El Error Que Aún Sigue Dentro De Mí
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0:05 Mucha gente cree que cuando alguien está poseÃdo, el demonio empieza por romperle el cuerpo. Yo también lo creÃa. Hasta la noche en que vi a mi primo Gabriel pegado al techo. Y escuché salir de su boca la voz de mi hermano muerto. Azael ya le habÃa destrozado los brazos a Gabriel. Pero conmigo hizo otra cosa. Sacó un recuerdo que llevaba 15 años incompleto y me obligó a verlo hasta el final. Gabriel llevaba varios dÃas extraño. DormÃa poco, casi no comÃa y pasaba horas sentado frente a la misma pared. Su madre pensó que estaba enfermo. Su padre creyó que era agotamiento. Pero todo cambió cuando lo encontraron de rodillas frente al espejo del baño, con dos uñas arrancadas y una palabra escrita con sangre sobre el vidrio. Asael.
0:56 Yo vi el espejo antes de que lo limpiaran. Gabriel estaba en la sala, con las manos envueltas en una toalla y la mirada clavada en el piso. Le pregunté qué habÃa hecho, levantó la cabeza y me pidió ayuda. No dijo nada más. La familia llamó a Diego, un sanador al que conocÃamos desde hacÃa años. Llegó, habló con Gabriel durante unos minutos y pidió que lo lleváramos al sótano de su casa. Su madre se quedó arriba y su padre también. Yo bajé porque Gabriel me habÃa pedido que no lo dejara solo. Diego lo sentó en una silla, me entregó un crucifijo de hierro y me indicó que lo mantuviera en la mano. También me advirtió que no respondiera si Gabriel empezaba a mencionar muertos, secretos de la familia o cosas que yo nunca hubiera contado. Le pregunté por qué y me respondió que si estaba frente a lo que sospechaba. Esa entidad iba a buscar algo dentro de nosotros antes de intentar cualquier otra cosa. Gabriel respiraba rápido, tenÃa la cara pálida y las manos apoyadas sobre las piernas.
2:02 Diego comenzó con preguntas sencillas. Primero le pidió su nombre, luego el de su madre, y después le preguntó qué habÃa escrito en el espejo. Gabriel contestó las dos primeras preguntas, pero con la tercera levantó la cabeza. Su cuello crujió y antes de que yo pudiera reaccionar, otro chasquido salió del hombro derecho. Y el brazo empezó a girarse hacia atrás. Gabriel abrió la boca y soltó el aire. El codo siguió doblándose hasta quedar detrás de su espalda. Y la muñeca terminó torcida contra la camiseta. Avancé por instinto, pero Diego me ordenó que no me acercara. Entonces comenzó el otro brazo. Gabriel lloró en silencio mientras el hombro se desplazaba y el codo se doblaba en sentido contrario. La silla cayó de lado, él golpeó el piso y las piernas se recogieron debajo de su cuerpo. Escuché varios crujidos seguidos y apreté el crucifijo con tanta fuerza que el borde me lastimó la palma. Quise levantarlo, pero Diego me cerró el paso y dijo que no lo tocara. Gabriel empezó a arrastrarse hasta la pared, apoyó las manos deformadas y subió. No saltó ni tomó impulso. Avanzó primero con los brazos, luego con los pies, hasta dejar de tocar el suelo. Lo vi llegar al techo, girar el cuerpo y quedarse arriba, boca abajo, sujeto con las manos y los pies. Una gota de sangre cayó junto a mÃ.
3:32 Después abrió los ojos. Ya no se veÃa el color de sus iris ni la parte blanca. Los dos eran completamente negros. Diego se quedó callado y cuando retomó la oración, la voz le temblaba. Gabriel abrió la boca y soltó una risa grave que hizo vibrar la lámpara. Yo seguà sujetando el crucifijo. Después dejó de mirar a Diego. Giró la cabeza hacia mà y guardó silencio. Entonces escuché la voz de Andrés. Mi hermano llevaba 15 años muerto. TenÃa 9 cuando se ahogó en el rÃo y yo tenÃa 17. Durante todo ese tiempo repetà la misma versión. HabÃamos ido sin permiso. Andrés se metió demasiado. Perdió pie, la corriente se lo llevó y yo corrà a buscar ayuda. Eso fue lo que conté en casa y lo que terminé aceptando como mi único recuerdo de aquella tarde. Gabriel dijo mi nombre con la voz de Andrés y la mano con la que sostenÃa el crucifijo se aflojó. Diego me gritó que no lo soltara, pero Gabriel continuó. Usó el apodo que mi hermano me decÃa cuando éramos niños y nadie ahà lo conocÃa. Me costó respirar. Luego dijo que yo todavÃa recordaba su mano cerrándose sobre mi muñeca. En ese momento volvió el rÃo. Vi el agua a la altura del pecho de Andrés, su cara mojada y su brazo extendido hacia mÃ. Yo estaba cerca, mucho más cerca de lo que habÃa recordado durante años. Me vi alcanzándolo
5:04 y sujetándolo del antebrazo. Andrés tosÃa, tragaba agua y trataba de afirmarse en mÃ. Sus dedos se cerraron alrededor de mi muñeca y sentà otra vez su peso jalándome hacia adelante. Hasta esa noche mi memoria empezaba cuando yo ya corrÃa lejos del rÃo buscando ayuda. No recordaba haber llegado hasta él, tampoco haber sentido su mano sobre la mÃa. Esa parte habÃa quedado fuera durante quince años. Gabriel seguÃa pegado al techo. mirándome con aquellos ojos negros, y sonrió cuando vio mi reacción y volvió a hablar con la voz de Andrés. Dijo que todavÃa faltaba la parte importante. Diego me ordenó que lo mirara a él, que respirara y mantuviera el crucifijo cerrado en la mano. Intenté obedecer, pero la voz de mi hermano volvió a llenar mi cabeza, y entonces apareció el siguiente recuerdo. Yo habÃa sido el último en tocarlo, y todavÃa sentÃa los dedos de Andrés cerrados sobre mi muñeca, cuando recordé lo que habÃa ocurrido después. Yo intentaba sacarlo del agua, pero él se desesperó y tiró de mà con tanta fuerza que perdà apoyo. Tragué agua, hundà un pie y sentà que los dos podÃamos irnos al fondo.
6:23 Entonces aflojé los dedos, no resbalé, no perdà fuerza, no fue un movimiento involuntario. Abrà la mano y lo solté. El crucifijo cayó al piso y escuché a Diego gritar mi nombre, aunque apenas distinguà su voz. Yo seguÃa viendo a Andrés intentando mantenerse arriba mientras retrocedÃa hacia la orilla. Gabriel soltó una risa desde el techo y Diego se acercó para golpearme con la palma en el pecho, y el impacto me hizo reaccionar. Me ordenó que recogiera el crucifijo y dejara de seguir lo que Asael me estaba mostrando. También me advirtió que podÃa mezclar hechos reales con mentiras hasta hacerme perder el control. Me agaché, recuperé el hierro y quise creerle. Necesitaba pensar que aquella escena no habÃa ocurrido de esa manera. Gabriel dejó de reÃr y dijo que yo no habÃa corrido por ayuda. Entonces recordé lo que vino después de soltar a Andrés. Salà del agua, llegué hasta la orilla y escuché que gritaba mi nombre, pero no corrà hacia ninguna casa ni llamé a nadie.
7:29 Me alejé unos metros y me quedé junto a un árbol mirando el rÃo. Mis padres nos habÃan prohibido ir hasta allá, y yo sabÃa que si Andrés salÃa lastimado, tendrÃa que explicar por qué lo habÃa llevado conmigo. TenÃa 17 años, estaba asustado y pensé primero en lo que me iba a pasar a mÃ. Me quedé quieto mientras mi hermano seguÃa pidiendo ayuda. Diego volvió a llamarme. Levanté la vista y vi que Gabriel empezaba a soltarse del techo. Bajó una mano, después uno de los pies y mantuvo el resto del cuerpo sujeto mientras giraba hacia mÃ. Diego sacó una punta de hierro que llevaba guardada y me dijo que era una reliquia. La sostuvo frente a mà y me explicó que Gabriel ya no reaccionaba con él.
8:18 toda su atención estaba puesta en mÃ. Si conseguÃamos hacerlo bajar, yo tendrÃa que acercarme y clavarle aquella pieza en el pecho. Le pregunté por qué tenÃa que hacerlo yo. Diego me respondió que Azahel ya habÃa elegido dónde atacar, y no iba a apartarse mientras pudiera seguir usando lo de mi hermano contra mÃ. Me puso la reliquia en la mano y continuó rezando. Gabriel empezó a bajar, apoyó las manos deformadas contra la pared, Luego los pies y descendió sin apartar los ojos de mÃ. Sus brazos seguÃan torcidos y cada movimiento producÃa un crujido distinto. Cuando llegó al suelo intentó enderezarse. El hombro derecho estaba más bajo que el otro y una de sus muñecas seguÃa doblada hacia atrás.
9:05 Aún asà avanzó sin detenerse. RetrocedÃ. Gabriel volvió a usar la voz de Andrés y dijo que mi hermano habÃa salido a la superficie después de que yo llegara al árbol. El aire se me cortó. Vi a Andrés levantar la cabeza entre el agua, toser y buscar la orilla. Yo estaba frente a él. Me vio, sus ojos encontraron los mÃos y levantó un brazo. Después volvió a hundirse. Yo habÃa presenciado esa última salida y durante quince años no la habÃa recordado. Gabriel sonrió y siguió acercándose. Diego rezaba detrás de él, pero Asael no apartaba los ojos de mÃ.
9:47 Con la voz de mi hermano, dijo que podÃa mostrarme lo que Andrés pensó antes de morir. Durante años habÃa querido saber si tuvo miedo, si creyó que yo iba a volver, o si entendió que lo habÃa dejado. ahà abrà la boca y estuve a punto de preguntarlo gabriel inclinó la cabeza y esperó y no dijo nada más ahà vi lo que estaba haciendo esperaba que yo pidiera la siguiente parte si preguntaba iba a querer otra respuesta Luego otra, y Gabriel seguirÃa delante de mà con el cuerpo destrozado mientras yo escuchaba. Cerré la boca y apreté la reliquia, y la sonrisa desapareció de su cara. Avancé un paso. Luego volvió a pronunciar mi nombre con la voz de Andrés. Las piernas me temblaron, pero seguÃ. Entonces dijo que mi hermano habÃa muerto mirándome desde el agua.
10:41 Me detuve. La imagen de Andrés regresó con tanta fuerza. que la punta de hierro empezó a resbalarme entre los dedos. Para reaccionar, me mordà el labio hasta abrirlo. Sentà el corte y la sangre dentro de la boca, y el dolor me sacó del recuerdo. Volvà a ver a Gabriel frente a mÃ, a Diego detrás de él y la reliquia todavÃa en mi mano. Azael abrió la boca para hablar otra vez, pero corrà hacia Gabriel antes de que pudiera hacerlo. Ãl reaccionó primero. El brazo derecho, todavÃa torcido detrás de la espalda, giró con un crujido y volvió parcialmente a su sitio. Me golpeó en el hombro y me lanzó contra la pared, y la reliquia casi salió de mi mano. Diego lo sujetó por detrás. Gabriel se soltó con un movimiento seco y lo tiró al piso.
11:33 Después vino hacia mÃ, con sangre en la boca y los ojos completamente negros. Levanté el crucifijo por reflejo. Pero Gabriel no redujo el paso. Seguà sosteniéndolo durante un segundo, esperando que ocurriera algo, pero continuó avanzando. Bajé la vista a mis manos. En una tenÃa el crucifijo y en la otra la punta de hierro que Diego me habÃa entregado. Guardé el crucifijo contra la palma, cerré los dedos sobre la reliquia y volvà a mirar a Gabriel. Ya estaba encima de mÃ, En ese momento dejé de esperar que el hierro que llevaba en la mano izquierda pudiera detenerlo.
12:14 La única oportunidad estaba en la otra. Gabriel se lanzó sobre mà antes de que pudiera apartarme. Me golpeó con la frente en el cuello y caà de rodillas. El crucifijo salió de mi mano, pero la punta de hierro siguió cerrada entre mis dedos. Se inclinó hasta quedar frente a mi cara y volvió a usar la voz de Andrés. Me dijo que yo habÃa apartado la mirada cuando él pidió ayuda por última vez. El recuerdo me llegó completo. Vi a mi hermano hundirse. Escuché su grito y recordé que giré la cabeza hacia el árbol porque ya no querÃa verlo. me dieron ganas de vomitar Gabriel abrió la boca para seguir hablando y aproveché ese instante me levanté apoyé las dos manos sobre la reliquia y se la clavé en el centro del pecho la punta atravesó la camiseta y entró con resistencia pero empujé hasta que mis manos chocaron contra su cuerpo y Gabriel gritó primero escuché su voz después salieron otras mezcladas con ella graves agudas todas al mismo tiempo La lámpara se apagó y volvió a encenderse. Ãl retrocedió, chocó contra la pared y empezó a subir otra vez con la pieza todavÃa clavada en su pecho. Sus manos encontraron apoyo, luego los pies, y en pocos segundos estaba en el techo. Ahà comenzó a sacudirse.
13:41 La espalda golpeó varias veces contra la superficie. El hombro derecho volvió a desplazarse y uno de sus brazos quedó colgando. Diego consiguió levantarse y me ordenó que me apartara. Una mano de Gabriel se soltó, luego un pie. Intentó sujetarse con el otro lado del cuerpo, pero perdió el apoyo y cayó. El golpe contra el piso fue seco. Quedó de costado sin moverse. Pensé que lo habÃa matado y avancé, pero Diego me cerró el paso. Gabriel abrió la boca y comenzó a expulsar un lÃquido oscuro y espeso. Le salió también por la nariz, tosió varias veces y terminó respirando con dificultad. Diego se arrodilló, retiró la punta de hierro y comprobó que respirara. Gabriel abrió los ojos y el color café habÃa vuelto. Me miró sin reconocer el lugar, bajó la vista hacia sus brazos e intentó moverse, pero el dolor lo hizo gritar. Diego le pidió que no hiciera fuerza. Yo seguÃa junto a la pared, con el labio abierto y las manos manchadas de sangre. Gabriel empezó a llorar y preguntó qué le habÃa pasado. Recordaba haberse sentado en la silla, pero nada de lo ocurrido después.
14:58 Logramos sacarlo de ahà y recibió atención médica. TenÃa fracturas en los brazos, una pierna, los hombros y varias lesiones en la columna. sobrevivió a las operaciones pero no recuperó toda la movilidad y desde entonces usa una silla de ruedas y uno de sus brazos quedó limitado la primera vez que fui a verlo después de que regresó a casa me preguntó si habÃa lastimado a alguien le dije que no luego quiso saber si yo habÃa estado con él durante todo lo ocurrido y respondà que sà me dio las gracias y bajó la mirada hacia sus piernas No le conté que habÃa escuchado sus articulaciones romperse, tampoco que habÃa oÃdo la voz de Andrés salir de su boca.
15:44 Ãl no recordaba nada de eso y yo no iba a poner esas imágenes en su cabeza. Durante varias semanas intenté convencerme de que Asael habÃa mezclado mi culpa con hechos inventados. Diego me habÃa advertido que podÃa hacerlo y necesitaba comprobar qué parte pertenecÃa a mi memoria. Volvà al rÃo, reconocà el lugar donde Andrés perdió pie, el árbol junto al que me quedé, y el punto donde lo vi salir a la superficie por última vez. Después fui a casa de mi madre y le pregunté por las marcas que yo tenÃa en la muñeca cuando murió Andrés. No necesité darle más detalles. Recordó cuatro cortes pequeños y varios moretones alrededor de la piel. También recordó mi explicación. Yo le habÃa dicho que una rama me habÃa lastimado mientras buscaba ayuda. Esa mentira seguÃa intacta en su memoria, pero en la mÃa, por fin, también estaba la verdad. Las marcas habÃan quedado donde Andrés me sujetó antes de que yo abriera la mano. No volvà a preguntarle nada a mi madre. Tampoco hablé del rÃo con Gabriel. Creà que el recuerdo serÃa la única consecuencia de aquella noche. DÃas después, mientras me lavaba los dientes, sentà dolor en la encÃa derecha.
17:03 Me acerqué al espejo y vi que uno de mis caninos terminaba en una punta más marcada. Lo observé durante varios dÃas y siguió creciendo. Y después empezó el otro. Tomé fotografÃas para compararlas y en cada imagen las puntas eran un poco más largas que en la anterior. Guardé las fotos y no se las mostré a nadie. Una madrugada desperté de pie frente al espejo del baño, pero no recordaba haber salido de la cama. TenÃa sangre en la boca, asà que me revisé el labio pensando que habÃa vuelto a morderme, pero no encontré ninguna herida. Miré mis manos. Debajo de la uña del Ãndice habÃa sangre fresca y sobre el vidrio estaba escrito el nombre de Andrés.
17:49 Lo borré con agua y me quedé ahà hasta que no quedó ninguna marca. Desde entonces, reviso mis dientes al levantarme. El canino derecho ha seguido creciendo y la encÃa sangra con frecuencia. Hace unos dÃas me acerqué al espejo para verlo mejor. Abrà la boca, comprobé la punta y después cerré los labios. Mi reflejo también lo cerró, pero lo hizo después que yo. Yo ya habÃa dejado de sonreÃr, pero mi reflejo todavÃa no. El peor sonido del mundo no es un grito de dolor. Es el crujido de tus propios dientes ensanchándose y rompiendo tus encÃas porque algo dentro de ti necesita más espacio para morder. Yo escuché ese sonido salir de la boca de mi hermana. Recuerdo el primero y todos los que vinieron después. Laura llevaba varios dÃas enferma. La fiebre iba y venÃa. DormÃa poco y se quejaba de una presión constante en la mandÃbula.
18:57 Un dentista la habÃa revisado y no encontró una causa, asà que decidà quedarme con ella en una cabaña que nuestra familia usaba desde hacÃa años. Nuestros padres estaban fuera y yo no querÃa dejarla sola. La idea era simple, descansar, vigilar que comiera y esperar a que el malestar se diera. La cabaña habÃa pertenecido a nuestra abuela y todavÃa guardaba algunas de sus cosas. Antes de instalarnos movà una caja al armario del dormitorio. Dentro habÃa un rosario, varios papeles viejos y una pequeña botella de agua bendita cerrada con cera. La vi, la dejé donde estaba y seguà acomodando nuestras pertenencias.
19:40 En ese momento no tenÃa ninguna razón para volver a buscarla. Laura comÃa poco y hablaba menos. A ratos se tocaba la cara y decÃa que sentÃa los dientes demasiado apretados. Yo atribuÃa todo al dolor y a la falta de sueño. La noche en que cambió todo, un ruido me despertó. Laura estaba sentada frente a mÃ, con las manos sobre las piernas y los ojos abiertos. Le pregunté qué hacÃa ahÃ. Tardó en responder y después dijo que le dolÃa mucho la boca. Encendà la luz, me acerqué y vi sangre en las encÃas. Fui por una gaza porque pensé que se habÃa mordido, pero cuando regresé habÃa más sangre y ella apretaba la mandÃbula con tanta fuerza que le temblaba el cuello. Le pedà que aflojara la boca, negó con la cabeza y se llevó las manos a la cara.
20:32 Entonces escuché el primer crujido. Fue seco, corto y salió de su mandÃbula. Después vino otro y luego varios seguidos. Laura cayó de rodillas y cuando levantó la cara vi que los caninos se estaban alargando. No se movÃan hacia afuera ni se desprendÃan. CrecÃan desde la encÃa. La carne alrededor se abrió y la sangre empezó a bajar por la barbilla. Los dientes delanteros también cambiaron. Ahora eran más largos, estrechos y terminados en punta. Algunas puntas le cortaron los labios desde dentro. Intentó decir mi nombre, pero apenas pudo mover la boca. Di un paso hacia ella y la mandÃbula se le desencajó con un chasquido húmedo. La parte inferior cayó de golpe y quedó demasiado abierta. Laura gritó.
21:23 Intentó sujetarse la cara y yo fui hacia ella, pero me agarró del brazo con una fuerza que nunca le habÃa sentido. Le dije que tenÃamos que salir de ahÃ, pero ella dejó de gritar y me miró. Sus ojos empezaron a ponerse rojos. El cambio avanzó rápido hasta cubrir casi todo el blanco, mientras su respiración se hacÃa lenta y la sangre continuaba saliendo de la boca. Después sonrió y uno de los dientes nuevos atravesó el labio inferior. Me solté de su mano y retrocedÃ. Laura se puso de pie, arqueó la espalda y siguió doblándose hacia atrás hasta que la cabeza tocó sus talones. Escuché varias articulaciones moverse.
22:06 Ella no gritó ni intentó detenerse. Le pedà que parara y me respondió con una risa aguda que salÃa entre los dientes cubiertos de sangre. Luego giró la cabeza hacia mà y me preguntó si todavÃa recordaba lo que habÃa deseado cuando éramos niños. La pregunta me dejó inmóvil. Le pedà que me explicara de qué hablaba y ella mencionó la época en que estuvo enferma, cuando nuestros padres pasaban casi todo el tiempo cuidándola. Yo tenÃa ocho años. Una noche me quedé solo en mi habitación, enojado porque mi madre iba a llevarla otra vez al hospital y pensé que todo serÃa más fácil si Laura morÃa. Pensé que si ella desaparecÃa, mis padres volverÃan a prestarme atención. Nunca dije esas palabras y nunca se las confesé a nadie.
22:56 Me arrepentà al dÃa siguiente y durante años evité recordar ese momento. Laura no conocÃa ese pensamiento. No podÃa conocerlo, sin embargo, lo repitió con precisión y añadió que yo habÃa fingido quererla desde entonces. Le grité que se callara, pero ella se volvió a reÃr y yo seguà intentando entender de dónde habÃa sacado algo que jamás habÃa contado. Esa demora le bastó. Flexionó las piernas y saltó. Sus manos golpearon las vigas del techo, se aferró a ellas y levantó el resto del cuerpo hasta quedar boca abajo. el cabello le colgaba hacia el suelo la mandÃbula seguÃa abierta y la sangre caÃa desde los labios avanzó por las vigas usando manos y pies con movimientos rápidos sin perder apoyo yo retrocedà hasta chocar con la pared Laura se detuvo justo encima de mà y una gota de sangre me cayó en la mejilla me dijo que ya podÃa dejar de fingir y que solo tenÃa que admitir lo que habÃa querido desde niño no respondà miré su cara Los ojos rojos, la boca deformada y los dientes que ya no cabÃan detrás de los labios. Lo que estaba usando a Laura conocÃa un recuerdo que solo existÃa dentro de mÃ. En ese momento dejé de pensar en fiebre, dolor o cansancio. Mi hermana seguÃa dentro de ese cuerpo, pero ya no era ella quien hablaba. Laura avanzó otra vez por el techo, y yo entendà que aquello ya
24:28 habÃa encontrado la forma de detenerme sin necesidad de tocarme. HabÃa usado el único recuerdo que yo nunca habÃa compartido con nadie, y mientras yo siguiera escuchándolo, tendrÃa tiempo para hacer con mi hermana lo que quisiera. Laura avanzó por el techo hasta quedar sobre la entrada de la cocina, moviéndose con manos y pies entre las vigas. La sangre le caÃa desde la boca y dejaba gotas sobre el suelo. Tomé una silla y la sostuve delante de mÃ, para mantenerla lejos sin intención de golpearla. SeguÃa viendo a mi hermana, pero sus movimientos ya no eran los de una persona herida. Se detuvo encima de la puerta y volvió a hablar del recuerdo que acababa de sacar de mÃ. Dijo que yo habÃa querido verla muerta, porque estaba cansado de ser ignorado y que los años posteriores no borraban ese deseo.
25:21 No le respondÃ. Me quedé mirando el piso, tratando de enfrentar un recuerdo que evitaba desde niño, y esa distracción le dio la ventaja. Laura se soltó del techo y cayó sobre mÃ. La silla salió hacia un lado y mi espalda golpeó el suelo. Quedó encima, sujetándome por los hombros con una fuerza que me impedÃa incorporarme. TenÃa la boca abierta a pocos centÃmetros de mi cara, las encÃas rotas, los dientes nuevos más largos y la lengua cortada por varias puntas. Intenté empujarla, pero apenas conseguà moverla. bajó la cabeza hacia mi cuello y giré justo antes de que cerrara la mandÃbula uno de los dientes me cortó cerca de la oreja ella me dijo que dejara de defenderme y aceptara lo que habÃa pensado entonces entendà que sólo querÃa mantenerme detenido en la culpa metà una rodilla entre los dos y empujé con todo lo que tenÃa laura perdió apoyo y cayó de lado me levanté antes de que pudiera sujetarme otra vez y corrà hacia las escaleras Recordé la caja que habÃa guardado en el dormitorio, donde habÃa visto la botella sellada. No sabÃa si el agua bendita servirÃa, pero no tenÃa otra opción. Subà sin detenerme.
26:39 Detrás de mà escuché golpes contra las paredes. Miré por encima del hombro y la vi subir sin usar los escalones, apoyando manos y pies entre ambos lados del pasillo, para impulsarse hacia arriba. Entré al dormitorio. Cerré la puerta y empujé una cómoda contra ella. Fui al armario, saqué la caja y encontré la botella donde la habÃa dejado. El cuello seguÃa cubierto por cera endurecida. Al otro lado dejaron de escucharse golpes. Por unos segundos solo oà la respiración de Laura, pero después comenzó a llorar y volvió a usar su voz normal. Me pidió que abriera. Dijo que le dolÃa la boca y que tenÃa miedo. La escuché decir mi nombre con su tono habitual. Di un paso hacia la puerta, pero antes de tocar la cómoda, su voz cambió. Me dijo que nuestros padres volverÃan y encontrarÃan su cuerpo, y que yo tendrÃa que explicar por qué la habÃa dejado morir después de haber deseado exactamente eso.
27:41 La puerta recibió un golpe y la cómoda se movió. Abrà un cajón, encontré unas tijeras y empecé a cortar la cera. Otro impacto quebró parte del marco y seguà hasta liberar el tapón. Apenas lo saqué, la puerta cedió y la cómoda se desplazó lo suficiente para dejar una abertura. Laura metió una mano, empujó y entró a cuatro patas. Yo levanté la botella y ella se detuvo. Retrocedió un paso al verla y cerró parcialmente la boca. Apreté la botella sin apartarla de su cara. Laura dejó de reÃr. Su expresión cambió y pronunció una palabra que yo nunca habÃa escuchado. Samael. No sabÃa qué significaba, pero fue el único nombre que dijo durante todo aquello. Dio otro paso hacia mà y yo acerqué la botella, pero volvió a detenerse.
28:33 Cada vez que la levantaba, ella frenaba. Laura saltó sobre la cama. La estructura se rompió bajo su peso y una tabla cayó al suelo. Yo rodeé el colchón sin bajar la botella. Ella intentó acercarse por un costado y volvà a levantarla. Esta vez me ordenó que la dejara. Después recuperó la voz de mi hermana y me pidió que no le hiciera daño. Dijo que seguÃa consciente y que podÃa sentir todo. Mi mano bajó unos centÃmetros y fue suficiente. Laura se lanzó contra mà y me sujetó por el cuello. Mi espalda golpeó la pared y la botella quedó atrapada entre los dos. Intenté subir el brazo, pero ella apretó más. Sentà los dedos cerrarse alrededor de mi garganta. Volvió al recuerdo y me dijo que admitiera la verdad. Ya no quise seguir discutiendo y le dije que sÃ, que habÃa deseado que muriera cuando tenÃa ocho años.
29:29 Lo habÃa pensado y me habÃa avergonzado desde entonces. También le dije que aquel pensamiento no decidÃa lo que iba a hacer ahora. Ella aflojó apenas la presión asà que aproveché para decirle que habÃa cuidado a laura durante años que estaba ahà porque no querÃa dejarla sola y que no iba a entregarla por algo que habÃa pensado siendo un niño no añadà excusas seguà sosteniendo la botella La cara de Laura cambió, los músculos alrededor de la boca se tensaron y la mandÃbula volvió a abrirse hasta mostrar todos los dientes. De su garganta salió un grito más grave que los anteriores y escuché otra vez el nombre, Samael, y después lanzó la cabeza hacia mi cara. Levanté el brazo antes de que me alcanzara, quité el tapón y vacié el agua bendita sobre su rostro. El lÃquido le cubrió la frente, los ojos, las mejillas y la boca.
30:31 Laura me soltó de inmediato. Su cuerpo cayó hacia atrás sobre la cama rota y el grito que salió de ella llenó todo el dormitorio. La piel se le enrojeció donde el lÃquido habÃa tocado. y enseguida aparecieron quemaduras pequeñas alrededor de las mejillas y los labios. Se llevó las manos al rostro y gritó con una voz más grave que la suya, tan fuerte que tuve que apartarme. Entre los gritos dijo varias palabras que no entendÃ, y volvió a pronunciar el mismo nombre, Samael. Yo seguÃa con la botella vacÃa en la mano y no tenÃa otra forma de defenderme. Laura consiguió ponerse de pie. todavÃa con los ojos rojos y los dientes largos fuera de la boca.
31:18 Dio dos pasos hacia mà y en el tercero las piernas se le doblaron. Cayó de rodillas, apoyó las manos en el suelo y la espalda empezó a enderezarse. Escuché varias articulaciones regresar a su sitio mientras ella gritaba, esta vez con su propia voz. La mandÃbula subió poco a poco y el primer diente cayó al piso. Después se desprendió otro. Luego varios más, todos formados por completo, con raÃces y puntas cubiertas de sangre. Golpeaban la madera con sonidos secos y quedaban alrededor de sus manos. Laura tosió y expulsó otros tres. Su boca seguÃa sangrando, pero la abertura de la mandÃbula comenzó a reducirse, hasta que un último chasquido la dejó en una posición normal, y el rojo de los ojos también empezó a desaparecer. Quise acercarme antes, pero esperé hasta verla respirar sin dificultad. Cuando dejó de moverse, fui hasta ella. Le tomé el pulso y lo sentà débil, aunque constante. La levanté, bajé con ella y la llevé hasta el vehÃculo. No recogà nada del dormitorio, pues en ese momento solo querÃa sacarla de la cabaña. Durante el trayecto, abrió los ojos una vez y me preguntó en dónde estábamos.
32:41 Le dije que Ãbamos al hospital porque estaba herida. Intentó tocarse la boca, le sujeté la mano y le pedà que no lo hiciera. Y después me preguntó qué habÃa pasado. No pude explicárselo mientras conducÃa y tampoco sabÃa cuánto recordaba. Volvió a cerrar los ojos y empezó a llorar sin hablar. Cuando llegamos, todavÃa respiraba por sà sola. Pasó varias semanas hospitalizada por las heridas de la boca. la mandÃbula y los golpes que tenÃa en el cuerpo. La recuperación fue lenta, pero no necesitó una cirugÃa mayor. Las encÃas cerraron, la inflamación bajó y volvió a mover la mandÃbula con normalidad.
33:24 Sus dientes de siempre seguÃan completos y ninguno de los que yo habÃa visto crecer aquella noche ocupaba ahora su boca. Laura recordaba el dolor del principio, la sangre y algunos segundos antes de perder el control. pero no podÃa explicar lo que habÃa ocurrido después. Me dijo que conservaba una sensación muy concreta. SabÃa que estaba despierta, pero no podÃa mover el cuerpo cuando querÃa. No añadió nada más, y yo tampoco le conté todo. No le dije lo que habÃa hecho mientras estaba en el techo. No repetà las frases que habÃa usado contra mÃ, y no pronuncié el nombre Samael delante de ella. Con las semanas recuperó la fuerza, volvió a comer sin dificultad y terminó saliendo del hospital.
34:13 Después siguió con su vida. La fiebre no regresó, la mandÃbula dejó de dolerle y no volvió a tener ningún episodio parecido. Yo tardé más en volver a la cabaña. Durante meses evité entrar hasta que mi familia decidió venderla y tuve que ir a retirar lo que quedaba. Fui solo. Empecé por las habitaciones de abajo. saqué ropa, cajas y objetos que ya no servÃan y después subà al dormitorio en donde habÃa ocurrido todo la cama seguÃa rota desde aquella noche el colchón estaba vencido de un lado y una de las tablas se habÃa soltado del marco la movà para desmontar la estructura y encontré un mechón de cabello atrapado debajo era largo, oscuro y coincidÃa con el cabello de Laura lo recogà y seguà trabajando Al levantar otra tabla, vi una marca hundida en la cara inferior de la madera. Al principio, pensé que era daño provocado por el golpe que habÃa roto la cama, pero al acercarme, distinguà dos filas completas de marcas. HabÃa una lÃnea superior y otra inferior, separadas por una abertura mucho mayor que la de una boca humana. Saqué una cinta de mi caja de herramientas y la medÃ. superaba los 30 centÃmetros de extremo a extremo algunas marcas habÃan penetrado profundamente en la madera y otras habÃan arrancado pequeñas astillas revisé el
35:45 resto de la estructura encontré raspones, manchas secas y golpes pero ninguna otra mordida de ese tamaño me quedé ahà varios minutos porque recordaba con claridad que esa parte de la cama no estaba dañada antes de llevar a Laura a la cabaña Corté la sección de madera y me la llevé. No querÃa dejarla con el resto de los muebles antes de vender la propiedad. La guardé en una caja y todavÃa la conservo. Nunca intenté reparar la marca ni rellenarla. La abertura sigue midiendo lo mismo y las dos filas continúan visibles. Laura no ha vuelto a enfermarse de esa manera y no conserva ninguna deformación en la mandÃbula que pueda explicar una mordida de ese tamaño. Tampoco perdió dientes después de aquella noche. Durante mucho tiempo pensé que el agua bendita habÃa terminado con todo. Hoy prefiero limitarme a lo que vi. Algo usó el cuerpo de mi hermana, hizo crecer dientes que después se desprendieron, y reaccionó cuando el agua le tocó la cara. Laura salió viva de la cabaña y se recuperó por completo. Meses después, debajo de la cama donde cayó, Encontré su cabello y una mordida de más de 30 centÃmetros marcada en madera sólida.
37:03 Esa mordida no estaba ahà antes, pero después de aquel dÃa aún sigue ahÃ. A veces saco la tabla de la caja y vuelvo a medirla, solo para comprobar que no recordé mal aquella noche. La abertura sigue siendo la misma, las marcas continúan hundidas en la madera y todavÃa hay pequeñas astillas levantadas alrededor de los dientes. Laura nunca ha querido verla, y yo tampoco se la he mostrado. Prefiero que siga sin conocer esa parte de lo ocurrido. Lo único que no he podido explicar es por qué, después de tantos años, la madera alrededor de la mordida permanece oscura y conserva un olor metálico que desaparece en cuanto cierro la caja. Hasta hoy sigo sin saber cómo empezó todo.
37:52 Nunca supe en qué momento Samael entró en Laura ni por qué la eligió a ella. Antes de enfermarse, llevaba una vida normal. Y tampoco recuerda que ocurriera algo extraño durante los dÃas anteriores. Lo primero que notamos fue el dolor en la mandÃbula. Después llegó la fiebre y cuando entendà que aquello era algo distinto, ya estaba dentro de ella. Laura se recuperó y nunca volvió a sufrir otro episodio. Eso deberÃa haber sido suficiente para dejarlo atrás, pero hay una pregunta que todavÃa no puedo responder. Sé cómo conseguimos sacarlo de ella, pero lo que nunca descubrà fue cómo entró.
38:34 Y después de todo este tiempo, sigo sin saber qué tendrÃa que pasar para que vuelva a ocurrir. TodavÃa recuerdo el dÃa en que me mandaron a ese pueblo. No fue un encargo más. Desde la primera llamada entendà que el caso venÃa mal. La orden llegó desde Roma por la vÃa correcta. El Vaticano ya tenÃa noticias de una joven que llevaba varios dÃas fuera de control. Cuatro sacerdotes habÃan intentado asistirla, pero ninguno pudo sostener el rito y dos salieron heridos. El párroco del lugar pidió ayuda formal y la respuesta fue enviarme a mÃ. Yo ya llevaba años en exorcismos, habÃa visto violencia, blasfemias, fuerza fuera de medida.
39:30 y voces que no salÃan de una garganta humana en condiciones normales habÃa visto cuerpos agotados seguir en pie más tiempo del que un médico aceptarÃa habÃa escuchado cosas que nadie en un cuarto debÃa saber aún asà cuando salà hacia ese lugar sentà el peso del caso antes de llegar Eso no me gustó. Cuando uno empieza a sentir eso antes de ver a la persona, casi siempre termina peor de lo esperado. El pueblo era pequeño y estaba lejos de todo. Me recibió el padre Esteban, que era el sacerdote de la parroquia, y un médico que habÃa revisado a la muchacha desde el primer dÃa. Los dos tenÃan la cara de quien ya se quedó sin respuestas.
40:14 El padre Esteban me habló sin rodeos. Me dijo que la joven se llamaba LucÃa Ortega, que tenÃa poco más de 20 años y que llevaba encerrada varios dÃas porque nadie podÃa contenerla sin amarrarla. Me dijo también que ya no respondÃa a su madre, que no dormÃa, que apenas comÃa y que atacaba a cualquiera que intentara acercarse. El médico fue más frÃo. Me dijo que la muchacha estaba deshidratada, con fiebre por momentos, con heridas en brazos y piernas y con desgaste severo. Dijo que ese cuerpo no iba a aguantar mucho más. Yo le pregunté si habÃa drogas, alcohol, antecedentes de crisis nerviosa o algún cuadro psiquiátrico conocido. Me respondió que no habÃa nada claro, que ya habÃa considerado todo eso y que lo que estaba viendo no se ajustaba a una sola explicación médica. Antes de verla pedà hablar con la madre pues quise escucharla a solas. La señora se llamaba Alicia Ortega. TenÃa la voz gastada de tanto llorar y de tanto repetir lo mismo. Me dijo que su hija habÃa cambiado de golpe. Primero vino el insomnio, luego el rechazo a la comida y después la rabia.
41:28 Al principio creyó que era miedo, cansancio o algo que la muchacha no querÃa contar. Luego dejó de reconocerla y eso fue lo que más la quebró. Me dijo que una noche LucÃa la miró de frente y le preguntó quién era. No fue un arranque de ira, no fue una broma, fue una pregunta seca y desde ahà la perdió. La madre siguió hablando y yo no la interrumpÃ. Me dijo que después vinieron los ataques. La joven se arrancó mechones de pelo, se golpeó sola contra la pared, se mordió los brazos hasta sacarse sangre y empezó a hablar con una voz grave de hombre adulto. También me dijo que una mañana apareció con una cruz invertida marcada en la frente. Nadie se la hizo, pues nadie entró al cuarto.
42:17 Ella misma la vio formarse en la piel. Le creà en una cosa, el miedo. Esa mujer no estaba exagerando, estaba destruida. Le pregunté si habÃan llevado a la muchacha con alguien antes de acudir a la iglesia. Bajó la mirada y me dijo que sÃ. La llevaron con una curandera de la zona, según ella iba a ayudarla. La tuvo encerrada unas horas, la tocó, rezó cosas que la madre no entendió y pidió que nadie entrara. Después de eso, todo empeoró. La joven volvió más violenta, más sucia y más ajena. Esa decisión abrió algo o empeoró lo que ya estaba abierto. A esa altura daba igual, pues el daño ya estaba hecho. pedà entrar de inmediato la tenÃan en una casa apartada no me interesó el lugar me fui directo al cuarto habÃa un olor fuerte a sangre sudor y encierro el padre esteban abrió la puerta y yo entré primero la vi sentada y amarrada y tenÃa las muñecas sujetas los tobillos asegurados y el cuerpo fijado a una silla reforzada aún asà no estaba quieta se movÃa con tensión constante TenÃa la cabeza inclinada y respiraba rápido.
43:37 Las uñas de manos y pies estaban largas y rotas en las puntas. Los ojos estaban rojos por completo. Ya no tenÃa la mirada de una enferma. TenÃa una mirada demonÃaca. Los dientes de adelante estaban afilados. No sé cuándo los habÃa limado o roto. En la frente llevaba la cruz invertida abierta en la piel. No sentà lástima al verla. Sentà urgencia. Di un paso al frente y dije su nombre y no respondió, asà que lo repetÃ. Levantó la cabeza de golpe, me miró y sonrió. No habÃa nada de LucÃa en esa expresión. Tomé la cruz y la acerqué.
44:18 Giró la cara, tensó el cuello y escupió sangre al piso. No fue una reacción aprendida, fue rechazo directo. Me presenté con mi nombre y con mi oficio y le ordené decir quién estaba ahÃ. Se quedó callada unos segundos, pero después habló. La voz no coincidÃa con el cuerpo. Salió grave, firme y clara. Dijo que yo habÃa llegado tarde y dijo también que la muchacha ya estaba casi vacÃa. No usó rodeos, no intentó engañarme con lamentos ni con ruegos. Fue al punto. Me dijo que lo poco que quedaba de ella ya no alcanzaba para sacarla entera. Yo seguà y le ordené identificarse. Le dije que ese cuerpo no le pertenecÃa y que saliera. Volvió a sonreÃr y me respondió que yo todavÃa hablaba como si llegara a tiempo de salvar a alguien. Esa frase me dejó claro el tipo de caso que tenÃa enfrente. Seguà con las preguntas de rigor. Le pedà nombre, pero se negó. Le pregunté cuánto tiempo llevaba dentro. Me dijo que más del suficiente.
45:27 Le pregunté qué querÃa y respondió que no habÃa venido a pedir nada. HabÃa venido a cobrar, pero no me explicó más. Yo insistà y le pregunté por qué la joven, por qué ese cuerpo. Me dijo que ella habÃa servido y nada más. Me dijo también que el error de todos era seguir mirándola a ella. El problema no era la muchacha, el problema era lo que ya estaba abierto. En ese punto ordené que sacaran a la madre de la casa No querÃa que oyera una sola palabra más. También pedà que nadie se quedara a solas con la joven ni un minuto. El médico me preguntó si iba a empezar el rito esa misma noche. Le dije que sÃ.
46:11 No habÃa margen para esperar. No con ese cuerpo, no con esa voz y no con esa mirada. Antes de salir del cuarto, me acerqué una vez más. Le puse la cruz cerca del rostro y pronuncié la fórmula de autoridad. Esta vez no escupió. Esta vez se inclinó hacia mà y habló más bajo. Dijo que hiciera lo que habÃa ido a hacer, y me dijo que el final ya estaba decidido, y que yo todavÃa no entendÃa cuántos iban a salir muertos de esa casa. Salà del cuarto con una certeza seca. LucÃa seguÃa viva, pero ya no estaba al mando de su cuerpo. Lo que estaba dentro de ella no era un caso menor. No era una crisis que se pudiera contener con agua bendita. Fuerza fÃsica y oraciones cortas Era algo más viejo, más firme y más seguro de sà mismo Supe entonces que aquello iba a terminar mal Y decidà seguir Esa noche volvà al cuarto y ya no entré solo Entré con el padre Esteban, con el médico y con dos hombres Que nos ayudaban a sujetar a LucÃa cuando perdÃa por completo el control Antes de abrir la puerta les dejé una sola instrucción Nadie iba a hablar sin que yo lo ordenara, y nadie iba a tocarla salvo para contenerla. No querÃa interrupciones, no querÃa miedo metido en medio del rito, y no querÃa que alguno cometiera el error de responderle. Cuando entramos,
47:43 LucÃa seguÃa amarrada a la silla. TenÃa sangre seca en la boca, en el cuello y en las manos. La cruz invertida de la frente estaba abierta otra vez. Los ojos seguÃan rojos y fijos. Las uñas largas se clavaban en la madera cada vez que tensaba los dedos. Apenas me vio, endureció todo el cuerpo. No dijo nada al principio, solo me miró. Me puse frente a ella, abrà el ritual y empecé la oración completa. La reacción fue inmediata. Apenas pronuncié las primeras fórmulas, empezó a sacudirse contra la silla con una fuerza que obligó a los dos hombres a sujetarla por hombros y brazos. LucÃa golpeó los talones contra el piso, echó la cabeza hacia atrás y forzó las muñecas hasta hacer crujir las correas. Yo seguà leyendo sin detenerme. Le ordené callar, le ordené decir su nombre y le ordené salir del cuerpo que estaba usando. Entonces respondió.
48:45 La voz salió grave, firme y limpia. No era una voz rota ni alterada por el dolor. Era una voz segura, me dijo que yo ya sabÃa que no estaba hablando con la joven. El padre Esteban se puso a responder conmigo en las partes que conocÃa. El médico se quedó a un lado, atento al pulso y a la respiración. LucÃa se inclinó de golpe hacia adelante, con tanta violencia que casi rompió la silla. Uno de los hombres tuvo que sujetarle la mandÃbula para evitar que se arrancara parte de la lengua al morderse. Aún asÃ, volvió a hablar. Dijo que llevaba mucho tiempo en ese lugar. Le pregunté desde cuándo estaba dentro de ella y me respondió que yo seguÃa haciendo la pregunta equivocada. Dijo que el cuerpo de LucÃa era solo el último que le habÃa servido.
49:38 Antes de ella ya habÃa encontrado dónde quedarse. Me dijo también que no llegó con la muchacha, sino que la muchacha llegó hasta él. Seguà adelante. Le exigà otra vez el nombre, pero se negó. Le ordené que se apartara y respondió que no iba a hacerlo. Acerqué la cruz a la frente y la piel se abrió más alrededor de la marca. LucÃa gritó. tiró la cabeza a un lado y apretó los dientes con tanta fuerza que pensé que se los iba a quebrar entonces habló otra vez pero esta vez con una calma que nos hizo guardar silencio a todos dijo que yo estaba forzando un cuerpo que ya no servÃa y que estaba gastando autoridad en una muchacha que ya no podÃa volver entera no contesté esa provocación solo seguà con la fórmula y elevé la voz Fue entonces cuando dijo lo más importante de esa noche.
50:36 Dijo que de LucÃa ya no quedaba nada útil y que yo estaba hablando con una puerta rota, que habÃa llegado tarde para ella, pero a tiempo para abrirle paso a otro. El padre Esteban me miró de inmediato. No hacÃa falta decir nada, pues los dos entendimos lo mismo. Si seguÃa presionando, iba a intentar salir de ella y buscar otro cuerpo en el cuarto. Le respondà que no iba a salir de ese cuarto para entrar en nadie más. Le ordené que se manifestara por completo y que se sometiera. Entonces soltó una risa breve, seca y volvió a tensar todo el cuerpo de LucÃa. La silla rechinó, las correas se hundieron en la carne, las piernas golpearon el suelo con una fuerza ciega. El médico me gritó que ese cuerpo no iba a soportar mucho más. Yo le dije que aguantara, que no podÃa detenerme. Si aflojaba en ese momento, perdÃamos el único control que todavÃa tenÃamos. LucÃa empezó a moverse con más violencia. Se mordió el hombro hasta abrirse la piel. Escupió sangre y trató de sacar una mano de la correa. Uno de los hombres ya estaba agotado y respiraba con la boca abierta. El otro evitaba mirarla a la cara. Yo no bajé el ritmo y repetà la orden de salida una vez más, y luego otra.
51:59 Le exigà el nombre por tercera vez. La respuesta llegó con claridad total. Dijo que esa casa le pertenecÃa desde antes de nuestra llegada y que en ese lugar se habÃa hecho daño durante años y que la culpa no se habÃa cerrado. Dijo que por eso podÃa seguir ahÃ. También dijo que LucÃa no habÃa sido elegida al azar. HabÃa servido porque llevaba sangre ligada a lo que pasó antes en esa casa. No explicó más, pero no me hacÃa falta para entender que el caso venÃa de mucho antes que nosotros. A esa altura el cuerpo de LucÃa ya estaba fallando. Se le iba el aire por momentos, la cabeza le caÃa hacia un lado y luego se levantaba de golpe. El médico volvió a decirme que el pulso estaba entrando en desorden. Me acerqué una vez más, Puse la cruz sobre la frente y pronuncié la fórmula con toda la autoridad que tenÃa. Entonces abrió los ojos por completo y me habló casi en un susurro. Dijo que estaba a punto de cometer un error. Le pregunté cuál y me respondió que si seguÃa empujando iba a tener que elegir a otro de nosotros. Dijo que uno de los presentes ya estaba cediendo. Volvà a ordenar silencio.
53:20 Nadie debÃa responderle, nadie debÃa discutirle, y nadie debÃa acercar el rostro. Pero ya era tarde. Uno de los hombres de apoyo habÃa empezado a rezar por su cuenta. Lo hacÃa entre dientes, casi sin voz, y no apartaba los ojos de LucÃa. Le ordené que bajara la mirada, pero no me obedeció. LucÃa dejó de forcejear de golpe, y el cuarto se quedó en silencio. Después levantó la cabeza, clavó los ojos en él y sonrió. Luego me dijo que ya habÃa terminado con ella y que lo que seguÃa ya no dependÃa de LucÃa. Le grité que no. Le puse la cruz en la boca y seguà la fórmula más dura que tenÃa abierta. El cuerpo entero se arqueó.
54:06 La silla se levantó de un lado y volvió a caer. El hombre que estaba frente a ella retrocedió un paso. Ese paso lo perdió. LucÃa abrió la boca y lanzó sangre, saliva y algo oscuro que salió directo hacia él. Le pegó en la cara y el hombre cayó de espaldas. Entró en convulsión de inmediato. Se llevó las manos al cuello, luego a la cara y después al pecho. El otro quiso agarrarlo, pero le ordené que no lo tocara. Seguà leyendo sobre LucÃa unos segundos más, pues tenÃa que confirmar si seguÃa ocupada. Entonces lo vi. La tensión del rostro se vino abajo. Los ojos seguÃan abiertos, pero ya no fijaban nada. El cuerpo empezó a aflojarse sobre la silla y LucÃa se desplomó. El médico corrió hacia ella para revisar pulso y respiración. Yo no me movà y miré al hombre que seguÃa en el suelo. Dejó de convulsionar, quedó quieto unos segundos y después se sentó, levantó la cara y me miró. Ya no era él. En ese momento lo entendimos todos. LucÃa ya no era el centro del caso, lo que estaba dentro de ella habÃa salido.
55:20 SeguÃa en la habitación, seguÃa con nosotros, y el verdadero peligro acababa de empezar. Cuando ese hombre levantó la cara y me miró, entendà que el caso habÃa cambiado por completo. Ya no tenÃa delante a una muchacha atada a una silla, tenÃa al demonio metido en un cuerpo sano, con fuerza para golpear y con la puerta a pocos pasos. No le di tiempo. Me acerqué, alcé la cruz y le ordené que dijera su nombre y se sometiera. Se puso de pie, escupió sangre a un lado y me respondió que LucÃa ya no servÃa, que yo mismo lo habÃa obligado a tomar un cuerpo mejor. Le contesté que no iba a salir de esa casa. Me dijo que eso ya no dependÃa de mÃ. El padre Esteban se puso a mi lado. El médico seguÃa con LucÃa y el otro hombre de apoyo se quedó junto a la puerta.
56:15 Yo seguà con la fórmula de expulsión. El poseÃdo giró la cabeza hacia la silla y dijo lo que yo no querÃa oÃr. Dijo que mientras LucÃa siguiera viva, el paso seguÃa abierto. Dijo que ese cuerpo todavÃa le servÃa. Y en ese instante entendà lo que venÃa evitando. La muchacha ya no podÃa volver y su cuerpo seguÃa siendo una entrada. Le pregunté si eso era todo lo que querÃa. Y me respondió que no, que antes de irse iba a llevarse a otro. Luego dio un paso hacia la puerta. Le cerré el paso con la cruz y seguà leyendo. El padre Esteban respondió conmigo. Entonces el hombre me golpeó en la cara con el brazo entero y me abrió el labio, pero no caÃ. El ayudante sano se lanzó sobre él por detrás. Entre los dos logramos empujarlo contra la pared. El médico gritó mi nombre desde la silla de LucÃa. Volvà la vista un segundo y la vi con la cabeza caÃda, la respiración rota y la sangre bajándole de la nariz a la boca. El médico me dijo que casi no encontraba pulso. Fue ahà donde tomé la decisión. Llamé al padre Esteban y le hablé claro.
57:32 Le dije que LucÃa ya no estaba ahÃ. Le dije que ese cuerpo solo seguÃa siendo una puerta. y que, si querÃamos cerrarle el paso por completo, tenÃamos que terminar también con ella. El médico se opuso de inmediato. Me dijo que, mientras respirara, habÃa que sostenerla. Le respondà que ya no estaba tratando con una enferma. Estaba tratando con un cuerpo destruido, y todavÃa útil para lo que nos estaba enfrentando. El padre Esteban me miró, entendió y no discutió. Tomé el cuchillo que tenÃamos a mano desde el inicio del rito. Me acerqué a LucÃa, le puse la mano en la cabeza y pronuncié la absolución condicional. Lo hice porque ya no quedaba otra salida. La miré una última vez, los ojos seguÃan abiertos y la cruz invertida seguÃa marcada en la frente. No quedaba persona en esa cara. Hundà el cuchillo debajo del esternón y lo llevé hacia arriba.
58:32 El cuerpo se tensó una vez y luego se aflojó. El médico gritó y el padre Esteban siguió rezando. Yo cubrà el rostro de LucÃa con un paño y me di la vuelta. El hombre poseÃdo soltó una risa seca. Me dijo que iba a recordar ese momento más que cualquier oración que hubiera dicho en mi vida. No le respondÃ. Volvà hacia él, con la cruz en una mano y el ritual en la otra. La violencia subió de golpe. Nos embistió a los tres, lanzó una mesa y abrió con el codo la mejilla del ayudante. Estuvo a punto de llegar a la puerta, pero el padre Esteban les el paso con una banca yo aproveché ese segundo y le clavé la cruz bendita en el pecho por encima de la camisa la carne se quemó al contacto el hombre gritó y cayó de rodillas ese fue el último diálogo que tuve con él dentro de ese cuerpo le pregunté si iba a salir y me dijo que no Le pregunté si aceptaba someterse y dijo que no habÃa venido a aceptar nada. Le respondà que entonces saldrÃa por la fuerza y, en cuanto terminé la frase, le puse la mano sobre la cabeza y recité la fórmula final con toda la voz que me quedaba. El padre Esteban respondió conmigo. El hombre empezó a convulsionar, vomitó sangre negra, se dobló hacia adelante y cayó boca arriba. quedó inmóvil y por unos segundos creà que lo habÃamos logrado el cuarto quedó en silencio el ayudante sano se dejó caer
1:00:05 contra la pared y el padre esteban seguÃa rezando en voz baja yo bajé la cruz el médico se acercó al cuerpo del hombre para revisar si seguÃa vivo ese fue el error apenas se inclinó sobre él soltó un grito y se echó hacia atrás con las manos en la cara La sangre le salió de la nariz de inmediato y vi sus ojos perder el foco. El demonio se habÃa movido otra vez. Le ordené al padre Esteban que lo sujetara, pero el médico ya se estaba poniendo de pie. Cuando nos miró ya no era él. Nos dijo que ahora sà se iba y caminó hasta la puerta. El ayudante intentó detenerlo y recibió una cuchillada en el hombro con el bisturà que el médico llevaba en el bolsillo.
1:00:51 corrà detrás de él, salió al pasillo, cruzó la entrada y llegó al patio, cuando alcancé la puerta principal ya habÃa subido a su camioneta, le grité por su nombre pero no respondió, arrancó y se perdió en el camino, salà tras él pero no logré alcanzarlo, cuando volvà a entrar LucÃa estaba muerta, el primer hombre que habÃa tomado seguÃa inconsciente en el suelo, el ayudante herido perdÃa sangre, y el padre Esteban seguÃa de pie junto a la silla vacÃa. Yo me quedé en medio del cuarto con las manos manchadas y entendà lo único que importaba. HabÃamos cerrado una puerta, pero no habÃamos terminado con él. Desde aquella noche sigo buscando al doctor. He seguido pueblos, reportes de violencia, desapariciones breves y casos que otros prefieren cerrar rápido.
1:01:43 A veces encuentro señales, a veces solo encuentro daño. Nunca he podido decir que terminó. Sigo vivo por una sola razón. Quiero encontrarlo antes de que vuelva a entrar en otra casa y en otro cuerpo. Eso es lo que me sostiene hasta hoy. Eso y el recuerdo de LucÃa, que murió cuando yo decidà cerrar el paso. No espero perdón por eso, tampoco lo pido. Solo quiero encontrarlo. Si te gustó este video te recomiendo ir a ver la posesión que comenzó con un trabajo de brujerÃa, y también el error que cometà durante un exorcismo y me obligó a dejar la iglesia.
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