March 14, 2026

El Gallo Que Cantaba Bajo La Casa Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 Yo vivía con mis padres, mi abuelo y mis dos hermanos menores en un rancho que no era grande como los que salen en la televisión, pero sí tenía bastante terreno, un corral, un gallinero, una cocina aparte y una casa sencilla de bloques con piso firme en unos cuartos y tierra apisonada en otras partes del patio. No teníamos mucho dinero, pero nos defendíamos. Mi padre trabajaba todo el día, mi madre se encargaba de la casa y de los animales, y mi abuelo ya estaba grande, casi no salía más allá del frente o de una silla que tenía junto a la sombra. Nosotros estábamos acostumbrados a los ruidos normales de un lugar así, los gallos desde temprano, los perros cuando sentían gente en el camino, las vacas de otros terrenos, los grillos en la noche, el aire moviendo láminas o ramas.

0:58 Por eso, lo que empezó a escucharse esos días no se parecía a nada de lo que conociéramos bien. La primera vez fue cerca de la madrugada. Yo me desperté porque escuché un canto de gallo, pero no sonaba como cuando cantan desde el gallinero o desde una cerca. Sonaba apagado, metido, como si el ruido saliera desde abajo del suelo. No me levanté por completo porque pensé que estaba medio dormido y que uno de los gallos se había salido y andaba por el patio. Alcancé a oír que mi padre se movió en el otro cuarto y murmuró algo molesto. Mi madre también se despertó y le dijo que, a lo mejor, un animal se había metido al gallinero. Mi padre agarró la lámpara y salió sin hacer más ruido.

1:44 Desde mi cama lo escuché caminar por el patio, abrir la puerta de madera del corral y dar unos pasos más lejos. Tardó poco en volver. Dijo que no había nada, que todos los animales estaban en su lugar y que seguro algún gallo de otro rancho había cantado más cerca de lo normal. Nadie discutió nada. En ese momento parecía suficiente. A la mañana siguiente revisamos bien el gallinero. Estaban todas las gallinas, los pollos y los dos gallos. El más viejo, que siempre cantaba primero, estaba parado junto al bebedero como cualquier otro día. Mi padre se agachó a revisar el alambre, la puerta y la tierra alrededor, por si algo se había metido o salido, pero no encontró rastro de nada.

2:30 Yo me acuerdo bien porque incluso bromeé con que a lo mejor el gallo estaba cantando enterrado, y mi padre me volteó a ver serio, como diciéndome que no anduviera de hablador con tonterías. En ese momento nadie lo tomó como algo serio, solo como una rareza. La segunda madrugada fue distinta porque ya no me desperté solo yo. El canto volvió más largo y más claro, y ahora sí levantó a varios al mismo tiempo. mi madre se sentó rápido en la cama y dijo que eso venía del patio de atrás del lado donde años antes hubo una pila vieja que ya no servía mi padre se puso las botas sin hablar mucho y me dijo que lo acompañara yo salí detrás de él con otra lámpara el aire estaba frío y el patio se veía igual que siempre con los botes acomodados la leña apilada a un lado y la sombra del corral al fondo caminamos por toda la parte trasera alumbrando el suelo, las esquinas, las tablas, los rincones donde podía esconderse un animal. Pero no encontramos hoyo, tierra removida, plumas, ni nada que explicara el ruido. Lo raro fue que mientras estábamos afuera no volvió a escucharse.

3:44 Mi padre se quedó un rato más, como esperando, y después regresamos. Apenas entramos a la casa volvió a oírse. Esta vez fue más corto, pero más cerca. Mi madre se quedó quieta. Mi hermano menor se tapó la cabeza con la cobija y mi abuelo, que dormía en el cuarto de al lado, no salió. Yo fui a verlo y lo encontré sentado en la cama, con la espalda recta y la vista fija en la puerta, como si estuviera oyendo algo que reconocía. Mi madre le preguntó si se sentía mal y él contestó que no. Mi padre se enojó porque nadie daba una explicación y dijo que la siguiente noche se iba a quedar despierto para ubicar de una vez de dónde venía el maldito canto. Ese día empezaron a pasar cosas que por separado tal vez no eran suficientes, pero juntas fueron tensando el ambiente. Los perros no quisieron echarse en la parte de atrás del terreno, donde normalmente se acomodaban cuando refrescaba. Una de las gallinas amaneció tiesa junto al alambre, sin mordidas, sin sangre, sin señales de que algo la hubiera atacado. Mi madre la revisó bien y hasta dijo que parecía como si se hubiera muerto del puro susto. Mi abuelo evitó pasar por esa zona del patio. Lo notamos porque él solía caminar despacio hasta un árbol que estaba del lado del corral, pero ese día no se acercó ni una vez. Ya en la tarde, mientras mi madre limpiaba unas cosas en

5:16 la cocina aparte. Le preguntó directo si sabía algo de ese pedazo del terreno. Mi abuelo tardó en responder. Luego dijo, no más que allí, antes de que yo naciera, hubo una construcción vieja de madera que tumbaron hace muchos años. Mi madre le preguntó para qué servía y él dijo que para guardar cosas, pero no explicó más. La tercera madrugada nadie estaba dormido del todo. Mi padre se quedó vestido, sentado en una silla junto a la puerta, con la lámpara y una pala recargada en la pared. Yo estaba acostado, pero despierto. Mi madre rezaba bajito y mis hermanos estaban juntos en una misma cama, inquietos. El canto sonó de golpe y ahora sí fue imposible dudar. Venía de abajo, no de lejos, no del gallinero, no de otro rancho.

6:09 de abajo de la tierra, del patio de atrás. Mi padre abrió la puerta de inmediato y salió casi corriendo. Yo agarré la otra lámpara y fui detrás de él. Mi madre nos siguió hasta la entrada con mis hermanos pegados a sus piernas. Mi abuelo salió al fin, pero se quedó en la puerta, sin acercarse. Mi padre empezó a picar el suelo justo en la parte donde antes había estado la pila vieja. La tierra estaba rara. En unas partes se sentía dura y en otras floja, como si ya la hubieran abierto antes y luego la hubieran vuelto a tapar. Yo alumbraba y apartaba tierra con las manos. El canto volvió a oírse una vez más, tan cerca que se sintió en el pecho. Y eso hizo que mi padre enterrara la pala con más fuerza. Primero salieron trozos de tablas viejas, húmedas y medio podridas. Luego, restos de velas blancas y rojas pegadas entre sí por la cera. Después, empezaron a salir huesos pequeños, demasiados, acomodados en círculo de una manera que no parecía casual. Mi madre se tapó la boca y dio un paso hacia atrás. Mi abuelo se persignó. Mi padre dejó la pala a un lado un momento, se agachó, tomó una de las tablas y dijo que alguien había enterrado eso allí hacía mucho tiempo.

7:29 Yo todavía recuerdo el olor de esa tierra recién abierta, mezclado con cera vieja y humedad. Recuerdo también el silencio que se hizo después de que sacamos lo último, porque el canto ya no volvió a escucharse en ese momento, pero nadie se sintió tranquilo. Mi madre dijo que no tocaran más, que mejor lo dejaran así y buscaran a alguien que supiera de esas cosas. Mi abuelo habló por fin con más fuerza y dijo que no debimos mover nada, que si eso estaba enterrado era por algo, que lo que se tapa así no se saca nomás porque sí. Mi padre, terco como era, contestó que no iba a dejar basura ni trabajos ajenos en su terreno, menos si estaban espantando a su familia. Dijo que iba a sacar todo, echarlo en una cubeta y quemarlo lejos del rancho para que se acabara el problema. Cuando lo dijo, mi abuelo lo miró con una cara que yo nunca le había visto, y le respondió que eso estaba enterrado para que no saliera otra vez. Esa misma tarde, mi padre no quiso esperar más. Juntó las tablas, los restos de velas y los huesos en una cubeta vieja de pintura, sin ponerse guantes ni nada, con la pura molestia encima. Mi madre le decía que no hiciera eso, que mejor volvieran a echar la tierra encima y buscaran a alguien que supiera de esos trabajos. Alguien que al menos les dijera qué era lo correcto. Mi padre no quería oír razones. Estaba

9:01 enojado porque sentía que alguien había usado ese pedazo del terreno como si no valiera nada. Como si nuestra casa fuera lugar para dejar porquerías enterradas. Decía que bastante trabajo costaba levantar algo propio como para vivir con miedo por cosas que otros hicieron años antes. Mi abuelo intentó detenerlo también, esta vez ya no con frases cortas, sino con una seriedad que nos hizo guardar silencio. Dijo que cuando él era joven escuchó de gente que enterraba huesos, cera y animales muertos para amarrar terrenos, para echar enfermedad a una familia o para dejar cargado un lugar y que el daño siguiera solo. Incluso después de mucho tiempo, lo decía como quien quiere explicar algo sin nombrarlo completo. Mi padre le preguntó entonces si sabía quién había hecho eso allí.

9:54 Mi abuelo se quedó callado un momento, bajo la vista, y nomás respondió que no quería volver a hablar de ese tema. Eso hizo que mi padre se enojara más. Se fue detrás del corral, vació la cubeta en un montón de leña seca, y les prendió fuego con un cerillo. Yo estaba a unos pasos de él. Mi madre nos miraba desde más atrás con mis hermanos pegados a ella. Al principio, la cera empezó a derretirse y a soltar un olor raro. como de iglesia vieja mezclada con tierra húmeda. Las tablas agarraron fuego despacio porque estaban podridas. Los huesos tardaron en ponerse negros. Mi padre los acomodaba con un palo para que las llamas los alcanzaran bien. Nadie decía nada.

10:37 Los perros empezaron a moverse nerviosos alrededor del patio, sin acercarse demasiado, y las gallinas se alborotaron dentro del gallinero aunque todavía no anochecía. En un momento, una de las tablas reventó en medio del fuego con un golpe fuerte, seco, y eso hizo que uno de mis hermanos gritara y mi madre lo metiera a la casa de inmediato. Me dijo que yo también entrara, pero me quedé un rato viendo cómo ardía todo. Mi abuelo no se arrimó. Estaba sentado junto a la pared, con la vista puesta en las llamas y la mandíbula apretada. Cuando el fuego bajó, mi padre echó tierra encima de lo que quedó y dijo que ya estaba, que con eso se iba a acabar el asunto. Lo dijo con la seguridad de alguien que ya decidió que un problema terminó aunque nadie más lo crea. Mi madre no le respondió. Entró a la cocina aparte a preparar la cena y se notaba que seguía alterada. Esa tarde se sintió rara dentro de la casa, no porque hubiera pasado algo nuevo todavía, sino por cómo estábamos todos. Mi padre seguía molesto. Mi madre estaba callada y nerviosa. Mis hermanos andaban pegados entre ellos. Mi abuelo parecía más viejo de un día para otro. Yo también tenía una sensación incómoda desde que vimos esos huesos, pero todavía trataba de convencerme de que quizá sí se trataba de algo enterrado por alguna persona loca y nada más.

12:06 Ya de noche nos sentamos a cenar. La lámpara del techo alumbraba poco y todavía se alcanzaba a oler el humo de lo que se había quemado detrás del corral. Mi madre sirvió frijoles y tortillas, pero casi nadie comió con ganas. Mi padre fue el único que insistía en actuar normal. Dijo que al día siguiente iba a volver a rellenar bien el hoyo y que luego pondría unas piedras encima para que no se hundiera la tierra. En eso se escuchó un raspado debajo del piso del cuarto del abuelo. Fue un ruido corto, pero claro, como si algo se moviera entre la tierra y el cemento. Todos volteamos al mismo tiempo. Mi padre dejó la cuchara sobre el plato y dijo que seguro era una rata o algún tlacuache que se había metido por un hueco. Mi madre le contestó que una rata no cantaba como gallo desde abajo de la tierra. Él ya no respondió. El raspado volvió un poco más largo y luego paró. Yo me fijé en mi abuelo porque no dijo nada. Nomás dejó de comer, miró hacia el piso varias veces y apretó el vaso con la mano temblando. Después de cenar, nadie quiso quedarse mucho tiempo en la sala. Mi madre acomodó a mis hermanos en el cuarto donde dormían los tres.

13:23 Mi padre revisó las puertas y las ventanas y yo me fui a mi cama sin quitarme la ropa por completo. por si se ofrecía salir otra vez. La casa poco a poco se fue quedando en silencio. Afuera ya no se oían ni los perros, y eso también me pareció raro porque siempre ladraban aunque fuera por cualquier sombra en el camino. Adentro todo olía a humo viejo, como si el fuego de la tarde no se hubiera quedado afuera sino metido en las paredes. Pasó un rato largo. Yo no estaba dormido. Solo estaba acostado, viendo hacia la oscuridad, esperando escuchar algo. Cerca de la madrugada volvió el gallo.

14:04 Esta vez no sonó desde el patio ni desde el hoyo que habíamos abierto. Sonó dentro de la casa. Me senté de golpe. El canto se escuchó primero como si viniera del pasillo, luego de la cocina y después más cerca, más fuerte, como saliendo de abajo del cuarto del abuelo. Ya no era ese sonido apagado de las noches anteriores. Era un canto limpio, completo, fuerte, pero metido donde no podía estar. Mi madre se levantó y empezó a rezar en voz baja. Mis hermanos se pusieron a llorar. Mi padre agarró la lámpara y el machete que dejaba siempre junto a la puerta y me dijo que lo acompañara.

14:45 Yo salí detrás de él casi sin sentir las piernas. Revisamos primero la cocina aparte, luego la sala, luego los cuartos. Alumbramos debajo de las camas, detrás de los costales, junto a los muebles, en las esquinas donde pudiera esconderse un animal. No había nada, ni plumas, ni excremento, ni una rendija abierta por donde hubiera entrado un gallo. El canto volvió cuando estábamos detenidos en medio de la casa. Esta vez lo sentimos clarito abajo del piso, justo entre la sala y el cuarto del abuelo. Mi padre empezó a golpear el cemento con el mango del machete. Avanzando despacio, escuchando el sonido que hacía cada parte. En una zona sonó más hueco que en las demás. No mucho, pero sí lo suficiente para que todos lo notáramos. Mi abuelo ya estaba de pie junto a la puerta de su cuarto.

15:38 Se veía quebrado. Mi madre le preguntó otra vez qué había ahí antes. Él tardó en responder, pero al final habló. Dijo que en ese lugar, antes de que levantaran el piso firme, hubo un cuarto de madera pequeño donde una mujer de la familia guardaba cosas de trabajos, velas, animales y encargos que le llevaban. No quiso decir el nombre de esa mujer al principio. Solo dijo que cuando murió, él mismo ayudó a tumbar ese cuarto y a taparlo todo para no volver a hablar del asunto. Mi madre le exigió que dijera bien qué hacía esa mujer y¿ Qué dejaba allí y por qué nunca contó nada? Mi abuelo abrió la boca para responder, pero en ese momento el gallo cantó otra vez. Ahora sonó desde adentro de su cuarto. Mi padre empujó la puerta, entró de inmediato y me ordenó alumbrar bien. Entre los dos movimos la cama del abuelo hacia un lado. Mi madre jaló a mis hermanos para que no se acercaran, aunque ellos no dejaban de mirar. El piso se veía normal al principio, solo con las líneas de unión del cemento y algunas manchas viejas. Mi padre se agachó, puso la lámpara más cerca y entonces lo vimos. Entre una de las uniones empezó a salir tierra suelta. No cayó desde arriba ni la movió el aire. Empezó a empujarse sola desde abajo, poquito al principio, luego más seguido, como si algo viniera abriendo paso debajo del piso. Yo tenía la lámpara en

17:08 la mano y no podía moverla de ahí. Mi madre empezó a rezar más fuerte. Mi abuelo se quedó inmóvil junto a la puerta. Y justo cuando esa tierra volvió a levantarse, el gallo cantó otra vez dentro de la casa. Mi padre reaccionó antes que todos. Me quitó la lámpara de la mano, la dejó apuntando al suelo y metió la punta del machete en la unión del cemento. Mi madre le gritó que no siguiera, que ya habían visto suficiente, pero él ya estaba metido en eso y no se iba a echar para atrás. El gallo volvió a cantar debajo del piso, y esta vez el sonido fue tan fuerte que mis hermanos se pegaron a mi madre llorando. Mi padre golpeó dos veces el cemento y en el segundo golpe se abrió una cuarteadura. No era una plancha gruesa, era una capa delgada puesta encima de algo más viejo.

18:00 Hizo palanca, levantó un pedazo, y debajo apareció tierra negra, húmeda, con un olor encerrado, como de madera podrida y humo viejo. Mi abuelo dijo que ya no lo abrieran, que lo dejaran así. Mi madre volteó a verlo y le exigió que hablara de una vez. Él tardó unos segundos. Luego dijo que en ese cuarto, muchos años antes, trabajó una tía suya llamada Jacinta. Dijo que la gente iba a verla de noche, que le llevaban animales, velas, fotografías, ropa y encargos. Unos querían enfermar a alguien, otros separar parejas, otros amarrar terrenos, otros proteger animales. Todo lo guardaba allí.

18:43 Mi padre le preguntó por qué nunca dijo nada. Mi abuelo respondió que cuando esa mujer murió, él ayudó a tumbar el cuarto y a taparlo todo, porque desde sus últimos días empezó a escucharse un gallo cantar dentro de la casa y nadie quiso volver a pasar por lo mismo. Mi padre no contestó. Siguió abriendo el piso. Debajo de la tierra apareció una tabla vieja cruzada. La jaló, se rompió por la mitad y dejó ver un hueco pequeño. Adentro había trapos amarrados, restos de cera, plumas pegadas a la tierra y varias bolsitas negras. Mi madre empezó a llorar en silencio. Yo alumbré lo mejor que pude. Mi padre metió la mano y sacó el primer bulto. Lo abrió con el machete y adentro había un pollito seco, envuelto con sal y listón rojo. Sacó otro y luego otro.

19:35 Había más animales pequeños, mechones de pelo y velas partidas. Mi abuelo se sentó en la orilla de la cama como si las piernas ya no lo sostuvieran. Dijo que no sacaran más, que algunas cosas estaban enterradas para que se quedaran quietas. Mi padre lo mandó callar. Debajo de esos bultos apareció otra tabla, más firme, como si sirviera de tapa. Mi padre la golpeó hasta romper una esquina y apenas la movió. El gallo cantó otra vez. Esta vez no sonó debajo de toda la casa. Sonó adentro de ese hueco, a unos pasos de nosotros. Yo alcé la lámpara y vi que abajo había una cavidad más profunda.

20:16 No era grande, pero sí suficiente para guardar cosas. Allí había más cera, más trapos, una cruz de madera acostada. y algo redondo envuelto en tela endurecida, mi padre metió el machete para jalarlo, en cuanto lo tocó se escuchó un golpe en la cocina, luego otro en la puerta del patio, luego otro arriba de la lámina, todo pasó casi junto, los perros empezaron a ladrar como locos, las gallinas a golpear el alambre, y mis hermanos ya no lloraban despacio, estaban gritando, mi padre logró sacar lo que estaba envuelto, cayó al piso con un peso raro cuando la tela se abrió vimos que era la cabeza seca de un gallo pegada con cera y tierra con el pico abierto mi madre se fue hacia atrás con mis hermanos yo no pude moverme mi abuelo se tapó la cara con una mano y dijo que eso era lo que no debía salir Mi padre, en lugar de soltarla, la levantó con la punta del machete. Caminó hasta la puerta y dijo que la iba a echar al fuego también.

21:21 En ese momento, el gallo volvió a cantar, pero ya no salió de la cabeza que traía colgando. Sonó desde la sala. Todos volteamos. No había nadie, pero una de las sillas se había movido. No mucho. Lo suficiente para notarlo. Mi madre dijo que nos saliéramos de la casa. mi padre por fin entendió que quedarse allí ya no tenía sentido me dijo que sacara a mi madre y a mis hermanos yo los llevé al patio mi abuelo salió detrás de nosotros despacio mi padre fue el último antes de salir aventó la cabeza al montón de tierra donde por la tarde había quemado lo otro le echó petróleo de la podadora prendió un cerillo y le aventó fuego las llamas agarraron rápido mi padre se quedó frente al fuego con el machete en la mano Nadie hablaba. Yo solo miraba la casa, esperando volver a escuchar el canto desde adentro. El humo subió negro, espeso, y olía peor que en la tarde. Pasaron unos segundos. Luego, el gallo cantó una vez más, pero ya no salió de la casa.

22:30 Salió del fuego. Mi padre dio un paso atrás. La cabeza se movió entre las llamas, apenas un tirón, pero todos lo vimos. El pico se abrió más y de ahí salió ese canto. fuerte, completo y claro, como si el animal siguiera vivo. Mi madre se soltó a rezar, mis hermanos se abrazaron de su falda, mi abuelo dijo que lo taparan, que lo enterraran de nuevo sin verlo más. Mi padre agarró la pala, esperó a que el fuego bajara un poco y le empezó a echar tierra encima con coraje, una palada tras otra, hasta dejar el montón cubierto por completo. El canto siguió un momento más, ya más ahogado, hasta que dejó de oírse. Nadie quiso volver a entrar a la casa esa noche. Nos quedamos afuera hasta que aclaró, sentado cerca del corral, sin hablar casi nada.

23:20 Cuando salió el sol, mi padre entró conmigo y revisamos otra vez el cuarto del abuelo. El hueco seguía allí, pero ya no se escuchaba nada. Ese mismo día lo rellenó con tierra, piedra y cemento nuevo. No dejó un solo espacio abierto. También fue detrás del corral. Abrió más hondo donde había tapado el fuego y enterró todo sin volver a mirarlo. Mi madre le pidió que trajera a alguien para bendecir la casa. Mi padre, que nunca había creído mucho en esas cosas, no discutió. Esa tarde fue por un señor de otro rancho que sabía rezar y limpiar casas. No nos dio grandes explicaciones. Nomás recorrió los cuartos, echó agua bendita, rezó y dijo que allí habían dejado algo trabajando durante muchos años y que moverlo fue un error, pero que si ya se había vuelto a tapar, lo mejor era no nombrarlo más. Después de eso, no volvimos a escuchar el gallo debajo de la tierra ni dentro de la casa. Pero mi abuelo ya no duró mucho.

24:24 Desde esa noche se apagó más rápido. Casi no hablaba, casi no comía y evitaba entrar solo a su cuarto. Murió unos meses después sin querer volver a mencionar a Jacinta ni ese espacio que había quedado bajo el piso.