July 18, 2026

El Pacto De La Cueva: El Verdadero Precio De Una Cosecha Maldita - Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 Mi nombre es Julian Arce, tengo 46 años y trabajo en una parcela en San Jerónimo desde que murió mi padre. Recuerdo con precisión los días en que empezó todo, porque mi hijo Juan sigue internado y yo sé que provocó su estado. Los médicos revisaron su sangre, sus pulmones, sus riñones y su sistema nervioso. Cambiaron tratamientos y buscaron antecedentes familiares, pero ninguno pudo explicar por qué perdió tanta fuerza en menos de dos semanas. Yo sí conozco la causa, aunque tardé varios días en admitirla. Ese año, la sequía dejó la parcela sin agua. El pozo ya no alcanzaba para regar.

0:47 La cosecha anterior se había perdido y yo debía dinero al banco, al proveedor de semillas y a dos trabajadores. María me pidió que vendiéramos antes de perder la casa, pero me negué. La tierra había sido de mi padre y no quería entregarla después de tantos años. Las cuentas no cerraban. Sin lluvia, la parcela no produciría y el banco iniciaría el cobro antes de terminar el mes. Mauro Castañeda me habló entonces de una cueva en el Barranco Negro. Lo hizo una tarde mientras yo revisaba una bomba descompuesta. dijo que algunas personas entraban ahí para pedir favores y dejaban dinero, aguardiente y sangre de animales también dijo que la cueva retenía a quienes llegaban por avaricia yo había escuchado esos relatos desde niño le pregunté si había entrado admitió que lo hizo años antes cuando estuvo a punto de perder su ganado pero no quiso decir qué pidió ni qué entregó solo me explicó el camino y me advirtió que fuera solo Al día siguiente, llevé una botella de aguardiente, billetes nuevos y un gallo. Dejé la camioneta cerca del barranco y seguí a pie hasta la entrada.

2:05 Ahí encontré monedas, botellas vacías y restos de animales. El aire olía a alcohol y sangre. Avancé con una lámpara hasta una parte amplia del túnel. Puse el dinero sobre una piedra, abrí la botella y sujeté al gallo. Le corté el cuello con una navaja, dejé caer la sangre junto a la guardiente y dije que necesitaba agua para la parcela y dinero para pagar mis deudas. Después ofrecí mi alma. Esperé varios minutos, pero no escuché nada y pensé que había ido demasiado lejos por miedo a perder la tierra. Busqué el camino de regreso, pero no encontré el paso por el que había entrado. Frente a mí solo había roca. Toqué la pared y no hallé otra salida.

2:53 Entonces una voz habló desde el fondo, pero no vi a nadie. Pronunció mi nombre completo y dijo que mi alma no servía como pago. Afirmó que podía darme agua y dinero de inmediato, pero cobraría con la salud de mi primogénito. Cada noche tomaría una parte mientras el niño se debilitara, la tierra produciría y las cuentas seguirían aumentando. Mi primogénito era Juan, tenía nueve años, estaba sano y nunca había pasado una noche en un hospital. Pregunté si iba a morir. La voz respondió que la muerte no formaba parte del acuerdo, porque debía permanecer vivo mientras quedara salud por cobrar. Quise retirarme, pero seguía sin encontrar la salida.

3:40 Pensé en las deudas, en el pozo seco, en la cosecha perdida y en la posibilidad de entregar la parcela al banco. También pensé que todo podía terminar al salir, que la voz podía venir de alguien oculto o de mi propio miedo. Me aferré a esa explicación, porque necesitaba una excusa, así que acepté. Después de pronunciar la respuesta, volví a encontrar el túnel. Salí de la cueva, regresé a casa y no le conté nada a María, solo le dije que había ido a buscar una bomba usada. Juan ya dormía, Entré a su cuarto, lo vi respirar con normalidad y me quedé junto a la cama. Fui a la cocina, bebí agua y traté de dormir. Durante la madrugada empezó a llover y el agua cayó con fuerza sobre nuestra parcela, llenó las zanjas y cubrió los surcos, mientras los terrenos vecinos recibían muy poco. María lo vio al amanecer porque el suelo mojado terminaba justo en la cerca.

4:46 Me preguntó cómo podía pasar eso y respondí que había sido una tormenta aislada. Antes del mediodía recibí un depósito que cubría la cuota vencida del banco y otras deudas. El concepto indicaba un ajuste comercial de una empresa con la que yo había trabajado años atrás. Llamé al número que conservaba y ya no estaba en servicio. El banco confirmó que el dinero era válido. Pagué lo urgente, compré semillas y contraté de nuevo a los trabajadores. Sembramos esa tarde y a la mañana siguiente el maíz había brotado y dos días después tenía el tamaño que normalmente alcanzaba en varias semanas. María dijo que ese crecimiento no era normal.

5:32 Los trabajadores preguntaron qué había usado en la tierra y les respondí que la lluvia había activado el suelo y seguí trabajando. La primera noche escuché abrirse el portón. Miré el reloj una sola vez y vi que pasaba de la una. Después oí pasos en el pasillo, pesados y regulares. Me levanté y fui al cuarto de Juan. La puerta estaba cerrada y la manija no giraba. Desde dentro llegaba una respiración fuerte. Golpeé, llamé a mi hijo y traté de forzar la cerradura. María salió de nuestra habitación y preguntó qué ocurría. Le dije que la puerta se había trabado.

6:14 Los pasos continuaron unos segundos, luego cesaron y la manija volvió a moverse. Cuando entramos, Juan estaba acostado de lado, pálido y cubierto de sudor. Había barro junto a la cama y el cuarto olía a aguardiente. María lo despertó, le preguntó si sentía dolor y respondió que tenía dormida la mano derecha. A la mañana siguiente seguía sin moverla bien. Por eso, María lo llevó a la clínica. El médico habló de una compresión nerviosa y pidió observarlo. Mientras ellos estaban fuera, revisé la cuenta y encontré otro depósito. Esa tarde, las plantas habían crecido varios centímetros más. La noche siguiente, me quedé sentado frente al cuarto de Juan. Y, cuando escuché el portón, intenté llamar a María, pero no pude sacar la voz. Los pasos avanzaron por el pasillo hasta detenerse frente a mí. pero no vi a nadie. Vi barro caer sobre el piso y sentí el olor del aguardiente.

7:17 La puerta se cerró y permaneció trabada mientras yo golpeaba con las manos. Cuando se abrió, Juan tenía sangre en la nariz y respiraba con dificultad. María llamó a una ambulancia y en el hospital le hicieron estudios y no encontraron una causa suficiente. Pero esa mañana llegó otro depósito, mayor que los anteriores. Durante los días siguientes el cobro continuó. Cada noche escuchábamos el portón, los pasos y la puerta, y cada mañana Juan había perdido algo. Primero fue la fuerza de un brazo, después la seguridad al caminar y luego el aire al hablar. Al mismo tiempo el maíz crecía tres veces más rápido de lo normal y el dinero seguía entrando. María dejó de aceptar mis respuestas y me preguntó qué había hecho y por qué todo había empezado la misma noche. Yo seguí callando desde aquella primera noche, porque decir la verdad significaba admitir que había usado la salud de nuestro hijo para conservar la tierra. Al sexto día, Juan intentó levantarse, pero cayó junto a la cama y María lo sostuvo antes de llamar a una ambulancia. Tenía las piernas débiles. Respiraba con esfuerzo y apenas podía mantener los ojos abiertos. Los médicos repitieron los estudios, revisaron el corazón, los pulmones y la sangre, pero no encontraron la causa de aquella pérdida de fuerza. Esa noche me quedé en

8:48 el pasillo, porque María no quiso que entrara, y cerca de la madrugada escuché los pasos que venían desde el extremo del corredor. Avanzaron hasta la habitación y la puerta se cerró. María trató de abrirla desde dentro, pidió ayuda, mientras yo sujetaba la manija y tiraba con fuerza sin conseguir moverla. Cuando los pasos cesaron, la puerta quedó libre. Juan seguía despierto, respiraba peor y ya no podía levantar una pierna. Poco después recibí otro depósito, suficiente para cubrir todas las deudas pendientes. María me llamó aparte y me preguntó qué había hecho. Ya no aceptó evasivas, por eso le conté que había entrado a la cueva, que llevé dinero, aguardiente y un gallo, y que ofrecí mi alma y que la voz pidió la salud de Juan. También le dije que pregunté si nuestro hijo moriría y que acepté después de escuchar que seguiría vivo. María me golpeó en la cara, me ordenó alejarme de la habitación y dijo que yo había entregado a Juan para conservar una parcela.

9:58 No intenté defenderme, Me quedé sentado en el pasillo mientras los médicos lo estabilizaban, y ella llamaba a su hermana para pedirle ayuda. Desde ese momento solo me permitió acercarme cuando Juan lo pedía, y aún entonces permanecía junto a la cama, atenta a cada movimiento mío. Volví a la cueva esa tarde con el dinero que quedaba en casa y otra botella de aguardiente. Entré hasta el sitio de la ofrenda. Dejé todo sobre la piedra y dije que renunciaba al agua, a la cosecha y a cualquier pago futuro. Pedí que tomaran mi salud en lugar de la de Juan. La voz respondió que el acuerdo ya estaba en marcha, que el uso del dinero no cambiaba el pago y que el deudor no podía sustituirse después del primer cobro.

10:48 Pregunté cuánto faltaba. La respuesta fue precisa. Terminaría cuando mi hijo conservara vida suficiente para reconocerme y salud insuficiente para dejar de necesitar ayuda. Le ofrecí mi vida, pero la voz rechazó el cambio. Dijo que una muerte rápida me libraría de presenciar el resultado y que esa salida no formaba parte del acuerdo. Yo debía permanecer vivo, recibir lo pedido y entender cada pérdida. Salí de la cueva y fui directo a la parcela. El maíz había crecido tres veces más rápido de lo normal, los tallos ya sostenían mazorcas y varios compradores llamaban para ofrecer contratos. Uno aseguró que yo había aceptado una venta por adelantado. Revisé la cuenta y encontré una transferencia que no autoricé. Subí al tractor, derribé varias filas y rocié combustible sobre una parte del cultivo.

11:45 Luego encendí el fuego. Pocos minutos después comenzó a llover únicamente sobre mis terrenos. El agua apagó las llamas y dejó secas las parcelas vecinas. Al amanecer regresé al campo. Las plantas quemadas seguían firmes y tenían hojas nuevas sobre los tallos dañados. Pedí al banco que bloqueara los depósitos y me cerraron una cuenta, pero el dinero apareció en otra abierta a mi nombre. Dos días después apareció una tercera, también con mis datos y una firma que yo no hice. Mientras yo intentaba detener el dinero, Juan seguía perdiendo fuerza. Necesitó oxígeno, dejó de caminar y empezó a ver solo lo que tenía cerca. Los médicos detectaron daño neurológico, renal y pulmonar, aunque no encontraron una causa común. María dejó de preguntarme si podía detenerlo. Yo iba del hospital a la parcela y de la parcela a la cueva, sin conseguir nada. Cada visita terminaba con la misma respuesta. El acuerdo seguía vigente. Una tarde, Juan pidió hablar conmigo. María me dejó entrar y permaneció junto a la cama. Mi hijo hablaba bajo y respiraba con ayuda. Y me dijo que cada noche entraba un hombre alto, se sentaba a su lado y le apretaba una parte distinta del cuerpo.

13:10 También le repetía que el dinero llegaba, porque él estaba pagando. Le pregunté si había visto su rostro. Dijo que no, porque el hombre se colocaba detrás de su cabeza. Antes de irse, le ordenaba mantenerse despierto y recordar quién había aceptado el trato. María me pidió que saliera y esa fue la última conversación completa que tuve con él. Al día siguiente, Juan sufrió una convulsión. Los médicos lograron estabilizarlo, pero perdió casi toda la movilidad de las piernas y parte de la visión. Mi teléfono recibió varios avisos mientras lo atendían. Dejé de revisar las cantidades, porque cada depósito llegaba durante una crisis o después de un nuevo informe.

13:57 Regresé a la cueva sin dinero, sin botella y sin intención de salir. Desde niño había escuchado que el lugar retenía a quienes entraban por avaricia. Por eso decidí quedarme ahí y cortar el vínculo. La voz dijo que mi presencia no alteraba la deuda. Respondí que la salida había desaparecido la primera vez y que eso me había obligado a aceptar. La voz contestó que el túnel volvió después de mi respuesta y que yo había tomado la decisión antes de pronunciarla. Primero pensé en la tierra, después en Juan. Permanecí en la cueva hasta el amanecer. Cuando salí, tenía varias llamadas de María. Juan había sufrido otra crisis y necesitaba un respirador. Llegué al hospital. pero ella no me dejó entrar. Me dijo que seguía consciente. Reconocía las voces y había preguntado por qué yo no había preferido perder la parcela. No tuve respuesta. Me quedé fuera de la habitación mientras los pasos regresaban durante la madrugada y nadie pudo abrir la puerta hasta que terminaron. Después, un médico salió y explicó que Juan ya no podía respirar sin ayuda.

15:11 La cosecha estuvo lista antes de cumplirse dos semanas. Me negué a venderla, pero los compradores llegaron con documentos firmados a mi nombre y comprobantes de pago. Los trabajadores recogieron el maíz, porque sus jornales ya estaban cubiertos. La producción fue tres veces mayor que en una temporada normal. Vendí la tierra a un pariente por una cantidad mínima, pero el registro volvió a mostrarme como propietario. Intenté transferir el dinero y pagar deudas ajenas. Algunas operaciones fueron rechazadas, otras regresaron y todas quedaron reemplazadas por depósitos mayores. Juan sobrevivió, pero necesita ayuda para respirar, alimentarse y moverse. Escucha, reconoce a María y sabe cuándo estoy cerca. Algunas noches permite que entre y otras pide que me vaya. Yo permanezco en el pasillo y María se queda junto a su cama.

16:10 Durante la madrugada llegan los pasos. La puerta se cierra y Juan pierde algo más. Y antes del amanecer aparece un depósito. Intenté devolver el dinero, destruir la cosecha, entregar la tierra y ofrecer mi salud. Pero nada cambió. La condición había sido clara desde el principio. Juan seguiría vivo mientras quedara salud por cobrar. Yo la escuché completa y acepté. permanece consciente depende de otros y sabe que fui yo quien eligió juan sigue vivo esa fue la promesa y ese fue el precio