El Nahual Que Detuvo A Un Grupo Militar En La Carretera - Historias De Terror - REDE
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0:05 Mi nombre completo no debe quedar en este testimonio. En el informe aparezco como Sargento Mena, y lo que recuerdo ocurrió en una zona alta de la Sierra Madre Occidental, dentro de Nayarit. Durante un operativo contra una célula criminal que usaba pueblos aislados para esconder armas, droga y personas, entramos cuatro militares y un guÃa civil. El mando lo llevaba el Teniente Herrera. Cruz iba con el radio y el botiquÃn. Campos era el cuarto elemento. El guÃa se llamaba Valdivia. Ya habÃa trabajado con autoridades estatales y conocÃa la ruta hasta el Aguaje, un pueblo que no aparecÃa bien marcado en los mapas que nos dieron. La orden era ubicar a dos jefes locales del grupo criminal, confirmar presencia armada y marcar el punto para una entrada mayor si encontrábamos resistencia. La última parte del camino la hicimos a pie, porque la brecha terminaba antes de llegar. Valdivia caminaba adelante, pero no iba tranquilo. Nos dijo que muchas familias se habÃan ido desde que el grupo criminal ocupó la zona, aunque algunas personas seguÃan ahÃ, porque no tenÃan otro lugar. Herrera le pidió datos concretos y Valdivia le explicó que los delincuentes habÃan tomado casas, habÃan usado la escuela para guardar cosas. y habÃan abierto una brecha hacia un cerro, donde querÃan hacer una pista clandestina. Antes de
1:36 llegar al pueblo, Valdivia se detuvo y señaló hacia arriba. Dijo que esa brecha pasaba por tierra que la gente del lugar respetaba. Herrera le preguntó si hablaba de propiedad comunal. Valdivia contestó que sÃ, pero aclaró que el problema no era solo de papeles. En ese cerro habÃa un sitio viejo, cuidado por un hombre llamado Jacinto Amaya. Jacinto era curandero y varias familias lo obedecÃan. VivÃa solo cerca del arroyo. Cuando los delincuentes quisieron meter máquinas por ese terreno, Jacinto se negó. Lo golpearon, le quemaron la casa y después nadie volvió a verlo vivo. Herrera no quiso entrar en creencias.
2:20 Le preguntó si Jacinto tenÃa armas o gente con él. Valdivia respondió que no. Después agregó que hasta donde sabÃa, Jacinto ya estaba muerto. Esa respuesta nos dejó atentos. Si el guÃa sabÃa eso desde antes y no lo habÃa dicho, estaba guardando información. Herrera lo encaró y le exigió hablar completo. Valdivia dijo que se lo contó un familiar, pero que nadie habÃa visto el cuerpo. También dijo que los hombres del cártel seguÃan entrando y saliendo del aguaje después de la muerte de Jacinto. Llegamos al pueblo ya de noche. Desde la entrada se distinguÃan las casas, la escuela, la capilla y la cancha. No habÃa luces, voces, motores ni radios.
3:06 En un lugar ocupado por hombres armados, siempre hay señales de vigilancia, aunque intenten esconderse. Ahà no vimos ninguna. Herrera ordenó avanzar juntos y revisar primero las casas de la entrada. La primera casa estaba abierta. Adentro habÃa muebles rotos, comida en el piso y sangre seca. No encontramos personas, pero la puerta estaba dañada desde adentro, con marcas en la parte baja y astillas hacia afuera. Aquello indicaba que alguien habÃa querido salir con fuerza. En la segunda casa encontramos lo mismo. Desorden, manchas en el suelo y objetos tirados.
3:49 Campos revisó un cuarto y encontró cargadores llenos dentro de una mochila. No habÃa armas. Cruz tocó una mancha con el guante y dijo que la sangre llevaba tiempo, aunque no muchos dÃas. En la cancha encontramos el primer cuerpo. Era un hombre joven, con ropa táctica y un radio sujeto al chaleco. TenÃa un fusil cerca, todavÃa con munición. Cruz lo revisó sin moverlo más de lo necesario. Dijo que la herida principal no era de bala. Herrera le preguntó si podÃa ser machete. Cruz respondió que no, porque el daño era más profundo y habÃa fracturas en el pecho. Nadie hizo otro comentario. Seguimos hacia la escuela. En la entrada habÃa otro hombre armado, muerto junto a la pared.
4:37 Dentro de un salón encontramos a uno más. También vimos a un anciano sentado contra el muro. Valdivia lo reconoció al instante. Era Jacinto. TenÃa sangre seca en la camisa y las manos manchadas de ceniza. No habÃa arma cerca de él y, en el piso, quedaban restos de maÃz, ceniza y una cuerda delgada. Herrera le preguntó al guÃa qué significaba eso. Valdivia respondió que Jacinto habÃa intentado cerrar el pueblo. Herrera lo tomó del chaleco y le ordenó hablar sin rodeos. Valdivia dijo que Jacinto habÃa advertido a los delincuentes que dejaran el cerro. También dijo que en esa zona hablaban de Nahuales desde antes de que llegara el cártel. No lo presentó como cuento, lo dijo con miedo, pero con datos. Aseguró que dos dÃas antes vio a hombres del grupo criminal salir corriendo de el aguaje sin armas y sin camionetas. Algunos gritaban que un coyote los estaba matando Herrera le respondió que se limitara a lo que habÃa visto. Valdivia repitió lo mismo, hombres armados huyendo, cuerpos en el pueblo y Jacinto muerto en la escuela.
5:49 Campos pidió permiso para revisar la parte trasera. Herrera lo autorizó con la orden de no salir de nuestra vista. Campos avanzó hasta una puerta rota y apuntó hacia el patio. Entonces escuchamos un golpe en el techo. Fue directo, pesado, sobre el salón. todos levantamos las armas cruz apagó la linterna y herrera ordenó silencio el segundo golpe cayó cerca del primero luego escuchamos algo moverse arriba el peso avanzó se detuvo y volvió hacia la orilla campos retrocedió con cuidado valdivia se pegó a la pared y empezó a rezar en voz baja y herrera le ordenó callarse la criatura bajó por el lado de la escuela primero vimos las patas después la cabeza tenÃa cuerpo de coyote pero era más grande que cualquier animal que yo hubiera visto en la sierra el lomo le llegaba casi al pecho de un hombre los ojos se veÃan amarillos en la oscuridad tenÃa sangre fresca en el hocico y respiraba con fuerza herrera ordenó apuntar pero no disparar la criatura se quedó quieta unos segundos y nos miró luego bajó la cabeza hacia los cuerpos de los hombres armados Campos movió el pie para tomar mejor posición y ese movimiento bastó.
7:10 La criatura se fue contra él. Disparamos los tres. Herrera, Cruz y yo soltamos ráfagas cortas. Campos alcanzó a disparar dos veces antes del golpe. Vi impactos en el hombro y en el costado de la criatura. Vi sangre en el pelo, pero no cayó. Lo tomó del brazo, lo arrastró hasta la puerta y salió con él al patio. Campos gritó una vez. Después oÃmos un golpe contra el suelo y todo quedó en silencio. Herrera ordenó replegarnos al salón, cerrar la entrada con lo que encontráramos y guardar munición para blancos claros. La orden de captura terminó ahÃ, pues el aguaje no estaba tomado por el cártel. El cártel habÃa llegado antes que nosotros y ya habÃa perdido. Cruz quiso salir por campos y Herrera lo detuvo antes de que llegara a la puerta. El patio quedaba del otro lado.
8:06 La criatura seguÃa moviéndose entre la escuela y la cancha, y cualquier paso afuera nos dejaba sin cobertura. Herrera le dijo que no Ãbamos a perder otro hombre por correr a ciegas. Cruz apretó la mandÃbula y volvió a su puesto. Atrancamos la entrada con bancas y una mesa. No era una defensa real, pero nos daba tiempo para apuntar si algo empujaba desde fuera. Cruz revisó el radio y mandó un reporte corto. Ubicación aproximada, una baja, contacto desconocido y solicitud de extracción al amanecer. La respuesta llegó partida. Entendimos que la unidad terrestre estaba lejos y que el helicóptero no iba a entrar de noche. Herrera mantuvo la voz baja y nos dijo que nadie dispararÃa por ruido, que el fuego serÃa solo con blanco visible y que si la criatura entraba debÃamos concentrar tiros al pecho, cuello y cabeza.
9:04 cruz contó cargadores, revisó el botiquÃn y yo cubrà la entrada. Valdivia seguÃa junto al cuerpo de Jacinto. Herrera le preguntó qué habÃa hecho Jacinto en ese salón. Valdivia respondió que habÃa intentado cerrar el pueblo con ceniza de su altar. Dijo que el cÃrculo pasaba por la cancha y por las entradas principales, pero los hombres del cártel lo rompieron con camionetas y cuerpos arrastrados. Herrera preguntó si eso podÃa detener a la criatura. Valdivia contestó que no lo sabÃa. Solo habÃa visto que algunos tramos todavÃa la frenaban. La criatura golpeó una ventana y arrancó parte del marco. Cruz disparó primero. Yo disparé después. El animal se retiró sin entrar y escuchamos las uñas contra el piso. Luego un roce sobre la pared. Nadie habló. Herrera levantó dos dedos y me ordenó revisar el salón contiguo. Fui con Cruz.
10:02 En el otro salón encontramos comida, radios, cargadores y teléfonos rotos. HabÃa sangre en una esquina y ropa hecha tiras. Cruz encontró una credencial de uno de los objetivos y la guardó en una bolsa. Revisamos que no hubiera otra entrada y regresamos con Herrera. Miraba por una abertura hacia la cancha. Nos dijo que habÃa cuerpos junto a una camioneta. Eran hombres del grupo criminal, algunos con armas cerca, otros sin chaleco. En las paredes habÃa impactos. En las primeras casas no vimos señales de disparos, pero en esa parte sÃ, y entendimos que la pelea fuerte ocurrió cerca de la escuela.
10:44 La criatura apareció sobre la capilla, ya no estaba en cuatro patas. Se levantó con el cuerpo torcido y apoyó una mano en el borde del techo. TenÃa dedos largos, uñas gruesas, cabeza de coyote y sangre seca en el pecho. Cruz bajó el arma un instante, pero Herrera le ordenó apuntar. La criatura no atacó, se quedó arriba con la cabeza baja y soltó un sonido corto y ronco. Valdivia se tapó la boca y Herrera le preguntó qué habÃa entendido. El guÃa dijo que llamaba a alguien. Herrera le ordenó guardar silencio. Poco después, escuchamos la voz de Campos desde el patio. Dijo mi grado y mi apellido. Luego dijo el nombre de Cruz. La voz traÃa el tono de Campos, pero salÃa lenta, sin respiración. Herrera nos ordenó no contestar.
11:39 Decidimos cambiar de salón. El principal tenÃa demasiadas entradas y el cuarto, donde estaba Jacinto, tenÃa una sola puerta y una ventana pequeña. Movimos el cuerpo con cuidado. Cruz lo revisó otra vez y encontró una herida en el cuello. También encontró ceniza pegada en los dedos. Valdivia dijo que los delincuentes lo llevaron ahÃ, para obligarlo a abrirles el paso al cerro y que lo mataron cuando no le sirvió. Herrera preguntó si Jacinto habÃa soltado a la criatura, pero Valdivia respondió que Jacinto trató de detenerla. El techo empezó a crujir, la criatura caminaba encima del cuarto. Herrera nos acomodó en triángulo. Yo cubrà la puerta, Cruz la ventana, y él se quedó con el rifle hacia arriba, y Valdivia se tendió detrás de una banca. El primer golpe dobló la madera, el segundo abrió un hueco. Herrera disparó cuando vio la cabeza, la criatura metió un brazo, Cruz tiró dos veces, y una sangre oscura cayó al piso.
12:41 Por primera vez vimos que nuestras balas podÃan abrirle la piel. Se retiró, pero siguió rondando. Golpeó otra parte del techo, luego la pared del pasillo, luego la puerta del salón principal. Buscaba cansarnos y movernos, pero Herrera aprovechó una pausa y ordenó la salida por la parte trasera. Dijo que esperar más tiempo iba a dejarnos encerrados. La ruta sur pasaba detrás de dos casas y bajaba hacia una vereda. Valdivia aseguró que podÃa guiarnos. Antes de movernos, Valdivia tomó ceniza del piso donde habÃa estado Jacinto. Herrera no lo detuvo y le dijo que la guardara y caminara cuando se le ordenara. Cruz preparó una granada de humo, pero Herrera decidió reservarla, pues el humo podÃa quitarnos visión. Yo recogà el radio secundario y una bolsa con cargadores. El equipo de campos quedó donde estaba y su cuerpo seguÃa en el patio. Avanzamos hacia la puerta trasera. El pasillo estaba oscuro y olÃa a sangre. Algo raspó la pared del otro lado y Herrera levantó el puño. Nos detuvimos. La criatura golpeó la puerta principal del salón que habÃamos dejado y las bancas se movieron contra el piso. Ya estaba dentro de la escuela, por el frente. Herrera abrió la puerta trasera. Valdivia salió primero. Cruz fue detrás de él.
14:06 Yo salà con el rifle arriba y Herrera cerró la fila. cruz alcanzó a dar pocos pasos cuando la criatura cayó del techo al patio entre nosotros y la cancha disparamos al mismo tiempo y esta vez le pegamos en el pecho y en la cara retrocedió sacudió la cabeza y volvió a avanzar valdivia sacó la ceniza y la tiró en una lÃnea corta sobre el suelo la criatura frenó al llegar a esa parte no hubo luz ni estruendo sólo bajó la cabeza golpeó la tierra con una mano y herrera ordenó correr hacia el sur Corrimos pegados a las casas, con la respiración corta y el ruido de la criatura detrás de nosotros. Herrera nos mantuvo juntos con señas y órdenes breves. Valdivia iba adelante porque conocÃa la salida sur. Cruz iba al centro, con el radio contra el pecho, yo cubrÃa atrás, y Herrera cerraba la fila.
15:03 La criatura no cruzó la lÃnea de ceniza que Valdivia habÃa tirado en el patio. Pero el pueblo tenÃa otros tramos abiertos. Lo supimos al escucharla correr por nuestra izquierda. Valdivia nos sacó de la calle principal y dijo que por ahà el cierre estaba roto. Herrera aceptó el cambio y nos ordenó avanzar por la parte trasera. Pasamos junto a una puerta abierta y adentro habÃa cuerpos, armas tiradas y manchas en el piso, pero nadie entró. Ya no buscábamos evidencia, buscábamos salir con vida. Cruz intentó transmitir mientras caminábamos y logró dar la ubicación, dos bajas, un civil con nosotros y contacto activo. La base pidió repetir. Cruz repitió los datos y pidió extracción lejos del pueblo. No dijo Nahual y no dijo Coyote. Dijo amenaza no identificada.
15:59 Llegamos a la salida sur y Valdivia se detuvo. HabÃa un espacio abierto antes de la vereda. A la derecha quedaba la cancha, a la izquierda las últimas casas. El guÃa dijo que por ese tramo habÃan arrastrado cuerpos y que la ceniza ya no servÃa ahÃ. Herrera preguntó por otra ruta y Valdivia señaló un corral detrás de una casa. TenÃamos que cruzar rápido y bajar por una vereda estrecha, asà que Herrera le ordenó seguir. La criatura apareció sobre esa casa. TenÃa sangre en el pecho, en el hocico y en una pata delantera. Respiraba con fuerza, con la boca abierta. Nos siguió con la cabeza mientras nos movÃamos hacia el corral. Herrera ordenó fuego controlado, asà que disparamos juntos.
16:50 Vi impactos en el cuello y en la cara, y el Nahual bajó por la pared usando brazos y piernas. Tocó el suelo y avanzó hacia nosotros. Valdivia tiró más ceniza, pero le quedaba poca, por eso la lÃnea quedó cortada. La criatura frenó apenas un momento y cruzó. Herrera empujó a Cruz hacia el corral y me ordenó entrar detrás. Cruz pasó primero y yo estaba por entrar cuando Valdivia tropezó y cayó de rodillas. La bolsa se le soltó. Herrera salió por él, lo tomó del chaleco y lo empujó hacia mÃ. La criatura llegó encima. Herrera le disparó a muy corta distancia y los tiros le abrieron el cuello y parte de la cara, pero no cayó. Le dio un golpe con el brazo y lo estrelló contra la pared. Cruz quiso regresar, pero Herrera, desde el suelo, le gritó que siguiera. Fue una orden completa y clara.
17:47 Cruz obedeció. Yo jalé a Valdivia y cruzamos el corral. Escuchamos tres disparos más, un grito y golpes contra la pared. No miré, Cruz tampoco. Valdivia volteó y perdió el paso. Le ordené que siguiera y repetÃa que el pueblo no iba a soltarnos. Le dije que caminara y guardara aire. La vereda bajaba entre árboles con claridad para ver el suelo, pero no para distinguir lejos. Cruz revisaba el radio. Yo caminaba de espaldas por tramos cortos, apuntando hacia arriba y hacia los lados, esperando el ataque del Nahual. A los pocos minutos escuchamos la voz de Herrera desde el pueblo.
18:28 VenÃa alta, entre los árboles, y nos ordenaba que regresáramos por él. Cruz se detuvo, pero le dije que no era Herrera. Ãl ya lo sabÃa, pero la voz repitió la orden con el mismo tono del teniente, pero sin fuerza humana. Cruz bajó el arma, respiró hondo y siguió. Encontramos una marca de machete en un árbol. Valdivia dijo que era la ruta correcta. y después mencionó una casa de Jacinto cerca del arroyo, donde podÃamos escondernos. Le respondà que nadie iba a encerrarse otra vez. Ãbamos al punto de extracción. Si la señal entraba, Cruz guiarÃa al helicóptero, y si no entraba, seguirÃamos bajando. La criatura nos alcanzó antes del arroyo. Primero oÃmos ramas romperse detrás de nosotros.
19:19 Cruz giró y disparó. Yo hice lo mismo y Valdivia se salió de la vereda y corrió hacia la parte baja. Le grité que volviera, pero no me obedeció. La criatura fue tras él. Valdivia avanzó unos metros, cayó y trató de levantarse, pero la criatura lo tomó por la espalda y lo arrastró entre los árboles. Sus gritos duraron poco. Cruz y yo seguimos sin guÃa. Ãl conservaba las coordenadas marcadas y yo recordaba la dirección general. asà que bajamos hasta encontrar el arroyo y caminamos junto al agua. La señal entraba y se perdÃa. Cuando empezó a clarear, Cruz logró hablar con la base, dio coordenadas, pidió extracción lejos del pueblo y reportó tres bajas militares, un civil muerto y un atacante sin identificar. La base preguntó si seguÃamos en combate. Cruz respondió que sÃ, pero que no tenÃamos blanco a la vista y menos tenÃamos tiempo. llegamos al claro con poca munición cruz tenÃa una herida en el hombro yo tenÃa golpes y cortes menores nos colocamos detrás de unas piedras la criatura se quedó entre los árboles agachada con la cabeza baja nos observó hasta que escuchamos el helicóptero y cuando el ruido se acercó retrocedió el helicóptero dio una vuelta antes de bajar cruz lanzó humo cuando se lo indicaron y nos sacaron sin aterrizar por
20:50 completo Nos vieron cubiertos de sangre, sin Herrera, sin Campos y sin Valdivia. Preguntaron si habÃa fuego enemigo, pero Cruz les respondió que no. DÃas después entró otra unidad. Recuperaron armas, equipo y restos humanos. No recuperaron completos a Campos ni a Herrera. De Valdivia no encontraron nada para su familia. En la escuela hallaron a Jacinto donde lo habÃamos dejado y también identificaron a los dos objetivos de la orden. Estaban muertos antes de nuestra llegada. El informe final habló de enfrentamiento con grupo armado, posible ataque de fauna y fallas de comunicación por el terreno. Nadie escribió que la criatura resistió los disparos, que imitó voces, ni que una lÃnea de ceniza la detuvo mejor que nuestros rifles. Cruz firmó una declaración corta y yo firmé otra. La zona quedó restringida, la pista clandestina quedó sin terminar. Y el aguaje siguió vacÃo. Salimos dos y eso fue todo. Recuerdo esa noche, porque el parte que firmamos no fue el mismo que entregué al principio. En mi primera declaración puse lo que vi, en el orden correcto. Después cambiaron palabras, quitaron nombres y cerraron el hecho como accidente por ataque animal.
22:21 Yo era cabo, estaba asignado a un grupo de apoyo que trabajaba con las fuerzas especiales, y nos enviaron a la Mixteca con una orden simple, colocar un retén nocturno en una carretera usada para mover armas. Ãbamos cuatro, Arriaga mandaba, Luna era el más antiguo, Pérez y yo cubrÃamos los lados. No llevábamos convoy ni apoyo cerca, pues el punto era temporal. Llegábamos, revisábamos vehÃculos y nos levantábamos antes del amanecer. Esa era toda la instrucción. El tramo quedaba entre dos pueblos chicos, sin casas pegadas a la carretera, solo entradas de terracerÃa y monte a los lados. La gente evitaba pasar por ahà de noche. Un hombre que cruzó en una camioneta con cajas nos advirtió que no nos quedáramos después de medianoche.
23:14 Arriaga le preguntó si habÃa visto gente armada, pero el hombre le contestó que hablaba de los nahuales que bajaban del monte. Luna le devolvió sus papeles y lo dejó ir. Revisamos dos vehÃculos y una motocicleta. No encontramos armas y los conductores estaban nerviosos, pero miraban hacia los lados, no hacia nosotros. Una mujer que iba de pasajera le pidió a Pérez que no alumbrara los árboles. Pérez soltó una risa baja, aunque después mantuvo la lámpara apuntada al camino. Más tarde llegó un hombre caminando por la orilla. VenÃa solo, con un morral y una lámpara chica. Levantó las manos antes de que le apuntáramos y se detuvo donde Arriaga le ordenó. Se llamaba Tomás Gallegos, vivÃa cerca y traÃa identificación.
24:06 Arriaga le revisó la credencial y preguntó qué hacÃa a esa hora. Tomás respondió que habÃa visto nuestra luz desde el camino viejo y venÃa a advertirnos. No estaba borracho y tampoco venÃa alterado. Hablaba bajo y mantenÃa los ojos en la orilla del monte. Nos dijo que ese tramo no debÃa cerrarse esa noche, porque habÃa hombres que no cruzaban en forma de hombres. Luna le preguntó si eso era una amenaza. Pero Tomás negó con la cabeza y respondió que venÃa a evitar problemas, no a buscarlos. Arriaga le exigió datos claros. Si habÃa un grupo armado en la zona, tenÃa que decir cuántos eran y por dónde se movÃan. Tomás contestó que no eran sicarios. Después dijo que él era séptimo hijo y conocÃa ciertas señales. Pérez volvió a reÃrse y Luna lo cayó. Arriaga pidió esas señales.
25:04 Tomás señaló la carretera, luego la tierra de la orilla, y nos explicó que alguien habÃa dejado cal cerca del camino y ropa enterrada no muy lejos del retén. El teniente no le creyó, pero tampoco lo dejó ir. Le quitó la lámpara y le ordenó sentarse junto a nuestra camioneta hasta que termináramos. Tomás obedeció, pero antes de sentarse nos pidió una cosa. Si llegaba una camioneta vacÃa, no debÃamos tocarla sin revisar primero la tierra alrededor. Arriaga le preguntó por qué hablaba de una camioneta vacÃa. Tomás respondió que algunos nahuales usaban el vehÃculo para atraer el alto, mientras ellos entraban por fuera, desde el monte. La frase nos incomodó, pues en esa zona ya habÃamos oÃdo la palabra nahual, pero Tomás la dijo con precisión. No insistió, no pidió que le creyéramos y no intentó asustarnos. Se quedó sentado, con las manos sobre las rodillas, mirando hacia la curva. Cerca de medianoche aparecieron unas luces. VenÃan desde el tramo cerrado de la carretera. Era una camioneta oscura, sin placa delantera. Avanzaba con cambios bruscos, se iba un poco al centro y corregÃa tarde. Arriaga tomó la lámpara y le marcó el alto. Luna se puso en medio de la carretera con el arma baja. Pérez cubrió el lado derecho y yo me abrà hacia la izquierda. La camioneta no frenó. Arriaga repitió la orden. Luna gritó que
26:39 se detuviera y el vehÃculo siguió derecho. Golpeó los conos, se fue contra una piedra grande en la orilla y quedó detenida con el frente hundido. La puerta del conductor se abrió un poco. El motor siguió encendido unos segundos y luego se apagó. Nadie disparó y Arriaga ordenó avanzar Pérez y yo nos acercamos por los costados Luna apuntó a la cabina y el teniente cubrió desde atrás La puerta estaba abierta pero el asiento del conductor estaba vacÃo y tampoco habÃa copiloto Revisé la parte trasera y no encontré a nadie En el piso habÃa tierra fresca, hojas, una cuerda corta y un cartucho sin disparar La llave seguÃa puesta Luna miró debajo de la camioneta, pero no habÃa cuerpo. Arriaga preguntó si alguien vio bajar a una persona, pero el vehÃculo llegó frente a nosotros, chocó a pocos metros del retén y quedó vacÃo. Tomás habló desde la camioneta militar. Dijo, ya empezó. Arriaga le ordenó quedarse quieto.
27:46 Tomás obedeció, pero levantó una mano y señaló el monte del lado derecho. Entonces escuché el primer ruido. No fue ladrido, fue una respiración fuerte, baja, metida entre la maleza. Alumbré hacia la cerca y vi un perro negro, grande, parado sin moverse. La luz le pegó en la cara y no retrocedió. TenÃa cuerpo de perro, pero no apartaba los ojos de nosotros. Pérez giró la lámpara y avisó que habÃa otro al lado contrario, asà que Arriaga ordenó reagruparnos. El segundo perro salió despacio, también era negro y grande. Ninguno ladraba, pero avanzaban separados uno por cada lado, cerrando el espacio entre nosotros y el monte. Luna pidió autorización para disparar si se acercaban más. Arriaga le respondió que esperáramos. Tomás, desde atrás, dijo que esperar era lo que ellos querÃan.
28:42 El perro del lado derecho dio varios pasos hacia Pérez. Pérez le gritó para espantarlo, pero el animal siguió. Pérez disparó al suelo cerca de sus patas. El perro bajó la cabeza, olió la tierra levantada por la bala y continuó. Ahà entendà que Tomás no habÃa venido por un cuento de pueblo. SabÃa que algo iba a cruzar esa carretera. El perro saltó hacia Pérez. Pérez disparó dos veces al pecho del perro. Yo vi los impactos, entraron limpios, en el centro del cuerpo. El animal se sacudió, cayó de lado y se levantó casi enseguida. Pérez retrocedió, volvió a disparar y perdió el equilibrio al pisar una piedra. El perro siguió encima de él, con la boca abierta y la cabeza baja. Luna entró por el costado, esperó a tenerlo cerca y le disparó casi encima del cráneo. Ese tiro sà lo tiró al suelo. El cuerpo quedó con las patas tensas golpeando la tierra. Pérez se hizo para atrás con los codos, sin quitarle la vista. TenÃa raspones en una pierna y en el brazo, pero podÃa moverse.
29:50 Luna lo tomó del chaleco, lo levantó y le ordenó que se pegara a la camioneta. Arriaga mantuvo el arma hacia el otro lado, porque el segundo perro ya rodeaba la camioneta chocada. Ese animal no corrió. Avanzó pegado a la orilla, con el cuerpo bajo y la cabeza fija en nosotros. Arriaga le disparó desde el frente. Los tiros le dieron, pero solo lo hicieron retroceder. Se metió entre la maleza y siguió moviéndose junto al camino. Lo oÃamos y no se alejaba. Luna quiso rematar al que estaba en el suelo, pero Tomás gritó desde la camioneta militar que no gastáramos balas, porque se iba a levantar mientras siguiera amarrado a sus cosas. Arriaga lo miró con enojo, aunque ya no lo cayó. Le preguntó qué habÃa que buscar.
30:41 Tomás contestó rápido, sin adornar nada. Una prenda, un espejo o un cinturón, algo del dueño, enterrado cerca. Dijo que la camioneta solo servÃa para detenernos ahÃ, pero que el amarre tenÃa que estar fuera, cerca del camino, porque el Nahual necesitaba volver por él. El teniente no discutió. HabÃamos disparado suficiente para entender que algo fallaba. Me ordenó acompañar a Tomás sin dejar que tocara nada. Luna se quedó con Pérez cubriendo la carretera y Arriaga vino detrás de nosotros con el arma lista y la vista puesta en la maleza. Tomás caminó hacia la orilla derecha donde habÃa señalado antes. No avanzó mucho, se agachó junto a una cerca y me pidió luz en el suelo. HabÃa cal tirada en pequeños montones, casi borrada por el polvo. No hacÃa una lÃnea perfecta, pero marcaba un rumbo. Seguimos esos restos hasta un árbol bajo. Tomás señaló la tierra. Luego apartó las manos y dejó que yo revisara. Cabé con la bayoneta. La tierra estaba floja, removida hacÃa poco. A menos de un palmo apareció una bolsa de manta. Arriaga me ordenó abrirla despacio. Dentro habÃa una camisa doblada, un cinturón negro y un espejo chico. La camisa olÃa a sudor viejo. El espejo tenÃa tierra pegada en los bordes y una mancha oscura bajo el vidrio. Tomás nos advirtió
32:15 que no tocáramos el espejo con la mano. Luna preguntó desde la carretera qué habÃamos encontrado y Arriaga respondió que ropa y un espejo. En ese momento, Pérez gritó. El nahual que Luna habÃa tirado se levantó junto a la cuneta. Primero apoyó las patas delanteras en la camioneta chocada. Después cargó el peso sobre las traseras y se enderezó. No quedó derecho, pero alcanzó la altura suficiente para vernos por encima del cofre. La cabeza le colgaba por el disparo. Aún asà avanzó. Pérez disparó desde donde estaba. Le pegó en el cuerpo y no lo detuvo. Luna esperó. Dejó que entrara a menos de dos pasos y le disparó al cuello. El animal cayó, golpeó la tierra con las patas y levantó la cabeza otra vez. No tenÃa fuerza completa, pero seguÃa vivo. El segundo Nahual salió detrás de Luna.
33:09 Arriaga lo vio y disparó. El animal se quedó medio fuera del monte con el pecho descubierto. Abrió la boca y soltó un sonido bajo, ronco, con aire de voz humana. No formó palabras, no ladró, pero el sonido salió largo y nos dejó quietos un segundo. Tomás tomó el cinturón con la punta de una rama y lo levantó apenas. El Nahual que estaba junto a Luna retrocedió. Esa reacción decidió todo. Arriaga ordenó quemar la bolsa y Tomás corrigió la orden. La camisa y el cinturón tenÃan que arder juntos. El espejo debÃa romperse por calor. Pérez me cubrió mientras fui por gasolina a la camioneta militar. Cojeaba, pero sostenÃa bien el arma. Mientras yo volvÃa, el Nahual herido se lanzó contra Luna. Luna disparó otra vez con el cañón casi pegado al hocico. El tiro le abrió parte de la cara y lo tumbó encima de él. Pérez y Arriaga lo jalaron por el chaleco. El animal movÃa la boca, mordÃa tierra, ya sin fuerza para avanzar. Regresé con la gasolina y Tomás puso la camisa, el cinturón y la bolsa junto a la tierra abierta. echó combustible y prendió fuego con un encendedor no rezó no dijo palabras extrañas no hizo señales solo quemó lo que tenÃa que quemar y se apartó la reacción fue inmediata el Nahual junto a Luna se puso rÃgido el otro salió completo de
34:42 la maleza y se levantó sobre las patas traseras tenÃa el pecho ancho las patas delanteras colgadas y la boca abierta con dientes afilados la luz le cayó en la cara TenÃa cara de perro, pero los ojos no eran de perro. Nadie dijo nada, pero los cuatro lo vimos. El fuego tomó la camisa primero y el cinturón tardó más. Tomás pidió que no disparáramos hasta tener al animal encima. Arriaga aceptó. El Nahual avanzó hacia el fuego. Luna, todavÃa en el suelo, le apuntaba al pecho. Pérez cubrÃa el lado del camino. Yo sostenÃa la lámpara y el fusil.
35:23 con las manos firmes a la fuerza. Cuando el cinturón empezó a quemarse, escuchamos un grito desde el camino viejo. No salió de los nahuales, salió de un hombre. Evaristo apareció entre la maleza, descalzo, sin camisa y con el pantalón sucio. Caminaba doblado, con una mano apretada contra el pecho. Tomás dijo su nombre y bajó la mirada. Arriaga le ordenó detenerse, pero Evaristo no lo obedeció. Miró el fuego y gritó que apagáramos sus cosas. No pidió ayuda, no preguntó quiénes éramos, solo exigió sus cosas. El Nahual de pie avanzó al mismo tiempo. Arriaga apuntó a Evaristo y Luna apuntó al animal. Tomás habló sin levantar la voz.
36:12 Si matábamos al hombre antes de romper el espejo, el otro podÃa quedar suelto. Nadie preguntó más y el espejo empezó a calentarse dentro del fuego. Evaristo quedó de rodillas frente al fuego, respirando con trabajo, con una mano clavada en el pecho y la otra metida en la tierra. TenÃa marcas oscuras en el cuerpo, hundidas bajo la piel, en los mismos lugares donde habÃamos visto entrar las balas en los nahuales. Una le cruzaba el cuello, otra estaba debajo de la clavÃcula, y otra se le marcaba en las costillas. Cuando el cinturón ardió completo, se dobló hacia adelante y vomitó tierra con sangre. El Nahual que estaba levantado bajó de golpe a cuatro patas. Ya no avanzó con la misma fuerza. Arrastró una pata trasera y buscó la orilla del monte. Luna quiso rematarlo, pero Arriaga le ordenó esperar. Tomás dijo que el espejo seguÃa entero. Acerqué la lámpara al fuego. El vidrio estaba negro por el humo.
37:14 La camisa ya era ceniza y la bolsa de manta se habÃa consumido. pero el espejo seguÃa completo entre las brasas. Pérez tomó una piedra y dio un paso hacia la lumbre, pero Tomás lo detuvo con la mano abierta. Le dijo que no lo rompiera asÃ, que tenÃa que quebrarse por el calor. Pérez lo miró con coraje, pero no avanzó más. Arriaga preguntó qué pasaba si lo rompÃamos a golpes. Tomás respondió que podÃa quedar útil una parte y que con eso bastaba para que el animal suelto regresara por el monte. El nahual herido, el que habÃa caÃdo junto a la camioneta, se arrastró unos centÃmetros y volvió a levantar la cabeza.
37:56 Luna le apuntó desde muy cerca. TenÃa la mandÃbula apretada, el uniforme manchado y sangre en la cara, pero obedeció la orden y no disparó. Pérez se quedó vigilando al otro lado con el arma lista. Yo sostuve la lámpara sobre el fuego sin quitarle la vista al espejo. Evaristo levantó la cabeza y miró a Tomás y le dijo que no se metiera, que eso no era suyo. Tomás no contestó, tomó una rama, empujó el espejo hacia el centro de la lumbre y se apartó. Evaristo gritó. El Nahual que intentaba irse también soltó un sonido, con aire de voz, pero sin palabras claras. El espejo tronó dentro del fuego, el vidrio se abrió en dos y una parte saltó contra la tierra. En ese momento, el Nahual junto a la camioneta cayó de lado y dejó de moverse.
38:49 El otro se golpeó contra la cerca, pasó al monte arrastrándose y desapareció entre la maleza. Pérez pidió permiso para seguirlo, y Arriaga se lo negó de inmediato. Nadie iba a entrar ahà con un civil herido, un militar golpeado, una camioneta vacÃa y un animal que no caÃa con disparos normales. Evaristo intentó levantarse, pero no pudo. Arriaga y yo nos acercamos para asegurarlo. Luna nos cubrió y Pérez mantuvo la vista en el monte. Evaristo no traÃa armas y tenÃa las uñas llenas de tierra, los pies cortados y un hilo rojo amarrado en la muñeca. Era el mismo tipo de hilo que cerraba la bolsa enterrada. Tomás dijo que no se lo quitáramos. Arriaga respondió que nadie tocarÃa nada hasta que llegara el apoyo. Le pusimos las manos atrás con una brida. Evaristo se quejó, pero ya no tenÃa fuerza para resistirse. Luna lo revisó como pudo. No llevábamos sanitario en esa comisión, y esa fue otra falla que después nadie quiso escribir. El hombre se estaba apagando. Arriaga pidió apoyo por radio y la señal entraba mal. Alcanzó a reportar choque, agresión animal y un civil herido. No mencionó objetos enterrados, ni nahuales, ni la camioneta sin ocupantes.
40:11 Evaristo habló una última vez con voz baja. Dijo que no debimos cerrar esa carretera. Y dijo que ese tramo tenÃa dueño después de medianoche. Arriaga le preguntó quién más venÃa. Evaristo respiró hondo, miró hacia el monte y respondió que los que faltaban no necesitaban camioneta. Después pidió que apagáramos el fuego, pero nadie se movió. Tomás revisó los restos desde la orilla, sin meter las manos. Dijo que el amarre principal estaba roto, pero que el animal que escapó podÃa llevarse algo. Arriaga preguntó qué podÃa quedar si todo se habÃa quemado. Tomás señaló la tierra, el vidrio partido y las manchas de la cerca. Dijo que a veces bastaba un hilo, una astilla del espejo o sangre pegada al pelo. Pérez volvió a pedir permiso para entrar. Pero Arriaga lo negó otra vez, pues no veÃamos nada dentro del monte. Durante varios minutos solo escuchamos piedras y ramas en la terracerÃa. El animal no volvió a salir y el ruido se fue alejando hasta perderse. La carretera quedó quieta.
41:21 Luna se limpió la cara con la manga. Pérez repetÃa que la camioneta habÃa llegado vacÃa. Lo dijo varias veces con la vista puesta en la cabina. hasta que Arriaga le ordenó guardar silencio. Cuando llegó el apoyo, el fuego ya habÃa consumido casi todo. Del espejo quedaron dos partes negras. La camisa, el cinturón y la bolsa eran ceniza. El Nahual muerto junto a la camioneta seguÃa ahÃ, pero el cuerpo ya no tenÃa el mismo tamaño. La cara se habÃa contraÃdo y las patas delanteras estaban torcidas. Nadie lo tocó hasta que el oficial de apoyo lo ordenó. Evaristo murió antes de subirlo a la unidad. El oficial escuchó a Arriaga aparte. Luego habló con Tomás lejos de nosotros.
42:10 No oà esa conversación. Después nos ordenaron entregar teléfonos, cargadores usados y cualquier nota tomada en el lugar. También nos dijo cómo quedarÃa el reporte. Camioneta sospechosa, conductor fugado, ataque de perros ferales y un civil lesionado durante el operativo. Arriaga no discutió, Luna tampoco. Pérez quiso mencionar otra vez la camioneta vacÃa, pero el oficial le dijo que cuidara sus palabras. Con eso bastó. A Tomás se lo llevaron en otra unidad y no apareció en el informe. Evaristo quedó registrado al principio como civil sin identificar, aunque todos habÃamos escuchado su nombre. Nos tomaron declaración por separado. En la mÃa dije que éramos cuatro. que la camioneta no tenÃa ocupantes, que los nahuales nos atacaron, y que las balas no los detuvieron bien hasta que los tuvimos encima.
43:08 También dije que Evaristo apareció herido cuando se quemaron los objetos encontrados junto al camino. Esa parte no quedó en la versión final. El expediente cerró con una explicación limpia para el archivo, no para nosotros. Esa noche se levantó el retén antes del amanecer, Retiraron la camioneta y nos mandaron de regreso sin hablar con nadie del pueblo. Nunca supe quién recogió los restos del fuego, ni qué pasó con el Nahual que entró al monte. Desde entonces, cuando alguien de esa región dice que una carretera tiene dueño después de medianoche, yo no me rÃo. Y recuerdo esa noche de los Nahuales. Me habÃa unido al ejército desde los 18.
44:07 Siempre habÃa creÃdo que esa era mi vocación. Todos mis familiares se habÃan enlistado desde muy temprana edad, por lo que no fue muy diferente en mi caso. Aquel dÃa nos encontrábamos en un operativo en el estado de Morelos. HabÃamos recibido informes de una casa que servÃa como un sitio donde cocinaban sustancias ilÃcitas, y era nuestro deber desmantelarlo. Yo era parte de aquel operativo, y en cuanto llegamos nos dimos cuenta de que alguien habÃa dado una advertencia, pues todo el lugar parecÃa deshabitado y no solo eso, sino que parecÃan haberse ido muy a prisa. No habÃa ningún tipo de señal de vida. Dimos unas vueltas por la zona esperando encontrar a los dueños de la propiedad, pero sin importar nuestros esfuerzos no pudimos encontrar a nadie.
44:58 Entonces decidimos que debÃamos entrar. Solo un puñado de nosotros fue elegido para aquella tarea. Después de todo, no esperábamos encontrar nada dentro más que un laboratorio. Aquel sitio era enorme. Incluso cuando nos adentramos más, nos llegó un cierto olor a animales de granja, lo que nos hizo pensar que tal vez tenÃan algunos como fachada para cometer aquel crimen sin ser molestados. Estaba con dos de mis compañeros, y en cuanto abrimos la puerta... Una sensación extraña se apoderó de todos nosotros, o al menos de mÃ. No sabrÃa cómo explicarlo con exactitud. Fue como si algo me golpeara directamente en el pecho, lo que provocó en mà un miedo profundo que debà esconder para que mis compañeros no lo notaran. Creo que no hice un buen trabajo en ello, pues más de una ocasión me preguntaron si estaba bien.
45:54 Intenté aparentar calma, y continuamos revisando las habitaciones. Rápidamente encontramos el lugar donde aquellas sustancias eran cocinadas, pero aún asà comenzamos a registrar toda la casa en busca de más cosas, como un laboratorio o bien alguna persona que aún permaneciera dentro del domicilio. En un momento, me separé del resto buscando. Me encontraba caminando entre la oscuridad iluminado únicamente por la linterna que poseÃa. cuando alcancé a ver una luz que no correspondÃa a la misma. Fui hacia aquel lugar. Cuando me acerqué un poco más, me di cuenta de que aquella luz correspondÃa a unas veladoras. Eran muchas, al menos quince, encendidas en lo que parecÃa ser un altar. Ya habÃa visto esas cosas antes, ya que por si no lo sabÃan, incluso hay santos para el crimen organizado. O muchas veces estos adoran a la Santa Muerte pidiéndoles favores y ese tipo de cosas. Si me lo preguntaran en aquel momento, a mà todo eso me parecÃa una tonterÃa. Era completamente ateo y no creÃa en nada que tuviera que ver con la religión o el tema paranormal. Aquel altar era bastante diferente a cualquier cosa que hubiera visto antes. No estaba dedicado a ningún santo y tampoco veÃa ninguna alusión a la Santa Muerte por ningún lado. No parecÃa estar dirigido a nadie en particular, pues no habÃa más que algunas ofrendas veladoras y fotografÃas de varias personas. También habÃa
47:26 algunos frascos que parecÃan contener una sustancia negruzca, y algunos más tenÃan sustancias negras o blancas. Todo aquello no tenÃa tanto sentido para mÃ, sobre todo cuando vi sobre la mesa algo que llamó mi atención, un cuchillo de obsidiana. Lo que más llamó mi atención de este objeto era que parecÃa haber sido tallado de una manera burda, se veÃa bastante artesanal. Aquel fue el motivo por el que lo tomé de la mesa del altar y comencé a verlo con más detenimiento. Me gustó demasiado, incluso pensé que podrÃa llevármelo. No creÃa que a mis superiores les importara si lo tomaba, pues ni siquiera era parte de algo ilegal.
48:08 Me encontraba mirándolo con mucho detenimiento cuando sentà algo detrás de mÃ, una respiración caliente en el cuello. Aquello me tomó tanto por sorpresa, debido a que no escuché pasos ni sentà nada, hasta que literalmente alguien estaba detrás de mÃ. Fue tanto la impresión que, en un movimiento rápido y sin darme cuenta, el cuchillo cortó la palma de mi mano. Este era tan filoso que no le costó nada hacer un corte profundo. haciendo que mi sangre cayera en varias partes de aquella mesa. Me giré intentando reclamar a quien fuera que estuviera detrás de mÃ, pues en ese momento pensaba que podrÃa tratarse de alguno de mis compañeros, pero cuando me di la vuelta no vi a nadie. Yo me encontraba completamente solo en aquel lugar. Estuve unos segundos algo extrañado, intentando encontrar una explicación a lo que acababa de suceder. Después de un rato, decidà que tal vez todo habÃa sido parte de mi imaginación, ya que aquel ambiente se prestaba a esos pensamientos. El corte me ardÃa y dolÃa mucho. Siempre habÃa tenido una muy buena resistencia al dolor y no me explicaba por qué aquel corte me habÃa generado tanto daño. Dejé el cuchillo en la mesa y poniéndome un trozo de tela sobre mi mano, continué caminando, intentando olvidar todo lo que habÃa sucedido. No querÃa armar un escándalo por eso, Mientras continuaba revisando todo el lugar, podÃa escuchar a mis compañeros hacer lo mismo.
49:39 En un momento llegué a la parte trasera de la propiedad, donde pude notar que muy cerca habÃa algunos corrales. Salà de la casa y fui hacia ahÃ. No tardé mucho en llegar y me di cuenta de que efectivamente ahà tenÃan algunos animales de granja. HabÃa cerdos y cabras. También noté que un poco más al fondo habÃa patos. Caminé un poco por aquel lugar, más que nada de forma rutinaria. Estaba bastante convencido de que no se encontrarÃa nadie allÃ. Para aquel momento del operativo, estaba seguro de que todos se habÃan ido de aquel lugar. Estaba a punto de dar la media vuelta para volver con mis compañeros cuando escuché algo. Una respiración. Sonaba agitado y algo pesado. lo que me hizo creer que quien fuera que estuviera respirando de esa forma se estaba escondiendo de mÃ. Pero no vi a nadie. Fue cuando noté que los animales comenzaban a ponerse algo nerviosos, lo cual me pareció extraño, pues habÃan estado muy tranquilos durante mi presencia. Decidà volver a caminar entre los corrales solo para echar un último vistazo y saber de qué se trataba aquella respiración que acababa de escuchar. Los animales se ponÃan cada vez más inquietos, tanto que ya habÃa dejado de escuchar la respiración. Solo oÃa los sonidos de aquellos animales, que parecÃan tener miedo.
51:04 Estaba a punto de llegar al final, cuando detrás de un poste alcancé a ver con la luz de mi linterna unos pies descalzos. Fue solo un momento, pues se escondieron casi enseguida de que la luz de mi linterna los alcanzó. Era más que obvio para mà que alguien se encontraba en aquel lugar y que estaba escondiéndose de nosotros. simplemente hice lo que tenÃa que hacer le dije que saliera con las manos en alto y que no valÃa la pena resistirse pues estaba rodeado a pesar de mis palabras nadie salió de detrás de aquel poste comencé a acercarme esta vez un poco más alerta el ambiente se sentÃa muy pesado y por alguna razón comencé a sentir miedo a pesar de que no era la primera vez que enfrentaba una situación similar No recordaba haber experimentado jamás nervios o el miedo que me envolvÃa, lo cual hacÃa que todo en mà estuviera bastante confundido. SabÃa que tenÃa un trabajo que cumplir y continué adelante, acercándome cada vez más y pidiéndole a aquella persona que saliera de una vez.
52:09 Me encontraba a unos escasos metros de aquel poste, donde estaba seguro que encontrarÃa a aquella persona, cuando éste se asomó. Al iluminarlo directamente con la linterna, pude verla en todo su esplendor. La forma más corta de describir aquello era como un esqueleto o algo asÃ. Sà tenÃa piel, pero esta estaba tan pegada a los huesos que podÃa notarse. Su rostro no tenÃa partes de piel, como los labios o partes de la mejilla, y de ella se goteaba una sustancia negruzca que dejaba ver parte de su dentadura, la cual era chueca y sucia. Creo que lo peor eran sus ojos, que se veÃan enormes. No parecÃa tener párpados, pues solo me miraba sin ningún tipo de expresión en el rostro. TenÃa mucho cabello, todo estaba enmarañado y sucio, casi como rastas, como si fuera un vagabundo. Era algo espantoso.
53:02 Jamás habÃa visto algo similar en toda mi vida, lo que me hizo correr directamente hacia mis compañeros. No me encontraba agitado, pero estaba bastante exaltado. y lo peor era que no podÃa encontrarlos. Quise relajarme, pensar que todo estarÃa bien, que tal vez ellos ya habÃan salido, pensando que yo también lo habÃa hecho. Aún no comprendÃa lo que habÃa visto, pero sabÃa que debÃa tranquilizarme. Prometà incluso pararme y verlo mejor para demostrarme a mà mismo que no le tenÃa tanto miedo. Pero creo que mi instinto de supervivencia no me lo permitió. Luego de pensarlo durante poco tiempo, decidà que lo mejor era irme. Aquel lugar serÃa reclamado por las autoridades y pensaba que aquel hombre terminarÃa siendo atrapado tarde o temprano, o bien saldrÃa de ese lugar y no volverÃa a verlo jamás. Con esos pensamientos, llegué hasta la salida. Al salir, me di cuenta de que efectivamente el resto de mis compañeros ya se encontraba afuera. HabÃan registrado diferentes zonas y no habÃan encontrado ni visto nada extraño.
54:11 En cuanto me preguntaron, simplemente dije lo mismo que ellos. No querÃa contarles nada sobre lo que habÃa encontrado, porque entre más pensaba en aquello, más me convencÃa de que no podÃa tratarse de una persona. SerÃa prácticamente posible que siquiera estuviera vivo, y al tener que describir cómo era su apariencia, sabÃa que todos mis superiores y compañeros se burlarÃan de mà o me tomarÃan por loco. Simplemente aseguré no haber visto nada. Aquella noche cuando todos volvimos, yo no pude dormir, lo cual era muy extraño. Jamás habÃa tenido problemas para dormir. No me importaba en qué circunstancia estuviera.
54:53 En cuanto intentaba dormir, simplemente el sueño me vencÃa. Pero aquella noche no era asÃ. Intentaba dormir, cerraba los ojos, pero cuando lo hacÃa podÃa ver aquella cosa con aquellos ojos saltones enormes que me miraba, con su mirada frÃa y casi sin vida, penetrando mi alma. Y lo peor era que ni siquiera podÃa contárselo a nadie. En aquel momento nunca me habÃa sentido tan solo. Llegó un momento de la noche en la que el sueño estaba por vencerme. Ya no importaba que viera eso. El cansancio era demasiado fuerte como para que evitara quedarme dormido. Fue entonces que sentà algo agarrando mis pies. Al principio no le di mucha importancia debido al cansancio, pero a medida que pasaba el tiempo, sentà como si alguien apretara mis pies con fuerza, hasta llegar al punto de que pude sentir como si garras afiladas perforaran mi piel. Eso me hizo reaccionar. Estaba muy oscuro, pero no lo suficiente para darme cuenta de que algo se encontraba al borde de mi cama. Algo que pude identificar rápidamente como lo que habÃa visto detrás de aquel poste algunas horas antes. Aquello apretaba mis pies con fuerza. Quise gritar, pero el grito se quedó atorado en mi garganta. Ni siquiera podÃa moverme para intentar liberarme.
56:16 Mi cuerpo estaba paralizado. Y lo único que podÃa hacer era observar cómo aquella cosa se me quedaba mirando fijamente. No sé cuánto tiempo pasó. Pudieron ser horas o solo algunos minutos. No sabrÃa decirlo con seguridad, pues no sabÃa qué hora era. Todo comenzó a cambiar en cuanto escuché la primera alarma que indicaba que debÃamos ponernos de pie. Aquella cosa simplemente se desvaneció, como si nunca hubiera estado allÃ, permitiéndome moverme y respirar correctamente. Todos mis compañeros se pusieron de pie como si nada hubiera pasado. Yo me quedé recostado en la cama un momento, aún sin poder comprender lo que habÃa sucedido. Respiré profundo, intentando calmarme. Recuerdo que incluso uno de mis compañeros me preguntó si estaba bien, pues me veÃa algo pálido. Solo asentà y me puse de pie. Al intentar ponerme los zapatos, me di cuenta de que aquello no pudo haber sido solo un sueño, como en aquel momento estaba intentando hacerme creer, pues en mis pies habÃa cortaduras, como si uñas afiladas se hubieran enterrado en mÃ. Mi primer impulso fue ponerme los zapatos.
57:28 No sabÃa cómo explicarlo, traté de tranquilizarme pensando que si solo lo ignoraba, si simplemente aparentaba y decÃa que nada de eso estaba ocurriendo, dejarÃa de suceder. Pensé que estaba muy sugestionado, que no podÃa ser real. No creÃa nada de eso. No tenÃa ningún sentido para mà que aquello estuviera sucediéndome. Aquel dÃa intenté encontrar cualquier tipo de explicación a lo que habÃa sucedido. Pensé que podrÃa tratarse de uno de esos sueños lúcidos. También consideré que bien podrÃa ser alguno de mis compañeros haciendo una broma. Pero no podÃa explicar las heridas fÃsicas que me habÃa ocasionado. Nada de eso tenÃa sentido. Si lo pensaba bien, un sueño no hubiera podido lastimarme, y ninguno de mis compañeros sabÃa lo que yo habÃa visto en la casa. Sin importar cuánto lo intentara, no pude encontrar una explicación. Aquel dÃa Ãbamos a volver, ya no tenÃamos nada que hacer allÃ.
58:27 Después de todo, el lugar habÃa sido desmantelado y los responsables no habÃan sido capturados, ya no era parte de nuestro trabajo. Volvimos, pensé que serÃa lo mejor. QuerÃa olvidar todo lo que habÃa pasado y que jamás volverÃa a experimentar algo similar. Una vez más me equivoqué. HabÃa pasado casi un mes entero desde aquel incidente y yo pensé que todo eso habÃa quedado en el pasado. No habÃa sentido nada extraño desde que habÃamos abandonado ese lugar. Ya habÃa tenido otras misiones y no habÃa vuelto a hacerse presente. Simplemente habÃa sido parte de alguna ilusión en mi mente.
59:07 Pensaba que tal vez las heridas me las habÃa ocasionado desde antes y no lo habÃa notado. Al principio todo parecÃa encajar perfectamente. HabÃamos ido a otro operativo. Nuevamente nos encontrábamos en distintas habitaciones. En esta ocasión sà habÃa gente dentro. Estábamos buscando con mucho cuidado por si alguien intentaba esconderse. Nuevamente terminamos separándonos para cubrir más terreno más rápido. Encontré la última habitación por revisar y me di cuenta de que tenÃa cerrojo. No fue muy difÃcil forzarla para abrirla, y en cuanto lo hice, pude ver a alguien en el fondo de la habitación. Estaba sentado, dándome la espalda y parecÃa tener la cabeza entre las piernas. Se veÃa tan flaco a pesar de tener una manta cubriéndolo. Pensé que podrÃa ser una persona secuestrada, pues no parecÃa ser parte de ellos. Como lo comenté antes, aquella cosa que habÃa llegado a ver el mes pasado ni siquiera se me pasó por la cabeza, aún sin bajar la guardia.
1:00:08 Pregunté quién era y le pedà que se diera la vuelta, pero aquella figura continuaba en la misma posición. Volvà a repetirle lo mismo, dando un par de pasos hacia ella, pero nuevamente se quedó inmóvil. Era extraño. Ni siquiera podÃa verse cómo respiraba. Volvà a decirle que se diera la vuelta mientras me acercaba cada vez más, hasta estar justo detrás de ella. Al no notar que estuviera escuchándome, puse mi mano sobre su espalda para darle un empujón. Y fue entonces cuando levantó la cabeza y me miró. Reconocà aquellos ojos enormes e inexpresivos. Esta vez su rostro era diferente.
1:00:48 ParecÃa estar sonriendo mientras me miraba. Se puso de pie con mucha dificultad mientras yo retrocedÃa. Una vez que estuvo de pie, me miró con una extraña sonrisa en el rostro. Caminó torpemente hacia mÃ. Sus ojos parecÃan salirse casi de su cara. Cuando estaba a punto de llegar, pude escuchar a mis compañeros llamándome, lo que me llevó a salir de aquel trance antes de que se acercara más. Pensé que me seguirÃa, pero no fue asÃ. Corrà hacia mis compañeros. Me volvieron a comentar lo pálido que me veÃa y si estaba bien. Solo pude decirles que sÃ. Nuevamente no tenÃa idea de cómo contarles lo que acababa de ver, asà que me callé. Desde aquel momento, todo fue de mal en peor. Lo veÃa todo el tiempo. Cada vez que me encontraba solo, aparecÃa mirándome fijamente. Era casi como si tuviera una especie de obsesión conmigo. Cada vez que lo veÃa, era seguro que despertarÃa con alguna herida fea.
1:01:47 A veces eran moretones, otras veces cortaduras profundas. SentÃa que estaba volviéndome loco. No podÃa contárselo a nadie y al mismo tiempo no podÃa defenderme. Cada vez que lo veÃa, era como si todo mi cuerpo se paralizara y no pudiera hacer nada. Me sentÃa tan indefenso y perdÃa la cordura lentamente. Incluso cuando intentaba dormir, aquella cosa se hacÃa presente en mis sueños. No hablaba mucho. Su vocabulario parecÃa ser bastante limitado, pero cada vez que lo hacÃa, me llenaba de un terror absoluto que no se desvanecÃa hasta varios dÃas después. Jamás habÃa sido creyente, pero al estar desesperado por todo lo que habÃa estado pasando, comencé a hacerlo y noté una mejorÃa. Lo que realmente me ayudó no puedo decir que lo alejó del todo. Aún continúa visitándome por las noches, mirándome desde alguna distancia oscura esperando algo.
1:02:47 Aún no sé exactamente qué. Tal vez espera mi muerte para llevarme junto con él. Es algo que jamás entenderé por completo.
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