La Ouija Abrió Algo En Mi Casa Y Nunca Se Fue - Historias De Terror - REDE
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0:05 Lo recuerdo, porque esa fue la primera vez que sentà que una casa podÃa dejar de ser segura mientras uno seguÃa viviendo dentro. No me fui por dinero, por problemas con vecinos ni por una discusión familiar. Me fui porque después de una noche con una ouija, algo empezó a tocar la ventana de la sala, a caminar por los pasillos y a quedarse cerca de las puertas cuando todos intentábamos dormir. En ese tiempo vivÃa con mi hermano Omar semanas por trabajo y una noche llegó con una tabla ouija que habÃa comprado por curiosidad la puso sobre la mesa la abrió delante de nosotros y propuso usarla un rato Omar aceptó primero Rodrigo insistió y yo terminé sentado con ellos porque no le di importancia pusimos el vaso en el centro apoyamos los dedos y empezamos con preguntas simples la primera pregunta fue si habÃa alguien presente El vaso se movió hacia la respuesta de sÃ. Omar se rió, Rodrigo negó haberlo empujado, y yo mantuve los dedos sobre el vidrio, tratando de sentir si alguno de los dos hacÃa fuerza. No pude asegurarlo. Después preguntamos su nombre, y el vaso marcó letras que ninguno reconoció. Rodrigo anotó las letras en una hoja, pero no formaban nada claro. Luego preguntó qué querÃa, y el vaso avanzó despacio, letra por letra,
1:36 hasta formar una frase corta. QuerÃa entrar. Omar retiró la mano en ese momento. Su cara cambió y pidió terminar. Yo también sentà el golpe de esas palabras, pero no quise demostrar miedo. Rodrigo propuso una última pregunta, solo una, para cerrar. Preguntó quién querÃa entrar. El vaso se movió con más fuerza, dio varias vueltas sobre la tabla y cayó al piso, y la luz de la sala falló un instante. No hubo risas, ni bromas, ni comentarios. Rodrigo recogió el vaso, guardó la tabla y todos nos levantamos de la mesa. Nadie se despidió de nada, ninguno mencionó esa parte porque en ese momento lo único que querÃamos era dar por terminado el juego. Esa madrugada, escuché tres golpes en la ventana de la sala. Fueron golpes claros, separados, hechos contra el vidrio. Me desperté de inmediato. Al salir del cuarto, encontré a Omar en el pasillo, quieto, mirando hacia la sala. Ãl también los habÃa oÃdo. Caminamos juntos, encendà la luz exterior y abrà la cortina, lo necesario para revisar. No habÃa nadie afuera. La puerta principal seguÃa cerrada.
2:53 La ventana estaba intacta y el patio no tenÃa nada fuera de lugar. Revisamos otra vez antes de volver a los cuartos. Omar habló de una broma y yo acepté esa explicación, porque era la única que podÃa sostener en ese momento. La noche siguiente ocurrió otra vez. Rodrigo salió de su cuarto con el celular en la mano y empezó a grabar. Nos acercamos a la ventana sin encender todas las luces y antes de tocar la cortina escuchamos pasos afuera. Eran pasos humanos, lentos, pegados al frente de la casa. Rodrigo abrió de golpe, apuntó con el celular y no encontró a nadie. La grabación captó los golpes, después los pasos, pero en la imagen solo mostró la ventana y una parte del piso. Salimos a revisar la entrada, luego el patio. Luego la calle. No vimos a ninguna persona.
3:48 La reja estaba cerrada y no habÃa señales de que alguien hubiera saltado. Durante los dÃas siguientes los golpes siguieron. Ya no fueron un hecho aislado ni algo que pudiéramos dejar pasar. Llegaban de madrugada, siempre desde la ventana de la sala, y después empezaron los pasos dentro de la casa. Primero los oÃmos cerca de la entrada. Luego avanzaban por el pasillo y se detenÃan frente a las recámaras. Cuando abrÃamos las puertas, el pasillo estaba vacÃo. La casa no tenÃa muebles moviéndose por sà solos, ni sombras cruzando frente a nosotros. Lo que tenÃa era peor, porque todo quedaba en sonidos claros, en puertas que quedaban entreabiertas, y en la certeza de que alguien caminaba mientras nosotros estábamos encerrados.
4:41 Omar empezó a dormir con la luz prendida. Una mañana salió del cuarto con los ojos rojos y la voz baja. Contó que durante la noche habÃa escuchado una respiración cerca de su cama y después sintió que le jalaron la sábana desde los pies. Revisamos su cuarto y no encontramos nada. Rodrigo dejó de hacer chistes. Antes era el primero en burlarse, pero después de la tercera noche empezó a quedarse en mi cuarto hasta que amanecÃa. Ya nadie querÃa caminar solo hacia la cocina o al baño. Tratamos de resolverlo de forma normal. Cambiamos chapas, revisamos ventanas, pusimos una cámara en la sala y otra en el pasillo. También hablamos con un vecino para que avisara si veÃa a alguien rondando.
5:28 Una madrugada, después de golpes más fuertes, llamamos a la policÃa. Dos agentes revisaron la casa, la entrada y la calle. No encontraron a nadie. Nos dijeron que podÃa ser alguien escondiéndose o escapando antes de que saliéramos. Acepté esa posibilidad porque todavÃa querÃa que todo tuviera una explicación común. Pusimos más luz afuera y aseguramos mejor la ventana, pero la actividad siguió. Las cámaras no nos dieron tranquilidad. En los videos se veÃa la sala vacÃa, pero el audio registraba pasos. Una grabación captó la puerta del cuarto de Omar abriéndose sola.
6:09 En ese momento, él estaba acostado, yo estaba en mi habitación y Rodrigo estaba conmigo. Cuando entramos al cuarto, Omar estaba despierto, sudando, con las manos apretadas en la sábana. No gritó, no se levantó, solo miró hacia la esquina de la habitación y contó que alguien se habÃa inclinado junto a su cama. muy cerca de su oÃdo y le habÃa dicho que ya lo habÃa visto lo repitió una vez sin levantar la voz y después pidió irse de la casa Rodrigo se fue al dÃa siguiente se llevó la tabla porque ninguno de nosotros quiso tocarla más tarde escribió para avisar que la habÃa tirado lejos de la colonia esa noche pensé que tal vez todo terminarÃa con la tabla fuera de la casa pero los golpes regresaron con más fuerza Omar y yo estábamos en mi cuarto, cuando escuchamos una silla moverse en la cocina. Salimos juntos, despacio, con la luz del pasillo encendida. La silla estaba separada de la mesa y habÃa marcas recientes en el piso, pero nadie habÃa entrado y nadie más estaba con nosotros.
7:21 Esa fue la noche en que dejé de buscar bromas, vecinos o fallas en la casa. Omar se fue a dormir con una amiga. Yo me quedé porque la casa era mÃa, porque me daba vergüenza huir sin pruebas y porque necesitaba ver qué estaba pasando con más claridad. TenÃa miedo, pero también estaba cansado de escuchar los golpes desde mi cuarto y esperar hasta que amaneciera. Compré otra cámara, dejé una lámpara encendida cerca de la sala y puse un bat junto al sillón. Revisé puertas y ventanas antes de sentarme. Guardé el celular con la cámara lista. Respiré hondo y esperé en silencio. Esa noche la casa se sintió más pesada que otras veces. No habÃa televisión, no habÃa música y no habÃa voces. Solo estaba yo, sentado frente a la ventana donde todo habÃa empezado. Poco antes de la hora en que siempre ocurrÃa, escuché pasos afuera. VenÃan desde la entrada y avanzaban hasta detenerse frente al vidrio. No corrÃ.
8:25 Levanté el celular, tomé el bat y me quedé mirando la cortina. Después llegaron los golpes, tres veces, claros y firmes. Esa vez no llamé a Omar ni a Rodrigo, pues no estaban. Asà que esa vez me levanté solo, porque ya no querÃa seguir imaginando al hombre que tocaba la ventana. Al principio solo oà ruidos normales. Recuerdo mis manos porque no podÃa dejarlas firmes. las cerraba, las abrÃa y volvÃa a tomar el celular, me repetà que necesitaba grabar, que al dÃa siguiente podÃa enseñarle el video a Omar, a la policÃa o a quien hiciera falta, esa idea me sostuvo en la silla, aunque cada minuto pesaba más, después escuché pasos afuera, venÃan desde la entrada y se acercaban a la ventana de la sala, eran pasos lentos marcados uno tras otro, Me quedé sentado unos segundos con el celular levantado y el bate en la otra mano. Cuando los pasos se detuvieron, vinieron los golpes. Fueron tres, contra el vidrio. Ya los conocÃa. Era el mismo sonido que nos habÃa despertado otras noches. Pero esa vez yo estaba frente a la ventana. Y el miedo entró sin distancia.
9:43 Me levanté despacio. No querÃa que el celular dejara de grabar. Pregunté quién estaba afuera, pero nadie respondió. Repetà la pregunta más cerca de la cortina, y del otro lado del vidrio escuché una respiración fuerte, pegada a la ventana. Era una respiración humana, pesada, irregular, muy cerca de mi cara. Tomé la cortina con la mano izquierda, sujeté el celular con la derecha y la abrà de un jalón. Ahà vi al hombre. Estaba parado frente a la ventana, Su cara quedaba a pocos centÃmetros del vidrio. TenÃa los ojos abiertos, fijos en mÃ, negros casi completos, con rojo alrededor de los párpados. La piel de la cara estaba gris y no parpadeó, solo me miró. Al principio tenÃa la boca cerrada, pero empezó a abrirla. La mandÃbula bajó demasiado, la piel de las mejillas se estiró y la cara perdió su forma.
10:43 Los dientes quedaron visibles, largos, delgados y afilados. Retrocedà y el celular me tembló en la mano. El hombre levantó una mano y tocó el vidrio otra vez, lento, con los nudillos. Cerré la cortina y caminé hacia la puerta principal. Quise salir y pedir ayuda. Alcancé a tocar la perilla cuando escuché pasos dentro de la casa. VenÃan de la sala detrás de mÃ. Miré hacia la ventana y ya no habÃa nadie afuera. Luego giré hacia el sillón y lo vi dentro. La ventana seguÃa completa. La puerta seguÃa cerrada y no habÃa ningún hueco por donde pudiera haber entrado. El hombre estaba en la sala, de pie, con la boca abierta, los ojos negros y rojos y los brazos caÃdos a los lados. TenÃa los dedos doblados hacia adentro.
11:33 El celular se me cayó al piso, pero siguió grabando. En ese momento, mi voz quedó en el audio ordenándole que se fuera. Me respondió con una voz grave y demoniaca, aunque no movió los labios de forma normal. Pronunció pocas palabras, claras, y me dijo que yo me irÃa con él. Se entendió en la sala, se entendió después en el video, y todavÃa puedo repetir esa frase con la misma presión en el pecho. Me movà hacia la cocina, pero él avanzó rápido y me agarró del brazo izquierdo. La mano estaba frÃa y apretó mi muñeca con tanta fuerza que sentà el dolor subir hasta el hombro. El bat cayó al piso y tiró de mà hacia la ventana. Me sujeté al marco de la puerta con una mano y apoyé los pies contra el piso para no avanzar. Grité por Omar, aunque él no estaba ahÃ. El hombre acercó la cara a la mÃa. La boca seguÃa abierta y los dientes quedaron cerca de mi cuello. No pensé en rezar ni en entender lo que estaba pasando. Pensé en soltarme.
12:39 Paté una mesa, tiré una lámpara y giré el cuerpo. Le mordà la mano que me sujetaba. La piel era dura y tenÃa un sabor amargo. Me aflojó por un instante y ese instante me salvó. Jalé el brazo con toda la fuerza que tenÃa. Me desprendà de su mano y corrà hacia la puerta trasera. Abrà el pasador sin mirar atrás. Salà al patio. Escuché pasos detrás de mà y corrà hasta la barda. No busqué llaves, zapatos ni celular. Salté hacia la casa del vecino. Caà de lado y sentà un corte en la pierna. Me levanté y golpeé su puerta hasta que salió. Cuando me vio, me metió a su casa y llamó a la policÃa. Yo me quedé en su cocina, sentado, con el brazo marcado y la pierna sangrando. Los agentes llegaron poco después. Entraron a mi casa, revisaron la sala, la cocina, los cuartos y el patio, pero no encontraron a nadie. La ventana estaba intacta, la puerta principal seguÃa cerrada y la puerta trasera estaba abierta, porque yo habÃa escapado por ahÃ. En la sala estaba mi celular tirado en el piso con la grabación guardada.
13:54 La imagen no mostraba al hombre porque la cámara habÃa quedado apuntando hacia abajo. Pero el audio conservó los golpes, mi voz, los pasos dentro de la casa y la frase de aquella cosa. Uno de los agentes me preguntó si alguien podÃa haber entrado antes. Le respondà que yo habÃa revisado todo antes de sentarme. El vecino confirmó que escuchó mis golpes en su puerta y mis gritos. Los policÃas hicieron un reporte, pero no señalaron una entrada forzada y me recomendaron no quedarme solo esa noche. No discutÃ. Llamé a Omar y le pedà que no volviera por su cuenta. Más tarde, entré con Omar, dos amigos y el vecino. Recogimos ropa, documentos y lo necesario para salir de ahÃ. Nadie se separó del grupo. La silla seguÃa movida en la cocina, el bat estaba en la sala y la lámpara rota seguÃa en el piso. y mi brazo tenÃa marcas de dedos salimos antes de que oscureciera y desde ese dÃa no he vuelto a entrar la casa siguió a mi nombre e intenté rentarla con una inmobiliaria y les conté solo una parte la primera familia duró poco y cuando entregaron las llaves hablaron de golpes en la ventana de la sala y de pasos dentro de la casa no les pedà detalles no querÃa escuchar la misma historia contada por otra boca Ahora vivo en otra casa, dejo una luz encendida en el pasillo y
15:25 guardo aquella grabación. No tengo una explicación que cierre lo ocurrido. Solo tengo lo que vi, lo que escuché, las marcas en mi brazo y la certeza de que después de jugar con esa tabla, algo se quedó en la casa. Primero tocó la ventana, después caminó por dentro y cuando me atrevà a mirarlo de frente, entró, me tomó del brazo y quiso llevarme. Escapé porque logró soltarme un segundo. Cuando cierro los ojos, todavÃa escucho esos nudillos contra el vidrio y mi respiración cortada en la sala. La casa sigue ahÃ, pero para mà terminó esa madrugada. Tiempo después, supe que la familia que rentó la casa no se fue solo por los golpes. Eso fue lo primero que dijeron, pero no lo peor. El señor de la inmobiliaria me llamó una tarde y me pidió verme en persona. Cuando llegué, me mostró unas fotos que la familia habÃa tomado antes de entregar las llaves. En una de ellas se veÃa la sala vacÃa, con la ventana al fondo. En el vidrio habÃa marcas de manos, unas sobre otras y todas por dentro. En otra foto aparecÃa la pared del pasillo, manchada con una frase escrita en letras torcidas. DecÃa, él abrió la puerta. Yo le dije que no sabÃa quién habÃa escrito eso. El hombre no me creyó del todo, pero tampoco me acusó. Sacó una última foto y la puso sobre el escritorio. Esa fue la que me dejó
16:55 sin aire. Era la ventana de la sala, tomada desde afuera, y detrás del vidrio se veÃa el reflejo de la calle, pero también se distinguÃan varias caras pegadas al interior. No eran claras, pero tenÃan los ojos oscuros y la boca abierta. En medio de todas estaba él, el mismo hombre que me habÃa agarrado del brazo El señor de la inmobiliaria me dijo que la familia habÃa escuchado voces durante la última noche. No una voz, sino varias, y todas venÃan de la sala. Todas repetÃan mi nombre, y una de ellas decÃa que yo habÃa prometido volver.
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