June 6, 2026

La Ruta De Las Brujas: El Camino Viejo - Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 Me llamo Saúl Armenta y todavía recuerdo esa noche por la advertencia que recibí antes de salir del patio. Yo manejaba trailer desde hacía años. Había pasado por carreteras solas, retenes falsos y tramos sin señal. Pero esa vez la indicación fue directa. Después de San Pedro tenía que tomar la desviación nueva y evitar la carretera vieja. El encargado de tráfico me llamó a la oficina, puso los papeles sobre el escritorio y me señaló la ruta marcada. Dijo que el tramo anterior ya estaba fuera de uso para nosotros, que habían cambiado el recorrido por seguridad y que todos los operadores debían respetarlo. Mencionó accidentes, reportes de gente esperando camiones y unidades golpeadas después de cruzar de noche. Luego habló de luces en el monte, de choferes alterados y de llamadas cortadas. Lo dijo sin adornos y cerró la carpeta con una orden simple. Toma la desviación. Guardé los papeles y salí con la idea de obedecer. La carga iba sellada, el camión estaba revisado y la ruta nueva aparecía en el sistema. El problema fue el tiempo. Desde antes de arrancar ya venía justo. Y cada caseta, cada reducción y cada tramo lento me fue quitando minutos. En ese trabajo uno escucha que primero va la seguridad, pero también conoce los reclamos cuando la unidad se atrasa. esa presión se queda en la cabina aunque uno maneje callado

1:38 llegué a la última gasolinera antes del desvío con la noche encima cargué diésel compré café y pregunté por la carretera vieja el muchacho de la caja me contestó que los camiones ya estaban entrando por la ruta nueva una mujer que estaba cerca escuchó y me dijo que dejara ese tramo que los de la zona ya sabían por qué lo evitaban habló seria sin dramatizar dijo que con trailer era peor porque en esa carretera había partes estrechas y nadie llegaba rápido si uno pedía ayuda pagué y regresé a la cabina desde el asiento veía la entrada de la desviación y más adelante el camino viejo abierto había un señalamiento de cambio de ruta pero la carretera seguía libre me quedé con las manos en el volante mirando las dos opciones la ruta nueva me iba a retrasar más La vieja estaba sola y me ahorraba varios minutos.

2:37 Pensé en cruzar sin detenerme, mantener velocidad baja y salir al otro lado antes de medianoche. Tomé la carretera vieja. Al principio el tramo iba tranquilo, el pavimento tenía baches, la línea se perdía en varias partes y las curvas obligaban a cuidar la caja, pero el camión respondía bien. Apagué el sonido de la cabina y mantuve las dos manos en el volante. La señal del teléfono se perdió después de unos kilómetros. El mapa quedó congelado, pero yo sabía que el camino seguía hacia el pueblo siguiente. Pasé las últimas casas y entré al tramo oscuro. A los lados había monte y terreno abierto, y la carretera estaba vacía.

3:23 Revisé los espejos varias veces. Atrás solo venía la luz roja del remolque reflejada en partes del camino. El motor trabajaba parejo, la carga venía pesada, y yo seguía atento a la línea del carril. La primera bola de fuego salió del lado derecho, subió desde el monte y avanzó junto al camino, redonda, anaranjada, sin humo. La vi por el parabrisas y luego por el espejo hasta que se apagó. Bajé la velocidad y seguí. Unos minutos después apareció otra del lado izquierdo. Cruzó frente al tráiler y se perdió hacia el terreno. Tomé el radio, pedí comunicación con cualquier operador cercano y solo entró estática. Más adelante vi tres luces sobre la carretera. Se movían a poca altura, separadas entre sí. Encendí las luces altas y una de ellas cruzó sobre el cofre. En ese momento escuché un golpe arriba de la cabina. Fue seco, fuerte y directo contra el capacete. Me enderecé en el asiento. Otro golpe cayó sobre la lámina, luego otro más. Miré los espejos, revisé el camino y regresé la vista al frente. Unos dedos estaban agarrados a la orilla del techo, justo arriba del parabrisas, y después bajó una cara hacia el vidrio. Era una mujer, tenía el cabello sobre la frente y la boca abierta.

4:49 Se reía y golpeó el vidrio con una mano y subió al capacete. Sentí el cuerpo duro, pero mantuve el camión derecho. La cabina siguió avanzando sobre el tramo oscuro y los golpes continuaron arriba. Otra cara apareció junto a la primera, luego apareció una tercera. Estaban sobre la cabina, sujetas del borde del techo, mirando hacia adentro. La risa se escuchaba clara, mezclada con el motor y la estática del radio. Una de ellas golpeó el parabrisas, otra se movió hacia mi lado y bajó por el marco de la puerta. Alcancé a verla junto a la ventana, con la cara pegada al cristal. La tercera se arrastró sobre el capacete y pegó las manos contra la lámina. Pensé en un asalto, en una trampa, o en gente escondida esperando camiones, pero esa explicación se me cayó mientras las veía sujetarse al tráiler en movimiento. Apreté el volante y mantuve la velocidad. Detenerme en ese tramo era quedarme solo, con la cabina rodeada y sin señal. Seguir era lo único que tenía enfrente. La mujer del vidrio volvió a golpear, la de la ventana raspó el marco de la puerta, y la que estaba arriba soltó una risa más fuerte.

6:06 Entonces empezaron a hablar. La orden salió entre risas, primero desde el parabrisas, luego desde mi lado, después desde arriba. Párate. Lo repitieron varias veces, con la misma voz rota y la misma risa. mientras yo seguía manejando por la carretera vieja, con el pueblo todavía lejos y las brujas moviéndose en el tráiler. La risa bajaba desde el capacete y se metía en la cabina, junto con los golpes sobre la lámina. Yo seguía con las manos fijas en el volante, mirando el camino por la parte limpia del parabrisas, mientras el motor trabajaba alto y la radio soltaba pura estática. Cada golpe arriba me hacía apretar más los dedos, pero no podía mirar mucho tiempo hacia el techo, porque el tráiler iba pesado y la carretera venía llena de curvas. La mujer del lado izquierdo bajó una mano por el marco de la puerta y jaló el espejo. El espejo se abrió de golpe, vibró contra el soporte y quedó moviéndose con el aire. Alcancé a verla junto a mi ventana, con el cabello pegado a la cara y la boca abierta por la risa. Golpeó el vidrio con los nudillos y volvió a subir. El ruido de sus manos sobre la cabina siguió encima de mí, seco, rápido, cada vez más cerca del borde del parabrisas. Le grité que se quitara, pero mi voz se perdió entre el motor y la vibración del camino. La del frente golpeó el parabrisas y dejó una marca en la esquina. Me incliné hacia el

7:39 centro del asiento para seguir viendo la línea del carril. La carretera subía, el camión empezó a perder fuerza y bajé un cambio, cuidando que la caja no me empujara en la siguiente curva. Cuando la velocidad cayó, los golpes aumentaron. Una mano se abrió sobre el vidrio. Luego, otra apareció junto al limpia parabrisas. La cara volvió a bajar frente a mí. Se reía y golpeaba con la palma, no con fuerza suficiente para romper el vidrio de una vez, sino para obligarme a mirar. Yo veía el camino por un espacio estrecho entre sus brazos, la mugre del cristal y las luces del tablero reflejadas en las grietas. En el espejo izquierdo apareció una bola de fuego junto al remolque.

8:25 Luego vi otra detrás, más lejos, y una tercera cerca del acotamiento. Las luces seguían la unidad con el mismo ritmo. No alumbraban la carretera completa, solo marcaban puntos vivos en la oscuridad, y cada vez que el camión brincaba sobre un bache, esas luces seguían ahí, al mismo lado, con la misma distancia. Al terminar la subida, recordé el pueblo. Había un hotel antes de llegar al centro, junto a la carretera. Me había quedado ahí años atrás, por una falla en otro camión, y sabía que la recepción daba hacia el camino. Me agarré de esa idea y seguí. Si llegaba hasta ahí, podía bajar, correr y pedir ayuda.

9:09 No tenía otro plan. La señal del teléfono seguía perdida. El radio no respondía y el tramo detrás de mí estaba vacío. Un golpe más fuerte sonó sobre la caja. Miré el espejo y vi una sombra moverse arriba del remolque, cerca de la parte delantera. Se arrastró hacia la orilla y desapareció cuando el trailer entró en una bajada. Volví la vista al frente y la mujer del parabrisas arrastró las uñas por el vidrio, de arriba hacia abajo, despacio, dejando líneas sobre la tierra pegada al cristal. La risa se cortó unos segundos y ese silencio me apretó más el pecho que los gritos. La carretera empezó a bajar hacia el pueblo. Yo necesitaba reducir la velocidad, pero cada vez que el tráiler perdía fuerza, ella se pegaba más al vidrio. La vi levantar la cabeza, golpear otra vez y mirar hacia dentro de la cabina. Del lado derecho algo raspó la puerta. No volteé completo, solo alcancé a ver movimiento en la orilla del espejo y los dedos metidos en el marco. Corregí despacio, mantuve la línea blanca a mi izquierda y cuidé que el remolque no se fuera al acotamiento. Antes del pueblo venía una curva cerrada, la recordaba bien. entré con cuidado frenando poco sin darle oportunidad a la caja de cruzarse en la entrada de la curva apareció otra bola de fuego sobre el camino justo donde tenía que meter el frente del tráiler no

10:42 venía hacia mí estaba ahí suspendida a baja altura giré antes de llegar a ella las llantas pisaron grava el remolque se abrió y la caja jaló hacia afuera Sostuve el volante con fuerza, corregí y dejé que la unidad regresara al carril. La mujer del frente perdió agarre, golpeó contra el marco del parabrisas y volvió a sujetarse. Entonces habló con claridad otra vez, con la boca cerca del cristal.« Párate». Pero yo seguí manejando. Al salir de la curva vi las primeras luces del pueblo y también vi el terreno del hotel. Faltaban pocos metros. Pero el acceso era estrecho y no podía meter el tráiler limpio, con la cabina golpeada y el parabrisas cubierto. Si bajaba demasiado la velocidad, iba a perder el frente. Si seguía derecho, pasaría de largo y tendría que cruzar el pueblo con eso encima.

11:39 A la derecha estaba la cerca del terreno. Me pegué al acotamiento. La mujer volvió a bajar junto a mi ventana, golpeó el cristal y subió otra vez. La del frente puso las manos sobre el parabrisas. La risa regresó encima de la cabina, más fuerte, rebotando con cada golpe. Sujeté el volante con las dos manos, apunté el frente hacia la orilla y llevé el camión contra la cerca. La defensa pegó primero. Luego, el costado de la caja arrastró alambre y postes. La cabina se sacudió completa. El cinturón me jaló contra el asiento y escuché la mina romperse. vidrio quebrarse y metal raspando. Frené, solté, corregí y volví a frenar para que la caja no se fuera de lado.

12:25 El parabrisas quedó libre. Una figura cayó hacia el terreno, otra pasó sobre el cofre y se perdió fuera de mi vista. La otra no supe en qué momento se perdió o se fue, porque no volví a mirarla. La risa se cortó, el frente quedó abierto y el tráiler siguió avanzando torcido hacia la entrada del hotel, con la dirección dura y el remolque jalando hacia un lado. Yo ya no intenté acomodarlo, quería detener la cabina, abrir la puerta y correr. La defensa golpeó contra un muro bajo, el motor se apagó y la caja quedó atravesada entre la entrada y la orilla de la carretera. La alarma del tablero empezó a sonar. El aire de los frenos escapaba por una línea rota, y la cabina quedó llena de polvo, olor a diésel y plástico caliente. Me quedé sentado unos segundos, con el cinturón apretándome el pecho. Me dolía la rodilla, el hombro y la mano derecha. Miré el cofre, el capacete y los espejos. El parabrisas estaba rajado y sucio por los golpes. Afuera estaba la cerca tirada, la tierra levantada y el costado de la caja raspado.

13:37 En el terreno, más lejos, una mujer avanzó unos metros y luego se paró. Empujé la puerta del conductor hasta que abrió. Bajé mal, apoyé un pie en falso y casi caí sobre la grava. El hotel estaba cerca. Dejé la cabina abierta y corrí hacia la recepción con la pierna doliéndome en cada paso. Detrás de mí seguía sonando la alarma del camión. También escuché una risa, baja, salida del terreno oscuro. pero seguí sin voltear. Llegué a la puerta y golpeé con la mano abierta. El encargado se acercó desde adentro. Era un hombre mayor, delgado, con camisa de trabajo y lentes. Abrió primero un poco, miró hacia el tráiler y después me dejó entrar. Le pedí que cerrara.

14:24 Puso el seguro, apagó una televisión pequeña que estaba sobre el mostrador y llamó a una mujer que estaba al fondo. Le pidió que se apartara de la ventana. Me senté en una silla junto a la pared y las manos me temblaban. El encargado me preguntó de dónde venía. Le dije que de la carretera vieja. Al escuchar eso, volteó otra vez hacia el camión. Preguntó si había alguien más conmigo y respondí que venía solo. Preguntó si había gente herida afuera. Le dije que algo se había subido al tráiler que golpeó el vidrio, que me siguió hasta la entrada del pueblo y que por eso había estrellado la unidad contra la cerca. no usé la palabra brujas al principio le hablé de mujeres sobre el capacete de bolas de fuego junto al remolque y de una voz que me ordenó detenerme el encargado me escuchó sin interrumpir la mujer me dio un vaso con agua pero apenas pude sostenerlo tenía la ropa llena de polvo sangre en la rodilla y pedazos pequeños de vidrio pegados en la manga el encargado llamó a la policía y pidió una ambulancia Dio el nombre del hotel. Explicó que había un tráiler accidentado en la entrada y pidió que llegaran pronto. Mientras hablaba, miraba por la ventana sin acercarse demasiado. Colgó y me dijo que esa carretera ya no se tomaba de noche.

15:50 Lo dijo tranquilo, sin sorpresa. Después agregó que otros operadores habían llegado alterados desde ese mismo tramo. unos con golpes en los camiones, otros sin querer bajar de la cabina. Dijo que cuando alguien venía corriendo de la carretera vieja, cerraba primero y preguntaba después. La patrulla llegó poco después junto con una camioneta de auxilio. Dos policías entraron a la recepción y un paramédico se agachó frente a mí para revisar la rodilla. Me tomó la presión, alumbró mis ojos con una lámpara y revisó los golpes del hombro. Los policías me preguntaron si había tomado alcohol, si había dormido antes del viaje y si el camión había fallado.

16:35 Respondí lo necesario, sin agregar nada que no hubiera pasado. Luego conté lo de la desviación, la carretera vieja, las bolas de fuego, los golpes sobre la cabina y la voz frente al parabrisas. Salieron a revisar el tráiler. Yo me quedé en la recepción, viendo las lámparas moverse alrededor de la unidad. Revisaron la cabina, la caja, la cerca y el terreno. Buscaron en la grava y entre los postes tirados. El paramédico me volvió a limpiar la herida y me puso una venda. Desde donde estaba sentado veía las luces del tráiler encendidas, la puerta abierta y el remolque cruzado sobre parte del acceso. Uno de los policías regresó con la libreta en la mano. Preguntó cuántas mujeres había visto. Contesté que vi una primero, luego otra sobre la cabina y una sombra arriba de la caja. Preguntó qué dijeron. Le respondí que una ordenó que me parara.

17:35 También me preguntó en dónde habían caído. Señalé hacia el terreno y hacia el frente del camión, pero en la búsqueda no apareció nadie. Lo que sí encontraron fueron marcas en el capacete, raspones frescos en la puerta, el espejo roto, el limpia parabrisas arrancado. y golpes en el marco del parabrisas el reporte quedó escrito como accidente por pérdida de control los daños quedaron registrados también la cerca destruida y la unidad atravesada pero lo demás se quedó fuera nadie puso bolas de fuego nadie puso brujas sobre el trailer yo firmé mi declaración con la mano temblando porque ya entendía cómo iba a quedar todo más tarde llegó personal de la empresa El encargado de tráfico bajó de una camioneta, vio el camión y se quedó callado. Revisó el sello de la caja, la cabina y los daños. Después se acercó a mí, preguntó por qué tomé la ruta vieja.

18:34 Le respondí que quise ahorrar tiempo. Respiró hondo, miró hacia la carretera y dijo que la orden estaba dada desde antes de salir. No levantó la voz, tampoco hacía falta. Me dieron un cuarto en el hotel hasta que amaneciera. El encargado me acompañó hasta la puerta y me pidió que cerrara bien. También dijo que, si escuchaba algo afuera, no saliera. Entré con la ropa sucia, la venda en la rodilla y el cuerpo temblando todavía. Me acosté vestido, con las botas puestas. Cada golpe del viento en el techo me hacía abrir los ojos y cada risa lejana me regresaba a la cabina. Al amanecer salí con los policías a ver el tráiler. Con la luz del día se veían mejor los golpes del capacete y las marcas sobre el vidrio. La empresa hizo pruebas, revisó la unidad y habló con la policía. El antidoping salió limpio. El médico anotó golpes, crisis nerviosa y falta de sueño. El reporte laboral cerró con desvío de ruta autorizada y choque por pérdida de control. Volví a manejar semanas después, pero ya no fui el mismo. Si una ruta cambia, la respeto.

19:46 Si un operador local dice que no cruce por cierto tramo, doy la vuelta. El tráiler se reparó, la empresa siguió trabajando y la carretera vieja quedó ahí, abierta para quien quisiera meterse. Yo no volví a pasar por ese camino.