May 6, 2026

El Pacto Con El Diablo De Un Militar Activo: El Precio De Seguir Vivo - Historias De Terror - REDE

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0:05 Me llamo Juan Aguirre y fui sargento primero de infantería. Recuerdo San Mateo Viejo con una claridad que no se ha ido en 12 años, aunque he intentado ordenar esa mañana muchas veces y siempre regreso al mismo punto, al momento en que acepté vivir a cambio de una fecha. Hoy escribo desde una habitación del Hospital Militar Regional con el mayor Esteban Molina en calidad de testigo. y el capellán Rubén Salas cerca de la puerta. Pedí dejar esta declaración porque el 5 de mayo de 2025 deben venir por mí. Y esa certeza nació de un pacto hecho cuando estaba herido, rodeado y sin salida. La operación fue en octubre de 2014.

0:53 Éramos 12 elementos. La orden era entrar a una zona rural, ubicar una casa usada por un grupo armado y detener a quienes estuvieran dentro. Nos hablaron de poca resistencia, pero al llegar nos recibieron con fuego desde varios puntos. La primera camioneta quedó detenida en el camino. Los demás bajamos a cubrirnos y el teniente Robles tomó el mando. Ordenó separarnos, responder solo con blanco seguro y avanzar hacia las construcciones cercanas, porque quedarnos junto a los vehículos era entregarnos. Perdimos el control de la situación. El cabo mercado cayó con un disparo en el cuello. El soldado Lyra recibió un impacto en el hombro, y Cárdenas que llevaba el radio, perdió comunicación con la base. Yo estaba con Robles, Paredes, Lyra y Cárdenas. Nos movimos hacia una construcción junto a una capilla.

1:46 No era segura, pero era lo único disponible. Robles estaba herido en una pierna y seguía ordenando. Paredes cubría una entrada. Lyra respiraba mal y Cárdenas golpeaba el radio, buscando señal entre disparos y gritos. Yo todavía podía moverme hasta que recibí el disparo en el muslo izquierdo. Caí al suelo y Paredes me arrastró hacia la pared. Me puso un vendaje rápido, pero la sangre siguió saliendo. Después, sentí calor en el costado. Miré la camisa y vi otra herida. Robles me revisó con la mano firme y me ordenó que aguantara. Aseguró que si el apoyo entraba, podrían sacarme.

2:27 Y yo acepté esas palabras porque necesitaba sostenerme en algo. Afuera seguían disparando y por la parte de atrás se escuchaban hombres avanzando. Poco después cayó una granada cerca de nosotros. Lyra alcanzó a empujarla hasta la entrada y la explosión lo mató. Paredes quedó herido en la mano. Cárdenas cayó al suelo aturdido y el radio terminó roto. En ese momento entendí que no iba a salir por mis propios medios. Lo entendía al ver a Robles midiendo la poca munición que quedaba, al ver a Paredes intentando seguir con la mano abierta y al ver el cuerpo de Lira en la entrada. Robles no lo dijo, pero supe que él también lo entendía. Entonces vi al hombre dentro de la capilla.

3:14 No lo vimos entrar, no llevaba uniforme ni arma visible. Estaba de pie, quieto, limpio de polvo y sin apuro. Robles le apuntó y le exigió identificación. paredes también lo vio y le ordenó tirarse al suelo el hombre no obedeció dijo mi nombre completo y una frase que todavía recuerdo vengo por ti robles ordenó que retrocediera pero el hombre siguió en el mismo lugar luego habló conmigo sin mirar a los demás te estás muriendo perdiste demasiada sangre y los hombres de afuera van a entrar antes de que llegue el apoyo Paredes revisó por una abertura y confirmó movimiento en el patio. Robles volvió a apuntarle y le ordenó callarse, pero el hombre no cambió la voz.

4:03 Puedes disparar, teniente, pero eso no lo va a salvar. Después me ofreció el trato. Fue un trato claro. Podía sacarme vivo de esa operación, dejarme seguir en el ejército. hacer que sobreviviera a combates, emboscadas, incendios y heridas, y los demás llamarían valor a esa supervivencia. Luego puso el precio. Viviría hasta el 5 de mayo de 2025, y ese día tendría que entregarme cuando vinieran por mí. No me pidió dinero, no me pidió nombres, y no me pidió que matara a nadie. Pidió mi alma, mi palabra y mi aceptación. Robles me ordenó no responder. y Paredes gritó que los hombres ya estaban cerca. Yo escuchaba los disparos, la respiración difícil de Cárdenas, las órdenes cortas de Robles, y sentía que el cuerpo se me apagaba. No pensé en mi esposa, ni en mis hijos, ni en el uniforme. Pensé en salir vivo de esa construcción. Esa fue la verdad, y no tengo una versión más noble. Le pregunté qué debía hacer.

5:10 El hombre me pidió mi placa de identificación y se la entregué. No tocó mi piel, solo tomó la placa y me ordenó marcar mi número de servicio en la pared con sangre. Lo hice con la mano derecha, apoyándome para no caer. Al terminar, dije las palabras que me pidió. Acepto vivir hasta la fecha marcada y entregarme cuando vengan por mí. Robles me insultó para detenerme y Paredes siguió disparando desde la entrada y yo sentí que el dolor se apartaba de golpe. El combate cambió después de eso. Los hombres que venían por el patio quedaron expuestos. Paredes pudo tirar contra ellos y Robles disparó desde el suelo.

5:52 Yo me puse de pie, tomé el fusil del IRA y avancé hasta la entrada. Minutos antes no podía sostenerme, pero en ese momento caminé y disparé. No sentí dolor, tampoco sentí fuerza nueva, solo ausencia de miedo. Y esa ausencia me dejó hacer lo que un herido en mi estado no debía hacer. Cuando el apoyo logró entrar, yo seguía de pie. En el hospital dijeron que había perdido demasiada sangre para haber caminado. Robles sobrevivió, y Paredes también, pero Cárdenas murió ese mismo día. Mercado y Lira fueron enterrados con honores. En el informe oficial escribieron resistencia fuerte, bajas, heridos y extracción bajo fuego. No apareció el hombre de la capilla, pues Robles no quiso agregarlo, y Paredes lo mencionó una vez y le ordenaron dejarlo fuera. Yo tampoco insistí.

6:48 Estaba vivo, tenía una fecha encima, y desde ese día empecé a pagar. Volví al servicio activo antes de cumplir un año fuera de operaciones. Los médicos recomendaron pasarme a oficina, por la pierna y por la herida del costado, pero yo pedí regresar a campo. El coronel revisó mi expediente y me preguntó si entendía lo que estaba afirmando y respondí que sí. No buscaba descanso, pero tampoco buscaba demostrar nada. Quería confirmar que el trato seguía vigente, que lo ocurrido en San Mateo Viejo no había sido fiebre, pérdida de sangre ni confusión. No me sentía valiente, me sentía cubierto y esa seguridad empezó a cambiar mi manera de moverme.

7:35 Los cambios se notaron pronto. En los patrullajes bajaba antes que el resto, en las entradas tomaba la puerta y en los cruces bajo fuego avanzaba sin esperar otra orden. Los mandos empezaron a usarme para abrir paso y mis compañeros aprendieron a dejarme ese lugar. Algunos me felicitaban después de cada servicio, otros me miraban con desconfianza. Nadie me enfrentaba de frente, pero las conversaciones bajaban cuando yo entraba al comedor. Y eso decía más que cualquier reclamo. En una operación, tres hombres armados se encerraron en una bodega con dos menores dentro. El capitán Salcedo ordenó esperar. Quería evitar que los niños quedaran en medio del fuego. Revisé una entrada lateral y pedí permiso para entrar, pero Salcedo rechazó la idea. Insistí, no por honor ni por impulso, sino porque sabía que podía hacerlo. Fui con el soldado Rivas.

8:38 Uno de los hombres disparó al vernos. La bala me rozó el brazo, pero avancé sin detenerme. Lo golpeé con la culata y le quité el arma. Rivas cubrió la oficina. Sacamos vivos a los menores y el parte habló de decisión rápida, actuación destacada y control de crisis. Pero Rivas pidió cambio poco después. Después vinieron más hechos de ese tipo. Entré a una casa incendiada para sacar a un soldado atrapado, crucé caminos vigilados por hombres armados, abrí puertas que otros preferían esperar, y avancé en pasillos, donde la orden lógica era retroceder. En los informes siempre había palabras limpias, iniciativa, temple, compromiso y valor. Yo las escuchaba en formaciones y ceremonias, pero sabía que no explicaban nada. Seguía sintiendo miedo, solo que el miedo ya no decidía por mí. Y esa diferencia me volvió útil y también me fue quitando la parte que medía las consecuencias antes de actuar. Paredes fue el primero en hablar conmigo del hombre de la capilla.

9:47 Nos vimos mucho tiempo después de San Mateo Viejo. Tenía la mano dañada y cargaba la mirada de alguien que había guardado una pregunta demasiado tiempo. Me llevó a un pasillo apartado y preguntó quién había sido aquel hombre. Recordaba su voz, mi placa en su mano y el número marcado con sangre en la pared. También recordaba que Robles le ordenó no insistir, porque meter eso en un informe podía destruir carreras, expedientes y pensiones. Yo respondí que no sabía quién era. Paredes no me creyó y me recordó que Lira murió empujando una granada. Y que yo salí caminando después de aceptar algo que ninguno de ellos entendió. Pero, la verdad, no tuve respuesta. En mi casa, Laura notó el cambio antes de que yo pudiera ponerlo en palabras.

10:40 Al principio lo atribuyó al combate. Después dejó de usar esa explicación. Yo volvía de los servicios y hablaba poco. Revisaba mi arma, lavaba el uniforme, cenaba sin hambre y me quedaba en la sala hasta tarde. Mis hijos crecían cerca de mí, pero yo participaba cada vez menos. Pagaba escuela, medicinas, comida y gastos de la casa. Cumplía con lo que podía contarse, pero fallaba en lo que no aparece en los recibos. Laura empezó a mirarme con cansancio y yo evitaba sostenerle la mirada. Me pidió ir con un psicólogo militar y fui dos veces. En la primera sesión respondí lo necesario para quedar estable. En la segunda, el psicólogo anotó conductas de riesgo y control emocional excesivo. Dejé de asistir.

11:31 Laura leyó mi silencio mejor que cualquier reporte. Me habló una noche sin gritar y puso la verdad sobre la mesa. Yo no buscaba sanar, buscaba llegar completo a una fecha que no quería decirle. No sabía el día exacto, pero sabía que yo estaba esperando algo. Pensé contarle todo, pero no lo hice. El hombre volvió durante una guardia en una base temporal. Yo estaba con el soldado Fuentes junto a la reja. Lo vimos del otro lado, quieto, sin arma visible, y con la misma voz de San Mateo Viejo. Fuentes preguntó qué buscaba, y el hombre respondió que venía a revisar si yo seguía cumpliendo. Después dijo mi nombre completo, mi número de servicio y el nombre de mi madre.

12:18 Fuentes volteó hacia mí esperando explicación, pero cuando miró de nuevo, el hombre ya no estaba. La cámara falló durante unos segundos. Fuentes quiso reportar una intrusión, pero el capitán ordenó registrarla como falla técnica. Después me preguntó en privado si conocía al sujeto, pero le dije que no. Me advirtió que no llevara problemas personales a la base. No insistió, pero desde esa noche... Fuentes dejó de hacer guardia conmigo. Mi matrimonio terminó tiempo después. Laura se fue con los niños a casa de su hermana. No hubo pleito ni gritos, solo una decisión tomada. Después de años de desgaste, me dijo que no podía seguir viviendo con un hombre que actuaba condenado y que arrastraba a todos a esa espera.

13:08 En la carta que dejó escribió que nunca faltó dinero, que nunca le pegué y que mis hijos me respetaban. pero que nuestra casa vivía pendiente de una noticia mala. Firmamos la separación meses más tarde. No peleé la custodia, mandé dinero y llamé los domingos. Mis hijos contestaban con educación, y esa educación dolía más que el enojo. La fecha volvió a mí, durante una ceremonia militar. Al terminar, encontré un sobre dentro de mi gorra, y nadie supo quién lo dejó ahí. Dentro estaba la placa que entregué en San Mateo Viejo, marcada por calor, con mi número todavía legible.

13:50 También había una hoja con una sola línea, 5 de mayo de 2025. Esa noche busqué al Mayor Molina. Habíamos servido juntos, conocía mis expedientes y no se impresionaba con facilidad, así que le conté todo. No me creyó por completo, pero revisó antecedentes, habló con paredes y mandó a analizar la placa, pero no encontraron huellas útiles. La placa era real y oficialmente seguía perdida desde la operación. Molina decidió sacarme de campo y llevarme al hospital con el argumento de evaluación médica. Yo acepté, pues ya no buscaba salvarme, solo quería que alguien estuviera presente. Cuando llegara el cobro y dejara escrito lo que viera... Llegué al hospital militar regional, pocos días antes de la fecha marcada. Molina pidió una habitación y vigilancia en el pasillo, no porque creyera todo mi relato, sino porque ya tenía demasiados datos en la mesa. Tenía la placa que debía seguir perdida, la declaración de paredes, la cámara que falló en la base y mi historial de heridas y operaciones, aceptadas sin la cautela normal de un soldado vivo. Recuerdo que el psiquiatra Valdivia entró con una carpeta y me habló sin rodeos. Me preguntó si escuchaba voces, si consumía drogas, si había pensado en hacerme daño y si quería atacar a alguien. Respondí que no.

15:22 Después preguntó si creía que el diablo vendría por mí. Le contesté que no lo esperaba por creencia, sino por un acuerdo. Ese acuerdo se hizo en San Mateo Viejo mientras yo sangraba junto a una capilla. y desde entonces viví con una fecha encima. Valdivia escribió que yo estaba orientado y que mantenía una idea fija ligada al combate. Me ofreció medicamento para dormir, lo rechacé, y Molina no insistió. Los primeros días pasaron con una calma tensa. Yo permanecía sentado escuchando pasos del personal, ruedas de camillas y voces bajas en el pasillo. Una noche se fue la luz solo en esa parte del hospital. Al revisar la puerta encontraron tierra y ceniza en el piso. En otra ocasión sonó el teléfono de mi habitación. Salas contestó y escuchó a un hombre preguntar si yo estaba listo. Recepción revisó la línea y no encontró ninguna llamada registrada. Molina mandó revisar cables, cámaras y accesos. Nadie encontró una causa clara y nadie volvió a bromear con mi historia. Laura llevó a Andrés a verme. Mi hijo ya no era el niño que yo recordaba cargando en brazos. Entró con la mirada fija en el suelo, se sentó frente a la cama y me preguntó si estaba enfermo. Le respondí que sí, aunque sabía que esa palabra no alcanzaba. Laura entendió mi respuesta y no me corrigió. Andrés me pidió volver a casa.

16:54 Yo le dije que obedeciera a su madre, que cuidara a su hermana y que no dejara la escuela. Laura me detuvo con una frase baja y dura. Me dijo que no usara al niño para despedirme y tenía razón. Le pedí perdón a Andrés, después a ella. Mi hijo no lloró, solo apretó los labios y bajó la cabeza. Cuando salieron, supe que esa visita cerraba una parte de mi vida. Molina llevó una grabadora y me pidió repetir todo desde el principio. Hablé de San Mateo Viejo, de los disparos, del ira empujando la granada. De Cárdenas tirado junto al radio, de Robles ordenándome resistir y del hombre que apareció dentro de la capilla. Acepté el trato porque quería vivir y después permití que mis mandos llamaran valor a algo que no nacía de mí. Molina preguntó si el hombre me había ordenado matar civiles, entregar información o servir a un grupo criminal. Respondí que no. Preguntó si alteré reportes y también respondí que no. pero acepté que muchas veces puse a mis equipos en riesgo por avanzar antes de medir el terreno. Salas preguntó si me arrepentía, le dije que sí, y también que el arrepentimiento no borra una decisión tomada con voluntad. El director quiso moverme a observación y sedarme, pero Molina se negó. Si algo ocurría, necesitaba testigos despiertos. El director pidió una razón médica y

18:27 y Molina no pudo darle una. Aún así, mantuvo la vigilancia. Salas se quedó conmigo, y no me dio un sermón, solo dijo que podía pedir perdón. Le respondí que ya lo había pedido. Adiós a Laura, a mis hijos y a los muertos de San Mateo Viejo. También le dije que pedir perdón no obligaba a nadie a liberarme de lo firmado. La noche final llegó sin ruido. Molina estaba en el pasillo con dos policías militares. Salas permanecía dentro de la habitación y yo tenía sobre la mesa la placa nueva que me dieron después. La original estaba bajo resguardo porque había vuelto dentro del sobre y seguía siendo evidencia.

19:12 No había tomado medicamento, no tenía fiebre, sabía mi nombre, mi rango, el lugar donde estaba y la razón de estar ahí. Dejé esos datos claros porque después intentarían llamar crisis a lo que ocurriera. Cerca de la medianoche, el pasillo empezó a oler a tierra mojada. Uno de los policías avisó por radio. Molina entró y dejó la puerta abierta. Salas se puso de pie. Yo seguí sentado, con las manos sobre las piernas. No recé, no pedí otra oportunidad y no busqué una salida. Había tenido años para hacer algo distinto con mi vida y los había usado para servir, esconderme, obedecer y esperar. El hombre apareció en la puerta y esta vez lo vieron todos. No corrió, no gritó y no levantó un arma. Molina le ordenó identificarse y el hombre dijo que ya lo había hecho en San Mateo Viejo.

20:12 Molina le advirtió que no avanzara y los policías apuntaron desde el pasillo. Salas le ordenó retirarse en nombre de Dios, pero el hombre respondió que Salas no era parte del acuerdo. Luego me miró y dijo que el plazo estaba cumplido. Molina disparó dos veces y las balas pegaron en la pared detrás del hombre. Los policías intentaron entrar, pero Molina los detuvo porque yo ya estaba de pie. Me sujetó del brazo y me ordenó quedarme. Le dije que agradecía lo que había hecho, pero que no podía pedirle cargar con mi trato. La cicatriz del muslo empezó a doler y después sangró. Molina me apretó más fuerte, pero yo solté su mano. Caminé hasta la puerta. Salas me pidió que no fuera y le dije que cuidara a Molina porque él había intentado hacer lo correcto. Luego pedí que no cambiaran mi declaración, que no me dejaran como loco ni como héroe. que escribieran lo que vieran. Salí detrás del hombre y en la escalera encontraron mi sangre hasta el descanso. Después no encontraron huellas, cuerpo, ropa ni arma.

21:23 Eso fue lo último que quedó de mí dentro del hospital. Me llamo Carlos y recuerdo el inicio de todo con una claridad que todavía me pesa. Escribo porque hubo hechos que vi, llamadas que hice, estudios médicos que guardé y decisiones que tomé despierto. Mi esposa se llama María y desde entonces mi vida quedó amarrada a lo que acepté por ella. Todo empezó después de una comida familiar en casa de Teresa, tía de María. Teresa era hermana de mi suegra y llevaba meses peleada con mi esposa por un terreno que había dejado el abuelo. María tenía copias de unas escrituras. Teresa quería que se las entregara. Y cada reunión terminaba con comentarios sobre ese asunto. Ese domingo, Teresa estuvo seria, habló poco conmigo y buscó varias veces a María en la cocina. Yo noté la tensión, pero no intervine. Durante la comida, Teresa le sirvió a María un plato aparte. Dijo que le había separado comida porque sabía que le gustaba así. maría comió poco y después en el carro me contó que su tía le había pedido que dejara la herencia en paz que entregara las copias y que pensara en su madre maría no quiso discutir allá pero se fue molesta esa misma noche comenzó

22:56 el malestar primero fue náusea luego dolor en el estómago y fiebre la llevé al hospital le hicieron estudios le dieron medicamento y nos dijeron que podía ser una infección Volvimos a casa con indicaciones normales, pero María no mejoró. La fiebre cedía y regresaba. Caminaba poco y se agotaba rápido. Después empezó a decir que escuchaba ruidos dentro de la casa. Pensé en cansancio, en una reacción al medicamento o en nervios por el problema familiar. Volvimos al médico. Le hicieron más estudios y no encontraron una causa clara. Me hablaron de infección, deshidratación y ansiedad. Yo escuché, guardé los papeles, compré los medicamentos y seguí cuidándola, pero cada día la veía con menos fuerza. Dos días después, mi suegra llegó con una bolsa. Traía una blusa de María que llevaba meses perdida y dijo que la encontró en casa de Teresa durante una discusión. María reconoció la prenda, se alteró y me pidió que revisara la casa. Yo no quería alimentar una acusación sin pruebas. pero acepté porque mi esposa estaba enferma y porque esa blusa no tenía razón para estar ahí. Revisé los cuartos, la sala, la cocina y el patio. En una jardinera encontré tierra removida, cabé y saqué un trapo negro amarrado con hilo rojo. Usé guantes

24:26 para abrirlo. Dentro había una foto de María doblada, cabello pegado con cera, alfileres y un papel con su nombre escrito muchas veces. Tomé fotos antes de moverlo todo y después guardé el contenido en un frasco. María vio el frasco y comenzó a temblar. Mi suegra dijo que eso era brujería y que Teresa conocía gente que hacía trabajos de ese tipo. Le pedí que no acusara sin pruebas, pero lo que teníamos delante era concreto. La blusa estaba en casa de Teresa, el trapo estaba enterrado en mi patio y el nombre de María estaba escrito dentro. Y ella llevaba días enferma sin una explicación suficiente. Llamé a Teresa y le dije que habíamos encontrado algo enterrado con el nombre de María. Ella se quedó callada. Luego dijo que todos terminaban pagando lo que hacían. Le pregunté si había entrado a mi casa o si había mandado a alguien.

25:25 Respondió que yo buscaba culpables porque no soportaba ver enferma a mi esposa y cortó la llamada. Esa noche María empeoró. Se quejaba de presión en el pecho, respiraba rápido y tenía las manos frías. La llevé otra vez al hospital, pero no encontraron una causa que explicara todo. La dejaron en observación y cuando despertó me tomó la mano. Me pidió que hiciera algo porque ya no aguantaba sentirse así. Yo no creía en brujería y todavía buscaba una causa médica, una intoxicación, una reacción, algo que pudiera nombrar sinvergüenza. pero tenía estudios, el frasco con la foto y los alfileres, la blusa recuperada en casa de Teresa, una llamada extraña y a María en una cama de hospital, más débil que el día anterior. Manuel, un vecino cercano a mi suegra, me habló de Aurelio, un chamán que vivía fuera de la ciudad. Me dijo que podía revisar el trabajo, si eso era lo que le habían hecho a María. Le contesté que no quería caer en engaños, pero Manuel respondió que no me pedía creer, solo llevar lo encontrado y escuchar.

26:40 Acepté porque ya no tenía otra decisión limpia. Fui con el frasco, las fotos del patio y una blusa usada de María. Manejé con rabia y con miedo, pensé que encontraría a un farsante, pero también pensé que si María moría y yo no intentaba todo, esa culpa iba a quedarse conmigo. Aurelio revisó el contenido sin hablar demasiado. Preguntó quién tenía pleito con María. Le conté lo de Teresa, el terreno, la comida y la blusa. Aurelio dijo que el trabajo estaba hecho para consumirla, no para asustarla. Le pregunté si podía quitarlo y me respondió que podía intentarlo, pero que había una entrada en la casa y otra en el cuerpo, porque María había comido algo, dado por la misma persona que mandó el trabajo. Le dije que no podía probar eso. Me respondió que probarlo ante otros era una cosa y cortarlo era otra. Después habló del pago.

27:41 Me dijo que para salvar a María se necesitaba sangre de alguien que la amara y que esa persona debía aceptar la deuda. Le pregunté si hablaba de dinero. Me dijo que el dinero era para materiales, pero la sangre sellaba el trato. Le pregunté con quién quedaba la deuda Y me respondió que con el diablo. Me fui enojado y le dije a Manuel que me había llevado con un hombre peligroso. Al regresar al hospital, María estaba peor. Había tenido una crisis y los médicos la habían estabilizado. La vi y supe que ya no podía quedarme esperando otra explicación. Esa tarde llamé a Aurelio y le dije que aceptaba escucharlo otra vez. Volví con Aurelio llevando la blusa de María, la foto, el frasco del patio y un vaso de agua. Manuel se quedó afuera porque Aurelio dijo que el trato solo podía hacerlo quien iba a pagar.

28:40 Aurelio puso la foto de María al centro, el papel con su nombre a un lado y una hoja limpia frente a mí. Me pidió mi nombre completo, el de María y el de Teresa. Los escribió sin prisa y después me explicó las condiciones. María podía salir de aquello, pero yo debía entregar sangre como garantía, y mientras la deuda siguiera abierta, no podía contarle a ella lo que iba a aceptar. Si hablaba, el trato podía romperse y el daño podía regresar. Le pedí que hablara claro. Me dijo que yo iba a pedir la vida de María a cambio de comprometer la mía, que no iba a morir en ese momento, pero quedaría obligado a responder cuando llegara el cobro. Le pregunté qué me iban a pedir y respondió que el primer pago sería sangre, que lo demás llegaría después. Le dije que eso era una amenaza.

29:37 Aurelio me señaló la salida y me dijo que podía irme en ese momento. Yo pude volver al hospital y esperar otro diagnóstico, pero no lo hice. Me quedé porque María llevaba días perdiendo fuerza, porque los médicos no daban una causa firme. y porque en mi casa había aparecido un trabajo enterrado con su nombre. Aurelio escribió una declaración. En la hoja decía que yo, Carlos, entregaba mi sangre y quedaba en deuda por la vida de María Herrera. No tenía sello ni testigos, pero mi nombre estaba ahí. La foto de mi esposa estaba sobre la mesa, y el frasco con lo del patio estaba abierto. Entendí que esa hoja podía usarse contra mí, si alguien la veía sin conocer lo ocurrido. Me pidió que firmara y firmé.

30:29 Después abrió una navaja nueva y me cortó la palma izquierda. La sangre salió de inmediato. Él la dejó caer sobre mi firma. Manchó con ella la foto y puso unas gotas en el vaso con agua. Me ordenó repetir mi nombre completo y confirmar que respondía por mi esposa. Lo hice con la voz baja. Sin pedir tiempo, porque la decisión ya estaba tomada. Aurelio quemó el trapo, el papel con el nombre de María y los alfileres. Me pidió mirar hasta que todo terminara. El olor fue fuerte y me dio náuseas. Después tomó la hoja con mi firma, la dobló y la guardó en una caja metálica. Y también guardó la foto de María. Cuando le pedí que me devolviera esos papeles, respondió que eran parte del trato.

31:18 y que ya no estaban bajo mi control. Antes de irme, le pregunté cómo sabría si había servido. Me dijo que María iba a pedir agua o comida y que su cuerpo empezaría a soltar lo que le habían puesto. No prometió tranquilidad, ni cura completa, ni una vida normal. Dijo que María tendría oportunidad de levantarse y que yo empezaría a pagar por esa oportunidad. Regresé al hospital con la mano vendada. María estaba despierta. Mi suegra me dijo que había pedido agua y comida, y fue la primera vez en varios días que lo hacía sin devolverlo. María seguía débil, pero hablaba con orden. Me preguntó dónde había estado. Le contesté que había ido a buscar ayuda. Me vio la venda y quiso saber qué me había pasado, pero le dije que me había cortado en la casa. Esa mentira me quedó marcada. María y yo llevábamos años juntos y nunca le había ocultado algo de ese tamaño. Esa noche lo hice porque acababa de aceptar una condición y porque temía perderla después de haber entregado mi sangre por ella.

32:30 María estaba cansada, me creyó a medias y no insistió. Me pidió que me quedara cerca, me senté junto a la cama y esperé el amanecer. Durante los días siguientes, María mejoró. Comió poco, pero comió, bajó la fiebre, recuperó color y pudo caminar con ayuda. Los médicos hablaron de una recuperación favorable. Yo guardé cada resultado y cada hoja de alta. También guardé las fotos del trapo enterrado, de la blusa y del registro de llamadas con Teresa. María volvió a casa con poca fuerza. Yo le preparaba comida simple, le daba sus medicamentos y revisaba puertas y ventanas antes de dormir. Ella preguntaba varias veces si todo estaba cerrado.

33:17 Yo le respondía que sí. Cambié la cerradura y puse cámaras. Le dije que era por seguridad porque Teresa no debía acercarse y María aceptó sin discutir. Mi suegra me preguntó una tarde si había ido con Aurelio. Le dije que sí. No le hablé de la sangre, ni del papel firmado, ni de la caja donde guardó la foto. Teresa no visitó a María en esos días, no llamó, no mandó mensaje, y no preguntó por su salud. Fui a verla una semana después. La encontré en la puerta de su casa y le dije que sabía lo del objeto enterrado, la blusa y la comida. Teresa negó todo. y que maría iba a pagar por haberse quedado conmigo le respondí que si volvía a acercarse a mi casa llevaría las fotos y la blusa al ministerio público teresa no bajó la mirada me dijo que yo también había hecho cosas que no podía explicar ante nadie no nombró a aurelio no habló del trato no mencionó mi sangre pero usó esas palabras con intención le pregunté quién le había contado pero cerró la puerta sin responder. Regresé a casa con una certeza que no pude decir en voz alta. María respiraba, caminaba y comía, pero el problema seguía vivo en otro lugar.

34:41 Yo tenía pruebas incompletas contra Teresa, un secreto frente a mi esposa y un papel firmado con sangre en manos de Aurelio. Desde ese día entendí que salvar a María no cerró la historia, solo me dejó dentro de una deuda que ya no podía negar. Recuerdo el primer cobro, porque María ya estaba en casa y empezaba a recuperar fuerza. Encontré una bolsa de papel junto a la puerta. Dentro venía una moneda, una tira de tela y una nota con la letra de Aurelio. No le dije nada a María. Inventé un pendiente de trabajo. Tomé la bolsa y manejé al rancho. Aurelio me esperaba. Le puse la nota sobre la mesa y le pregunté si había ido a mi casa.

35:27 Me dijo que no, pero aceptó que la letra era suya. También dijo que los avisos podían llegar por manos ajenas y que yo no debía buscar a quien los dejaba. Me entregó una lista corta. Tenía que llevar sangre cada mes. dejar una moneda en un cruce de camino y mantener a María lejos de Teresa. También debía avisarle si María volvía a enfermar o si Teresa intentaba acercarse. Le pregunté qué pasaría si me negaba. Aurelio dijo que un trato firmado con sangre no se deshacía por arrepentimiento. Lo acusé de extorsionarme y le dije que podía denunciarlo. Entonces sacó la caja metálica y puso sobre la mesa el papel con mi firma, la foto de María manchada con mi sangre, y la hoja donde estaban nuestros nombres. Me dijo que si yo lo denunciaba, él podía entregar todo y decir que yo había pedido un trabajo contra mi esposa. Podía decir que yo llevé la foto, que di la sangre y que firmé por voluntad propia. En ese momento quedé atrapado.

36:36 Yo sabía por qué lo había hecho. pero no tenía una forma segura de probarlo. Un esposo desesperado, una mujer enferma, una foto con sangre y un papel firmado podían volverse contra mí. Teresa tampoco había confesado nada y las pruebas contra ella no alcanzaban para sostener una denuncia. Ese día Aurelio volvió a abrirme la mano, guardó la sangre en un papel pequeño y me dijo que ese sería el pago mientras la deuda siguiera viva. No habló de fechas exactas ni de un final. Dijo que yo sabría cuándo ir porque los avisos llegarían. Desde entonces empecé a mentir con más frecuencia. A María le decía que iba a trabajar, a revisar la casa de mi madre o a resolver pagos atrasados. En realidad iba con Aurelio. Algunas veces solo me pedía sangre, otras veces me ordenaba dejar una moneda, quemar sal o tirar agua fuera de la casa. Y yo cumplía porque María seguía viva. La mejoría de María fue real. Comió, recuperó peso y trabajó desde casa. Se cansaba rápido, pero ya no tenía fiebre ni se quedaba mirando al vacío. Algunas tardes reía otra vez. Yo la escuchaba desde la cocina y sentía alivio. Pero cada avance de ella me recordaba la deuda con el diablo. Nuestra relación cambió. María notaba mis salidas, las heridas en mi

38:08 mano y mi costumbre de revisar el patio antes de dormir. Me preguntaba qué ocultaba, pero yo le decía que seguía alterado por lo ocurrido, que necesitaba asegurarme de que nadie volviera a entrar. Era una verdad incompleta y los dos lo sabíamos. Una noche me tomó la mano y vio las cicatrices y me preguntó si seguía yendo con Aurelio. Tardé en responder. ella bajó la voz y me dijo que no quería que yo me perdiera por salvarla le dije que había cosas que todavía no podía explicar maría lloró sin gritar después se encerró en el baño y durante varios días no volvió a preguntar nada teresa se fue a otra ciudad poco después pero antes de irse mandó una caja con cosas que según ella eran de maría dentro venían dos fotos una pulsera rota y una copia vieja de una credencial. No se las enseñé a María.

39:07 Las quemé en el patio y tiré las cenizas lejos de la casa. Esa noche María durmió mejor. Con el tiempo Aurelio dejó de explicar y solo recibía instrucciones. Una nota, una llamada breve, una marca en la puerta o una moneda dejada en un lugar extraño. Pero cada aviso me llevaba al rancho. Yo entregaba sangre y regresaba con otra mentira preparada. María me miraba distinto cuando volvía y algunos días me abrazaba, pero otros días se alejaba. No puedo decir que vi al diablo. No apareció frente a mí ni escuché una voz. Lo que sí puedo decir es que Aurelio nombró al diablo cuando puso las condiciones, que yo acepté el trato con mi sangre. que María mejoró después de eso y que desde entonces pagó una deuda que nadie conoce completa. Teresa nunca confesó. Tengo la blusa encontrada en su casa, las fotos del trabajo enterrado, la llamada donde habló de pagar consecuencias y la frase que me dijo en la puerta, pero no alcanza para cerrar nada ante una autoridad. Hoy María vive conmigo, pero ya no vivimos igual. Ella intenta recuperar la normalidad y yo sostengo una mentira que ya entró en nuestra casa. Hay días en que pienso contarle todo, llevarla lejos y enfrentar lo que venga. Luego recuerdo la condición, el papel con

40:39 mi firma y la forma en que la vi en el hospital. Entonces callo. No hay una salida limpia. Si denuncio a Teresa, abro una guerra sin pruebas suficientes. Si denuncio a Aurelio, puede usar mi firma y mi sangre contra mí. Si dejo de pagar, temo que María vuelva a caer. Si le cuento todo, temo romper el trato que acepté para salvarla. Cada opción tiene un daño claro y por eso escribo esto. Actué porque vi a mi esposa consumirse después de una comida familiar. Encontré un trabajo enterrado en mi casa y acepté un trato que ningún hombre debería aceptar. Di mi sangre para que María viviera.

41:22 Ella vive, pero el precio sigue abierto. Cuando digo que le debo mi vida al diablo, lo digo por el papel con mi nombre, mi firma y mi sangre, porque cada mes entrego otra parte de mí para que María siga de pie y porque salvé a mi esposa. Pero desde ese día mi vida dejó de pertenecerme. Me llamo Daniel, tengo 34 años, y cuando recuerdo cómo empezó todo, lo primero que me viene a la cabeza es Marcos, al salir del trabajo. Lo conocía desde hacía casi dos años, compartíamos turnos, comíamos juntos, y yo le había contado más cosas de las que debía. Sabía que me había separado, que dormía mal, que llevaba meses con ansiedad, y también sabía que no estaba buscando ayuda. porque no me gustaba hablar de mis problemas frente a desconocidos. Ese jueves me alcanzó en el estacionamiento y me dijo que conocía a un grupo que ayudaba a personas con problemas personales. Me explicó que no era una iglesia, que no era terapia, que no cobraban y que la gente iba solo a hablar y escuchar.

42:43 Yo le pregunté varias veces si había religión de por medio, porque no quería meterme en nada de eso. Marcos me aseguró que no. Me dijo que él ya había ido, que la reunión era tranquila y que si me sentía incómodo nos íbamos. Acepté porque confiaba en él. Fui porque estaba cansado, porque llevaba días durmiendo poco y porque quería creer que una conversación podía servirme. Marcos lo sabía y usó eso para llevarme. Pasó por mí después del trabajo. Durante el camino habló poco. Me preguntó cómo me sentía. Me dijo que no me cerrara antes de escuchar. Y me repitió que todo iba a estar bien. Llegamos a una casa en una zona retirada. No me dio la dirección exacta. Solo me dijo que ya habíamos llegado. Entramos y vi a varias personas sentadas. Café, agua y sillas acomodadas para la reunión. Al principio todo estaba ordenado. Y por eso no me fui. Una mujer llamada Lucía me saludó por mi nombre. Eso me incomodó porque yo nunca la había visto, pero no dije nada. Pensé que Marcos le había hablado de mí antes de llegar. Ella pidió que dejáramos los teléfonos en una caja para evitar interrupciones.

44:04 Todos obedecieron. Marcos dejó el suyo primero. Me miró y me dijo que ahí todos respetaban esa regla. Yo dejé el mío también, pero sentí una duda clara, pero la ignoré. La reunión empezó con presentaciones. Cada persona dijo su nombre y habló de un problema. Uno mencionó deudas, una mujer habló de la muerte de su madre, y otro dijo que había perdido el trabajo. Cuando me tocó, hablé poco. Dije que estaba separado y que me costaba dormir. pero no di más detalles. No quería abrir mi vida delante de gente que acababa de conocer. El hombre que dirigía todo se llamaba Arturo. Hablaba despacio, sin levantar la voz, y todos le prestaban atención. Dijo que las personas cargábamos culpa, miedo y obediencia aprendida. Después habló de romper con lo que nos había controlado desde niños, y esa parte me molestó.

45:02 Ya no escuché apoyo, Escuché una idea preparada para llevarnos hacia otro lugar. Miré a Marcos, pero él no me miró. Arturo siguió hablando y varias veces clavó los ojos en mí. Dijo que algunas personas llegaban ahí porque ya habían sido llamadas, aunque todavía no lo supieran. Nadie se rió, nadie preguntó nada y nadie se movió. Todos aceptaron esa frase con demasiada calma. Pensé en pedir mi teléfono y salir, pero Marcos me tocó el brazo antes de que yo dijera nada y me pidió que esperara, que solo era la primera parte. Después nos pidieron cerrar los ojos y respirar.

45:43 Yo los cerré unos segundos, pero los abrí enseguida. Lucía estaba cerca de la salida, pendiente de la puerta y de nosotros. Arturo habló con más firmeza y dijo que nadie podía ser libre si seguía bajo nombres ajenos. Varias personas bajaron la cabeza, pero yo no entendí la frase completa, pero entendí que ellos la conocían. Cuando esa parte terminó, le dije a Marcos que quería irme. Se lo dije bajo, sin discutir. Me pidió unos minutos más y dijo que venía una segunda parte, que yo podía quedarme mirando y que después nos iríamos. Le respondí que no había aceptado una segunda parte. Entonces Lucía dijo que los teléfonos se entregaban al final y no discutió, no explicó más, solo se quedó cerca del pasillo. Pedí mi teléfono de nuevo y nadie se movió para dármelo. Arturo anunció que pasaríamos al cuarto del fondo. Algunas personas se levantaron de inmediato, pero yo me quedé sentado. Marco se acercó y me dijo que no lo hiciera difícil y ahí dejé de verlo como amigo. pues ya no me estaba acompañando estaba ayudando a los demás dos hombres se colocaron cerca de mí y cerraron el paso no me tocaron pero ocuparon el espacio por donde yo podía salir Arturo dijo que nadie estaba obligado mientras la puerta seguía cerrada y mi teléfono seguía guardado le dije que quería retirarme y me

47:17 respondió que mi miedo formaba parte del proceso y que irme antes de terminar me haría daño Volví a pedir mi teléfono, pero no me lo dieron. En ese momento entendí el engaño. La reunión de apoyo era la entrada, y Marcos había usado mi cansancio, mi ansiedad y mi confianza para llevarme hasta esa casa. Me levanté, pero uno de los hombres dio un paso hacia mí y Marcos me pidió que caminara al fondo. No quise provocar un forcejeo, rodeado de personas y sin teléfono, así que caminé. El cuarto del fondo ya estaba preparado para otra cosa. No había café ni conversación. Había velas, una mesa con objetos de ritual y una figura negra al frente. Arturo cerró la puerta detrás de nosotros y dijo que esa era la verdadera iglesia, la iglesia del diablo. Miré a Marcos y le pregunté por qué me había llevado ahí. Bajó la voz, me pidió que me calmara y dijo que a él también lo habían llevado la primera vez. No me pidió perdón, no abrió la puerta y no fue por mi teléfono. Y ahí terminó cualquier duda. Yo no estaba en una reunión de apoyo, estaba encerrado con personas que ya tenían preparado lo que iban a hacer conmigo.

48:36 Recuerdo que Arturo me ordenó sentarme frente a la mesa y yo me negué. y le dije que no iba a participar en nada, que quería salir de la casa y que me devolvieran mi teléfono. No levanté la voz al principio, porque todavía pensaba que una negativa clara podía detener todo. Dos hombres se acercaron por los lados, me tomaron de los brazos y me obligaron a sentarme. No me golpearon, pero me apretaron fuerte. Marcos estaba cerca con la mirada baja. Le pedí ayuda una vez, pero no me respondió. Arturo abrió una libreta y leyó mi nombre completo. Después dijo mi fecha de nacimiento, el lugar donde trabajaba y otros datos que yo no le había dado. Sentí rabia antes que miedo. Miré a Marcos porque era la única persona de ahí que podía conocer parte de mi vida.

49:31 Le pregunté a Arturo de dónde había sacado esa información, pero no contestó. Solo dijo que la casa reconocía a quienes llegaban marcados y nadie me explicó nada más. Lucía se acercó con un recipiente encendido. El humo empezó a llenar el cuarto, primero con un olor a hierbas quemadas, luego con un olor claro a azufre. Me ardió la garganta, me cubrí la nariz con la camisa y traté de respirar por la boca. Los demás siguieron quietos. Arturo dijo que no necesitaban mi fe, solo mi presencia. También dijo que el miedo servía y que mi resistencia no cambiaba lo que ya había empezado. Después me pidió repetir unas palabras, pero me negué. Insistió sin gritar, con la misma voz controlada de la reunión. Me ordenó renunciar a cualquier protección recibida desde niño. Le dije que no iba a renunciar a nada y uno de los hombres puso una mano sobre mi hombro y me hundió contra la silla. El otro se quedó junto a mi brazo derecho, atento a cualquier movimiento. Las personas detrás de mí empezaron a repetir frases en voz baja. Algunas palabras estaban en español, otras no las entendí. No había gritos ni desorden, todos hablaban al mismo ritmo con pausas iguales y eso hacía que el cuarto se sintiera cerrado por completo. Entre esas voces escuché la de Marcos, la reconocí sin duda. Había trabajado

51:02 con él demasiadas horas para confundirlo y la verdad me dio náuseas escucharlo participar. Arturo caminó alrededor de la mesa y afirmó que yo había llegado por voluntad propia. Le respondí que me habían mentido, pero dijo que el engaño también abría puertas. Varias personas repitieron esa frase en voz baja. Lucía se inclinó cerca de mí y me pidió dejar de resistirme, porque, según ella, solo estaba alargando el momento. Su voz fue firme, sin emoción, y no intentó convencerme, solo me indicó lo que debía hacer. Intenté levantarme otra vez, pero los dos hombres me empujaron hacia abajo y sentí dolor en el brazo izquierdo. Les dije que eso era secuestro, que iba a denunciarlos y que todos estaban cometiendo un delito.

51:53 Arturo me escuchó sin moverse. Me respondió que podía denunciar, pero que nadie iba a entender lo que pasó ahí dentro. Luego añadió que, con el tiempo, yo mismo iba a empezar a dudar de mi propia memoria. El cuarto quedó en silencio. No vi quién dio la señal, pero todos dejaron de hablar al mismo tiempo. El olor a azufre se volvió más fuerte. Me ardían los ojos. Tenía la boca seca y sentía sudor en la espalda. Arturo bajó la cabeza. Lucía se quedó a mi lado y los dos hombres soltaron mis hombros, pero no se apartaron. Ahí escuché la voz detrás de mí. La escuché cerca del oído derecho, grave, clara, sin esfuerzo. Y dijo que ya le pertenecía. Yo entendí cada palabra. Me giré de golpe.

52:43 Detrás de mí había varias personas del grupo, pero ninguna estaba lo bastante cerca para hablarme al oído. Unos tenían los ojos cerrados, otros miraban al piso. Marcos estaba al fondo, pálido, con la boca cerrada. Pregunté quién había hablado, pero nadie contestó. La voz volvió del otro lado, más cerca, y dijo que había llegado tarde para huir. Sentí que el cuerpo reaccionó antes que la cabeza. Me levanté con fuerza y la silla cayó detrás de mí. Uno de los hombres intentó sujetarme, pero lo empujé con el hombro y corrí hacia la puerta. Lucía se puso enfrente con la llave en la mano y le exigí que abriera. Marco se acercó y me pidió no empeorar las cosas, pero le respondí que se apartara. Arturo levantó la mano y ordenó que me dejaran salir. Lucía abrió la puerta y nadie intentó detenerme en ese momento. Arturo dijo que ya no hacía falta retenerme porque lo principal estaba hecho. También dijo que me dejaban vivir, pero que eso no significaba que estuviera libre. No le contesté. Salí del cuarto, crucé el pasillo y pedí mi teléfono. Lucía me lo entregó apagado.

54:02 No lo revisé ahí, lo guardé y salí de la casa. Marcos intentó seguirme hasta la entrada y le dije que no se acercara. Me pidió perdón en voz baja, pero no le respondí. caminé hasta encontrar una calle con gente, pedí un taxi desde una tienda y me fui directo a mi casa, el chofer me preguntó si estaba bien, le dije que sí porque no tenía fuerzas para explicar nada, durante el camino revisé mis brazos, tenía marcas donde me habían sujetado y la camisa se había roto del cuello, el olor a humo seguía pegado a la ropa, cuando llegué cerré la puerta y Puse una silla contra ella y me quedé en la sala hasta que amaneció. No dormí, pues cada vez que cerraba los ojos escuchaba la voz detrás de mí, con la misma frase, en el mismo tono.

54:56 Revisé mi teléfono y no encontré llamadas durante el tiempo que estuve dentro. Había mensajes viejos de Marcos, pero ninguno tenía la dirección de la casa. A la mañana siguiente fui al trabajo y Marcos no llegó. Pregunté por él y me dijeron que había pedido permiso. Lo llamé varias veces, pero no contestó. Después fui a denunciar, di la ubicación de la casa, los nombres que recordaba y expliqué que me habían retenido contra mi voluntad. El agente escribió algunas líneas, pero al mencionar la voz cambió su trato. Me preguntó si había tomado algo o si tenía antecedentes médicos. Le dije la verdad, que tenía ansiedad y tomaba medicamentos. Desde ahí la denuncia perdió peso. Salí con una copia del reporte en la mano, cansado, sucio, con marcas en los brazos y con una certeza dura. Ellos me habían dejado salir porque, para Arturo, el ritual ya había terminado. Recuerdo que dos días después regresé a la zona con mi hermana.

56:01 No quise ir solo, pues tenía miedo de encontrar a Marcos, a Lucía, a Arturo o a cualquiera de los hombres que me habían retenido. Reconocí la casa desde la esquina. Estaba cerrada, sin gente afuera y sin movimiento visible. Mi hermana tocó en una casa cercana y preguntó por Lucía y Arturo. El vecino dijo que esa casa se rentaba por poco tiempo, que entraban personas de noche y que se iban temprano. mi hermana me pidió que dejara el asunto unos días me dijo que podía meterme en más problemas si seguía buscando yo acepté porque no tenía otra cosa tenía una dirección, unos nombres y las marcas en los brazos pero no tenía forma de llegar a ellos tampoco tenía una invitación escrita ni una prueba clara de lo ocurrido dentro del cuarto Marcos me había llevado y Marcos ya no contestaba la primera semana dormí poco dejé luces encendidas revisé la puerta antes de acostarme y me desperté varias veces con el cuerpo tenso fui con mi médico y después con una psicóloga conté lo que pasó sin agregar detalles ella habló de trauma de encierro y de sonidos ligados al miedo quise creerle porque esa explicación era más fácil que la otra posibilidad durante varios días sólo hubo cansancio luego empezaron los golpes Fueron tres golpes

57:35 en la pared que da al pasillo. No fueron fuertes, pero sí claros. Me levanté, abrí la puerta y revisé. El pasillo estaba vacío, así que cerré otra vez y me quedé despierto. Al día siguiente, encontré sal en el piso, frente a mi entrada. Pregunté al administrador si alguien había entrado. Revisó la cámara y justo ese tramo no se había grabado. Y me dijo que el sistema fallaba a veces. Barrí la sal, guardé una foto y no discutí. Después pasó lo del coche. Salí del trabajo y encontré mi nombre escrito en el polvo del parabrisas. No había amenazas ni símbolos.

58:18 Solo mi nombre. El vigilante dijo que no vio a nadie. Esa noche recibí una llamada desde un número oculto. Era Marcos. Lo reconocí al escuchar su manera de decir mi nombre. Habló bajo y me dijo que dejara de buscar a Arturo y a Lucía. Le pregunté dónde estaba y por qué me había llevado a esa casa, pero no me respondió. Solo dijo que la casa no soltaba a quienes escuchaban la voz y cortó. Intenté llamarlo por otros medios, pero no pude encontrarlo. En el trabajo dijeron primero que estaba enfermo, después que había renunciado. Nadie me dio una dirección y desde entonces no he vuelto a verlo. Los ruidos en mi casa continuaron. No pasaban todas las noches. A veces el departamento quedaba tranquilo y yo alcanzaba a descansar un poco, pero luego regresaban. Escuchaba pasos en la sala, golpes dentro del clóset y risas bajas que duraban pocos segundos. Revisé ventanas, tuberías, cerraduras y cambié la chapa. Mi hermana se quedó conmigo dos noches. La primera no pasó nada y en la segunda escuchó los golpes en la pared. Me dijo que podían ser vecinos, pero después no quiso dormir sola en la sala. La voz volvió más tarde. No apareció todos los días. Llegaba cuando el departamento estaba en silencio, siempre detrás de mí, siempre cerca del oído. Decía mi nombre.

59:48 A veces decía que pronto vendría por mí. No gritaba, no daba discursos y no explicaba nada. Esa brevedad me desgastaba porque cada frase quedaba suspendida en el cuarto. y yo no podía responderle a nadie. Puse una cámara en la sala y en la mayoría de las noches no grabó nada útil. En algunas quedaron golpes y cortes de sonido. Una vez quedó una risa baja y se la enseñé a mi hermana, pero no quiso verla completa. Me pidió que buscara ayuda otra vez. Volví a la policía con la foto del parabrisas, la llamada de Marcos y la explicación de la casa. Me dijeron que sin una amenaza directa y sin identificar al responsable, no podían hacer mucho.

1:00:34 Con el tiempo empecé a perder estabilidad. Falté al trabajo porque había noches en las que no dormía nada. Cuando lograba dormir, despertaba con el olor a azufre en la nariz. A veces el olor estaba en la casa, pues mi hermana lo sintió una vez. Revisamos el drenaje y no encontraron nada raro. Dejé el trabajo antes de que me despidieran. La psicóloga siguió viéndome un tiempo. Para ella todo entraba en trauma, ansiedad y miedo acumulado. Y yo acepté parte de eso, pues mis manos temblaban, dormía mal, saltaba con cualquier ruido. Pero Marcos existió, la casa existió, las marcas existieron.

1:01:20 Mi hermana escuchó golpes y mi nombre apareció escrito en el coche. La última vez ocurrió hace tres noches. Yo estaba en la sala con la cámara encendida y la puerta asegurada. El olor a azufre apareció de pronto. No venía de la cocina ni del baño. Me levanté para revisar y escuché la voz detrás de mí. Dijo mi nombre, luego dijo que ya faltaba poco. Me quedé quieto y la luz de la sala se apagó. La puerta siguió cerrada, la silla seguía contra ella y aún así escuché tres golpes desde el otro lado. Hoy escribo esto para dejar constancia. No tengo una solución. No tengo a Marcos para que hable.

1:02:02 Y no tengo a Arturo ni a Lucía. Tengo fotos, una denuncia débil y grabaciones que cualquiera puede poner en duda. Lo único que tengo claro es que me invitaron con engaños. Me llevaron a una casa que ellos llamaban la iglesia del diablo. Me tuvieron en un ritual. Escuché una voz que dijo que ya le pertenecía. y me dejaron salir porque, para ellos, ya estaba hecho. Desde entonces la voz vuelve, no todas las noches, pero vuelve, y cada vez que la escucho está más cerca.