May 5, 2026

La Noche Que Las Brujas Rodearon La Cuna De Mi Bebé - Historias De Terror - REDE

La Noche Que Las Brujas Rodearon La Cuna De Mi Bebé - Historias De Terror - REDE
La Noche Que Las Brujas Rodearon La Cuna De Mi Bebé - Historias De Terror - REDE
REDE (Relatos Desclasificados)
La Noche Que Las Brujas Rodearon La Cuna De Mi Bebé - Historias De Terror - REDE

¡ Rápido ! Suscríbete y activa la campanita.
Se parte de la comunidad REDE.
ENVIAME TUS HISTORIAS A: relatosdesclasificados@gmail.com
SÍGUEME EN FANPAGE: https://bit.ly/33H3Og3
SÍGUEME EN INSTAGRAM: https://bit.ly/3dgiBmd

0:05 Vivía en Ciudad Obregón, Sonora, cuando nació mi bebé. Y todavía recuerdo esos días con una claridad que me pesa. Era mi primer hijo. Yo estaba cansada, adolorida y orgullosa, convencida de que podía decidir sola lo que era mejor para él. Mi abuela llegó a verme desde los primeros días. Lo cargó poco, lo observó en silencio y antes de irse, me advirtió que no lo sacara de la casa durante las primeras semanas. Me habló seria, sin levantar la voz. Me pidió mantenerlo dentro, no enseñarlo a cualquiera y no dejarlo solo ni dormido. Para ella no era una costumbre ni una frase de miedo. Las brujas huelen a los recién nacidos, me dijo, y los buscan cuando todavía están débiles.

0:53 Yo la escuché, pero no le creí. Me molestó que me hablara con tanta seguridad cuando yo apenas estaba aprendiendo a ser madre y todo el mundo quería corregirme. Le respondí que mi hijo estaba sano, que yo iba a cuidarlo y que no pensaba encerrarme por historias antiguas. Mi abuela no discutió mucho, solo me pidió tener cuidado y llamarla si oía ruidos en el techo, si alguien rondaba la casa o si el niño lloraba de una manera extraña. Cerré la conversación porque no quería seguir oyendo advertencias. A los pocos días salí con mi bebé. Fui cerca de la casa con una vecina que insistió en conocerlo. Había más personas ahí. Lo miraron, algunas lo cargaron y una señora mayor se acercó demasiado a su cara. Dijo que el niño olía bonito, que olía a recién nacido. Lo dijo despacio, sin quitarle los ojos de encima. A mí me incomodó, pero no dije nada. Le acomodé la manta, lo tomé de nuevo y regresé a la casa antes de que oscureciera. Venía dormido contra mi pecho. En el camino pensé en mi abuela, pero no con miedo, sino con fastidio. Esa noche le conté por teléfono que había salido.

2:11 Se quedó callada unos segundos y luego habló con dureza. Me reclamó por no escucharla y me dijo que yo había llamado la atención de algo que no debía acercarse a la casa. También repitió la misma orden, no dejar al bebé solo. Le contesté que sí para terminar la llamada, pero por dentro seguía segura de que exageraba. Los ruidos comenzaron poco después. Era de noche. Yo estaba acostada, con el bebé dormido en su cuna al lado de mi cama, y la casa estaba quieta. Primero escuché tres golpes en el techo. Fueron golpes separados, dados justo arriba del cuarto.

2:53 me quedé inmóvil atenta pensé en un gato luego en una rama después en alguien caminando por la casa de al lado pero los golpes volvieron más cerca más claros y sobre mi techo me levanté y revisé al bebé seguía dormido con los puños cerrados junto a la cara entonces escuché una risa de mujer fue baja ronca y corta después vino otra risa desde el mismo lugar y las dos salían de arriba Sentí la boca seca, mi bebé se movió en la cuna y empezó a llorar. Apenas lloró, los golpes pararon y también pararon las risas, pero ese silencio me dejó sin aire. Lo cargué y me senté en la cama. Traté de pensar con calma, pero la ventana sonó. No fue un golpe, fueron uñas contra el vidrio de arriba hacia abajo una vez, luego otra.

3:50 La ventana estaba cerrada y la cortina se movía apenas. Me acerqué con el bebé en brazos y aparté la tela lo necesario para mirar. Y ahí fue donde las vi. Eran dos mujeres ancianas paradas frente a la ventana. Tenían la cara dura, los ojos abiertos y las uñas largas. Una estaba pegada al vidrio mirando hacia el niño. La otra se quedó detrás con la cabeza ladeada y la boca abierta. No eran vecinas. No eran mujeres perdidas, estaban ahí por mi bebé y yo lo supe en cuanto las vi. La que estaba más cerca levantó la mano y raspó otra vez la ventana y la otra movió la boca. Alcancé a oír una orden, abre. Luego dijo que el niño tenía hambre y mi bebé lloró más fuerte.

4:39 Retrocedí hasta la cama y lo apreté contra mi pecho. La anciana puso la palma sobre el vidrio y empujó. El marco se movió. En ese momento entendí que no buscaban asustarme, querían entrar. Cerré la puerta del cuarto, puse una silla contra la madera y le marqué a mi abuela. Me contestó después de varios tonos. Le hablé rápido, sin ordenar las palabras. Había dos mujeres afuera, estaban en la ventana y querían al bebé. Mi abuela no dudó, me ordenó escucharla. cerrar bien el cuarto cargar al niño todo el tiempo y buscar unas tijeras le respondí que no podía soltarlo pero me corrigió al instante no lo sueltes muévete con él fui al cajón donde guardaba cosas del bebé y encontré unas tijeras pero la ventana volvió a sonar una mujer golpeó el vidrio con los nudillos la otra caminó hasta la puerta oí sus pasos del otro lado, luego la chapa se movió, me agaché con el niño en brazos, abrí las tijeras y las puse debajo de la cuna, con las puntas hacia la ventana, me temblaban los dedos, pero logré dejarlas abiertas, los golpes bajaron por un momento, la mujer de la ventana se apartó y la de la puerta dejó quieta la chapa, mi abuela siguió hablando desde el teléfono y me ordenó rezar en voz alta, no contestarles y no bajar la voz. Empecé a rezar. Las primeras palabras salieron cortadas. Mi bebé lloraba

6:14 contra mi pecho y la puerta volvió a moverse y las mujeres comenzaron a reír. Mi abuela rezaba conmigo, firme, sin perder el ritmo. Yo repetía lo que podía. La mujer de la ventana pegó la cara al vidrio, la otra empujó la puerta y la silla se recorrió. Puse el pie contra una pata, apreté al bebé y seguí rezando, pero en cada empujón la madera crujía y la silla avanzaba un poco. Yo la detenía con el pie, sin apartar al niño de mi pecho. Sentía su cabeza caliente bajo mi mano y su llanto me golpeaba el oído. Las tijeras seguían abiertas debajo de la cuna. Mirarlas me ayudaba a no correr hacia la puerta ni perder el control.

7:00 Mi abuela repetía mi nombre para mantenerme despierta, firme y atenta. Ahí dejé de sentir enojo contra mi abuela y recordé su advertencia completa. Recordé mi respuesta y también recordé a la señora que había olido a mi hijo esa tarde. Y entendí, tarde y con miedo, que esas mujeres habían llegado porque yo misma había llevado a mi bebé hasta donde podían encontrarlo. Seguí rezando con mi bebé en brazos, mientras las dos mujeres buscaban entrada. La de la ventana pasaba las uñas por el vidrio, despacio y con fuerza. La de la puerta movía la chapa, empujaba la madera y se detenía cada vez que mi voz subía. Yo repetía la oración sin mirar hacia arriba, porque mi abuela me había ordenado mantener la vista baja y no responderles.

7:55 El teléfono estaba en la cama. en altavoz. Mi abuela hablaba con firmeza. Me pedía sostener al niño, revisar las tijeras y seguir rezando. Las tijeras seguían abiertas debajo de la cuna, con las puntas hacia la ventana. Mi bebé lloraba, se quedaba quieto y volvía a llorar. Pero cada pausa suya me asustaba, porque su cuerpo se ponía tenso y sus manos se cerraban sobre la manta, Yo le hablaba cerca del oído, le repetía que estaba conmigo y que no lo iba a soltar. La mujer de la puerta habló primero, dijo mi nombre y me pidió dejar al niño en la cuna. Dijo que yo estaba cansada, que debía descansar, que ella podía cuidarlo. No contesté. La voz me llegó desde el otro lado de la madera y sentí el impulso de gritarle que se fuera, pero recordé la orden de mi abuela, así que seguí rezando. La mujer volvió a decir mi nombre, esta vez más bajo, y golpeó la puerta una sola vez. El bebé se sobresaltó.

9:00 Le conté a mi abuela que una de ellas sabía mi nombre. Ella no se sorprendió, solo me pidió repetir la oración más fuerte y revisar las tijeras sin cerrar las hojas. Me agaché con cuidado, sosteniendo al niño con un brazo, y vi que una punta se había movido hacia un lado. La acomodé con los dedos temblando. Y en cuanto la punta quedó otra vez hacia la ventana, la anciana del vidrio retrocedió y soltó un golpe con la palma abierta. El marco vibró, pero resistió. Después dejaron de empujar juntas. Se turnaron. Una raspaba la ventana para obligarme a mirar. La otra trabajaba la puerta cerca de la chapa. Escuché la madera abrirse en astillas pequeñas. No era un golpe desesperado. Era un trabajo lento, constante. yo tenía los brazos adoloridos y la espalda húmeda de sudor y el bebé pesaba más con cada minuto pero no lo bajé lo acomode mejor contra mi pecho y seguí con la oración mi abuela me avisó que iba a mandar a mi tío también me advirtió que no abriera por ninguna voz hasta estar segura me pidió mantener la luz encendida no pasar al niño a la cama y no mover las tijeras de su lugar Luego rezó conmigo, su voz se oía débil por momentos, pero seguía ahí, marcándome el ritmo. Había órdenes claras y esas órdenes me sostuvieron.

10:29 Entonces la llamada se cortó, miré la pantalla y vi el teléfono apagado. Me quedé sola con el bebé, la puerta, la ventana y las tijeras abiertas debajo de la cuna. Perdí el ritmo durante unos segundos y las dos mujeres reaccionaron de inmediato. La ventana se sacudió, la chapa giró y una risa larga atravesó el cuarto. Me obligué a respirar, levanté la voz y seguí rezando con las palabras que recordaba. Ya no me importó decir lo perfecto, solo necesitaba mantener la voz viva. La silla que detenía la puerta se movió. La hoja abrió apenas, lo suficiente para dejar entrar unos dedos largos por el borde. Vi las uñas, oscuras y curvas.

11:17 buscando espacio junto a la chapa. Empujé la silla con la pierna y cerré el hueco. La mujer del otro lado golpeó la puerta con fuerza. El niño se sacudió y casi se me fue de los brazos, pero lo sujeté con más fuerza. Me recargué en la pared y seguí rezando. En ese momento entendí que mi cansancio también podía entregar al bebé. Escuché pasos afuera de la casa y luego golpes en la puerta principal y alguien gritó mi nombre. Era mi tío, pero no contesté enseguida. Mi abuela me había advertido que no confiara en cualquier voz. Volvió a gritar, mencionó a mi abuela y dijo que ella lo había mandado. Entonces respondí desde el cuarto. Le dije que no podía salir. Las dos ancianas se callaron al mismo tiempo y mi tío abrió la puerta principal con una llave que mi abuela guardaba para emergencias. Venía con un vecino. Escuché sus pasos entrando por la casa.

12:16 Cuando llegaron al pasillo, la mujer de la ventana dio un último golpe y el vidrio se quebró en una esquina. Yo grité y cubrí la cabeza del bebé con la manta. Mi tío empujó la puerta del cuarto, quité la silla con el pie y entró. Las mujeres ya no estaban. Revisaron la casa, el patio y la calle, pero no encontraron a nadie. En la ventana quedaron rayones profundos. En la puerta había marcas alrededor de la chapa. Y en el techo quedaron señales de pisadas. Mi tío quiso salir a buscarlas, pero mi abuela llegó poco después y lo detuvo. No quiso que nadie la siguiera. Yo no discutí ni dije nada. Mi abuela tomó al bebé solo cuando yo pude entregárselo. Le revisó la cabeza, los pies, la espalda y la boca. Después me lo devolvió y acomodó las tijeras debajo de la cuna. Las dejó abiertas en el mismo lugar. Me ordenó rezar cada noche, cerrar ventanas, revisar puertas y no separarme del niño. Esa noche no terminó con la huida de las mujeres. Mi bebé tardó en calmarse y yo tardé más. Mi abuela se quedó junto a la cuna hasta que amaneció y mi tío se quedó en la sala. Nadie habló mucho. Todos habían escuchado algo.

13:38 Todos habían visto las marcas, pero nadie quiso repetirlo. Desde entonces cambié mi forma de cuidar a mi hijo. No lo dejé solo, ni dormido. Si yo entraba al baño, mi abuela lo cargaba. Si salía por algo, alguien se quedaba con él. Durante semanas, revisé puertas y ventanas antes de acostarme y las tijeras siguieron abiertas debajo de la cuna. Pensaba en la puerta moviéndose, en las uñas dentro del cuarto y en mi bebé llorando contra mi pecho. Las mujeres rondaron otra vez, Escuchamos ruidos en el techo y una risa afuera, pero no entraron. Mi abuela dijo que el niño estaba más fuerte y que la casa ya tenía defensa. Mi hijo creció y está bien, pero yo no quedé igual. Todavía recuerdo la ventana, la chapa, las tijeras y la voz de mi abuela. Lo cuento porque pasó en mi casa en Obregón y porque esa noche entendí tarde lo que mi abuela intentó evitar. Desde esa noche aprendí a no burlarme de las advertencias sobre las brujas.

14:47 No hablo de cuentos para asustar niños. Hablo de cosas que pasan en casas reales, con bebés reales, cuando una cree que nada malo puede alcanzarla. Mi abuela siempre dijo que los recién nacidos no deben andar de brazo en brazo, ni salir de noche, ni quedarse solos en un cuarto con la ventana abierta. También decía que no se debe dejar ropa del bebé afuera. ni permitir que extraños se acerquen demasiado a olerlo, tocarlo o mirarlo por mucho tiempo. Ahora entiendo por qué lo repetía tanto. Hay personas que cargan una intención mala y una lo siente tarde, cuando ya entraron en la vida de la familia. Por eso, si una abuela advierte algo, escúchenla. Si un bebé llora distinto, revisen la casa. Si oyen pasos en el techo, no salgan a retar a nadie. Cierren puertas, carguen al niño, recen en voz alta y no lo dejen solo. Las brujas buscan descuidos y una madre cansada puede cometerlo sin darse cuenta. Yo cometí el mío y todavía vivo con eso.