Él Sigue Esperando Que Cambie De Opinión
¡ Rápido ! Suscríbete y activa la campanita.
Se parte de la comunidad REDE.
ENVIAME TUS HISTORIAS A: relatosdesclasificados@gmail.com
SÍGUEME EN FANPAGE: https://bit.ly/33H3Og3
SÍGUEME EN INSTAGRAM: https://bit.ly/3dgiBmd
0:05 Todas las noches, a medianoche, el charro negro entra al lugar donde estoy durmiendo, se sienta frente a mà y espera a que firme un contrato. Lleva dos años haciendo lo mismo. Nunca ha tenido que obligarme, porque sabe que basta con sentarse y dejar que el tiempo haga el resto. Si firmo, mi familia recupera los millones que perdió, desde que me negué a renovar un acuerdo que llevaba generaciones funcionando. Durante mucho tiempo estuve seguro de que podÃa soportarlo, hasta anoche cuando extendà la mano hacia el lapicero por primera vez. Crecà creyendo que mi familia tenÃa dinero porque sabÃa hacer negocios.
0:48 TenÃamos empresas, propiedades e inversiones y en mi casa nunca faltó nada. Si un negocio pasaba por una mala temporada, otro compensaba la pérdida y si habÃa una deuda grande se pagaba. Yo no hacÃa preguntas porque esa vida era la única que conocÃa. Todo cambió cuando mi padre me llamó a su despacho y puso un pergamino sobre la mesa. Me explicó que la fortuna de la familia dependÃa de un acuerdo antiguo, renovado cada año por una sola persona. Mientras alguien cumpliera con esa firma, los negocios seguÃan adelante, las pérdidas se corregÃan y el dinero nunca desaparecÃa por completo.
1:32 Mi abuelo lo habÃa hecho antes que él. Mi padre lo hizo durante años y ahora me correspondÃa a mÃ. Le pregunté qué tenÃa que hacer. Me dijo que escribir mi nombre al final del documento. Después quise saber qué recibÃamos a cambio y me respondió que eso era evidente. Dinero, estabilidad y protección para los negocios. Entonces le pregunté qué recibÃa la otra parte. Mi padre guardó silencio. Volvà a preguntarlo y terminó admitiendo que no lo sabÃa. Dijo que su padre tampoco se lo habÃa explicado y que nunca habÃa sido necesario conocer esa parte del trato. Ahà decidà que no iba a firmar. Ãl intentó convencerme, me recordó todo lo que tenÃamos y aseguró que el acuerdo habÃa sostenido a la familia durante décadas. Yo seguà preguntándole qué estábamos entregando a cambio. Como no pudo responder, dejé el pergamino sobre el escritorio y le dije que no contara conmigo.
2:37 Antes de salir, mi padre me explicó lo único que sabÃa sobre rechazar el acuerdo. Si yo no firmaba, la protección terminaba, los problemas empezarÃan a llegar y el contrato quedarÃa pendiente hasta que aceptara. No habrÃa otro miembro de la familia que pudiera ocupar mi lugar, ni una segunda oportunidad para pasarle la responsabilidad a alguien más. La decisión ya era mÃa. Pensé que trataba de asustarme para conseguir la firma y me fui a mi cuarto. Esa misma noche entendà que hablaba en serio. A medianoche la temperatura bajó de golpe y pude ver mi aliento. Después escuché unas espuelas en el pasillo. La puerta se abrió y entró un hombre vestido de negro con sombrero, botas y espuelas doradas. Caminó hasta la silla frente a mi cama y se sentó. Yo ya sabÃa quién era. El charro negro permaneció en silencio unos segundos, sacó un cigarro, lo encendió con un encendedor de oro y el olor a azufre llenó el cuarto. Luego me dijo con una voz tranquila que el dinero seguÃa en la mesa y que tarde o temprano iba a necesitarlo. Sentà la vibración de su voz en el piso. No añadió nada más. Solo se quedó sentado un rato, se levantó y salió. Cuando se fue, la temperatura volvió a la normalidad. El pergamino seguÃa sobre el escritorio y el lapicero estaba junto a él.
4:08 Pasé el resto de la noche despierto, repasando lo que habÃa ocurrido. TodavÃa querÃa creer que esa visita habÃa sido una advertencia aislada. Algo destinado a asustarme para que cambiara de opinión. La noche siguiente volvió. Entró. Se sentó frente a mÃ. Repitió que el dinero seguÃa disponible y esperó. Después se marchó. Regresó la noche posterior y luego otra vez. Asà que las dejé de contar al poco tiempo. Intenté sacar el contrato de la casa una sola vez. Lo llevé lejos y lo dejé en un lugar al que no pensaba regresar. Cuando volvÃ, el pergamino estaba otra vez sobre mi escritorio, con el mismo lapicero a un lado.
4:54 Desde ese momento dejé de moverlo. Mi padre me confirmó que el documento seguirÃa conmigo mientras yo mantuviera mi negativa. El charro no necesitaba traer uno nuevo al año siguiente, porque la primera renovación seguÃa abierta, y tampoco podÃa pasarle el compromiso a otra persona. Yo habÃa rechazado el acuerdo y ahora solo mi firma podÃa cerrarlo. Al principio, lo que más me afectaba eran las visitas. Esperaba la medianoche con el cuerpo tenso, atento al cambio de temperatura y al sonido de las espuelas. Después comenzaron los problemas y mi atención cambió. Uno de nuestros negocios perdió clientes. Otro dejó de recibir contratos importantes. Un crédito fue cancelado y varios socios se retiraron. Empezamos a vender propiedades para cubrir las deudas. Nada ocurrió de una sola vez. Cada problema tenÃa una explicación razonable por separado. Pero juntos empezaron a vaciar todo lo que mi familia habÃa construido. Y mi padre sabÃa por qué estaba pasando. Cada vez que llegaba una mala noticia, me preguntaba si habÃa cambiado de opinión.
6:08 Pero yo le respondÃa que seguÃa sin saber qué estaba entregando a cambio del dinero. Ãl insistÃa en que nadie de la familia lo habÃa sabido y que eso nunca habÃa impedido que firmaran. Mi madre también habló conmigo varias veces. Me recordaba que todos habÃamos vivido bien gracias al acuerdo y que no tenÃa sentido destruirlo por una pregunta que nadie habÃa podido responder. Una tarde le pregunté directamente si ella sabÃa qué querÃa el charro negro. Admitió que no. Esa respuesta me bastó para mantenerme firme. Mientras nosotros perdÃamos cosas, él seguÃa llegando. A medianoche entraba, tomaba asiento y esperaba.
6:52 Algunas noches encendÃa un cigarro, otras se quedaba quieto, pero nunca intentó sujetarme, nunca puso el lapicero en mi mano y tampoco me amenazó. Su forma de presionarme era más simple. AparecÃa, dejaba el contrato a la vista y me recordaba que la solución seguÃa disponible. Con el paso de los meses perdimos más negocios, vendimos vehÃculos y mi hermana tuvo que cambiar de universidad. Mi padre cerró oficinas, despidió empleados y terminó vendiendo propiedades que habÃan pertenecido a la familia durante años. La casa fue lo último importante que perdimos. Cuando nos mudamos todavÃa tuve la esperanza de que las visitas estuvieran ligadas al lugar en donde habÃa comenzado todo. Pensé que tal vez el charro aparecÃa porque el contrato habÃa estado en esa casa, porque mi padre lo habÃa guardado ahÃ, o porque el acuerdo estaba unido a ese sitio. La primera noche después de la mudanza terminó con esa idea.
7:54 Yo dormÃa en la sala cuando escuché las espuelas. El charro entró, acercó una silla, puso el pergamino sobre la mesa y dejó el lapicero junto a él. Luego me repitió que el dinero seguÃa disponible. y que tarde o temprano iba a necesitarlo. Esa noche entendà la regla que nadie habÃa sabido explicarme al principio. El contrato no pertenecÃa a una casa, a una empresa, ni a una cuenta bancaria. Me pertenecÃa a mÃ. PodÃa cambiar de dirección, perder lo que quedaba o irme lejos. Pero mientras mi firma siguiera faltando, él me seguirÃa encontrando. Desde entonces dejé de pensar en las visitas como algo ligado a una propiedad. El charro podÃa aparecer donde yo estuviera porque el pendiente no estaba en un lugar fÃsico. Estaba unido a mi decisión. Y esa decisión seguÃa sin cambiar desde aquella noche. Después de mudarnos, cada uno tuvo que encontrar una forma de sostener la casa.
8:55 Mi padre consiguió trabajo administrando un negocio ajeno. Mi madre empezó a vender comida y mi hermana combinó sus estudios con un empleo. Yo aceptaba lo que aparecÃa. Durante unos meses logramos cubrir los gastos básicos y pensé que si podÃamos vivir con menos, yo podÃa seguir rechazando la firma. Ya no tendrÃamos empresas ni propiedades, pero todavÃa podÃamos comer, pagar la renta y mantenernos juntos. Pero el cansancio empezó a acumularse. HabÃa semanas con trabajo y otras en las que casi no entraba nada, y un gasto pequeño podÃa desordenar todo el mes. Si se atrasaba un pago, tenÃamos que mover otro. Si faltaba comida, mi madre reducÃa las porciones y decÃa que no tenÃa hambre. Yo trataba de ayudar, pero también empecé a dormir mal. SabÃa que a la medianoche él iba a aparecer, asà que organizaba el dÃa para estar de regreso antes de esa hora. Rechacé trabajos nocturnos y terminé alejándome de varias personas. porque nunca sabÃa cómo explicar que debÃa regresar temprano. Ese desgaste llegó al trabajo.
10:06 Empecé a cometer errores, olvidaba datos y confundÃa cantidades que antes manejaba sin problema. Mi jefe me llamó y me dijo que necesitaba a alguien que pudiera concentrarse. No discutÃ, me pagó lo pendiente y me fui. Desde entonces trabajé por dÃas cargando mercancÃa, haciendo entregas, ayudando con inventarios o aceptando cualquier cosa que pagara al terminar. Algunas semanas alcanzaba para aportar a la casa, otras apenas cubrÃa mis propios gastos. Mi familia dejó de hablar del pacto con la misma insistencia. Mi padre ya no me pedÃa que firmara. Mi madre dejó de preguntarme cuándo iba a cambiar de opinión. y mi hermana evitaba el tema. Ese silencio me afectó más que las discusiones. Antes podÃa recordarles que ninguno sabÃa qué se entregaba a cambio. Después ya no habÃa nada que responder.
11:03 Mi padre llegaba cansado, se sentaba con las cuentas y calculaba cuánto faltaba, y mi madre revisaba lo que quedaba para cocinar. Mi hermana preguntaba si podÃa aportar algo más, pero la solución estaba a pocos pasos de donde dormÃa, Una noche, durante la cena, mi hermana preguntó si el dinero regresarÃa en cuanto yo firmara. Mi padre respondió que sÃ. Ella no me pidió nada, no insistió y tampoco volvió a tocar el tema. Y siguió comiendo. Pero esa pregunta se quedó conmigo. Cuando él llegó esa noche, miré el pergamino más tiempo de lo normal. Ãl lo notó y guardó silencio. Ahà entendà su método. Nunca me amenazaba ni intentaba obligarme. Se quedaba sentado y yo terminaba pensando en todo lo que podÃa arreglar con una firma. El trabajo lo hacÃa mi propia cabeza, pues cada noche yo llegaba con más razones para ceder. Desde entonces cada problema de la casa terminaba acompañándome hasta la sala. Una deuda, un recibo atrasado o una semana con poco trabajo. Yo hacÃa cuentas mientras él estaba sentado frente a mÃ. Pensaba cuánto faltaba para la renta, la comida y cuánto tiempo podÃamos seguir asÃ. Ãl no necesitaba decir nada. El pergamino y el lapicero estaban ahà y bastaba con verlos. Cada noche acababa haciendo las mismas cuentas mientras el resto de la casa también intentaba dormir. Hace algunos dÃas quedaba poca comida
12:38 y mi madre dijo que ya habÃa desayunado. Más tarde descubrà que no era cierto. HabÃa dejado su parte para los demás. Salà a buscar trabajo y recorrà varios lugares. En uno me dijeron que tal vez necesitarÃan gente la semana siguiente. En los demás no habÃa nada. Regresé sin haber ganado un peso. Mi padre estaba sentado frente a las cuentas y faltaba dinero para completar la renta, además de otros gastos que ya venÃamos retrasando. Le pregunté qué Ãbamos a hacer y me dijo que encontrarÃamos una forma. No habló del pacto ni me reclamó nada, solo volvió a mirar los números. Mi hermana llegó más tarde y puso sobre la mesa casi todo lo que habÃa ganado durante la semana. Mi madre le pidió que guardara una parte, pero ella se negó. Usamos ese dinero para cubrir lo más urgente y cenamos poco. Nadie mencionó al charro y tampoco hacÃa falta. Cuando los demás se fueron a dormir, me quedé en la sala. El pergamino estaba sobre la mesa y el lapicero seguÃa junto a él. Lo habÃa visto tantas veces que conocÃa cada lÃnea, pero esa noche lo miré distinto. Durante dos años me habÃa concentrado en lo que podÃa perder si firmaba. Esa vez pensé en lo que ya estábamos perdiendo por mi decisión. Mi madre estaba dejando de comer, mi hermana entregaba casi todo su sueldo,
14:08 y mi padre pasaba las noches revisando cuentas que nunca terminaban de cerrar. Yo tampoco tenÃa un trabajo fijo. A medianoche bajó la temperatura y escuché las espuelas. Ãl entró, tomó la silla y se sentó frente a mÃ. Esa noche no encendió el cigarro ni repitió su frase, solo guardó silencio. Yo miré mi nombre escrito en el documento y el espacio vacÃo debajo. Pensé en la renta, en la comida y en todo lo que mi familia habÃa perdido. Después apareció una idea que llevaba dos años rechazando. PodÃa terminar con todo eso esa misma noche. Si firmaba, el dinero regresarÃa. PodÃamos pagar lo que debÃamos y empezar de nuevo.
14:53 También podÃa decirme que lo habÃa hecho por ellos. Esa fue la primera vez que esa excusa me resultó suficiente. Extendà la mano hacia el lapicero y él no se movió acerqué los dedos y cuando estaba a punto de tocarlo, levantó un poco la cabeza, vi su boca debajo del sombrero y estaba sonriendo, retiré la mano pero él siguió sentado, no habló ni acercó el documento, esperó un poco más, luego se levantó y salió, el pergamino quedó sobre la mesa pero yo no dormÃ, durante dos años me habÃa repetido que nunca iba a firmar, que podÃa soportar la pérdida de las empresas, de la casa y de cualquier comodidad.
15:37 Pero anoche entendà que eso no era cierto. Yo también tenÃa un lÃmite, solo que todavÃa no sabÃa cuánto faltaba para llegar a él. Hoy fue peor. El dueño de la casa pidió la parte de la renta que seguÃa pendiente y mi padre no pudo completarla. Mi madre vendió una de las pocas cosas de valor que todavÃa conservaba. Mi hermana tomó más horas de trabajo y yo conseguà descargar mercancÃa durante unas horas. Usé casi todo lo que me pagaron para comprar comida. Cuando regresé, mi madre vio las bolsas, me dio las gracias y empezó a guardar las cosas. Me quedé frente a ella sin saber qué decir.
16:18 Ahora estoy sentado frente al mismo pergamino y, dentro de unas horas, él volverá. La temperatura bajará, escucharé las espuelas y entrará para ocupar la silla. Puede fumar, puede repetir su frase o puede quedarse callado. De verdad que ya no importa. Durante mucho tiempo pensé que su visita era una amenaza, pero su ventaja siempre fue el tiempo. Ãl puede esperar. Yo resistà cuando perdimos los negocios, cuando vendimos la casa y cuando me quedé sin trabajo. Resistir fue más fácil mientras todavÃa tenÃamos algo que perder. Anoche estuve a centÃmetros de tomar el lapicero y hoy pasaron cosas peores.
17:01 Por eso ya no puedo asegurar qué voy a hacer cuando vuelva a sentarse frente a mÃ. Sé que no me va a matar. Solo va a seguir viniendo todas las noches por el resto de mi vida, esperando a que tenga un solo dÃa malo. Y hoy, hoy tuve el peor dÃa de mi vida. Si te gustó este video, te recomiendo ir a ver El Charro Negro Me pidió mi alma a cambio de riqueza y curar a mi esposa, y también el cobrador del charro negro vino por una deuda.
Apple Podcasts
Spotify
Castro
RSS Feed