El Tesoro Del Rancho Traía Una Deuda Que Nadie Podía Pagar - Historias De Terror - REDE
¡ Rápido ! Suscríbete y activa la campanita.
Se parte de la comunidad REDE.
ENVIAME TUS HISTORIAS A: relatosdesclasificados@gmail.com
SÍGUEME EN FANPAGE: https://bit.ly/33H3Og3
SÍGUEME EN INSTAGRAM: https://bit.ly/3dgiBmd
0:05 Mi nombre es Leandro Castañeda, tengo 52 años, vivo en el rancho El Carrizal, entre San Bartolo y El Saucillo, y he criado ganado desde joven, igual que mi familia. Escribo esto porque la denuncia quedó archivada, porque tuve que vender casi todo mi ganado, y porque todavÃa hay gente que dice que inventé lo ocurrido, por un seguro que nunca me pagaron. La primera vaca apareció muerta una mañana cuando salà a revisar el bebedero del corral grande. Estaba tirada de lado junto a un poste. TenÃa el vientre abierto con un corte limpio, desde la parte baja del cuello hasta la mitad del cuerpo. Le faltaban órganos y la sangre estaba debajo del animal, en un solo charco, y la tierra alrededor seguÃa casi intacta. Llamé a mi hermano Ignacio, que vive dentro del mismo rancho. Llegó con su hijo Bruno.
1:03 Revisamos la cerca, el portón y el candado, pero todo estaba cerrado. Los perros del rancho seguÃan amarrados junto a la bodega, porque dÃas antes habÃan peleado con un coyote y yo los habÃa dejado ahà para evitar otro problema. Les revisamos las patas y el hocico, pero estaban limpios. Ese dÃa vino el veterinario de San Bartolo, el doctor Camilo Aranda. Se agachó junto a la vaca, revisó el corte y le miró el cuello. Fue directo con nosotros. Un coyote deja mordidas, un puma desgarra, y esa vaca tenÃa una abertura hecha con filo, en lÃnea firme. En el cuello encontró una lesión profunda, pero alrededor no habÃa marcas de dientes. Me recomendó llamar a la policÃa rural, porque el daño apuntaba a una mano humana o a una herramienta. La policÃa llegó más tarde. Fueron dos agentes, tomaron fotos, miraron la cerca y anotaron mi declaración. Uno habló de ladrones de carne, pero el animal seguÃa casi completo.
2:09 El otro mencionó perros ferales cerca del arroyo. El doctor Camilo repitió que las heridas no correspondÃan a mordidas y el agente prometió ponerlo en el informe. Pocos dÃas después apareció la segunda vaca, ahora en el potrero de atrás. cerca del camino hacia el saucillo el cuerpo tenÃa la misma abertura y también le faltaban órganos la tierra estaba húmeda y ahà vimos huellas habÃa marcas de patas grandes más anchas que las de los perros del rancho cerca de esas huellas habÃa hundimientos largos separados con presión marcada en la parte de atrás Ignacio tomó fotos y cuando el agente volvió miró el suelo y dijo que el lodo deformaba todo que eso no servÃa como prueba. Después de esa segunda muerte, empecé a dormir poco. Movà las vacas sanas al encierro cercano a la casa, puse más luz en el corral y até unas latas a un alambre de la cerca. QuerÃa escuchar cualquier movimiento. Era una alarma sencilla. La tercera muerte llegó poco después. HabÃa llovido y el suelo guardaba marcas. La vaca estaba dentro del corral cercano a la casa. a poca distancia de donde dormÃamos.
3:28 Eso cambió las cosas para mÃ. Marisela, mi esposa, recordó un golpe en la madrugada. Pensó que una res habÃa pateado el portón y siguió acostada. Yo habÃa tomado una pastilla para la presión y no desperté. Encontramos el mismo corte. En la paleta derecha tenÃa tres lÃneas profundas abiertas en la carne, En el piso habÃa gotas de sangre que iban hacia el fondo del corral y terminaban junto a la cerca. Ahà encontramos pelo negro atorado en una astilla. Era grueso, más largo que el pelo de una vaca. Lo guardé en una bolsa. Con esa tercera muerte empezó el rumor. En San Bartolo hablaban de un animal entrenado.
4:13 En El Saucillo señalaban el pleito de tierras. El nombre que más oà fue el de Heraclio Montemayor. Era el hombre con más dinero de ese pueblo. TenÃa una empacadora, terrenos y pozos. Tiempo antes quiso comprarme la franja del rancho que conecta con el arroyo. Me negué y después cerró una compuerta que siempre habÃa estado abierta. Yo puse una queja en el municipio y desde entonces dejó de saludarme. Ese pleito no prueba lo ocurrido. Lo cuento porque formaba parte del ambiente. porque dos peones suyos pasaban seguido cerca de mi potrero, y porque la segunda vaca apareció junto al camino que lleva a sus tierras. Se lo expliqué a la gente. Ãl escribió el nombre de Heraclio. Luego me advirtió que acusar sin pruebas podÃa traerme problemas. DÃas después fue a verme don Gregorio Luján, un vecino viejo que conocÃa los ranchos de la zona. Revisó el corral, miró las fotos de las huellas y tocó la bolsa donde guardé el pelo negro. Recordó un caso de su juventud, en el Pedregal. Ahà hablaban de un nahual que salÃa de noche en forma de perro grande. Y cuando alguien herÃa al animal, una persona amanecÃa herida al dÃa siguiente.
5:35 Le respondà que yo necesitaba pruebas. Don Gregorio aceptó mi respuesta y me aconsejó vigilar con otro testigo, sin dormir, con el arma lista. No querÃa meterme en una acusación de brujerÃa, ni querÃa matar a nadie, pero decidà vigilar. Ignacio aceptó quedarse conmigo. Bruno quiso acompañarnos, pero su madre no lo permitió. Esa tarde limpiamos una escopeta y un rifle, nos acomodamos junto a la bodega y desde donde se veÃa el corral y la cerca que daba hacia el saucillo. Apagamos las luces de la casa y dejamos una lámpara cerca del gallinero. Pasó un buen rato sin movimiento. Luego las vacas se juntaron, levantaron la cabeza y dejaron de comer.
6:23 El alambre con lata sonó una vez. Ignacio me tocó el brazo y señaló hacia el fondo del corral. Primero vimos una forma oscura pegada a la cerca. Después se levantó. Era un perro negro enorme. Se sostuvo sobre las patas traseras, más alto que una ternera joven. TenÃa el cuerpo ancho y la cabeza grande. Apoyó una pata delantera en el poste, se impulsó y pasó la cerca, y cayó dentro del corral en silencio. Ignacio me pidió en voz baja que esperara, y obedecÃ, aunque las vacas ya estaban inquietas. El animal permaneció inclinado hacia adelante, mirando al ganado y luego a la caza. Entró con dirección, avanzó sobre las patas traseras, bajó las delanteras al suelo y corrió hacia una vaca separada del grupo. La vaca intentó girar, pero el animal la alcanzó en el cuello. La res cayó con las patas dobladas y apenas alcanzó a resollar. Ignacio levantó la escopeta.
7:24 Yo le bajé el cañón con la mano porque todavÃa necesitábamos ver qué hacÃas. El perro se colocó junto al vientre de la vaca, sujetó la piel con una pata delantera y movió la otra en lÃnea recta. La piel se abrió, lo vi y el corte apareció limpio, sin tirones. El animal metió el hocico en la abertura y sacó algo oscuro. Ignacio se levantó y disparó. El tiro pegó abajo, cerca de la pata trasera izquierda. El animal soltó lo que llevaba en el hocico. Se enderezó y quedó parado frente a nosotros. Era más alto que mi hermano. Giró hacia la cerca, cojeando, y dejó sangre en la tierra. Yo disparé con el rifle, pero fallé. Ignacio volvió a cargar, aunque ya no tuvo tiro claro. El animal pasó el alambre con dificultad, cayó del otro lado, se levantó y corrió hacia el camino del saucillo, arrastrando la pata izquierda.
8:19 Encendimos las luces del rancho. Marisela salió con el teléfono en la mano. Ignacio le pidió que llamara a la policÃa. Mientras ella hablaba, revisamos la vaca. SeguÃa viva, respiraba con trabajo y tenÃa el vientre abierto. El doctor Camilo Aranda llegó antes de que aclarara y la sacrificó, porque la herida ya no tenÃa remedio. Antes de que llegara la patrulla, seguimos el rastro de sangre hasta la cerca. Primero vimos huellas de animal, profundas, con una pata arrastrada. Más adelante aparecieron marcas de pies humanos descalzos, mezcladas con las otras. Cerca del camino quedaron solo pisadas humanas, hundidas en el lodo, y la sangre seguÃa al lado izquierdo. Nos detuvimos ahÃ.
9:08 Marisela estaba sola en la casa y no sabÃamos quién podÃa estar del otro lado del camino. Regresamos al corral y esperamos a los agentes. Llegaron los mismos de la primera vez, con un hombre de civil del Ministerio Público. Les enseñamos la vaca, el rastro, las huellas y otro pelo negro prendido en el alambre. Ignacio aclaró que no habÃamos tomado. Marisela confirmó que estábamos vigilando y el hombre civil tomó notas. Cuando aclaró, salimos con ellos por el camino. El rastro cruzaba hacia las tierras de Heraclio Montemayor. En la primera cerca de su propiedad, un peón nos cerró el paso. Dijo que su patrón estaba enfermo, pero el agente pidió verlo. El peón hizo una llamada, esperó instrucciones y abrió el portón. Heraclio nos recibió sentado en el corredor de su casa. TenÃa la pierna izquierda vendada desde el tobillo hasta abajo de la rodilla, y en un costado de la venda habÃa sangre. Explicó que un caballo lo habÃa pateado durante la madrugada. Heraclio señaló al peón que lo auxilió y el hombre confirmó la versión sin sostenernos la mirada. Ignacio perdió la calma, señaló la pierna de Heraclio y le dijo a la gente que la herida estaba en el mismo lado donde habÃa pegado el disparo.
10:32 Yo le mostré a Heraclio las fotos de las huellas y el rastro que llegaba hasta su cerca. Heraclio miró las imágenes y dijo que yo estaba usando la muerte de mis vacas para revivir el pleito del agua. luego agregó que si repetÃa esa acusación en el pueblo me demandarÃa por difamación el hombre de civil pidió ver la herida Heraclio se negó y respondió que necesitaban una orden el agente no insistió preguntó por el caballo y un peón señaló un animal cerca de la casa me acerqué para ver los cascos estaban limpios y lo dije en voz alta el peón contestó que ya lo habÃan lavado pero nadie escribió esa respuesta De regreso, el doctor Camilo Aranda dejó por escrito que la lesión no correspondÃa a depredación común, que el corte tenÃa bordes definidos y que el ataque ocurrió dentro de un corral cerrado. Entregué el reporte, las fotos, las imágenes de la pierna vendada de Heraclio y la bolsa con el pelo negro. Pasaron algunos dÃas sin otra muerte. Luego llegó un sobrino de Heraclio con dos hombres. Me ofreció pagar dos vacas y retiraba la denuncia y dejaba de hablar del asunto. Le respondà que querÃa una investigación. Miró hacia la casa donde Marisela tendÃa ropa y me advirtió que los problemas viejos terminan metiéndose con la familia. Esa tarde llevé a Marisela y a
12:03 mi hija menor con mi suegra. Ignacio hizo lo mismo con su esposa y sus hijos. Nos quedamos solos en el rancho y pusimos dos cámaras. Una dejó de grabar en la madrugada y la encontramos rota. En el último video se veÃa una figura negra junto al poste en dos patas. Ignacio quiso ir a casa de Heraclio con la escopeta, pero le dije que eso nos iba a llevar a la cárcel o al panteón. Y fuimos otra vez al ministerio público. Nos atendió una licenciada que no conocÃa el caso. Le dejamos copias de los videos, las fotos y el reporte del veterinario. Dijo que abrirÃan carpeta por daño en propiedad y amenazas. Cuando pregunté por Heraclio, la licenciada explicó que necesitaban una prueba directa contra una persona.
12:52 Le hablé de la pierna vendada, del rastro, de las huellas y del pelo negro. Respondió que eso ayudaba, pero no alcanzaba. También me pidió no usar la palabra Nahual. Le pedà que escribiera lo concreto. Animales muertos con cortes limpios, sangre hacia una propiedad vecina, huellas de animal y de pies humanos, lesión visible en la pierna izquierda de Heraclio y amenazas posteriores. Ella lo anotó y me dijo que el caso iba a ser difÃcil. Después de salir del ministerio público, regresé al rancho con Ignacio. Ninguno de los dos habló durante el camino. TraÃamos las copias en una carpeta, pero ya sabÃamos que los papeles no iban a detener.
13:37 lo que estaba entrando al corral. Marisela seguÃa con mi suegra, mi hija también, y eso me dejó respirar mejor. Esa noche el rancho quedó vacÃo de mujeres y niños, con los animales encerrados, las luces listas y las armas cargadas. Ignacio quiso poner más cámaras, pero yo le dije que esa cosa ya habÃa roto una y tirado la otra al canal. Las cámaras servÃan para enseñar sombras, no para salvar ganado, Pusimos las reces que quedaban en el corral chico, reforzamos el portón con cadena doble y dejamos una vaca vieja cerca del bebedero. Me dolió hacer eso, pero necesitábamos que el Nahual entrara donde pudiéramos verlo de frente. Nos acomodamos en la bodega con la puerta entreabierta. Yo tenÃa el rifle y una lámpara de mano. Ignacio tenÃa la escopeta.
14:32 Dejamos una luz prendida en el patio y otra cerca del gallinero. el resto quedó oscuro, el aire estaba quieto y las vacas no comÃan, estaban juntas, pegadas al fondo, con las orejas levantadas, pasó un buen rato, luego escuchamos un golpe leve en el alambre, pero no fue un animal chocando, fue una mano tocándola cerca, Ignacio levantó la escopeta, yo apagué la lámpara, La vaca vieja movió la cabeza hacia el fondo del corral y dio dos pasos hacia atrás. Entonces lo vimos entrar. Primero apareció la cabeza arriba de la cerca. Después una pata delantera, larga, negra, con uñas curvas que se atoraron en la madera. El cuerpo subió despacio, pesado, lleno de pelo oscuro. No saltó de golpe. Se montó sobre el alambre. Bajó una pata al interior del corral y luego la otra. Cuando cayó adentro, se quedó quieto.
15:31 Era más grande que la vez anterior, o esa noche lo vimos mejor. TenÃa el lomo alto, las patas traseras gruesas y las delanteras largas, casi hasta el suelo cuando se enderezaba. Las uñas le pasaban de los dedos y raspaban la tierra al caminar. El hocico estaba manchado de sangre seca. En el lado izquierdo, cerca de la pata trasera, traÃa una herida abierta del disparo de Ignacio. El animal avanzó hacia la vaca vieja. La res no corrió, solo temblaba. El nahual levantó una pata delantera y le tocó el cuello, pero no la atacó todavÃa y giró la cabeza hacia la bodega. Luego habló y mi nombre salió de su hocico con una voz baja y ronca. Dijo mi nombre una vez, Leandro, y luego dijo el de mi hermano, Ignacio.
16:24 Sentà que la boca se me secó. Eso No era un ladrido ni un gruñido, era una voz formada, quebrada por el hocico, pero entendible. Ignacio también la oyó porque bajó un poco la escopeta y se quedó sin respirar. El Nahual dio otro paso hacia nosotros y las uñas rasparon la tierra. Dijo que todavÃa podÃa dejarme el rancho, que vendiera las vacas, que sacara a mi familia y que olvidara lo visto. No habló rápido, pues cada palabra salÃa con esfuerzo, mezclada con saliva y aire. Después abrió el hocico y enseñó los dientes. TenÃa pedazos de carne atorados. Ignacio apuntó, pero el animal giró la cabeza hacia él y dijo que su hijo Bruno dormÃa en una casa con puerta de madera. Pero mi hermano disparó en ese instante.
17:17 La posta le pegó en el pecho y lo echó hacia atrás. El Nahual cayó contra el bebedero pero se levantó antes de que Ignacio pudiera cargar de nuevo. Se lanzó hacia la bodega. Yo encendà la lámpara directo a su cara. TenÃa los ojos abiertos, oscuros, hundidos y las orejas pegadas al cráneo. Le disparé con el rifle y el tiro le entró por el cuello. El animal chocó contra la puerta y la arrancó de un golpe. Ignacio cayó al suelo y la escopeta se le fue de las manos. El Nahual metió una pata dentro de la bodega y rasgó la pared de madera con las uñas. Yo retrocedà hasta pegarme contra los costales y le volvà a disparar. No sé dónde le pegué, pero el animal abrió el hocico y soltó un sonido que todavÃa escucho cuando duermo mal. Ignacio alcanzó la escopeta, la cargó con las manos temblando y disparó casi a quemarropa. El tiro le abrió el costado. El Nahual se dobló. Mordió el marco de la puerta y sacudió la cabeza. La madera tronó.
18:24 Yo agarré el machete que tenÃamos junto a los costales y se lo hundà en la pata delantera, donde las uñas eran más largas. El animal me golpeó con el cuerpo y me tiró contra el suelo. Ignacio le disparó por tercera vez. Ese tiro le pegó debajo de la mandÃbula y el nahual cayó de lado. Pateó la tierra y empezó a arañar el piso. Las uñas abrieron surcos en el suelo, y movÃa las patas, pero ya no podÃa levantarse. Entonces volvió a hablar, pero no dijo nuestros nombres. Dijo que el agua era suya, que la tierra era suya, y que todo eso le pertenecÃa desde antes de que nosotros naciéramos. Después empezó a cambiar. No fue rápido. El pelo se fue pegando al cuerpo con la sangre. Las patas delanteras se encogieron. Las uñas quedaron torcidas, todavÃa largas, pero ya estaban unidas a manos humanas. El hocico se hundió hacia la cara y los dientes cambiaron de lugar con un crujido. Yo me levanté como pude y apunté con el rifle, pero no disparé. Ignacio tampoco. En el suelo quedó Heraclio Montemayor, desnudo, cubierto de sangre, con la pierna izquierda destrozada por el primer disparo y el pecho abierto por la escopeta. TenÃa la misma cicatriz vieja debajo de la rodilla, la misma cara que nos habÃa recibido en su casa, y un anillo de oro en la mano derecha. Las uñas seguÃan negras, largas, partidas en las puntas,
19:56 y murió mirándonos. Ignacio vomitó junto a la bodega. Yo me quedé parado, con el rifle en las manos, viendo el cuerpo. Las vacas seguÃan juntas al fondo del corral. Ninguna se movÃa, y la vaca vieja estaba viva. con sangre en el cuello, pero viva. Cuando amaneció, llegaron don Gregorio y dos vecinos que Ignacio mandó llamar. Nadie habló al principio. Vieron el cuerpo de Heraclio, vieron las uñas, vieron la cerca rota y las marcas en la tierra. Don Gregorio se quitó el sombrero y uno de los vecinos dijo que habÃa que llamar a la autoridad. El otro dijo que primero habÃa que cubrirlo, porque, aunque fuera lo que fuera, seguÃa siendo un hombre muerto. La policÃa llegó después, pero esta vez no preguntaron si habÃamos bebido.
20:49 Tampoco hablaron de perros ferales. Levantaron el cuerpo de Heraclio en una lona y tomaron declaraciones a todos los presentes. En El Saucillo dijeron que habÃa muerto en mi rancho por un pleito viejo. En San Bartolo dijeron otra cosa, pero los que vieron las uñas se quedaron callados. Yo no celebré, tampoco sentà alivio completo. Esa noche entendà que matar al Nahual no borraba lo que ya habÃa hecho. Mis vacas seguÃan muertas, mi familia seguÃa fuera de la casa, y el rancho ya no era el mismo lugar. Solo cambió una cosa. Por fin todos supieron quién cruzaba la cerca de madrugada y descubrimos al Nahual. Ese Nahual que no solo me habÃa atormentado a mÃ, Heraclio Montemayor no volvió a levantarse, y aún asÃ, durante mucho tiempo, ningún perro ladró tranquilo cerca de El Carrizal. Me llamo Crisanto Leiva, tengo 46 años, y trabajé toda mi vida en el rancho Latinaja, a 8 kilómetros del camino a San Roque. Lo que voy a contar empezó a mediados de julio. en una temporada seca, cuando el ganado ya necesitaba más agua y yo andaba metiendo una lÃnea nueva hacia el corral chico. Lo recuerdo con claridad porque desde entonces guardo una libreta de gastos,
22:21 varias fotografÃas de las monedas y las marcas que hice en el patio para medir el avance de aquel hombre desde la entrada hasta la casa. Esa mañana salà temprano con la pala y el hacha, El mezquite seco estaba a un lado del potrero. Cerca del alambrado quedaba el camino viejo. Lo habÃamos dejado ahÃ, porque todavÃa servÃa para amarrar las mulas cuando cargábamos pacas. Aunque ya no daba sombra buena ni tenÃa ramas verdes. Empecé la zanja junto al tronco. Corté dos raÃces gruesas y seguà sacando tierra hasta que la pala pegó contra algo duro. El golpe sonó distinto al de una piedra. Me agaché, quité tierra con la mano y vi barro cocido. Saqué una olla enterrada, tapada con una mezcla negra y un pedazo de tela vieja.
23:13 Pesaba mucho. La jalé despacio hasta el tejabán y llamé a LucÃa, mi esposa, y a Emiliano, mi hijo. También estaba Nicanor Salcido, el muchacho que nos ayudaba con las reces. Entre los cuatro la pusimos sobre la mesa de la cocina. Abrà la tapa con una varilla. Despacio porque no sabÃa si el barro se iba a quebrar. Adentro habÃa monedas de oro cubiertas de tierra seca. Las pasé a una manta y las conté dos veces. Eran ochenta y seis. Algunas traÃan fechas antiguas y figuras muy gastadas. LucÃa les tomó fotos con su teléfono. Emiliano pesó una en la báscula de la cocina y yo guardé todo en una caja de herramientas. Les pedà que no hablaran con nadie hasta saber qué tenÃamos en las manos. Esa misma tarde fui a San Roque con una sola moneda en la bolsa del pantalón. Entré al local de Salvador Ibarra, un comprador de monedas antiguas que trabajaba frente al mercado. Ãl la revisó con lupa, la pesó, miró los bordes y me ofreció 14 mil pesos. También me dijo que podÃa comprar más si todas estaban en el mismo estado. Acepté sin pensarlo demasiado porque debÃa mensualidades del tractor, tenÃa atrasada la cuenta del veterinario y la tienda de insumos ya no querÃa fiarme alimento para el ganado. Con ese dinero pagué una parte de la deuda, compré manguera, cemento y dos costales de maÃz. Regresé al rancho antes de que oscureciera
24:47 con el recibo doblado en la cartera y la idea de volver al dÃa siguiente. La primera aparición fue esa noche. Los perros empezaron a ladrar hacia la entrada principal, primero uno y luego todos. Salà con una lámpara recargable y LucÃa salió detrás de mà sin decir nada. La reja estaba cerrada con candado. Del lado de adentro, junto a la entrada, habÃa un hombre vestido de charro negro. VenÃa a pie, con sombrero, saco, pantalón de charro y botas. La cara le quedaba tapada por el ala del sombrero. No traÃa caballo, no traÃa lámpara y no tenÃa ninguna herramienta en las manos. Le grité que se fuera, que esa era propiedad privada. El hombre no contestó. Los perros ladraban desde lejos, con las patas metidas en la tierra.
25:37 Pero ninguno se acercó a la reja. Pensé en un ladrón, en algún borracho del camino o en un vecino queriendo asustarme. Fui por la escopeta. La llevé sin cargar y caminé hasta la mitad del patio. LucÃa me pidió que no avanzara más, asà que me quedé donde estaba y volvà a ordenarle que saliera. El hombre permaneció quieto. Cuando la luz del poste se apagó, levanté la lámpara hacia la reja y en ese momento ya no lo vi. A la mañana siguiente, revisé la entrada. El candado seguÃa puesto. La cadena estaba en su lugar y no encontré alambres cortados. El suelo estaba duro, sin huellas útiles, pero tampoco habÃa marcas de llantas, ni señales de que alguien hubiera forzado la reja. Regresé a la casa sin decirle nada a Emiliano, aunque él ya estaba despierto, y me miró desde la puerta de la cocina. Después vendà cuatro monedas más. Salvador me pagó 56 mil pesos en efectivo. Ese dinero se fue al banco, al tractor y a la cuenta del veterinario.
26:45 Esa noche los perros ladraron otra vez hacia la entrada. Salimos LucÃa, Emiliano y yo. El charro estaba dentro de la propiedad, pero ya no estaba junto a la reja. HabÃa avanzado cinco metros sobre el camino que llegaba a la casa. Yo conocÃa esa distancia por los postes del camino y Emiliano la confirmó con una cinta al dÃa siguiente. No vendà nada después de eso. Tampoco gasté dinero de las monedas. Guardé la caja en la bodega, debajo de unas láminas, y cerré con cadena. Esa noche, el charro apareció en el mismo punto, a cinco metros de la reja, y la noche siguiente volvió a estar ahÃ. LucÃa me pidió que regresara todo al hoyo del mezquite. Le respondà que ya habÃa usado algunas monedas y que no sabÃa cómo arreglar lo que ya estaba hecho. Me senté en la mesa de la cocina y abrà una libreta. Escribà una moneda usada la primera tarde, cuatro monedas usadas después y cinco metros recorridos desde la entrada. Luego conté las piezas que quedaban. Eran ochenta y una. Cerré la caja, la regresé a la bodega y puse una silla contra la puerta. Esa medida no me dio tranquilidad. Desde esa noche entendà que el problema no estaba en la olla ni en el escondite. El problema estaba en las monedas que ya habÃan salido de mis manos y en el dinero que yo habÃa aceptado gastar. DÃas después, me di
28:18 desde la reja hasta la casa, porque ya no bastaba con decir que el hombre se habÃa movido. Necesitaba una cuenta clara, una distancia que pudiera revisar sin discutir con nadie. Desde la entrada hasta el primer escalón del corredor habÃa 72 metros. Puse marcas en el suelo. una por cada metro, y LucÃa me ayudó a revisar la medida. Emiliano tomó fotos desde la ventana de su cuarto, sin hablar mucho, y Nicanor Salcido se quedó mirando el camino con los brazos cruzados. No querÃa dormir en el rancho esa noche, pero aceptó quedarse en el cuarto de herramientas cuando le ofrecà pagarle extra.
29:01 Cuando los perros ladraron, salimos sin encender todas las luces. El charro estaba en la marca 5, en el mismo punto donde lo habÃamos visto la noche anterior. LucÃa se quedó junto a la puerta de la cocina. Emiliano grabó desde la ventana y Nicanor no pasó del corredor. En el video se veÃa la entrada, el camino y una mancha oscura, donde nosotros tenÃamos al hombre enfrente. Nadie gritó y nadie se acercó. Yo sostuve la lámpara unos minutos hasta que me dolió la mano y él permaneció quieto, con la cara cubierta por el sombrero, Más adelante, necesité pagar una refacción del tractor. Ya sabÃa que vender otra moneda podÃa moverlo, pero el tractor estaba parado, el trabajo no esperaba y el banco seguÃa cobrando intereses. Fui con Salvador Ibarra y vendà dos monedas. Ãl me preguntó si tenÃa más piezas.
29:57 Revisó las dos con calma y me comentó que no era común encontrar tantas juntas. No le conté nada del charro. recibà el dinero pagué la bomba hidráulica y cubrà una parte de los intereses esa noche cuando los perros ladraron encontré al charro en la marca 7 lucÃa lo dijo sin rodeos sentada frente a mà en la cocina el hombre avanzaba por cada moneda usada me pidió llevar la olla al juzgado o a la iglesia Yo le respondà que podÃa entregar las monedas, pero las deudas iban a quedarse conmigo y el banco ya tenÃa forma de actuar contra el rancho. Ella no discutió más, se levantó de la mesa, guardó unos papeles en una carpeta y al dÃa siguiente se llevó a Emiliano, a casa de su hermana en el pueblo. Intenté regresar lo que quedaba al mismo lugar.
30:51 Fui al mezquite seco, abrà el hoyo, metà la caja dentro de la olla y cubrà todo con tierra húmeda. Dejé el terreno parejo y volvà a la casa antes de que oscureciera. Esa noche el charro apareció en la marca 7. Luego fui con Salvador para recuperar las monedas que ya le habÃa vendido. Me devolvió tres, las otras cuatro, según él. Ya estaban con un cliente en Guadalajara. Pagué más de lo que habÃa recibido por esas tres y las guardé con las demás. Esa noche el charro siguió en la marca 7. Recuperar piezas no le quitaba terreno. La presión de dinero siguió creciendo. El banco me mandó aviso formal y me dio poco tiempo para cubrir atrasos y recargos. La tienda de insumos cerró mi cuenta. Las vacas necesitaban alimento y el pozo llevaba dÃas fallando. LucÃa regresó para hablar conmigo llegó de dÃa se sentó en la cocina y puso sobre la mesa las fotos de Emiliano dijo que la casa ya no era segura que ella no iba a esperar a que el hombre llegara al corredor yo le contesté que podÃa vender un lote grande pagar todo y detenerme ella me miró un rato junto a las fotos y dijo que yo ya habÃa decidido dejarlo avanzar después recogió ropa actas la cartilla de Emiliano y se fue antes de que bajara el sol A principios de agosto vendà 20 monedas en Guadalajara. Fui solo, con la caja envuelta
32:24 en una cobija. Salvador me llevó con Genaro Pacheco y Arturo Leal, dos compradores que trabajaban con piezas antiguas. Me pagaron una parte en efectivo, otra por transferencia y otra con cheque. Con ese dinero cubrà el banco, liquidé al veterinario, compré alimento, mandé reparar el motor del pozo y aparté una camioneta usada. En el rancho volvieron a entrar pacas, tubos, medicinas y trabajadores. Cuando alguien preguntó de dónde habÃa salido el dinero, respondà que habÃa vendido ganado. Esa noche el charro apareció en la marca 27. Lo vimos Nicanor y yo desde el corredor. Nicanor no quiso esperar al amanecer para decirlo.
33:09 Ya no iba a trabajar ahÃ. Me entregó las llaves del cuarto de herramientas y me pidió que le pagara lo que se le debÃa. Dijo que podÃa aguantar deudas, animales bravos y noches de vigilancia, pero no a una deuda con el charro negro. Al dÃa siguiente se fue con su mochila y no volvió por el resto de su liquidación. Después contraté a dos veladores, Ramiro y Celso. Les dije que alguien rondaba la entrada y que necesitaba testigos. Les di una lámpara y la escopeta descargada. Esa noche vieron al charro negro en la marca veintisiete. Ramiro le gritó que diera la cara, pero el charro no respondió.
33:51 Celso lanzó una piedra, pero cayó antes de llegar. Ninguno quiso bajar del corredor. Antes de irse, me devolvieron la lámpara, la escopeta y me pidieron el pago completo de la noche. Durante las semanas siguientes seguà usando dinero de las monedas. La medicina de mi madre costó el equivalente a tres piezas y el charro avanzó tres metros. El alimento del ganado costó seis y avanzó seis más. La inscripción de Emiliano en la secundaria salió de otra y avanzó un metro. Para entonces estaba en la marca 37. Desde la cocina ya podÃa verlo sin salir al corredor. Cerrábamos las cortinas antes de oscurecer. Los perros se quedaban cerca de la casa y yo cenaba con la libreta abierta, revisando cada gasto y cada marca. De verdad tenÃa miedo, pero tenÃa gastos.
34:45 y ya tenÃa la deuda con el charro negro que estaba cerca de venir por mi alma. Después fui a la comandancia municipal con la libreta, las fotos de las monedas y dos videos que Emiliano habÃa grabado desde su cuarto. El comandante renterÃa me recibió, revisó las imágenes y me preguntó si alguien me estaba pidiendo dinero. Le contesté que no habÃa llamadas, mensajes ni amenazas, que el hombre aparecÃa dentro del rancho y avanzaba por el camino marcado RenterÃa miró otra vez la pantalla y dejó el teléfono sobre el escritorio. Dijo que podÃa mandar una patrulla. Si yo reportaba una entrada forzada, también podÃa recomendarme poner cámaras, pero no iba a levantar un acta contra un charro sin nombre, sin rostro y sin huellas. Salà con la libreta en la mano y compré dos cámaras. Esa noche instalé una frente a la reja y otra apuntando al camino. Cuando los perros ladraron, la figura apareció en la marca 37. La cámara grabó la entrada, los perros pegados al muro y una mancha oscura en el punto donde yo veÃa al hombre.
35:55 Guardé el archivo en una memoria, anoté la hora de la grabación y marqué la libreta con la misma cuenta. El charro negro no habló, no levantó la mano y no cambió de lugar, hasta que se apagaron las luces del patio. Luego llegó la factura de la reparación del pozo. Yo tenÃa dinero en la cuenta, pero una parte venÃa de las monedas vendidas en Guadalajara y todavÃa no la habÃa apuntado en ningún gasto. Pagué por transferencia para que el trabajo siguiera, porque sin agua no habÃa forma de mantener el ganado. Esa noche el charro avanzó cuatro marcas. Revisé los recibos, separé cantidades y confirmé que ese pago equivalÃa a cuatro monedas. Desde entonces llevé la cuenta por moneda gastada, aunque el dinero estuviera en billetes, depósito o cheque.
36:48 LucÃa volvió con Oscar, su hermano, para sacar muebles. Llegaron de dÃa y ella se quedó poco tiempo dentro de la casa. Me habló en la cocina con las llaves en la mano. Dijo que yo tenÃa que escoger entre el rancho y la familia. Le contesté que el rancho era lo único que podÃa dejarle a Emiliano. Y ella respondió que nuestro hijo no querÃa heredar una casa vigilada por el charro negro y la deuda que nadie podÃa detener. Oscar cargó el refrigerador, dos baúles y la televisión. Yo no ayudé. Me quedé junto a la puerta, viendo cómo vaciaban la casa. Esa noche, el charro apareció en la marca 41.
37:34 Dejé de vender monedas durante varios dÃas. La figura se mantuvo en la misma marca cada noche. Mientras tanto, los trabajadores me pedÃan pago, el alimento subió, el pozo quedó a medias y el banco no retiró todos los cargos. Terminé vendiendo 10 monedas más para cerrar compromisos y evitar demandas. Con ese dinero pagué la nómina, di un abono al licenciado Castañeda y compré medicamento para mi madre, doña Irma Leiva. Esa noche, el charro apareció en la marca 51. Ya estaba frente al corral. Desde la cocina alcanzaba a verle el saco y las botas, pero la cara seguÃa cubierta por el sombrero. Mi madre murió en la clÃnica de San Roque.
38:20 Estaba enferma desde antes, y por eso no pongo su muerte dentro del trato. Pero los gastos sà salieron de las monedas. Pagué caja, traslado, misa y comida. Fueron seis monedas asignadas en la libreta Regresé al rancho antes de que oscureciera. Cerré la puerta de la cocina y dejé la escopeta cargada sobre la mesa. Cuando los perros ladraron, la figura apareció en la marca 57. Quedaban 15 metros hasta el corredor. No disparé. HabÃa un tanque de gas, una camioneta y animales cerca de la lÃnea de tiro. Después fui con el licenciado Castañeda y le pedà iniciar la venta del rancho.
39:02 Revisó papeles, adeudos y recibos, y dijo que el trámite tardarÃa meses. Para empezar, pidió honorarios. Vendió ocho monedas. Esa noche, el charro quedó en la marca 65. Faltaban siete metros para el primer escalón. Al dÃa siguiente, LucÃa llegó con Emiliano, pero se quedaron en la reja. Les enseñé las marcas pintadas desde lejos. Emiliano me preguntó si el hombre aparecÃa también cuando ellos no estaban. Le dije que sÃ. LucÃa me pidió que dejara la casa esa misma tarde. Le contesté que si me iba, el banco y los abogados entrarÃan sin saber lo que habÃa en el rancho. Ella cerró la puerta de la camioneta y dijo que ese problema ya no podÃa costarle a nuestro hijo. A principios de octubre recibà aviso de embargo por una deuda antigua que yo creÃa cubierta. Si no pagaba, entrarÃan con actuario.
39:59 TenÃa monedas suficientes en la olla, y tenÃa al charro a siete metros del corredor. Pasé la tarde haciendo cuentas. Si pagaba, la figura llegaba al escalón. Si no pagaba, perdÃa maquinaria, ganado y casa. Fui al pueblo y vendà siete monedas a Salvador. Me pagó menos que antes, pero cubrà el adeudo y guardé el recibo en la libreta. Esa noche cerré la puerta de la cocina y dejé la escopeta sobre la mesa. Los perros ladraron una sola vez y se metieron debajo de la camioneta. El charro negro apareció en el primer escalón. Lo vi por la ventana lateral. La cuenta estaba completa. 72 monedas usadas, 72 metros recorridos.
40:47 Permaneció frente a la puerta. Después levantó la mano derecha y la puso sobre la madera. Y me dijo con una voz demoniaca y aterradora que faltaba poco, que mi deuda era enorme. y pagarÃan todos por mi avaricia. Pero no golpeó la puerta, y yo no abrÃ. Al dÃa siguiente salà del rancho con una maleta, la libreta, catorce monedas que nunca usé, y las tres que habÃa recuperado de Salvador. Dejé la olla bajo el mezquite seco. LucÃa no regresó conmigo, Emiliano tampoco, y el rancho quedó en trámite legal, y los trabajadores se fueron a otros lugares. Desde entonces rento un cuarto en San Roque. Las monedas están en una caja de seguridad a mi nombre. Una semana después de llegar al cuarto, al anochecer, vi al charro sentado en el escalón de la entrada, sonriendo y diciendo que faltaba poco. Recuerdo el inicio de la sequÃa, porque desde entonces Santa Gertrudis quedó aparte del pueblo. Me llamo Adrián Belmonte Robles. Tengo 23 años y nacà en ese rancho cerca de San Lucas del Norte. Mi padre, Severiano Belmonte, compró esas tierras cuando yo era niño. Mi madre murió en 2018 en el hospital regional después de una infección que se complicó en pocos dÃas. Mis dos hermanos mayores se
42:18 fueron a la capital y yo me quedé con mi padre. Ãl repetÃa que alguien tenÃa que aprender el manejo del rancho, revisar bombas, pagar jornales y cuidar que los animales no bajaran de peso. La sequÃa empezó en abril. Al principio fue una falta de lluvias que todos comentaban en el pueblo, pero todavÃa habÃa agua en los aljibes y pastura seca para aguantar. Después se secaron los arroyos chicos, bajaron los pozos y los vecinos empezaron a vender vacas flacas antes de perderlas. En julio la presa de la Becerra quedó reducida a barro y los camiones cisterna entraban cada tercer dÃa. La gente hacÃa fila con tambos y botes, mientras en Santa Gertrudis los bebederos seguÃan llenos, el maÃz seguÃa verde y la alfalfa tenÃa cortes seguidos. Al principio todos hablaron de suerte, luego empezaron las visitas, llegaban vecinos a pedir agua y mi padre les daba una parte. pero cobraba transporte, diésel y uso de bomba. También vendÃa forraje a precio alto porque nadie más tenÃa que vender. Yo lo escuché explicarle al comisariado que el agua salÃa de un pozo profundo, perforado años atrás. El pozo existÃa, yo lo sabÃa, pero también sabÃa otra cosa. Ese pozo no daba para tanto.
43:43 Yo revisaba bombas desde muchacho, conocÃa los sonidos de la lÃnea principal y los cambios de presión. En mayo esa agua habrÃa alcanzado para la casa, los animales y algunos riegos cortos, pero no para mantener tantas hectáreas vivas, mientras alrededor todo se secaba. En el rancho trabajaban doce peones, dormÃan junto a la bodega, cobraban los sábados en efectivo y compraban fiado en la tienda del rancho. Mi padre llevaba una libreta negra donde apuntaba horas, adelantos y deudas. A finales de junio faltó el primero, Ciro Salvatierra. Mi padre explicó que Ciro habÃa renunciado de madrugada porque consiguió trabajo en Sonora. Yo pregunté por su pago completo y me respondió que ya estaba arreglado. Luego cerró la libreta y me ordenó no meterme en los asuntos de la nómina.
44:38 Dos semanas después faltó Néstor Carranza. Mi padre dio una explicación parecida. HabÃa recogido sus cosas, se habÃa ido por decisión propia y pidió que no lo buscaran. Después faltó Gavino Treviño, luego Octavio Cota, pero en cada caso mi padre habló de renuncias, viajes y problemas personales. Ninguno se despidió de los demás y ninguno regresó por ropa. Ninguno cobró frente a mÃ. Los peones que quedaban evitaban el tema, Cuando les preguntaba, bajaban la mirada y seguÃan trabajando. Una tarde llegó Lidia Salvatierra, la hermana de Ciro. VenÃa con un niño y traÃa una foto en la mano. Preguntó por su hermano en la entrada y yo le repetà lo que mi padre me habÃa dicho, que Ciro se habÃa ido a Sonora. Lidia me contestó que Ciro no tenÃa conocidos allá, que su teléfono llevaba semanas apagado y que en su casa seguÃan sus documentos. Mi padre salió de la oficina antes de que ella terminara. Le habló con calma y le aseguró que Ciro se habÃa marchado por voluntad propia y le dijo que el rancho no podÃa responder por las decisiones de un adulto. Después le permitió revisar el cuarto de los peones. Entré con ella y bajo la cama estaban las botas de Ciro. En la pared quedaba una camisa colgada y dentro de una bolsa encontramos medicinas para la presión. Lidia sostuvo las botas
46:11 con las dos manos y empezó a llorar sin hacer escándalo. Mi padre dijo que muchos hombres abandonaban cosas cuando querÃan cortar con su vida anterior. Luego le dio dinero para el camión y le pidió a Basilio Arriaga, el capataz, que la acompañara hasta la entrada. Lidia guardó la foto, tomó al niño de la mano y se fue sin discutir. Esa noche le reclamé a mi padre en la cocina. Le dije que Ciro no habrÃa dejado sus medicinas ni sus botas. Ãl estaba sentado en la mesa contando billetes y no levantó la voz. Me respondió que yo era joven, que los hombres de campo se iban sin avisar y que las familias siempre buscaban culpables cuando no querÃan aceptar una vergüenza. Le pregunté por el agua, cerró la libreta negra y me dijo que el pozo respondÃa a quien sabÃa cuidarlo. Le pedà revisar la bomba al dÃa siguiente. Aceptó, pero no me miró cuando lo dijo. Fui al cuarto de bombas por la mañana. La puerta tenÃa candado nuevo y mi llave ya no servÃa. Revisé el tablero desde la ventana. Los medidores estaban activos y la presión de la lÃnea principal marcaba más de lo normal. Caminé hasta la boca del pozo y vi mangueras que no estaban en el plano. Entraban al suelo por detrás del cuarto de bombas y cruzaban hacia la casa vieja donde estaba el sótano. Mi padre decÃa que ahà guardaba costales, sal
47:43 y refacciones, por eso yo casi nunca entraba. Esa tarde vi a mi padre bajar dos costales a esa casa. Basilio iba con él, usaba guantes y cargaba uno de los costales con cuidado. En una esquina llevaba una mancha oscura. No pregunté nada porque habÃa peones cerca y porque Basilio traÃa la escopeta corta que usaba en el rancho. DÃas después, mi padre anunció que Damián Rosales también se habÃa ido. Damián habÃa discutido con él por un pago atrasado. La noche anterior vi luz en la casa vieja y movimiento cerca del arroyo. Al amanecer, Damián no llegó al desayuno.
48:24 Mi padre habló de otra renuncia Nadie preguntó nada. Los peones siguieron comiendo en silencio y yo decidà esperar la medianoche para bajar al sótano. Esa noche dejé la luz apagada en mi cuarto y puse una silla contra la puerta, no para detener a nadie, sino para escuchar si alguien entraba. Salà por la ventana que daba al corral, con el teléfono sin sonido y la llave vieja en la bolsa del pantalón. Crucé por detrás de la cocina, pasé junto a los tinacos y me quedé oculto cerca de la casa. Desde ahà veÃa la puerta, los perros y la camioneta. Cerca de medianoche salió Basilio de la cocina con una cubeta metálica, la dejó junto a la entrada y regresó por un bulto envuelto en lona. Mi padre salió después con la libreta negra bajo el brazo y una lámpara.
49:19 Los perros no ladraron. Basilio abrió el candado. Mi padre bajó primero y él lo siguió con el bulto cargado. Cuando la puerta quedó entornada, me acerqué por el lado de los nopales y dejé el teléfono grabando desde el bolsillo. Bajé unos peldaños y me agaché. Desde ahÃ, alcancé a ver parte del sótano. No habÃa costales apilados ni herramientas guardadas. HabÃa una mesa cubierta con plástico, garrafones, recipientes y mangueras conectadas a una lÃnea que salÃa por la pared. También habÃa un altar con figuras del diablo y el piso estaba mojado. En el fondo vi marcas con pintura roja, nombres escritos en columnas y cruces junto a varios de ellos.
50:05 Reconocà los nombres de los peones que faltaban porque mi padre los leyó en voz baja desde la libreta. Alcancé a oÃr a Ciro Salvatierra, Néstor Carranza, Gavino Treviño, Octavio Cota y Damián Rosales. Basilio puso el bulto sobre la mesa, la lona se movió y una mano salió por un lado. Entonces supe que habÃa una persona viva ahà dentro. Mi padre ordenó a Basilio que lo sujetara bien, porque esa noche no podÃan perder tiempo. Basilio contestó que el hombre habÃa tomado agua con pastillas y que todavÃa despertarÃa lento. Cuando el hombre empezó a quejarse, reconocà la voz de Damián.
50:48 La habÃa escuchado en los corrales, reclamando pagos o hablando con los demás peones. Mi padre puso un recipiente bajo la mesa, tomó una navaja y le abrió el brazo. La sangre empezó a caer. Luego dijo unas palabras que no entendà muy bien, pero alcancé a escuchar que era pago por el agua. Damián intentó levantarse, pero Basilio lo empujó contra el plástico y le sujetó los hombros. Mi padre le habló con calma Le dijo que su familia recibirÃa el pago, que el rancho seguirÃa trabajando y que él ya debÃa más de lo que podÃa cubrir. Después se volvió hacia la pared del fondo y pronunció una entrega de sangre por jornal y deuda. Pidió agua para la tierra marcada. No gritó, no cantó y no cambió la voz. Habló con la firmeza que usaba para ordenar pagos.
51:43 Retrocedà y mi bota raspó el piso. Basilio volteó hacia la escalera, apagué la lámpara y me quedé quieto. Mi padre preguntó quién estaba ahÃ. No contesté. Basilio empezó a subir y cuando escuché sus pasos más cerca, corrà hacia la puerta, la empujé con el hombro y salà al patio. Los perros ladraron, pero corrà hasta el corral y me metà detrás de los comederos. Basilio salió con la escopeta, alumbró hacia los tinacos y luego hacia el granero. Me tapé la boca con la mano y después regresó al sótano. Más tarde salieron mi padre y Basilio. Cargaban dos garrafones con lÃquido oscuro. Los subieron a la camioneta y fueron al cuarto de bombas. Yo los seguà de lejos, por la zanja de riego. Basilio conectó una manguera al sistema principal y vació parte del lÃquido en un tanque, que yo nunca habÃa visto. Mi padre abrió una válvula. Los aspersores del lote 3 empezaron a girar y el agua salió con presión. La mezcla entró por la lÃnea de riego.
52:49 No llamé a la policÃa en ese momento. TenÃa el teléfono, tenÃa video y sabÃa lo que habÃa visto, pero seguÃa dentro de la propiedad de mi padre, con Basilio armado y con trabajadores dormidos cerca. Pensé en salir a pie hacia el pueblo, pero el camino era largo y no sabÃa si la camioneta regresarÃa por la entrada. Pensé en despertar a los peones, pero algunos le debÃan dinero a mi padre y otros ya habÃan aprendido a callarse. Asà que volvà a mi cuarto por la ventana y cerré la puerta con la silla. Revisé el video antes de amanecer. Se veÃa poco porque el teléfono iba en el bolsillo, pero se escuchaban voces, pasos, la queja de Damián y los nombres de los peones. También aparecÃa la mesa durante unos segundos, con el plástico y la mano de Damián, pero el altar se veÃa poco. Guardé una copia en una memoria e intenté enviarla a mi correo, pero la señal fallaba. Dejé el archivo listo para mandarlo en cuanto llegara al pueblo. Luego metà ropa, mi credencial y dinero en una mochila, y escondà la memoria dentro de la bota derecha. Al amanecer bajé a desayunar. Mi padre ya estaba sentado en la mesa. Basilio estaba de pie junto a la puerta. En la cocina habÃa dos peones, pero ninguno habló. Mi padre miró mis botas y dijo que traÃa tierra de la casa vieja. Le contesté que habÃa
54:22 revisado una fuga durante la noche. Dejó la taza en la mesa y le ordenó a Basilio que revisara mi cuarto. Luego me dijo que irÃamos juntos al lote 3, porque querÃa enseñarme cómo se cuidaba un pozo, cuando todos alrededor lo perdÃan. No respondÃ. Me senté, tomé café y esperé. Yo llevaba el teléfono dentro del pantalón y la memoria escondida en la bota. Cuando mi padre se levantó, entendà que ya sospechaba. SabÃa que alguien habÃa bajado al sótano y en esa casa yo era el único que le preguntaba por el agua. salimos en la camioneta. Mi padre manejó sin hablar. Basilio se sentó atrás, con la escopeta entre las rodillas. El camino al lote 3 era corto, pero yo lo sentà largo porque no tenÃa forma de bajarme sin que Basilio me alcanzara.
55:16 Cuando llegamos, apagó el motor, abrió la puerta y me ordenó bajar. El maÃz del lote 3 estaba alto y mojado. En los surcos habÃa charcos, y la compuerta soltaba agua hacia la zanja lateral. Mi padre bajó de la camioneta, abrió la válvula y me pidió que mirara el flujo. Dijo que el agua obedecÃa cuando uno cumplÃa con el diablo. Basilio se quedó junto a la camioneta. Yo fingà revisar la corriente. Mi padre esperó unos segundos. Luego me preguntó qué habÃa visto durante la noche. No levantó la voz y le dije que habÃa visto suficiente. Mi padre no negó nada. Dijo que entonces ya entendÃa por qué Santa Gertrudis seguÃa de pie mientras los demás ranchos se secaban.
56:04 También dijo que Ciro, Néstor, Gavino y Octavio habÃan llegado con deudas, vicios y familias cansadas de ellos. Según él, el rancho les habÃa dado comida, techo y trabajo, y por eso tenÃa derecho a cobrar lo que faltaba. Le dije que iba a denunciarlo, Mi padre giró la cabeza hacia Basilio y le ordenó quitarme el teléfono. Basilio caminó hacia mÃ. Yo tenÃa una mano sobre la compuerta y la otra cerca de la bolsa del pantalón. Cuando estuvo cerca, empujé la compuerta con el pie. El agua salió hacia la zanja y le golpeó las piernas. Basilio perdió equilibrio, pero no cayó. Yo corrà hacia la cerca de púas, me metà entre dos hilos y me corté la mano al pasar. Basilio disparó una vez y el tiro pegó en un poste. Escuché a mi padre gritarle que no me matara ahÃ. Seguà corriendo entre los surcos hasta llegar al camino viejo del canal y no volteé hasta que tuve la loma entre ellos y yo. Caminé hasta la tienda de la presa con la mano envuelta en un trapo.
57:10 Doña Ramona estaba abriendo cuando llegué. Me vio con lodo, sangre y la respiración cortada y me dejó entrar. Le pedà que llamara a la policÃa municipal y a la fiscalÃa. También le pedà su cargador. Ella cerró la puerta y me dio agua. Cuando llegaron los policÃas, les enseñé el video. Uno dijo que podÃa tratarse de un pleito familiar, pero dejó de hablar cuando escuchó la voz de Damián y vio la mesa. El otro pidió apoyo. Mandé el video a mi correo desde la tienda y entregué la memoria. Les dije dónde estaba el sótano. dónde quedaba el cuarto de bombas y dónde habÃan conectado el tanque. También les dije que Basilio estaba armado y que Damián podÃa seguir vivo.
57:58 Un policÃa me preguntó si estaba seguro de que era él. Le dije que sà porque reconocà su voz. Después me senté junto al mostrador con la mano vendada. La fiscalÃa llegó al rancho más tarde con patrullas estatales. Yo fui con ellos y ubiqué la casa vieja y el cuarto de bombas. Los peones estaban junto a la bodega. Mi padre estaba en la oficina y Basilio no apareció. La agente informó a mi padre que habÃa una denuncia por privación ilegal de la libertad y posible homicidio. Mi padre dijo que yo estaba mal de los nervios y que el rancho era vÃctima de envidia. La agente pidió abrir la casa vieja. Mi padre dijo que no tenÃa la llave, pero un perito cortó el candado. En el sótano encontraron la mesa. las mangueras, el altar al diablo, el canal y los garrafones. Damián estaba vivo, tirado detrás de unos costales, con el brazo vendado con trapos. Respiraba, pero no podÃa sentarse solo. Lo subieron en camilla. También encontraron ropa, cinturones, credenciales rotas y tres teléfonos dentro de una caja de herramientas.
59:11 Detrás de la casa vieja hallaron una fosa con restos humanos, mezclados con cal. Los peritos cerraron el área. Lidia llegó después, vio las bolsas negras y se sentó en el suelo con el niño pegado a ella. Basilio apareció al anochecer cerca del arroyo. Intentaba cruzar hacia los cerros con efectivo, cartuchos y una libreta. Lo detuvieron sin disparos. En su primera declaración dijo que mi padre le pagaba extra por ayudar en las noches y que él nunca preguntó qué pasaba después con los hombres. Luego trató de culpar a los peones. Dos trabajadores declararon que habÃan oÃdo gritos semanas antes y que Basilio los amenazó con acusarlos de robos si hablaban. Otro dijo que mi padre retenÃa documentos a quienes le debÃan dinero. Mi padre no confesó. En la audiencia repitió que el rancho tenÃa agua por un pozo antiguo y buena administración. Cuando la agente mencionó el video, él dijo que las imágenes no probaban un pacto ni probaban muertes. No probaron el pacto. Probaron los secuestros, los restos, las pertenencias, las mangueras ocultas y los pagos registrados en la libreta negra. El juez dictó prisión preventiva para mi padre y para Basilio. Después de los cateos, la autoridad cerró Santa Gertrudis. Las bombas quedaron selladas. y los cultivos se secaron en menos de dos semanas. Los vecinos dejaron
1:00:42 de pedir agua, y algunas familias recibieron apoyo para pruebas de ADN. Lidia volvió varias veces al ministerio público. La vi sentada con el mismo niño, siempre callada. Nunca me habló. Mis hermanos llegaron cuando el caso salió en las noticias. Bruno dijo que yo habÃa hecho lo correcto, pero también me preguntó por qué tardé en denunciar. No supe qué contestar. Vi señales durante semanas y no hice lo suficiente, hasta que vi a Damián sobre la mesa. Eso quedó en mi declaración. Hoy vivo en un cuarto rentado en San Lucas. Trabajo cargando material en una obra. Cuando paso cerca del rancho, veo los portones cerrados y las matas secas. La gente habla de la sequÃa y de los pozos llenos. Algunos dicen que mi padre estaba loco. Otros dicen que sabÃa algo que nadie más sabÃa, pero yo sabÃa de su pacto con el diablo, para tener riqueza y que el agua no se fuera. Yo solo puedo decir lo que vi, hombres desaparecidos, sangre en recipientes, el altar al diablo y el rezo de mi padre entregando a un hombre más, agua entrando por una lÃnea de riego y mi padre dando órdenes a medianoche. Eso destruyó a varias familias, pero no devolvió a nadie.
Apple Podcasts
Spotify
Castro
RSS Feed