La Bajeza De La BRUJA: La Anciana Que Venía Por Nosotros - Historias De Terror - REDE
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0:05 Esto pasó hace algunos años, cuando mi esposo Israel consiguió trabajo en un pueblo de Jalisco y nos mudamos con nuestros dos hijos, Renato y SofÃa. Recuerdo que los primeros dÃas fueron tranquilos. Los niños entraron a la escuela, Israel empezó a trabajar y yo me ocupé de acomodar la casa y conocer lo necesario del pueblo. Al lado vivÃa una señora llamada Adela, era mayor. VivÃa sola y solÃa sentarse afuera por las tardes. Al principio apenas nos saludábamos, pero con el tiempo empezó a hablar más con los niños. Les preguntaba cómo les habÃa ido en la escuela y de vez en cuando les daba dulces que preparaba en su casa. Primero fueron cocadas, después dulce de leche y bolitas de tamarindo. Renato y SofÃa los recibÃan contentos. Yo los dejaba porque Adela siempre se mostraba vecinos era algo común ahÃ. Después empezó a llevarnos comida a nosotros. Un dÃa llegó con arroz con leche, otro con frijoles y, más adelante con tamales. Siempre decÃa que habÃa preparado de más.
1:16 La primera vez que comimos algo suyo, Israel amaneció con dolor de estómago y yo tuve náuseas. Lo dejamos pasar porque pensamos que algo de la cena nos habÃa caÃdo mal. DÃas después comimos unos frijoles que Adela habÃa llevado. Y esa misma tarde, SofÃa vomitó. Israel sintió hormigueo en las manos. Renato tuvo dolor de cabeza y yo volvà a sentir molestias en el estómago. Fuimos al médico y nos dijo que podÃa tratarse de una infección y nos recomendó cuidar lo que comÃamos. Durante unos dÃas mejoramos, pues Adela no llevó nada en ese tiempo y nosotros seguimos con la rutina. Cuando volvió con tamales, cenamos sin pensar demasiado en lo anterior.
2:00 Esa noche, Renato tuvo dolor de estómago. SofÃa dijo que le ardÃan las manos. Israel se despertó varias veces y yo sentà una presión fuerte en el pecho. Volvimos al médico, pero no encontró una causa clara, para que los cuatro presentáramos molestias parecidas. Esa tarde, me senté a recordar cuándo habÃan empezado los sÃntomas y qué habÃamos comido antes de cada episodio. Noté que casi siempre habÃa algo de Adela de por medio, Se lo dije a Israel, y él pensó que tal vez la señora no cuidaba bien los alimentos o usaba algún ingrediente que nos hacÃa daño. Esa explicación nos bastó para tomar una decisión. DejarÃamos de aceptar comida.
2:45 No querÃamos discutir con ella ni acusarla de algo que no podÃamos demostrar. Cuando volvió con otro plato, le agradecà y le dije que el médico nos habÃa recomendado cambiar la alimentación durante unos dÃas. Adela guardó silencio, respondió que entendÃa y se llevó la comida. A partir de ahà mejoramos, los niños recuperaron el apetito, Israel dejó de sentir hormigueo y mis molestias de estómago desaparecieron, aunque yo seguÃa despertando inquieta algunas noches. El problema regresó cuando encontré a Renato en el patio comiendo una bolita de tamarindo. Le pregunté de dónde la habÃa sacado y me dijo que Adela se la habÃa dado al volver de la escuela. También me contó que ya se habÃa comido otras dos. Salà a buscarla y la encontré afuera de su casa. Le dije que no querÃa que volviera a darle comida a mis hijos sin preguntarnos. Ella respondió que solo eran dulces y que Renato los habÃa aceptado porque le gustaban. Le repetà que no importaba, que los niños ya no iban a recibir nada sin permiso Adela me sostuvo la mirada y dijo que quitarles de golpe algo a lo que ya estaban acostumbrados podÃa hacerles daño. Le pregunté qué querÃa decir y me contestó que hablaba del cariño, pero Israel habÃa escuchado parte de la conversación y salió de la casa.
4:11 También le pidió que respetara nuestra decisión. Adela no discutió, entró a su casa y cerró la puerta. Esa noche Renato tuvo fiebre y empezó a quejarse de dolor en las piernas. Al principio pensamos que era otro malestar, pero cuando quiso levantarse para ir al baño, se cayó al suelo. Israel lo sostuvo y Renato dijo que sentÃa los pies dormidos y que no podÃa apoyarlos bien. Lo llevamos al médico. La fiebre bajó después de varias horas y la sensibilidad regresó poco a poco. Nos indicaron que lo vigiláramos y que volviéramos si el problema se repetÃa. Regresamos a casa cansados y preocupados. Mientras cambiaba las sábanas de Renato, encontré una servilleta de tela debajo de la cama. Estaba doblada varias veces. La abrà y vi restos secos de comida, varios cabellos, unas semillas oscuras y un papel pequeño con el nombre completo de mi hijo. Reconocà la letra porque Adela habÃa dejado notas afuera de su casa en otras ocasiones y yo las habÃa visto. Llamé a Israel y le enseñé lo que habÃa encontrado. Revisamos la habitación de SofÃa y después nuestra recámara, pero esa vez no encontramos nada más. Guardamos la servilleta en una bolsa y no dejamos que los niños la tocaran. Israel quiso ir a enfrentar a Adela esa misma noche, pero le pedà que esperara hasta la mañana. No sabÃamos cómo habÃa llegado aquella servilleta debajo de la cama de Renato, ni cuánto tiempo
5:44 llevaba ahÃ. Los niños durmieron con nosotros y casi no descansamos. A la mañana siguiente, antes de que habláramos con ella, Adela salió de su casa y nos saludó. Renato estaba cerca de la puerta. Ella lo miró y le preguntó si ya se sentÃa mejor. Israel y yo nos quedamos callados, pues ninguno le habÃa contado que Renato habÃa tenido fiebre ni que lo habÃamos llevado al médico. Israel me miró y después volvió a verla a ella, y yo sentà el estómago cerrado. Hasta ese momento habÃamos intentado explicar todo por la comida, por una infección o por algún ingrediente que nos caÃa mal. Después de escuchar esa pregunta, lo único que querÃa saber era cómo sabÃa Adela que mi hijo habÃa estado enfermo. Israel fue quien le preguntó cómo sabÃa lo de Renato. Adela respondió que se le notaba en la cara, sin apartar la vista de nosotros. Israel sacó la bolsa donde habÃamos guardado la servilleta y se la mostró. Luego le preguntó si la reconocÃa. Ella dejó de sonreÃr, miró la bolsa unos segundos y dijo que habÃa cosas que era mejor no tocar. Israel insistió y le preguntó si habÃa entrado a nuestra casa. Adela respondió que no necesitaba entrar para dejar algo en un lugar y no dijo nada más. Nosotros entramos, cerramos la puerta y decidimos que los niños no volverÃan a acercarse a ella.
7:14 A partir de ese dÃa, evitamos todo contacto. Si Adela estaba afuera, Renato y SofÃa se quedaban dentro y tampoco aceptábamos nada que viniera de su casa. Los sÃntomas bajaron, pero no desaparecieron. Renato seguÃa despertando con dolor de estómago y algunas noches decÃa que sentÃa las piernas pesadas. SofÃa se ponÃa nerviosa cada vez que veÃa a Adela. Israel tenÃa temblores en las manos y yo empecé a dormir mal. Una tarde, mientras guardaba ropa en el cuarto de SofÃa, encontré otra servilleta doblada detrás de una caja. La abrà sobre la cama. TenÃa restos de comida, un hilo rojo, varios cabellos y un papel con el nombre completo de mi hija. Llamé a Israel y le enseñé lo que habÃa encontrado. Ãl revisó nuestra habitación y detrás de un mueble encontró otro paquete. Dentro habÃa dos papeles, uno con su nombre y otro con el mÃo. No sabÃamos cómo habÃan llegado esas cosas hasta ahÃ. Desde que encontramos la primera servilleta, habÃamos estado pendientes de la casa, y ninguno de nosotros habÃa visto entrar a Adela. Esa misma tarde, decidimos irnos unos dÃas con mi hermano Ernesto. No querÃamos seguir durmiendo ahà mientras buscábamos otro lugar, asà que empacamos ropa, documentos y lo necesario para los niños. Mientras preparábamos las cosas, Renato volvió a sentirse mal. TenÃa fiebre y dolor de
8:47 estómago y SofÃa empezó con náuseas. Esperamos un rato hasta que Renato se sintió un poco mejor y después salimos. La primera noche en casa de Ernesto fue tranquila, los niños durmieron mejor Y al dÃa siguiente, Renato ya no tenÃa fiebre y SofÃa volvió a comer. Israel y yo hablamos de eso en voz baja. Alejarnos de la casa habÃa reducido casi todo, aunque Renato todavÃa sentÃa hormigueo en las piernas y yo seguÃa despertando con la sensación de haber oÃdo pasos cerca del cuarto. Israel me dijo que el miedo y el cansancio también podÃan estar afectándonos y yo querÃa aceptar esa explicación. Llevábamos dÃas pendientes de la comida, de los niños y de cualquier ruido dentro de la casa.
9:37 DormÃamos poco y permanecÃamos tensos. Ernesto sabÃa lo que habÃamos encontrado, pero evitaba hablar del tema delante de Renato y de SofÃa. Dos dÃas después, Israel regresó a nuestra casa por más ropa. Volvió poco después y dijo que no faltaba nada, pero la puerta del cuarto de Renato estaba abierta y él recordaba haberla dejado cerrada. Revisó la habitación, buscó debajo de la cama y detrás de los muebles, pero no encontró otro paquete. Después de eso, decidimos que nadie volverÃa solo, hasta que pudiéramos sacar nuestras cosas. Esa noche me desperté y escuché pasos en el pasillo. Quise girarme hacia la puerta, pero el cuerpo no me respondió. TenÃa los ojos abiertos y podÃa ver una parte del cuarto. Intenté mover las manos y tampoco pude. Los pasos se detuvieron afuera y durante unos segundos vi una figura cerca de la entrada, aunque no alcancé a distinguirle la cara. Después sentà una presión fuerte en el pecho. Traté de respirar despacio y seguà intentando mover una mano hasta que los dedos respondieron.
10:50 En cuanto pude mover el brazo, desperté a Israel. Ãl se levantó, revisó el pasillo y después fue a ver a los niños. Ernesto seguÃa en su cuarto. y Renato y SofÃa estaban dormidos. Israel me dijo que podÃa haber sido una parálisis del sueño, provocada por el estrés y la falta de descanso. Yo ya habÃa escuchado de eso y, la verdad, preferà quedarme con esa explicación. Al dÃa siguiente, no mencioné lo ocurrido frente a los niños. Renato pasó la mayor parte del dÃa tranquilo, aunque por la noche volvió a decir que tenÃa calor y que le dolÃan las piernas. Le tomé la temperatura y tenÃa fiebre leve.
11:33 Lo acostamos, le dimos agua y nos quedamos pendientes. Más tarde empezó a hablar dormido. Al principio no se entendÃa bien, pero después repitió varias veces que no querÃa comer. SofÃa se despertó y comenzó a llorar. Dijo que habÃa soñado con Adela junto a la puerta. La calmé y la acosté otra vez, mientras Israel revisaba a Renato. La fiebre siguió subiendo y decidimos llevarlo al médico. Fui por una mochila y empecé a guardar sus cosas. Cuando regresé al cuarto, Renato tenÃa los ojos abiertos, pero Israel le habló y no respondió. Su cuerpo estaba rÃgido y respiraba rápido. Israel trató de incorporarlo, pero perdió fuerza en las piernas y tuvo que sujetarse de la cama. Fui a ayudarlo y sentà un peso fuerte desde las rodillas hacia abajo. y unos segundos después también me costaba mover los brazos. SeguÃa consciente, podÃa ver a Israel y escuchar la respiración de Renato, pero el cuerpo me respondÃa con dificultad. Llamé a Ernesto.
12:40 Entró al cuarto y avanzó hacia nosotros, y antes de que llegara a la cama, la puerta se cerró sola detrás de él. Ernesto se volvió de inmediato para abrirla, dio un paso y se detuvo. Miró hacia el otro lado del cuarto. Yo también lo escuché, pues habÃa pasos dentro de la habitación. No venÃan del pasillo ni de la puerta. VenÃan del lado del clóset. Ernesto se quedó quieto. Israel intentó incorporarse y yo seguà junto a la cama, con una mano apoyada en el colchón porque las piernas apenas me respondÃan. SofÃa lloraba. Renato tenÃa los ojos abiertos y respiraba rápido. Entonces Adela apareció dentro del cuarto. pero ninguno de nosotros la vio entrar. La puerta seguÃa cerrada y la ventana estaba asegurada. Los tres adultos la reconocimos de inmediato. Caminó hacia la cama de Renato, se detuvo junto a él y puso una mano sobre la cobija.
13:40 Yo le pregunté qué les habÃa hecho a mis hijos. Adela me miró y dijo que nosotros habÃamos aceptado cada cosa que ella nos habÃa dado, que la comida le habÃa servido para debilitarnos. y que ya habÃa avanzado demasiado para detenerse. Israel le preguntó qué querÃa. Ella respondió que todavÃa faltaba terminar lo que habÃa empezado. Renato comenzó a temblar. Intenté acercarme, pero las piernas seguÃan sin responderme bien. Ernesto dio un paso y tuvo que sujetarse de una silla, mientras Israel consiguió levantarse apoyándose en la cama. Adela no apartó la vista de Renato. Sonrió y su boca empezó a deformarse. Después vimos sus manos y las uñas se alargaron mientras las mantenÃa sobre la cobija. SofÃa gritó y Adela clavó los dedos en la tela y tiró hacia abajo, abriendo varios cortes largos. En ese momento, Renato arqueó el cuerpo y empezó a convulsionar. Yo logré mover el brazo, agarré una lámpara y se la lancé. Y la lámpara golpeó a Adela en el hombro. Ernesto recuperó fuerza y avanzó hacia ella. Adela retrocedió hasta la pared. Volté hacia Renato porque seguÃa convulsionando y cuando miré de nuevo ella ya no estaba. Ernesto abrió la puerta y revisó el pasillo, la sala y la entrada. Israel ya podÃa moverse mejor.
15:10 Entre los tres levantamos a Renato y salimos con él. SeguÃa con fiebre y estaba agotado por la convulsión. El médico decidió dejarlo en observación durante varios dÃas y le hicieron estudios porque nunca habÃa tenido una crisis asÃ. Pero no encontraron una enfermedad que explicara todo lo que habÃa pasado durante las semanas anteriores. SofÃa también presentó fiebre esa noche, aunque se recuperó más rápido. Israel y yo volvimos a movernos con normalidad poco después y Ernesto quedó con dolor en una pierna por la caÃda. Cuando Renato salió, decidimos que no volverÃamos a dormir en nuestra casa. Regresamos solo para recoger ropa, documentos y algunas cosas de los niños.
15:56 Dejamos muebles y utensilios que no necesitábamos. Tampoco buscamos a Adela ni volvimos a hablar con ella. Nos mudamos fuera del pueblo cuando Israel consiguió otro trabajo. Los primeros meses fueron difÃciles. Renato no querÃa dormir solo y se despertaba varias veces durante la noche. SofÃa dejó de aceptar dulces o comida de otras personas y siempre nos preguntaba antes de probar algo que le ofrecÃan. Israel casi no hablaba del tema y yo tampoco lo hacÃa frente a los niños, aunque durante mucho tiempo seguà recordando aquella habitación, la puerta cerrada, las uñas sobre la cobija y a Renato convulsionando en la cama. Con los meses los sÃntomas desaparecieron y la rutina volvió poco a poco. Renato dejó de despertarse con fiebre.
16:49 SofÃa volvió a dormir tranquila y nosotros dejamos de vivir pendientes de cualquier ruido. Años después, una persona del pueblo nos contó que Adela habÃa muerto. No preguntamos cuándo ni de qué. Israel dijo que ya no tenÃa sentido seguir pensando en ella. Guardamos las pocas cosas que todavÃa conservábamos de aquellos dÃas y dejamos de hablar del asunto. Durante varios años no pasó nada Renato ya estaba en secundaria cuando llegó una tarde con la mochila en la mano y me dijo que habÃa encontrado algo dentro. La dejó sobre la mesa, abrió uno de los bolsillos y sacó una bolita de tamarindo envuelta en papel transparente. La reconocà de inmediato. Era del mismo tamaño y estaba preparada de la misma manera que las que Adela les daba cuando eran niños. Le pregunté quién se la habÃa dado. Renato dijo que nadie. HabÃa usado ese bolsillo por la mañana y sabÃa que estaba vacÃo. Encontró el dulce al terminar las clases. Le preguntó a sus amigos y ninguno sabÃa de dónde habÃa salido. Esperamos a que Israel llegara y se lo mostramos. Ninguno quiso abrirlo, asà que lo metimos en una bolsa y lo tiramos fuera de la casa.
18:05 Esa noche Renato empezó con fiebre. No llegó a ponerse tan mal como años atrás, pero el recuerdo de lo ocurrido nos mantuvo despiertos. Le dimos agua, lo revisamos varias veces y nos quedamos cerca de su cuarto. De madrugada nos llamó. Israel y yo entramos, y lo encontramos sentado en la cama mirando la cobija, que tenÃa cuatro cortes largos a la altura de las piernas. Israel levantó la cobija y revisó a Renato, pero no tenÃa heridas. Después miró debajo de la cama y encontró una servilleta doblada. Israel la recogió y la llevó hasta la mesa y la abrió con cuidado. Dentro habÃa restos secos de comida, varios cabellos y un papel pequeño. En el papel estaba escrito el nombre completo de Renato. Yo conocÃa esa letra, e Israel también. Renato nos preguntó quién habÃa puesto aquello debajo de su cama, pero ninguno respondió. Revisé la puerta y la ventana del cuarto, y todo estaba cerrado. Israel guardó la servilleta dentro de una bolsa y la dejó sobre la mesa. SofÃa se despertó y salió de su habitación al escuchar nuestras voces. Se quedó junto a mÃ, mirando la bolsa. Esa madrugada nadie volvió a dormir. Renato seguÃa con fiebre y permaneció sentado en la cocina con Israel, mientras SofÃa se quedó a mi lado. Yo miraba el papel dentro de la bolsa y solo podÃa pensar en
19:36 una cosa. Adela llevaba años muerta, pero alguien habÃa vuelto a escribir el nombre de mi hijo con la misma letra. Ahora solo esperamos que no sea la misma bruja y que no sigan los problemas en nuestro hogar. Me llamo Julián Reyes y esto ocurrió cuando vivÃa con mi esposa Laura, nuestro hijo Marco y mi madre en una comunidad de Veracruz. La mujer de al lado se llamaba Bernarda, era mayor, vivÃa sola y a veces ofrecÃa comida, hierbas o remedios a los vecinos. Todo empezó un domingo por la tarde cuando llegó con una charola de dulces de leche y dijo que los habÃa preparado para Marco. El niño llevaba varios dÃas enfermo del estómago, asà que Laura le explicó que preferÃamos cuidar lo que comÃa hasta que se recuperara.
20:37 Bernarda insistió. Dijo que un dulce no iba a hacerle daño y volvió a acercarle la charola. Yo le dije que, por esos dÃas, no querÃamos darle nada fuera de lo que ya estaba comiendo. Bernarda dejó de insistir. pero antes de irse miró a Marco durante unos segundos y comentó que los niños siempre terminaban pidiendo lo que les gustaba. Luego recogió los dulces y regresó a su casa. Esa noche me despertó un ruido sobre el techo. Al principio pensé en un gato, pero los movimientos eran más pesados y avanzaban despacio de un lado al otro. Laura también despertó y me preguntó qué era. Le dije que iba a revisar. Tomé una lámpara y salà al patio. algo se movió cerca del borde del techo y saltó hacia un árbol cercano alcancé a iluminarlo era un ave grande de plumas negras apoyada sobre una rama una de sus patas tenÃa dedos largos separados distintos a los de cualquier ave que yo hubiera visto el animal giró la cabeza hacia mà los ojos reflejaron la luz y se quedó quieto unos segundos luego abrió las alas y se fue entré a la casa y cerré la puerta Laura me preguntó qué habÃa visto y le dije que un pájaro grande.
21:57 No le conté lo de la pata porque Marco ya estaba despierto, pero me dijo que habÃa escuchado algo caminando encima de su cuarto y mi madre comentó que podÃa ser una lechuza. Le respondà que tal vez y volvimos a dormir. A la mañana siguiente, Marco despertó cansado y casi no quiso levantarse. Pensamos que todavÃa seguÃa débil por el problema del estómago. Mi madre dijo que sentÃa el cuerpo pesado. Laura tenÃa dolor de cabeza y yo notaba cansancio en los brazos y las piernas. Por la tarde encontré varias plumas negras cerca de la casa. Las levanté y las tiré. Esa noche los ruidos regresaron. Empezaron lejos de los cuartos y avanzaron poco a poco hasta quedar encima de nosotros. Laura me pidió que no saliera. Me quedé escuchando hasta que algo raspó el techo. y el sonido se desplazó hacia el cuarto de Marco. Poco después, el niño gritó, asà que corrimos con él. Estaba sentado en la cama, con una mano sobre el pecho. Laura le levantó la camisa y vimos tres lÃneas rojas en la piel. Marco dijo que habÃa sentido ardor mientras dormÃa, y que antes de despertar escuchó varios golpes justo encima de él. Mi madre vio las marcas y dijo que no iba a quedarse otra noche ahÃ. Decidimos irnos a casa de mi hermano, mientras guardábamos ropa, documentos y algunas cosas para Marco. Escuché una risa afuera, me acerqué a
23:30 la ventana y miré hacia la casa de Bernarda. Ella estaba frente a su puerta con la cabeza levantada hacia nuestro techo. Después volteó hacia nuestra ventana, sonrió y entró. Cerré la cortina y seguà guardando. Cuando estuvimos listos, Marco intentó caminar hasta la camioneta, pero dijo que las piernas no le respondÃan bien, asà que lo cargué. Mi madre salió despacio, apoyada en Laura, y yo también sentÃa las piernas flojas. Antes de subir, cerré la casa y escuché un golpe arriba. Levanté la mirada y habÃa algo parado cerca del borde del techo. No alcancé a ver el cuerpo completo, pero distinguà las alas. Se quedó ahà unos segundos, luego saltó hacia la parte trasera y desapareció. Subà a la camioneta y nos fuimos. Mi hermano vivÃa cerca y nos dejó quedarnos con él y le contamos lo que habÃa pasado. Dijo que podÃa haber alguien entrando al terreno para molestarnos, pero cuando le expliqué lo del ave, las plumas y los ruidos, aceptó acompañarme al dÃa siguiente para revisar la casa. marco se durmió poco después pero antes de acostarme fui a verlo y le levanté un poco la camisa las tres marcas seguÃan ahà más rojas que antes y en cada una habÃa un punto pequeño de sangre lo cubrà otra vez y no desperté a laura esa noche dormà poco y por la mañana marco dijo
25:04 que seguÃa sintiendo las piernas pesadas y decidimos llevarlo a una clÃnica El médico limpió las heridas, dijo que eran superficiales y que Marco necesitaba hidratarse. No supo decirnos qué habÃa causado las marcas y nosotros no le contamos lo del techo. Mi madre seguÃa cansada, Laura se sentÃa débil y yo habÃa recuperado algo de fuerza. Dejamos a Marco descansando con ellas y mi hermano vino conmigo a nuestra casa para recoger más ropa. La puerta seguÃa cerrada, entramos y fuimos al cuarto del niño. Debajo de la cama habÃa tierra y varias marcas llegaban hasta ese punto. Mi hermano preguntó si algún animal podÃa haber entrado, pero le dije que no sabÃa. Salimos al patio, encontramos más plumas negras y vimos una parte del techo levantada con varias marcas alrededor. Mi hermano volvió a preguntarme por Bernarda. Le conté lo de los dulces y que la habÃa visto mirando nuestra casa antes de que nos fuéramos. Ãl dijo que fuéramos a hablar con ella. Tocamos varias veces, pero nadie respondió. Una vecina nos dijo que Bernarda habÃa salido temprano y que llevaba un brazo cubierto con una tela.
26:22 No sabÃa qué le habÃa pasado ni a dónde habÃa ido. Regresamos a nuestra casa, pero antes de entrar, levanté la vista hacia el techo. y vi una pluma negra atrapada justo en la parte que estaba levantada. Nos quedamos unos segundos mirando la pluma atrapada en el techo, y después entramos por lo que faltaba. Mi hermano movió la cama de Marco y encontró tierra acumulada junto a la pared, con varias marcas largas que terminaban debajo del colchón. Yo recogà una bolsa con ropa, y él tomó los medicamentos del niño. Antes de irnos, miró hacia la casa de Bernarda pero la puerta seguÃa cerrada, asà que regresamos con la familia sin tocar nada más, Marco pasó casi todo el dÃa acostado, tomó agua, comió poco y hablaba con normalidad, aunque cada vez que intentaba ponerse de pie, decÃa que las piernas le pesaban, mi madre tuvo que sentarse varias veces por el mareo, Laura seguÃa cansada y yo todavÃa sentÃa debilidad en los brazos, Mi hermano era el único que se movÃa con normalidad, asà que nos pidió que nos quedáramos otra noche y aceptamos. Después de cenar nos quedamos en la sala. Marco se durmió temprano y mi madre se acostó poco después. Laura y yo hablábamos con mi hermano sobre qué hacer al dÃa siguiente, cuando escuchamos un golpe en el patio, seco y cerca del techo.
27:53 Mi hermano tomó una lámpara y salió. Yo fui detrás. En una estructura del patio habÃa un ave grande de plumas negras. La reconocà por el tamaño y por las patas. Mi hermano la alumbró de frente y los dos vimos los dedos largos cerrados alrededor del metal. Y entre las plumas habÃa zonas de piel desnuda. El animal no se movió. Mi hermano levantó una piedra y la lanzó hacia un lado para espantarlo. Pero el ave bajó al patio en lugar de alejarse, cayó sobre las patas y abrió las alas. Bajo la luz vi una parte de la cabeza sin plumas, piel arrugada alrededor de los ojos y una boca corta y ancha. Mi hermano retrocedió y me dijo que entráramos.
28:41 La criatura hizo un sonido bajo, saltó hacia la pared y desapareció del otro lado. Entramos de inmediato. Marco estaba en el suelo junto al sillón y Laura intentaba levantarlo. Mi madre estaba sentada contra la pared con las manos sobre las piernas y dijo que no podÃa ponerse de pie. Me agaché para ayudar a Marco y sentà que las rodillas me cedÃan. Tuve que apoyar una mano en el piso para no caer. Laura también estaba débil. Mi hermano preguntó qué nos estaba pasando y no supe qué responder. Entre él y yo levantamos a Marco, mientras Laura ayudaba a mi madre, y empezamos a llevarlos hacia un cuarto.
29:25 Antes de llegar, escuchamos otro golpe en el patio, luego varios pasos sobre el techo. Mi hermano cerró la puerta que daba hacia afuera y tomó un machete que guardaba cerca de la cocina. Le dije que no abriera, pero el peso avanzó por encima de nosotros, se detuvo y comenzó un raspado lento. cada pasada duraba varios segundos y luego hubo silencio un nuevo golpe movió una parte del techo y cayó polvo al piso mi hermano nos pidió que siguiéramos hacia el cuarto intenté cargar a marco pero no pude asà que laura tomó uno de sus brazos y yo el otro mientras mi madre avanzaba detrás apoyándose en la pared entonces escuchamos algo caer en el patio primero fue el golpe después un arrastre Mi hermano levantó el machete y se quedó frente a la entrada. Desde donde estábamos, vi una mano apoyarse en el marco y tenÃa cinco dedos largos, piel oscura en las articulaciones y uñas gruesas que sobresalÃan varios centÃmetros. La mano desapareció y volvió a aparecer más arriba, luego vimos otra. Entre las dos bajó una cabeza con plumas alrededor del cuello. La criatura se sostuvo del marco mientras metÃa un hombro y después el resto del cuerpo. Cayó al suelo inclinada con las rodillas dobladas y los brazos casi tocando el piso.
30:53 Permaneció asà unos segundos y luego comenzó a levantarse. Las alas quedaron pegadas a la espalda y cuando se enderezó vÃa una anciana. TenÃa el cabello blanco pegado a la cabeza y La cara torcida, los ojos muy abiertos y una boca que llegaba casi hasta los lados del rostro. Las manos terminaban en uñas largas y curvas. Mi hermano dio un paso atrás. Yo miré el lado izquierdo de su cara y vi una mancha oscura junto al ojo. Bernarda tenÃa una marca en el mismo sitio, pero no dije su nombre. La criatura levantó la cabeza y comenzó a caminar hacia nosotros despacio y sin detenerse. Mi hermano se puso delante, levantó el machete con las dos manos y le ordenó que se quedara donde estaba. La criatura siguió avanzando. Cuando estuvo cerca, él la golpeó. La hoja le abrió el antebrazo y de la herida salió un lÃquido oscuro que corrió hasta la mano. La criatura levantó el brazo sano y golpeó a mi hermano en la cara.
31:58 Cayó junto a la puerta y soltó el machete. Intenté moverme hacia él, pero las piernas seguÃan débiles. Marco estaba detrás de mà y Laura sostenÃa a mi madre por la cintura. La criatura giró hacia nosotros y avanzó. Tomé una silla y la levanté con las dos manos, aunque me temblaban los brazos, pero conseguà ponerla entre nosotros. A esa distancia vi mejor su cara. La mandÃbula estaba abierta, los dientes quedaban expuestos y la piel alrededor de la boca estaba partida en dos puntos. Una de sus manos colgaba junto al cuerpo. y la otra comenzó a levantarse. Los dedos se abrieron y las uñas quedaron frente a mÃ.
32:40 La mano siguió subiendo hasta la altura de mi pecho. Yo apreté la silla contra el cuerpo y traté de mantenerme de pie. Detrás escuché a Marco moverse, luego a Laura decirle que no se levantara. La criatura dio otro paso y la punta de una de sus uñas tocó la madera de la silla y dejó una lÃnea profunda. Después apartó la silla de un golpe y volvió a levantar la mano. Empujé la silla hacia ella, pero la apartó de un golpe y la mano que tenÃa levantada me alcanzó el pecho. Sentà tres cortes y caà de espaldas. Marco gritó detrás de mÃ. La criatura pasó a mi lado y lo sujetó por la camisa. Laura trató de detenerla, pero recibió un golpe en el brazo y cayó de rodillas.
33:26 Yo alcancé a agarrarle una pierna. y debajo de la piel habÃa zonas cubiertas de plumas. Tiré con toda la fuerza que me quedaba y conseguà hacerla perder el equilibrio. Soltó a Marco. Mi hermano seguÃa en el suelo, con sangre en la cara, pero logró alcanzar el machete y la golpeó otra vez. La hoja le abrió uno de los dedos. Marco intentó alejarse arrastrándose, pero ella lo alcanzó antes de que llegara con Laura y le pasó las uñas por el hombro. El niño gritó, y tres lÃneas se abrieron desde el hombro hacia la espalda. Laura lo jaló hacia ella y se puso delante. Mi madre tomó una silla y la empujó contra las piernas de la criatura.
34:08 Logró frenarla unos segundos, pero la criatura levantó la mano sana y le pasó las uñas por el dorso, y le quedaron tres cortes. Laura intentó apartarla y recibió las mismas marcas en el antebrazo. Miré mi pecho, luego las heridas de Marco, las de Laura y las de mi madre. Eran tres en cada caso. Mi hermano no tenÃa esas marcas y seguÃa siendo el único que podÃa moverse sin la debilidad que nos tenÃa casi en el suelo. La criatura volvió la cara hacia él. Mi hermano levantó el machete y avanzó un paso, pero ella retrocedió y se dirigió al patio sin dejar de mirarlo. Al llegar bajo la abertura del techo, apoyó las manos en el suelo.
34:50 Las alas se separaron de la espalda y el cuerpo se dobló hacia adelante. Escuché varios chasquidos en los hombros y la espalda. No vimos todo el cambio porque empezó a subir de inmediato. Clavó las uñas en la pared y trepó usando manos y pies. Mi hermano corrió detrás de ella y alcanzó a sujetarla por un tobillo. La piel se desprendió bajo sus dedos y él la soltó. Debajo habÃa plumas cortas. La criatura siguió subiendo. Metió primero la cabeza por la abertura y después el resto del cuerpo. Unos segundos más tarde, escuchamos dos golpes arriba y luego el ruido se alejó. Mi hermano cerró la entrada y regresó con nosotros. Marco sangraba del hombro, Laura tenÃa el antebrazo abierto y mi madre mantenÃa la mano apretada contra el pecho. Yo llevaba la camisa rota y sentÃa ardor en los tres cortes. Salimos de la casa en cuanto pudimos y buscamos atención médica. A Marco tuvieron que cerrarle las heridas y a nosotros nos limpiaron los cortes y nos dejaron varias horas en observación por la debilidad. Conforme pasó la noche recuperamos fuerza. Mi hermano nunca tuvo ese problema.
36:02 Al dÃa siguiente decidimos no volver a nuestra casa y unos familiares fueron por ropa y documentos. Encontraron más plumas en el patio, tierra en el cuarto y una parte del techo dañada. Bernarda seguÃa sin aparecer. Pasaron varios dÃas. Un familiar suyo llegó para recoger algunas pertenencias y nos dijo que tampoco sabÃa dónde estaba. No le contamos lo ocurrido y poco después nos mudamos. Pero Marco tardó varias semanas en volver a sus actividades normales. Las heridas cerraron, pero las marcas quedaron visibles. Las mÃas también, igual que las de Laura y las de mi madre. Algunas noches se ponÃan rojas y ardÃan durante horas. Mi madre nunca quiso hablar del tema con otras personas. Cuando algún familiar le preguntaba por aquella noche, decÃa solamente que algo habÃa entrado por el techo y nos habÃa atacado. Yo tampoco volvà a buscar a Bernarda y nunca la vi después de aquella tarde frente a su casa. Con el tiempo, retomamos nuestra vida. Marco regresó a la escuela, Laura y yo volvimos al trabajo y mi madre continuó con el tratamiento, que ya llevaba por sus problemas de salud. Meses después se empeoró. Dos dÃas antes de morir, las tres marcas de su mano se abrieron otra vez. Laura se las limpió y mi madre pidió que no dijéramos nada delante de Marco. Esa noche permaneció despierta mucho tiempo. Yo estaba en otro cuarto cuando escuché pasos sobre el techo. Avanzaron
37:33 de un extremo al otro y se detuvieron encima de donde dormÃa mi madre. Salà al patio y revisé alrededor de la casa, pero no vi ningún animal. Cuando regresé, mi madre seguÃa despierta y tenÃa la mano marcada sobre la sábana. Murió dos dÃas después por la enfermedad que ella padecÃa. Pasaron años sin que volviéramos a ver a Bernarda ni a la criatura. Las marcas, sin embargo, nunca desaparecieron. A veces se irritaban sin que hubiera una herida nueva. Y cuando las de Marco se ponÃan rojas, él sentÃa cansancio y preferÃa acostarse temprano. hace poco volvió a ocurrir marco me llamó desde su cuarto y dijo que habÃa escuchado algo arriba fui con él y las tres cicatrices del hombro estaban rojas me senté a su lado los pasos avanzaron sobre el techo hasta quedar justo encima de nosotros se detuvieron durante un rato y después escuchamos tres golpes separados por unos segundos marco me preguntó si iba a salir pero le dije que no Nos quedamos dentro del cuarto con la puerta cerrada, esperando otro ruido. No escuchamos nada más esa noche y tampoco oÃmos alas ni pasos alejándose. A la mañana siguiente salà al patio y encontré tres plumas negras junto a la pared, una al lado de la otra. No las toqué, entré y cerré la puerta. Desde entonces, cuando las marcas de marco vuelven
39:05 a ponerse rojas, reviso puertas y ventanas antes de dormir. pero ya no salgo a mirar el techo. Tampoco intento averiguar qué ocurrió con Bernarda, pues lo que vi aquella noche fue suficiente. Aún hoy, cuando escucho algo caminar arriba, espero dentro de la casa hasta que se detiene. Recuerdo bien esos años, porque todavÃa vivÃa en el pueblo, Y mi vida seguÃa una rutina simple. No era un lugar aislado ni pobre. La gente trabajaba, hacÃa su vida y se conocÃa lo suficiente como para saber quién era quién.
39:50 Las embarazadas no iban a hospitales lejanos. AquÃ, desde siempre, los partos se atendÃan en casa o con ayuda de alguien del mismo pueblo. Por eso nadie veÃa raro que existiera una mujer dedicada a eso. Ella no se anunciaba como bruja ni como curandera. Nunca usó palabras raras ni se rodeó de misterio. DecÃa ser partera y sobadora, y asà se presentaba cuando alguien le preguntaba. Hablaba con calma, miraba a los ojos y explicaba lo justo. No levantaba la voz, no hacÃa promesas exageradas ni metÃa miedo. TenÃa manos firmes y seguras. manos de alguien acostumbrado a tocar cuerpos y a corregir posturas, y esa forma de tratar a la gente generaba confianza desde el primer momento. Los partos salÃan bien, y eso era lo principal. Los bebés nacÃan vivos, con buen llanto, con fuerza, y las madres se recuperaban y regresaban a sus casas tranquilas. No habÃa historias de complicaciones graves, ni de niños que murieran al nacer.
40:55 Por eso nadie dudaba de ellas. Nadie preguntaba más de lo necesario. Su trabajo se volvió parte normal del pueblo, algo que se asumÃa como seguro y confiable. Yo la vi varias veces, no porque atendiera a alguien de mi familia directa, sino porque era común cruzársela en la calle o verla entrar y salir de las casas. Caminaba despacio, siempre sola, con una bolsa sencilla donde llevaba lo necesario. Saludaba sin exceso y seguÃa su camino. No buscaba atención. No se quedaba a platicar. Llegaba, hacÃa su trabajo y se iba. Durante mucho tiempo nada parecÃa fuera de lugar.
41:36 Los nacimientos seguÃan ocurriendo. Las familias crecÃan y el pueblo continuaba igual. Fue con el paso de los años cuando empecé a notar algo que, en su momento, no me pareció extraño. Algunos niños no crecÃan ahÃ. No me refiero a muertes ni a tragedias visibles. simplemente habÃa bebés que después de unos meses ya no estaban siempre habÃa una explicación sencilla que un familiar se los habÃa llevado que la madre se habÃa ido a otro lugar o que el niño estaba delicado y lo movieron para atenderlo mejor nadie insistÃa y nadie pedÃa pruebas pues en un pueblo asà la gente acepta las versiones que no alteran la tranquilidad general el tema se cerraba rápido y la vida seguÃa.
42:26 Yo mismo acepté esas explicaciones durante mucho tiempo, pues no tenÃa motivos para dudar, no veÃa dolor público ni reclamos. Las madres no salÃan gritando ni acusando a nadie, todo ocurrÃa de manera ordenada, silenciosa, y la mujer seguÃa atendiendo partos como siempre, con el mismo trato calmado y las mismas manos firmes. Con los años empecé a recordar nombres, Bebés que vi nacer o de los que escuché hablar, y que luego dejaron de aparecer. No era uno ni dos, eran varios, aunque nunca juntos ni en un mismo periodo. Eso hacÃa que el patrón se diluyera. Pasaba tiempo entre un caso y otro, lo suficiente como para que nadie los relacionara. Las madres no hablaban del tema en público.
43:16 Si alguien preguntaba, respondÃan lo justo. No habÃa lágrimas ni escenas que llamaran la atención. Todo se manejaba con discreción. En ese momento yo pensé que era una forma de protegerse, de no revivir algo doloroso. Ahora sé que también habÃa confusión y resignación. La mujer nunca cambió su comportamiento, nunca se puso nerviosa ni evitó a nadie. SeguÃa caminando por el pueblo con la misma calma. SeguÃa entrando a las casas y saliendo de ellas sin problemas. Nadie la señalaba, y nadie la evitaba. Al contrario, cuando una mujer quedaba embarazada, lo normal era decirle que acudiera con ella, porque ahà todo salÃa bien. HabÃa algo en su forma de hablar que desarmaba cualquier duda. No prometÃa milagros, decÃa las cosas como si fueran simples ajustes. Comentaba que no todos los niños venÃan iguales, que a veces habÃa que acomodar lo que llegaba torcido. que el cuerpo sabÃa qué hacer si se le ayudaba un poco frases claras directas que sonaban razonables yo escuché esas frases varias veces repetidas casi igual como si fueran parte de un método aprendido nunca hablaba de causas extrañas ni de fuerzas que no se entendieran todo lo explicaba desde el cuerpo desde lo fÃsico y eso hacÃa que nadie pensara más allá el pueblo seguÃa
44:47 igual Las fiestas se hacÃan, la gente se reunÃa, los problemas eran los de siempre. Nadie relacionaba la ausencia de esos niños con la mujer que los ayudó a nacer. No habÃa motivo aparente para hacerlo. Ella era en ese momento una figura de confianza, casi necesaria. Con el tiempo empecé a sentir que algo no encajaba del todo, aunque no sabÃa decir qué. Era una sensación leve, sin forma clara. Pensaba en esos niños que no crecieron ahÃ, y en cómo el tema siempre se cerraba rápido. Aún asÃ, no hice preguntas. No era común hacerlo, pues en el pueblo insistir demasiado se veÃa mal. Ahora, al recordarlo con distancia, entiendo que la normalidad fue lo que permitió que todo siguiera igual durante tanto tiempo. La confianza, la costumbre y la falta de cuestionamientos hicieron que nadie uniera los puntos.
45:45 y en ese entonces yo tampoco lo hice. Asà fue como empezó todo, sin miedo, sin advertencias y sin señales claras, solo con una mujer en la que todos confiaban, y un pueblo que preferÃa aceptar explicaciones sencillas antes que mirar con atención lo que estaba ocurriendo frente a sus ojos. Pasaron los años y mi vida siguió su curso dentro del pueblo. Cambiaron algunas cosas, llegaron otras familias, varias se fueron, pero la mujer siguió ahÃ, atendiendo partos como siempre. Yo ya no era un muchacho y empecé a prestar atención a detalles que antes me pasaban de largo. Fue entonces cuando entendà que no todos los partos eran tratados de la misma forma, no todos los bebés recibÃan la misma atención, aunque al principio esa diferencia no parecÃa importante. En algunos casos, después del nacimiento, la mujer pedÃa que el recién nacido se quedara una noche más. No lo decÃa con urgencia ni con misterio. Lo planteaba como una observación necesaria, algo que convenÃa hacer para asegurarse de que todo estuviera bien.
46:57 DecÃa que era mejor vigilar ciertas cosas antes de entregar al bebé a la madre. Nunca daba explicaciones largas y nadie se las exigÃa. pues su tono hacÃa que la petición sonara razonable. No ocurrÃa con todos los partos, solo con algunos. Eso era lo que evitaba que las madres sospecharan. Si lo hubiera hecho siempre, alguien habrÃa preguntado. Pero, al ser casos aislados, se interpretaba como una precaución especÃfica. Las madres pensaban que cada cuerpo era distinto, y que cada nacimiento traÃa sus propias complicaciones. Confiaban en su criterio, Porque hasta ese momento nada habÃa salido mal de forma visible.
47:41 Yo supe de esos casos por comentarios sueltos. No eran quejas ni acusaciones. Eran frases dichas casi al pasar. Que tal bebé se habÃa quedado una noche más. Que a tal mujer le pidieron esperar. Y que no era nada grave. Pero nadie le daba importancia. La rutina seguÃa y el tema se olvidaba rápido. Al dÃa siguiente esos bebés ya no estaban. No se armaba escándalo, no se escuchaban reclamos ni llantos en la calle. Siempre habÃa alguien que supuestamente habÃa pasado por ellos. Un familiar cercano, un pariente que vivÃa afuera, alguien que se ofreció a ayudar. Las versiones eran distintas, pero todas coincidÃan en algo. La salida del niño no se atribuÃa a la mujer. Nadie decÃa haberla visto llevárselos y nadie la señalaba. Ella seguÃa siendo la misma de siempre, caminando por el pueblo con calma, atendiendo otros partos, saludando sin exceso. En ese momento yo no veÃa un patrón. Lo que tenÃa eran recuerdos sueltos, nombres, casas y fechas aproximadas, nada concreto, y no llevaba una cuenta ni una lista. Simplemente con el paso del tiempo, esos casos empezaron a quedarse en mi cabeza. No como una sospecha clara, sino como una incomodidad difÃcil de explicar.
49:10 HabÃa madres que parecÃan aceptar la situación con rapidez. No mostraban enojo ni desesperación. Y respondÃan lo justo cuando alguien les preguntaba. DecÃan que el bebé estaba bien, que se lo habÃan llevado para cuidarlo mejor. Evitaban el tema y no se quedaban a platicar. Yo pensaba que era una forma de protegerse. de no hablar de algo que les dolÃa, pero nunca se me ocurrió pensar que ellas mismas no entendÃan del todo lo que habÃa pasado. La mujer, por su parte, nunca mostró una reacción distinta. No se justificaba de más, no evitaba a nadie, y si alguien le preguntaba, respondÃa con frases simples. DecÃa que el parto habÃa salido bien, que el bebé estaba fuerte, que lo demás ya no dependÃa de ella. Todo sonaba lógico y todo encajaba dentro de lo que la gente esperaba escuchar. Con los años empecé a notar que esos casos compartÃan detalles parecidos, no eran evidentes, pero estaban ahÃ. Bebés que nacÃan en ciertos periodos del año, partos que ocurrÃan en noches especÃficas y pequeñas marcas en la piel que algunos comentaban sin darles importancia.
50:25 Formas de llorar que llamaban la atención por unos minutos. Y luego se olvidaban. En su momento no lo conecté. Solo lo recuerdo ahora, porque esas imágenes regresaron juntas, mucho después. En ese tiempo nadie llevaba la cuenta de cuántos niños crecÃan y cuántos no. El pueblo no era tan pequeño como para que todos los nacimientos se siguieran de cerca. HabÃa margen para que las ausencias pasaran desapercibidas. Además, el tiempo ayudaba a borrar las dudas. Pasaban meses entre un caso y otro. Era lo suficiente para que la atención se dispersara. Yo seguÃa viendo a la mujer trabajar. SeguÃa escuchando que los partos salÃan bien. Pero nadie hablaba de bebés muertos al nacer. Y eso reforzaba la idea de que no habÃa nada raro. Si alguien insinuaba algo distinto, se le miraba mal. Pues no era algo común cuestionar a quien ayudaba a traer niños al mundo. A veces, al cruzarme con alguna de esas madres, notaba algo en su forma de mirar. No era tristeza abierta, era más bien una distancia, una especie de cansancio. Pero no preguntaba, y no me correspondÃa hacerlo. En el pueblo, meterse en asuntos ajenos siempre fue mal visto. Con el tiempo, empecé a entender que mi memoria estaba juntando piezas que antes estaban separadas. Recordaba partos y noches, todo sin orden. No
51:58 tenÃa todavÃa una explicación clara, solo la sensación de que no todos los casos eran iguales, de que habÃa una diferencia que nadie nombraba. La mujer seguÃa pidiendo en algunos partos que el bebé se quedara una noche más. SeguÃa diciendo que era para observarlo y seguÃa recibiendo la confianza de todos. Y los bebés seguÃan desapareciendo de la misma forma discreta, sin ruido y sin confrontaciones. En ese punto yo aún no pensaba en algo oscuro. No hablaba de brujerÃa ni de engaños. Pensaba en decisiones mal explicadas, en acuerdos privados o en situaciones familiares que no conocÃa. Me decÃa que no tenÃa derecho a sacar conclusiones. Aún asÃ, algo empezó a quedar claro. No todos los nacimientos terminaban de la misma manera, aunque al inicio parecieran iguales. Ese fue el momento en que los recuerdos dejaron de ser aislados y comenzaron a juntarse. TodavÃa no entendÃa el sentido completo de lo que estaba pasando, pero ya no podÃa ignorar que habÃa una diferencia marcada entre los casos. Una diferencia silenciosa, aceptada por todos, que con los años se volvió imposible de ignorar. Con el tiempo, los comentarios empezaron a cambiar de tono. Ya no eran solo recuerdos sueltos de partos distintos o de bebés que no crecÃan ahÃ.
53:26 Comenzaron a circular relatos más inquietantes, dichos en voz baja, casi siempre lejos de la casa de la partera. Eran historias de gente que aseguraba haberse despertado en la noche y haber visto algo entrar a su casa. No hablaban de la mujer que todos conocÃamos, dejaban claro desde el inicio que no se parecÃa en nada a ella, al principio yo no les di importancia, pensé que eran exageraciones nacidas del cansancio o del miedo acumulado, pero los relatos empezaron a repetirse, con detalles que coincidÃan demasiado, personas distintas, de edades distintas, describÃan lo mismo sin ponerse de acuerdo, y eso fue lo que me hizo prestar atención, decÃan haber despertado de golpe, sin razón aparente y en medio de la noche. No escuchaban ruidos fuertes ni llamados, solo abrÃan los ojos con la sensación de que algo se estaba moviendo afuera. Al asomarse por una rendija o por una ventana, veÃan una figura acercarse a la casa de la partera. No tocaba la puerta principal, rodeaba la vivienda y entraba por la parte trasera, por donde estaban los cuartos donde se dejaba a los recién nacidos. La describÃan como una figura baja, encorvada, con movimientos torpes, como si el cuerpo no le respondiera bien. Caminaba rÃgida, con pasos cortos, arrastrados, como si las piernas no fueran del todo suyas. No corrÃa,
54:59 no se apresuraba y se movÃa con una calma que resultaba más inquietante que cualquier prisa. Nunca levantaba la vista hacia las casas cercanas y nunca volteaba. Todo ocurrÃa en silencio, y algunos decÃan haber escuchado un roce leve, un arrastre breve contra el suelo, algo que se cortaba de inmediato. Otros aseguraban que no escucharon nada, que solo vieron la silueta pasar y desaparecer dentro de la casa. DecÃan que parecÃa una anciana, pero no como las de aquÃ. No tenÃa la postura ni los movimientos de alguien mayor del pueblo. La piel se le veÃa colgada, como suelta. Los brazos delgados, los hombros hundidos y los ojos, según quienes la vieron de frente, se veÃan hundidos, sin brillo normal. Las uñas eran largas, demasiado largas, y se notaban incluso desde lejos.
55:55 Algunos mencionaron los dientes, visibles aún con la boca cerrada, como si la piel no alcanzara a cubrirlos del todo. La ropa tampoco era normal, pues no vestÃa como la partera ni como ninguna mujer del pueblo. ParecÃa envuelta en ropa vieja mal acomodada como trapos superpuestos sin forma clara. No llevaba rebozo ni prendas reconocibles. Todo en ella parecÃa fuera de lugar, como si no perteneciera ahÃ. Lo que más desconcertaba era lo que ocurrÃa después. A la mañana siguiente, la partera aparecÃa igual que siempre, limpia y tranquila, con las manos normales, sin marcas, sin señales de haber pasado la noche en vela. AtendÃa a quien llegara, hablaba con calma y seguÃa su rutina como si nada hubiera ocurrido.
56:46 Nadie la veÃa cansada ni alterada y nadie encontraba desorden en su casa. Yo escuché esos relatos en distintos momentos, nunca todos juntos. siempre separados por semanas o meses. Eso hacÃa que no se formara una alarma inmediata. Cada historia se contaba como algo aislado, algo que habÃa pasado una vez y ya, pero mi memoria empezó a unirlas. Algunas personas confesaron que no dijeron nada en su momento, por miedo a quedar como exagerados, y otras pensaron que habÃan soñado. DecÃan que la figura se movÃa de una forma tan extraña, que costaba creer que fuera real, y preferÃan convencerse de que era producto del cansancio o de una mala noche.
57:34 Hubo quien aseguró haber visto a la figura salir de la casa antes del amanecer, siempre por el mismo lugar, nunca por la puerta principal. DesaparecÃa en la oscuridad, como si se disolviera en las sombras del camino. Nadie intentó seguirla, y nadie se acercó lo suficiente como para verla con total claridad. Yo mismo pasé varias noches sin dormir bien después de escuchar esos relatos, no porque hubiera visto algo, sino porque empecé a prestar atención a sonidos que antes ignoraba. El pueblo de noche siempre habÃa tenido ruidos, animales, viento, pasos lejanos, pero ahora todo se sentÃa distinto y cada sonido parecÃa cargar una intención que antes no estaba ahÃ.
58:20 Nunca escuché gritos provenientes de la casa de la partera, nunca escuché llantos prolongados, y eso era lo que más me confundÃa. Si algo asà ocurrÃa, uno esperarÃa ruido, forcejeo, señales claras, pero no las habÃa. Y todo se mantenÃa en un nivel bajo, controlado, casi ordenado. Con el tiempo entendà que eso era parte del problema, la ausencia de escándalo y la falta de algo que obligara a intervenir. Todo sucedÃa de forma discreta, como si estuviera diseñado para no llamar la atención. Algunos vecinos dejaron de pasar por esa calle de noche. Otros evitaban mirar hacia la casa cuando caminaban cerca. No se hablaba del tema en reuniones grandes, solo en conversaciones cortas, entre personas que se tenÃan confianza.
59:10 La partera nunca fue confrontada por estos relatos. Nadie se atrevió a hacerlo. No habÃa pruebas claras, solo palabras, recuerdos, impresiones. Además, ella seguÃa siendo la misma mujer que habÃa ayudado a nacer a tantos niños, y señalarla parecÃa una traición. Yo seguà guardando todo en la cabeza, pues las descripciones coincidÃan demasiado como para ignorarlas. En ese punto ya no podÃa decir que eran simples coincidencias. TodavÃa no entendÃa el sentido completo de lo que pasaba. Pero sabÃa que habÃa algo que no encajaba, algo que se movÃa por el pueblo de noche, y que no tenÃa nada que ver con la mujer tranquila que todos veÃamos durante el dÃa. Esos relatos marcaron un cambio definitivo en mi forma de recordar las cosas. Ya no podÃa separar los partos, las ausencias y las noches. Todo empezó a formar parte de una misma historia, aunque todavÃa no tuviera un final claro. pasaron muchos años antes de que las cosas se dijeran de frente no ocurrió de golpe ni en una sola conversación empezó con pláticas cortas entre mujeres casi siempre lejos de la calle principal y sin levantar la voz se reunÃan por cualquier pretexto y terminaban hablando de lo mismo fechas y dÃas concretos momentos del año que se repetÃan no lo hacÃan con intención de acusar a nadie Sólo comparaban
1:00:40 recuerdos que llevaban guardados desde hacÃa tiempo. Fue ahà cuando el patrón se volvió evidente. Los nacimientos que no terminaban igual coincidÃan con dÃas marcados en el calendario. Fiestas religiosas, cambios de estación y noches especÃficas que se repetÃan año con año. No era algo que se notara al principio porque los casos estaban separados por meses, a veces por más tiempo pero al juntarlos ya no habÃa forma de ignorarlo. Yo escuché esas conversaciones después, cuando ya no vivÃa ahà de forma permanente. VolvÃa al pueblo de vez en cuando y siempre encontraba el mismo silencio tenso. Las mujeres hablaban entre ellas, pero evitaban hacerlo frente a los hombres. No por desconfianza, sino porque sabÃan que no todos estaban dispuestos a aceptar lo que empezaba a quedar claro. El primero que lo dijo sin rodeos fue un anciano. No lo hizo en una reunión ni en un momento solemne. Lo dijo sentado afuera de su casa, como quien comenta algo que ya no vale la pena callar. Dijo que esos niños no se perdÃan y dijo que se entregaban. No usó palabras complicadas ni habló de castigos. Lo dijo con la seguridad de alguien que habÃa visto demasiadas cosas repetirse.
1:02:01 Nadie lo contradijo. y tampoco nadie le pidió que explicara más. Sus palabras quedaron flotando y, por primera vez, nadie intentó buscar una explicación sencilla para cerrarlas rápido. El silencio que siguió fue distinto. No era incomodidad, era aceptación. El cierre llegó poco después, cuando una madre decidió no dejar solo a su hijo. No confió en nadie, y no aceptó que se lo observaran una noche más. Se quedó ahà vigilando. Esa noche yo estuve presente porque me pidió que no la dejara sola. No habÃa dramatismo, solo una decisión firme tomada después de escuchar demasiado. La casa estaba en silencio y no hubo ruidos extraños al principio. Pasó el tiempo y la noche avanzó. Fue entonces cuando la vimos. Entró por la parte trasera, como siempre. La figura era la misma que otros habÃan descrito durante años. y con esa forma de moverse que parecÃa forzada, como si cada paso le costara trabajo. La vimos con claridad, no de lejos ni a medias, la vimos acercarse al cuarto, vi las uñas largas y vi los dientes visibles aún con la boca cerrada, también vi la piel colgada, los ojos hundidos.
1:03:20 No hubo duda, esa bruja no era la partera, pues no se parecÃa en nada a ella. La madre no gritó, Solo apretó al niño contra su cuerpo. La figura se detuvo, no intentó acercarse más. Permaneció ahà unos segundos que se sintieron largos, y luego dio media vuelta y se fue por donde habÃa entrado, con la misma calma con la que habÃa llegado. A la mañana siguiente, la partera apareció como siempre, limpia y tranquila, con las manos normales. Saludó, preguntó por el bebé y habló como si nada hubiera ocurrido. No mostró sorpresa al saber que el niño no se habÃa quedado solo. Simplemente asintió y siguió con su dÃa.
1:04:07 Fue en ese momento cuando entendà todo. La mujer que atendÃa los partos nunca fue el peligro directo. Su papel no era llevarse a los niños. Era elegir, separar e identificar cuáles debÃan quedarse y cuáles no. La otra venÃa a recoger. Y eso era todo. No habÃa necesidad de engaños más grandes ni de violencia visible. Cada una cumplÃa su función. El pueblo habÃa confundido durante años la confianza con la seguridad. Confiar en alguien no significaba estar a salvo. La partera daba tranquilidad, hablaba claro y ayudaba. Eso la volvÃa intocable, y nadie sospechaba de quién habÃa ayudado a nacer a tantos. Cuando todo encajó, ya no hubo nada que hacer, no quedaban pruebas que sirvieran de algo, no habÃa cuerpos, no habÃa testigos dispuestos a hablar en público, solo recuerdos compartidos demasiado tarde. El pueblo no explotó ni se levantó en protestas, simplemente siguió cargando con lo que habÃa permitido. La partera se fue tiempo después, no hubo despedidas ni comentarios, un dÃa dejó de aparecer y nadie preguntó a dónde habÃa ido. La casa quedó vacÃa y la otra figura no volvió a verse. Los partos empezaron a atenderse en otros lugares y los niños comenzaron a crecer sin desaparecer. Yo me fui con la certeza de que no todo lo peligroso se presenta como amenaza. A
1:05:38 veces llega con voz tranquila, con manos firmes y con explicaciones sencillas. A veces el verdadero daño no lo causa quien se lleva algo, sino quien decide que puede hacerlo. Eso fue lo que entendà al final. No hubo castigo ni justicia, solo la comprensión tardÃa de que el pueblo permitió todo, porque prefirió no preguntar. Y cuando por fin se atrevió a mirar con atención, ya habÃa perdido demasiado como para volver atrás.
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