May 18, 2026

La Casa De Catemaco: El Rescate Que El Ejército Nunca Quiso Explicar - Historias De Terror - REDE

La Casa De Catemaco: El Rescate Que El Ejército Nunca Quiso Explicar - Historias De Terror - REDE
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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 Esto pasó en la Sierra Norte de Puebla, por la zona de Coetzalán del Progreso, y lo cuento desde lo que recuerdo de esa comisión, con los nombres de mis compañeros cambiados. Éramos cuatro militares, íbamos en dos camionetas, dos en cada una. En la primera iba el sargento Arturo Beltrán con el soldado Díaz que manejaba, en la segunda íbamos Bautista y yo, Yo llevaba la radio portátil, porque en esa ruta la señal se cortaba seguido, y a veces solo entraba por momentos. Nos mandaron por reportes de animales muertos, daños en cafetales y gente que decía haber visto a un hombre rondando de noche por los caminos.

0:49 La ruta salía por el tramo de Zacapoaxla a Coetzalán y varias comunidades cercanas. Para la gente del lugar, esas brechas eran caminos de uso diario, Para nosotros eran puntos de riesgo, porque tenían lodo, curvas cerradas y partes donde no entraba bien la comunicación. Llegamos por la tarde a la comandancia. Nos recibieron policías municipales y el presidente auxiliar de una comunidad cercana. Primero nos hablaron de perros muertos, ganado atacado y huellas grandes. Después mencionaron al Nahual. El presidente auxiliar lo dijo sin cambiar el tono. Contó que cada cierto tiempo alguien de otro pueblo bajaba por las veredas y asustaba a la gente. Dijo que los vecinos señalaban a Mauro Hernández porque ya había tenido problemas por meterse a terrenos ajenos y porque lo habían visto cerca de los cafetales antes de los ataques. Beltrán pidió más datos.

1:50 Quería nombres, lugares, fechas y denuncias. El presidente auxiliar aceptó que no tenían una prueba completa. pero dijo que el miedo ya estaba metido en las casas y que los animales no aparecían así por casualidad. También nos pidió que no bajáramos solos si escuchábamos silbidos en el monte. Bautista hizo un gesto de burla, pero se quedó callado. Beltrán le respondió al señor que íbamos a revisar por seguridad, con armas, radio y procedimiento, no por creencias. Lo dijo firme, sin burlarse de nadie. Salimos a patrullar antes de las 10 de la noche. Las camionetas iban cerca, con las luces encendidas y sin separarse. La orden era revisar la salida hacia Yohualichán, pasar por unos tramos de cafetal y regresar.

2:42 Había llovido. El camino estaba pesado y la neblina entraba por partes, así que avanzábamos despacio. Yo iba mirando el lado derecho del camino, mientras Bautista manejaba con las dos manos sobre el volante. En el primer tramo no encontramos personas. Pasamos algunas casas, unas con luz, otras cerradas. En una curva vimos sangre en la orilla del camino y pelo oscuro pegado en el lodo. Beltrán bajó con días para revisar, mientras Bautista y yo cubríamos desde la segunda camioneta. Había raspones largos junto a una piedra, pero el suelo estaba tan mojado que las marcas ya estaban abiertas. Beltrán dijo que podía ser un perro grande, un felino o alguien que había arrastrado un animal. Guardó una muestra del pelo en una bolsa y seguimos. Más adelante, una mujer salió de una casa y nos hizo señas con la mano.

3:39 Beltrán habló con ella desde la camioneta. La mujer le contó que su hijo había visto a un hombre parado cerca del camino dos noches antes. Dijo que estaba encorvado, que no contestó cuando le gritaron y que se fue hacia el monte. Beltrán le pidió que encerrara a sus animales y que avisara a la comandancia si escuchaba algo. Ella respondió que ya todos estaban encerrando temprano, porque nadie quería quedarse afuera después de oscurecer. Seguimos por la misma ruta. El camino bajaba y la vegetación cerraba la vista en varios puntos. Entonces escuchamos tres golpes contra un árbol. Fueron golpes secos, separados, del lado derecho. Beltrán ordenó detenernos sin apagar motores. Nadie bajó. Pasaron unos segundos y llegó un silbido corto desde esa misma dirección. No venía de lejos.

4:34 Beltrán tomó la radio y ordenó continuar juntos, sin abrir distancia entre las camionetas. Yo pensé que alguien nos estaba siguiendo para provocarnos. En otros lugares nos había pasado que la gente probaba a los soldados recién un ladrón de animales o alguien escondido entre los cafetales en ese momento no había visto nada solo sangre pelo golpes y un silbido eso alcanzaba para mantenernos alertas pero todavía no alcanzaba para creer en lo que nos habían contado la primera camioneta avanzó otra vez y bautista la siguió el motor trabajaba abajo el agua corría por las orillas y la lluvia seguía cayendo despacio No venía ningún vehículo de frente y, en la siguiente bajada, Díaz frenó de golpe. Bautista también frenó y nuestra camioneta quedó a poca distancia. Levanté la vista por el parabrisas y vi una figura parada en medio del camino. Era alto, estaba cubierto de pelo oscuro y tenía los brazos largos caídos a los lados del cuerpo.

5:43 La luz de la primera camioneta le daba de frente. No traía ropa visible, tenía las piernas separadas y el torso inclinado hacia adelante. Beltrán le ordenó por el altavoz que se retirara del camino. La figura no obedeció, se quedó quieta unos segundos, luego giró la cabeza y mostró la cara de lado. Tenía hocico, dientes grandes y ojos rojos por el reflejo de los faros. La boca estaba abierta y respiraba fuerte. No era un hombre parado con una máscara. ni un perro grande sobre dos patas. Era una figura con forma de hombre lobo puesta frente a nosotros mientras las dos camionetas seguían encendidas y ninguno de los cuatro decía una palabra. Beltrán repitió la orden por el altavoz con la voz firme y la figura bajó una mano al suelo. Lo hizo despacio al principio. Luego cargó el cuerpo hacia adelante y se lanzó contra la primera camioneta. Díaz metió reversa. Las llantas patinaron en el lodo y el golpe cayó sobre el cofre antes de que pudiera moverla. El faro izquierdo se rompió. La defensa bajó de un lado y la camioneta se fue contra la orilla del camino. Bautista gritó que era un animal, pero su voz salió cortada. Yo alcancé a ver la espalda cubierta de pelo. los brazos largos y las garras clavadas en la lámina. Beltrán disparó desde adentro de la cabina, en ráfagas cortas, apuntando al pecho y al hombro. La

7:17 criatura cayó del cofre, golpeó el suelo con una rodilla y se levantó enseguida. La sangre le bajaba por un lado del cuerpo, oscura bajo la luz de los faros. Díaz abrió la puerta, tenía la cara cortada por el vidrio y quería salir de la camioneta dañada. No alcanzó a bajar completo. La criatura metió una garra por la abertura, lo tomó del chaleco y lo jaló hacia afuera. Beltrán trató de sujetarlo desde el asiento, pero la fuerza del tirón lo venció. Yo escuché el golpe del cuerpo de Díaz contra el suelo y después su grito, corto, ahogado por la lluvia y por los motores. Bautista bajó de nuestra camioneta y disparó desde atrás de la puerta. Yo bajé por mi lado con la radio en la mano izquierda y el arma en la derecha. Pedí apoyo, repetí la ubicación y avisé que teníamos personal herido. La señal entraba sucia, con cortes, pero alcanzaron a responder. No supe si habían entendido todo, así que volví a repetirlo, más fuerte, mientras buscaba la posición entre las dos unidades. La criatura soltó a Díaz cuando recibió otro impacto. Se giró hacia nosotros y en ese momento la vimos completa. Era alta, ancha de espalda, cubierta de pelo oscuro, con el hocico abierto y los dientes visibles. Tenía las manos grandes, las uñas largas y curvas y los ojos rojos bajo la luz.

8:47 Se movía en dos piernas, pero usaba las manos para impulsarse cuando quería avanzar más rápido. No ladraba ni rugía, solo respiraba fuerte, con el pecho abierto y la boca llena de saliva. Bautista siguió disparando, retrocedió dos pasos, pisó lodo y cayó de espaldas. La criatura llegó hasta él antes de que pudiera levantarse. Le pegó primero en el hombro, después en el cuello. Bautista alcanzó a levantar el arma y disparó una vez más. El tiro pasó cerca de la cabeza de la criatura y la hizo retroceder un poco. Yo disparé desde el otro lado de la segunda camioneta. Beltrán salió de la primera con sangre en la cara y también abrió fuego. Uno de los disparos le dio en la pierna. Lo vi porque el cuerpo se le bajó de golpe y apoyó una mano en el suelo.

9:39 Pensé que ahora sí iba a caer. pero volvió a levantarse. Golpeó la puerta de la primera camioneta con tanta fuerza que la lámina se hundió. Después retrocedió hacia la orilla del camino, dejó sangre sobre el lodo y entró por una brecha que bajaba hacia el monte. Las luces alcanzaron a mostrar ramas moviéndose. Luego la neblina y la vegetación lo taparon. Beltrán ordenó que nadie la siguiera. Esa orden fue clara y nadie la discutió. Primero teníamos que revisar a Díaz y a Bautista, asegurar las camionetas y mantener la brecha cubierta. Díaz estaba tirado junto a la primera unidad, con heridas en el pecho, el cuello y la cara.

10:25 Beltrán se agachó, le buscó pulso y se quedó en silencio. No hizo falta preguntar más. Bautista seguía respirando, así que lo arrastré unos metros hasta dejarlo detrás de la segunda camioneta. y le puse presión en el cuello con una venda. Tenía el hombro abierto, la ropa empapada y los ojos fijos. Quiso hablar, pero solo le salió aire. Le dije que aguantara, que el apoyo ya venía, y movió la mano derecha una sola vez. No volvió a responder. La primera camioneta quedó atravesada en parte del camino, con el motor encendido y un faro roto. La segunda seguía funcionando, aunque tenía el parabrisas estrellado, Yo volví a llamar por radio y confirmé que mandaran apoyo médico y más personal. Beltrán se quedó de pie, apuntando hacia la brecha, con sangre en la mejilla y en el brazo. Cada cierto tiempo giraba la cabeza hacia Díaz. Luego regresaba la vista al monte.

11:27 Durante esos minutos nadie mencionó la palabra Nahual. No había espacio para eso. Bautista respiraba mal. Díaz estaba inmóvil. y abajo, por la brecha, se escuchaba movimiento entre las plantas. No podíamos saber si era la criatura, agua bajando o ramas quebradas por el viento, pero Beltrán no permitió que nadie se acercara. Me ordenó mantener posición, apuntar hacia la entrada y disparar solo si volvía a salir. El apoyo llegó después, con policías municipales y otra unidad militar. El comandante municipal bajó, vio las camionetas, vio a Díaz, vio a Bautista y después miró la sangre que entraba hacia la brecha. Preguntó si lo habíamos herido. Beltrán respondió que sí, en el hombro y en una pierna. El comandante no pidió más detalles en ese momento. Ordenó subir a Bautista para llevarlo a la clínica y pidió que nadie entrara al monte de noche. A Bautista lo subieron a una unidad, pero murió antes de llegar. Eso nos lo confirmaron por radio poco después. Díaz quedó en el lugar hasta que hicieron el levantamiento. Beltrán dejó que le revisaran la herida de la cara, pero no se apartó de la primera camioneta.

12:47 Yo seguí con la radio sentado junto a la segunda unidad, repitiendo solo lo necesario. Ataque en el camino. Dos compañeros caídos, agresor herido y rastro hacia la brecha. No dije más porque no sabía cómo decirlo sin que sonara falso. Al amanecer regresé al punto del ataque, no porque quisiera volver, sino porque tenía que señalar el lugar exacto donde vimos a la criatura y la entrada de la brecha por donde se perdió. Iban más soldados, policías municipales y dos hombres del pueblo que conocían esos caminos. Nadie caminaba distraído. Los que ya habían escuchado el reporte avanzaban con el arma lista, revisando el suelo, las orillas y la vegetación cercana.

13:33 La primera camioneta seguía atravesada en parte del camino. El cofre tenía cortes profundos, la puerta estaba hundida y había vidrio regado sobre el lodo. También quedaban marcas de llantas, manchas de sangre y pedazos de metal suelto. Los peritos tomaron fotos, midieron la lámina dañada y revisaron las marcas una por una. Uno de ellos dijo en voz baja que esos cortes no correspondían a machete ni a herramienta común. Nadie le respondió. Entramos por la brecha después de revisar el camino. El rastro seguía por partes con sangre en piedras, plantas quebradas y pelo oscuro pegado en unas ramas. La lluvia había borrado mucho, pero todavía alcanzaba para marcar una dirección.

14:20 Bajamos despacio sin separarnos. Yo iba detrás de Beltrán que tenía la cara vendada y caminaba con el brazo izquierdo pegado al cuerpo. No hablaba, solo miraba el suelo y levantaba la mano cuando encontraba otra mancha. Más abajo, cerca de un arroyo, el rastro se perdió. El agua había limpiado las piedras y ya no se podía distinguir nada seguro. Uno de los hombres del pueblo señaló una vereda y explicó que por ahí se llegaba a caminos usados por gente de otros pueblos cercanos. El comandante municipal le pidió que marcara la dirección, pero le ordenó quedarse con el grupo. Nadie iba a seguir solo, menos después de lo que había pasado. Estábamos revisando esa zona cuando entró una llamada por la radio de la policía. El comandante escuchó sin moverse, luego se apartó unos pasos y habló bajo. Cuando regresó traía la cara cerrada. informó que habían encontrado muerto a Mauro Hernández en un terreno de café cerca de su casa.

15:26 Nadie hizo preguntas frente a él. Todos recordamos ese nombre. Era el mismo que el presidente auxiliar había mencionado la tarde anterior, cuando nos habló de los Nahuales y de los problemas en los terrenos. La noticia cambió el ambiente del grupo. Antes buscábamos un rastro, y después de esa llamada, cada marca en el suelo pesaba más. No hacía falta decir mucho, Los policías se miraron entre ellos. Los hombres del pueblo bajaron la vista. Y Beltrán pidió que se registrara a la hora de la llamada. Yo me quedé callado, con la radio en la mano, porque no tenía nada útil que agregar. Más tarde supe los detalles. Mauro vivía solo en una casa de esa zona. Lo encontraron tirado cerca de un cafetal, con muchas heridas en el cuerpo y dos impactos de bala, uno en el hombro y otro en la pierna. Esa información me llegó por un policía que estuvo en el levantamiento. No la dijo para asustar a nadie. La dijo porque ya estaban cruzando lo encontrado, con las manchas de sangre que habíamos seguido desde el camino.

16:35 El presidente auxiliar pidió que avisaran primero a la familia de Mauro. También pidió que nadie del pueblo fuera al lugar por su cuenta. Conocía a la gente, sabía cómo crecen los rumores y entendía que una muerte así podía traer problemas entre comunidades. Algunos vecinos ya decían que el asunto había terminado, otros preferían cerrar la boca. Nadie quería quedar señalado por hablar de más. A nosotros nos separaron para declarar. A Beltrán lo atendieron por las heridas y luego lo pasaron con los mandos. A mí me preguntaron por la ruta, la visibilidad, la distancia entre las camionetas, los disparos y la dirección de la brecha. Contesté lo que recordaba sin adornar nada. Cuando describía a la criatura con forma de hombre lobo, el oficial dejó de escribir.

17:26 Me pidió una descripción física, no una conclusión. Entonces le dije que era una figura alta, cubierta de pelo oscuro, con hocico, dientes visibles. garras grandes y movimiento en dos patas. Eso sí quedó anotado. En el documento no apareció la palabra Nahual, tampoco apareció hombre lobo. El ataque a la patrulla quedó registrado como agresión de animal no identificado, con dos elementos fallecidos y dos lesionados. La muerte de Mauro quedó en otro expediente, como hallazgo de civil con heridas múltiples. Así lo manejaron desde el primer día. Nadie nos pidió cambiar lo que vimos, pero sí nos pidieron decirlo, de una manera que pudiera escribirse sin abrir más preguntas. Las familias de Díaz y Bautista recibieron la versión formal. Les hablaron de cumplimiento del deber, de una agresión durante patrullaje y de una zona complicada. Yo estuve en la ceremonia, parado detrás de otros elementos, sin acercarme a los padres ni a los hermanos, No tenía una frase útil para ellos.

18:37 Decir que hicimos lo posible no cambiaba nada. Y decir lo que vi tampoco les iba a devolver a nadie. Después nos sacaron de esa zona. A Beltrán lo cambiaron de unidad y a mí me dejaron unos días en revisión médica. Seguí en servicio, pero nunca volví a patrullar esa ruta de noche. Durante semanas escuché versiones distintas. Algunos aseguraban que después de la muerte de Mauro los ataques se detuvieron. Otros hablaban de Silbido cerca de los cafetales. Yo no confirmé nada de eso. Ya había declarado lo mío y no quería convertirlo en conversación de pasillo. Con el tiempo dejé de contar el caso. Cada persona intentaba llevarlo hacia donde quería. Unos buscaban una explicación normal. Otros querían que yo confirmara una leyenda. Yo no podía hacer ninguna de las dos cosas. Solo tenía recuerdos claros. Dos nombres de compañeros muertos. Una camioneta marcada. Un rastro que bajó al monte. Y un civil encontrado al día siguiente.

19:43 Con heridas que los mandos prefirieron dejar en otro expediente. Hasta hoy mantengo lo mismo. No vi a Mauro transformarse, por eso no digo que él fuera el Nahual. Lo que sí digo es que la gente lo señaló antes del ataque. que algo nos salió al camino esa noche, que lo herimos, y que al día siguiente apareció muerto, con lesiones que coincidían con los disparos reportados. Esa parte quedó fuera del papel, pero no salió de mi memoria. Me llamo Martín Núñez, fui soldado de infantería y estuve comisionado en el sur de Veracruz, cerca de Catemaco. Recuerdo esa noche con claridad porque el parte oficial dejó fuera lo principal. Registró una búsqueda de civiles, un incendio y la desaparición del sargento Víctor Aranda, pero no escribió lo que vimos dentro de la casa ni lo que escuchamos antes de entrar. Nadie quiso firmar un documento donde apareciera la palabra brujas. Éramos tres militares en el primer ingreso.

20:54 El sargento Aranda iba al mando. El cabo Ernesto Ledezma llevaba el equipo médico y yo iba con la radio. No hubo más elementos con nosotros al llegar, eso lo aclaro, porque después escuché versiones distintas, versiones con varias patrullas, disparos largos y gente corriendo por el monte. Pero no ocurrió así. Llegamos tres, entramos tres y esa fue la última vez que vi al sargento completo, armado, consciente y dando órdenes. El aviso llegó durante el primer viernes de marzo. En Catemaco, esa fecha atrae gente por limpias, ceremonias y trabajos de brujería.

21:34 El pueblo conoce esa fama y la usa. Hay visitantes, vendedores, curiosos y personas que ofrecen servicios relacionados con eso. Para la autoridad local, no era raro recibir reportes de turistas perdidos, discusiones, sustos o problemas después de alguna ceremonia. Esa noche, el centro tenía movimiento, ruido y luz. Pero nosotros no fuimos por algo público. Fuimos por una pareja que no regresó de una casa apartada. La información inicial vino de un lanchero. Dijo que había llevado a un hombre y a una mujer por la tarde, que los dejó cerca de una casa de por el rumbo. y que, al volver por ellos, encontró las mochilas abiertas y sangre en la entrada. No pidió dinero, no buscó atención, y dio los nombres de la familia de la mujer que escuchó en el viaje.

22:27 Por eso, el reporte subió de nivel. Ya no era un susto de turistas. Era una posible agresión con civiles desaparecidos. La orden era ubicar a la pareja, asegurar el punto y pedir apoyo si encontrábamos delito. Salimos antes de la medianoche. Al dejar el centro, el ruido quedó atrás y la radio empezó a fallar. Revisé la batería, canal y antena. Todo estaba en orden. Aranda me indicó que insistiera cada cierto tramo, sin distraerme del entorno. Ledesma revisó su mochila y preguntó si había más desaparecidos. Aranda contestó que el reporte hablaba de dos personas, una mujer y un hombre, ambos visitantes y que nada más estaba confirmado. La casa estaba sola, cerca de la brecha y de la laguna.

23:18 No había vehículos afuera, no vimos vecinos en la entrada ni animales sueltos en el patio. Solo había velas encendidas en las ventanas. Aranda anunció presencia militar y pidió que salieran quienes estuvieran dentro. Nadie abrió. Después escuchamos una risa de mujer detrás de la puerta. Baja al inicio, más fuerte al final, con pausas cortas. Ledesma levantó la lámpara y me miró, pero los tres la oímos. Aranda repitió la orden más firme. Una mujer respondió desde adentro, dijo que los heridos ya estaban callados. No gritó, no pidió ayuda y no preguntó quiénes éramos. Habló con calma. Esa frase cambió la entrada, porque ya teníamos una persona adentro, una referencia directa a heridos y una casa cerrada. Intenté reportarlo por radio, pero no salió la transmisión. No hubo ruido fuerte ni interferencia, solo silencio. Antes de abrir, Aranda revisó el suelo. Había huellas descalzas junto a la puerta.

24:25 Los dedos estaban marcados con fuerza y delante de ellos había líneas profundas causadas por uñas largas. No eran pisadas de animal. Tenían la forma de pies humanos. Ledesma se agachó. Las alumbró de cerca y guardó silencio. Aranda empujó la puerta con cuidado. Dentro encontramos mochilas tiradas, sangre en el piso, velas y un espejo apoyado contra la pared. También había una cortina al fondo. Aranda ordenó que cualquier persona escondida saliera con las manos visibles. La risa volvió, ahora desde dos puntos distintos. Una voz era joven, la otra era vieja.

25:07 No vimos a nadie al principio, solo escuchamos las risas, el roce de algo contra el piso y una respiración lenta al fondo. La primera mujer salió detrás de la cortina. Era delgada, iba descalza, tenía sangre seca en la barbilla y mantenía las manos abiertas a los lados del cuerpo. Sus uñas eran largas, curvas, oscuras y gruesas. No estaban pintadas, eran uñas crecidas, duras, con bordes irregulares. Aranda le ordenó arrodillarse y poner las manos donde pudiéramos verlas. Ella no obedeció. Miró al Edesma y dijo que el enfermero había llegado tarde.

25:49 La segunda mujer apareció detrás de ella. Era mayor. Caminaba despacio y arrastraba las uñas contra el piso. Ese sonido se quedó en mi cabeza, porque no venía de una voz ni de una grabación. Venía de sus manos. Sus uñas tocaron la madera y dejaron líneas claras. Levanté la lámpara hacia sus dedos. La mujer sonrió, abrió la boca y soltó una risa grave, rota, con un tono más bajo de la voz principal. No necesitó acercarse para provocar miedo. Bastó verla de pie, con esas manos, mirando al sargento sin obedecer una sola orden. Aranda no disparó. Nos ordenó retroceder hacia la puerta, mantener distancia y no perder de vista a las dos mujeres. Yo jalé el picaporte, pero la puerta no abrió. Estaba trabada. No vi llave ni cerrojo puesto de nuestro lado. Aranda preguntó por los dos turistas, y la mujer joven contestó que uno estaba abajo y que la otra todavía servía. Después señaló el piso con una uña. Ledesma movió un petate y encontró una tapa.

26:57 La retiró con mi ayuda. Debajo había un hueco oscuro, estrecho, con olor a tierra mojada y encierro. Desde abajo salió una voz de hombre, débil, pidiendo ayuda. Ledesma bajó la lámpara y vio a un hombre atado de las muñecas, con cinta en la boca y heridas en el cuello. Aranda ordenó sacarlo con cuidado, sin dejar de cubrir a las mujeres. En ese momento entendí que el reporte inicial estaba incompleto. Había civiles vivos dentro de esa casa, había sangre fresca en el piso, y había dos mujeres que sabían dónde estaba cada víctima. Yo seguía con la radio en la mano, intentando transmitir, pero el canal seguía muerto.

27:43 La mujer mayor volvió a reír, arrastró una uña por la pared y dejó una línea larga en la madera. Aranda me miró una vez sin bajar el arma y me indicó que me concentrara en el hueco. Esa fue la última orden tranquila que le escuché esa noche. El sargento Aranda decidió sacar primero al hombre. La orden quedó clara desde el inicio. Ledesma bajaría al hueco hasta donde pudiera. Yo sujetaría la cuerda y Aranda cubriría a las dos mujeres. Nadie debía tocarles las manos ni permitir que se acercaran. A esa distancia ya habíamos visto las uñas, el filo, la sangre seca y las marcas en el piso. Ledesma bajó la lámpara. El hombre estaba atado de las muñecas con cinta en la boca y el rostro hinchado. Tenía cortes en el cuello, los hombros y la espalda, todos en líneas paralelas separados por cuatro dedos. Ledesma le quitó la cinta y le ordenó respirar despacio. El hombre dijo que había otra persona abajo. Luego se llevó aire por la boca, apretó los ojos y dijo que le ardían.

28:50 Le pasé la cuerda a Ledesma. Él la ajustó bajo los brazos del hombre, mientras Aranda mantenía a las mujeres frente a él. La mujer mayor avanzó un paso, pero Aranda le ordenó detenerse. Ella siguió. Aranda disparó al piso, delante de sus pies. El golpe levantó astillas y polvo. Las dos mujeres dejaron de reír al mismo tiempo. La mayor miró la marca del disparo, después miró al sargento y dijo que el ruido no cambiaba lo hecho. La mujer joven se agachó junto al espejo y puso las uñas sobre el vidrio. No hizo ceremonia, no dijo rezos y no levantó la voz. Raspó el espejo de arriba a abajo con paciencia. El sonido era seco y parejo.

29:35 Yo miré de reojo y vi una mancha oscura dentro del cristal. Aranda me ordenó atender la puerta y el hueco. Obedecí aunque la radio seguía muerta en mi mano. Sacamos al hombre con dificultad. Pesaba poco, pero venía rígido, con las piernas entumidas. Ledesma revisó sus pupilas y dijo que necesitaba hospital. El hombre repitió que había una mujer abajo. Aranda ordenó revisar de nuevo. Ledesma metió más el cuerpo en el hueco y bajó la lámpara, y vio a la joven del reporte acostada de lado con las manos atadas. Respiraba poco, pero estaba viva. Entonces vi a la tercera mujer.

30:19 No la escuché entrar. Cuando giré hacia la puerta, ya estaba ahí, cerca de mi hombro. Era más joven que las otras dos. Tenía el cabello pegado a la cara y las uñas negras. Me sujetó el antebrazo con la mano izquierda y sentí cuatro puntas entrar en la piel. No fue un arañazo largo. Fue presión directa, profunda, hasta que la sangre empezó a salir. Le pegué con la culata y no soltó. Ledesma subió del hueco y la golpeó con el hombro. Ella cayó sentada, apoyó las uñas en el piso y se levantó de inmediato. Aranda ordenó apagar las velas. Yo pateé la más cercana. Ledesma apagó otra al volver al hueco, y Aranda tiró las de la pared con la punta del arma. La casa quedó alumbrada por nuestras lámparas. Las tres mujeres se cubrieron la cara y dejaron de avanzar. No gritaron. pero respiraban fuerte y mantenían las manos abiertas con las uñas listas. Ledesma bajó por la joven. Yo cubrí el hueco con el brazo herido pegado al cuerpo. La sangre me corría hasta la muñeca, pero podía usar la mano. La tercera mujer se quedó cerca de la puerta, agachada, mirando mi brazo.

31:35 Tenía mi sangre en las uñas. La lamió una vez y sonrió. No hablé. Pero Aranda vio el gesto y se colocó entre ella y yo. La mujer mayor le dijo a Aranda que él era el que faltaba. Aranda le preguntó qué quería y ella respondió que la casa no soltaba a todos. La mujer joven volvió a reír y la tercera la siguió. La risa chocó contra las paredes, se metió en el hueco y nos llenó de miedo por unos segundos. Yo apreté la cuerda y esperé a que él diera la señal. Ledesma subió con la joven cargada. Venía fría, con sangre seca en los oídos y los labios partidos. La pusimos en el piso. Ella abrió los ojos y dijo que su hermana seguía ahí. Aranda le preguntó en dónde estaba, pero la joven perdió el conocimiento antes de responder. Ya no teníamos un reporte de dos personas.

32:32 Teníamos dos rescatados, una posible tercera víctima y tres agresoras entre nosotros y la salida. La puerta seguía cerrada. Aranda revisó la ventana y ordenó salir por ahí. Rompí el vidrio con una silla. Me corté la mano al retirar los pedazos del marco, pero abrí espacio suficiente. Al primer hueco entró aire de afuera y escuché el pueblo, lejos, con música baja y voces mezcladas. Hasta ese momento noté que dentro de la casa no entraba ningún sonido del exterior. Pasamos primero al hombre. Ledesma lo empujó desde adentro y yo lo recibí del otro lado. Después pasamos a la joven.

33:14 La tomé de los hombros, la bajé al patio y la dejé junto al hombre. Ledesma salió detrás para arrastrarlos hacia la brecha. Yo iba a cruzar la ventana cuando la tercera mujer se lanzó contra mí otra vez. Aranda la detuvo con el cuerpo, entró entre los dos y la empujó con el arma. Ella le clavó las uñas en el chaleco y tiró de él hacia adentro de la casa. Aranda no pidió ayuda y me ordenó salir. Dudé un segundo, el suficiente para verle la cara. Tenía una herida abierta en la mejilla, humo en el uniforme y el arma firme entre las manos. Repitió la orden. Salí por la ventana y caí en el patio. Detrás de mí, la risa de las tres mujeres subió de golpe, sin pausas, mientras Aranda seguía adentro. Afuera, Ledesma atendía a los dos civiles junto a la camioneta. El hombre seguía consciente, pero no podía ponerse de pie. Tenía los tobillos hinchados, el rostro inflamado y respiraba con dificultad. La joven respondía menos, abría los ojos por momentos y volvía a perderse. Yo quise regresar por el sargento Aranda. Di dos pasos hacia la casa, pero Ledesma me sujetó del chaleco y me recordó la orden. Teníamos dos vivos que sacar de ahí y el sargento había decidido cubrir la salida. No discutí, me quedé con la radio, apreté el botón y pedí apoyo.

34:43 Esta vez la señal entró. Reporté dos civiles heridos, tres mujeres agresoras dentro de la casa y un elemento todavía en el interior. La central pidió confirmar si las agresoras tenían armas. Miré por la ventana rota y vi a Aranda retroceder hacia la puerta principal. con las tres mujeres frente a él. Contesté que no había armas visibles, pero que habían causado lesiones graves con las manos. No añadí más por el canal abierto. Aranda salió por la puerta unos segundos después. Caminó hacia el patio, sin correr, con el arma baja y la cara manchada de sangre. Nos vio junto a la camioneta. Por un momento pensé que ya venía con nosotros, pero la mujer mayor salió detrás de él y le puso una mano en el hombro.

35:30 Sus uñas le entraron por debajo del cuello del uniforme. Aranda no gritó, levantó la mano izquierda y nos ordenó quedarnos atrás. La casa empezó a arder desde adentro. Primero salió humo por la ventana, después fuego por el techo. No hubo explosión ni olor a gasolina, pero olía a cera, ropa quemada y cabello. Las tres mujeres reían dentro. Ya no las vimos completas, solo partes de sus cuerpos entre el humo. Manos abiertas, uñas largas, vestidos oscuros y caras que aparecían un segundo en la luz del fuego. Ledesma quiso avanzar, pero lo sujeté. Y en ese momento, la joven herida empezó a convulsionar. Volvió con ella y le sostuvo la cabeza. Cargamos a los civiles hasta la brecha.

36:20 El hombre lloraba sin hacer ruido. La joven tenía la piel fría y los labios morados. no había tiempo para buscar a la persona que había mencionado dentro de la casa esa parte sigue conmigo si su hermana estaba ahí no la encontramos no sabíamos en qué lugar estaba no teníamos equipo para entrar entre fuego y humo y Aranda seguía en la entrada impidiendo que nos acercáramos lo vi por última vez de pie con el uniforme quemado en un hombro y el arma todavía en la mano después el techo cedió Los refuerzos llegaron cuando el incendio ya había bajado. Entraron con extintores y lámparas. Revisaron el patio, el hueco del piso y lo que quedaba de la sala.

37:09 No encontraron a las tres mujeres. Tampoco encontraron al sargento Aranda. Hallaron restos quemados, ropa de mujer, documentos de otras personas, cabello amarrado con hilo y la tapa que cubría el hueco. También hallaron el espejo. Estaba sucio. con marcas profundas de uñas, pero entero. Nadie explicó por qué quedó así. Los paramédicos se llevaron al hombre y a la joven. El hombre perdió el ojo derecho y no declaró esa noche. La joven murió días después en el hospital de San Andrés Tuxtla. Antes de morir, dijo que ella, su novio y su hermana habían ido a grabar una ceremonia privada. también dijo que tres mujeres les ofrecieron entrar a la casa para ver un trabajo de protección y que cerraron la puerta cuando empezaron las risas no pudo dar el nombre completo de su hermana en la nota médica quedó asentado que estaba desorientada por trauma y fiebre el parte oficial quedó reducido se escribió que la casa era usada para rituales clandestinos que hubo un incendio durante el rescate y que el sargento aranda desapareció en servicio De mis lesiones se puso que fueron hechas por un objeto punzocortante. Acepté firmar porque mis palabras no cambiaban el documento. Yo tenía cuatro perforaciones en el antebrazo, alineadas por la distancia de una mano.

38:35 Ledesma las limpió esa noche. También vio las marcas, pero su declaración quedó igual de limitada. Después vinieron las preguntas internas. Querían saber por qué entramos sin más apoyo.¿ por qué no aseguramos mejor el perímetro y por qué no recuperamos el cuerpo del sargento? Respondí lo mismo cada vez. Entramos porque había civiles vivos y salimos porque Aranda lo ordenó. No regresamos porque teníamos dos heridos en la brecha, una casa ardiendo y tres agresoras adentro. Lo repetí hasta que dejaron de llamarme. Volví a Catemaco dos meses después para ampliar mi declaración. Fui de día con personal de investigación.

39:20 Donde estuvo la casa quedaban tierra negra, pedazos de lámina y clavos. Cerca de la laguna encontramos huellas descalzas marcadas en lodo seco. Eran de tres tamaños distintos, y en varias había líneas delante de los dedos. El perito tomó fotos, guardó silencio y siguió trabajando. La verdad, nunca supe si esas imágenes entraron a la carpeta. En el malecón, una vendedora reconoció a Aranda en una foto. Dijo que esa madrugada había visto a un militar empapado, con la espalda rasgada, caminando junto a tres mujeres de uñas largas. No lo reportó porque tuvo miedo, y no quiso dar su nombre ni acompañarnos a declarar. No pude comprobar esa parte, y por eso nunca la presenté como hecho firme. Antes de irnos, encontré una placa militar doblada cerca de un muelle. Era de aranda, y tenía cuatro marcas profundas en el metal.

40:18 La entregué al mando. Después pedí verla en la carpeta y me dijeron que no estaba inventariada. Yo pedí baja al año siguiente. Ledesma siguió en servicio, pero evita Veracruz en marzo. Del sargento Aranda no hay cuerpo ni tumba. Su familia recibió un documento de desaparición en acto de servicio. Si me preguntan qué pasó, contesto lo único que puedo sostener. Entramos tres militares a una casa cerca de Catemaco. Sacamos a dos civiles vivos, vimos a tres mujeres con uñas largas, y el sargento Aranda se quedó adentro para que los demás saliéramos. Recuerdo que el informe quedó bajo resguardo militar, en una carpeta sin marcas externas, con una versión corta para archivo y otra completa para los mandos que autorizaron la operación. La versión corta hablaba de una entrada rural, un detenido, dos elementos heridos y material destruido por riesgo sanitario.

41:27 La versión completa llevaba nuestras firmas, las de tres operadores que entramos sin insignias, sin apoyo visible y con la orden de sacar vivo al objetivo principal. Éramos tres. El capitán Armenta iba al mando. El sargento Rosas cubría la entrada y yo llevaba registro, radio y apoyo de fuego. No usamos grados en el uniforme, ni parches de unidad. Traíamos equipo negro, armas cortas y largas, cámaras corporales y un contenedor rígido para evidencia. Dentro del ejército, pocos preguntaban por nosotros. Cuando una patrulla común encontraba algo que no podía controlar, nos llamaban, nos daban un expediente cerrado. y nos mandaban antes de que el caso llegara a la prensa o al pueblo vecino. Nos enviaron a la Sierra Norte de Oaxaca, a un poblado donde la gente hablaba de Nahuales sin bajar la voz. En esa zona no usaban esa palabra para asustar niños, la usaban para señalar a personas concretas. Decían que ciertos hombres y mujeres podían tomar cuerpo de animal, mandar animales contra otros, enfermar a una familia... o desaparecer a alguien mediante un pacto. En este caso hablaban del diablo, de nombres entregados y de cuerpos usados para aumentar fuerza. Nosotros no íbamos a confirmar religión ni leyenda, íbamos a revisar hechos, detener a Mateo Cruz y asegurar una bolsa de piel que todos llamaban

43:00 el cuero. La misión llegó después de que una unidad del batallón falló, Ocho soldados habían entrado para capturar a Mateo, curandero del poblado, señalado por desapariciones y por tener el cuero en su casa. La patrulla perdió comunicación durante casi una hora. Volvieron cinco. Dos aparecieron muertos cerca del camino de salida y uno quedó desaparecido. Ya no era una búsqueda común. Era una recuperación con riesgo activo y con un objetivo que conocía el terreno. El mando nos recibió en una sala cerrada y nos habló sin rodeos. La patrulla anterior disparó antes de identificar, rompió formación, dejó equipo tirado y perdió el objeto principal. Mateo no actuaba solo.

43:48 En el expediente venían cuatro nombres, Mateo Cruz, Elena Vargas, Julián Ramos y Tomás, un menor de edad que vivía bajo el cuidado de Mateo. En el poblado los llamaban Nahuales, En el documento militar quedaron registrados como agresores vinculados a desapariciones, restos humanos y rituales no autorizados. Nuestra orden era capturar a Mateo y recuperar el cuero. Si los otros tres intervenían, debíamos contenerlos, grabar todo y salir con vida. Llegamos de noche en una camioneta civil y un vehículo médico. El agente municipal nos esperaba en la entrada del poblado. Se llamaba Hilario Santos. Era un hombre mayor, de voz baja y manos temblorosas. No quiso caminar más allá de la capilla.

44:38 Varias familias habían declarado, pero ninguna quiso firmar por miedo. Señaló la calle de tierra y nos dijo que Mateo vivía al final en una casa sola. No agregó adornos ni historias largas. Dijo que la gente evitaba esa calle. desde que empezaron a aparecer cuerpos sin dedos, sin lengua o con cortes en el pecho. Armenta le pidió datos útiles. Hilario dijo que Elena había trabajado en el molino, que Julián vivía cerca de Mateo y que Tomás no iba a la escuela desde la muerte de su madre. También dijo que el cuero estaba hecho con piel curtida, cosido con hilo rojo y que Mateo lo abría cuando decían hombres frente al diablo. y a fotografías de desaparecidos. Según los vecinos, cada nombre entregado fortalecía a los otros. Armenta no discutió eso, solo preguntó dónde habían visto por última vez al soldado desaparecido. Hilario respondió que cerca de la casa de Mateo, arrastrándose hacia el monte, sin casco y con la cara cubierta de sangre. Revisamos equipo antes de avanzar.

45:50 Armenta confirmó radio, munición y ruta de salida. Rosas revisó su lámpara, cargadores y esposas. Yo activé las cámaras y marqué el punto de entrada. Hilario ofreció acompañarnos, pero Armenta le ordenó quedarse. El hombre aceptó, señaló la calle y dijo que después de la última casa habitada, nadie saldría a ayudarnos aunque escucharan disparos. Avanzamos en formación corta, Y no hablamos de más. Pasamos frente a casas cerradas, con gente mirando desde dentro. En una esquina encontramos una mochila militar abierta. Era del soldado desaparecido. Tenía vendas, una lámpara rota, un cargador vacío y una libreta con nombres escritos. Rosas guardó la libreta. Yo grabé la mochila y el punto exacto.

46:43 Armenta informó por radio que encontramos material del equipo anterior y ordenó seguir. La casa de Mateo estaba al final del camino. Desde fuera no vimos movimiento. En el patio había animales muertos acomodados en línea. Eso bastó para tratar el sitio como activo. Armenta tomó el centro. Rosas cubrió un costado y yo quedé en la entrada. El capitán llamó a Mateo por su nombre. Le ordenó salir con las manos visibles y esperó respuesta. Desde adentro contestó un hombre. Dijo que el batallón ya había apagado y que nosotros veníamos por lo mismo. Armenta ordenó entrar. Rosas abrió la puerta y pasamos rápido, con armas arriba y sin disparar.

47:31 Mateo estaba sentado en el cuarto principal. Tenía sangre en las manos y el cuero en el piso, junto a sus pies. En la pared había fotografías de personas desaparecidas y varias coincidían con el expediente. También vimos santos volteados, velas consumidas, sal, pelo animal y restos pequeños sobre un plato. Todo quedó en las cámaras. Armenta le ordenó ponerse boca abajo, pero Mateo no obedeció. Empezó a decir nombres, despacio, uno por uno. Rosas avanzó para esposarlo. Antes de que pudiera sujetarlo, algo golpeó la parte trasera de la casa y abrió una entrada. Por ahí entró Elena Vargas. Venía en cuatro puntos de apoyo, con la cara cubierta de pelo pegado con sangre y las manos metidas contra el piso. No era un animal porque tenía rasgos humanos y ropa rota, pero no era una mujer en estado normal porque avanzaba con fuerza y velocidad fuera de lo común. Rosas la reconoció por una fotografía del expediente y avisó su nombre.

48:39 Elena fue directo contra él, lo derribó contra la pared y le mordió el brazo izquierdo. Rosas disparó dos veces a corta distancia, pero ella no lo soltó. Yo disparé al costado para separarla mientras Armenta sujetaba a Mateo, que intentaba alcanzar el cuero con una mano. Rosas empujó la pistola debajo del cuello de Elena y disparó otra vez. Entonces el cuerpo cayó y dejó de presionar el brazo. La mordida le abrió la manga, la piel y parte de la mano de Rosas. Siguió de pie, pero ya no podía sostener bien el fusil. Armenta terminó de cerrar una esposa en la muñeca de Mateo y lo tiró al piso. Mateo miró a Elena, sonrió con sangre en los dientes y dijo que ella solo era la primera, que el cuero seguía cerrado porque faltaba un hombre. Entonces escuchamos pasos arriba. Recuerdo los golpes en el techo antes que cualquier otra cosa de esa parte. Eran rápidos, separados por pausas cortas y avanzaban sobre nosotros, mientras Mateo seguía en el piso, con una muñeca esposada y la cara contra la tierra. Rosas cambió el cargador con la mano dañada, apretó los dientes y cubrió la entrada trasera. Armenta mantenía a Mateo sujeto con la rodilla, aunque el golpe de Elena ya nos había roto el ritmo. Yo tomé el contenedor, me acerqué al cuero y vi que la bolsa se contraía por dentro. No escribí en el reporte que estuviera viva,

50:13 porque eso no se puede sostener en un documento militar. Escribí lo que vimos. Las costuras se abrían por partes, el material se tensaba cada vez que Mateo decía un nombre, y bajaba cuando dejaba de hablar. La relación quedó grabada en las cámaras. Armenta le ordenó callarse, pero Mateo siguió hablando con la boca llena de sangre. Mencionó al soldado perdido y aseguró que ya había servido para abrir paso. Yo levanté el cuero con pinza metálica, lo metí en el contenedor y cerré los seguros. El techo cedió segundos después. Cayó Julián Ramos al centro del cuarto. cubierto de tierra con cortes recientes en el pecho y las manos llenas de sangre seca no traía armas entró atacando golpeó a armenta en el hombro y lo lanzó contra la pared el capitán cayó perdió aire pero no soltó por completo a mateo yo disparé al muslo de julián rosas disparó al torso y aún así siguió avanzando con el cuerpo abierto y la mirada fija en el contenedor Ahí entendí por qué la patrulla anterior se había desarmado tan rápido.

51:29 Aquellos agresores no buscaban cubrirse, no cuidaban heridas y no retrocedían al primer impacto. Recibían daño real, sangraban y perdían fuerza, pero tardaban en caer. Eso nos obligaba a disparar más cerca y a sostener la posición con menos margen. En una casa pequeña, con un detenido vivo y un objeto activo en el piso... ese margen desaparecía, Julián llegó hasta mí antes de que pudiera cambiar de lado, me sujetó del chaleco, me levantó lo suficiente para hacerme perder apoyo y me golpeó contra la mesa, sentí presión en las costillas y perdí la pistola, Rosas desde el suelo le disparó a la rodilla, Armenta ya herido sacó su pistola con la mano derecha y le tiró al pecho, yo recuperé el fusil y disparé una ráfaga corta al centro del cuerpo Julián cayó sobre la mesa rompió parte del material ritual y siguió moviendo los brazos Rosas se acercó con dificultad y terminó la amenaza con un disparo a la cabeza Armenta quedó herido del hombro pero siguió mandando ordenó inmovilizar mejor a Mateo revisar el contenedor y preparar la salida Rosas respondió que podía caminar No discutimos porque todavía sostenía el arma y seguía atento a las entradas.

52:54 Yo revisé el seguro exterior del contenedor. Estaba doblado, pero no abierto. Dentro había presión, golpes pequeños contra la tapa y líquido oscuro saliendo por una línea del cierre. Mateo alcanzó a morderse la lengua. La sangre le llenó la boca y empezó a repetir otro nombre. Tomás. Lo dijo varias veces con voz baja. hasta que escuchamos pisadas del lado del camino. Eran pequeñas, rápidas, alrededor de las paredes. Armenta ordenó sedarlo. Llevábamos un inyectable para extracción de detenidos violentos. Se lo apliqué en el muslo, mientras el capitán le sujetaba la espalda y Rosas cubría la puerta. Mateo tardó en ceder, pero dejó de hablar cuando la dosis hizo efecto.

53:44 El contenedor volvió a tensarse. El seguro exterior se abrió unos milímetros y el líquido empezó a caer al piso. Rosas pidió sacarlo de la casa, pero Armenta negó la salida con una orden corta, porque si el cuero salía activo, la misión quedaba perdida. Pidió autorización por radio para destruir el material. La respuesta llegó cortada, pero se entendió lo necesario. Contención prioritaria. Con eso bastó. Rosas preparó la carga incendiaria. Yo puse el contenedor en el centro del cuarto, lejos de Mateo y de la puerta. Armenta cubrió desde el suelo con la pistola apoyada en la mano buena. Afuera seguían las pisadas, pero nadie entraba. No había gritos del pueblo, ni perros, ni voces. Solo los golpes pequeños alrededor de la casa y el metal del contenedor cediendo poco a poco.

54:41 Rosas activó la carga y el fuego prendió por dentro bajo la tapa rota. El cuero se contrajo, las costuras se abrieron y el líquido oscuro se quemó con humo pesado. Mateo, medio sedado, intentó levantarse. Alcanzó a decir que quemarlo no cerraba el trato, solo cambiaba la deuda. Armenta le tapó la boca con una venda para cortar la voz y la sangre. Entonces entró Tomás. Era un niño, pero venía cubierto con una piel mal cortada sobre los hombros. Caminaba bajo, rápido, con un cuchillo pequeño en la mano derecha y tenía sangre en los brazos. No miró a Rosas ni a mí.

55:22 Fue directo al contenedor. Armenta le ordenó detenerse. Tomás no obedeció. Rosas tardó un segundo en disparar por verlo menor. y ese segundo le costó otra herida. El niño se lanzó contra él y le clavó el cuchillo bajo el chaleco, en el costado. Rosas lo golpeó con la culata y cayó de rodillas. Yo sujeté a Tomás por la espalda. Pesaba poco, pero tiraba con fuerza suficiente para arrastrarme medio paso hacia el fuego. Me mordió el guante y trató de soltar la mano del cuchillo. Armenta disparó al piso junto a él para frenarlo. Tomás siguió forcejeando. Rosas, herido, lo sujetó de las piernas. Yo le puse una brida en las muñecas y apreté hasta cerrar el plástico. Tomás gritó una vez con voz ronca. Después empezó a convulsionar.

56:15 En ese mismo momento, el cuero terminó de arder. Cuando la bolsa quedó reducida a ceniza, Tomás dejó de moverse. Julián estaba muerto. Elena también, y Mateo respiraba con dificultad, sedado y esposado. No celebramos nada, teníamos el objetivo principal con vida, el objeto destruido, tres agresores neutralizados y dos hombres heridos, dentro de una casa que aún no estaba asegurada. Era una salida parcial, no una victoria. Armenta pidió extracción e informó por radio un detenido vivo, dos elementos lesionados y tres agresores abatidos y material ritual destruido por riesgo activo.

57:00 Luego me ordenó recoger cámaras, libreta, fotografías y restos del contenedor. Rosa se levantó con ayuda de la pared. Armenta no podía usar bien el brazo y yo quedé al frente para abrir paso, con el fusil listo y el contenedor quemado colgado al pecho. Antes de salir, revisé el cuarto una última vez. Buscaba al soldado desaparecido. Encontré su placa cerca del punto donde cayó Julián. Estaba doblada y tenía sangre seca. La guardé en una bolsa de evidencia, pero no encontramos el cuerpo. Salimos por la puerta principal y la gente del pueblo miraba desde lejos, pero nadie se acercó.

57:44 Hilario Santos avanzó unos pasos y preguntó por el niño. Armenta respondió que seguía vivo, aunque Tomás apenas respiraba. Hilario bajó la vista y advirtió que si el cuero se había quemado, todavía faltaba cobrar una deuda esa misma noche. Armenta no le contestó. Solo ordenó seguir hacia el vehículo médico. Recuerdo que el traslado empezó con todos heridos, aunque nadie lo dijo en voz alta. Rosas caminaba apoyado en mi hombro, con el brazo izquierdo pegado al cuerpo y el arma lista. Armenta llevaba a Mateo sujeto por la espalda, usando solo el brazo que podía mover. Tomás iba amarrado en una camilla con pulso débil. Yo cargaba el contenedor quemado, las cámaras y la libreta del soldado desaparecido. La orden era salir del poblado, entregar a los detenidos al equipo médico y asegurar las pruebas. Llegamos al vehículo sin que la gente se acercara. El conductor tenía el motor encendido. Subimos primero a Rosas, después a Tomás y luego a Mateo.

58:51 Armenta entró al final, se sentó junto a la puerta trasera y mantuvo la pistola en la mano buena. Antes de cerrar, Hilario Santos se acercó para hablar bajo. El soldado perdido seguía en el monte. Si pedía ayuda, no debíamos creerle. Armenta le pidió una prueba. Hilario respondió que un cuerpo entregado podía regresar con voz ajena. Cerramos la puerta y salimos. El camino estaba dañado y el vehículo avanzaba lento. Mateo despertó antes del primer cruce. Tenía la boca vendada y movía la cabeza hacia Tomás. Rosas presionaba su herida con una mano. Armenta revisaba el radio y respiraba con esfuerzo. Yo me quedé junto a Mateo, listo para bajarlo si volvía a moverse. Tomás seguía inmóvil con las muñecas sujetas. A medio camino vimos al soldado desaparecido frente al vehículo. El conductor frenó y Rosas levantó el arma.

59:51 Yo abrí la puerta lateral y apunté desde adentro. Armenta ordenó que nadie bajara. El soldado estaba de pie con el uniforme roto y sin casco. Dijo su nombre, su matrícula y el nombre de su comandante. Los datos coincidían con el expediente. Después pidió entrar. Decía que estaba herido y tenía frío. Armenta le hizo preguntas de control sobre la patrulla. La primera respuesta fue correcta. La segunda llegó tarde y la tercera tuvo un dato equivocado. El capitán ordenó mantener distancia. El soldado levantó la cara y tenía tierra dentro de la boca. Empezó a escupirla en grandes cantidades, hasta mancharse el pecho y las manos. Luego cayó de rodillas.

1:00:38 De la parte alta de su espalda salió una mano pequeña, cubierta de sangre y tierra. Tomás abrió los ojos al mismo tiempo aunque seguía amarrado. No intenté explicar eso en el reporte, solo escribí los hechos. El soldado desaparecido se movía, respondía a estímulos externos y presentaba una extremidad ajena saliendo de la espalda. Tomás reaccionó al mismo tiempo. La coincidencia quedó grabada en dos cámaras. Mateo golpeó la camilla con el talón y empezó a respirar más rápido. Armenta ordenó separar a los detenidos. Moví a Mateo hacia el fondo, lo puse contra el piso y le inmovilicé los hombros con la rodilla. El cuerpo del soldado se lanzó contra la puerta lateral. Yo le disparé tres veces y Rosas le disparó una. El cuerpo cayó, se levantó y golpeó el vehículo con la cabeza. Armenta ordenó avanzar. El conductor rodeó el cuerpo por un lado, pero al pasar, algo pegó en la parte baja del vehículo y dañó la dirección.

1:01:45 seguimos unos metros, pero el volante no respondía bien y afuera se escuchaban golpes contra la carrocería, firmes dirigidos a las puertas. Tomás empezó a convulsionar y las bridas le cortaron la piel de las muñecas. Mateo trató de girarse hacia él. Rosas, pálido por la sangre perdida, se arrastró hasta la puerta trasera y apoyó el fusil contra el hombro que aguantaba. El vehículo cayó en una cuneta dos veces y no pudo, Armenta pidió apoyo inmediato por radio, la señal entró débil pero llegó, el punto de extracción estaba cerca y debíamos sostener la posición, la puerta trasera recibió un golpe fuerte, después otro, Rosas me ordenó cubrir a Mateo y a Tomás, Armenta se acomodó en el piso, apuntó con la pistola y esperó, la puerta se abrió unos centímetros y por el espacio vimos al soldado otra vez, Ya no caminaba derecho, el torso le caía hacia un lado pero seguía empujando. Rosas le disparó al centro del pecho.

1:02:56 El cuerpo retrocedió. Yo le disparé al cuello y Armenta hizo el último disparo a la cabeza. El cuerpo cayó contra la tierra y dejó de moverse. Tomás dejó de convulsionar en ese momento, así que le busqué pulso en el cuello y no encontré respuesta clara. El médico confirmó la muerte después, pero para nosotros terminó ahí. El cuarto Nahual quedó neutralizado junto con el cuerpo usado del soldado. Esa fue la línea más difícil de firmar porque Tomás era menor de edad y estaba bajo custodia cuando murió. El apoyo llegó poco después. Dos camionetas blindadas cerraron el camino y un equipo médico abrió la puerta trasera. sacaron primero a Rosas porque seguía consciente pero perdía sangre luego sacaron a Armenta con el brazo inmovilizado contra el pecho yo salí al final con Mateo y las evidencias Mateo seguía vivo muy débil con la venda roja por la sangre y movió la cabeza hacia el contenedor quemado en el punto de extracción un médico quiso revisar a Mateo antes que a los nuestros Armenta le ordenó atender primero a Rosas y el médico obedeció. Mateo fue subido después con custodia. Murió antes de llegar al hospital militar. La causa oficial fue paro, cardiorespiratorio por trauma y pérdida de sangre.

1:04:28 El informe cerrado registró el vínculo con tres agresores, un objeto ritual, restos humanos y el cuerpo recuperado del soldado desaparecido. La misión quedó asentada como cumplimiento parcial. Mateo fue capturado con vida, pero no llegó al interrogatorio. El cuero fue localizado, pero se destruyó durante la operación. Elena, Julián y Tomás murieron en el lugar o durante la extracción. Rosas sobrevivió con daño permanente en la mano izquierda, y Armenta tardó meses en recuperar el brazo. Yo entregué las cámaras, la placa, la libreta y el contenedor quemado. El poblado dejó de reportar cuerpos mutilados después de esa noche. No hubo ceremonia ni reconocimiento. La patrulla del batallón recibió cierre administrativo. A la familia del soldado desaparecido le entregaron restos identificables y una explicación breve. No les dijeron cómo fue encontrado y tampoco les dijeron qué habló antes de caer. Tres semanas después nos citaron en la comandancia regional. Armenta llevaba el brazo inmovilizado. Rosas tenía la mano vendada y caminaba más lento.

1:05:42 El mayor puso una carpeta nueva sobre la mesa. Otro municipio pedía apoyo. En una escuela abandonada habían encontrado una bolsa de piel cosida con hilo rojo, nombres escritos en papel, restos humanos pequeños y una marca de sangre en la puerta de un salón. Una patrulla regular ya iba en camino, pero el mando no quería repetir el error del primer batallón. Armenta preguntó cuántos operadores autorizaron y el mayor respondió que tres. Nadie preguntó si estábamos listos. Rosas firmó con la mano derecha, Armenta firmó debajo y yo firmé al final. Recogimos el equipo que todavía servía y salimos sin hablar del caso anterior.

1:06:29 Ya conocíamos el peso de una carpeta así. Había otro pueblo esperando, otro objeto por recuperar y otra puerta que tendríamos que cerrar desde adentro antes de que amaneciera.