La Operación Noria Seca: Militares Contra Brujas En Un Pueblo De Sonora - Historias De Terror - REDE
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0:05 Me llamo Ramiro Aguilar y fui cabo en el ejército durante nueve años. En octubre de 2019 me asignaron a una unidad que en los documentos internos figuraba como grupo de reconocimiento rural 14. Entre nosotros la llamaban Ondonada. Ãramos cinco militares y un médico. La orden escrita hablaba de investigar ataques en comunidades aisladas, recuperar cuerpos y detener a los responsables. La orden verbal fue más precisa. El coronel Arturo Valdés nos reunió y explicó que el objetivo era ubicar y neutralizar Nahuales. El mando lo tenÃa el teniente Iván Castañeda.
0:46 El sargento Mauro Beltrán era rastreador. El cabo Saúl Navarro operaba la radio. La soldado Elisa Gastelum iba como tiradora designada. Yo era apoyo de seguridad y conductor. Y el médico era el doctor Ibarra. Ibarra usaba chaleco, casco y una cámara corporal. Durante el traslado nadie habló de supersticiones. Revisamos armas, luces y botiquines, porque esa era la parte que sà podÃamos controlar. Llegamos de noche a San Isidro el Alto, un pueblo serrano entre Oaxaca y Guerrero. Antes de entrar nos recibió Lucio Barrera, agente rural del lugar. TraÃa una escopeta vieja y una lámpara. En menos de tres semanas habÃan muerto seis personas. Los cuerpos tenÃan mordidas grandes, fracturas y cortes profundos. También repitió un dato que todos sostenÃan.
1:41 Durante los ataques, los perros no ladraban. Castañeda le pidió hechos y nombres. Lucio explicó que los ataques ocurrÃan de madrugada y que antes de cada muerte faltaba un animal doméstico. Los vecinos habÃan señalado a Eusebio Telles, un curandero que vivÃa solo en la parte alta. Lucio aseguró que lo vieron salir de una milpa en cuatro puntos de apoyo, con las manos en la tierra. El teniente no discutió esa versión y pidió ir a la última escena. La casa atacada estaba al borde del pueblo. HabÃa sangre en la entrada y la puerta estaba rota desde afuera. Beltrán revisó las marcas del marco, encontró cuatro surcos profundos y pasó a la parte trasera. Ibarra fotografió la entrada y las manchas principales. Dentro habÃa una cama volteada, ropa tirada y más sangre. El olor mezclaba sangre, pelo mojado y humo de copal. Gastelum revisó la ventana trasera y reportó el mosquitero roto desde dentro. Beltrán encontró huellas detrás de la casa. La primera parte marcaba garras y más adelante aparecÃa un talón humano. El rastro salÃa. Beltrán señaló zonas hundidas en la tierra y concluyó que alguien se habÃa ido cargando peso. Ibarra preguntó si podÃa tratarse de un cuerpo y Beltrán respondió que sÃ. Castañeda montó vigilancia sin abrir demasiado la formación. Gastelum tomó una posición alta con
3:12 vista a la calle principal. Navarro quedó cerca de la escuela con la radio. Ibarra instaló ahà su punto médico, y Beltrán, Castañeda y yo cubrimos la salida hacia el monte. Lucio recibió la orden de entrar a su casa y cerrar en cuanto viera movimiento. Pasó más de una hora sin contacto. Las casas permanecÃan cerradas y el pueblo estaba apagado. Después, Gastelum reportó movimiento junto al corral de la familia Cruz. Identificó una figura baja de tamaño grande detenida sobre las patas traseras. Castañeda pidió distancia. Ella calculó unos 50 metros y solicitó autorización para disparar. El teniente ordenó esperar hasta confirmar la amenaza directa. Entonces escuchamos un gruñido desplazándose entre las casas.
4:04 Los perros empezaron a gemir desde dentro. Raspaban puertas, golpeaban paredes y buscaban alejarse de la calle. Luego, algo cayó sobre el techo de la capilla. Gastelum reportó una figura arriba, con extremidades largas, piel oscura, cabeza baja y pelo irregular en la espalda. Castañeda pidió identificación humana. Gastelum respondió que no podÃa confirmarla. La figura saltó a la calle y la vi cruzar por la luz exterior. Era más alta que un hombre. TenÃa las manos casi en el suelo, torso humano, cabeza alargada y ningún rastro de ropa. Se movió directo hacia la casa de Lucio Barrera. Navarro intentó avisar por radio, pero entró interferencia. Ibarra confirmó que su cámara seguÃa grabando y yo quité el seguro de mi fusil.
4:57 Lucio abrió la puerta antes de que llegáramos. TenÃa la escopeta en las manos y Castañeda le ordenó cerrar. Lucio se quedó en la entrada y la figura lo alcanzó. Lo empujó contra la pared, le sujetó el brazo y lo levantó del suelo. Gastelum disparó una vez y el impacto pegó en el hombro izquierdo de la figura. Soltó a Lucio, giró hacia la posición de Gastelum y corrió hacia un callejón. Castañeda ordenó avanzar. Cruzamos la calle con luces rojas en los cascos. Lucio estaba vivo, con el antebrazo abierto y varias costillas dañadas. Ibarra lo revisó y pidió moverlo. El teniente ordenó llevarlo a la escuela porque ahà podÃan atenderlo y protegerlo. Navarro y yo ayudamos a cargarlo.
5:45 Beltrán siguió el rastro de sangre y piel hacia la parte alta del pueblo. En el suelo encontramos sangre oscura, piel desprendida, pelo y una uña curva del tamaño de mi pulgar. Castañeda dejó a Ibarra con Lucio en la escuela. Mantuvo la radio ahÃ. y decidió avanzar hacia la milpa de Eusebio. Navarro se incorporó después de asegurar el enlace con el médico. Subimos por el camino del monte. Beltrán iba al frente, revisaba la tierra y seguÃa sin perder tiempo. El rastro tenÃa sangre en piedras, ramas dobladas y huellas que alternaban garras y apoyo humano. Beltrán informó que Eusebio iba herido, aunque todavÃa se movÃa con fuerza. La casa de Eusebio estaba más arriba, apartada de las demás. Al acercarnos, escuchamos golpes dentro. Castañeda ordenó rodear sin alejarnos. Gastelum cubrió la entrada. Navarro vigiló la vereda. Beltrán y yo quedamos con el teniente frente a la puerta. Castañeda llamó a Eusebio por su nombre y le ordenó salir con las manos visibles. No hubo respuesta, asà que volvió a llamar.
6:58 Desde dentro llegó un arrastre pesado, luego un golpe contra una pared. Gastelum reportó movimiento en la parte trasera, y Castañeda revisó nuestra posición y ordenó entrar. Beltrán empujó la puerta, pero la cadena aguantó desde dentro. Castañeda le disparó al seguro y entramos en fila. HabÃa costales, una mesa, veladoras y restos de animales colgados. Al fondo se escuchaba respiración. Beltrán abrió la puerta interior y encontramos a Eusebio sentado contra la pared. Estaba desnudo, con la herida de bala en el hombro izquierdo y sangre seca en el pecho.
7:38 Y en la mano derecha le faltaba una uña. Respiraba rápido, pero no estaba perdido. Nos miraba atento a nuestras posiciones. Castañeda le ordenó tirarse boca abajo y poner las manos visibles. Eusebio se puso de rodillas, pero mantuvo el torso levantado. El teniente le informó la detención por homicidio y ataques contra población civil. Eusebio respondió que si lo sacábamos vivo, la gente del pueblo lo iba a quemar. Castañeda le dijo que recibirÃa atención médica y quedarÃa bajo custodia. Eusebio contestó que la autoridad ya sabÃa desde antes. Navarro preguntó quién más estaba involucrado, pero Castañeda lo cortó y ordenó esposarlo.
8:23 Beltrán se acercó con bridas plásticas. Cuando tomó el brazo de Eusebio, la piel se tensó de golpe. Vi la espalda moverse bajo la carne, con la columna marcada y los hombros levantados. Eusebio mordió el antebrazo de Beltrán y no soltó. El sargento gritó y trató de sujetarle el cuello. Gastelum entró con el arma arriba y Castañeda le ordenó no disparar. Eusebio le soltó el brazo, golpeó al teniente y lo tiró contra la mesa. Yo disparé dos veces al torso de Eusebio y Navarro disparó casi al mismo tiempo. El cuarto nos reventó los oÃdos. Eusebio retrocedió. Escupió sangre y siguió de pie. TenÃa los caninos expuestos y la mandÃbula torcida. Gastelum disparó al hombro sano. Entonces Eusebio se lanzó contra la ventana y salió rompiendo la madera con el cuerpo. Castañeda se levantó con la ceja abierta. Beltrán tenÃa el antebrazo destrozado y perdÃa sangre rápido. Navarro le puso un torniquete y yo revisé la salida. Afuera habÃa sangre y huellas hacia la barranca. Gastelum dijo que podÃa seguirlo.
9:36 Castañeda decidió avanzar, pero ordenó mantenernos juntos. Beltrán dijo que podÃa caminar, pero el teniente le respondió que caminar no era pelear. Navarro envió un mensaje corto a la base, reportó contacto, heridos y persecución hacia la barranca norte. Bajamos por una vereda estrecha. Beltrán dejaba sangre en varias piedras y respondÃa con menos fuerza cada vez que Castañeda le preguntaba si seguÃa consciente. En la barranca encontramos ropa militar vieja, credenciales, fotos de niños y una libreta de pagos. Navarro revisó una credencial y reconoció el nombre de un soldado desaparecido años atrás. Castañeda la guardó y ordenó seguir. Pero no alcanzamos a movernos y desde el pueblo llegaron disparos. La radio abrió con la voz de Ibarra. Alcancé a oÃr que habÃa movimiento cerca de la escuela y que Lucio estaba convulsionando. Después sonó un golpe, entró estática y la transmisión murió. Castañeda nos ordenó regresar y Gastelum preguntó por Eusebio, pero el teniente respondió que el objetivo ya no estaba solo.
10:49 Subimos información limpia, porque Beltrán iba perdiendo fuerza y Navarro tenÃa que sostenerlo. A medio ascenso se movieron ramas entre los cafetos, Gastelum apuntó, y yo vi dos ojos en la luz roja, bajos, fijos, a poca distancia. La figura no avanzó, se desplazó hacia un costado y esperó. Castañeda ordenó no disparar hasta ver el cuerpo completo. Entonces cayó una cabra detrás de Navarro, abierta del cuello al vientre. Navarro tropezó y cayó sentado. La figura entró al camino. Tomó a Beltrán por el chaleco y lo levantó. Beltrán gritó que disparáramos, pero Gastelum no tenÃa ángulo. Yo tiré a las piernas y una bala pegó en la piedra.
11:37 Castañeda corrió detrás, pero Eusebio arrastró al sargento hasta el borde de la barranca. Ahà lo soltó. Beltrán cayó de lado y se golpeó la cabeza. Eusebio bajó por la pared de tierra usando manos y pies, llegó al fondo y desapareció. Castañeda quiso bajar, pero Gastelum le dijo que, si seguÃamos a Eusebio, dejábamos el pueblo y al médico sin defensa. El teniente miró la barranca, luego a Beltrán, que respiraba sin responder, asà que nos ordenó levantarlo y regresar. Entramos a San Isidro con Beltrán cargado entre Navarro y yo.
12:17 El pueblo estaba despierto, pero nadie salÃa. La escuela tenÃa la entrada abierta, Ibarra estaba tirado junto al portón, con la cámara rota y una mano sobre la garganta. TenÃa pulso débil y Lucio estaba adentro, amarrado a una mesa con vendas. La herida se le habÃa abierto más y respiraba con dificultad. Navarro corrió hacia la radio de la camioneta y Castañeda le ordenó pedir extracción, ambulancia y refuerzo armado. Base confirmó recepción después de varios intentos, y avisó que el camino estaba bloqueado por un deslave. Castañeda dio coordenadas y número de heridos. Quedábamos cuatro en condiciones de pelear.
13:02 Beltrán estaba inconsciente, Ibarra apenas respiraba, y Lucio seguÃa vivo, aunque no podÃa hablar. Castañeda estaba herido, pero se mantenÃa en mando. Cerramos ventanas, apagamos las luces interiores y dejamos una lámpara en el patio. Gastelum subió a la parte alta. Navarro quedó con la radio. Yo cubrà la entrada y Castañeda revisó a los heridos. Lucio recuperó la voz poco después y pidió agua. Castañeda le dio un trago y le exigió nombres. Lucio habló cortado. Dijo que Eusebio no trabajaba solo, que algunos le pagaban con animales, dinero y favores.
13:43 El teniente le preguntó si él también participaba. Lucio bajó la cabeza y dijo que sÃ. Después aclaró que nunca pidió niños. Gastelum informó que habÃa dos figuras cerca de la capilla. Una avanzaba en cuatro puntos de apoyo y la otra caminaba erguida. Y Navarro guardó la tarjeta dañada de Ibarra. La primera figura cruzó la calle. Era Eusebio. Lo reconocà por el hombro hundido y la herida de bala. TenÃa el torso bajo, los brazos largos y la cabeza ladeada. La segunda figura quedó junto al pozo. Era una mujer anciana. Castellum dijo que era Doña Teresa, la partera del pueblo.
14:26 La habÃa visto al llegar. Ahora estaba de pie, sin lámpara, mirando hacia la escuela. Castañeda le ordenó por altavoz que se tirara al suelo, pero Doña Teresa no obedeció. Levantó una mano y señaló la puerta. Lucio empezó a respirar más rápido, con el pecho trabado, y dijo que ella no venÃa a negociar. El teniente le preguntó cuántos eran. Lucio respondió que no lo sabÃa. Entonces Castañeda lo sujetó por el chaleco y le exigió una respuesta clara. Lucio dijo que habÃa otros en ranchos cercanos y que algunos no cambiaban completo. Eusebio corrió hacia la escuela y Gastelum disparó dos veces desde la parte alta. Una bala le pegó en la espalda y otra en la cadera. Eusebio cayó, rodó sobre la calle y volvió a levantarse. Yo disparé cuando entró en la luz del patio y le pegué en el pecho, y Castañeda disparó casi al mismo tiempo.
15:26 Eusebio chocó contra la puerta y metió un brazo por el espacio que quedaba entre los muebles usados como barrera. TenÃa tres dedos firmes y dos rotos. Jaló con fuerza. Yo avancé medio paso y disparé a menos de dos metros. Esta vez cayó hacia atrás y Gastelum remató con un disparo a la cabeza. y Eusebio dejó de moverse. Doña Teresa seguÃa junto al pozo y miraba la puerta. Castañeda ordenó no gastar munición. Entonces escuchamos golpes en la parte trasera, y otro cuerpo empujaba una ventana. Navarro avisó que habÃa movimiento por el lado norte. Giré y vi dedos entrando por una rendija. Eran dedos humanos, con uñas normales. Después, la mano se dobló hacia atrás y arrancó uno de los seguros. Gastelum bajó de la parte alta, cruzó el aula y disparó hacia esa ventana, y el cuerpo cayó del otro lado. Lucio empezó a convulsionar, y Barra seguÃa tirado, sin fuerza para levantarse, pero abrió los ojos y señaló el brazo mordido de Lucio. La piel alrededor de la herida estaba oscura y dura. Castañeda ordenó amarrarlo con cable eléctrico.
16:43 Lucio recuperó la conciencia por unos segundos y pidió que lo mataran, pero nadie respondió. El teniente dijo que, mientras respirara como hombre, quedaba bajo custodia. Lucio dijo que eso nos iba a matar. La puerta trasera cedió minutos después. Entró una figura baja, cubierta de pelo gris, con ropa de mujer desgarrada. Gastelum disparó primero. Yo disparé después. La figura cayó sobre unas bancas, pero alcanzó a morder la pierna de Navarro. Navarro le pegó el cañón al cuello y disparó. La sangre alcanzó el pizarrón y el equipo de radio. El aparato siguió encendido, aunque la bocina quedó muda.
17:26 Navarro gritó por la mordida y Castañeda lo arrastró lejos de la puerta y le ordenó presionar la herida. Gastelum revisó munición y le quedaba un cargador. A mà me quedaban once cartuchos. Afuera se oÃan pasos alrededor de la escuela, sobre grava, tierra y madera suelta, y por el sonido al menos tres cuerpos se movÃan cerca. Antes del amanecer llegó la primera camioneta de apoyo, pero no avanzó hasta la escuela. Se quedó al final de la calle con los reflectores encendidos, porque el conductor vio los cuerpos. La luz alcanzó el pozo y doña Teresa seguÃa ahÃ. Cuando quedó iluminada, se cubrió la cara y caminó hacia la capilla.
18:11 Gastelum pidió permiso para disparar, pero Castañeda tardó un segundo en responder. Y ese segundo bastó. La mujer entró por una puerta lateral y desapareció. Los refuerzos avanzaron con armas largas. Eran ocho soldados preparados para un ataque armado común. Castañeda salió primero, con las manos visibles para evitar fuego cruzado. Les ordenó asegurar el perÃmetro y evacuar heridos. Nadie persiguió a Doña Teresa porque estaban sacando a Beltrán, Ibarra, Navarro y Lucio. También habÃa dos cuerpos dentro de la escuela y uno frente a la entrada. Eusebio quedó en la calle, con el cráneo abierto por el disparo de Gastelum. La figura de pelo gris quedó dentro del aula. Cuando un soldado le apartó el pelo de la cara, reconocimos a la madre de una de las niñas muertas. El mando llegó cuando ya habÃa luz. Acordonaron el pueblo y recogieron cuerpos, muestras, casquillos, ropa, pieles y la tarjeta de la cámara de Ibarra. Nos separaron para declarar y no nos dejaron hablar entre nosotros por horas. En mi declaración mencioné huellas mixtas, cambios fÃsicos durante la detención de Eusebio, ataques coordinados. resistencia anormal a los disparos y participación de habitantes del pueblo. El capitán jurÃdico escribió todo, pero me pidió repetir varias partes con otros términos. Donde dije Nahual, puso agresor no identificado. Donde
19:43 dije transformación, puso alteración fÃsica extrema. Donde dije coordinación entre varios, puso un posible grupo criminal. Beltrán perdió el brazo por infección. Navarro conservó la pierna, pero no volvió a campo. Ibarra vivió y entregó la tarjeta. Después supe que el archivo estaba cortado desde el golpe en la escuela. Lucio murió esposado durante el traslado. El reporte dijo paro respiratorio y no mencionó la mordida. San Isidro, el alto, quedó vacÃo durante meses. Algunas familias regresaron después y otras se fueron para siempre. El ejército abrió una investigación interna y cerró el caso. como operación contra agresores rurales no identificados. Ondonada siguió existiendo con otro nombre. A mà me dieron baja médica en 2021 por insomnio, pérdida auditiva y reacción de estrés.
20:41 Guardé una copia de mi declaración original y una fotografÃa de la credencial del soldado desaparecido que encontramos en la barranca. Esa credencial tampoco apareció en el reporte final. Entramos seis personas a un pueblo para detener a un hombre. Encontramos a varios involucrados y salimos con dos compañeros dañados de por vida. Un médico herido, varios muertos y pruebas fuera del expediente oficial. El teniente Castañeda me llamó casi un año después. Dijo que habÃan encontrado marcas iguales en otro rancho, a 40 kilómetros. También dijo que el mando no iba a reabrir nada con la palabra Nahual. Le pregunté qué iba a hacer. Respondió que seguirÃa escribiendo partes, aunque los cambiaran después.
21:30 Luego colgó. Esa fue la última vez que hablé con alguien de hondonada. Me llamó Mateo Armenta y recuerdo que cuando pasó lo de El BajÃo del Ãlamo, yo era cabo en una unidad enviada al sur de Sonora como apoyo. El parte oficial habló de presencia preventiva y búsqueda de un menor. Pero, entre nosotros, la operación quedó registrada como Noria Seca. Por la Noria, donde habÃan dejado animales muertos, ropa de niño y mensajes contra varias familias. Llegamos por la tarde, en tres vehÃculos, con 12 militares, un médico militar, dos agentes estatales y el comisario municipal. El comisario se llamaba Carlos Arbizu. Subió con nosotros desde la carretera y explicó que varias familias llevaban semanas encerrándose antes de que oscureciera.
22:29 Las madres ya no dejaban salir solos a los niños. Algunos hombres dormÃan por turno cerca de los corrales. Y la gente hablaba de mujeres que bajaban del cerro, marcaban puertas y dejaban animales muertos para obligar a todos a obedecer. El capitán segundo, Héctor Salgado, pidió hechos, no rumores. Arvizu habló de siete animales encontrados abiertos, marcas de ceniza en puertas, papeles con amenazas y la desaparición de Julián Siqueiros, de 16 años. Julián habÃa salido a llevar agua a un rancho y no regresó. Su familia lo buscó con vecinos, después avisó a la autoridad local y el reporte formal llegó tarde porque nadie querÃa quedar señalado frente al grupo que vigilaba el pueblo. Ocupamos la escuela para recibir reportes y ordenar la salida. El director entregó las llaves y se quedó cerca del portón. No armamos una base, solo usamos el patio para escuchar a la gente y revisar lo que traÃan.
23:34 Llegaron vecinos con papeles doblados, fotos tomadas con celular y datos incompletos. Casi todos pidieron hablar aparte, y el capitán los recibió uno por uno sin permitir que los demás escucharan. Una mujer mayor dio el primer dato útil. Se llamaba Ramona Duarte. HabÃa visto a dos mujeres cerca del corral de su hijo, una con un radio pequeño en la mano y otra llevaba sujetas botas de hombre en las manos. El capitán le pidió repetir lo del radio y ella sostuvo el dato. También mencionó que esas mujeres conocÃan entradas, patios y horarios. Eso nos dio una lÃnea clara. El caso dejó de ser solo miedo de pueblo y pasó a ser una operación contra personas que se movÃan con información, señales y vigilancia. El capitán ordenó revisar la noria, los corrales afectados y dos casas vacÃas que los vecinos señalaron.
24:33 La instrucción fue encontrar a Julián, cortar el control que ese grupo tenÃa sobre la gente y detener a quien estuviera armado. Nadie recibió orden de perseguir brujas, Ese nombre lo usaban los habitantes, pero nuestro trabajo era ubicar personas, armas, rutas y pruebas. La primera puerta marcada pertenecÃa a Ernesto Ochoa, un hombre que vivÃa con su hija y dos nietos. La marca estaba hecha con ceniza y grasa. Ochoa explicó que apareció después de que su hija se negó a entregar comida a unas mujeres en el camino. En los dÃas siguientes oyó pasos cerca del corral. y una mañana encontró una gallina colgada en la cerca. El agente tomó el reporte. El médico fotografió la marca y seguimos hacia la noria. En la noria encontramos restos de animales, una prenda de niño y huellas recientes. HabÃa marcas de sandalias, botas y llantas de motocicleta. El sargento segundo Raúl RÃos siguió el rastro hasta un arroyo seco, donde encontró colillas, bolsas y un casquillo percutido. Eso no bastaba para identificar a nadie, pero confirmaba que el lugar se usaba de manera constante. El capitán cerró el área y pidió que ningún vecino entrara a tocar nada. Al volver a la escuela, llegó MartÃn Cota, un hombre de la zona de parcelas.
26:01 VenÃa golpeado con las muñecas marcadas por cuerda y una cortada en el labio. El médico lo revisó antes de que hablara. Cota contó que tres mujeres y dos hombres... Lo detuvieron cuando regresaba de trabajar. Que una mujer llevaba un cuchillo y que le preguntaron por Julián. También le ordenaron avisar al comisario que nadie debÃa salir de su casa esa noche. No dio nombres, pero señaló el rumbo por donde lo soltaron. El capitán escuchó el relato completo. Después pidió al comisario que trajera a vecinos que conocieran casas vacÃas, caminos de rancheros y lugares donde alguien pudiera esconderse.
26:41 Llegaron cinco personas. Una señaló un secadero abandonado al norte del pueblo y aseguró que habÃa visto luces varias noches y que algunas mujeres entraban con bultos. Otra habló de una motocicleta que salÃa de esa zona antes de amanecer. Arbizu conocÃa el lugar, aunque no agregó nada. Esa reserva quedó anotada por uno de los agentes. Salimos hacia el secadero cuando ya era de noche. Dejamos un vehÃculo cerca del pueblo y seguimos a pie el último tramo, sin acercar motores ni encender lámparas. Ãbamos en dos grupos, con radios bajos. Yo iba con el sargento Segundo RÃos y el soldado Rafael Franco. Antes de llegar, escuchamos voces, un golpe contra metal y luego silencio. El capitán ordenó esperar, cerrar los lados y entrar cuando no hubiera movimiento visible.
27:39 El secadero tenÃa dos cuartos y un patio. Encontramos una mesa con radios, libretas, comida reciente y objetos usados para asustar a la gente. No habÃa personas dentro. En una libreta aparecÃan apellidos del pueblo, salidas de familias, casas con niños y rutas hacia los corrales. En otra hoja estaba el apellido Siqueiros, el nombre de Julián y una marca hacia el rancho. Todo estaba escrito con datos reunidos en el pueblo durante varios dÃas. Mientras revisábamos, se oyó un silbido desde el arroyo y después otro desde más lejos. Todos nos quedamos quietos. Entre los mezquites se encendieron tres luces pequeñas y se apagaron. El capitán ordenó asegurar el secadero y avanzar hacia el arroyo, porque el grupo seguÃa cerca.
28:31 En ese momento recordé lo que habÃan dicho los vecinos sobre las brujas y entendà para qué servÃa ese nombre. HacÃa que la gente obedeciera, mientras los responsables seguÃan moviéndose con ventaja. Avanzamos por el arroyo con poca luz, con el capitán segundo salgado al frente y el sargento segundo cerrando por la derecha, mientras el soldado Rafael Franco, un agente estatal y yo seguÃamos el cauce sin abrir lámparas. El médico quedó atrás, listo para moverse si encontrábamos a Julián con vida. La orden era avanzar sin disparar cerca del pueblo, salvo amenaza directa, porque todavÃa no sabÃamos cuántas personas podÃan estar escondidas entre corrales y parcelas. A medio camino encontramos un cable amarrado entre dos arbustos, unido a latas con piedras. RÃos lo vio primero y levantó la mano.
29:28 Nadie habló. Rodeamos la alarma y seguimos hasta una curva del arroyo, donde vimos un fuego bajo cubierto con piedras. HabÃa seis personas alrededor, cuatro mujeres y dos hombres. Una mujer traÃa un radio, otra sostenÃa un cuchillo, y los hombres movÃan costales junto a una camilla de palos, cubierta con una cobija, que se movió apenas la alumbró el agente. Salgado se identificó y ordenó soltar todo. Uno de los hombres corrió hacia una motocicleta, pero el agente lo alcanzó antes de que pudiera arrancarla. Cayó de lado y soltó un costal con teléfonos, pilas y cargadores. La mujer del cuchillo avanzó dos pasos, recibió otra orden y bajó el brazo.
30:15 No soltó el arma, la dejó caer cerca de su bota y trató de moverla con el pie, pero Franco la encañonó. RÃos entró por el costado y la tiró al suelo sin disparar. Debajo de la cobija estaba Julián Siqueiros. TenÃa las muñecas amarradas, la boca vendada y los labios secos. El médico llegó al claro, le quitó la venda y le pidió respirar despacio. Julián quiso hablar antes de tomar agua, pero no le salÃa la voz completa. Alcanzó a decir que habÃa otro niño en una mina y que la mujer que mandaba se llamaba Micaela Robles. El médico cortó las preguntas, le puso suero y ordenó sacarlo. Los detenidos se quedaron en silencio. Una mujer lloraba, otra miraba al suelo y el hombre de la motocicleta insultó a la gente hasta que Salgado le ordenó callarse. En el claro encontramos radios, teléfonos, libretas y fotografÃas de casas. También habÃa nombres de familias, horarios de salida y notas sobre quién vivÃa solo, quién tenÃa hijos y quién guardaba animales. Esa información explicaba la presión sobre el pueblo. porque vigilaban a la gente y usaban esos datos para amenazarla. Cuando el comisario Carlos Arbizu escuchó el nombre de Micaela por radio, tardó en responder. Luego identificó a Micaela Robles, una mujer que habÃa vivido en el BajÃo del Ãlamo, hasta dos años antes, y mencionó que su marido fue encontrado muerto
31:47 en un canal. También aceptó que ella habÃa acusado a varias familias de ocultar al responsable. Salgado le preguntó por qué no lo mencionó desde el inicio. Arbizu respondió que no tenÃa pruebas. El capitán no discutió, solo le ordenó mantenerse disponible y no acercarse a los detenidos. El apoyo venÃa en camino, pero la mina quedaba cerca y habÃa un niño retenido. Salgado decidió avanzar con los elementos disponibles. Julián salió hacia la escuela con el médico, dos soldados y el agente que custodiaba a los primeros detenidos. Nosotros seguimos con RÃos, Franco, otro agente estatal y el comisario.
32:29 El camino subÃa por una ruta de rancheros. Nadie habló durante el ascenso. Franco caminaba rápido, con las manos firmes en el arma, y cada pocos metros revisaba el frente y los lados. Antes de llegar a la mina, vimos movimiento entre las rocas. Un niño caminaba con las manos atadas. Detrás iba una mujer con botas y una lámpara. A un lado iba un hombre con escopeta. Salgado ordenó alto y exigió que soltaran al menor. Ella giró la cabeza, jaló al niño por el hombro y lo puso delante de su cuerpo. El hombre levantó la escopeta. Salgado volvió a ordenar que bajara el arma. El hombre movió el cañón hacia el capitán y RÃos disparó una vez. El impacto lo tiró sobre las piedras con la escopeta lejos de la mano. El niño cayó de rodillas cuando Micaela lo soltó. Corrà hacia él, lo tomé del chaleco y lo llevé detrás de una roca. TenÃa sangre seca en la nariz, respiraba rápido y repetÃa su nombre, Samuel. Micaela corrió hacia la entrada de la mina. Dos mujeres salieron desde un costado. Una lanzó una botella que se rompió cerca de Franco y otra lo alcanzó en el brazo con una herramienta corta. Franco cayó de rodillas y apretó la herida. RÃos le colocó un torniquete provisional y le ordenó quedarse detrás de cobertura. El soldado obedeció, aunque seguÃa
34:01 mirando hacia la entrada. Las dos mujeres fueron reducidas. Una quedó golpeada por la caÃda. La otra gritó que el pueblo habÃa matado primero. Salgado no respondió y ordenó sacar al niño, asegurar a las detenidas y revisar la entrada. Desde adentro salÃan voces y humo. Alguien estaba quemando papeles o ropa. Entramos cuatro con lámparas bajas y pañuelos sobre la boca, mientras RÃo se quedaba afuera con Franco, Samuel y los detenidos. Dentro de la mina habÃa colchonetas, comida, radios y libretas. En una pared colgaban prendas de niños y fotos de casas. Esos objetos eran parte de las amenazas.
34:44 Al fondo vimos una salida estrecha. Micaela iba de espaldas intentando pasar por ahÃ. Salgado le ordenó detenerse y ella siguió avanzando. Pisó una tabla floja y cayó sobre piedras. Bajamos con cuidado. Micaela estaba consciente, con una pierna lesionada y un radio apretado en la mano. Salgado se lo quitó y le informó que quedaba detenida. Ella pidió ver al comisario. El capitán respondió que primero saldrÃa viva y bajo custodia. Micaela cerró la boca, apretó los dientes y miró hacia la entrada. Afuera, Samuel ya estaba lejos de ella.
35:25 Franco seguÃa sangrando y RÃos pedÃa apoyo por radio. Sacamos a Micaela Robles de la mina cuando empezaba a aclarar. No caminó. El sargento segundo RÃos y otro soldado la cargaron en una camilla improvisada con la pierna sujeta con vendas y dos tablas. Ella apretaba la mandÃbula mientras bajábamos. Carlos Arbizu la escuchó desde un lado, sin acercarse. El capitán Salgado le ordenó mantenerse apartado de detenidos y testigos, porque su nombre habÃa salido en dos declaraciones y faltaba revisar lo que no informó desde el principio. En la escuela reunieron a Julián Siqueiros y a Samuel para atención médica inicial. Julián estaba débil, con la garganta lastimada por la venda y las muñecas marcadas. Su madre llegó acompañada por dos vecinos, quiso abrazarlo de inmediato, pero el médico le pidió espacio para terminar la revisión. Ella obedeció, se quedó junto a la camilla y puso una mano sobre el pie de su hijo. Samuel pidió agua, preguntó por su perro y luego guardó silencio. Se sentó cerca de la puerta, con las manos sobre las rodillas, sin mirar a Micaela cuando la pasaron frente al patio. El pueblo salió poco a poco. Algunas personas fueron a la escuela, otras regresaron a sus casas marcadas. Los agentes estatales pidieron que nadie limpiara puertas ni moviera objetos hasta que llegaran peritos,
36:58 pero varios vecinos no obedecieron. Un hombre dijo que su familia ya habÃa visto esa marca demasiados dÃas. Una mujer lavó la entrada de su casa, mientras sus nietos esperaban adentro. No habÃa personal suficiente para cuidar cada puerta, cada corral y cada camino. Salgado reunió a los vecinos en la cancha y les habló de forma breve. Informó que habÃa personas detenidas, dos menores recuperados, un soldado herido y un hombre muerto. Después de apuntar con una escopeta durante la intervención, también ordenó reportar cualquier amenaza nueva y prohibió buscar venganza por cuenta propia. Varias personas hablaron de Arbizu. Una mujer aseguró que reportó las marcas dos veces. Un comerciante dijo que entregó dinero después de recibir amenazas y que el comisario le recomendó no provocar a esas mujeres. Arbizu intentó responder, pero Salgado lo retiró de la reunión y lo dejó bajo resguardo de los agentes. Más tarde revisaron los teléfonos asegurados.
38:03 HabÃa mensajes enviados a vecinos, fotografÃas tomadas desde caminos y audios con instrucciones. En uno se ordenaba vigilar la casa de Julián porque su padre habÃa buscado ayuda fuera del pueblo. En otro aparecÃan nombres de comerciantes y cantidades de dinero. Los agentes aclararon que todo debÃa pasar por peritaje, pero varios datos coincidÃan con declaraciones tomadas esa mañana. La revisión de la mina quedó a cargo de peritos y estatales. Encontraron libretas, radios, bolsas con ropa, altares al diablo, libros de brujerÃa y una lista con rutas hacia rancherÃas cercanas.
38:44 El BajÃo del Ãlamo no era el único punto vigilado. El grupo tenÃa contactos, lugares de reunión y caminos para moverse sin usar la carretera principal. Rafael Franco fue trasladado al hospital con una herida profunda en el brazo. Antes de subir a la ambulancia, pidió su casco. Yo lo recogà del suelo y se lo entregué al camillero. TenÃa una grieta por el golpe de la botella. Franco no miró a nadie cuando le acomodaron el brazo. Solo preguntó por Samuel. Le dije que el niño estaba vivo y en la escuela. Asintió, cerró los ojos y dejó que lo subieran. El hombre que murió en la mina fue identificado por uno de los agentes. TenÃa antecedentes por robo y amenazas. Una de las mujeres detenidas era hermana de Micaela, y otra tenÃa parentesco polÃtico con una familia del pueblo.
39:38 El hombre de la motocicleta habÃa trabajado en ranchos de la zona. Ninguno era extraño para la comunidad. Durante semanas habÃan entrado a tiendas, habÃan pasado frente a casas y habÃan escuchado conversaciones. Por la tarde, el mando ordenó que una parte de la unidad permaneciera en el lugar y otra saliera con detenidos y evidencia. Yo fui en el primer convoy. Antes de salir del pueblo, los peritos terminaron de revisar la mina y el cuarto bajo, que estaba detrás del altar. Ahà encontraron velas negras, frascos con cabello, ropa de niño, pedazos de uñas envueltos en papel, fotografÃas clavadas con espinas y una figura de barro con cuernos, puesta sobre una mesa de piedra. Alrededor habÃa cruces invertidas, cÃrculos hechos con ceniza y manchas secas sobre el piso.
40:30 En una esquina habÃa tres platos con restos de comida podrida, huesos pequeños y listones rojos amarrados con nudos. El médico revisó a Julián y a Samuel otra vez. Ambos tenÃan raspaduras en las rodillas, marcas de cuerda en las muñecas y quemaduras pequeñas en los dedos. Samuel dijo que lo habÃan sentado frente al altar con los ojos vendados, mientras varias mujeres rezaban al revés y le pasaban humo por la cara. Julián habló menos, solo dijo que lo obligaron a tocar la figura de barro y que una mujer le puso algo amargo en la lengua. Después señaló una parte de la mina donde la tierra estaba removida. Los agentes cavaron ahà y sacaron una camisa infantil, una cinta roja, tres dientes pequeños y una bolsa amarrada con hilo negro.
41:21 El sargento Segundo RÃos pidió que nadie se acercara más de lo necesario. El capitán segundo Salgado ordenó fotografiar todo antes de moverlo. Micaela Robles estaba sentada afuera, esposada, con la pierna inmovilizada, cuando vio que sacaban la bolsa bajo la cabeza y empezó a mover los labios sin hacer ruido. El parte cerró con dos menores recuperados, varias detenidas, un soldado herido y evidencia de rituales contra niños. Pero eso no dejó tranquilo a nadie. La mina quedó asegurada. la noria clausurada, y el pueblo volvió a cerrar sus puertas antes de que oscureciera. Nosotros salimos con las pruebas y con los heridos, pero no con una explicación completa. Yo vi lo que sacaron de aquel cuarto, vi a los niños temblar cuando nombraban el altar, y vi a Micaela mover la boca sin voz cuando desenterraron la bolsa. Por eso nunca dije que la operación terminó bien. Solo dije que salimos vivos y que, en el bajÃo del álamo, las brujas no eran un rumor. Mi nombre quedó fuera del parte final, pero yo estuve ahÃ, de servicio, la noche en que llevaron a Aurelio Mendoza a la base de San Pedro de la Sierra. En ese tiempo yo era sargento segundo. La base era pequeña, con dormitorios, comedor, oficinas, armerÃa,
42:56 patio y un área de retención con cuatro celdas. Ãramos 26 elementos en turno, bajo el mando del Capitán Salazar, con un teniente a cargo de la guardia y varios soldados cubriendo accesos. Recuerdo bien la fecha, jueves 14 de septiembre, porque después todos tuvimos que repetirla. El operativo salió por la tarde. La orden era revisar tres caminos al norte del pueblo, donde durante la semana habÃan visto camionetas sin placas cerca del arroyo. Ãbamos a identificar personas, revisar puntos de paso y regresar antes de que la lluvia cerrara el camino. No llevábamos orden de cateo ni perseguÃamos a nadie, solo hacÃamos presencia por instrucciones del mando regional, que habÃa mandado información incompleta sobre gente armada. Aurelio estaba en su casa, cerca del camino viejo. En el pueblo lo conocÃan desde hacÃa años. Algunos lo buscaban para curaciones y otros lo evitaban por miedo. En los reportes aparecÃa vinculado con gente de la región, pero esos datos no estaban confirmados. TenÃa más de 60 años, era bajo, flaco y tenÃa el ojo derecho cubierto por una opacidad blanca. No puso resistencia. Cuando entramos, levantó las manos y esperó a que el capitán hablara.
44:20 Salazar explicó el motivo del traslado, la revisión de sus datos y la espera de instrucciones del mando regional. Aurelio escuchó sin reclamar. Solo pidió que no tocaran una bolsa de cuero que tenÃa colgada dentro de la casa. El capitán mandó asegurarla y registrarla. Dentro habÃa cabello amarrado con hilo rojo, huesos pequeños, tres piedras negras, una moneda vieja y un papel doblado, la bolsa quedó sellada como evidencia y Aurelio la siguió mirando hasta que un soldado la sacó de la casa, durante el traslado no dijo nada, iba sentado entre dos soldados con las manos sujetas al frente, al llegar a la base levantó la cara, miró el portón, la barda, los reflectores y la antena, luego bajó la cabeza y caminó hacia retención, Treviño, que iba cerca de mÃ, comentó en voz baja que el detenido olÃa a tierra mojada y a animal encerrado. El teniente le ordenó guardar silencio.
45:23 Nadie hizo reporte de eso, pero el olor estaba ahÃ, pegado a la ropa de Aurelio y al pasillo por donde lo metimos. Lo ingresamos en la celda número 2. Le quitaron el cinturón, las agujetas y una cuerda de palma que llevaba en la muñeca izquierda. Aurelio preguntó por la bolsa asegurada en su casa. Salazar le dijo que quedarÃa bajo resguardo. Aurelio contestó sin levantar la voz que esa bolsa no era suya, pertenecÃa a los que iban a venir por él. El capitán cerró la celda y dejó la instrucción de mantenerlo vigilado hasta el traslado del dÃa siguiente. La lluvia empezó a cerrar la zona antes de que terminara la revisión por radio. La señal entraba con cortes, pero alcanzaron a confirmar que Aurelio serÃa trasladado al amanecer.
46:15 Salazar firmó la bitácora y ordenó vigilancia doble en retención. Treviño y Duarte quedaron de guardia. Yo estaba asignado al dormitorio norte y a la ronda del patio con apoyo en caso de movimiento dentro de las celdas. Ya de noche, la tormenta entró con fuerza. El agua pasó por algunas puertas y se juntó en el patio. Los reflectores fallaron varias veces y hasta que la luz se fue por completo. La planta de emergencia encendió unos minutos y luego se apagó. El cabo encargado del tablero revisó el cuarto eléctrico y avisó que habÃa agua en la parte trasera. El radio principal quedó sin energÃa y los teléfonos internos dejaron de funcionar.
46:58 Salazar ordenó usar lámparas, cerrar el portón principal y mantener a todos dentro. Cerca de medianoche escuché el primer golpe. venÃa del área de retención fue un impacto duro contra metal demasiado fuerte para una patada después vino otro más pesado treviño salió del pasillo con una lámpara en la mano caminaba rápido con la cara tensa e informó al teniente que el detenido estaba convulsionando y la puerta de la celda se movÃa con cada sacudida duarte seguÃa adentro el capitán reunió a seis elementos y Me incluyó porque yo conocÃa el área y tenÃa la llave exterior del pasillo.
47:41 Entramos en fila, con lámparas y armas listas. El piso estaba mojado por filtraciones. HabÃa olor a orina, óxido y pelo quemado. Al acercarnos a la celda 2, escuchamos una respiración grave, continua. Duarte estaba pegado a la pared frente a las celdas, con la lámpara apuntando al piso. Salazar le pidió el reporte. Duarte apenas pudo hablar. Aurelio se habÃa caÃdo de la litera, luego se habÃa doblado hacia atrás, los brazos le habÃan tronado y el cuerpo le habÃa empezado a cambiar. El capitán le ordenó levantar la lámpara. Duarte obedeció con la mano temblando. Aurelio seguÃa dentro de la celda, pero ya no era el hombre que habÃamos detenido. Estaba encorvado y las piernas dobladas bajo el torso. La ropa se le habÃa roto. Los brazos eran largos, cubiertos de pelo oscuro.
48:39 La piel del pecho se veÃa gruesa, marcada, abierta en partes por sangre fresca. La cara conservaba el ojo blanco, pero la mandÃbula estaba extendida. Respiraba con dificultad y cada respiración le movÃa el cuerpo entero. Nadie disparó. Salazar ordenó mantener posición y no acercarnos a la puerta. La criatura tenÃa una mano puesta sobre los barrotes, cada dedo cerrado alrededor del hierro. En el piso habÃa sangre, tela rota y agua que entraba por la ventana alta. El médico de guardia llegó detrás de nosotros, vio la celda y dijo que no podÃa hacer nada desde afuera, pero que nadie debÃa entrar. La criatura giró la cabeza hacia su voz, apretó los barrotes y golpeó la puerta una sola vez.
49:31 La cerradura se dobló. Duarte cayó sentado cuando la cerradura se dobló. Treviño lo agarró del chaleco y lo levantó, mientras el capitán Salazar nos hizo retroceder hacia el segundo portón. No todos alcanzamos a movernos. La criatura jaló otra vez los barrotes. La puerta de la celda se abrió hacia afuera y el marco quedó torcido. El teniente disparó primero. El tiro pegó en el hombro derecho y dejó una marca corta sin detenerla. Después dispararon otros tres elementos. Algunas balas rebotaron en las partes duras del cuerpo, otras entraron poco y soltaron sangre oscura, pero la criatura bajó la cabeza y avanzó. No corrÃa dentro del pasillo, se impulsaba con los brazos, empujaba con los hombros y arrastraba las piernas, pero ocupaba casi todo el ancho y nos obligaba a retroceder de frente. Salazar gritó que saliéramos al patio. El médico tropezó cerca de la reja exterior y lo levanté por el cinturón. Detrás de nosotros, Duarte quedó atrapado entre la puerta vencida y la pared. La criatura le tomó una pierna y lo jaló hacia adentro. Escuché el golpe de su casco contra el muro. Duarte gritó dos veces.
50:48 Luego solo quedaron la tormenta, los disparos y esa respiración pesada que venÃa desde la celda. Cerramos el portón exterior de retención. Era una puerta fuerte, pero empezó a moverse desde el primer golpe. Cuatro soldados la sostuvieron con el cuerpo y Salazar pidió una barra del taller para trabarla. Mientras buscaban la barra, escuchamos que la criatura rompÃa las otras celdas. En la 1 y en la 3 habÃa dos detenidos por faltas menores. Ambos pedÃan ayuda y golpeaban los barrotes. Uno lloraba, el otro insultaba a todos, pero ninguno podÃa abrir desde dentro. El sistema de apertura no funcionaba sin energÃa.
51:30 Las llaves manuales estaban en el cuarto de guardia, dentro del pasillo lateral. Y Salazar no quiso usar humo, porque todavÃa habÃa personas vivas en retención. Me mandó con treviño por las llaves. Avanzamos por el corredor administrativo con una sola lámpara. El agua entraba por las ventanas y el piso estaba resbaloso. Caminamos pegados a la pared sin hablar, oyendo los golpes detrás de nosotros. Al llegar al archivo, vimos la puerta lateral abierta. La cerradura estaba reventada desde dentro y entramos al cuarto de guardia. La mesa estaba volcada. Las llaves seguÃan en el tablero, pero la bolsa asegurada en la casa de Aurelio ya no estaba en el cajón de evidencias. La caja metálica estaba abierta y la etiqueta rota. Treviño revisó el cajón con la lámpara. Luego me miró y negó con la cabeza. Nadie tenÃa autorización para tocar esa bolsa. Tomé las llaves. Al salir, vimos sangre fresca cerca del archivo y marcas de dedos en la pared, altas, profundas, hundidas en el yeso. Regresamos al patio y el portón de retención ya estaba vencido por la parte superior. Salazar tomó las llaves y entró con dos soldados para sacar al detenido de la celda 1. Yo me quedé afuera con Treviño, sosteniendo la lámpara hacia la entrada.
52:55 La puerta se abrió unos segundos después. El detenido salió con las manos arriba, mojado de sudor y lluvia. Alcanzó a decir que la criatura habÃa abierto la celda 3 con las manos. y que el otro detenido estaba tirado en el suelo Salazar ordenó la salida inmediata en ese momento la criatura cayó desde las vigas encima del soldado Robles habÃa trepado por los marcos de las celdas y se habÃa sostenido arriba fuera de la luz no corrÃa pero los brazos le daban alcance en el pasillo y le permitÃan moverse por donde no esperábamos Robles disparó desde el suelo hasta vaciar el cargador La criatura lo aplastó con un antebrazo y golpeó al capitán en el costado. Salazar salió contra la pared y cayó al piso con la boca abierta, sin aire. Treviño y yo entramos para sacarlo.
53:51 El teniente cubrió la retirada con disparos cortos dirigidos a la cara. Uno pegó cerca del ojo blanco y la criatura retrocedió por primera vez. Se cubrió con el brazo y rugió. La lámina del techo vibró sobre nosotros. Jalamos al capitán por el chaleco cruzamos el portón y lo arrastramos hasta el patio tenÃa sangre en la boca respiraba mal y no podÃa ponerse de pie pero siguió dando instrucciones con la voz baja mandó cerrar el comedor juntar munición y mover a los heridos el detenido de la celda 1 quedó sentado junto a la pared con las manos visibles nadie le prestó atención hasta que empezó a repetir que debÃamos devolver la bolsa Salazar le preguntó qué sabÃa.
54:39 El hombre respondió directo. Aurelio habÃa curado a su hijo años atrás. La bolsa era un llamado y otros vendrÃan por ella. El teniente le ordenó callarse y el capitán no mandó buscar la bolsa. Miró hacia retención, luego hacia el portón principal y pidió que prepararan la salida de la base. Antes de mover a los heridos, el cabo López llegó desde la caseta. TraÃa el uniforme empapado y la lámpara golpeada. Informó que habÃa movimiento fuera de la barda junto al portón. El teniente subió al techo del comedor para mirar. Yo lo seguà hasta la escalera. Desde arriba vimos el camino oscuro, el portón cerrado y dos animales en el barro. Estaban en cuatro patas, con el lomo a la altura de la cintura de un hombre.
55:30 Uno llevaba algo colgando del hocico. Un relámpago iluminó la entrada y reconocà la bolsa perdida. El teniente bajó sin discutir y le informó a Salazar que habÃa presencia afuera y que el portón estaba comprometido. El capitán estaba sentado contra la pared, con el médico presionándole el costado con gazas. Ordenó que nadie saliera solo y que se preparara la camioneta blindada. López tomó a dos soldados y salió hacia el área de vehÃculos, mientras nosotros cerrábamos el comedor por dentro y repartÃamos los cargadores que quedaban. La criatura entró al edificio administrativo poco después. La oÃmos romper muebles, tirar archiveros y reventar vidrios, mientras nosotros cerrábamos el comedor desde dentro.
56:19 Se detenÃa unos segundos, escuchaba las voces y volvÃa a moverse. El teniente ordenó apagar las lámparas. Quedamos con la luz de los relámpagos entrando por las ventanas y con Salazar herido en el suelo, el médico militar a su lado, soldados cubriendo accesos, un detenido contra la pared y dos hombres graves detrás de las mesas. Bloqueamos la puerta principal con mesas y la entrada de la cocina con los refrigeradores que pudimos mover. Necesitábamos tiempo para acomodar a los heridos y repartir cargadores. El capitán pidió un radio portátil, pero solo entró estática. El médico quiso volver a retención para revisar al soldado Robles, pero el teniente se lo prohibió.
57:05 No habÃa ruta segura ni personal para cubrirlo. Desde el área de vehÃculos llegaron tres ráfagas cortas. Después escuchamos un grito, el motor de la camioneta blindada y un golpe fuerte contra el metal. La camioneta avanzó poco y se apagó. López entró por el radio portátil. Su voz llegó cortada, pero clara en lo principal. HabÃa otra cosa debajo del vehÃculo. Luego se perdió la señal. Salazar miró al teniente y le ordenó asumir el mando, si él perdÃa el conocimiento. El teniente asintió, revisó su cargador y mandó cubrir las ventanas. La criatura llegó al comedor después. Primero vimos los dedos sobre el marco de una ventana. Luego arrancó una barra, después otra, hasta abrir espacio suficiente para meter la cabeza.
57:57 Nadie disparó antes de verla completa. El teniente dio la orden cuando el ojo blanco apareció bajo la luz del relámpago. Todos apuntamos a la cara. Las balas le abrieron cortes cerca de la boca y del ojo y la obligaron a retroceder. TenÃa sangre oscura en el hocico, en el pecho y en los brazos, pero las partes gruesas del cuerpo seguÃan resistiendo los tiros. Salazar, desde el suelo, ordenó concentrar fuego en las zonas blandas. La orden funcionó unos segundos. La criatura dejó la ventana y se movió hacia la cocina. Sentimos el primer golpe en los refrigeradores. Dos soldados se empujaron desde dentro con los pies resbalando en el piso mojado.
58:40 El segundo golpe los tiró hacia atrás y abrió la entrada. La criatura metió medio cuerpo por el marco, trabada por los hombros. El teniente se acercó demasiado para disparar a la cara. pero la mano de la criatura le pegó en el pecho y lo lanzó contra la estufa. Cayó al piso y no volvió a levantarse. Treviño tomó el arma del teniente y siguió disparando desde una esquina. Yo ayudé al médico a arrastrar a uno de los heridos detrás de una mesa, mientras el detenido se cubrÃa la cabeza con los brazos y repetÃa que afuera habÃa más. Entonces golpearon el portón principal. Fueron impactos fuertes, separados, con metal doblándose en cada uno. El ruido venÃa del acceso por donde López habÃa reportado a los animales. Nadie preguntó qué pasaba afuera, pues ya lo habÃamos visto desde el techo.
59:34 Salazar señaló la cocina y ordenó abrir la llave del gas. El médico respondió que eso podÃa matarnos a todos. El capitán repitió la orden con la voz baja. y dijo que la criatura ya estaba adentro mientras afuera golpeaban el portón. Yo fui hasta la válvula principal. Me temblaba la mano izquierda, pero pude girarla. El olor a gas llenó la cocina. Treviño mantuvo la lámpara sobre la cara de la criatura, y el capitán mandó a todos al piso y pidió cubrirse la cara. Treviño disparó hacia la entrada de la cocina. La explosión levantó mesas, rompió ventanas y nos dejó sin escuchar durante varios segundos. Sentà calor en la espalda, presión en los oÃdos y polvo en la boca. Cuando pude moverme, vi el comedor abierto hacia la cocina. HabÃa fuego en papeles, uniformes y cortinas. La criatura estaba tirada entre la cocina y el patio, con parte del cuerpo quemado. TodavÃa movÃa una mano y el ojo blanco seguÃa abierto. Nadie se acercó.
1:00:42 El capitán ya no podÃa ponerse de pie y el médico revisó al teniente y negó con la cabeza. Treviño estaba en el suelo con la mano derecha destrozada. Me pidió que no lo dejara ahÃ, asà que lo jalé hasta la pared con ayuda de otro soldado. Afuera continuaban los golpes en el portón, pero ya no tenÃamos fuerza para mover heridos, abrir paso ni intentar otra salida. Nos quedamos dentro, con armas apuntando a la cocina y al acceso principal. La lluvia empezó a bajar antes del amanecer. El fuego se apagó en algunas partes y siguió ardiendo en otras. La criatura dejó de moverse, pero nadie fue a confirmarlo. Cuando llegaron los refuerzos, al amanecer encontraron el portón dañado, la camioneta inutilizada y cuerpos dentro de la base.
1:01:34 Los animales que López habÃa visto no estaban. y la bolsa tampoco apareció. De la criatura quedaron restos quemados, sangre seca, uñas negras y un tramo de mandÃbula pegado al piso, pero nada fue presentado como el cuerpo de Aurelio Mendoza. Salazar murió antes de que lo subieran a la ambulancia, y el teniente quedó muerto dentro del comedor. Treviño salió vivo de la base, pero murió tres dÃas después en el hospital. De los 26 elementos en turno, 9 fuimos sacados con vida esa mañana y no todos sobrevivieron a las heridas. El parte oficial habló de motÃn, fuga de gas y ataque armado de un grupo criminal. Yo firmé una declaración más corta porque estaba sedado, quemado y querÃa salir del hospital.
1:02:25 Las pruebas quedaron bajo resguardo militar y nunca volvà a verlas. Aurelio Mendoza entró caminando a la celda 2. esposado y flaco después de medianoche algo con su ojo su voz y la bolsa que habÃamos asegurado abrió las celdas mató a hombres entrenados y salió de una base cerrada durante una tormenta nadie lo presentó ante un juez nadie fue a buscarlo al pueblo y la base de san pedro cerró dos meses después
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