May 24, 2026

La Brujería Estaba Escondida En Mi Comida - Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 Me llamo Ricardo y cuento esto desde el recuerdo, con los nombres cambiados, porque todavía hay gente cercana a ese trabajo. En ese tiempo trabajaba como supervisor en un almacén de refacciones. Revisaba entradas, salidas, inventarios y reportes. El trabajo era pesado, pero me daba estabilidad. Por eso aguantaba presión y discusiones sin meterme en pleitos innecesarios. El problema empezó con Mario. un compañero del área de inventarios. Al principio todo quedó en diferencias de trabajo, él entregaba formatos incompletos, yo se los regresaba, también le señalaba piezas mal contadas y registros que no coincidían, y cada revisión le molestaba más. Delante de otros decía que yo buscaba hacerlo quedar mal, yo le respondía que mi obligación era revisar, no cubrir errores, y el jefe nos pidió varias veces que bajáramos el tono, porque el almacén ya tenía suficientes atrasos. Mario cambiaba cuando había jefes cerca, saludaba, hacía bromas con los demás y mantenía una actitud tranquila, pero conmigo era distinto, me contestaba apenas lo necesario, y cuando yo le pedía corregir algo, apretaba la boca y firmaba sin decir más. Yo sabía que no le caía bien, también sabía que me guardaba coraje, pero nunca pensé que ese coraje pudiera pasar de los comentarios a una agresión. Un viernes avisó que llevaría comida

1:38 para todos. Dijo que quería calmar el ambiente, convivir un rato y dejar atrás las diferencias, y varios compañeros le agradecieron el gesto. En el almacén ya habíamos comido juntos otras veces, así que nadie lo tomó con desconfianza. Yo tampoco tuve una razón clara para negarme, aunque Mario y yo ya traíamos problemas. La comida quedó en el área de descanso. Había carne, arroz, tortillas y refrescos, y cada quien pasó a servirse. Cuando me acerqué, Mario me detuvo antes de que agarrara el plato de la mesa. Me dijo que ya me había apartado el mío, y me entregó un recipiente cerrado. Me explicó que lo había separado, porque yo casi siempre comía al final y luego alcanzaba poco.

2:26 Lo dijo frente a otros, con voz normal. Por eso acepté. Me senté con Jorge y Luis, dos compañeros con los que hablaba seguido. Ellos comieron de lo que estaba en la mesa. Yo comí del recipiente que Mario me entregó. Probé la carne y sentí un amargor fuerte, pegado a la lengua. Pensé que la salsa venía cargada o que alguna especie se había quemado. Comí menos de la mitad, dejé el recipiente a un lado y tomé refresco para quitarme el sabor. Pero el amargor siguió ahí. A los pocos minutos me empezó una presión en el estómago. Primero creí que era acidez. Luego sentí calor en la cara, sudor en la frente y un dolor que me doblaba el abdomen. Fui al baño, vomité, me lavé la boca y regresé con las piernas flojas. Jorge me pidió que me sentara. Luis llamó a la enfermera de la empresa.

3:21 Ella me revisó la presión, me dio agua y le avisó a mi esposa porque yo seguía con náusea, mareo y dificultad para concentrarme. Mi esposa llegó y decidió llevarme a urgencias. En el hospital me preguntaron qué había comido, si alguien más estaba enfermo y desde cuándo comenzaron los síntomas. Les expliqué que todos comieron de la comida que estaba en la mesa, pero que a mí, Mario, me entregó un recipiente separado. El médico habló de una posible intoxicación o una reacción a algo ingerido. Me pusieron suero, me dieron medicamento para las náuseas y me dejaron en observación.

4:01 Regresé a casa, pero mi cuerpo no se recuperó bien. Durante los días siguientes tuve diarrea, dolor en la boca del estómago, náuseas y ese sabor amargo que volvía aunque me lavara los dientes. Dormía poco, me levantaba con el corazón acelerado y me costaba comer. Fui con un médico general, después con un especialista. Me hicieron estudios, me dieron tratamiento y me mandaron dieta. Pero el malestar regresaba en cuanto intentaba hacer mi vida normal. Cuando volví al trabajo, Mario empezó a preguntarme por mi salud delante de otros. Primero preguntaba si yo seguía enfermo, luego decía que todo se Jorge lo corrigió una vez, le recordó que yo había comido de un recipiente aparte, y Mario contestó que eso no cambiaba nada. Esa respuesta me dejó alerta, porque no preguntó qué recipiente, no pidió revisar, y no mostró sorpresa.

5:03 Le pedí a Jorge que me contara exactamente lo que vio ese día. Me dijo que Mario llegó con dos bolsas, una la puso con la comida para todos y la otra la guardó aparte. y de esa segunda bolsa sacó el recipiente que me dio, Luis confirmó lo mismo, también me dijo que intentó agarrar ese recipiente por error y Mario lo detuvo, le explicó que era para mí y se lo quitó de la mano, con eso entendí que el plato no fue una cortesía improvisada, ya venía preparado para mí, fui con mi jefe y pedí que revisaran las cámaras, Le expliqué que me enfermé después de una comida organizada dentro del trabajo, que dos compañeros habían visto un recipiente separado y que yo necesitaba saber de dónde salió.

5:51 El jefe habló con recursos humanos. Después me dijeron que no podían revisar grabaciones por una sospecha sin denuncia formal ni prueba física. Me quedé con esa respuesta, pero mi esposa empezó a anotar fechas, síntomas, consultas y medicamentos. Ella me propuso buscar ayuda con un brujo. Yo me molesté al principio porque ya estábamos gastando en médicos y no quería meternos en algo que después nos dejara peor. Ella me respondió que no me pedía abandonar el tratamiento, solo escuchar a alguien más, porque me veía bajar de peso, dormir mal y regresar del trabajo con miedo. Acepté por cansancio y porque ya no entendía lo que me estaba pasando.

6:38 El brujo se llamaba Don Aurelio y atendía en su casa. Me pidió contar todo desde la comida. Mi esposa llevó la libreta con fechas y papeles del hospital. Escuchó, hizo preguntas concretas y quiso saber si conservábamos algo del recipiente. Yo dije que no, pero mi esposa recordó una bolsa que yo había dejado en el carro con cosas del trabajo. La revisamos y encontramos una servilleta doblada manchada de salsa seca. Mi esposa le tomó fotos antes de que don Aurelio la tocara. Él se puso guantes, la abrió con cuidado y dentro encontramos un hilo negro pequeño, granos pegados a la grasa, polvo oscuro y un pedazo de papel endurecido por la comida. Don Aurelio dijo que eso no pertenecía a una comida normal. También dijo que, por los síntomas, por el recipiente separado y por lo que había dentro de la servilleta, el daño había entrado por alimento. Mi esposa lloró en silencio. Yo me quedé viendo la servilleta, con coraje y miedo, porque esa cosa venía del plato que Mario me entregó delante de todos y porque Jorge y Luis habían visto que ese plato no salió de la comida común. En ese momento entendí que el problema ya no era un pleito de trabajo, era algo hecho con intención usando una comida tranquila en un día normal.

8:05 Don Aurelio cerró la servilleta con cuidado y me pidió que no volviera a tocarla. Mi esposa guardó las fotos y se quedó junto a mí sin decir nada. Yo tenía la boca seca, el estómago revuelto y una presión en la nuca. Don Aurelio puso la servilleta dentro de una bolsa, la apartó de la mesa y empezó a hacerme preguntas. Quiso saber si Mario había tenido acceso a mis cosas. Recordé una pluma que me pidió y nunca regresó. También recordé mi vaso de café, una vez se lo llevó a su lugar. En ese momento no reclamé, porque pensé que era una confusión sin importancia. Con la servilleta cerrada frente a nosotros, esos detalles tomaron otro peso. Don Aurelio preparó una limpia. Me pidió que respirara tranquilo y que avisara si sentía mareo, náuseas o dolor fuerte. Usó un huevo, sal, agua y hierbas. Me pasó el huevo por la cabeza, el pecho, la espalda y los brazos, mientras me hacía preguntas cortas sobre los síntomas. Yo contestaba lo necesario, pero a mitad del proceso sentí que las piernas me fallaban. Me senté, agaché la cabeza y empecé a sudar. Mi esposa quiso detener todo, pero él le pidió que me observara y que tuviera las llaves del carro a la mano. Cuando terminó, rompió el huevo en un vaso con agua y se quedó viéndolo unos segundos.

9:35 No hizo drama. Me dijo con voz firme que el daño había entrado por alimento y que el trabajo estaba hecho para tumbarme del cuerpo y sacarme del camino. También nos advirtió que si el dolor subía al pecho, si vomitaba sangre o si perdía fuerza de golpe, teníamos que ir al hospital. No habló contra los médicos. Insistió en que mi cuerpo necesitaba atención. Salimos de su casa con instrucciones simples. Yo debía bañarme al llegar, separar la ropa y no aceptar comida ni bebida de nadie en el trabajo. No alcanzamos a llegar a la casa. En el carro me vino una náusea fuerte. Mi esposa se orilló y vomité líquido amargo. El dolor del abdomen aumentó. Después sentí frío en las manos y una presión dura en el pecho.

10:26 Mi esposa cambió la ruta y me llevó a urgencias. Llegué débil. Me revisaron, me pusieron suero y me pasaron a una cama. Escuchaba a mi esposa dar mis datos y explicar que ya llevaba varios días enfermo. Yo quería responder, pero la voz no me salía completa. En un momento me llamaron por mi nombre y tardé en contestar. La enfermera revisó el suero y otra persona me tomó la presión. Ahí sentí que por poco no la contaba, porque mi cuerpo dejó de responder con normalidad. Me estabilizaron después de varias horas. Los médicos hablaron de deshidratación, irritación intestinal y agotamiento físico. Yo acepté el tratamiento y seguí las restricciones de comida. Nunca dejé la parte médica porque el miedo no me quitaba el dolor ni me regresaba la fuerza.

11:21 Después pude comer sin vomitar, dormí mejor y el sabor amargo bajó. Cuando tuve fuerzas pedí una reunión formal en la empresa. Llevé copias de mis notas médicas, la lista de fechas, los nombres de Jorge y Luis y las fotos de la servilleta. Recursos humanos llamó a los testigos. Jorge confirmó que Mario sacó mi comida de una bolsa distinta. Luis confirmó que intentó tomar ese mismo recipiente y Mario se lo quitó de las manos. Mario negó todo. Dijo que había querido tener una atención conmigo, que sus intenciones eran buenas y que yo estaba usando mi enfermedad para perjudicarlo.

12:01 Cuando le preguntaron por la segunda bolsa, respondió que llevaba cosas personales. Cuando le enseñaron las fotos, dijo que eso pudo aparecer después. La empresa cerró la reunión sin sanción, porque las fotos no probaban quién puso esas cosas en la servilleta, y los testimonios no bastaban para acusar a un trabajador de algo tan grave. Salí de esa oficina con rabia. En el pasillo vi a Mario junto a los lockers, hablando con otro compañero. Me miró un segundo y apartó la vista. Desde ese día dejé de comer en el área de descanso. Llevaba mi comida cerrada, la mantenía conmigo. y tomaba agua de una botella que compraba camino al trabajo. Algunos compañeros entendieron mi cambio, otros empezaron a tratarme con distancia. El jefe decía que yo afectaba el ambiente, pero yo ya no podía actuar con confianza dentro de ese lugar. Después encontré tierra dentro de mi locker, no era suciedad del almacén. Era tierra húmeda puesta sobre mis cosas. Tomé fotos, llamé al jefe y pedí otro reporte.

13:09 La respuesta fue la misma. Sin cámara directa ni testigos, no podían señalar a nadie. Me cambiaron de locker, limpiaron el área y me pidieron mantener la calma. Yo ya no tenía calma. Revisaba mi mochila y mi vaso antes de usarlos. Volví con don Aurelio y le conté lo ocurrido. Fue directo. Me dijo que saliera de ese trabajo antes de que mi salud volviera a caer. Le expliqué que necesitaba el sueldo, que tenía renta, hijos y deudas por consultas. Me respondió que el sueldo no iba a servirme si terminaba otra vez en una cama de hospital. Esa frase me molestó, pero también me obligó a moverme. Mientras conseguía otro empleo, trabajé con cuidado. Grababa audio cuando tenía que hablar con Mario. Guardaba capturas de mensajes, reportaba cualquier cosa rara y evitaba quedarme solo en áreas cerradas. Dejé de asistir a convivios, no acepté café, agua ni dulces. Mi carácter cambió, hablaba menos, respondía solo lo necesario y me iba directo a casa. Mi esposa también cerraba mejor la casa y me llamaba durante el día. Conseguí otro trabajo después de insistir mucho. El día que renuncié, entregué mi gafete, firmé los papeles y recogí mis cosas. Mario estaba cerca de la entrada. Se acercó cuando me vio salir y me dijo que al final cada quien terminaba donde debía.

14:40 No le respondí. Subí al carro y le pedí a mi esposa que arrancara. No sentí alivio, sentí coraje porque yo me iba enfermo, endeudado y señalado, mientras él todavía caminaba por el almacén. Tiempo después, Jorge me llamó. Me contó que Mario tuvo problemas con otro supervisor y que también intentó llevarle comida. El supervisor no la aceptó. Días más tarde, apareció un paquete debajo de su escritorio y esta vez la empresa revisó cámaras porque ya existían reportes previos. Solo supe que Mario dejó de trabajar ahí poco después. Oficialmente hablaron de renuncia, pero yo no puedo afirmar más.

15:22 Mi salud tardó en estabilizarse Recuperé peso, terminé tratamientos y dejé el medicamento para dormir con supervisión médica. Aún así, no quedé igual. Todavía rechazo comida preparada por personas que no son de mi casa. Y, si alguien insiste, me retiro. No tuve justicia clara, ni denuncia fuerte, ni una respuesta completa. Me quedó la vida, pero también me quedó una desconfianza que no se me quita. Desde entonces entendí que hay daños que no entran con golpes ni amenazas, entran por una puerta común, en silencio, y cuando reaccionas ya estás defendiendo tu cuerpo, tu trabajo y tu casa al mismo tiempo.