July 14, 2026

La Noche En Que La Maldición Cambió De Dueño - Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 Me llamo Esteban Rangel, tengo 46 años y vivo en una comunidad de Guanajuato. Durante 20 años trabajé como carpintero. Tenía el taller junto a la casa, ahí hacía puertas, mesas, marcos y reparaciones. Lo cerré cuando mi vista empezó a fallar y mi cuerpo dejó de responder. Al principio pensé que era cansancio, luego busqué una causa médica. Nunca imaginé que el origen estaba enterrado en el terreno de Rogelio Cruz, mi vecino. Lo primero fue el ardor en los ojos. Despertaba con los párpados pesados y tardaba varios minutos en enfocar. Creí que el polvo de la madera me estaba afectando.

0:46 Limpié las máquinas, cambié los lentes de protección y dejé de lijar sin cubrebocas. También reduje las horas en el taller, pero el ardor continuó. Poco después apareció la fiebre. Subía sin aviso, me dejaba débil y bajaba sola. En esos mismos días empecé a sangrar de las encías mientras dormía. Laura, mi esposa, revisaba mi boca con una lámpara y buscaba alguna herida, pero la sangre salía sin que pudiéramos localizar el punto. Fui a una clínica de Celaya, me hicieron estudios y revisaron mis ojos. El médico encontró inflamado el nervio óptico izquierdo, aunque no pudo explicar la causa. Me recetó gotas y medicamentos. Seguí el tratamiento completo y regresé a consulta. La fiebre no cedió y la vista continuó empeorando.

1:38 Primero dejé de leer los números de la cinta métrica. Después confundí las marcas de los cortes y empecé a perder herramientas que tenía frente a mí. Acercaba la cara a las tablas y aún así cometía errores. Una tarde arruiné dos puertas. Guardé las herramientas y mandé a los ayudantes a sus casas. Les dije que volveríamos cuando mejorara. Ese día cerré el taller y nunca pude abrirlo de nuevo. La primera noche, Laura y yo escuchamos tres golpes debajo del piso de la habitación. No fueron fuertes, pero se oyeron con claridad. Retiramos la cama, revisamos las tablas y buscamos alguna pieza suelta, pero no encontramos nada. Los golpes volvieron en las noches siguientes Siempre desde el mismo punto, y después apareció un olor a tierra húmeda junto a la pared del patio. Revisé las tuberías y levanté una parte del piso, pero todo estaba seco. El olor llegaba mientras dormíamos y desaparecía antes de amanecer. Una mañana encontré un hilo negro junto a mi lado de la cama.

2:46 Era grueso, estaba húmedo y tenía una sustancia pegajosa. Laura lo puso dentro de una olla y le acercó un cerillo. El hilo ardió despacio, soltó humo oscuro y dejó un olor a carne quemada. Tuvimos que salir. Durante los días siguientes aparecieron más hilos, siempre en el mismo lugar. Barríamos antes de acostarnos y revisábamos debajo de la cama. Pero al despertar había otro pedazo sobre el piso. Mi hermana Julia insistió en que visitara a Julián Zamora, un sanador de una comunidad cercana. Yo no quería ir, prefería buscar otra clínica, pero cambié de opinión cuando desperté sin poder abrir el ojo izquierdo. El párpado no estaba hinchado ni dolía.

3:33 Lo levanté con los dedos y no vi luz, formas ni movimiento. Laura me llevó con Julián ese mismo día. Le conté lo ocurrido, los resultados de la clínica, la fiebre, la sangre, los golpes y los hilos. Julián escuchó sin interrumpirme. Revisó mis ojos, mis encías y las palmas de mis manos. Luego llenó un recipiente con agua y lo colocó frente a mí. Me pidió que mantuviera las manos a los lados sin tocarlo. Después de unos segundos aparecieron siete burbujas en el fondo y no subieron. Julián retiró el recipiente y me informó que alguien había hecho un pacto de entierro contra mí. Explicó el procedimiento. Tomaban un sapo vivo, le cosían los ojos y la boca con hilo negro.

4:20 Lo envolvían en una bolsa y lo enterraban en la propiedad de quien había pedido el daño. Mientras el animal permanecía bajo tierra, la víctima perdía salud, fuerza y funciones del cuerpo. Quien pagaba el trabajo también entregaba parte de su salud, aunque el desgaste avanzaba con mayor lentitud. Le pregunté qué prueba tenía. Julián me pidió que me quitara el zapato derecho. En la planta del pie tenía una mancha negra que había aparecido semanas antes y yo la había tomado por un moretón. Me limpió la zona, abrió la superficie con una aguja y sacó un fragmento de hilo. Laura lo sostuvo antes de que Julián lo quemara. El humo dejó el mismo olor que habíamos sentido en la habitación.

5:06 Pensé de inmediato en Rogelio Cruz. Habíamos sido vecinos durante años y antes nos ayudábamos con herramientas y trabajos del campo, El problema comenzó por un canal de riego entre nuestras propiedades. Rogelio decía que una parte le pertenecía, pero mis documentos marcaban ese tramo dentro de mi terreno. Discutimos varias veces y terminé colocando una cerca para impedir que entrara. Poco después perdió parte de una cosecha y me culpó. Dejó de hablarme, empezó a vigilar la cerca y una tarde intentó sacar uno de los postes. Lo enfrenté. Nos empujamos y su hijo tuvo que separarnos. Cuando mencioné su nombre, Julián me preguntó por su salud. Recordé que Rogelio había bajado de peso. Caminaba encorvado y llevaba una venda en la mano derecha. Julián consideró que esos daños podían ser el pago del pacto y después me explicó cómo romperlo.

6:05 Yo debía encontrar al sapo y cortar los hilos en un orden preciso. Primero los siete ojos y después la boca. Cada corte devolvería una parte del daño a quien había pedido el entierro. Mi enfermedad se detendría, pero las lesiones podían quedarse. Una vez cortado el primer hilo, tenía que terminar. Si mataba al animal o dejaba el trabajo abierto, el daño podía quedar fijo en mi cuerpo. Laura preguntó si había otra salida. Julián respondió que no conocía ninguna. Podía dejar el sapo bajo tierra y seguir enfermando. o desenterrarlo y aceptar lo que ocurriera. Decidí buscarlo. Esperamos una noche en la que la familia de Rogelio acostumbraba visitar a unos parientes. Vimos salir a varios de ellos y creímos que Rogelio iba con el grupo. Julián y yo cruzamos por una abertura bajo la cerca. Llevábamos una lámpara, una pala pequeña y unas tijeras. Fuimos hasta la parte trasera del terreno. Cerca del muro, Julián encontró siete clavos enterrados en línea. y a poca distancia, una loza sobre tierra removida.

7:15 La levantamos y comenzamos a cavar. La pala golpeó algo blando. Aparté la tierra con las manos y descubrí una bolsa cerrada con hilo negro. La bolsa se movió entre mis dedos. La levanté y perdí la vista del ojo derecho. Dejé de distinguir la lámpara y tuve que sentarme. Dentro de la bolsa, el animal golpeaba la tela con las patas. Julián deshizo el nudo, abrió la tela y guardó silencio. Después tomó mi mano y la puso sobre el cuerpo del sapo. Sentí la piel húmeda, la espalda ancha y las patas recogidas. Avancé hasta la cabeza y encontré una frente, una nariz, dos mejillas y una boca humana. Julián acercó la lámpara, revisó el rostro y dijo que lo reconocía de inmediato. El sapo tenía la cara de Rogelio. Julián señaló la cicatriz sobre la ceja derecha y la marca junto a la nariz. Yo conocía ambos rasgos. El cuerpo seguía siendo el de un sapo grande, pero la cabeza conservaba el rostro de Rogelio. La boca estaba cerrada con cinco puntos de hilo negro. Tenía siete ojos, dos al frente, cuatro a los lados y uno en medio de la frente.

8:32 Todos estaban cosidos. Julián explicó que dos eran los ojos naturales del animal y los otros cinco habían surgido con el pacto. Los siete mantenían mi vista unida a la salud de Rogelio. El animal respiraba y cada entrada de aire tensaba los puntos de la boca. Julián puso las tijeras en mi mano y repitió el orden. Primero debía abrir los siete ojos, después la boca. Una vez cortado el primer hilo, no podía detenerme. El daño regresaría a Rogelio, aunque yo solo recuperaría lo que todavía pudiera sanar. Le pregunté si podía morir. Julián respondió que sí, porque recibiría en pocos minutos lo que había provocado durante meses. Mientras yo buscaba el ojo del centro, metí una punta de las tijeras bajo el hilo y corté. El sapo abrió ese ojo y en el mismo momento vi una franja de luz con el ojo derecho. Después distinguí mis manos, la bolsa sobre la tierra y la silueta de Julián.

9:37 Todo seguía borroso, pero ya podía separar una forma de otra. Respiré hondo, busqué el siguiente hilo y lo corté también. Un motor se escuchó frente a la propiedad. La luz de un vehículo pasó por el muro. Luego se apagó y una puerta se cerró. Rogelio había regresado solo, pero Julián me pidió que continuara. Corté el tercer hilo y desde la casa llegó un golpe contra el piso. El sapo estiró las patas y trató de salir. Lo sujeté, encontré el cuarto ojo y corté. La puerta trasera se abrió antes de que pudiera seguir. Rogelio salió al patio con una barra de metal. Caminaba apoyándose en la pared.

10:22 Tenía sangre en los párpados y la venda de la mano derecha estaba suelta. Al vernos, levantó la barra y avanzó. Julián se puso entre los dos y le ordenó que se detuviera. Rogelio intentó responder, pero la mandíbula apenas le obedecía. Dio otro paso y lanzó un golpe. La barra pasó junto al hombro de Julián y cayó sobre la tierra. Corté el quinto hilo y Rogelio perdió el equilibrio. Corté el sexto y cayó de rodillas. Soltó la barra, se cubrió la cara y empezó a vomitar. Entre la saliva y la sangre salieron trozos de hilo negro. Rogelio intentó levantarse, pero volvió a caer, y solo quedaba cerrado el séptimo ojo.

11:05 Pronunció mi nombre y me pidió que parara. Hablaba con esfuerzo, dijo que podía quitar el trabajo y arreglarlo. Julián revisó el cuello del sapo, encontró una costura bajo la mandíbula, la abrió y sacó un papel doblado. En una cara estaban mi nombre, mi fecha de nacimiento y la ubicación de mi casa. En la otra aparecía el nombre de Rogelio y una frase que entregaba su salud como garantía del pacto. Julián sostuvo el papel frente a él. Rogelio dejó de pedir ayuda, miró hacia la barra y extendió la mano. Yo corté el séptimo hilo. Los siete ojos se abrieron. Rogelio gritó, se llevó las manos al rostro y cayó de costado. Cuando levantó la cabeza, sus pupilas no siguieron la lámpara. Movió una mano frente a los ojos y luego se tocó la nariz. Ya no veía.

12:00 Se arrastró hacia la barra, tanteando la tierra, pero no logró encontrarla. La boca del sapo seguía cerrada. Julián dijo que esos cinco puntos sostenían la fiebre, el sangrado y el daño interno. Si los dejaba, la enfermedad continuaría en mí. Busqué el primer punto, levanté el hilo y corté. Rogelio empezó a sangrar de las encías y con el segundo corte su respiración perdió ritmo. Corté el tercero y el cuarto casi juntos. Su cuerpo se tensó, el brazo derecho quedó inmóvil y la pierna del mismo lado dejó de sostenerlo. Me detuve ante el último punto. Sentía presión en el pecho y dolor detrás de los ojos. El sapo abría las fosas nasales, pero ya no conseguía tomar aire. Rogelio seguía en el suelo, ciego, con la boca y la camisa cubiertas de sangre. Volvió a hablar y dijo que había pagado a una mujer para preparar el entierro, que quería enfermarme hasta obligarme a dejar el terreno y que nunca pidió mi muerte. Julián levantó el papel y leyó la frase donde Rogelio ofrecía su salud. Rogelio guardó silencio y yo recordé la fiebre, la sangre al despertar, el taller cerrado y la oscuridad del ojo izquierdo. También recordé los hilos junto a la cama y la bolsa enterrada en su patio, así que coloqué la tijera bajo el

13:30 último punto y lo corté. La boca del sapo se abrió, expulsó un rollo de hilo negro, tomó aire y quedó inmóvil. Los rasgos humanos empezaron a hundirse. La frente perdió altura, la nariz se redujo, las mejillas desaparecieron y la boca volvió a ser la de un animal. Rogelio sufrió una convulsión, sus brazos golpearon el suelo, su respiración se detuvo y volvió después de una pausa. Quedó tendido, consciente, pero sin movimiento en la mitad derecha del cuerpo. Julián puso al sapo sobre la tierra. El animal permaneció quieto, luego dio varios saltos, cruzó el patio y se metió entre las plantas.

14:15 Mi vista derecha mejoró lo suficiente para reconocer el muro, la cerca y el rostro de Rogelio, pero el ojo izquierdo siguió sin responder. Esperamos a unos pasos hasta que Rogelio dejó de temblar. Julián se acercó, revisó su respiración y confirmó que seguía vivo. Entonces escuchamos el vehículo de su familia. Cruzamos la abertura de la cerca y volvimos a mi casa. Laura me limpió las manos y guardó mi ropa en una bolsa. No hablamos durante el resto de la noche. Al día siguiente, supimos que Rogelio había quedado ciego. También perdió el movimiento de un brazo y necesitó ayuda para caminar. Nunca volvió a trabajar sus tierras.

14:59 Yo recuperé parte de la vista del ojo derecho, pero los médicos confirmaron que el daño del izquierdo era permanente La fiebre y el sangrado desaparecieron, aunque mi cuerpo quedó débil y tuve que continuar el tratamiento. Rogelio murió casi un año después por una infección. Su familia vendió la propiedad y abandonó la comunidad. Julián murió tiempo después, pero antes de su muerte volví a verlo y le pregunté si el pacto había terminado. Me respondió que sí, porque Rogelio había perdido la vista y el sapo había quedado libre. También dijo que romper el entierro detenía el daño, pero no reparaba lo destruido. Han pasado varios años. No volví a escuchar golpes bajo la cama ni encontré más hilos en la habitación. Conservo algo de visión en el ojo derecho.

15:56 Necesito ayuda para leer y no pude regresar al taller. A veces recuerdo el último punto, las tijeras en mi mano y a Rogelio en la tierra. Sabía que el corte podía matarlo pero también sabía que dejarlo cerrado mantendría la enfermedad dentro de mí. Lo corté porque quería vivir. Rogelio sobrevivió aquella noche, pero nunca recuperó su cuerpo. Yo conservé la vida, aunque perdí un ojo, mi oficio y buena parte de mi salud. Eso fue lo que dejó el entierro, y ninguno de los dos salió completo.