El Pacto De La Cueva: El Verdadero Precio De Una Cosecha Maldita - Historias De Terror - REDE
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0:05 Mi nombre es Julian Arce, tengo 46 años y trabajo en una parcela en San Jerónimo desde que murió mi padre. Recuerdo con precisión los dÃas en que empezó todo, porque mi hijo Juan sigue internado y yo sé que provocó su estado. Los médicos revisaron su sangre, sus pulmones, sus riñones y su sistema nervioso. Cambiaron tratamientos y buscaron antecedentes familiares, pero ninguno pudo explicar por qué perdió tanta fuerza en menos de dos semanas. Yo sà conozco la causa, aunque tardé varios dÃas en admitirla. Ese año, la sequÃa dejó la parcela sin agua. El pozo ya no alcanzaba para regar.
0:47 La cosecha anterior se habÃa perdido y yo debÃa dinero al banco, al proveedor de semillas y a dos trabajadores. MarÃa me pidió que vendiéramos antes de perder la casa, pero me negué. La tierra habÃa sido de mi padre y no querÃa entregarla después de tantos años. Las cuentas no cerraban. Sin lluvia, la parcela no producirÃa y el banco iniciarÃa el cobro antes de terminar el mes. Mauro Castañeda me habló entonces de una cueva en el Barranco Negro. Lo hizo una tarde mientras yo revisaba una bomba descompuesta. dijo que algunas personas entraban ahà para pedir favores y dejaban dinero, aguardiente y sangre de animales también dijo que la cueva retenÃa a quienes llegaban por avaricia yo habÃa escuchado esos relatos desde niño le pregunté si habÃa entrado admitió que lo hizo años antes cuando estuvo a punto de perder su ganado pero no quiso decir qué pidió ni qué entregó solo me explicó el camino y me advirtió que fuera solo Al dÃa siguiente, llevé una botella de aguardiente, billetes nuevos y un gallo. Dejé la camioneta cerca del barranco y seguà a pie hasta la entrada.
2:05 Ahà encontré monedas, botellas vacÃas y restos de animales. El aire olÃa a alcohol y sangre. Avancé con una lámpara hasta una parte amplia del túnel. Puse el dinero sobre una piedra, abrà la botella y sujeté al gallo. Le corté el cuello con una navaja, dejé caer la sangre junto a la guardiente y dije que necesitaba agua para la parcela y dinero para pagar mis deudas. Después ofrecà mi alma. Esperé varios minutos, pero no escuché nada y pensé que habÃa ido demasiado lejos por miedo a perder la tierra. Busqué el camino de regreso, pero no encontré el paso por el que habÃa entrado. Frente a mà solo habÃa roca. Toqué la pared y no hallé otra salida.
2:53 Entonces una voz habló desde el fondo, pero no vi a nadie. Pronunció mi nombre completo y dijo que mi alma no servÃa como pago. Afirmó que podÃa darme agua y dinero de inmediato, pero cobrarÃa con la salud de mi primogénito. Cada noche tomarÃa una parte mientras el niño se debilitara, la tierra producirÃa y las cuentas seguirÃan aumentando. Mi primogénito era Juan, tenÃa nueve años, estaba sano y nunca habÃa pasado una noche en un hospital. Pregunté si iba a morir. La voz respondió que la muerte no formaba parte del acuerdo, porque debÃa permanecer vivo mientras quedara salud por cobrar. Quise retirarme, pero seguÃa sin encontrar la salida.
3:40 Pensé en las deudas, en el pozo seco, en la cosecha perdida y en la posibilidad de entregar la parcela al banco. También pensé que todo podÃa terminar al salir, que la voz podÃa venir de alguien oculto o de mi propio miedo. Me aferré a esa explicación, porque necesitaba una excusa, asà que acepté. Después de pronunciar la respuesta, volvà a encontrar el túnel. Salà de la cueva, regresé a casa y no le conté nada a MarÃa, solo le dije que habÃa ido a buscar una bomba usada. Juan ya dormÃa, Entré a su cuarto, lo vi respirar con normalidad y me quedé junto a la cama. Fui a la cocina, bebà agua y traté de dormir. Durante la madrugada empezó a llover y el agua cayó con fuerza sobre nuestra parcela, llenó las zanjas y cubrió los surcos, mientras los terrenos vecinos recibÃan muy poco. MarÃa lo vio al amanecer porque el suelo mojado terminaba justo en la cerca.
4:46 Me preguntó cómo podÃa pasar eso y respondà que habÃa sido una tormenta aislada. Antes del mediodÃa recibà un depósito que cubrÃa la cuota vencida del banco y otras deudas. El concepto indicaba un ajuste comercial de una empresa con la que yo habÃa trabajado años atrás. Llamé al número que conservaba y ya no estaba en servicio. El banco confirmó que el dinero era válido. Pagué lo urgente, compré semillas y contraté de nuevo a los trabajadores. Sembramos esa tarde y a la mañana siguiente el maÃz habÃa brotado y dos dÃas después tenÃa el tamaño que normalmente alcanzaba en varias semanas. MarÃa dijo que ese crecimiento no era normal.
5:32 Los trabajadores preguntaron qué habÃa usado en la tierra y les respondà que la lluvia habÃa activado el suelo y seguà trabajando. La primera noche escuché abrirse el portón. Miré el reloj una sola vez y vi que pasaba de la una. Después oà pasos en el pasillo, pesados y regulares. Me levanté y fui al cuarto de Juan. La puerta estaba cerrada y la manija no giraba. Desde dentro llegaba una respiración fuerte. Golpeé, llamé a mi hijo y traté de forzar la cerradura. MarÃa salió de nuestra habitación y preguntó qué ocurrÃa. Le dije que la puerta se habÃa trabado.
6:14 Los pasos continuaron unos segundos, luego cesaron y la manija volvió a moverse. Cuando entramos, Juan estaba acostado de lado, pálido y cubierto de sudor. HabÃa barro junto a la cama y el cuarto olÃa a aguardiente. MarÃa lo despertó, le preguntó si sentÃa dolor y respondió que tenÃa dormida la mano derecha. A la mañana siguiente seguÃa sin moverla bien. Por eso, MarÃa lo llevó a la clÃnica. El médico habló de una compresión nerviosa y pidió observarlo. Mientras ellos estaban fuera, revisé la cuenta y encontré otro depósito. Esa tarde, las plantas habÃan crecido varios centÃmetros más. La noche siguiente, me quedé sentado frente al cuarto de Juan. Y, cuando escuché el portón, intenté llamar a MarÃa, pero no pude sacar la voz. Los pasos avanzaron por el pasillo hasta detenerse frente a mÃ. pero no vi a nadie. Vi barro caer sobre el piso y sentà el olor del aguardiente.
7:17 La puerta se cerró y permaneció trabada mientras yo golpeaba con las manos. Cuando se abrió, Juan tenÃa sangre en la nariz y respiraba con dificultad. MarÃa llamó a una ambulancia y en el hospital le hicieron estudios y no encontraron una causa suficiente. Pero esa mañana llegó otro depósito, mayor que los anteriores. Durante los dÃas siguientes el cobro continuó. Cada noche escuchábamos el portón, los pasos y la puerta, y cada mañana Juan habÃa perdido algo. Primero fue la fuerza de un brazo, después la seguridad al caminar y luego el aire al hablar. Al mismo tiempo el maÃz crecÃa tres veces más rápido de lo normal y el dinero seguÃa entrando. MarÃa dejó de aceptar mis respuestas y me preguntó qué habÃa hecho y por qué todo habÃa empezado la misma noche. Yo seguà callando desde aquella primera noche, porque decir la verdad significaba admitir que habÃa usado la salud de nuestro hijo para conservar la tierra. Al sexto dÃa, Juan intentó levantarse, pero cayó junto a la cama y MarÃa lo sostuvo antes de llamar a una ambulancia. TenÃa las piernas débiles. Respiraba con esfuerzo y apenas podÃa mantener los ojos abiertos. Los médicos repitieron los estudios, revisaron el corazón, los pulmones y la sangre, pero no encontraron la causa de aquella pérdida de fuerza. Esa noche me quedé en
8:48 el pasillo, porque MarÃa no quiso que entrara, y cerca de la madrugada escuché los pasos que venÃan desde el extremo del corredor. Avanzaron hasta la habitación y la puerta se cerró. MarÃa trató de abrirla desde dentro, pidió ayuda, mientras yo sujetaba la manija y tiraba con fuerza sin conseguir moverla. Cuando los pasos cesaron, la puerta quedó libre. Juan seguÃa despierto, respiraba peor y ya no podÃa levantar una pierna. Poco después recibà otro depósito, suficiente para cubrir todas las deudas pendientes. MarÃa me llamó aparte y me preguntó qué habÃa hecho. Ya no aceptó evasivas, por eso le conté que habÃa entrado a la cueva, que llevé dinero, aguardiente y un gallo, y que ofrecà mi alma y que la voz pidió la salud de Juan. También le dije que pregunté si nuestro hijo morirÃa y que acepté después de escuchar que seguirÃa vivo. MarÃa me golpeó en la cara, me ordenó alejarme de la habitación y dijo que yo habÃa entregado a Juan para conservar una parcela.
9:58 No intenté defenderme, Me quedé sentado en el pasillo mientras los médicos lo estabilizaban, y ella llamaba a su hermana para pedirle ayuda. Desde ese momento solo me permitió acercarme cuando Juan lo pedÃa, y aún entonces permanecÃa junto a la cama, atenta a cada movimiento mÃo. Volvà a la cueva esa tarde con el dinero que quedaba en casa y otra botella de aguardiente. Entré hasta el sitio de la ofrenda. Dejé todo sobre la piedra y dije que renunciaba al agua, a la cosecha y a cualquier pago futuro. Pedà que tomaran mi salud en lugar de la de Juan. La voz respondió que el acuerdo ya estaba en marcha, que el uso del dinero no cambiaba el pago y que el deudor no podÃa sustituirse después del primer cobro.
10:48 Pregunté cuánto faltaba. La respuesta fue precisa. TerminarÃa cuando mi hijo conservara vida suficiente para reconocerme y salud insuficiente para dejar de necesitar ayuda. Le ofrecà mi vida, pero la voz rechazó el cambio. Dijo que una muerte rápida me librarÃa de presenciar el resultado y que esa salida no formaba parte del acuerdo. Yo debÃa permanecer vivo, recibir lo pedido y entender cada pérdida. Salà de la cueva y fui directo a la parcela. El maÃz habÃa crecido tres veces más rápido de lo normal, los tallos ya sostenÃan mazorcas y varios compradores llamaban para ofrecer contratos. Uno aseguró que yo habÃa aceptado una venta por adelantado. Revisé la cuenta y encontré una transferencia que no autoricé. Subà al tractor, derribé varias filas y rocié combustible sobre una parte del cultivo.
11:45 Luego encendà el fuego. Pocos minutos después comenzó a llover únicamente sobre mis terrenos. El agua apagó las llamas y dejó secas las parcelas vecinas. Al amanecer regresé al campo. Las plantas quemadas seguÃan firmes y tenÃan hojas nuevas sobre los tallos dañados. Pedà al banco que bloqueara los depósitos y me cerraron una cuenta, pero el dinero apareció en otra abierta a mi nombre. Dos dÃas después apareció una tercera, también con mis datos y una firma que yo no hice. Mientras yo intentaba detener el dinero, Juan seguÃa perdiendo fuerza. Necesitó oxÃgeno, dejó de caminar y empezó a ver solo lo que tenÃa cerca. Los médicos detectaron daño neurológico, renal y pulmonar, aunque no encontraron una causa común. MarÃa dejó de preguntarme si podÃa detenerlo. Yo iba del hospital a la parcela y de la parcela a la cueva, sin conseguir nada. Cada visita terminaba con la misma respuesta. El acuerdo seguÃa vigente. Una tarde, Juan pidió hablar conmigo. MarÃa me dejó entrar y permaneció junto a la cama. Mi hijo hablaba bajo y respiraba con ayuda. Y me dijo que cada noche entraba un hombre alto, se sentaba a su lado y le apretaba una parte distinta del cuerpo.
13:10 También le repetÃa que el dinero llegaba, porque él estaba pagando. Le pregunté si habÃa visto su rostro. Dijo que no, porque el hombre se colocaba detrás de su cabeza. Antes de irse, le ordenaba mantenerse despierto y recordar quién habÃa aceptado el trato. MarÃa me pidió que saliera y esa fue la última conversación completa que tuve con él. Al dÃa siguiente, Juan sufrió una convulsión. Los médicos lograron estabilizarlo, pero perdió casi toda la movilidad de las piernas y parte de la visión. Mi teléfono recibió varios avisos mientras lo atendÃan. Dejé de revisar las cantidades, porque cada depósito llegaba durante una crisis o después de un nuevo informe.
13:57 Regresé a la cueva sin dinero, sin botella y sin intención de salir. Desde niño habÃa escuchado que el lugar retenÃa a quienes entraban por avaricia. Por eso decidà quedarme ahà y cortar el vÃnculo. La voz dijo que mi presencia no alteraba la deuda. Respondà que la salida habÃa desaparecido la primera vez y que eso me habÃa obligado a aceptar. La voz contestó que el túnel volvió después de mi respuesta y que yo habÃa tomado la decisión antes de pronunciarla. Primero pensé en la tierra, después en Juan. Permanecà en la cueva hasta el amanecer. Cuando salÃ, tenÃa varias llamadas de MarÃa. Juan habÃa sufrido otra crisis y necesitaba un respirador. Llegué al hospital. pero ella no me dejó entrar. Me dijo que seguÃa consciente. ReconocÃa las voces y habÃa preguntado por qué yo no habÃa preferido perder la parcela. No tuve respuesta. Me quedé fuera de la habitación mientras los pasos regresaban durante la madrugada y nadie pudo abrir la puerta hasta que terminaron. Después, un médico salió y explicó que Juan ya no podÃa respirar sin ayuda.
15:11 La cosecha estuvo lista antes de cumplirse dos semanas. Me negué a venderla, pero los compradores llegaron con documentos firmados a mi nombre y comprobantes de pago. Los trabajadores recogieron el maÃz, porque sus jornales ya estaban cubiertos. La producción fue tres veces mayor que en una temporada normal. Vendà la tierra a un pariente por una cantidad mÃnima, pero el registro volvió a mostrarme como propietario. Intenté transferir el dinero y pagar deudas ajenas. Algunas operaciones fueron rechazadas, otras regresaron y todas quedaron reemplazadas por depósitos mayores. Juan sobrevivió, pero necesita ayuda para respirar, alimentarse y moverse. Escucha, reconoce a MarÃa y sabe cuándo estoy cerca. Algunas noches permite que entre y otras pide que me vaya. Yo permanezco en el pasillo y MarÃa se queda junto a su cama.
16:10 Durante la madrugada llegan los pasos. La puerta se cierra y Juan pierde algo más. Y antes del amanecer aparece un depósito. Intenté devolver el dinero, destruir la cosecha, entregar la tierra y ofrecer mi salud. Pero nada cambió. La condición habÃa sido clara desde el principio. Juan seguirÃa vivo mientras quedara salud por cobrar. Yo la escuché completa y acepté. permanece consciente depende de otros y sabe que fui yo quien eligió juan sigue vivo esa fue la promesa y ese fue el precio
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