La Vecina Que Nunca Debió Tocar La Cuna: Brujas En El Techo - Historias De Terror - REDE
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0:05 Yo vivÃa a dos casas, de FermÃn Ruelas y Mariela Beltrán, en un rancho cercano a San Ignacio, en Sinaloa. Recuerdo bien ese caso, porque después de lo que pasó con su hijo, varias familias dejaron de permitir visitas cuando habÃa recién nacidos. No lo cuento por algo que escuché. Yo veÃa esa casa todos los dÃas, conocÃa a la pareja, conocÃa al abuelo de FermÃn, y vi cómo cambió la gente del rancho desde esas semanas. FermÃn y Mariela eran primerizos. Su niño se llamaba ElÃas y tenÃa dos meses. En el mismo terreno vivÃa Don Hilario, el abuelo de FermÃn, un hombre reservado, criado entre ranchos, parteras y curaciones viejas.
0:49 La primera señal apareció una mañana, cuando Mariela le cambió la ropa al niño y le encontró dos moretones en el pecho. Eran marcas redondas, visibles, sin raspón alrededor. Ella revisó la cuna, sacudió las cobijas y buscó insectos entre la ropa, pero no encontró una causa. FermÃn volvió del trabajo y revisó el cuarto por segunda vez. La puerta habÃa estado cerrada, la ventana tenÃa seguro y nadie habÃa entrado. Esa noche Mariela durmió sentada, con ElÃas pegado al pecho. En la madrugada el niño hizo un ruido ahogado. Mariela lo levantó y vio otro golpe cerca de la espalda, junto con un punto oscuro detrás de la oreja. FermÃn quiso pensar en un accidente, pero don Hilario le dijo que un bebé de esa edad no se marca asà menos varias noches seguidas. El viejo pidió ver al niño con luz. Le tocó los brazos, la nuca y el pecho.
1:50 Luego pidió sal de grano y agua bendita. No hizo rezos largos ni quiso asustar a nadie. Fue directo. Alguien estaba llegando por arriba. Mariela se enojó, porque no querÃa brujas dentro de esa conversación. Pero don Hilario no se retractó. Explicó que en esa zona se hablaba de mujeres capaces de cambiar el cuerpo para entrar a las casas, trepar techos y buscar niños pequeños. Habló de carne endurecida, dedos largos, plumas en los brazos y hambre por sangre de recién nacido. de mujeres que se convertÃan en aves enormes, como lechuzas o guajolotes. FermÃn no creyó todo, pero obedeció. Don Hilario puso sal en la entrada del cuarto y cerca de la cuna. También ordenó que nadie abriera la puerta, si escuchaba golpes en el techo. Mariela siguió molesta, aunque hizo lo mismo que ellos. La vi al dÃa siguiente, seria, con los ojos hinchados por no dormir. No quiso decirme mucho, solo me pidió que, si alguien preguntaba por el niño, yo respondiera que estaba enfermo y que no recibÃan visitas.
3:02 Esa tarde llegó Remedios Urias. Yo la vi pasar con su bolsa de queso. Era una mujer conocida en el rancho. Ayudaba en partos, vendÃa comida y entraba a muchas casas con confianza. Preguntó por ElÃas y quiso cargarlo. Mariela le contestó desde la puerta que el niño dormÃa. remedios miró hacia el cuarto y después bajó la vista al piso ahà estaba la sal dejó la bolsa sobre la mesa y salió sin insistir don hilario la siguió con la mirada hasta que cruzó el patio luego cerró la puerta y pidió que no la dejaran entrar otra vez antes de oscurecer don hilario revisó el techo y encontró una lámina levantada me acuerdo porque fermÃn fue a buscar clavos a mi casa y llevaba la cara dura, sin ganas de hablar. Dijo que querÃa cerrar un hueco. Don Hilario no lo dejó hacerlo todavÃa. Le ordenó vigilarlo primero, porque si alguien lo usaba de entrada, necesitaban verlo con sus propios ojos. Esa decisión me pareció cruel cuando la supe, pero en ese momento todos aceptaron. El niño seguÃa amaneciendo marcado y nadie tenÃa una explicación mejor. Esa noche ellos no cenaron bien, dejaron la comida casi intacta y se repartieron la casa. FermÃn se quedó cerca de la puerta con una escopeta vieja de un tiro. Mariela se acostó con ElÃas contra el pecho. Don Hilario se sentó en
4:35 la cocina, con sal y una botella de agua bendita. También pidió que no dijeran el nombre de remedios dentro del cuarto del niño. Nadie discutió. La casa quedó cerrada, con las velas prendidas y todos despiertos. Yo estaba en mi casa, pero alcancé a escuchar los perros del rancho vecino. Se alborotaron primero y luego callaron de golpe. Después supe lo demás por Mariela, por FermÃn y por Don Hilario, y los tres coincidieron en los puntos importantes. Un peso cayó sobre el techo de lámina. La casa crujió. Después vino un rasguño largo, seguido de pasos lentos, sobre el cuarto donde estaba ElÃas. FermÃn se levantó con la escopeta.
5:19 Mariela cubrió al niño y se quedó quieta. FermÃn miró por una rendija y vio una figura agachada sobre el techo. TenÃa forma de mujer, brazos largos, dedos apoyados en la lámina y plumas pegadas a los hombros. La cara estaba deformada por una transformación incompleta. No llevaba máscara. FermÃn reconoció el rebozo oscuro amarrado a la cintura, el mismo que Remedios llevaba esa tarde. La figura se acercó al hueco de la lámina y metió una mano. Los dedos bajaron por la abertura y buscaron espacio dentro de la cocina. Mariela alcanzó a ver la mano desde la cama, pero no gritó. Cubrió mejor a ElÃas y apretó la boca.
6:05 Don Hilario le hizo señas a FermÃn para salir por el patio. FermÃn abrió con cuidado y avanzó con la escopeta lista. El viejo salió detrás, con la botella en una mano y la sal en la otra. La mujer bajó del techo de un salto, cayó cerca del lavadero y caminó hacia la puerta del cuarto. FermÃn le ordenó detenerse, pero Remedios siguió avanzando, con los ojos fijos en el bulto que Mariela sostenÃa. FermÃn disparó cuando ella dio otro paso. El tiro le pegó en una pierna. Remedios cayó de lado y golpeó el suelo con las manos. La sangre salió de inmediato. Don Hilario se adelantó y le arrojó sal al rostro y a la herida. Remedios se retorció.
6:52 Donde la sal tocó la carne abierta, la piel se agrietó, las plumas empezaron a caer y los dedos largos se contrajeron. Entonces habló con voz de mujer. Dijo que el niño ya estaba marcado y que nadie iba a salvarlo si no la dejaban entrar una última vez. FermÃn intentó cargar otro tiro, pero el mecanismo se atoró. Se quedó con la escopeta en las manos, inútil por el momento. Don Hilario mezcló agua bendita con sal y le ordenó no permitir que Mariela saliera. En ese instante el techo crujió otra vez, ahora sobre la cocina. Nadie volteó. Remedios seguÃa viva en el patio, herida y mirando hacia el cuarto del niño. Mariela contó que desde la cama oyó a don Hilario respirar fuerte, pero no lo oyó rezar. El viejo estaba trabajando, no suplicando. FermÃn trató de destrabar la escopeta sin apartar la vista de Remedios. Ella movÃa la pierna herida y arrastraba los dedos por el suelo. Cada movimiento dejaba sangre y sal mezcladas. ElÃas no lloraba. Y ese silencio puso peor a Mariela, porque hasta entonces el niño siempre habÃa llorado cuando sentÃa dolor. Ella no pudo levantarse de la cama. Yo crucé al patio de FermÃn cuando escuché el segundo grito. No entré por curiosidad. Mariela habÃa pedido ayuda desde la puerta, con el niño apretado contra el pecho. Y yo fui porque la conocÃa desde muchacha.
8:25 Al llegar, vi a Remedios tirada junto al lavadero. con una pierna abierta por el disparo y las manos clavadas en la tierra. Don Hilario estaba frente a ella con la botella casi vacÃa y FermÃn sostenÃa la escopeta sin poder usarla. Remedio seguÃa viva. Apoyó una mano, levantó el pecho y trató de incorporarse. La pierna no le respondió y cada movimiento le sacaba más sangre. Don Hilario le arrojó agua bendita con sal al cuello y al pecho. La mujer se arqueó, abrió la boca y gritó con voz humana. Yo conocÃa esa voz. La habÃa oÃdo vender queso, hablar con las embarazadas y saludar en la tienda. Esa fue la parte que me dejó helada. No era un animal herido. Era remedios, aunque su cuerpo estuviera cambiado. Los brazos se le empezaron a limpiar de las partes oscuras.
9:20 No cayó una piel entera. Se rompieron placas pequeñas pegadas a la carne. Debajo tenÃa tejido rojo, mojado, lastimado. Las plumas se desprendieron y quedaron junto al charco de sangre. Los dedos largos se le encogieron despacio, pero no regresaron completos. La mandÃbula le tronó, cerró a medias y quedó trabada. Don Hilario nos ordenó mantener distancia, porque todavÃa podÃa morder o arañar. Mariela dio un paso fuera del cuarto con ElÃas en los brazos. Yo la tomé del codo, pero ella no me miró. Remedios levantó la cabeza y fijó los ojos en el niño. Después se arrastró hacia él.
10:03 No pidió agua, no pidió perdón y no pidió ayuda. QuerÃa llegar al bebé. FermÃn se puso delante de Mariela y le ordenó regresar. Ella retrocedió con el niño cubierto y yo cerré la puerta del cuarto sin hacer ruido. Remedios habló entre sangre y saliva. Dijo que otros conocÃan la marca de ElÃas, y dijo que la señal detrás de la oreja no se quitaba con rezos ni con sal en las esquinas. También nombró una casa cerca del arroyo, pero lo hizo con la boca trabada y FermÃn no entendió la dirección completa. Don Hilario le exigió repetirlo, y ella soltó una risa corta y demonÃaca. Luego quiso levantarse otra vez, apoyada en los dos brazos. El viejo vació el resto de la mezcla sobre la herida del muslo.
10:52 Remedios golpeó el suelo con los talones. La sal se pegó a la sangre y el agua corrió hacia la pared. Las uñas largas se abrieron desde la raÃz. Dos cayeron sobre el piso. Ella se llevó las manos a la pierna, se dobló y dejó de gritar. Quedó respirando con fuerza, cada vez con menos aire. FermÃn logró destrabar la escopeta en ese momento, pero ya no disparó. Don Hilario le bajó el cañón con una mano y le dijo que esperara. Nadie tocó el cuerpo. Yo me quedé junto a la puerta del cuarto, escuchando a Mariela revisar la respiración de ElÃas. El niño no lloraba, tenÃa los ojos abiertos, secos y las manos cerradas. Mariela le tocaba el pecho, la nuca y los pies. Cada vez que él movÃa un dedo, ella soltaba aire. FermÃn no se movió del patio, y don Hilario puso otra lÃnea de sal alrededor de Remedios y nos pidió esperar hasta que amaneciera. Cuando llegó la luz, Remedios tenÃa otra vez su cara, más hundida y con la boca partida. En el cuello y en los brazos le quedaban manchas duras. La pierna estaba destrozada, con la orilla de la herida quemada por la sal. Cerca del cuerpo habÃa plumas, uñas y sangre seca. Don Hilario recogió todo con una pala y lo echó en una lata.
12:13 No dejó que nadie lo tocara con las manos. También revisó la entrada del cuarto. Parte de la sal estaba movida hacia adentro, marcada por dedos. Yo vi esos surcos en el piso. Mariela los vio y se tapó la boca. Ahà entendimos que Remedios habÃa llegado cerca del niño otras noches. FermÃn se llevó una mano a la cara, caminó hasta la pared y apoyó la frente. Nadie le dijo nada. No habÃa consuelo útil para un padre que acababa de ver eso. FermÃn preguntó qué debÃan hacer. Don Hilario respondió sin levantar la voz. Si hablaban, unos iban a decir que mataron a una mujer enferma, otros iban a defender a remedios por los partos que atendió, y otros iban a venir a mirar al niño. Mariela escuchó desde el cuarto y no protestó. En el rancho, una acusación de brujerÃa podÃa partir familias completas, y esa mañana ElÃas seguÃa vivo por muy poco. Envolvieron el cuerpo en una lona.
13:15 FermÃn y Don Hilario lo llevaron detrás del corral, mientras yo me quedé con Mariela. Ella no se sentó. Caminaba de la cama a la puerta, con ElÃas pegado al pecho. Al rato volvà a verlos cavar. Don Hilario echó sal en el fondo, bajaron la lona y cubrieron todo. Después quemó la lata con las plumas, las uñas y los trapos manchados. No hubo aviso, rezo largo ni despedida. Ese dÃa lavamos el piso con agua caliente y sal. La mancha junto al lavadero no salió completa. FermÃn cerró el techo con tablas y pasó la cama del niño al cuarto de don Hilario. Durante varios dÃas nadie entró a esa casa. Si una mujer llevaba comida, la recibÃamos en la puerta. Si preguntaba por ElÃas, Mariela respondÃa que dormÃa y no dejaba que nadie viera al bebé. El niño mejoró.
14:11 Los moretones bajaron, cambiaron de color y desaparecieron. El punto detrás de la oreja tardó más. Don Hilario mantuvo sal en la entrada durante cuarenta dÃas y durmió cerca del niño con un machete a un lado. FermÃn dejó de ir al trabajo por un tiempo. Revisaba el techo, el patio y la tierra junto a las ventanas. Yo lo vi varias mañanas con la misma ropa, sin haber dormido. Buscaron a remedios al tercer dÃa. Una embarazada la necesitaba. Mariela respondió que no la veÃa desde la tarde del queso. La mujer que preguntó miró el patio, bajó la voz y se fue sin despedirse. Después llegaron menos visitas. Una semana más tarde encontramos dos gallinas muertas junto a la entrada.
14:58 TenÃan el pecho abierto. Don Hilario las quemó fuera del terreno y dijo que Remedios no habÃa trabajado sola. FermÃn vendió la casa antes de terminar el mes. Se fueron sin hacer ruido, con pocas cosas y con ElÃas envuelto en una manta. Yo los vi subir a la camioneta de un pariente. Mariela no soltó al niño en ningún momento. Don Hilario se quedó en el rancho un tiempo más, pero dejó de dormir lejos de la puerta. Años después, cuando ElÃas tuvo su primer hijo, Mariela le contó lo ocurrido y le enseñó la marca detrás de la oreja. Yo seguà viendo esa casa desde mi puerta, vacÃa y cerrada.
15:40 El lavadero quedó manchado durante años, y cada vez que el techo crujÃa de madrugada, yo buscaba sal antes de buscar una lámpara, sin decir nada, sin llamar a nadie, sin esperar ayuda. Don Hilario me explicó después que esas mujeres no siempre actuaban igual. Algunas entraban por techos, otras por corrales, otras esperaban a que una madre saliera a lavar o a tirar agua. No buscaban a cualquier niño. Buscaban recién nacidos, con pocos dÃas de bautizo, niños enfermos o bebés que muchas manos habÃan cargado sin permiso de la madre. Por eso desconfiaba de las visitas largas, de los regalos dejados cerca de la cuna. y de las mujeres que preguntaban demasiado, por la hora en que el niño dormÃa. También dijo que una bruja podÃa marcar primero y volver después. La marca servÃa para reconocer al niño desde lejos, aunque estuviera en otra casa. No era una herida grande, era un punto oscuro, una mancha pequeña detrás de la oreja, en la espalda o cerca del cuello.
16:47 Don Hilario insistÃa en que la sal no mataba por sà sola. ServÃa cuando tocaba una herida abierta, cuando entraba en la carne cambiada y cortaba la fuerza de la transformación. Por esos remedios no pudo huir. El disparo la dejó en el suelo y la sal hizo lo demás.
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