La Venganza Del Nahual Contra Los Militares - Historias De Terror - REDE
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0:05 Esto me pasó cuando yo era cabo de infanterÃa y estaba destacado en una zona de sierra donde nos mandaban a revisar reportes de gente armada, robo de ganado y movimientos extraños de noche. También se hablaba de varias personas desaparecidas en ranchos apartados. La orden fue entrar con una patrulla, revisar una franja de monte y confirmar si alguien la estaba usando para moverse. Ãbamos nueve, un teniente, un sargento segundo, Dos cabos y cinco soldados. Al principio todo fue normal. Avanzamos en formación con el teniente marcando rumbo y el sargento controlando la distancia entre nosotros. Hicimos pausas cortas para revisar terreno y mantener enlace con la base. La idea era llegar a un rancho abandonado y usarlo como punto de observación. La primera señal rara fueron unas huellas en tierra húmeda. Las vio primero el sargento. Nos llamó y nos hizo acercarnos de a uno. La marca parecÃa de animal, pero tenÃa algo raro en la forma. Eran pisadas muy hundidas, largas, con dedos marcados al frente. El teniente se agachó, las revisó un momento y dijo que siguiéramos. Nadie discutió, pero todos nos quedamos con esa imagen. Más adelante encontramos una mula muerta. Ya llevaba tiempo tirada, pero el cuerpo estaba destrozado.
1:30 de una forma que no cuadraba con lo que uno espera ver en el monte. Le faltaba parte del cuello y del pecho. El teniente revisó alrededor buscando rastros de gente, pero no encontró nada. Solo volvieron a aparecer esas huellas. Uno de los soldados dijo que tal vez era un felino grande. El sargento le respondió que guardara silencio y siguiera avanzando. Seguimos hasta el rancho y decidimos quedarnos ahÃ. El teniente repartió sectores, fijó el orden de vigilancia y dejó claro que nadie se movÃa solo. Comimos algo rápido, revisamos equipo y esperamos a que cayera la noche. Hasta ese momento, la operación seguÃa dentro de lo normal, aunque todos traÃamos la idea de que algo raro estaba dejando marcas en esa zona. Cuando oscureció, el monte se apagó.
2:22 Eso sà me llamó la atención. Pues yo ya habÃa estado muchas veces en campo durante la noche, y uno se acostumbra a escuchar insectos y animales pequeños moviéndose. Ahà todo se fue quedando en silencio. Lo comenté con Rosas, que estaba conmigo en el primer turno de vigilancia, y él me dijo que también lo habÃa notado. Después vimos movimiento. Primero fue una silueta baja pasando entre los árboles. Alcancé a pensar que era un hombre agachado. Luego esa figura cambió la altura y avanzó de una forma rara, muy rápida, usando brazos y piernas. Le pasé el visor a Rosas y me dijo en voz baja que aquello estaba demasiado grande.
3:06 Llamé al sargento. Llegó, observó unos segundos y avisó al teniente. En cuanto el teniente tomó el visor térmico, dijo que habÃa una firma de calor moviéndose de un lado a otro. Entonces vimos los ojos. No estaban lejos, se quedaron fijos entre dos troncos y luego se movieron, y eran rojos. El teniente pidió identificación a voz alta, pensando que podÃa ser una persona tratando de espantarnos. La respuesta salió del monte con una voz grave y muy ronca, y dijo que nos fuéramos de su territorio. Nadie habló durante unos segundos. El teniente volvió a pedir identificación. La voz respondió otra vez, desde otro punto, más a un lado. Repitió que nos fuéramos de su territorio. El sargento dijo que podÃa ser alguien usando el terreno para asustarnos. Y el teniente ordenó iluminar el frente. Encendimos lámparas y barrimos la lÃnea de árboles.
4:04 Yo alcancé a ver una figura grande pegada a un tronco. TenÃa el cuerpo inclinado, los brazos muy largos y la cabeza baja. La luz apenas le cayó encima y esa cosa se quitó de ahà en un movimiento muy rápido. El teniente ordenó una descarga de advertencia, asà que disparamos y después volvió el silencio. Ahà ya nadie estaba cómodo, pero tampoco habÃa pánico. El teniente reorganizó puestos y el sargento decidió revisar el perÃmetro con rosas. Yo me quedé cubriendo la parte trasera del rancho. Pasó poco tiempo cuando el sargento me pidió apoyo con luz baja. Fui hacia donde estaba y vi huellas frescas alrededor del muro. Eran las mismas de antes, solo que más marcadas. Y Rosas ya no estaba a su lado. El sargento lo llamó por su apellido y no respondió. En ese momento escuchamos un golpe arriba del techo. Levanté la lámpara y vi una masa grande cruzando las vigas. El sargento disparó una ráfaga corta y algo cayó del otro lado. Corrimos hacia atrás y encontramos el casco de rosas abierto de un lado, tirado en la tierra, y habÃa sangre saliendo hacia el monte.
5:17 El teniente llegó enseguida, revisó la sangre, pidió silencio y alcanzamos a escuchar un arrastre breve allá atrás, entre los árboles. El sargento dijo que todavÃa podÃamos alcanzarlo. El teniente ordenó formar de dos elementos y entrar de inmediato. Nadie se opuso. En ese momento seguÃamos creyendo que era una amenaza que se podÃa cazar si actuábamos rápido. Pero ese fue el error que nos metió más hondo. Entramos siguiendo la sangre, con el sargento adelante, yo a un costado, el teniente detrás marcando el avance y el resto cubriendo. Todos llevábamos el arma arriba y nadie hablaba más de lo necesario.
5:59 Solo se escuchaban pasos, respiración y equipo rozando con ramas. La sangre aparecÃa y se cortaba, luego volvÃa. El teniente pedÃa calma y control y el sargento seguÃa guiando con la linterna baja. Poco después llegamos a una hondonada y ahà vimos a Rosas. Estaba tirado boca arriba, le faltaba casi toda la garganta y el pecho estaba abierto. Lo reconocimos por la cara y por el uniforme. El teniente apenas alcanzó a decir que aseguráramos la zona, cuando la voz volvió a escucharse, más cerca, con la misma fuerza de antes. Dijo que ya nos habÃa advertido. Levanté la vista hacia un árbol y ahà lo vi claro por primera vez. Era una cosa muy grande, arriba de una rama, agachada y mirándonos. TenÃa los ojos rojos, la boca abierta, dientes grandes y manos terminadas en garras largas. El teniente gritó que abriéramos fuego y ahà empezó todo. Disparamos todos al mismo tiempo. Yo le tiré al pecho y a la cabeza. Vi que varias balas pegaron porque la rama se sacudió y salió sangre. La cosa cayó, golpeó el suelo y rodó entre tierra y ramas. En ese instante pensé que ahà se iba a quedar. Pensé que entre todos la habÃamos tumbado, pero se levantó de golpe y se lanzó sobre Méndez, que estaba un poco más adelantado que nosotros. Le pegó con una fuerza brutal, lo tumbó
7:33 y antes de que alguien pudiera acercarse ya lo habÃa abierto del cuello y de la cara. Todo pasó en unos segundos. Ni siquiera alcanzamos a reaccionar como grupo. El sargento ordenó repliegue por sectores y el teniente lanzó una granada hacia donde habÃa caÃdo esa cosa. La explosión levantó tierra, humo y ramas. Aprovechamos ese momento para movernos unos metros y reagruparnos. En eso, Pineda, que llevaba el radio principal, intentó recuperar enlace con la base. Alcanzó a decir que estábamos en contacto. Pero no terminó la transmisión. Algo se le vino encima por un lado. Lo vi caer de rodillas y desaparecer detrás de una mata. El radio quedó tirado, encendido, soltando pura interferencia. Hasta ahà ya llevábamos varios hombres abajo en muy poco tiempo. Rosas estaba muerto en la hondonada.
8:29 Méndez acababa de caer frente a nosotros y Pineda habÃa desaparecido. El teniente gritó nombres y ordenó cerrar el frente. Quedábamos seis con capacidad de movernos, el teniente, el sargento, Salgado, Arce, Castañeda y yo. Nadie estaba hablando de retirarse por miedo ni de correr sin orden. Ya habÃamos entendido que enfrentábamos algo fuera de lo normal, pero seguÃamos respondiendo con lo único que conocÃamos, cubrir sectores, conservar munición y mover a los vivos. Nos reacomodamos tratando de no dejar huecos. El teniente querÃa recuperar el radio y salir de ahà con un frente corto. El sargento insistÃa en no separarnos. Yo iba casi pegado a Arce y a Castañeda. Salgado cubrÃa un costado con su arma y el teniente iba marcando el avance. La criatura volvió a dejarse ver entre los árboles, pero esta vez no se lanzó de inmediato. Se movÃa más baja, entrando y saliendo entre sombras, rodeándonos. cada vez que alguno intentaba fijarla con la luz ya estaba en otro punto el sargento disparaba corto controlado y el teniente gritaba que no gastáramos munición a lo loco entonces volvió a hablarnos la voz salió de muy cerca y nos dijo que nos fuéramos también dijo que ese monte era suyo lo dijo claro con una voz grave y ronca que salÃa de lo oscuro y cambiaba de lugar el
9:59 teniente respondió ordenando avance Después dijo que abriéramos fuego a cualquier silueta confirmada. Yo no sé si en ese momento todavÃa pensaba que podÃa sacarnos peleando el terreno, o si solo estaba evitando que el miedo nos quebrara. A la distancia lo entiendo. AhÃ, metidos en eso, ya Ãbamos actuando por costumbre y por obediencia. Seguimos avanzando hasta una parte un poco más abierta. La idea era ganar una loma y tratar de recuperar enlace desde arriba. Ãbamos tensos. Entre los disparos, la respiración y el ruido del monte, ya traÃamos el oÃdo saturado. Nadie hablaba más de lo necesario.
10:41 Castañeda iba delante de mÃ. En un momento soltó una maldición, giró el cuerpo y cayó de lado. Algo lo habÃa agarrado de la mochila y lo estaba jalando hacia atrás. Yo alcancé a sujetarlo de un brazo. El sargento también intentó ayudarme, pero el tirón fue tan fuerte que Castañeda se nos fue de las manos. Lo vimos desaparecer entre la maleza. Luego, escuchamos dos golpes contra el suelo. Después, ya no se movió. El teniente lanzó otra descarga hacia ese punto y nos ordenó seguir. Ya para entonces, todos sabÃamos que detenerse a recuperar a alguien era regalar otro hombre. Pero, aún asÃ, costaba obedecer. VenÃamos juntos desde AndalucÃa. nada. Te golpeaba más de lo que uno admite en el momento, pero no habÃa tiempo para pensar en eso. Arce empezó a fallar del paso y cuando lo revisé vi que traÃa una herida en la pierna. No supe cuándo se la hizo. PodÃa caminar, pero ya iba perdiendo fuerza. Lo pasamos al centro y seguimos moviéndonos con él entre Salgado y yo. Cuando por fin llegamos a un claro pequeño, la criatura se paró frente a nosotros. Ahà la vi completa por primera vez. Era enorme, tenÃa el cuerpo encorvado, los brazos muy largos, los ojos rojos y el hocico lleno de sangre. Las manos terminaban en garras largas y oscuras.
12:11 También vi que sà estaba herida. Le habÃamos pegado varias veces. TraÃa sangre en el hombro, en el costado y en la cara. Aún asÃ, seguÃa firme, mirándonos de frente, sin retroceder. Nos habló otra vez y dijo que ya habÃamos elegido morir. Lo dijo mientras caminaba de lado, despacio, mirándonos uno por uno. El teniente ordenó fuego concentrado al pecho. Disparamos todos y varias balas le entraron. La vi sacudirse, retroceder un paso y bajar el cuerpo. Luego salió directo hacia nosotros. El choque fue brutal. El sargento quiso meter una granada, pero un golpe lo tomó en el brazo y la soltó antes de tiempo. La explosión le cayó cerca y lo aventó al suelo. El teniente siguió disparando hasta vaciar un cargador.
13:02 Yo me movà a cubrir a Arce. Salgado soltó una ráfaga larga y logró frenar a la criatura un momento. Después esa cosa cambió de dirección y le cayó encima al teniente. Le pegó de arriba hacia abajo y lo dejó en el suelo. Cuando lo vi otra vez, ya no se estaba moviendo. El sargento intentó levantarse, pero tenÃa el abdomen abierto y apenas podÃa sostener el arma. Yo lo jalé unos metros junto con Arce. Salgado seguÃa tirando desde un lado para darnos espacio. La criatura se metÃa y salÃa entre nosotros y los árboles, siempre buscando al que quedaba descubierto. En uno de esos movimientos volvió a pasar cerca del cuerpo del teniente y lo arrastró un poco con una sola mano. Ahà entendà que ya no estábamos peleando para ganar terreno ni para recuperar el control.
13:54 Ya estábamos peleando para durar unos minutos más. El sargento me dijo que sacara a los que pudiera y que no tratara de recuperar cuerpos. También dijo que buscáramos bajar hacia el arroyo, porque la loma ya la tenÃamos cerrada. Yo le respondà que se moviera con nosotros. Intentó hacerlo, apoyándose en el arma, pero apenas dio unos pasos cuando la criatura volvió a entrar. Esta vez le pegó de frente. El sargento cayó y ya no volvió a levantarse. Quedamos tres con vida y todavÃa en movimiento. Salgado, Arce y yo. Bajamos rompiendo hacia una zona de piedra y agua, ya sin formación y sin radio útil. Salgado iba soltando ráfagas cortas para mantener a esa cosa atrás. Arce venÃa cojeando y yo lo iba jalando del equipo para que no se quedara. La criatura seguÃa cerca, la escuchábamos corriendo paralelo a nosotros, subiendo y bajando entre rocas con una facilidad que daba miedo. A veces se dejaba ver un segundo entre los árboles, a veces solo se oÃa el golpe de sus pasos y esa respiración pesada. En ese momento yo ya sabÃa que el único motivo por el que seguÃamos vivos era que todavÃa no decidÃa cuál de los tres rematar primero. Bajamos hasta el arroyo y tratamos de usar las piedras como cobertura. Salgado tomó posición a un lado y empezó a disparar cada vez que veÃa movimiento arriba.
15:23 Yo metà a Arce detrás de una roca grande y revisé cargadores. Ya traÃa poca munición. Arce estaba perdiendo sangre y respiraba con dificultad. Me dijo que lo dejara ahà y buscara salida con Salgado. Le respondà que se callara y siguiera atento al frente. En ese punto, uno contesta por costumbre, porque, por dentro, ya sabe que la situación está perdida. La criatura se dejó ver arriba de una peña. TenÃa sangre en el cuerpo, pero seguÃa firme. Se quedó observándonos unos segundos y luego bajó por la roca, usando manos y pies al mismo tiempo. Salgado le tiró directo.
16:04 Varias balas pegaron. La cosa se frenó un momento, giró y en un instante ya la tenÃa encima. Salgado intentó retroceder, quiso cambiar de posición, pero esa distancia ya estaba perdida. Lo alcanzó de un golpe, lo levantó y lo abrió del pecho. Después lo dejó caer a un lado del agua. Yo seguà tirando hasta vaciarme. La criatura soltó a Salgado y vino hacia nosotros. Arce también disparó desde el suelo. Una bala le pegó cerca del ojo izquierdo y eso la hizo sacudir la cabeza. Fue la primera vez que la vi dudar de verdad Aún asà siguió avanzando. Arce metió la mano al chaleco buscando otro cargador pero ya no tenÃa. Sacó una daga por reflejo. Yo quise moverme hacia él pero no llegué. La criatura lo agarró del cuello con una mano y lo levantó. Luego lo dejó caer de lado ya sin vida. Ahà quedé yo solo y en ese momento entendà que ya no estaba esperando apoyo.
17:06 Solo estaba tratando de vivir un minuto más. Me movà cuesta abajo, pegado a la orilla del arroyo, buscando cualquier hueco para ganar metros. Resbalé dos veces, me golpeé la espalda y perdà una rodillera. Escuchaba sus pasos detrás. Por momentos venÃa erguido y por momentos bajaba apoyándose también en las manos. Yo seguÃa avanzando sin dejar de mirar dónde ponÃa el pie, porque sabÃa que si me iba al suelo ya no me iba a levantar. En un jalón de la mochila recordé que llevaba una bengala de iluminación. La saqué con una mano mientras corrÃa y la encendà cuando sentà que ya lo tenÃa encima. La luz reventó con fuerza y bañó todo el cauce. La criatura frenó de golpe. Se cubrió parte de la cara con un brazo y dio un paso atrás. Ahà entendà que esa luz sà le afectaba. Aproveché y le tiré al rostro y al pecho. La criatura soltó un rugido grave y volvió a hablar. Me dijo que me fuera y que no regresara. Yo seguà retrocediendo, siempre con la bengala entre nosotros.
18:14 La luz ya estaba bajando, asà que tenÃa poco margen. Busqué un punto más alto y encontré una subida de tierra con raÃces. Me colgué de ahÃ, subà con las manos y sentà un golpe abajo, cerca de la bota. Paté hacia atrás y seguà trepando. Cuando llegué arriba, me metà entre el matorral bajo y avancé sin rumbo fijo, solo alejándome del arroyo. y después se quedó todo en silencio. No supe cuánto caminé después de eso. Perdà el casco. TraÃa sangre en la espalda, y las manos me temblaban por el esfuerzo. Seguà bajando hasta salir a una parte, donde ya pasaban las patrullas de relevo, cuando habÃa operación en esa zona. Ahà me encontró otro grupo que venÃa a buscarnos, porque nunca volvimos a enlazar. El oficial que iba al frente me preguntó dónde estaban los demás. Yo le dije que nadie subiera por esa ruta, que pidieran más gente y que metieran apoyo con luz completa. También le dije lo que nos habÃa atacado. Se me quedó viendo unos segundos y ordenó que primero me revisaran. Después regresaron con más personal, entraron de dÃa, con refuerzo y mejor comunicación. Recuperaron restos de siete de los ocho hombres que se quedaron allá arriba. y del último solo hallaron sangre, parte del equipo y placas. Sacaron lo que pudieron, marcaron la zona y cerraron el acceso. A mà me llevaron a revisión médica y luego a rendir declaración. Conté todo
19:47 en el orden en que pasó. Hablé de las huellas, de la voz, de los ojos rojos, de la fuerza con la que atacaba y de la forma en que se movÃa por el monte. También dije que nos advirtió dos veces que nos fuéramos de su territorio, y que el teniente decidió enfrentarlo. En el informe final dejaron otra versión. Hablaron de agresor no identificado en terreno serrano, pérdida de enlace, condiciones adversas y ataque durante maniobra de repliegue. Nadie me dijo que estaba mintiendo, pero tampoco quisieron escribir completo lo que yo habÃa declarado, pero yo no volvà a discutirlo. Con los años me han preguntado varias veces siempre respondo lo mismo. No sé qué nombre correcto tenga, lo único que sé es lo que vi. Vi una entidad grande, con ojos rojos, dientes grandes, manos con garras largas y fuerza para romper a un hombre armado en segundos. La escuché hablar claro, la vi recibir disparos que habrÃan tumbado a cualquier persona. La vi correr en dos y en cuatro extremidades. También vi al teniente tomar la decisión de enfrentarlo, y vi cómo esa decisión nos acabó. De nueve hombres regresé solo yo. Eso fue lo que pasó. No le estoy agregando nada. No necesito hacerlo. Con lo que vi, me alcanza. Desde ese dÃa, cuando escucho a alguien decir que en ciertas partes de la sierra la gente desaparece
21:19 por cuentos de rancho, prefiero quedarme callado. Yo sé que allá arriba hay algo que marca su territorio. Sé que habla. Y sé que, cuando advierte una vez, conviene hacerle caso. Lo recuerdo bien porque hasta ese punto todo parecÃa trabajo normal. Yo estaba asignado a una base pequeña, levantada a un lado de un camino de terracerÃa y cerca de un pueblo donde la gente vivÃa del campo y del ganado. Ãramos pocos, casi siempre los mismos en cada turno, y la rutina se repetÃa tanto que uno terminaba haciendo las cosas por costumbre. HabÃa guardias en la entrada, recorridos cortos alrededor del perÃmetro, Revisión de radio, limpieza del arma, comida rápida y ratos de descanso mal dormidos. Nada fuera de lo común. En ese tiempo todavÃa pensábamos que el peligro iba a venir de un enfrentamiento o de algún reporte del pueblo, no de algo que ya nos estaba observando desde cerca. A poca distancia de la base habÃa un corral con varias vacas. Las tenÃan bajo resguardo por un asunto que nunca nos explicaron completo. Solo nos dijeron que debÃan seguir ahà mientras se resolvÃa el problema. Un hombre del pueblo se encargaba de cuidarlas. VivÃa en una casa cerca del corral y pasaba casi todo el dÃa entre
22:51 los animales, el agua y el alimento. Nosotros lo conocÃamos de vistas. A veces nos saludaba, a veces llegaba a la base a pedir apoyo con alguna herramienta o a avisar si habÃa visto gente moviéndose en las noches. Era callado, serio, de esos hombres que hablan poco y miran mucho. Los primeros dÃas no hubo nada raro, todo seguÃa igual. El hombre atendÃa a sus vacas, nosotros hacÃamos nuestro trabajo y el pueblo mandaba avisos menores, casi siempre por animales robados. por ruidos en los cerros o por gente extraña pasando por los caminos. Ya habÃamos escuchado historias de brujas, de aparecidos y de cosas del monte, pero en una base nadie trabaja con cuentos. Uno escucha, asiente y sigue con su turno. Asà estábamos. La mañana en que cambió todo empezó tranquila. Yo venÃa de relevar a un compañero en la entrada, cuando vimos que el cuidador no aparecÃa por el corral. El sargento dijo que dos fuéramos a revisar.
23:57 Fui con otro soldado y apenas entramos vimos que las vacas seguÃan en su sitio. Estaban quietas, el agua seguÃa servida y el alimento también. Eso fue lo primero que me llamó la atención, pues si hubiera entrado un animal grande el corral estarÃa alterado, pero ahà no pasaba eso. Lo encontramos a unos metros tirado en el suelo, todavÃa vivo. con la ropa rota y el cuerpo lleno de mordidas y arañazos. TenÃa el pecho marcado y un brazo muy lastimado, y apenas respiraba. Pedimos apoyo por radio y lo cargamos entre cuatro. Mientras lo llevábamos, el hombre apretaba la mandÃbula para aguantar. Ya en la base, el enfermero le limpió las heridas y el teniente le preguntó qué habÃa pasado.
24:45 Al principio no contestó. Le dieron agua y luego dijo que sabÃa quién habÃa sido. Dijo que no fue un animal cualquiera. El teniente le pidió que hablara claro. El hombre dijo que quien lo atacó fue un señor del pueblo, uno que desde años atrás les tenÃa coraje a los militares y también a varias personas del lugar. Dijo que a ese hombre le mataron al padre y desde entonces se llenó de odio. También dijo que se habÃa metido con cosas malas, que hizo un pacto con una entidad del demonio y que por eso podÃa cambiar. Lo dijo directo. Dijo que ahora andaba hecho Nahual y que estaba cobrando venganza.
25:28 Nadie le respondió de inmediato. El teniente volvió a preguntarle si estaba seguro de lo que decÃa. El cuidador dijo que sÃ. Dijo que alcanzó a verlo antes de que se le fuera encima. Dijo que ya no era un hombre completo, que tenÃa el cuerpo grande, los ojos rojos, la boca llena de dientes afilados y las manos largas con garras. Dijo también algo que se me quedó muy grabado. Dijo que esa cosa no iba a tocar a las vacas, que iba a ir por quien las cuidaba, por el que estuviera solo y por el que nadie alcanzara a ayudar. En ese momento, muchos pensamos que hablaba asà por el dolor o por la fiebre. Yo mismo dudé, pero habÃa algo que no me dejaba tranquilo. Las vacas seguÃan intactas, ni una sola tenÃa mordidas, ni una estaba tirada o dispersa.
26:19 El ataque fue directo contra él, y eso sà lo habÃamos visto todos. No hizo falta creer en un Nahual para entender que ahà habÃa intención. Ese mismo dÃa lo mandaron al centro de salud del pueblo con escolta. pero antes de salir repitió que tuviéramos cuidado al terminar la guardia y en los tramos cortos donde uno se confÃa. Dijo que esa cosa observaba primero y atacaba cuando ya sabÃa que no habÃa testigos. Después se lo llevaron y el teniente ordenó medidas nuevas. Nadie se moverÃa solo fuera de las zonas cercanas al dormitorio y al cuarto de radio. Los recorridos debÃan hacerse de dos en dos. También mandó revisar el perÃmetro completo, la malla y los puntos donde la luz quedaba peor. A varios les pareció exagerado, a mà me pareció prudente, aunque todavÃa querÃa pensar que el viejo estaba confundido. Pero la duda nos duró poco. Dos noches después atacaron al primer soldado. Era uno de transmisiones.
27:23 HabÃa salido del cuarto de radio para hacer una vuelta corta y tardó más de lo normal. El cabo que estaba con él fue a buscarlo. Lo encontró detrás de un depósito, sentado en el suelo, con la espalda abierta por tres marcas profundas. SeguÃa consciente, pero apenas podÃa hablar. Dijo que oyó algo acercarse por atrás, alcanzó a girar y vio unos ojos rojos muy cerca. Luego sintió el golpe encima. No supo decir si estaba viendo a un animal o a otra cosa. Solo dijo que tenÃa fuerza de sobra y que salió de la oscuridad justo cuando estaba solo. Ahà ya cambió el ambiente de la base.
28:04 El sargento dejó de tomarlo como un posible ataque de perro o de coyote. Pidió apoyo y reportó un agresor sin identificar en las inmediaciones. Esa noche nadie durmió bien. El que estaba de guardia no querÃa quedarse sin ver a su compañero. El que iba a cocina avisaba por radio. y el que salÃa del baño regresaba rápido. Ya se sentÃa la presión en el pecho, esa sensación de que algo estaba cerca, esperando el descuido. Los dÃas siguientes reforzamos vigilancia y empezamos a notar el patrón. No hacÃa ruido innecesario, no atacaba grupos, esperaba el momento en que uno quedaba solo por unos instantes. Eso era lo que más me inquietaba, no se movÃa por impulso, medÃa aprendÃa y lo comprobamos cuando desapareció otro compañero en el tramo entre la bodega y el generador habÃa salido de relevo otro soldado venÃa detrás pero se retrasó un poco guardando unas cajas y cuando quiso alcanzarlo encontró el fusil tirado y un rastro de sangre lo hallamos muerto a pocos metros con el cuello destrozado desde ahà ya nadie hablaba por hablar Mandaron gente al pueblo a preguntar por el hombre del que habÃa hablado el cuidador. Volvieron con rumores, con nombres a medias y con la misma cara de preocupación. DecÃan que sà existÃa uno que arrastraba odio viejo por la muerte
29:34 de su padre. DecÃan que se habÃa apartado de todos, que ya antes lo relacionaban con cosas malas. Nada estaba confirmado del todo, pero la tensión creció. La primera vez que lo vi fue al final de un turno. yo caminaba con otro soldado rumbo al dormitorio Ãbamos juntos y por eso sigo vivo escuchamos un golpe en la malla del lado del corral y alumbramos al mismo tiempo alcancé a ver una figura grande agachada moviéndose pegada a la sombra vi el lomo alto los brazos demasiado largos y la cabeza girando hacia nosotros no se quedó se apartó de inmediato y se perdió entre la oscuridad antes de que alcanzáramos a darle buen tiro Corrimos hacia ese lado con más hombres, pero ya no estaba, solo quedó la certeza.
30:25 En ese momento entendà que el cuidador habÃa dicho la verdad en lo más importante. Lo que andaba cerca de la base no buscaba animales ni entraba por hambre. Ya nos estaba cazando a nosotros. Después de la primera vez que lo vi junto a la malla, la base cambió por completo. Hasta el modo de caminar cambió. Nadie querÃa dar un paso de más si no sabÃa quién traÃa detrás. El teniente dejó claro que se acabaron las vueltas en solitario. Desde entonces, para ir al baño, a cocina, al depósito o al generador, habÃa que avisar y moverse con otro. También cambiaron los recorridos alrededor del perÃmetro y movieron a dos hombres a puntos donde antes bastaba uno. En ese momento pensamos que con eso iba a bastar. CreÃmos que el problema estaba en nuestros descuidos y que si cerrábamos esos huecos lo Ãbamos a obligar a retirarse. Pero lo que pasó fue al revés. Apenas cambiamos la rutina, esa cosa cambió también. Los primeros dos dÃas con medidas nuevas estuvieron tensos, pero tranquilos. Hubo ruido cerca del corral, marcas en tierra húmeda detrás del depósito y un golpe fuerte en la parte trasera del dormitorio, aunque nadie alcanzó a verlo.
31:43 El sargento decÃa que se estaba moviendo afuera, buscando por dónde entrar, ahora que ya no encontraba a nadie solo tan fácil. Yo querÃa creer que eso significaba que lo tenÃamos contenido. Luego atacó otra vez y entendimos que solo estaba aprendiendo. Le tocó al cabo Medina. salió del almacén con un costal de vÃveres y un soldado detrás. El otro entró un momento por una libreta que habÃa olvidado. Fueron segundos, pero Medina quedó solo con el costal en el hombro y en ese instante le cayó encima. Yo estaba cerca de la cocina y escuché el golpe del costal al caer. Corrimos varios. Cuando llegamos, Medina estaba en el suelo con el abdomen abierto y las manos llenas de sangre. Apenas podÃa respirar y dijo que lo una sombra pegada a la pared, que se levantó de golpe y que le alcanzó a ver la cara antes de caer, dijo que tenÃa los ojos rojos, la boca abierta y los brazos largos, murió antes de que pudiéramos moverlo, esa muerte nos terminó de confirmar el patrón y ya no quedaban dudas, atacaba en el único instante en que alguien se separaba del resto, aunque fuera por muy poco tiempo, si veÃa a dos juntos esperaba, Si uno se quedaba atrás cargando algo, acomodando el equipo o cerrando una puerta, ese era el que buscaba. Ahà empezó el cansancio de verdad, porque ya no bastaba con tener cuidado. HabÃa que pensar
33:16 cada paso, avisar cada movimiento y desconfiar hasta de los trayectos más cortos dentro de la base. El mando pidió refuerzos y llegaron algunos elementos, pero menos de los que necesitábamos. También fueron dos oficiales a revisar el lugar. Uno querÃa tratarlo como si fuera un agresor común, alguien aprovechando la oscuridad y el terreno. El otro escuchó más, preguntó por el cuidador y mandó traerlo otra vez desde el pueblo. Lo vi bajar de la camioneta, vendado del pecho y del brazo, más pálido que antes, pero todavÃa entero. Habló con el teniente en privado. Después el teniente reunió a todos y dijo lo justo. Dijo que el hombre seguÃa sosteniendo la misma versión, que el atacante estaba vinculado con una persona del pueblo que juró vengarse, y que debÃamos asumir que conocÃa la zona mejor que nosotros. No mencionó la palabra Nahual frente a la formación, pero ya todos la tenÃamos en la cabeza. A partir de ahà reforzamos aún más los movimientos, se apagaron algunos trayectos fijos, Se cambiaron rondines y se cuidaron más los puntos donde la vista se cortaba. Aún asÃ, seguÃan pasando cosas. Una noche escuchamos pasos corriendo cerca del taller y al llegar ya no habÃa nadie. Otra vez hallamos marcas junto a los baños.
34:42 Luego aparecieron arañazos en la pared trasera del dormitorio. Lo peor fue que nunca insistÃa en el mismo lugar. Cuando cubrÃamos una zona, dejaba de entrar por ahà y rondaba otra. Ahà entendimos que no estaba atacando a ciegas. Nos observaba. VeÃa cuánto tardábamos en reaccionar y por dónde nos movÃamos. El soldado Rojas casi muere por comprobarlo. Le habÃa tocado guardia larga y al terminar acompañó a otro hasta el dormitorio. Cuando regresaba hacia el puesto con otro elemento, escucharon ruido junto al taller. Su compañero se quedó atrás un momento, revisando una lámpara. rojas dio dos pasos de más y eso bastó lo hallaron en una zanja con el brazo abierto y la cara llena de tierra dijo que lo vio al frente ya sin duda levantado sobre las patas de atrás por un segundo con el cuerpo grande y encorvado las manos largas y la boca llena de dientes largos dijo que le tiró el brazo para protegerse y que por eso seguÃa viendo Esa noche nadie volvió a discutir si aquello era un animal grande o algo peor, pues ya habÃamos escuchado lo mismo demasiadas veces. Yo lo vi mejor unos dÃas después, durante una revisión cerca del corral.
36:01 Ya habÃan sacado a las vacas de ahà por orden del teniente. Quedó el lugar vacÃo, solo como referencia de donde empezó todo. Fuimos cinco hombres a buscar por donde estaba entrando. Revisamos la cerca, la tierra y unas ramas quebradas que salÃan hacia una parte cerrada. Ãbamos en lÃnea corta, con lámparas bajas y armas listas. Yo estaba viendo al frente cuando sentà movimiento a mi derecha. Levanté la luz y lo vi. Esta vez lo tuve de frente, a pocos metros. Estaba agachado, con el cuerpo muy grande, más largo que ancho, y los brazos colgando hasta casi tocar el suelo. TenÃa los ojos rojos bien marcados, la boca abierta enseñando dientes largos y disparejos, y las extremidades demasiado largas para la forma en que se movÃa. El sargento gritó y abrimos fuego. La cosa se lanzó hacia un lado con una rapidez brutal y se perdió entre la oscuridad.
36:58 Dejamos sangre en el lugar, eso sÃ, pero no cayó. Nos dio una esperanza equivocada. Pensamos que herido iba a retirarse o al menos tardar en volver. Pero lo que hizo fue ponerse peor. Dos noches después mató al auxiliar de cocina. El muchacho salió a tirar desperdicio a un punto que quedaba a pocos pasos, detrás de una pared lateral. Estábamos cerca y oÃmos caer el bote y corrimos. Pero cuando llegamos ya tenÃa la garganta abierta y el cuerpo arrastrado unos metros. Alcanzamos a disparar hacia la sombra cuando saltó una barda baja y desapareció. Fue entonces cuando varios empezaron a decir lo que todos pensábamos Ya no estaba probando, ya estaba limpiando la base El golpe final a nuestra calma llegó con la muerte del cuidador Un policÃa del pueblo vino a avisarlo en la tarde Lo encontraron cerca de su casa, lo atacaron a él y dejaron el resto intacto Otra vez pasó lo mismo No tocaron animales, ni herramientas, ni nada de alrededor Fueron por el hombre que habÃa hablado Cuando oà eso, sentà un vacÃo en el estómago. Hasta entonces, una parte de mà seguÃa aferrada a que aquello atacaba por oportunidad, y con eso entendà que también sabÃa a quién callar. Esa tarde, el teniente nos reunió y habló claro. Dijo que ya éramos menos, que tenÃamos heridos, y que el relevo completo tardarÃa en
38:30 llegar y que debÃamos aguantar. Nadie discutió. Ya estábamos cansados, con sueño atrasado y con miedo metido hasta los huesos. El problema era que esa cosa también lo sabÃa. Para entonces ya conocÃa nuestra base, nuestras reacciones y nuestros huecos, mejor que varios de los recién llegados. Y nosotros, aunque seguÃamos armados y en posición, ya empezábamos a sentir que cada medida que tomábamos solo le enseñaba otra forma de entrar. La última noche empezó con la base ya vencida por dentro. Quedábamos menos hombres, habÃa heridos que seguÃan ahÃ, porque no se podÃan mover de inmediato, y los que seguÃamos completos ya venÃamos cargando varios dÃas sin dormir bien. Todos hablábamos poco, ya ni siquiera hacÃa falta repetir órdenes. Cada quien sabÃa dónde ponerse, a quién cubrir y hasta qué parte del patio evitar cuando la luz fallaba. El problema era que esa cosa también lo sabÃa. Para entonces ya nos habÃa medido bastante. HabÃa visto quién caminaba más rápido, quién se retrasaba al terminar guardia, quién cargaba equipo o quién se quedaba apoyando a un herido. Esa noche el teniente dijo que aguantarÃamos hasta que llegara el relevo fuerte al amanecer.
39:52 Ordenó puestos dobles, munición lista y movimientos mÃnimos. Nadie discutirÃa nada. y nadie saldrÃa solo por ninguna razón. El sargento repitió la orden con el tono de quien ya sabe que una falla puede costar tres hombres más. Yo me quedé cerca del dormitorio, cubriendo junto a Ruiz, un tramo que daba hacia el generador y parte del patio. El hombro todavÃa me dolÃa por el golpe de dÃas antes, pero podÃa disparar bien, y eso era lo único que importaba. Al principio todo siguió quieto, demasiado quieto, En otra situación uno habrÃa agradecido ese silencio. Esa noche nos puso peor.
40:35 Cada ruido pequeño nos tensaba. Un roce en la malla, una lámina movida, un paso mal dado de un compañero. Todos volteábamos al mismo tiempo. Y luego quedaba otra vez esa calma pesada. Esa sensación de que nos estaban viendo desde algún punto donde ninguno alcanzaba a distinguir nada. El primer golpe vino por la luz. De pronto se apagó una parte de la base, la zona del generador y el costado donde estaban el almacén y depósito. Se activaron lámparas y respaldo, pero ya con eso nos obligó a movernos. El teniente mandó a dos a revisar el generador. Otro debÃa quedarse a media distancia cubriendo. Desde radio se pidió contacto constante. Todo estaba bien ordenado. pero bastó que tres hombres salieran de sus puntos para que otros espacios quedaran más delgados, y eso era lo que buscaba. No pasaron muchos minutos cuando sonó un aviso cortado por radio. Luego, nada.
41:37 El teniente ordenó un grupo de apoyo. Salimos cuatro. Yo iba con Ruiz y con el sargento. Encontramos al primer soldado cerca del generador tirado de lado, sin vida. al segundo lo hallamos contra el motor todavÃa respirando, con el pecho abierto y la cara llena de sangre, intentó hablar, nos dijo que cayó desde arriba, dijo que se llevó al primero de inmediato, pero no alcanzó a decir más, en cuanto el enfermero se inclinó para atenderlo, esa cosa salió de la oscuridad por la parte alta de la barda y se lanzó sobre nosotros, Yo la vi completa en ese momento, a pocos pasos. Llevaba sangre en la boca, los ojos rojos muy fijos y el cuerpo extendido, de una forma que todavÃa me cuesta explicar. No avanzaba solo con las patas. También usaba esos brazos largos para impulsarse y caer encima con más fuerza. El enfermero ni siquiera pudo levantarse. Lo golpeó en la nuca y lo dejó tirado.
42:38 Ruiz disparó primero. Yo disparé después. La ráfaga le pegó de lado y por un instante pensé que iba a caer. Lo que hizo fue girar, arrastrarse hacia un muro y salir hacia el patio en dos movimientos rápidos. El sargento gritó que nadie se partiera. Ya para entonces los radios se llenaban de voces. Desde cocina reportaron movimiento. Desde la entrada dijeron que algo habÃa pasado junto a la malla. Era claro que nos estaba forzando a abrirnos. El teniente mandó reagrupar al centro, pero dos hombres que estaban del lado del almacén tardaron en responder. Cuando llegamos por ellos ya estaban muertos. A uno lo abrió del hombro al pecho y al otro lo alcanzó cuando intentaba arrastrarlo de regreso.
43:27 Ver eso tan cerca, tan rápido, nos terminó de romper el orden. SeguÃamos obedeciendo, seguÃamos disparando donde tocaba, pero ya se sentÃa el miedo metido en cada decisión. cada hombre que se movÃa sentÃa que podÃa ser el siguiente la cosa empezó a entrar y salir en ráfagas cortas atacaba retrocedÃa esperaba unos segundos y volvÃa a aparecer en otro punto No se quedaba de frente contra un grupo cerrado. Iba por el aislado, por el que se abrÃa medio metro de más, por el que se detenÃa a ayudar. En una de esas salidas la vi cruzar frente a mà y a Ruiz junto al tanque de agua. Ahà la tuve de perfil, bien alumbrada. Era grande, con el lomo alto, las extremidades largas y una cabeza alargada con la boca llena de dientes disparejos. Ruiz alcanzó a pegarle dos tiros. La criatura se giró y se le fue encima.
44:23 Yo disparé casi pegado a ellos. Alcancé a herirla otra vez, pero ya habÃa tumbado a Ruiz. Cuando me acerqué, le faltaba media garganta. Sentà un golpe brutal en el hombro y en el casco. Caà de lado. Una garra me abrió arriba del chaleco y me dejó sin aire por un momento. Si otro soldado no hubiera tirado desde atrás, ahà me mata también. El teniente ordenó repliegue total al dormitorio. Fue la primera vez en toda la noche que entendà de verdad que ya estábamos resistiendo por sobrevivir, no por conservar la base. Los pocos que seguÃamos de pie cargamos a dos heridos y nos metimos. Atrancamos la puerta con literas y un escritorio. Apagamos una lámpara para no regalarnos de frente y dejamos otra apuntando a la entrada. Yo me apreté la herida con un trapo mientras el sargento revisaba municiones. Afuera se oÃan pasos cortos, golpes en pared y luego silencio. Ese silencio pesaba más que los disparos.
45:27 La criatura no intentó entrar de inmediato. Rodeó el dormitorio, rasgó una lámina, golpeó una ventana y se apartó. QuerÃa ver por dónde Ãbamos a responder. El teniente ordenó conservar fuego y tirar solo cuando hubiera blanco claro. Estuvimos asà varios minutos, tensos, oliendo sangre, tierra y pólvora, hasta que cayó desde arriba. Entró por el techo, en la parte donde estaban dos heridos y un cabo cubriéndolos. Todo pasó en segundos. El cabo disparó una vez. La cosa le pegó con una garra y lo tiró sobre una litera. Nosotros abrimos fuego todos al mismo tiempo. Ahà sà le dimos duro. Vi sangre saltar sobre la TodavÃa alcanzó a morder a uno en la pierna antes de salir otra vez por donde habÃa entrado. Después de eso ya no volvió a meterse. Afuera se escucharon pasos alejándose hacia la barda. Luego, nada.
46:28 Nadie se movió. Nadie habló más de lo necesario. Y el radio seguÃa pidiendo apoyo y por fin, mucho después, escuchamos motores acercándose. Cuando llegaron los refuerzos y alumbraron todo el patio, la base parecÃa otra. HabÃa cuerpos tirados, sangre en las paredes, casquillos por todo el suelo y equipo regado donde la gente cayó. De los que habÃamos empezado en ese puesto, quedábamos muy pocos en condiciones de contar algo. Al amanecer, revisaron el perÃmetro y hallaron rastros de sangre saliendo hacia el monte. Eso fue todo. No encontraron el cuerpo. Y no encontraron a ningún hombre escondido, ni un animal claro, ni una explicación que dejara tranquilo a nadie. DÃas después nos sacaron de ahÃ. La base quedó cerrada y luego la movieron. El reporte oficial habló de un agresor no identificado y de fallas de seguridad por el terreno, y nada más. En el pueblo siguieron diciendo otra cosa. Dijeron que aquel hombre Nahual habÃa cumplido su venganza y se habÃa perdido otra vez. Yo salà vivo, pero nunca salà limpio de eso. TodavÃa recuerdo la forma en que nos fue estudiando, antes de acabar con casi todos. Aprendió nuestros relevos, nuestros pasos cortos, nuestras costumbres y nuestros descuidos. Esperó lo suficiente.
47:53 Cambió de ruta cada vez que nosotros cambiábamos la nuestra. Cuando terminó, dejó una base casi vacÃa y a los pocos que sobrevivimos con la misma certeza. Aquello no llegó por hambre, llegó por nosotros, y cuando supo cómo movernos, nos destruyó. Lo cuento como me acuerdo, porque yo estuve ahÃ. No hablo por rumores ni por cosas que me dijeron después. Salimos 17 en total. La orden era revisar una zona de sierra donde una patrulla habÃa dejado de reportar. Nos mandaron porque faltaba personal armado y ya habÃa señales de violencia en varios ranchos de la zona. Yo iba con la segunda escuadra. El mando directo era el sargento Vera. Encima de todos iba el teniente Ledesma. También venÃan dos tiradores de apoyo, un sanitario, un radiooperador y personal de refuerzo.
48:56 Ãbamos bien armados y con parque suficiente. Todos asumÃamos que podÃa tratarse de una emboscada o de una patrulla que se hubiera perdido y entrado en combate. Subimos en convoy hasta donde ya no convenÃa seguir en vehÃculo. Ahà dejamos personal cubriendo y seguimos a pie. El terreno estaba pesado, con monte cerrado y tramos resbalosos. El ritmo era normal de búsqueda, pero ya con otra atención porque el silencio del área no era común. No se veÃa ganado, no se oÃan herramientas y no salÃa gente al paso. Lo primero raro fue una mula muerta a un lado de la vereda. SeguÃa atada y no tenÃa carga. No parecÃa un ataque normal de monte. El teniente revisó el suelo y encontró huellas mezcladas. HabÃa botas, marcas de animal y otras que no quedaban claras. No dijo nada raro, solo abrió la formación y ordenó seguir con más cuidado. Después encontramos a un hombre viejo amarrado a un tronco bajo.
50:01 Estaba vivo, alterado y cubierto de lodo. Cuando reaccionó, dijo que por las noches bajaban unos seres que primero se movÃan como animales y luego caminaban como personas. También dijo que habÃa oÃdo disparos de la patrulla perdida y luego ya nada. Señaló hacia una loma más arriba y dijo que de ahà venÃan. Lo soltamos y el teniente decidió no regresarlo solo. Lo dejó con dos elementos en una posición más segura, para que no siguiera subiendo con nosotros y para mantener una radio funcionando. El viejo alcanzó a decir que no disparáramos a cualquier cosa que corriera en cuatro patas, porque eso era lo que querÃan. El teniente no le respondió. Más arriba empezamos a encontrar equipo tirado.
50:51 Un casco, una mochila abierta, vendas, cargadores vacÃos. Todo era de dotación. Ya no habÃa duda de que esa patrulla sà habÃa pasado por ahà y habÃa tenido contacto con algo. También habÃa rastros de arrastre en la tierra. No se veÃa un enfrentamiento limpio. Se veÃa desorden y resistencia. Cuando llegamos a una parte abierta, encontramos tres cuerpos. Dos eran soldados. El otro no lo identifiqué bien en ese momento. El sanitario revisó rápido y confirmó que ya no habÃa nada que hacer. Los dos nuestros no tenÃan sus armas encima. El teniente ordenó asegurar el área y revisar una construcción vieja que estaba cerca. No encontró personas adentro, pero sà placas de identificación y boinas nuestras. Eso confirmaba que la patrulla se habÃa defendido ahÃ. Hasta ese momento, la situación seguÃa siendo grave. pero todavÃa la tratábamos como cualquier otra búsqueda con contacto hostil. Todo cambió cuando vimos movimiento en la orilla del monte. Primero fue una sombra rápida y luego otra. El teniente pidió que nadie disparara sin identificar.
52:05 Lanzamos una bengala y entonces vimos tres figuras quietas entre los árboles. No se movÃan como hombres normales, pero tampoco como animales comunes. Se mantenÃan bajas y parecÃan estar midiendo al grupo. No entraron de inmediato, solo se quedaron mirando. En cuanto la luz empezó a caer, se metieron de golpe al monte. Nadie dijo nada por unos segundos. El teniente fue el primero en reaccionar. Ordenó reagrupar y bajar hacia el punto donde habÃamos dejado la radio. Entendió que ya de noche no convenÃa seguir arriba. Empezamos a movernos sin romper formación. No alcanzamos a bajar mucho cuando se oyó el primer grito humano. VenÃa de abajo, del lado donde estaban nuestros dos hombres con el viejo. Después se oyó una ráfaga larga y luego silencio. Ahà cambió todo.
52:58 Ya no era una búsqueda. Ya sabÃamos que nos estaban cerrando el paso. Bajamos más rápido, cubriéndonos entre nosotros. El problema fue que el ruido venÃa de más de un lado. OÃamos ramas moverse, piedra caer y pasos que no seguÃan una sola dirección. El teniente mandó lanzar otra bengala. La luz no ayudó mucho, pero sà dejó claro que habÃa movimiento alrededor. Yo disparé cuando vi una figura cruzar entre dos árboles a poca distancia. Otros hicieron lo mismo. No fue fuego al aire. Se tiró contra blancos que sà se alcanzaban a ver. En un momento Ruiz, que iba con el arma de apoyo, le pegó a una de esas cosas y la tumbó. Todos la vimos caer, pero se volvió a levantar. Ahà se nos acabó la duda sobre si estábamos peleando contra hombres escondidos, animales grandes o algo peor. Cuando llegamos a la posición de la radio, encontramos la radio tirada, sangre en la piedra y marcas de arrastre. Uno de nuestros hombres estaba herido más abajo.
54:02 Del radiooperador no habÃa rastro, y el viejo también habÃa desaparecido. El herido alcanzó a decir que algo habÃa caÃdo desde arriba y se habÃa llevado al radiooperador. Después se apagó. El sanitario trató de atenderlo, pero en ese punto ya era casi imposible sostener una posición fija. Lo siguiente fue combate cercano. Ya no peleábamos contra algo que tanteaba desde lejos. Nos estaban entrando encima. Una de esas cosas se le fue a mesa antes de que pudiera cambiar cargador. Vera y yo reaccionamos sobre la misma lÃnea. Entre los dos logramos quitársela de encima. Pero Mesa salió herido en la cara y en un brazo. SeguÃa consciente y podÃa moverse.
54:48 A esa altura ya nadie tenÃa dudas. Nos estaban cazando. El teniente entendió que si seguÃamos ahà nos iban a sacar por partes. Asà que dio la orden de replegarnos hacia una parte más cerrada del terreno, donde no pudieran caernos desde arriba con tanta facilidad. Ahà empezó de verdad la retirada. Desde ese punto ya nos seguimos buscando a los que faltaban. Empezamos a pelear por sacar vivos a los que todavÃa quedábamos juntos. Nos replegamos como pudimos, cargando al herido y cubriéndonos por turnos. Nadie iba tranquilo, pero tampoco corrÃamos cada quien por su lado. El teniente seguÃa dando órdenes cortas y Vera las iba bajando al resto.
55:33 Eso fue lo único que nos sostuvo en ese momento. porque ya estaba claro que, si el grupo se rompÃa, no salÃa nadie. Aquello no nos entraba de frente como un enemigo normal. Se movÃan alrededor, probaban por un lado, desaparecÃan y luego volvÃan a sentirse por otro. A veces alcanzábamos a ver una silueta completa por un instante. Otras veces solo veÃamos el golpe en el monte o una sombra pasando por una piedra y después nada. El problema no era solo la velocidad, el problema era que sabÃan esperar. Se metÃan cuando uno se quedaba mal parado, cuando alguien cambiaba cargador, cuando el sanitario se agachaba con un herido o cuando uno giraba a cubrir otro sector. En una de esas entradas perdimos al primer tirador de apoyo. Iba cubriendo la bajada cuando algo le cayó por atrás. No lo vimos venir, solo vimos el golpe. el arma al suelo y el cuerpo perdiéndose detrás de una piedra. El asistente intentó jalarlo, pero también lo alcanzaron. El teniente lanzó una granada hacia ese punto y por un momento se hizo silencio. No recuperamos a ninguno de los dos y seguimos bajando porque detenernos ahà era regalar más gente. Pero ese silencio duró poco, pues en cuanto volvimos a movernos entraron otra vez. El teniente dejó de pensar en sostener cualquier posición y ordenó seguir hacia una parte donde el
57:06 terreno nos obligara a tenerlos más de frente. Lo obedecimos porque era eso o quedar rodeados entre árboles. A esas alturas ya nadie estaba esperando una explicación, ya solo estábamos respondiendo a lo que tenÃamos encima. En ese tramo, Ruiz se volvió clave. SeguÃa disparando con el arma de apoyo aunque ya venÃa herido. Cada vez que barrÃa una lÃnea, nos compraba unos segundos, y con eso alcanzábamos a mover a mesa, a cambiar de lugar al resto o a darle espacio al sanitario. No peleábamos con calma. Ãbamos cansados, mojados y con el cuerpo pasado de vueltas. Aún asÃ, seguÃamos funcionando. Eso importa decirlo porque, luego, cuando se habla de algo asÃ, siempre sale alguien a decir que el miedo desordenó a todos, pero no fue asÃ. El miedo estaba ahÃ, claro. Pero el grupo siguió respondiendo mientras pudo.
58:03 Más abajo pasó algo que nos terminó de romper la cabeza. Empezamos a oÃr voces. No hablo de ruidos raros o de gritos sin forma. Hablo de voces conocidas. Primero escuchamos a Sánchez pidiendo ayuda. El problema era que Sánchez ya no estaba con nosotros y nadie lo habÃa visto salir caminando. Después se oyó una voz muy parecida a la del teniente, dando una orden distinta a la que él estaba diciendo en ese momento. Ahà entendimos que no solo nos estaban cazando por fuerza, también estaban jugando con lo que oÃamos. Eso nos obligó a cerrar más el grupo. Ya nadie se separó. El teniente dejó claro que solo se obedecÃa lo que saliera de su boca viéndolo de frente, o lo que bajara Vera estando a la vista. Esa orden evitó que alguno se fuera hacia el monte siguiendo una voz falsa. Desde ese momento todos avanzamos más pegados, más tensos y con la sensación de que cualquier cosa podÃa llamarte por tu nombre desde la oscuridad. El sanitario seguÃa intentando salvar al que se pudiera salvar. Hizo lo que pudo con Mesa y con otro de los heridos, pero cada vez tenÃa menos margen. Ya no era trabajo de estabilizar con calma. Era trabajo de mantener respirando a alguien mientras seguÃa el fuego alrededor. En un momento, una de esas cosas entró por abajo, casi pegada al suelo, y se llevó al sanitario de los tobillos. Vera y yo intentamos sacarlo. Alcancé a agarrarlo de una pierna. Vera metió
59:37 las manos para jalarlo también. En eso, entró otra por el costado y alcanzó al sargento en el cuello. Disparamos casi encima de ellos para romper el ataque. logramos recuperar a Vera pero al sanitario ya no Vera siguió de pie eso todavÃa me cuesta decirlo sin pensar en él se estaba vaciando de sangre pero seguÃa haciendo señas marcando sectores y empujando gente para que se moviera ya no hablaba bien aún asà seguÃa con nosotros cada vez que alguien dudaba un segundo él lo empujaba o lo jalaba del equipo para que siguiera en otra situación tal vez se habrÃa caÃdo ahà mismo pero esa noche no lo hizo, a esa altura quedábamos pocos en condiciones de pelear, el teniente, Vera, Ruiz, Mesa, Salgado y yo, éramos los que todavÃa podÃamos movernos y responder, los demás ya habÃan caÃdo, estaban desaparecidos o no podÃan seguir, el teniente tomó entonces la decisión correcta, romper contacto y buscar los vehÃculos, ya no habÃa nada que ganar arriba, Lo único que quedaba era sacar vivos a los que seguÃamos juntos. La salida no fue limpia. Nos siguieron todo el descenso. No entraban siempre. A veces solo se nos venÃan cerrando. A veces se acercaban lo suficiente para medir la distancia y se retiraban en cuanto contestábamos fuego. Otras veces sà se aventaban encima. Ahà fue donde más par
1:01:10 que gastamos. Las granadas que quedaban se usaron solo para abrir paso o para quitar presión, cuando sentÃamos que nos iban a cerrar del todo. En un punto vi a una de esas cosas caer con una explosión y quedarse tirada. No me acerqué a revisar, ya no estábamos para eso. Lo único importante era seguir bajando. CaÃan con tiros bien puestos y con fragmentación. El problema era otro. No entraban como un enemigo que busca dominar una posición y quedarse con ella. Entraban a cortar al grupo, a jalar a uno, a desordenar, a abrir un hueco. Y con la noche a favor, eso les servÃa. Mesa seguÃa caminando con ayuda.
1:01:54 Ruiz ya venÃa muy mal, pero no soltaba el arma. El teniente llevaba sangre en un brazo y aún asà seguÃa marcando dirección. Yo iba más atrás cubriendo junto con Salgado. Varias veces sentimos que nos iban a cerrar por completo, pero alcanzábamos a movernos antes, no por suerte, sino porque todavÃa quedaba algo de orden entre nosotros. Cuando por fin vimos el camino, pensé que lo peor ya habÃa pasado, pero fue un error. Al llegar, encontramos que los que se habÃan quedado con los vehÃculos también habÃan sido atacados. HabÃa muertos alrededor del camión y disparos saliendo desde la cabina.
1:02:35 Los que seguÃan vivos apenas estaban aguantando, no nos recibieron con alivio, nos recibieron peleando. Nuestra llegada no resolvió nada, solo juntó a los que venÃan persiguiéndonos con los que ya estaban atacando abajo. Por primera vez los vimos en número claro, ya no eran dos o tres sombras entrando y saliendo, eran varios, moviéndose distinto entre ellos, pero todos sobre nosotros, y ahà se dio el último combate. El teniente ordenó subir a los heridos y sacar el vehÃculo como estuviera. No dejó espacio para discutir. Se cubrió la carga con el fuego que quedaba. Ruiz disparó hasta que ya no pudo sostenerse bien. Salgado subÃa gente y volvÃa al volante. Vera llegó con nosotros todavÃa consciente. Entre el teniente y yo lo empujamos hacia la caja mientras algo tiraba de él desde abajo. Logramos subirlo, pero en ese mismo momento se le fueron encima al teniente. El último tramo fue el más corto y el más duro. Ya no se trataba de contener una persecución. Se trataba de subir al camión a los que quedaban vivos y sacar el vehÃculo antes de que nos alcanzaran a todos juntos.
1:03:50 A esa altura ya no habÃa margen para pensar en otra cosa. Lo único que importaba era mover gente, cubrir el costado y aguantar unos segundos más. Vera ya casi no podÃa sostenerse. Aún asÃ, seguÃa aferrado al borde del camión, mientras el teniente y yo lo empujábamos desde abajo. Algo lo estaba jalando de una pierna desde la sombra. No le vi la forma completa, solo vi el tirón y vi como Vera se iba para atrás. El teniente disparó hacia abajo para romper ese agarre. Ahà logramos subirlo, no completo, no bien, pero sà lo suficiente para meterlo entre dos de los que ya estaban arriba. Vera no habló, solo respiraba fuerte y seguÃa agarrado con las dos manos. En ese mismo instante, otra de esas cosas le entró al teniente por el costado. No fue una sombra lejana ni algo que se adivinara entre los árboles. Lo vi encima de él. Cayeron los dos y rodaron junto a la rueda.
1:04:51 Yo bajé un paso para ayudarlo, porque si él se quedaba abajo, nos quebraban ahà mismo. Alcancé a disparar y a jalarlo de un brazo. Ãl todavÃa estaba consciente. Se quiso incorporar y hasta me empujó hacia la caja para que subiera. no estaba pensando en él estaba pensando en que el camión arrancara yo subà pero él no alcanzó lo último que vi claro fue al teniente en el suelo todavÃa moviéndose mientras varias de esas cosas se le fueron encima Salgado arrancó en ese momento porque si se quedaba un segundo más nos mataban a todos no hubo forma de regresar nadie adentro del camión gritó que frenara porque todos sabÃamos lo mismo si parábamos se acababa ahà el vehÃculo salió brincando y nosotros nos fuimos acomodando como pudimos entre heridos, armas y cuerpos que apenas seguÃan respondiendo nos fuimos con la caja llena de sangre con gente encima de gente y con el ruido del motor tapando casi todo yo iba mirando hacia atrás con el último cargador que me quedaba pensé que nos iban a alcanzar otra vez en el camino pensé que en cualquier curva se nos iban a venir encima pero no pasó No sé si decidieron no seguirnos o si el cambio de terreno ya no les convenÃa. Lo único que sé es que dejaron de entrarle al vehÃculo y que nosotros no volvimos a verlos en ese trayecto. Nadie hablaba arriba de
1:06:22 la caja, no porque no quisiéramos, sino porque todos Ãbamos ocupados en aguantar. Vera seguÃa vivo, pero ya no reaccionaba igual. Ruiz estaba acostado de lado, respirando mal y todavÃa aferrado al arma. Mesa iba despierto por ratos y por ratos se nos iba. El otro soldado que alcanzó a subir desde los vehÃculos temblaba completo y no soltaba el borde de la caja. Yo me quedé en la parte trasera, viendo el camino que dejábamos atrás y esperando que algo volviera a salir del monte. Llegamos al puesto todavÃa de noche y entramos seis con vida. Yo, Vera, Ruiz, Mesa, Salgado y uno de los hombres de los vehÃculos. Esa parte la dejo clara porque asà fue, seis llegamos pero no seis sobrevivimos. En cuanto se abrió la caja, entró personal de apoyo. Bajaron primero a los más graves. Vera murió antes de que lo terminaran de sacar. Ruiz alcanzó a entrar a atención, pero murió poco después y los otros cuatro nos quedamos vivos. Mesa se salvó, aunque quedó marcado de la cara y de una mano. Salgado no salió herido de gravedad, pero nunca volvió a ser el mismo.
1:07:36 El otro soldado quedó varios dÃas sin poder decir una frase completa. Yo salà con heridas menores comparadas con lo demás, pero no volvà igual de la cabeza. Esa parte no se ve desde afuera, pero se queda. Uno puede seguir caminando, seguir comiendo, seguir hablando, pero hay cosas que ya no se acomodan otra vez. En cuanto se pudo, se armó otra salida, con más gente y mejor respaldo. No nos dejaron subir a varios de los que habÃamos regresado. Aún asÃ, supimos lo que encontraron. recuperaron equipo no recuperaron a todos y del teniente y de varios más no hubo regreso completo lo que volvió fue poco eso fue lo más duro para los que sobrevivimos porque una cosa es salir vivo y otra cargar con haber dejado gente atrás después vinieron las preguntas los reportes y las versiones Algunos quisieron acomodarlo como ataque de animales grandes. Otros dijeron que la patrulla se desorganizó y que el miedo hizo ver cosas donde no las habÃa. Yo digo lo que vi, y vi algo que se movÃa con intención. que entraba y salÃa del monte midiendo al grupo que atacaba por arriba por abajo y por los lados que no respondÃa como un animal normal y que además imitaba voces también vi que las armas si les hacÃan daño pero que no siempre bastaba con pegarles habÃa que frenarlos antes de que
1:09:07 se te metieran encima nunca dije que fueran invencibles tampoco digo que todo el que cuenta estas cosas diga la verdad yo hablo por esa noche Y esa noche vi un combate real, con muertos reales, contra algo que no pude meter en una explicación simple. No vi una confusión de monte, y no vi hombres asustados disparando a la oscuridad sin motivo. Vi a personal entrenado sostener una defensa el mayor tiempo posible, y aún asà ser rebasado por algo que jugaba con la noche, con el terreno y con nosotros. Lo que más se me quedó no fue una sola imagen. Fue una secuencia. La radio tirada. La sangre en la piedra. Las voces falsas en el monte.
1:09:54 Vera queriendo seguir con la mano en el cuello. Ruiz disparando herido. Y el teniente empujando gente al camión en vez de subirse primero. Eso sà lo tengo claro y no me lo cambia nadie. Lo puedo contar de corrido porque nunca se me fue. Hay gente que cree que uno sale de algo asà y después entiende mejor lo que pasó. en mi caso fue al revés, con los años entendà menos, pero dudé menos de haberlo vivido, no confundo cansancio con lo que vi, no confundo miedo con lo que nos hicieron y tampoco lo convierto en leyenda, fue una operación que salió mal, desde el momento en que entramos a un lugar donde ya nos estaban esperando, nosotros Ãbamos a buscar a los nuestros, ellos ya estaban listos para recibirnos, De los 17 que salimos, 4 quedamos vivos al final.
1:10:47 Asà cierro esa cuenta porque asà fue. No hubo rescate limpio. No hubo explicación que dejara tranquilo a nadie. Y no hubo cierre. Solo un grupo que entró armado a buscar a los suyos y terminó peleando por salir. Los que logramos volver lo hicimos porque el camión arrancó cuando arrancó y porque hubo hombres que se quedaron abajo para que otros subiéramos. Eso fue lo que pasó, yo estaba ahà y yo lo vi, y desde esa noche entendà que hay cosas contra las que uno puede pelear, pero que no siempre alcanza con estar armado, con ir preparado o con hacer bien las cosas. A veces apenas alcanza para sacar a unos pocos y volver con vida, eso fue todo, lo demás cada quien lo llama como quiera.
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