June 8, 2026

El Nahual De La Cueva: La Misión Que El Ejército Nunca Pudo Explicar - Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 cuando empezaba a oscurecer, recuerdo que salimos de la base avanzada antes de que aclarara, no hubo formación larga ni discurso del mando, solo la orden leída en voz baja, revisar una zona de la sierra de San Bartolo y buscar a una patrulla que había perdido comunicación la noche anterior, eran cuatro hombres al mando del sargento segundo cienfuegos, la última transmisión hablaba de luces entre los árboles y de una persona caminando por una ladera sin lámpara, Después se escuchó interferencia, un golpe seco, respiración agitada y silencio. Mi indicativo era Bravo 2. Íbamos ocho en el equipo de búsqueda.

0:47 El teniente Talamantes tomó el mando. Yepis cargaba el radio. Pineda llevaba cámara de casco. Bojorquez iba de seguridad. Méndez cubría con visor térmico. Larios cerraba la formación. El cabo enfermero Rojas llevaba el equipo médico. y yo iba al centro, con la camilla repartida entre dos mochilas. La instrucción era simple en papel, localizar a Cienfuegos y a sus hombres, confirmar sobrevivientes, recuperar armas, radios y documentos, y evitar contacto con civiles sin identificación clara. El guía del municipio se llamaba Tomás Isca. Lo recuerdo sentado junto al vehículo, con el bastón entre las manos. conocía las veredas, eso dijeron los policías locales, pero antes de avanzar nos pidió no entrar al cañón después del mediodía, Talamantes le pidió una razón útil, Tomás dijo que en ese lugar caminaban los que se quitaban la piel, el teniente le respondió que necesitábamos datos no historias, Tomás sostuvo la mirada y dijo que ese era el dato, luego se negó a seguir, Señaló la entrada con el bastón y se quedó con el chofer. Entramos al cañón cuando la luz ya alcanzaba el fondo. El paso era angosto y el terreno obligaba a mirar arriba, adelante y a los costados. La señal del radio empezó a fallar desde los primeros minutos. Yepis informó enlace débil con la base. Guardó el auricular cerca

2:20 del pecho y siguió intentando cada cierto tramo. El calor subió rápido. No escuché motores, voces ni animales grandes, solo botas sobre piedra, equipo golpeando contra los chalecos y agua corriendo por el cauce. El primer indicio apareció en una curva cerrada. Era una correa de casco con el nombre Cien Fuegos escrito en marcador negro. Estaba cortada. Cerca encontramos una lámpara táctica rota contra una roca. Pineda revisó el suelo y levantó varios casquillos de 5.56 sin moverlos de lugar. Solo los contó y los marcó para la cámara. Todos estaban del mismo lado del sendero, orientados hacia la ladera.

3:05 Bojorquez señaló un árbol con cortes profundos en el tronco. No eran impactos de bala ni marcas de machete común. Talamantes ordenó grabar todo y mantener distancia. Avanzamos más cerrados. Méndez revisaba las copas con el visor térmico. Luego bajaba el arma y nos hacía señas de continuar. En una rama encontramos una mochila de radio. La antena estaba partida y la batería seguía puesta. Debajo había sangre seca y tela de uniforme. Rojas pidió subir para revisar, pero Talamantes le negó el movimiento hasta asegurar el área. Nadie discutió. Ya habíamos entendido que algo había sacado ese equipo del suelo, y lo había dejado arriba. El primer cuerpo estaba a la derecha del cauce. Tenía la placa de Sandoval, uno de los soldados de Cienfuegos. Rojas confirmó muerte sin moverlo más de lo necesario. La posición del cuerpo no correspondía a una caída, y tampoco a un arrastre normal. Lario se apartó. Vomitó detrás de una roca y volvió a su lugar cuando el teniente se lo ordenó. Nadie le dijo nada. En ese punto, todos respirábamos más fuerte, aunque ninguno quería admitirlo. La primera voz llegó por el equipo de Yepis. Dijo el indicativo de cien fuegos dos veces y pidió que siguiéramos hacia la cueva del agua. Yepis contestó de inmediato, pero la transmisión no traía clave de autenticación.

4:36 Talamantes pidió la clave. Del radio salió un sonido bajo, repetido. Luego, la voz dijo el nombre civil de Yepis. Ese dato no estaba en la bitácora de la patrulla perdida. Yepis bajó el volumen y reportó posible manipulación de comunicaciones, pero su mano se quedó fija sobre el aparato. Seguimos porque todavía existía la posibilidad de hallar a alguien vivo. El cañón se cerró más y tuvimos que separar la formación para cubrir la parte alta. Vi movimiento en la ladera izquierda. Primero fueron hojas agitadas. Después un cuerpo bajo cruzó entre dos piedras y se detuvo. Méndez dijo que el térmico marcaba calor. Bojorquez apuntó. Talamantes ordenó no disparar sin identificación.

5:26 La figura levantó la cabeza. Tenía el lomo oscuro, brazos largos y una cara que no correspondía a ningún animal del monte. Rojas dijo que era una persona con algo puesto encima. Pineda encendió la linterna aunque ya había luz, pero la figura retrocedió entre la maleza y desapareció. A partir de ahí, avanzamos con el dedo cerca del disparador. Encontramos otro casco, dos cargadores llenos y una bota con el pie dentro. Talamantes cambió la misión en voz baja. Ya no la llamó rescate, la llamó recuperación con amenaza activa. Yepis intentó pedir extracción, pero no hubo enlace. Nadie habló mientras esperaba respuesta, y la radio solo devolvió ruido. Entonces cayó un cuerpo desde un árbol y golpeó el cauce frente a Méndez. Era el cabo Iracheta. Rojas lo revisó sin apartarse de la cobertura, y dijo que la muerte era reciente. Talamantes ordenó repliegue inmediato, pero antes de movernos, La voz de Cienfuegos salió desde la parte alta del cañón.

6:35 Dijo que había un herido vivo en la cueva y dio la clave correcta. Yepis revisó su registro y confirmó que esa clave no se había transmitido durante nuestra marcha. Recuerdo a Talamantes mirando la entrada del sendero que llevaba a la cueva. No pidió opinión y dijo que avanzaríamos con cobertura alternada. que si había un sobreviviente lo sacaríamos, y que cualquier contacto sin identificación clara se trataría como amenaza. Nadie respondió. Solo ajustamos las correas, revisamos cargadores y seguimos detrás de él. Llegamos a la entrada de la cueva por un desvío angosto, detrás de una caída de agua baja.

7:20 El lodo conservaba huellas claras. Algunas eran de bota militar, otras eran de pie descalzo, con dedos largos y marca profunda en el talón. También había surcos de arrastre hacia la boca. El olor pegaba en la garganta. Rojas se cubrió la nariz con el dorso de la mano y dijo que había sangre reciente. Talamantes le pidió una valoración útil y Rojas respondió que había muerte cerca. El teniente levantó el puño y todos nos detuvimos. Bojorques y Larios quedaron apuntando a la entrada. Pineda y yo revisamos los lados, sin separarnos de la línea. Méndez sacó una granada aturdidora, pero esperó la orden. Talamantes anunció presencia de fuerzas federales y ordenó que cualquier persona adentro saliera con las manos visibles.

8:10 La primera respuesta fue una tos. Luego salió una voz de mujer, baja, pidiendo ayuda por el frío. Ninguna mujer iba en la patrulla de Cienfuegos. Talamantes repitió la orden con el fusil fijo en la oscuridad. La voz cambió y tomó el tono de cien fuegos. Pidió que no disparáramos. Después habló con la voz de Yepis y nombró a su madre. Yepis dejó de mover la mano sobre el radio y dijo que su madre llevaba dos años muerta. El teniente le ordenó apagar el equipo. Pero la voz siguió saliendo de la cueva, sin bocina, sin radio y sin rebote suficiente para confundirnos. Dijo el apodo de Bojorquez el nombre de la esposa de Rojas. Nadie respondió y nadie disparó. Solo esperamos a que algo saliera. Los pasos llegaron por detrás. Giré junto con Pineda y vi a Tomás bajando por el sendero. Venía solo, sin bastón, con la camisa mojada y los pies descalzos. Talamantes le ordenó detenerse.

9:14 Tomás se paró a media distancia y levantó las manos cuando se lo pidieron. No traía machete, pistola ni radio. El teniente le preguntó por qué había entrado. Tomás contestó que venía a pedirnos que no tocáramos la cueva. Habló con calma, con la misma voz del vehículo. Rojas miró hacia el cauce y avisó que el cuerpo de Iracheta ya no estaba. Todos volteamos y el lugar donde había caído estaba vacío, con una línea de lodo abierto hacia la maleza. Tomás bajó las manos sin permiso y dijo que ya era tarde. Bojorquez repitió la orden de quedarse quieto. La cara de Tomás se tensó, la boca se abrió demasiado y los ojos se quedaron fijos en Bojorquez. Méndez disparó al suelo frente a él sin autorización. El disparo levantó lodo. Tomás cayó de lado. Rodó detrás de una piedra y desapareció de nuestra vista. Bojorquez avanzó dos pasos para cubrir el ángulo. Algo salió desde la izquierda y lo golpeó contra la pared del cañón. Oí el impacto del casco. Talamantes autorizó fuego. Disparamos hacia el movimiento. Yo vi un cuerpo bajo, oscuro, con brazos largos y manos abiertas sobre la piedra. Se movía rápido, pegado al suelo, usando las rocas para cubrirse. Méndez lanzó la aturdidora hacia la entrada de la cueva y la explosión nos cortó el oído por unos segundos. Cuando volvió el sonido, escuché

10:45 a Bojorquez gritar. Rojas lo jaló del chaleco, lo arrastró hasta una roca y le puso torniquete. Había sangre en la manga, en el guante y en el suelo, pero Bojorquez seguía consciente. La criatura entró a la cueva y en ese momento solo vimos una masa oscura perderse adentro. Después la cámara de Pineda mostró más, pero ahí no teníamos tiempo para revisar grabaciones. Talamantes agrupó al equipo detrás de cobertura. Yepis intentó levantar comunicación y recibió puro ruido. El teniente ordenó entrada reducida. Lario se quedó afuera con Bojorquez. Rojas también quedó fuera, aunque pidió entrar. Talamantes no cambió la orden. El herido necesitaba a Rojas más que nosotros.

11:34 Entramos cinco. Talamantes al frente. Yepis detrás con el radio apagado. Méndez con otra aturdidora preparada. Pineda con la cámara encendida y yo cerrando. La cueva bajaba unos metros y giraba a la derecha. El suelo estaba mojado. Había equipo roto cerca de la pared. Una placa de chaleco, tela de uniforme y un rosario. Encontramos el fusil de cien fuegos tirado en el piso. Tenía el cargador vacío y la recámara abierta. Méndez lo iluminó, pero nadie lo tocó. Oímos respiración al fondo. Talamantes nos detuvo con la mano. Méndez abrió la luz y vimos a Cienfuegos sentado contra la pared, con la pierna izquierda abierta y mucha sangre en el pantalón.

12:24 Estaba vivo, pálido y con los labios secos. El teniente le preguntó si podía moverse. Cienfuegos negó con la cabeza, dijo que llevaba horas escondido, que eso imitaba voces y esperaba a que alguien rompiera la formación. Talamantes preguntó dónde estaba. Cienfuegos levantó un dedo hacia el techo. Pineda subió la linterna y la criatura cayó sobre él. Primero vi los brazos, luego la cabeza. Pineda disparó desde el piso y Méndez también abrió fuego. Yo vi la cara a pocos metros, ojos humanos, boca larga, piel oscura y pelo pegado. Tenía partes de uniforme amarradas al torso. Talamantes disparó al pecho.

13:08 La criatura retrocedió, se sostuvo en la pared y entró a un túnel bajo. Cienfuegos gritó que no la dejáramos salir. Pineda tenía cortes en el cuello y en la mandíbula. Respiraba, pero no podía hablar. Talamantes ordenó sacarlo junto con Cienfuegos. Desde la entrada llegó la voz de Larios, avisando que Bojorquez empeoraba. Un segundo después, la misma voz salió desde el fondo de la cueva, con las mismas palabras. Yepis levantó la vista y señaló el túnel. Talamantes decidió seguir con Méndez y conmigo. Yepis debía sacar a Pineda y a Cienfuegos con Rojas. Yo revisé mi cargador, encendí de nuevo la linterna y entré detrás del teniente. Entramos al túnel agachados, con el agua hasta los tobillos y la luz cortada por el vapor de la cueva. Méndez iba primero, el teniente Talamantes iba detrás de él y yo cerraba.

14:08 Avanzamos sin hablar. En las paredes había pelo pegado, pedazos de tela y huesos pequeños. No vimos armas ni explosivos. Talamantes mantenía el dedo fuera del disparador. y nos marcaba con la mano cuándo parar, cuándo respirar y cuándo bajar la linterna. El túnel terminó en una cámara seca. En el centro había botas, correas, fundas, pedazos de uniforme y partes de chalecos. Reconocí el parche de cien fuegos. También vi el bastón de Tomás partido en dos. Ese bastón no debía estar ahí. Tomás se había quedado en el vehículo. Luego lo vimos afuera de la cueva. y ahora una parte de él estaba delante de nosotros. Talamantes levantó la mano y Méndez enfocó la pared del fondo. Ahí estaba el anciano. Tomás estaba sentado en el suelo, con los pantalones rotos y el torso descubierto. Tenía los brazos levantados, le temblaban las manos. Lloraba bajo, con sangre en la boca, en el pecho y en los dedos, pero no tenía arma visible. Talamantes le ordenó ponerse de rodillas y cruzar los dedos detrás de la cabeza. Tomás obedeció y negó haber entrado por su voluntad. Culpó a unos soldados, pidió ayuda y repitió que tenía miedo. Usó la misma voz del vehículo. Méndez pidió permiso para disparar. Tenía el fusil firme, pero la voz le salió quebrada. Talamantes se lo negó

15:38 y le recordó que el hombre estaba sometido, sin arma visible y bajo control de fuego. Méndez señaló las manos de Tomás llenas de sangre. El teniente mantuvo la orden y nadie iba a ejecutar a un detenido. Yo mantuve el arma al pecho del anciano. Le veía la respiración subir y bajar, también movimientos cortos bajo la piel de su espalda. Tomás pidió agua, pero Talamantes no le permitió moverse. Le preguntó cuántos había dentro. Tomás respondió que estaba solo. El teniente preguntó por Cienfuegos, Sandoval, Iracheta y Núñez. Tomás negó conocer esos nombres. Méndez dio medio paso al frente y Talamantes lo frenó con una orden baja. Entonces Tomás miró a Méndez y habló con voz de niña. No levantó la cabeza, solo cambió la voz. Pidió irse a casa y dijo que tenía sueño. Méndez bajó el fusil por un segundo y después supe que era la voz de su hija. Tomás se lanzó. No gateó. No tomó impulso con los pies. Solo salió hacia Méndez con los brazos al frente. Durante el salto, el cuerpo cambió. Los hombros subieron. La cabeza se alargó y las manos tocaron el suelo antes de llegar. Talamantes disparó dos veces. Yo disparé tres. Méndez disparó al caer de espaldas y la criatura le cayó encima. Lo golpeó en el abdomen y

17:08 lo arrastró contra la pared. Las balas la hicieron retroceder, pero siguió moviéndose. Talamantes intentó otro disparo con el fusil, pero el arma falló. Sacó la pistola y le tiró a la cabeza. El cuerpo cayó de costado y dejó de moverse. Durante unos segundos solo escuché agua y respiración. Méndez estaba consciente, con heridas en el abdomen y en el muslo. Yo lo jalé de la correa del chaleco y Talamantes le revisó el cuerpo con la linterna. En el suelo volvía a estar Tomás. No puedo explicar el cambio. Puedo decir lo que vi al final, un anciano con heridas de bala, sin rasgos animales visibles, con uñas, dientes y piel humanos. La sangre seguía en sus manos. Talamantes ordenó conservar la escena. Nadie debía mover el cuerpo más de lo necesario, plantar un arma, alterar casquillos ni tocar el equipo. Méndez dijo que el mando nos iba a acusar de matar a un civil desarmado. Talamantes respondió que para eso existían las cámaras y la bitácora. Revisé mi cámara, la luz roja seguía encendida, pero la lente tenía barro.

18:22 Sacamos primero a Méndez. El regreso por el túnel fue lento. Talamantes lo arrastró por las axilas y yo cubrí hacia atrás. Cada ruido nos hacía parar. En la entrada, Yepis y Rojas atendían a Pineda y a Bojorquez. Cienfuegos seguía vivo con torniquete en la pierna. Larios cubría el cañón y Bojorquez había muerto. Rojas dijo que hizo lo posible. Pineda respiraba con dificultad y Cienfuegos pedía que no apagaran las luces. La comunicación volvió en una parte alta. Yepis pidió evacuación médica, apoyo de investigación y recuperación de cuerpos. Informó un muerto de nuestro equipo, Dos heridos graves, un sobreviviente de la patrulla, tres muertos confirmados de esa unidad, un civil abatido durante el ataque y material pendiente. La base pidió aclaración. Talamantes respondió que entregaría informe escrito con video. El helicóptero llegó después.

19:25 Evacuaron a Pineda, Méndez y Cienfuegos. Rojas subió con ellos. Talamantes, Yepis, Larios y yo nos quedamos con los cuerpos. Los investigadores entraron a la cueva, encontraron a Tomás en la cámara seca y no hallaron armas junto a él. Recuperaron tejido bajo sus uñas, sangre de varias personas en su ropa y restos identificados como parte de Núñez. El informe final evitó la palabra Nahual. Usó la frase agresor no identificado. con conducta imitativa y capacidad física extrema. El cuerpo de Tomás fue entregado al Ministerio Público. Su familia declaró que había dormido en su casa. El chofer declaró que Tomás se quedó junto al vehículo un rato y luego caminó al monte sin bastón. Nadie explicó cómo llegó a la cueva antes que nosotros, ni cómo volvió a estar dentro después de haberlo visto afuera. Talamantes enfrentó una investigación por uso de fuerza letal contra un civil. Las cámaras mostraron partes sueltas, Tomás llorando, barro sobre la lente, una forma encima de Méndez y disparos en la cámara seca, pero nada bastó para cerrar el caso. Dimos órdenes, esperamos rendición, no disparamos cuando el anciano estaba sometido y abrimos fuego cuando atacó. El cuerpo que salió fue el de un viejo sin arma, eso quedó, pero lo demás quedó con nosotros.