El Fantasma De Oaxaca Que Sigue Pidiendo Que Lo Lleven A Casa - Historias De Terror - REDE
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0:05 Me llamo Rogelio Hernández y durante más de 20 años trabajé como trailero. TodavÃa recuerdo aquella madrugada en la carretera libre de Oaxaca, porque todo empezó de forma normal. Yo llevaba carga hacia el sur, viajaba solo. HabÃa poco tránsito y cerca del kilómetro 176 vi a una mujer parada en la orilla. TenÃa un brazo levantado y cuando pasé junto a ella alcancé a notar sangre en la frente. Seguà unos metros antes de frenar, pues no acostumbraba a subir desconocidos de madrugada. Miré los espejos y revisé ambos lados de la carretera, pero no vi otro vehÃculo ni personas cerca. La muchacha caminó hacia el camión con dificultad. Bajé un poco el vidrio y le pregunté qué habÃa pasado. Me dijo que habÃa tenido un accidente y necesitaba regresar a su casa.
0:59 Le pregunté por el vehÃculo y me respondió que habÃa quedado atrás. Después quise saber si alguien viajaba con ella y dijo que estaba sola. TenÃa tierra en el pantalón y en los zapatos, además de la herida en la frente. Le pregunté dónde vivÃa y mencionó una comunidad que quedaba sobre mi ruta. Dijo que podÃa indicarme cómo llegar. Le propuse llevarla a un médico, pero pidió ir directamente a su casa. Ella insistió y abrà la puerta. Le costó subir los escalones, pero una vez dentro, se sentó en el asiento del acompañante. Me dijo que se llamaba Mariela Sánchez Cruz. Le ofrecà agua, bebió un poco y dejó la botella junto al asiento. Arranqué y durante los primeros kilómetros traté de mantenerla hablando. Le pregunté cómo habÃa ocurrido el accidente y me dijo que habÃa perdido el control.
1:54 Le pregunté cómo habÃa salido del vehÃculo. tardó en responder, luego dijo que no recordaba bien, asà que no insistÃ, después de varios kilómetros noté que le temblaban las manos, le pregunté si tenÃa frÃo, respondió que sà y subà la calefacción, Mariela mantuvo la vista al frente y no hablaba si yo no le preguntaba algo, en un momento empezó a respirar más rápido, le pregunté si se sentÃa mareada y me dijo que estaba cansada, Entonces, percibà un olor extraño dentro de la cabina. Al principio creà que venÃa de afuera. Abrà un poco la ventana para renovar el aire, pero el olor permaneció. Era azufre, fuerte y seco, cada vez más concentrado. Le pregunté a Mariela si lo olÃa.
2:44 Dijo que sÃ. Quise saber si llevaba algún medicamento o lÃquido entre la ropa, pero me respondió que no. Miré el piso. No llevaba bolsa ni mochila. El olor siguió aumentando y me irritó la garganta. Poco después, Mariela pidió recostarse en la parte trasera de la cabina. Pasó al camarote, se acostó de lado y me pidió que siguiera. Dijo que faltaba poco. Durante varios minutos, escuché su respiración detrás de mÃ. Luego, dejó de oÃrse. La llamé por su nombre y respondió casi de inmediato. Y me dijo que estaba despierta. Un rato después, sentà algo bajo la bota.
3:25 Miré hacia abajo y vi tierra junto a los pedales. La aparté con el pie. Al poco tiempo apareció más junto al asiento del acompañante. Miré hacia atrás. HabÃa tierra en la entrada del camarote, una franja oscura que antes no estaba. Mariela seguÃa acostada y la llamé otra vez, pero esta vez no respondió. Busqué un lugar donde detenerme, frené y encendà la luz interior. Me giré hacia el camarote. Mariela estaba de lado con los ojos cerrados. Me acerqué y le puse una mano sobre el brazo y su piel estaba muy frÃa. La llamé varias veces hasta que abrió los ojos. Le pregunté si podÃa escucharme y respondió que sÃ. Le dije que estaba demasiado frÃa y que necesitábamos buscar atención médica. Contestó que siempre tenÃa frÃo y volvió a pedirme que la llevara a su casa. Cuando retiré la mano, vi tierra pegada en mis dedos. Miré su manga y estaba limpia. Me limpié en el pantalón y vi más tierra debajo del camarote. Le pregunté cuánto faltaba para llegar y dijo que muy poco. Volvà al volante y arranqué. El olor a azufre seguÃa adentro. La tierra habÃa aumentado y Mariela permanecÃa detrás de mÃ. Yo escuchaba el motor y su respiración. En una curva escuché un roce en el camarote y un golpe suave contra la pared. la llamé y respondió desde atrás y me dijo que siguiera después entramos a la comunidad desde el
4:59 camarote empezó a darme indicaciones me dijo dónde girar y por cuál calle continuar pasamos una capilla y me pidió que me detuviera frente a una casa frené y le dije que habÃamos llegado pero no respondió me giré y la vi sentada en el borde del camarote con la cabeza inclinada levantó el rostro y señaló hacia la entrada Le pregunté si podÃa bajar sola y no contestó. Decidà avisar a su familia, asà que bajé. Caminé hasta la casa y toqué varias veces. Después de un momento, respondió un hombre. Le expliqué que llevaba a una joven herida llamada Mariela Sánchez Cruz, que ella misma me habÃa indicado esa dirección. El hombre se quedó callado. Me pidió que repitiera el nombre y luego me preguntó dónde la habÃa encontrado.
5:50 Le dije que cerca del kilómetro 176. Una mujer se acercó y me pidió que describiera a la joven. Le dije que tendrÃa poco más de 20 años, cabello largo, una herida en la frente, tierra en la ropa y dificultad para caminar. El hombre dijo que debÃa haberme equivocado de casa. Le expliqué que Mariela me habÃa guiado hasta ahà y que seguÃa dentro del camión. La mujer me preguntó dónde estaba y le señalé la unidad. Caminamos hacia ella y mientras nos acercábamos percibà otra vez el olor a azufre, ahora más fuerte. Abrà la puerta y encendà la luz interior, pero el asiento estaba vacÃo. Miré hacia el camarote y también estaba vacÃo. Yo habÃa bajado por mi lado y la otra puerta seguÃa cerrada. Miré el piso. La tierra llegaba desde el asiento hasta la parte trasera y habÃa más que antes. Me incliné hacia el camarote. Sobre el colchón habÃa tierra oscura y en el lugar donde Mariela habÃa estado recostada, quedó hundida una marca del cuerpo. El borde del colchón estaba frÃo y húmedo. Junto a la marca habÃa una huella de dedos hecha con tierra. La mujer la vio y retrocedió. Volvió a preguntarme el nombre.
7:10 Se lo repetÃ. Entró a la casa y regresó con una fotografÃa y me la mostró sin decir nada. Reconocà la cara de inmediato. Era la muchacha que habÃa recogido en el kilómetro 176. Le pregunté cuándo habÃan tomado esa foto. Respondió que hacÃa más de 10 años. Después dijo que Mariela era su hija y que habÃa muerto en un accidente en esa carretera. Pregunté en qué parte habÃa ocurrido. Y el hombre respondió que en el kilómetro 176. Volvà a mirar el camión. La luz interior seguÃa encendida. Y entonces se apagó.
7:51 Nadie estaba dentro. Me acerqué a la puerta sin subir. Estiré la mano y encendà el interruptor. La luz volvió. Y sobre la tierra habÃa otra huella, más cerca del borde del colchón. TenÃa cinco dedos marcados con claridad. Di un paso hacia atrás. y desde el fondo de la cabina escuché mi nombre. La voz era baja, pero la reconocÃ. Era todavÃa la voz de Mariela. Me quedé inmóvil junto a la puerta del camión. La voz habÃa salido del fondo de la cabina y dijo mi nombre. El padre de Mariela levantó la cabeza y miró hacia el camarote. La madre volvió a llamar a su hija, pero desde adentro no respondió nadie. El olor a azufre seguÃa concentrado en la cabina, y la tierra cubrÃa parte del colchón y del piso. Cerré la puerta sin meterme y me quedé junto a ellos. La madre quiso acercarse, pero su esposo la sujetó del brazo y le pidió que entrara a la casa. Ella no quiso moverse. Después me preguntó qué habÃa dicho Mariela durante el viaje. Le respondà que casi nada, que solo querÃa regresar a casa. La mujer comenzó a llorar. Yo querÃa irme. pues la verdad no tenÃa intención de revisar la tierra, ni de volver a meterme en el camarote. Asà que abrà la puerta del conductor, subà y encendà el motor. Antes de cerrar, miré hacia atrás.
9:20 Las dos marcas de mano seguÃan sobre la tierra, pero ahora habÃa otra más cerca del borde del colchón. Esa tercera marca no estaba antes. Cerré la puerta y avancé por la calle. Dejé atrás la casa y tomé la carretera. Abrà una parte de la ventana porque el olor seguÃa dentro del camión. El aire entraba frÃo, pero el azufre permanecÃa en la garganta. Durante los primeros kilómetros no escuché nada. Evité mirar hacia el camarote y no prendà la radio. QuerÃa escuchar cualquier movimiento detrás de mÃ. Después cayó tierra sobre el piso. Seguà conduciendo y unos segundos más tarde volvió a caer otra cantidad, esta vez cerca del asiento.
10:07 miré de reojo hacia abajo y vi tierra nueva junto a mi bota aparté el pie y continué entonces escuché una respiración detrás del asiento lenta y profunda miré por el espejo interior y alcanzaba a ver parte del camarote pero no habÃa nadie solo estaba la tierra la respiración volvió y levanté la voz para preguntar quién estaba ahà pero no hubo respuesta seguà manejando buscando algún lugar con gente otro ruido salió del camarote, un roce contra el colchón, después sentà aire frÃo en la nuca, me incliné hacia adelante y aumente un poco la velocidad, el frÃo desapareció, regresó unos segundos después y entonces escuché mi nombre otra vez, pero no respondÃ, apreté el volante y mantuve la vista en la carretera, la voz volvió a decir mi nombre, luego se escuchó un golpe contra la pared trasera de la cabina, vi luces adelante, Entré a un lugar donde habÃa varios camiones estacionados. Apagué el motor y bajé sin revisar atrás. Me acerqué a otro operador y le pedà que revisara conmigo la cabina. Solo le dije que habÃa llevado a una pasajera herida y que habÃa encontrado tierra en la parte de atrás. Subimos juntos. El operador notó el olor antes de entrar al camarote y me preguntó qué llevaba. Le respondà que nada que produjera eso. Encendió
11:38 la luz, miró la tierra y se agachó. Ahà encontró la botella de agua que yo le habÃa dado a Mariela. Estaba vacÃa sobre el colchón. La última vez que la habÃa visto estaba junto al asiento delantero. La levantó y debajo apareció otra marca de mano. Me preguntó dónde estaba la pasajera y le dije que habÃa bajado antes, pues no quise explicarle nada más. Saqué mis cosas personales de la cabina y me quedé afuera. Después de un rato, reunà valor para subir. Limpié solo la parte del piso donde necesitaba apoyar los pies y dejé intacta la tierra del camarote. Arranqué cuando ya habÃa más movimiento en la carretera y durante el resto del viaje no escuché la voz, aunque el olor tardó en desaparecer. La tierra fue retirada al llegar al patio de la empresa. Uno de los trabajadores me preguntó de dónde habÃa salido y le dije que no sabÃa. Encontraron tierra debajo del colchón, detrás de los compartimentos y en espacios donde no podÃa haber llegado desde los zapatos de una pasajera. Seguà trabajando porque necesitaba el empleo, pero pedà rutas diferentes y durante meses evité la libre. Con el tiempo dejé de hablar de lo ocurrido hasta que volvieron a mandarme por la misma carretera.
13:00 Era de dÃa y habÃa bastante tránsito, por eso acepté. Pensé que podrÃa pasar por ese tramo sin detenerme. Al acercarme al kilómetro 176, reduje la velocidad y vi una cruz junto al camino. En la placa estaba el nombre de Mariela Sánchez Cruz. No frené, leà el nombre y seguÃ. Unos kilómetros después volvió el olor a azufre. Cerré las ventanas y revisé la ventilación, pero aumentó dentro de la cabina. Entonces sentà tierra bajo la bota derecha y miré hacia abajo. HabÃa un pequeño montón junto al pedal. No movà el pie. Después escuché una respiración detrás de mÃ, la misma respiración lenta de aquella madrugada, pero esta vez no miré el espejo.
13:46 Seguà manejando y la respiración continuó durante varios minutos. En un momento escuché el colchón hundirse y después cayó tierra al piso, pero no dije una palabra. Cuando salà de ese tramo, el olor disminuyó poco a poco y la respiración dejó de escucharse. Esa tarde pedà que me cambiaran de ruta de manera definitiva. Me dijeron que no podÃan garantizarlo. Poco tiempo después, dejé la empresa. Nunca volvà a manejar por ese tramo. No regresé a la casa de los padres de Mariela y tampoco quise saber más del accidente. TodavÃa recuerdo su voz cuando dijo mi nombre desde el fondo de la cabina. También recuerdo la tierra sobre el colchón y las marcas de manos que aparecieron sin que hubiera nadie ahÃ. Años después, cuando ya trabajaba en otra cosa, un antiguo compañero pasó por mi casa. Mientras hablábamos, mencionó aquella misma carretera y dijo que varios operadores evitaban detenerse cerca del kilómetro 176 porque una muchacha pedÃa ayuda durante la madrugada.
14:52 No le conté mi historia, le pregunté qué hacÃa la joven cuando alguien se detenÃa y me dijo que subÃa al camión y pedÃa que la llevaran a su casa. Después guardó silencio un momento y agregó que algunos conductores aseguraban que la pasajera desaparecÃa antes de llegar al pueblo y otros alcanzaban a llevarla hasta la casa. Le pregunté qué pasaba con esos. Mi compañero bajó la voz y respondió que regresaban a la carretera con tierra de panteón dentro de la cabina. Algunos encontraban las marcas sobre el colchón. Otros escuchaban una respiración detrás del asiento durante varios kilómetros. No le pregunté nada más. Aquella noche, después de que se fue, recordé la última vez que Mariela habló dentro de mi camión y volvà a sentir el mismo frÃo en la nuca. Cerré las puertas de la casa y traté de dormir. Cerca de la madrugada desperté por un olor fuerte dentro del cuarto. Era azufre. Me levanté y encendà la luz y el olor venÃa del pasillo. Caminé hasta la entrada y vi tierra oscura debajo de la puerta.
16:00 Una lÃnea delgada que entraba desde afuera, pero no abrà y me quedé ahà hasta que amaneció. Cuando hubo luz, la tierra seguÃa en el piso y la verdad nunca supe quién la dejó. Desde entonces, cada vez que vuelo a Sufre, reviso el suelo antes de mirar hacia atrás.
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