April 23, 2026

La Noche En Que El Exorcismo Salió Mal - Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 yo era el sacerdote encargado de San Jerónimo del Monte el pueblo estaba apartado y cuando surgía un problema serio la gente iba primero con el comisario o conmigo porque no siempre había médico yo conocía a casi todos desde hacía años por eso cuando la madre de Elena Varela fue a buscarme al terminar la misa entendí de inmediato que no venía por una bendición cualquiera me habló de su hija con la voz cansada y firme Me dijo que llevaba varios días sin dormir bien, que había dejado de comer, que no quería ver a nadie y que ya no se comportaba igual con su familia. También me dijo que había intentado llevarla a revisión, pero Elena no se había dejado tocar. No me habló de posesión ni de castigos. Me dijo que le tenía miedo a su propia hija y que no quería quedarse sola con ella esa noche. Fui con Tomás, el sacristán, y con Ismael, el hermano mayor. Elena vivía con su madre y con sus dos hermanos en una casa al final del pueblo.

1:11 Cuando entré al cuarto, la vi sentada en el suelo, recargada contra la pared, con el cabello suelto y la cara húmeda de sudor. Levantó la vista en cuanto abrimos la puerta y no dejó de mirarnos. Tenía los ojos rojos, casi sangrientos, muy abiertos y fijos en nosotros. También tenía una sonrisa inmóvil, dura, fuera de lugar. Era una sonrisa demoníaca. Le hablé por su nombre y no respondió. Le pregunté si estaba enferma, si le dolía algo, si quería que llamáramos al practicante otra vez. No contestó nada. Su madre dio un paso para acercarse y Elena le agarró la muñeca con una fuerza brusca. Tuve que intervenir con Ismael para separarlas. En cuanto la soltó, volvió a mirarme y entonces habló. Dijo que yo había llegado tarde. Se lo pregunté otra vez con calma y me respondió que ya estaba adentro. Esa primera noche no pensé en un exorcismo.

2:08 He visto personas con fiebre, crisis nerviosas, delirios y cuadros mentales graves. Lo primero que hice fue pedir que sacaran del cuarto cualquier cosa con la que pudiera hacerse daño o atacar a alguien. Luego recé con ella, leí oraciones de protección y pedí que no la dejaran sola. También ordené que al día siguiente subiera otra vez el practicante de la clínica. El practicante llegó al día siguiente y Elena no permitió que la tocara. Apenas intentó acercarse, ella le escupió y le dijo que no volviera a ponerle una mano encima. No lo dijo gritando, lo dijo despacio, con claridad. Aún así, decidimos intentar trasladarla. Entre cuatro personas tratamos de sacarla de la casa. Se resistió, lanzó patadas, se golpeó contra la puerta y se abrió la frente.

2:59 La madre rompió en llanto y el practicante pidió que la sujetáramos mejor. En ese momento, Elena giró la cabeza hacia mí, sonrió otra vez y dijo la frase que no he podido olvidar desde entonces. Si quieres sacarme, entrégame tu alma. La oí con claridad, el practicante también. Ismael se quedó quieto y nadie respondió. Intentamos seguir, pero Elena empezó a convulsionar y tuvimos que soltarla. El practicante dijo que no convenía moverla así y que era mejor esperar apoyo. Yo no quise actuar solo, así que ese mismo día avisé a la diócesis y pedí la presencia de otro sacerdote.

3:42 Mientras llegaba respuesta, la situación empeoró. Elena dejó de reconocer a sus hermanos. A veces llamaba a su madre por otro nombre y otras veces hablaba sola sin mirar a nadie del cuarto. Después empezó a decir cosas privadas de varias personas del pueblo, asuntos que no debía conocer. No eran rumores repetidos entre vecinos, eran hechos concretos y dolorosos. Luego pasó algo más. Cuando yo rezaba a su lado, se me adelantaba. No repetía fórmulas aprendidas, cortaba mis frases antes de que yo las terminara. En una ocasión empezó a decir nombres de muertos del pueblo, uno tras otro, sin equivocarse. Tomás estaba ahí y los reconoció todos. Dos días después llegó el padre Mauro. Era mayor que yo y tenía experiencia en casos difíciles. Le conté lo ocurrido sin exagerar nada. Entró al cuarto, observó a Elena en silencio y después me pidió hablar afuera. Me dijo que todavía no podía descartar una enfermedad mental grave, pero que había motivos suficientes para hacer una prueba formal y medir la reacción. Volvimos a entrar y empezó con oraciones breves y órdenes simples. Elena pasó del silencio a la risa.

5:00 Después lo insultó. Le mencionó un hecho de su pasado y vi el efecto en su cara. Mauro no se detuvo, pero su expresión cambió de inmediato. Siguió con las oraciones y Elena volvió a dirigirse a mí. No repitió la frase completa, pero sostuvo la misma exigencia. Dijo que si yo quería sacarla tenía que entregarme. Después dijo que Mauro no iba a soportarlo. El padre decidió entonces pasar al rito formal. Lo hizo porque según su juicio y el mío ya no era razonable seguir esperando. Preparamos el cuarto con lo indispensable y dejamos dentro solo a quienes podían ayudar, Mauro, yo, Tomás, Ismael y la madre de Elena. Le explicamos a la familia que nadie debía acercarse a la muchacha sin orden.

5:51 La madre aceptó llorando. Ismael se colocó junto a la puerta y Tomás tomó el libro y el agua bendita. Yo me preparé para responder las partes del rito y para sujetarla si hacía falta. Acostamos a Elena y la sujetamos para evitar que se lastimara. Al principio guardó silencio, respirando rápido, con la vista fija en Mauro. Después empezó a tensarse, jaló las ataduras, endureció la mandíbula y cargó la fuerza en los brazos. Durante el inicio del rito, insultó, escupió y trató de soltarse. Luego se calmó de golpe y comenzó a responder con una voz más grave. Mauro le ordenó que dijera quién era. Elena no dio un nombre, dijo que eso ya no importaba, porque la muchacha ya estaba cedida. Su madre empezó a temblar y tuve que pedirle que se quedara atrás. Elena volvió a sonreír. Mauro siguió adelante y yo entendí que ya no estábamos ante una simple prueba. Y desde ahí empezó lo peor. El rito siguió y después de un punto, yo dejé de medirlo por tiempo. Ya no pensé en horas ni en tramos.

7:05 Pensé en lo que iba pasando dentro del cuarto, en cada cambio de voz, en cada intento por soltarse. Y en cada frase que nos golpeaba de frente, Elena alternaba entre la violencia y una quietud que pesaba más que los gritos. Cuando forcejeaba, sabíamos qué hacer. Había que sujetarla, seguir rezando y mantener el orden. Cuando se quedaba inmóvil, todo se volvía más difícil, porque abría la boca y decía lo que nadie quería oír. tiró de las ataduras hasta dejarse marcadas las muñecas, levantó el cuerpo varias veces, intentó morder a Ismael cuando él le sostuvo los hombros y le escupió en la cara al padre Mauro. Mauro siguió adelante, se limpió solo una vez y no apartó el crucifijo. Luego, Elena dejó de pelear con el cuerpo y empezó a atacar con la voz. Nombró deudas, adulterios, rencores viejos, hijos no reconocidos, juramentos rotos, y lo hizo con una precisión que vació el cuarto. Nadie habló, nadie la contradijo, cada frase caía y se quedaba ahí. Tomás fue el primero en quebrarse. Elena dijo algo de su familia, una sola frase, directa, sin levantar la voz. Y él salió del cuarto sin avisar. Lo alcancé en el patio, estaba doblado, con las manos en la cara y me dijo que ya no podía seguir. Yo le respondí que sí podía, que todavía no terminaba y que adentro faltaban brazos.

8:38 Volvió conmigo, temblando, sin mirarle la cara a Elena. La madre de la muchacha seguía rezando en voz baja, pero ya no rezaba con orden, iba saltando de una oración a otra. Se le cortaba la voz, se secaba la cara con el borde del reboso y volvía a empezar. Ismael no lloró ni habló. Se mantuvo firme junto a la cama, aunque cada vez que su hermana giraba hacia él, apretaba la mandíbula y bajaba la vista. Yo seguía el rito como estaba marcado, pero a esa altura ya no podía engañarme. Tenía miedo y lo sentía en el pecho, en la garganta y en el pulso de las manos.

9:19 Nadie estaba pensando en historias del pueblo ni en supersticiones. Estábamos ahí, dentro de un cuarto cerrado, intentando llegar al final sin perder el control. En una de esas pausas, cuando Elena dejó de jalar las ataduras y se quedó mirando hacia arriba, volvió a dirigirse a mí. Habló despacio, con una voz firme, y repitió la misma oferta del principio. Dijo que, si yo quería sacarla, debía dejarla entrar en mí. No levantó el tono, no dudó. Lo dijo completo y lo sostuvo con la mirada fija. Yo no le contesté. El padre Mauro me ordenó seguir leyendo y yo seguí. Elena sonrió sin mover la cabeza y esa sonrisa fue peor que los insultos. Tenía los ojos rojos, abiertos de más, la vista clavada en mí y la boca endurecida en esa expresión demoníaca que no se le iba ni cuando hablaba de su madre ni cuando hablaba de la iglesia.

10:17 ni cuando mencionaba su propia muerte. Después bajó la voz todavía más y empezó a decir que tenía frío, que estaba cansada, que ya no quería seguir. Su madre dio un paso hacia la cama y Mauro la detuvo de inmediato. Elena levantó la cabeza y se echó a reír. Nadie se movió después de eso. Poco más tarde vi al padre Mauro perder fuerza. Primero le cambió la respiración, empezó a tomar aire con dificultad. Luego le tembló la mano con la que sostenía el crucifijo. Quise acercarle una silla y la rechazó. Siguió de pie y alzó más la voz.

10:58 Elena lo miró y le dijo que no iba a terminar lo que había empezado. Mauro continuó con el rito. Dio la orden otra vez, elevó el crucifijo. Intentó mantener el ritmo, pero el cuerpo ya no le respondió. Se llevó la mano al pecho, dio un paso hacia atrás y cayó de rodillas junto a la cama. La madre soltó un grito. Ismael se movió para sostenerlo, pero Elena jaló con tal fuerza que una de sus manos casi se salió de la atadura. Tomé una decisión en ese instante. Le pedí a Tomás que atendiera a Mauro y yo agarré el ritual. Nunca había dirigido un exorcismo mayor. Había leído el texto, conocía el orden, sabía lo que debía decir, pero ahí ya no quedaba espacio para dudar. El sacerdote principal estaba en el suelo, la familia estaba rota, y la muchacha seguía atada frente a nosotros, mirándome con esa misma sonrisa. Seguí leyendo sin levantar la vista más de lo necesario. Elena volvió a agitarse, se zafó una muñeca y me arañó el antebrazo. antes de que Ismael lograra sujetarla otra vez. La sangre me corrió hasta la mano, pero no solté el libro. La madre lloraba en un rincón, con el nombre de su hija en la boca, sin avanzar, sin salir, detenida entre las dos cosas. Mauro apenas podía hablar, respiraba corto, apoyado contra la pared, y, aun así, alcanzó

12:28 a decirme que no suspendiera. Yo obedecí. No porque me sintiera capaz, sino porque detenerme en ese momento habría roto el cuarto entero. Elena empezó entonces a cambiar la voz. Alternaba entre ese tono grave y una voz más frágil, más cercana a la suya. Pedía agua. Decía que la sacáramos de ahí. Luego acusaba a su madre de haberla entregado. Y después volvía a insultarnos y a exigir el trato. No había descanso. Cada palabra obligaba a decidir en el momento, sin tiempo para pensar y sin margen para equivocarse. Esa parte fue la más dura para la madre. Cuando Elena habló con una voz más baja y pidió que la soltaran, la mujer avanzó dos pasos. Yo extendí el brazo y la detuve. No me miró, pues tenía toda la atención puesta en la cama. Elena dijo su nombre, le pidió perdón, le pidió agua otra vez. y le pidió que la sacara de ahí. La madre empezó a temblar de pies a cabeza, y tuve que decirle con firmeza que no se moviera. Entonces, Elena cambió de expresión de un momento a otro, volvió a sonreír y le dijo que ya era tarde. La madre cayó de rodillas. Ismael cerró los ojos un instante, solo un instante, y siguió sujetando a su hermana. Yo continué con el rito, mantuve el orden, repetí las fórmulas y seguí el texto sin cambiar una línea.

14:01 La muchacha dejó de insultar por unos minutos, respiró con dificultad y aflojó el cuerpo. Pensé en agotamiento en un límite físico y pensé en la posibilidad de que el cuerpo ya no resistiera más. No dije nada y seguimos. En la parte final, Mauro logró incorporarse un poco y me pidió que insistiera y que no alterara el orden de las oraciones. Lo hice. Elena abrió los ojos, me buscó de frente y habló con una claridad que no había perdido en ningún momento. Dijo que una parte se iba y que la otra se quedaba. No añadió nada más.

14:41 Después de esa frase, el cuerpo se le aflojó por completo y Ismael le tocó el cuello y dijo que el pulso estaba muy débil. Su madre volvió a acercarse, esta vez más despacio, repitiendo su nombre. Elena movió los labios y dijo que no quería quedarse sola. La voz salió baja, gastada, casi rota. Fue lo último que dijo, después exhaló y no volvió a respirar. La bajamos de la cama de inmediato. Le soltamos manos y pies, intentamos reanimarla. Le buscamos pulso y aire. pero no hubo nada, el practicante llegó cuando ya era tarde, la revisó con rapidez, miró el cuarto, vio a Mauro en el suelo, a la madre deshecha, a Ismael con las manos marcadas y a mí con sangre en el brazo y dijo que la muchacha había muerto, anotó agotamiento extremo, crisis prolongada y paro cardiorrespiratorio, no discutí con él, él hizo lo que le correspondía, Yo me quedé de pie junto al cuerpo y entendí una sola cosa. No habíamos podido sacarlo por completo.

15:49 Mauro sobrevivió esa noche, pero quedó muy mal. Nunca recuperó la fuerza y murió meses después. Antes de morir, no volvió a tocar el tema conmigo. La madre de Elena dejó de ir a la iglesia. Ismael se fue del pueblo. Tomás cambió desde esa noche y ya no volvió a entrar al altar con la misma firmeza. Yo seguí en el ministerio, pero ya no fui el mismo. Lo que puedo decir hoy, sin adornos y sin buscar que nadie me crea más de la cuenta, es esto. Vi a una joven del pueblo cambiar en pocos días hasta volverse irreconocible. Vi en ella ojos rojos, casi sangrientos, una mirada aterradora y una sonrisa demoniaca. La oí decir con toda claridad que, si quería sacarla, debía entregarle mi alma. vi caer al sacerdote que dirigía el rito y vi morir a Elena sin que pudiéramos terminarlo desde entonces vivo con eso la muchacha murió el rito quedó incompleto y yo sigo cargando esa noche entera sin descanso y sin salida