo de Salgado, que había llegado solo, que se sentó conmigo, que revisó mis anotaciones, que hablamos del patrón de la cámara y que después desapareció sin que yo lo oyera salir. Al final, les enseñé la línea escrita en la bitácora. Les dije que yo no la había puesto y que había aparecido mientras yo estaba abajo revisando el estacionamiento. En cuanto mencioné el apellido, Vera dejó de mirarme como se mira a alguien que solo está cerrando turno. No me interrumpió, tampoco me dijo que me calmara al principio. Solo esperó a que terminara y cuando acabé, me preguntó cómo era el hombre con el que había estado hablando. se lo describí con lo que recordaba mayor que yo uniforme de seguridad libreta vieja trato tranquilo y seguro al caminar por la plaza cuando terminé Vera se quedó callado unos segundos el otro guardia no dijo nada solo se quedó junto a la puerta viendo la taza y la bitácora yo le pregunté a Vera qué estaba pasando entonces me dijo una

41:01 frase que no he cambiado desde esa madrugada porque no necesita adornos Me dijo que no había ningún guardia activo llamado Salgado. Le respondí que se estaba equivocando, que yo acababa de pasar parte del turno con él, que habíamos revisado las cámaras juntos y que hasta le había servido café. Vera negó con la cabeza y me aclaró que sí había existido un guardia con ese apellido, pero que llevaba años muerto. Al principio pensé que se refería a otra empresa o a otro servicio. Se lo dije. Volvió a negarlo y me explicó que ese hombre había trabajado en esa misma plaza, en turno de noche, cuando el lugar todavía no estaba tan vacío, y que murió dentro del edificio.

41:49 Lo encontraron durante un servicio, después de que reportó por radio movimientos raros y ruidos en la zona del sótano. Vera no me lo contó como rumor ni como cuento, me lo dijo de frente con la seguridad de alguien que ya conocía ese antecedente. Yo seguía sin aceptarlo. Le repetí que eso no cuadraba, porque yo lo había visto entrar a la cabina, hablar conmigo, revisar la bitácora y acompañarme por parte del edificio. Le enseñé la taza de café, todavía con un poco en el fondo. Luego abrí la bitácora en la línea que había aparecido mientras yo estaba abajo, y le dije que esa letra no era mía. Vera tomó la libreta, leyó la frase y me dijo que reconocía la letra. Después sacó el celular, buscó una foto vieja de personal de seguridad y me la mostró sin decir nada más. Ahí estaba el mismo hombre que yo había visto esa madrugada. No uno parecido, no alguien con rasgos cercanos. Era él. En ese momento dejé de discutir por unos segundos. La foto, el apellido y la nota escrita en la bitácora encajaban demasiado. Aún así, yo necesitaba una última comprobación, algo que no dependiera solo de lo que me estaban diciendo. Le pedí a Vera que revisáramos las zonas por donde habíamos pasado Salgado y yo, y también el sótano, porque era ahí donde se habían escuchado varias veces los arranques de maquinaria. Los tres salimos de

43:22 la cabina y empezamos el recorrido, ya con la luz de la mañana entrando por algunos accesos. primero revisamos el pasillo de la cámara principal no había nadie no había puertas abiertas y no había señales recientes de entrada luego subimos a la parte alta donde antes habíamos escuchado otro ruido pero todo seguía cerrado después bajamos al estacionamiento y desde ahí seguimos hasta la zona del sótano yo iba detrás de Vera mirando a todos lados y repasando en mi cabeza lo que había hablado con Salgado unas horas antes No era una sensación rara, era algo más simple y más duro. Yo recordaba bien esa conversación, recordaba cómo se sentó, cómo pasó las hojas de la bitácora y cómo me dijo que no saliera corriendo detrás de la imagen.

44:13 En el sótano, cerca de un cuarto donde otras noches se habían escuchado esos arranques, encontramos una libreta vieja sobre una repisa. Vera la tomó, la abrió y empezó a ojearla. eran anotaciones de rondines y reportes del servicio de años atrás. La letra era la misma que había aparecido en mi bitácora esa noche. En una de las páginas había un reporte sobre una persona que se veía cruzar una cámara y se perdía al pasar a la siguiente. Más adelante, en otra anotación, se mencionaban ruidos de maquinaria en el mismo edificio. La fecha era de varios años antes. Yo ya no necesitaba más pruebas, pero ver esa libreta me quitó cualquier idea de seguir buscando una explicación rápida. No resolvía lo que había pasado, pero cerraba una parte concreta.

45:06 El hombre con el que yo había hablado tenía nombre, tenía registro y había dejado escrita. La misma situación mucho antes de que me tocara a mí. Le pregunté a Vera por qué nunca me habían advertido nada. Me respondió que la empresa no tomaba en serio ese tipo de reportes, mientras no hubiera daños, robos o algo que pudiera meterse en un informe común. Luego agregó que cuando el personal nuevo empezaba a ver lo mismo, algunos pedían cambio y otros renunciaban. No dijo más. Yo tampoco quise alargarlo. Esa misma mañana entregué la renuncia. No lo hice por impulso.

45:47 Ya llevaba varias noches trabajando. bajo una situación que no podía controlar ni explicar, y esa madrugada entendí que tampoco tenía respaldo real de la empresa, antes de irme hice mi último registro en la bitácora, dejé anotado lo necesario sin exagerar y sin recortar nada, puse que durante el turno observé nuevamente la presencia en cámara, que escuché arranques de maquinaria en distintas áreas, y que mantuve conversación con un guardia identificado como Salgado, y que al llegar el relevo se me informó que ese guardia llevaba años fallecido. Vera leyó la anotación y no me pidió que la cambiara.

46:29 Desde entonces no he vuelto a trabajar en una plaza abandonada. Tampoco he querido regresar a ese lugar. Cuando alguien me pregunta por qué dejé ese empleo, cuento lo mismo que estoy contando ahora. Varias noches seguidas, vi a una persona cruzar un pasillo en una cámara y perderse antes de aparecer en la siguiente. Escuché maquinaria encenderse en un edificio vacío y nunca encontré nada al revisar. Y la única noche en que tuve compañía, la única noche en que hablé con alguien que conocía bien lo que estaba pasando. El cambio de guardia me dijo que ese compañero llevaba años muerto. No tengo una explicación que cierre eso ni la busco. Lo único que mantengo es el orden de los hechos, porque así fue como ocurrieron. Primero fueron las cámaras, después los ruidos, luego la conversación con Salgado y al final la confirmación de que ese hombre ya no seguía vivo.

47:27 Esa es la parte que no cambió con el tiempo y por eso la sigo contando igual. Así lo viví, así lo anoté y así terminó mi trabajo en ese lugar. trabajé como guardia de seguridad nocturno en unas bodegas viejas en la orilla de la ciudad. Cuando entré a ese servicio, me dijeron lo mismo que le decían a todos, que ahí se oían ruidos extraños, que algunas puertas amanecían abiertas, que en ciertos puntos del predio se escuchaban pasos, y que más de un guardia había pedido cambio o había renunciado por miedo. Yo no les creí. En ese tiempo pensaba que la gente exageraba mucho, cuando trabajaba de noche, sobre todo en lugares solos y con demasiado silencio. Mi idea era simple, si algo sonaba tenía una causa, y si algo se movía, también. El trabajo no tenía mucha ciencia.

48:30 Yo llegaba al turno, recibía la novedad, revisaba los accesos, hacía recorridos por el patio y por las naves, miraba las cámaras y anotaba cualquier detalle en la libreta de la caseta. Casi nunca entraba nadie en la noche, por eso cualquier ruido resaltaba más. Durante las primeras semanas no pasó nada que me sacara del control. Escuchaba golpes, iba a revisar y encontraba una lámina suelta, una cadena movida o algún animal. A veces una cámara se congelaba pero el sistema ya estaba viejo, así que todo entraba en lo normal. Yo prefería pensar así porque no me interesaba meterme en cuentos. Había escuchado demasiadas historias de veladores que juraban haber visto cosas y casi siempre terminaban contando sombras, ruidos o sensaciones. A mí eso no me bastaba. Yo necesitaba ver algo claro, tocar una puerta abierta, encontrar una marca o revisar un candado forzado. Si no había algo concreto, para mí no había nada. Con el paso de los días empecé a notar detalles que ya no me gustaron.

49:40 Una noche encontré una puerta mal asegurada, aunque yo mismo la había revisado antes. Me molesté. Pensé que había sido un descuido mío. La cerré de nuevo y lo anoté. Días después escuché un golpe fuerte dentro de una de las naves. Fui a revisar y encontré una tarima en el suelo. Busqué alrededor, alumbré esquinas, revisé puertas y no encontré a nadie. Otra noche vi en una cámara. una sombra cruzando una parte del patio. Salí de inmediato y tampoco había nadie. En ese punto seguía sin pensar en algo raro, pero ya me fastidiaba no dar con la causa.

50:20 Lo que más me inquietó al principio no fue un ruido, fue un olor. Empezó a sentirse por ratos, sin aviso. Era un olor fuerte, a quemado. No se quedaba mucho tiempo. Aparecía de golpe y luego se iba. Lo sentí primero cerca de la caseta. Después, en una parte del patio y luego por la oficina del fondo. Revisé contactos, cables, focos y el equipo que usábamos, pero no vi ninguna falla y tampoco encontré nada que explicara ese olor. Eso fue lo primero que ya no pude acomodar tan fácil en la cabeza. Después vino lo del teléfono. En el fondo del predio había una oficina vieja que ya no se usaba. El aparato seguía sobre un escritorio. pero esa línea no servía desde antes de que yo entrara a trabajar ahí. Una noche, durante un recorrido, escuché que sonó adentro.

51:16 Me quedé quieto al instante. No fue un ruido confuso ni algo lejano. Fue un timbrazo claro dentro de esa oficina. Me acerqué, escuché otro y luego se cortó. Revisé por fuera y no vi a nadie. No entré en ese momento, pero desde esa noche ya no caminé igual por ese lado del predio. Yo seguía sin decir que ahí pasaba algo fuera de lo normal. Lo que sí acepté fue otra cosa, que ya no me sentía tranquilo. Cada vez que me tocaba ir al fondo, el cuerpo se me tensaba. Me ponía más atento, caminaba más despacio y revisaba mejor todo. No quería reconocerlo, porque yo mismo me había burlado de esas historias al principio, pero ya había partes del lugar que me pesaban antes de llegar. La noche que me cambió todo empezó igual que las demás. Llegué, recibí el turno, me instalé en la caseta y salí al primer recorrido.

52:12 No vi nada fuera de lugar, todo estaba cerrado y en silencio. Más tarde, mientras revisaba las cámaras, vi un perro parado frente al portón. No ladraba, no caminaba de un lado a otro, no olfateaba. Estaba quieto, mirando hacia adentro, y se quedó inmóvil varios segundos y después se fue. No mucho después se escuchó un golpe fuerte dentro de una de las naves. Esta vez no sonó a lámina ni a cadena, sonó a algo pesado cayendo sobre el piso. Tomé la lámpara, agarré el radio y fui a revisar. La puerta principal seguía cerrada. La puerta peatonal también parecía asegurada, pero cuando me acerqué vi el candado acomodado solo para aparentar, pues no estaba cerrado de verdad. Ahí fue cuando pensé que alguien se había metido y seguía adentro. Abrí con cuidado y entré. Adentro estaba oscuro y callado. Alumbré el piso, las esquinas y el frente. Encontré una tarima tirada. El polvo seguía movido alrededor. Revisé arriba, a los lados y al fondo, pero no vi a nadie. Así que avancé unos pasos más y entonces escuché un arrastre detrás de mí.

53:30 Me volteé de inmediato. No había nada. me quedé quieto tratando de oír mejor y ahí escuché una respiración cerca y clara dentro de la nave no era mía no venía del radio y no se oía lejos así que levanté la lámpara y alumbré hacia donde la escuché pero no había nadie en ese momento salí no corrí pero salí rápido con el cuerpo duro y la espalda tensa volví a asegurar la puerta y regresé a la caseta Me senté frente a las cámaras e intenté calmarme. Me repetí que podía haber alguien escondido, que tal vez no había revisado bien, o que el cansancio ya me estaba jugando en contra. Quise sostener esa idea porque todavía me negaba a aceptar otra cosa, pero ya no era igual.

54:22 Desde ese momento, el turno dejó de sentirse normal. Yo ya no estaba haciendo mi trabajo en calma. Ya estaba esperando que volviera a pasar algo. Después de salir de esa nave, regresé a la caseta y cerré la puerta detrás de mí. Me senté frente a las cámaras, dejé la lámpara sobre la mesa y traté de recuperar el aire. No estaba agitado por correr, estaba agitado por lo que acababa de escuchar. Hasta ese momento yo había podido darle una salida a todo. Una falla, un descuido, un ruido mal entendido, un animal, una puerta mal puesta o cualquier cosa. Pero esa respiración adentro de la nave, a pocos metros de mí, sin nadie enfrente y sin nadie detrás, ya no entraba fácil en ninguna explicación. Aún así, seguí aferrado a la idea de que algo se me había pasado, que alguien se había escondido y que yo no había revisado bien. Me quedé mirando los monitores un buen rato.

55:25 El predio seguía quieto, no se veía movimiento en las entradas, ni en el patio, ni en el fondo. Todo estaba en orden en la pantalla, pero yo ya no estaba en orden por dentro. Cada sonido pequeño me obligaba a levantar la cabeza. Cada segundo de retraso en una cámara me tensaba los brazos. Y el silencio ya no me ayudaba a concentrarme. Me empujaba a escuchar más de la cuenta. Yo seguía solo en la caseta, pero ya no me sentía solo en el turno. Pasaron varios minutos sin nada nuevo y eso me pesó más. Cuando las cosas se quedan quietas después de un susto, uno empieza a repasar lo que oyó, lo que vio y lo que no logró entender. Yo estaba en eso cuando volvió ese olor a quemado. Entró a la caseta de golpe. Era fuerte y seco. Me levanté de inmediato, revisé el contacto del monitor, el radio, la extensión, el foco, todo lo que tenía cerca y no encontré falla. El olor se fue tan rápido como llegó. En ese mismo momento, escuché un roce afuera, junto a la ventana. No fue un golpe ni un jalón.

56:33 Fue un sonido leve y largo, pegado a la pared de la caseta. Volté de inmediato y me asomé, pero no vi a nadie. Ahí tomé la decisión de salir otra vez. Ya no era por rutina, ya no era por cumplir el recorrido. Necesitaba confirmar que el predio seguía vacío. Agarré la lámpara, tomé el radio y fui primero hacia el patio. Revisé una de las naves, luego el pasillo lateral y después caminé hasta la oficina del fondo, la que llevaba tiempo cerrada. Antes de llegar ya traía el cuerpo tenso. No me gustaba pasar por ahí desde lo del teléfono. Y cuando estuve frente a la puerta me detuve de golpe. Debajo se veía una línea de luz.

57:17 Era delgada, pero clara. La oficina estaba cerrada y no debía tener corriente. Me acerqué despacio y puse la mano sobre la puerta. La sentí tibia. Me asomé por el cristal roto del costado y adentro se veía oscuro. Volví a mirar abajo y la luz seguía ahí. No cambiaba, no parpadeaba, no se movía. Me quedé unos segundos mirando esa línea, tratando de decidir si abría o si primero llamaba al supervisor. Antes de hacer cualquiera de las dos cosas, el teléfono sonó adentro. Esta vez no hubo duda. Sonó claro, varias veces, y en una oficina vacía y sin línea.

57:59 Ahí se me fue la última calma que me quedaba. Ya no pensé en una confusión. Ya no pensé en una falla del oído. Abrí la puerta con cuidado y alumbré hacia adentro. Pero la oficina estaba sola, el escritorio seguía en su lugar, el teléfono también, las sillas, el archivero, todo. No había nadie escondido, no había ventana abierta, no había una segunda salida por donde alguien pudiera irse. Entré dos pasos, acerqué la lámpara al escritorio y levanté el auricular. No había tono, solo se escuchaba un soplido bajo, continuo, pegado al oído. Lo volví a dejar en su sitio y salí.

58:41 Ahí entendí que ya no iba a seguir recorriendo el fondo del predio, no por flojera, no por abandonar el trabajo, sino porque ya estaba entrando en un punto donde no podía confiar ni en lo que oía ni en lo que veía. Regresé a la caseta, cerré la puerta, aseguré la ventana y me senté otra vez frente a los monitores. Mi idea era aguantar hasta el amanecer y salir de ahí en cuanto me relevaran. No quería seguir moviéndome por el predio, quería mantener todo al frente, encerrado y bajo vista. No pasó mucho tiempo antes de que las cámaras se fueran a negro. El monitor siguió encendido, pero la imagen desapareció de golpe en todas. Revisé los cables, moví la conexión, le di un golpe corto al costado del monitor y nada volvió. Me quedé viendo la pantalla vacía unos segundos, sin saber si el fallo era del equipo o si se había ido la señal en todo el predio. Entonces escuché pasos afuera. Venían desde la entrada y avanzaban directo hacia la caseta. Eran pasos lentos, firmes, sin prisa. No se oían desordenados, no se oían torpes, no se oían nerviosos.

59:55 Se acercaron poco a poco sobre la grava y sobre el piso de cemento hasta detenerse frente a mi puerta. Yo no me moví. Me quedé sentado, con la mano en la lámpara y la vista clavada en la puerta. Pasaron unos segundos y tocaron tres veces. No respondí. Me quedé quieto, esperando otro ruido, otra señal o cualquier cosa que me dijera quién estaba afuera. Volvieron a tocar. Después escuché un roce en la parte de afuera pegado a la lámina. Ahí reuní valor y pregunté quién era. Mi voz no salió firme, pero salió. Del otro lado no contestaron enseguida. Primero escuché una respiración, muy cerca de la puerta.

1:00:41 Luego una voz de hombre, baja y tranquila. Dijo que abriera, que venía a hacerme una propuesta. Dijo mi nombre completo. Sentí un frío seco en el cuerpo. Yo no traía gafete al frente, no había nadie más en el predio y esa voz no era la del supervisor ni la de ningún compañero. Me quedé callado y la voz siguió hablando. Dijo que yo ya estaba cansado de vivir con problemas, de cargar deudas, de no alcanzar a resolver lo que tenía encima. Dijo que sabía lo que me preocupaba, que sabía lo que yo necesitaba y que había ido a ofrecerme una vida mejor. No alzó la voz, no golpeó la puerta. no metió prisa, habló con una calma que me dejó peor, yo le pregunté qué quería a cambio, la voz respondió sin tardarse, dijo que sólo quería una cosa, que yo le dijera que sí y que le entregara mi alma, ahí me quedé paralizado, ya no pensé en una broma, ya no pensé en un intruso y no pensé en ladrones, nadie llega a una caseta a esa hora, en un lugar así, a decir eso con esa seguridad, Le dije que se fuera, le dije que no iba a abrir. La voz soltó una risa breve y respondió que no importaba si yo decía que no esa noche, que podía esperar, que me iba a vigilar siempre, hasta el día en que yo mismo aceptara. Yo seguía inmóvil, con la piel erizada y la nuca dura. No estaba

1:02:11 viendo nada todavía, solo escuchándolo detrás de la puerta, y aún así supe que estaba frente a algo que no pertenecía a ese lugar ni a este mundo. En ese momento vi un reflejo en la ventana lateral de la caseta. Algo se movió por fuera, giré la cabeza, levanté la vista y lo vi. Lo vi por la ventana lateral y me quedé helado. Estaba parado afuera, frente al vidrio. Tenía cuerpo de hombre. Llevaba ropa oscura y estaba quieto, mirándome de frente. Lo primero que me golpeó fue la cara. No era una cara normal. Tenía una sonrisa abierta, fija, sin calor, y unos ojos rojos, duros, clavados en mí.

1:02:56 En la frente se le marcaban dos puntas cortas. No necesité pensar mucho para entenderlo, y en ese momento supe lo que estaba viendo. Era el diablo. No golpeó la puerta, no levantó la voz y no hizo un solo movimiento de más. Se quedó ahí, firme, con una tranquilidad que me hizo sentir peor que cualquier grito. Levantó una mano y la apoyó en la ventana. Yo di un paso atrás sin apartar la vista. Sentí el pecho apretado, los brazos duros y la piel erizada. El aire dentro de la caseta se volvió pesado. Me costaba respirar hondo. Quise decir algo, pero la voz no me salió al principio.

1:03:38 Siguió sonriendo y volvió a hablar. Me dijo que no respondiera por miedo, que pensara bien lo que estaba rechazando, que una sola palabra mía bastaba para cambiar mi vida entera. Me ofreció dinero, trabajo estable, una casa mejor, salud para mi familia y descanso para mí. Dijo cosas que nadie de ese lugar tenía por qué saber. Habló de deudas que yo traía encima, de problemas que yo no le contaba a nadie y del cansancio que me estaba cargando día y noche. Mientras decía todo eso, no dejó de mirarme ni un segundo. Yo le dije que no. No lo grité, lo dije bajo, con la garganta seca. Me temblaban las piernas y aún así se lo dije. Él no se enojó, no cambió la cara ni retiró la mano del vidrio. Me respondió que yo todavía no entendía cuánto tiempo podía esperar. Después se acercó más a la ventana y me dijo que, si esa noche no aceptaba, me iba a seguir mirando en el trabajo, en la calle y en mi casa, hasta el día en que yo mismo le dijera que sí. Lo dijo tranquilo, seguro, y eso fue lo que más miedo me dio. Agarré una silla que estaba junto al escritorio y la lancé contra la ventana. El vidrio estalló hacia afuera. En ese momento se acabó el turno y se acabó cualquier idea de quedarme. Abrí la puerta de golpe y salí con la lámpara en la mano. Alumbré hacia todos lados, pero no había nadie. No escuché pasos, no vi sombra, no

1:05:08 vi movimiento. El espacio frente a la caseta estaba vacío, así que avancé unos metros y seguía sin haber nada. Yo sabía lo que acababa de ver, pero afuera no había una sola señal de que alguien hubiera estado ahí. Corrí hacia la entrada principal. Quité el candado con las manos torpes y salí del predio. Dejé adentro mi mochila y otras cosas, ni siquiera pensé en regresar por ellas. Seguí caminando hasta encontrar una gasolinera abierta. Entré, pedí un teléfono y llamé para avisar que renunciaba. No conté todo en esa llamada, solo dije que no iba a volver a ese servicio. Al día siguiente hablé con el supervisor.

1:05:53 Le conté lo que vi, lo que escuché y le dije con claridad que no regresaba por ningún motivo. Se quedó serio y al final solo respondió que yo no había sido el primero en salir corriendo de ese lugar. También dijo que otro guardia había dejado el turno de madrugada y que nunca explicó bien por qué. Esa respuesta no me tranquilizó. Me confirmó que algo pasaba ahí y que nadie quería hablar de eso de frente. Después traté de seguir con mi vida. Busqué otro trabajo, evité pasar por esa zona y me forcé a pensar que todo había sido producto del cansancio y del miedo acumulado, pero esa idea no me duró mucho. Desde la primera semana empecé a despertarme en la madrugada con la misma sensación que tuve en la caseta, la de no estar solo.

1:06:47 Abría los ojos y el cuarto estaba oscuro y en silencio. pero el cuerpo me avisaba otra cosa. Se me enchinaba la piel, se me tensaban los brazos y sentía una presión en el pecho. En algunas noches, además, volvía ese olor a quemado, seco y breve. La primera vez que pasó en mi casa me quedé acostado, sin moverme, escuchando. Después oí un roce afuera del cuarto. Me levanté, prendí la luz y revisé la sala y la entrada. No encontré nada, otra noche escuché pasos dentro de la casa lentos y marcados hasta mi puerta cuando salí no había nadie revisé cerraduras ventanas y patio pero todo estaba bien también hubo noches en las que me desperté de golpe con la certeza de que había alguien junto a la cama no abría los ojos de inmediato me quedaba quieto unos segundos a veces no veía nada y a veces antes de moverme volvía el olor Revisé puertas, cambié hábitos y traté de mantener la cabeza ocupada para no pensar en eso, pero no funcionó. Podían pasar varios días sin nada y luego todo regresaba. Bastaba una madrugada mala para que esa sensación volviera completa. Por eso dejé de aceptar trabajos de noche en lugares aislados. Hasta hoy no he dicho que sí, nunca le he dado esa respuesta, pero

1:08:17 tampoco puedo decir que aquello terminó esa noche. Hay madrugadas en las que despierto, con la sensación exacta de que alguien está a unos pasos de mi cama, quieto mirándome en silencio. En esos momentos recuerdo lo que me dijo frente a la caseta, que si no aceptaba esa noche me iba a vigilar siempre, hasta el día en que yo mismo se lo dijera por mi cuenta. Esa frase no se me ha borrado, yo no volví a esas bodegas, lo que sí volvió conmigo fue esa presencia. Y hay noches en las que sigo sintiendo que no me ha dejado solo.