April 14, 2026

Fui Al Camino De Las Brujas Y Una De Ellas Quiso Quedarse Con Mi Hijo - Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:06 Recuerdo bien cuando empezó todo. Yo vivía con mi esposa Rosa, mi hijo Carlos, mi hija Mariela y el bebé Emiliano, en un pueblo al que llegamos por trabajo. Rentábamos una casa en una orilla. No conocíamos bien a nadie y no teníamos familia cerca. Nuestra vida era tranquila hasta que comenzaron los ruidos en la noche. La primera vez escuché pasos en el techo y pensé que era un animal. Me quedé acostado esperando a que se callara, pero no se cayó. Los pasos siguieron varios minutos con pausas claras de un lado a otro. Al día siguiente no dije nada.

0:47 Pensé que no valía la pena inquietar a Rosa por una sola noche, pero volvió a pasar. La segunda vez salí al patio con una lámpara. Revisé alrededor de la casa y no vi a nadie. Volví a entrar y los pasos empezaron otra vez. Ahí entendí que alguien estaba rondando la casa. Poco después comenzaron los rasguños en las ventanas. Primero fueron leves, luego se hicieron más claros y más seguidos. Sonaban en un vidrio, paraban y luego empezaban en otro. Yo revisaba y no encontraba nada. No eran ramas ni piedras, eran marcas hechas con fuerza sobre el vidrio o el marco.

1:28 Rosa empezó a ponerse más nerviosa que yo, sobre todo porque el bebé se alteraba antes de cada ruido. Se movía dormido, abría los ojos de golpe y empezaba a quejarse. Rosa lo cargaba y trataba de calmarlo, pero muchas veces, en cuanto ella lo levantaba, empezaban los pasos o los rasguños. Una mañana hablé con un vecino, le pregunté si en esa zona se metían muchachos a molestar. Me respondió que en ese rumbo se escuchaban cosas en las casas donde había recién nacidos. Le pedí que hablara claro. Entonces me dijo que en el pueblo había gente que hablaba de brujas. Lo dijo serio. Yo no le creí, pero tampoco me gustó la forma en que lo dijo. Así que me fui con esa idea en la cabeza. Desde ese día puse más atención. Revisaba puertas y ventanas antes de dormir.

2:24 Dejé una lámpara cerca de la cama y un palo al alcance de la mano. También procuré que Carlos y Mariela durmieran más cerca de nuestro cuarto. Lo hice porque ya era evidente que alguien rondaba la casa por las noches. Los ruidos seguían un orden. Primero el techo, luego las ventanas, después silencio, y al rato otra vez el techo. La noche que escuchamos la primera risa cambió todo. rosa tenía al bebé en brazos porque estaba inquieto yo estaba sentado en la cama entonces se oyó una risa de mujer junto a la ventana del cuarto fue breve y clara venía del vidrio rosa se quedó quieta yo me levanté y caminé hasta la ventana antes de llegar se escucharon tres rasguños seguidos corrí la cortina y alcancé a ver una sombra apartarse hacia un lado no le vi la cara vi el movimiento y vi que se retiró rápido Después de eso, pasamos a Carlos y a Mariela a nuestro cuarto para tener a los niños juntos. Esa madrugada volvimos a escuchar pasos y luego otras risas, ya más lejos.

3:34 Cuando amaneció, salí a revisar. Encontré marcas frescas en el marco de una ventana y tierra removida junto a la pared. Llamé a Rosa para que lo viera. En cuanto lo miró, me dijo que ya no quería seguir en esa casa. Yo le respondí que primero iba a hablar con la autoridad del pueblo. Fui a buscarla y conté lo que estaba pasando. Expliqué que llevaban varias noches subiéndose al techo y raspando las ventanas. También dije que había un bebé en la casa. La respuesta fue mala. Me dijeron que si yo no había visto claramente a la persona, no podían hacer mucho. Mencionaron que tal vez eran muchachos molestando.

4:17 Les dije que esto no había pasado una sola vez y que la situación iba empeorando. Me respondieron que si volvía a pasar, avisara otra vez. Salí de ahí sin confianza y sin ayuda. De regreso me detuvo una señora mayor que vivía cerca. Me dijo que ya sabía lo que estaba ocurriendo en nuestra casa. Después me advirtió que no dejáramos solo al bebé durante la madrugada y que no abriéramos las ventanas cuando escucháramos risas. Le pregunté por qué hablaba de eso con tanta seguridad. Me contestó que cuando ya se escuchaban junto al vidrio era porque querían entrar. No discutí con ella, seguí caminando, pero ya iba más tenso que antes. Esa tarde revisé otra vez la casa, ajusté lo que pude en la ventana del cuarto y moví un mueble para usarlo de apoyo desde adentro. También revisé la cocina y las puertas. Rosa preparó una mochila con papeles, algo de dinero y ropa del bebé. También hablé con Carlos y le dije que si en la noche escuchaba algo, se levantara rápido y se quedara con nosotros junto a su hermana. La siguiente noche empezó igual que las anteriores. Primero se escuchó el ruido arriba de la casa. Luego vino un silencio corto. Después empezaron los rasguños en una de las ventanas. Rosa tomó al bebé y yo me quedé sentado en la cama con la lámpara en la mano. Entonces volvieron las risas, pero esta

5:50 vez fueron dos y sonaron más cerca. Luego vino un golpe seco en el marco. No fue un rasguño, fue un golpe claro. Ahí entendí que ya no estaban dando vueltas alrededor de la casa. Ya estaban probando por dónde entrar. Esa noche no dormimos. Rosa no soltó al bebé. Y yo seguía sin saber qué había afuera, pero ya tenía claro que cada noche se acercaban más. La casa dejó de sentirse segura. Adentro estábamos nosotros con tres niños. Afuera había alguien insistiendo en entrar. Aún así, no nos fuimos ese día. Pensé que podíamos aguantar un poco mientras buscábamos salida, pero me equivoqué. A la noche siguiente ya no se quedaron en el techo ni afuera de las ventanas. Esa noche intentaron entrar por el bebé. Recuerdo esa noche completa, sin huecos, porque ahí se acabó cualquier duda que yo todavía tenía. Hasta ese momento ya habíamos pasado varias noches con pasos en el techo, rasguños en las ventanas y risas junto al vidrio. Ya habíamos dormido tensos, con la lámpara cerca y los niños en nuestro cuarto. Pero esa noche todo pasó de golpe y dentro de la casa.

7:08 Rosa y yo estábamos despiertos desde antes de que empezara el ruido. Emiliano andaba inquieto y por eso ella lo tenía cerca. Carlos y Mariela dormían en un colchón dentro del cuarto, a un lado de nuestra cama porque, desde días antes, decidimos no dejarlos solos. Yo tenía la lámpara junto a la mano y un palo recargado contra la pared. Entonces se escucharon otra vez los pasos arriba de la casa. Fueron claros, lentos, de un lado a otro. No dije nada, Rosa tampoco, pero los dos nos quedamos atentos, esperando el siguiente ruido. Después vinieron los rasguños en la cocina. Esta vez sonaron más fuertes, más seguidos, con más presión sobre el vidrio y el marco. Me levanté, agarré la lámpara y salí del cuarto sin prender la luz. Fui despacio, pero no por miedo a caminar. Fui así porque quería escuchar bien desde donde estaban tocando. En cuanto llegué a la cocina oí que uno de los vidrios se movió.

8:14 Me acerqué a la cortina, la abrí apenas de un lado. y alcancé a ver una sombra cruzando hacia el patio. No vi cara, no vi ropa, no vi más que ese movimiento rápido. Volví al cuarto y le dije a Rosa en voz baja que ya no era el ruido de otras noches, que alguien estaba metiendo mano en la casa. No habían pasado ni unos segundos cuando se oyó una risa junto a la ventana del cuarto. Luego se oyó otra, más corta, y enseguida vino un golpe seco en el marco Rosa abrazó al bebé y se pegó a la pared yo le dije a Carlos que se levantara de inmediato que tomara a Mariela de la mano y la llevara al baño le dije también que no la soltara y que esperara ahí hasta que yo le hablara Carlos se levantó rápido todavía medio dormido pero entendió apenas alcanzaron a moverse se escuchó otro golpe ahora más fuerte del lado de la cocina tomé el palo y fui otra vez La ventana ya estaba forzada. Un seguro había cedido y uno de los vidrios estaba corrido. Antes de acercarme más, vi una mano entrar por el hueco. Vi los dedos buscar el otro seguro y moverse hacia abajo. No dudé.

9:30 Le pegué al marco con fuerza, para sacar la mano y la retiraron de golpe. Afuera se escuchó una carrera corta. Luego, otra risa, pero esta vez más lejos. No me quedé ahí. En ese momento entendí que me estaban moviendo de un lado a otro para abrir otro punto de la casa, así que salí corriendo de la cocina y regresé al cuarto. Cuando entré, la ventana del cuarto ya estaba cediendo. La tabla que yo había puesto para reforzarla estaba zafada de un lado y el marco se movía hacia adentro. Me lancé sobre la ventana y la sostuve con el cuerpo. Del otro lado tiraron otra vez. Rosa ya había sacado a Carlos y a Mariela del baño y los tenía junto a ella. Carlos abrazaba a su hermana. Mariela estaba llorando y Emiliano ya lloraba fuerte. Yo les dije que se quedaran pegados a la pared y que nadie se separara.

10:28 En ese momento volvieron los pasos sobre el techo, justo encima de nosotros. Fueron pocos, pero claros, y luego se escuchó un golpe fuerte arriba. Carlos dijo que había visto una sombra pasar por el lado del patio. Yo no podía soltar la ventana. La sentía floja en las manos. Si la soltaba, se abría más. Rosa se acomodó con el bebé entre los brazos y cubriéndole la cabeza. Mariela seguía llorando y Carlos trataba de calmarla sin dejar de mirar hacia la ventana. De pronto la ventana se abrió lo suficiente para que entraran dos brazos. No fue un hueco grande, pero bastó. Vi las manos meterse hacia la cuna y hacia la cama. Rosa reaccionó en ese instante y se puso al bebé contra el pecho, cubriéndolo con el cuerpo. Yo solté una mano de la ventana, agarré el palo y golpeé hacia los brazos con toda la fuerza que pude. Se oyó un grito de mujer y los brazos salieron de inmediato. Carlos tomó otro palo que estaba recargado cerca de la puerta y golpeó también el marco.

11:34 Todo ocurrió en segundos, pero alcanzó para ver la intención con total claridad. No estaban intentando asustarnos. Estaban buscando al niño. En medio de eso, se rompió un vidrio de la esquina y cayó al piso del cuarto. Rosa giró para cubrirle la cara al bebé. Yo me puse frente a la ventana, cerrando el paso con el cuerpo. Del otro lado, vi dos sombras moviéndose muy rápido. No les vi la cara, pero sí vi manos volver hacia el mar y escuché otra risa corta y seca. Ahí tomé la decisión de salir. Quedarnos encerrados ya no tenía sentido, pues la ventana estaba vencida, la cocina ya había sido forzada y nosotros teníamos a tres niños adentro. Le dije a Rosa que nos íbamos en ese momento. Ella me respondió que no quería cruzar por la cocina si todavía había alguien por ese lado.

12:28 Entonces le dije a Carlos que se preparara para abrir la puerta principal cuando yo se lo ordenara, que no soltara a Mariela y que saliera primero. A Rosa le dije que no soltara al bebé bajo ninguna circunstancia. Mientras ellos se acomodaban, yo seguí empujando la ventana para ganar unos segundos más. Afuera se escuchó movimiento sobre la pared y luego otra vez en el techo. Ya estaban rodeando la casa. Carlos abrió camino. Yo empujé el mueble contra la ventana una vez más y corrimos hacia la puerta principal. La tranca se atoró. Jalé, empujé, volví a empujar y no abría. Metí el hombro con más fuerza y entonces cedió.

13:13 Abrimos de golpe y salimos todos a la calle y, en cuanto cruzamos hacia afuera, se oyó otra risa sobre la casa. Levanté la lámpara y vi dos bultos agachados en el techo, moviéndose hacia la parte de atrás. No me detuve y seguimos corriendo. Llegamos a la casa del vecino que me había advertido días antes. Toqué con fuerza, abrió de inmediato y nos metió. Su esposa prendió las luces y llevó a Carlos y a Mariela a un cuarto. Rosa seguía abrazando al bebé sin soltarlo. Cuando por fin revisamos a Emiliano, vimos la cobija rota y tres marcas rojas en una pierna. Eran delgadas y recientes. Rosa empezó a llorar en cuanto las vio. Yo le pedí al vecino que llamara a la autoridad del pueblo. Tardaron en llegar, pero cuando por fin fueron a la casa, ya no había nadie. La ventana del cuarto estaba forzada, la cocina dañada, la cuna movida y en el marco quedó una mancha oscura.

14:16 La alumbraron y dijeron que era sangre. Esa noche no regresamos a dormir ahí. Nos quedamos con los vecinos hasta el amanecer. Rosa no soltó al bebé. Carlos y Mariela no durmieron. Y yo me quedé sentado junto a la puerta, con la lámpara y el palo en la mano, esperando a que no volvieran. A la mañana siguiente vimos otra vez las marcas del niño. Miramos la casa abierta y supimos que ya no había nada que pensar. Habían intentado entrar y habían ido directo por el bebé. Al amanecer llevamos a Emiliano al centro de salud. Rosa no lo soltó en todo el camino. Lo llevaba pegado al pecho, envuelto en la misma cobija rota de la noche anterior.

15:00 Yo iba mirando la calle y tratando de ordenar la cabeza, pero no podía. Tenía el cuerpo cansado, las manos duras de tanto apretar el palo y la ventana, y la mente seguía metida en el cuarto, en el ruido del vidrio. y en los brazos entrando por el marco. Aún así, había que hacer lo primero, que era revisar al niño. La enfermera nos hizo pasar sin tardarse mucho. Rosa le mostró la pierna de Emiliano y ella limpió la zona con cuidado. Dijo que eran tres raspones cortos, superficiales, recientes. Luego llamó al médico para que lo revisara también. Le tocó la frente, le movió la pierna y nos dijo que, en ese momento, estaba estable. que solo lo vigiláramos por fiebre o inflamación. No hubo más que eso. A nosotros nos bastaba con saber que el niño seguía bien y que las marcas no eran más graves. Salimos del centro de salud y fuimos directo a la casa, pero no entramos todos. Carlos y Mariela se quedaron con la vecina.

16:03 Rosa y yo entramos solos. Yo abrí primero y me quedé unos segundos en la puerta, mirando hacia adentro. La casa estaba revuelta, la ventana del cuarto seguía abierta y dañada, y en la cocina también se veía claro que habían forzado la entrada. No quise detenerme mucho. Entramos, tomamos bolsas, papeles, ropa del bebé y lo más necesario. En el marco del cuarto seguía la mancha de sangre seca, y en una astilla de la madera había un pedazo de tela atorado. No hablamos casi nada mientras sacábamos las cosas. Rosa iba de un lado a otro con la cabeza baja, tomaba ropa, revisaba los documentos, volvía a revisar los pañales y luego miraba al bebé otra vez. Yo hice lo mismo con las herramientas, el dinero, los papeles de renta, unas mudas de los niños y lo poco de valor que podíamos cargar.

17:00 Cada ruido de la calle me hacía volver la cara hacia la puerta. No quería llegar a la noche, todavía dentro de esa casa. La noche anterior nos había dejado una sola idea clara. Ahí ya no podíamos seguir. Mientras estábamos en eso, llegó la señora que, días antes, me había dicho que cuidara al bebé. Miró la ventana, vio la madera rota y la mancha del marco, y dijo de inmediato que ya no había nada que pensar, que no pasáramos otra noche ahí. También dijo que en ese pueblo ya habían ocurrido cosas parecidas. Yo no le pedí detalles ni discutí con ella. A esa altura ya no me importaba cómo lo nombraban los demás. Yo no necesitaba una palabra. Lo que yo tenía delante era una ventana vencida, una cocina forzada y un bebé con marcas en la pierna.

17:54 Volví a buscar a la autoridad del pueblo y la respuesta fue casi la misma de antes. Me dijeron que podían dejar aviso, que si quería podía presentar una queja en otro lugar. y que por el momento no podían hacer más. No ofrecieron vigilancia, no hicieron una revisión seria, no preguntaron por los niños y no dieron ninguna seguridad para esa noche. Salí de ahí con más prisa que antes. Ya no estaba esperando ayuda, ya estaba pensando solo en sacar a mi familia de ese lugar antes de que oscureciera. Ese mismo día llamé a mi hermano, que vivía en otra ciudad, y le dije que necesitábamos llegar con él, De inmediato, me dijo que sí y con eso bastó.

18:38 Regresé a la casa, se lo dije a Rosa y desde ese momento todo se volvió a puro. Vendimos unas cosas a un vecino, guardamos otras en costales y dejamos lo que no podíamos cargar. Nos fuimos con lo básico, ropa, papeles, algo de dinero, cobijas y lo necesario para los niños. Lo demás se quedó ahí, regado entre la prisa y el miedo. Rosa estaba muy alterada, aunque hacía el esfuerzo de mantenerse firme por Carlos y Mariela. Cada poco rato revisaba la pierna de Emiliano, le tocaba la frente y se aseguraba de que respirara tranquilo. Carlos pasó casi todo el día callado, no preguntó mucho, solo obedecía y ayudaba en lo que le pedíamos. Mariela no se quería despegar de su madre. Yo andaba de un cuarto a otro, cargando bolsas, cerrando costales, viendo qué faltaba, pendiente de la calle y del cielo, pues no quería que nos alcanzara la noche ahí. Esa era mi idea fija desde que salimos de la casa del vecino. Nos fuimos antes de que oscureciera, y en el camino casi no hablamos. Rosa llevaba al bebé en brazos y de vez en cuando le descubría la pierna para mirar las marcas. Carlos iba despierto.

19:57 viendo hacia afuera. Mariela terminó dormida al poco rato. Yo iba mirando el camino y repasando lo que había quedado atrás. La ventana abierta, la cuna movida, la cocina forzada, la sangre en el marco. No iba pensando en cuentos ni en versiones del pueblo. Iba pensando en un hecho simple. Si nos quedábamos otra noche, volvían a entrar. Los días siguientes fueron duros. Emiliano tuvo un poco de fiebre y lo vigilamos de cerca. Rosa casi no dormía. Carlos se despertaba de madrugada sobresaltado, diciendo que oía pasos arriba del techo y Mariela ya no quiso dormir sola. Yo perdí el trabajo porque no regresé al pueblo y también perdimos la renta adelantada y varias cosas que dejamos. Irnos nos salvó, pero también nos dejó casi empezando de cero Esa parte pesa mucho porque la gente a veces escucha la historia y se queda con la noche del ataque. Lo que vino después también tuvo un costo y fue un costo alto.

21:03 Tiempo después me llamó el vecino que nos abrió la puerta aquella noche. Me dijo que en la casa se volvieron a escuchar ruidos aún estando vacía. También me contó que otras personas no duraron ahí. Yo no le pedí detalles pues no quise seguir buscando versiones ni completar nada. Para mí era suficiente con lo que nosotros habíamos vivido. Yo no necesitaba oír más historias para saber que hicimos lo correcto al salir. Hasta hoy cuento esto tal como lo recuerdo. Durante varias noches escuchamos pasos en el techo, rasguños en las ventanas y risas de mujer junto al vidrio. Revisé varias veces y no encontré una explicación normal. La noche más grave forzaron la cocina. Vencieron la ventana del cuarto y metieron los brazos buscando al bebé. Nosotros reaccionamos, cubrimos al niño, golpeamos para hacerlas retroceder y salimos de la casa con los tres niños. Emiliano quedó con marcas recientes en la pierna y en el marco quedó sangre.

22:08 A la mañana siguiente lo revisaron en el centro de salud y ese mismo día nos fuimos del pueblo. La gente de ese lugar decía que eran brujas. Yo no afirmo más de lo que vi y de lo que escuché. Vi sombras moverse en el techo y junto a la ventana. Escuché risas junto al vidrio. Vi manos entrar por la cocina y por el cuarto. Arrosa cubrir al bebé con el cuerpo y vi a Carlos ayudarme a sacar a Mariela de la casa. Eso fue suficiente para tomar la decisión. Nunca volvimos a esa casa ni a vivir en ese pueblo. no hubo apoyo real, no hubo protección y no hubo forma de recuperar lo que dejamos, nos fuimos porque era la única salida que teníamos, esa es la parte más dura de recordar, uno quisiera resolverlo de otra manera, quedarse, defender su casa, seguir con su vida, pero nosotros no pudimos, nosotros salimos con miedo, Con pocas cosas y con la certeza de que, si tardábamos más, el riesgo para mi hijo iba a ser todavía mayor. Lo voy a contar como lo recuerdo, porque esa noche, en el rancho de mi familia, nos cambió a todos. Éramos cuatro, mi padre, mi hermano Julián, mi primo Toño y yo. Habíamos ido desde temprano a revisar animales y a quedarnos a dormir,

23:41 porque al día siguiente todavía faltaba trabajo. En mi familia había una regla vieja. Después de las diez de la noche, nadie salía al patio ni al corral. La regla venía desde mis abuelos. Ellos decían que en ese lugar salía algo del monte. Unos lo llamaban Nahual y otros solo decían que no convenía andar afuera a esa hora. Yo crecí oyendo eso, pero nunca había visto nada. Mi padre sí respetaba esa regla. Cada vez que nos quedábamos en el rancho, repetía lo mismo. De noche nadie salía por gusto y si pasaba algo se resolvía entre todos. Esa noche lo dijo otra vez cuando terminamos de cenar. Ya era tarde y cerró el tema. lo que faltara se hacía al día siguiente, Toño se burló un poco y dijo que siempre salían con la misma historia para meter miedo, yo no dije nada y Julián se quedó callado, todavía seguíamos sentados cuando se oyó el primer golpe afuera, salió del lado de las gallinas y fue un golpe seco, Mi padre levantó la cabeza y se quedó escuchando. Luego vino otro, más fuerte, y ahí notamos algo peor. Los perros del rancho se callaron de golpe. Esos perros ladraban por cualquier movimiento, pero esa vez se quedaron mudos. Mi padre dijo que tal vez se había metido alguien, porque tiempo atrás ya habían robado herramientas y una batería. Esa

25:15 fue la primera idea que tuvimos. Mi padre agarró la escopeta, Toño tomó un machete, yo una lámpara y Julián una barra. Mi padre nos ordenó salir juntos y no abrirnos. En cuanto cruzamos la puerta, sentí el cambio en el rancho. Los animales seguían inquietos, pero el ruido normal de la noche se había cortado y solo quedaban esos golpes aislados, seguidos de silencio. Fuimos primero a la parte de las gallinas. La malla estaba levantada y había dos gallinas tiradas con el cuello quebrado. Mi padre se agachó, las vio un momento y dijo que eso no era trabajo de un perro cualquiera. Toño respondió que entonces debía ser un animal del monte, pero ya no habló más. Desde el corral salió otro golpe y todos volteamos al mismo tiempo. Nos movimos hacia allá. Los becerros estaban apretados en una esquina y la vaca se pegaba al cerco, nerviosa. Alumbré hacia el fondo y alcancé a ver algo negro entre los postes.

26:23 No vi la figura completa, vi el lomo alto y luego un cambio en el cuerpo. Se lo dije a mi padre. Él me pidió que dejara fija la luz y obedecí. Entonces se oyó un gruñido corto, ronco y cerca. En ese momento apareció uno de los perros del rancho, por debajo de la cerca. Venía arrastrándose, con la parte de atrás del lomo abierta y sangre en la tierra. Al verlo así, dejamos atrás la idea del ladrón. Mi padre dijo que regresáramos a la casa. Lo dijo rápido, pero ya estábamos abiertos en el patio, y el trayecto nos dejaba descubiertos. Antes de movernos, se oyeron dos pasos arriba del cuarto donde guardábamos costales. No fueron pasos ligeros, fueron dos golpes sobre la lámina. Levanté la luz y lo vi. Primero aparecieron las patas apoyadas en el borde del techo, luego el cuerpo entero. Era una figura negra, grande, más alta de lo que podía ser un perro. Cuando la lámpara le pegó de frente, se incorporó sobre las patas traseras y quedó parada. Eso fue lo que se me quedó grabado. Quedó erguida y nos miró. Tenía cabeza de perro, hocico largo, pecho ancho y las patas delanteras dobladas cerca del cuerpo. No era una persona ni un perro normal. Los cuatro la estábamos viendo y nadie gritó.

27:51 Mi padre levantó la escopeta. Toño dio un paso atrás. Julián soltó una grosería y se pegó más a la cerca. Yo me quedé quieto con la lámpara en la mano. La figura siguió así unos segundos, luego bajó el cuerpo, saltó del techo y cayó al suelo. Mi padre ordenó que nos cerráramos hacia el cuarto para salir juntos, pero no alcanzamos. La cosa avanzó primero de lado y luego se vino encima. El primer golpe se lo dio a Julián, lo lanzó y la lámpara de él cayó al suelo. Mi padre disparó en cuanto lo vio caer. El tiro le pegó o la rozó porque la figura giró pero no cayó. Toño entró con el machete y apenas se acercó, recibió un golpe de un lado que también lo tumbó.

28:39 Yo metí el palo que llevaba para apartarla y se me partió en las manos. Ahí ya la teníamos enfrente. Con una lámpara en el suelo y la otra en mi mano, alcancé a verla mejor. Tenía el lomo alto, las costillas marcadas y los ojos reflejando la luz. En cuatro patas se movía rápido, pero al levantarse quedaba más alta que cualquiera de nosotros. Mi padre gritó que nos pegáramos a la pared y que no la dejáramos meterse entre nosotros. Hicimos eso a la fuerza. Julián ya sangraba de la pierna. Toño se levantó otra vez con el machete. Yo recogí una horquilla vieja y mi padre volvió a cargar la escopeta. La figura empezó a moverse de lado buscando el hueco. Mi padre disparó cuando se lanzó contra el cuarto para entrar por un costado. El tiro la sacudió pero no la detuvo. Dio un salto largo, cayó del otro lado del gallinero y dejó de verse. Mi padre gritó que nos metiéramos de una vez. Aprovechamos ese segundo, levantamos a Julián y corrimos hacia la casa. Ya habíamos cruzado parte del patio, cuando la figura salió otra vez, por el lado del tinaco. Venía erguida sobre dos patas, con la cabeza baja y el cuerpo cargado hacia nosotros.

29:58 Ahí supe que no nos iba a dejar entrar sin pelear. Mi padre disparó otra vez en cuanto la tuvo enfrente, pero la figura no cayó, solo cambió de rumbo y se fue contra Toño, que era el que estaba más cerca y traía el machete arriba. Toño alcanzó a tirarle al cuello, pero el golpe le entró más atrás, en la parte alta del lomo. Y en ese mismo momento, la cosa se volvió contra él y le soltó dos golpes seguidos, uno en el pecho y otro en el brazo. Toño se fue al suelo junto al bebedero y el machete salió de su mano. Mi padre gritó que no nos separáramos. Yo estaba sosteniendo a Julián para que no se fuera de lado, pero tuve que soltarlo un segundo para recoger el machete. Julián ya traía rota la pierna del pantalón y la sangre le bajaba hasta la bota.

30:51 Quiso apoyarse por su cuenta, pero la pierna no le respondió. En eso, la figura giró otra vez hacia nosotros, bajó a cuatro patas, avanzó unos pasos y volvió a levantarse. Ese cambio nos cortó el ritmo por completo, cada vez que uno pensaba que ya la tenía enfrente de una forma. Al siguiente movimiento ya estaba de otra. Mi padre nos mandó pegarnos a la pared de la casa y se quedó de frente con la escopeta. Yo levanté a Julián del brazo y me lo llevé arrastrando hasta la puerta. Toño se puso de pie con trabajo, volvió por el machete y se nos juntó. La figura empezó a cerrarnos por un lado, sin entrar directo, buscando espacio. Mi padre esperó a que se acercara más y disparó casi encima.

31:40 Ahora sí reaccionó, dio un salto hacia atrás y soltó un gruñido fuerte, animal salido del pecho. Con ese espacio logramos meter a Julián a la cocina. Yo entré con él, Toño detrás, y mi padre cerró de un golpe. Luego atravesó una mesa contra la puerta. Los golpes empezaron casi en cuanto quedó cerrada. Primero pegaron en una pared, luego en el techo y después en la puerta. No fueron raspones ni empujones flojos. Eran golpes de lleno, uno tras otro, con pausas cortas entre cada embestida. El marco temblaba cada vez y adentro nos movimos rápido. A Julián le amarré arriba de la pantorrilla con un trapo porque la sangre seguía saliendo. Toño traía abiertas varias rajadas en el pecho y otra más en el brazo. Mi padre tenía lastimada una mano, pero seguía firme. Lo más grave ahí era Julián.

32:38 Ya estaba pálido, sudando y respiraba corto. mi padre se quedó un momento junto a la ventana viendo por las rendijas aunque afuera casi no se distinguía nada yo le pregunté si todavía traía cartuchos y me dijo que ya le quedaban muy pocos Toño se apretó el brazo con la mano buena y preguntó si lo que estaba afuera podía tumbar la puerta mi padre respondió que sí lo dijo directo sin darle vueltas luego dejó de mirar por la ventana y se fue a revisar qué teníamos a la mano Detrás de la cocina estaba el tambo con diésel para la bomba, unas botellas vacías y trapos viejos.

33:20 Mi padre dijo que preparáramos dos botellas, por si teníamos que prender fuego en la entrada y abrirnos paso hasta la camioneta. Yo le dije lo del tanque de gas que estaba cerca. Me respondió que por eso el fuego iba a ser corto y en la pura entrada, solo para frenarla y ganar unos segundos. No estábamos pensando en tumbarla, ni en quedarnos a pelear ahí dentro. Queríamos salir. Preparamos dos botellas con trapo y poco diésel, lo suficiente para que prendieran. Mientras hacíamos eso, los golpes cambiaron de lugar. Sonaron sobre el cuarto donde dormíamos, luego en una esquina del patio y después se cortaron de golpe. Ese silencio nos dejó peor, porque mientras pegaba, al menos sabíamos por dónde andaba. Cuando dejó de sonar ya no supimos desde dónde iba a entrar. Mi padre volvió a acercarse a la ventana y dijo que no veía nada. En ese instante algo se estrelló contra la puerta. La mesa se recorrió varios centímetros. Julián se arrastró hasta un rincón y agarró un banco con las dos manos. Toño se puso junto a la entrada con una de las botellas. Yo tomé la otra y mi padre quedó en medio con la escopeta descargada. Ya más para usar la culata que para otra cosa. La segunda embestida abrió una rajadura en el marco. Entró tierra, aire y una parte de la sombra de afuera. Por esa rendija alcancé a ver pelo

34:52 negro y un pedazo de hocico. Mi padre le hizo una señal a Toño y esperó el siguiente golpe. Cuando volvió a empujar abrió lo mínimo y Toño metió el trapo prendido por el hueco. La respuesta fue inmediata. se oyó un golpe hacia atrás luego un gruñido más fuerte y enseguida entró el olor a pelo quemado yo abrí un poco más y aventé mi botella al suelo justo frente a la puerta la botella se rompió chueca pero prendió un tramo corto de fuego en la entrada con esa lumbre vimos mejor la figura estaba pegada a la puerta traía sangre en el hocico el pelo chamuscado en el cuello y un hombro y una pata delantera la apoyaba mal Ahí se notaba que sí le habían entrado los tiros y el machete. Mi padre salió primero y le pegó con la culata de la escopeta en la cabeza.

35:46 Yo salí detrás con la horquilla y se la metí al pecho. No entró hondo, pero la frenó un instante. Toño lanzó el segundo trapo prendido y la figura giró con fuerza. En ese giro le abrió la mano a mi padre y lo tumbó contra una cubeta. Yo traté de sacar la horquilla, pero se quedó atorada y tuve que soltarla. Entonces se me vino encima, dio dos pasos en cuatro patas, se levantó otra vez y me cerró el frente de la puerta. Desde adentro, Julián aventó el banco y le pegó en una pierna. No la tumbó, pero le cortó el paso, el tiempo suficiente para que yo me metiera. Toño jaló a mi padre del brazo bueno y entre los tres volvimos a cerrar. La lumbre seguía afuera ya más baja y el humo entraba por la rajadura del marco. Mi padre se apretó la mano con un trapo, respiró una vez y dijo que encerrados nos iba a acabar. La única salida seguía siendo la camioneta.

36:48 Estaba cerca, pero el tramo hasta allá quedaba abierto. Entonces repartió lo que seguía. Yo corría primero con las llaves, Toño cubría con el machete y mi padre sacaba a Julián. Julián ya no podía caminar bien, pero seguía consciente y nos dijo que lo sacáramos de una vez, antes de que esa cosa volviera a tumbar la puerta. Nos quedamos quietos unos segundos, escuchando. Afuera volvió a moverse por un costado de la cocina. Se oyeron pasos cortos junto al tinaco, luego un roce contra la pared y otra pausa. Mi padre se asomó por la rendija, esperó el momento en que la sombra pasó del otro lado y nos hizo la seña. Toño apretó el machete. Yo guardé las llaves en la mano para no perder tiempo. Mi padre acomodó a Julián del brazo y tomó aire. En cuanto la figura cambió otra vez de lado, abrimos de golpe y salimos.

37:48 Corrí directo a la camioneta y no volteé. Abrí la puerta, me subí, metí la llave y el motor prendió al primer intento. En cuanto encendió, solté el claxon y prendí las luces altas. El patio quedó alumbrado de frente y ahí los vi salir. Toño venía detrás de mí con el machete levantado. Mi padre traía a Julián sostenido de un lado y Julián apenas podía apoyar una pierna. Todo pasó en segundos, pero yo todavía lo recuerdo por partes. Primero la luz, luego el ruido del motor y después la figura saliendo del lado del corral. Con las luces de la camioneta la vi completa. Era negra, grande, con la cabeza de perro, el lomo alto y el pecho ancho.

38:35 No la confundí con un perro del monte ni con una sombra. La vi de frente, con la luz encima, moviéndose entre ellos y la camioneta. Salió cerrándoles el paso antes de que alcanzaran el cobertizo, y ahí empezó la parte más dura de toda la noche, porque ya los tenía a pocos metros de la puerta y todavía no podían subir. Toño se metió entre ellos y soltó dos machetazos cortos para abrir camino. Uno le pegó en el costado, el otro no alcancé a verlo bien, porque la figura giró de golpe y volvió a entrar por otro ángulo. Mi padre soltó a Julián un segundo para no caerse con él, y en ese momento el Nahual se fue directo a mi hermano, que ya estaba en el suelo y apenas levantaba los brazos. Toño volvió a meter el machete y logró sacarle la cabeza del frente. En esa vuelta, la figura le alcanzó la bota y lo hizo caer de rodillas. Yo seguía con una mano en el claxon y la otra en el volante. No estaba pensando con calma.

39:39 Veía que si se quedaban atorados ahí ya no los iba a sacar. Metí reversa un poco y luego avancé hacia el bulto negro. No le pegué de lleno pero lo obligué a quitarse del frente. La defensa pegó contra un poste y el golpe sonó fuerte. Las luces siguieron sobre la figura y por un momento se echó hacia atrás. Con ese espacio mi padre levantó a Julián por debajo del brazo y casi lo aventó hacia la puerta del copiloto. yo abrí desde adentro y Julián se subió arrastrándose mi padre rodeó por atrás y se metió del otro lado Toño seguía afuera le grité que se subiera de una vez él ya estaba de pie pero traía una mano mala la camisa abierta y llena de sangre alcanzó a dar dos pasos hacia la camioneta cuando la figura volvió a salir por debajo del cobertizo y se le vino encima otra vez Toño respondió con el machete pero ya traía menos fuerza Dio un golpe corto, reculó y el Nahual lo alcanzó en la espalda empujándolo contra el costado de la camioneta. No lo tumbó por completo, pero lo dejó doblado y sin aire. Mi padre abrió su puerta y le gritó que se moviera hacia atrás. Toño no corrió abierto. Se pegó a la camioneta y siguió el costado hasta la puerta trasera. Quiso subirse por ahí, pero la figura volvió a meter la cabeza y una pata por debajo, tirando hacia sus piernas. Yo avancé otra vez

41:10 la camioneta unos metros para obligarla a salir de abajo. Funcionó. Dio un salto hacia atrás y por primera vez la vi mal apoyada de una pata. También le vi el costado abierto. Ya iba herida, eso era claro. Toño aprovechó ese segundo, abrió la puerta trasera y se metió medio cayéndose. Apenas azotó la puerta, metí velocidad y saqué la camioneta del patio. No volteé de inmediato. Me fui derecho hasta agarrar el camino y solo entonces miré por el espejo. No vi que nos siguiera y no voy a decir que ahí se me quitó el miedo. El miedo siguió todo el trayecto. Nadie habló durante los primeros minutos. Adentro solo se oía el motor, el aire entrando por una ventana que no cerraba bien y la respiración de todos.

42:01 Julián iba recostado del lado del copiloto con la pierna amarrada y la cara blanca. Toño se apretaba el brazo con una mano y con la otra trataba de sujetarse, para no golpearse en el pecho. Mi padre traía sangre en la palma y en la muñeca, pero aún así iba viendo hacia atrás a cada rato. Cuando llegamos al centro de salud, ya veníamos todos manchados de sangre, tierra y humo. A Julián le cosieron la pierna porque la herida era profunda. A Toño le cerraron los cortes del pecho y del brazo. Mi padre traía la mano abierta y un golpe fuerte, así que también lo atendieron de inmediato.

42:42 Yo traía golpes en los brazos y una raspada larga, pero fui el que salió mejor. Esa parte ya no tuvo nada raro. Fueron preguntas, curaciones y llamadas a la familia. Nadie nos contradijo al vernos entrar en ese estado. No hizo falta explicar mucho al principio. Bastaba con ver cómo llegamos. Cuando amaneció, regresamos al rancho con dos vecinos. Fuimos por las cosas a revisar a los animales y a ver qué había quedado. La malla seguía rota. En la entrada de la cocina había sangre, tierra revuelta, marcas de golpes en la puerta y pelo negro quemado cerca del suelo.

43:23 También encontramos el patio alterado de punta a punta, pero ya no se distinguía un rastro limpio. Entre nuestras pisadas, la sangre, los animales sueltos y todo lo que pasó en la noche, la tierra quedó revuelta. Uno de los perros murió por la herida que traía. Los otros dos no se acercaban al corral. Se quedaban pegados a la casa y no querían salir. Mi abuela no se sorprendió cuando supo. preguntó fue si habíamos salido después de la hora que ella siempre prohibía, mi padre le dijo que sí y ella bajó la cabeza, no nos regañó, no hizo preguntas largas y tampoco quiso discutir lo que era, en la familia nadie volvió a burlarse de esa regla, se quedó fija otra vez ya sin necesidad de explicarla, Después de esa noche, el rancho siguió ahí, pero ya no fue igual para nosotros. Durante mucho tiempo, nadie quiso dormir solo. Si había que ir, se iba de día y se regresaba temprano. Mi padre reforzó puertas, arregló cercos y puso más luz, pero eso solo servía para cuidar la casa. Lo otro seguía allá afuera. Yo no voy a inventar ni a darle otro nombre. digo lo que vi y lo sostengo igual ahora, una figura grande, negra, con forma de perro, capaz de moverse en cuatro patas y de pararse en dos, nos hirió, nos acorraló y solo se apartó, cuando entre todos le respondimos con fuego, machete, golpes,

44:56 luces y la camioneta encima, nos salvamos porque alcanzamos a reaccionar, porque no nos soltamos por completo y porque se abrió un espacio para salir, No hubo nada fácil en eso. Si tardábamos un poco más en correr a la camioneta, esa noche no salimos completos. Yo vivía en un pueblo pequeño. Desde niña escuché hablar del camino viejo que salía por la orilla del monte. La gente le decía el camino de las brujas. Decían que ahí se aparecían cosas y que una mujer embarazada no debía meterse por ese tramo.

45:42 Yo oía todo eso, pero nunca lo tomé en serio. Para mí eran historias del pueblo. Cuando pasó lo que voy a contar, yo estaba embarazada. No era un embarazo que yo hubiera buscado. Tenía miedo, estaba enojada y no sabía qué iba a hacer. En mi casa casi no hablaba de eso, me guardaba todo. Un día salí con mis primos a caminar. Querían ir un rato hacia el monte. Yo acepté, porque quería distraerme y salir de la casa. Uno de ellos dijo que por el camino viejo llegábamos más rápido y seguimos por ahí. Al principio íbamos hablando normal, pero cuando entramos más al camino se acabó el ruido del pueblo. Ya no se oían carros, ni voces, ni perros.

46:29 Solo se escuchaban nuestros pasos. Uno de mis primos dijo que mejor no siguiéramos tanto y otro contestó que no pasaba nada. Yo también dije que la gente exageraba demasiado con ese lugar. Nos detuvimos un momento para descansar. Yo ya venía cansada y traía la cabeza llena de cosas. Ahí fue donde dije lo que no debía decir. Lo dije por enojo y lo dije sin pensar. Dije que yo no quería tener a mi hijo en ese momento y que no estaba lista. Apenas terminé, mis primos se quedaron en silencio. Una de mis primas me dijo que no hablara así, y menos en ese lugar. Otro dijo que mejor nos regresáramos. Yo iba a responderle cuando escuchamos un ruido a un lado del camino. Se oyó claro entre los árboles, así que todos volteamos. Luego salió una mujer del monte y se acercó hasta quedar cerca del camino.

47:27 Ninguno de nosotros la conocía. Yo estaba segura de eso. pues en un pueblo pequeño uno ubica a casi toda la gente a esa mujer yo no la había visto nunca traía ropa oscura y el cabello suelto no pidió ayuda y no dijo nada al principio solo se quedó mirándonos uno de mis primos le preguntó si necesitaba algo pero ella no lo miró a él me miró a mí después bajó la vista a mi vientre y sonrió luego dijo que si yo no lo quería ella sí Lo dijo despacio y claro, y todos la escuchamos. Mi prima me agarró del brazo y otro de mis primos empezó a retroceder. Yo me quedé inmóvil, pues acababa de decir exactamente lo que yo había dicho unos segundos antes.

48:17 Nos regresamos de inmediato. Yo no podía caminar rápido, pero mis primos me apuraban y me sostenían. Nadie quiso quedarse ahí. Más adelante, uno de ellos volteó hacia atrás y dijo que la mujer seguía ahí. Yo también volteé y la vi parada en el mismo sitio. No se había movido. Llegamos al pueblo alterados y nos fuimos directo con una tía. Le contamos todo. Lo primero que me preguntó fue qué había dicho yo antes de que saliera esa mujer. Yo no quería repetirlo, pero lo hice. Mi tía se molestó y dijo que esas cosas no se dicen. Luego mandó llamar a mi mamá. Cuando mi mamá llegó y escuchó la historia, se asustó. Esa noche no me dejó dormir sola.

49:01 Me dijo que no volviera a pasar por ese camino y que no dijera otra vez algo así del niño. Yo traté de ponerle una explicación. Pensé que tal vez esa mujer nos había escuchado desde el monte. Me repetí eso porque me convenía creerlo, pero esa calma me duró poco. Días después la vi otra vez. Yo estaba en una tienda del pueblo, había gente comprando y el tendero estaba ocupado. Yo estaba esperando mi cambio, y cuando levanté la vista hacia la calle y la vi, estaba parada enfrente, quieta, mirándome. Era la misma mujer del camino, la reconocí al instante.

49:43 Se me cayó una moneda de la mano y el tendero me preguntó si me sentía bien. Volví a mirar hacia la puerta y ella ya no estaba. Salí enseguida a la calle. Miré a los lados, pero no la vi. La calle estaba casi vacía y regresé a mi casa temblando. No quise contárselo a todo el mundo, pero sí se lo dije a mi mamá. Ella me escuchó en silencio. Me dijo que podía ser el susto que yo seguía cargando desde ese día. Pero también me pidió que no saliera sola. La mujer volvió a aparecer otras veces. A veces la veía en una esquina. A veces estaba al final de una calle. y otras veces la veía junto a una barda. Nunca se acercaba demasiado cuando había mucha gente, pero siempre estaba mirando hacia mí. En varias ocasiones volvió a repetir la misma frase. Decía que si yo no lo quería, ella sí. No decía nada más y no cambiaba las palabras. Yo escuchaba eso y se me cerraba el pecho. Mis primos también estaban asustados. Ellos habían oído a esa mujer en el camino. y sabían que yo no estaba inventando nada. En mi casa dejamos de hablar del tema frente a otras personas, porque no queríamos que todo el pueblo se metiera. Aún así, el miedo ya estaba dentro de la casa. Yo empecé a tener miedo de salir, de quedarme sola y de acercarme a las ventanas.

51:14 También empecé a dormir mal. Me acostaba cansada y aún así tardaba en dormirme. Con el paso de los días dejé de sentirme segura incluso dentro de mi casa. Ya no me gustaba estar sola en un cuarto y me sobresaltaba con cualquier ruido. Si escuchaba algo afuera iba de inmediato a revisar. Todo empezó en ese camino. Yo dije algo sin pensar y después de eso esa mujer empezó a aparecerse frente a mí. Después de la primera vez que la vi otra vez en el pueblo mi vida cambió. Yo seguía haciendo lo necesario, pero ya no vivía tranquila. Mi mamá empezó a acompañarme a todas partes. Si yo tenía que ir al centro de salud, ella iba conmigo.

51:57 Si tenía que hacer un mandado, me acompañaba una prima, una tía o alguno de mis primos. Ya no me dejaban sola mucho tiempo. Al principio yo pensé que estaban exagerando, pero luego entendí que no. Desde aquel día en el camino, todo se había movido de lugar. La mujer no aparecía todos los días, pero aparecía lo suficiente para que yo no pudiera descansar. A veces la veía al pasar por una calle, a veces la veía junto a una barda, y otras veces levantaba la vista hacia una ventana o hacia un patio y ahí estaba. Siempre era la misma. No la confundí nunca con otra persona. no era una mujer del pueblo a la que yo no ubicara bien era la misma mujer que salió del monte la reconocía por la cara por la forma de quedarse quieta y por esa sonrisa que me dirigía solo a mí una tarde pasó algo que terminó de convencer a mi mamá yo estaba en la casa sentada cerca de una ventana mi mamá andaba en otra parte yo levanté la vista y vi a la mujer del otro lado del vidrio Estaba parada frente a la ventana y me miraba fijo.

53:09 No iba pasando, no estaba lejos, estaba ahí. Yo me quedé inmóvil, mi mamá notó mi cara, siguió mi mirada y también la vio. Soltó lo que traía en las manos y vino por mí de inmediato. Me llevó a otro cuarto y llamó a mi tío, pero cuando salieron a revisar ya no había nadie afuera. Desde ese día, en mi casa, dejaron de hablar del asunto como un simple susto. Mi mamá llamó a una tía y también habló con otra persona del pueblo. Todos me decían que no saliera sola, que no caminara por la orilla del monte y que tratara de mantenerme serena. Yo hacía el intento, pero no lograba calmarme. La mujer seguía apareciendo. A veces la veía cuando iba caminando con mi mamá. A veces la alcanzaba a ver. aunque fuera acompañada por otras personas, y otras veces solo la veía yo. A esa altura ya no me importaba mucho que alguien dudara, yo sabía bien lo que estaba viendo. En una revisión del embarazo me pasó otra vez. Fui al centro de salud con mi mamá, estábamos esperando, cuando miré hacia un espacio abierto que daba al patio, y ahí estaba ella. se quedó quieta y me miró después miró mi vientre y luego dijo que ya faltaba poco y repitió la misma frase que si yo no lo quería ella sí mi mamá estaba a mi lado y también la vio las dos

54:40 nos levantamos mi mamá quiso ir hacia ella pero cuando salimos ya no estaba revisamos alrededor y no la encontramos a partir de ahí el miedo ya no se me quitó yo empecé a pensar en el niño todo el tiempo Ya no era solo culpa por lo que dije en el camino, era miedo. Miedo de que algo pasara antes del parto, durante el parto o después. Empecé a dormir mal, me despertaba varias veces en la noche y cualquier ruido me alteraba. Si escuchaba algo afuera, me incorporaba de golpe. Si un perro ladraba cerca, yo ya no podía volver a cerrar los ojos. Mi mamá me repetía que tratara de calmarme. porque el embarazo ya estaba avanzado, pero yo no podía. En el pueblo la gente empezó a enterarse. Unos nos creyeron y otros no. Algunas personas decían que ese camino tenía mala fama desde hacía años.

55:40 Otras decían que yo estaba impresionada y que por eso veía cosas. Yo dejé de discutir pues no tenía fuerzas para convencer a nadie. Lo único que me importaba era que el niño naciera bien y que esa mujer dejara de aparecer, pero eso no pasó, en mi casa empezaron a suceder cosas que antes no ocurrían, una noche se escucharon ruidos en el techo, mi tío salió a revisar y no encontró nada, otro día se oyó un golpe afuera y cuando asomaron ya no había nadie, en otra ocasión uno de mis primos dijo que alcanzó a ver una figura pasar por la parte de atrás y Desde entonces, en la casa, todos dormían más atentos. Nadie hablaba mucho del tema, pero todos sabían que algo seguía cerca. Poco antes de que naciera mi hijo, mi mamá quiso llevarme con una familiar a otro lugar. Quería que pasara fuera del pueblo los últimos días del embarazo, pero no pudimos hacerlo, pues yo ya estaba muy avanzada. Además, no teníamos dinero para movernos de un día para otro. Nos quedamos donde estábamos.

56:51 Yo no me sentía tranquila con eso, pero tampoco tenía otra salida. Mi hijo nació en el hospital del municipio. El parto fue difícil, pero salió bien. Cuando me lo pusieron en brazos, yo sentí vergüenza por lo que había dicho en el camino y también sentí miedo. Desde ese momento solo quería tenerlo cerca. Lo miré y pensé que no iba a dejar que nadie me lo quitara. Mi mamá me dijo que lo importante era que el niño había nacido bien, y yo quise aferrarme a eso. Regresamos a la casa al día siguiente. Entré con el niño en brazos y sentí otra vez la tensión que me había acompañado durante todo el embarazo. No vi nada raro, pero el cuerpo se me puso duro desde que crucé la puerta. Mi mamá me pidió que no pensara en eso, que descansara y que tratara de dormir. Mi tío se quedó cerca. Una prima también pasó la noche con nosotros.

57:48 Nadie quería decirlo de frente, pero nadie quería dejarme sola con el niño. Tratamos de mantener la calma, revisaron puertas y ventanas, y pusieron la cuna cerca de mi cama. Mi mamá se quedó conmigo. Mi tío se quedó despierto en otra parte de la casa. Mi prima también se mantuvo alerta. Yo no pude dormir bien, pues el niño estaba muy pequeño. yo seguía débil por el parto y mi cabeza no dejaba de dar vueltas tenía una sola idea fija esa mujer no había terminado conmigo la noche iba pasando y en la casa casi nadie hablaba todo estaba en silencio hasta que se escuchó un golpe afuera fue un solo golpe seco contra una pared todos nos quedamos atentos mi tío salió a revisar y volvió diciendo que no había visto a nadie Mi mamá me pidió que no me alterara y yo seguí mirando hacia la ventana.

58:47 Después se escuchó el primer arañazo. Fue un ruido largo sobre el vidrio. Luego vino otro y después otro en otra parte de la casa. El niño se despertó llorando. Mi mamá lo cargó. Mi prima se puso de pie de inmediato y mi tío regresó y dijo que ya nadie iba a salir ni a abrir. Apenas terminó de decirlo, empezaron las risas afuera Yo supe que era ella. Desde que empezaron los arañazos, dentro de la casa nadie volvió a dudar. Ya no era un ruido aislado ni algo que pudiera explicarse fácil. Primero sonó en una ventana, luego en otra, y después en una puerta. Los golpes cambiaban de lugar y no nos dejaban seguir pensando con calma.

59:34 Mi hijo se despertó llorando y ya no se volvió a quedar tranquilo. Mi mamá lo cargó unos momentos mientras trataba de calmarlo. Mi prima se quedó de pie junto a la cama. Las risas se escuchaban afuera, pegadas a la casa. No venían de lejos. Se oían junto a la ventana, luego en la pared y después en la parte de atrás. Yo estaba recién aliviada y todavía me sentía débil. Aún así, no podía apartar la vista de la ventana. No quería moverme de la cama, pero tampoco podía cerrar los ojos. Mi cabeza estaba fija en una sola idea, que esa mujer no entrara y que no tocara a mi hijo. En medio de esos ruidos se escuchó la voz. No la escuché solo yo, la escucharon mi mamá, mi prima y mi tío. Era la misma voz que oí en el camino y la misma que había escuchado otras veces durante el embarazo. Dijo otra vez que si yo no lo quería, ella sí. Lo dijo claro, sin apurarse y sin alzar demasiado la voz. Mi mamá empezó a rezar en voz baja, mi prima se persignó y mi tío se quedó junto a la puerta, atento a cualquier otro golpe. Yo le pedí a mi mamá que me diera al niño. Ella dudó un momento, pero me lo entregó. Yo me lo pegué al pecho y no lo solté más en toda la noche. Los ruidos siguieron durante mucho tiempo. A ratos eran arañazos largos en el vidrio. Luego venían golpes secos en la madera y

1:01:06 después se oían pasos sobre el techo. No había descanso. Cuando un ruido terminaba, empezaba otro. El niño lloraba, se cansaba, se quedaba quieto un momento y volvía a llorar. Mi cuerpo seguía dolorido por el parto. Me costaba moverme y hasta respirar hondo. Aún así, el miedo me mantuvo despierta. Yo no pensaba en otra cosa. tenía al niño abrazado la mirada clavada en la ventana y el oído pendiente de cada sonido en un momento todo se quedó en silencio pero ese silencio fue peor que los golpes nadie habló mi mamá dejó de rezar mi tío no se movió de la puerta y mi prima se quedó quieta mirando hacia la sala yo seguí viendo la ventana y en eso la cortina se movió un poco No fue un movimiento grande, solo se levantó lo suficiente para dejar ver el vidrio. Entonces la vi. La mujer tenía la cara pegada a la ventana. No estaba lejos, estaba del otro lado del vidrio, a pocos pasos de mi cama.

1:02:12 Era la misma mujer del camino. Tenía la misma sonrisa y la misma mirada fija. No estaba golpeando en ese momento, solo me miraba. Yo grité, mi mamá volteó y también la vio. Mi prima dio un paso hacia atrás y se tapó la boca. Mi tío alcanzó a entrar al cuarto justo cuando la mujer levantó una mano y golpeó el vidrio una sola vez. El golpe sonó fuerte. Luego ella se movió y salió de nuestra vista. Mi tío quiso abrir y salir, pero mi mamá se lo impidió. Le dijo que no iba a dejarlo ir afuera. Le dijo que no sabíamos qué había ahí ni qué podía pasar si abría. Él se quedó adentro, pero no se apartó de la puerta. empujaron un mueble contra la entrada del cuarto y nos encerramos todos ahí, nadie pensó ya en dormir, nadie habló de esperar a que se calmara, solo queríamos aguantar hasta que amaneciera, la voz volvió varias veces, siempre decía lo mismo, no cambiaba una palabra, repetía esa frase y luego se callaba y después volvían los arañazos, los golpes o las risas, Mi mamá rezaba por momentos y luego se quedaba callada para escuchar. Mi prima lloraba en silencio y mi tío seguía firme junto a la puerta.

1:03:31 Yo tenía al niño en brazos y sentía que no iba a poder soltarlo ni para acomodarme. El dolor del cuerpo seguía ahí, pero en esa noche el miedo estaba por encima de todo. Las horas pasaron despacio. Yo no miré ningún reloj. Nadie estaba pendiente de la hora. Solo esperábamos la luz del día. Cada cierto tiempo pensábamos que los ruidos iban a terminar, pero no. Volvían. En la ventana, en el techo, en la puerta, en una pared. La casa entera quedó tomada por esos sonidos. Mi hijo lloró hasta quedarse afónico. Mi mamá me ayudó a acomodarlo y a darle de comer, sin dejar de estar atenta a la voz de afuera. Mi prima se sentó un rato en el piso y luego volvió a levantarse. Mi tío no se separó ni un momento de la entrada. Hubo otra pausa larga antes del amanecer. Esta vez nadie se movió ni habló. Yo no dejaba de mirar la ventana, aunque ya no veía nada detrás del vidrio. Sentía la espalda entumida, los brazos cansados y el cuerpo agotado, pero no podía relajarme. Tenía la sensación de que, si bajaba la guardia un segundo, esa mujer iba a volver a aparecer en el mismo sitio. Al amanecer, todo terminó. No fue poco a poco. No se fue alejando. Simplemente dejó de escucharse. Se acabaron los arañazos, los golpes, las risas

1:05:02 y la voz. Aún así, nadie abrió de inmediato. Nos quedamos un rato más dentro del cuarto y esperamos a que hubiera más luz. Mi tío salió primero, revisó la puerta, la sala, las ventanas y luego el patio. Afuera no había nadie, pero sí quedaron marcas. En la ventana del cuarto había rayones claros sobre el vidrio. En el marco también había señales y en otra ventana encontraron más. Mi mamá las vio y se quedó callada unos segundos. Luego dijo que ya no nos íbamos a quedar en esa casa. No lo dijo dudando, lo dijo como una decisión tomada. Nadie se opuso y nadie propuso esperar otra noche. Todos entendimos lo mismo. Esa misma mañana empezamos a guardar lo necesario.

1:05:50 No empacamos todo, solo tomamos la ropa, los papeles importantes, unas cobijas y las cosas del niño. Mi mamá se movía rápido y mi tío consiguió en qué llevarnos. Yo seguía débil, así que me quedé con el niño mientras ellos entraban y salían. Nadie habló mucho durante esas horas, pues todos seguíamos tensos. Todos queríamos irnos antes de que volviera a caer la tarde. Nos fuimos del pueblo ese mismo día. Al principio pensamos que sería por unos días, pero ya no regresamos a vivir ahí. Yo no quise volver a dormir en esa casa, y mi mamá tampoco quiso que el niño pasara otra noche ahí. nos fuimos por miedo y esa es la verdad no fue una salida ordenada ni planeada fue una huida desde entonces vivo en otro lugar nunca volvió a pasarme algo tan fuerte como esa noche pero el miedo ya no se me quitó sigo revisando puertas y ventanas antes de dormir sigo despertando con cualquier ruido afuera mi hijo creció lejos de ese pueblo él sabe que nos fuimos por algo grave pero no conoce toda la historia. Yo no se la cuento completa, porque no quiero dejarle ese peso. Yo sé lo que pasó y sé lo que viví. Mis primos escucharon a esa mujer en el camino. Mi mamá la vio conmigo más de una vez. Mi familia oyó su voz afuera de la casa, la noche en que nació

1:07:22 mi hijo. También vieron las marcas en las ventanas al amanecer. Yo dije algo en un lugar del que todos hablaban. Y después esa mujer apareció, me siguió durante el embarazo, llegó hasta mi casa y nos obligó a irnos. Han pasado años, pero yo sigo viviendo con miedo.