June 10, 2026

El Tesoro Del Rancho Traía Una Deuda Que Nadie Podía Pagar - Historias De Terror - REDE

El Tesoro Del Rancho Traía Una Deuda Que Nadie Podía Pagar - Historias De Terror - REDE
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0:05 Mi nombre es Leandro Castañeda, tengo 52 años, vivo en el rancho El Carrizal, entre San Bartolo y El Saucillo, y he criado ganado desde joven, igual que mi familia. Escribo esto porque la denuncia quedó archivada, porque tuve que vender casi todo mi ganado, y porque todavía hay gente que dice que inventé lo ocurrido, por un seguro que nunca me pagaron. La primera vaca apareció muerta una mañana cuando salí a revisar el bebedero del corral grande. Estaba tirada de lado junto a un poste. Tenía el vientre abierto con un corte limpio, desde la parte baja del cuello hasta la mitad del cuerpo. Le faltaban órganos y la sangre estaba debajo del animal, en un solo charco, y la tierra alrededor seguía casi intacta. Llamé a mi hermano Ignacio, que vive dentro del mismo rancho. Llegó con su hijo Bruno.

1:03 Revisamos la cerca, el portón y el candado, pero todo estaba cerrado. Los perros del rancho seguían amarrados junto a la bodega, porque días antes habían peleado con un coyote y yo los había dejado ahí para evitar otro problema. Les revisamos las patas y el hocico, pero estaban limpios. Ese día vino el veterinario de San Bartolo, el doctor Camilo Aranda. Se agachó junto a la vaca, revisó el corte y le miró el cuello. Fue directo con nosotros. Un coyote deja mordidas, un puma desgarra, y esa vaca tenía una abertura hecha con filo, en línea firme. En el cuello encontró una lesión profunda, pero alrededor no había marcas de dientes. Me recomendó llamar a la policía rural, porque el daño apuntaba a una mano humana o a una herramienta. La policía llegó más tarde. Fueron dos agentes, tomaron fotos, miraron la cerca y anotaron mi declaración. Uno habló de ladrones de carne, pero el animal seguía casi completo.

2:09 El otro mencionó perros ferales cerca del arroyo. El doctor Camilo repitió que las heridas no correspondían a mordidas y el agente prometió ponerlo en el informe. Pocos días después apareció la segunda vaca, ahora en el potrero de atrás. cerca del camino hacia el saucillo el cuerpo tenía la misma abertura y también le faltaban órganos la tierra estaba húmeda y ahí vimos huellas había marcas de patas grandes más anchas que las de los perros del rancho cerca de esas huellas había hundimientos largos separados con presión marcada en la parte de atrás Ignacio tomó fotos y cuando el agente volvió miró el suelo y dijo que el lodo deformaba todo que eso no servía como prueba. Después de esa segunda muerte, empecé a dormir poco. Moví las vacas sanas al encierro cercano a la casa, puse más luz en el corral y até unas latas a un alambre de la cerca. Quería escuchar cualquier movimiento. Era una alarma sencilla. La tercera muerte llegó poco después. Había llovido y el suelo guardaba marcas. La vaca estaba dentro del corral cercano a la casa. a poca distancia de donde dormíamos.

3:28 Eso cambió las cosas para mí. Marisela, mi esposa, recordó un golpe en la madrugada. Pensó que una res había pateado el portón y siguió acostada. Yo había tomado una pastilla para la presión y no desperté. Encontramos el mismo corte. En la paleta derecha tenía tres líneas profundas abiertas en la carne, En el piso había gotas de sangre que iban hacia el fondo del corral y terminaban junto a la cerca. Ahí encontramos pelo negro atorado en una astilla. Era grueso, más largo que el pelo de una vaca. Lo guardé en una bolsa. Con esa tercera muerte empezó el rumor. En San Bartolo hablaban de un animal entrenado.

4:13 En El Saucillo señalaban el pleito de tierras. El nombre que más oí fue el de Heraclio Montemayor. Era el hombre con más dinero de ese pueblo. Tenía una empacadora, terrenos y pozos. Tiempo antes quiso comprarme la franja del rancho que conecta con el arroyo. Me negué y después cerró una compuerta que siempre había estado abierta. Yo puse una queja en el municipio y desde entonces dejó de saludarme. Ese pleito no prueba lo ocurrido. Lo cuento porque formaba parte del ambiente. porque dos peones suyos pasaban seguido cerca de mi potrero, y porque la segunda vaca apareció junto al camino que lleva a sus tierras. Se lo expliqué a la gente. Él escribió el nombre de Heraclio. Luego me advirtió que acusar sin pruebas podía traerme problemas. Días después fue a verme don Gregorio Luján, un vecino viejo que conocía los ranchos de la zona. Revisó el corral, miró las fotos de las huellas y tocó la bolsa donde guardé el pelo negro. Recordó un caso de su juventud, en el Pedregal. Ahí hablaban de un nahual que salía de noche en forma de perro grande. Y cuando alguien hería al animal, una persona amanecía herida al día siguiente.

5:35 Le respondí que yo necesitaba pruebas. Don Gregorio aceptó mi respuesta y me aconsejó vigilar con otro testigo, sin dormir, con el arma lista. No quería meterme en una acusación de brujería, ni quería matar a nadie, pero decidí vigilar. Ignacio aceptó quedarse conmigo. Bruno quiso acompañarnos, pero su madre no lo permitió. Esa tarde limpiamos una escopeta y un rifle, nos acomodamos junto a la bodega y desde donde se veía el corral y la cerca que daba hacia el saucillo. Apagamos las luces de la casa y dejamos una lámpara cerca del gallinero. Pasó un buen rato sin movimiento. Luego las vacas se juntaron, levantaron la cabeza y dejaron de comer.

6:23 El alambre con lata sonó una vez. Ignacio me tocó el brazo y señaló hacia el fondo del corral. Primero vimos una forma oscura pegada a la cerca. Después se levantó. Era un perro negro enorme. Se sostuvo sobre las patas traseras, más alto que una ternera joven. Tenía el cuerpo ancho y la cabeza grande. Apoyó una pata delantera en el poste, se impulsó y pasó la cerca, y cayó dentro del corral en silencio. Ignacio me pidió en voz baja que esperara, y obedecí, aunque las vacas ya estaban inquietas. El animal permaneció inclinado hacia adelante, mirando al ganado y luego a la caza. Entró con dirección, avanzó sobre las patas traseras, bajó las delanteras al suelo y corrió hacia una vaca separada del grupo. La vaca intentó girar, pero el animal la alcanzó en el cuello. La res cayó con las patas dobladas y apenas alcanzó a resollar. Ignacio levantó la escopeta.

7:24 Yo le bajé el cañón con la mano porque todavía necesitábamos ver qué hacías. El perro se colocó junto al vientre de la vaca, sujetó la piel con una pata delantera y movió la otra en línea recta. La piel se abrió, lo vi y el corte apareció limpio, sin tirones. El animal metió el hocico en la abertura y sacó algo oscuro. Ignacio se levantó y disparó. El tiro pegó abajo, cerca de la pata trasera izquierda. El animal soltó lo que llevaba en el hocico. Se enderezó y quedó parado frente a nosotros. Era más alto que mi hermano. Giró hacia la cerca, cojeando, y dejó sangre en la tierra. Yo disparé con el rifle, pero fallé. Ignacio volvió a cargar, aunque ya no tuvo tiro claro. El animal pasó el alambre con dificultad, cayó del otro lado, se levantó y corrió hacia el camino del saucillo, arrastrando la pata izquierda.

8:19 Encendimos las luces del rancho. Marisela salió con el teléfono en la mano. Ignacio le pidió que llamara a la policía. Mientras ella hablaba, revisamos la vaca. Seguía viva, respiraba con trabajo y tenía el vientre abierto. El doctor Camilo Aranda llegó antes de que aclarara y la sacrificó, porque la herida ya no tenía remedio. Antes de que llegara la patrulla, seguimos el rastro de sangre hasta la cerca. Primero vimos huellas de animal, profundas, con una pata arrastrada. Más adelante aparecieron marcas de pies humanos descalzos, mezcladas con las otras. Cerca del camino quedaron solo pisadas humanas, hundidas en el lodo, y la sangre seguía al lado izquierdo. Nos detuvimos ahí.

9:08 Marisela estaba sola en la casa y no sabíamos quién podía estar del otro lado del camino. Regresamos al corral y esperamos a los agentes. Llegaron los mismos de la primera vez, con un hombre de civil del Ministerio Público. Les enseñamos la vaca, el rastro, las huellas y otro pelo negro prendido en el alambre. Ignacio aclaró que no habíamos tomado. Marisela confirmó que estábamos vigilando y el hombre civil tomó notas. Cuando aclaró, salimos con ellos por el camino. El rastro cruzaba hacia las tierras de Heraclio Montemayor. En la primera cerca de su propiedad, un peón nos cerró el paso. Dijo que su patrón estaba enfermo, pero el agente pidió verlo. El peón hizo una llamada, esperó instrucciones y abrió el portón. Heraclio nos recibió sentado en el corredor de su casa. Tenía la pierna izquierda vendada desde el tobillo hasta abajo de la rodilla, y en un costado de la venda había sangre. Explicó que un caballo lo había pateado durante la madrugada. Heraclio señaló al peón que lo auxilió y el hombre confirmó la versión sin sostenernos la mirada. Ignacio perdió la calma, señaló la pierna de Heraclio y le dijo a la gente que la herida estaba en el mismo lado donde había pegado el disparo.

10:32 Yo le mostré a Heraclio las fotos de las huellas y el rastro que llegaba hasta su cerca. Heraclio miró las imágenes y dijo que yo estaba usando la muerte de mis vacas para revivir el pleito del agua. luego agregó que si repetía esa acusación en el pueblo me demandaría por difamación el hombre de civil pidió ver la herida Heraclio se negó y respondió que necesitaban una orden el agente no insistió preguntó por el caballo y un peón señaló un animal cerca de la casa me acerqué para ver los cascos estaban limpios y lo dije en voz alta el peón contestó que ya lo habían lavado pero nadie escribió esa respuesta De regreso, el doctor Camilo Aranda dejó por escrito que la lesión no correspondía a depredación común, que el corte tenía bordes definidos y que el ataque ocurrió dentro de un corral cerrado. Entregué el reporte, las fotos, las imágenes de la pierna vendada de Heraclio y la bolsa con el pelo negro. Pasaron algunos días sin otra muerte. Luego llegó un sobrino de Heraclio con dos hombres. Me ofreció pagar dos vacas y retiraba la denuncia y dejaba de hablar del asunto. Le respondí que quería una investigación. Miró hacia la casa donde Marisela tendía ropa y me advirtió que los problemas viejos terminan metiéndose con la familia. Esa tarde llevé a Marisela y a

12:03 mi hija menor con mi suegra. Ignacio hizo lo mismo con su esposa y sus hijos. Nos quedamos solos en el rancho y pusimos dos cámaras. Una dejó de grabar en la madrugada y la encontramos rota. En el último video se veía una figura negra junto al poste en dos patas. Ignacio quiso ir a casa de Heraclio con la escopeta, pero le dije que eso nos iba a llevar a la cárcel o al panteón. Y fuimos otra vez al ministerio público. Nos atendió una licenciada que no conocía el caso. Le dejamos copias de los videos, las fotos y el reporte del veterinario. Dijo que abrirían carpeta por daño en propiedad y amenazas. Cuando pregunté por Heraclio, la licenciada explicó que necesitaban una prueba directa contra una persona.

12:52 Le hablé de la pierna vendada, del rastro, de las huellas y del pelo negro. Respondió que eso ayudaba, pero no alcanzaba. También me pidió no usar la palabra Nahual. Le pedí que escribiera lo concreto. Animales muertos con cortes limpios, sangre hacia una propiedad vecina, huellas de animal y de pies humanos, lesión visible en la pierna izquierda de Heraclio y amenazas posteriores. Ella lo anotó y me dijo que el caso iba a ser difícil. Después de salir del ministerio público, regresé al rancho con Ignacio. Ninguno de los dos habló durante el camino. Traíamos las copias en una carpeta, pero ya sabíamos que los papeles no iban a detener.

13:37 lo que estaba entrando al corral. Marisela seguía con mi suegra, mi hija también, y eso me dejó respirar mejor. Esa noche el rancho quedó vacío de mujeres y niños, con los animales encerrados, las luces listas y las armas cargadas. Ignacio quiso poner más cámaras, pero yo le dije que esa cosa ya había roto una y tirado la otra al canal. Las cámaras servían para enseñar sombras, no para salvar ganado, Pusimos las reces que quedaban en el corral chico, reforzamos el portón con cadena doble y dejamos una vaca vieja cerca del bebedero. Me dolió hacer eso, pero necesitábamos que el Nahual entrara donde pudiéramos verlo de frente. Nos acomodamos en la bodega con la puerta entreabierta. Yo tenía el rifle y una lámpara de mano. Ignacio tenía la escopeta.

14:32 Dejamos una luz prendida en el patio y otra cerca del gallinero. el resto quedó oscuro, el aire estaba quieto y las vacas no comían, estaban juntas, pegadas al fondo, con las orejas levantadas, pasó un buen rato, luego escuchamos un golpe leve en el alambre, pero no fue un animal chocando, fue una mano tocándola cerca, Ignacio levantó la escopeta, yo apagué la lámpara, La vaca vieja movió la cabeza hacia el fondo del corral y dio dos pasos hacia atrás. Entonces lo vimos entrar. Primero apareció la cabeza arriba de la cerca. Después una pata delantera, larga, negra, con uñas curvas que se atoraron en la madera. El cuerpo subió despacio, pesado, lleno de pelo oscuro. No saltó de golpe. Se montó sobre el alambre. Bajó una pata al interior del corral y luego la otra. Cuando cayó adentro, se quedó quieto.

15:31 Era más grande que la vez anterior, o esa noche lo vimos mejor. Tenía el lomo alto, las patas traseras gruesas y las delanteras largas, casi hasta el suelo cuando se enderezaba. Las uñas le pasaban de los dedos y raspaban la tierra al caminar. El hocico estaba manchado de sangre seca. En el lado izquierdo, cerca de la pata trasera, traía una herida abierta del disparo de Ignacio. El animal avanzó hacia la vaca vieja. La res no corrió, solo temblaba. El nahual levantó una pata delantera y le tocó el cuello, pero no la atacó todavía y giró la cabeza hacia la bodega. Luego habló y mi nombre salió de su hocico con una voz baja y ronca. Dijo mi nombre una vez, Leandro, y luego dijo el de mi hermano, Ignacio.

16:24 Sentí que la boca se me secó. Eso No era un ladrido ni un gruñido, era una voz formada, quebrada por el hocico, pero entendible. Ignacio también la oyó porque bajó un poco la escopeta y se quedó sin respirar. El Nahual dio otro paso hacia nosotros y las uñas rasparon la tierra. Dijo que todavía podía dejarme el rancho, que vendiera las vacas, que sacara a mi familia y que olvidara lo visto. No habló rápido, pues cada palabra salía con esfuerzo, mezclada con saliva y aire. Después abrió el hocico y enseñó los dientes. Tenía pedazos de carne atorados. Ignacio apuntó, pero el animal giró la cabeza hacia él y dijo que su hijo Bruno dormía en una casa con puerta de madera. Pero mi hermano disparó en ese instante.

17:17 La posta le pegó en el pecho y lo echó hacia atrás. El Nahual cayó contra el bebedero pero se levantó antes de que Ignacio pudiera cargar de nuevo. Se lanzó hacia la bodega. Yo encendí la lámpara directo a su cara. Tenía los ojos abiertos, oscuros, hundidos y las orejas pegadas al cráneo. Le disparé con el rifle y el tiro le entró por el cuello. El animal chocó contra la puerta y la arrancó de un golpe. Ignacio cayó al suelo y la escopeta se le fue de las manos. El Nahual metió una pata dentro de la bodega y rasgó la pared de madera con las uñas. Yo retrocedí hasta pegarme contra los costales y le volví a disparar. No sé dónde le pegué, pero el animal abrió el hocico y soltó un sonido que todavía escucho cuando duermo mal. Ignacio alcanzó la escopeta, la cargó con las manos temblando y disparó casi a quemarropa. El tiro le abrió el costado. El Nahual se dobló. Mordió el marco de la puerta y sacudió la cabeza. La madera tronó.

18:24 Yo agarré el machete que teníamos junto a los costales y se lo hundí en la pata delantera, donde las uñas eran más largas. El animal me golpeó con el cuerpo y me tiró contra el suelo. Ignacio le disparó por tercera vez. Ese tiro le pegó debajo de la mandíbula y el nahual cayó de lado. Pateó la tierra y empezó a arañar el piso. Las uñas abrieron surcos en el suelo, y movía las patas, pero ya no podía levantarse. Entonces volvió a hablar, pero no dijo nuestros nombres. Dijo que el agua era suya, que la tierra era suya, y que todo eso le pertenecía desde antes de que nosotros naciéramos. Después empezó a cambiar. No fue rápido. El pelo se fue pegando al cuerpo con la sangre. Las patas delanteras se encogieron. Las uñas quedaron torcidas, todavía largas, pero ya estaban unidas a manos humanas. El hocico se hundió hacia la cara y los dientes cambiaron de lugar con un crujido. Yo me levanté como pude y apunté con el rifle, pero no disparé. Ignacio tampoco. En el suelo quedó Heraclio Montemayor, desnudo, cubierto de sangre, con la pierna izquierda destrozada por el primer disparo y el pecho abierto por la escopeta. Tenía la misma cicatriz vieja debajo de la rodilla, la misma cara que nos había recibido en su casa, y un anillo de oro en la mano derecha. Las uñas seguían negras, largas, partidas en las puntas,

19:56 y murió mirándonos. Ignacio vomitó junto a la bodega. Yo me quedé parado, con el rifle en las manos, viendo el cuerpo. Las vacas seguían juntas al fondo del corral. Ninguna se movía, y la vaca vieja estaba viva. con sangre en el cuello, pero viva. Cuando amaneció, llegaron don Gregorio y dos vecinos que Ignacio mandó llamar. Nadie habló al principio. Vieron el cuerpo de Heraclio, vieron las uñas, vieron la cerca rota y las marcas en la tierra. Don Gregorio se quitó el sombrero y uno de los vecinos dijo que había que llamar a la autoridad. El otro dijo que primero había que cubrirlo, porque, aunque fuera lo que fuera, seguía siendo un hombre muerto. La policía llegó después, pero esta vez no preguntaron si habíamos bebido.

20:49 Tampoco hablaron de perros ferales. Levantaron el cuerpo de Heraclio en una lona y tomaron declaraciones a todos los presentes. En El Saucillo dijeron que había muerto en mi rancho por un pleito viejo. En San Bartolo dijeron otra cosa, pero los que vieron las uñas se quedaron callados. Yo no celebré, tampoco sentí alivio completo. Esa noche entendí que matar al Nahual no borraba lo que ya había hecho. Mis vacas seguían muertas, mi familia seguía fuera de la casa, y el rancho ya no era el mismo lugar. Solo cambió una cosa. Por fin todos supieron quién cruzaba la cerca de madrugada y descubrimos al Nahual. Ese Nahual que no solo me había atormentado a mí, Heraclio Montemayor no volvió a levantarse, y aún así, durante mucho tiempo, ningún perro ladró tranquilo cerca de El Carrizal. Me llamo Crisanto Leiva, tengo 46 años, y trabajé toda mi vida en el rancho Latinaja, a 8 kilómetros del camino a San Roque. Lo que voy a contar empezó a mediados de julio. en una temporada seca, cuando el ganado ya necesitaba más agua y yo andaba metiendo una línea nueva hacia el corral chico. Lo recuerdo con claridad porque desde entonces guardo una libreta de gastos,

22:21 varias fotografías de las monedas y las marcas que hice en el patio para medir el avance de aquel hombre desde la entrada hasta la casa. Esa mañana salí temprano con la pala y el hacha, El mezquite seco estaba a un lado del potrero. Cerca del alambrado quedaba el camino viejo. Lo habíamos dejado ahí, porque todavía servía para amarrar las mulas cuando cargábamos pacas. Aunque ya no daba sombra buena ni tenía ramas verdes. Empecé la zanja junto al tronco. Corté dos raíces gruesas y seguí sacando tierra hasta que la pala pegó contra algo duro. El golpe sonó distinto al de una piedra. Me agaché, quité tierra con la mano y vi barro cocido. Saqué una olla enterrada, tapada con una mezcla negra y un pedazo de tela vieja.

23:13 Pesaba mucho. La jalé despacio hasta el tejabán y llamé a Lucía, mi esposa, y a Emiliano, mi hijo. También estaba Nicanor Salcido, el muchacho que nos ayudaba con las reces. Entre los cuatro la pusimos sobre la mesa de la cocina. Abrí la tapa con una varilla. Despacio porque no sabía si el barro se iba a quebrar. Adentro había monedas de oro cubiertas de tierra seca. Las pasé a una manta y las conté dos veces. Eran ochenta y seis. Algunas traían fechas antiguas y figuras muy gastadas. Lucía les tomó fotos con su teléfono. Emiliano pesó una en la báscula de la cocina y yo guardé todo en una caja de herramientas. Les pedí que no hablaran con nadie hasta saber qué teníamos en las manos. Esa misma tarde fui a San Roque con una sola moneda en la bolsa del pantalón. Entré al local de Salvador Ibarra, un comprador de monedas antiguas que trabajaba frente al mercado. Él la revisó con lupa, la pesó, miró los bordes y me ofreció 14 mil pesos. También me dijo que podía comprar más si todas estaban en el mismo estado. Acepté sin pensarlo demasiado porque debía mensualidades del tractor, tenía atrasada la cuenta del veterinario y la tienda de insumos ya no quería fiarme alimento para el ganado. Con ese dinero pagué una parte de la deuda, compré manguera, cemento y dos costales de maíz. Regresé al rancho antes de que oscureciera

24:47 con el recibo doblado en la cartera y la idea de volver al día siguiente. La primera aparición fue esa noche. Los perros empezaron a ladrar hacia la entrada principal, primero uno y luego todos. Salí con una lámpara recargable y Lucía salió detrás de mí sin decir nada. La reja estaba cerrada con candado. Del lado de adentro, junto a la entrada, había un hombre vestido de charro negro. Venía a pie, con sombrero, saco, pantalón de charro y botas. La cara le quedaba tapada por el ala del sombrero. No traía caballo, no traía lámpara y no tenía ninguna herramienta en las manos. Le grité que se fuera, que esa era propiedad privada. El hombre no contestó. Los perros ladraban desde lejos, con las patas metidas en la tierra.

25:37 Pero ninguno se acercó a la reja. Pensé en un ladrón, en algún borracho del camino o en un vecino queriendo asustarme. Fui por la escopeta. La llevé sin cargar y caminé hasta la mitad del patio. Lucía me pidió que no avanzara más, así que me quedé donde estaba y volví a ordenarle que saliera. El hombre permaneció quieto. Cuando la luz del poste se apagó, levanté la lámpara hacia la reja y en ese momento ya no lo vi. A la mañana siguiente, revisé la entrada. El candado seguía puesto. La cadena estaba en su lugar y no encontré alambres cortados. El suelo estaba duro, sin huellas útiles, pero tampoco había marcas de llantas, ni señales de que alguien hubiera forzado la reja. Regresé a la casa sin decirle nada a Emiliano, aunque él ya estaba despierto, y me miró desde la puerta de la cocina. Después vendí cuatro monedas más. Salvador me pagó 56 mil pesos en efectivo. Ese dinero se fue al banco, al tractor y a la cuenta del veterinario.

26:45 Esa noche los perros ladraron otra vez hacia la entrada. Salimos Lucía, Emiliano y yo. El charro estaba dentro de la propiedad, pero ya no estaba junto a la reja. Había avanzado cinco metros sobre el camino que llegaba a la casa. Yo conocía esa distancia por los postes del camino y Emiliano la confirmó con una cinta al día siguiente. No vendí nada después de eso. Tampoco gasté dinero de las monedas. Guardé la caja en la bodega, debajo de unas láminas, y cerré con cadena. Esa noche, el charro apareció en el mismo punto, a cinco metros de la reja, y la noche siguiente volvió a estar ahí. Lucía me pidió que regresara todo al hoyo del mezquite. Le respondí que ya había usado algunas monedas y que no sabía cómo arreglar lo que ya estaba hecho. Me senté en la mesa de la cocina y abrí una libreta. Escribí una moneda usada la primera tarde, cuatro monedas usadas después y cinco metros recorridos desde la entrada. Luego conté las piezas que quedaban. Eran ochenta y una. Cerré la caja, la regresé a la bodega y puse una silla contra la puerta. Esa medida no me dio tranquilidad. Desde esa noche entendí que el problema no estaba en la olla ni en el escondite. El problema estaba en las monedas que ya habían salido de mis manos y en el dinero que yo había aceptado gastar. Días después, me di

28:18 desde la reja hasta la casa, porque ya no bastaba con decir que el hombre se había movido. Necesitaba una cuenta clara, una distancia que pudiera revisar sin discutir con nadie. Desde la entrada hasta el primer escalón del corredor había 72 metros. Puse marcas en el suelo. una por cada metro, y Lucía me ayudó a revisar la medida. Emiliano tomó fotos desde la ventana de su cuarto, sin hablar mucho, y Nicanor Salcido se quedó mirando el camino con los brazos cruzados. No quería dormir en el rancho esa noche, pero aceptó quedarse en el cuarto de herramientas cuando le ofrecí pagarle extra.

29:01 Cuando los perros ladraron, salimos sin encender todas las luces. El charro estaba en la marca 5, en el mismo punto donde lo habíamos visto la noche anterior. Lucía se quedó junto a la puerta de la cocina. Emiliano grabó desde la ventana y Nicanor no pasó del corredor. En el video se veía la entrada, el camino y una mancha oscura, donde nosotros teníamos al hombre enfrente. Nadie gritó y nadie se acercó. Yo sostuve la lámpara unos minutos hasta que me dolió la mano y él permaneció quieto, con la cara cubierta por el sombrero, Más adelante, necesité pagar una refacción del tractor. Ya sabía que vender otra moneda podía moverlo, pero el tractor estaba parado, el trabajo no esperaba y el banco seguía cobrando intereses. Fui con Salvador Ibarra y vendí dos monedas. Él me preguntó si tenía más piezas.

29:57 Revisó las dos con calma y me comentó que no era común encontrar tantas juntas. No le conté nada del charro. recibí el dinero pagué la bomba hidráulica y cubrí una parte de los intereses esa noche cuando los perros ladraron encontré al charro en la marca 7 lucía lo dijo sin rodeos sentada frente a mí en la cocina el hombre avanzaba por cada moneda usada me pidió llevar la olla al juzgado o a la iglesia Yo le respondí que podía entregar las monedas, pero las deudas iban a quedarse conmigo y el banco ya tenía forma de actuar contra el rancho. Ella no discutió más, se levantó de la mesa, guardó unos papeles en una carpeta y al día siguiente se llevó a Emiliano, a casa de su hermana en el pueblo. Intenté regresar lo que quedaba al mismo lugar.

30:51 Fui al mezquite seco, abrí el hoyo, metí la caja dentro de la olla y cubrí todo con tierra húmeda. Dejé el terreno parejo y volví a la casa antes de que oscureciera. Esa noche el charro apareció en la marca 7. Luego fui con Salvador para recuperar las monedas que ya le había vendido. Me devolvió tres, las otras cuatro, según él. Ya estaban con un cliente en Guadalajara. Pagué más de lo que había recibido por esas tres y las guardé con las demás. Esa noche el charro siguió en la marca 7. Recuperar piezas no le quitaba terreno. La presión de dinero siguió creciendo. El banco me mandó aviso formal y me dio poco tiempo para cubrir atrasos y recargos. La tienda de insumos cerró mi cuenta. Las vacas necesitaban alimento y el pozo llevaba días fallando. Lucía regresó para hablar conmigo llegó de día se sentó en la cocina y puso sobre la mesa las fotos de Emiliano dijo que la casa ya no era segura que ella no iba a esperar a que el hombre llegara al corredor yo le contesté que podía vender un lote grande pagar todo y detenerme ella me miró un rato junto a las fotos y dijo que yo ya había decidido dejarlo avanzar después recogió ropa actas la cartilla de Emiliano y se fue antes de que bajara el sol A principios de agosto vendí 20 monedas en Guadalajara. Fui solo, con la caja envuelta

32:24 en una cobija. Salvador me llevó con Genaro Pacheco y Arturo Leal, dos compradores que trabajaban con piezas antiguas. Me pagaron una parte en efectivo, otra por transferencia y otra con cheque. Con ese dinero cubrí el banco, liquidé al veterinario, compré alimento, mandé reparar el motor del pozo y aparté una camioneta usada. En el rancho volvieron a entrar pacas, tubos, medicinas y trabajadores. Cuando alguien preguntó de dónde había salido el dinero, respondí que había vendido ganado. Esa noche el charro apareció en la marca 27. Lo vimos Nicanor y yo desde el corredor. Nicanor no quiso esperar al amanecer para decirlo.

33:09 Ya no iba a trabajar ahí. Me entregó las llaves del cuarto de herramientas y me pidió que le pagara lo que se le debía. Dijo que podía aguantar deudas, animales bravos y noches de vigilancia, pero no a una deuda con el charro negro. Al día siguiente se fue con su mochila y no volvió por el resto de su liquidación. Después contraté a dos veladores, Ramiro y Celso. Les dije que alguien rondaba la entrada y que necesitaba testigos. Les di una lámpara y la escopeta descargada. Esa noche vieron al charro negro en la marca veintisiete. Ramiro le gritó que diera la cara, pero el charro no respondió.

33:51 Celso lanzó una piedra, pero cayó antes de llegar. Ninguno quiso bajar del corredor. Antes de irse, me devolvieron la lámpara, la escopeta y me pidieron el pago completo de la noche. Durante las semanas siguientes seguí usando dinero de las monedas. La medicina de mi madre costó el equivalente a tres piezas y el charro avanzó tres metros. El alimento del ganado costó seis y avanzó seis más. La inscripción de Emiliano en la secundaria salió de otra y avanzó un metro. Para entonces estaba en la marca 37. Desde la cocina ya podía verlo sin salir al corredor. Cerrábamos las cortinas antes de oscurecer. Los perros se quedaban cerca de la casa y yo cenaba con la libreta abierta, revisando cada gasto y cada marca. De verdad tenía miedo, pero tenía gastos.

34:45 y ya tenía la deuda con el charro negro que estaba cerca de venir por mi alma. Después fui a la comandancia municipal con la libreta, las fotos de las monedas y dos videos que Emiliano había grabado desde su cuarto. El comandante rentería me recibió, revisó las imágenes y me preguntó si alguien me estaba pidiendo dinero. Le contesté que no había llamadas, mensajes ni amenazas, que el hombre aparecía dentro del rancho y avanzaba por el camino marcado Rentería miró otra vez la pantalla y dejó el teléfono sobre el escritorio. Dijo que podía mandar una patrulla. Si yo reportaba una entrada forzada, también podía recomendarme poner cámaras, pero no iba a levantar un acta contra un charro sin nombre, sin rostro y sin huellas. Salí con la libreta en la mano y compré dos cámaras. Esa noche instalé una frente a la reja y otra apuntando al camino. Cuando los perros ladraron, la figura apareció en la marca 37. La cámara grabó la entrada, los perros pegados al muro y una mancha oscura en el punto donde yo veía al hombre.

35:55 Guardé el archivo en una memoria, anoté la hora de la grabación y marqué la libreta con la misma cuenta. El charro negro no habló, no levantó la mano y no cambió de lugar, hasta que se apagaron las luces del patio. Luego llegó la factura de la reparación del pozo. Yo tenía dinero en la cuenta, pero una parte venía de las monedas vendidas en Guadalajara y todavía no la había apuntado en ningún gasto. Pagué por transferencia para que el trabajo siguiera, porque sin agua no había forma de mantener el ganado. Esa noche el charro avanzó cuatro marcas. Revisé los recibos, separé cantidades y confirmé que ese pago equivalía a cuatro monedas. Desde entonces llevé la cuenta por moneda gastada, aunque el dinero estuviera en billetes, depósito o cheque.

36:48 Lucía volvió con Oscar, su hermano, para sacar muebles. Llegaron de día y ella se quedó poco tiempo dentro de la casa. Me habló en la cocina con las llaves en la mano. Dijo que yo tenía que escoger entre el rancho y la familia. Le contesté que el rancho era lo único que podía dejarle a Emiliano. Y ella respondió que nuestro hijo no quería heredar una casa vigilada por el charro negro y la deuda que nadie podía detener. Oscar cargó el refrigerador, dos baúles y la televisión. Yo no ayudé. Me quedé junto a la puerta, viendo cómo vaciaban la casa. Esa noche, el charro apareció en la marca 41.

37:34 Dejé de vender monedas durante varios días. La figura se mantuvo en la misma marca cada noche. Mientras tanto, los trabajadores me pedían pago, el alimento subió, el pozo quedó a medias y el banco no retiró todos los cargos. Terminé vendiendo 10 monedas más para cerrar compromisos y evitar demandas. Con ese dinero pagué la nómina, di un abono al licenciado Castañeda y compré medicamento para mi madre, doña Irma Leiva. Esa noche, el charro apareció en la marca 51. Ya estaba frente al corral. Desde la cocina alcanzaba a verle el saco y las botas, pero la cara seguía cubierta por el sombrero. Mi madre murió en la clínica de San Roque.

38:20 Estaba enferma desde antes, y por eso no pongo su muerte dentro del trato. Pero los gastos sí salieron de las monedas. Pagué caja, traslado, misa y comida. Fueron seis monedas asignadas en la libreta Regresé al rancho antes de que oscureciera. Cerré la puerta de la cocina y dejé la escopeta cargada sobre la mesa. Cuando los perros ladraron, la figura apareció en la marca 57. Quedaban 15 metros hasta el corredor. No disparé. Había un tanque de gas, una camioneta y animales cerca de la línea de tiro. Después fui con el licenciado Castañeda y le pedí iniciar la venta del rancho.

39:02 Revisó papeles, adeudos y recibos, y dijo que el trámite tardaría meses. Para empezar, pidió honorarios. Vendió ocho monedas. Esa noche, el charro quedó en la marca 65. Faltaban siete metros para el primer escalón. Al día siguiente, Lucía llegó con Emiliano, pero se quedaron en la reja. Les enseñé las marcas pintadas desde lejos. Emiliano me preguntó si el hombre aparecía también cuando ellos no estaban. Le dije que sí. Lucía me pidió que dejara la casa esa misma tarde. Le contesté que si me iba, el banco y los abogados entrarían sin saber lo que había en el rancho. Ella cerró la puerta de la camioneta y dijo que ese problema ya no podía costarle a nuestro hijo. A principios de octubre recibí aviso de embargo por una deuda antigua que yo creía cubierta. Si no pagaba, entrarían con actuario.

39:59 Tenía monedas suficientes en la olla, y tenía al charro a siete metros del corredor. Pasé la tarde haciendo cuentas. Si pagaba, la figura llegaba al escalón. Si no pagaba, perdía maquinaria, ganado y casa. Fui al pueblo y vendí siete monedas a Salvador. Me pagó menos que antes, pero cubrí el adeudo y guardé el recibo en la libreta. Esa noche cerré la puerta de la cocina y dejé la escopeta sobre la mesa. Los perros ladraron una sola vez y se metieron debajo de la camioneta. El charro negro apareció en el primer escalón. Lo vi por la ventana lateral. La cuenta estaba completa. 72 monedas usadas, 72 metros recorridos.

40:47 Permaneció frente a la puerta. Después levantó la mano derecha y la puso sobre la madera. Y me dijo con una voz demoniaca y aterradora que faltaba poco, que mi deuda era enorme. y pagarían todos por mi avaricia. Pero no golpeó la puerta, y yo no abrí. Al día siguiente salí del rancho con una maleta, la libreta, catorce monedas que nunca usé, y las tres que había recuperado de Salvador. Dejé la olla bajo el mezquite seco. Lucía no regresó conmigo, Emiliano tampoco, y el rancho quedó en trámite legal, y los trabajadores se fueron a otros lugares. Desde entonces rento un cuarto en San Roque. Las monedas están en una caja de seguridad a mi nombre. Una semana después de llegar al cuarto, al anochecer, vi al charro sentado en el escalón de la entrada, sonriendo y diciendo que faltaba poco. Recuerdo el inicio de la sequía, porque desde entonces Santa Gertrudis quedó aparte del pueblo. Me llamo Adrián Belmonte Robles. Tengo 23 años y nací en ese rancho cerca de San Lucas del Norte. Mi padre, Severiano Belmonte, compró esas tierras cuando yo era niño. Mi madre murió en 2018 en el hospital regional después de una infección que se complicó en pocos días. Mis dos hermanos mayores se

42:18 fueron a la capital y yo me quedé con mi padre. Él repetía que alguien tenía que aprender el manejo del rancho, revisar bombas, pagar jornales y cuidar que los animales no bajaran de peso. La sequía empezó en abril. Al principio fue una falta de lluvias que todos comentaban en el pueblo, pero todavía había agua en los aljibes y pastura seca para aguantar. Después se secaron los arroyos chicos, bajaron los pozos y los vecinos empezaron a vender vacas flacas antes de perderlas. En julio la presa de la Becerra quedó reducida a barro y los camiones cisterna entraban cada tercer día. La gente hacía fila con tambos y botes, mientras en Santa Gertrudis los bebederos seguían llenos, el maíz seguía verde y la alfalfa tenía cortes seguidos. Al principio todos hablaron de suerte, luego empezaron las visitas, llegaban vecinos a pedir agua y mi padre les daba una parte. pero cobraba transporte, diésel y uso de bomba. También vendía forraje a precio alto porque nadie más tenía que vender. Yo lo escuché explicarle al comisariado que el agua salía de un pozo profundo, perforado años atrás. El pozo existía, yo lo sabía, pero también sabía otra cosa. Ese pozo no daba para tanto.

43:43 Yo revisaba bombas desde muchacho, conocía los sonidos de la línea principal y los cambios de presión. En mayo esa agua habría alcanzado para la casa, los animales y algunos riegos cortos, pero no para mantener tantas hectáreas vivas, mientras alrededor todo se secaba. En el rancho trabajaban doce peones, dormían junto a la bodega, cobraban los sábados en efectivo y compraban fiado en la tienda del rancho. Mi padre llevaba una libreta negra donde apuntaba horas, adelantos y deudas. A finales de junio faltó el primero, Ciro Salvatierra. Mi padre explicó que Ciro había renunciado de madrugada porque consiguió trabajo en Sonora. Yo pregunté por su pago completo y me respondió que ya estaba arreglado. Luego cerró la libreta y me ordenó no meterme en los asuntos de la nómina.

44:38 Dos semanas después faltó Néstor Carranza. Mi padre dio una explicación parecida. Había recogido sus cosas, se había ido por decisión propia y pidió que no lo buscaran. Después faltó Gavino Treviño, luego Octavio Cota, pero en cada caso mi padre habló de renuncias, viajes y problemas personales. Ninguno se despidió de los demás y ninguno regresó por ropa. Ninguno cobró frente a mí. Los peones que quedaban evitaban el tema, Cuando les preguntaba, bajaban la mirada y seguían trabajando. Una tarde llegó Lidia Salvatierra, la hermana de Ciro. Venía con un niño y traía una foto en la mano. Preguntó por su hermano en la entrada y yo le repetí lo que mi padre me había dicho, que Ciro se había ido a Sonora. Lidia me contestó que Ciro no tenía conocidos allá, que su teléfono llevaba semanas apagado y que en su casa seguían sus documentos. Mi padre salió de la oficina antes de que ella terminara. Le habló con calma y le aseguró que Ciro se había marchado por voluntad propia y le dijo que el rancho no podía responder por las decisiones de un adulto. Después le permitió revisar el cuarto de los peones. Entré con ella y bajo la cama estaban las botas de Ciro. En la pared quedaba una camisa colgada y dentro de una bolsa encontramos medicinas para la presión. Lidia sostuvo las botas

46:11 con las dos manos y empezó a llorar sin hacer escándalo. Mi padre dijo que muchos hombres abandonaban cosas cuando querían cortar con su vida anterior. Luego le dio dinero para el camión y le pidió a Basilio Arriaga, el capataz, que la acompañara hasta la entrada. Lidia guardó la foto, tomó al niño de la mano y se fue sin discutir. Esa noche le reclamé a mi padre en la cocina. Le dije que Ciro no habría dejado sus medicinas ni sus botas. Él estaba sentado en la mesa contando billetes y no levantó la voz. Me respondió que yo era joven, que los hombres de campo se iban sin avisar y que las familias siempre buscaban culpables cuando no querían aceptar una vergüenza. Le pregunté por el agua, cerró la libreta negra y me dijo que el pozo respondía a quien sabía cuidarlo. Le pedí revisar la bomba al día siguiente. Aceptó, pero no me miró cuando lo dijo. Fui al cuarto de bombas por la mañana. La puerta tenía candado nuevo y mi llave ya no servía. Revisé el tablero desde la ventana. Los medidores estaban activos y la presión de la línea principal marcaba más de lo normal. Caminé hasta la boca del pozo y vi mangueras que no estaban en el plano. Entraban al suelo por detrás del cuarto de bombas y cruzaban hacia la casa vieja donde estaba el sótano. Mi padre decía que ahí guardaba costales, sal

47:43 y refacciones, por eso yo casi nunca entraba. Esa tarde vi a mi padre bajar dos costales a esa casa. Basilio iba con él, usaba guantes y cargaba uno de los costales con cuidado. En una esquina llevaba una mancha oscura. No pregunté nada porque había peones cerca y porque Basilio traía la escopeta corta que usaba en el rancho. Días después, mi padre anunció que Damián Rosales también se había ido. Damián había discutido con él por un pago atrasado. La noche anterior vi luz en la casa vieja y movimiento cerca del arroyo. Al amanecer, Damián no llegó al desayuno.

48:24 Mi padre habló de otra renuncia Nadie preguntó nada. Los peones siguieron comiendo en silencio y yo decidí esperar la medianoche para bajar al sótano. Esa noche dejé la luz apagada en mi cuarto y puse una silla contra la puerta, no para detener a nadie, sino para escuchar si alguien entraba. Salí por la ventana que daba al corral, con el teléfono sin sonido y la llave vieja en la bolsa del pantalón. Crucé por detrás de la cocina, pasé junto a los tinacos y me quedé oculto cerca de la casa. Desde ahí veía la puerta, los perros y la camioneta. Cerca de medianoche salió Basilio de la cocina con una cubeta metálica, la dejó junto a la entrada y regresó por un bulto envuelto en lona. Mi padre salió después con la libreta negra bajo el brazo y una lámpara.

49:19 Los perros no ladraron. Basilio abrió el candado. Mi padre bajó primero y él lo siguió con el bulto cargado. Cuando la puerta quedó entornada, me acerqué por el lado de los nopales y dejé el teléfono grabando desde el bolsillo. Bajé unos peldaños y me agaché. Desde ahí, alcancé a ver parte del sótano. No había costales apilados ni herramientas guardadas. Había una mesa cubierta con plástico, garrafones, recipientes y mangueras conectadas a una línea que salía por la pared. También había un altar con figuras del diablo y el piso estaba mojado. En el fondo vi marcas con pintura roja, nombres escritos en columnas y cruces junto a varios de ellos.

50:05 Reconocí los nombres de los peones que faltaban porque mi padre los leyó en voz baja desde la libreta. Alcancé a oír a Ciro Salvatierra, Néstor Carranza, Gavino Treviño, Octavio Cota y Damián Rosales. Basilio puso el bulto sobre la mesa, la lona se movió y una mano salió por un lado. Entonces supe que había una persona viva ahí dentro. Mi padre ordenó a Basilio que lo sujetara bien, porque esa noche no podían perder tiempo. Basilio contestó que el hombre había tomado agua con pastillas y que todavía despertaría lento. Cuando el hombre empezó a quejarse, reconocí la voz de Damián.

50:48 La había escuchado en los corrales, reclamando pagos o hablando con los demás peones. Mi padre puso un recipiente bajo la mesa, tomó una navaja y le abrió el brazo. La sangre empezó a caer. Luego dijo unas palabras que no entendí muy bien, pero alcancé a escuchar que era pago por el agua. Damián intentó levantarse, pero Basilio lo empujó contra el plástico y le sujetó los hombros. Mi padre le habló con calma Le dijo que su familia recibiría el pago, que el rancho seguiría trabajando y que él ya debía más de lo que podía cubrir. Después se volvió hacia la pared del fondo y pronunció una entrega de sangre por jornal y deuda. Pidió agua para la tierra marcada. No gritó, no cantó y no cambió la voz. Habló con la firmeza que usaba para ordenar pagos.

51:43 Retrocedí y mi bota raspó el piso. Basilio volteó hacia la escalera, apagué la lámpara y me quedé quieto. Mi padre preguntó quién estaba ahí. No contesté. Basilio empezó a subir y cuando escuché sus pasos más cerca, corrí hacia la puerta, la empujé con el hombro y salí al patio. Los perros ladraron, pero corrí hasta el corral y me metí detrás de los comederos. Basilio salió con la escopeta, alumbró hacia los tinacos y luego hacia el granero. Me tapé la boca con la mano y después regresó al sótano. Más tarde salieron mi padre y Basilio. Cargaban dos garrafones con líquido oscuro. Los subieron a la camioneta y fueron al cuarto de bombas. Yo los seguí de lejos, por la zanja de riego. Basilio conectó una manguera al sistema principal y vació parte del líquido en un tanque, que yo nunca había visto. Mi padre abrió una válvula. Los aspersores del lote 3 empezaron a girar y el agua salió con presión. La mezcla entró por la línea de riego.

52:49 No llamé a la policía en ese momento. Tenía el teléfono, tenía video y sabía lo que había visto, pero seguía dentro de la propiedad de mi padre, con Basilio armado y con trabajadores dormidos cerca. Pensé en salir a pie hacia el pueblo, pero el camino era largo y no sabía si la camioneta regresaría por la entrada. Pensé en despertar a los peones, pero algunos le debían dinero a mi padre y otros ya habían aprendido a callarse. Así que volví a mi cuarto por la ventana y cerré la puerta con la silla. Revisé el video antes de amanecer. Se veía poco porque el teléfono iba en el bolsillo, pero se escuchaban voces, pasos, la queja de Damián y los nombres de los peones. También aparecía la mesa durante unos segundos, con el plástico y la mano de Damián, pero el altar se veía poco. Guardé una copia en una memoria e intenté enviarla a mi correo, pero la señal fallaba. Dejé el archivo listo para mandarlo en cuanto llegara al pueblo. Luego metí ropa, mi credencial y dinero en una mochila, y escondí la memoria dentro de la bota derecha. Al amanecer bajé a desayunar. Mi padre ya estaba sentado en la mesa. Basilio estaba de pie junto a la puerta. En la cocina había dos peones, pero ninguno habló. Mi padre miró mis botas y dijo que traía tierra de la casa vieja. Le contesté que había

54:22 revisado una fuga durante la noche. Dejó la taza en la mesa y le ordenó a Basilio que revisara mi cuarto. Luego me dijo que iríamos juntos al lote 3, porque quería enseñarme cómo se cuidaba un pozo, cuando todos alrededor lo perdían. No respondí. Me senté, tomé café y esperé. Yo llevaba el teléfono dentro del pantalón y la memoria escondida en la bota. Cuando mi padre se levantó, entendí que ya sospechaba. Sabía que alguien había bajado al sótano y en esa casa yo era el único que le preguntaba por el agua. salimos en la camioneta. Mi padre manejó sin hablar. Basilio se sentó atrás, con la escopeta entre las rodillas. El camino al lote 3 era corto, pero yo lo sentí largo porque no tenía forma de bajarme sin que Basilio me alcanzara.

55:16 Cuando llegamos, apagó el motor, abrió la puerta y me ordenó bajar. El maíz del lote 3 estaba alto y mojado. En los surcos había charcos, y la compuerta soltaba agua hacia la zanja lateral. Mi padre bajó de la camioneta, abrió la válvula y me pidió que mirara el flujo. Dijo que el agua obedecía cuando uno cumplía con el diablo. Basilio se quedó junto a la camioneta. Yo fingí revisar la corriente. Mi padre esperó unos segundos. Luego me preguntó qué había visto durante la noche. No levantó la voz y le dije que había visto suficiente. Mi padre no negó nada. Dijo que entonces ya entendía por qué Santa Gertrudis seguía de pie mientras los demás ranchos se secaban.

56:04 También dijo que Ciro, Néstor, Gavino y Octavio habían llegado con deudas, vicios y familias cansadas de ellos. Según él, el rancho les había dado comida, techo y trabajo, y por eso tenía derecho a cobrar lo que faltaba. Le dije que iba a denunciarlo, Mi padre giró la cabeza hacia Basilio y le ordenó quitarme el teléfono. Basilio caminó hacia mí. Yo tenía una mano sobre la compuerta y la otra cerca de la bolsa del pantalón. Cuando estuvo cerca, empujé la compuerta con el pie. El agua salió hacia la zanja y le golpeó las piernas. Basilio perdió equilibrio, pero no cayó. Yo corrí hacia la cerca de púas, me metí entre dos hilos y me corté la mano al pasar. Basilio disparó una vez y el tiro pegó en un poste. Escuché a mi padre gritarle que no me matara ahí. Seguí corriendo entre los surcos hasta llegar al camino viejo del canal y no volteé hasta que tuve la loma entre ellos y yo. Caminé hasta la tienda de la presa con la mano envuelta en un trapo.

57:10 Doña Ramona estaba abriendo cuando llegué. Me vio con lodo, sangre y la respiración cortada y me dejó entrar. Le pedí que llamara a la policía municipal y a la fiscalía. También le pedí su cargador. Ella cerró la puerta y me dio agua. Cuando llegaron los policías, les enseñé el video. Uno dijo que podía tratarse de un pleito familiar, pero dejó de hablar cuando escuchó la voz de Damián y vio la mesa. El otro pidió apoyo. Mandé el video a mi correo desde la tienda y entregué la memoria. Les dije dónde estaba el sótano. dónde quedaba el cuarto de bombas y dónde habían conectado el tanque. También les dije que Basilio estaba armado y que Damián podía seguir vivo.

57:58 Un policía me preguntó si estaba seguro de que era él. Le dije que sí porque reconocí su voz. Después me senté junto al mostrador con la mano vendada. La fiscalía llegó al rancho más tarde con patrullas estatales. Yo fui con ellos y ubiqué la casa vieja y el cuarto de bombas. Los peones estaban junto a la bodega. Mi padre estaba en la oficina y Basilio no apareció. La agente informó a mi padre que había una denuncia por privación ilegal de la libertad y posible homicidio. Mi padre dijo que yo estaba mal de los nervios y que el rancho era víctima de envidia. La agente pidió abrir la casa vieja. Mi padre dijo que no tenía la llave, pero un perito cortó el candado. En el sótano encontraron la mesa. las mangueras, el altar al diablo, el canal y los garrafones. Damián estaba vivo, tirado detrás de unos costales, con el brazo vendado con trapos. Respiraba, pero no podía sentarse solo. Lo subieron en camilla. También encontraron ropa, cinturones, credenciales rotas y tres teléfonos dentro de una caja de herramientas.

59:11 Detrás de la casa vieja hallaron una fosa con restos humanos, mezclados con cal. Los peritos cerraron el área. Lidia llegó después, vio las bolsas negras y se sentó en el suelo con el niño pegado a ella. Basilio apareció al anochecer cerca del arroyo. Intentaba cruzar hacia los cerros con efectivo, cartuchos y una libreta. Lo detuvieron sin disparos. En su primera declaración dijo que mi padre le pagaba extra por ayudar en las noches y que él nunca preguntó qué pasaba después con los hombres. Luego trató de culpar a los peones. Dos trabajadores declararon que habían oído gritos semanas antes y que Basilio los amenazó con acusarlos de robos si hablaban. Otro dijo que mi padre retenía documentos a quienes le debían dinero. Mi padre no confesó. En la audiencia repitió que el rancho tenía agua por un pozo antiguo y buena administración. Cuando la agente mencionó el video, él dijo que las imágenes no probaban un pacto ni probaban muertes. No probaron el pacto. Probaron los secuestros, los restos, las pertenencias, las mangueras ocultas y los pagos registrados en la libreta negra. El juez dictó prisión preventiva para mi padre y para Basilio. Después de los cateos, la autoridad cerró Santa Gertrudis. Las bombas quedaron selladas. y los cultivos se secaron en menos de dos semanas. Los vecinos dejaron

1:00:42 de pedir agua, y algunas familias recibieron apoyo para pruebas de ADN. Lidia volvió varias veces al ministerio público. La vi sentada con el mismo niño, siempre callada. Nunca me habló. Mis hermanos llegaron cuando el caso salió en las noticias. Bruno dijo que yo había hecho lo correcto, pero también me preguntó por qué tardé en denunciar. No supe qué contestar. Vi señales durante semanas y no hice lo suficiente, hasta que vi a Damián sobre la mesa. Eso quedó en mi declaración. Hoy vivo en un cuarto rentado en San Lucas. Trabajo cargando material en una obra. Cuando paso cerca del rancho, veo los portones cerrados y las matas secas. La gente habla de la sequía y de los pozos llenos. Algunos dicen que mi padre estaba loco. Otros dicen que sabía algo que nadie más sabía, pero yo sabía de su pacto con el diablo, para tener riqueza y que el agua no se fuera. Yo solo puedo decir lo que vi, hombres desaparecidos, sangre en recipientes, el altar al diablo y el rezo de mi padre entregando a un hombre más, agua entrando por una línea de riego y mi padre dando órdenes a medianoche. Eso destruyó a varias familias, pero no devolvió a nadie.