May 15, 2026

El Exorcismo Real Que Terminó Con Un Sacerdote Huyendo - Historias De Terror - REDE

El Exorcismo Real Que Terminó Con Un Sacerdote Huyendo - Historias De Terror - REDE
El Exorcismo Real Que Terminó Con Un Sacerdote Huyendo - Historias De Terror - REDE
REDE (Relatos Desclasificados)
El Exorcismo Real Que Terminó Con Un Sacerdote Huyendo - Historias De Terror - REDE

¡ Rápido ! Suscríbete y activa la campanita.
Se parte de la comunidad REDE.
ENVIAME TUS HISTORIAS A: relatosdesclasificados@gmail.com
SÍGUEME EN FANPAGE: https://bit.ly/33H3Og3
SÍGUEME EN INSTAGRAM: https://bit.ly/3dgiBmd

0:05 Yo trabajaba como auxiliar en la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México. Lo recuerdo porque ese día ya había terminado mi turno y estaba por irme. Cuando el sacristán me pidió quedarme un rato más, me dijo que iban a usar una capilla lateral para una oración privada y que necesitaban a alguien cerca de la puerta por si fallaba la luz, si había que llamar a seguridad o si el médico pedía abrir paso. Antes de que llegaran, revisé la puerta norte y dejé encendida la luz del pasillo. Después volví a la capilla y esperé junto a la entrada. El padre Arturo ya estaba ahí con el padre Julián.

0:46 Habían puesto sobre una mesa el libro del rito, un crucifijo, agua bendita y una grabadora del templo. El padre Arturo pidió que esa grabadora quedara encendida, pero también ordenó que nadie usara los teléfonos. La mujer llegó con su madre, su hermano y un doctor. Tendría unos 30 años. Caminaba por su cuenta, aunque no decía nada. La madre sostenía una carpeta con estudios médicos. El hermano venía serio y el doctor cargaba un maletín. El padre Arturo habló primero con ellos a unos pasos de la mesa. El doctor explicó que la mujer había tenido episodios de violencia, cambios de voz y rechazo a objetos religiosos. También dijo que no tenía fiebre, que no estaba drogada y que esa tarde había respondido bien a preguntas simples. El padre Arturo escuchó todo sin interrumpir. Después pidió que la sentaran frente al altar lateral. La mujer obedeció, se sentó con las manos juntas y miró al piso. El doctor se colocó a un lado para revisarla si hacía falta. La madre se quedó detrás de ella y el hermano permaneció cerca. sin tocarla yo me quedé junto a la puerta con la instrucción de abrir solo si el padre Arturo lo pedía o si el doctor decía que había riesgo antes de empezar el padre explicó las condiciones dijo que nadie debía sujetarla salvo que intentara golpearse o golpear a otra persona

2:19 también dijo que si ella pedía salir con claridad y sin agresión el rito se detenía la madre aceptó de inmediato y el hermano asintió sin hablar El doctor pidió que se respetara cualquier señal de crisis física. El padre Arturo aceptó, pero aclaró que él dirigiría la oración mientras la mujer pudiera respirar y mantenerse consciente. Los primeros minutos fueron tranquilos. La mujer respiraba rápido, pero obedecía cuando el doctor le pedía levantar la cabeza o mostrar las manos. El padre Arturo empezó con oraciones comunes y el padre Julián respondía desde el libro. La madre rezaba en voz baja hasta que el padre Arturo le pidió silencio para escuchar cualquier respuesta. Ella guardó el rosario entre las manos y bajó la mirada. Después de un rato, la mujer dijo que quería irse. Lo dijo bajo, sin llorar y sin levantar la voz. La madre se movió para ayudarla, pero el padre Arturo le pidió esperar. El hermano preguntó si podían terminar en ese momento. Y el padre respondió que sí, siempre que ella lo pidiera sin agresión y pudiera mantenerse tranquila. La mujer repitió que quería irse, se golpeó la boca con la mano y dejó de hablar.

3:36 El doctor se acercó para revisarla. Ella giró la cabeza hacia él y le dijo que su esposa estaba despierta, esperándolo. El doctor no contestó. Después dijo que era cierto y que nadie en esa capilla podía saberlo por él. El padre Arturo le pidió al padre Julián que continuara con las invocaciones. El hermano retiró una silla para dejar espacio. La mujer se levantó sin que nadie la ayudara, caminó hacia el muro y apoyó la frente contra la piedra. El doctor fue a detenerla, pero ella le tomó la muñeca y lo obligó a retroceder. Solo apretó hasta que él dio un paso atrás y pidió ayuda. El hermano se acercó y le separó los dedos, uno por uno.

4:23 La mujer soltó al doctor, volvió al centro de la capilla y se quedó de pie. El padre Arturo le preguntó su nombre. Ella respondió con su nombre civil. El padre repitió la pregunta con la misma voz. Ella, entonces, dijo el nombre completo del sacerdote, con sus dos apellidos, y la madre dijo que su hija no lo conocía. El padre no respondió, levantó el crucifijo y siguió leyendo. El padre Julián pasó la página, pero sus manos ya no estaban firmes. La mujer empezó a decir datos de los presentes. Al hermano le dijo que el dinero que guardaba no era suyo. Él se puso rojo, dio un paso hacia ella y le ordenó callarse. Pero el doctor le pidió que no se acercara. A la madre le dijo que dejara de pedir perdón. Por lo ocurrido años antes en Iztapalapa, la madre se cubrió la boca y se sentó. El padre Arturo pidió silencio, levantó la mano derecha y ordenó que el demonio dijera quién era. La mujer bajó la cabeza, apretó los dientes y respiró por la nariz. Luego dijo que hablaba el que había esperado.

5:37 El padre Arturo insistió en que diera su nombre, pero ella respondió que no iba a entregar un nombre. para que lo usaran contra él. El padre Julián leyó más rápido y se equivocó de línea. La mujer lo corrigió sin mirar el libro. El padre Julián revisó la página y confirmó el error. Nadie comentó nada y el padre Arturo le quitó el libro y continuó el mismo. El doctor pidió revisarla otra vez y el padre aceptó. Ella dejó que el doctor tomara su pulso, pero mantuvo los ojos fijos en el sacerdote. El doctor dijo que el pulso estaba alto, aunque todavía podía continuar. Entonces el padre Arturo roció agua bendita sobre ella. La mujer cerró los ojos, no gritó ni retrocedió. Dijo que el agua no servía, cuando la mano que la usaba estaba sucia. El padre bajó la mirada y tardó en seguir leyendo. La madre empezó a llorar en silencio y el hermano le pidió al padre que terminara. porque su hermana ya no estaba respondiendo de forma normal. El padre dijo que podía seguir, pero su voz perdió fuerza. La mujer lo escuchó y volvió a sonreír. Le dijo que él no había entrado para salvarla, sino para comprobar si todavía podía mandar. El padre Arturo le ordenó callar, y ella obedeció. Después miró hacia la puerta donde yo estaba y dijo que la puerta norte estaba abierta. Yo la había cerrado antes de entrar.

7:11 Recordé el golpe del seguro y la revisión que hice con la mano. No podía salir a comprobarlo sin abandonar mi puesto, pero la frase me detuvo. El padre Arturo también miró hacia la puerta. Nadie habló. La grabadora seguía encendida sobre la mesa y la mujer no volvió a sentarse. Se quedó de pie con las manos quietas esperando la siguiente orden. Recuerdo que el padre Arturo volvió a una parte anterior de la oración sin explicar el motivo. No corrigió al padre Julián. Tampoco miró al doctor ni a la familia. Solo bajó la vista al libro y empezó de nuevo, con una voz más baja que al principio. El padre Julián siguió respondiendo, aunque se le quebraban algunas palabras.

7:56 Yo seguía junto a la puerta, con la mano cerca del pasador, atento a cualquier orden. La mujer permanecía de pie, con los brazos junto al cuerpo. No intentaba correr ni golpear a nadie, respiraba hondo por la nariz y mantenía la mirada sobre el padre Arturo. El doctor revisó su postura desde donde estaba y dijo que si era una crisis nerviosa, necesitaban controlar la respiración y evitar más tensión. El padre Arturo no respondió a eso, volvió a preguntarle quién hablaba. Ella contestó que hablaba a alguien que había entrado con permiso. El padre dijo que ninguna presencia mala tenía permiso dentro de una iglesia. Ella respondió que ese permiso no lo había dado la iglesia. El padre Julián le pidió al padre Arturo que no siguiera contestando. Lo dijo bajo, pero todos lo escuchamos. El padre Arturo no se apartó y dijo que su autoridad venía de Dios y que no iba a negociar con el mal. La mujer levantó la cabeza y y le dijo que si quería sacarlo debía ocupar su lugar. El hermano se acercó y le gritó que dejara de hablar así. El doctor lo detuvo con una mano en el pecho y le pidió que no gritara. La madre miró al padre Arturo y le pidió que no se fuera. Nadie había mencionado una salida, pero ella ya tenía miedo de que abandonara el rito. La mujer volvió a golpearse el pecho con los nudillos. Fueron tres golpes secos. El doctor autorizó sujetarla.

9:32 El hermano le tomó un brazo y yo tomé el otro. No forcejeó, solo endureció el cuerpo y sostuvo la mirada en el padre. El padre Arturo leyó una orden de expulsión y la mujer no gritó ni insultó. Dijo que el padre ya conocía el precio y que por eso buscaba una salida limpia. El padre respondió que no le tenía miedo y ella contestó que no era miedo sino vergüenza. El padre Arturo se detuvo. El padre Julián intentó continuar, pero levantó una mano para hacerlo callar. El doctor dijo que debían llamar a una ambulancia, y el padre tardó en responder. La mujer respiraba con dificultad, aunque seguía consciente y nos reconocía. La madre se acercó para tocarle el cabello y le pidió que resistiera. La mujer le dijo que no le hablara con esa voz porque ya había aceptado ayuda de quien sí cumplía. La madre retiró la mano y se quedó junto al hermano. El padre Arturo pidió agua y el padre Julián tomó una botella de la mesa y se la entregó. La mujer pidió beber.

10:43 El doctor dijo que podía hacerlo porque llevaba varios minutos respirando mal. El padre Arturo dijo que primero debía terminar la parte abierta del rito. Pero el doctor insistió con más firmeza y le recordó que no podía negarle agua a una paciente que respondía bien. El padre aceptó. El hermano acercó la botella a la boca de su hermana. Ella bebió poco, tragó despacio y después dijo que esa era la primera orden razonable de la noche. El padre Arturo bajó el crucifijo y cerró el libro. El padre Julián le preguntó si iban a detenerse por completo, y el padre contestó que sí, que al día siguiente debían continuar con autorización formal, más personal y en condiciones adecuadas.

11:37 La madre le pidió que no la dejara así, dijo que su hija no iba a llegar igual al día siguiente. El padre respondió que no podía poner en riesgo una vida dentro de la catedral. Nadie discutió esa frase, pero nadie apoyó la decisión. La mujer empezó a reír. La risa fue fuerte y demoníaca, aunque duró poco. Salió controlada y terminó cuando el padre guardó el crucifijo. El hermano preguntó si eso significaba que todo había terminado. El padre dijo que no, que solo se interrumpía. La mujer dejó de reír, enderezó la espalda sin ayuda y soltó los brazos.

12:18 Ya no respiraba con dificultad. El doctor se acercó para revisarla, pero ella extendió una mano y él se detuvo. No lo empujó, solo levantó la palma y él entendió que no debía acercarse. El padre Arturo pidió que abrieran la puerta. Yo quité el pasador y los policías entraron desde el pasillo y preguntaron si había algún problema. El padre dijo que necesitaban una ambulancia. La mujer miró a su madre y dijo que ya no hacía falta. El doctor le pidió que se sentara. Ella obedeció. Se sentó despacio, con las manos sobre las piernas, y desde ese momento dejó de resistirse a todo. El doctor le pidió que respirara por la boca, y ella lo hizo. Le pidió que dijera su nombre y lo dijo. El padre Arturo cruzó la puerta. La madre fue detrás de él y le rogó que regresara. Dijo que volvería cuando existieran las condiciones correctas.

13:17 La mujer, sentada junto al altar, mencionó el nombre completo de la hermana muerta del padre. Nadie en la capilla había dicho ese nombre. El padre se detuvo en el pasillo, pero no volvió la cara. Solo pidió que guardaran silencio. La mujer dijo que el trato estaba cerrado, y después le pidió a su madre el rosario. La madre cerró los dedos para conservarlo, pero la mujer se lo quitó sin fuerza, abriéndole la mano dedo por dedo. La ambulancia llegó más tarde. Los paramédicos la encontraron tranquila, orientada y sin lesiones graves. Le hicieron preguntas simples y ella respondió sin dificultad. El doctor escribió que había presentado agitación previa, conducta agresiva y crisis nerviosa. La madre pidió que quedara asentado, que el rito se había suspendido, pero nadie lo puso en el reporte. El hermano no discutió, estaba sentado cerca del muro con los codos sobre las rodillas mirando al piso.

14:19 Yo salí al pasillo para revisar la puerta norte y estaba abierta. La había cerrado yo mismo antes de entrar. Había probado el seguro con la mano y nadie tenía motivo para abrirla. Le pregunté a los policías si la habían tocado, pero los dos dijeron que no. Al día siguiente, la madre volvió a la volvió dos veces más durante la semana pero no logró verlo la mujer no regresó con ella y el doctor tampoco quiso hablar del caso la grabadora del templo desapareció del armario el sacristán buscó la cinta y el aparato pero no encontró nada el padre arturo pidió traslado poco después lo último que supe fue por la madre afuera de la catedral Me dijo que su hija hablaba normal, comía normal y dormía bien, pero ya no quería rezar. No lo decía con rabia ni con burla, solo decía que no hacía falta. Y por las noches gritaba fuerte. También dijo que desde aquella noche su hija contestaba antes de que alguien terminara de pedir ayuda. La parte que más me costó explicar después fue cuando ella empezó a responder antes de que le hablaran.

15:39 El padre Arturo todavía no abría la boca y ella ya contestaba. Él apenas tomaba aire y ella decía que no. El padre bajaba los ojos al libro y ella decía la frase exacta que venía en la siguiente línea. El padre Julián dejó de leer cuando notó eso. Cerró el libro con un dedo adentro para no perder la página y miró al padre Arturo. La mujer seguía sentada, pero ya no parpadeaba igual. Tenía los ojos abiertos, fijos, secos. El doctor se acercó con una lámpara pequeña para revisarle las pupilas. Antes de que pudiera encenderla, ella le dijo que no buscara señales en los ojos, porque la entrada no estaba ahí. Entonces el doctor se detuvo. Después empezó a hablar de la catedral. Dijo que había pasos debajo del altar, que había puertas cerradas por las que todavía entraba gente, y que esa noche no habían sido los primeros en llamarlo. El padre Arturo le ordenó callar. Ella bajó la cabeza y obedeció. Luego dijo con voz normal que obedecer también podía ser una forma de burlarse.