Lo Amarrábamos Cada Noche Para Que No Saliera A Cazar Brujas - Historias De Terror - REDE
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0:05 Yo, MartÃn Salazar, digo esto porque fui quien le disparó a mi tÃo Severiano Salazar cuando se fue contra su propia familia. Yo cuento lo que vi, lo que escuché de su boca y lo que pasó en su casa y en el terreno que cuidó hasta el final. Mi tÃo vivÃa en la orilla del pueblo, con su esposa Petra y con su hijo Tomás. Se levantaba temprano, revisaba la cerca, miraba el agua del pozo. contaba los animales y trabajaba el terreno era un hombre callado y firme no buscaba pleitos pero no permitÃa que nadie se metiera en lo suyo ese terreno era lo más importante para él el problema empezó con Lucinda Cota vivÃa sola a cierta distancia de las últimas casas mucha gente iba con ella por hierbas remedios y sobadas yo sostengo lo que vi vi dos bultos enterrados cerca del pozo de mi tÃo Vi una gallina abierta detrás del corral después de que Lucinda se peleó con Petra. Vi que el agua salió turbia dos mañanas seguidas y vi a Tomás caer con fiebre después de que mi tÃo fue a reclamarle.
1:16 El primer bulto lo sacó Severiano con una pala, lo abrió en el suelo. Adentro habÃa cabello, tierra negra, clavos viejos y una foto doblada de Tomás. Esa foto no estaba perdida, Petra la tenÃa guardada dentro de la casa. Cuando mi tÃo la vio, se le endureció la cara. Ese mismo dÃa fue a buscar a Lucinda. Yo fui con él, la encontramos sentada afuera de su casa, y mi tÃo le dijo que dejara de meterse en su terreno. Lucinda le respondió que estaba moviendo algo que no entendÃa, y que si seguÃa desenterrando lo que no era suyo, alguien de su sangre iba a enfermarse. Mi tÃo le respondió que no volviera a acercarse y nos regresamos. Esa misma semana el agua se ensució y Tomás cayó enfermo.
2:07 Mi tÃo intentó arreglarlo por la vÃa normal. Fue con el comisario y le explicó lo de los bultos y lo de las entradas al terreno. El comisario dijo que no podÃa hacer nada con eso. Luego llamaron al padre Mauro para que bendijera la casa y el pozo. El padre fue, rezó y pidió que dejaran el pleito. Dos dÃas después apareció otro bulto enterrado junto al portón. Mi tÃo lo quemó sin abrirlo y desde esa noche dejó de dormir dentro de la casa y empezó a quedarse en un cuarto cerca del corral. DecÃa que alguien caminaba alrededor en la madrugada. Una noche me pidió que me quedara con él. Yo acepté. Escuché pasos afuera y escuché vueltas alrededor del patio. Salimos con una lámpara y no encontramos a nadie. pero vimos marcas recientes en la tierra.
2:59 Desde entonces empezó a hablar de otra forma. Me dijo que eso ya no se iba a resolver ni con el comisario ni con rezos. También me dijo que un hombre de otro rancho le habÃa advertido algo. Cuando una bruja se empeña en entrar a un terreno, si uno no la detiene a tiempo, el daño se mete a la casa y ya no sale. Yo no le seguà la conversación, pensé que estaba cansado y mal dormido. DÃas después salió solo en la noche. Petra me pidió que lo siguiera, asà que yo salà detrás de él y me mantuve a distancia. Lo vi llegar al crucero viejo donde se junta el camino del monte con la acequia seca.
3:41 Llevaba un gallo negro, una botella y unas monedas. Yo me quedé escondido y al poco rato apareció otro hombre. No lo vi llegar por el camino. Cuando levanté la vista, ya estaba frente a él. Hablaron un rato. Yo no alcancé a escuchar todo, pero vi a mi tÃo cortarse la mano y dejar caer sangre en la tierra. También vi que dejó las monedas y la botella. El gallo quedó tirado. Cuando decidà acercarme, el otro hombre ya no estaba. Mi tÃo regresó con la mano abierta y la ropa empapada en sudor. En el camino me dijo que ya estaba hecho y yo le pregunté qué habÃa hecho. Me respondió que habÃa pactado con el diablo para defender lo suyo y para acabar con Lucinda. También me dijo que iba a pagar ese trato mientras el cuerpo le aguantara.
4:34 Esa noche no le conté a nadie lo que me habÃa dicho. Me quedé con él hasta llegar a la casa. Petra quiso curarle la mano y él no la dejó. Le subió la fiebre y empezó a temblar, y en los dÃas siguientes se puso peor. Sudaba mucho, dormÃa poco, y se quejaba del dolor en las piernas y en la mandÃbula. A ratos hablaba claro, a ratos se quedaba callado, con la vista fija en la puerta o en la ventana. Una tarde me dijo que el trato ya habÃa empezado a cobrar. Poco después pasó lo de Lucinda. Esa noche los perros estaban alterados. y Severiano no estaba en el cuarto donde dormÃa. Petra fue por mÃ. Yo llegué con Tomás, y cerca del pozo escuchamos un golpe fuerte y luego un arrastre. No vivÃa en la forma, pero vi a Lucinda tirada en el suelo. Ya estaba muerta, tenÃa la garganta destrozada. Tomás quiso correr hacia ella, pero lo detuve, porque escuchamos a alguien vomitar a unos metros. Era mi tÃo, estaba desnudo lleno de tierra y sangre arrodillado y con el hombro torcido cuando le hablé levantó la cara y me dijo que ya habÃa terminado con ella y que ya no iba a volver a entrar al terreno no llamamos de inmediato a todo el pueblo primero lo levantamos entre los dos y lo metimos a la casa petra querÃa saber qué habÃa pasado tomás estaba temblando y yo
6:05 salà después por ayuda Cuando llegaron los demás, Lucinda seguÃa tirada donde la habÃamos visto. Desde esa noche ya no tuve duda, mi tÃo hizo algo en el crucero, lo hizo para detener a Lucinda, y eso no terminó con la muerte de ella, ahà empezó lo peor. Después de que Lucinda apareció muerta, el terreno se quedó en paz. Ya no encontramos bultos junto al pozo. Ya no oÃmos pasos alrededor de la casa. Y ya no aparecieron animales abiertos cerca del corral. Varios dijeron que todo habÃa terminado, pero yo vi otra cosa. Lo que terminó fue el pleito con Lucinda. Y lo que empezó después fue el cambio de mi tÃo. Severiano pasó varios dÃas en cama.
6:52 TenÃa fiebre. las manos hinchadas y las piernas llenas de golpes el médico del pueblo dijo que habÃa que llevarlo al hospital mi tÃo se negó y esperó a que el médico saliera me pidió que cerrara la puerta y me habló sin rodeos me dijo que el pacto no habÃa sido para una sola noche y me dijo que esa fuerza le habÃa servido para vencer a Lucinda pero que ahora el cuerpo no le obedecÃa igual cuando caÃa la tarde también me dijo esto si no salÃa cuando le entraba esa necesidad el cambio se le iba a adelantar y luego no iba a poder volver entero quise pensar que estaba hablando desde la fiebre no pude sostener esa idea por mucho tiempo al poco tiempo comenzó a pasar lo mismo que él me habÃa dicho de dÃa seguÃa siendo mi tÃo caminaba el terreno veÃa el agua y preguntaba por los animales en la tarde se ponÃa inquieto dejaba de hablar y levantaba la cabeza y olÃa el aire. Yo le pregunté una vez qué estaba buscando.
8:00 Me respondió que ya podÃa oler a las otras brujas y a los otros nahuales. Dijo que se movÃan de noche y que tenÃa que salir a buscarlos antes de que se acercaran al pueblo. La primera vez que pidió que lo amarráramos nos llamó al cuarto de herramientas. Entró por su pie, se sentó contra la pared y nos dijo a Tomás y a mà que lo aseguráramos con una cadena. Petra estaba en la puerta y lloró cuando cerramos el candado. Mi tÃo le dijo que no abriera si empezaba a golpear. A nosotros nos dijo que si se soltaba nadie se le pusiera enfrente. Al principio solo se quejaba, luego se le tensaron las piernas, los dedos de las manos se le torcieron y la mandÃbula se le movió del lugar y él mismo se la acomodó con la mano. Se mordió por dentro y empezó a escupir sangre con saliva. En algunos momentos nos reconocÃa y pedÃa agua, en otros gruñÃa y jalaba la cadena, con una fuerza que yo no le habÃa visto ni cuando estaba sano. Nosotros nos quedamos afuera y oÃamos cada golpe y cada arrastre. Cuando amaneció, la cadena seguÃa puesta, el poste estaba cuarteado y mi tÃo estaba tirado en el suelo, temblando y con las uñas levantadas. Desde esa noche se volvió rutina. antes de que anocheciera lo encerrábamos y lo amarrábamos.
9:25 Algunas veces se calmaba y amanecÃa rendido, con fiebre y sin fuerza para ponerse de pie. Otras veces se ponÃa peor. TenÃamos que quedarnos despiertos hasta el amanecer, oyendo cómo golpeaba la pared y cómo tiraba del fierro. El padre Mauro volvió a la casa y alcanzó a ver una de que habÃa que sedarlo y llevarlo al hospital mi tÃo respondió que si lo sacábamos del terreno iba a llevar ese mal a otra parte yo ya no sabÃa qué pensar solo veÃa dos cosas cada dÃa estaba más flaco y cada noche tenÃa más fuerza una madrugada logró soltarse encontramos la cadena arrancada y la puerta abierta salimos a buscarlo pero no dimos con él volvió al amanecer caminando solo con una herida en el costado y las manos cubiertas de sangre seca. Petra quiso revisarlo, pero él se apartó.
10:27 Me dijo que habÃa encontrado a otro de los que salen de noche y que por eso se habÃa ido más lejos. No explicó más. Yo no vi a nadie esa noche. Lo que vi fue que a partir de entonces ya no solo se defendÃa del cambio, también salÃa a buscar algo. Después de esas salidas, empezó a traer cosas que no eran de la casa. Unas veces eran listones con nudos, otras, bolsas con semillas, mechones de cabello o pedazos de ropa. Yo los fui guardando en una caja, y cuando amanecÃa sereno, me decÃa que esas cosas pertenecÃan a lo que andaba persiguiendo. RepetÃa que no podÃa dejarlos sueltos, porque entonces iban a entrar primero al pueblo. Esa idea se le fue quedando fija. En las tardes no hablaba de otra cosa. Revisaba puertas, revisaba ventanas. OlÃa el aire y decÃa que alguien estaba rondando. La vida dentro de esa casa cambió por completo. Petra dejó de recibir visitas.
11:31 Tomás escondió cuchillos, machetes y herramientas con filo. Yo empecé a dormir ahà casi todas las noches. Lo más duro era verlo volver por momentos a ser el mismo de antes. En la mañana preguntaba por el maÃz, por la bomba del agua o por lo que se debÃa en la tienda. A media tarde se quedaba callado y miraba la puerta. Una vez me dijo que cada vez le costaba más detener el cambio antes de salir. Otro dÃa me pidió que, si llegaba el momento en que se fuera contra alguien de la casa, no intentáramos sujetarlo. Me pidió que lo matáramos. Yo no le respondÃ, pues no quise aceptar que eso podÃa pasar. Pero en los últimos dÃas ya era claro que estaba perdiendo el control. El cambio empezaba más temprano.
12:20 A veces todavÃa con luz se le tensaban las manos y dejaba de hablar. Una noche me dijo que ya no salÃa solo para cuidar el terreno. Me dijo que salÃa porque algo dentro de él lo empujaba a buscar a las otras brujas y a los otros nahuales. También me dijo que cada vez le costaba más regresar siendo él mismo. Esa fue la última vez que lo escuché explicar con claridad lo que le estaba pasando. En la última semana, mi tÃo casi no durmió. Caminaba dentro de la casa, salÃa al patio, revisaba la cerca y volvÃa a entrar. ComÃa poco, tomaba agua a cada rato y se sentaba frente a la puerta durante largos minutos. Si uno le hablaba, respondÃa. Si se quedaba solo, guardaba silencio y se ponÃa tenso. El médico volvió a verlo y dijo que ya no podÃan seguir asÃ. Dejó medicamento para sedarlo y pidió que al amanecer lo subiéramos a un vehÃculo para llevarlo al hospital. Esa vez mi tÃo aceptó y me dijo que ya no confiaba en aguantar otra noche entera. Ese mismo dÃa me pidió que sacara la caja donde yo habÃa guardado las cosas que traÃa cuando regresaba de sus salidas. La puso sobre la mesa y la abrió frente a mÃ. Fue sacando los listones, las bolsas, los mechones de cabello y los pedazos de tela. Los miró uno por uno. Luego me dijo que quemara todo.
13:51 Solo pidió que dejara la cadena. Después me habló de frente y me dijo que si lograba salir del cuarto y se iba contra alguien de la casa, yo no intentara detenerlo con las manos. Me dijo que le disparara. Petra empezó a llorar y le pidió que se callara, pero ya no respondió. Bajó la vista y se quedó quieto. Antes de anochecer, lo metimos al cuarto y lo amarramos con dos cadenas, una en la cintura y otra en los tobillos. Tomás revisó el candado y la puerta, y yo le di el medicamento con agua y vi que lo tragó. Petra se quedó en el cuarto de al lado.
14:34 yo me senté en una silla en el pasillo con la lámpara y la escopeta cerca de la puerta al principio estuvo más tranquilo que otras veces respiraba fuerte pero todavÃa hablaba en un momento me llamó por mi nombre me acerqué a la puerta y me dijo que si escuchaba romperse el metal sacara a Petra de inmediato esa fue la última vez que le oà la voz entera después empezaron los golpes primero fueron jalones secos Luego se oyó la cadena arrastrarse sobre el piso y el poste crujió contra la pared. Tomás salió del otro cuarto y se quedó conmigo en el pasillo. Los dos escuchamos cada tirón.
15:15 Esperé que el medicamento lo frenara, pero no pasó. Los golpes siguieron. Luego vino un silencio corto y después oÃmos el rechinido de la lámina de la puerta. Alumbré hacia abajo y vi el borde doblado. La abertura empezó a crecer y de pronto apareció una de las cadenas arrastrándose hacia afuera. Le grité a Petra que saliera por la parte de atrás. Ella abrió su puerta al mismo tiempo que mi tÃo salió del cuarto. VenÃa arrastrándose primero y levantándose a tirones después. TenÃa la ropa rota, sangre en el pecho y en la boca, y la cadena de los tobillos todavÃa colgando. Cuando escuchó a Petra, levantó la cara hacia ella. Yo le dije que se detuviera y volteó hacia mÃ. Me reconoció y me dijo que la sacara de ahà porque ya no podÃa parar. Lo dijo con la voz rota, pero claro. Petra se quedó inmóvil y Tomás corrió hacia ella para moverla. Mi tÃo se lanzó en ese momento. Se fue directo contra Petra y la alcanzó antes de que Tomás lograra abrir la puerta del patio. La tiró al suelo y fue al cuello.
16:25 Tomás se metió entre los dos y recibió un golpe en la cara, luego recibió un rasguño profundo en el brazo. Yo me acerqué por un lado y le agarré el hombro. Fue un error, pues mi tÃo me aventó con una fuerza que no le conocà nunca. Me estrellé contra la pared y cuando me levanté Petra gritaba y Tomás estaba encima de ella tratando de cubrirla. Mi tÃo seguÃa pegado a ellos, respirando con ruido y buscando morder. La escopeta estaba detrás de la puerta del pasillo. La agarré, le grité a Tomás que se apartara y apunté al pecho de mi tÃo. Disparé desde cerca. El tiro lo sacudió y lo hizo rodar hacia un lado. Petra se arrastró hasta la pared y Tomás la jaló por debajo de los brazos. Yo no bajé el arma, pues mi tÃo todavÃa se movÃa. se apoyó en una mano e intentó levantarse volteó hacia mà otra vez ya no estaba sobre ellos pero seguÃa tratando de ponerse de pie entonces me habló y me dijo que no lo dejara seguir lo dijo sin gritar y entonces yo hice el segundo disparo cayó de costado y ya no se levantó me acerqué despacio sin soltar la escopeta vi a mi tÃo severiano tirado en el pasillo TenÃa el pecho abierto por los tiros, los dedos destrozados, las piernas marcadas por las cadenas y la mandÃbula fuera de lugar. Petra tenÃa golpes en el hombro y en la cara. Tomás sangraba del brazo. Yo
17:59 tenÃa las manos temblando, la cara caliente y el oÃdo zumbando por los disparos. La cadena seguÃa moviéndose un poco en el piso. Luego quedó quieta. Llamamos al comisario en cuanto pudimos. llegó con dos policÃas, revisaron el cuarto roto, la puerta forzada, las cadenas, el pasillo y el cuerpo, vieron los golpes de Petra, la herida de Tomás y la escopeta que yo dejé sobre la mesa, tomaron fotos y nos hicieron declarar por separado, yo repetà lo mismo que habÃa dicho desde el principio, que mi tÃo llevaba semanas perdiendo el control, que lo habÃamos amarrado para evitar que saliera y que esa noche se fue contra su propia casa, Nadie nos dio una explicación, pues nadie la tenÃa.
18:45 Después de esa noche ya no se pudo seguir viviendo ahÃ. Petra se fue con una hermana. Tomás dejó el pueblo poco después. Yo ayudé a cerrar la casa y dejé el terreno solo. También quemé la caja con todo lo que mi tÃo habÃa traÃdo de sus salidas. La cadena la enterré lejos del pozo y no volvà a abrir ese cuarto. Esta es la versión que sostengo. Yo vi a mi tÃo cambiar noche tras noche, lo vi salir, lo vi volver herido y lo vi perder el control. Hizo un pacto para vencer a Lucinda y la venció. Después empezó a salir en busca de otras brujas y de otros Nahuales, porque decÃa que ya podÃa reconocerlos y que tenÃa que ir tras ellos. Cada salida lo dejó peor y al final ya no pudo detener la transformación.
19:36 se volvió un peligro para su familia y cuando se lanzó contra Petra y contra Tomás yo fui quien le disparó no hubo otra salida no lo digo para justificarme lo digo porque asà pasó yo estuve ahà y lo recuerdo bien Nos mandaron a una base improvisada en el monte, arriba del pueblo, con la orden de vigilar caminos, revisar movimiento extraño y dar seguridad. Eso decÃa el papel, pero todos sabÃamos la razón verdadera. En menos de un mes se habÃan llevado a tres recién nacidos, y en el pueblo ya nadie dormÃa tranquilo. Las mujeres que acababan de parir no querÃan apagar la luz. Los hombres se quedaban despiertos con machete o escopeta. Y aún asÃ, los niños seguÃan desapareciendo. Ãramos ocho soldados al mando del sargento Salas.
20:38 Llegamos con armas, radios, lámparas, comida, cobijas y munición suficiente para varios dÃas. Armamos la base con lo que habÃa a la mano. Un techo de lámina para dormir, otro para guardar vÃveres, una cocina y un punto de guardia. Quedamos cerca del pueblo, lo bastante cerca para bajar rápido si algo pasaba. y lo bastante arriba para vigilar el camino desde la tarde del primer dÃa notamos que la gente estaba agotada hablaban poco se les veÃa la cara desvelada y todos repetÃan lo mismo que eso bajaba de noche que entraba sin abrir puertas y que se llevaba a los niños sin hacer ruido Salas nos llevó con el presidente auxiliar y de ahà fuimos a las casas de las familias afectadas escuchamos los tres casos En los tres, el niño habÃa estado acostado junto a la madre. En los tres, la puerta amaneció cerrada. Ningún perro ladró, ningún vecino oyó gritos y ninguna madre alcanzó a detener nada.
21:43 Una dijo que sintió aire en la cara, otra dijo que oyó ruido arriba del techo y otra dijo que despertó y ya no vio al niño. Eso fue lo que nos dijeron. Los hombres del pueblo habÃan buscado por su cuenta. Revisaron brechas, matorrales y barrancos. Encontraron una manta lejos de las casas y algunas marcas en tierra blanda, pero nada más. Algunos decÃan que era una mujer, otros decÃan que era una bruja. Salas no se metió en esa discusión. Tomó nota, ubicó las casas y ordenó que nadie saliera solo por la noche. La primera noche en la base empezó tranquila. Vega y yo tenÃamos guardia. El aire estaba pesado Y en el monte se oÃan los ruidos normales de siempre. Ramas, insectos, algún animal entre la maleza.
22:37 Ya pasada la medianoche, escuchamos pasos sobre el techo donde guardábamos agua y comida. No fue un golpe aislado ni un ruido de lámina floja. Fueron pasos claros, lentos, de un lado al otro. Levanté la vista y vi hundirse la lámina. vega salió primero yo salà detrás alumbramos hacia arriba rodeamos el lugar y revisamos el monte cercano pero no encontramos a nadie salas salió al oÃr el movimiento le dimos parte y nos ordenó seguir atentos nadie se rió nadie dijo que habÃa sido el viento porque todos habÃan escuchado lo mismo a la mañana siguiente bajamos otra vez al pueblo La noticia del ruido se corrió rápido.
23:21 Un hombre nos dijo, sin rodeos, que si nosotros no hacÃamos nada, ellos iban a subir al monte por su cuenta. Una mujer dijo que eso entraba por arriba, por los techos, y buscaba casas donde acababa de nacer un niño. Un viejo dijo que la conocÃa de nombre, que era una bruja del barranco, y que cuando salÃa a caminar por los techos no ladraba ni un perro. Salas le respondió que si tenÃa cuerpo, se podÃa matar. El viejo no discutió, solo dijo que no la dejáramos acercarse. La segunda noche volvió el ruido, esta vez sobre el techo donde dormÃamos nosotros. Se oyó más cerca, más largo y con más peso.
24:04 Arias dijo que escuchó algo arrastrarse sobre su cabeza. Luna dijo que alcanzó a ver una sombra en la orilla del techo. Salimos varios, revisamos alrededor, alumbramos entre los árboles y rodeamos toda la base. No hallamos a nadie. Lo único distinto era una lámina vencida hacia abajo, una parte que antes estaba firme y ahora mostraba el golpe. Salas cambió los turnos, dejó guardias dobles toda la noche y ordenó que nadie se apartara solo, ni siquiera para ir unos metros. Durante el dÃa, el ambiente empeoró. La gente seguÃa asustada, pero ya se notaba otra cosa, enojo. HabÃa hombres armados dando vueltas por las calles, mujeres con los niños envueltos y pegados al pecho, y puertas cerradas desde temprano.
24:54 En una de las casas, una señora nos dijo que llevaba tres noches sin dormir. En otra, un hombre nos enseñó la cuna vacÃa de su hijo. No necesitó decir nada más. Salas escuchó a todos, sin prometer de más, y al regresar a la base nos dijo que esa noche nadie bajarÃa la guardia ni un minuto. La tercera noche fue la que cambió todo. Yo estaba de guardia cuando Arias se acercó y me dijo, en voz baja, que mirara hacia el techo del dormitorio. Levanté la vista. Al principio distinguà una forma oscura, pegada a la parte más alta del techo, pero después esa forma se movió. y quedó más clara contra el cielo. Entonces la vi bien.
25:39 Era una mujer flaca, encorvada, con el pelo largo pegado a la cara. Estaba de pie sobre la lámina y las piernas se le doblaban al revés. Lo vi con claridad. Los pies estaban puestos en dirección contraria a las rodillas. No era un error de vista, no era una sombra malentendida. Lo vi. En los brazos llevaba un bulto envuelto en una manta, Ella volteó hacia nosotros, sonrió, y levantó ese bulto hacia la boca. Luego apartó un poco la tela. Vi una mano pequeña. Vi parte de una frente y entendà lo que estaba viendo. Era un recién nacido. Arias lo dijo primero, y Vega subió el arma. Yo le dije que no disparara porque podÃa darle al niño. En ese momento salió Salas con Luna, y ellos también la vieron.
26:28 salas ordenó cerrarle la salida hacia el monte y prohibió tirar mientras siguiera cargando el bulto nos abrimos para rodearla pero no alcanzamos la mujer se enderezó avanzó por el techo sin dudar cruzó la lámina de un extremo al otro y saltó del lado opuesto sin soltar la manta corrimos hacia ahà y la vimos entrar entre los árboles todavÃa con el bulto en brazos salas hizo un disparo al suelo para intentar frenarla pero no se detuvo Arias y yo avanzamos detrás varios metros, hasta donde nos dejó la oscuridad, y luego la perdimos. En ese momento oÃmos gritos desde el pueblo. Bajamos corriendo. Los gritos salÃan de la casa de una mujer que habÃa parido pocos dÃas antes.
27:16 La encontramos sentada en el piso, cubierta con una cobija, repitiendo que su hijo habÃa estado a su lado. El padre señalaba la cama y la ventana sin dejar de hablar. La puerta seguÃa cerrada y no habÃa señales de entrada por el piso. En la pared, junto a la ventana, habÃa marcas largas y frescas. Salas sacó el pedazo de manta que Arias habÃa recogido cerca de la base. La madre lo vio de inmediato y dijo que esa era la tela con la que habÃa envuelto a su hijo. Ahà se acabó cualquier duda. Ya no era un rumor del pueblo, ni una historia ajena. Nosotros la habÃamos visto.
27:57 y la habÃamos visto con un recién nacido en brazos también la habÃamos dejado escapar porque ninguno quiso disparar contra el bulto regresamos a la base antes del amanecer en silencio al llegar Salas reunió a la patrulla y habló claro dijo que la misión cambiaba desde ese momento que ya no se trataba solo de vigilar y que antes de la noche siguiente tenÃamos que encontrar a esa mujer y matarla nadie respondió nada Nadie propuso capturarla y nadie hizo preguntas. Todos sabÃamos lo mismo, que si seguÃa viva iba a volver. A la mañana siguiente revisamos la base con calma. En el techo habÃa hundimientos recientes y detrás del dormitorio en la tierra húmeda. Quedó marcada la caÃda de la noche anterior. Vega se agachó a verla. dijo que el golpe habÃa deformado la pisada Arias respondió que daba lo mismo porque todos habÃamos visto a la misma mujer y el bulto en sus brazos Salas cortó la discusión y dijo que no perdiéramos tiempo en eso y que pensáramos cómo impedir que se llevara a otro niño esa misma noche bajamos al pueblo apenas aclaró Salas habló con el presidente auxiliar y pidió reunir a las familias con recién nacidos Costó trabajo, pues varios hombres ya no confiaban en nadie. Salas habló claro. Dijo que no podÃamos cubrir cada casa por separado, porque esa mujer entraba por arriba,
29:27 sin abrir puertas y sin dar tiempo de respuesta. Dijo también que, si concentrábamos a las madres y a los niños en un solo lugar, podÃamos cerrar accesos, cubrir el techo y esperarla ahÃ. Al principio hubo resistencia. Un hombre dijo que no iba a mover a su mujer por miedo a un cuento. El presidente auxiliar le respondió que ya iban cuatro niños perdidos y que encerrarse en casa no habÃa servido. Después de eso, aceptó. La escuela fue el único lugar útil. TenÃa dos salones, patio y una sola entrada. Pasamos gran parte del dÃa moviendo a las familias, clavando tablas, asegurando ventanas y despejando el patio. Dentro quedaron las madres con sus bebés, dos ancianas y el enfermero del pueblo. Afuera quedamos nosotros, repartidos por sectores. La base del monte siguió casi vacÃa, para no delatar el cambio.
30:26 La guardia verdadera iba a quedar en la escuela. Antes de que anocheciera, apareció otra vez el viejo que hablaba de la bruja. Se acercó solo a Salas. Dijo que no dejáramos que esa mujer tocara a nadie, porque cuando se echaba encima costaba mucho quitársela. También dijo que, si estaba herida, iba a buscar encierro cerca del barranco. Salas no le dio conversación y le ordenó que se metiera con los demás y que no saliera por ninguna razón. Ya de noche tomamos posiciones. Yo me quedé con Vega en una parte alta de la escuela, con vista al techo y al patio. Arias y Luna cubrÃan abajo. Salas se colocó a un costado con el radio. Morales y Ceballos vigilaron los lados menos visibles desde la calle. Los otros dos cubrieron la entrada y la parte trasera. Hablábamos solo lo necesario. Desde adentro se oÃa, a veces, el llanto corto de un bebé y enseguida la voz de una madre calmándolo. Fuera de eso, el pueblo estaba en silencio.
31:32 El primer ruido vino desde arriba. Fueron pasos lentos sobre la lámina. Después se oyó un crujido justo encima del salón donde estaban las madres. Arias avisó por radio que ya tenÃa movimiento en el techo. Me desplacé lo suficiente para ver sin exponerme. Era ella. La reconocà en cuanto se recortó contra la oscuridad. La espalda seguÃa doblada y las piernas seguÃan abriendo al revés. Se movÃa despacio, mirando hacia abajo, pues iba buscando un punto de entrada. Se detuvo encima del cuarto, donde estaba la mujer más joven con su hija recién nacida. Agachó la cabeza, metió los dedos debajo de una lámina mal clavada y empezó a levantarla.
32:18 Lo hizo con cuidado, hasta abrir el espacio necesario para meter la mano. Salas ordenó encenderle la luz de frente. En cuanto la alumbramos, levantó la cara y sonrió. No retrocedió, se tiró al patio. Luna apenas alcanzó a girar. Ella cayó cerca de él y se le fue encima en el mismo movimiento. Lo tumbó de espaldas y le metió la mano en la cara. Escuché el grito de Luna y casi al mismo tiempo, la orden de fuego de salas. Vega disparó primero y le pegó en un hombro. Yo disparé después y la alcancé en el costado. Los dos impactos la movieron, pero no la hicieron soltar a Luna de inmediato. Cuando por fin lo dejó, salió hacia la barda del fondo, con una velocidad impropia de alguien herido de bala. Salas y áreas fueron detrás. Yo bajé con Vega hacia Luna. Lo encontramos tirado junto al patio. TenÃa un ojo destruido, la cara abierta y la garganta marcada por cortes profundos. El enfermero se arrodilló a su lado y dijo que habÃa que sacarlo de inmediato. Improvisamos una camilla y lo subimos a la camioneta. Mientras lo acomodábamos, Arias volvió solo. TraÃa sangre ajena en el uniforme y dijo que habÃan seguido el rastro hasta una carbonera abandonada cerca del barranco, pero que Salas lo habÃa mandado por apoyo porque la entrada era mala y no convenÃa meterse
33:48 a ciegas. Subimos en cuanto amaneció. El rastro seguÃa visible por tramos. La carbonera estaba apartada entre monte y piedra. Aseguramos el área antes de entrar. En la boca del lugar encontramos más sangre, mantas rotas y restos de comida. Más adentro, donde empezaba la cueva, vimos ropa de bebé, huesos pequeños y objetos que después reconocieron las familias del pueblo. No hacÃa falta discutir más. Ahà terminaban los niños. Salas pidió autorización por radio para entrar y abatir. La respuesta fue que mantuviéramos el perÃmetro y esperáramos relevo. El relevo no iba a llegar antes de la noche. Si la dejábamos viva hasta entonces, podÃa salir por otra abertura, bajar al pueblo o atacarnos otra vez. Salas guardó el radio y nos reunió ahà mismo. Dijo que entrarÃa esa misma tarde con los que siguieran firmes. Nadie se negó. Luna iba camino al hospital casi muerto y cuatro niños ya estaban perdidos. Arias tenÃa el uniforme manchado con sangre de luna y todavÃa le temblaban las manos. Yo también iba a entrar. Nos preparamos en silencio. Revisamos las armas, cargadores, radios y una lámpara. Salas dejó hombres cubriendo el pueblo y eligió a los que entrarÃamos con él. Dijo una sola cosa. Si esa mujer salÃa viva de la cueva,
35:18 volverÃa a bajar por otro niño. Y con eso bastó. Entramos al final de la tarde. Afuera todavÃa quedaba algo de luz, pero el fondo de la cueva ya estaba oscuro. Ãbamos seis. Salas iba al frente, Vega llevaba la lámpara, Arias y yo entramos detrás de ellos, los otros dos quedaron cubriendo la entrada y una salida angosta que habÃamos visto al costado. La orden fue clara, avanzar despacio, no disparar sin ver, y cerrar cualquier salida si intentaba huir. Desde los primeros pasos quedó claro que ese lugar se usaba desde hacÃa tiempo. HabÃa trapos tirados, restos de comida, ceniza vieja y manchas secas en el suelo. La cueva no era profunda, pero se angostaba lo suficiente para obligarnos a entrar casi en fila. Eso nos quitaba espacio, y si se nos venÃa encima no Ãbamos a tener margen para movernos. Avanzamos unos metros y Salas levantó la mano.
36:21 nos detuvimos y del fondo salÃa un ruido bajo y constante no era agua no era viento no era un animal pequeño vega alzó la lámpara y alumbró más lejos entonces la vimos estaba al fondo pegada a la pared en cuclillas sobre una piedra la herida del costado seguÃa abierta y tenÃa la ropa endurecida por la sangre seca mantuvo la vista fija en nosotros desde el primer segundo A un lado habÃa una manta enrollada y en el suelo, cerca de la piedra, habÃa restos pequeños. No hacÃa falta acercarse más para entender lo que estábamos viendo. Salas dio la orden de alto. Le gritó que no se moviera, pero ella no respondió. Levantó la cara despacio, enseñó los dientes y metió la mano hacia el suelo. Agarró uno de los restos y se lo llevó a la boca delante de nosotros. Lo hizo sin apurarse y lo hizo mirándonos.
37:20 Salas disparó primero. El tiro le pegó en el pecho y la echó hacia atrás. Vega tiró casi al mismo tiempo, pero su bala pegó en la piedra. Yo vi salir sangre del cuerpo de esa mujer y pensé que ahà mismo se iba a quedar. Pero no fue asÃ. Se vino encima de nosotros de golpe. No avanzó erguida, salió baja apoyándose en brazos y piernas, con una velocidad que no correspondÃa a la herida que llevaba. Arias disparó y le pegó en la cadera, aún asà siguió de frente. Le cayó encima a Salas y lo tumbó contra la pared. Yo alcancé a ver el momento exacto en que le mordió el antebrazo por encima de la manga. Salas trató de sacudÃrsela y gritó que abriéramos ángulo. Di un paso a la izquierda para no pegarle a él y disparé dos veces casi a quemarropa. Un tiro le entró en el cuello, el otro le pegó en la cara. Se soltó de salas y cayó de lado, pero siguió moviéndose.
38:24 Giró sobre el suelo y se arrastró hacia Arias, que habÃa resbalado hacia atrás en la ceniza. Arias intentó levantarse, no alcanzó, y ella le metió la mano en la ingle. Lo abrió en segundos. Arias gritó una sola vez y cayó de lado con las manos sobre la herida. Ahà ya no hubo espacio para otra cosa. Salas gritó que la rematáramos. Me acerqué lo suficiente para verla levantar la cara una vez más. TenÃa un ojo dañado, sangre en la boca y los dientes descubiertos. Le disparé tres veces a la cabeza. Después de eso dejó de moverse. Hubo unos segundos de silencio. Vega respiraba fuerte. Salas seguÃa en el piso, sujetándose el brazo mordido. Yo fui directo hacia Arias.
39:13 En cuanto lo vi, supe que no habÃa nada que hacer. La herida era demasiado grande y el sangrado no se podÃa contener ahà adentro. Aún asÃ, presioné con las manos y le hablé por su nombre. No respondió y murió antes de que lo sacáramos. Los dos hombres de afuera entraron cuando les dimos paso. Aseguramos primero el fondo de la cueva y luego revisamos el cuerpo de la mujer. Era humana. Era una mujer adulta, delgada, con deformaciones claras en las piernas y los pies vueltos hacia atrás. Las uñas eran largas y duras, los dientes delanteros estaban gastados y tenÃa cicatrices viejas en varias partes del cuerpo. Eso fue lo que vi de cerca. No necesito agregar nada más.
39:58 Después registramos el fondo del lugar. Hallamos mantas, ropa de bebé, restos pequeños y una medalla de bautizo con el nombre de uno de los niños desaparecidos. No encontramos a ninguno con vida. Tampoco vimos señales claras de que hubiera otra persona viviendo ahà con ella o ayudándola. En ese lugar solo quedó rastro de ella. Sacamos primero a Arias. Lo envolvimos en una lona y lo llevamos hasta la entrada. Después arrastramos el cuerpo de la mujer hacia afuera. Ya en la boca de la cueva, Salas dijo que no lo bajarÃamos entero al pueblo. Dijo que no querÃa curiosos alrededor, ni gente negando después lo que habÃa pasado. Ordenó quemarlo ahà mismo, con combustible de la camioneta y madera de la carbonera. Nadie discutió la orden y yo tampoco lo habrÃa hecho. Después de verla en el techo, patio y después de verla dentro de esa cueva, ninguno de nosotros querÃa dejar ese cuerpo intacto. Mientras ardÃa, yo regresé con Vega al fondo de la cueva, para sacar lo que se pudiera recuperar y llevarlo para identificación. No hicimos inventario en ese momento, solo juntamos lo necesario, lo envolvimos y lo cargamos en una caja improvisada. El olor a sangre vieja y humo se quedó pegado en la ropa, en las manos y en la garganta. bajamos ya de noche arias iba cubierto con la lona la caja con los
41:31 restos iba en la parte trasera en la escuela seguÃan las madres con sus hijos vivos despiertas esperando que alguien les dijera algo el presidente auxiliar salió primero y preguntó si habÃa terminado salas respondió que sà una mujer preguntó por su hijo y salas no le mintió le dijo que no lo habÃamos encontrado con vida Nadie gritó en ese momento y nadie hizo escándalo. Se quedaron quietos y ese silencio fue peor que cualquier llanto. Al amanecer enterraron a Arias en el panteón del pueblo. Nosotros seguimos ahà hasta que llegó el relevo. Después vinieron los reportes, las declaraciones y las versiones de siempre. Algunos dijeron que habÃamos matado a una mujer enferma del monte y que inventamos lo demás para cubrirlo. Yo firmé mi declaración y sostuve lo mismo cada vez que me preguntaron. Recuerdo el techo, la manta, la mano del recién nacido, el ojo de luna colgando, la herida abierta de Arias y el fuego subiendo alrededor del cuerpo. Lo demás no me interesa. Si me preguntan qué era, respondo lo que vi. Era una mujer que bajaba de noche, entraba por los techos, se llevaba a los niños del pueblo y siguió haciéndolo hasta que la matamos. Para entonces ya era tarde para varios.
43:02 Yo me acuerdo bien de cómo empezó todo en el carrizal. Al principio nadie habló de muertos ni de nahuales. Todo arrancó con animales que faltaban. En un rancho eso se nota rápido, pues todos sabemos cuántos animales hay en cada casa. Por eso, cuando empezaron las pérdidas, nadie tardó en enterarse. Primero fueron las gallinas de Don Lupe. Le faltaron varias en pocos dÃas. Revisó su corral y encontró la puerta forzada, pero no vio plumas regadas ni manchas de sangre. Después a Marta le faltaron dos guajolotes. Luego vino lo de mi hermano Julián. A él le mataron una chiva que estaba por parir. Esa apareció fuera del corral, abierta del vientre y sin una pata. Ahà sà habÃa huellas, eran huellas de animal, pero más grandes que las de un perro del rancho. Julián puso la mano al lado de una y dijo que no conocÃa perro capaz de dejar una marca asÃ. Nos empezamos a juntar en la tienda para hablar del asunto. Nadie hizo una reunión formal, solo llegábamos, pedÃamos algo y salÃa el tema. Unos decÃan que podÃan ser perros salvajes, otros hablaban de un animal bajado del monte.
44:18 También salió la idea de que alguien estuviera robando animales chicos, pero esa idea duró poco, pues nadie roba una chiva para dejarla abierta y tirada a pocos metros. Además, no habÃa orden en lo que faltaba. Un dÃa eran gallinas, otro dÃa era una cabra, luego eran perros, no habÃa selección. Lo que se llevaba o mataba era lo primero que encontraba. Cerca del rancho estaba la base vieja. Todo el mundo la conocÃa, llevaba tiempo abandonada. La cerca estaba dañada y algunos tramos ya estaban abiertos. De dÃa todavÃa pasaba gente por ahÃ, y de noche casi nadie. Al principio eso era costumbre, luego fue otra cosa. Desde los primeros dÃas comenzaron los comentarios sobre movimiento junto a la base. Un muchacho dijo que, al pasar por la brecha, vio una sombra grande pegada a la malla. Dijo que caminaba despacio y que tenÃa más altura que un perro. No contó más, solo dijo eso, y con eso bastó para que todos se quedaran pensando. La palabra Nahual no salió de inmediato.
45:32 Primero siguieron las pérdidas. Luego desaparecieron perros. El de Celso fue uno de los primeros. Después faltó una perra de los Rivas. Luego faltó el mÃo. Yo lo tenÃa amarrado detrás de la cocina. Esa noche alcancé a oÃr un golpe seco en el patio. Salà con lámpara. Pero cuando llegué ya no estaba el perro. La cadena estaba reventada por un eslabón y en la tierra encontré una sola huella, profunda y bien marcada. Me agaché a verla de cerca, no saqué conclusiones en ese momento. Solo vi el tamaño y entendà que aquello no era normal. Fue desde entonces cuando empecé a fijarme más en Mauro Salcedo. Mauro vivÃa solo y se movÃa entre el pueblo y el rancho.
46:20 Siempre se ofrecÃa para ayudar cuando hacÃa falta gente. Si habÃa que buscar una res, iba. Si habÃa que revisar una cerca, iba. Era callado y no daba problemas, por eso nadie sospechó de él al principio. La cosa cambió cuando empezamos a notar que cada vez que pasaba algo serio, Mauro no estaba. La primera vez que varios lo comentamos fue cuando faltaron unas borregas de la familia Rivas. Seguimos el rastro hasta un hueco de la cerca de la base. Entramos varios a revisar y encontramos pelo atorado en el alambre. También encontramos un olor fuerte detrás de uno de los cuartos.
47:01 Mauro habÃa quedado de ir con nosotros desde temprano, pero no apareció. Llegó después y dijo que habÃa tenido que salir al pueblo por un asunto personal. Nadie lo enfrentó por eso, pero la ausencia quedó anotada. Después de ese dÃa, nos organizamos para cuidar corrales por turnos. Ya no se podÃa seguir igual. La gente estaba cansada de despertar y encontrar puertas abiertas, animales muertos o patios vacÃos. Mauro se apuntó para uno de esos turnos. Le tocó con mi hermano Julián. Esa noche Mauro no llegó. Julián fue a buscarlo a su casa y no lo encontró. Nos acomodamos entre los que sà estábamos y nos repartimos por el borde del rancho. Desde donde yo estaba se alcanzaba a ver una parte de la base. En medio de la oscuridad vimos movimiento junto al cerco. No distinguimos todo el cuerpo, pero alcanzamos a ver que era un animal grande. Caminaba pegado a la malla, se detuvo un momento y volteó hacia donde estábamos, luego siguió. Fuimos con lámparas y escopeta, pero cuando llegamos ya no estaba. Cerca del cerco encontramos una cabra muerta. No era de nuestro lado del arroyo.
48:19 También hallamos huellas recientes. Eran grandes y estaban bien marcadas. Mauro apareció hasta que empezó a aclarear. VenÃa sudado y con la ropa sucia. Dijo que habÃa salido por una urgencia familiar y que no alcanzó a avisar. Julián le reclamó porque no era la primera vez que faltaba cuando más se necesitaba gente. Mauro no respondió mucho. Bajó la cabeza y siguió caminando. Yo me fijé en un detalle. Pasó junto a la cabra muerta y apenas la miró. No se detuvo y no preguntó nada. Siguió de largo. Ahà fue cuando empecé a ordenar todo en mi cabeza.
49:01 Empecé a hacer memoria de cada caso. Y en todos esos hechos, Mauro habÃa estado ausente antes o durante el problema. A veces regresaba cansado. A veces llegaba callado. y otras veces traÃa una excusa distinta. Pero nada de eso servÃa para acusarlo. Pero la repetición ya pesaba demasiado. Mientras tanto, los comentarios siguieron creciendo. Unos decÃan que habÃan visto un animal enorme rondando la base. Otros juraban que a veces lo que andaba por ahà era solo un perro. Nadie se ponÃa de acuerdo en el tamaño exacto ni en la forma, pero todos repetÃan lo mismo sobre el lugar.
49:43 Siempre era cerca de la base, siempre era por el borde del rancho y siempre después faltaba algo. Los más viejos empezaron a usar la palabra Nahual sin bajar la voz. Los más jóvenes decÃan que era un animal del monte. Los que no creÃan en nada dejaron de salir solos por las noches. Yo no voy a decir que desde ese momento supe todo. No fue asÃ. Lo que sà supe fue que el problema ya no era menor y que estaba creciendo. En el rancho se empezó a sentir tensión en cosas simples. La gente cerraba puertas más temprano, los perros se metÃan antes a los patios y las conversaciones se cortaban cuando anochecÃa. Ya no se trataba solo de animales perdidos, ya habÃa miedo de verdad. Lo que terminó de cambiarlo todo fue que un dÃa dejó de faltar un animal y faltó una persona. Desde ahÃ, ya nadie pudo seguir diciendo que convenÃa esperar un poco más.
50:46 La primera persona que faltó fue Beto Rivas. Yo me acuerdo bien, porque hasta ese momento todavÃa hablábamos de animales. HabÃa miedo, sÃ, pero el miedo seguÃa en los corrales y en los patios. Lo de Beto cambió todo. Salió a revisar una vaca y ya no volvió. Su padre fue a buscarlo cuando vio que estaba tardando demasiado. Encontró la cuatrimoto caÃda, una de las llantas atorada y la gorra de Beto en la tierra. Cerca de ahà habÃa marcas de arrastre que se iban hacia el monte y salÃan en dirección a la base. No habÃa una mancha grande de sangre, pero el rastro estaba claro. A Beto se lo habÃan llevado. La búsqueda empezó en cuanto se supo.
51:30 Salió gente del rancho y también vino gente del pueblo. Llegaron policÃas, luego otros agentes. y todos hicieron la misma vuelta. Revisaron la base, el arroyo, las lomas y los corrales. Yo fui con uno de los grupos que rodeó la parte rota de la malla. Ahà encontramos una bota de Beto, atorada entre ramas. Y, más adelante, vimos huellas mezcladas. HabÃa marcas de suela y habÃa huellas grandes de animal en el mismo tramo. Los agentes tomaron fotos y midieron varias marcas. Uno dijo que eran huellas de caninos, pero más grandes de lo normal. No quiso afirmar otra cosa, pero tampoco se rió cuando escuchó la palabra Nahual. Para entonces, ya nadie usaba esa palabra para jugar. Beto no apareció. La búsqueda siguió varios dÃas y no dio resultado. Lo único que dejó fue más miedo. El rancho se cerró por completo.
52:28 La gente guardó animales antes de que oscureciera. Las mujeres juntaron a los niños en una sola casa cuando caÃa la noche. Los hombres empezamos a cargar escopeta o machete para cualquier vuelta corta, pues ya no se podÃa caminar tranquilo ni para ir por agua. Todos sabÃamos que el problema ya habÃa pasado de los corrales a la gente. Mauro volvió a faltar el dÃa de Beto. Eso ya no se podÃa ignorar. Desde temprano, varios dijeron que no lo habÃan visto por ningún lado. Y cuando el ruido ya estaba encima de todos... Mauro apareció y preguntó qué habÃa pasado. TraÃa raspones y la ropa sucia. Dijo que habÃa estado arreglando una cerca cerca del arroyo. El comisario le pidió que no se apartara sin avisar. Mauro asintió y no discutió. Después dijo que se iba a sumar a la búsqueda. Más tarde lo encontraron metido en su camioneta, lejos del grupo, y ahà empezó a pesar su nombre de otra forma. Desde ese dÃa, Mauro quedó metido en todas las conversaciones. Nadie lo acusaba de frente porque no habÃa una prueba. Lo que sà se repetÃa era lo mismo.
53:44 Cada vez que pasaba algo, él no estaba. También siguieron los comentarios sobre lo que se veÃa cerca de la base. Unos decÃan que era un animal muy grande. Otros juraban que a veces solo veÃan un perro. Mi sobrino dijo que una vez lo vio junto a la malla y que salió corriendo al verlo moverse. Yo no le pregunté más. En esos dÃas uno ya sabÃa cuándo alguien hablaba por asustar y cuándo hablaba porque de verdad habÃa visto algo. Mi sobrino estaba pálido cuando lo contó. Una noche nos repartimos varios hombres cerca del borde del rancho para vigilar. No lo hicimos por gusto ni por valentÃa. Lo hicimos porque ya no quedaba otra. QuerÃamos ver por dónde entraba aquello y querÃamos saber si hablábamos de un solo animal o de más de uno. Yo me quedé con Julián en una parte, desde donde se alcanzaba a mirar la base.
54:40 El campo estaba en silencio. Luego se oyó el aullido de un perro y el ruido se cortó de golpe. Poco después vimos un bulto grande moverse pegado a uno de los cuartos de la base. Lo vimos poco tiempo, pero lo vimos bien. TenÃa hocico largo y era más grande que un perro del rancho. No puedo decir más de lo que alcancé a ver, pero sà puedo decir esto. No era un animal normal de por ahÃ. Disparamos al aire para espantarlo y corrimos a rodear la zona, pero no lo encontramos. Lo que hallamos fue sangre fresca en una pared y el cuerpo del perro del maestro tirado detrás de unas cosas arrumbadas y tenÃa el costado abierto.
55:21 El comisario ordenó que se revisara de nuevo la casa de Mauro. Fuimos varios. La puerta estaba abierta y él no estaba. Adentro habÃa ropa mojada y una camisa con manchas. El comisario pidió que nadie tocara nada hasta que llegara la autoridad. Y ahà esperamos. Mauro regresó después, otra vez por el rumbo del arroyo. Le preguntaron dónde habÃa estado. Respondió que habÃa salido del rancho y que estuvo con una mujer del pueblo pero no quiso decir quién era. Lo subieron para tomarle declaración, y muchos pensamos que por fin se lo iban a llevar, pero no fue asÃ.
56:01 Lo soltaron porque no habÃa base suficiente para dejarlo detenido. Cuando volvió, el enojo ya estaba encima de todos. Varios dijimos que no era normal que lo soltaran con tantas coincidencias encima. El comisario respondió que no podÃa hacer más sin una prueba directa. Los agentes dijeron lo mismo. VeÃan cosas raras, pero no tenÃan cómo cerrar el caso. Después faltó doña Teresa. Yo todavÃa me acuerdo de la casa abierta y de la silla tirada en el patio. Ella vivÃa sola y todos la conocÃamos bien. HabÃa ayudado a nacer a muchos del rancho. Cuando no la encontraron, revisamos rápido y vimos una marca clara de arrastre. Nadie tuvo que explicar nada. Todos entendimos que iba por el mismo camino de Beto. En cuanto preguntamos por Mauro, salió la misma respuesta de siempre. No estaba. Ahà se terminó la paciencia del pueblo. Hasta los que seguÃan aferrados a la idea de una coincidencia tuvieron que soltarla. El problema seguÃa siendo el mismo. No tenÃamos cómo agarrarlo, lo único que tenÃamos era el patrón. Mauro faltaba antes de cada ataque, y Mauro aparecÃa después, y daba una excusa nueva cada vez.
57:21 Eso ya no se podÃa seguir dejando pasar. El comisario reunió a varios hombres y habló claro. Dijo que, al amanecer, entrarÃamos de nuevo a la base, revisarÃamos la casa de Mauro de arriba abajo y seguirÃamos cualquier rastro que saliera hacia el monte o hacia el arroyo. Nadie discutió, pues ya no era momento para discutir. La autoridad habÃa venido, habÃa preguntado, habÃa medido huellas y habÃa soltado al único hombre que aparecÃa unido a todo. En el rancho ya no quedaba margen para seguir esperando. Esa noche casi nadie durmió. En mi casa dejamos una lámpara prendida y mi hermano se quedó vestido, sentado junto a la puerta. Yo me quedé despierto, oyendo cualquier ruido de afuera. No pensaba en otra cosa. Si Mauro tenÃa que ver con lo que estaba pasando, al dÃa siguiente tenÃa que salir algo. Y si no tenÃa que ver, entonces el responsable seguÃa suelto y seguÃa entrando al rancho cuando querÃa. esa fue la última noche en que todavÃa dudamos un poco al dÃa siguiente esa duda se acabó entramos a la base en cuanto hubo luz Ãbamos varios del rancho el comisario y unos agentes nadie habló de más cada quien llevaba lámpara, arma o machete la base estaba sola desde hacÃa tiempo pero esa mañana ya no la vimos como un lugar abandonado la vimos como el punto donde terminaban todos los
58:53 rastros Revisamos los cuartos uno por uno. En el primero hallamos costales, basura, restos de animales chicos y manchas viejas en el piso. En otro habÃa latas, trapos y botellas vacÃas. El olor era fuerte en casi toda la base, pero en la parte de atrás era peor. Ahà llegamos a un cuarto más cerrado. La puerta estaba trabada, pero entre dos hombres la forzaron y entramos. Dentro encontramos pelo pegado en una esquina. Sangre seca en el piso y una soga con pedazos de tela atorados. Nadie habló al principio. La hija de doña Teresa miró uno de los pedazos y dijo que esa tela era del mandil de su madre.
59:40 El padre de Beto reconoció otro pedazo de camisa y detrás de unas láminas hallamos restos humanos. Los agentes nos hicieron salir en ese momento y cerraron el paso. No hacÃa falta explicar nada. Ahà terminó la búsqueda de Beto y de Doña Teresa. Desde ese momento, la cosa fue otra. Pues ya no se trataba de encontrar desaparecidos, se trataba de encontrar al responsable. Salimos de la base y fuimos directo a la casa de Mauro. La puerta estaba cerrada con alambre por fuera. El comisario lo cortó y entramos. Dentro olÃa a cloro. El piso estaba húmedo en partes y en un rincón habÃa una cubeta con agua sucia.
1:00:23 Debajo de la cama encontraron una bolsa. Adentro estaba la credencial de Beto y un rosario, que la familia de Doña Teresa reconoció en cuanto lo vio. También habÃa vendas sucias, una navaja y un cuaderno con anotaciones cortas. No eran frases completas, eran palabras sueltas. Hambre, noche, regreso, dolor. Los agentes guardaron todo sin decir nada. Mauro seguÃa sin aparecer. Revisamos el patio, luego la parte de atrás de la casa. Cerca del arroyo vimos huellas recientes. Primero se veÃan marcas de botas. Más adelante esas marcas se perdÃan y seguÃan huellas grandes de animal. Las vimos varios. Nadie dijo nada porque no habÃa necesidad, pues ya traÃamos demasiado encima. El comisario ordenó que siguiéramos el rastro y eso hicimos. Caminamos por la orilla del arroyo y luego por un terreno más seco. El rastro nos llevó hasta una noria vieja apartada del paso. Estaba medio cubierta con tablas y lámina.
1:01:31 Desde arriba se oÃa movimiento. El comisario gritó el nombre de Mauro y le pidió que saliera, pero no hubo respuesta al principio. Luego se oyó un ruido bajo. Después Mauro habló. Dijo que no nos acercáramos. Dijo también que ya era tarde y que lo dejáramos ahÃ. Su voz salÃa ronca y cortada, y uno de los agentes le ordenó que subiera con las manos a la vista. Quitaron las tablas y alumbraron hacia abajo. Ahà estaba Mauro. TenÃa la ropa sucia, sangre seca en los brazos y pelo pegado en el pecho, en el cuello y en la cara. También estaba herido del lado derecho. No sé si esa herida era reciente o de antes. y en el fondo de la noria habÃa huesos de animal, costales y ropa enterrada a medias. El olor subÃa con fuerza, y uno de los agentes volvió a ordenarle que subiera. Mauro se movió hacia una pared del pozo, intentó trepar y se resbaló.
1:02:33 En ese momento dispararon. El primer tiro le pegó de lado. Mauro gritó y cayó de rodillas. El comisario le dijo que se rindiera. Mauro levantó la cabeza y alcanzó a decir que no podÃa parar cuando le daba. Lo dijo claro y lo escuchamos varios. Luego volvió a moverse y otro agente disparó. Después vinieron más tiros. Todo pasó muy rápido y cuando dejó de moverse, dos hombres bajaron con cuidado y confirmaron que estaba muerto. A su alrededor encontraron más cosas. Sacaron ropa enterrada, restos de animales y prendas de las vÃctimas. Entre ellas estaba una chamarra de Beto.
1:03:17 También sacaron más trozos de tela y huesos pequeños. Los agentes acordonaron la zona y ya no nos dejaron bajar. Ahà mismo tomaron fotos y empezaron a levantar evidencia. El comisario se apartó para avisar al pueblo. Nadie dijo nada por un buen rato. Todos estábamos viendo el mismo pozo y pensando en lo mismo. Después se llevaron el cuerpo de Mauro. las muestras de pelo y todo lo que recogieron de la base, de la casa y de la noria. Tomaron declaración a varios. Yo conté lo que vi desde el principio, los animales faltantes, las huellas, la cabra junto a la base, las ausencias de Mauro y lo que encontramos al final. Los agentes hicieron preguntas precisas y me preguntaron por fechas, por lugares y por cada cosa. No se metieron en cuentos, solo querÃan hechos. lo oficial cerró en una sola dirección dijeron que Mauro era responsable de las muertes y de ocultar restos eso quedó asentado lo que no quedó claro fue lo demás cuando les preguntaron por las huellas y por el pelo respondieron que habÃa mezcla de muestras y que no todas coincidÃan con lo esperado no dieron más detalle tampoco dieron una explicación sobre el tamaño de algunas marcas ni sobre lo que varios vimos cerca de la base Cerraron el caso y se fueron.
1:04:43 En el rancho, la gente siguió hablando del tema durante mucho tiempo. Unos dijeron que Mauro era solo un asesino y que usó el miedo del Nahual para moverse sin levantar sospecha. Otros dijeron que sà era él, que se transformaba cuando se ausentaba. Yo no voy a agregar nada a eso. Yo digo lo que vi. Vi animales abiertos, huellas demasiado grandes, a Mauro faltar antes de cada ataque, restos humanos en la base y pertenencias de Beto y de Doña Teresa en su casa y en la noria. También vi que después de la muerte de Mauro, dejaron de desaparecer personas. El rancho no volvió a ser el mismo.
1:05:26 La familia de Beto se fue y la casa de Doña Teresa quedó cerrada. la base la tumbaron tiempo después pero eso no cambió nada para nosotros mi hermano dejó de cuidar ganado de noche yo sigo aquà pero ya no paso solo por ese lado no necesito darle vueltas lo peor no fue la palabra Nahual lo peor fue otra cosa lo peor fue tenerlo cerca verlo entre nosotros y entenderlo demasiado tarde eso es lo que recuerdo primero faltaron animales luego faltó gente La base salió una y otra vez en todos los rastros. La gente veÃa un animal grande rondando por ahà y otras veces un perro.
1:06:10 Y en cada hecho, Mauro faltaba. Cuando al fin entramos a la base y seguimos el rastro, ya era tarde para Beto, para Doña Teresa y para todos los que vivieron ese miedo desde adentro. Esa es la parte que se queda y esa es la que no se borra.
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