Feb. 18, 2026

Los DUENDES De Las Cañas Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 Esta historia no la viví yo. Me la contó mi abuelo muchas veces cuando yo era niño. Siempre la narraba igual. Mi abuelo era un hombre recio, de manos gruesas y piel quemada por el sol, acostumbrado a levantarse antes del amanecer y a trabajar hasta que ya no se veía el camino. Creció entreganado. El rancho estaba aislado a varios kilómetros del camino principal, rodeado por monte espeso. Los vecinos más cercanos estaban lo bastante lejos como para que si gritabas en la noche, nadie te escuchara. Cuando caía el sol, la oscuridad era completa. No había luces alrededor, solo el sonido de los insectos, algún coyote a lo lejos y el viento moviendo los árboles. Mi abuelo decía que uno se acostumbraba a esa soledad, pero que también aprendía a reconocer cuando algo no encajaba con lo habitual. El perro llegó cuando apenas era un cachorro, un mestizo grande de patas fuertes y pecho ancho que alguien le había regalado en el pueblo. Creció rápido y se volvió parte de la rutina del rancho, siempre atento, siempre cerca. Era fiel con la familia y desconfiado con los extraños. Acompañaba a mi abuelo al campo cuando salía a revisar el ganado y por las noches se echaba junto a la puerta principal, como si entendiera que su lugar estaba ahí cuidando. Durante años no dio ningún problema. Ayudaba a mover a las vacas, corría detrás de los animales que se rezagaban y respondía

1:39 al llamado de mi abuelo sin dudar. Dormía ligero y ante cualquier ruido se levantaba de inmediato, pero nunca se alteraba sin motivo. Era un animal fuerte. El primer cambio fue discreto. Empezó a desaparecer por horas durante el día. Se metía al monte sin que nadie lo llamara y regresaba cuando ya estaba por oscurecer. Al principio mi abuelo pensó que seguía algún rastro o que simplemente estaba explorando, algo normal en un perro con energía. Volvía con tierra en el hocico y las patas, como si hubiera escarbado, pero no traía heridas ni señales de pelea. No cojeaba ni parecía cansado. Solo se sacudía el polvo y retomaba su lugar cerca de la casa. Luego comenzaron los gruñidos.

2:26 No eran ladridos de alerta ni aullidos largos. Eran gruñidos bajos dirigidos hacia el monte, sobre todo en la noche. Se quedaba quieto mirando hacia la oscuridad, con el cuerpo tenso y las orejas levantadas. No movía la cola ni retrocedía, solo observaba como si algo estuviera ahí. Más allá de la cerca, entre los árboles Mi abuelo salía con la lámpara y no veía nada Solo el reflejo de los ojos del perro y el movimiento del viento entre las ramas Una noche ocurrió algo que lo dejó inquieto Salió a revisar el corral después de escuchar movimientos cerca de la cerca trasera Y, al enfocar la lámpara, vio al perro de pie junto a los alambres Se levantó sobre sus patas traseras, completamente erguido No estaba saltando ni apoyado en algo estaba equilibrado con el cuerpo recto y la cabeza girada hacia la casa mi abuelo se quedó inmóvil sosteniendo la lámpara sin moverla dice que lo vio claro sin sombras que confundieran la forma el perro permaneció así unos segundos y luego bajó lentamente a cuatro patas como si nada hubiera pasado él intentó convencerse de que fue un mal ángulo que quizá el animal se había apoyado en la cerca y que desde donde él estaba parecía otra cosa Se dijo que el cansancio también juega con la vista y que el monte de noche cambia las proporciones.

3:52 Días después escuchó una risa baja afuera de la casa. No era fuerte ni prolongada, fue corta, contenida, como la risa breve de una persona que se burla en voz baja. Se levantó de la cama, tomó la lámpara y salió pensando que tal vez algún muchacho del pueblo había llegado hasta el rancho a molestar. Afuera no había nadie. Solo el perro sentado frente a la puerta, mirando hacia él sin mover la cola. Mi abuelo dijo que esa risa no se parecía a un ladrido ni a un aullido. No era el sonido típico de un animal. Era una vibración distinta, más cercana a la garganta de un hombre que a la de un perro. El animal lo sostuvo con la mirada unos segundos y luego giró la cabeza hacia el monte. Desde entonces comenzó a desconfiar. Notó que el perro observaba a cada miembro de la familia de forma fija, sin esa alegría habitual cuando alguien regresaba del campo.

4:53 Se quedaba mirando, quieto, sin parpadear casi, como si analizara. Una noche mi abuelo salió al patio y sintió esa mirada clavada en la espalda. Volteó y vio al perro entre la sombra de los árboles, inmóvil, observándolo por varios minutos sin acercarse. Ahí fue cuando entendió que algo no estaba bien. No supo explicar qué era, pero supo que no era el mismo animal que había criado, y por primera vez consideró que tal vez tendría que deshacerse de él antes de que la situación pasara a algo peor. Después de aquella noche, mi abuelo no actuó de inmediato. Pasó varios días observando al perro con atención, como si esperara que todo volviera a la normalidad. Intentaba llamarlo por su nombre desde la puerta de la casa y el animal ya no respondía como antes. A veces giraba la cabeza con lentitud, otras simplemente permanecía inmóvil, como si la voz no tuviera ningún significado para él. Cuando le daba órdenes básicas, como acercarse o rodear el corral, el perro se quedaba quieto o caminaba en otra dirección, ignorándolo. Eso fue lo que más le inquietó, porque durante años había sido obediente No era un animal rebelde ni distraído. Había aprendido rápido y entendía cada gesto. Ahora parecía actuar por su cuenta, sin interés en lo que la familia hacía.

6:18 Una madrugada, al salir a revisar el ganado antes de que amaneciera, mi abuelo encontró huellas alrededor del corral. Se detuvo a mirarlas con la lámpara en la mano. Dijo que no eran como las de siempre. No profundizó demasiado cuando me lo contaba. Solo repetía que eran distintas. que la forma no coincidía con la de botas ni con las pisadas habituales del terreno. No quiso sacar conclusiones y decidió borrarlas con la suela antes de que alguien más las viera. El perro ya no dormía junto a la puerta principal. Se alejaba de la casa y buscaba la sombra de los árboles, como si prefiriera mantenerse a cierta distancia.

6:58 En las noches no se echaba en su lugar acostumbrado y, cuando mi abuelo salía, lo encontraba a varios metros sentado, mirando hacia la construcción sin acercarse. Una noche volvió a escuchar la risa. Esta vez fue más clara, más definida. No fue larga, pero sí lo suficiente para que no pudiera atribuirla al viento ni a algún animal del monte. Se levantó despacio, salió sin hacer ruido y encontró al perro cerca del corral. El animal tenía la cabeza ligeramente inclinada y los ojos fijos en la Solo permaneció ahí. La familia empezó a notar el cambio. Mi abuela dijo que el perro la observaba mientras ella cocinaba afuera, quieto, sin mover la cola, con una expresión que no sabía describir.

7:51 Los hijos comentaron que ya no jugaba con ellos ni corría cuando regresaban del campo. El ambiente en la casa se volvió tenso. Mi abuela le pidió a mi abuelo que hiciera algo. que no le gustaba cómo los miraba el animal y que prefería no tenerlo cerca. Fue entonces cuando tomó la decisión. No dijo exactamente a dónde lo llevaría, solo comentó que lo dejaría lejos del rancho, en una zona donde pudiera valerse por sí mismo. Una tarde preparó el lazo con calma, lo revisó como si fuera a usarlo para cualquier tarea normal y salió al patio. Llamó al perro. El animal se acercó sin resistencia, caminando despacio.

8:33 No mostró señales de miedo ni de desconfianza. Cuando le pasó el lazo por el cuello, el perro se dejó amarrar con facilidad. No intentó soltarse ni retroceder. Caminó hacia el monte más espeso, alejándose varios kilómetros del rancho. El terreno se volvió más irregular y los árboles más cerrados. Mientras caminaban, mi abuelo sintió algo que no le gustó reconocer. Dijo que por primera vez tuvo miedo, no del monte ni de perderse, sino de lo que llevaba atado al lazo. El perro caminaba detrás sin jalar, sin tensar la cuerda, seguía el paso con precisión, manteniendo una distancia constante. El monte estaba en silencio. sin el canto habitual de los pájaros ni el movimiento evidente de animales pequeños. El perro dejó de jadear a mitad del trayecto. Su respiración se volvió tan discreta que apenas se escuchaba. Caminaba sin emitir sonido, sin mover ramas ni hojas secas. Mi abuelo sentía la mirada clavada en la espalda. No necesitaba voltear para saber que el perro lo observaba mientras avanzaban. Varias veces tuvo el impulso de detenerse. pero continuó hasta llegar a una zona más cerrada donde el camino se volvía confuso y el rancho quedaba lo bastante lejos como para que el animal no encontrara el regreso con facilidad. Ahí se detuvo.

9:58 Respiró hondo, se inclinó y le quitó el lazo del cuello. El perro permaneció inmóvil. Mi abuelo dio unos pasos hacia atrás esperando que lo siguiera, como tantas veces lo había hecho cuando salían al campo. El animal no se movió. Se quedó parado mirándolo fijamente. La mirada era directa, sostenida, sin parpadeo evidente. No había agitación en su cuerpo ni tensión en las patas. Era una quietud absoluta. Mi abuelo dijo que en ese momento sintió que el perro entendía lo que estaba ocurriendo, que comprendía la intención de dejarlo ahí. No ladró, no corrió detrás de él, no intentó acercarse, solo lo observó mientras mi abuelo empezaba a alejarse. Dio varios pasos sin apartar la vista de esa figura inmóvil entre los árboles, cuando finalmente volteó para seguir el camino de regreso. Sintió alivio al no escuchar pasos detrás, ni ramas moviéndose, ni el sonido del animal siguiéndolo. Caminó hasta el rancho sin detenerse. Al llegar, el sol ya estaba bajando.

11:04 Mi abuela salió a preguntarle si todo había salido bien y él respondió que sí, que el perro ya no volvería. Pero mientras entraba a la casa, sintió una incomodidad que no logró explicar. No era culpa ni tristeza por el animal. Era la sensación de que algo había quedado incompleto. como si la distancia no fuera suficiente para resolver lo que realmente estaba ocurriendo. Esa tarde, la familia notó que el perro no había regresado. Mi abuela preguntó un par de veces si de verdad lo había dejado lo bastante lejos, y mi abuelo respondió que sí, que estaba a varios kilómetros y que no había forma de que encontrara el camino de vuelta tan rápido. Intentó mostrarse tranquilo, convencido de que había hecho lo correcto. El rancho siguió con su rutina, pero el ambiente se sentía distinto, más cargado, como si todos estuvieran atentos a cualquier sonido. Cuando cayó la noche, la oscuridad pareció más pesada de lo normal. No había luna y el monte alrededor se veía como una masa compacta sin forma. El silencio era constante, sin el movimiento habitual de los animales pequeños. Mi abuelo se sentó cerca de la puerta con la lámpara apagada sobre la mesa.

12:20 diciéndose que todo estaba en su cabeza, que el perro ya estaría lejos buscando dónde acomodarse, cerca de la medianoche escucharon pasos afuera, no fueron rápidos ni desordenados, eran lentos, marcados, rodeando la casa con calma, mi abuelo levantó la cabeza sin decir nada, los pasos avanzaban por un costado, luego se detenían, después continuaban hacia la parte trasera, No había ladridos ni voces, solo el roce firme contra la tierra. Poco después comenzaron los rasguños en la puerta. No eran violentos, eran insistentes, como si alguien pasara las uñas por la madera.

13:02 Mi abuela se despertó sobresaltada y se levantó preguntando qué era eso. Mi abuelo le indicó que guardara silencio mientras se levantaba despacio y tomaba el machete que colgaba cerca de la entrada. La respiración se escuchó clara al otro lado de la puerta. Era fuerte y profunda, constante, tan cercana que parecía que la madera vibraba con cada exhalación. Mi abuelo sintió como el aire dentro de la casa se volvía tenso. Entonces se oyó un golpe contra la puerta, un impacto directo que hizo que la lámina superior vibrara. Después del golpe, algo corrió hacia el corral. Las gallinas comenzaron a alterarse de inmediato, batiendo las alas y chocando entre sí. El sonido se expandió por el patio como una advertencia. Mi abuelo abrió la puerta con decisión y salió con la lámpara en una mano y el machete en la otra. El haz de luz recorrió el patio hasta detenerse cerca del corral. Ahí vio la silueta del perro.

14:02 Estaba de pie, quieto. A unos metros de la cerca, permanecía inmóvil como si hubiera estado esperando que saliera. Cuando lo iluminó directamente, el animal mostró los dientes sin emitir gruñido alguno. La boca se abrió apenas lo suficiente para exponer los colmillos, pero no salió sonido. Los ojos reflejaron la luz de la lámpara con un brillo intenso y fijo. En ese instante volvió a escucharse la risa. Era una risa corta, humana en su tono. Mi abuelo gritó que se fuera, que regresara al monte. El perro dio vuelta y comenzó a correr alrededor de la casa con una velocidad constante, sin tropezar ni desviar el paso. Desde dentro, la familia escuchó pasos sobre el techo. Las láminas comenzaron a vibrar bajo un peso que se desplazaba de un extremo a otro. Se oyeron golpes sobre el metal, impactos repetidos que hacían temblar la estructura. Mi abuela reunió a los hijos en una esquina mientras el ruido se extendía por encima de ellos. Mi abuelo permaneció en el patio intentando mantener la calma. Movía la lámpara siguiendo la trayectoria del sonido, pero no lograba ver con claridad que subía o bajaba del techo. Los pasos continuaron unos segundos más y luego cesaron de golpe. El perro desapareció de la vista.

15:26 No se escucharon más carreras ni rasguños. El corral quedó en silencio. Las gallinas dejaron de agitarse y el monte volvió a esa quietud espesa que lo rodeaba todo. Mi abuelo avanzó unos pasos hacia el costado de la casa, buscando alguna sombra que se moviera, pero no encontró nada. Permaneció afuera varios minutos, atento a cualquier señal, con el machete firme en la mano. No hubo más golpes ni risas. Cuando finalmente regresó al interior y cerró la puerta, supo que aquello no había sido un simple regreso de un animal abandonado. Esa noche nadie volvió a dormir. Mi abuelo se sentó junto a la puerta esperando otro sonido, consciente de que lo que había dejado en el monte había regresado demasiado rápido. Mientras la oscuridad avanzaba hacia la madrugada, entendió que aquello apenas comenzaba. esa noche no iba a terminar bien. Los ruidos no se detuvieron después de que mi abuelo volvió a entrar. Durante horas se escucharon pasos alrededor de la casa, desplazamientos lentos que iban de una pared a otra, a veces cerca de las ventanas, a veces en el patio trasero. No eran carreras desordenadas, eran trayectorias marcadas, como si quien estuviera afuera conociera cada rincón del rancho. mi abuelo permaneció en la sala con el machete apoyado sobre la pierna la lámpara encendida a un lado y la vista fija en la puerta principal mi

16:59 abuela y los hijos se quedaron en una esquina sin hablar nadie quiso acostarse otra vez el tiempo avanzaba despacio y el cansancio empezaba a notarse pero nadie se movía cada crujido de la madera hacía que todos levantaran la cabeza Cerca de las tres de la mañana se escuchó el movimiento claro de la puerta trasera. No fue un rasguño leve, fue el empuje directo contra la lámina, el sonido del marco vibrando bajo presión. Mi abuelo se levantó de inmediato y avanzó hacia el patio sin dudar. Abrió la puerta trasera y salió con el machete firme en la mano. La lámpara iluminó el terreno y ahí lo vio.

17:40 El perro estaba frente a él, a pocos metros, con el cuerpo más erguido de lo que recordaba. Parecía más grande. No por tamaño real, sino por la postura rígida que sostenía, con el pecho proyectado hacia adelante y la cabeza elevada. Se mantuvieron frente a frente unos segundos. El animal no retrocedía ni mostraba intención de huir. Entonces volvió a levantarse sobre sus patas traseras. No fue un salto breve, fue un movimiento controlado. Enderezó el cuerpo y sostuvo el equilibrio como si esa posición le resultara natural. Dio dos pasos en esa postura, avanzando hacia él con estabilidad. Las patas delanteras quedaron suspendidas a la altura del pecho y la mirada se mantuvo fija. Desde la puerta principal, la familia observaba sin atreverse a salir. Mi abuela sostenía a los hijos mientras miraban la escena bajo la luz amarillenta de la lámpara. El perro emitió nuevamente ese sonido parecido a risa, una vibración corta que salió clara en el silencio del patio.

18:44 No fue un ladrido ni un gruñido, fue esa risa breve que ya habían escuchado antes. En ese momento mi abuelo sintió miedo real, fue una reacción directa en el cuerpo, una certeza de que lo que tenía enfrente no estaba actuando como un animal normal. El perro bajó a cuatro patas y se abalanzó con rapidez. Mi abuelo lanzó el machete con fuerza hacia el costado del animal. El filo alcanzó el cuerpo en un golpe directo y profundo. La hoja abrió la piel a la altura de las costillas, y la sangre comenzó a brotar de inmediato, oscura bajo la luz. El perro cayó al suelo por el impacto, pero no se quedó quieto. Se arrastró varios metros dejando una línea marcada en la tierra, moviendo las patas con fuerza para levantarse. Se detuvo un instante y lo miró.

19:36 La herida era visible, abierta, la carne separada por el corte y la sangre escurriendo hasta formar un charco irregular en el suelo. El animal respiraba con intensidad, pero no emitía quejidos. Con un esfuerzo evidente logró ponerse de pie otra vez, aunque el cuerpo ya no estaba firme nuevo. Mi abuelo retrocedió medio paso y volvió a lanzar el machete, esta vez directo al cuello. El golpe fue preciso y el filo se hundió con fuerza. El perro cayó pesadamente sobre un costado y dejó de moverse. Quedó inmóvil sobre la tierra, la sangre extendiéndose alrededor del cuerpo. Mi abuelo no se acercó de inmediato. Permaneció observando desde unos metros, esperando algún movimiento inesperado. El patio quedó en silencio, No hubo más risas, ni pasos, ni golpes sobre las láminas.

20:33 La familia salió unos segundos después y él les indicó que regresaran a la casa. Cerraron la puerta con seguro y se mantuvieron dentro sin volver al patio. El resto de la madrugada transcurrió sin ruidos. El monte permaneció callado, sin desplazamientos alrededor de la vivienda. Mi abuelo no soltó el machete hasta que empezó a clarear. Nadie volvió a escuchar nada esa noche. Permanecieron sentados, esperando que la luz del día confirmara que todo había terminado. Ninguno durmió. Solo aguardaron el amanecer con la esperanza de que el silencio que ahora rodeaba la casa no fuera parte de algo peor.

21:15 Cuando el cielo comenzó a aclarar, el negro del monte se fue volviendo gris y luego azul pálido. mi abuelo se levantó de la silla sin decir nada y tomó la lámpara aunque ya casi no era necesaria abrió la puerta con cautela y salió al patio mirando primero hacia el corral y después hacia el frente del rancho el aire de la madrugada estaba frío y todo parecía en calma caminó despacio hasta el camino de tierra que pasaba frente a la casa ahí lo encontró el perro estaba tirado en medio de la calle a unos metros de la entrada, como si hubiera alcanzado a llegar hasta ese punto antes de caer. El cuerpo estaba recostado sobre un costado, las patas extendidas en una postura rígida, la cabeza ligeramente inclinada hacia la casa. No había movimiento en el pecho ni señal alguna de vida. La herida del machete seguía visible en el costado y en el cuello. El corte era profundo y la piel permanecía abierta, pero no había sangre fresca alrededor. Solo quedaban manchas oscuras ya secas sobre el pelaje y la tierra endurecida debajo del cuerpo. No se veía rastro de que hubiera caminado después de caer ahí, ni huellas recientes que indicaran desplazamiento. Mi abuelo se acercó con cuidado y se inclinó lo suficiente para observar mejor.

22:38 El cuerpo estaba rígido, las patas tensas, como si la muerte hubiera llegado horas antes. Extendió la mano y acercó los dedos al hocico para comprobar si había respiración. No sintió aire. Luego tocó el costado con la punta del machete y confirmó que no había reacción. Estaba muerto. La familia salió detrás de él, avanzando con pasos cortos. Nadie habló mucho. Mi abuela miró el cuerpo unos segundos. Mi abuelo tomó una cuerda y amarró las patas traseras del animal. Lo arrastró hacia un lado del camino, alejándolo de la entrada del rancho. El cuerpo dejó una marca leve sobre la tierra, pero ya no brotó sangre. Decidió que no lo enterraría cerca de la casa. Caminó varios metros más allá del cerco y buscó un punto donde la tierra fuera más blanda. Con una pala empezó a cavar sin ayuda.

23:35 Mientras abría el hoyo, recordaba la forma en que el perro lo había mirado la noche anterior. Esa mirada fija desde el monte, la postura erguida junto a la cerca, los pasos sobre el techo. Regresó al rancho sin mirar atrás. Durante los días siguientes, nadie volvió a escuchar esa risa. Las gallinas dejaron de alterarse y el ganado volvió a comportarse como siempre. Tampoco volvieron a aparecer huellas extrañas alrededor del corral. Mi abuelo decía que nunca volvió a ver a un animal comportarse de esa manera. Tuvo otros perros con el tiempo, pero ninguno mostró algo fuera de lo normal.

24:21 Yo vivo con mi madre y mi hermano mayor en una ranchería aislada, rodeada de milpas que, en temporada buena, crecen hasta donde alcanza la vista. Nuestra casa es de bloc sin repellar, con techo de lámina y un pasillo al frente donde dejamos las herramientas. Desde niños trabajamos el campo, primero ayudando a mi padre y luego solos, porque él murió hace años. La rutina nunca cambia demasiado, levantarnos antes de que salga el sol, revisar los surcos, abrir las compuertas del riego cuando toca, cuidar que el agua alcance aunque el calor la evapore rápido. El calor aquí no es húmedo, es seco, de ese que agrieta la tierra y la piel. Uno se acostumbra, pero nunca deja de sentirse pesado. El maíz nos rebasaba la cabeza incluso a mi hermano, que es más alto que yo. Las hojas estaban más gruesas, más duras al tacto, y cuando el viento las movía, sonaban distinto, más crujientes, como si se rozaran láminas delgadas entre sí. Algunos vecinos decían que era buena señal, que habría buena cosecha. Cuando uno se metía entre las hileras, la luz se reducía y el aire se sentía más pesado. Una tarde, mi hermano decidió entrar a revisar una zona donde varias plantas se estaban cayendo.

25:45 Desde lejos se veía un parche irregular, como si algo hubiera pasado arrastrándose entre los tallos. Me dijo que no tardaba, que solo iba a levantar las matas y revisar si el suelo estaba flojo. Yo me quedé acomodando costales cerca del corral y mi madre estaba adentro preparando frijoles. Pasó una hora y no regresó. Pensé que se había extendido en la revisión. Pasaron dos. Cuando el sol empezó a bajar y el calor aflojó un poco, sentí inquietud. Caminé hacia la entrada del surco donde lo había visto meterse y grité su nombre. El sonido se perdió entre las hojas. Entré unos metros, apartando el maíz con los brazos. Pero después de cierto punto ya no supe por dónde había avanzado él. Regresé por una lámpara y avisamos a dos vecinos.

26:35 Esa noche organizamos una búsqueda básica. Éramos cinco hombres con lámparas y machetes, caminando en línea para no perdernos. Encontramos una parte del maíz aplastada formando un círculo irregular. No perfecto, pero claramente distinto al resto. Las plantas estaban dobladas hacia adentro. como si algo hubiera girado en el centro no había sangre no había ropa rasgada solo su sombrero tirado a un lado con la copa hundida lo levanté y todavía estaba tibio por el calor del día lo buscamos durante tres días recorrimos no solo nuestra parcela sino las de alrededor entramos a los canales de riego revisamos zanjas preguntamos en el camino principal por si alguien lo había visto salir nadie vio nada Mi madre casi no hablaba. Se sentaba en el pasillo mirando hacia la milpa como si esperara verlo salir entre las hileras. El tercer día, al amanecer, yo estaba sentado en una piedra frente a la casa cuando lo vi. Venía caminando por el mismo camino de tierra que usamos siempre para entrar al campo. Caminaba despacio, con la cabeza ligeramente inclinada. Estaba descalzo y tenía los pantalones sucios hasta la rodilla. Cuando se acercó, noté raspones en sus brazos, líneas delgadas como si se hubiera rozado con muchas hojas. Mi madre corrió hacia él. Yo me quedé unos segundos sin moverme. Él dijo que se desorientó,

28:06 que se metió más de lo debido y perdió el rumbo. Dijo que escuchaba el viento diferente y que eso lo confundió, que intentó salir, pero cada hilera parecía igual a la anterior. No dio más detalles. Cuando le pregunté dónde pasó la noche, dijo que caminando. Cuando le pregunté si vio a alguien, negó con la cabeza. Entró a la casa sin mirarnos mucho. Se sentó, bebió agua sin prisa y luego dijo que estaba cansado. Se acostó en su cama y se durmió casi de inmediato. Yo me quedé parado en la puerta del cuarto observándolo. Respiraba lento. La luz que entraba por la ventana le daba en el rostro. y noté algo que no supe explicar en ese momento. Su piel tenía un tono diferente, más opaco. Pensé que era por el sol, pero mientras más lo miraba, más me costaba reconocerlo como antes.

29:01 Mi hermano despertó cerca del mediodía. Yo ya había regresado de revisar los animales y mi madre tenía listo el desayuno. Frijoles refritos con queso y tortillas recién hechas. Él salió del cuarto caminando despacio. como si todavía estuviera aturdido. Se sentó frente al plato sin decir nada. Mi madre le preguntó cómo se sentía y respondió que mejor, que solo estaba cansado. Tomó una tortilla, la rompió y la pasó por los frijoles. Apenas los probó, hizo un gesto leve con la boca. Dijo que le ardía la lengua. Luego escupió discretamente hacia un lado del patio, intentando que no lo notáramos, pero yo lo vi. Mi madre se molestó y le dijo que no exagerara, que siempre había comido lo mismo. Él intentó otra vez, pero volvió a detenerse.

29:53 Se llevó los dedos a la boca y dijo que la sal le estaba quemando. Yo me acerqué con la excusa de traerle más tortillas y vi su lengua cuando habló. No estaba inflamada, pero lucía reseca, con pequeñas líneas marcadas como si le faltara humedad. Antes le gustaba la comida con sal. Ahora parecía rechazar cualquier cosa que la tuviera. No discutió más, solo dijo que no tenía hambre. Esa misma tarde recordé que teníamos pendiente un papel del banco local, un trámite sencillo para confirmar la propiedad de la parcela. Le pedí que lo firmara de una vez para enviarlo con el vecino que iba al pueblo. Mi hermano tomó el bolígrafo y escribió su nombre sin dificultad. Luego le pedí que pusiera su huella digital, como pedían en el formato.

30:41 Entinté su dedo pulgar y lo presioné sobre el recuadro. Cuando levantó la mano no había marca clara, apenas una mancha difusa sin líneas definidas. Pensé que no había presionado bien. Limpiamos el dedo, volvimos a poner tinta y repetimos el intento. Lo hicimos tres veces. En ninguna quedó la huella marcada. Solo una superficie gris sin dibujo. Mi madre dijo que era por el polvo del campo, que seguramente la piel estaba reseca y por eso no agarraba la tinta. Guardé el papel y dije que lo intentaríamos al día siguiente. Mi hermano no pareció darle importancia. Más tarde, mientras acomodábamos unas herramientas, me acerqué y le toqué el brazo. Quise comprobar algo que había notado desde la mañana. Su piel se sentía distinta, áspera. como cuando se seca una hoja y pierde flexibilidad. Él volteó a verme y sostuvo la mirada más tiempo del necesario. No parpadeaba casi. Sus ojos estaban abiertos de manera constante, sin ese movimiento natural que uno hace sin pensarlo. Sentí incomodidad y aparté la vista primero.

31:54 Él siguió mirándome unos segundos más antes de girar hacia el patio. Esa noche me acosté temprano, pero no lograba dormir. El cuarto que compartimos tiene una ventana que da hacia la milpa. Después de un rato, escuché pasos en el suelo de tierra del pasillo. Pensé que era mi madre, pero al asomarme, vi la cama de ella ocupada. Me levanté con cuidado y salí al pasillo. Mi hermano estaba parado en la puerta, mirando hacia la milpa oscura. No hacía ningún movimiento con los hombros. Su postura era completamente recta. Me acerqué despacio y le pregunté qué hacía. Respondió que solo estaba tomando aire. Su voz sonó normal, pero hablaba sin mover demasiado los labios. Me fijé en su rostro iluminado por la luz tenue del interior. Parpadeaba muy poco.

32:44 Sus ojos estaban dirigidos hacia el maíz, no hacia un punto específico, sino hacia el conjunto, como si esperara algo. Miré también hacia afuera. Las plantas estaban quietas. No había viento. Le dije que entrara, que ya era tarde. Tardó unos segundos en reaccionar y luego dio media vuelta. Caminó hasta su cama y se acostó sin acomodarse demasiado. En cuestión de minutos parecía dormido. Yo regresé a mi cama, pero no pude cerrar los ojos. Me quedé escuchando su respiración y tratando de convencerme de que todo tenía una explicación sencilla. Que el cansancio y el miedo por haberlo perdido tres días estaban alterando mi percepción. Aún así, mientras observaba la silueta de su cuerpo bajo la sábana, tuve la sensación de que algo no había vuelto completo con él desde la milpa. Esa misma noche tomé la decisión de no volver a dormirme antes que él. Me acosté, pero mantuve los ojos abiertos, atento a cualquier movimiento. El cuarto estaba en silencio, apenas iluminado por la luz que entraba desde el pasillo. Mi hermano parecía dormir. con las manos sobre el pecho, sin moverse. En algún punto de la madrugada lo vi levantarse. No se estiró ni bostezó. Se sentó en la orilla de la cama y luego se puso de pie. Caminó hacia la ventana que da a la milpa y se quedó frente a ella. No abrió más la cortina, solo miró a través del vidrio. Me di

34:17 cuenta de que la noche anterior se había levantado casi a la misma hora. No era una impresión, era exacto. Permaneció inmóvil durante varios minutos. Observé su espalda con atención. Sus hombros no subían ni bajaban como los míos cuando respiro. No noté el movimiento normal del pecho. Se mantenía derecho, con la cabeza ligeramente inclinada hacia adelante. Esperé a que regresara a la cama, pero no lo hizo. Después de unos minutos salió del cuarto y escuché sus pasos. Me levanté sin hacer ruido y lo seguí. Caminaba directo hacia la milpa. La luna apenas iluminaba. Yo iba unos metros detrás, cuidando de no pisar ramas que crujieran. Llegó al borde del maizal y se detuvo un instante. Luego dio un paso al frente y entró entre las hileras. Lo que me inquietó fue que no apartó las hojas con las manos.

35:12 Cuando uno entra ahí, tiene que empujar los tallos, apartarlos para abrirse paso. Él avanzó con los brazos a los lados y las hojas parecieron abrirse ligeramente, lo suficiente para dejarlo pasar. No fue un movimiento brusco, fue mínimo, pero claro. Los tallos se inclinaron apenas y luego volvieron a su lugar. Lo seguí. aunque el miedo me apretaba el estómago. A diferencia de él, yo sí tuve que apartar el maíz. Las hojas me rozaban los brazos y la cara. Escuchaba un sonido constante de fricción, como si muchas superficies secas se rozaran al mismo tiempo. No era viento. Avanzamos varios metros hasta que perdí de vista la casa. Solo se veía maíz en todas direcciones. De pronto distinguí siluetas entre las hileras. No formas claras, solo variaciones en la oscuridad.

36:05 Zonas donde parecía haber algo más denso que la sombra normal de las plantas. Intenté enfocar la vista, pero cada vez que creía distinguir una figura, se mezclaba con los tallos. Mi hermano se detuvo. Yo me agaché instintivamente, tratando de que no me notaran. Sentí entonces algo que no puedo describir con precisión, una presión leve en la espalda, como si varias miradas estuvieran fijas en mí desde distintos puntos del campo. No veía nada, pero sabía que no estaba solo. El sonido de fricción continuaba, más intenso alrededor. Las hojas se rozaban unas con otras sin que el aire se moviera. Mi respiración empezó a acelerarse. Pensé en llamarlo por su nombre.

36:49 Sentí que, si hacía ruido, todo lo que estaba oculto entre el maíz iba a acercarse. Retrocedí paso a paso, cuidando de no tropezar. Cada paso hacia atrás era más difícil que el anterior. Me parecía que las hileras se cerraban un poco más. Finalmente logré salir al camino principal y caminé rápido hasta la casa sin voltear. Entré al cuarto y me acosté fingiendo dormir. Mi corazón seguía latiendo fuerte. Pasaron varios minutos antes de escuchar sus pasos en el pasillo. Entró al cuarto y se acostó. No dijo nada. Cuando respiré más calmado, abrí los ojos ligeramente y miré hacia su cama. Sus brazos estaban descubiertos y noté pequeñas fibras vegetales pegadas a la piel, como hilos delgados de hoja seca adheridos a los raspones que ya tenía. No intentó quitárselas.

37:42 Esperé a que su respiración se escuchara relajada. Luego, sin hacer ruido, me llevé la mano a mi propio antebrazo. Pasé los dedos por mi piel buscando cualquier textura distinta. Sentí el sudor, el polvo, la aspereza normal del trabajo en el campo. Nada más. Aún así, seguí revisando como si temiera encontrar bajo mi piel algo que empezara a cambiar sin que yo lo notara. Al día siguiente, no esperé a que anocheciera para hablar con él. Estábamos los tres en el patio, mi madre lavando ropa en una tina y nosotros acomodando unas tablas junto al corral. Aproveché un momento en que ella entró por más agua y me quedé solo con él. Le pregunté directamente qué había visto durante esos tres días. Le dije que nadie se pierde así sin más, que el maizal no es tan grande como para desaparecer sin dejar rastro. Él dejó la tabla que tenía en la mano y me miró. Dijo que no estaba solo. Lo dijo sin cambiar el tono.

38:43 Sentí un peso en el pecho, pero le pedí que siguiera. Dijo que el campo no está vacío, que uno cree que solo hay plantas y tierra, pero que entre las hileras hay algo más. Habló de figuras altas que se mueven entre el maíz. Solo dijo que son más altas que nosotros y que caminan cuando el viento pasa, aprovechando el movimiento de las hojas. Le pregunté si eran personas. Negó levemente como nosotros que se deslizan entre los tallos sin doblarlos afirmó que lo rodearon la primera noche que él intentó salir pero siempre encontraba más maíz frente a él dijo que no lo tocaron al principio que sólo lo observaron desde diferentes puntos le pedí que fuera claro me respondió que le ofrecieron quedarse No explicó cómo fue esa oferta. No habló de palabras ni de voces claras.

39:39 Solo dijo que entendió la propuesta. Le pregunté qué significaba quedarse. Se quedó en silencio. Noté algo en su piel. Las líneas que antes parecían simples resequedades ahora se veían más marcadas. Pequeñas grietas finas que recorrían sus antebrazos. No había sangre ni heridas abiertas. Mi madre salió en ese momento y comentó que lo notaba raro porque no sudaba. Era cierto. El sol estaba fuerte y yo tenía la camisa pegada al cuerpo, pero él permanecía seco, sin brillo en la frente ni en el cuello. Dijo que tal vez todavía estaba débil por no haber comido bien esos días. No respondí.

40:23 por la tarde decidí comprobar algo que había notado la noche anterior regué una franja de tierra junto a la casa hasta que quedó húmeda y blanda le pedí que caminara por ahí para ayudarme a mover unas cubetas no sospechó nada cruzó la zona mojada con pasos firmes cuando se apartó mire el suelo no había huellas claras la tierra mostraba una ligera alteración Pero no el dibujo definido de una suela ni la profundidad que debería dejar el peso de una persona adulta. Yo caminé detrás de él y mis pisadas quedaron marcadas con nitidez, los surcos de la bota bien visibles. Sentí un frío interno que no tenía que ver con el clima. Miré sus pies, luego mis propias huellas, luego el suelo donde él había pasado.

41:13 Esa noche, mientras cenábamos, lo observé sin disimulo. movía las manos con lentitud, hablaba poco y mantenía los ojos abiertos más de lo habitual. Cada vez que volteaba hacia la ventana tenía la impresión de que estaba atento a algo que nosotros no percibíamos. Cuando se levantó de la mesa noté que al caminar sobre la zona donde aún quedaba humedad no dejó señal visible. Ya no podía convencerme de que era imaginación. Empecé a aceptar algo que no quería decir en voz alta. El que estaba frente a mí tenía el rostro y la voz de mi hermano, pero no se comportaba como él. Esa noche no esperé a que el sueño me venciera. Me senté en la orilla de la cama con la decisión tomada. Si volvía a salir hacia la milpa, lo seguiría más adentro que antes.

42:06 No me quedaría en el borde ni retrocedería al primer sonido. Necesitaba ver hasta dónde llegaba, hasta dónde se metía realmente. mientras él permanecía acostado con los ojos abiertos mirando el techo entendí que ya no se trataba de vigilar por curiosidad sino de confirmar si lo que había regresado a la casa era mi hermano o algo que aprendió a parecerse a él esa noche decidí que lo seguiría hasta el centro del maizal esa noche esperé a que se levantara no tuve que aguardar mucho a la misma hora que las anteriores se incorporó sin ruido y caminó hacia la puerta Yo ya estaba sentado, listo. Lo dejé salir primero y conté unos segundos antes de seguirlo. Entró al maizal sin dudar, avanzando más profundo que otras veces. Yo lo seguí decidido a no detenerme. El maíz estaba más alto que nunca. Las hojas me golpeaban el rostro y los hombros. Después de unos metros dejé de ver la casa y luego dejé de ver el cielo. Las hileras cerradas apenas dejaban pasar la luz de la luna. Caminamos largo rato hasta que noté que el terreno se abría un poco. Llegamos a un claro irregular donde los tallos estaban doblados hacia afuera formando un espacio circular. No era grande, apenas suficiente para que varias personas se pararan dentro. Mi hermano se colocó en el centro y se quedó de pie, con los brazos a los costados. Las hojas empezaron a rozarlo.

43:36 No era viento, era un movimiento leve pero constante de los tallos inclinándose hacia él. Yo me quedé en el borde, sin atreverme a entrar del todo. Observé su espalda bajo la luz tenue y vi como su piel comenzaba a marcarse más de lo habitual. Las pequeñas líneas que había notado durante el día se abrieron en fisuras finas. No brotó sangre. Bajo la superficie no había músculo ni carne visible, sino fibras vegetales compactas, como si debajo de la piel hubiera tejido detallo. Sentí que el estómago se me cerraba. Él giró el rostro lentamente hacia mí. Sus ojos tenían un brillo opaco, sin reflejo de luz, como si absorbieran lo poco que había alrededor. Me miró sin parpadear. Escuché múltiples pasos alrededor. No pasos pesados de botas, sino un desplazamiento constante entre los tallos, rodeándome. Intenté retroceder. Cada paso hacia atrás encontraba más resistencia. Las hojas me rasparon la cara y los brazos. Empujé con fuerza hacia un lado, abriendo espacio con los brazos. Logré salir del círculo y correr sin dirección. Las hileras parecían cerrarse detrás de mí.

44:49 No miré atrás. Solo corrí hasta distinguir el contorno oscuro de la casa al final del camino. Entré al patio asustado. Mi madre salió del cuarto alarmada y me preguntó por qué había salido solo a esa hora. Le respondí que había seguido a mi hermano. Me miró confundida y dijo que él estaba dormido desde hacía rato, que no se había levantado. Sentí que las piernas me temblaban. Caminé hasta el cuarto sin responderle. Abrí la puerta y ahí estaba, acostado en su cama con las manos descansando sobre el pecho. Respiraba lento, como siempre. Me acerqué y observé sus manos. Toqué su antebrazo. La piel se sentía humana, cálida. Retrocedí un paso y volteé hacia la ventana que da a la milpa. Las cortinas estaban entreabiertas. Desde el campo, a unos metros del borde, había varias figuras humanas de pie, inmóviles, mirando hacia la casa. No se movían ni hablaban. Sus cuerpos eran altos y delgados, con los brazos a los lados.

45:52 No grité. No llamé a mi madre. Me quedé mirando hasta que las figuras comenzaron a perderse entre las hileras. Esa fue la última vez que miré que pasó algo extraño. Al día siguiente, mi hermano dijo que se sentía muy cansado y con mucho dolor de cabeza. Durmió casi todo el día y de ahí en adelante se comenzó a comportar normalmente. Tengo 46 años y más de 20 trabajando en el ingenio azucarero del sur de Veracruz. La parcela 42 siempre ha sido la más productiva. Pero desde hace algunos meses empezó a dar problemas después de las 5 de la tarde. No por la tierra, ni por la maquinaria, sino por la gente.

46:40 Quiero dejar claro algo desde el principio. Mis cortadores no son flojos y no son hombres que se asusten por cualquier cosa. La mayoría lleva años trabajando bajo el sol, con machete en mano desde que amanece hasta que oscurece. Han trabajado en parcelas donde aparecen víboras. donde se meten jabalíes y donde a veces salen personas armadas queriendo robar combustible. No se rajan fácil ni se inventan pretextos para irse temprano. Tampoco son gente dada a supersticiones simples, porque en el campo se oyen historias de todo tipo y uno aprende a seguir trabajando aunque le cuenten cosas raras. Las primeras quejas comenzaron de forma tranquila. Al principio, uno de los muchachos se me acercó cerca de las cuatro y media para decirme que había escuchado risas entre los tallos cuando el sol empezaba a bajar, como cuando un grupo de pequeños juega a esconderse. Yo le dije que seguramente eran chamacos de alguna comunidad cercana metiéndose a robar caña, porque eso pasa cada temporada. Los niños entran por los huecos del cerco y cortan algunos tallos para llevárselos, o simplemente para masticarlos ahí mismo. Al día siguiente fueron dos los que mencionaron lo mismo y ya no lo dijeron riéndose, lo dijeron serios, que las risas no venían del camino ni de la orilla sino de dentro del cuadro, más adentro, donde la caña está más cerrada y cuesta moverse. Yo mantuve la misma postura. Pensé que los niños se estaban

48:13 metiendo más lejos para evitar que los viéramos y les pedí a los muchachos que si los encontraban no los golpearan, solo que los sacaran y avisaran. Decidí revisar personalmente la parcela esa misma semana y me metí entre los surcos. Después de que la cuadrilla avanzó unas líneas, encontré varios montones de caña masticada y escupida en el suelo. Los tallos estaban abiertos a mordidas, las fibras húmedas sobresalían en tiras irregulares, y el jugo escurría lentamente hacia la tierra formando manchas pegajosas, como si dientes pequeños hubieran presionado sin fuerza suficiente para cortar de una sola vez. Había pedazos dispersos y otros acumulados en pequeños montones, como si alguien hubiera estado sentado ahí masticando con calma. Me agaché para revisar mejor. Toqué las fibras con la mano y todavía estaban frescas. El jugo seguía escurriendo y la tierra alrededor estaba húmeda. No vi huellas claras porque el suelo entre surcos se pisa mucho, pero la cantidad de restos no era la que dejan dos o tres niños. Parecía el trabajo de varios o de alguien que pasó mucho tiempo ahí dentro. Cuando regresé con la cuadrilla les dije que seguramente era un grupo más grande de muchachos. y que hablaría con el comisariado para que avisaran en las comunidades cercanas.

49:38 Ellos se miraron entre sí, y uno me respondió que las risas no sonaban como de niños jugando afuera, sino como si estuvieran alrededor de ellos, entre los tallos, moviéndose sin que se viera a nadie. Yo les pedí que no empezaran con ideas raras porque el ingenio ya nos estaba presionando para cumplir la cuota de esas semanas. y no podíamos perder horas productivas por rumores. El primer enfrentamiento fuerte ocurrió un jueves. El sol ya estaba bajando y faltaban todavía varias líneas por cortar cuando tres hombres dejaron el machete clavado en la tierra y dijeron que no seguirían después de las cinco. Argumentaron que las risas se escuchaban más claras a esa hora y que la caña se movía aunque no hubiera viento. Les recordé que tenemos horarios que cumplir y que cada minuto cuenta cuando el camión espera carga. La discusión subió de tono y tuve que imponerme como encargado. Les dije que quien se fuera sin terminar la jornada tendría reporte y descuento. Esa tarde recibí llamada del supervisor del ingenio preguntando por qué la 42 estaba bajando rendimiento en las últimas horas del día. Le expliqué que había problemas con invasiones de menores y me pidió que resolviera rápido porque esa parcela es clave para cerrar el mes. Sentí la presión encima porque de eso depende también mi puesto. Por eso decidí quedarme yo mismo esa tarde. Les dije a los muchachos que podían irse

51:08 a las 5 en punto. y que yo revisaría el cuadro hasta que oscureciera para comprobar qué estaba pasando. Quería ver a esos supuestos niños y sacarlos de ahí de una vez. Me metí entre los surcos cuando el sol empezó a ponerse naranja y la sombra de la caña se hizo más larga. El aire se volvió más pesado y el ruido del ingenio a lo lejos se fue apagando. Caminé despacio entre los tallos altos y escuché el crujir normal de las hojas secas al rozarse. Nada más al principio, hasta que cuando el sol ya estaba tocando la línea de los árboles se escucharon claramente risas infantiles dentro de la caña a pocos metros de donde yo estaba parado el calor empezó a bajar conforme el sol descendía detrás de los árboles que rodean la parcela durante el día la 42 es un horno porque la caña supera los 2 metros y el aire casi no circula entre los surcos pero al atardecer la temperatura cambia y se siente un alivio engañoso.

52:11 Las sombras se alargan y los tallos forman líneas oscuras sobre la tierra húmeda. El cielo toma un tono naranja opaco y la luz entra de lado, atravesando las hojas largas que cortan la vista en franjas. Yo caminaba solo entre los surcos con el machete en la mano derecha. Las risas volvieron a escucharse, breves, como cuando un niño intenta contenerse, y se le escapa el aire por la nariz. Lo extraño era que no provenían de un punto fijo, no podía señalar una dirección concreta. A veces parecían a mi izquierda y al siguiente instante a mi derecha, más adelante o un poco detrás, como si se desplazaran entre filas sin respetar el orden de los surcos. Me detuve varias veces intentando ubicar el origen exacto, pero el sonido no coincidía con un movimiento visible. Las hojas no se agitaban con fuerza y no se escuchaban pasos claros que acompañaran la risa, solo ese murmullo breve que cambiaba de lugar.

53:13 Avancé más adentro del cuadro y encontré nuevos montones de caña masticada, más recientes que los del día anterior. Los tallos estaban abiertos con marcas irregulares y las fibras seguían húmedas. Al presionarlas con los dedos todavía salía jugo espeso que caía en gotas sobre la tierra. Algunos pedazos estaban acumulados en pequeños círculos como si alguien se hubiera quedado ahí un rato. Había restos dispersos y otros colocados casi juntos. La cantidad era mayor que la que vi antes, y eso indicaba que no se trataba de un solo intruso. Me agaché para revisar el suelo alrededor. Busqué huellas pequeñas de botas o sandalias, marcas que delataran a niños de las comunidades cercanas. Pero la tierra mostraba únicamente pisadas grandes de la cuadrilla, y las mías. No había rastro de pasos pequeños ni marcas finas que indicaran que alguien ligero hubiera pasado por ahí en las últimas horas. Seguí caminando con más atención y fue entonces cuando escuché pasos ligeros entre las filas. Eran pisadas rápidas, pero constantes. El sonido se movía paralelo a mi avance, como si algo corriera a la misma velocidad que yo, separado por una o dos líneas de caña. Intenté girar de inmediato hacia el lugar donde creí escucharlo. Aparté hojas con el machete y me cambié de surco. Pero, al hacerlo, el sonido volvió a desplazarse, manteniendo distancia. Esa fue la primera vez que

54:47 sentí una incomodidad real. No porque creyera en historias, sino porque el ritmo de esos pasos no coincidía con el de un niño. Eran demasiado firmes para el peso de alguien pequeño y demasiado ligeros para un adulto con botas. Me detuve por completo y grité preguntando quién estaba ahí, pero no hubo respuesta. No se escuchó voz ni movimiento inmediato, solo el sonido normal de las hojas rozándose con el viento leve que empezaba a entrar desde el norte. Volví a llamar una segunda vez y otra más. Mi voz se perdió entre los tallos altos sin recibir contestación. Después de unos segundos las risas cesaron por completo y todo quedó en silencio. Un silencio común del campo al final de la tarde, sin murmullos ni pasos, solo el canto lejano de algunos pájaros. Decidí salir al camino principal para revisar alrededor de la camioneta donde había dejado mis cosas.

55:45 Caminé hasta el borde del cuadro. y al llegar noté algo que no estaba antes. La camioneta estaba rodeada por restos de caña masticada, no pocos pedazos, sino varios montones distribuidos alrededor de las llantas y la parte trasera, como si alguien hubiera trabajado ahí mientras yo estaba dentro de la parcela. Me acerqué despacio y observé la tierra blanda que queda junto al camino. Ahí sí se marcaban las pisadas con claridad porque el suelo retiene mejor la forma. Fue entonces cuando vi las primeras huellas distintas a las nuestras. Eran circulares en la parte trasera, sin talón marcado como el de una bota. La base era redonda y al frente se distinguían dedos cortos y gruesos. Cinco marcas alineadas pero más juntas de lo normal. No tenían arco ni forma alargada. Parecían apoyos completos de algo que no flexiona como un pie humano común. Me agaché para verlas mejor.

56:45 Medían menos que una huella de adulto, pero eran más anchas que la de un niño pequeño. La profundidad no era grande, aunque la tierra estaba blanda, lo que indicaba que quien las dejó no pesaba demasiado o que distribuía el peso de manera diferente. Me quedé varios segundos observando esas marcas y entendí que no podía contarle eso a la cuadrilla todavía, porque si ya estaban nerviosos con las risas, Esas huellas solo empeorarían la situación y perderíamos más horas de trabajo. Decidí guardar silencio hasta tener algo más claro. Antes de irme, marqué una de las huellas con la punta del machete. Tracé una línea fina al lado para reconocerla al día siguiente y comprobar si seguía ahí o si cambiaba de forma durante la noche. Al día siguiente, regresé más temprano de lo habitual. Antes de que llegara la cuadrilla, todavía no amanecía por completo cuando estacioné la camioneta en el camino principal frente a la parcela 42. El aire era más fresco y la tierra conservaba la humedad de la noche. Caminé directo hacia el punto donde había marcado la huella con la punta del machete porque quería comprobar si seguía intacta. Cuando llegué al lugar, noté de inmediato que la marca ya no estaba. El suelo estaba removido como si alguien hubiera raspado la superficie con cuidado.

58:10 No era un pisoteo desordenado, sino tierra levantada y acomodada encima. La línea que tracé había desaparecido por completo y en su lugar había pequeñas irregularidades frescas. Alrededor de la camioneta encontré nuevas huellas circulares más numerosas que las del día anterior. No eran una o dos, sino varias dispersas en semicírculo, algunas sobrepuestas entre sí. Mientras examinaba el suelo, escuché el motor del camión que traía a los cortadores. Llegaron en grupo y notaron mi expresión antes de que dijera nada. Uno de ellos preguntó si ya había visto lo que había pasado durante la noche y señalé hacia el cuadro.

58:53 Desde el camino se alcanzaba a distinguir una franja de caña tumbada en el interior de la parcela. No era una línea limpia como cuando se pasa maquinaria, sino un tramo irregular que parecía aplastado. Entramos juntos para revisar y confirmamos que una sección completa había sido derribada. Los tallos estaban doblados desde la base, no cortados ni partidos con machete. Las cañas habían sido torcidas desde abajo, como si alguien hubiera tomado cada tallo y lo hubiera forzado hacia un lado hasta dejarlo inclinado. Algunos estaban casi al ras del suelo, otros a medio doblar. No había marcas de herramienta ni cortes rectos, tampoco señales de que un tractor hubiera pasado por ahí. La tierra no mostraba huellas de llantas ni arrastre pesado. Fue en ese momento cuando uno de los cortadores dijo que eso parecía cosa de chaneques de caña.

59:50 Y uno agregó que en la tradición local esos seres pequeños viven en los sembradíos y reclaman el terreno cuando sienten que se les falta al respeto. Explicó que, según los viejos, no son visibles todo el tiempo y que suelen jugar, esconder cosas o torcer plantas para advertir que el terreno no les pertenece a los hombres. Yo rechacé la idea de inmediato y les dije que dejaran de repetir historias de rancho. Insistí en que alguien estaba jugando una broma pesada, tal vez muchachos de alguna comunidad que querían asustarnos para que dejáramos de cortar en esa parte. Les recordé que no podíamos permitir que cuentos afectaran la producción, porque el ingenio ya había advertido que cualquier retraso se descontaría del salario. Mencioné que, si seguíamos bajando el rendimiento, la empresa podría reducir las cuadrillas. Aún así, noté que la mayoría estaba inquieta. Trabajaron durante la mañana con normalidad, pero al acercarse el mediodía varios se acercaron para decirme que no entrarían a la 42 después de esa hora. Argumentaron que las risas empezaban antes y que no querían esperar a que oscureciera para volver a escucharlas. Traté de convencerlos de que se quedaran al menos hasta las 4, pero el ambiente estaba tenso y el miedo era más fuerte que mis órdenes. Recibí otra llamada del supervisor del ingenio preguntando por el avance del día. Me recordó que la parcela 42 es clave para completar la cuota semanal y que si

1:01:22 no cumplíamos habría descuentos. Colgué sabiendo que la presión recaía sobre mí. Por eso les prometí a los trabajadores que me quedaría hasta que oscureciera para demostrar que no había nada fuera de lo común. Les dije que si encontraba a los responsables los denunciaría. y que al día siguiente trabajaríamos con normalidad. Poco antes de las cinco comenzaron a recoger sus herramientas. Algunos me miraron con duda, pero ninguno intentó disuadirme. Se subieron al camión y se fueron dejando la parcela en silencio. El ruido del motor se perdió por el camino de tierra, y quedé solo frente a la caña alta que empezaba a proyectar sombras largas sobre los surcos. Miré el reloj en mi muñeca y marcaba las cinco y siete de la tarde. El sol descendía detrás de los árboles y yo permanecía en la 42 dispuesto a esperar lo que fuera que estuviera causando todo aquello.

1:02:19 El sol ya había bajado casi por completo y la luz naranja se filtraba entre los tallos altos de la parcela 42. Las hojas largas dejaban pasar franjas de claridad que se movían con el viento leve de la tarde. El calor se había reducido, pero el aire seguía cargado con el olor dulce de la caña abierta y la tierra húmeda. Yo avanzaba despacio entre los surcos con el machete en la mano, atento a cualquier movimiento distinto al crujido normal de las hojas. Las risas comenzaron de nuevo, esta vez más cercanas y no aisladas. Eran varias al mismo tiempo, cortas y rápidas. Se superponían unas con otras como si un grupo pequeño se estuviera pasando una broma entre ellos.

1:03:05 No venían de un solo punto, sino que se desplazaban en círculo alrededor de donde yo estaba, a pocos metros, entre las filas densas donde la vista no alcanza más allá de tres o cuatro tallos seguidos. Escuché entonces el sonido claro de caña quebrándose a poca distancia. Me dirigí hacia ese punto apartando hojas con el machete, empujando las cañas hacia un lado para abrirme paso. El suelo estaba irregular por los restos que ya habían quedado desde la mañana, y tuve que caminar con cuidado para no tropezar. Al avanzar unos metros llegué a un espacio distinto dentro del cuadro, un círculo amplio donde la caña había sido arrancada desde abajo, no cortada ni simplemente doblada. Las raíces estaban expuestas en algunos puntos, y la tierra removida formaba un borde irregular alrededor del claro. El diámetro superaba los cuatro metros y el contraste con el resto de la parcela era evidente.

1:04:04 En el centro había un montón grande de caña masticada acumulada como si alguien hubiera trabajado ahí durante horas. Los tallos estaban triturados con las mismas marcas irregulares que ya había visto antes. Las fibras seguían húmedas y el jugo formaba manchas pegajosas que brillaban con la luz naranja que aún entraba desde el lado oeste. En cuanto crucé el límite del claro, las risas se detuvieron de golpe. El silencio cayó de forma abrupta y solo quedó el sonido leve de mi respiración y el roce del machete contra mi pantalón. Me quedé inmóvil unos segundos observando alrededor, tratando de detectar movimiento entre los bordes de la caña que rodeaban el círculo. Pero no vi nada. Las hojas permanecían quietas y no se distinguía figura. Entonces escuché pasos rodeándome.

1:04:56 pequeños y rápidos, no en línea recta sino en trayectorias cortas que cambiaban de dirección. Parecían moverse justo en el límite entre el claro y la pared de caña, como si varios estuvieran corriendo en círculo manteniendo distancia. Giré sobre mí mismo intentando ubicar el origen. Moví el machete en semicírculo para apartar hojas y ampliar la visión, pero no apareció nadie, solo tallos rectos y hojas largas. Sentí, de pronto, un tirón fuerte en el pantalón a la altura del tobillo derecho. La tela se tensó hacia atrás como si alguien la hubiera jalado con decisión. Bajé la vista de inmediato, esperando ver a un niño agachado o alguna rama enganchada.

1:05:41 Pero no había nadie visible ni objeto que justificara la fuerza del jalón. El suelo estaba despejado alrededor de mis botas y no había tallos cruzados en esa posición. Apenas levanté la vista cuando sentí otro tirón, esta vez más fuerte y en la misma pierna. El jalón me hizo perder el equilibrio por un instante y tuve que dar un paso hacia adelante para no caer. El movimiento fue claro y directo hacia atrás, como si una mano pequeña hubiera sujetado la tela con firmeza. Intenté agarrar el borde del pantalón para evitar otro tirón, pero el contacto cesó tan rápido como había comenzado. Los pasos volvieron a escucharse alrededor del claro, rápidos y coordinados. Me di cuenta de que permanecer ahí no iba a demostrar nada, y que el riesgo de caer o quedar atrapado entre los tallos era real. Retrocedí hacia el borde del círculo sin dejar de mirar alrededor. Las risas regresaron brevemente detrás de mí, no frente a mi rostro, sino a la altura de mis hombros. Y más atrás, decidí salir del claro y avanzar hacia el camino principal sin detenerme, apartando hojas con fuerza y caminando lo más recto posible entre los surcos hasta alcanzar la orilla del cuadro. Al llegar al camino principal, vi de inmediato que la camioneta estaba rodeada completamente por huellas circulares. No eran unas pocas como en días anteriores, sino decenas marcadas en la tierra blanda alrededor de las llantas,

1:07:15 formando un perímetro cerrado. algunas incluso se superponían unas sobre otras me acerqué con cautela y noté que las marcas no se limitaban al suelo subían por el cofre y estaban impresas en el polvo acumulado sobre la pintura pequeñas huellas redondas con los cinco dedos cortos marcados al frente alineadas como si varios hubieran trepado hasta la parte superior me quedé mirando esas marcas intentando comprender cómo habían llegado ahí sin que yo escuchara nada en el camino El aire estaba quieto y el campo en silencio. Fue entonces cuando escuché un golpe metálico debajo del vehículo, claro y directo, como si algo hubiera impactado la parte inferior del chasis desde abajo. Me agaché de inmediato para revisar debajo de la camioneta después del golpe metálico. Apoyé una rodilla en la tierra y asomé la cabeza hacia la sombra que formaba el chasis. La luz del atardecer apenas alcanzaba a iluminar el espacio y por un segundo no vi nada claro, solo oscuridad y polvo suspendido. Pero entonces noté movimiento, algo pequeño desplazándose rápido de un lado a otro. No distinguí forma definida, solo un bulto bajo que se movía con velocidad entre los ejes y desaparecía detrás de la llanta trasera.

1:08:38 Saqué el celular del bolsillo y encendí la linterna para alumbrar mejor. Apunté hacia el centro del vehículo intentando capturar cualquier detalle. La luz iluminó brevemente el suelo y el metal inferior, pero en ese momento la pantalla parpadeó y se apagó por completo. Presioné el botón varias veces creyendo que se había bloqueado, pero no respondió, como si la batería se hubiera descargado de golpe. Sentí entonces varios golpes pequeños contra las puertas y la carrocería. No uno solo, sino muchos, distribuidos alrededor del vehículo. Eran impactos cortos y rápidos como si varias manos pequeñas estuvieran golpeando el metal al mismo tiempo. El sonido se multiplicó y comenzó a mezclarse con risas infantiles que rodeaban la camioneta desde distintos puntos, algunas muy cerca del vidrio del conductor, otras hacia la caja trasera. El eco se movía alrededor como si estuvieran girando en círculo. La camioneta empezó a balancearse ligeramente, primero apenas perceptible y luego con más claridad, como si alguien empujara desde los costados de forma intermitente. Me levanté de inmediato y corrí hacia la puerta del conductor con la intención de subir y salir de ahí cuanto antes. Intenté abrir, pero la puerta no se dio al primer jalón. La manija se movió pero el seguro parecía trabado. Tiré con más fuerza y sentí otro golpe contra la parte trasera al mismo tiempo que las risas aumentaban de intensidad. logré

1:10:11 abrir la puerta noté polvo acumulado sobre el asiento del conductor había huellas circulares impresas pequeñas con los cinco dedos marcados al frente alineadas como si alguien hubiera estado sentado ahí momentos antes el polvo estaba alterado en varios puntos formando patrones redondos no había suciedad de botas ni marcas de barro solo esas impresiones claras sobre la tela sentí una presión fuerte en los tobillos cuando levanté la pierna para entrar como si algo invisible sujetara mis pantalones desde abajo el tirón fue hacia atrás y tuve que apoyarme con la mano en el volante para no caer de espaldas metí el otro pie con rapidez y traté de cerrar la puerta pero la presión aumentó por un instante jalando desde la parte inferior del marco como si varias manos pequeñas intentaran retenerme empujé con toda la fuerza que tenía hasta escuchar el golpe firme de la puerta al cerrarse Giré la llave y el motor respondió al primer intento.

1:11:12 El sonido del encendido se mezcló con un nuevo golpe metálico debajo del vehículo. Puse la palanca en reversa y presioné el acelerador. La camioneta se movió con dificultad, como si algo la retuviera desde la parte inferior. El avance fue lento durante los primeros metros y el volante vibraba más de lo normal. Insistí con el acelerador hasta que sentí que el vehículo se liberaba y empezó a responder con mayor fluidez. Al avanzar, escuché un golpe fuerte en la caja trasera, directo y pesado, como si algo hubiera caído dentro o se hubiera impactado contra la lámina. No miré por el retrovisor. Mantuve la vista fija en el camino de tierra que salía de la parcela 42 y no reduje la velocidad hasta dejar completamente atrás los límites del cuadro.

1:12:01 El ruido de las hojas y las risas desapareció conforme me alejaba, y el único sonido que quedó fue el del motor y mi respiración acelerada. No me detuve hasta llegar a casa. Estacioné frente al portón y permanecí unos minutos sentado con las manos sobre el volante tratando de ordenar lo que había pasado. Cuando finalmente bajé y caminé hacia la puerta, sentí una molestia leve en las plantas de los pies, como si hubiera caminado sobre grava fina. Me quité las botas dentro de la casa y al mirar mis pies, descubrí marcas circulares impresas en la piel. No eran heridas abiertas, sino formas rojizas con cinco puntos al frente, distribuidas en ambas plantas sin talón marcado. Me quedé observando las varios segundos intentando entender cómo podían estar ahí si siempre uso calcetines gruesos y botas cerradas en el campo. Casi no dormí esa noche. Me quedé sentado en la orilla. A la mañana siguiente regresé a la parcela 42 con la intención de cerrar ese asunto de una vez.

1:13:06 No llevé a la cuadrilla, fui solo. El cuadro estaba intacto desde el camino. La franja derribada seguía ahí, el claro en el interior también. Caminé directo hacia el centro donde había visto el círculo arrancado. El suelo estaba húmedo y removido, pero no encontré las huellas alrededor de la camioneta porque esa vez estacioné más lejos. Esperé varios segundos que se sintieron más largos de lo normal y entendí que no necesitaba otra prueba. Esa misma semana pedí al ingenio que cerraran la 42 por condiciones de suelo inestables. Aceptaron porque el rendimiento había bajado y no querían más pérdidas.

1:13:48 Desde entonces esa parcela no se ha vuelto a cortar al atardecer y nadie entra después de las cinco.