June 22, 2026

La Brujería Que Estaba Enterrada En El Negocio - Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 Yo soy Juan, el que maneja la combi por el barrio. Vivo en un rincón tranquilo, donde las casas son pequeñitas y parece que se están apachurrando unas con otras. Llevo ya un buen rato trabajando en la misma ruta, cruzando las calles de la colonia y andando por los caminos que conectan los pueblos. Conozco a la mayoría de los pasajeros que se suben seguido, y a veces me paro a echarles plática, pero ese día no estaba trabajando. Mi compadre Chuy me pidió el favor de ayudarle a mover unas cosas de su casa a un taller donde arreglaba cosas electrónicas. La casa de Chuy no era gran cosa, una de esas de ladrillo sin estucar, y el patio estaba lleno de cosas viejas. Cuando llegué, me salió con dos cajas grandes y pesadas. Las amarramos con una cuerda para que no se fueran a mover en el camino.

0:57 Me dijo que le ayudara con una caja más, que estaba al fondo del cuarto de las herramientas. Cuando la levanté me di cuenta de que no pesaba mucho, pero el olor que traía era raro, como a humedad, como si hubiera estado guardada mucho tiempo. Le comenté a Chuy y él solo hizo una seña con los hombros. Me explicó que esa caja llevaba años ahí, que la encontró cuando se mudó. No le dio mucha importancia. Le pregunté si sabía qué traía adentro y me dijo que nunca la había abierto. Era una caja de madera de esas que parecen hechas a mano, con la tapa que entraba a la perfección. No tenía clavos ni bisagras, y lo único raro era que la tapa estaba sellada con algo que parecía cera oscura, como si alguien hubiera querido asegurarse de que no se abriera. Subimos todo a la combi y nos fuimos al taller. Durante el camino no podía dejar de pensar en esa caja. Algo en ella no me latía. pero traté de no hacerle caso. Ya casi a medio camino, Chuy, que iba a mi lado, empezó a decir que igual y estaba buena la idea de abrirla.

2:08 Yo al principio no quería, pero como no paraba de insistir, ya empecé a dudar. Ya no había mucho que hacer, así que cuando llegamos al taller, sacó un cuchillo y empezó a raspar la cera que sellaba la tapa. Cuando al fin logramos abrir la caja, lo primero que se nos apareció fue un trapo viejo y medio rasgado cubriéndola. Al quitarlo, casi me da un paro. Dentro había un montón de uñas humanas, de todos tamaños y colores, como si alguien las hubiera estado guardando un buen rato. También había pedazos de cabello atados con hilos de colores y un papel doblado que traía algo escrito con tinta café.

2:49 La letra era rara, como si fueran símbolos o palabras de un idioma que ni Chuy ni yo sabíamos. El olor que salió de la caja, no te lo imaginas. A pesar de todo, Chuy no se aguantó y agarró el papel, lo desdobló y lo vio de cerca. Johnny de chiste lo tocaba, sentía que algo malo saldría de ahí. Chuy señalaba esas letras raras, pero Johnny entendía lo que decía. Él seguía viendo las uñas y el cabello. como si estuviera buscando algo que tuviera sentido, y en eso sentí un escalofrío que me recorrió todo el cuerpo, como si alguien estuviera parado atrás de nosotros, me volteé rápido, pero no había nada, el taller estaba vacío, no más estábamos él y yo, Chuy viendo que ya me andaba incomodando, se rió un poco y me dijo que andaba muy supersticioso, pero algo en su tono también había cambiado, ya no se oía tan seguro, cerró la caja medio a disgusto y la metió en un rincón del taller, yo le insistí en que la tirara, pero él me contestó que eso estaba muy raro y que quería ver qué era todo eso, yo le dije que estaba bien loco, que se veía clarito que eso era brujería, y que no era buena idea seguir teniéndolo cerca, que lo mejor era tirarlo o quemarlo. Pero entonces Chuy usó mi mismo argumento para irme contra. Me dijo que si esa caja de uñas era en verdad brujería, y si por casualidad el

4:21 trabajo seguía funcionando, sería un error tirarla o quemarla, porque la bruja que la había hecho podría tomarse eso como un ataque y ponernos en la mira. Estuve callado un rato. viendo la caja en el rincón del taller. Lo que me había dicho, aunque lo dijo para que lo creyera, me hizo pensar un poco más. Tal vez sí tenía razón. Si alguien dejó esa caja con algo en mente, lo más sensato era no meterle más ruido. Pero también sabía que Chuy no podía quedarse con ella. Después de un buen rato de discutir, lo convencí de que lo mejor era enterrarla. Regresamos a su casa en la combi y buscamos un lugar en el patio. Con un pico viejo y una pala empezamos a cavar un buen hoyo. Antes de meter la caja, le pedí a Chuy que la envolviera en un trapo grueso por si las dudas. Me miró raro, pero no dijo nada, solo lo hizo. La enterramos, compactamos la tierra y tratamos de dejar todo como si no hubiéramos tocado nada. Cuando terminamos, le dije que se olvidara de la caja, que no hablara de ella con nadie y que no la tocara de nuevo. Parecía que me entendió. Aunque Chuy tenía una curiosidad que no lo dejaba en paz. Al siguiente día, me marcó y me dijo que pasara por el taller cuando pudiera. No sonaba urgente, así que lo dejé para después de acabar con otras cosas.

5:46 Cuando llegué, lo vi sentado en una silla, con la caja en las manos, mirando la tapa como si fuera una bomba. Me molestó ver que no dejaba el tema, así que le pregunté qué había hecho ahora. Chuy levantó la mirada y, con una cara de preocupación que nunca le había visto, me dijo que no había hecho nada. Cuando llegó al taller esa mañana, la caja ya estaba ahí. Me quedé frío.¿ Cómo era eso posible? La habíamos enterrado con nuestras propias manos. Pensé que tal vez alguien más la había sacado de ahí y la había llevado al taller. Pero,¿ quién y por qué haría eso? Esa misma tarde regresamos a la casa, hicimos otro hoyo en otro rincón del patio y la volvimos a enterrar, esta vez poniendo unas piedras encima antes de cubrirla con tierra. Al día siguiente pasó lo mismo, la caja apareció en el taller como si nunca se hubiera tocado, y lo mismo pasó el tercer día, ya cuando la caja como por arte de magia volvió a aparecer en el taller por tercera vez, no nos quedó de otra más que dejarla ahí. No lo hicimos porque quisimos, sino porque ya no sabíamos qué más hacer. Entre los dos buscamos un lugar donde esconderla bien.

7:03 La metimos en un congelador viejo que él tenía en la bodega del taller. Esos congeladores largos y blancos que ya no servían para nada, pero que él usaba para guardar herramientas. La idea era sencilla, por si acaso. Tal vez no ayudara en nada, pero al menos nos hacía sentir que estábamos haciendo algo. Antes de salir del taller le hablé claro a Chuy. Le dejé en claro que si se le ocurría jugar con la caja o investigar demasiado y pasaba algo feo, que no esperara que lo ayudara. Eso ya era problema suyo, no mío. Chuy, que ya estaba bastante alterado con todo eso, parecía más preocupado que nunca.

7:44 Me juró que no iba a hacer nada más con la caja, que ya lo tenía más que inquieto. Parecía que me convencía con sus palabras. Los siguientes días todo parecía estar tranquilo, o eso pensábamos, pero al tercer día empezaron a pasar cosas raras. Primero fueron detalles pequeños, cosas que casi ni se notaban. Chuy me comentó que las herramientas en la bodega aparecían en lugares que no recordaba haberlas dejado, y que algunas noches escuchaba ruidos, como si alguien estuviera moviendo cosas. Le dije que probablemente se estaba haciendo ideas, que esas cosas siempre tienen una explicación, pero pronto me di cuenta de que no era así. Un día, mientras le echaba la mano a mi amigo para arreglar un ventilador, un cliente que esperaba en el mostrador empezó a gritar. Cuando volteamos, vimos como una caja de tornillos se movía sola sobre la mesa, como si alguien invisible la empujara. El cliente salió disparado y no quiso regresar, y no lo culpo. Hasta yo sentí ganas de salir corriendo, pero eso no fue lo más raro. En los días que siguieron, otros clientes empezaron a contarme cosas parecidas. Lo más feo de todo fue el congelador, ese mismo donde habíamos guardado la caja. Estaba funcionando como lo oyes. A pesar de que llevaba meses descompuesto, de que mi amigo Chuy ya le había quitado varias piezas y ni siquiera estaba conectado, el condenado congelador seguía enfriando. de tal manera que,

9:17 por los bordes de la goma, por donde cierra la puerta, salía vapor frío. Mi compa ya andaba a punto de romperse. Más de una vez me rogó que lo ayudara a enterrar otra vez la caja, pero yo no quise ni oírlo. Le dejé claro que ya lo habíamos intentado y no sirvió de nada. No tenía ganas de acercarme otra vez a esa caja maldita. Una mañana, Chuy me llamó bien temprano. Su voz sonaba apagada, casi susurrando. Me dijo que tenía que contarme algo sobre la caja. Fui al taller y cuando llegué, me di cuenta que tenía unas ojeras de esas que ni con maquillaje se quitan, como si no hubiera pegado ojo en toda la noche. Lo primero que le pregunté, al verlo tan mal, fue qué había pasado.

10:05 Chuy se veía peor, como si la caja lo estuviera aplastando. Con la voz toda temblorosa, me dijo que esa misma noche, ya a punto de estallar, había decidido llamar a alguien que supiera de esas cosas. Le pregunté cómo había dado con esa gente y me dijo que hacía un buen rato. Mientras iba al mercado, se topó con un cartel pegado en un poste. Era un papel todo arrugado que hablaba de un chamán de Catemaco, con un número escrito a mano en marcador. Me explicó que, ya estando bien desesperado, sacó ese número de su libreta y le marcó. Esa misma noche el chamán se apareció. Chuy le contó todo lo que había pasado con la caja, desde que la encontramos hasta que siempre aparecía en el taller. El tipo lo escuchó sin cortarle y luego pidió que le mostraran la caja. Mi amigo lo llevó a la bodega donde estaba el congelador. Chuy me contó que, en cuanto el brujo puso las manos en la puerta del congelador para abrirlo, Se escuchó un golpe seco, como si una tabla se rompiera.

11:08 El brujo retrocedió de golpe, llevándose las manos al pecho, y se hizo una cara como si lo hubieran partido a la mitad. Chuy lo siguió. No pudo avanzar mucho más. Justo antes de llegar a la puerta del taller, el chamán cayó al suelo. Chuy, desesperado, llamó a la ambulancia, pero cuando llegaron el hombre ya había palmado. Dijeron que fue un infarto. Chuy no pegó ojo en toda la noche. Me contó que no podía dejar de pensar en lo que había visto, cómo ese tipo se desmayó y murió enfrente de él. Pero lo que más le comía la cabeza era que el brujo había caído muerto por tocar ese congelador. por meterse con la caja yo traté de calmarlo pero estaba fuera de sí diciendo cosas que no tenían ni pies ni cabeza entre delirio y cansancio no paraba de soltar que todo el taller estaba contaminado que tenía que limpiarlo y purificarlo y que también se tenía que limpiar él porque al fin y al cabo fue su idea abrir la maldita caja logré convencer a chui de que se fuera a su casa Lo metí a la combi y al principio no dejaba de hablar de lo que tenía que hacer. Poco a poco se fue callando.

12:21 Cuando llegamos a su casa ya estaba un poco más tranquilo. Le pregunté si iba a estar bien y dudó un rato. Me dijo que sí. Lo dejé en la puerta con la esperanza de que pudiera descansar. Pero mientras regresaba al taller, no podía sacarme de la cabeza la caja y lo que había pasado con el brujo. Después de dejarlo, algo raro me quedó en el estómago. Chuy no estaba bien, y aunque me dijo que iba a dormir, no me convenció del todo. Cuando cayó la tarde, decidí llamarlo para saber si ya estaba más tranquilo. No contestó. Probé varias veces, pero después de una hora sin respuesta, supe que algo andaba mal. Subí a la combi y me fui directo a su casa. Al llegar, toqué la puerta varias veces, llamé a la ventana y hasta le pedí a un vecino que me dijera si lo había visto salir, pero nadie sabía nada. Me fui al taller, pero lo hice tan rápido que ni me fijé bien en los semáforos o las calles. Estaba pensando en Chuy. Cuando ya casi llegaba, me estrellé contra una camioneta. El golpe me sacudió, pero no tenía tiempo de pensar en eso. Me bajé de volada y fui a ver si los de la camioneta estaban bien. Gracias a Dios, no hubo heridos. Sin pensarlo mucho, les dejé mi cartera, las llaves de la combi, el celular, y les dije que llamaran a la aseguradora, que tenía una emergencia y que luego regresaría. No esperé su respuesta.

13:49 Salí corriendo las tres cuadras que me faltaban hasta el taller. Cuando llegué, todo se veía en orden desde afuera. Me quedé unos segundos respirando hondo, tratando de calmarme, pero fue entonces cuando una explosión sacudió el lugar. No fue como que el taller volara en pedazos, pero el estruendo fue lo suficientemente fuerte como para reventar los vidrios de los locales cercanos. El fuego comenzó a consumir todo rápido. Sin mi celular no podía llamar a los bomberos, pero gracias a Dios alguien más lo hizo. Los bomberos llegaron y controlaron el incendio, pero para ese momento ya era demasiado tarde.

14:30 Encontraron el cuerpo de Chuy adentro. Había muerto por el fuego. Me quedé ahí, viendo cómo los bomberos terminaban su trabajo, con la mente en blanco. Justo cuando estaba por irme para avisar a su familia, me acordé de la mugrosa caja. Como ya habían declarado que el lugar no era peligroso, entré. Necesitaba comprobar algo con mis propios ojos. Caminé hacia la bodega pisando entre escombros y esquivando pedazos de metal que aún estaban calientes. Al llegar me quedé perplejo porque el congelador donde habíamos guardado la caja estaba intacto. Todo lo que estaba cerca de él había sido consumido por el fuego.

15:10 Incluso la pared contra la que estaba recargado estaba chamuscada. Pero el congelador seguía como nuevo. No tenía ni una sola marca. Esa cosa seguía funcionando como si nada hubiera pasado, y del congelador seguía saliendo vapor frío.