Aug. 11, 2026

El Fantasma De Oaxaca Que Sigue Pidiendo Que Lo Lleven A Casa - Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 Me llamo Rogelio Hernández y durante más de 20 años trabajé como trailero. Todavía recuerdo aquella madrugada en la carretera libre de Oaxaca, porque todo empezó de forma normal. Yo llevaba carga hacia el sur, viajaba solo. Había poco tránsito y cerca del kilómetro 176 vi a una mujer parada en la orilla. Tenía un brazo levantado y cuando pasé junto a ella alcancé a notar sangre en la frente. Seguí unos metros antes de frenar, pues no acostumbraba a subir desconocidos de madrugada. Miré los espejos y revisé ambos lados de la carretera, pero no vi otro vehículo ni personas cerca. La muchacha caminó hacia el camión con dificultad. Bajé un poco el vidrio y le pregunté qué había pasado. Me dijo que había tenido un accidente y necesitaba regresar a su casa.

0:59 Le pregunté por el vehículo y me respondió que había quedado atrás. Después quise saber si alguien viajaba con ella y dijo que estaba sola. Tenía tierra en el pantalón y en los zapatos, además de la herida en la frente. Le pregunté dónde vivía y mencionó una comunidad que quedaba sobre mi ruta. Dijo que podía indicarme cómo llegar. Le propuse llevarla a un médico, pero pidió ir directamente a su casa. Ella insistió y abrí la puerta. Le costó subir los escalones, pero una vez dentro, se sentó en el asiento del acompañante. Me dijo que se llamaba Mariela Sánchez Cruz. Le ofrecí agua, bebió un poco y dejó la botella junto al asiento. Arranqué y durante los primeros kilómetros traté de mantenerla hablando. Le pregunté cómo había ocurrido el accidente y me dijo que había perdido el control.

1:54 Le pregunté cómo había salido del vehículo. tardó en responder, luego dijo que no recordaba bien, así que no insistí, después de varios kilómetros noté que le temblaban las manos, le pregunté si tenía frío, respondió que sí y subí la calefacción, Mariela mantuvo la vista al frente y no hablaba si yo no le preguntaba algo, en un momento empezó a respirar más rápido, le pregunté si se sentía mareada y me dijo que estaba cansada, Entonces, percibí un olor extraño dentro de la cabina. Al principio creí que venía de afuera. Abrí un poco la ventana para renovar el aire, pero el olor permaneció. Era azufre, fuerte y seco, cada vez más concentrado. Le pregunté a Mariela si lo olía.

2:44 Dijo que sí. Quise saber si llevaba algún medicamento o líquido entre la ropa, pero me respondió que no. Miré el piso. No llevaba bolsa ni mochila. El olor siguió aumentando y me irritó la garganta. Poco después, Mariela pidió recostarse en la parte trasera de la cabina. Pasó al camarote, se acostó de lado y me pidió que siguiera. Dijo que faltaba poco. Durante varios minutos, escuché su respiración detrás de mí. Luego, dejó de oírse. La llamé por su nombre y respondió casi de inmediato. Y me dijo que estaba despierta. Un rato después, sentí algo bajo la bota.

3:25 Miré hacia abajo y vi tierra junto a los pedales. La aparté con el pie. Al poco tiempo apareció más junto al asiento del acompañante. Miré hacia atrás. Había tierra en la entrada del camarote, una franja oscura que antes no estaba. Mariela seguía acostada y la llamé otra vez, pero esta vez no respondió. Busqué un lugar donde detenerme, frené y encendí la luz interior. Me giré hacia el camarote. Mariela estaba de lado con los ojos cerrados. Me acerqué y le puse una mano sobre el brazo y su piel estaba muy fría. La llamé varias veces hasta que abrió los ojos. Le pregunté si podía escucharme y respondió que sí. Le dije que estaba demasiado fría y que necesitábamos buscar atención médica. Contestó que siempre tenía frío y volvió a pedirme que la llevara a su casa. Cuando retiré la mano, vi tierra pegada en mis dedos. Miré su manga y estaba limpia. Me limpié en el pantalón y vi más tierra debajo del camarote. Le pregunté cuánto faltaba para llegar y dijo que muy poco. Volví al volante y arranqué. El olor a azufre seguía adentro. La tierra había aumentado y Mariela permanecía detrás de mí. Yo escuchaba el motor y su respiración. En una curva escuché un roce en el camarote y un golpe suave contra la pared. la llamé y respondió desde atrás y me dijo que siguiera después entramos a la comunidad desde el

4:59 camarote empezó a darme indicaciones me dijo dónde girar y por cuál calle continuar pasamos una capilla y me pidió que me detuviera frente a una casa frené y le dije que habíamos llegado pero no respondió me giré y la vi sentada en el borde del camarote con la cabeza inclinada levantó el rostro y señaló hacia la entrada Le pregunté si podía bajar sola y no contestó. Decidí avisar a su familia, así que bajé. Caminé hasta la casa y toqué varias veces. Después de un momento, respondió un hombre. Le expliqué que llevaba a una joven herida llamada Mariela Sánchez Cruz, que ella misma me había indicado esa dirección. El hombre se quedó callado. Me pidió que repitiera el nombre y luego me preguntó dónde la había encontrado.

5:50 Le dije que cerca del kilómetro 176. Una mujer se acercó y me pidió que describiera a la joven. Le dije que tendría poco más de 20 años, cabello largo, una herida en la frente, tierra en la ropa y dificultad para caminar. El hombre dijo que debía haberme equivocado de casa. Le expliqué que Mariela me había guiado hasta ahí y que seguía dentro del camión. La mujer me preguntó dónde estaba y le señalé la unidad. Caminamos hacia ella y mientras nos acercábamos percibí otra vez el olor a azufre, ahora más fuerte. Abrí la puerta y encendí la luz interior, pero el asiento estaba vacío. Miré hacia el camarote y también estaba vacío. Yo había bajado por mi lado y la otra puerta seguía cerrada. Miré el piso. La tierra llegaba desde el asiento hasta la parte trasera y había más que antes. Me incliné hacia el camarote. Sobre el colchón había tierra oscura y en el lugar donde Mariela había estado recostada, quedó hundida una marca del cuerpo. El borde del colchón estaba frío y húmedo. Junto a la marca había una huella de dedos hecha con tierra. La mujer la vio y retrocedió. Volvió a preguntarme el nombre.

7:10 Se lo repetí. Entró a la casa y regresó con una fotografía y me la mostró sin decir nada. Reconocí la cara de inmediato. Era la muchacha que había recogido en el kilómetro 176. Le pregunté cuándo habían tomado esa foto. Respondió que hacía más de 10 años. Después dijo que Mariela era su hija y que había muerto en un accidente en esa carretera. Pregunté en qué parte había ocurrido. Y el hombre respondió que en el kilómetro 176. Volví a mirar el camión. La luz interior seguía encendida. Y entonces se apagó.

7:51 Nadie estaba dentro. Me acerqué a la puerta sin subir. Estiré la mano y encendí el interruptor. La luz volvió. Y sobre la tierra había otra huella, más cerca del borde del colchón. Tenía cinco dedos marcados con claridad. Di un paso hacia atrás. y desde el fondo de la cabina escuché mi nombre. La voz era baja, pero la reconocí. Era todavía la voz de Mariela. Me quedé inmóvil junto a la puerta del camión. La voz había salido del fondo de la cabina y dijo mi nombre. El padre de Mariela levantó la cabeza y miró hacia el camarote. La madre volvió a llamar a su hija, pero desde adentro no respondió nadie. El olor a azufre seguía concentrado en la cabina, y la tierra cubría parte del colchón y del piso. Cerré la puerta sin meterme y me quedé junto a ellos. La madre quiso acercarse, pero su esposo la sujetó del brazo y le pidió que entrara a la casa. Ella no quiso moverse. Después me preguntó qué había dicho Mariela durante el viaje. Le respondí que casi nada, que solo quería regresar a casa. La mujer comenzó a llorar. Yo quería irme. pues la verdad no tenía intención de revisar la tierra, ni de volver a meterme en el camarote. Así que abrí la puerta del conductor, subí y encendí el motor. Antes de cerrar, miré hacia atrás.

9:20 Las dos marcas de mano seguían sobre la tierra, pero ahora había otra más cerca del borde del colchón. Esa tercera marca no estaba antes. Cerré la puerta y avancé por la calle. Dejé atrás la casa y tomé la carretera. Abrí una parte de la ventana porque el olor seguía dentro del camión. El aire entraba frío, pero el azufre permanecía en la garganta. Durante los primeros kilómetros no escuché nada. Evité mirar hacia el camarote y no prendí la radio. Quería escuchar cualquier movimiento detrás de mí. Después cayó tierra sobre el piso. Seguí conduciendo y unos segundos más tarde volvió a caer otra cantidad, esta vez cerca del asiento.

10:07 miré de reojo hacia abajo y vi tierra nueva junto a mi bota aparté el pie y continué entonces escuché una respiración detrás del asiento lenta y profunda miré por el espejo interior y alcanzaba a ver parte del camarote pero no había nadie solo estaba la tierra la respiración volvió y levanté la voz para preguntar quién estaba ahí pero no hubo respuesta seguí manejando buscando algún lugar con gente otro ruido salió del camarote, un roce contra el colchón, después sentí aire frío en la nuca, me incliné hacia adelante y aumente un poco la velocidad, el frío desapareció, regresó unos segundos después y entonces escuché mi nombre otra vez, pero no respondí, apreté el volante y mantuve la vista en la carretera, la voz volvió a decir mi nombre, luego se escuchó un golpe contra la pared trasera de la cabina, vi luces adelante, Entré a un lugar donde había varios camiones estacionados. Apagué el motor y bajé sin revisar atrás. Me acerqué a otro operador y le pedí que revisara conmigo la cabina. Solo le dije que había llevado a una pasajera herida y que había encontrado tierra en la parte de atrás. Subimos juntos. El operador notó el olor antes de entrar al camarote y me preguntó qué llevaba. Le respondí que nada que produjera eso. Encendió

11:38 la luz, miró la tierra y se agachó. Ahí encontró la botella de agua que yo le había dado a Mariela. Estaba vacía sobre el colchón. La última vez que la había visto estaba junto al asiento delantero. La levantó y debajo apareció otra marca de mano. Me preguntó dónde estaba la pasajera y le dije que había bajado antes, pues no quise explicarle nada más. Saqué mis cosas personales de la cabina y me quedé afuera. Después de un rato, reuní valor para subir. Limpié solo la parte del piso donde necesitaba apoyar los pies y dejé intacta la tierra del camarote. Arranqué cuando ya había más movimiento en la carretera y durante el resto del viaje no escuché la voz, aunque el olor tardó en desaparecer. La tierra fue retirada al llegar al patio de la empresa. Uno de los trabajadores me preguntó de dónde había salido y le dije que no sabía. Encontraron tierra debajo del colchón, detrás de los compartimentos y en espacios donde no podía haber llegado desde los zapatos de una pasajera. Seguí trabajando porque necesitaba el empleo, pero pedí rutas diferentes y durante meses evité la libre. Con el tiempo dejé de hablar de lo ocurrido hasta que volvieron a mandarme por la misma carretera.

13:00 Era de día y había bastante tránsito, por eso acepté. Pensé que podría pasar por ese tramo sin detenerme. Al acercarme al kilómetro 176, reduje la velocidad y vi una cruz junto al camino. En la placa estaba el nombre de Mariela Sánchez Cruz. No frené, leí el nombre y seguí. Unos kilómetros después volvió el olor a azufre. Cerré las ventanas y revisé la ventilación, pero aumentó dentro de la cabina. Entonces sentí tierra bajo la bota derecha y miré hacia abajo. Había un pequeño montón junto al pedal. No moví el pie. Después escuché una respiración detrás de mí, la misma respiración lenta de aquella madrugada, pero esta vez no miré el espejo.

13:46 Seguí manejando y la respiración continuó durante varios minutos. En un momento escuché el colchón hundirse y después cayó tierra al piso, pero no dije una palabra. Cuando salí de ese tramo, el olor disminuyó poco a poco y la respiración dejó de escucharse. Esa tarde pedí que me cambiaran de ruta de manera definitiva. Me dijeron que no podían garantizarlo. Poco tiempo después, dejé la empresa. Nunca volví a manejar por ese tramo. No regresé a la casa de los padres de Mariela y tampoco quise saber más del accidente. Todavía recuerdo su voz cuando dijo mi nombre desde el fondo de la cabina. También recuerdo la tierra sobre el colchón y las marcas de manos que aparecieron sin que hubiera nadie ahí. Años después, cuando ya trabajaba en otra cosa, un antiguo compañero pasó por mi casa. Mientras hablábamos, mencionó aquella misma carretera y dijo que varios operadores evitaban detenerse cerca del kilómetro 176 porque una muchacha pedía ayuda durante la madrugada.

14:52 No le conté mi historia, le pregunté qué hacía la joven cuando alguien se detenía y me dijo que subía al camión y pedía que la llevaran a su casa. Después guardó silencio un momento y agregó que algunos conductores aseguraban que la pasajera desaparecía antes de llegar al pueblo y otros alcanzaban a llevarla hasta la casa. Le pregunté qué pasaba con esos. Mi compañero bajó la voz y respondió que regresaban a la carretera con tierra de panteón dentro de la cabina. Algunos encontraban las marcas sobre el colchón. Otros escuchaban una respiración detrás del asiento durante varios kilómetros. No le pregunté nada más. Aquella noche, después de que se fue, recordé la última vez que Mariela habló dentro de mi camión y volví a sentir el mismo frío en la nuca. Cerré las puertas de la casa y traté de dormir. Cerca de la madrugada desperté por un olor fuerte dentro del cuarto. Era azufre. Me levanté y encendí la luz y el olor venía del pasillo. Caminé hasta la entrada y vi tierra oscura debajo de la puerta.

16:00 Una línea delgada que entraba desde afuera, pero no abrí y me quedé ahí hasta que amaneció. Cuando hubo luz, la tierra seguía en el piso y la verdad nunca supe quién la dejó. Desde entonces, cada vez que vuelo a Sufre, reviso el suelo antes de mirar hacia atrás.