La Noche Que Vimos Al Nahual De Milpa Alta - Historias De Terror - REDE
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0:05 Llegué a San Bartolo en septiembre de 2018 para cumplir mi servicio social como médico pasante. La comunidad quedaba lejos de la cabecera y cuando llovÃa el camino se volvÃa difÃcil. La clÃnica tenÃa pocos recursos y cualquier urgencia seria exigÃa traslado. Juana Santiago, la auxiliar de salud, me ayudaba con las traducciones y conocÃa a todas las familias. A los pocos dÃas conocà a don Silvano Cruz, habÃa sido autoridad comunal y todavÃa intervenÃa en las decisiones importantes. La gente lo saludaba con respeto, pero algunos hablaban más bajo cuando él se acercaba. VivÃa cerca del panteón. En una reunión me aconsejó que no saliera solo por las noches. Dijo que cuando faltaba comida en el monte, algunos animales bajaban hasta las casas y convenÃa dejarlos pasar. Pensé que hablaba de coyotes, pero agregó que en la sierra habÃa animales que no eran lo que mostraban. Juana cambió de tema. A finales de octubre comenzaron los ataques a los corrales. Primero aparecieron dos gallinas muertas, después tres guajolotes y unos dÃas más tarde un borrego joven. Todos tenÃan mordidas en el cuello y cortes en el cuerpo. Nadie habÃa visto al animal y los perros se escondÃan después de cada ataque. Mateo GarcÃa, cuidador de la escuela, decidió pasar la noche junto a
1:35 su corral. VivÃa con su hijo Tomás, de 17 años. TenÃa una escopeta vieja y dijo que la usarÃa si el animal regresaba. Esa noche desperté por los golpes, los gritos y el ruido de las gallinas. Salà con una lámpara. Juana estaba frente a su casa y me pidió que volviera a la clÃnica, pero seguà hasta el corral. Mateo estaba detrás de una pared baja con la escopeta lista, mientras Tomás sostenÃa otra lámpara. Dentro del corral habÃa un coyote negro, más grande que los que yo habÃa visto. TenÃa garras visibles y dientes afilados. Sujetaba una gallina con el hocico y permaneció quieto bajo la luz. Mateo le ordenó a Tomás que retrocediera y disparó. El animal cayó, soltó la gallina y golpeó la malla. La carga le alcanzó la pata trasera izquierda. Se levantó de inmediato con la pata recogida y giró hacia nosotros. Mateo trató de cargar de nuevo, pero el coyote salió del corral y corrió hacia la pared. Tomás dejó caer la lámpara. El segundo disparo pegó en la piedra, asà que corrimos hasta la casa de Juana. Entramos y cerramos la puerta. El animal llegó detrás de nosotros, golpeó la madera, arañó la parte baja y empujó dos veces. Juana sostuvo el cerrojo, Mateo apuntó hacia la entrada y Tomás se quedó contra la pared. Después escuchamos al coyote caminar alrededor de la casa hasta que los pasos se alejaron. Esperamos antes de salir.
3:10 Mateo tenÃa una cortada en la frente y Tomás seguÃa alterado, aunque ninguno habÃa sufrido mordidas. Volvimos al corral al amanecer. Encontramos varias gallinas muertas, la malla abierta y un rastro de sangre hacia el camino del panteón. Seguimos las manchas hasta una vereda cercana a la casa de Don Silvano. El rastro terminaba junto a su terreno y Mateo dijo que el animal era un nahual. Juana le pidió que guardara silencio y no repitiera la acusación. Yo señalé que un coyote herido podÃa haber buscado refugio por ese lado. Pero Mateo respondió que el monte quedaba en la dirección contraria.
3:52 Mientras hablábamos, una nieta de Don Silvano llegó a buscarme. Su abuelo se habÃa caÃdo durante la noche y no podÃa caminar. Tomé el botiquÃn y fui con Juana, y Mateo nos siguió. Encontramos a Don Silvano acostado, con el tobillo izquierdo envuelto en una camisa. La tela estaba manchada de sangre y habÃa barro junto a la cama. Su esposa explicó que se habÃa caÃdo en el patio, pero no supo decir con qué se habÃa abierto la piel. Al retirar la tela, encontré varios orificios pequeños, inflamación y sangrado. La lesión no correspondÃa a una caÃda. Don Silvano aseguró que habÃa pisado un pedazo de metal y luego se habÃa golpeado contra una piedra. Palpé con cuidado y sentà fragmentos duros bajo la piel y Mateo, desde la puerta, recordó que habÃa disparado a la pata izquierda del coyote.
4:48 Don Silvano levantó la cabeza y le ordenó salir, pero Mateo permaneció en su sitio hasta que Juana le pidió que esperara afuera. Limpié la herida y extraje una posta deformada. Don Silvano la observó y cambió su versión. Dijo que dÃas antes habÃa tenido un accidente mientras limpiaba un arma y que la caÃda habÃa abierto la lesión. Le recomendé ir al hospital para una limpieza completa, una radiografÃa y antibiótico intravenoso, pero se negó. Le expliqué que la infección podÃa dañar la articulación y me contestó que aceptaba el riesgo. Luego me preguntó qué habÃa visto durante la noche. Le respondà que habÃa visto un coyote negro herido en la pata trasera izquierda. Don Silvano me sujetó de la muñeca y dijo que mi trabajo consistÃa en registrar lesiones, no historias.
5:43 Juana le pidió que me soltara. Ãl mantuvo la mano unos segundos y después la retiró. Antes de salir, anoté que la herida era compatible con proyectiles y que el paciente rechazaba el traslado. Guardé la posta en un frasco. y don Silvano me pidió que se la entregara, pero le expliqué que quedarÃa con el expediente. En el camino de regreso, Mateo dijo que la prueba estaba en el tobillo, en la posta y en el rastro. Juana respondió que una coincidencia no bastaba para acusar a un hombre y que hablar sin respaldo podÃa dividir al pueblo. Ese dÃa la noticia corrió por la comunidad y algunas familias encerraron a los niños antes de que oscureciera. Otras reforzaron los corrales.
6:31 Nadie volvió a seguir el rastro ni se acercó a preguntar por la herida de Don Silvano. Regresé a la clÃnica y guardé el frasco con la posta junto al expediente. Afuera, las familias terminaban de encerrar a sus animales antes de que cayera la noche. Durante los dÃas siguientes, Don Silvano llegó a la clÃnica apoyado en bastones. El tobillo seguÃa inflamado, por eso limpiaba la herida, cambiaba la venda y volvÃa a insistir en el traslado. Me escuchaba y después decÃa que no iba a salir del pueblo. En la segunda visita encontré otra posta bajo la piel. La retiré con una pinza y la guardé en el mismo frasco. Don Silvano pidió que se la entregara, pero le expliqué que debÃa conservarla con el expediente, porque sus explicaciones no coincidÃan.
7:20 Miró el frasco y no volvió a pedirlo. Mateo también empezó a ir y preguntaba por el tobillo y querÃa saber si las postas podÃan compararse con las de su escopeta. Le respondà que no tenÃamos equipo para hacerlo. Después le pedà que dejara de rondar la clÃnica. Mateo dijo que el problema no estaba entre dos familias, sino en un animal que entraba a los corrales y dejaba sus heridas en un hombre del pueblo. Poco después se convocó una reunión Don Silvano no asistió y Evaristo, su hermano, habló por él. Propuso turnos de vigilancia sin armas y pidió que los niños permanecieran en casa por la noche. Mateo quiso revisar el terreno de Don Silvano, pero varias personas se negaron. Evaristo recordó que habÃa disparado cerca de viviendas y le dijo que otro tiro podÃa herir a alguien.
8:14 Mateo respondió que el coyote habÃa corrido hacia las casas, pero la discusión no avanzó. Se organizaron las guardias y lo dejaron fuera. Mateo salió antes de que terminara la reunión. Tomás me buscó después y me dijo que su padre conocÃa historias de animales heridos que al dÃa siguiente dejaban la misma marca en una persona. No dio nombres. Le respondà que un relato no servÃa como prueba. Pero Tomás dijo que solo querÃa que el animal dejara de volver. Pasaron tres noches sin ataques. Los perros salieron otra vez y algunas familias dejaron de vigilar los corrales. Mateo reforzó la malla y colocó una trampa de hierro junto al corral.
8:57 Juana le pidió que la retirara porque podÃa atrapar a un perro, a un niño o a cualquier persona que cruzara de noche. Pero Mateo cubrió el mecanismo con tierra y dejó una gallina muerta como cebo. La noche siguiente desperté por los ladridos y por un golpe de metal. Salà con el botiquÃn y encontré a Juana en el camino y desde el corral llegaba un gruñido continuo. La trampa habÃa sido arrastrada hasta la vereda. El coyote negro estaba detrás de unos magueyes con la pata delantera derecha atrapada y todavÃa cojeaba de la pata trasera izquierda. MordÃa el hierro, tiraba de la cadena y arañaba la tierra con las garras libres. TenÃa sangre en el hocico. Mateo llegó con un machete seguido por Tomás. Juana pidió que esperáramos hasta el amanecer, pero Mateo respondió que la cadena podÃa soltarse. Le pedà que no se acercara, pues el coyote estaba herido y podÃa lanzarse contra cualquiera que entrara en su alcance. Mateo avanzó. Levantó el machete y golpeó el lado izquierdo del hocico. El animal cayó, se incorporó y tiró con todo el cuerpo. La piedra que sujetaba la cadena se movió y Mateo volvió a golpearlo, esta vez en el hombro derecho, pero la cadena se soltó y el coyote avanzó con la trampa sujeta a la pata.
10:22 Mateo retrocedió, pero Tomás quedó junto a la vereda. El animal saltó sobre él y lo derribó. Tomás levantó los brazos para cubrirse la cara, pero el coyote le mordió el antebrazo derecho y después le pasó las garras por el costado y el abdomen. Mateo golpeó al animal una vez más y el coyote soltó a Tomás. Se apartó y desapareció por la vereda, todavÃa arrastrando la trampa. Juan apresionó las heridas del abdomen con su reboso. Me arrodillé junto a Tomás y revisé la respiración, el pulso y el sangrado. Estaba consciente, pero respiraba rápido y tenÃa la piel frÃa. La mordida le habÃa dañado el brazo, y en el abdomen tenÃa cuatro cortes largos. Uno era profundo y seguÃa sangrando. No podÃa determinar ahà si alguna garra habÃa alcanzado un órgano. Quitamos una puerta del corral y la usamos para llevarlo a la clÃnica. Mateo caminó junto a nosotros y repetÃa que no debió poner la trampa.
11:25 Tomás trató de responderle, pero apenas podÃa hablar. En la clÃnica le coloqué una vÃa, inicié solución salina y cubrà las heridas con compresas. El sangrado disminuyó, aunque su pulso seguÃa débil. Necesitaba cirugÃa y mandé a buscar la camioneta comunitaria y pedà que localizaran a Evaristo, que guardaba las llaves. Antes de que regresaran, varias personas entraron cargando a Don Silvano en una cobija. Estaba despierto, TenÃa la muñeca derecha lesionada, un corte en el lado izquierdo de la cara y una herida reciente en el hombro derecho, y el tobillo izquierdo seguÃa vendado. Su esposa dijo que lo habÃa encontrado en el patio. Contó que habÃa tropezado, que una tabla le golpeó la cara y que después cayó sobre el brazo, pero no explicó la herida del hombro. Le retiré la camisa y el corte era ancho y reciente. En la muñeca tenÃa dos filas de heridas enfrentadas. Mateo las vio desde el otro lado del cuarto. Señaló la muñeca y dijo que eran las marcas de la trampa. Luego señaló la cara y el hombro y recordó en dónde habÃa golpeado al coyote. Evaristo y dos hombres lo sujetaron antes de que se acercara. Mateo exigió que miraran las heridas y dejaran de proteger a Don Silvano. Don Silvano pidió que lo sacaran de la clÃnica. Pero me negué. Tomás
12:56 estaba grave y nadie iba a iniciar una pelea dentro del consultorio. Pedà espacio para trabajar y Juana llevó a don Silvano a una de las camas y yo volvà con Tomás. Mientras le revisaba el abdomen, escuché a Evaristo ordenar que nadie hablara de la trampa fuera de la clÃnica. Tomás abrió los ojos y buscó a su padre. Mateo se acercó, le tomó la mano y dejó de discutir. En eso yo volvà a pedir las llaves de la camioneta y Evaristo dijo que primero debÃamos atender a don Silvano. Le respondà que su presión estaba estable, que sus heridas podÃan esperar y que Tomás mostraba signos de una lesión interna.
13:40 Mateo volvió a pedirlas. Dos hombres se pusieron en medio y Juana recordó que el muchacho necesitaba salir de inmediato. Evaristo sostuvo que el vehÃculo no se moverÃa sin el conductor. La discusión siguió mientras yo revisaba a Tomás. El abdomen estaba rÃgido, la piel se le habÃa enfriado y apenas abrÃa los ojos. Le hablé para mantenerlo despierto. Comprobé el pulso y volvà a cubrir las heridas. Cuando llegó el conductor, repetà que Tomás necesitaba cirugÃa y Evaristo decidió que don Silvano también viajarÃa. Colocamos a Tomás en la parte trasera. Mateo subió conmigo y se sentó a su lado. Don Silvano fue en la cabina con un familiar y Juana se quedó en la clÃnica. El camino principal estaba cerrado por un derrumbe, asà que el conductor tomó una ruta usada para llegar a los campos. Yo sostenÃa la bolsa de solución, vigilaba la respiración de Tomás y presionaba las compresas sobre el abdomen, pero cada vez respondÃa menos. La camioneta entró en un tramo de lodo y las llantas quedaron hundidas. El conductor intentó retroceder y después aceleró hacia adelante, pero el vehÃculo no salió. Mateo y el familiar de Don Silvano bajaron para empujar y yo me quedé con Tomás.
15:04 Le pedà que abriera los ojos, pero no respondió. Busqué el pulso en el cuello, lo encontré débil y continué la atención con los medios que llevaba. Su respiración se hizo lenta, luego se detuvo, asà que le volvà a buscar el pulso y ya no lo sentÃ. murió dentro de la camioneta Mateo subió cuando me vio retirar las manos se sentó junto al cuerpo y sostuvo la mano de su hijo no habló el conductor salió a buscar ayuda y al poco tiempo llegaron varios hombres del pueblo sacaron la camioneta de lodo y regresamos con Tomás y Don Silvano en la clÃnica confirmé la muerte y llené la nota registré la mordida los cortes del abdomen la pérdida de sangre el retraso del traslado y el cierre del camino. Después, entregué el cuerpo a la familia. La familia de Don Silvano se lo llevó a su casa.
16:00 Volvà a recomendar el hospital, sobre todo por la herida del hombro y la infección del tobillo, pero se negó otra vez. Su esposa dijo que saldrÃan cuando el camino estuviera abierto. Durante el velorio, Mateo permaneció cerca del ataúd. No habló del coyote ni de Don Silvano. Recibió a las personas y atendió lo necesario. Algunos hombres se acercaron a él, otros se quedaron en la entrada, y don Silvano no fue. Dos dÃas después despejaron el camino, y un familiar llevó a don Silvano al hospital. Supe por Juana que le limpiaron las heridas, le inmovilizaron la muñeca y trataron la infección del tobillo. Regresó semanas después y volvió a caminar con dificultad. Después del entierro, se convocó a otra asamblea. Evaristo responsabilizó a Mateo por colocar la trampa y acercarse al animal con un machete. Dijo que esas decisiones habÃan puesto en riesgo a la comunidad y habÃan causado la muerte de Tomás. Mateo respondió que el coyote ya habÃa atacado antes y que varias personas habÃan visto las heridas de Don Silvano. Pidió que revisaran los expedientes y escucharan a quienes estuvieron en la clÃnica. Pero nadie aceptó discutir ese punto. La asamblea habló de la trampa, del machete y del riesgo para los corrales. Al final le ordenaron salir de la comunidad. Le dieron tres dÃas.
17:29 Mateo volvió a su casa, recogió ropa, herramientas y algunos documentos. Luego se fue sin despedirse. Don Silvano regresó a la clÃnica cuando pudo caminar. Cerró la puerta del consultorio y me pidió que cambiara su expediente. QuerÃa que la herida del tobillo quedara registrada como una caÃda y que las lesiones de la cara, la muñeca y el hombro aparecieran como otro accidente doméstico. Le respondà que no podÃa modificar una nota firmada ni borrar que habÃa extraÃdo dos postas. También le recordé que habÃa atendido sus heridas la misma noche en que Mateo golpeó al coyote y la trampa atrapó una de sus patas. Don Silvano dijo que yo no habÃa visto cómo se habÃa lastimado él. Era cierto, yo habÃa visto al animal herido y después habÃa atendido lesiones que coincidÃan con esos golpes, pero no habÃa presenciado lo ocurrido dentro de su casa. No cambié el expediente.
18:30 Y en la nota clÃnica quedaron los proyectiles, las heridas y las distintas explicaciones que dio durante las consultas. En el registro comunitario, su familia declaró que todo habÃa ocurrido por accidentes domésticos. El expediente de Tomás quedó separado. Ahà registré el ataque, las lesiones, el deterioro durante el traslado y la muerte en el camino. No incluà las heridas de Don Silvano porque pertenecÃan a otro paciente. y no podÃa unir ambos casos sin una prueba médica. Después de mi negativa, varias familias dejaron de acudir a la clÃnica durante algunos dÃas. También dejó de llegar agua al depósito, pero Juana llevó cubetas hasta que el servicio volvió. Nadie explicó la causa y yo no atribuà el corte a una persona. Terminé mi servicio semanas después. Entregué las notas, las postas y un informe al supervisor. Escribà que las lesiones de Don Silvano coincidÃan en lugar y tiempo con las heridas del Nahual. El supervisor retiró esa observación del informe final y dijo que no podÃa sostenerse como conclusión médica.
19:43 No regresé a San Bartolo. Meses después, Juana me llamó. Me contó que los ataques a los corrales habÃan terminado. que don Silvano habÃa vuelto a las reuniones y que Mateo no habÃa regresado. En el expediente de Tomás quedó escrito que un animal silvestre lo hirió y que murió durante el traslado. En el de don Silvano quedaron las postas, las curaciones y sus cambios de versión, pero los documentos nunca se unieron. Me llamo Antonio Sánchez, tengo 58 años y durante muchos años trabajé una parcela al sur de Milpa Alta, cerca del lÃmite con el Estado de México. Mi familia vivÃa del maÃz, el haba y los animales. En aquel tiempo tenÃamos seis borregos, tres chivos, gallinas y dos perros, moro y canelo. Todo comenzó durante la cosecha de octubre, hace cuatro años. Una mañana encontré una borrega muerta detrás del corral. TenÃa el cuello abierto y apenas habÃa sangre en el suelo. La cerca estaba completa, el candado seguÃa puesto y la tierra no tenÃa marcas de arrastre. Elena, mi esposa, revisó el cuerpo conmigo y dijo que tal vez habÃa entrado un perro, aunque ninguno de los nuestros habÃa ladrado durante la noche. Moro y Canelo estaban en
21:13 su caseta, y uno habÃa mordido la madera hasta lastimarse la boca. Los llamé varias veces y ninguno salió. Eso me inquietó, porque siempre respondÃan a mi voz. Iván, mi hijo, recorrió la cerca y encontró varias huellas dentro de la parcela. Eran largas, tenÃan una parte trasera marcada y terminaban en dos hendiduras anchas. Los pasos estaban muy separados. El rastro comenzaba en el sembradÃo y llegaba hasta el corral, pero no habÃa señales de entrada desde el camino. Esa tarde llamé a Jacinto, un vecino que llevaba años criando borregos. Revisó las huellas y descartó que fueran de coyote, perro o venado. Dijo que la parte trasera tenÃa forma de talón, aunque no pudo identificar al animal. Enterramos la borrega y reforzamos el corral. Dos dÃas después encontramos un chivo muerto dentro del encierro, pero la puerta seguÃa asegurada. El animal tenÃa el cuello torcido y cuatro heridas pequeñas bajo la mandÃbula.
22:20 En la pared habÃa una marca oscura formada por cinco trazos largos. Elena la limpió con agua y sal. Esa noche los perros no comieron y las gallinas se quedaron juntas en un rincón. A la mañana siguiente apareció otra marca junto a la puerta de la casa. más alta que la anterior, y estaba húmeda y olÃa a pelo mojado. Decidimos vigilar por turnos. Iván se quedó conmigo y Elena permaneció dentro con los perros. Llevé la escopeta y varios cartuchos, pero solo pensaba disparar, si veÃa con claridad lo que se acercaba. Durante la madrugada oÃmos pasos entre las plantas.
23:00 Sonaban despacio, con una pausa entre uno y otro. y avanzaban desde el fondo de la parcela hacia la casa. Apagamos la lámpara y miramos por la ventana. Varias plantas se movÃan en la misma dirección, y por encima de las hojas apareció una cabeza oscura y volvió a bajar. Los perros comenzaron a gemir, y después escuchamos un golpe en la pared trasera y otro cerca del corral. Salà con la escopeta. Iván vino detrás de mà y le pedà que no se separara. La puerta del corral seguÃa cerrada y cerca del primer surco vimos dos puntos amarillos a poca altura. Pensé que era un perro grande y levanté la lámpara. Los puntos subieron hasta quedar frente a nosotros y la figura se habÃa puesto de pie. Vi un cuerpo cubierto de pelo corto, brazos largos y manos con dedos separados. La cara tenÃa hocico y los ojos estaban colocados de frente. No se movió. Nos observó desde la orilla del sembradÃo y después giró hacia el corral.
24:08 Iván me pidió que regresáramos a la casa, asà que retrocedà sin bajar la escopeta. La figura dio un paso. Apoyó primero la parte delantera del pie y después el talón. El golpe contra la tierra fue fuerte. No disparé. Seguimos retrocediendo hasta llegar a la puerta. La figura bajó el cuerpo, entró entre las plantas y avanzó hacia el lindero. Los tallos se movieron a su paso, y antes del amanecer escuchamos un chillido corto en el monte. Con la primera luz encontramos nuevas huellas. Eran iguales a las anteriores y llegaban hasta la pared de la casa. Junto a la puerta habÃa otra mancha de cinco trazos. Uno se desviaba hacia afuera y dejaba la forma de un dedo torcido.
24:55 Jacinto regresó ese mismo dÃa y le mostramos las huellas y la marca. Recordó un caso ocurrido años atrás en un rancho cercano, donde varios borregos aparecieron muertos y las familias encontraron señales parecidas. Dijo que algunos habitantes hablaban de un Nahual, aunque nadie habÃa demostrado nada. Yo no creÃa en eso y pensé en una persona cubierta con una piel. en un animal enfermo o en alguien que entraba para asustarnos. Pero ninguna posibilidad explicaba las huellas, el estado de los animales ni la forma en que habÃa cruzado la parcela sin tocarla cerca. Metimos a los perros en la casa, trasladamos a las gallinas y aseguramos mejor los corrales. Jacinto se ofreció a acompañarnos durante la siguiente vigilancia y llamó a su hermano Leobardo. Elena querÃa irse Desde la aparición de las marcas tenÃa dolor de cabeza y se sentÃa débil.
25:57 Le propuse que pasara la noche con su hermana, pero decidió quedarse porque Iván y yo seguirÃamos en la parcela. Antes de que oscureciera, revisamos el terreno. En el borde del sembradÃo encontramos un trozo de tela enganchado en un maguey. PertenecÃa a una camisa de hombre y tenÃa una mancha seca. Jacinto reconoció el estampado. y dijo que Eusebio Rojas usaba una igual. Era un jornalero que trabajaba por temporadas en parcelas cercanas, y llevaba varias semanas sin presentarse. Algunos vecinos decÃan que dormÃa en una casa abandonada cerca del monte, asà que Jacinto propuso buscarlo de dÃa, pero decidimos esperar.
26:41 La tela no probaba que él hubiera entrado en la parcela, ni que hubiera matado a los animales. Esa noche, antes de comenzar la vigilancia, escuchamos tres golpes en la pared. Estábamos los cuatro en el patio, asà que fuimos a revisar y encontramos una marca nueva, más grande que las anteriores, con el mismo dedo desviado. En ese momento, entendà que aquello no venÃa solo por los animales. HabÃa llegado hasta la casa, habÃa dejado señales junto a la puerta y volvÃa cada noche, un poco más cerca de nosotros. Después de los tres golpes, Jacinto revisó el patio y Leobardo recorrió el camino. Iván y yo nos quedamos junto a la pared, mirando la marca recién aparecida. Estaba húmeda, tenÃa cinco dedos y el de la derecha se desviaba hacia afuera.
27:30 Pero nadie habÃa cruzado frente a nosotros y tampoco escuchamos pasos alejándose. Encerramos a los borregos y los chivos en la bodega, aseguramos la puerta y cubrimos la ventana. Elena se quedó en la casa con los perros. Jacinto tomó el camino. Leobardo se colocó cerca del pozo e Iván permaneció conmigo detrás del corral. Pasó un rato sin movimiento. Luego llegó el olor que ya habÃamos sentido en las otras marcas, fuerte y húmedo. Los animales comenzaron a golpear el suelo. Uno de los perros rascó la puerta de la cocina y Elena hizo sonar el silbato. Leobardo encendió la lámpara. La luz alcanzó una figura agachada junto a los magueyes de espaldas a nosotros, con las manos apoyadas en la tierra. Leobardo dio un paso atrás y la figura levantó la cabeza, extendió las piernas y se quedó de pie. Era la misma que Iván y yo habÃamos visto.
28:28 TenÃa pelo en la espalda, brazos largos y manos con dedos separados, y el Ãndice derecho estaba torcido. Avanzó hacia Leobardo, primero despacio, luego con pasos más largos. Jacinto gritó desde el camino y la figura giró y cambió de dirección. Yo levanté la escopeta. Esperé a que pasara frente al corral y le disparé. La carga le dio en el costado. El cuerpo se dobló. Una mano cayó sobre la tierra y las piernas siguieron avanzando. Entró al sembradÃo y desapareció entre las plantas. Corrimos hacia la casa. Elena estaba junto a la puerta y los perros seguÃan adentro. Después fuimos a la bodega. La puerta continuaba cerrada, pero la tabla de la ventana estaba partida, y uno de los borregos sangraba del cuello y tenÃa cuatro cortes juntos. En la pared interior habÃa otra marca oscura. Jacinto pidió que nadie saliera solo. HabÃamos visto la herida y no sabÃamos dónde se habÃa detenido. Entramos en la casa, aseguramos la puerta y mantuvimos las lámparas apagadas. Durante la noche oÃmos movimientos en la milpa y paso cerca del corral. pero después todo quedó quieto. Con la primera luz, encontramos sangre en la tierra, y el rastro pasaba junto a los magueyes, cruzaba el lindero y seguÃa hacia una casa abandonada. Entramos los cuatro. HabÃa ropa vieja, un catre y una camisa con sangre en el costado. En el suelo se marcaban
29:59 pisadas humanas descalzas. La sangre terminaba junto al catre. Iván encontró un costal con ropa y una libreta a nombre de Eusebio Rojas. Cerca de la entrada vimos las marcas largas de dos hendiduras, pero unos pasos después se reducÃan hasta convertirse en huellas humanas. Regresamos a la parcela, limpiamos la herida del borrego y trasladamos los animales a la propiedad de Jacinto. Elena preparó una bolsa y se fue con su hermana, pero antes de salir miró la pared del patio, cerró la puerta y se llevó a los perros. Al regresar encontramos a Eusebio en el camino. VenÃa encorvado con una mano sobre el costado y una venda debajo de la camisa. TenÃa una cicatriz sobre la ceja izquierda y el Ãndice derecho torcido. Jacinto le preguntó por la herida.
30:50 Eusebio respondió que habÃa caÃdo sobre una lámina y negó haber estado en la casa abandonada y aseguró que llevaba varios dÃas con un familiar. Iván le mencionó la libreta y el costal, pero Eusebio bajó la mirada y dejó de responder. Le pregunté si habÃa entrado en mi parcela. Dijo que no conocÃa el camino hacia mi casa, aunque habÃa trabajado cerca. Después miró el corral vacÃo y preguntó dónde estaban los animales. Ninguno de nosotros habÃa mencionado el traslado. Jacinto le preguntó cómo sabÃa que ya no estaban. Eusebio contestó que no los escuchaba. Desde ese tramo del camino nunca se oÃan con claridad. Dio un paso atrás, apretó la mano contra la venda y miró hacia el monte.
31:39 No intentamos sujetarlo, pues no sabÃamos si llevaba un arma. Eusebio se alejó por el camino. Al andar, apoyaba primero la parte delantera del pie y después el talón, igual que la figura junto al corral. Leobardo quiso seguirlo, pero Jacinto decidió volver a la casa abandonada. Cuando llegamos, la camisa continuaba junto al catre. pero la libreta y el costal habÃan desaparecido, y en la parte trasera encontramos pisadas recientes que salÃan hacia el monte. Preguntamos por Eusebio en las casas cercanas, pero nadie lo habÃa recibido. Un vecino lo habÃa visto dormir cerca del monte, y una mujer contó que después de discutir con él encontró dos gallinas muertas junto a su puerta. HabÃa ocurrido el año anterior, pero no tenÃa testigos ni pruebas contra él. Regresamos a la parcela antes de que oscureciera. En la pared del patio habÃa otra marca, formada por cuatro dedos arrastrados hacia abajo, y debajo encontramos una gota de sangre. Pero las puertas seguÃan cerradas y nada faltaba dentro de la casa. Iván y yo decidimos pasar la noche en el granero. Desde ahà podÃamos vigilar la entrada y una parte del sembradÃo.
32:57 Jacinto y Leobardo regresaron a su propiedad. donde estaban los animales, y acordaron venir si escuchaban un disparo. Ya entrada la noche, los perros de Jacinto ladraron a lo lejos, y un hombre apareció en el camino y entró en la parcela sin lámpara. Reconocimos a Eusebio cuando cruzó el patio. Se detuvo frente a la pared y colocó la mano sobre la marca. Permaneció asà unos segundos. Luego se quitó la camisa, dejó la ropa en el suelo y caminó hacia la milpa. Iván quiso salir, pero le sujeté el brazo y le pedà que esperara. Eusebio avanzó entre los surcos, se arrodilló y apoyó las manos en la tierra. La espalda comenzó a sacudÃrsele. Los hombros se levantaron y las plantas cubrieron parte del cuerpo. Alcancé a ver su mano derecha, todavÃa humana, con el Ãndice torcido. La figura que se levantó era más alta y estaba cubierta de pelo. La figura quedó quieta entre las plantas. Y desde el granero veÃamos la cabeza, los hombros y parte de los brazos. Después bajó el cuerpo y avanzó hacia la casa, unas veces sobre las piernas, otras apoyando las manos en la tierra. Se detuvo frente a la puerta principal, acercó el rostro a la madera y tocó el marco. Permaneció ahà unos segundos, luego giró hacia el granero y vino directo hacia nosotros. Iván tomó el machete, Yo cargué la escopeta y apunté al portón.
34:31 La figura llegó, empujó una vez y se quedó inmóvil, después golpeó con el hombro. La madera se abrió en la parte inferior y una mano entró por la grieta, buscando el seguro. Le disparé al brazo y la mano desapareció y escuchamos un grito grave. La figura volvió a golpear, la tranca se soltó y el portón se abrió. Entró de lado y bajo la luz reconocà la cicatriz sobre la ceja izquierda y el Ãndice torcido. También vi sangre en el costado, donde la habÃa herido la noche anterior. Iván levantó el machete para mantenerla lejos, pero la figura lo golpeó en el brazo y lo lanzó contra unos costales.
35:13 Disparé al pecho desde corta distancia, cayó de rodillas, apoyó una mano en el suelo e intentó levantarse. Fui hacia Iván, pero la figura me sujetó una pierna y me tiró. Golpeé su mano con la culata hasta que me soltó. Entonces, Iván logró ponerse de pie. Me tomó del brazo y salimos por una puerta lateral. Cerramos el portón desde afuera y adentro se escucharon golpes y tablas quebrándose. Jacinto y Leobardo llegaron poco después, entramos juntos y vimos que la figura habÃa roto una parte de la pared trasera. En el suelo quedaron sangre, pelo gris y marcas de manos.
35:54 Seguimos el rastro. Al principio eran huellas largas con dos hendiduras al frente, pero más adelante vimos manos impresas en la tierra. Cerca del lindero las marcas cambiaron y continuaron en forma de pisadas humanas descalzas. Llegamos a la casa abandonada y Eusebio estaba tendido, sin camisa, con heridas en el brazo, el pecho y el costado. eran los mismos puntos donde yo habÃa disparado. Su mano derecha estaba cubierta de sangre y el Ãndice seguÃa desviado hacia afuera. Jacinto le preguntó qué habÃa hecho en mi parcela, y Eusebio respondió que no recordaba haber salido de la casa. Leobardo le mostró el pelo recogido en el granero, pero Eusebio lo miró y guardó silencio. Iván le preguntó si habÃa otra persona que hiciera lo mismo. Eusebio volvió la cabeza hacia el monte, y dijo que nosotros ya estábamos marcados, y después pidió agua. Lo llevamos con sus familiares, pero murió esa misma mañana. Ellos dijeron que lo habÃan encontrado herido por un animal y nos pidieron que nos regresáramos.
37:05 No discutimos ni contamos lo que vimos en la milpa, porque las huellas, la sangre y el pelo no demostraban la transformación. Elena volvió para llevar a Iván con un médico pues tenÃa dos costillas lastimadas y una herida en el brazo. Yo también tenÃa golpes en la pierna y la espalda. Ninguno quiso dormir otra vez en la casa. Durante los dÃas siguientes entrábamos a la parcela solo con luz. Terminamos de recoger el maÃz, limpiamos las herramientas y sacamos lo que quedaba de los corrales. Las marcas de las paredes se secaron. Los perros volvieron a comer aunque se detenÃan lejos del sembradÃo. Durante varias semanas no ocurrió nada. Después, Jacinto llegó una mañana y nos llevó a su casa.
37:53 Uno de sus borregos estaba muerto dentro del corral, con cuatro heridas bajo la mandÃbula y muy poca sangre en el suelo. En la pared habÃa una marca de cinco dedos. La revisé. Era más pequeña que las señales de mi casa y todos los dedos estaban rectos. Junto al corral encontramos huellas largas, terminadas en dos hendiduras. Luego el rastro se perdÃa cerca del camino. Jacinto sacó a sus animales y se mudó con una hija. Leobardo dejó de acompañarme y dijo que Eusebio no podÃa haber dejado esa marca y que no querÃa encontrar a quien la habÃa hecho. Yo seguà yendo a la parcela hasta terminar la cosecha y no volvà a ver a la figura, pero encontré huellas cerca de la casa. Algunas tenÃan el tamaño de las que relacionamos con Eusebio. y otras eran más pequeñas.
38:45 Elena e Iván se quedaron con unos familiares. Yo llegaba por la mañana y me iba antes de que oscureciera. Vendà los animales, guardé las herramientas y evité la parte cercana al monte. Una tarde encontré dos marcas nuevas en la pared del patio. Una tenÃa el Ãndice derecho torcido, la otra era menor y tenÃa los cinco dedos rectos, pero las dos estaban húmedas. Eusebio llevaba más de un mes muerto, asà que cerré la casa y no volvà a dormir ahÃ. Meses después vendà la parcela a un hombre de otra comunidad. Le conté que varios animales habÃan muerto y que mi familia ya no querÃa quedarse. No le hablé de Eusebio ni de lo ocurrido en el granero.
39:30 El nuevo dueño permaneció menos de un año. Sembró maÃz y llevó varias cabras. Durante su primera cosecha perdió tres animales. Después sacó a su familia y dejó el terreno. Lo vi una vez cuando fue a buscarme. Me preguntó si yo habÃa encontrado huellas largas junto a la puerta y marcas de manos en las paredes. Le respondà que sÃ. Bajó la mirada, se despidió y no volvió a mencionarlo. La parcela sigue vacÃa. En octubre, algunos vecinos oyen pasos en el terreno, aunque ya no se siembra. Nadie entra de noche y la casa permanece cerrada. Eusebio se arrodilló entre las plantas. Una figura cubierta de pelo se levantó en el mismo lugar y después de los disparos apareció con las heridas en el brazo, el pecho y el costado.
40:20 Después de su muerte continuaron los ataques. Aparecieron huellas de dos tamaños y quedaron marcas de manos distintas, pues Eusebio no era el único Nahual de esa región. Esta historia me sucedió en una ciudad fronteriza, en el estado de Tamaulipas. No puedo dar muchos datos especÃficos porque ya no los recuerdo 100%. Además, eso no aporta nada a la historia que estoy por compartir. En ese tiempo, trabajaba en lo que hoy se conoce como Asociación Protectora de Animales o Centro de Control Animal Municipal, una cosa asÃ. Pero muchos años atrás le llamaban simplemente La Perrera. que no era otra cosa que un lugar donde llegaban muchos perros, la gran mayorÃa capturados por deambular en la calle. Cuidaré muy bien mis palabras para contar este relato, porque puedo herir la sensibilidad de quienes aman a los animales, porque en ese lugar habÃa desde maltrato hasta sacrificios. También nos tocaba rescatar animales atropellados e incluso envenenados, especialmente con veneno para ratas.
41:36 o a otros les daban carne molida con vidrios, y aquà les ayudábamos hasta donde se podÃa. Si de plano no tenÃan remedio, también les ayudábamos a bien morir y asà evitar el sufrimiento innecesario. Solamente doy mi nombre, me llamo Julián. En aquel entonces, y con esto me refiero a finales de los setenta, TenÃa 19 años, aunque no habÃa estudiado veterinaria, sabÃa y me gustaban mucho las mascotas caseras. Por eso es que busqué hasta conseguir un empleo donde pudiera interactuar con animales. Y lo único que habÃa para mà era la llamada perrera. Aunque en ocasiones también recibÃamos gatos abandonados. De hecho, las primeras semanas ni siquiera tuve un sueldo, pero eso poco me importaba. Empecé bañando perros.
42:25 Luego de unos meses era el encargado de darles de comer. En ese tiempo no se utilizaban las croquetas, por lo menos no ahÃ. El encargado de enseñarme era un tipo alto y fuerte, apodado verdugo, bastante violento con los animales. Por eso los perros chicos y grandes le tenÃan miedo. Siempre les gritaba en un tono amenazante que el que no lo obedeciera se lo iba a comer. Y pareciera mentira, pero con él se comportaban todos de manera dócil. Este compañero me contaba muchas cosas de verdad extrañas. Me decÃa que un antiguo encargado vendÃa gatos y perros a los brujos para que tuvieran sus prácticas oscuras. De hecho, muchas veces ahà mismo hacÃan sacrificios. A mà eso no me tocó vivirlo, pero me aseguraba que a él sÃ. Lo que sà puedo decir es que ahà sucedÃan todo tipo de situaciones, que no voy a entrar en tantos detalles, pero habÃa venta de cachorros, hacÃan pelear a los perros grandes, a todos se les maltrataba, y cuando habÃa que dormirlos se elegÃan principalmente animales de color negro y perras, para asà evitar que se siguieran reproduciendo. En fin, y aunque suene horrible, no es de eso de lo que trata mi historia. La perrera no era un trabajo fácil. TodavÃa tengo algunas cicatrices que me dejaron las primeras mordidas. Por lo mismo, muchas veces tuve que recurrir al botiquÃn de primeros auxilios. Pero, la verdad, era que yo disfrutaba mucho
43:57 estar ahÃ. De hecho, cuando me pasó esta situación, me quedaba a dormir en la oficina, haciendo el trabajo de velador. En ese lugar, miré pasar infinidad de perros, de todas las razas y tamaños. Algunos dóciles, otros bravos. También pasaron muchos trabajadores, renunciaban a los pocos dÃas, ya fuera porque no aguantaban el olor o porque no soportaban el sonido fuerte y constante de los ladridos, además de las mordidas, aparte la mala paga. HabÃa un vehÃculo, una vieja camioneta equipada con una jaula bastante grande, que salÃa prácticamente todos los dÃas a capturar perros. Después los llevaban a las instalaciones donde las peleas entre ellos, algunas encarnizadas, eran el pan de cada dÃa. Ahà trabajé de todo, tenÃa que hacerlo.
44:49 Por eso también me tocó ir a las colonias populares a capturar perros hasta que se llenara la jaula. Los que son de esa época recordarán que se hacÃa todo un alboroto. No solo por el ladrar de los perros, también porque las personas salÃan a las calles a evitar que atrapáramos a sus mascotas. Los niños lloraban, las señoras nos gritaban malas palabras. Hubo ocasiones que tuvimos que salir huyendo de algunos barrios porque nos apedreaban. Un dÃa nos mandaron a la orilla del rÃo Bravo porque reportaron un animal grande y tal vez enfermo que andaba merodeando por ahÃ. A veces nos tocaban casos asÃ, donde los perros presentaban sÃntomas de rabia y habÃa que enfrentarlos. La verdad, no tenÃamos equipamiento como tal. Solamente utilizábamos los palos atrapaperros, unos guantes.
45:40 Nos ponÃamos doble pantalón y doble camisa de manga larga para cubrirnos de las mordidas. Pero sobre todo se usaba la experiencia, aunque en mi caso no era mucha. SerÃan como las cuatro y media de la tarde cuando, junto con mi compañero el verdugo, salimos rumbo al rÃo para buscar a ese animal. Nos fuimos deprisa porque ya casi se llegaba la hora de salir. Llegamos a la ubicación que nos dieron. Era muy cerca de un parque. Con precaución bajamos hasta el rÃo que no quedaba muy lejos, si acaso a unos cuantos metros. No hubo necesidad de caminar mucho porque, en un tramo donde habÃa una buena cantidad de carrizo, alcanzamos a ver que se metió un canino grande y negro, fuimos y con cuidado lo comenzamos a buscar, hasta que después de un rato en medio de todo aquel carrizal lo encontramos, me sorprendà al verlo, era un perro si, pero a primera vista no podÃa afirmar que se trataba de una raza común, al instante se puso de pie, nos enseñó los colmillos y nos comenzó a gruñir amenazante, Eso hizo que reaccionáramos haciéndonos unos pasos para atrás. Me le quedé mirando porque tenÃa el aspecto como de un diablo. A mà no me habÃa tocado ver un animal asÃ. Estaba muy flaco y era demasiado grande, más que un Doberman, quizás del tamaño de un gran danés adulto. Pero lo extraño era que ese tipo de perros no eran comunes en la ciudad. Mi compañero y yo nos miramos unos segundos porque supimos que
47:13 someterlo no iba a ser tan fácil. El método en estos casos era atrapar su cuello entre los dos y estirar cada quien hacia su lado. Asà lo mantendrÃamos seguro y lejos de cualquiera de nosotros. Sin pensarlo mucho, nos fuimos acercando poco a poco, planeando los movimientos que harÃamos para no fallar. Entonces a ese animal le fue pasando algo verdaderamente extraño. Primero se encrespó como si fuera un gato, de hecho bufó como un felino. Después le cambió el color de los ojos. Del negro que tenÃa se le pusieron de un tono rojizo y brillante. Abrió más el hocico y le creció la lengua. Luego le comenzó a escurrir mucha baba. De pronto comenzó a despedir un desagradable olor.
48:00 Me pareció que pudiera tener la rabia. Agachó sus patas traseras amenazándonos con saltar sobre nosotros. Cuando parecÃa que se iba a erguir en dos patas, mi compañero el verdugo gritó algunas malas palabras y logró lazarle el cuello y comenzó a estirarlo. Después de varios intentos, también yo lo hice. Entonces comenzamos a forcejear con él, asà estuvimos por algunos minutos. Era como querer doblegar a una bestia. A duras penas logramos arrastrarlo hasta la camioneta. El animal hacÃa sonidos bastante raros, hasta parecÃa que intentaba hablar. para meterlo a la jaula de vedad que representó un verdadero problema. De hecho, estuvo a punto de zafarse, hasta que por fin lo logramos.
48:44 Cuando lo hicimos, lo estuvimos observando unos minutos porque, de verdad, que era un perro extraño. Le pregunté a mi compañero si habÃa visto algo igual. Volteó a verme, pero no me respondió. Miró su reloj y me hizo una seña para que nos fuéramos. Durante todo el camino, el perro se mostró muy inquieto. MordÃa las barras de fierro e intentaba salirse a como diera lugar. Fue una suerte que no traÃamos otro animal porque seguramente lo hubiera agredido. Cuando llegamos a la perrera pasaban de las seis de la tarde. Entramos a las instalaciones. Al instante la gran mayorÃa de los perros comenzaron a huyar. A ladrar con insistencia como si presintieran algo malo. Ãl solamente los miraba. Como ya era tarde y mi compañero se tenÃa que ir. Decidimos dejarlo en la camioneta, encerrado en la jaula, porque no habÃa tiempo para revisarlo. Quedamos que al dÃa siguiente se decidirÃa si se sacrificaba o no, porque al parecer sà tenÃa todos los sÃntomas de la rabia. También por eso era imposible que a esa hora lo incorporáramos con los demás.
49:56 Como a eso de las ocho de la noche comenzó a oscurecer, pero los perros no habÃan parado de ladrar. Yo me puse a hacer mi trabajo. Les di de comer a los animales que les tocaba. Barrà un poco, acomodé algunas cosas. Ya después de eso me acordé, fui a darle un poco de agua al animal que habÃamos traÃdo. No podÃa creer lo que miré desde lo lejos. Algo pasaba con ese animal. Estaba trepado, intentando escapar por la parte de arriba, por el color tan negro que tenÃa y su grueso pelaje parecÃa una enorme tarántula. Un perro no podÃa hacer una cosa asÃ, o por lo menos yo nunca habÃa visto semejante escena. Me acerqué un poco más, entonces, como si me hubiera olido, se dejó caer. Parado sobre sus cuatro patas, me miraba directamente. PodÃa sentir su odio hacia mÃ. No pude evitar sentir un fuerte escalofrÃo. Me parecÃa que trataba de dominarme con su mirada. Lo único que movÃa de su cuerpo eran sus ojos y jadeaba muy agitado. Desistà de darle el agua porque eso implicaba abrir un poco la jaula y no lo iba a hacer.
51:07 El perro se miraba tan macabro con aquellos ojos rojos que mejor no me le acerqué. Al darme la vuelta, sentà su mirada. Era tan fuerte, tan pesada como la de un humano. Entré a la oficina deprisa y desde ahà me puse a observar. Ese animal seguÃa como una estatua mirando directamente hacia mÃ. A las 10 de la noche salà a dar una vuelta. El perro seguÃa en la misma posición en la que se habÃa quedado. En serio que eso era muy raro. Me quise acercar porque no se movÃa, pero entonces me comenzó a gruñir y a ladrar con fuerza. Como me ponÃa inquieto su actitud, movà la camioneta a un rincón y puse la jaula pegada a la pared para ya no verlo. De nueva cuenta, entré a la oficina. Me puse a ver un rato la televisión para que se me olvidara todo lo que habÃa pasado con ese perro. Me parecÃa tan peligroso, tan siniestro, que solo esperarÃa que amaneciera para dormirlo sin importar que tuviera rabia o no. Cuando más entretenido estaba con un documental, miré la sombra de alguien que pasó frente a la ventana.
52:16 Volté porque me pareció alguien muy alto, pero no se veÃa a nadie. Los perros ladraban con mayor insistencia. No salÃ. Solo me asomé por la ventana. Minutos después, aunque inquieto, volvà a ver la televisión, pensando que habÃa visto mal. Luego de unos minutos me encontraba muy concentrado cuando me di cuenta de una cosa. Todos los perros estaban en silencio. Cuando puse atención, se podÃa escuchar que un perro estaba llorando. Me acuerdo que entrecerré los ojos haciendo un esfuerzo por distinguir algo. Afuera no habÃa la suficiente luz que me ayudara a ver de dónde venÃa aquel sonido. Si querÃa saber, tenÃa que salir. Sorprendido por lo que estaba pasando, me paré en la puerta y comencé a recorrer el patio con la mirada. ParecÃa que me encontraba en un lugar desolado.
53:09 Sin saber qué pensar ni qué estaba ocurriendo, agarré un bate. Porque de algo sà estaba seguro. Eso para nada era normal. Era tanto el silencio que habÃa en ese momento que hasta llegué a pensar que todos los perros habÃan desaparecido. Fui recorriendo las jaulas. No era asÃ. Ahà estaban los perros. Solo que, por su actitud, era evidente que estaban muy asustados. Al llegar al final, miré a un animalito que estaba tirado. Era el que lloraba. Al revisarlo, me di cuenta de que estaba mordido del cuello. Pero la herida era extraña. Al parecer lo habÃa atacado un animal bastante grande, con fuertes fauces. Apreté el bate que traÃa y me puse en alerta. Agarré aire y caminé. Tal vez quien habÃa hecho eso todavÃa se encontraba por ahÃ, escondido entre las cosas o debajo de ellas. Ya no sabÃa qué pensar.
54:07 Pudiera estar oculto e incluso en las sombras. Recorrà todo el lugar, de ida y vuelta, con la intención de tirar un batazo a lo primero que se moviera. De vez en cuando volteaba hacia abajo buscando huellas, pero no miraba nada raro. No habÃa rastros ni nada. Con una camiseta vieja que encontré recogà el perro para revisarle las heridas, pero ya estaba muerto. Caminé todo el patio y los perros no hacÃan ningún ruido. Yo sabÃa que cuando los animales guardaban silencio total era porque rondaba un depredador. puse al perro muerto en una de las mesas estaba revisando las heridas para darme una idea de que lo habÃa atacado cuando otro más comenzó a llorar lastimosamente solo que esta vez si logré escuchar el sonido del ataque y por lo que escuché era un animal bastante grande lo dudé un poco pero tenÃa que hacerlo dominando mis nervios agarré de nuevo el bate y salà a investigar de nueva cuenta caminé cauteloso volteando para todas partes Para mi sorpresa, habÃa otro perro tirado a mitad de patio. A simple vista, también habÃa sido mordido del cuello. Como no miraba a nadie, dirigà mi mirada hacia los árboles y sobre el techo, porque en algún lugar tenÃa que estar. Tampoco habÃa nada.
55:29 Ya no me le acerqué al perro. No tenÃa caso porque ya no se movÃa. Por unos segundos más, me puse a escuchar el silencio. Cuando me iba a retirar, volvà a sentir aquella mirada que tenÃa el perro que estaba enjaulado. Se me vino a la mente que algo tenÃa que ver él con lo que estaba sucediendo. La verdad, ya con un poco de miedo, caminé rumbo a la camioneta a investigar. No me quise acercar demasiado a la jaula. Cuando me faltaban unos metros, logré ver los ojos brillantes del animal. No podÃa ser el causante de las muertes porque seguÃa encerrado. Eso estaba bien, pero entonces lo que andaba por ahà era un animal mucho más peligroso que ese.
56:10 Me di cuenta que no me podrÃa defender solo con un bate. Sin voltear a ningún lado, me metà a la oficina y atranqué la puerta lo mejor que pude. Preocupado, escuché que sucedió un ataque más, pero ya no salÃ. Al contrario, le atravesé un mueble a la puerta para que ese animal no se fuera a meter a atacarme. Minutos después, un perro más comenzó a llorar, entonces me repegué a la pared. Al parecer, la intención de esa criatura era acabar con todos los perros. De rato, comencé a escuchar que caminaban sobre el techo. Le puse atención a eso porque no parecÃan pisadas de una persona, sino de un animal. Asà estuvo. De rato, claramente, oà que saltó.
56:55 Cayó al suelo y comenzó a correr por todas partes. atacó a un perro y luego a otro. Se comenzó a escuchar que golpeaban las jaulas con fuerza. TenÃa que saber lo que ocurrÃa. Entonces me asomé por la ventana. Me recorrió un escalofrÃo por todo el cuerpo cuando miré al causante. Era una criatura intentando abrir las jaulas. Pudiera ser un animal, pero con movimientos humanos. TenÃa un enorme hocico y largos brazos. OlÃa a los perros con desesperación. Tal vez lo hacÃa para elegir a uno. Logró sacar a un perro y lo comenzó a morder sin que éste pusiera resistencia. Comprendà que quizás los hipnotizaba para atacarlos sin que le representaran un problema. Después que terminó de morderlo, lo aventó y comenzó a olerlos de nuevo. Cuando en realidad me di cuenta que aquello era cosa del diablo, reaccioné.
57:48 Le hablé por teléfono a mi compañero para decirle lo que estaba pasando. Ãl tenÃa más experiencia con animales. Seguramente sabrÃa, me dirÃa qué hacer. Apenas me contestó, le pedà ayuda de manera desesperada. Como pude le expliqué lo que estaba sucediendo. La verdad no me esperaba que me creyera. Ãl vivÃa como a unas 10 cuadras de la perrera. Me dijo que unos minutos estarÃa por ahà para auxiliarme. Mientras tanto, aquella extraña criatura seguÃa golpeando las jaulas y sacando perros. Yo me sentÃa impotente de no poderlos ayudar, pero¿ qué podÃa hacer yo contra semejante bestia? Minutos después, escuché unos golpes diferentes.
58:31 Supe que era mi compañero quien tocaba el portón. Obviamente no iba a salir. Le grité que se brincara con cuidado y que corriera a la oficina para que no lo fuera a atacar ese animal. Por estar mirando cómo brincaba, perdà de vista a ese animal. Cuando lo busqué de nuevo, ya no estaba. Llegó mi compañero el verdugo sudando a la oficina. Me preguntó qué estaba pasando porque en el patio habÃa varios perros tirados. Le dije a grandes rasgos sobre la criatura que habÃa visto. Respiró una bocanada de aire, luego me pidió que me calmara un poco. Me dijo que él sospechaba lo que era esa cosa. Al decirme que era un Nahual, fui yo el que no lo creÃ.
59:14 Seguramente me miró incrédulo. Por eso me pidió que lo acompañara a investigar. Como yo ya lo habÃa visto tal cual era, le dije que yo no saldrÃa. Era peligroso. Y como pude, le describà al animal. Me aseguró que él sabÃa algo al respecto de ese tema. Solo era cuestión de ofrecerle una disculpa por haberlo capturado luego dejarlo ir. TodavÃa sin creer totalmente en sus palabras, le dije cómo un perro iba a saber perdonar. Mirándome a los ojos, me dijo que ese animal era un brujo convertido en perro. Lo único que querÃa era liberarse. De hecho, el que habÃa atacado a los perros era solo un espÃritu. De nueva cuenta, me pidió que lo acompañara. Le iba a hacer un ritual de liberación y nos dejarÃa en paz.
1:00:03 Caminamos por el patio, ignorando el tiradero de perros. No lo puedo negar, yo no podÃa con mis nervios. Nos paramos frente a la jaula, quizás a unos seis metros. Entonces, desde ahà comenzó a rezar algo en voz baja. No eran padres nuestros ni aves marÃas. Era otro tipo de oraciones que nunca las habÃa oÃdo y que se las sabÃa de memoria como si ya las hubiera dicho muchas veces. Cuando terminó de rezar, nos acercamos. Pareciera mentira, pero la jaula estaba vacÃa. No lo podÃa creer porque no habÃa forma por donde se hubiera podido salir. La puerta estaba pegada a la pared y la jaula no estaba rota.
1:00:45 Aún sorprendido, no terminaba de convencerme. Por eso me puse a buscar por todas partes. Lo hice por mucho tiempo, pero no encontré nada. Revisé varias veces la jaula. No podÃa ser. HabÃa desaparecido. La verdad, hasta la fecha, no sé en realidad qué fue lo que pasó. Para no hacer la historia tan larga, recogimos a todos los perros que habÃan tenido contacto con esa criatura. Revisamos hasta estar seguros que estuvieran muertos. Los amontonamos y los quemamos. Se escucha extraño, pero si no lo hacÃamos se podrÃan levantar para atacarnos. Eso me lo aseguró mi compañero. Lo que le restó a la noche sucedieron algunas cosas extrañas. Escuchamos gruñidos que sobresalÃan sobre los sonidos de los perros que comenzaban a reaccionar. También miramos que la jaula se movÃa como si quisieran tumbarla. Antes del amanecer, todas aquellas manifestaciones se terminaron. Mi compañero me pidió que nunca hablara con nadie de lo que habÃa pasado esa noche porque él no me iba a respaldar. Le dije que no se preocupara porque yo sabrÃa guardar el secreto. A la mañana siguiente, los perros actuaron de manera normal, como si nada hubiera sucedido.
1:02:00 Lo que sà nos dimos cuenta que, aparte de los animales muertos, ocho en total, desaparecieron otros tres perros grandes sin dejar ningún rastro. A pesar de eso que pasé, todavÃa trabajé en la perrera por seis años más y nunca me volvió a pasar una situación similar. No es necesario decir que de esa noche en adelante creo que los Nahuales existen. De hecho, hay algunas historias que cuentan donde un animal igual a aquel perro de ojos rojos ataca a los migrantes cuando intentan cruzar el rÃo Bravo.
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