July 13, 2026

La Noche Que Vimos Al Nahual De Milpa Alta - Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 Llegué a San Bartolo en septiembre de 2018 para cumplir mi servicio social como médico pasante. La comunidad quedaba lejos de la cabecera y cuando llovía el camino se volvía difícil. La clínica tenía pocos recursos y cualquier urgencia seria exigía traslado. Juana Santiago, la auxiliar de salud, me ayudaba con las traducciones y conocía a todas las familias. A los pocos días conocí a don Silvano Cruz, había sido autoridad comunal y todavía intervenía en las decisiones importantes. La gente lo saludaba con respeto, pero algunos hablaban más bajo cuando él se acercaba. Vivía cerca del panteón. En una reunión me aconsejó que no saliera solo por las noches. Dijo que cuando faltaba comida en el monte, algunos animales bajaban hasta las casas y convenía dejarlos pasar. Pensé que hablaba de coyotes, pero agregó que en la sierra había animales que no eran lo que mostraban. Juana cambió de tema. A finales de octubre comenzaron los ataques a los corrales. Primero aparecieron dos gallinas muertas, después tres guajolotes y unos días más tarde un borrego joven. Todos tenían mordidas en el cuello y cortes en el cuerpo. Nadie había visto al animal y los perros se escondían después de cada ataque. Mateo García, cuidador de la escuela, decidió pasar la noche junto a

1:35 su corral. Vivía con su hijo Tomás, de 17 años. Tenía una escopeta vieja y dijo que la usaría si el animal regresaba. Esa noche desperté por los golpes, los gritos y el ruido de las gallinas. Salí con una lámpara. Juana estaba frente a su casa y me pidió que volviera a la clínica, pero seguí hasta el corral. Mateo estaba detrás de una pared baja con la escopeta lista, mientras Tomás sostenía otra lámpara. Dentro del corral había un coyote negro, más grande que los que yo había visto. Tenía garras visibles y dientes afilados. Sujetaba una gallina con el hocico y permaneció quieto bajo la luz. Mateo le ordenó a Tomás que retrocediera y disparó. El animal cayó, soltó la gallina y golpeó la malla. La carga le alcanzó la pata trasera izquierda. Se levantó de inmediato con la pata recogida y giró hacia nosotros. Mateo trató de cargar de nuevo, pero el coyote salió del corral y corrió hacia la pared. Tomás dejó caer la lámpara. El segundo disparo pegó en la piedra, así que corrimos hasta la casa de Juana. Entramos y cerramos la puerta. El animal llegó detrás de nosotros, golpeó la madera, arañó la parte baja y empujó dos veces. Juana sostuvo el cerrojo, Mateo apuntó hacia la entrada y Tomás se quedó contra la pared. Después escuchamos al coyote caminar alrededor de la casa hasta que los pasos se alejaron. Esperamos antes de salir.

3:10 Mateo tenía una cortada en la frente y Tomás seguía alterado, aunque ninguno había sufrido mordidas. Volvimos al corral al amanecer. Encontramos varias gallinas muertas, la malla abierta y un rastro de sangre hacia el camino del panteón. Seguimos las manchas hasta una vereda cercana a la casa de Don Silvano. El rastro terminaba junto a su terreno y Mateo dijo que el animal era un nahual. Juana le pidió que guardara silencio y no repitiera la acusación. Yo señalé que un coyote herido podía haber buscado refugio por ese lado. Pero Mateo respondió que el monte quedaba en la dirección contraria.

3:52 Mientras hablábamos, una nieta de Don Silvano llegó a buscarme. Su abuelo se había caído durante la noche y no podía caminar. Tomé el botiquín y fui con Juana, y Mateo nos siguió. Encontramos a Don Silvano acostado, con el tobillo izquierdo envuelto en una camisa. La tela estaba manchada de sangre y había barro junto a la cama. Su esposa explicó que se había caído en el patio, pero no supo decir con qué se había abierto la piel. Al retirar la tela, encontré varios orificios pequeños, inflamación y sangrado. La lesión no correspondía a una caída. Don Silvano aseguró que había pisado un pedazo de metal y luego se había golpeado contra una piedra. Palpé con cuidado y sentí fragmentos duros bajo la piel y Mateo, desde la puerta, recordó que había disparado a la pata izquierda del coyote.

4:48 Don Silvano levantó la cabeza y le ordenó salir, pero Mateo permaneció en su sitio hasta que Juana le pidió que esperara afuera. Limpié la herida y extraje una posta deformada. Don Silvano la observó y cambió su versión. Dijo que días antes había tenido un accidente mientras limpiaba un arma y que la caída había abierto la lesión. Le recomendé ir al hospital para una limpieza completa, una radiografía y antibiótico intravenoso, pero se negó. Le expliqué que la infección podía dañar la articulación y me contestó que aceptaba el riesgo. Luego me preguntó qué había visto durante la noche. Le respondí que había visto un coyote negro herido en la pata trasera izquierda. Don Silvano me sujetó de la muñeca y dijo que mi trabajo consistía en registrar lesiones, no historias.

5:43 Juana le pidió que me soltara. Él mantuvo la mano unos segundos y después la retiró. Antes de salir, anoté que la herida era compatible con proyectiles y que el paciente rechazaba el traslado. Guardé la posta en un frasco. y don Silvano me pidió que se la entregara, pero le expliqué que quedaría con el expediente. En el camino de regreso, Mateo dijo que la prueba estaba en el tobillo, en la posta y en el rastro. Juana respondió que una coincidencia no bastaba para acusar a un hombre y que hablar sin respaldo podía dividir al pueblo. Ese día la noticia corrió por la comunidad y algunas familias encerraron a los niños antes de que oscureciera. Otras reforzaron los corrales.

6:31 Nadie volvió a seguir el rastro ni se acercó a preguntar por la herida de Don Silvano. Regresé a la clínica y guardé el frasco con la posta junto al expediente. Afuera, las familias terminaban de encerrar a sus animales antes de que cayera la noche. Durante los días siguientes, Don Silvano llegó a la clínica apoyado en bastones. El tobillo seguía inflamado, por eso limpiaba la herida, cambiaba la venda y volvía a insistir en el traslado. Me escuchaba y después decía que no iba a salir del pueblo. En la segunda visita encontré otra posta bajo la piel. La retiré con una pinza y la guardé en el mismo frasco. Don Silvano pidió que se la entregara, pero le expliqué que debía conservarla con el expediente, porque sus explicaciones no coincidían.

7:20 Miró el frasco y no volvió a pedirlo. Mateo también empezó a ir y preguntaba por el tobillo y quería saber si las postas podían compararse con las de su escopeta. Le respondí que no teníamos equipo para hacerlo. Después le pedí que dejara de rondar la clínica. Mateo dijo que el problema no estaba entre dos familias, sino en un animal que entraba a los corrales y dejaba sus heridas en un hombre del pueblo. Poco después se convocó una reunión Don Silvano no asistió y Evaristo, su hermano, habló por él. Propuso turnos de vigilancia sin armas y pidió que los niños permanecieran en casa por la noche. Mateo quiso revisar el terreno de Don Silvano, pero varias personas se negaron. Evaristo recordó que había disparado cerca de viviendas y le dijo que otro tiro podía herir a alguien.

8:14 Mateo respondió que el coyote había corrido hacia las casas, pero la discusión no avanzó. Se organizaron las guardias y lo dejaron fuera. Mateo salió antes de que terminara la reunión. Tomás me buscó después y me dijo que su padre conocía historias de animales heridos que al día siguiente dejaban la misma marca en una persona. No dio nombres. Le respondí que un relato no servía como prueba. Pero Tomás dijo que solo quería que el animal dejara de volver. Pasaron tres noches sin ataques. Los perros salieron otra vez y algunas familias dejaron de vigilar los corrales. Mateo reforzó la malla y colocó una trampa de hierro junto al corral.

8:57 Juana le pidió que la retirara porque podía atrapar a un perro, a un niño o a cualquier persona que cruzara de noche. Pero Mateo cubrió el mecanismo con tierra y dejó una gallina muerta como cebo. La noche siguiente desperté por los ladridos y por un golpe de metal. Salí con el botiquín y encontré a Juana en el camino y desde el corral llegaba un gruñido continuo. La trampa había sido arrastrada hasta la vereda. El coyote negro estaba detrás de unos magueyes con la pata delantera derecha atrapada y todavía cojeaba de la pata trasera izquierda. Mordía el hierro, tiraba de la cadena y arañaba la tierra con las garras libres. Tenía sangre en el hocico. Mateo llegó con un machete seguido por Tomás. Juana pidió que esperáramos hasta el amanecer, pero Mateo respondió que la cadena podía soltarse. Le pedí que no se acercara, pues el coyote estaba herido y podía lanzarse contra cualquiera que entrara en su alcance. Mateo avanzó. Levantó el machete y golpeó el lado izquierdo del hocico. El animal cayó, se incorporó y tiró con todo el cuerpo. La piedra que sujetaba la cadena se movió y Mateo volvió a golpearlo, esta vez en el hombro derecho, pero la cadena se soltó y el coyote avanzó con la trampa sujeta a la pata.

10:22 Mateo retrocedió, pero Tomás quedó junto a la vereda. El animal saltó sobre él y lo derribó. Tomás levantó los brazos para cubrirse la cara, pero el coyote le mordió el antebrazo derecho y después le pasó las garras por el costado y el abdomen. Mateo golpeó al animal una vez más y el coyote soltó a Tomás. Se apartó y desapareció por la vereda, todavía arrastrando la trampa. Juan apresionó las heridas del abdomen con su reboso. Me arrodillé junto a Tomás y revisé la respiración, el pulso y el sangrado. Estaba consciente, pero respiraba rápido y tenía la piel fría. La mordida le había dañado el brazo, y en el abdomen tenía cuatro cortes largos. Uno era profundo y seguía sangrando. No podía determinar ahí si alguna garra había alcanzado un órgano. Quitamos una puerta del corral y la usamos para llevarlo a la clínica. Mateo caminó junto a nosotros y repetía que no debió poner la trampa.

11:25 Tomás trató de responderle, pero apenas podía hablar. En la clínica le coloqué una vía, inicié solución salina y cubrí las heridas con compresas. El sangrado disminuyó, aunque su pulso seguía débil. Necesitaba cirugía y mandé a buscar la camioneta comunitaria y pedí que localizaran a Evaristo, que guardaba las llaves. Antes de que regresaran, varias personas entraron cargando a Don Silvano en una cobija. Estaba despierto, Tenía la muñeca derecha lesionada, un corte en el lado izquierdo de la cara y una herida reciente en el hombro derecho, y el tobillo izquierdo seguía vendado. Su esposa dijo que lo había encontrado en el patio. Contó que había tropezado, que una tabla le golpeó la cara y que después cayó sobre el brazo, pero no explicó la herida del hombro. Le retiré la camisa y el corte era ancho y reciente. En la muñeca tenía dos filas de heridas enfrentadas. Mateo las vio desde el otro lado del cuarto. Señaló la muñeca y dijo que eran las marcas de la trampa. Luego señaló la cara y el hombro y recordó en dónde había golpeado al coyote. Evaristo y dos hombres lo sujetaron antes de que se acercara. Mateo exigió que miraran las heridas y dejaran de proteger a Don Silvano. Don Silvano pidió que lo sacaran de la clínica. Pero me negué. Tomás

12:56 estaba grave y nadie iba a iniciar una pelea dentro del consultorio. Pedí espacio para trabajar y Juana llevó a don Silvano a una de las camas y yo volví con Tomás. Mientras le revisaba el abdomen, escuché a Evaristo ordenar que nadie hablara de la trampa fuera de la clínica. Tomás abrió los ojos y buscó a su padre. Mateo se acercó, le tomó la mano y dejó de discutir. En eso yo volví a pedir las llaves de la camioneta y Evaristo dijo que primero debíamos atender a don Silvano. Le respondí que su presión estaba estable, que sus heridas podían esperar y que Tomás mostraba signos de una lesión interna.

13:40 Mateo volvió a pedirlas. Dos hombres se pusieron en medio y Juana recordó que el muchacho necesitaba salir de inmediato. Evaristo sostuvo que el vehículo no se movería sin el conductor. La discusión siguió mientras yo revisaba a Tomás. El abdomen estaba rígido, la piel se le había enfriado y apenas abría los ojos. Le hablé para mantenerlo despierto. Comprobé el pulso y volví a cubrir las heridas. Cuando llegó el conductor, repetí que Tomás necesitaba cirugía y Evaristo decidió que don Silvano también viajaría. Colocamos a Tomás en la parte trasera. Mateo subió conmigo y se sentó a su lado. Don Silvano fue en la cabina con un familiar y Juana se quedó en la clínica. El camino principal estaba cerrado por un derrumbe, así que el conductor tomó una ruta usada para llegar a los campos. Yo sostenía la bolsa de solución, vigilaba la respiración de Tomás y presionaba las compresas sobre el abdomen, pero cada vez respondía menos. La camioneta entró en un tramo de lodo y las llantas quedaron hundidas. El conductor intentó retroceder y después aceleró hacia adelante, pero el vehículo no salió. Mateo y el familiar de Don Silvano bajaron para empujar y yo me quedé con Tomás.

15:04 Le pedí que abriera los ojos, pero no respondió. Busqué el pulso en el cuello, lo encontré débil y continué la atención con los medios que llevaba. Su respiración se hizo lenta, luego se detuvo, así que le volví a buscar el pulso y ya no lo sentí. murió dentro de la camioneta Mateo subió cuando me vio retirar las manos se sentó junto al cuerpo y sostuvo la mano de su hijo no habló el conductor salió a buscar ayuda y al poco tiempo llegaron varios hombres del pueblo sacaron la camioneta de lodo y regresamos con Tomás y Don Silvano en la clínica confirmé la muerte y llené la nota registré la mordida los cortes del abdomen la pérdida de sangre el retraso del traslado y el cierre del camino. Después, entregué el cuerpo a la familia. La familia de Don Silvano se lo llevó a su casa.

16:00 Volví a recomendar el hospital, sobre todo por la herida del hombro y la infección del tobillo, pero se negó otra vez. Su esposa dijo que saldrían cuando el camino estuviera abierto. Durante el velorio, Mateo permaneció cerca del ataúd. No habló del coyote ni de Don Silvano. Recibió a las personas y atendió lo necesario. Algunos hombres se acercaron a él, otros se quedaron en la entrada, y don Silvano no fue. Dos días después despejaron el camino, y un familiar llevó a don Silvano al hospital. Supe por Juana que le limpiaron las heridas, le inmovilizaron la muñeca y trataron la infección del tobillo. Regresó semanas después y volvió a caminar con dificultad. Después del entierro, se convocó a otra asamblea. Evaristo responsabilizó a Mateo por colocar la trampa y acercarse al animal con un machete. Dijo que esas decisiones habían puesto en riesgo a la comunidad y habían causado la muerte de Tomás. Mateo respondió que el coyote ya había atacado antes y que varias personas habían visto las heridas de Don Silvano. Pidió que revisaran los expedientes y escucharan a quienes estuvieron en la clínica. Pero nadie aceptó discutir ese punto. La asamblea habló de la trampa, del machete y del riesgo para los corrales. Al final le ordenaron salir de la comunidad. Le dieron tres días.

17:29 Mateo volvió a su casa, recogió ropa, herramientas y algunos documentos. Luego se fue sin despedirse. Don Silvano regresó a la clínica cuando pudo caminar. Cerró la puerta del consultorio y me pidió que cambiara su expediente. Quería que la herida del tobillo quedara registrada como una caída y que las lesiones de la cara, la muñeca y el hombro aparecieran como otro accidente doméstico. Le respondí que no podía modificar una nota firmada ni borrar que había extraído dos postas. También le recordé que había atendido sus heridas la misma noche en que Mateo golpeó al coyote y la trampa atrapó una de sus patas. Don Silvano dijo que yo no había visto cómo se había lastimado él. Era cierto, yo había visto al animal herido y después había atendido lesiones que coincidían con esos golpes, pero no había presenciado lo ocurrido dentro de su casa. No cambié el expediente.

18:30 Y en la nota clínica quedaron los proyectiles, las heridas y las distintas explicaciones que dio durante las consultas. En el registro comunitario, su familia declaró que todo había ocurrido por accidentes domésticos. El expediente de Tomás quedó separado. Ahí registré el ataque, las lesiones, el deterioro durante el traslado y la muerte en el camino. No incluí las heridas de Don Silvano porque pertenecían a otro paciente. y no podía unir ambos casos sin una prueba médica. Después de mi negativa, varias familias dejaron de acudir a la clínica durante algunos días. También dejó de llegar agua al depósito, pero Juana llevó cubetas hasta que el servicio volvió. Nadie explicó la causa y yo no atribuí el corte a una persona. Terminé mi servicio semanas después. Entregué las notas, las postas y un informe al supervisor. Escribí que las lesiones de Don Silvano coincidían en lugar y tiempo con las heridas del Nahual. El supervisor retiró esa observación del informe final y dijo que no podía sostenerse como conclusión médica.

19:43 No regresé a San Bartolo. Meses después, Juana me llamó. Me contó que los ataques a los corrales habían terminado. que don Silvano había vuelto a las reuniones y que Mateo no había regresado. En el expediente de Tomás quedó escrito que un animal silvestre lo hirió y que murió durante el traslado. En el de don Silvano quedaron las postas, las curaciones y sus cambios de versión, pero los documentos nunca se unieron. Me llamo Antonio Sánchez, tengo 58 años y durante muchos años trabajé una parcela al sur de Milpa Alta, cerca del límite con el Estado de México. Mi familia vivía del maíz, el haba y los animales. En aquel tiempo teníamos seis borregos, tres chivos, gallinas y dos perros, moro y canelo. Todo comenzó durante la cosecha de octubre, hace cuatro años. Una mañana encontré una borrega muerta detrás del corral. Tenía el cuello abierto y apenas había sangre en el suelo. La cerca estaba completa, el candado seguía puesto y la tierra no tenía marcas de arrastre. Elena, mi esposa, revisó el cuerpo conmigo y dijo que tal vez había entrado un perro, aunque ninguno de los nuestros había ladrado durante la noche. Moro y Canelo estaban en

21:13 su caseta, y uno había mordido la madera hasta lastimarse la boca. Los llamé varias veces y ninguno salió. Eso me inquietó, porque siempre respondían a mi voz. Iván, mi hijo, recorrió la cerca y encontró varias huellas dentro de la parcela. Eran largas, tenían una parte trasera marcada y terminaban en dos hendiduras anchas. Los pasos estaban muy separados. El rastro comenzaba en el sembradío y llegaba hasta el corral, pero no había señales de entrada desde el camino. Esa tarde llamé a Jacinto, un vecino que llevaba años criando borregos. Revisó las huellas y descartó que fueran de coyote, perro o venado. Dijo que la parte trasera tenía forma de talón, aunque no pudo identificar al animal. Enterramos la borrega y reforzamos el corral. Dos días después encontramos un chivo muerto dentro del encierro, pero la puerta seguía asegurada. El animal tenía el cuello torcido y cuatro heridas pequeñas bajo la mandíbula.

22:20 En la pared había una marca oscura formada por cinco trazos largos. Elena la limpió con agua y sal. Esa noche los perros no comieron y las gallinas se quedaron juntas en un rincón. A la mañana siguiente apareció otra marca junto a la puerta de la casa. más alta que la anterior, y estaba húmeda y olía a pelo mojado. Decidimos vigilar por turnos. Iván se quedó conmigo y Elena permaneció dentro con los perros. Llevé la escopeta y varios cartuchos, pero solo pensaba disparar, si veía con claridad lo que se acercaba. Durante la madrugada oímos pasos entre las plantas.

23:00 Sonaban despacio, con una pausa entre uno y otro. y avanzaban desde el fondo de la parcela hacia la casa. Apagamos la lámpara y miramos por la ventana. Varias plantas se movían en la misma dirección, y por encima de las hojas apareció una cabeza oscura y volvió a bajar. Los perros comenzaron a gemir, y después escuchamos un golpe en la pared trasera y otro cerca del corral. Salí con la escopeta. Iván vino detrás de mí y le pedí que no se separara. La puerta del corral seguía cerrada y cerca del primer surco vimos dos puntos amarillos a poca altura. Pensé que era un perro grande y levanté la lámpara. Los puntos subieron hasta quedar frente a nosotros y la figura se había puesto de pie. Vi un cuerpo cubierto de pelo corto, brazos largos y manos con dedos separados. La cara tenía hocico y los ojos estaban colocados de frente. No se movió. Nos observó desde la orilla del sembradío y después giró hacia el corral.

24:08 Iván me pidió que regresáramos a la casa, así que retrocedí sin bajar la escopeta. La figura dio un paso. Apoyó primero la parte delantera del pie y después el talón. El golpe contra la tierra fue fuerte. No disparé. Seguimos retrocediendo hasta llegar a la puerta. La figura bajó el cuerpo, entró entre las plantas y avanzó hacia el lindero. Los tallos se movieron a su paso, y antes del amanecer escuchamos un chillido corto en el monte. Con la primera luz encontramos nuevas huellas. Eran iguales a las anteriores y llegaban hasta la pared de la casa. Junto a la puerta había otra mancha de cinco trazos. Uno se desviaba hacia afuera y dejaba la forma de un dedo torcido.

24:55 Jacinto regresó ese mismo día y le mostramos las huellas y la marca. Recordó un caso ocurrido años atrás en un rancho cercano, donde varios borregos aparecieron muertos y las familias encontraron señales parecidas. Dijo que algunos habitantes hablaban de un Nahual, aunque nadie había demostrado nada. Yo no creía en eso y pensé en una persona cubierta con una piel. en un animal enfermo o en alguien que entraba para asustarnos. Pero ninguna posibilidad explicaba las huellas, el estado de los animales ni la forma en que había cruzado la parcela sin tocarla cerca. Metimos a los perros en la casa, trasladamos a las gallinas y aseguramos mejor los corrales. Jacinto se ofreció a acompañarnos durante la siguiente vigilancia y llamó a su hermano Leobardo. Elena quería irse Desde la aparición de las marcas tenía dolor de cabeza y se sentía débil.

25:57 Le propuse que pasara la noche con su hermana, pero decidió quedarse porque Iván y yo seguiríamos en la parcela. Antes de que oscureciera, revisamos el terreno. En el borde del sembradío encontramos un trozo de tela enganchado en un maguey. Pertenecía a una camisa de hombre y tenía una mancha seca. Jacinto reconoció el estampado. y dijo que Eusebio Rojas usaba una igual. Era un jornalero que trabajaba por temporadas en parcelas cercanas, y llevaba varias semanas sin presentarse. Algunos vecinos decían que dormía en una casa abandonada cerca del monte, así que Jacinto propuso buscarlo de día, pero decidimos esperar.

26:41 La tela no probaba que él hubiera entrado en la parcela, ni que hubiera matado a los animales. Esa noche, antes de comenzar la vigilancia, escuchamos tres golpes en la pared. Estábamos los cuatro en el patio, así que fuimos a revisar y encontramos una marca nueva, más grande que las anteriores, con el mismo dedo desviado. En ese momento, entendí que aquello no venía solo por los animales. Había llegado hasta la casa, había dejado señales junto a la puerta y volvía cada noche, un poco más cerca de nosotros. Después de los tres golpes, Jacinto revisó el patio y Leobardo recorrió el camino. Iván y yo nos quedamos junto a la pared, mirando la marca recién aparecida. Estaba húmeda, tenía cinco dedos y el de la derecha se desviaba hacia afuera.

27:30 Pero nadie había cruzado frente a nosotros y tampoco escuchamos pasos alejándose. Encerramos a los borregos y los chivos en la bodega, aseguramos la puerta y cubrimos la ventana. Elena se quedó en la casa con los perros. Jacinto tomó el camino. Leobardo se colocó cerca del pozo e Iván permaneció conmigo detrás del corral. Pasó un rato sin movimiento. Luego llegó el olor que ya habíamos sentido en las otras marcas, fuerte y húmedo. Los animales comenzaron a golpear el suelo. Uno de los perros rascó la puerta de la cocina y Elena hizo sonar el silbato. Leobardo encendió la lámpara. La luz alcanzó una figura agachada junto a los magueyes de espaldas a nosotros, con las manos apoyadas en la tierra. Leobardo dio un paso atrás y la figura levantó la cabeza, extendió las piernas y se quedó de pie. Era la misma que Iván y yo habíamos visto.

28:28 Tenía pelo en la espalda, brazos largos y manos con dedos separados, y el índice derecho estaba torcido. Avanzó hacia Leobardo, primero despacio, luego con pasos más largos. Jacinto gritó desde el camino y la figura giró y cambió de dirección. Yo levanté la escopeta. Esperé a que pasara frente al corral y le disparé. La carga le dio en el costado. El cuerpo se dobló. Una mano cayó sobre la tierra y las piernas siguieron avanzando. Entró al sembradío y desapareció entre las plantas. Corrimos hacia la casa. Elena estaba junto a la puerta y los perros seguían adentro. Después fuimos a la bodega. La puerta continuaba cerrada, pero la tabla de la ventana estaba partida, y uno de los borregos sangraba del cuello y tenía cuatro cortes juntos. En la pared interior había otra marca oscura. Jacinto pidió que nadie saliera solo. Habíamos visto la herida y no sabíamos dónde se había detenido. Entramos en la casa, aseguramos la puerta y mantuvimos las lámparas apagadas. Durante la noche oímos movimientos en la milpa y paso cerca del corral. pero después todo quedó quieto. Con la primera luz, encontramos sangre en la tierra, y el rastro pasaba junto a los magueyes, cruzaba el lindero y seguía hacia una casa abandonada. Entramos los cuatro. Había ropa vieja, un catre y una camisa con sangre en el costado. En el suelo se marcaban

29:59 pisadas humanas descalzas. La sangre terminaba junto al catre. Iván encontró un costal con ropa y una libreta a nombre de Eusebio Rojas. Cerca de la entrada vimos las marcas largas de dos hendiduras, pero unos pasos después se reducían hasta convertirse en huellas humanas. Regresamos a la parcela, limpiamos la herida del borrego y trasladamos los animales a la propiedad de Jacinto. Elena preparó una bolsa y se fue con su hermana, pero antes de salir miró la pared del patio, cerró la puerta y se llevó a los perros. Al regresar encontramos a Eusebio en el camino. Venía encorvado con una mano sobre el costado y una venda debajo de la camisa. Tenía una cicatriz sobre la ceja izquierda y el índice derecho torcido. Jacinto le preguntó por la herida.

30:50 Eusebio respondió que había caído sobre una lámina y negó haber estado en la casa abandonada y aseguró que llevaba varios días con un familiar. Iván le mencionó la libreta y el costal, pero Eusebio bajó la mirada y dejó de responder. Le pregunté si había entrado en mi parcela. Dijo que no conocía el camino hacia mi casa, aunque había trabajado cerca. Después miró el corral vacío y preguntó dónde estaban los animales. Ninguno de nosotros había mencionado el traslado. Jacinto le preguntó cómo sabía que ya no estaban. Eusebio contestó que no los escuchaba. Desde ese tramo del camino nunca se oían con claridad. Dio un paso atrás, apretó la mano contra la venda y miró hacia el monte.

31:39 No intentamos sujetarlo, pues no sabíamos si llevaba un arma. Eusebio se alejó por el camino. Al andar, apoyaba primero la parte delantera del pie y después el talón, igual que la figura junto al corral. Leobardo quiso seguirlo, pero Jacinto decidió volver a la casa abandonada. Cuando llegamos, la camisa continuaba junto al catre. pero la libreta y el costal habían desaparecido, y en la parte trasera encontramos pisadas recientes que salían hacia el monte. Preguntamos por Eusebio en las casas cercanas, pero nadie lo había recibido. Un vecino lo había visto dormir cerca del monte, y una mujer contó que después de discutir con él encontró dos gallinas muertas junto a su puerta. Había ocurrido el año anterior, pero no tenía testigos ni pruebas contra él. Regresamos a la parcela antes de que oscureciera. En la pared del patio había otra marca, formada por cuatro dedos arrastrados hacia abajo, y debajo encontramos una gota de sangre. Pero las puertas seguían cerradas y nada faltaba dentro de la casa. Iván y yo decidimos pasar la noche en el granero. Desde ahí podíamos vigilar la entrada y una parte del sembradío.

32:57 Jacinto y Leobardo regresaron a su propiedad. donde estaban los animales, y acordaron venir si escuchaban un disparo. Ya entrada la noche, los perros de Jacinto ladraron a lo lejos, y un hombre apareció en el camino y entró en la parcela sin lámpara. Reconocimos a Eusebio cuando cruzó el patio. Se detuvo frente a la pared y colocó la mano sobre la marca. Permaneció así unos segundos. Luego se quitó la camisa, dejó la ropa en el suelo y caminó hacia la milpa. Iván quiso salir, pero le sujeté el brazo y le pedí que esperara. Eusebio avanzó entre los surcos, se arrodilló y apoyó las manos en la tierra. La espalda comenzó a sacudírsele. Los hombros se levantaron y las plantas cubrieron parte del cuerpo. Alcancé a ver su mano derecha, todavía humana, con el índice torcido. La figura que se levantó era más alta y estaba cubierta de pelo. La figura quedó quieta entre las plantas. Y desde el granero veíamos la cabeza, los hombros y parte de los brazos. Después bajó el cuerpo y avanzó hacia la casa, unas veces sobre las piernas, otras apoyando las manos en la tierra. Se detuvo frente a la puerta principal, acercó el rostro a la madera y tocó el marco. Permaneció ahí unos segundos, luego giró hacia el granero y vino directo hacia nosotros. Iván tomó el machete, Yo cargué la escopeta y apunté al portón.

34:31 La figura llegó, empujó una vez y se quedó inmóvil, después golpeó con el hombro. La madera se abrió en la parte inferior y una mano entró por la grieta, buscando el seguro. Le disparé al brazo y la mano desapareció y escuchamos un grito grave. La figura volvió a golpear, la tranca se soltó y el portón se abrió. Entró de lado y bajo la luz reconocí la cicatriz sobre la ceja izquierda y el índice torcido. También vi sangre en el costado, donde la había herido la noche anterior. Iván levantó el machete para mantenerla lejos, pero la figura lo golpeó en el brazo y lo lanzó contra unos costales.

35:13 Disparé al pecho desde corta distancia, cayó de rodillas, apoyó una mano en el suelo e intentó levantarse. Fui hacia Iván, pero la figura me sujetó una pierna y me tiró. Golpeé su mano con la culata hasta que me soltó. Entonces, Iván logró ponerse de pie. Me tomó del brazo y salimos por una puerta lateral. Cerramos el portón desde afuera y adentro se escucharon golpes y tablas quebrándose. Jacinto y Leobardo llegaron poco después, entramos juntos y vimos que la figura había roto una parte de la pared trasera. En el suelo quedaron sangre, pelo gris y marcas de manos.

35:54 Seguimos el rastro. Al principio eran huellas largas con dos hendiduras al frente, pero más adelante vimos manos impresas en la tierra. Cerca del lindero las marcas cambiaron y continuaron en forma de pisadas humanas descalzas. Llegamos a la casa abandonada y Eusebio estaba tendido, sin camisa, con heridas en el brazo, el pecho y el costado. eran los mismos puntos donde yo había disparado. Su mano derecha estaba cubierta de sangre y el índice seguía desviado hacia afuera. Jacinto le preguntó qué había hecho en mi parcela, y Eusebio respondió que no recordaba haber salido de la casa. Leobardo le mostró el pelo recogido en el granero, pero Eusebio lo miró y guardó silencio. Iván le preguntó si había otra persona que hiciera lo mismo. Eusebio volvió la cabeza hacia el monte, y dijo que nosotros ya estábamos marcados, y después pidió agua. Lo llevamos con sus familiares, pero murió esa misma mañana. Ellos dijeron que lo habían encontrado herido por un animal y nos pidieron que nos regresáramos.

37:05 No discutimos ni contamos lo que vimos en la milpa, porque las huellas, la sangre y el pelo no demostraban la transformación. Elena volvió para llevar a Iván con un médico pues tenía dos costillas lastimadas y una herida en el brazo. Yo también tenía golpes en la pierna y la espalda. Ninguno quiso dormir otra vez en la casa. Durante los días siguientes entrábamos a la parcela solo con luz. Terminamos de recoger el maíz, limpiamos las herramientas y sacamos lo que quedaba de los corrales. Las marcas de las paredes se secaron. Los perros volvieron a comer aunque se detenían lejos del sembradío. Durante varias semanas no ocurrió nada. Después, Jacinto llegó una mañana y nos llevó a su casa.

37:53 Uno de sus borregos estaba muerto dentro del corral, con cuatro heridas bajo la mandíbula y muy poca sangre en el suelo. En la pared había una marca de cinco dedos. La revisé. Era más pequeña que las señales de mi casa y todos los dedos estaban rectos. Junto al corral encontramos huellas largas, terminadas en dos hendiduras. Luego el rastro se perdía cerca del camino. Jacinto sacó a sus animales y se mudó con una hija. Leobardo dejó de acompañarme y dijo que Eusebio no podía haber dejado esa marca y que no quería encontrar a quien la había hecho. Yo seguí yendo a la parcela hasta terminar la cosecha y no volví a ver a la figura, pero encontré huellas cerca de la casa. Algunas tenían el tamaño de las que relacionamos con Eusebio. y otras eran más pequeñas.

38:45 Elena e Iván se quedaron con unos familiares. Yo llegaba por la mañana y me iba antes de que oscureciera. Vendí los animales, guardé las herramientas y evité la parte cercana al monte. Una tarde encontré dos marcas nuevas en la pared del patio. Una tenía el índice derecho torcido, la otra era menor y tenía los cinco dedos rectos, pero las dos estaban húmedas. Eusebio llevaba más de un mes muerto, así que cerré la casa y no volví a dormir ahí. Meses después vendí la parcela a un hombre de otra comunidad. Le conté que varios animales habían muerto y que mi familia ya no quería quedarse. No le hablé de Eusebio ni de lo ocurrido en el granero.

39:30 El nuevo dueño permaneció menos de un año. Sembró maíz y llevó varias cabras. Durante su primera cosecha perdió tres animales. Después sacó a su familia y dejó el terreno. Lo vi una vez cuando fue a buscarme. Me preguntó si yo había encontrado huellas largas junto a la puerta y marcas de manos en las paredes. Le respondí que sí. Bajó la mirada, se despidió y no volvió a mencionarlo. La parcela sigue vacía. En octubre, algunos vecinos oyen pasos en el terreno, aunque ya no se siembra. Nadie entra de noche y la casa permanece cerrada. Eusebio se arrodilló entre las plantas. Una figura cubierta de pelo se levantó en el mismo lugar y después de los disparos apareció con las heridas en el brazo, el pecho y el costado.

40:20 Después de su muerte continuaron los ataques. Aparecieron huellas de dos tamaños y quedaron marcas de manos distintas, pues Eusebio no era el único Nahual de esa región. Esta historia me sucedió en una ciudad fronteriza, en el estado de Tamaulipas. No puedo dar muchos datos específicos porque ya no los recuerdo 100%. Además, eso no aporta nada a la historia que estoy por compartir. En ese tiempo, trabajaba en lo que hoy se conoce como Asociación Protectora de Animales o Centro de Control Animal Municipal, una cosa así. Pero muchos años atrás le llamaban simplemente La Perrera. que no era otra cosa que un lugar donde llegaban muchos perros, la gran mayoría capturados por deambular en la calle. Cuidaré muy bien mis palabras para contar este relato, porque puedo herir la sensibilidad de quienes aman a los animales, porque en ese lugar había desde maltrato hasta sacrificios. También nos tocaba rescatar animales atropellados e incluso envenenados, especialmente con veneno para ratas.

41:36 o a otros les daban carne molida con vidrios, y aquí les ayudábamos hasta donde se podía. Si de plano no tenían remedio, también les ayudábamos a bien morir y así evitar el sufrimiento innecesario. Solamente doy mi nombre, me llamo Julián. En aquel entonces, y con esto me refiero a finales de los setenta, Tenía 19 años, aunque no había estudiado veterinaria, sabía y me gustaban mucho las mascotas caseras. Por eso es que busqué hasta conseguir un empleo donde pudiera interactuar con animales. Y lo único que había para mí era la llamada perrera. Aunque en ocasiones también recibíamos gatos abandonados. De hecho, las primeras semanas ni siquiera tuve un sueldo, pero eso poco me importaba. Empecé bañando perros.

42:25 Luego de unos meses era el encargado de darles de comer. En ese tiempo no se utilizaban las croquetas, por lo menos no ahí. El encargado de enseñarme era un tipo alto y fuerte, apodado verdugo, bastante violento con los animales. Por eso los perros chicos y grandes le tenían miedo. Siempre les gritaba en un tono amenazante que el que no lo obedeciera se lo iba a comer. Y pareciera mentira, pero con él se comportaban todos de manera dócil. Este compañero me contaba muchas cosas de verdad extrañas. Me decía que un antiguo encargado vendía gatos y perros a los brujos para que tuvieran sus prácticas oscuras. De hecho, muchas veces ahí mismo hacían sacrificios. A mí eso no me tocó vivirlo, pero me aseguraba que a él sí. Lo que sí puedo decir es que ahí sucedían todo tipo de situaciones, que no voy a entrar en tantos detalles, pero había venta de cachorros, hacían pelear a los perros grandes, a todos se les maltrataba, y cuando había que dormirlos se elegían principalmente animales de color negro y perras, para así evitar que se siguieran reproduciendo. En fin, y aunque suene horrible, no es de eso de lo que trata mi historia. La perrera no era un trabajo fácil. Todavía tengo algunas cicatrices que me dejaron las primeras mordidas. Por lo mismo, muchas veces tuve que recurrir al botiquín de primeros auxilios. Pero, la verdad, era que yo disfrutaba mucho

43:57 estar ahí. De hecho, cuando me pasó esta situación, me quedaba a dormir en la oficina, haciendo el trabajo de velador. En ese lugar, miré pasar infinidad de perros, de todas las razas y tamaños. Algunos dóciles, otros bravos. También pasaron muchos trabajadores, renunciaban a los pocos días, ya fuera porque no aguantaban el olor o porque no soportaban el sonido fuerte y constante de los ladridos, además de las mordidas, aparte la mala paga. Había un vehículo, una vieja camioneta equipada con una jaula bastante grande, que salía prácticamente todos los días a capturar perros. Después los llevaban a las instalaciones donde las peleas entre ellos, algunas encarnizadas, eran el pan de cada día. Ahí trabajé de todo, tenía que hacerlo.

44:49 Por eso también me tocó ir a las colonias populares a capturar perros hasta que se llenara la jaula. Los que son de esa época recordarán que se hacía todo un alboroto. No solo por el ladrar de los perros, también porque las personas salían a las calles a evitar que atrapáramos a sus mascotas. Los niños lloraban, las señoras nos gritaban malas palabras. Hubo ocasiones que tuvimos que salir huyendo de algunos barrios porque nos apedreaban. Un día nos mandaron a la orilla del río Bravo porque reportaron un animal grande y tal vez enfermo que andaba merodeando por ahí. A veces nos tocaban casos así, donde los perros presentaban síntomas de rabia y había que enfrentarlos. La verdad, no teníamos equipamiento como tal. Solamente utilizábamos los palos atrapaperros, unos guantes.

45:40 Nos poníamos doble pantalón y doble camisa de manga larga para cubrirnos de las mordidas. Pero sobre todo se usaba la experiencia, aunque en mi caso no era mucha. Serían como las cuatro y media de la tarde cuando, junto con mi compañero el verdugo, salimos rumbo al río para buscar a ese animal. Nos fuimos deprisa porque ya casi se llegaba la hora de salir. Llegamos a la ubicación que nos dieron. Era muy cerca de un parque. Con precaución bajamos hasta el río que no quedaba muy lejos, si acaso a unos cuantos metros. No hubo necesidad de caminar mucho porque, en un tramo donde había una buena cantidad de carrizo, alcanzamos a ver que se metió un canino grande y negro, fuimos y con cuidado lo comenzamos a buscar, hasta que después de un rato en medio de todo aquel carrizal lo encontramos, me sorprendí al verlo, era un perro si, pero a primera vista no podía afirmar que se trataba de una raza común, al instante se puso de pie, nos enseñó los colmillos y nos comenzó a gruñir amenazante, Eso hizo que reaccionáramos haciéndonos unos pasos para atrás. Me le quedé mirando porque tenía el aspecto como de un diablo. A mí no me había tocado ver un animal así. Estaba muy flaco y era demasiado grande, más que un Doberman, quizás del tamaño de un gran danés adulto. Pero lo extraño era que ese tipo de perros no eran comunes en la ciudad. Mi compañero y yo nos miramos unos segundos porque supimos que

47:13 someterlo no iba a ser tan fácil. El método en estos casos era atrapar su cuello entre los dos y estirar cada quien hacia su lado. Así lo mantendríamos seguro y lejos de cualquiera de nosotros. Sin pensarlo mucho, nos fuimos acercando poco a poco, planeando los movimientos que haríamos para no fallar. Entonces a ese animal le fue pasando algo verdaderamente extraño. Primero se encrespó como si fuera un gato, de hecho bufó como un felino. Después le cambió el color de los ojos. Del negro que tenía se le pusieron de un tono rojizo y brillante. Abrió más el hocico y le creció la lengua. Luego le comenzó a escurrir mucha baba. De pronto comenzó a despedir un desagradable olor.

48:00 Me pareció que pudiera tener la rabia. Agachó sus patas traseras amenazándonos con saltar sobre nosotros. Cuando parecía que se iba a erguir en dos patas, mi compañero el verdugo gritó algunas malas palabras y logró lazarle el cuello y comenzó a estirarlo. Después de varios intentos, también yo lo hice. Entonces comenzamos a forcejear con él, así estuvimos por algunos minutos. Era como querer doblegar a una bestia. A duras penas logramos arrastrarlo hasta la camioneta. El animal hacía sonidos bastante raros, hasta parecía que intentaba hablar. para meterlo a la jaula de vedad que representó un verdadero problema. De hecho, estuvo a punto de zafarse, hasta que por fin lo logramos.

48:44 Cuando lo hicimos, lo estuvimos observando unos minutos porque, de verdad, que era un perro extraño. Le pregunté a mi compañero si había visto algo igual. Volteó a verme, pero no me respondió. Miró su reloj y me hizo una seña para que nos fuéramos. Durante todo el camino, el perro se mostró muy inquieto. Mordía las barras de fierro e intentaba salirse a como diera lugar. Fue una suerte que no traíamos otro animal porque seguramente lo hubiera agredido. Cuando llegamos a la perrera pasaban de las seis de la tarde. Entramos a las instalaciones. Al instante la gran mayoría de los perros comenzaron a huyar. A ladrar con insistencia como si presintieran algo malo. Él solamente los miraba. Como ya era tarde y mi compañero se tenía que ir. Decidimos dejarlo en la camioneta, encerrado en la jaula, porque no había tiempo para revisarlo. Quedamos que al día siguiente se decidiría si se sacrificaba o no, porque al parecer sí tenía todos los síntomas de la rabia. También por eso era imposible que a esa hora lo incorporáramos con los demás.

49:56 Como a eso de las ocho de la noche comenzó a oscurecer, pero los perros no habían parado de ladrar. Yo me puse a hacer mi trabajo. Les di de comer a los animales que les tocaba. Barrí un poco, acomodé algunas cosas. Ya después de eso me acordé, fui a darle un poco de agua al animal que habíamos traído. No podía creer lo que miré desde lo lejos. Algo pasaba con ese animal. Estaba trepado, intentando escapar por la parte de arriba, por el color tan negro que tenía y su grueso pelaje parecía una enorme tarántula. Un perro no podía hacer una cosa así, o por lo menos yo nunca había visto semejante escena. Me acerqué un poco más, entonces, como si me hubiera olido, se dejó caer. Parado sobre sus cuatro patas, me miraba directamente. Podía sentir su odio hacia mí. No pude evitar sentir un fuerte escalofrío. Me parecía que trataba de dominarme con su mirada. Lo único que movía de su cuerpo eran sus ojos y jadeaba muy agitado. Desistí de darle el agua porque eso implicaba abrir un poco la jaula y no lo iba a hacer.

51:07 El perro se miraba tan macabro con aquellos ojos rojos que mejor no me le acerqué. Al darme la vuelta, sentí su mirada. Era tan fuerte, tan pesada como la de un humano. Entré a la oficina deprisa y desde ahí me puse a observar. Ese animal seguía como una estatua mirando directamente hacia mí. A las 10 de la noche salí a dar una vuelta. El perro seguía en la misma posición en la que se había quedado. En serio que eso era muy raro. Me quise acercar porque no se movía, pero entonces me comenzó a gruñir y a ladrar con fuerza. Como me ponía inquieto su actitud, moví la camioneta a un rincón y puse la jaula pegada a la pared para ya no verlo. De nueva cuenta, entré a la oficina. Me puse a ver un rato la televisión para que se me olvidara todo lo que había pasado con ese perro. Me parecía tan peligroso, tan siniestro, que solo esperaría que amaneciera para dormirlo sin importar que tuviera rabia o no. Cuando más entretenido estaba con un documental, miré la sombra de alguien que pasó frente a la ventana.

52:16 Volté porque me pareció alguien muy alto, pero no se veía a nadie. Los perros ladraban con mayor insistencia. No salí. Solo me asomé por la ventana. Minutos después, aunque inquieto, volví a ver la televisión, pensando que había visto mal. Luego de unos minutos me encontraba muy concentrado cuando me di cuenta de una cosa. Todos los perros estaban en silencio. Cuando puse atención, se podía escuchar que un perro estaba llorando. Me acuerdo que entrecerré los ojos haciendo un esfuerzo por distinguir algo. Afuera no había la suficiente luz que me ayudara a ver de dónde venía aquel sonido. Si quería saber, tenía que salir. Sorprendido por lo que estaba pasando, me paré en la puerta y comencé a recorrer el patio con la mirada. Parecía que me encontraba en un lugar desolado.

53:09 Sin saber qué pensar ni qué estaba ocurriendo, agarré un bate. Porque de algo sí estaba seguro. Eso para nada era normal. Era tanto el silencio que había en ese momento que hasta llegué a pensar que todos los perros habían desaparecido. Fui recorriendo las jaulas. No era así. Ahí estaban los perros. Solo que, por su actitud, era evidente que estaban muy asustados. Al llegar al final, miré a un animalito que estaba tirado. Era el que lloraba. Al revisarlo, me di cuenta de que estaba mordido del cuello. Pero la herida era extraña. Al parecer lo había atacado un animal bastante grande, con fuertes fauces. Apreté el bate que traía y me puse en alerta. Agarré aire y caminé. Tal vez quien había hecho eso todavía se encontraba por ahí, escondido entre las cosas o debajo de ellas. Ya no sabía qué pensar.

54:07 Pudiera estar oculto e incluso en las sombras. Recorrí todo el lugar, de ida y vuelta, con la intención de tirar un batazo a lo primero que se moviera. De vez en cuando volteaba hacia abajo buscando huellas, pero no miraba nada raro. No había rastros ni nada. Con una camiseta vieja que encontré recogí el perro para revisarle las heridas, pero ya estaba muerto. Caminé todo el patio y los perros no hacían ningún ruido. Yo sabía que cuando los animales guardaban silencio total era porque rondaba un depredador. puse al perro muerto en una de las mesas estaba revisando las heridas para darme una idea de que lo había atacado cuando otro más comenzó a llorar lastimosamente solo que esta vez si logré escuchar el sonido del ataque y por lo que escuché era un animal bastante grande lo dudé un poco pero tenía que hacerlo dominando mis nervios agarré de nuevo el bate y salí a investigar de nueva cuenta caminé cauteloso volteando para todas partes Para mi sorpresa, había otro perro tirado a mitad de patio. A simple vista, también había sido mordido del cuello. Como no miraba a nadie, dirigí mi mirada hacia los árboles y sobre el techo, porque en algún lugar tenía que estar. Tampoco había nada.

55:29 Ya no me le acerqué al perro. No tenía caso porque ya no se movía. Por unos segundos más, me puse a escuchar el silencio. Cuando me iba a retirar, volví a sentir aquella mirada que tenía el perro que estaba enjaulado. Se me vino a la mente que algo tenía que ver él con lo que estaba sucediendo. La verdad, ya con un poco de miedo, caminé rumbo a la camioneta a investigar. No me quise acercar demasiado a la jaula. Cuando me faltaban unos metros, logré ver los ojos brillantes del animal. No podía ser el causante de las muertes porque seguía encerrado. Eso estaba bien, pero entonces lo que andaba por ahí era un animal mucho más peligroso que ese.

56:10 Me di cuenta que no me podría defender solo con un bate. Sin voltear a ningún lado, me metí a la oficina y atranqué la puerta lo mejor que pude. Preocupado, escuché que sucedió un ataque más, pero ya no salí. Al contrario, le atravesé un mueble a la puerta para que ese animal no se fuera a meter a atacarme. Minutos después, un perro más comenzó a llorar, entonces me repegué a la pared. Al parecer, la intención de esa criatura era acabar con todos los perros. De rato, comencé a escuchar que caminaban sobre el techo. Le puse atención a eso porque no parecían pisadas de una persona, sino de un animal. Así estuvo. De rato, claramente, oí que saltó.

56:55 Cayó al suelo y comenzó a correr por todas partes. atacó a un perro y luego a otro. Se comenzó a escuchar que golpeaban las jaulas con fuerza. Tenía que saber lo que ocurría. Entonces me asomé por la ventana. Me recorrió un escalofrío por todo el cuerpo cuando miré al causante. Era una criatura intentando abrir las jaulas. Pudiera ser un animal, pero con movimientos humanos. Tenía un enorme hocico y largos brazos. Olía a los perros con desesperación. Tal vez lo hacía para elegir a uno. Logró sacar a un perro y lo comenzó a morder sin que éste pusiera resistencia. Comprendí que quizás los hipnotizaba para atacarlos sin que le representaran un problema. Después que terminó de morderlo, lo aventó y comenzó a olerlos de nuevo. Cuando en realidad me di cuenta que aquello era cosa del diablo, reaccioné.

57:48 Le hablé por teléfono a mi compañero para decirle lo que estaba pasando. Él tenía más experiencia con animales. Seguramente sabría, me diría qué hacer. Apenas me contestó, le pedí ayuda de manera desesperada. Como pude le expliqué lo que estaba sucediendo. La verdad no me esperaba que me creyera. Él vivía como a unas 10 cuadras de la perrera. Me dijo que unos minutos estaría por ahí para auxiliarme. Mientras tanto, aquella extraña criatura seguía golpeando las jaulas y sacando perros. Yo me sentía impotente de no poderlos ayudar, pero¿ qué podía hacer yo contra semejante bestia? Minutos después, escuché unos golpes diferentes.

58:31 Supe que era mi compañero quien tocaba el portón. Obviamente no iba a salir. Le grité que se brincara con cuidado y que corriera a la oficina para que no lo fuera a atacar ese animal. Por estar mirando cómo brincaba, perdí de vista a ese animal. Cuando lo busqué de nuevo, ya no estaba. Llegó mi compañero el verdugo sudando a la oficina. Me preguntó qué estaba pasando porque en el patio había varios perros tirados. Le dije a grandes rasgos sobre la criatura que había visto. Respiró una bocanada de aire, luego me pidió que me calmara un poco. Me dijo que él sospechaba lo que era esa cosa. Al decirme que era un Nahual, fui yo el que no lo creí.

59:14 Seguramente me miró incrédulo. Por eso me pidió que lo acompañara a investigar. Como yo ya lo había visto tal cual era, le dije que yo no saldría. Era peligroso. Y como pude, le describí al animal. Me aseguró que él sabía algo al respecto de ese tema. Solo era cuestión de ofrecerle una disculpa por haberlo capturado luego dejarlo ir. Todavía sin creer totalmente en sus palabras, le dije cómo un perro iba a saber perdonar. Mirándome a los ojos, me dijo que ese animal era un brujo convertido en perro. Lo único que quería era liberarse. De hecho, el que había atacado a los perros era solo un espíritu. De nueva cuenta, me pidió que lo acompañara. Le iba a hacer un ritual de liberación y nos dejaría en paz.

1:00:03 Caminamos por el patio, ignorando el tiradero de perros. No lo puedo negar, yo no podía con mis nervios. Nos paramos frente a la jaula, quizás a unos seis metros. Entonces, desde ahí comenzó a rezar algo en voz baja. No eran padres nuestros ni aves marías. Era otro tipo de oraciones que nunca las había oído y que se las sabía de memoria como si ya las hubiera dicho muchas veces. Cuando terminó de rezar, nos acercamos. Pareciera mentira, pero la jaula estaba vacía. No lo podía creer porque no había forma por donde se hubiera podido salir. La puerta estaba pegada a la pared y la jaula no estaba rota.

1:00:45 Aún sorprendido, no terminaba de convencerme. Por eso me puse a buscar por todas partes. Lo hice por mucho tiempo, pero no encontré nada. Revisé varias veces la jaula. No podía ser. Había desaparecido. La verdad, hasta la fecha, no sé en realidad qué fue lo que pasó. Para no hacer la historia tan larga, recogimos a todos los perros que habían tenido contacto con esa criatura. Revisamos hasta estar seguros que estuvieran muertos. Los amontonamos y los quemamos. Se escucha extraño, pero si no lo hacíamos se podrían levantar para atacarnos. Eso me lo aseguró mi compañero. Lo que le restó a la noche sucedieron algunas cosas extrañas. Escuchamos gruñidos que sobresalían sobre los sonidos de los perros que comenzaban a reaccionar. También miramos que la jaula se movía como si quisieran tumbarla. Antes del amanecer, todas aquellas manifestaciones se terminaron. Mi compañero me pidió que nunca hablara con nadie de lo que había pasado esa noche porque él no me iba a respaldar. Le dije que no se preocupara porque yo sabría guardar el secreto. A la mañana siguiente, los perros actuaron de manera normal, como si nada hubiera sucedido.

1:02:00 Lo que sí nos dimos cuenta que, aparte de los animales muertos, ocho en total, desaparecieron otros tres perros grandes sin dejar ningún rastro. A pesar de eso que pasé, todavía trabajé en la perrera por seis años más y nunca me volvió a pasar una situación similar. No es necesario decir que de esa noche en adelante creo que los Nahuales existen. De hecho, hay algunas historias que cuentan donde un animal igual a aquel perro de ojos rojos ataca a los migrantes cuando intentan cruzar el río Bravo.