Aug. 5, 2026

La Noche Que El Nahual Vino A Cobrar Una Deuda - Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 Me llamo Oscar Rivas y durante 12 años trabajé en la granja de Don Pedro Salgado cerca de San Jerónimo. Cuidaba el ganado, reparaba cercas y revisaba los bebederos. En la temporada seca dormía ahí porque cualquier falla podía dejar a los animales sin agua. Recuerdo lo ocurrido en agosto de 2018 porque después de esos días perdí el trabajo que había conservado durante más de una década. Todo comenzó una mañana cuando don Pedro y yo encontramos una ternera muerta en el potrero norte. Tenía heridas profundas en el cuello y en un costado, pero ningún animal había comido la carne.

0:47 Revisé el suelo y encontré varias huellas grandes, con bastante distancia entre una y otra. Venían del terreno de don Rodrigo Alcázar y regresaban por el mismo punto de la cerca. Don Pedro dijo que podían ser perros salvajes, aunque nadie cerca tenía uno capaz de dejar marcas de ese tamaño. Don Rodrigo era respetado en el pueblo, había ayudado a varias familias y también le había prestado dinero a Don Pedro durante una mala temporada. Yo lo conocía desde hacía años y nunca había discutido con él. Esa tarde reforzamos el alambre y encerramos a las terneras jóvenes. Durante la noche, escuché al ganado golpear las tablas del corral. Tomé una lámpara, cargué la escopeta y salí a revisar. No vi ningún animal, pero junto al bebedero encontré una huella más ancha que mi mano. A la mañana siguiente se la mostré a don Pedro, quien decidió que debíamos vigilar otra noche. Mauro, el otro trabajador, aceptó acompañarme. Nos quedamos cerca del corral con la lámpara apagada. hasta que las vacas comenzaron a juntarse contra una esquina. Encendí la luz y vi un perro negro junto a la cerca. Era enorme, la cabeza le llegaba casi a la cintura y las patas delanteras eran demasiado gruesas para un perro común. Cuando apoyó el cuerpo sobre el alambre, mostró garras largas que doblaron una de las hileras y al abrir la boca dejó verdientes

2:18 grandes y afilados. Mauro retrocedió, golpeó una cubeta y el animal giró hacia nosotros. Avanzó con la cabeza baja, sin ladrar, mientras yo levantaba la escopeta. Mauro cruzó frente al cañón y tuve que bajar el arma. El perro corrió hacia el arroyo y se perdió entre los árboles. En una punta del alambre quedó un mechón de pelo negro. Don Pedro lo guardó y días después un veterinario que pasó por la granja lo revisó. Dijo que podía ser pelo de perro, aunque era más grueso de lo normal, y aclaró que no podía identificar la raza con solo mirarlo. Mauro recordó que las huellas venían del terreno de Don Rodrigo, y contó que su abuela hablaba de personas capaces de convertirse en animales para entrar a los potreros. Le respondí que habíamos visto un perro y que debíamos impedir que matara otra res. La noche siguiente, don Pedro dejó una vaca vieja en el potrero central para atraerlo. Mauro se negó a acompañarme y se quedó en el establo. Yo me escondí cerca de la cerca con la escopeta lista y esperé hasta que escuché a la vaca tirar de la cuerda. Encendí la lámpara y encontré al perro a pocos metros de ella. El animal volvió la cabeza hacia el lugar donde yo estaba, se detuvo y después se lanzó contra la vaca alcanzándola en el cuello. Disparé una sola vez. La carga le pegó en la parte posterior

3:49 del muslo derecho, cayó de lado, se levantó con dificultad y corrió hacia el lindero sin apoyar bien esa pata. Antes de perderse, miró hacia atrás y continuó hasta el arroyo. Fui detrás de él y encontré gotas de sangre sobre la tierra. El rastro cruzaba la cerca y entraba en la propiedad de Don Rodrigo. No pasé, porque aún estaba oscuro y llevaba un arma. Al amanecer, regresé con don Pedro. Seguimos la sangre hasta un camino que llevaba a la casa de don Rodrigo, donde las marcas se perdían. No encontramos al perro ni vimos a nadie afuera, así que volvimos a la granja, y después fuimos al pueblo por alimento para el ganado. Don Rodrigo estaba sentado frente a la tienda, con el muslo derecho vendado y un bastón junto a la silla. Cuando se levantó, sostuvo el peso sobre la pierna izquierda. Don Pedro le preguntó qué le había pasado y él respondió que una mula lo había pateado durante la madrugada. Mire la venda cubría el mismo punto donde había alcanzado al perro. Don Rodrigo notó mi atención y preguntó si habíamos perdido más animales. Nadie fuera de la granja sabía que el perro había vuelto ni que yo le había disparado. Le pregunté quién le había contado lo ocurrido y respondió que el pueblo ya hablaba del ataque. Pero habíamos salido directamente de la granja y aún no se lo habíamos dicho a nadie. Don Pedro

5:21 no hizo más preguntas. Yo tampoco insistí, porque no tenía una prueba y sabía que acusar a Don Rodrigo podía dejarme sin trabajo. Durante el regreso, Don Pedro dijo que una herida en la misma pierna no bastaba para señalar a nadie. También me recordó que Don Rodrigo le había prestado dinero cuando nadie más quiso ayudarlo Me ordenó cuidar a la vaca, reparar el alambre y no repetir la conversación de la tienda. Al revisar el potrero, encontré a la vaca viva, con varias heridas en el cuello. Mientras limpiaba la sangre, vi un pequeño pedazo de piel con pelo negro atrapado en una punta de la cerca. Lo guardé en un frasco, lo llevé al almacén y cerré el gabinete con llave. No se lo conté a nadie fuera de la granja. Esa noche mantuve la escopeta junto a la cama y decidí esperar antes de enfrentar a don Rodrigo. A la mañana siguiente llegó el veterinario para revisar a la vaca, limpió las heridas, aplicó medicamento y dijo que podía recuperarse si no se infectaban. Después le mostré el frasco del almacén, revisó la piel y el pelo, y explicó que no podía identificar al animal con una muestra tan pequeña. Recomendó llevarla a un laboratorio de la cabecera Volví a cerrar el frasco, lo guardé en el gabinete y eché llave. Mauro estaba conmigo y me pidió que lo tirara. Seguía relacionando al perro con don Rodrigo

6:53 por la herida del muslo y por el rastro que llegaba a su terreno. Le dije que una coincidencia no bastaba para acusar a nadie, aunque no olvidaba la pregunta de don Rodrigo sobre el ganado ni la venda en el mismo sitio. Por la tarde llegó Tomás, el ayudante de don Rodrigo, para recoger un costal de sal. Don Pedro fue al almacén y yo me quedé junto al muchacho. Le pregunté por la mula que había pateado a su patrón. Primero dijo que no sabía nada, luego aseguró que el accidente había ocurrido antes de que él llegara a trabajar. Le pregunté si había visto la herida. Respondió que don Rodrigo no dejaba que nadie se acercara y enseguida cambió de temas. Cuando don Pedro regresó con el costal, Tomás lo cargó y se marchó. Don Pedro había escuchado parte de la conversación y me pidió que dejara de hacer preguntas.

7:48 Dijo que Tomás se ponía nervioso con facilidad y podía haber contestado mal. Después añadió que don Rodrigo podía exigir el pago completo de la deuda cuando quisiera. Hasta ese momento yo no sabía que la granja seguía comprometida con él. Esa noche no hubo ataques. Revisé el corral varias veces. El ganado se mantuvo tranquilo y no aparecieron huellas nuevas. A la mañana siguiente, Tomás regresó en una camioneta con don Rodrigo. El hombre bajó despacio, apoyándose en el bastón, con la venda todavía puesta en la parte posterior del muslo derecho. Dijo que había oído el disparo desde su propiedad y preguntó si el animal había muerto. Don Pedro respondió que había escapado herido. Don Rodrigo propuso dejar abierto el lindero norte durante algunas noches para que el perro saliera sin volver a entrar al corral. Le dije que también podían escapar las vacas. Contestó que pagaría cualquier pérdida, pero Don Pedro rechazó la propuesta. Durante la conversación, Don Rodrigo preguntó si habíamos encontrado sangre o pelo. Don Pedro abrió el gabinete y sacó el frasco antes de que yo pudiera detenerlo. Don Rodrigo observó la muestra y dijo que era un pedazo de cuero viejo. Recomendó tirarlo antes de que se echara a perder. Le respondí que pensábamos llevarlo a revisar. Dejó el frasco sobre la mesa y dijo que estábamos perdiendo el tiempo. Luego agregó que los

9:19 rumores podían provocar problemas cuando alguien los trataba como hechos. No mencionó a los Nahuales ni aceptó relación alguna con el perro. Miró hacia mí al terminar la frase y después pidió hablar a solas con don Pedro. Me alejé unos metros, aunque alcancé a oír que discutían por una deuda y por cuatro vacas. Don Pedro respondió con molestia y golpeó la mesa con la mano. Y, cuando terminaron, Tomás ayudó a su patrón a subir a la camioneta. Don Pedro llevó el frasco de vuelta al gabinete, cerró con llave y me ordenó que nadie lo sacara del almacén. A la mañana siguiente encontré el gabinete abierto. El frasco había desaparecido y la cerradura no tenía daños. Don Pedro y yo llevábamos las únicas llaves del almacén, pero había una tercera copia en una caja de la cocina. La caja estaba abierta y la llave había vuelto a su lugar.

10:18 Don Pedro sospechó de Mauro porque había dormido cerca de la casa. Fuimos a buscarlo, pero su cuarto estaba vacío. Había dejado la ropa de trabajo y se llevó la mochila. Sobre la cama encontramos una nota. Decía que no quería seguir en la granja y que había visto a Tomás cerca de la cocina antes del amanecer. Salí hacia el lindero norte. Un tramo del alambre estaba cortado desde afuera. En una punta había sangre seca y, junto al hueco, una marca redonda de bastón. Seguí las señales hasta el arroyo, donde el suelo duro ya no conservaba nada. No encontré una huella completa ni un objeto que pudiera guardar. Volví con don Pedro y le dije que alguien había usado la llave de la cocina. Había sacado la muestra y después había cortado la cerca. También le recordé que Tomás había estado cerca y que don Rodrigo conocía detalles que nadie fuera de la granja debía saber. Don Pedro cerró la puerta antes de responder. Admitió que debía dinero a don Rodrigo desde hacía varios años. Ya le había entregado algunas reces, pero la deuda seguía pendiente, porque también había dejado una parte del terreno como garantía. Don Rodrigo llevaba meses exigiendo cuatro vacas y amenazaba con quedarse con el potrero norte. Le pregunté si creía que él era el perro.

11:46 Bajó la voz y dijo que no sabía que había entrado al corral y tampoco pensaba averiguarlo. Me prohibió ir a la casa de don Rodrigo, hablar del asunto en el pueblo o mostrar la cerca cortada. Su plan era mantener al ganado encerrado y resolver la deuda en privado. Le respondí que la muestra había desaparecido después de la visita, que Mauro se había marchado por miedo y que Tomás había rondado la cocina. Don Pedro no discutió esos hechos y me recordó que la granja era suya, que yo trabajaba para él. y que don Rodrigo podía quitarle el potrero si se sentía acusado. También dijo que no me respaldaría si yo hablaba. Salí de la casa, cerré el corte con alambre nuevo y limpié la escopeta. No iba a abrir el lindero ni a entrar en la propiedad de don Rodrigo. Si el perro regresaba, tendría que detenerlo en el potrero. El perro regresó dos noches después. Yo estaba junto al corral y don Pedro esperaba dentro del establo.

12:52 con una pala y una lámpara. Habíamos encerrado a las vacas jóvenes y dejado al resto en el potrero. Cerca del amanecer, el ganado corrió hacia la cerca sur y comenzó a golpearse contra el alambre. Encendí la lámpara y vi al perro negro entrando por el tramo que habíamos reparado. Caminaba con la pata trasera derecha rígida. La herida del muslo seguía abierta y dejaba sangre sobre la tierra. Avanzó hasta el corral. Apoyó las patas delanteras en la madera y clavó las garras en una tabla. La madera cedió bajo su peso y cuando levantó la cabeza mostró los dientes grandes y afilados. Disparé al suelo para detenerlo, pero el animal siguió avanzando. Don Pedro salió del establo con la pala y lo golpeó en un costado. El perro giró, se lanzó contra él, lo derribó y le mordió el antebrazo.

13:46 Me acerqué por un lado, esperé a tener libre el tiro y disparé una vez. La carga alcanzó al perro en el hombro izquierdo. Soltó a don Pedro, cayó sobre la pata delantera y salió por la cerca, apoyando solo tres extremidades. No fui detrás de él, pues don Pedro sangraba mucho, así que le até el brazo con una camisa y lo llevé al establo. Mientras apretaba la tela sobre la herida, repitió que debíamos entregar las cuatro vacas. El veterinario llegó durante la mañana, limpió la mordida, cerró la herida y dejó el brazo inmovilizado. Después revisó el corral, encontró sangre junto a la tabla rota y señaló las marcas de las garras. Le propuse guardar un pedazo de madera y recoger una muestra, pero don Pedro se negó.

14:36 Dijo que no quería más pruebas dentro de la granja y ordenó cambiar la tabla antes de la tarde. Más tarde llegó Tomás en la camioneta. Don Rodrigo venía con él. Bajó despacio, apoyado en el bastón, con la pierna derecha vendada y el hombro izquierdo inmovilizado bajo la camisa. Mantenía ese brazo pegado al cuerpo. Me acerqué y le dije que anoche había disparado contra el perro en el hombro izquierdo. Luego señalé su brazo y le recordé que la primera herida también había coincidido con el lugar donde yo había alcanzado al animal. don Rodrigo respondió que se había lastimado al caer en su casa añadió que dos lesiones no probaban nada le pregunté cómo había sabido que el perro estaba herido antes de que alguien del pueblo pudiera contárselo contestó que había oído el disparo y que Tomás había visto movimiento desde el camino miré a Tomás y le pregunté si eso era cierto bajó la vista y dijo que no recordaba la hora don Rodrigo lo interrumpió. Afirmó que yo estaba mezclando rumores con hechos y dio por terminada la conversación. No reconoció ninguna relación con el animal.

15:51 Tampoco preguntó por la mordida de don Pedro. Se limitó a recordar que el plazo para entregar las cuatro vacas había vencido. Don Pedro aceptó separarlas ese mismo día. Le pedí que esperara, porque entregar ganado después de los ataques dejaba a don Rodrigo en ventaja. Me respondió que la deuda existía desde antes, que las reces eran parte del pago y que el potrero norte seguía comprometido. También me ordenó apartarme. Tomás entró al corral, revisó los números y sacó cuatro vacas. Don Rodrigo se quedó junto a la camioneta. Antes de irse, me dijo que mis acusaciones podían cerrarme las puertas de las demás granjas. No levantó la voz.

16:37 Conocía a los propietarios de la región y sabía que yo dependía de ese trabajo. Cuando salieron por el camino, le reclamé a don Pedro. Le recordé la herida del muslo, el hombro inmovilizado, la desaparición del frasco y la presencia de Tomás cerca de la cocina. Respondió que ninguno de esos hechos demostraba que un hombre pudiera transformarse en perro. Dijo que, si hablábamos, el pueblo se pondría del lado de don Rodrigo y la deuda terminaría con la pérdida del terreno. Le pedí conservar la tabla rota, pero me ordenó reemplazarla y quemar la parte dañada. Después me comunicó que mi trabajo terminaba esa semana. Según él, mi presencia ya provocaba demasiados conflictos. Recogí mis cosas y salí de la granja. No conté lo ocurrido en el pueblo. Mauro se había marchado. Tomás respaldaría a su patrón y don Pedro negaría cualquier acusación. Durante las semanas siguientes busqué trabajo en otras propiedades. Dos dueños me dijeron que don Rodrigo había preguntado por mí y que prefería no contratarme. Terminé saliendo de San Jerónimo y conseguí empleo en otra región.

17:51 Tres meses después regresé por unas herramientas. Don Pedro había recuperado parte del movimiento del brazo. aunque la mano seguía débil. Me contó que el perro no volvió después de la entrega. También admitió que siguió pagando con animales, hasta que la granja dejó de producir lo suficiente. Don Pedro murió en 2024 y su familia cedió el potrero norte para cerrar la deuda. Uno de sus hijos me pidió ayuda para sacar el ganado antes de entregar el terreno. Don Rodrigo estuvo ahí durante el traslado. Seguía usando bastón y mantenía el brazo izquierdo más bajo que el derecho, pero no hablé con él.

18:34 Nunca pude demostrar que don Rodrigo fuera el perro negro. Puedo afirmar que disparé contra el animal en el muslo derecho y después en el hombro izquierdo, y que don Rodrigo apareció lesionado en esos puntos después de cada ataque. También sé que conocía información reservada, que Tomás estuvo cerca de la llave cuando desapareció el frasco, y que los ataques terminaron cuando recibió las cuatro vacas. Guardé silencio porque necesitaba trabajar, y porque nadie importante del pueblo habría sostenido mi palabra. Cuando hablé frente a él, perdí el empleo y tuve que irme. Don Pedro conservó la granja unos años, pero terminó entregando el potrero. Don Rodrigo obtuvo el ganado y la tierra. Yo solo me quedé con lo que vi.

19:35 Me acuerdo de esa semana, porque los animales empezaron a aparecer lastimados, de una forma que no coincidía con un coyote ni con un perro. Yo vivía en un rancho apartado, con un corral de alambre y una puerta de madera que siempre había aguantado. Tenía chivos, gallinas y un becerro. Mi rutina era la misma, revisar el cerco, dar de comer, llenar el bebedero y dejar todo cerrado cuando caía la noche. La primera señal fue un golpe seco contra la cerca durante la noche, como cuando algo pesado se recarga y se despega. No salí, pero al amanecer fui directo al corral.

20:16 Un chivo estaba tirado cerca del alambre con el cuerpo de lado y las patas dobladas. No estaba destrozado, pero tenía el costado abierto con cortes largos, irregulares, hechos a jalones, como si algo lo hubiera agarrado y hubiera jalado la carne sin detenerse. Las marcas estaban profundas y la piel quedaba levantada en tiras. Me agaché y revisé el suelo. La tierra estaba revuelta en una franja corta, como de dos o tres jalones de arrastre, y después esa marca se cortaba de golpe. A partir de ahí ya no había surco de cuerpo, solo huellas. También había sangre en un tramo corto, con gotas grandes cerca del alambre, no regada por todo el corral. Eso me dejó claro que el chivo no corrió mucho Lo trabajaron ahí mismo. Seguí mirando alrededor y vi huellas de patas grandes marcadas profundo, separadas, con la tierra hundida por el peso. Esas huellas pasaban pegadas al cerco. A pocos pasos, casi encima de una de esas marcas, vi una pisada humana, con talón y dedos marcados. La tierra estaba húmeda y la forma salió completa.

21:28 No era una mancha, era un pie. Revisé el cerco con calma, buscando por dónde entró. El alambre estaba doblado hacia adentro en una sección, como empujado desde afuera. Una tabla de la puerta tenía raspaduras a media altura. En una punta del alambre encontré pelo oscuro atorado. Lo tomé con los dedos y lo guardé en el bolsillo, porque se me hizo raro, pues no parecía de mis perros. Era más grueso y áspero. Ese día aseguré lo que pude. Cambié la tranca por una más firme. Ajusté el alambre con pinzas y amarré un tramo extra donde estaba doblado. Moví a los animales más al fondo, para que no durmieran pegados a la cerca. También revisé el terreno fuera del corral, pegado a la barda. Encontré de nuevo huellas de patas y, entre ellas, marcas humanas más separadas, como si en ciertos pasos alguien cargara el peso distinto y clavara el talón. Después de revisar todo, saqué el chivo del corral para que los otros no lo olieran toda la mañana. Lo llevé a un borde del terreno y lo enterré con una pala, solo para evitar moscas y enfermedades.

22:41 Al volver, limpié el tramo de sangre con cubetas de agua y revisé otra vez los postes, porque si eso entró una vez, podía volver por el mismo punto. En un poste vi dos raspadas frescas, paralelas, como de garras, a una altura donde un perro no llega sin levantarse. Los perros se portaron raro desde temprano. No se acercaban al corral. Se quedaban junto a la pared de la casa, mirando hacia el monte y luego hacia el alambre, tensos, sin ladrar como siempre. Las gallinas se juntaron en una esquina y los chivos se quedaban en el centro. inquietos, moviendo la cabeza como siguiendo algo que yo no veía.

23:23 Al caer la noche, dejé una lámpara a la mano y me quedé atento. Escuché el roce del alambre, despacio, como uñas jalando metal, y después un resoplido bajo del otro lado. Me acerqué con cuidado, con la lámpara apuntando hacia abajo, y cuando estuve a unos pasos, alumbré directo al cerco. Vi dos puntos rojos a ras del suelo, fijos, como brasas. La luz le pegó al cuerpo y alcancé a ver un animal oscuro, con el lomo alto y el pelo pegado. Dio un paso, luego otro, y se paró en dos patas apoyándose contra el alambre. Ahí le vi las manos agarrando el cerco. No eran patas con almohadillas, eran manos largas, con garras grandes, curvas, metiéndose entre el alambre y la tabla, como si buscara abrir un hueco.

24:14 Le subí la luz para verlo mejor. Los ojos seguían rojos, parejos, sin apagarse. Abrió la boca y vi colmillos enormes, largos de verdad, sobresaliendo hacia abajo. No ladró, solo sacó aire de entre dientes y siguió trabajando el cerco con calma. Esa manera de moverse me dejó claro que no era un animal común. En cuanto la luz le pegó de lleno en el pecho, bajó rápido a cuatro patas y se fue pegado a la barda, sin correr a lo loco, como si supiera cómo salirse sin mostrarme la cara. Me acerqué después. Encontré pelo reciente en el alambre y una marca en la tierra, como de algo pesado que se recargó y luego se impulsó. Apreté la tranca, revisé cada amarre y volví a meter a los animales al fondo.

25:04 Esa noche ya no regresó. Pero para mí quedó cerrado lo principal. Iba a volver. No estaba entrando por hambre como un coyote. Estaba probando el corral e intentaba desestabilizar el cerco. Dejé preparado un foco más fuerte para la siguiente noche y me prometí no meterme al monte a oscuras. Mi objetivo pasó a ser verlo bien, cerca del corral, y frenarlo ahí mismo. Al día siguiente, amanecí con la misma idea fija, revisar el corral antes de que el sol se levantara bien, contar animales y ver si el cerco seguía parejo. La tranca que había puesto la noche anterior estaba en su lugar, pero el alambre del tramo donde lo vi apoyarse tenía una curvatura nueva, como si lo hubieran tanteado otra vez. Cuando entré al corral, me di cuenta de inmediato de que algo faltaba en el ruido.

25:59 Me hacía falta otro animal y los que estaban ahí estaban tensos y con miedo. Encontré a uno de los chivos herido y vivo, temblando, tirado cerca de la puerta. Respiraba rápido, pues le faltaba el aire. Tenía tres cortes largos en el costado, separados, profundos, como hechos por garras grandes. No eran mordidas pequeñas ni marcas de dientes pegadas una con otra. Los cortes iban en líneas, con la piel abierta y la carne expuesta. La sangre le escurría en gotas lentas y se le pegaba al pelo. Me agaché a verlo de cerca y el chivo se movió apenas, como si el dolor lo reventara por dentro. Primero lo saqué del corral para que los demás no lo pisaran.

26:43 Lo amarré bajo la sombra y le eché agua para limpiarle un poco la herida. No hice más porque no tenía con qué curarlo bien. Luego regresé al suelo donde estaba tirado y empecé a revisar con calma como el día anterior. Ahí quedó la misma lógica, tierra revuelta en un tramo corto con marcas de arrastre, y después el arrastre se cortaba. A partir de ese punto ya aparecían gotas separadas como sangre de una herida. Las gotas iban hacia afuera del corral, pegadas a la barda, y se veían más espesas que la sangre del chivo muerto del día anterior, como si la herida fuera reciente. Seguí el rastro unos pasos fuera. solo para ver la dirección. En la tierra húmeda vi de nuevo las huellas de patas grandes, profundas.

27:34 Entre esas huellas, cada cierto tramo, se marcaban apoyos distintos, como si algo caminara cambiando la forma de pisar. No me quedé dando vueltas ahí. Volví al corral, revisé el alambre amarre por amarre, ajusté la tabla raspada y dejé el foco más fuerte listo, el que había preparado la noche anterior. También dejé la lámpara de mano porque ya había entendido que el ataque no era cosa de una sola madrugada. Esa noche me acomodé cerca, donde podía ver la puerta y el tramo de alambre más flojo. No me puse a perseguir nada, me quedé quieto, atento al sonido del cerco y al movimiento de los perros. Los perros se quedaron pegados a la pared de la casa, mirando hacia el monte. No se acercaron al corral ni cuando escucharon el primer roce. El alambre sonó despacio, como metal jalado con uñas. Luego vino un resoplido bajo, del lado de afuera. Alumbré directo con la lámpara y prendí el foco para que el corral quedara claro. Ahí lo vi mejor que la primera vez. Era un cuerpo como de perro grande, oscuro, con el pelo enmarañado y pegado, como mojado o sucio. La parte delantera se veía más fuerte que la trasera. No caminaba con prisa, se movía pegado a la barda, revisando todo el corral. Los ojos eran rojos como brasas y no era un brillo que se apagara cuando yo movía la luz. Se veían rojos aun cuando la lámpara se iba a otro lado y regresaba.

29:05 Se detuvo frente al tramo de alambre y volteó la cabeza hacia mí, directo, como si supiera que yo estaba ahí desde antes. Abrió la boca y se le vieron los colmillos enormes. sobresalían más de lo normal largos marcados y se alcanzaban a ver aun cuando cerraba un poco la mandíbula no hizo sonido de perro no ladró ni nada solo sacó aire con fuerza como si bufara luego hizo lo mismo que me había dejado inquieto la noche anterior pero ahora con más calma se paró en dos patas y se apoyó contra el alambre vi las manos agarrando el cerco no como patas Eran manos largas, con garras grandes que entraban entre los huecos. Las garras no eran finas, eran gruesas, curvas y raspaban el metal. Metió una mano entre la tabla y el alambre y jaló, como buscando el punto donde cede. Se bajó un poco, volvió a alzarse y repitió la maniobra, como si ya hubiera aprendido a abrir la puerta. En ese momento no me quedé mirando, Le apunté la luz fuerte, directo a la cara para encandilarlo, y di un paso corto para pegarle.

30:20 Traía un machete en la mano, porque no pensaba acercarme con las manos vacías. Le tiré el golpe al costado, del lado donde se me abrió el espacio cuando se levantó. Le pegué, y el cuerpo se le tensó y bajó de golpe a cuatro patas. Escuché el golpe contra el alambre y luego un sonido de carne cuando se movió. Se fue rápido hacia el monte, pegado a la barda, sin dar vueltas. En el suelo quedaron gotas grandes de sangre más espesa, separadas como rastro corto. Me quedé ahí, respirando fuerte, sin correr tras él. Marqué el lugar donde cayó la primera gota con una piedra para ubicarlo al amanecer.

31:02 Revisé el cerco completo, todo el perímetro, para asegurarme de que no hubiera otra entrada. El alambre estaba doblado. la tabla raspada otra vez, y en una punta quedó pelo nuevo atorado, y lo guardé también. Cuando aclaró el día, salí a seguir el rastro con luz. Las gotas iban hacia la orilla del monte y se perdían sobre las piedras. Volví a encontrarlas más adelante, en tierra blanda, como si se hubiera desviado para no dejar marca continua. El rastro se iba acercando a un camino que llevaba hacia Casas del Rumbo. Ahí se hacía difícil seguirlo. porque el suelo estaba duro y había muchas pisadas de gente y animales.

31:46 Aún así, alcancé a ver una mancha fresca, en un punto donde la tierra estaba húmeda. No era una charca grande, era una señal de que algo se había recargado ahí. Ese mismo día, pero más tarde, fui con cuidado hacia un borde del terreno donde se ve el monte sin meterse. Desde lejos lo vi entre los matorrales. Estaba más metido. pero se alcanzaba a distinguir el cuerpo oscuro, quieto. Caminaba raro, con pasos cortos, y en un momento volvió a alzarse en dos patas, solo para asomarse por encima de unas ramas. Lo vi de perfil, le vi el pecho levantado, las manos arriba, y la cabeza girando como buscando algo. Bajó otra vez y se perdió entre lo verde del monte.

32:33 Regresé al rancho con la idea más clara que el día anterior. Ya no era solo un ataque, Era un animal que regresaba a revisar el corral y que usaba las manos para trabajar el alambre. Esa noche lo esperaría de nuevo, pero ya no solo para verlo y darle con el machete. Necesitaba herirlo bien, obligarlo a alejarse del rancho y cerrar esto antes de que me dejara sin animales. Esa noche dejé la vigilancia lista desde temprano. Revisé la tranca. Apreté los amarres del alambre donde ya lo había visto meter las manos y clavé una estaca para que esa parte no se abriera con un jalón. Moví a los chivos al fondo y dejé el bebedero lejos del cerco para que no se acercaran por costumbre. Coloqué un foco apuntando hacia el tramo flojo, lo suficiente para que me diera luz sin dejarme cegado. También dejé la lámpara en la mano porque el foco solo me daba un cuadro fijo y yo necesitaba seguirlo si se movía. Me quedé donde podía ver la barda y el cerco al mismo tiempo.

33:39 Los perros se pusieron cerca de la casa, atentos, sin meterse al corral. Yo ya conocía esa señal. Cuando ellos se quedaban así, pegados a la pared, era porque algo andaba afuera, a pocos metros, y ellos lo olían antes de verlo. Pasó un rato y el primer sonido fue el mismo de las otras noches, metal rozando despacio como uñas arrastradas sobre alambre. Luego escuché el crujido de la tierra bajo el peso. Alumbré hacia la barda y ahí estaban los ojos rojos, como brasas, fijos en su punto. Se pegaba a la pared y avanzaba con pasos cortos, deteniéndose en los puntos donde el alambre ya estaba flojo, como si los recordara. Se acercó al cerco y volteó la cabeza hacia mí, directo, sin espantarse. La luz del foco le pegó de lado y alcancé a ver el cuerpo completo. Era como un perro grande y oscuro, pero el pecho se veía más ancho y los brazos delanteros parecían cargar más peso que el resto. Abrió la boca y se le vieron los colmillos. No era una boca de perro normal. Esos colmillos sobresalían hacia abajo, largos y marcados.

34:51 En ese momento pensé que si él se lo proponía ahí mismo me quitaba la vida. Con sus garras enormes podía desgarrarme la piel, pero no podía echarme para atrás en esos momentos. Tenía que ser valiente y seguir con mi plan. Se levantó en dos patas con más claridad que las otras veces. Se apoyó contra el cerco como si fuera una persona sosteniéndose de una reja. Las manos se agarraron del alambre y las garras grandes entraron entre los huecos y jalaron. El metal se tensó y en ese movimiento los ojos rojos se quedaron clavados en mí. No los bajó ni un segundo. Ahí supe que estaba viendo si yo iba a acercarme o si me iba a quedar quieto. No le di espacio, le encandilé la cara con la lámpara otra vez y avancé solo lo necesario para alcanzar el cuello. Traía el machete listo y ahora sí iba con más intención, pero en el momento donde me abalancé sobre él, se movió y le pegué en el mismo lado donde ya lo había lastimado la noche anterior. Pero aún así, intenté abrirle más la herida para que no pudiera volver. Sentí el golpe firme, como cuando pegas contra un tronco cubierto de cuero. El cuerpo se contrajo y bajó de golpe a cuatro patas. En el suelo cayeron gotas grandes de sangre espesa y soltó un alarido largo de dolor y ahí me quedó claro que la herida se le había abierto más. Intentó avanzar

36:23 hacia el cerco otra vez, como si todavía quisiera meter las manos. En ese intento volvió a alzarse un segundo, con el pecho levantado. La postura fue de una persona por un instante, pues se le vio el torso erguido, los brazos arriba, la cabeza girando hacia mí. Luego cayó de nuevo en cuatro patas, se sacudió y se fue hacia el monte. Salí del corral y lo seguí a distancia corta. lo suficiente para confirmar hacia dónde se iba y para no perder la dirección. Lo vi alejarse entre los matorrales, con los ojos rojos bajando y subiendo entre ramas, cada vez más lejos. En el suelo quedaba el rastro en gotas. Algunas caían grandes, otras más pequeñas, como si el paso lo obligara a apretar la herida y luego se le soltara. Cuando ya lo vi perderse, me regresé al rancho y me quedé cerca de la casa. La verdad, No tenía sentido internarme al monte en la noche para seguirlo.

37:24 Si se había ido herido, lo mejor era seguirlo con luz y con cabeza por la mañana. Al amanecer salí con cuidado y encontré el rastro donde había empezado, en la tierra húmeda. Las gotas se marcaban bien. En varias partes vi marcas de apoyo, como si se hubiera recargado un momento. Había manchas más anchas, y en una vi la marca de una mano arrastrada, no de pata. con cuatro líneas largas que parecían de garras. También noté que las gotas se hicieron más juntas, como si fuera perdiendo fuerza. Ya no eran gotas separadas por pasos largos, eran manchas cercanas, como de alguien que camina más corto y se detiene.

38:05 Seguí así un buen tramo, sin prisa, cuidando por donde pisaba. El rastro se metió a una zona donde el monte se cerraba y el suelo se llenaba de piedras sueltas. Ahí el rastro se volvió difícil, Volvía a aparecer en pequeñas manchas y luego se cortaba. Llegué a un punto donde ya no tenía sentido seguir solo. El terreno se hacía peligroso y cualquiera podía caer o quedar atorado entre las ramas. Me regresé con la dirección grabada en la cabeza. Pasaron unos días y la noticia llegó por gente del rumbo. Me lo dijeron directo. Habían encontrado un cuerpo en el monte, no tan lejos del camino donde el rastro se había ido.

38:48 Era un hombre conocido por andar en pleitos y por moverse de noche por terrenos ajenos. Lo hallaron tirado entre piedras y ramas con una herida abierta en el costado. Fui con cuidado a ver de lejos cuando lo sacaron. Me bastó una mirada para cerrar todo. La herida estaba del mismo lado donde yo le había pegado. No era un raspón, era una abertura mal cerrada, inflamada, con sangre seca alrededor. Las manos estaban arañadas, con cortadas largas como hechas por alambre. Eso coincidía con lo que yo había visto, esas manos metiéndose entre la tabla y el cerco noche tras noche. Después de eso, los ataques se acabaron. Ningún animal volvió a aparecer con cortes así, y el cerco dejó de amanecer doblado. Los perros volvieron a caminar por el patio sin quedarse pegados a la pared. Yo reforcé el corral de todos modos, por costumbre y por coraje, pero ya no tuve que salir con la lámpara a cada rato. Lo que se me quedó fue la imagen exacta de esos ojos rojos frente al alambre y de ese cuerpo parándose en dos patas, trabajando el cerco con calma, como alguien que sabe lo que hace. Eso fue lo que me dejó claro que no era un animal normal, era alguien, era un Nahual. y esa semana me lo enseñó con hechos, y sin saberlo me había enfrentado a un Nahual y le había quitado la vida. Mi nombre

40:30 es Carlos, quiero compartir esta historia que para mí ha sido, y por mucho, lo más inquietante que me ha tocado vivir. tanto así que esta es apenas la segunda vez que la cuento en 35 años, porque siempre he querido evitar malos comentarios de la gente. Fue en el estado de Nuevo León, no solo me sucedió a mí. A la fecha ya no tengo contacto con los demás que estuvieron conmigo ese terrible día, entonces desconozco si alguno de ellos ya contó esta historia. Una tarde de viernes fuimos cinco muchachos los que decidimos meternos a una parte desconocida del monte aquel día. Lo hicimos para buscar a un perro que se le había perdido a uno de ellos, a mi amigo José. Además, lo haríamos porque nos platicó que le había sucedido algo extraño.

41:19 Según nos contó, durante la noche el perro estuvo ladrando de manera insistente hacia la parte trasera de su terreno que colindaba con el monte. Como ya tenía un buen rato así, José decidió asomarse para ver qué estaba sucediendo. pero al hacerlo miró que algo levantó al perro como dos metros para después azotarlo contra el suelo. Luego se lo llevó arrastrando rumbo al monte. Fue tan rápido que no tuvo tiempo de defenderse. Lo único que nos pudo decir fue el atacante era tan negro que se confundía con la oscuridad. Al enterarse en su casa de lo sucedido, salieron a averiguar, pero al perro ya no lo encontraron por ninguna parte. porque además al ser de noche no se veía ningún rastro. José escuchaba a lo lejos los quejidos de su perro, pero sus papás no lo dejaron meterse al monte a esas horas. Le dijeron que seguramente un coyote era el culpable, o quizás varios, entonces ya no había nada que hacer, sin aceptar eso porque para él su perro no era solo una mascota. Al día siguiente José nos buscó para pedirnos que lo acompañáramos al monte.

42:30 porque quería recuperar a su perro, o por lo menos sus restos, estuvimos de acuerdo en apoyarlo porque era nuestro amigo, e incluso alguien se ofreció llevar otro perro para que nos ayudara a buscarlo, pero José se opuso, la verdad nuestro amigo tenía una actitud muy rara que quizás los demás pasaron por alto, pero yo no, más que preocupado por el perro se le notaba asustado o tal vez enojado, una cosa así, Además, llevaba unas varas grandes a las que les había sacado punta. Luego las repartió entre nosotros. Aunque eso fue extraño porque parecía que nos estaba armando.

43:10 De todos modos, las agarramos sin hacer preguntas. Pero era obvio que no las necesitábamos para buscar a un perro. Serían como las 3 de la tarde cuando nos pusimos de acuerdo. El plan era explorar un poco de terreno nada más y regresar antes de que anocheciera. Lo haríamos, encontráramos o no encontráramos al perro. Con esa idea nos fuimos atrás de la casa de José y sin que se dieran cuenta sus papás, tomamos el único camino que había hacia el monte. Caminamos entre los matorrales, así como entre los árboles secos, empujando las ramas que nos estorbaban para avanzar, porque había lugares demasiado tupidos. Por lo menos yo era la primera vez que andaba por ahí. nada más al caminar los primeros metros, supimos que era un lugar peligroso, lleno de roedores y alimañas que se nos podían trepar si no les poníamos cuidado, esto sin contar otros animales como los jabalíes o las víboras, nos fuimos llamando al perro por su nombre, por eso hasta la fecha no se ha olvidado, se llamaba Nerón, y al parecer era un perro de regular tamaño, le gritamos muchas veces pero nada se escuchaba, José todavía tenía la esperanza de que estuviera por ahí. Muchas veces nos aseguró que lo íbamos a encontrar. Mientras más nos internábamos entre el monte, algo se sentía extraño. Pero, además, todos estuvimos de acuerdo que alguien nos estaba observando. Sentíamos como si estuviéramos dentro de

44:40 un lugar prohibido, y su dueño no quería que estuviéramos ahí. Solo que quien nos miraba se mantenía oculto. porque no se veía por ninguna parte. Por miedo o por precaución, les pedí a todos que estuviéramos alertas a cualquier cosa. Sintiendo esa sensación, la de ser observados, caminamos por, en medio de cactus, arbustos espinosos y nopaleras. Aparte de buscar al perro, yo iba mirando hacia los árboles porque, en ocasiones, se escuchaban crujir las ramas más altas. Eso indicaba que podría haber un depredador cazándonos. tal vez un lince. Corríamos el riesgo que nos atacara por sorpresa. La verdad, los árboles no eran muy altos, aunque algunos sí alcanzaban los cuatro metros, tal vez un poco más. La gran mayoría no tenían muchas ramas, pero, de cualquier manera, ahí se pudiera esconder cualquier animal peligroso. Después de un rato, ya en otra área del monte, notamos que todo estaba en silencio.

45:44 Muy poco se escuchaban los grillos o las cigarras, y los pájaros no cantaban. como si no quisieran darse a notar. Solo escuchábamos el ruido de nuestras pisadas y el crujir de las hojas secas. Supe en ese instante que algo extraño estaba por suceder. Por lo mismo, seguía en alerta. Algo estaba por ahí oculto, acechándonos. Yo estaba seguro de eso. Muchos metros adelante encontramos una línea de árboles, como si marcara un territorio, y un poco más allá había una vereda apenas visible. La entrada estaba obstruida con muchas ramas secas. Era evidente que alguien las había puesto a propósito para que nadie entrara a esa área. Ignorando eso, José nos dijo que entraríamos. Entonces le buscamos el modo entre todos.

46:35 Y como pudimos, nos metimos a inspeccionar. Esa parte del monte era extraña. Parecía que estaba fabricada. Había troncos atravesados que nos forzaban a seguir por un lugar en específico. Había ocasiones que el camino se nos perdía de vista. Luego volvía a aparecer. A mí se me figuraba que ya pasaban de las 5 de la tarde. Entonces ya llevábamos como unos 40 minutos buscando sin encontrar nada. Ni siquiera un rastro que nos dijera que el perro se encontraba por ahí. Lo que sí era evidente era que ya habíamos caminado de más y se comenzaba a hacer tarde. Mis amigos comenzaron a sugerir que ya regresáramos. Por su parte, José, el dueño del perro que andábamos buscando, no se detenía.

47:23 Caminaba deprisa y con una seguridad que parecía que ya había estado otras veces en ese lugar. Así se pasó como media hora más. Ahora sí nos llegamos a detener en más de una ocasión porque escuchábamos sonidos que no lográbamos identificar, pero que ya nos estaban poniendo nerviosos. Comentamos de nuevo el extraño silencio que tenían los animales. Además de eso, había visto por el rabillo del ojo, sombras o figuras negras que se escondían entre todos aquellos matorrales. Pero al mirar fijamente para allá, no había nadie ni se miraba nada. Seguía caminando y me volvía a suceder.

48:05 Mientras seguíamos avanzando, sucedió algo todavía más inquietante. Comenzaron a aparecer restos de pequeños y medianos animales. Algunos ya bastante secos, pero uno que otro parecían tener unos cuantos días. Estaban consumidos casi en su totalidad que difícilmente se podría saber lo que eran. Miramos 10, tal vez 15 animales muertos. Eso nos decía que podría haber muchos más a nuestro alrededor. Conforme caminábamos, todo el ambiente se llenaba de un olor tan terrible que a veces se volvía irrespirable. Nadie lo comentaba, pero era evidente que en ese lugar había un depredador o varios.

48:45 De manera inesperada, José nos pidió que nos sentáramos un momento porque tenía algo importante que decirnos. Lo hicimos en unos troncos que estaban por ahí tirados. Además nos sirvió, porque nos hacía falta descansar unos minutos, aunque se le notaba muy serio conociéndolo como era. Sabíamos que podría ser solo una broma de las que él acostumbraba hacer. Pero la verdad nos sorprendió, y por mucho cuando nos dimos cuenta que todavía no hablaba y ya estaba temblando, comenzó diciendo que lo que se había llevado a su perro durante la noche en realidad no había sido un coyote, así como nos había dicho, pero tampoco algún animal conocido.

49:28 Nos aseguró que había sido una criatura de verdad extraña, negra y con grandes garras. Nos sorprendimos cuando dijo que seguramente el agresor era un nahual, Como broma resultaba buena y se lo hice saber porque de donde éramos un Nahual no era un simple animal. Era un brujo transformado en una bestia. Y eso, más que peligroso, era una cosa del diablo. Mirándome a los ojos me aseguró que nos decía la verdad. De nueva cuenta le pedí que no jugara con eso. Y menos en ese momento que nos encontrábamos solos en medio del monte. Pero él insistió que su historia era verdadera. Nos describió a esa criatura como un ser aterrador, con enormes fauces y grandes garras, tan filosas como retorcidas. Se le notaba que le temblaba la voz cuando nos dijo que ese animal andaba hambriento.

50:21 Por lo mismo, ya tenía algunas noches rondando su casa. Primero se escucharon algunos ruidos en el patio. Después era claro que algo andaba caminando sobre su techo. pero sus papás por alguna razón trataban de minimizar las cosas, asegurando que solo era el viento. También en su casa ya tenían algunos destrozos, había roto la cerca de madera y destruido algunos gallineros. De hecho, noches anteriores se habían desaparecido dos gallinas, un gato y ahora su perro, pero sus papás no le daban la importancia que en realidad tenía, por eso ese animal no se detenía. El temor de José era que podría ser todavía peor. Estábamos ahí en ese lugar porque él ya había seguido un rastro. De hecho, había visto en dos ocasiones a esa criatura meterse precisamente a esa área donde nos encontrábamos en ese momento. Estaba seguro que ahí tenía su madriguera, y todos los ruidos que habíamos escuchado seguramente era él. Lo cuestioné sobre lo que decía porque nunca se había sabido de un Nahual ahí, en la región, de hecho, ni siquiera de un brujo.

51:32 Se defendió diciendo que él ya había buscado otra explicación, pero decir que era un Nahual era lo más acertado, sobre todo por las huellas encontradas alrededor de su casa. Dichas huellas eran muy diferentes a las de cualquier animal, y esas solamente las podía hacer un Nahual. Nuestro amigo José sabía que una criatura como esa no dejaría vivo a su perro. Por eso, su intención en ese momento era cazarlo. Nos había pedido ayuda y había llevado esas varas con punta con la intención de matarlo, de librarse de él, porque le podía hacer algún daño a su familia. Todos nos mirábamos nerviosos. Sabíamos que no era el momento de reclamarle nada, pero todo se escuchaba como un disparate.

52:19 cómo iban a matar a un animal como ese con simples varas. Lo cierto era que, por su culpa, estábamos a punto de encontrarnos con un brujo convertido en un nahual hambriento y no sabíamos si íbamos a sobrevivir. Todo aquello se estaba convirtiendo en un cuento de terror, una situación en la que nunca me creí ver involucrado. Alguien le preguntó de qué tamaño era esa criatura. Como respuesta, José levantó la mano lo más que pudo. De hecho, hasta se puso de puntitas. Nada más de imaginármelo me daban escalofríos. No fue necesario que lo dijéramos, teníamos que salir de inmediato de ahí. Comenzamos a discutir por qué José no quería hacerlo. Nos pedía ayuda una y otra vez.

53:05 En eso estábamos cuando uno de mis amigos apuntó con su dedo hacia lo profundo del tupido monte. Entonces todos volteamos para allá. Fue cuando vimos algo entre los matorrales. Al principio pensé que era un venado, pero no tenía cuernos de ese tipo. Podría ser también algún animal grande de color negro. Tal vez un oso grande, pero tampoco tenía esa figura. La verdad me asusté porque cualquier cosa que fuera representaba un peligro. Nos preparamos con las varas picudas por si las teníamos que usar. Aquel animal brincaba de un árbol al otro. Cuando estuvo en uno que no tenía tantas ramas lo miramos. Solamente fue unos segundos antes de que se perdiera entre lo tupido del monte.

53:50 Lo único que puedo decir es que su aspecto me dejó sin habla por un momento. Minutos después volvió a aparecer. Luego de unos segundos reaccioné, porque mis amigos comenzaron a decir malas palabras. Confirmamos que no era un animal común, porque este caminaba en dos patas, agazapado e incluso intentando esconderse de nosotros, eso sí. Cada vez se nos acercaba más. Todavía alcanzamos a escuchar que se arrastró entre las ramas y la maleza seca, como si nos estuviera cazando. De vez en cuando logramos ver su figura. Era un animal alto, más alto que cualquiera de nosotros, con brazos largos que casi llegaban al suelo. Su piel era oscura, parecía sucia o llena de lodo. No alcanzábamos a verle la cara, pero sabíamos que era él. el que no nos quitaba la mirada de encima desde que entramos a esa parte del monte. Nos pusimos en alerta porque, de pronto, se desaparecía y ya no lográbamos verlo. No caminaba en el suelo ni se veía entre las copas de los árboles.

54:57 Pero era obvio que en algún lugar tenía que estar, tal vez metido en algún pozo. La verdad, todo eso me parecía cosa del demonio. El mismo Nahual parecía un demonio. Nos daba miedo caminar por donde lo habíamos visto. El problema era que para allá se encontraba la salida. Por lo mismo no sabíamos qué hacer porque ya era la hora de regresar. Si no nos apurábamos en salir de ahí se nos iba a oscurecer, entonces estaríamos en un mayor riesgo. Después de un rato escuchamos un sonido bastante extraño. De verdad que fue paralizante, era como un bramido. Comenzamos a caminar rumbo a la salida cuando se volvió a escuchar.

55:40 Solo que ahora sí sonó más amenazador. Nos quedamos quietos sin saber qué hacer. Nadie hablaba. Solo nos mirábamos entre nosotros con los ojos bien abiertos. Entonces lo escuchamos de nuevo bramar, fuerte y ronco. Eso nos decía que, aunque no lo miráramos, estaba cerca de nosotros. El primero que hizo el intento de correr fue el más chico del grupo. Ya estaba muy asustado. Se le notaba en la cara. Apenas dio unos pasos y logramos detenerlo. Lo mejor en ese momento era quedarnos quietos, porque ese animal con sus bramidos nos estaba avisando que estaba dispuesto a atacarnos si hacíamos algún movimiento en falso. Cuando se escuchó el ruido de algo moviéndose entre los árboles, nos hizo reaccionar a todos.

56:29 Entonces sí quisimos correr. Pero nos sorprendió que de pronto cayera algo negro al suelo de una manera pesada. No lo podía creer. Ahí estaba frente a nosotros, en medio de hojas que seguían cayendo, a unos cuantos metros. Fue entonces cuando lo miramos bien. Aunque estaba parado en cuatro patas como cualquier animal, la verdad es que no lo era. Me acuerdo que le busqué una forma definida. No era un venado ni un oso. Más parecía un perro gigante que otra cosa. Tenía la lengua de fuera y respiraba como si tuviera dificultad para hacerlo. No tenía orejas y al parecer tampoco una cola. La primera vez que lo dije se burlaron de mí, pero era muy parecido a lo que es un hombre lobo. Él no hizo ningún movimiento, nosotros sí. Tal vez por instinto corrimos para alejarnos lo más que se pudiera. Mientras corría le pedía a Dios que no me fuera a atrapar ese animal. La criatura corrió despacio detrás de nosotros, sin intención de alcanzarnos. Era claro que pretendía que nos metiéramos todavía más en su terreno.

57:40 E inconscientemente así lo estábamos haciendo. Mientras corríamos, nos gritábamos unos a otros para no dispersarnos. A cada metro que avanzábamos nos íbamos encontrando animales muertos. De hecho, algunos se tropezaron con ellos, porque ahora eran más grandes. Tal vez serían caballos o vacas. Alguien gritó que teníamos que dejar de avanzar. No nos deteníamos porque cada vez que volteábamos a verlo, ahí venía ese animal, erguido en sus patas traseras, mirándonos amenazante. Como ya nos habíamos metido demasiado al monte, ya no tuvimos otra opción. Nos detuvimos para ponernos de acuerdo lo que íbamos a hacer. Teníamos que encontrar la manera de salir de ahí, y lo importante era hacerlo juntos.

58:29 De los nervios que teníamos, todos hablábamos al mismo tiempo. La única solución que había era regresar por donde entramos. Para eso teníamos que darle la vuelta a esa criatura. No había más. Pero sabíamos que iba a ser peligroso. Con lo único que contábamos para defendernos eran aquellas varas picudas que nos había dado José. Y las teníamos que utilizar. Me preocupaba que ya me sentía cansado de tanto correr. Uno de mis amigos aseguró que muy al fondo del camino que llevábamos había otras figuras que se movían entre el monte. Yo no sabía qué pensar. Al parecer, ahí donde estábamos era un nido de esos animales. Por eso, el Nahual pretendía que entráramos. No lo pensamos mucho. Conteniendo el miedo, caminamos deprisa entre los arbustos espinosos que nos raspaban los brazos y las piernas. Pero ni así nos detuvimos.

59:22 Aquella criatura no se movía de su lugar. Al parecer, no estaba dispuesto a dejarnos escapar. Inexplicablemente, no se movió de su lugar. Lo más cerca que pasamos de él fue como a 10 metros, siempre mirándolo a los ojos. Por lo mismo, lo miramos claramente. Además, era de día, no lo pudimos imaginar. Parado en dos patas como estaba, nos fue siguiendo con la vista. Esos segundos fueron aterradores, es una imagen que nunca voy a olvidar. Luego que pasamos frente a él, nos empezó a seguir. El miedo nos hizo correr. Al comenzar a hacerlo, sentí que ese animal también lo hizo. El sonido de sus pisadas era lo peor.

1:00:05 No eran como las de un humano, eran pesadas, pero rápidas. No pude evitar pensar que nos iba a alcanzar, y seguramente aquello sería una carnicería espantosa. No quería, pero grotescas imágenes cruzaran por mi mente. Ese animal, o lo que fuera, nos seguía ya muy de cerca, corriendo siempre en sus patas traseras. La última vez que volteé, podría jurar que había por lo menos otras dos criaturas igual de terroríficas como la que nos perseguía. El camino de regreso no fue para nada fácil. Entre la desesperación que teníamos, quizás nos metimos por donde no debíamos, porque, topándonos con ramas gruesas y raíces que casi nos hacían caer, llegó un momento que no pensaba en nada ni en nadie. Mi instinto me impulsaba a salir de ahí. Nadie hablaba, solo corríamos con la mirada al frente, respirando con mucha dificultad.

1:01:01 Saltaba troncos, hierbas y todo lo que se me atravesara. La salida del monte apareció a lo lejos, entre la luz del atardecer. Uno a uno salimos de ahí, tropezando con la tierra suelta. Cuando el último de nosotros cruzó la línea de árboles, nos volteamos para ver si la cosa seguía ahí, entre todos aquellos matorrales. o todavía venía siguiéndonos. La verdad, ya no la vimos, pero sí entendimos lo que quería decirnos esa criatura. Ese era su lugar y no nos quería de vuelta por ahí. De hecho, estábamos conscientes que nos dejó salir, porque de haber querido nos hubiera atrapado y no habría poder humano que nos pudiera salvar.

1:01:42 Todo había sido tan extraño que sabía que nadie nos iba a creer cuando habláramos de esto. Por eso, por lo menos yo, lo callé por mucho tiempo, Hace 10 años me animé a contar esta historia con algunos conocidos. Después me arrepentí mucho porque quedé como un fantasioso. Ese día que nos metimos al monte y estuvimos frente a un Nahual con unas varas con punta como única arma para defendernos, entendí que Dios nos dio otra oportunidad. No recuperamos al perro que buscábamos, pero conservamos algo muy valioso, la vida. Por último, les comparto que desde ese día, Y al menos el tiempo que vivía ahí, en ese pueblo, cada vez que pasaba cerca de ese lugar, me aseguraba de no cruzar aquella línea de árboles donde vivía ese Nahual, el dueño del monte.