April 8, 2026

El Exorcismo Que El Vaticano Intentó Ocultar - Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 Todavía recuerdo el día en que me mandaron a ese pueblo. No fue un encargo más. Desde la primera llamada entendí que el caso venía mal. La orden llegó desde Roma por la vía correcta. El Vaticano ya tenía noticias de una joven que llevaba varios días fuera de control. Cuatro sacerdotes habían intentado asistirla, pero ninguno pudo sostener el rito y dos salieron heridos. El párroco del lugar pidió ayuda formal y la respuesta fue enviarme a mí. Yo ya llevaba años en exorcismos. Había visto violencia, blasfemias, fuerza fuera de medida y voces que no salían de una garganta humana, en condiciones normales. Había visto cuerpos agotados seguir en pie, más tiempo del que un médico aceptaría. Había escuchado cosas que nadie en un cuarto debía saber. Aún así... Cuando salí hacia ese lugar, sentí el peso del caso antes de llegar. Eso no me gustó. Cuando uno empieza a sentir eso antes de ver a la persona, casi siempre termina peor de lo esperado. El pueblo era pequeño y estaba lejos de todo. Me recibió el padre Esteban, que era el sacerdote de la parroquia, y un médico que había revisado a la muchacha desde el primer día. Los dos tenían la cara de quien ya se quedó sin respuestas.

1:28 El padre Esteban me habló sin rodeos. Me dijo que la joven se llamaba Lucía Ortega, que tenía poco más de 20 años y que llevaba encerrada varios días porque nadie podía contenerla sin amarrarla. Me dijo también que ya no respondía a su madre, que no dormía, que apenas comía y que atacaba a cualquiera que intentara acercarse. El médico fue más frío. Me dijo que la muchacha estaba deshidratada. con fiebre por momentos, con heridas en brazos y piernas y con desgaste severo. Dijo que ese cuerpo no iba a aguantar mucho más. Yo le pregunté si había drogas, alcohol, antecedentes de crisis nerviosa o algún cuadro psiquiátrico conocido. Me respondió que no había nada claro, que ya había considerado todo eso y que lo que estaba viendo no se ajustaba a una sola explicación médica. Antes de verla, pedí hablar con la madre, pues quise escucharla a solas. La señora se llamaba Alicia Ortega. Tenía la voz gastada de tanto llorar y de tanto repetir lo mismo. Me dijo que su hija había cambiado de golpe. Primero vino el insomnio, luego el rechazo a la comida y después la rabia.

2:43 Al principio creyó que era miedo, cansancio o algo que la muchacha no quería contar. Luego dejó de reconocerla y eso fue lo que más la quebró. Me dijo que una noche Lucía la miró de frente y le preguntó quién era. No fue un arranque de ira, no fue una broma, fue una pregunta seca y desde ahí la perdió. La madre siguió hablando y yo no la interrumpí. Me dijo que después vinieron los ataques. La joven se arrancó mechones de pelo Se golpeó sola contra la pared, se mordió los brazos hasta sacarse sangre y empezó a hablar con una voz grave de hombre adulto. También me dijo que una mañana apareció con una cruz invertida marcada en la frente. Nadie se la hizo, pues nadie entró al cuarto.

3:32 Ella misma la vio formarse en la piel. Le creí en una cosa, el miedo. Esa mujer no estaba exagerando, estaba destruida. Le pregunté si habían llevado a la muchacha con alguien antes de acudir a la iglesia. Bajó la mirada y me dijo que sí. La llevaron con una curandera de la zona. Según ella, iba a ayudarla. La tuvo encerrada unas horas, la tocó, rezó cosas que la madre no entendió y pidió que nadie entrara. Después de eso, todo empeoró. La joven volvió más violenta, más sucia y más ajena. Esa decisión abrió algo o empeoró lo que ya estaba abierto. A esa altura daba igual, pues el daño ya estaba hecho. Pedí entrar de inmediato. La tenían en una casa apartada. No me interesó el lugar. Me fui directo al cuarto. Había un olor fuerte a sangre, sudor y encierro. El padre Esteban abrió la puerta y yo entré primero. La vi sentada y amarrada, y tenía las muñecas sujetas, los tobillos asegurados y el cuerpo fijado a una silla reforzada. Aún así, no estaba quieta, se movía con tensión constante, tenía la cabeza inclinada y respiraba rápido.

4:51 Las uñas de manos y pies estaban largas y rotas en las puntas. Los ojos estaban rojos por completo, ya no tenía la mirada de una enferma, tenía una mirada demoníaca. Los dientes de adelante estaban afilados. No sé cuándo los había limado o roto. En la frente llevaba la cruz invertida abierta en la piel. No sentí lástima al verla. Sentí urgencia. Di un paso al frente y dije su nombre y no respondió. Así que lo repetí. Levantó la cabeza de golpe. Me miró y sonrió. No había nada de Lucía en esa expresión. Tomé la cruz y la acerqué.

5:33 Giró la cara, tensó el cuello y escupió sangre al piso. No fue una reacción aprendida. Fue rechazo directo. Me presenté con mi nombre y con mi oficio y le ordené decir quién estaba ahí. Se quedó callada unos segundos, pero después habló. La voz no coincidía con el cuerpo. Salió grave, firme y clara. Dijo que yo había llegado tarde y dijo también que la muchacha ya estaba casi vacía. No usó rodeos, no intentó engañarme con lamentos ni con ruegos. Fue al punto. Me dijo que lo poco que quedaba de ella ya no alcanzaba para sacarla entera. Yo seguí y le ordené identificarse. Le dije que ese cuerpo no le pertenecía y que saliera. Volvió a sonreír y me respondió que yo todavía hablaba como si llegara a tiempo de salvar a alguien. Esa frase me dejó claro. el tipo de caso que tenía enfrente. Seguí con las preguntas de rigor. Le pedí nombre, pero se negó. Le pregunté cuánto tiempo llevaba dentro. Me dijo que más del suficiente.

6:42 Le pregunté qué quería y respondió que no había venido a pedir nada. Había venido a cobrar, pero no me explicó más. Yo insistí y le pregunté por qué la joven, por qué ese cuerpo. Me dijo que ella había servido y nada más. me dijo también que el error de todos era seguir mirándola a ella el problema no era la muchacha el problema era lo que ya estaba abierto en ese punto ordené que sacaran a la madre de la casa no quería que oyera una sola palabra más también pedí que nadie se quedara a solas con la joven ni un minuto el médico me preguntó si iba a empezar el rito esa misma noche le dije que sí no había margen para esperar No con ese cuerpo, no con esa voz y no con esa mirada. Antes de salir del cuarto, me acerqué una vez más. Le puse la cruz cerca del rostro y pronuncié la fórmula de autoridad. Esta vez no escupió. Esta vez se inclinó hacia mí y habló más bajo. Dijo que hiciera lo que había ido a hacer. Y me dijo que el final ya estaba decidido. Y que yo todavía no entendía cuántos iban a salir muertos de esa casa. Salí del cuarto con una certeza seca. Lucía seguía viva pero ya no estaba al mando de su cuerpo. Lo que estaba dentro de ella no era un caso menor. No era una crisis que se pudiera contener con agua bendita, fuerza

8:12 física y oraciones cortas. Era algo más viejo, más firme y más seguro de sí mismo. Supe entonces que aquello iba a terminar mal y decidí seguir. Esa noche volví al cuarto y ya no entré solo. Entré con el padre Esteban, con el médico y con dos hombres, que nos ayudaban a sujetar a Lucía cuando perdía por completo el control. Antes de abrir la puerta, les dejé una sola instrucción. Nadie iba a hablar sin que yo lo ordenara, y nadie iba a tocarla salvo para contenerla. No quería interrupciones, no quería miedo metido en medio del rito. y no quería que alguno cometiera el error de responderle. Cuando entramos, Lucía seguía amarrada a la silla. Tenía sangre seca en la boca, en el cuello y en las manos. La cruz invertida de la frente estaba abierta otra vez. Los ojos seguían rojos y fijos. Las uñas largas se clavaban en la madera cada vez que tensaba los dedos. Apenas me vio, endureció todo el cuerpo. No dijo nada al principio, solo me miró. Me puse frente a ella, abrí el ritual y empecé la oración completa. La reacción fue inmediata.

9:29 Apenas pronuncié las primeras fórmulas, empezó a sacudirse contra la silla con una fuerza que obligó a los dos hombres a sujetarla por hombros y brazos. Lucía golpeó los talones contra el piso, echó la cabeza hacia atrás y forzó las muñecas hasta hacer crujir las correas. Yo seguí leyendo sin detenerme. Le ordené callar, le ordené decir su nombre y le ordené salir del cuerpo que estaba usando. Entonces respondió. La voz salió grave, firme y limpia. No era una voz rota ni alterada por el dolor, era una voz segura. Me dijo que yo ya sabía que no estaba hablando con la joven. El padre Esteban se puso a responder conmigo en las partes que conocía. El médico se quedó a un lado. Atento al pulso y a la respiración, Lucía se inclinó de golpe hacia adelante, con tanta violencia que casi rompió la silla. Uno de los hombres tuvo que sujetarle la mandíbula para evitar que se arrancara parte de la lengua al morderse. Aún así, volvió a hablar.

10:38 Dijo que llevaba mucho tiempo en ese lugar. Le pregunté desde cuándo estaba dentro de ella, y me respondió que yo seguía haciendo la pregunta equivocada. Dijo que el cuerpo de Lucía era solo el último que le había servido. Antes de ella ya había encontrado dónde quedarse. Me dijo también que no llegó con la muchacha, sino que la muchacha llegó hasta él. Seguí adelante. Le exigí otra vez el nombre, pero se negó. Le ordené que se apartara y respondió que no iba a hacerlo. Acerqué la cruz a la frente y la piel se abrió más alrededor de la marca. Lucía gritó, tiró la cabeza a un lado y apretó los dientes con tanta fuerza que pensé que se los iba a quebrar. Entonces habló otra vez, pero esta vez con una calma que nos hizo guardar silencio a todos. Dijo que yo estaba forzando un cuerpo que ya no servía y que estaba gastando autoridad en una muchacha que ya no podía volver entera. No contesté esa provocación. Solo seguí con la fórmula y elevé la voz.

11:47 Fue entonces cuando dijo lo más importante de esa noche. Dijo que de Lucía ya no quedaba nada útil y que yo estaba hablando con una puerta rota, que había llegado tarde para ella, pero a tiempo para abrirle paso a otro. El padre Esteban me miró de inmediato. No hacía falta decir nada. Pues los dos entendimos lo mismo. Si seguía presionando, iba a intentar salir de ella y buscar otro cuerpo en el cuarto. Le respondí que no iba a salir de ese cuarto para entrar en nadie más. Le ordené que se manifestara por completo y que se sometiera. Entonces soltó una risa breve, seca y volvió a tensar todo el cuerpo de Lucía. La silla rechinó, las correas se hundieron en la carne, las piernas golpearon el suelo con una fuerza ciega. El médico me gritó que ese cuerpo no iba a soportar mucho más. Yo le dije que aguantara, que no podía detenerme. Si aflojaba en ese momento, perdíamos el único control que todavía teníamos. Lucía empezó a moverse con más violencia. Se mordió el hombro hasta abrirse la piel. Escupió sangre y trató de sacar una mano de la correa. Uno de los hombres ya estaba agotado y respiraba con la boca abierta. El otro evitaba mirarla a la cara. Yo no bajé el ritmo y repetí la orden de salida una vez más y luego otra.

13:14 Le exigí el nombre por tercera vez. La respuesta llegó con claridad total. Dijo que esa casa le pertenecía desde antes de nuestra llegada y que en ese lugar se había hecho daño durante años y que la culpa no se había cerrado. Dijo que por eso podía seguir ahí. También dijo que Lucía no había sido elegida al azar. Había servido porque llevaba sangre ligada a lo que pasó antes en esa casa. No explicó más, pero no me hacía falta para entender que el caso venía de mucho antes que nosotros. A esa altura el cuerpo de Lucía ya estaba fallando. Se le iba el aire por momentos, la cabeza le caía hacia un lado y luego se levantaba de golpe. El médico volvió a decirme que el pulso estaba entrando en desorden. Me acerqué una vez más, puse la cruz sobre la frente y pronuncié la fórmula con toda la autoridad que tenía. Entonces abrió los ojos por completo y me habló casi en un susurro. Dijo que estaba a punto de cometer un error. Le pregunté cuál y me respondió que si seguía empujando iba a tener que elegir a otro de nosotros. Dijo que uno de los presentes ya estaba cediendo. Volví a ordenar silencio.

14:34 Nadie debía responderle, nadie debía discutirle. Y nadie debía acercar el rostro. Pero ya era tarde. Uno de los hombres de apoyo había empezado a rezar por su cuenta. Lo hacía entre dientes, casi sin voz, y no apartaba los ojos de Lucía. Le ordené que bajara la mirada, pero no me obedeció. Lucía dejó de forcejear de golpe y el cuarto se quedó en silencio. Después levantó la cabeza, clavó los ojos en él y sonrió. Luego me dijo que ya había terminado con ella y que lo que seguía ya no dependía de Lucía. Le grité que no.

15:14 Le puse la cruz en la boca y seguí la fórmula más dura que tenía abierta. El cuerpo entero se arqueó. La silla se levantó de un lado y volvió a caer. El hombre que estaba frente a ella retrocedió un paso. Ese paso lo perdió. Lucía abrió la boca y lanzó sangre, saliva y algo oscuro que salió directo hacia él. Le pegó en la cara y el hombre cayó de espaldas. Entró en convulsión de inmediato. Se llevó las manos al cuello, luego a la cara y después al pecho. El otro quiso agarrarlo, pero le ordené que no lo tocara. Seguí leyendo sobre Lucía unos segundos más, pues tenía que confirmar si seguía ocupada. Entonces lo vi. La tensión del rostro se vino abajo. Los ojos seguían abiertos, pero ya no fijaban nada. El cuerpo empezó a aflojarse sobre la silla y Lucía se desplomó. El médico corrió hacia ella para revisar pulso y respiración. Yo no me moví y miré al hombre que seguía en el suelo. Dejó de convulsionar, quedó quieto unos segundos, y después se sentó, levantó la cara y me miró. Ya no era él. En ese momento lo entendimos todos. Lucía ya no era el centro del caso. Lo que estaba dentro de ella había salido.

16:35 Seguía en la habitación, seguía con nosotros, y el verdadero peligro acababa de empezar. Cuando ese hombre levantó la cara y me miró, entendí que el caso había cambiado por completo. ya no tenía delante a una muchacha atada a una silla tenía al demonio metido en un cuerpo sano con fuerza para golpear y con la puerta a pocos pasos no le di tiempo me acerqué alce la cruz y le ordené que dijera su nombre y se sometiera se puso de pie escupió sangre a un lado y me respondió que lucía ya no servía que yo mismo lo había obligado a tomar un cuerpo mejor Le contesté que no iba a salir de esa casa. Me dijo que eso ya no dependía de mí. El padre Esteban se puso a mi lado. El médico seguía con Lucía y el otro hombre de apoyo se quedó junto a la puerta.

17:28 Yo seguí con la fórmula de expulsión. El poseído giró la cabeza hacia la silla y dijo lo que yo no quería oír. Dijo que mientras Lucía siguiera viva, el paso seguía abierto. Dijo que ese cuerpo todavía le servía, y en ese instante entendí lo que venía evitando. La muchacha ya no podía volver y su cuerpo seguía siendo una entrada. Le pregunté si eso era todo lo que quería, y me respondió que no, que antes de irse iba a llevarse a otro. Luego dio un paso hacia la puerta, le cerré el paso con la cruz y seguí leyendo.

18:09 El padre Esteban respondió conmigo, Entonces el hombre me golpeó en la cara con el brazo entero y me abrió el labio, pero no caí. El ayudante sano se lanzó sobre él por detrás. Entre los dos logramos empujarlo contra la pared. El médico gritó mi nombre desde la silla de Lucía. Volví la vista un segundo y la vi con la cabeza caída, la respiración rota y la sangre bajándole de la nariz a la boca. El médico me dijo que casi no encontraba pulso. fue ahí donde tomé la decisión llamé al padre Esteban y le hablé claro le dije que Lucía ya no estaba ahí le dije que ese cuerpo solo seguía siendo una puerta y que si queríamos cerrarle el paso por completo teníamos que terminar también con ella el médico se opuso de inmediato me dijo que mientras respirara había que sostenerla le respondí que ya no estaba tratando con una enferma estaba tratando con un cuerpo destruido y todavía útil para lo que nos estaba enfrentando. El padre Esteban me miró, entendió y no discutió.

19:20 Tomé el cuchillo que teníamos a mano desde el inicio del rito. Me acerqué a Lucía, le puse la mano en la cabeza y pronuncié la absolución condicional. Lo hice porque ya no quedaba otra salida. La miré una última vez, los ojos seguían abiertos y la cruz invertida seguía marcada en la frente. No quedaba persona en esa cara. Hundí el cuchillo debajo del esternón y lo llevé hacia arriba. El cuerpo se tensó una vez y luego se aflojó. El médico gritó y el padre Esteban siguió rezando. Yo cubrí el rostro de Lucía con un paño y me di la vuelta. El hombre poseído soltó una risa seca.

20:02 Me dijo que iba a recordar ese momento más que cualquier oración que hubiera dicho en mi vida. No le respondí. Volví hacia él, con la cruz en una mano y el ritual en la otra. La violencia subió de golpe. Nos embistió a los tres, lanzó una mesa y abrió con el codo la mejilla del ayudante. Estuvo a punto de llegar a la puerta, pero el padre Esteban le cerró el paso con una banca. Yo aproveché ese segundo y le clavé la cruz bendita en el pecho, por encima de la camisa. La carne se quemó al contacto, el hombre gritó y cayó de rodillas. Ese fue el último diálogo que tuve con él dentro de ese cuerpo. Le pregunté si iba a salir y me dijo que no.

20:44 Le pregunté si aceptaba someterse y dijo que no había venido a aceptar nada. Le respondí que entonces saldría por la fuerza y, en cuanto terminé la frase, le puse la mano sobre la cabeza y recité la fórmula final con toda la voz que me quedaba. El padre Esteban respondió conmigo. El hombre empezó a convulsionar, vomitó sangre negra, se dobló hacia adelante y cayó boca arriba. Quedó inmóvil y por unos segundos creí que lo habíamos logrado. El cuarto quedó en silencio. El ayudante sano se dejó caer contra la pared. Y el padre Esteban seguía rezando en voz baja. Yo bajé la cruz. El médico se acercó al cuerpo del hombre para revisar si seguía vivo. Ese fue el error. Apenas se inclinó sobre él, soltó un grito y se echó hacia atrás con las manos en la cara. La sangre le salió de la nariz de inmediato y vi sus ojos perder el foco. El demonio se había movido otra vez. Le ordené al padre Esteban que lo sujetara, pero el médico ya se estaba poniendo de pie. Cuando nos miró, ya no era él. Nos dijo que ahora sí se iba y caminó hasta la puerta.

21:58 El ayudante intentó detenerlo y recibió una cuchillada en el hombro, con el bisturí que el médico llevaba en el bolsillo. Corrí detrás de él, salió al pasillo, cruzó la entrada y llegó al patio. Cuando alcancé la puerta principal, ya había subido a su camioneta. Le grité por su nombre, pero no respondió. Arrancó y se perdió en el camino. Salí tras él, pero no logré alcanzarlo. Cuando volví a entrar, Lucía estaba muerta. El primer hombre que había tomado seguía inconsciente en el suelo. El ayudante herido perdía sangre y el padre Esteban seguía de pie junto a la silla vacía. Yo me quedé en medio del cuarto con las manos manchadas y entendí lo único que importaba. Habíamos cerrado una puerta, pero no habíamos terminado con él. Desde aquella noche sigo buscando al doctor. He seguido pueblos, reportes de violencia, desapariciones breves y casos que otros prefieren cerrar rápido. A veces encuentro señales. A veces solo encuentro daño. Nunca he podido decir que terminó. Sigo vivo por una sola razón. Quiero encontrarlo antes de que vuelva a entrar en otra casa y en otro cuerpo. Eso es lo que me sostiene hasta hoy. Eso y el recuerdo de Lucía. que murió cuando yo decidí cerrar el paso. No espero perdón por eso, tampoco lo pido. Solo quiero encontrarlo. Lo que pasó en

23:35 el pueblo lo recuerdo completo. Yo era joven, ayudaba al padre Julián en la capilla y por eso estuve cerca desde el inicio. Todo empezó en la casa de Tomás y Elena. cuando su hija Clara cambió de un día para otro, hasta entonces era una muchacha tranquila, ayudaba a su madre, casi no salía sola y no daba problemas, por eso cuando empezó a alterarse, nadie habló primero de un exorcismo, unos dijeron que estaba enferma, otros dijeron que había perdido el juicio, Elena fue a buscar al padre Julián porque ya no podía controlarla, llegó llorando y con la ropa mal puesta, Dijo que Clara llevaba horas encerrada, que había tirado cosas dentro del cuarto, que no dejaba entrar a nadie y que, cuando Tomás quiso sujetarla, ella lo golpeó y lo hizo retroceder. Después contó algo que nos dejó callados. Dijo que Clara había hablado de asuntos que no tenía manera de saber. Eran cosas privadas de su familia y de otras personas del pueblo. El padre Julián no discutió eso. Le hizo dos o tres preguntas.

24:46 y me pidió que lo acompañara fuimos a la casa de inmediato Tomás estaba junto a la puerta del cuarto de Clara tenía una mano lastimada y respiraba con esfuerzo cuando abrió entramos los tres Clara estaba en el suelo tenía el pelo pegado a la cara por el sudor respiraba rápido y no apartaba la vista de la puerta El padre Julián le habló por su nombre y le pidió que lo mirara. Ella volvió la cabeza despacio y respondió con una voz grave y firme. Le dijo que había tardado en llegar. Luego habló de mi casa y dijo cosas que yo no le había contado a nadie. Ahí sentí miedo. Hasta ese momento yo pensaba en una enfermedad.

25:30 Después de oírla, dejé de pensarlo. El padre Julián pidió que la sacáramos del cuarto. dijo que ahí no había espacio para sujetarla sin lastimarla más entre Tomás y yo la llevamos a la cocina Clara pateaba, mordía y tiraba el cuerpo con una fuerza difícil de contener tuvimos que sentarla y amarrarla a una silla Elena lloraba y pedía que no le hiciéramos daño Tomás repetía que esa ya no era su hija pero el padre lo hizo callar le dijo que obedeciera y que no levantara la mano contra ella Desde ese momento se rompió el poco orden que había. Elena quería proteger a su hija, Tomás quería dominar la situación y el padre quería mantener el control.

26:16 Yo solo hacía lo que me mandaban. El padre Julián empezó a rezar, usó agua bendita y el crucifijo. Clara respondió con insultos, escupitajos y tirones cada vez más fuertes. Después comenzó a hablar de los presentes. Le dijo a Tomás algo que le tocó una culpa vieja y le dijo a Elena algo que ella había querido ocultar. Le dijo al padre el nombre de una mujer enferma a la que visitaba en privado. No hablaba al azar, decía cosas concretas. Elena dijo que no debíamos creerle, que solo quería confundirnos. Tomás contestó que eso que tenían enfrente ya no era clara. El padre siguió rezando pero la discusión ya estaba metida entre todos. Clara se rió cuando oyó a sus padres pelear, y esa era una risa demoníaca.

27:09 El padre Julián intentó seguir el rito sin detenerse, pero la muchacha empezó a sacudirse con más violencia. En un momento venció casi toda la silla hacia un costado y tuvimos que sostenerla entre tres. Elena quiso acercarse a abrazarla y Clara le escupió en la cara. Tomás dio un paso para golpearla, pero el padre se le puso enfrente y le dijo que, si perdía el control, la iba a matar él mismo. Tomás retrocedió, pero no se calmó. Se quedó mirando a su hija con rabia y miedo. Después vino el momento que cambió todo. Clara dejó de forcejear, enderezó la espalda, respiró hondo y miró a Tomás. Luego dijo que si querían que saliera de ella, tenía que entrar en alguien que se ofreciera por voluntad propia. Dijo también que si trataban de arrancarla a la fuerza, iban a despedazar a la muchacha. Elena gritó que no la escucharan.

28:07 El padre Julián no respondió. Solo siguió rezando. Tomás no dijo una palabra, bajó la vista y se quedó quieto. Clara volvió a repetir la misma condición. Después cerró la boca y no dijo nada más. El padre mandó aflojar las ataduras porque Clara ya tenía las muñecas abiertas por la fricción. Yo le acerqué un paño y él le ajustó las manos con más cuidado. Después salió al patio para callar a los vecinos, que se estaban juntando afuera. Había gente preguntando y metiendo miedo con rumores. El padre les ordenó que se fueran y que dejaran libre la entrada.

28:48 Cuando volvió a la cocina, reunió a los que estábamos dentro y habló claro. Dijo que así no podían seguir, que la casa ya no servía y que había que mover a Clara a la capilla vieja, donde habría más orden y menos gente alrededor. También dijo que si esa voz volvía a pedir un cuerpo voluntario, nadie debía responder por su cuenta. Nos quedamos un rato más en la casa, solo para vigilar que Clara no se lastimara. Elena se sentó junto a ella y no volvió a separarse. Tomás salió varias veces al patio y regresó sin decir nada. El padre Julián me pidió que estuviera listo al día siguiente y que no hablara delante de la familia. Antes de irme, oía a Tomás decir que si seguían así, a Clara no la iba a matar ningún demonio, la iban a matar ellos. Nadie le respondió. El padre bajó la vista y Elena se tapó la cara. Yo salí de esa casa con esa frase en la cabeza. Al día siguiente entendí que Tomás ya había tomado una decisión.

29:51 Llevamos a Clara a la capilla vieja porque en su casa ya no se podía seguir. Afuera había vecinos, preguntas, llanto y discusiones. Adentro no había silencio ni espacio. En la capilla podíamos cerrar la puerta y trabajar con orden. La cargamos entre Tomás, Jacinto y yo porque ya no caminaba bien. Elena fue todo el camino junto a ella, repitiéndole su nombre. Tomás no habló con nadie. Cuando entramos, el padre Julián nos dijo dónde ponernos. Cerramos la puerta y dejamos a Clara en una silla firme, con correas en las muñecas y en los tobillos. Elena volvió a pedir que no la apretáramos tanto. El padre le respondió que, si se soltaba, se iba a golpear peor. Elena no discutió más y Tomás se quedó detrás de la silla.

30:45 Jacinto se puso cerca de la puerta y yo me quedé al lado del padre para alcanzarle el agua bendita, el crucifijo y el libro. El padre Julián empezó a rezar otra vez. Habló más fuerte y sin pausas largas. Clara lo oyó en silencio al principio. Después levantó la cara y habló con esa voz grave que ya habíamos oído en su casa. dijo que ahí daba lo mismo rezar o gritar porque el miedo de Elena y la rabia de Tomás le seguían abriendo paso Elena se levantó de golpe y dijo que eso era mentira Tomás le ordenó que se callara el padre detuvo la oración y les dijo que si seguían discutiendo iban a perder a Clara entre los dos así que los dos guardaron silencio el rito siguió Clara alternaba dos estados En uno insultaba y decía cosas precisas para herir. En el otro pedía agua, llamaba a su madre y decía que la soltaran. Elena dio dos pasos hacia ella cada vez que la oyó hablar con la voz normal. También se detuvo cada vez, porque ya no sabía cuándo estaba oyendo a su hija y cuándo no. Tomás no volvió a responder a los insultos, se quedó inmóvil mirando fijo. El padre le exigía nombre, salida y obediencia, pero Clara respondía con burlas, escupitajos y tirones que hacían crujir la silla. En medio de una pausa,

32:16 la voz volvió a decir lo mismo que había dicho en la casa. Dijo que no iba a salir de la muchacha para quedarse sin cuerpo, y que si queríamos sacarla de ahí, tenía que entrar en alguien que la aceptara por voluntad. Elena gritó que eso era una trampa. y que nadie debía escucharlo, el padre Julián siguió rezando, no respondió, Clara dijo otra vez que la muchacha ya estaba cediendo, y que el cuerpo ya no iba a resistir mucho más, Tomás bajó la vista y ya no se movió, al rato salió al patio, el padre me había dicho que no lo dejara solo mucho tiempo, así que fui detrás de él, lo encontré recargado contra la pared con la respiración corta, Me dijo que esto ya no podía seguir así, que Clara no iba a aguantar otro día y que prefería cargar con eso antes de seguir viéndola amarrada y lastimada frente a todos. Yo le dije que todavía no sabíamos qué podía pasar. Me respondió que sí lo sabía y me pidió que llamara al padre Julián. No me fui lejos cuando el padre salió a hablar con él. Me quedé a un lado y oí casi todo. Tomás le dijo que estaba dispuesto a ofrecerse.

33:33 Dijo que, si esa cosa quería otro cuerpo, entrara en el suyo. El padre Julián le respondió que eso podía terminar peor, porque el cambio no garantizaba la salida de Clara, ni el control del nuevo cuerpo. Tomás insistió y dijo que seguir igual ya era perderla. El padre guardó silencio unos segundos. Después le preguntó si iba a obedecer hasta el final sin echarse atrás. Tomás dijo que sí. Entonces el padre habló más bajo y alcancé a oír lo suficiente. Dijo que si la entidad aceptaba pasar a un cuerpo ofrecido, no podían dejarla afirmarse ni tomar control por mucho tiempo.

34:15 Volvimos a entrar. El padre me mandó encender el fogón con ayuda de Jacinto. No explicó para qué lo quería, solo dijo que mantuviéramos viva la lumbre y que no preguntáramos. Mientras metíamos leña, Elena preguntó varias veces qué estaba haciendo. El padre le dijo que cuando llegara el momento le iba a pedir una sola cosa y que lo único que necesitaba de ella era que no se interpusiera. Elena le preguntó si pensaba matar a su esposo. El padre respondió que estaba tratando de salvar a Clara. Elena dejó de insistir. Tomás seguía de pie, callado, con la vista puesta en su hija. El rito continuó. Clara se torció sobre la silla, gritó, volvió a pedir agua y luego se quedó quieta otra vez. El padre repetía las oraciones sin bajar la voz. Yo ya estaba cansado y sentía el calor del fogón, pero siguió igual. Le acercaba el crucifijo a la frente y le exigía nombre y salida.

35:18 Elena temblaba, pero se quedó en su lugar. Jacinto seguía atento. Y yo no dejaba de mirar el fuego y la cara de Tomás. De pronto, sin gritar y sin forcejear, Clara levantó la cara y dijo que aceptaba. Dijo que el trato estaba claro y que solo faltaba la voluntad del padre de familia. Elena salió de su sitio y se agarró del brazo de Tomás. Le dijo que no lo hiciera y que ella prefería morirse con su hija antes de verlo hacer eso. Tomás no levantó la voz y le respondió que Clara ya se les estaba yendo frente a sus ojos y que él no iba a quedarse mirando. Le dijo que si había una forma de sacarla, la iba a tomar. Jacinto apartó a Elena porque el padre Julián ya estaba dando la orden final. Tomás se arrodilló frente a Clara. El padre puso una mano sobre la cabeza de la muchacha y la otra sobre el hombro de Tomás. Le pidió que hablara claro y sin vacilar.

36:21 Tomás tragó saliva, respiró hondo y dijo que si aquello quería salir, saliera de una vez y entrara en él, dejando libre a su hija. Clara sonrió apenas y nadie habló después de eso. El padre siguió rezando y Elena se quedó inmóvil. Yo miré el fogón y miré a Tomás. Ahí supe que ya no había vuelta atrás. Apenas Tomás terminó de ofrecerse, Clara dejó de moverse. Hasta un instante antes tenía el cuerpo tenso, la respiración corta y la cabeza jalada hacia un lado. Después quedó quieta, con los brazos flojos y los ojos medio cerrados. Al mismo tiempo, Thomas se dobló hacia adelante y apoyó una mano en el suelo. Empezó a temblar desde los hombros hasta la espalda.

37:09 Se le apretó la mandíbula y se le marcó el cuello. El padre Julián no dejó de rezar. Jacinto avanzó un paso. Elena se quedó inmóvil, mirando a su hija y a su esposo, sin decidir a cuál acercarse primero. El padre me hizo una seña y yo fui hacia Clara. La vi sudada, agotada y con la cara descompuesta, pero ya no tenía la misma atención de antes. Abrió los ojos despacio y miró alrededor sin fijarse en nadie. Elena quiso correr hacia ella, pero el padre la detuvo con una orden corta y le dijo que todavía no. Clara movió los labios, tragó saliva y llamó a su madre con la voz de siempre. Elena empezó a llorar otra vez y Tomás seguía inclinado, con la mano en el suelo y la cabeza baja. Después se puso de pie, lo hizo sin ayuda y de un solo movimiento. Tomás llevaba días sin dormir bien. Casi no había comido y tenía una mano herida. Aún así, se levantó firme, sin vacilar y sin mirar a nadie. Elena lo llamó por su nombre, pero no respondió. El padre Julián le pidió que dijera quién era. Tomás tardó unos segundos, luego alzó la cabeza y sonrió. No fue una sonrisa larga, fue breve y seca, pero era la misma sonrisa demoníaca que tenía su hija.

38:35 El padre volvió a exigirle el nombre. Entonces habló con una voz más grave y más fuerte que la suya y dijo que el nombre ya no importaba. El padre Julián levantó el crucifijo y siguió con la oración. Tomás dio un paso hacia Clara. El padre se puso enfrente y le arrojó agua bendita a la cara. La reacción fue inmediata. Tomás soltó un grito, empujó al padre con fuerza y lo tiró al suelo. Jacinto se le fue encima por la espalda para detenerlo, lo sujetó por el pecho y por los brazos, pero no logró sostenerlo. Tomás se sacudió y lo aventó contra la pared. Yo retrocedí con Elena, porque ella seguía intentando acercarse. Clara ya estaba despierta del todo, lloraba y jalaba las correas de la silla.

39:27 En ese momento ya no hubo dudas. El padre Julián se puso de pie, se quitó la estola del cuello y la enrolló en el antebrazo. El fogón seguía encendido en un costado, con la lumbre alta y el hierro al rojo vivo. Tomás lo vio y giró hacia la puerta. El padre se lanzó sobre él antes de que llegara. No trató de golpearlo. Se le metió al cuerpo. Le pasó la estola por el hombro y el cuello. Trabó el brazo y se le pegó al pecho. Tomás tiró codazos, giró el torso y trató de arrastrarlo, pero el padre no lo soltó. Siguió rezando con la cara apretada y la voz cada vez más ronca. Jacinto se levantó y fue a ayudar. Se puso del lado derecho de Tomás y empujó con el hombro. Entre los dos lo fueron desviando hacia el fogón. Yo no pude acercarme porque Elena se me vino encima para pasar. La sujeté por los brazos y ella empezó a gritar el nombre de su esposo.

40:27 Clara también gritaba desde la silla y llamaba a su padre. La capilla se llenó de voces, golpes y ruido de leña. El padre Julián no dejó de rezar ni una sola vez. Tomás metía los pies, se retorcía y buscaba abrirse paso hacia la puerta, pero ya estaba atrapado entre el padre, Jacinto y el fuego. Cuando llegaron al borde del fogón, Tomás plantó los pies y se echó para atrás. El padre apretó más la estola, hundió el hombro y lo empujó otra vez. Jacinto ayudó por un lado. Yo seguía forcejeando con Elena para que no corriera hacia ellos. Entonces el padre Julián levantó el crucifijo, lo clavó contra el pecho de Tomás y se arrojó con él al fuego.

41:12 Los dos cayeron de frente sobre la reja. El hierro cedió. Hubo un golpe seco Se levantaron brasas y la lumbre se abrió. Elena gritó con toda la fuerza que le quedaba. Clara soltó un alarido y empezó a sacudir la silla. Yo solté a Elena un segundo, para correr por una manta y por agua. Jacinto volvió a sujetarla antes de que llegara al fogón. Cuando me di vuelta, vi a Tomás entre las llamas. Se estaba moviendo. Había logrado levantar medio cuerpo y sacar un brazo. El padre seguía aferrado a él. No le vi la cara por el humo y por el fuego, pero sí vi que no lo soltó.

41:52 Tomás trató de arrastrarse hacia afuera, pero el padre lo jaló otra vez hacia adentro. Escuché que gritó que nadie se acercara, y después solo oí el fuego, los gritos de Elena y el llanto de Clara. Tardamos unos minutos en apagar lo suficiente para acercarnos. Fueron minutos largos y torpes. Echamos agua, Movimos la leña con un fierro y apartamos lo que ardía. Yo me quemé una mano en ese intento y Jacinto se abrió la palma con un borde del hierro. Cuando por fin pudimos meter la manta y tirar de los cuerpos ya era tarde. Sacamos primero al padre Julián. Tenía las manos cerradas sobre la estola quemada.

42:34 Después sacamos a Tomás que todavía movió la mandíbula una vez, pero murió ahí mismo. Elena cayó al suelo al verlo. Ya no gritó. Se quedó de rodillas y no apartó la vista de él. Clara seguía atada a la silla. Lloraba, jalaba las correas y llamaba a su padre. Fui yo quien terminó de soltarla. Tenía las muñecas hinchadas y la voz rota. Apenas quedó libre, quiso correr hacia Tomás. Jacinto la detuvo por la cintura y la apartó del fogón. Yo miré a Clara, miré al padre y miré a Tomás. Los dos estaban muertos. Y en la capilla solo quedó el ruido de la leña consumiéndose y el llanto de la muchacha. Ese día murieron Tomás y el padre Julián.

43:22 Clara sobrevivió. Estuvo enferma mucho tiempo y tardó en volver a hablar con normalidad. Elena siguió viva, pero quedó quebrada desde esa tarde. En el pueblo nadie habló mucho del tema después de los entierros. Yo ayudé a preparar los cuerpos y estuve cuando cerraron la capilla. Lo que pasó terminó ahí. Clara salió viva. Tomás se entregó. Y el padre Julián no soltó al demonio cuando entró en él. Yo estuve adentro y lo vi de principio a fin. Por eso lo recuerdo así. Todavía recuerdo esa casa. Recuerdo la puerta abierta, los gritos adentro y la cara con la que entramos varios vecinos. También recuerdo la cara con la que salimos. Yo no cuento esto porque me lo hayan dicho después, yo estuve ahí. Entré cuando fueron por el párroco y seguí dentro hasta que ya no quedó nada por hacer. Por eso lo digo de frente y sin adornos. Los hermanos eran Iván y María Varela. Vivían con sus padres, Carlos y Marta. En el pueblo todos los conocíamos. No eran gente problemática. La que empezó a cambiar fue María. Se puso nerviosa, dormía mal y decía que sentía una presencia encima. Eso fue lo que la llevó con Ofelia, una mujer del pueblo que hacía limpias

44:53 y trabajos. Después, cuando todo ya estaba desatado, ella misma admitió lo que hizo. Usó una foto donde salían los dos hermanos y abrió una puerta que no pudo cerrar. Cuando llegué a la casa, Carlos ya estaba herido y Marta lloraba sin poder ordenar una frase entera. Un vecino había entrado antes que yo, al escuchar golpes y gritos. Entre él y los padres trataban de contener a los hermanos. Apenas crucé la puerta, entendí que aquello ya no era una pelea de familia ni una crisis nerviosa. Había muebles tirados y marcas de golpes en la pared. Iván estaba en el pasillo. Tenía la espalda tiesa, los brazos tensos y la cabeza torcida hacia un lado. María se movía entre la sala y el comedor, pero no caminaba bien.

45:44 Daba pasos bruscos, cortados, y de pronto se detenía. Los dos tenían la cara cambiada. Sus rasgos seguían ahí, pero estaban duros y vacíos. Marta no dejaba de llamarlos por su nombre. Carlos quiso acercarse a su hijo y recibió un golpe en la cara, que lo hizo retroceder hasta la pared. Nosotros entramos para ayudar y la situación empeoró en segundos. Iván no forcejeaba a ciegas, golpeaba directo, tiraba puños, empujaba con el hombro y usaba todo el cuerpo para soltarse. María fue más violenta, se lanzó sobre uno de los vecinos y le mordió el hombro. Lo agarró con una rabia seca, sin soltar. Entre dos hombres lograron apartarla. Gritaba con una voz rota y áspera. Nos fuimos encima de Iván entre varios, lo tiramos al suelo y le amarramos las manos, con lo primero que encontramos. Mientras se retorcía, la camisa se le subió y entonces vimos la marca.

46:44 Tenía un 666 en la espalda. No era tinta ni una herida normal. La piel estaba levantada alrededor del número. Los bordes se veían rojos y el centro estaba oscuro. El número estaba marcado con una claridad brutal. Marta soltó un grito y se fue hacia María. La detuvimos, giramos a la muchacha y vimos la misma marca en el mismo lugar. Ahí la casa se quedó en silencio. Hasta los hermanos dejaron de moverse por unos segundos. Carlos pidió que trajéramos al padre Tomás. Salí con otro vecino y fuimos por él. Volvió de inmediato. Entró, miró primero a los padres, después a los hermanos y luego a la marca. No perdió tiempo con preguntas. Se acercó, les habló por su nombre y les tocó la frente con agua bendita. Los dos se quedaron quietos al mismo tiempo. Giraron la cara hacia él despacio y se echaron a reír. Esa risa fue igual en los dos. Sonó idéntica. Mismo ritmo, mismo tono, misma intención. El padre Tomás siguió rezando, pero en cuanto el agua les tocó la piel, Iván abrió la boca más de lo normal y soltó un sonido grave, que nos dejó helados. En ese mismo momento, María se golpeó la cabeza contra la pared. Marta quiso correr hacia ella y dos mujeres la detuvieron. El padre dio un paso atrás y dijo que solo no podía con eso. A Ofelia la trajeron poco después. Entró con un bolso negro

48:18 y una caja de madera apretada contra el pecho. apenas vio a los hermanos bajo la cara carlos le exigió que hablara claro marta quiso irse encima de ella pero estaba tan golpeada que apenas se sostenía ofelia no negó nada y dijo que durante el trabajo abrió una puerta que algo respondió y que la foto de los dos hermanos permitió que entraran por ambos dijo que se había equivocado y que sola ya no podía revertir lo que había hecho El padre Tomás mandó aviso al obispado y pidió sacerdotes con experiencia en exorcismos. Mientras llegaban, la situación empeoró.

48:59 Los hermanos pasaban de una quietud total a una violencia brutal sin aviso. Se golpeaban contra el piso, contra la pared y contra los muebles. Tuvimos que reforzar las ataduras porque se lastimaban sin freno, y aún así seguían moviéndose, con una fuerza que obligaba a varios hombres a sujetarlos. Ofelia no soltó la caja en ningún momento y se quedó apartada, con la vista clavada en los hermanos. El miedo se le veía en la cara. Solo dijo que formaba parte del trabajo y que no pensaba tocar nada hasta entender bien con qué estaban tratando. Cuando llegaron los otros sacerdotes, la casa ya era otra cosa. Los curas entraron, revisaron a los hermanos, Hablaron con el padre Tomás y con Ofelia y enseguida ordenaron separar a Iván y a María en cuartos distintos. Sacaron a los curiosos, dejaron solo a los que podían ayudar a sujetarlos y pidieron que los padres se quedaran juntos. Yo me quedé porque Carlos me lo pidió. Cerramos puertas y ventanas. Los sacerdotes prepararon lo necesario. Los hermanos dejaron de gritar y se quedaron atentos.

50:13 Ya no golpeaban, ya no forcejeaban, solo miraban. Ofelia levantó la vista y dijo en voz baja que si esas presencias ya estaban afirmadas en los dos cuerpos, sacarlas no iba a ser sencillo. Nadie respondió. Entonces empezó el primer exorcismo y ahí entendí que lo peor todavía no había pasado. Los sacerdotes entraron al trabajo con una calma firme. No levantaron la voz ni perdieron tiempo. El padre Julio tomó el mando. Ordenó que Iván se quedara en el comedor amarrado a la mesa con cuerdas nuevas y que María fuera llevada al cuarto contiguo, sujeta a la cama con mantas en las muñecas. El padre Tomás quedó entre los dos espacios. El padre Beltrán se puso junto a Iván.

51:01 Los padres quedaron en el pasillo y Julio les pidió que no se separaran. Yo me quedé con Beltrán sujetando a Iván por el hombro y el brazo. El rito empezó sin gritos. Primero rezaron en latín y después hablaron en voz clara, ordenando la salida de lo que estuviera dentro. Durante unos segundos, los dos hermanos se quedaron quietos, pero esa quietud duró poco. Iván empezó a mover los labios al mismo ritmo que el rezo. Desde el cuarto, María respondió con el mismo compás. Ahí supe que no teníamos dos crisis separadas, teníamos una sola voluntad, repartida en dos cuerpos. El padre Julio le preguntó a Iván su nombre. Iván no lo miró, sonrió y habló con una voz grave, más baja que la suya. Dijo que ya estaban adentro y que no iban a salir. María repitió lo mismo desde el cuarto y tiró de las cuerdas con tanta violencia que levantó una pata de la mesa. Al mismo tiempo, María golpeó la cabecera de la cama contra la pared varias veces seguidas. El padre Tomás fue al cuarto de María y volvió de inmediato. Beltrán siguió rezando sin parar.

52:14 Julio pasó del latín al castellano y empezó a dar órdenes directas. Ofelia se quedó al fondo, con la caja apretada contra el pecho. En una de esas sacudidas, María vomitó. Tomás la revisó y luego salió con tres clavos pequeños sobre un paño. Tenían sangre, pues los vi yo también. Marta empezó a llorar con más fuerzas. Carlos quiso entrar al cuarto de su hija, pero el padre Julio se lo impidió. Las voces de los hermanos empezaron a cambiar. Por momentos se oían como Iván y María. Al instante siguiente salían secas, gastadas y profundas. Contestaban. Cuando los sacerdotes les ordenaban salir, respondían que ya tenían permiso. Cuando Marta rogaba por sus hijos, las voces le contestaban con recuerdos de la familia. Y con cosas privadas, eso la quebró.

53:09 En un momento, María llamó a Marta con su voz normal. Le dijo mamá y nada más. Marta dio un paso y el padre Tomás le cerró el paso. En ese mismo instante, la voz cambió. Desde el cuarto salió un tono áspero y profundo y dijo que si seguían con el rito, iban a perder a los dos. Carlos dio un paso al frente y contestó con rabia. Entonces ocurrió. Se dobló hacia un lado y se oyó el tronido. El brazo se le quebró delante de todos. No hubo golpe, caída ni forcejeo. El hueso se rompió y Carlos cayó de rodillas sujetándose el antebrazo. Marta quiso alcanzarlo y soltó un grito antes de llegar. Se llevó la mano al hombro y cayó al suelo. Después supimos que la clavícula se había quebrado. Ahí cambió todo dentro de la casa.

54:01 Los sacerdotes siguieron con el rito. Julio ordenó que apartáramos a Carlos y a Marta de la vista directa de los hermanos. Entre dos vecinos intentamos arrastrarlos hacia el pasillo. Iván giró la cabeza hacia nosotros con un crujido seco en el cuello. Del otro lado, María hizo lo mismo. Después hablaron los dos al mismo tiempo. No pidieron, exigieron. Dijeron que solo uno de los cuerpos podía salvarse y que los padres debían elegir. Dijeron que si elegían de inmediato, uno de sus hijos volvería. El padre Julio ordenó que nadie respondiera. El padre Tomás dijo que era una trampa.

54:43 Beltrán siguió rezando más fuerte. Ofelia habló por primera vez desde que había empezado el rito y dijo que esas presencias estaban cerrando el vínculo entre los dos hermanos. También dijo que buscaban una decisión de los padres para afirmarse del todo. Marta lloraba y decía que no la obligaran a escoger. Carlos apretaba los dientes con el brazo roto y la cara ensangrentada mirando a sus hijos. Las voces insistieron y empezaron a contar. Cada pausa terminaba en otro golpe. María se azotaba la cabeza contra la pared. Iván golpeaba la espalda contra la mesa. La sangre ya le corría a María por la nuca y a Iván por la oreja.

55:29 Escuché a Marta decir que no podía hacerlo y a Carlos pedirle que pensara. También escuché a sus hijos gritar desde dos cuartos con voces ajenas y demoníacas. Al final dijeron el nombre de María, pero lo dijeron quebrados. En cuanto la elección quedó dicha, la casa entera se quedó en silencio por un instante. Después los dos hermanos se echaron a reír. Esa risa fue peor que la primera. Los sacerdotes redoblaron el rito. Carlos bajó la cabeza y empezó a llorar sin hacer ruido, y Marta quiso llamar a su hija, pero no le salió la voz. Ofelia miró entonces la caja de madera. La abrió por primera vez delante de todos. Dentro había un espejo pequeño, envuelto en hilo negro y varios objetos del trabajo. Lo sostuvo apenas un momento y bajó la vista. En esa casa ya no se estaba peleando por salvar a los dos.

56:28 Se estaba llegando a un punto donde todo iba a romperse esa misma noche. Después de que los padres dijeron el nombre de María, todo cambió dentro de la casa. Iván y María dejaron de forcejear como antes. En el pasillo, Carlos y Marta quedaron en el suelo, heridos y destrozados. Las voces salieron otra vez desde los dos cuartos. Ya no ofrecían nada. Ya no fingían negociar, solo se burlaban. María le dijo a Marta que había elegido bien. Después Iván dijo que toda elección tenía un precio. Luego hablaron los dos al mismo tiempo y celebraron que ya no había vuelta atrás. Eso lo supimos todos en ese mismo instante.

57:15 El padre Tomás apoyó el crucifijo sobre la espalda de Iván, justo encima del 666. Iván se arqueó con una fuerza brutal y lanzó un grito que llenó el comedor. En el cuarto, María respondió con otro grito igual de áspero. Yo seguía sujetando a Iván por el hombro y el brazo, pero cada vez que les echaban agua bendita, los dos se estremecían y luego golpeaban con más violencia. Carlos trató de arrastrarse hacia Marta con el brazo sano. Ella respiraba mal, tenía el hombro roto y aún así seguía llamando a sus hijos por su nombre. Escuché el tronido en el cuello de Marta. Fue seco. Ella se dobló de lado y cayó al suelo. Carlos alcanzó a mirarla y soltó un sonido corto, ahogado, que todavía recuerdo. Intentó levantarse, pero no llegó a hacerlo. Otro tronido le quebró el cuello y cayó junto a ella. Murieron casi al mismo tiempo, sin que nadie pudiera ayudarlos. Los sacerdotes se quedaron quietos un segundo. Fue un solo segundo. pero bastó. María levantó la espalda y quebró una tabla de la cama. Iván terminó de zafarse una mano y estuvo a punto de volcar la mesa. Dijeron que los padres ya habían pagado, que la elección era el sello que necesitaban y que ninguno de los dos cuerpos iba a volver. Julio reaccionó enseguida y siguió rezando. El padre Tomás volvió a ponerse

58:47 frente a Iván. Beltrán entró al cuarto de María para ayudar a contenerla. Yo miré a Ofelia en ese momento y vi que había entendido algo. Caminó hasta el centro del pasillo con la caja en las manos. Pidió que la dejaran hablar, pero nadie quería escucharla. Pero habló de todos modos. Dijo que esas presencias no habían pedido una elección para cumplirla. La habían pedido para engañar a los padres y cerrar la posesión por completo. explicó que el trabajo que hizo con la foto y el espejo había dejado una puerta abierta entre los dos hermanos mientras esa puerta siguiera activa los demonios podían mantenerse en ambos cuerpos también dijo que necesitaban quebrar la voluntad de los padres para fijarse del todo el padre julio le preguntó si quedaba una forma de cerrar eso ofelia respondió que sí pero también dijo que ya no servía para salvar a Iván ni a María. Dijo que el espejo del trabajo había sido puerta y ancla. Mientras siguiera entero, el vínculo entre los dos cuerpos seguía abierto, pero si el espejo se rompía, el vínculo se cerraba. Los hermanos seguían destrozándose el cuerpo. Iván sangraba por la nariz, por una oreja y por la espalda, y María tenía un brazo fuera de lugar y la nuca abierta. Los sacerdotes aceptaron ayudar a sujetarlos un último momento. El padre Julio tomó a

1:00:20 María por los hombros y el pecho. Tomás y Beltrán se fueron sobre Iván. Yo me quedé con ellos porque soltarlo habría sido dejar que se levantara. Ofelia abrió la caja, sacó el espejo pequeño envuelto en hilo negro, lo sostuvo con las dos manos y empezó a decir unas palabras muy cortas y firmes. Las voces dejaron de burlarse y pasaron al grito. Amenazaron y dijeron que se iban a quedar y que iban a volver. Los sacerdotes siguieron rezando por encima de esos gritos. Entonces Ofelia apoyó el espejo contra el borde de la caja y lo quebró. El sonido fue seco y después vino un silencio total. Los dos cuerpos cayeron al mismo tiempo. Iván quedó atravesado sobre la mesa. María cayó de lado sobre la cama. Ya no golpeaban y ya no respiraban. Los sacerdotes buscaron pulso en los dos, pero no encontraron nada. Las marcas de la espalda empezaron a perder fuerza. Ofelia se sentó en el suelo con las manos cortadas por el vidrio. Ella misma dijo que los demonios habían mentido desde el principio y dijo que, aunque los padres hubieran elegido a Iván, el final habría sido el mismo. ninguno iba a salvarse.

1:01:40 También dijo que romper el espejo había matado a los dos cuerpos, pero había cerrado la salida de esas presencias. Cuando llegó la policía, todo había terminado. Después vinieron el forense, la diócesis y el silencio del pueblo, pero yo no. Yo recuerdo los dos cuerpos, la marca en la espalda, la risa después de la elección y el momento exacto. en que se supo que nadie iba a salir vivo de esa casa. También recuerdo a Ofelia rompiendo el espejo. Eso fue lo que pasó. Yo estaba ahí. Y desde esa noche entendí que ya era tarde, mucho antes de que nosotros cruzáramos esa puerta.