La Brujería Estaba Escondida En Mi Comida - Historias De Terror - REDE
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0:05 Me llamo Ricardo y cuento esto desde el recuerdo, con los nombres cambiados, porque todavÃa hay gente cercana a ese trabajo. En ese tiempo trabajaba como supervisor en un almacén de refacciones. Revisaba entradas, salidas, inventarios y reportes. El trabajo era pesado, pero me daba estabilidad. Por eso aguantaba presión y discusiones sin meterme en pleitos innecesarios. El problema empezó con Mario. un compañero del área de inventarios. Al principio todo quedó en diferencias de trabajo, él entregaba formatos incompletos, yo se los regresaba, también le señalaba piezas mal contadas y registros que no coincidÃan, y cada revisión le molestaba más. Delante de otros decÃa que yo buscaba hacerlo quedar mal, yo le respondÃa que mi obligación era revisar, no cubrir errores, y el jefe nos pidió varias veces que bajáramos el tono, porque el almacén ya tenÃa suficientes atrasos. Mario cambiaba cuando habÃa jefes cerca, saludaba, hacÃa bromas con los demás y mantenÃa una actitud tranquila, pero conmigo era distinto, me contestaba apenas lo necesario, y cuando yo le pedÃa corregir algo, apretaba la boca y firmaba sin decir más. Yo sabÃa que no le caÃa bien, también sabÃa que me guardaba coraje, pero nunca pensé que ese coraje pudiera pasar de los comentarios a una agresión. Un viernes avisó que llevarÃa comida
1:38 para todos. Dijo que querÃa calmar el ambiente, convivir un rato y dejar atrás las diferencias, y varios compañeros le agradecieron el gesto. En el almacén ya habÃamos comido juntos otras veces, asà que nadie lo tomó con desconfianza. Yo tampoco tuve una razón clara para negarme, aunque Mario y yo ya traÃamos problemas. La comida quedó en el área de descanso. HabÃa carne, arroz, tortillas y refrescos, y cada quien pasó a servirse. Cuando me acerqué, Mario me detuvo antes de que agarrara el plato de la mesa. Me dijo que ya me habÃa apartado el mÃo, y me entregó un recipiente cerrado. Me explicó que lo habÃa separado, porque yo casi siempre comÃa al final y luego alcanzaba poco.
2:26 Lo dijo frente a otros, con voz normal. Por eso acepté. Me senté con Jorge y Luis, dos compañeros con los que hablaba seguido. Ellos comieron de lo que estaba en la mesa. Yo comà del recipiente que Mario me entregó. Probé la carne y sentà un amargor fuerte, pegado a la lengua. Pensé que la salsa venÃa cargada o que alguna especie se habÃa quemado. Comà menos de la mitad, dejé el recipiente a un lado y tomé refresco para quitarme el sabor. Pero el amargor siguió ahÃ. A los pocos minutos me empezó una presión en el estómago. Primero creà que era acidez. Luego sentà calor en la cara, sudor en la frente y un dolor que me doblaba el abdomen. Fui al baño, vomité, me lavé la boca y regresé con las piernas flojas. Jorge me pidió que me sentara. Luis llamó a la enfermera de la empresa.
3:21 Ella me revisó la presión, me dio agua y le avisó a mi esposa porque yo seguÃa con náusea, mareo y dificultad para concentrarme. Mi esposa llegó y decidió llevarme a urgencias. En el hospital me preguntaron qué habÃa comido, si alguien más estaba enfermo y desde cuándo comenzaron los sÃntomas. Les expliqué que todos comieron de la comida que estaba en la mesa, pero que a mÃ, Mario, me entregó un recipiente separado. El médico habló de una posible intoxicación o una reacción a algo ingerido. Me pusieron suero, me dieron medicamento para las náuseas y me dejaron en observación.
4:01 Regresé a casa, pero mi cuerpo no se recuperó bien. Durante los dÃas siguientes tuve diarrea, dolor en la boca del estómago, náuseas y ese sabor amargo que volvÃa aunque me lavara los dientes. DormÃa poco, me levantaba con el corazón acelerado y me costaba comer. Fui con un médico general, después con un especialista. Me hicieron estudios, me dieron tratamiento y me mandaron dieta. Pero el malestar regresaba en cuanto intentaba hacer mi vida normal. Cuando volvà al trabajo, Mario empezó a preguntarme por mi salud delante de otros. Primero preguntaba si yo seguÃa enfermo, luego decÃa que todo se Jorge lo corrigió una vez, le recordó que yo habÃa comido de un recipiente aparte, y Mario contestó que eso no cambiaba nada. Esa respuesta me dejó alerta, porque no preguntó qué recipiente, no pidió revisar, y no mostró sorpresa.
5:03 Le pedà a Jorge que me contara exactamente lo que vio ese dÃa. Me dijo que Mario llegó con dos bolsas, una la puso con la comida para todos y la otra la guardó aparte. y de esa segunda bolsa sacó el recipiente que me dio, Luis confirmó lo mismo, también me dijo que intentó agarrar ese recipiente por error y Mario lo detuvo, le explicó que era para mà y se lo quitó de la mano, con eso entendà que el plato no fue una cortesÃa improvisada, ya venÃa preparado para mÃ, fui con mi jefe y pedà que revisaran las cámaras, Le expliqué que me enfermé después de una comida organizada dentro del trabajo, que dos compañeros habÃan visto un recipiente separado y que yo necesitaba saber de dónde salió.
5:51 El jefe habló con recursos humanos. Después me dijeron que no podÃan revisar grabaciones por una sospecha sin denuncia formal ni prueba fÃsica. Me quedé con esa respuesta, pero mi esposa empezó a anotar fechas, sÃntomas, consultas y medicamentos. Ella me propuso buscar ayuda con un brujo. Yo me molesté al principio porque ya estábamos gastando en médicos y no querÃa meternos en algo que después nos dejara peor. Ella me respondió que no me pedÃa abandonar el tratamiento, solo escuchar a alguien más, porque me veÃa bajar de peso, dormir mal y regresar del trabajo con miedo. Acepté por cansancio y porque ya no entendÃa lo que me estaba pasando.
6:38 El brujo se llamaba Don Aurelio y atendÃa en su casa. Me pidió contar todo desde la comida. Mi esposa llevó la libreta con fechas y papeles del hospital. Escuchó, hizo preguntas concretas y quiso saber si conservábamos algo del recipiente. Yo dije que no, pero mi esposa recordó una bolsa que yo habÃa dejado en el carro con cosas del trabajo. La revisamos y encontramos una servilleta doblada manchada de salsa seca. Mi esposa le tomó fotos antes de que don Aurelio la tocara. Ãl se puso guantes, la abrió con cuidado y dentro encontramos un hilo negro pequeño, granos pegados a la grasa, polvo oscuro y un pedazo de papel endurecido por la comida. Don Aurelio dijo que eso no pertenecÃa a una comida normal. También dijo que, por los sÃntomas, por el recipiente separado y por lo que habÃa dentro de la servilleta, el daño habÃa entrado por alimento. Mi esposa lloró en silencio. Yo me quedé viendo la servilleta, con coraje y miedo, porque esa cosa venÃa del plato que Mario me entregó delante de todos y porque Jorge y Luis habÃan visto que ese plato no salió de la comida común. En ese momento entendà que el problema ya no era un pleito de trabajo, era algo hecho con intención usando una comida tranquila en un dÃa normal.
8:05 Don Aurelio cerró la servilleta con cuidado y me pidió que no volviera a tocarla. Mi esposa guardó las fotos y se quedó junto a mà sin decir nada. Yo tenÃa la boca seca, el estómago revuelto y una presión en la nuca. Don Aurelio puso la servilleta dentro de una bolsa, la apartó de la mesa y empezó a hacerme preguntas. Quiso saber si Mario habÃa tenido acceso a mis cosas. Recordé una pluma que me pidió y nunca regresó. También recordé mi vaso de café, una vez se lo llevó a su lugar. En ese momento no reclamé, porque pensé que era una confusión sin importancia. Con la servilleta cerrada frente a nosotros, esos detalles tomaron otro peso. Don Aurelio preparó una limpia. Me pidió que respirara tranquilo y que avisara si sentÃa mareo, náuseas o dolor fuerte. Usó un huevo, sal, agua y hierbas. Me pasó el huevo por la cabeza, el pecho, la espalda y los brazos, mientras me hacÃa preguntas cortas sobre los sÃntomas. Yo contestaba lo necesario, pero a mitad del proceso sentà que las piernas me fallaban. Me senté, agaché la cabeza y empecé a sudar. Mi esposa quiso detener todo, pero él le pidió que me observara y que tuviera las llaves del carro a la mano. Cuando terminó, rompió el huevo en un vaso con agua y se quedó viéndolo unos segundos.
9:35 No hizo drama. Me dijo con voz firme que el daño habÃa entrado por alimento y que el trabajo estaba hecho para tumbarme del cuerpo y sacarme del camino. También nos advirtió que si el dolor subÃa al pecho, si vomitaba sangre o si perdÃa fuerza de golpe, tenÃamos que ir al hospital. No habló contra los médicos. Insistió en que mi cuerpo necesitaba atención. Salimos de su casa con instrucciones simples. Yo debÃa bañarme al llegar, separar la ropa y no aceptar comida ni bebida de nadie en el trabajo. No alcanzamos a llegar a la casa. En el carro me vino una náusea fuerte. Mi esposa se orilló y vomité lÃquido amargo. El dolor del abdomen aumentó. Después sentà frÃo en las manos y una presión dura en el pecho.
10:26 Mi esposa cambió la ruta y me llevó a urgencias. Llegué débil. Me revisaron, me pusieron suero y me pasaron a una cama. Escuchaba a mi esposa dar mis datos y explicar que ya llevaba varios dÃas enfermo. Yo querÃa responder, pero la voz no me salÃa completa. En un momento me llamaron por mi nombre y tardé en contestar. La enfermera revisó el suero y otra persona me tomó la presión. Ahà sentà que por poco no la contaba, porque mi cuerpo dejó de responder con normalidad. Me estabilizaron después de varias horas. Los médicos hablaron de deshidratación, irritación intestinal y agotamiento fÃsico. Yo acepté el tratamiento y seguà las restricciones de comida. Nunca dejé la parte médica porque el miedo no me quitaba el dolor ni me regresaba la fuerza.
11:21 Después pude comer sin vomitar, dormà mejor y el sabor amargo bajó. Cuando tuve fuerzas pedà una reunión formal en la empresa. Llevé copias de mis notas médicas, la lista de fechas, los nombres de Jorge y Luis y las fotos de la servilleta. Recursos humanos llamó a los testigos. Jorge confirmó que Mario sacó mi comida de una bolsa distinta. Luis confirmó que intentó tomar ese mismo recipiente y Mario se lo quitó de las manos. Mario negó todo. Dijo que habÃa querido tener una atención conmigo, que sus intenciones eran buenas y que yo estaba usando mi enfermedad para perjudicarlo.
12:01 Cuando le preguntaron por la segunda bolsa, respondió que llevaba cosas personales. Cuando le enseñaron las fotos, dijo que eso pudo aparecer después. La empresa cerró la reunión sin sanción, porque las fotos no probaban quién puso esas cosas en la servilleta, y los testimonios no bastaban para acusar a un trabajador de algo tan grave. Salà de esa oficina con rabia. En el pasillo vi a Mario junto a los lockers, hablando con otro compañero. Me miró un segundo y apartó la vista. Desde ese dÃa dejé de comer en el área de descanso. Llevaba mi comida cerrada, la mantenÃa conmigo. y tomaba agua de una botella que compraba camino al trabajo. Algunos compañeros entendieron mi cambio, otros empezaron a tratarme con distancia. El jefe decÃa que yo afectaba el ambiente, pero yo ya no podÃa actuar con confianza dentro de ese lugar. Después encontré tierra dentro de mi locker, no era suciedad del almacén. Era tierra húmeda puesta sobre mis cosas. Tomé fotos, llamé al jefe y pedà otro reporte.
13:09 La respuesta fue la misma. Sin cámara directa ni testigos, no podÃan señalar a nadie. Me cambiaron de locker, limpiaron el área y me pidieron mantener la calma. Yo ya no tenÃa calma. Revisaba mi mochila y mi vaso antes de usarlos. Volvà con don Aurelio y le conté lo ocurrido. Fue directo. Me dijo que saliera de ese trabajo antes de que mi salud volviera a caer. Le expliqué que necesitaba el sueldo, que tenÃa renta, hijos y deudas por consultas. Me respondió que el sueldo no iba a servirme si terminaba otra vez en una cama de hospital. Esa frase me molestó, pero también me obligó a moverme. Mientras conseguÃa otro empleo, trabajé con cuidado. Grababa audio cuando tenÃa que hablar con Mario. Guardaba capturas de mensajes, reportaba cualquier cosa rara y evitaba quedarme solo en áreas cerradas. Dejé de asistir a convivios, no acepté café, agua ni dulces. Mi carácter cambió, hablaba menos, respondÃa solo lo necesario y me iba directo a casa. Mi esposa también cerraba mejor la casa y me llamaba durante el dÃa. Conseguà otro trabajo después de insistir mucho. El dÃa que renuncié, entregué mi gafete, firmé los papeles y recogà mis cosas. Mario estaba cerca de la entrada. Se acercó cuando me vio salir y me dijo que al final cada quien terminaba donde debÃa.
14:40 No le respondÃ. Subà al carro y le pedà a mi esposa que arrancara. No sentà alivio, sentà coraje porque yo me iba enfermo, endeudado y señalado, mientras él todavÃa caminaba por el almacén. Tiempo después, Jorge me llamó. Me contó que Mario tuvo problemas con otro supervisor y que también intentó llevarle comida. El supervisor no la aceptó. DÃas más tarde, apareció un paquete debajo de su escritorio y esta vez la empresa revisó cámaras porque ya existÃan reportes previos. Solo supe que Mario dejó de trabajar ahà poco después. Oficialmente hablaron de renuncia, pero yo no puedo afirmar más.
15:22 Mi salud tardó en estabilizarse Recuperé peso, terminé tratamientos y dejé el medicamento para dormir con supervisión médica. Aún asÃ, no quedé igual. TodavÃa rechazo comida preparada por personas que no son de mi casa. Y, si alguien insiste, me retiro. No tuve justicia clara, ni denuncia fuerte, ni una respuesta completa. Me quedó la vida, pero también me quedó una desconfianza que no se me quita. Desde entonces entendà que hay daños que no entran con golpes ni amenazas, entran por una puerta común, en silencio, y cuando reaccionas ya estás defendiendo tu cuerpo, tu trabajo y tu casa al mismo tiempo.
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