Escuadrón Mictlán: La Unidad Secreta Que Caza Brujas Y Nahuales - Historias De Terror - REDE
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0:05 Recuerdo que la vigilancia en el Cerro La Calera empezó como un recorrido común, de esos que uno acepta sin darle más vueltas, porque el reporte no hablaba de una emergencia, hablaba de luces, movimiento entre los matorrales y una cerca dañada cerca del camino. Ãbamos tres en la patrulla, RamÃrez manejaba, López iba atrás con la radio portátil, y yo iba en el asiento del copiloto, revisando el camino mientras subÃamos por la brecha. La zona estaba sola, sin casa cerca, sin carros estacionados y sin gente caminando. RamÃrez avanzó con las luces bajas, dejó la patrulla cerca del camino y apagó el motor. Nos quedamos dentro unos minutos, viendo la subida del cerro y escuchando el ruido del viento entre las ramas. López avisó a base que ya estábamos en el punto. y la operadora respondió que quedaba enterada. Y RamÃrez nos pidió esperar antes de bajar, porque primero querÃa ver si habÃa movimiento real. Yo miraba hacia la parte alta del cerro, cuando apareció la primera luz. Era blanca, pequeña y se movÃa despacio. La vi avanzar entre los arbustos sin seguir la brecha. Después apareció otra más abajo, luego tres más, separadas entre sÃ. No vimos personas cargándolas, tampoco vimos vehÃculos. Solo vimos las luces bajando por una zona difÃcil, entre piedras y monte. RamÃrez tomó los binoculares
1:37 y miró hacia arriba. Dijo que alcanzaba a ver las luces, pero no a las personas. López preguntó si reportaba, y RamÃrez le ordenó avisar presencia sospechosa, sin agregar nada fuera de lo visto. López habló por radio, dijo que habÃa varias luces moviéndose en la falda del cerro. y pidió que una unidad se acercara por precaución. Bajamos de la patrulla. RamÃrez llevaba su lámpara y el arma enfundada. López cargaba la escopeta apuntando al suelo, y yo llevaba mi lámpara en la mano. Caminamos por la brecha con cuidado, sin hablar fuerte. Las luces seguÃan bajando, pero cada vez se veÃan más separadas, hasta que se apagaron todas al mismo tiempo.
2:23 RamÃrez levantó la mano y nos detuvimos. Escuchamos pasos a la derecha cerca de unos árboles bajos. No era el viento. Eran pisadas sobre tierra y piedra. RamÃrez gritó que éramos policÃa municipal y ordenó que salieran con las manos visibles, pero nadie respondió. López intentó comunicarse con la base, pero la señal entró cortada y con ruido. Volvimos a escuchar pasos, pero ahora más cerca. RamÃrez repitió la orden más fuerte. Entonces las luces se encendieron otra vez, ya no arriba del cerro, sino abajo, entre los árboles, a poca distancia de nosotros. Alumbramos hacia ese punto y las vimos. Eran cinco mujeres. Estaban descalzas, con vestidos largos y el cabello suelto.
3:12 No puedo decir por dónde bajaron, solo recuerdo que antes las luces estaban arriba y después de apagarse aparecieron abajo con ellas. Ninguna se cubrió la cara cuando les apuntamos con las lámparas. Ninguna levantó las manos. Se quedaron de frente, quietas, mirándonos. RamÃrez les ordenó tirarse al suelo y López repitió que éramos policÃas y que no avanzaran. Una de ellas dio un paso al frente. TenÃa los brazos bajos y las manos abiertas. Sus uñas eran largas, curvas y oscuras en las puntas. SobresalÃan demasiado. Cuando movió los dedos, las uñas chocaron entre sà y dejaron un sonido seco que escuchamos desde donde estábamos. RamÃrez nos dijo que retrocediéramos hacia la patrulla sin perderlas de vista. Lo dijo bajo, con control.
4:04 Y yo empecé a moverme hacia atrás con la lámpara fija en el grupo. López también retrocedió, pero seguÃa intentando hablar por radio. La mujer que estaba al frente avanzó otro paso. y las demás se abrieron hacia los lados, sin correr, sin hablar, ocupando más espacio en la brecha. RamÃrez desenfundó y les advirtió que se detuvieran, pero ninguna obedeció. HabÃan escuchado las órdenes, tenÃan las lámparas encima y veÃan nuestras armas, pero seguÃan acercándose. La mujer del frente levantó la mano y señaló a López. Después dijo su apellido, claro y sin gritar. López se quedó quieto un momento y RamÃrez le ordenó que no contestara. Nadie habÃa dicho el apellido de López desde que bajamos de la patrulla y eso nos golpeó de inmediato, aunque nadie lo comentó en ese instante. López bajó un poco la radio y miró a RamÃrez. En ese movimiento una de las mujeres lanzó una piedra, le pegó a RamÃrez en el hombro y lo hizo ladearse aunque no cayó. La mujer que habÃa dicho el apellido de López corrió hacia él. López apuntó al suelo y disparó delante de ella para frenarla.
5:23 La detonación llenó la brecha, pero la mujer siguió avanzando, se desvió, se agachó y llegó hasta López. Le sujetó el brazo con las dos manos y sus uñas le rasgaron la manga y le abrieron la piel. López gritó, intentó empujarla con la escopeta y perdió la radio portátil. Yo fui hacia él para ayudarlo, pero otra mujer se metió entre nosotros. Me lanzó tierra a la cara y sentà el golpe en los ojos. Cerré un segundo, levanté el brazo y retrocedà para no caer. Cuando volvà a mirar, López seguÃa forcejeando. RamÃrez intentaba cubrirnos y las demás ya estaban encima de la brecha, cerrando el paso hacia el cerro.
6:09 RamÃrez nos gritó que regresáramos a la patrulla. En ese momento dejamos de intentar detenerlas. Ya no estábamos revisando un reporte ni buscando responsables por unas luces. Estábamos heridos, separados por pocos metros, con cinco mujeres avanzando contra nosotros. Y la única salida era volver al vehÃculo antes de que nos rodearan por completo. Recuerdo a la mujer que se me puso enfrente con las manos abiertas. La alumbré directo y le vi los ojos, abiertos, fijos, sin cerrar ni apartarse de la luz. Me aventó tierra con una mano y con la otra me golpeó en el pecho. El golpe me sacó el aire y me hizo retroceder. Apoyé la mano en una piedra y levanté la lámpara otra vez.
6:56 López seguÃa forcejeando con la mujer que lo habÃa alcanzado primero. TenÃa el brazo atrapado, la escopeta pegada al cuerpo y la manga rota. ramÃrez avanzó para ayudarlo pero dos mujeres lo cerraron por los lados una le agarró el brazo del arma y la otra le tiró una piedra a la cara ramÃrez alcanzó a cubrirse aunque la piedra le abrió la ceja disparó al aire y ordenó que se tiraran al suelo y siguió de pie lópez golpeó con la culata de la escopeta a la mujer que lo sujetaba ella soltó el brazo pero antes le pasó las uñas por la mano Le abrió la piel entre los nudillos y la sangre empezó a caerle hacia los dedos.
7:40 López retrocedió, apretó la escopeta contra el pecho y avisó que la mano no le respondÃa bien. RamÃrez nos ordenó juntarnos y regresar al vehÃculo. Su voz seguÃa firme, pero ya no tenÃa el mismo control, pues estaba herido y movÃa mal el hombro. Yo intenté avisar por mi equipo, pero la señal entraba con ruido. Alcancé a reportar agresoras, oficiales lesionados y retirada hacia la patrulla, pero no supe si la base recibió completo el mensaje. La radio de López habÃa quedado en el suelo, cerca de la brecha, encendida. Una de las mujeres la miró, se agachó y la recogió.
8:23 Las cinco empezaron a rodearnos y cuando alumbrábamos a una, otra entraba por un costado. Cuando dábamos un paso atrás, ellas tomaban el espacio. TenÃan los pies desnudos llenos de tierra y las uñas levantadas. La distancia se cerró, porque cada segundo habÃa que mirar a dos lados. RamÃrez decidió que López irÃa adelante, yo en medio y él atrás. Empezamos a caminar hacia la patrulla, rápido, sin correr todavÃa. López iba con la mano pegada al cuerpo y dejaba sangre en la tierra. Yo llevaba la lámpara alta y el arma lista. RamÃrez cubrÃa la espalda, giraba cada pocos pasos y nos ordenaba mantenernos juntos. Las mujeres nos siguieron, primero a varios metros, luego más cerca. La que tenÃa la radio apretó el botón de transmisión y la estática salió fuerte. Después dijo el nombre completo de RamÃrez y RamÃrez se detuvo menos de un segundo. No contestó, no intentó recuperar el equipo y nos ordenó correr. Corrimos. López iba adelante tropezando por la mano herida. Yo corrÃa detrás de él, con la lámpara moviéndose de un lado a otro, y RamÃrez venÃa al final. Escuché los pasos de las mujeres detrás de nosotros, rápidos, desordenados, y cada vez más cerca.
9:48 Una soltaba sonidos cortos por la boca, aire y risa mezclados, sin formar palabras. Llegamos a la patrulla con ellas encima. RamÃrez rodeó hacia la puerta del conductor. Yo abrà la puerta del copiloto y empujé a López para que entrara primero. Pero una mujer lo alcanzó por la espalda, le metió las uñas en el chaleco y lo jaló hacia atrás. López cayó contra el marco de la puerta. Salà otra vez. Le golpeé la mano con la lámpara y la obligué a soltarlo. Ella lanzó la otra mano hacia mi cara, pero me cubrà con el antebrazo y sus uñas me cortaron la mano izquierda. RamÃrez entró al asiento del conductor y giró la llave. El motor tardó y en esos segundos dos mujeres golpearon los vidrios con piedras. Otra trepó al cofre y una más jaló la puerta trasera. La quinta se quedó junto a mÃ, metiendo los dedos por la rendija de la puerta del copiloto. cerré con fuerza y sentà las uñas raspar el metal López logró entrar al asiento trasero pero dejó una pierna fuera y una mujer le agarró la bota y tiró hacia atrás yo lo sujeté del cinturón y jalé con las dos manos y López pateó con la pierna libre y consiguió soltarse cerré la puerta aunque el seguro no bajó completo RamÃrez metió reversa golpeó una piedra corrigió el volante y avanzó hacia la salida La mujer que estaba en el cofre
11:18 se pegó al parabrisas. TenÃa las manos abiertas sobre el vidrio y las uñas metidas en el borde. El parabrisas se quebró del lado derecho por los golpes y ella metió los dedos por una grieta y trató de alcanzar el tablero. Yo golpeé sus manos con la base de la lámpara. RamÃrez frenó de golpe y la mujer salió hacia adelante y cayó sobre la brecha. Se levantó casi de inmediato, pero RamÃrez no se detuvo. Aceleró, tomó el micrófono de la patrulla y reportó tres oficiales heridos, ataque de cinco mujeres y salida del cerro. La respuesta de base llegó cortada, pero alcanzamos a escuchar que una unidad venÃa hacia nosotros. La patrulla brincaba sobre las piedras, pegaba por debajo y seguÃa avanzando. López se envolvÃa la mano con una venda del botiquÃn y decÃa que no sentÃa dos dedos. Yo tenÃa tierra en los ojos, sangre en la mano y dolor en el pecho. Intenté revisar por el espejo lateral, pero estaba quebrado. Solo alcancé a ver movimiento detrás, entre el polvo y las luces rojas. A medio camino, algo raspó la puerta trasera derecha. López alumbró hacia abajo y avisó que una mano entraba por el marco.
12:37 Volté y vi los dedos pasando entre la puerta y la goma. Las uñas rasparon el interior y una de ellas iba colgada afuera. No le vimos la cara, solo la mano, la muñeca y parte del brazo. Bajé apenas el vidrio del copiloto, saqué la lámpara y golpeé los dedos hasta que se soltaron. Se escuchó un golpe contra la tierra. Luego solo quedó el motor, la respiración de los tres y la brecha quedando atrás. Recuerdo que salimos de la brecha con la patrulla golpeando por debajo. el parabrisas quebrado, López sangrando en el asiento trasero y RamÃrez aferrado al volante. Al llegar al camino de grava, vimos las torretas de otra unidad. RamÃrez prendió las nuestras para que nos identificaran. Frenó cerca de ellos y bajó el vidrio, para gritar que habÃa agresoras detrás, en la brecha. Dos agentes bajaron con las armas listas y alumbraron el camino por donde venÃamos. Yo miré hacia atrás desde el asiento, con los ojos irritados y la mano izquierda envuelta en sangre.
13:45 Pero no vi a ninguna mujer cerca de la patrulla, solo polvo, piedras y las marcas del camino. Los agentes avanzaron unos pasos, revisaron los matorrales con las lámparas y regresaron sin encontrar a nadie. Nos sacaron de la unidad porque López estaba perdiendo mucha sangre. Lo sentaron junto a la patrulla de apoyo y le revisaron el brazo. TenÃa cortes en el antebrazo, la mano abierta y rasgaduras en la pierna. Yo tenÃa la mano cortada, tierra en los ojos y dolor en el pecho, y RamÃrez tenÃa la ceja abierta, el hombro inflamado y la rodilla raspada. Ninguno tenÃa mordidas ni heridas de bala, todo venÃa de uñas, piedras, golpes y caÃdas. Mientras nos atendÃan, uno de los agentes alumbró hacia la parte alta del cerro. Entonces vimos las cinco luces otra vez, separadas. quietas y en el mismo lado.
14:44 Nadie habló durante unos segundos. Las luces no bajaron, solo permanecieron encendidas hasta que empezaron a apagarse. Primero una, luego otra y después las demás. Cuando la última se apagó, RamÃrez dijo que nadie subirÃa en ese momento, que primero habÃa que sacar a los heridos y regresar con más unidades. Nos llevaron a la comandancia y después al servicio médico. A López le hicieron suturas, a mà me limpiaron los cortes y me lavaron los ojos. A RamÃrez le cerraron la ceja y le revisaron el hombro. Antes de que terminara la atención, llegó el supervisor y nos pidió el primer reporte. Dijo que encontramos a cinco mujeres en el cerro, que no obedecieron órdenes, que atacaron a los oficiales y dañaron la patrulla. López agregó que una de ellas dijo su apellido y que otra usó la radio para decir el nombre completo de RamÃrez. Yo confirmé eso porque lo escuché.
15:44 El supervisor nos pidió limitar el informe a hechos observados. Nadie escribió que eran brujas. En el parte quedó que eran cinco mujeres desconocidas, descalzas, agresivas, con uñas largas, vistas en la zona donde se habÃan reportado las luces. También quedó asentado que hubo tres oficiales lesionados, una patrulla dañada y una radio portátil perdida. Más tarde regresamos al cerro con varias unidades. Yo no subà hasta el punto más alto, porque todavÃa tenÃa los ojos irritados, pero caminé hasta la brecha con los demás. Las mujeres ya no estaban. Encontramos la radio de López Rota, cerca del lugar donde habÃa empezado el forcejeo. También vimos huellas de pies descalzos, Marcas alrededor del sitio donde estuvo la patrulla y raspones en el cofre, en las puertas y en el marco trasero derecho.
16:39 El parabrisas seguÃa abierto por la grieta y en la goma de la puerta se veÃan cortes largos. No encontramos ropa, documentos, teléfonos ni objetos que ayudaran a identificar a las mujeres. Tampoco encontramos sangre que pudiéramos separar de la nuestra. Eso quedó anotado. porque varias habÃan recibido golpes y aún asà no apareció un rastro claro. El supervisor ordenó revisar la brecha, los matorrales y la subida principal del cerro. La búsqueda terminó sin detenidas y sin nombres. En el poblado la gente se enteró rápido. Algunos vecinos dijeron que ya habÃan visto esas luces otras noches. Otros hablaron de gritos en el cerro, pero ninguno presentó una denuncia formal. Un hombre mayor dijo que en ese lugar se reunÃan brujas desde hacÃa años. El supervisor le pidió nombres, domicilios o cualquier dato útil. El hombre no dio nada que pudiera investigarse.
17:40 Solo dijo que cuando las luces bajaban, la gente cerraba la puerta y se quedaba dentro. Esa parte no entró completa en el informe, porque no habÃa forma de comprobarla. Lo que sà quedó Fue el daño fÃsico, las lesiones, las fotografÃas de la unidad y el registro de la llamada de apoyo. La radio portátil quedó rota y sin audio claro. Después hicieron recorridos de dÃa y no encontraron a nadie. También cambió la forma de cubrir la calera. Ninguna unidad volvÃa a subir sola de noche. Si habÃa reporte de luces, se avisaba a base, se pedÃa apoyo y se esperaba en el camino. Esa orden no apareció escrita en una circular, pero todos la seguimos. López estuvo fuera varios dÃas. La mano le cerró, aunque tardó en recuperar fuerza. RamÃrez volvió antes, con una marca en la ceja y menos ganas de hablar del tema. Yo seguà trabajando, pero cada vez que pasaba cerca del cerro, levantaba la vista, recordaba la brecha, las luces arriba, la mano entrando por la puerta y a López sangrando. con el tiempo el caso quedó sin detenidas. No hubo nombres, domicilios ni explicación oficial.
18:58 En la comandancia algunos decÃan que habÃan sido mujeres agresivas con sustancias en el cuerpo. Otros decÃan que eran brujas. Yo no puedo probar ninguna de esas versiones. Lo que puedo sostener es lo que vi y lo que vivÃ. subimos a revisar unas luces encontramos a cinco mujeres nos atacaron dañaron la patrulla y salimos de ahà con heridas el cerro siguió igual la brecha siguió abierta la cerca se reparó una vez y después apareció cortada de nuevo las luces dejaron de reportarse por un tiempo pero eso no cerró nada La gente dejó de llamar y eso fue lo más duro, porque no hubo captura, no hubo explicación y no hubo manera de decir que aquello terminó.
19:46 Solo quedaron una patrulla dañada, tres policÃas heridos y la decisión de no volver a subir de noche al Cerro de las Brujas sin apoyo. Me llamo Rolando Acuña y cuando recuerdo esa noche... TodavÃa me cuesta ordenar los hechos sin sentir la misma presión en el pecho. Trabajé como guardia nocturno en el Panteón Municipal de San Miguel, un lugar que conocÃa por los rondines, por los pasillos y por la rutina de cerrar cada acceso cuando el público se iba. No fue mi primer trabajo de noche. pero sà fue el único que abandoné por miedo, y no por un susto pasajero, sino por lo que vi, por lo que escuché y por lo que quedó marcado después en la caseta, en una tumba y en mi cuerpo.
20:39 Mi turno empezaba cuando el panteón quedaba cerrado. Yo revisaba que no hubiera visitantes dentro, aseguraba los accesos, caminaba por las zonas principales y regresaba a la caseta para anotar cualquier cosa fuera de lo normal. Durante meses lo más común fue encontrar veladoras encendidas, floreros caÃdos, botellas tiradas o flores regadas por el viento. También veÃa gatos y perros metidos por una parte baja de la barda. Eso no me preocupaba porque ya formaba parte del trabajo. Aquella noche fue distinta desde el primer ruido, y lo digo con cuidado porque no hablo de una sensación, hablo de hechos que ocurrieron delante de mÃ. Llegué al turno con normalidad.
21:29 El encargado del dÃa me entregó las llaves, revisé los accesos y caminé por los pasillos principales. No habÃa visitas, no habÃa trabajadores y no habÃa nadie autorizado dentro. Después regresé a la caseta y dejé asentado que el panteón estaba cerrado y sin pendientes. Más adelante escuché un golpe en el área vieja. Salà con la lámpara, caminé hacia esa zona y alumbré entre varias tumbas. Encontré un florero tirado y lo acomodé. No vi personas, tampoco escuché voces en ese primer recorrido, asà que volvà a la caseta y anoté el incidente. Tiempo después escuché risas. Primero fue una voz de mujer, luego varias y todas desde el fondo del panteón. No venÃan de la entrada ni de la calle. VenÃan de la zona vieja donde la luz era escasa y donde casi nadie se acercaba durante la noche.
22:23 Eran risas largas, pausadas y fuertes, con silencios entre una y otra. En la libreta escribà risas demonÃacas, porque esa fue la descripción que pude dar en ese momento, sin adornar nada y sin buscar otra explicación. Tomé la lámpara y salà otra vez. Caminé con cuidado, sin gritar ni hacer ruido, porque necesitaba saber cuántas personas habÃa y por dónde habÃan entrado. No llamé a la policÃa de inmediato y esa decisión me pesó después. En ese momento quise confirmar primero lo que pasaba. Al acercarme al área vieja vi una luz baja entre las tumbas. Era luz de veladoras.
23:06 Apagué mi lámpara y avancé por un costado. con la intención de mirar sin ser visto. Las risas seguÃan, ahora mezcladas con voces bajas y sonidos de objetos moviéndose sobre piedra. Me agaché detrás de una tumba grande y desde ahà las vi. Eran siete mujeres alrededor de una sepultura. La loza estaba movida y sobre la tumba y en el suelo habÃa veladoras, flores secas, fotografÃas, una tela, botellas, cuchillos pequeños y una figura de trapo. Una mujer leÃa de un cuaderno, otra movÃa las manos sobre los objetos, otra derramaba lÃquido cerca de la loza y las demás respondÃan con frases cortas. Escuché nombres de personas, también escuché peticiones de daño contra alguien, no vi un juego ni una reunión improvisada, vi un ritual organizado hecho por mujeres adultas dentro de un panteón cerrado. Yo querÃa volver a la caseta, cerrar la puerta y pedir ayuda. Cuando empecé a retroceder, pisé una rama seca. El sonido cortó las voces y las mujeres guardaron silencio al mismo tiempo. Una levantó una vela y alumbró hacia mi lado. Otra anunció mi presencia.
24:25 No gritó, no se alteró, solo avisó a las demás que habÃa un hombre mirando. Me quedé agachado unos segundos, pero ya me habÃan ubicado. Una caminó hacia donde yo estaba, otra se movió hacia el pasillo central, y la mujer del cuaderno ordenó impedirme llegar a la entrada. Esa orden la escuché completa. En ese momento supe que no iba a bastar con explicar que yo era el guardia. Ellas estaban dentro de un lugar cerrado. HabÃan movido una tumba y no querÃan testigos. Me levanté y corrà hacia la parte con más luz. Detrás de mà escuché pasos, risas y voces dando indicaciones. La risa ya no venÃa de un solo punto. Se movÃa entre las tumbas. Corrà cuidando los pies porque el suelo estaba lleno de bordes, floreros y tierra suelta. Una mujer avanzaba por un pasillo paralelo.
25:22 Otra tomó el centro y yo cambié de ruta para no quedar frente a ellas. Me metà entre dos filas de tumbas, apagué la lámpara y me agaché detrás de una lápida. Una de ellas pasó muy cerca, le vi los zapatos y la parte baja de la falda. Caminaba despacio, llevaba una vela en la mano y revisaba los espacios entre las tumbas. Escuché su voz dando aviso a las otras para buscarme cerca de la caseta. Luego otra respondió que yo no debÃa salir con vida después de ver aquello. Esa frase se me quedó grabada. porque la oà desde pocos metros escondido, con la respiración contenida y la lámpara apagada contra el pecho. No llevaba arma, no tenÃa apoyo dentro, y mi celular apenas tomaba señal. El panteón estaba cerrado y las salidas quedaban lejos. En ese momento dejé de pensar en el trabajo, en la libreta y en las llaves.
26:22 Solo pensé en llegar a la caseta, cerrar la puerta y pedir auxilio antes de que me rodearan. Esperé a que la mujer se alejara y, cuando sus pasos se perdieron entre las tumbas, me levanté sin encender la lámpara y corrà hacia la caseta. Llegué a la caseta con el pecho apretado y la garganta seca. Cerré la puerta por dentro, empujé la mesa contra la entrada y dejé la lámpara sobre la silla apuntando al suelo. No querÃa que la luz me marcara desde afuera. Fui al teléfono fijo y marqué a emergencias, pero la llamada no entró. Intenté de nuevo, escuché el tono cortarse y le marqué al encargado, pero tampoco contestó. Afuera ya se oÃan pasos, no venÃan de un solo lugar, se movÃan por la ventana, por el frente de la caseta y por el pasillo de la entrada. Apagué la luz interior, me agaché junto a la pared y saqué el celular. La señal iba y volvÃa. Grabé un mensaje para el encargado con la voz baja. Le dije que habÃa mujeres dentro del panteón, que estaban haciendo un ritual en la zona vieja, que me habÃan visto y que necesitaba patrullas. Lo envié, aunque el teléfono quedó cargando. Después golpearon la ventana. Primero fue un toque firme, luego otro más fuerte. Una mujer se acercó al vidrio y miró hacia adentro. Alcancé a verla de frente. Era adulta, llevaba el cabello recogido y tenÃa
27:52 una mirada fija. Avisó a las demás que yo estaba en la caseta. Otra respondió desde afuera con la orden de sacarme antes de que hablara con alguien. La puerta empezó a moverse, la mesa raspó el piso y se recorrió un poco. Me puse contra ella y la empujé con el hombro. No grité porque nadie iba a escucharme desde la calle y porque cualquier ruido les decÃa dónde estaba parado. Volvà a mirar el teléfono y el mensaje seguÃa sin salir. En ese momento, entendà que la caseta ya no era refugio. Era una trampa con una sola puerta y una ventana, por donde no iba a salir, y una ventana más pequeña al fondo. Esa ventana estaba en el baño. Yo la habÃa visto muchas veces durante el turno, pero nunca la habÃa usado para salir. Fui hacia allá sin levantar la lámpara. Quité la malla con las manos y metà primero el brazo. Mientras pasaba el hombro, la puerta principal volvió a golpear. Una de ellas avisó que ya estaba cediendo y otra pegó algo duro contra el vidrio. Terminé de pasar con dificultad, sentà el raspón en el brazo y caà del otro lado. Me levanté y corrà por detrás de la caseta y la puerta se abrió cuando yo ya estaba afuera. Escuché a una mujer avisar que habÃa salido por atrás y otra ordenó cerrar el paso al portón de servicio. Corrà hacia ese lado pero antes de llegar oà voces adelante no vi
29:25 cuántas eran, cambié de dirección y me metà entre las tumbas antiguas, buscando un lugar donde agacharme sin quedar a la vista, me escondà detrás de una sepultura alta, desde ahà vi velas moviéndose por distintos pasillos, no usaban lámparas, solo esas luces pequeñas entre las tumbas, me quedé quieto, con la cara cerca del suelo, tenÃa tierra en la boca, el brazo caliente por la raspada y la camisa pegada al pecho por el sudor. El celular vibró. Era el encargado. Contesté tapando el teléfono con la camisa y le hablé muy bajo. Le pedà que no entrara solo, que llamara a la policÃa y que dijera que habÃa varias mujeres dentro.
30:10 Alcancé a decirle que habÃan forzado la caseta, pero la llamada se cortó antes de explicar dónde estaba. Una vela se acercó por mi lado izquierdo Escuché a una mujer decir que yo seguÃa cerca, y otra pidió revisar tumba por tumba. Me arrastré hacia la fila siguiente, apoyando las manos sobre la tierra para no golpear los floreros. Luego me levanté apenas y avancé agachado. Correr me delataba, quedarme quieto me dejaba encerrado, asà que me movà por tramos cortos al alejarse las voces. No volvà a verlas juntas, y eso me complicó todo. Una estaba cerca de la caseta, otra revisaba el camino del portón de servicio y otras cruzaban por la zona vieja. Cada vela me obligaba a cambiar de lugar. Una pasó tan cerca que olà la cera quemada y escuché su respiración. Otra caminó por el pasillo donde yo habÃa estado segundos antes. Yo apretaba la lámpara contra el pecho para que no golpeara nada. Pensé en regresar por las llaves, pero escuché voces dentro de la caseta. estaban revisando la mesa y mis cosas, una leyó parte de la libreta, otra mencionó que yo habÃa escrito sobre las risas, con eso supe que ya habÃan entrado y que no podÃa volver, el portón principal quedaba expuesto, el portón de servicio tenÃa voces cerca y la única salida posible era la barda que daba al terreno baldÃo,
31:44 conocÃa un punto de esa barda por donde antes se habÃan metido perros, No era una salida segura, pero era la única que no dependÃa de llaves. Para llegar, tenÃa que cruzar de nuevo cerca del área del ritual. Avancé por el costado del panteón, encendiendo la lámpara solo por segundos y cubriendo la luz con la mano. Pasé junto a la tumba donde las habÃa visto al principio. Las veladoras seguÃan prendidas. Varias estaban tiradas, la losa continuaba movida y los objetos quedaron regados. Pero no me detuve y seguà hacia la barda. Entonces una de ellas me vio. Estaba junto a una fila de tumbas. Levantó la vela y avisó que yo iba hacia el fondo. Ya no pude esconderme, asà que corrÃ. Escuché pasos detrás de mÃ, una orden para alcanzarme antes de la barda y una risa muy cerca. La misma risa que habÃa escuchado desde la caseta, ahora pegada a mi espalda. llegué al muro subà usando una tumba y una parte baja de la barda el vidrio me cortó la mano pero seguà pasé una pierna después el cuerpo y caà en el terreno baldÃo la caÃda me dejó sin aire y por unos segundos no pude levantarme desde arriba escuché a una mujer decir que no me fuera no miré hacia atrás me puse de pie y corrà hacia la calle salà al terreno baldÃo con la mano ardiendo y la ropa llena de tierra caminé hacia la avenida porque ya no tenÃa
33:17 fuerza para correr todo el tramo sentÃa la respiración pesada me dolÃa el costado y traÃa sangre en la palma pero seguÃa avanzando sin mirar hacia atrás cuando llegué cerca del portón principal vi una patrulla detenida frente a la entrada y el carro del encargado junto a la banqueta estaba afuera gritando mi nombre y al verme se quedó quieto unos segundos Me acerqué por la orilla de la calle. El encargado vio la sangre, la tierra en mi ropa y el raspón del brazo, y me preguntó qué habÃa pasado. Le dije que abriera el portón, pero que no entrara solo. Los policÃas se acercaron y me pidieron que hablara rápido.
33:59 Les dije que habÃa siete mujeres dentro, que estaban en la zona vieja, que habÃan movido una tumba, que hicieron un ritual y que después me persiguieron hasta la caseta. También les dije que habÃan forzado la puerta y que yo salà por la parte de atrás para llegar a la barda. Entraron cuatro policÃas con lámparas. Yo me quedé afuera con el encargado apoyado en la reja porque no podÃa volver a entrar. Escuché sus voces desde el portón, primero cerca de la caseta y luego hacia el fondo. Uno regresó y me pidió que señalara el camino exacto. Le marqué la zona vieja desde afuera. Le dije qué fila debÃan revisar, y le pedà que fueran también al portón de servicio, porque por ahà habÃan querido cerrarme el paso.
34:49 Después de revisar, los policÃas encontraron la caseta abierta, la puerta dañada y la ventana del baño sin malla. En la zona vieja encontraron las veladoras, las flores secas, fotografÃas rotas y cera regada en el suelo. La loza de una tumba estaba movida y alrededor habÃa lÃquido derramado y tierra fresca, pero no encontraron a las mujeres. Revisaron el portón de servicio y hallaron la cadena caÃda con un candado que no pertenecÃa al panteón. El encargado confirmó que ese candado no era suyo. También vieron marcas recientes en una parte de la barda, suficientes para dejar asentado, que alguien pudo salir por ahÃ. Me llevaron a declarar esa misma noche. Repetà todo en orden, desde el primer golpe hasta la caÃda en el terreno baldÃo. Dije que escuché risas, vi luz de veladoras, encontré a siete mujeres haciendo un ritual sobre una tumba y fui descubierto. Tuve que correr, me escondà entre las tumbas, me encerré en la caseta, salà por la ventana del baño y brinqué la barda con la mano cortada. Entregué el mensaje de voz que le habÃa mandado al encargado y mostré los cortes de la mano y el raspón del brazo. No hubo detenidas.
36:09 Las cámaras del panteón solo cubrÃan la entrada principal y una parte cercana a la caseta. No grababan la zona vieja ni el portón de servicio con claridad. Los policÃas escribieron el reporte, tomaron fotos y me dijeron que seguirÃan revisando, pero el caso no avanzó. Yo no inventé nombres, no agregué cosas que no vi, y no dije que eran espÃritus. Dije que eran mujeres reales, mujeres adultas, metidas en un panteón cerrado, haciendo algo que no tenÃan permiso de hacer. Renuncié esa misma semana. El administrador me pidió que esperara. Habló de cambiar candados, arreglar luces y reforzar rondines. Pero yo ya habÃa tomado la decisión. Entregué las llaves y el uniforme. No regresé por mis cosas. El encargado me llevó una chamarra que habÃa quedado en la caseta y la recibà en la calle sin cruzar el portón. Los dÃas siguientes dormà poco. Me despertaba con cualquier ruido y revisaba la puerta varias veces durante la noche. Mi esposa me decÃa que levantara otra denuncia, pero yo ya habÃa declarado, ya habÃa entregado el mensaje de voz y ya habÃa mostrado las lesiones. también me propuso irnos por un tiempo aunque no tenÃamos dinero para pagar otra casa vivÃamos cerca del panteón y esa cercanÃa empezó a pesarme desde entonces la primera vez que escuché risas cerca de mi casa
37:40 fue dos semanas después yo estaba en la sala y mi esposa ya se habÃa acostado las voces llegaron desde la calle eran risas de mujeres claras, lentas y con pausas me levanté y fui a la ventana No abrà la puerta. La calle estaba vacÃa, pero los perros de la cuadra ladraban hacia la esquina. Mi esposa salió del cuarto y preguntó qué era. No tuve que contestar, pues ella también las estaba oyendo. Las risas siguieron unos segundos más y luego se alejaron. Después escuchamos pasos en la banqueta, pero no vimos a nadie. Llamé a la policÃa. Llegaron, revisaron la calle y dijeron que no encontraron personas ni vehÃculos cerca. Esa noche no dormimos. Al dÃa siguiente, revisé la entrada, la banqueta y la esquina. No encontré nada, pero desde entonces dejé de abrir la puerta cuando escuchaba algo afuera. Pasaron varias semanas sin otro ruido igual. Luego encontré una veladora apagada junto a la puerta, pero no estaba ahà cuando salà a trabajar. La recogà con una bolsa y la tiré. DÃas después aparecieron flores secas en el mismo lugar. Les tomé foto e hice un reporte, pero nadie pudo decirme quién las dejó. Cambié de trabajo y ahora trabajo de dÃa en una bodega. Evito pasar frente al panteón y reviso la cámara de mi casa
39:11 antes de salir cuando escucho pasos. No cuento esto para convencer a nadie. Cuento lo que vivà y lo que quedó registrado. Trabajé en ese panteón, escuché risas, vi a siete mujeres haciendo un ritual, me persiguieron, escapé por la barda y renuncié. Después las risas llegaron cerca de mi casa y esa parte sigue sin cerrarse. Dejé el panteón, pero el miedo se vino conmigo y todavÃa lo siento cada vez que mi esposa se queda callada, mirando hacia la calle mientras yo reviso la cámara con la puerta cerrada.
39:54 Recuerdo la operación por lo que quedó fuera del informe. En el documento final aparecieron fechas, rutas, bajas y una conclusión cerrada. Pero no aparecieron las decisiones que tomamos en el monte, ni los errores que evitamos, ni el motivo real por el que el escuadrón Mictlán salió con vida. Escribo esto con el orden en que lo vivÃ, porque algunas versiones oficiales redujeron todo a un enfrentamiento rural. Nos enviaron en noviembre de 2019 a una zona donde habÃan desaparecido cinco personas en menos de dos semanas. Eran un policÃa municipal, una maestra rural y tres hombres del poblado. El mando regional autorizó la entrada del Escuadrón Mictlán, una unidad especial.
40:43 preparada para enfrentar brujas, nahuales y grupos humanos asociados con ellos. Entramos ocho elementos, el capitán Vidal, la sargento Lira, el cabo Torres, Méndez, Salazar, Herrera, Ortiz y yo. Llevábamos fusiles cortos, munición preparada. radios cerrados, cámaras térmicas y protección en cuello, pecho y brazos. También llevábamos dagas de aleación especial, entregadas por laboratorio y revisadas. Vidal hacÃa esa revisión en silencio, hoja por hoja, porque esas dagas eran la última defensa. Cuando los disparos solo frenaban al objetivo unos segundos, la instrucción era simple. Si un agresor resistÃa la munición o llegaba al cuerpo a cuerpo, habÃa que usar la daga en una zona vital y seguir avanzando. Dejamos las camionetas antes de entrar al monte y continuamos a pie. Herrera y Ortiz iban al frente, atentos al suelo y a las ramas bajas. Lira sostenÃa la formación cerrada, Vidal revisaba el radio y los demás cubrÃamos los flancos. Hablábamos poco, solo lo necesario para movernos sin romper la lÃnea. Yo llevaba el fusil al pecho y la daga cruzada en el chaleco. SentÃa el peso de la hoja cada vez que bajábamos una pendiente o pasábamos bajo ramas cerradas. El primer rastro apareció cerca de un corral. HabÃa sangre en el suelo, una cabra muerta y huellas dirigidas hacia el monte.
42:17 Algunas eran humanas, otras marcaban garras, pero todas seguÃan la misma ruta. Salazar revisó la escena. Tomó una muestra y confirmó que el ataque era reciente. Vidal ordenó grabar el área, guardar distancia de los objetos y continuar. Ya habÃamos aprendido que tocar piezas dejadas en el suelo podÃa delatar nuestra posición o atraer algo hacia la formación. Llegamos a la primera casa poco después. La casa estaba vacÃa. Dentro encontramos velas consumidas, ceniza, pelo amarrado con hilo y nombres escritos en una pared. Dos nombres correspondÃan a los desaparecidos. Torres tomó fotografÃas. Méndez reportó el hallazgo y Vidal ordenó revisar afuera antes de movernos. Al salir, Herrera levantó la mano.
43:07 Todos nos detuvimos, pues habÃa movimiento entre los árboles. Las cámaras térmicas marcaron tres cuerpos. Uno estaba abajo, pegado al suelo, y los otros dos estaban de pie. Vidal ordenó abrir el ángulo. pero el ataque empezó antes de completar la maniobra. El primero se lanzó contra Torres con un arma corta. Torres disparó dos veces, lo derribó, y el agresor volvió a levantarse. Lira entró por el costado, sacó la daga y le cortó el avance con una estocada al cuello. El cuerpo cayó frente a Torres y quedó inmóvil. El segundo salió por la izquierda, avanzando con manos y pies rápido y pegado a la tierra. Herrera disparó primero, yo disparé después, y el agresor siguió arrastrándose hacia nosotros. Vidal ordenó a cero. Torres cubrió a Lira, ella entró de nuevo y clavó la daga entre las costillas. La reacción fue inmediata. El cuerpo se contrajo, soltó el aire y dejó de moverse. El tercer contacto ya estaba encima de Méndez.
44:12 Era una mujer joven. Derribó a Méndez y le abrió la ceja contra una raÃz. Vidal disparó para separarla. Yo le apunté a la pierna y Lira al abdomen. La mujer cayó, apoyó una mano en el suelo e intentó levantarse. Vidal la inmovilizó con la bota y usó su daga. Después murió ahÃ. Salazar llegó con la bolsa médica, limpió la sangre de Méndez y confirmó que podÃa seguir caminando, siempre que quedara al centro de la formación. En ese momento tenÃamos tres agresores muertos y un herido propio. Aún faltaban los desaparecidos y el jefe del grupo, asà que Vidal decidió continuar. El protocolo permitÃa la retirada, solo con pérdida de comunicación, falta de movilidad o más de dos elementos fuera de combate. Conservábamos radio, podÃamos movernos y Méndez seguÃa consciente. Nadie pidió volver y tampoco hacÃa falta discutirlo.
45:14 Seguimos hacia el segundo sector. El rastro se volvió más claro. Encontramos ropa rota, una placa del policÃa municipal y marcas de arrastre. Más adelante vimos al policÃa, atado cerca del camino. Estaba vivo, débil y con una herida en la pierna. Salazar dio un paso para atenderlo, pero Vidal lo detuvo hasta que Lira revisó el suelo. HabÃa hilos tensados alrededor del cuerpo, unidos a piezas pequeñas de hueso. Lira cortó los hilos con pinzas, revisó otra vez y autorizó el acercamiento. Salazar vendó la pierna del policÃa y le dio agua en poca cantidad. El hombre habló con dificultad y confirmó que habÃa más cautivos en una cueva, que la maestra estaba en una casa más adelante y que el grupo estaba dividido. Unos querÃan negociar, otros querÃan llevar la violencia al pueblo durante una fiesta. también mencionó a nauro el jefe vidal le pidió una cifra el policÃa calculó al menos 10 integrantes entre jóvenes mujeres mayores y hombres capaces de cambiar de forma vidal decidió dejarlo bajo resguardo de ortiz con radio agua y pistolas moverlo en ese momento nos habrÃa frenado y habrÃa puesto en riesgo a los demás cautivos el policÃa preguntó si regresarÃamos por él Vidal respondió que sÃ, pero necesitaba silencio absoluto y obediencia a Ortiz.
46:47 Recuerdo su cara cuando escuchó la orden. Estaba asustado, pero entendió. Nosotros seguimos hacia la segunda casa, con tres muertos atrás, un herido en medio y el nombre de Nauro ya metido en la operación. Recuerdo la segunda casa por el silencio que encontramos adentro. VenÃamos del primer contacto con tres agresores muertos. Méndez herido y el policÃa municipal bajo resguardo de Ortiz. El hombre nos habÃa dicho que la maestra estaba más adelante y Vidal ordenó avanzar sin abrir la formación. En ese punto ya sabÃamos que el grupo no estaba improvisando. ConocÃa el terreno, preparaba trampas y movÃa a los cautivos con intención. Llegamos a la casa con las armas arriba.
47:32 Torres abrió la entrada y Lira pasó primero. Yo entré detrás de ella cubriendo el lado derecho. Encontramos a la maestra en el cuarto principal, muerta con las manos atadas. Salazar confirmó el fallecimiento y cubrió el cuerpo. No hubo comentarios. Vidal solo pidió fotografÃas, revisión rápida y control de accesos. La rabia estaba ahÃ, pero nadie podÃa usarla, porque si alguien perdÃa el juicio, ponÃa al resto en riesgo. En el cuarto del fondo encontramos a tres mujeres mayores sentadas en el suelo. No corrieron, no levantaron las manos al principio, tampoco nos pidieron ayuda. Lyra les ordenó mostrar las palmas, dos obedecieron, la tercera tardó un segundo más. Una de ellas habló con voz firme, nos dio el nombre de Nauro.
48:26 Dijo que era el jefe del grupo y que aceptarÃa detener el combate si Vidal hablaba con él en la entrada de la cueva. También afirmó que dos cautivos seguÃan vivos y que el quinto desaparecido habÃa muerto antes de nuestra llegada. Vidal le preguntó quién lo habÃa matado. La mujer respondió que habÃan sido jóvenes del mismo grupo, hombres que ya no seguÃan órdenes completas. Dijo que Nauro podÃa negociar. pero no controlar cada ataque una vez que empezaba la sangre. Lira mantuvo el fusil arriba y le pidió repetir la ruta hacia la cueva. La mujer no contestó de inmediato.
49:07 La tercera, la que habÃa tardado en obedecer, movió los dedos hacia la ceniza del suelo. Las luces de Torres y Méndez fallaron al mismo tiempo. Torres le apuntó al pecho. Lira la sujetó del brazo antes de que completara el movimiento. De la muñeca de la mujer salió una garra corta, oscura, dirigida hacia la cara de Lira. Lira reaccionó con la daga y la hirió en el antebrazo. La mujer cayó de lado y gritó. Salazar revisó la herida sin bajar la guardia y confirmó que seguÃa viva. Vidal ordenó asegurar a las tres combridas, separarlas del centro del cuarto y revisar otra vez el suelo. La mujer que habÃa hablado reclamó la herida, pero Vidal no aceptó la queja. Le respondió que nadie dentro de una intervención armada podÃa apagar luces, mover ceniza y sacar una garra sin esperar una reacción.
50:03 Le pidió la ruta exacta a la cueva y esta vez la mujer la dio completa. También advirtió que los jóvenes matarÃan a los cautivos si escuchaban disparos en la entrada. Ahà entendimos mejor la división interna Nauro querÃa hablar, pero otros querÃan obligarlo a continuar la guerra. Vidal cambió la formación antes de salir. Torres quedó cubriendo la parte alta. Herrera tomó el flanco izquierdo. Méndez pasó al centro. Salazar avanzó cerca de mà y Lira se mantuvo junto al capitán. Dejamos a las mujeres aseguradas durante unos minutos mientras revisábamos el perÃmetro y confirmábamos que la ruta coincidÃa con lo dicho por el policÃa. Después Vidal ordenó llevarlas con nosotros hasta el primer tramo del barranco. QuerÃa que Nauro viera que seguÃan vivas. El segundo ataque llegó antes de alcanzar la cueva. Escuchamos ramas romperse arriba y después bajaron cuatro agresores.
51:05 Dos venÃan en forma humana, con pieles encima. Los otros dos eran animales grandes, rápidos y dirigidos. No hubo aviso, no hubo palabra previa. Vidal ordenó fuego controlado y cada uno tomó su sector. Uno de los hombres cayó con los primeros disparos, pero siguió arrastrándose. Torres lo alcanzó y lo detuvo con la daga. El segundo golpeó a Méndez en el hombro y lo tiró al suelo. Yo disparé para separarlo. Lira entró por el costado y terminó el contacto. Los dos animales rompieron la lÃnea por la parte baja. Uno mordió a Herrera en el brazo y lo arrastró varios pasos. Salazar intentó cubrirlo, pero el segundo animal se lanzó contra él. Vidal disparó primero, yo disparé después, y el cuerpo cayó a menos de un metro del médico.
51:57 Lira llegó con la daga lista, revisó que no siguiera moviéndose y regresó hacia Herrera. Salazar aplicó presión en la mordida, vendó el brazo y confirmó pérdida de fuerza en la mano. El combate dejó cuatro agresores muertos. Méndez con el hombro dañado y Herrera sangrando. Con los tres del primer contacto, el total subió a siete. Vidal lo registró en su grabadora de casco. Recuerdo ese detalle porque el capitán cuidaba los conteos, incluso en medio del daño. Una cifra mal puesta podÃa cambiar una orden, abrir otra entrada o convertir una contención en exterminio. Vidal era duro, pero no inventaba bajas.
52:41 Salazar informó que Méndez y Herrera podÃan caminar, aunque necesitaban salir pronto. Vidal escuchó, miró hacia el barranco y decidió continuar. Retroceder sin los cautivos. Dejaba vivos en manos de una facción que ya habÃa atacado dos veces. Seguimos con menos velocidad, con los heridos al centro y las mujeres delante, vigiladas por Lira y Torres. La mujer herida caminaba apoyada en otra, y nadie bajó el arma. Llegamos a la entrada de la cueva con la formación cerrada. Desde adentro escuchamos voces. Una de ellas pedÃa agua. También se oÃa una respiración fuerte, más profunda que la de los cautivos. Vidal habló hacia la entrada. Informó que tenÃamos a tres mujeres vivas, una herida, y que querÃamos sacar a los cautivos. Durante unos segundos no hubo respuesta. Luego habló un hombre desde adentro. Exigió que Vidal se acercara sin el fusil en las manos.
53:43 Lyra le dijo al capitán que era una mala condición. Vidal respondió que no entrarÃa a la cueva, solo avanzarÃa hasta confirmar el contacto. Dejó el fusil con la correa suelta, mantuvo la pistola y la daga, y caminó con las manos visibles hasta detenerse antes de la entrada. El hombre salió. Era alto, fuerte y tenÃa heridas recientes en el pecho. Miró a las mujeres. Luego a nuestros heridos y al final a Vidal. Y se identificó como Nauro. Vidal le recordó los cinco desaparecidos. Nauro aceptó responsabilidad parcial, pero sostuvo que el origen del conflicto era el territorio. Dijo que su gente habÃa respondido a entradas armadas, cortes de madera y presencia policial. Vidal le contestó que nada de eso justificaba secuestros ni muertes. Después le pidió pruebas de vida.
54:40 Nauro levantó una mano y dos jóvenes sacaron a dos hombres del interior. Estaban golpeados, deshidratados y débiles, pero vivos. Salazar los revisó en la entrada, sin fusil, por autorización de Vidal, y confirmó que podÃan caminar con ayuda. Recuerdo la negociación con las armas levantadas. Nosotros cubrÃamos la entrada de la cueva y la ladera, Los jóvenes de Nauro estaban arriba, con armas viejas, dagas y herramientas. Las tres mujeres mayores permanecÃan a un lado, custodiadas por Lyra y Torres. Nadie tenÃa espacio para relajarse. Vidal sostenÃa la posición con dos heridos, dos cautivos vivos dentro de la cueva y el cuerpo de la maestra todavÃa pendiente de recuperación. Nauro salió hasta donde todos pudimos verlo. No bajó la mirada ni levantó las manos. Habló con Vidal sin gritar. Le explicó que su grupo vivÃa en esa zona desde hacÃa años, lejos de los caminos del pueblo, y sostuvo que el conflicto habÃa empezado por las entradas al monte. Primero fueron hombres que cortaban madera, después policÃas, luego cazadores, y al final gente que buscaba grabar ceremonias para vender las imágenes.
56:00 Vidal le respondió que ninguna entrada justificaba nada de eso que habÃan hecho. Nauro aceptó la acusación sin negarla, pero sostuvo que también habÃan atacado a los suyos. El capitán preguntó por la maestra. Nauro explicó que ella habÃa visto una ceremonia y salió corriendo. Aseguró que no ordenó eliminarla, pero aceptó que murió bajo custodia de su gente. Vidal no discutió esa parte, solo pidió el cuerpo. Después preguntó por el quinto desaparecido. Y Nauro respondió que ese hombre habÃa muerto antes de nuestra llegada, durante una pelea con los jóvenes que atacaron en la ladera. No entregó restos ni señaló un punto de búsqueda, solo dijo que el cuerpo ya no estaba disponible. Vidal dejó asentado en la grabadora que esa respuesta no cerraba el caso. Luego Nauro puso sus condiciones. EntregarÃa a los dos cautivos vivos y permitirÃa sacar el cuerpo de la maestra. A cambio, nosotros liberarÃamos a las tres mujeres y saldrÃamos del barranco antes del amanecer. También exigió que el escuadrón Mictlán no cruzara esa lÃnea durante una temporada completa, siempre que los suyos tampoco bajaran al pueblo. Lyra rechazó la propuesta de inmediato.
57:22 Para ella, aceptar eso era dejar sin arresto a un grupo responsable de muertes. Vidal no respondió al momento. Miró a Herrera, que seguÃa sangrando del brazo, y a Méndez, que apenas sostenÃa el fusil con el hombro dañado. Vidal pidió una prueba de mando. Necesitaba confirmar que Nauro podÃa retirar a los jóvenes de la ladera. Nauro aceptó, se arrodilló, apoyó las manos en el suelo y cambió frente a nosotros. El cuerpo se abrió con fuerza, los huesos se acomodaron bajo la piel y la respiración le salió cortada. En menos de un minuto dejó de estar en forma humana y quedó convertido en jaguar. El animal caminó hasta la entrada de la cueva, levantó la cabeza hacia la ladera y emitió una orden grave. Los jóvenes bajaron las armas y retrocedieron entre los árboles. Después volvió a su forma humana.
58:17 Quedó de rodillas, con sangre en la nariz y dificultad para respirar. Habló desde el suelo y confirmó que podÃa ordenar retirada pero también ataque. Repitió que no peleaban por gusto, sino por su territorio. Si el pueblo entraba armado, ellos responderÃan. Pero si los suyos bajaban al pueblo, el escuadrón Mictlán podÃa cazarlos. Vidal le contestó que esa condición no borraba los crÃmenes. Nauro aceptó esa parte y agregó que la guerra tampoco iba a terminar con una sola conversación. El intercambio se hizo sin bajar las armas. Primero salieron los dos cautivos. Salazar los recibió en la entrada, les dio agua en cantidades pequeñas y revisó que pudieran caminar, y los puso detrás de nuestra lÃnea. Después, dos jóvenes sacaron el cuerpo de la maestra y lo dejaron en el suelo, envuelto en una manta. Torres lo revisó antes de permitir que pudiéramos cargarlo. Buscaba hilos, dientes, marcas o cualquier objeto sujeto al cuerpo. Cuando terminó, dio aviso limpio. Las tres mujeres fueron liberadas después. La herida tuvo que apoyarse en las otras dos, pero caminó. Lyra no les quitó la vista de encima hasta que llegaron con Nauro. Vidal no le estrechó la mano y tampoco le prometió más de lo pactado. Le informó que la muerte de la maestra, la muerte del quinto desaparecido y los ataques contra el
59:48 equipo seguirÃan abiertos. Nauro respondió que sus muertos también quedaban abiertos. En ese punto, entendà que ninguno estaba cerrando la operación. Solo estaban deteniendo esa noche antes de que el barranco quedara lleno de cuerpos. La retirada fue lenta. Caminamos en formación cerrada, con los dos cautivos en medio y el cuerpo de la maestra al fondo, protegido por Torres y Lira. Nadie habló durante los primeros minutos, y cada paso se hizo con el arma lista y la mirada en los lados del camino. Recogimos al policÃa municipal donde lo habÃamos dejado y cuando vio a los dos hombres rescatados intentó levantarse, pero Salazar le ordenó quedarse quieto y le revisó la pierna.
1:00:33 Ortiz pidió apoyo por radio con la voz quebrada, pero mantuvo la posición. Llegamos a las camionetas cerca de la medianoche. Vidal dio el reporte básico. Dos civiles rescatados, un policÃa recuperado con vida, una vÃctima muerta recuperada. un desaparecido declarado muerto sin cuerpo, dos heridos propios y siete hostiles muertos. También reportó contacto confirmado con Nauro, jefe Nahual activo, y una retirada pactada por contención. El mando pidió repetir esa última parte. Vidal la repitió igual, sin cambiar una palabra. El informe oficial cerró la operación como contención parcial. No hubo victoria, arrestos ni paz. A las familias les entregaron una versión reducida, suficiente para sepultar a la maestra y explicar que los sobrevivientes habÃan sido rescatados en una zona de riesgo. Del quinto desaparecido quedó una constancia abierta. Su familia exigió más y tenÃan razón, pero nadie volvió a entrar a buscarlo durante esa temporada. Las dagas fueron limpiadas, revisadas y selladas. Los radios quedaron bajo resguardo. y las grabaciones de casco pasaron al mando regional. A nosotros nos hicieron firmar una reserva. El escuadrón Mictlán volvió al monte una semana después, solo para marcar lÃmites, instalar cámaras y dejar señales que ambos lados entendieran. Nadie lo llamó a acuerdo,
1:02:04 pues no habÃa un documento ni confianza. Era una pausa armada. Yo seguà dos años más en el escuadrón antes de pedir traslado. Vidal continuó al mando, en dos dedos por otra operación. Salazar siguió registrando heridas que no aparecen en manuales médicos comunes, y Méndez volvió al servicio después de recuperación. De Nauro supimos poco. No volvió a atacar el pueblo durante el tiempo que estuve ahÃ, pero tampoco entregó a los responsables que faltaban. La operación Nahual terminó esa noche, pero el problema siguió. El escuadrón Mictlán continúa activo, con menos personal del que deberÃa y más expedientes de los que reconoce el mando. Espera otra orden, otra entrada al monte y otra guerra de brujas o nahuales. Nadie dentro del escuadrón cree que la próxima vez será más fácil.
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