La Bruja De La Cuna Vacía - Historias De Terror - REDE
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0:05 Declaro esto por mi voluntad. Me llamo Tomás Barrera y vivÃa en San Jerónimo del Monte cuando pasó todo. Lo recuerdo porque desde ese año el pueblo dejó de dormir tranquilo. En pocos meses nacieron varios niños y dos desaparecieron. El primero fue el hijo de Rosa y Mateo Ceballos. Después desapareció el hijo de Julia Pérez. Desde ahà entendimos que alguien estaba entrando a las casas para llevarse recién nacidos. La primera vez yo no vi el momento en que se llevaron al niño, pero sà vi la casa, a los padres y lo que quedó. Rosa se acostó con el niño en su cuna al lado de la cama.
0:46 Despertó por el aire de la ventana. La cuna estaba vacÃa, la ventana estaba abierta y el mosquitero tenÃa un desgarrón y en el piso habÃa tierra húmeda. Mateo salió al patio con una lámpara, pero no encontró a nadie. Los perros seguÃan echados y no ladraban. Cuando amaneció salimos a buscar, pero solo hallamos el gorro del niño cerca del arroyo y el cuerpo no apareció. Ese dÃa varias mujeres recordaron a una vieja que habÃa pasado por las casas pidiendo agua. Mi madre la atendió en la puerta. La mujer miró hacia adentro y dejó los ojos puestos en la cama donde dormÃa mi sobrina recién nacida. Mi madre le vio las manos al pasarle el vaso. TenÃa las uñas largas, curvas y sucias. Esa tarde se habló de la mujer en la tienda y en la capilla, pero nadie salió a buscarla. Pocos dÃas después desapareció el hijo de Julia Pérez.
1:45 Yo fui de los primeros en llegar porque vivo frente a su casa. Recuerdo a Julia sentada en el piso, con la espalda pegada a la pared y las manos llenas de sangre. La puerta seguÃa cerrada por dentro. La ventana del cuarto tenÃa cinco marcas largas en la madera, la cuna estaba volcada y en la sábana habÃa sangre. Julia alcanzó a decir que se despertó por un ruido dentro del cuarto y oyó aleteos antes de abrir bien los ojos. Su esposo salió al corral y vio una lechuza sobre el techo. Le aventó una piedra, pero el animal no se movió. Y después abrió las alas y se fue hacia el molino. Ahà cambió el pueblo. El comisario reunió a los hombres y armó turnos para cuidar las casas donde hubiera bebés. Cerramos ventanas con tablas, reforzamos puertas y dejamos fogatas encendidas. Las mujeres dejaron de salir cuando bajaba la luz. Los hombres regresaban temprano del campo.
2:48 El padre Eusebio pidió calma, pero esa misma noche se quedó con su sobrina. que también tenÃa un recién nacido. La vieja volvió a verse una tarde, frente a la tienda. Yo estaba ahÃ. Era una mujer flaca y encorvada. Pidió sal, pagó y antes de irse, volteó hacia la casa de los Olmedo, donde una muchacha acababa de parir. Don Lupe le cerró el paso y le ordenó que siguiera su camino. La mujer no respondió. Yo le vi las manos cuando tomó la bolsa. Las uñas le nacÃan completas del dedo. Eran largas y dobladas hacia adentro. Esa misma tarde la seguimos seis hombres. La vimos entrar en una choza abandonada cerca del molino. Esperamos afuera, pero no salió nadie. Asà que entramos. Encontramos un petate, dos ollas, plumas de lechuza, un chupón y una pulsera con el nombre de Saúl.
3:45 Mateo la reconoció y también hallamos una cadena que Julia reconoció después. Mateo quiso quemar la choza ahà mismo, pero el comisario ordenó salir y volver con más gente. Cuando regresamos, la ventana trasera estaba abierta. En el suelo habÃa huellas de guarache y marcas de ave, pero las dos seguÃan el mismo rumbo y luego se perdÃan. Con eso tomamos una decisión. Reunimos a las madres con recién nacidos en el salón de catecismo. Entraron cinco mujeres con sus bebés, tres ancianas, el padre Eusebio y cuatro hombres armados. Afuera nos quedamos otros seis rodeando el lugar. La orden fue simple.
4:28 Nadie abrÃa hasta el amanecer y nadie soltaba su puesto. Al principio todo quedó en silencio. Después los perros empezaron a gemir y más tarde oÃmos pesos sobre el techo. Eran apoyos lentos de un lado a otro. Levanté la lámpara y vi una sombra moverse hacia la parte trasera. Corrà con Anselmo Pérez y, al doblar la esquina, la vi agachada en la orilla del techo. TenÃa las manos sobre la teja y las uñas clavadas en el barro. Levantó la cara y me miró. Para mi sorpresa era la misma mujer de la tienda. La alumbré de frente. Vi el cambio completo. El cuerpo se le encogió. La ropa cayó y los brazos se cerraron hacia adelante y se cubrieron de plumas. La cabeza tomó forma redonda, las piernas se doblaron y todo ocurrió en pocos segundos. Cuando terminó, en el borde del techo estaba una lechuza con los ojos puestos en nosotros. Bajó al patio trasero y en ese momento se oyó un grito dentro del salón. Anselmo me gritó que corriera a la puerta. Yo avancé sin bajar la lámpara. Pero algo golpeó una ventana del salón.
5:41 Después se oyó otro grito. El padre Eusebio gritó desde adentro que nadie soltara la entrada. Dimos la vuelta y vimos una tabla suelta en una de las ventanas. Debajo del marco habÃa barro removido y plumas pegadas. Entonces entendà para qué habÃa vuelto. No habÃa ido por una casa. HabÃa ido por todos los niños juntos. Corrimos a la entrada, pero la puerta seguÃa cerrada desde adentro. Los que estaban dentro empujaban con fuerza, porque los golpes venÃan de la parte del fondo. El padre Eusebio gritó que nadie abriera. Mi padre, Anselmo y yo dimos la vuelta por el costado.
6:22 La ventana ya tenÃa una abertura del ancho de un brazo. La tabla estaba arrancada de un lado, y en el barro vimos otra vez las marcas de ave. También vimos un surco largo y profundo junto al muro. Yo acerqué la lámpara y alumbré el marco. La madera estaba rota y tenÃa astillas frescas. Anselmo levantó la escopeta. Yo sostuve la lámpara con las dos manos. En ese momento, algo empujó desde afuera y la abertura se hizo más grande. Metà la mano para sujetar la tabla, pero ya era tarde. Vi entrar una mano humana por el hueco. Era una mano vieja, delgada y huesuda. Las uñas se clavaron en la madera. Anselmo disparó a poca distancia. El estampido me sacudió el pecho y después oà un chillido, un golpe contra la pared y un aleteo fuerte que salió hacia los árboles. Todo pasó en unos segundos. El ruido se fue, pero adentro siguieron los gritos. Entramos al salón cuando dejaron de empujar la puerta. El hijo de los Olmedo ya no estaba en brazos de su madre. Elena tenÃa arañazos en el cuello y sangre en la blusa, pero estaba contra la pared. Sentada en el piso, con las manos vacÃas y los ojos abiertos, no lloraba y le costaba respirar.
7:45 Alcanzó a decir que sintió aire en la cara, vio moverse la tabla y luego vio entrar la mano por la abertura. Alcanzó a sujetar la cobija, pero se la arrancaron junto con el niño. En el adobe quedaron cinco surcos marcados. El padre Eusebio vio la pared, salió al patio y mandó tocar la campana. La campana levantó al resto del pueblo. Salimos sin orden. Unos siguieron las plumas que habÃan quedado en el patio. Otros buscaron sangre. Yo fui con mi padre, con Anselmo y con Mateo Ceballos. Detrás del salón encontramos gotas sobre las piedras y un pedazo de tela oscura atorado en un mezquite. Más adelante volvieron a aparecer huellas de huarache. El rastro dejó atrás las marcas de ave y siguió ya solo con pasos de personas. El pie izquierdo arrastraba, eso lo vimos todos, y nadie discutió el rumbo. El rastro iba derecho hacia la choza del molino. Llegamos muchos y el comisario pidió esperar hasta que hubiera más luz, pero Mateo dijo que el niño no iba a aguantar si perdÃamos tiempo. Nadie lo contradijo y entramos de una vez. La vieja estaba sentada junto al petate, tenÃa el hombro abierto por el disparo y sangraba mucho. La sangre le habÃa bajado por el brazo y le manchaba la falda. A su lado estaba el bebé de Elena, envuelto en la misma cobija, vivo, pero con el cuello apretado y la cara morada. Mi
9:19 padre se agachó, le soltó la tela y se lo entregó a Mateo. Mateo salió corriendo con el niño en brazos y sin mirar atrás. Yo me quedé dentro. La vieja seguÃa respirando. Abrió los ojos, movió la boca y levantó una mano. Las uñas seguÃan llenas de sangre fresca y en la otra esquina, debajo de un costal, encontramos ropa de niño, dos gorros, listones, un biberón quebrado y una cadena que Julia Pérez reconoció al instante cuando entró detrás de nosotros. También habÃa huesos pequeños. No digo que todos fueran humanos porque yo no podÃa saberlo en ese momento.
9:59 Digo lo que vi. Eran huesos pequeños, ropa de niño y objetos que salieron de casas, donde faltaban bebés. El padre Eusebio pidió que la sacáramos viva y que la entregáramos a la autoridad. Nadie obedeció. Elena llegó con su hijo otra vez en brazos. Ya respiraba mejor, pero seguÃa pálido. Ella vio a la vieja y quiso aventarse encima, pero la detuvimos entre varios. Rosa Ceballos entró detrás, vio los objetos tirados y empezó a gritar que esa mujer sabÃa dónde estaba su niño. El comisario se acercó y le exigió que hablara. La vieja escupió sangre, mostró los dientes y no respondió. Mateo volvió a entrar, dejó al bebé con una de las mujeres que habÃa llegado detrás de él, agarró un asadón que estaba recargado junto a la pared y se fue directo sobre la vieja. Yo vi el primer golpe en la cabeza. El comisario quiso apartarlo, pero dos hombres lo detuvieron y después cayeron más golpes. La vieja dejó de moverse muy rápido. Cuando todo terminó, nadie habló durante varios segundos. Solo se oÃa la respiración de los que estaban dentro y el llanto del bebé afuera.
11:13 El padre Eusebio se persignó. Mi padre me tomó del brazo y me sacó de la choza. Afuera ya empezaba a aclarar y el comisario mandó que nadie tocara nada más. Algunos obedecieron, otros seguÃan mirando hacia adentro. Elena no soltaba a su hijo y Rosa seguÃa llorando y repetÃa el nombre del suyo. Julia llegó después y reconoció la cadena desde la puerta. No quiso entrar y se quedó parada con las manos apretadas contra el pecho. Cuando amaneció, llegó la policÃa estatal. Vieron la choza, el cuerpo, los objetos y al bebé rescatado. Levantaron declaraciones. midieron las marcas de la ventana del salón, recogieron plumas y fotografiaron las uñas de la bruja. También se llevaron el cadáver. DÃas después nos informaron que la mujer se llamaba Jacinta Neri y que habÃa vivido en otro municipio. Dijeron que la habÃan sacado de ahà por robos y por entrar a casas ajenas.
12:15 También dijeron que el miedo podÃa haber confundido a la gente. Yo declaré lo que vi. Vi a la vieja sobre el techo. Vi el cambio en su cuerpo y vi la mano entrar por la ventana. Eso fue lo que dije y eso sostengo. El hijo de Elena sobrevivió esa noche, pero murió meses después. Del hijo de Rosa y Mateo no apareció el cuerpo. Del hijo de Julia solo encontraron un hueso pequeño junto al barranco, ya tarde. Rosa y Mateo se fueron del pueblo. Julia dejó una lámpara encendida cada noche hasta que se mudó con una hermana. Y el padre Eusebio pidió cambio de parroquia. Nadie fue acusado por la muerte de Jacinta. Desde entonces, cuando nace un niño, nadie lo deja solo por la noche. Yo recuerdo las casas abiertas, las madres heridas, la choza y los objetos guardados.
13:10 Recuerdo también a esa mujer sobre el techo. Y lo digo ahora igual que lo dije entonces. Eso fue lo que vi.
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