Aug. 14, 2026

Mi Abuela Sabía Que Aquella Mujer Era Una Bruja - Historias De Terror - Rede

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 Lo que pasó en mi familia empezó después de la muerte de mi abuelo. En ese tiempo yo vivía con mi madre, mi hermano Octavio, mi tía Rosa y mi abuela Patricia. Todos estábamos en la misma casa y conocíamos desde hacía años a Eulalia, una vecina que nunca tuvo confianza con mi abuela. Se saludaban cuando coincidían y nada más. Por eso me llamó la atención que pocos días después del entierro, Eulalia comenzara a presentarse seguido con fruta o pan dulce. Mi madre le agradecía desde la entrada y le decía que no hacía falta, pero ella insistía, decía que había comprado de más o que quería compartirlo. Siempre terminaba preguntando por mi abuela y pidiendo pasar para verla un momento, pero mi abuela Patricia nunca aceptó. Mi madre tampoco discutía con ella, repetía que no necesitábamos nada y cerraba la puerta. Un día le pregunté a mi abuela por qué no quería recibirla. Me dijo que su madre le había enseñado a tener cuidado después de una muerte en la familia, sobre todo con personas que insistían en entrar o en dejar comida. También me advirtió que nunca aceptara alimentos de alguien que me causara desconfianza. No explicó más y yo no pregunté. Eulalia siguió visitándonos y cuando entendió que no íbamos a recibir lo que traía, empezó a dejar las bolsas en la entrada. Mi madre esperaba a que se marchara, recogía todo sin meterlo en la

1:35 casa y lo tiraba. Nadie comió nada. Y poco después comenzaron las pesadillas. El primero fue Octavio, que despertó alterado y contó que había visto a una mujer mayor junto a su cama. Dos noches después, mi tía contó algo parecido. Luego mi madre y después yo. Los sueños cambiaban en algunos detalles, pero todos habíamos visto a una mujer dentro de la casa. cerca de nosotros mientras dormíamos. Al principio pensamos en el cansancio de esos días, pero después empezaron los problemas físicos. Durante el día nos sentíamos bien y de madrugada alguno despertaba con mareo, náuseas o debilidad. Como mi abuela tenía un aparato para medir la presión, comenzamos a usarlo y varias veces salió demasiado baja. Primero le pasó a mi madre, después a Octavio, Luego a mi tía y una noche me pasó a mí. Me levanté para ir al baño, pero sentí que las piernas no me sostenían y tuve que sentarme. Durante varios días buscamos una causa normal, revisamos la casa, estuvimos atentos a lo que comíamos y procuramos descansar mejor, pero los episodios siguieron.

2:48 Eulalia aparecía justo en esos días y ya no llegaba solamente a ofrecer comida. También preguntaba por qué mi abuela no quería verla. y por qué no la dejábamos pasar. Una tarde insistió tanto que Patricia salió hasta la entrada y le pidió a mi madre que cerrara la puerta. Al rato mi abuela regresó con una caja que había pertenecido a su madre. Dentro guardaba un rosario, una cruz, unas tijeras, un espejo pequeño y una bolsa de tela roja cerrada con hilo. Dejó las tijeras abiertas en forma de cruz cerca de su cama. puso el espejo frente a la puerta principal y dejó la bolsa roja a su alcance. Después nos pidió que esa noche rezáramos con ella la oración de San Ignacio, que su madre le había enseñado para protección. Octavio le preguntó si creía que Eulalia estaba detrás de lo que nos pasaba. Mi abuela respondió que no podía asegurarlo, pero que ya había vivido algo parecido. Después de la muerte de su padre, una mujer relacionada con la familia de Eulalia, Empezó a llevar comida y a buscar razones para entrar. Su madre usó entonces las mismas protecciones. Durante algunas noches los síntomas disminuyeron, dormimos mejor y dejaron de repetirse las pesadillas. Eulalia tampoco apareció.

4:11 Una mañana encontramos otra bolsa con pan frente a la puerta, pero nadie de la familia la había recibido. Mi abuela pidió que la sacáramos de ahí sin meterla en la casa. y al revisar la entrada encontró el espejo en el suelo. Lo volvió a colocar, pero esa noche los problemas regresaron. Mi madre despertó muy débil. Octavio empezó a marearse y mi tía se sintió mal mientras intentábamos ayudarlos. Entonces escuchamos un golpe en el cuarto de mi abuela Patricia. Entramos y la encontramos despierta, pálida y respirando rápido. Las tijeras estaban tiradas en el piso. Mi abuela dijo que había sentido que alguien la sujetaba de los pies y tiraba de ella. Revisamos el cuarto, pero no había nadie. Mi tía comenzó a rezar en voz baja, y Octavio se quedó junto a mi abuela. Poco después golpearon la puerta principal, pero ninguno se acercó. Los golpes volvieron a escucharse, y luego oímos a Eulalia llamando a mi abuela desde afuera.

5:13 Repetía su nombre y pedía que la dejaran entrar. Mi abuela Patricia nos indicó que nos respondiéramos. Nos quedamos juntos hasta que la voz dejó de escucharse. Y cuando amaneció, abrimos la puerta y Eulalia ya no estaba, pero había dejado fruta junto a la entrada. Mi madre quiso retirarla, pero mi abuela le pidió que esperara. Cerró otra vez y dijo que teníamos que buscar a Martina, una mujer que había conocido a su madre y que trabajaba como bruja curandera. Yo nunca había escuchado ese nombre. Mi abuela Patricia explicó que su madre acudía con ella para limpias, rezos y problemas que atribuía a trabajos hechos por otras personas.

5:56 Fuimos a verla ese mismo día. Mi tía y yo acompañamos a mi abuela Patricia, mientras mi madre y Octavio se quedaron en casa porque seguían débiles. Mi abuela le contó a Martina las visitas de Eulalia, la comida dejada en la entrada. las pesadillas, las caídas de presión y la voz que habíamos escuchado. Martina preguntó si alguien había comido algo de lo que Eulalia llevaba. Mi abuela Patricia respondió que no. Después quiso saber si había logrado entrar en la casa desde la muerte de mi abuelo, pero mi abuela volvió a decir que no. Entonces Martina preguntó por las cosas que habían pertenecido a la madre de mi abuela. Cuando escuchó lo de la bolsa roja, le indicó que no la abriera ni cortara el hilo. Dijo que esa protección se había preparado muchos años atrás y que debía conservarse cerrada. También le pidió que mantuviera las tijeras en cruz, el espejo frente a la entrada y que siguiera rezando la oración de San Ignacio. Mi tía le preguntó si con eso se acabaría lo que estaba pasando.

7:02 Martina no lo aseguró, solo dijo que no dejáramos entrar a Eulalia. y que no aceptáramos nada que viniera de ella. Antes de irnos volvió a insistir en la bolsa roja y le pidió a mi abuela que la mantuviera cerca durante la noche. Regresamos a casa antes de que oscureciera. Mi madre estaba un poco mejor y Octavio ya podía caminar sin marearse, aunque los dos seguían cansados. Mi abuela llevó la bolsa roja a su cuarto y la dejó junto a su cama. Cenamos poco. Revisamos que todo estuviera cerrado y nos fuimos a descansar. Nadie habló mucho. Mi abuela Patricia dejó las tijeras en cruz, comprobó que el espejo siguiera frente a la entrada y guardó la bolsa roja a su lado antes de acostarse. Esa noche desperté mareado con la debilidad de los días anteriores. Salí del cuarto y encontré a Octavio apoyado contra la pared. Me dijo que también se sentía mal. Fuimos con mi madre, le tomamos la presión y otra vez estaba muy baja.

8:05 Mi tía Rosa intentó ayudarla, pero tuvo que sentarse porque empezó a sentirse débil. Entonces, notamos que mi abuela no había salido de su habitación. Octavio y yo fuimos a verla. Abrimos la puerta y la encontramos acostada, consciente, aunque respiraba con dificultad. Al pie de la cama estaba Eulalia. La reconocimos en cuanto la vimos. aunque estaba un poco diferente. Se miraba un poco más mayor, tenía las uñas más largas y tenía una sonrisa burlona. Miraba a mi abuela sin decir nada, pero ninguno la había visto entrar. Octavio trató de apartarla de la cama, pero Eulalia giró y le pasó las uñas por la cara. Mi hermano retrocedió con varias marcas que empezaron a sangrar. Yo intenté sujetarla por un brazo y también me arañó. Sentí el corte en el antebrazo y tuve que soltarla. Mi tía llegó detrás de nosotros y comenzó a rezar la oración que mi abuela nos había enseñado. Eulalia volteó hacia ella y le ordenó que se callara, pero mi tía Rosa siguió rezando.

9:12 Mi madre llegó después y se sostuvo del marco de la puerta. Mi abuela buscó la bolsa roja que había dejado cerca, pero no alcanzó a tomarla. porque Eulalia avanzó hacia ese lado. Octavio volvió a ponerse en medio, pero ella le arañó el cuello y lo empujó. Mi hermano cayó contra un mueble y la bolsa terminó en el suelo. Yo estaba más cerca, me agaché y la recogí. En cuanto la tuve en la mano, Eulalia vino hacia mí. Me sujetó de la muñeca e intentó abrirme los dedos. Me clavó las uñas. Mi madre recogió las tijeras del piso y las sostuvo abiertas en forma de cruz, tal como Martina y mi abuela habían indicado. Y mi tía Rosa siguió rezando. Eulalia soltó mi muñeca y retrocedió. Dejó de reírse y miró la bolsa. Mi abuela me pidió que se la entregara. Me acerqué a la cama. se la puse en las manos y mi abuela patricia la apretó contra el pecho mientras rezaba junto con mi tía eulalia avanzó un paso se detuvo y volvió a retroceder después salió del cuarto octavio quiso seguirla pero mi abuela le pidió que se quedara así que esperamos dentro no oímos abrir la puerta principal ni mover ninguna ventana cuando salimos eulalia había desaparecido La entrada seguía cerrada y nadie de la familia la había abierto. El espejo estaba en el suelo, con una grieta en el centro. Revisamos la

10:43 casa juntos y no encontramos a nadie. Nos quedamos con mi abuela hasta que amaneció. Los mareos disminuyeron durante la mañana y la presión de mi madre fue subiendo. Octavio también se recuperó, aunque tenía heridas en la cara y en el cuello. Yo tenía arañazos en el brazo y la muñeca. Mi madre limpió las heridas y las cubrió. Mi abuela Patricia quedó muy débil y durante varios días apenas se levantó de la cama y aunque recuperó algo de fuerza, ya no volvió a estar igual. Eulalia dejó de presentarse en la casa y tampoco volvió a dejar comida en la entrada. La vimos algunas veces después, pero nunca mencionó a Patricia ni lo ocurrido aquella noche. Ninguno de nosotros fue a buscarla. Las pesadillas dejaron de repetirse y las caídas de presión nocturnas también terminaron. Patricia mantuvo las tijeras cerca de la cama, reemplazó el espejo y dejó la bolsa roja cerrada. Con los meses, mi abuela empezó a contarme lo que sabía de esa protección. Me explicó que la bolsa no había sido preparada por lo ocurrido con Eulalia. Ya existía desde hacía muchos años. Su madre la había recibido después de pasar por un problema parecido.

11:59 con otra mujer de la misma familia, después de una muerte. Esa mujer empezó a visitar la casa, llevaba comida, insistía en entrar y dejaba cosas en la puerta. Luego comenzaron las pesadillas y las enfermedades durante la noche. La madre de mi abuela acudió con una curandera, guardó la bolsa, usó las tijeras en cruz, puso un espejo frente a la entrada y empezó a rezar la oración de San Ignacio. Mi abuela nunca dijo que supiera exactamente qué hacían aquellas mujeres. Solo repetía lo que había recibido de su madre. No aceptar comida de una persona que insistiera demasiado. No dejarla entrar después de una muerte en la familia. Mantener las protecciones y rezar. Para Patricia, eso era una regla de la casa. Después de aquella noche, dejé de discutirle ese punto.

12:50 Vi las heridas de Octavio, sentí las mías y estuve presente. cuando eulalia apareció en el cuarto sin que nadie le abriera patricia vivió algunos años más pero su salud fue empeorando y poco antes de morir me entregó la caja que había pertenecido a su madre dentro seguían el rosario la cruz las tijeras y la bolsa roja me pidió que conservara todo junto y que no abriera la bolsa también me dijo que después de otra muerte en la familia tuviera cuidado con quien llegara queriendo entrar o dejando comida Me dijo que recordara lo que su madre le había enseñado y que no esperara a que alguien enfermara.

13:32 Después del entierro de mi abuela, pasaron algunos días sin problemas. Eulalia no apareció. Luego llegó una mujer a la que yo conocía de vista. Era pariente de ella y llevaba una bolsa con pan dulce. Dijo que venía a dar el pésame y preguntó si podía pasar a ver a mi madre. Le agradecí y le dije que no. Insistió. y me dijo que solo quería estar unos minutos y volvió a preguntar si podía entrar. Le respondí que mi madre no recibiría visitas, entonces dejó la bolsa frente a la puerta. Antes de marcharse, dijo que mi abuela Patricia había sido igual de desconfiada que su madre. Esperé a que se alejara, saqué el pan de la entrada y fui por la caja. El hilo de la bolsa roja seguía intacto. Coloqué las tijeras en cruz y puse un espejo frente a la puerta. Esa noche nadie tuvo pesadillas ni se levantó enfermo, pero la mujer volvió durante las semanas siguientes con fruta o pan. Nunca la dejamos entrar y nada de lo que llevaba pasó de la puerta.

14:36 Si dejaba algo, lo retirábamos después. Mi madre dejó de cuestionarlo, pues ella también había visto a Eulalia dentro del cuarto. Con el tiempo, la mujer dejó de venir, pero nosotros mantuvimos las mismas reglas. Las tijeras quedaron guardadas en la caja, la bolsa roja siguió cerrada y el espejo permaneció frente a la entrada. Nadie volvió a sufrir aquellas caídas de presión, ni las pesadillas de los días posteriores a la muerte de mi abuelo. Desde entonces, cuando muere alguien de la familia y aparece una persona insistiendo en entrar o en dejar comida, recuerdo a mi abuela, saco la caja y hago lo que ella me enseñó. No sé qué había dentro de la bolsa roja, pues nunca la he abierto.

15:22 Tampoco sé qué ocurrió exactamente aquella noche con Eulalia. Sé lo que vi, sé dónde estaban las heridas, y sé que la puerta seguía cerrada cuando ella desapareció. La caja quedó conmigo, y ahora soy yo quien decide quién entra a la casa.