May 19, 2026

El Trato Roto: La Oferta Del Charro Negro Cambió Mi Vida - Historias De Terror - REDE

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0:05 Esto pasó cuando yo vivía en una casa cerca de un rancho, trabajaba en una bodega de alimento para ganado, y cuando la camioneta fallaba me regresaba caminando porque no tenía otra forma de moverme. Esa noche salí tarde del trabajo, traía una mochila al hombro y una bolsa con pan que compré en la tienda antes de tomar el camino viejo. Conocía bien esa ruta, por eso la agarré sin pensarlo mucho. Yo venía cansado, con la ropa llena de polvo de la bodega y con ganas de llegar a la casa. El camino pasaba entre terrenos solos, con matorrales a los lados y tramos, donde la tierra se hundía bajo los zapatos.

0:46 No había gente cerca, tampoco venía de tomar ni de pelear con nadie. Venía del trabajo. Escuché un caballo detrás de mí cuando ya llevaba un rato caminando. Primero no le di importancia, pensé que sería alguien del rancho. Así que me hice un poco hacia la orilla y seguí avanzando. Los cascos sonaban cada vez más cerca, firmes, sin detenerse. Volté y vi un caballo negro, montado por un hombre vestido de charro negro. Traía sombrero y venía sentado derecho, con las riendas tomadas, sin apurar al animal. Me quedé mirando unos segundos, esperando que pasara. El caballo llegó hasta una distancia corta y se detuvo en medio del camino.

1:31 Yo me moví más a la orilla para darle paso, pero el hombre no siguió. Se quedó frente a mí y dijo mi nombre completo. Lo dijo claro, sin equivocarse, con una voz grave y tranquila. Yo no lo conocía, no recordaba haberlo visto. Le alumbré la cara con la lámpara, pero el ala del sombrero le cubría los ojos. Alcancé a verle la boca, el bigote y parte de la mandíbula. Le pregunté quién era y qué quería conmigo. pero no contestó mi pregunta me dijo que yo ya estaba cansado de vivir con deudas cansado de trabajar tanto para seguir igual y cansado de pedir prestado y de llegar a mi casa con las manos vacías sentí un golpe en el pecho al escucharlo porque estaba hablando de cosas ciertas mi camioneta llevaba días fallando debía dinero y en mi casa ya había pleitos por eso yo no andaba contando mis problemas en la calle Le pregunté otra vez quién le había dicho todo eso. Movió apenas la cabeza y me respondió que eso no importaba, que esa noche podía cambiar mi vida. Me dijo que podía darme dinero, carros, una casa mejor y una vida sin deudas. Dijo que no volvería a cargar costales, que no tendría que pedir fiado, que la gente que me miraba por encima del hombro iba a tener que saludarme con respeto. Hablaba despacio. con seguridad, y el caballo permanecía quieto, plantado en medio del camino.

3:03 Después me dijo lo que quería, mi alma. No me reí ni le seguí el juego. Sentí miedo, pero también coraje, porque estaba cerrándome el paso y hablando de mi vida con una confianza que me molestó. Le dije que no aceptaba ningún trato, que se quitara y me dejara seguir. Intenté pasar por un lado, pero movió el caballo y me bloqueó otra vez. El animal se atravesó, obedeciendo la mano del jinete. El hombre me dijo que pensara bien, que no todos recibían una oferta así. Dijo que yo podía tener todo lo que había querido, dinero, carros y tranquilidad para mi familia. También dijo que mi orgullo me iba a salir caro. Yo le repetí que no quería nada, que no le iba a entregar mi alma y que se quitara del camino. La voz me salió baja, pero las palabras salieron completas. Entonces se rió. No fue una carcajada fuerte, fue una risa baja, larga, con un sonido pesado que me hizo apretar la mandíbula. El caballo no se movió mientras él se reía. Después me dijo que yo estaba rechazando el premio y quedándome con la deuda.

4:17 que pude tenerlo todo y que, aún así, estaba decidiendo perder. Me dijo que mi negativa ya no cambiaba nada. Ahí dejé de hablar, retrocedí, cuidando no tropezar, y busqué con la mirada una salida entre los matorrales. Avanzó al mismo ritmo, sin darme espacio. Entendí que si me quedaba ahí, el caballo me iba a encerrar por completo, así que apreté la mochila contra el cuerpo y corrí hacia un lado del camino. no pensé en la bolsa de pan ni en la lámpara solo corrí el caballo arrancó detrás de mí escuché los cascos pegados a la tierra cada vez más cerca corrí entre piedras y ramas con la mochila golpeándome la espalda la bolsa de pan se me cayó pero seguí adelante alcancé a entrar donde los matorrales estaban más juntos agaché la cabeza y traté de pasar entre ellos en ese momento sentí el golpe en el costado derecho no vi qué parte me pegó pudo ser el caballo la silla o la pierna del jinete lo que sentí fue un impacto duro que me sacó del camino y me aventó contra los matorrales caí de lado con la cara en la tierra sin poder respirar bien me ardían el brazo y la mejilla por las espinas y el costado me dolía con una presión fuerte desde arriba de la cintura hasta debajo de las costillas me quedé tirado tratando de meter aire Me toqué encima de la camisa y sentí la tela húmeda. Cuando moví la mano,

5:50 tenía sangre en los dedos. No era una herida abierta grande, pero sí tenía raspones profundos. La piel me ardía y cada intento de levantarme me jalaba el cuerpo hacia el lado derecho. El caballo caminó cerca de mí. Escuché la tierra moverse bajo sus patas. pero el hombre no se bajó. Desde arriba, todavía riéndose, me dijo que mi alma ya era suya, aunque yo no hubiera aceptado el trato. Dijo que me había ofrecido dinero, carros y todo lo que yo necesitaba, pero que yo había decidido entregarle mi alma sin recibir nada. Luego dijo que iba a volver por mí cuando dejara de correr. No le contesté. Tenía tierra en la boca, dolor en las costillas y miedo de moverme.

6:36 me quedé quieto con la cara hacia el suelo oyendo su respiración y la del caballo después los cascos empezaron a alejarse esperé hasta que el sonido se perdió por completo todavía tirado entre los matorrales con la camisa rota y el cuerpo temblando me levanté despacio busqué la lámpara pero estaba rota regresé al camino caminando doblado guiándome por la brecha y por la poca luz que quedaba Cada paso me dolía en el costado. Llegué a la casa de un vecino. Toqué la puerta con la mano izquierda y esperé apoyado contra la pared. Cuando abrieron, me vieron lleno de tierra con la ropa rota y sangre en el costado. Les dije que un hombre a caballo me había seguido y me había aventado contra los matorrales. Esa noche no conté lo del trato. No pude decirlo todavía.

7:30 Me senté, respiré con dificultad y entendí que esa marca no se me iba a borrar fácil. Me sentaron en una silla, me dieron agua y empezaron a limpiarme las heridas. El vecino se llamaba Don Jacinto. Era un hombre mayor, serio, de los que hablaban poco y miraban bien antes de opinar. Su esposa fue por una lámpara, trapos limpios y alcohol, mientras yo trataba de acomodarme sin doblar el costado derecho. Tenía raspones en la cara, en el brazo y arriba de la cintura. En esa parte me quedaron tres líneas largas, abiertas por el arrastre contra los matorrales, y debajo de las costillas traía un golpe grande, caliente y duro al tacto.

8:14 Cada respiración me dolía. Cuando intentaba tomar aire hondo, el dolor subía hasta el pecho y me obligaba a quedarme quieto. Don Jacinto me preguntó quién me había hecho eso. Le respondí lo único que pude decir en ese momento, que un hombre a caballo me había seguido por el camino y me había aventado contra los matorrales. Tomó una lámpara y salió a revisar, pero regresó sin encontrar al jinete ni al caballo. Me dijo que no había visto a nadie. Yo le pedí que no saliera más lejos porque todavía sentía que ese hombre andaba cerca. Esa noche me quedé en su casa. No dormí bien. Me dejaron sentado junto a una pared, con una cobija sobre las piernas y el costado ardiendo. Cada ruido afuera me hacía levantar la cabeza.

9:04 Oía perros, ramas, láminas movidas por el aire, y aún así esperaba escuchar otra vez los cascos. Don Jacinto salió una vez al patio, revisó el portón y volvió sin decir mucho. Su esposa me cambió el trapo del costado cuando vio que seguía manchándose. Yo no quería hablar, tenía la garganta seca y la cabeza llena de lo que acababa de pasar. En la mañana me llevaron al centro de salud. La doctora me revisó con cuidado, me tocó las costillas, me pidió que respirara y me preguntó en dónde me dolía más. Me dijo que no tenía huesos rotos, pero sí una contusión fuerte y varios raspones profundos. Limpió las heridas, me puso medicamento y me pidió guardar reposo.

9:51 Cuando me preguntó qué había pasado, le dije que un jinete me había tirado del camino. No mencioné el dinero, ni el trato, ni lo que dijo sobre mi alma. Me dio vergüenza y también miedo, porque sabía que contarlo en una consulta iba a sonar imposible. Cuando regresé a mi casa, mi familia ya estaba enterada de que algo me había pasado. Mi madre se asustó al verme entrar con la camisa rota y el costado vendado. Mi hermano quería salir a buscar al hombre de inmediato. Yo me senté y les conté más, aunque todavía no todo. Les dije que el jinete me cerró el paso, que sabía mi nombre completo, que habló de mis deudas, que me ofreció dinero por mi alma y que yo no acepté.

10:39 Les conté también que después me siguió y me golpeó con el caballo. Mi madre fue la primera en decir que podía haber sido el Charro Negro. Yo le pedí que no dijera ese nombre. Durante varios días me moví con dificultad. Me dolía acostarme, levantarme, toser y cargar cualquier cosa. El costado se puso morado, las heridas empezaron a cerrar y las tres líneas quedaron marcadas. Mi madre me limpiaba la piel con cuidado y se quedaba mirando esas marcas sin preguntar. Mi hermano seguía molesto, decía que alguien del rancho tuvo que haber sido, alguien que conocía mis problemas y quiso asustarme. Yo quería creer eso, porque una explicación humana me habría dejado respirar mejor, pero había detalles que no podía acomodar. La bolsa de pan apareció junto al cerco de mi casa, estaba sucia, rota y con el pan aplastado adentro. Era la misma bolsa que se me cayó cuando corrí. La reconocí por la tienda y por la forma en que venía amarrada. Yo no la traje, don Jacinto tampoco, y nadie de mi familia había ido al camino a buscarla. Cuando mi madre la vio, se quedó callada. Mi hermano la levantó con dos dedos, la revisó y ya no volvió a hablar con tanta seguridad de una broma o de un hombre común. Desde entonces cambié mi manera de vivir. Dejé de salir solo al oscurecer.

12:10 Si tenía que ir a la tienda o al rancho, le pedía a alguien que me acompañara. Arreglé la camioneta vendiendo unas herramientas, pero manejar de noche me costaba trabajo. Cuando escuchaba caballos cerca, se me apretaba el pecho y revisaba las puertas y ventanas. Yo sabía que eso no era vida, pero tampoco podía seguir actuando normal después de lo que me pasó. Mi madre llamó a un sacerdote, fue a la casa, rezó, bendijo los cuartos y habló conmigo aparte. Me dijo que no dejara que el miedo mandara sobre mí. Le agradecí, porque fue respetuoso y no se burló, pero sus palabras no borraron el recuerdo. Yo seguía despertando con cualquier golpe en el techo, con cualquier perro ladrando lejos o con cualquier paso cerca del portón.

13:02 Me molestaban las bromas sobre el charro negro, porque para mí ya no era una historia contada por viejos en una reunión. Era el hombre que me había mirado desde un caballo negro y me había dicho que mi alma ya era suya. Una noche volví a escuchar la risa afuera de la casa. Fue aún más fuerte y demoniaca, pero la reconocí de inmediato. Me levanté despacio y me acerqué a una ventana. Alcancé a ver una figura montada cerca del terreno. Tenía sombrero ancho, el cuerpo derecho y un caballo oscuro debajo. La luz era poca, por eso no puedo jurar que fuera el mismo hombre, pero yo sentí el golpe en el costado al verlo. La figura estuvo quieta unos momentos, luego el caballo giró y se perdió entre los árboles. No desperté a nadie, me quedé parado junto a la ventana hasta que amaneció. Al otro día decidí irme, no me fui por valentía ni por ganas de empezar de nuevo, me fui porque ya no podía dormir. trabajar ni tratar bien a mi familia. Me estaba volviendo desconfiado, enojado y cansado. Junté ropa, documentos, herramientas pequeñas y la camisa rota de esa noche. La guardé en una bolsa, manchada y todo, porque necesitaba conservar algo, que me recordara que el golpe fue real. Dejé la casa y me mudé con un primo a una ciudad.

14:33 ahora vivo en otro lugar trabajo en un taller y procuro regresar antes de que oscurezca mis compañeros creen que soy reservado y los dejo pensar eso no les explico por qué evito los caminos solos por qué no acepto aventones de desconocidos y por qué me pongo tenso cuando escucho caballos cerca a veces alguien nota las marcas del costado y me pregunta qué me pasó casi siempre digo que fue una caída Es más sencillo decir eso que contar la verdad completa. Las marcas siguen ahí. Son tres líneas irregulares, más claras que mi piel, hundidas en algunas partes.

15:15 Me duelen cuando cargo peso o cuando paso mucho tiempo agachado. La doctora dijo que eran cicatrices normales por raspón y golpe, pero para mí son la prueba de esa noche. También está la bolsa de pan, la camisa rota, la revisión médica y el recuerdo de don Jacinto abriéndome la puerta, cuando llegué lleno de tierra y sangre. He pensado muchas veces en la oferta. Me prometió dinero, carros y una vida sin deudas. Yo dije que no. Lo dije con miedo, pero lo dije. Aún así, su última frase se me quedó metida, porque aseguró que mi alma ya era suya aunque yo rechazara el trato. No tengo forma de comprobar eso, ni de sacármelo de la cabeza. Cambiarme de ciudad me dio distancia, pero no tranquilidad. Todavía despierto algunas noches, creyendo que escuché cascos afuera. Me levanto, reviso la puerta y me quedo en silencio. Casi siempre no hay nada, pero eso no me calma. Sigo trabajando, cierro bien antes de dormir y evito quedarme solo en lugares apartados. no sé cómo termina algo así solo sé que aquella noche volví herido del camino y desde entonces vivo con miedo de que un día venga por mí el charro negro y cumpla su parte del trato venir por mi alma